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Lo reconozcamos o no, un
espacio urbano y cotidiano es un espacio complejo, por ello
puede mirársele de distintas maneras. A diferencia de un círculo,
cuyo centro puede ser visto desde 360 ángulos diferentes
aproximadamente, las distintas formas de mirar la ciudad no
pueden cuantificarse.
Sería
incalculable, no contaríamos con un número preciso porque
los fenómenos sociales presentan infinidad de interacciones
que es difícil determinar. La complejidad de la urbe está
en su vida cotidiana, por lo que las ciudades borrosas están
caracterizadas por dos aspectos básicos para su análisis:
1) los ciudadanos se han transformado en observadores en el
espacio que pensaban propio; y 2) el tiempo se ha disuelto
en el espacio.
Esto
porque los puntos que servían como referentes para el tránsito
y el encuentro se han modificado. El arriba, abajo, delante,
detrás, izquierda y derecha se han vuelto móviles. Por
ello en una ciudad borrosa la gente requiere de mayor
información para establecer un punto de encuentro, ya no le
basta con decir "nos vemos en la estación del Metro
X"; "en el café Y" o "en el hotel
Z", sino que debe precisar si debe ser adentro o
afuera, abajo del reloj, hasta adelante, en los torniquetes
o más aún, en la sala de espera o en la habitación 201.
Algunos, los más ingenuos, atribuyen este tipo de fenómenos
a una suerte de neurosis citadina que no sería algo más
que la pérdida paulatina de referentes.
Al
crecer, las ciudades se dilatan, como las pelotas que se
exponen al Sol y entonces sus referentes fijos se mueven. Lo
que se conocía como centro se ha multiplicado y lo que se
conocía como periferia se ha desdibujado, haciendo de la
ciudad un espacio poli céntrico y multi periférico, o sea
borroso. Para el caso de nuestra ciudad, Alameda ya no
designa un terreno poblado de álamos o un paseo con árboles,
sino tres alamedas que sirven como tres centros en una misma
ciudad: la central, que es la que más o menos todos
imaginamos o conocemos, y sus dos hermanitas localizadas al
sur y al oriente. El Periférico, que todavía hasta hace
algunos años le servía de borde a la ciudad, ha sido
tragado por ésta, por lo que su nombre es más simbólico
que real. Lo curioso es que en algunas partes la atraviesa y
en otras la rodea. Lo cual quiere decir que la ciudad se ha
desparramado de manera dispareja, ese crecimiento del que
todos hablan, pero nadie imagina, ha sido desproporcionado.
Esto
hace pensar que para entender lo complejo de las ciudades,
incluida su borrosidad, hace falta una perspectiva de altos
contrastes que permita comprender el nacimiento de la ciudad
como producto de la concentración de la sociedad en el
tiempo y en el espacio. Es la concentración y no la
proliferación lo que define las ciudades contemporáneas ya
que, gracias a la primera, en el espacio urbano todo se ha
amontonado. La noción de alto contraste, utilizada para el
análisis del espacio urbano, cuenta con mayor potencialidad
que la de no lugar, tan de moda entre los urbanistas quienes
insisten en buscar en lo evidente, la fascinación. Los no
lugares, más que ser marcos físicos, llamados pedantemente
espacios de circulación, son lugar sin sentimiento o
sentimiento sin lugar, desterritorialización pura o pura
desterritorialización. Y tal vez los no lugares sean
novedosos y llamativos para quienes no se habían dado
cuenta que la afectividad siempre es lo que llena el
espacio, que cada espacio cuenta con un cúmulo de
afectividad que lo hace agradable, tosco, melancólico o
tenebroso. Los llamados no lugares sólo lo son para quienes
no están familiarizados con ellos y también para aquellos
investigadores que han encontrado un nuevo campo de trabajo
para obtener financiamientos.
El
crecimiento demográfico, al menos espacialmente, obliga que
las urbes se vuelvan borrosas, porque requieren diversos
centros de la acción o límites convencionalmente
imaginarios que impidan a los referentes para el tránsito y
el encuentro, diluirse en la ficción. El volumen de la
ciudad, provocado por la concentración, ha generado volúmenes
y volúmenes de guías de uso rápido para encontrar
personas, establecimientos, calles y avenidas. Por lo cual,
la ciudad también se ha vuelto una situación incómoda por
el amontonamiento. Lo cierto es que nuestra ciudad se ha
vuelto más borrosa porque ha ganado complejidad, porque sus
rasgos más distintivos permanecen ocultos, porque mientras
más se habla de ciudad se entiende menos de ella. La ciudad
es borrosa por naturaleza, porque se presenta como algo
extraño a los ojos de sus habitantes familiares. Seguir
pensando que el denominado pensamiento borroso no tiene
aplicaciones prácticas implica no entender que a la ciudad
no se le puede tocar sino sólo narrar, como a muchas cosas
que están hechas de colectividad. Que la ciudad es un
sentimiento, pero con tradición porque algún día se fundó
en un tiempo y un espacio.
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