Actualidad 4Conocimiento4 Filosofía                                               Mes: Febrero 2002 

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INVERSIÓN DE CONOCIMIENTO.

Fernando Aparicio.


Pocas cosas tienen tanto sentido como el invertir en conocer cuanto más mejor. De historia en historia el momento queda clavado en nuestra vida cuando tratamos de recordar, de aprender a recordar o de aprender a aprender; el tiempo en sí no tiene otro significado que el de ir adquiriendo experiencia y el de acumular causas y consecuencias, haciendo del día a día un sin sentido mucho más ameno. 

El recuerdo es esa capacidad que nos diferencia tanto de otro tipo de seres, pues no nos basamos en su cantidad tanto como lo puedan hacer los de otras especies pero sí que lo hacemos en su calidad. Si buscamos calidad podemos encontrarnos con mundos que anteriormente no han existido y, con un poco de suerte, incluso podemos encontrarnos algo de nosotros mismos. La mente no lo es todo, es una parte de todo lo que nos rodea. El cuerpo tiene otro tipo de integridad que no es perceptible con la mente, aunque esto siempre dependerá de cómo la usemos. Inventar hasta la parte más minúscula para poder entregarnos al infinito, explorando en mitad de este inmenso paraje cada partícula de pensamiento, buscando nuevas limitaciones y teniendo en cuenta la variabilidad de cada momento..., así es como viven los seres humanos. Si queremos cambiar el conocimiento por pura teoría nos quedamos con un hueco en el corazón, pero si lo hacemos todo a través de lo sensible nos quedamos con otro de no menos importancia en el alma.

 Dos cuestiones: Lo sensible y lo espiritual

De lo hablado en el primer parágrafo sobre la inversión en el conocimiento, surgen dos posturas distintas. Ante la necesidad del ser humano en la búsqueda de conocimiento, podemos plantearnos si es mejor el tratar de adquirir conocimientos como si nuestro cerebro se comportara  como una máquina o si por el contrario deberíamos tener en cuenta esa gran cantidad de factores que, incluso en nuestro interior (me refiero a la actividad de nuestro cerebro), desconocemos. Esta no es una polémica nueva, ya los autores griegos dividían claramente entre lo que era el alma o lo inmutable en el individuo y su parte mutable o material.

Como en otras áreas del pensamiento el problema de dividir en partes, es decir de escalar lo observado, es que nos dejamos por el camino gran cantidad de factores (tales como las interrelaciones entre las escalas). Este es un tema del que hablaré un poco más tarde. Comencemos por pensar como si fuésemos máquinas; sería como si quisiésemos adquirir conocimientos en forma de algoritmos. Hasta no hace mucho (para ser más exactos hasta mediados del siglo pasado), toda la ciencia estaba enfocada aproximadamente por este camino del determinismo y, junto con ella, gran parte del pensamiento filosófico. Digo que aproximadamente porque incluso en la actualidad se sigue haciendo una clara diferenciación entre lo que es la vida y lo que es la ciencia. Que todo el pensamiento de una época esté, de alguna u otra forma, influido por las conclusiones obtenidas en todas y cada una de sus parcelas, no quiere decir que no se puedan delimitar la validez de las conclusiones obtenidas por unas y otras. Esta es una delimitación práctica, basada en su funcionamiento aunque sea parcialmente; desgraciadamente el ser humano todavía no ha podido pasar esta barrera de las escalas de conocimiento, así es que habrá que adentrarse con la precaución a la que nos fuerza el desconocimiento.

Como iba diciendo, hasta hace un siglo y medio, el pensar científico estaba claramente escindido de la vida y del ser humano (salvando todo lo que se refiere a la tecnología), debido a que el determinismo no conducía a ninguna explicación de la existencia de los hombres y de los seres vivos en el planeta tierra. La exactitud con la que se medían las órbitas de los planetas, con la que se calculaba por dónde iba a pasar un rayo de luz a través de una lente, etc., daba el suficiente peso como para cuestionarse la existencia de un Ser supremo que se encargaría del resto de actividades aún por explicar. Los pensadores de entonces eran conscientes de que la ciencia de entonces (como la de ahora) era incompleta, sin embargo no sé si imaginaban hasta qué punto lo era. Efectivamente, el pensar humano se ha encaminado por el camino de las escalas, es decir, dividir o seccionar la realidad en partes, cada una de las cuales es independiente del resto. Haciendo esto se dan explicaciones parciales de la realidad que observamos (al menos de la realidad que observamos la mayoría), admitiéndose incluso descripciones paralelas de las que muchas veces, de una forma que se acerca más a la improvisación que a otra cosa, se han obtenido escalas mayores de realidades que antes eran abordadas por más de una escala. Sin embargo este optimismo de las escalas que se unen y cuyas incongruentes interacciones dan lugar a escalas mayores que son más completas, queda truncado por el efecto contrario, es decir, teorías que en principio abarcaban ya casi todo el mundo físico conocido se ven desbancadas por múltiples teorías escaladas que explican con mayor exactitud las observaciones. Es más, no creo que nadie cuestione que la dificultad a la hora de obtener teorías mejores es cada vez más difícil. Esta es una cuestión matemática que queda expresada muy bien por las siguientes palabras del matemático John Allen Paulos hablando sobre el número “e”:

El número e también aparece inesperadamente en situaciones en las que nos interesamos por el establecimiento de algún récord. A modo de ilustración, imaginemos una región de la Tierra que ha tenido el mismo clima durante eones. Con todo, la pluviosidad anual de esta región presentará fluctuaciones estadísticas. Si tuviéramos que empezar a partir de la pluviosidad del año 1, veríamos que los récords de pluviosidad se dan cada vez menos a medida que pasan los años. La pluviosidad del año 4 sería superior  a la de los tres años anteriores, con lo que se establecería un nuevo récord. Probablemente tendríamos que esperar hasta el año 17 para que la pluviosidad superara la de los 16 años anteriores y se estableciera un nuevo récord. Si siguiéramos registrando las precipitaciones anuales por otros 10000 años, nos encontraríamos con que sólo se bate el récord de pluviosidad unas 9 veces. Y, si consideráramos un período de un millón de años, probablemente nos encontraríamos con que el récord se bate 14 veces. .... Si al cabo de N años se ha batido R veces el récord de pluviosidad, la raíz R-ésima de N será una aproximación a e, que será tanto más aproximada cuanto mayor sea N. 

No es que algo así se tenga que cumplir con precisión, ya que la precisión se da para un caso irreal (N tendiendo a infinito), sin embargo sí que parece ser cierto que cada vez es menos probable. No obstante es conveniente tener en cuenta siempre ese factor improbable de acierto (de una teoría más completa) ya que de lo contrario dejaría de ser poco probable para pasar a ser imposible.

Por otro lado tenemos pendiente hablar de esa parte trascendental del ser humano, esa parte tan desconocida de nosotros que puede incluir todo aquello a lo que la ciencia no le puede hincar el diente. Esta es la parte de lo observado más polémica, por su subjetividad y precisamente por la falta de argumentos lógicos para abordarla. Cuando uno trata de profundizar en esta área del conocimiento adquiere, al mismo tiempo, gran parte de las papeletas para el concurso de la mejor teoría incompleta. En este sentido reproduzco lo que escribe sobre las teorías vagas el famoso físico Richard Feynman:

Si la conjetura que se hace es imprecisa y el método usado para extraer consecuencias es más bien vago ... entonces seguro que la teoría es buena, ¡porque no se puede demostrar que esté equivocada! Si encima el cálculo de las consecuencias no está bien definido, es fácil, con un poco de habilidad, convertir cualquier resultado experimental en una confirmación. Seguramente ustedes estarán acostumbrados a este modo de proceder en otras disciplinas. ... La ventaja de tener una teoría vaga es que admite cualquier resultado.

Con esto no viene a decir más que es bien fácil acertar si no se aclara lo suficiente lo que se trata de decir. El problema parte de que todo nuestro conocimiento es bastante vago, podríamos decir que cada una a un nivel determinado se convierte en una teoría vaga, incluidas las teorías físicas más aceptadas. Medir la vaguedad de una teoría o de una observación se convertiría en un nuevo problema, pero lo cierto es que hasta el momento lo que ha sucedido es que a toda teoría le llega la hora. Esto está relacionado con la imposibilidad de demostrar la no falsedad de cualquier argumento. Parece que la teoría que se obtenga partiendo del estudio trascendente, o menos material, de lo observado será más vaga que otra obtenida a partir de las matemáticas, por poner un ejemplo. Digo que parece porque lo que quería discutir en este artículo es precisamente la validez de una y otra.

Partiendo de estos dos conceptos ya podemos intuir que dentro de la clasificación entre la observación trascendente y la observación sensible, se mezcla otra clasificación que no afecta tanto al individuo como a lo que éste observa. Si clasificamos las observaciones en las que forman parte del mundo más vago (en consecuencia más subjetivo) y las que forman parte del mundo más sensible, nos encontramos con que se pueden cruzar estudios sensibles de algo trascendental o viceversa. La discusión trascendente de las conclusiones de determinadas ecuaciones matemáticas no deja de ser algo bastante normal (algo parecido es a lo que se le suele llamar filosofía de la ciencia). Hoy en día nos encontramos en una situación en la que cada uno opina lo que quiere al respecto, pero existe la posibilidad de creer en un concepto muy unificado de todo el conocimiento, aceptando en cualquier caso nuestro gran desconocimiento. Tanto la ciencia como la religión u otro tipo de creencias pueden tener explicación científica, esta es la secuela que dejó esa visión probabilística del mundo que comenzó con la termodinámica, pero a la que no se tomó suficientemente en serio hasta que la cuántica se hizo incoherente con la relatividad. Me refiero a la que considero como una gran revolución científica, aunque por su complejidad todavía le quede mucho por estallar (y quizá el apoyo de otros muchos descubrimientos); me refiero a la física de los procesos irreversibles, o en lenguaje un poco más llano, a cualquiera de los procesos naturales que observamos en el universo.

Hay un razonamiento, que parte de una conclusión del experimento de la doble rendija de Young, bastante concluyente sobre la imposibilidad para conocer lo que va a suceder en el instante siguiente. El experimento de Young no es más que una demostración de la dualidad en el comportamiento de las partículas, como ondas y como partículas (tal y como las observamos a nuestra escala), que consiste en hacer pasar haces de partículas a través de un panel con dos agujeros separados por una distancia del orden de la longitud de onda calculada para las partículas que van a ser lanzadas. Puesto que cada una de las partículas se comporta como si estuviese distribuida en un espacio definido por la amplitud de una onda (como si se tratase de una ola de agua), el resultado al atravesar los dos agujeros es idéntico al resultado de dos ondas que interfieren (como lo hacen dos olas que se encuentran). Como lo que medimos con los aparatos (que se sitúan detrás de los dos agujeros, para poder medir dónde se encuentra finalmente la partícula) es la colisión, finalmente la partícula acaba en un punto (es en este momento en el que la partícula pierde su comportamiento ondulatorio). Lo que se llama patrón de interferencia no es más que el conjunto de colisiones, que coincide con la suma de las amplitudes de las ondas (que proceden de este comportamiento ondulatorio) elevadas al cuadrado. Este patrón no es el mismo que el obtenido si tapamos cada uno de los agujeros por separado y sumamos. Matemáticamente el primero es (A+B)2 y el otro A2+B2. Dado que si medimos lo que sucede en cada uno de los agujeros entonces el patrón obtenido se convierte en el segundo, no hay más que decir que nuestra medida equivale a la medida de las intensidades y, precisamente en el momento en el que interaccionamos (con fotones por ejemplo) para detectar si pasa la partícula, le comunicamos una energía y ésta pierde su comportamiento ondulatorio. El razonamiento del que hablaba acerca de la imposibilidad de predecir lo que sucederá al instante siguiente lo explica Richar Feynman de la siguiente forma:

He dicho que si no encendemos la luz obtenemos el patrón de interferencia [se refiere a que si no ponemos el detector en el agujero obtenemos la primera contribución]. Es imposible analizar este experimento en términos de que cada electrón [se refiere a electrones pero podría haberse referido a cualquier otra partícula microscópica] pasa por uno de los dos agujeros, porque la curva de interferencia es muy simple y, desde el punto de vista matemático, completamente distinta de la contribución conjunta de las otras dos curvas probabilísticas. Si hubiéramos podido determinar por anticipado el agujero por el que iba a pasar un electrón, el tener o no encendida la luz sería irrelevante para el resultado final. Fuera cual fuera el mecanismo de la fuente de electrones que nos permitiera anticipar la trayectoria del electrón, podríamos haberla conocido sin encender la luz y, en consecuencia, habríamos podido decir, aun sin luz, por qué agujero iba a pasar el electrón. Pero de haber sido esto posible, la curva resultante habría podido representarse como la suma de los electrones que pasan por el agujero número 1 más los que pasan por el número 2, en contra de lo que realmente ocurre. Es, pues, imposible, ni con luz ni sin ella, disponer de información anticipada que nos indique por qué agujero pasará el electrón cuando el experimento está montado de manera que con la luz apagada se obtiene el patrón de interferencia.

La realidad de este argumento me parece lo suficientemente concluyente, por estar  basado no sólo en nuestro desconocimiento a la hora de decir por qué sucede esto con las partículas microscópicas, sino porque independientemente de que nuestro conocimiento sobre el por qué aumente en exactitud será imposible predecir cual será el resultado. Y es que no deja de sorprenderme que este hecho tan sencillo y tan fácil de divulgar no sea conocido por la mayoría de la gente con la que tengo oportunidad de hablar sobre el conocimiento o sobre la vida.

  Es normal que a quien no tenga una relación directa con el estudio de la ciencia, este tipo de cosas les parezcan todas subjetivas y dignas de discusión siempre y cuando se tengan los conocimientos suficientes, pero no del todo reales. Por eso planteo el siguiente ejercicio para demostrar la imposibilidad para predecir lo que va a suceder tan solo un instante después. La cuestión es que si creemos en nuestra capacidad para poder abarcar todas y cada una de las variables que habría que contabilizar para formular la ecuación que nos dé lo que sucederá en el instante siguiente (y creemos que esto fuese posible), también tendremos que creer que seríamos capaces de modificar en el mismo momento de hacer la predicción algo que afectara de tal forma que el resultado no coincidiera con el resultado obtenido. Dicho de otra forma, imaginemos que somos capaces de predecir lo que sucederá dentro de un segundo. Una forma (que sería lo que nos diría la parte más lógica de nuestra perversa mente) consistiría en conocer el comportamiento de cada partícula en el universo (incluidas las que hay en nuestro cerebro), con lo que el absurdo consistiría tan sólo en pensar algo totalmente distinto a lo que nos ha indicado nuestra ecuación que iba a pensar. Pero para no depender de nuestro pensamiento, que bien es cierto podríamos colocar en algo así como otra dimensión en el caso de que fuese posible la predicción, siempre podríamos recurrir a que ciertamente las ondas cerebrales sí que se ven afectadas por lo que pensamos, llegando de nuevo al mismo absurdo. Bien es cierto que nuestro cerebro es un sistema complejo, pero ¿hay algún caso más sencillo que el de una partícula que se topa con dos agujerillos de nada?

  Esta imposibilidad, que asumo como natural (aunque esta hoy en día no es ni mucho menos una opinión unánime), parece que está muy relacionada con la relación existente entre los cruces de comportamiento ante el conocimiento que he comentado anteriormente. Es en este sentido en el que hablo de teoría del desconocimiento como aquella que trata de unificar todo el conocimiento existente, tratando de no detenerse en las escalas que se han planteado en todas las culturas y que se encuentran tan arraigadas en nuestra forma de actuar en la vida. Claro que ¿no peca de vaga esta teoría? No creo que peque más que cualquier otra, incluso la más acertada según las pruebas prácticas. Sin embargo puede resultar una teoría válida para argumentos muy prácticos en la vida de un ser humano, sin escindir partes que considero tan importantes como el conocimiento de las ciencias físicas, matemáticas, etc., así como otras que no se han considerado en paralelo a ellas como las humanísticas, la psicología, etc.

 

 

 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 

 

 

 

 
 
 
 
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