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Pocas cosas tienen tanto sentido como el invertir en conocer
cuanto más mejor. De historia en historia el momento queda
clavado en nuestra vida cuando tratamos de recordar, de
aprender a recordar o de aprender a aprender; el tiempo en sí
no tiene otro significado que el de ir adquiriendo
experiencia y el de acumular causas y consecuencias,
haciendo del día a día un sin sentido mucho más ameno.
El
recuerdo es esa capacidad que nos diferencia tanto de otro
tipo de seres, pues no nos basamos en su cantidad tanto como
lo puedan hacer los de otras especies pero sí que lo
hacemos en su calidad. Si buscamos calidad podemos
encontrarnos con mundos que anteriormente no han existido y,
con un poco de suerte, incluso podemos encontrarnos algo de
nosotros mismos. La mente no lo es todo, es una parte de
todo lo que nos rodea. El cuerpo tiene otro tipo de
integridad que no es perceptible con la mente, aunque esto
siempre dependerá de cómo la usemos. Inventar hasta la
parte más minúscula para poder entregarnos al infinito,
explorando en mitad de este inmenso paraje cada partícula
de pensamiento, buscando nuevas limitaciones y teniendo en
cuenta la variabilidad de cada momento..., así es como
viven los seres humanos. Si queremos cambiar el conocimiento
por pura teoría nos quedamos con un hueco en el corazón,
pero si lo hacemos todo a través de lo sensible nos
quedamos con otro de no menos importancia en el alma.
Dos
cuestiones: Lo sensible y lo espiritual
De
lo hablado en el primer parágrafo sobre la inversión en el
conocimiento, surgen dos posturas distintas.
Ante la necesidad del ser humano en la búsqueda de
conocimiento, podemos plantearnos si es mejor el tratar de
adquirir conocimientos como si nuestro cerebro se comportara
como una máquina o si por el contrario deberíamos
tener en cuenta esa gran cantidad de factores que, incluso
en nuestro interior (me refiero a la actividad de nuestro
cerebro), desconocemos. Esta no es una polémica nueva, ya
los autores griegos dividían claramente entre lo que era el
alma o lo inmutable en el individuo y su parte mutable o
material.
Como
en otras áreas del pensamiento el problema de dividir en
partes, es decir de escalar lo observado, es que nos dejamos
por el camino gran cantidad de factores (tales como las
interrelaciones entre las escalas). Este es un tema del que
hablaré un poco más tarde. Comencemos por pensar como si
fuésemos máquinas; sería como si quisiésemos adquirir
conocimientos en forma de algoritmos. Hasta no hace mucho
(para ser más exactos hasta mediados del siglo pasado),
toda la ciencia estaba enfocada aproximadamente por este
camino del determinismo y, junto con ella, gran parte del
pensamiento filosófico. Digo que aproximadamente porque
incluso en la actualidad se sigue haciendo una clara
diferenciación entre lo que es la vida y lo que es la
ciencia. Que todo el pensamiento de una época esté, de
alguna u otra forma, influido por las conclusiones obtenidas
en todas y cada una de sus parcelas, no quiere decir que no
se puedan delimitar la validez de las conclusiones obtenidas
por unas y otras. Esta es una delimitación práctica,
basada en su funcionamiento aunque sea parcialmente;
desgraciadamente el ser humano todavía no ha podido pasar
esta barrera de las escalas de conocimiento, así es que
habrá que adentrarse con la precaución a la que nos fuerza
el desconocimiento.
Como iba diciendo, hasta hace un siglo y
medio, el pensar científico estaba claramente escindido de
la vida y del ser humano (salvando todo lo que se refiere a
la tecnología), debido a que el determinismo no conducía a
ninguna explicación de la existencia de los hombres y de
los seres vivos en el planeta tierra. La exactitud con la
que se medían las órbitas de los planetas, con la que se
calculaba por dónde iba a pasar un rayo de luz a través de
una lente, etc., daba el suficiente peso como para
cuestionarse la existencia de un Ser supremo que se encargaría
del resto de actividades aún por explicar. Los pensadores
de entonces eran conscientes de que la ciencia de entonces
(como la de ahora) era incompleta, sin embargo no sé si
imaginaban hasta qué punto lo era. Efectivamente, el pensar
humano se ha encaminado por el camino de las escalas, es
decir, dividir o seccionar la realidad en partes, cada una
de las cuales es independiente del resto. Haciendo esto se
dan explicaciones parciales de la realidad que observamos
(al menos de la realidad que observamos la mayoría), admitiéndose
incluso descripciones paralelas de las que muchas veces, de
una forma que se acerca más a la improvisación que a otra
cosa, se han obtenido escalas mayores de realidades que
antes eran abordadas por más de una escala. Sin embargo
este optimismo de las escalas que se unen y cuyas
incongruentes interacciones dan lugar a escalas mayores que
son más completas, queda truncado por el efecto contrario,
es decir, teorías que en principio abarcaban ya casi todo
el mundo físico conocido se ven desbancadas por múltiples
teorías escaladas que explican con mayor exactitud las
observaciones. Es más, no creo que nadie cuestione que la
dificultad a la hora de obtener teorías mejores es cada vez
más difícil. Esta es una cuestión matemática que queda
expresada muy bien por las siguientes palabras del matemático
John Allen Paulos hablando sobre el número “e”:
El número e también aparece inesperadamente en situaciones
en las que nos interesamos por el establecimiento de algún
récord. A modo de ilustración, imaginemos una región de
la Tierra que ha tenido el mismo clima durante eones. Con
todo, la pluviosidad anual de esta región presentará
fluctuaciones estadísticas. Si tuviéramos que empezar a
partir de la pluviosidad del año 1, veríamos que los récords
de pluviosidad se dan cada vez menos a medida que pasan los
años. La pluviosidad del año 4 sería superior
a la de los tres años anteriores, con lo que se
establecería un nuevo récord. Probablemente tendríamos
que esperar hasta el año 17 para que la pluviosidad
superara la de los 16 años anteriores y se estableciera un
nuevo récord. Si siguiéramos registrando las
precipitaciones anuales por otros 10000 años, nos encontraríamos
con que sólo se bate el récord de pluviosidad unas 9
veces. Y, si consideráramos un período de un millón de años,
probablemente nos encontraríamos con que el récord se bate
14 veces. .... Si al cabo de N años se ha batido R veces el
récord de pluviosidad, la raíz R-ésima de N será una
aproximación a e, que será tanto más aproximada cuanto
mayor sea N.
No
es que algo así se tenga que cumplir con precisión, ya que
la precisión se da para un caso irreal (N tendiendo a
infinito), sin embargo sí que parece ser cierto que cada
vez es menos probable. No obstante es conveniente tener en
cuenta siempre ese factor improbable de acierto (de una teoría
más completa) ya que de lo contrario dejaría de ser poco
probable para pasar a ser imposible.
Por
otro lado tenemos pendiente hablar de esa parte
trascendental del ser humano, esa parte tan desconocida de
nosotros que puede incluir todo aquello a lo que la ciencia
no le puede hincar el diente. Esta es la parte de lo
observado más polémica, por su subjetividad y precisamente
por la falta de argumentos lógicos para abordarla. Cuando
uno trata de profundizar en esta área del conocimiento
adquiere, al mismo tiempo, gran parte de las papeletas para
el concurso de la mejor teoría incompleta. En este sentido
reproduzco lo que escribe sobre las teorías vagas el famoso
físico Richard Feynman:
Si la
conjetura que se hace es imprecisa y el método usado para
extraer consecuencias es más bien vago ... entonces seguro
que la teoría es buena, ¡porque no se puede demostrar que
esté equivocada! Si encima el cálculo de las consecuencias
no está bien definido, es fácil, con un poco de habilidad,
convertir cualquier resultado experimental en una confirmación.
Seguramente ustedes estarán acostumbrados a este modo de
proceder en otras disciplinas. ... La ventaja de tener una
teoría vaga es que admite cualquier resultado.
Con
esto no viene a decir más que es bien fácil acertar si no
se aclara lo suficiente lo que se trata de decir. El
problema parte de que todo nuestro conocimiento es bastante
vago, podríamos decir que cada una a un nivel determinado
se convierte en una teoría vaga, incluidas las teorías físicas
más aceptadas. Medir la vaguedad de una teoría o de una
observación se convertiría en un nuevo problema, pero lo
cierto es que hasta el momento lo que ha sucedido es que a
toda teoría le llega la hora. Esto está relacionado con la
imposibilidad de demostrar la no falsedad de cualquier
argumento. Parece que la teoría que se obtenga partiendo
del estudio trascendente, o menos material, de lo observado
será más vaga que otra obtenida a partir de las matemáticas,
por poner un ejemplo. Digo que parece porque lo que quería
discutir en este artículo es precisamente la validez de una
y otra.
Partiendo
de estos dos conceptos ya podemos intuir que dentro de la
clasificación entre la observación trascendente y la
observación sensible, se mezcla otra clasificación que no
afecta tanto al individuo como a lo que éste observa. Si
clasificamos las observaciones en las que forman parte del
mundo más vago (en consecuencia más subjetivo) y las que
forman parte del mundo más sensible, nos encontramos con
que se pueden cruzar estudios sensibles de algo
trascendental o viceversa. La discusión trascendente de las
conclusiones de determinadas ecuaciones matemáticas no deja
de ser algo bastante normal (algo parecido es a lo que se le
suele llamar filosofía de la ciencia). Hoy en día nos
encontramos en una situación en la que cada uno opina lo
que quiere al respecto, pero existe la posibilidad de creer
en un concepto muy unificado de todo el conocimiento,
aceptando en cualquier caso nuestro gran desconocimiento.
Tanto la ciencia como la religión u otro tipo de creencias
pueden tener explicación científica, esta es la secuela
que dejó esa visión probabilística del mundo que comenzó
con la termodinámica, pero a la que no se tomó
suficientemente en serio hasta que la cuántica se hizo
incoherente con la relatividad. Me refiero a la que
considero como una gran revolución científica, aunque por
su complejidad todavía le quede mucho por estallar (y quizá
el apoyo de otros muchos descubrimientos); me refiero a la física
de los procesos irreversibles, o en lenguaje un poco más
llano, a cualquiera de los procesos naturales que observamos
en el universo.
Hay
un razonamiento, que parte de una conclusión del
experimento de la doble rendija de Young, bastante
concluyente sobre la imposibilidad para conocer lo que va a
suceder en el instante siguiente. El experimento de Young no
es más que una demostración de la dualidad en el
comportamiento de las partículas, como ondas y como partículas
(tal y como las observamos a nuestra escala), que consiste
en hacer pasar haces de partículas a través de un panel
con dos agujeros separados por una distancia del orden de la
longitud de onda calculada para las partículas que van a
ser lanzadas. Puesto que cada una de las partículas se
comporta como si estuviese distribuida en un espacio
definido por la amplitud de una onda (como si se tratase de
una ola de agua), el resultado al atravesar los dos agujeros
es idéntico al resultado de dos ondas que interfieren (como
lo hacen dos olas que se encuentran). Como lo que medimos
con los aparatos (que se sitúan detrás de los dos
agujeros, para poder medir dónde se encuentra finalmente la
partícula) es la colisión, finalmente la partícula acaba
en un punto (es en este momento en el que la partícula
pierde su comportamiento ondulatorio). Lo que se llama patrón
de interferencia no es más que el conjunto de colisiones,
que coincide con la suma de las amplitudes de las ondas (que
proceden de este comportamiento ondulatorio) elevadas al
cuadrado. Este patrón no es el mismo que el obtenido si
tapamos cada uno de los agujeros por separado y sumamos.
Matemáticamente el primero es (A+B)2 y el otro A2+B2.
Dado que si medimos lo que sucede en cada uno de los
agujeros entonces el patrón obtenido se convierte en el
segundo, no hay más que decir que nuestra medida equivale a
la medida de las intensidades y, precisamente en el momento
en el que interaccionamos (con fotones por ejemplo) para
detectar si pasa la partícula, le comunicamos una energía
y ésta pierde su comportamiento ondulatorio. El
razonamiento del que hablaba acerca de la imposibilidad de
predecir lo que sucederá al instante siguiente lo explica
Richar Feynman de la siguiente forma:
He
dicho que si no encendemos la luz obtenemos el patrón de
interferencia [se
refiere a que si no ponemos el detector en el agujero
obtenemos la primera contribución].
Es imposible analizar este experimento en términos de
que cada electrón [se
refiere a electrones pero podría haberse referido a
cualquier otra partícula microscópica]
pasa por uno de los dos agujeros, porque la curva de
interferencia es muy simple y, desde el punto de vista matemático,
completamente distinta de la contribución conjunta de las
otras dos curvas probabilísticas. Si hubiéramos podido
determinar por anticipado el agujero por el que iba a pasar
un electrón, el tener o no encendida la luz sería
irrelevante para el resultado final. Fuera cual fuera el
mecanismo de la fuente de electrones que nos permitiera
anticipar la trayectoria del electrón, podríamos haberla
conocido sin encender la luz y, en consecuencia, habríamos
podido decir, aun sin luz, por qué agujero iba a pasar el
electrón. Pero de haber sido esto posible, la curva
resultante habría podido representarse como la suma de los
electrones que pasan por el agujero número 1 más los que
pasan por el número 2, en contra de lo que realmente
ocurre. Es, pues, imposible, ni con luz ni sin ella,
disponer de información anticipada que nos indique por qué
agujero pasará el electrón cuando el experimento está
montado de manera que con la luz apagada se obtiene el patrón
de interferencia.
La
realidad de este argumento me parece lo suficientemente
concluyente, por estar
basado no sólo en nuestro desconocimiento a la hora
de decir por qué sucede esto con las partículas microscópicas,
sino porque independientemente de que nuestro conocimiento
sobre el por qué aumente en exactitud será imposible
predecir cual será el resultado. Y es que no deja de
sorprenderme que este hecho tan sencillo y tan fácil de
divulgar no sea conocido por la mayoría de la gente con la
que tengo oportunidad de hablar sobre el conocimiento o
sobre la vida.
Es normal que a
quien no tenga una relación directa con el estudio de la
ciencia, este tipo de cosas les parezcan todas subjetivas y
dignas de discusión siempre y cuando se tengan los
conocimientos suficientes, pero no del todo reales. Por eso
planteo el siguiente ejercicio para demostrar la
imposibilidad para predecir lo que va a suceder tan solo un
instante después. La cuestión es que si creemos en nuestra
capacidad para poder abarcar todas y cada una de las
variables que habría que contabilizar para formular la
ecuación que nos dé lo que sucederá en el instante
siguiente (y creemos que esto fuese posible), también
tendremos que creer que seríamos capaces de modificar en el
mismo momento de hacer la predicción algo que afectara de
tal forma que el resultado no coincidiera con el resultado
obtenido. Dicho de otra forma, imaginemos que somos capaces
de predecir lo que sucederá dentro de un segundo. Una forma
(que sería lo que nos diría la parte más lógica de
nuestra perversa mente) consistiría en conocer el
comportamiento de cada partícula en el universo (incluidas
las que hay en nuestro cerebro), con lo que el absurdo
consistiría tan sólo en pensar algo totalmente distinto a
lo que nos ha indicado nuestra ecuación que iba a pensar.
Pero para no depender de nuestro pensamiento, que bien es
cierto podríamos colocar en algo así como otra dimensión
en el caso de que fuese posible la predicción, siempre podríamos
recurrir a que ciertamente las ondas cerebrales sí que se
ven afectadas por lo que pensamos, llegando de nuevo al
mismo absurdo. Bien es cierto que nuestro cerebro es un
sistema complejo, pero ¿hay algún caso más sencillo que
el de una partícula que se topa con dos agujerillos de
nada?
Esta imposibilidad, que asumo como natural (aunque
esta hoy en día no es ni mucho menos una opinión unánime),
parece que está muy relacionada con la relación existente
entre los cruces de comportamiento ante el conocimiento que
he comentado anteriormente. Es en este sentido en el que
hablo de teoría del desconocimiento como aquella que trata
de unificar todo el conocimiento existente, tratando de no
detenerse en las escalas que se han planteado en todas las
culturas y que se encuentran tan arraigadas en nuestra forma
de actuar en la vida. Claro que ¿no peca de vaga esta teoría?
No creo que peque más que cualquier otra, incluso la más
acertada según las pruebas prácticas. Sin embargo puede
resultar una teoría válida para argumentos muy prácticos
en la vida de un ser humano, sin escindir partes que
considero tan importantes como el conocimiento de las
ciencias físicas, matemáticas, etc., así como otras que
no se han considerado en paralelo a ellas como las humanísticas,
la psicología, etc.
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