|
RESUMEN: Para que pudiese continuar el proceso de hominización, con la profunda
y prolongada indefensión infantil que traía consigo, era preciso (o cuando menos
conveniente), que los machos se implicasen más en el cuidado de las hembras y
las crías. Esa necesidad, junto con la brusca disminución del dimorfismo sexual
de los homínidos a partir del homo ergaster (hace más de un millón y medio de
años), es aprovechada por los autores para plantear la posibilidad de que, por
esas fechas, hubiese tenido lugar una evolución en la sexualidad de nuestros
antepasados que hubiese conducido desde una probable poligamia anterior hacia
una monogamia. Una condición que, a tenor de nuestro exiguo dimorfismo, escaso
tamaño relativo de nuestros testículos, y afición a vivir en pareja, aún podría
persistir en nosotros. Y eso abriría nuevas perspectivas en lo que respecta a la
naturaleza de ese abanico de enigmáticas emociones que, desde el inicio de los
tiempos, nos han hostigado con su presencia.
..........................
Muchos antropólogos creen que la hominización, con el profundo y prolongado
periodo de dependencia infantil que traía consigo, no hubiese podido llevarse a
cabo si la humanidad no se hubiese decantado por una organización familiar,
hasta el punto de que la mayoría opina que bastó esa necesidad para que la
humanidad se decidiese a adoptarla. Pero no deja de ser una postura arriesgada:
“¿Engendran las necesidades su propia satisfacción? Afirmarlo constituye un
pensamiento descaradamente teleológico incompatible con la verdadera ciencia. En
este triste mundo las cosas no ocurren porque se necesiten o porque su aparición
beneficie a alguien, aunque fuese a la humanidad en general.” (Gellner,
Antropología y política, Barcelona, Altaya, 1999, p. 169). Aceptar que aquellos
seres, con un cerebro bastante más rudimentario que el nuestro, pudieron ser
capaces por el bien de las crías, de las hembras o de la especie, de violentar
su naturaleza promiscua y empezar a vivir en parejas, exige de nosotros ese
toque de credulidad y fantasía de uno de esos poéticos relatos de Walt Disney.
¿Entonces? Oigamos la velada opinión de Arsuaga y Martinez cuando hablan del
distinto comportamiento sexual de los hominoideos: “¿Qué determina las
diferencias en la conducta sexual, y por extensión en la conducta social, de
especies tan próximamente emparentadas? Los genes.” (La especie elegida,
capítulo 11).
De cuando en cuando, las especies sufren mutaciones que significan
variaciones en fisiología, morfología, anatomía o conducta. La selección escoge
las más adecuadas y al cabo de unos cuantos miles de generaciones han pasado a
formar parte del patrimonio. Y el súbito cambio del dimorfismo sexual de
nuestros ancestros a partir del homo ergaster (hace millón y medio de años),
apoyaría la idea (o cuando menos no la rechaza) de que en esa especie se podría
haber iniciado una monogamia. En efecto, la acusada diferencia de corpulencia
entre los sexos de los primeros homínidos (próximo al 40%) sugiere estructuras
sociales de gran competencia sexual próximas a la poligamia, mientras que su
caída en el ergaster a niveles inferiores al 20%, indicaría que su sexualidad
podría haber evolucionado a formas menos competitivas como podría ser la
formación de parejas (otra posibilidad sería una vuelta a la promiscuidad, pero
eso, en lugar de una ventaja para la supervivencia de las crías, supondría un
retroceso; esa cuando menos fue la tesis que mantuvo en la presentación de
nuestro libro Condenados a amar la profesora de Psicobiología y Etoprimatología
de la Universidad de Barcelona Montserrat Colell Mimó).
¿Pudo pues, haberse instaurado en los últimos homínidos, una programación innata
hacia la vida en parejas? Es una posibilidad que, con los nuevos datos en la
mano, ya no se puede desdeñar, y nos pondría ante nuevas perspectivas. Porque,
si ese fuese el caso, ¿qué habrá pasado con el impulso responsable de ese
fenómeno? Por supuesto, podría haber perdido fuerza, o incluso haber degenerado
(gallinas criadas en incubadoras han llegado a perder el instinto de incubar).
Pero parece hablar en contra nuestro escaso dimorfismo; el exiguo tamaño de
nuestros testículos (para evitar resquemores de los lectores sensibles,
empezaremos por admitir que sabemos que todas las reglas tienen excepciones y a
buen seguro que ellos lo son; pero una vez sentado esto habrá que aceptar que
las especies promiscuas suelen llevar la competencia sexual al terreno de los
espermatozoides y sus machos, como sucede en los chimpancés, suelen estar
provistos de testículos más voluminosos, en proporción a la respectiva
corpulencia, que los nuestros); la universalidad de la institución familiar; la
existencia de esos misteriosos sentimientos que desde siempre (las primeras
poesías amorosas nacen con los egipcios y a través de griegos y romanos llegan
hasta nuestros días) parecen acompañarnos y que, con la nueva teoría, pasarían a
ser algo tan sencillo como el reflejo provocado en la mente por ese impulso
profundo, y por supuesto ajeno al mundo cognitivo; las tempestades químicas que
llevan consigo; su habitual cortejo de celos; la autonomía e irracionalidad de
todas estas emociones, etc.
¿Por qué si el 90 % de la gente vive, o cuando menos ha vivido un cierto tiempo,
en pareja nunca se ha tenido en cuenta esta posibilidad? Hay varios motivos.
Para empezar somos una especie demasiado pagada de su espiritualidad e
inteligencia (es lo que nos separa del resto de los animales), de ahí que
siempre tendamos a atribuirles la paternidad de aquellos rasgos de los que nos
sentimos más orgullosos (aunque puede que a alguno de ellos no le corresponda
por entero: ahí podrían estar incluidos la amistad, el patriotismo, el ansia de
sobresalir, el amor maternal, etc.). Y no íbamos a actuar de otra forma con
el que puede que sea el más exquisito y apreciado de nuestros sentimientos: el
amor (aunque también en él puedan palpitar emociones ancestrales que ya hemos
olvidado). Además, ahí está su fragilidad. Aunque la mayoría de la gente ha
estado alguna vez enamorada, ni esa emoción ha sido tan fuerte que les haya
atado de por vida a una pareja (salvo cuando se agrega una decisión personal en
la que el cerebro y la voluntad participan activamente), ni tan violenta que
excluya el atractivo sexual de las otras personas del entorno. Y eso, hace unas
décadas, cuando se creía que los lazos de pareja en las monogamias eran tan
fuertes que hacían aquella relación “exclusiva”, casi desechaba esa posibilidad
en nosotros. ¡Más aún cuando además, la mayor parte de la vida, ni siquiera
estamos enamorados!.
¡Pero, hoy en día, las circunstancias han cambiado¡ Ahora sabemos que las
“infidelidades” son frecuentes en todas las monogamias y que, por otra parte,
junto a la presencia de monogamias vitales, hay otras que duran sólo el tiempo
suficiente para sacar las crías adelante. Por lo tanto, lo que vemos suceder a
nuestro alrededor, sería compatible con lo que podría pasar si nuestra especie
fuese monógama, más aún teniendo en cuenta el brutal desarrollo de nuestro
cerebro, bajo cuya batuta es imposible esperar una total uniformidad de
comportamientos: nuestros impulsos biológicos (sean cuales fueren) nos empujarán
en un sentido, pero serán incapaces de obligarnos a actuar de una manera
determinada. Y eso nos debería obligar a un análisis más detallado y cuidadoso.
Y si lo hacemos, pronto nos daremos cuenta de que, aunque la creencia en nuestra
naturaleza promiscua se ha hecho tan universal que ha dejado de ser una opinión
para convertirse en un artículo de fe, los argumentos que se esgrimen a su favor
no son tan convincentes como se pretende. Es verdad que nuestro pariente más
próximo, el chimpancé, exhibe una promiscuidad total. Pero está claro que lo que
pase en ellos no tiene por qué resultar determinante para nosotros. Hace más de
cinco millones de años que nos separamos y, aunque el 98 % de nuestros
respectivos ADN continúen siendo idénticos, las diferencias abarcan partes tan
esenciales como laringe, pie, cadera, mano, piel, cerebro, genitales, etc. Y no
hay ningún impedimento en que en ese etcétera no pueda estar incluido el modo de
expresarse la sexualidad. Mas aún cuando, como hemos visto, los avatares del
dimorfismo sexual de nuestros antepasados así parece indicarlo.
También se alega una pretendida falta de sentimientos amorosos en los pueblos
más “primitivos” y por tanto “naturales”, pero tampoco resulta un hecho
demostrativo. Por una parte no hay unanimidad de criterio (Fischer y Jankoviak
los hallan en el 87 % de las 168 culturas estudiadas). Y por otra la suposición
de que su conducta esté más exenta de influencias culturales que la nuestra no
merece ninguna confianza. Es verdad que su modo de vida, estancado en la edad de
piedra, hace pensar en sociedades más jóvenes cuyas costumbres no habrán sido
mediatizadas por el cerebro. Pero es un espejismo puesto que, en realidad,
llevan los mismos años de evolución que nosotros. Y, admitida su igualdad de
capacidad cerebral, cosa que nadie pone en duda, su atraso habrá que achacarlo a
una profunda resistencia a las novedades casi siempre sustentada en un mayor
respeto a unos tabúes: es decir a unas normas culturales: “el progreso es
posible porque el cambio es posible.” (E. Gellner, Ibid, p.51).
Pero es que, incluso si aceptamos su conducta como más natural, habrá que
hacerlo sin reservas y con todas las consecuencias. Y lo que se ve en la
mayoría, es lo mismo que se ve en las demás especies monógamas: emparejamiento e
infidelidad. Y defender sin mas, que su infidelidad es espontánea y sus
matrimonios impuestos, no parece una postura demasiado científica. ¡Cualidad
por otra parte inherente al modo como se tratan otros muchos casos¡ Así, los
muria, un pueblo que muchos presentan como paradigma de sexualidad natural
desprovista de toda connotación afectiva, tienen unas curiosas costumbres.
Poseen unos dormitorios comunes donde los muchachos, al llegar la pubertad se
inician en la práctica de las relaciones sexuales. ¡Pero en realidad son de dos
clases!. En el primero, donde tienen lugar los primeros escarceos, se permite el
libre emparejamiento. Pero tras un corto periodo de tiempo pasan al otro, ¡donde
los lazos de pareja están tan estrictamente prohibidos que si se descubre que
dos jóvenes se han acostado juntos más de tres noches se les impone un severo
castigo¡ ¡Y, sin embargo, hay quien se siente autorizado para exhibir sus
futuros hábitos como “prueba” de la que pueda ser nuestra condición “natural”¡
¡Inefable!.
¿Y qué opinar de lo que pueda pasar en sociedades restrictivas como las de los
árabes? Aunque hay autores que sostienen que los enamoramientos también son
frecuentes en ellas y provocan adulterios, fugas y melancólicas canciones, lo
que pueda ocurrir casi carece de valor. Si ponemos granos de maíz o de trigo
encerrados en recipientes secos y herméticos ninguno de ellos germinará, pero lo
más probable es que aquellas semillas conserven toda su potencialidad de
crecimiento que se manifestará cuando las condiciones ambientales pasen a ser
las adecuadas. Y lo mismo podría pasar aquí. Incluso rizando el rizo su forma de
comportase podría verse como una prueba de que el que trazó sus pautas de
conducta conocía la violencia del amor. Y si no, rogamos al lector que resuma
cuales deberían ser a su juicio las normas de una sociedad que creyese en el
fatalismo del amor y quisiera mantenerlo a buen recaudo. Y verán como casi
coinciden con las suyas.
Y nos queda por analizar lo que sucede entre nosotros. Se dice que el amor es
una creación cultural del siglo XII, pero una vez más es una afirmación
aventurada, y para alimentar nuestras dudas ahí están los encendidos poemas de
algunos pergaminos egipcios, la poesía de Safo (que se suicidó por un amor
contrariado), Cátulo, Tíbulo o Propercio, la expresiva denominación de “locura
de los dioses” que los griegos daban a los casos más llamativos, o esa explosión
de amor “udrí” del siglo VIII. Es verdad que, incluso ahora, los lazos de pareja
son bastante laxos y vienen muchas veces marcados por episodios de infidelidad,
pero, como ya hemos dicho, eso ocurre en todas las especies monógamas.
También
es verdad que aunque hay épocas en las que hemos estado enamorados, menudean más
esas otras en las que nos sentimos promiscuos, pero eso también pasa en otras
monogamias. Lorenz (1) nos refiere el caso de una gansa que tras dos episodios
de ruptura de la pareja -por muerte del consorte- se volvió promiscua; y entre
nosotros esas rupturas son bastante frecuentes- aunque afortunadamente por
motivos menos drásticos. Incluso puede que sea verdad (como proclamaba Reich)
que una promiscuidad extrema sea un buen antídoto para que no surjan lazos de
pareja (el enamoramiento). Pero, una vez más, eso también parece suceder en
otras especies monógamas. Carter (2) refiere el ejemplo de una especie de topos
en los que esos lazos afectivos de pareja surgen cuando copulan unas cuantas
veces con la misma hembra, en cambio si cada día se les mete en la jaula una
hembra distinta no aparecen.
Como vemos, la mayoría de hechos que se esgrimen a favor de nuestra promiscuidad
no son convincentes, pues se da el caso de que se presentan en especies
monógamas. Pero, no nos hagamos ilusiones, porque las que podamos exhibir en pro
de una naturaleza monogámica tampoco son indiscutibles (si lo fueran ha tiempo
que se habrían aceptado). Incluso atendiendo sólo a nuestro entorno más
inmediato no parece posible llegar a resultados definitivos. Es cierto que
parece existir el enamoramiento, pero no menudea con exceso (a tenor de las
encuestas el promedio por persona es un rácano 1´2) y además son emociones
evanescentes que suelen desaparecer en unos años. Así que, si queremos alcanzar
una opinión, habrá que hilar fino y valernos de indicios que tal vez no sean
todo lo demostrativos que quisiéramos pero que, a falta de otra cosa, pueden
inclinarnos a favor de una de ellas.
Y el primero sería la distinta simplicidad de cada una de la teorías. Mientras
que durante siglos nos hemos tenido que esforzar en buscar enrevesadas hipótesis
(algunas de ellas francamente originales) para explicar fenómenos como la
universalidad de la familia, el origen de las emociones amorosas, o la
naturaleza y la causa de los celos, la nueva los engloba con facilidad en una
explicación única (lo cual siempre ha sido el desiderátum de todas las ciencias)
y tan sencilla que está al alcance de cualquiera.
El segundo, la distinta concordancia de sus respectivas afirmaciones con lo que
sucede en la naturaleza. Por ejemplo, volviendo a la posible inmunidad que la
promiscuidad puede tener frente al enamoramiento, ya hemos visto que en otras
especies monógamas sucede algo semejante. En cambio, que el poner cortapisas a
una promiscuidad natural (como defendía Reich), sea capaz de originar lo que una
buena porción de la humanidad estima como su sentimiento más hermoso, no sólo no
tiene representación en la naturaleza sino que, a nosotros cuando menos, nos
parece imposible. ¿Desde cuando la naturaleza se dedica a premiar a los que
conculcan sus dictados? Todos los hemos contrariado en alguna ocasión, pero lo
que nuestra rebelión suele despertar no son emociones placenteras, sino todo lo
contrario.
El tercero, las cualidades instintivas del enamoramiento, reconocidas
implícitamente por alguno de nuestros mejores pensadores. Oigamos si no al mismo
Ortega y Gasset: “El “enamoramiento” es otro de esos estúpidos mecanismos,
prontos siempre a dispararse ciegamente, que el amor aprovecha y cabalga, buen
caballero que es. No se olvide que toda la vida superior del espíritu, tan
estimada en nuestra cultura, es imposible sin el servicio de innumerables e
inferiores automatismos.” (Amor en Stendhal, VI). Aparte de las que puedan
ser discrepancias de matiz, y sobre todo de terminología, ¿nos quiere alguien
decir, en que se diferenciaría ese “mecanismo automático y estúpido, pronto
siempre a dispararse ciegamente”, de un impulso biológico, o de un instinto? ¡En
nada!.
Y, last, non least, su devenir más frecuente. Todas las encuestas resaltan
nuestra mayor propensión al enamoramiento en los años mozos. Con la edad esa
tendencia se debilita hasta el punto de que si dejamos escapar ese periodo,
después se hace más peliagudo encontrar una pareja “apropiada”. Y, frente al
galimatías de otras teorías para explicar este hecho, es lo que cabría esperar
si la afición por vivir en pareja fuese resultado de un impulso biológico. En
efecto, todos presentan periodos de máxima expresión y después se atenúan, hasta
el punto de que instintos tan necesarios para un león como cazar y matar, pueden
verse dañados si durante la época apropiada no tienen oportunidad de ejercitarlo
(todos hemos visto alguna película basada en el tema de cachorros criados
amorosamente en cautividad que luego tienen problemas para poder reintegrarse a
la que debería ser su vida natural), por lo que resultaría razonable esperar que
también ocurriese con éste. Y así, aunque ese anhelo por vivir en pareja pudiese
continuar guiando nuestra vida, el impulso individualizador (el enamoramiento)
perdería eficacia y tendría que ceder buena parte de su anterior protagonismo al
cerebro.
¿CONDENADOS A AMAR?
¿Nacemos pues, genéticamente programados para enamorarnos?.
Es posible que sí. En
ese caso vendríamos al mundo provistos de un “mecanismo innato de
desencadenamiento” (conformado por un grupo de genes que al operar
coordinadamente y al unísono llamamos un operón), dispuesto es este caso para
que, al dispararse en el momento oportuno (en algunas especies para que surjan
los vínculos se precisan unas cuantas cópulas con la misma pareja, mientras que
en otras se adelantan varios meses a la primera relación sexual, y es de esperar
que, dada nuestra capacidad de fantasía ese sea nuestro destino), despierte en
nosotros una violenta y compulsiva atracción hacia una determinada persona que
aflorará a nuestra conciencia bajo la forma de un enamoramiento. Es al gen
encargado de ponerlo en marcha al que, en nuestro primer libro, nos atrevimos a
llamar “el gen del amor”, porque al fin y al cabo sería el responsable de
que surja esa atracción tan especial que en adelante destacará (por un cierto
tiempo y con variaciones personales en la manera de sentir esa preferencia) a
esa persona sobre todas las demás.
Ya sabemos que esta hipótesis va a herir la sensibilidad de muchos enamorados,
pero en realidad, de manera sibilina, está aceptada por todos: ¿nos quiere
alguien explicar a que se refieren cuando, al hablar del origen de su
sentimiento, hablan de corazón? Está claro que utilizan esa palabra como
metáfora, para designar algo distinto, y en muchas ocasiones opuesto, al
cerebro. Pero el resto de nuestro cuerpo, incluido el corazón, es pura biología,
y se ajusta en todo a las reglas de la biología. Por eso, cuando simbólicamente
se están refiriendo a él, en realidad están aludiendo a ese batiburrillo de
apetencias, emociones, deseos y sentimientos cuyo origen no pueden precisar,
aunque los saben independientes y autónomos de ese poderoso cerebro.
Además como mantenemos en “Condenados a amar”
(Barcelona, El Cobre, 2002, p. 99):
“el
conocimiento no está reñido con la belleza. Despojar el amor de su misterio,
divinidad y poesía para explicarlo con la razón es más prosaico, pero no daña su
encanto. Ni una aurora polar, ni un ocaso, ni un arco iris son menos hermosos
porque conozcamos sus fundamentos físicos y nos podemos extasiar con el hechizo
de una luna llena o las sugerencias de una noche estrellada con la misma pasión
que un antiguo cromañón. A lo más, donde unos veían espíritus, otros ven soles
amortiguados por la distancia. Pero unos y otros pueden orar a un mismo Dios
creador. Por otra parte, y pese al radical antagonismo que de entrada podamos
sentir contra ella, esta teoría no niega los atributos especiales de cada amor:
todo lo contrario. El cerebro es un prisma interpuesto entre impulsos biológicos
y comportamiento. [...] Los instintos inciden sobre él y salen dispersos en
espectros de matices tan variopintos y personales como puedan ser nuestras
huellas dactilares, porque vienen influenciados por esas cualidades que de
alguna manera modelan sus perfiles y les dan forma definitiva. [...] Una
diferencia que se apoya en la multiplicidad de culturas, caracteres y, si
queremos, “atractores neuronales”. La chispa es la misma, pero el combustible al
que se aplica, muy distinto: de ahí que también lo sean las hogueras a las que
va a dar lugar. Así podremos seguir enorgulleciéndonos de los delicados matices
y singular belleza de nuestro amor y estar casi seguros de que, pese a los
millones de seres humanos que pueblan la tierra, ninguno podrá presumir de tener
otro totalmente idéntico.”
¿Qué lo haría dispararse? No lo sabemos. Pero la naturaleza no suele ser tacaña
en estos lances y es de esperar que se apreste a actuar en cuando se inicie el
cambio endocrino que conduce a la pubertad (eso explicaría los fáciles amoríos
propios de esas edades) y se dé un conjunto de circunstancias cuya índole
desconocemos: ¿fruto de nuestras primeras experiencias? ¿reminiscencias de
naturaleza filogenética? ¿vestigios de remotas conductas de cortejo?.
Sean las
que fueren, cuando ese hipotético gen apareció, el cerebro estaba lejos de haber
alcanzado su actual desarrollo, y tal vez por eso su opinión no sea tenida muy
en cuenta. De ahí esa misteriosa irracionalidad de los enamoramientos que les ha
ganado la ojeriza de tantos pensadores: “un estado inferior del espíritu, una
especie de imbecilidad transitoria” (Ortega y Gasset); “es probablemente su
irremediable estupidez lo que hace tan obsceno el discurso amoroso” (Cristina
Peña- Marín). Y de ahí nuestro desconcierto ante la brusca y sorprendente
aparición de unas emociones muchas veces ajenas a nuestra voluntad y a nuestra
inteligencia, lo que les ha valido denominaciones tan expresivas como “locura de
los dioses” (de los antiguos griegos), “amor loco” (de los franceses), o “amor
mágico” (a quien los tubetute hacen responsables de sus adulterios). Y ha dejado
a nuestros mejores pensadores un tanto perplejos mientras intentan descifrar
aquel “periodo mágico” (M. L. Serer), aquella atracción “misteriosa, poco clara,
indescifrable, casi laberíntica” (E. Rojas), aquel sentimiento “ por naturaleza
milagroso y mágico” (R. Moore), o aquel “estado como de encantamiento” (S. Dexeus).
Pero, pese a la fascinación que su actividad despierta en nosotros, ese gen no
está solo. El cerebro nació para regular, encauzar y si hace falta contrariar
los que puedan ser nuestros impulsos biológicos, y, en lo que atañe a este
campo, lo ha hecho a conciencia. Cuando alcanzó el desarrollo suficiente para
coger la batuta de nuestro comportamiento, se encontró con una especie
estructurada en familias y, como el deseo de vivir en pareja era universal y sus
propios análisis confirmaban su utilidad, aceptó aquel estado de cosas; pero en
cambio manipuló en cada sitio el modo de establecerlas, dando paso a ese
desorden que encontramos a primera vista. Así, según la variable participación
de cada uno de esos factores, cuerpo y alma, corazón y cerebro, podríamos
distribuir las relaciones de pareja en una serie continua, uno de cuyos extremos
estaría ocupado por aquellas de marcado predominio biológico (los enamoramientos
o pasiones, que aunque sea a nivel anecdótico han existido en todo tiempo y
lugar), el otro por las más cerebrales (relaciones pragmáticas, interesadas, por
conveniencia, por conformismo, etc.), y la zona intermedia por aquellas con una
participación más paritaria (amores amistosos, inteligentes, o verdaderos, de
otros autores). Bien entendido que, para nosotros, hasta las relaciones más
cerebrales se apoyarían en ese impulso biológico que nos incita a vivir en
pareja (lo que haría que hasta un buen tanto por ciento de los matrimonios
impuestos pudieran encontrar en aquel estado ciertas dosis de felicidad). Fue la
explosión de libertad sexual de las últimas décadas que en principio parecía
amenazar la institución de la familia, la que, paradójicamente, trajo consigo su
revalorización, porque puso en evidencia dos hechos: el primero que pese a los
frecuentes fracasos, la mayoría de la gente prefiere en pareja; y el segundo
que, pese a la indudable importancia que los factores financieros, profesionales
y materiales tienen en la calidad de vida, para escoger el cónyuge (sobre todo
en el primer amor) les gusta dejarse guiar por los sentimientos.
Con los actuales avances sobre el ADN no debe de estar lejano el día en que
estos temas dejen de ser elucubración para pasar a ser conocimiento. Es verdad
que con eso no pondremos fin al problema, pero al menos tal vez podremos
contemplarlo con ojos más perspicaces. ¿O no? Son legión los consejeros que
recomiendan no dejarse llevar por esas turbulencias emocionales (Rougemont,
Ortega y Gasset, Fromm, Rojas, Tierno), que para otros (Stendhal, Alberoni) son
el sostén de la pareja. Y puede que ambas posturas tengan buena parte de razón.
Son muchas las veces en las que la elección del corazón se muestra equivocada,
pero vivir de espaldas a nuestros sentimientos tampoco es cómodo, y hacerlos
desaparecer casi imposible. Además, pese a que en principio parece haber un
antagonismo radical entre ambos bandos, las cosas no son tan sencillas. Ya hemos
visto que, pese a su animadversión al enamoramiento, Ortega reconoce que el amor
se apoya muchas veces en uno de ellos; Rojas admite que “la raíz del núcleo
afectivo es el enamoramiento” (El amor inteligente, Madrid, Temas de Hoy, 1997,
p. 70), aunque más adelante precise: “Lo positivo y esencial es que.. sea
verdadero, que traiga el amor y llegue para quedarse” (Ibid, p. 74); y Fromm (El
arte de amar, Amor erótico), aunque intenta separar su concepto de amor erótico
del enamoramiento, tiene ciertas dificultades (se diría que la única diferencia
es que el primero va acompañado de unas buenas dosis de amor fraterno cosa que,
según ese autor, siempre debería ocurrir ya que ese amor lo deberíamos sentir
por todos nuestros semejantes). En realidad, y dentro de la confusión que rodean
estos conceptos, se diría que para estos autores el amor es un enamoramiento
“acertado” al que, por lo tanto, el cerebro puede dar su visto bueno. Cosa que
aún queda mas a la vista en Tierno. Acepta que “la verdad del amor es el
sentimiento” (La fuerza del amor, Temas de hoy, Madrid, 1999, p. 20), y que “el
amor siempre surge de forma libre y natural” (Ibid, p. 25). Pero después, al
intentar diferenciar el amor por enamoramiento o necesidad -que “llega sin
quererlo ni buscarlo, y no podemos evitar” (Ibid, p. 151)- del amor verdadero o
incondicional -que “es el auténtico amor... un amor por elección plenamente
consciente” (Ibid, p. 153)-, acaba por proclamar que “amar es una elección feliz
que nace del corazón, con el beneplácito de la voluntad y la inteligencia.”
(Ibid, p, 153). Y nos parece que, esa “elección feliz que nace del corazón”, no
debe estar muy lejos del enamoramiento.
Resumiendo. ¡Qué duda cabe de que lo ideal sería conseguir que corazón y razón
fuesen de la mano¡ ¡Tener la suerte de que el individuo que elige nuestro
cerebro fuese el mismo que dispara el resorte que pone en marcha nuestro “amor”¡
Pero el enamoramiento es una emoción autónoma e ingobernable que empieza cuando
quiere y termina cuando le da la gana, y conseguir eso no parece fácil y
requerirá todos nuestros cuidados. Ya hemos dicho que desconocemos el cúmulo de
estímulos necesarios para que se ponga en marcha, pero parece lógico que, cuando
menos alguno de ellos, tenga algo que ver con la sexualidad. Acaso ésta sea más
compleja de lo que se ha dado por hecho y sea vivero de algunos de nuestros
sentimientos más nobles. Y en ese caso habría que completar la educación sexual
con otra emocional y sentimental.
La civilización occidental ha tendido a menospreciar las emociones en aras a
favorecer el predominio de la inteligencia, y así aquel psykhé (el yo emocional)
de los antiguos jonios y áticos, pasa a partir de Platón a convertirse en mero
receptáculo de la razón. Es verdad que el bienestar material de las personas y
los pueblos depende del intelecto, pero a estas alturas no nos está permitido
hacer dejación de ese otro mundo emotivo tan importante para la felicidad. Como
proclaman los profesores Lewis, Amini y Lannon (Una teoría general del amor,
Barcelona, RBA Libros, 2001, p. 263): “Aunque no podamos cambiar la naturaleza
del amor, podemos desafiar sus dictados o prosperar dentro de sus muros.” Y aún
no nos hemos puesto de acuerdo en cual de las dos opciones es la mejor...
---------------------
COMENTARIOS POSTERIORES AÑADIDOS A ESTE
ARTICULO TRAS LA DATACIÓN Y RESEÑA DE NUESTRA MONOGAMÍA POR ISABELLE DUPANLOUP
El interesantísimo trabajo llevado a cabo por el equipo de
Isabelle
Dupanloup
(Departamento de Biología de la Universidad de Ferrrara, Italia)
y publicado en el “Journal of molecular evolution” sobre las variaciones
del ADN del cromosoma “Y” (que al ser exclusivamente masculino permite un
análisis separado de la aportación del hombre al patrimonio genético de la
especie) pone en evidencia una gran disparidad con los resultados obtenidos con
el estudio de las variaciones del ADN de las mitocondrias que, al ser
exclusivamente femeninas (los espermatozoides carecen de ellos), permite hacer
lo mismo con la aportación genética de las mujeres. Así, mientras la diversidad
genética femenina se mantiene bastante constante durante los últimos setenta mil
años [aunque parece registrar algunos picos a los 70.000 (Africa), 55.000 (Asia
y Oceanía), y 40.000 años (Europa)], la masculina se arrastraría a niveles muy
bajos hasta hace unos 20.000 años en los que, de repente, experimentaría un
brusco incremento.
Esto parece demostrar que hasta esas fechas sólo dejaban sus
genes a la descendencia un escaso número (en relación al de mujeres) de hombres.
Y para ese grupo de investigadores la única explicación posible sería la
existencia de una poligamia anterior, sustituida por entonces por una monogamia.
Como hemos empezando diciendo es un trabajo original pero tan reciente que lo
más prudente sería esperar a tener más datos. Pero, puesto que de alguna forma
(por lo menos en lo que respecta a la fecha de inicio de nuestra monogamia, no
con el resto de la tesis que podría continuar siendo más o menos válida), choca
frontalmente con nuestro artículo “Homo sapiens ¿una especie monógama” que aún
sigue expuesto en este portal (divergencia que no ha escapado a algunos de
nuestros lectores que se han apresurado a recabar nuestra opinión),
aventuraremos algún comentario.
La colonización del planeta por homo sapiens procedentes de Africa empezó, según
la mayoría de los investigadores que han trabajado sobre este tema, con un
número muy exiguo (las cifras esgrimidas por los distintos autores oscila entre
500 y 10.000), en el que por supuesto habría que incluir hembras y crías.
Puesto que muchos de los sitios a los que iban llegando ya estaban ocupados por
otros homínidos (y al parecer no hubo cruce genético entre invasores e
invadidos), no cabe pensar en una pacífica cesión de “sus” tierras, sino que las
luchas debieron ser terribles; tanto que es muy posible que no fuesen ajenas a
la desaparición final de esos primitivos pobladores. Y teniendo en cuenta que
los recursos tecnológicos de ambas partes eran muy similares (las dos conocían
el fuego y usaban instrumentos de sílex y lanzas de madera), tan igualadas que
el tributo pagado por los hombres (las mujeres bastante tendrían con ocuparse
del cuidado y alimentación de las crías) tuvo que ser muy alto. Lo que haría
inevitable (y explicaría) que en ese intervalo, el número de transmisores
genéticos masculinos fuese mucho menor que el de mujeres porque una buena
proporción de varones moría en esas luchas. Una sangría que sólo acabaría
cuando aquellos contrincantes fueron aniquilados y el homo sapiens alcanzó la
hegemonía total.
¿Bastaría este razonamiento para explicar por completo esa discrepancia en la
diversidad de la aportación genética de ambos géneros que pone en evidencia el
trabajo de Isabelle Dupanloup? Es posible que no. Tal vez podría ser válido en
Europa,
donde el intervalo entre las fechas de la probable extinción de los
neandertales, y las de esa súbita explosión de una mayor participación genética
masculina del homo sapiens que parece poner en evidencia ese estudio, pudo ser
tan pequeño que, a efectos, prácticos pudo coincidir. Porque, aunque los restos
de los últimos neandertales hallados tengan 30.000 años, eso no asegura que no
pudiesen vivir hasta fechas mucho más recientes. Por poner un ejemplo, sabemos
que el homo sapiens ya existía en Europa hace más de 40.000 años, porque se han
encontrado útiles auriñacienses, que sólo él fabricaba, en yacimientos datados
en esas fechas, mientras que en cambio su primer registro fósil es de hace sólo
35.000. Y por lo tanto no hay ninguna certeza de que los neandertales no hayan
podido persistir unos cuantos miles de años después de que aparentemente se
pierda su rastro, fenómeno favorecido porque su número (y por lo tanto el de sus
restos) iría decreciendo progresivamente. Pero desde
luego no se puede aplicar en otros lugares como Australia, América, etc. en los
que, cuando el homo sapiens llegó, no parece que existiese otra clase de
homínidos.
Además, incluso en la misma Europa, aunque durante miles de años la muerte de
los hombres fuese mucho más precoz que la de las mujeres, cuesta creer que lo
fuese tanto que muchas veces no tuviesen tiempo de fecundar una hembra antes de
morir. Y por otra parte estamos hablando de un periodo de tiempo demasiado
prolongado para que no se diesen, por lo menos a nivel local, etapas más o menos
duraderas de paz, en las que la proporción de mujeres y hombres tendería a
nivelarse.
Claro que, aparte de las luchas con otros homínidos, nada asegura que no las
hubiese también entre los distintos clanes de homo sapiens. No deja de ser
curiosa la asombrosa inclinación que nuestros antecesores muestran por la
emigración (hay pocas especies de mamíferos que, como nosotros, hayan colonizado
prácticamente toda la tierra), hasta el punto de que podría pensarse si esa
afición no estaría apoyada en muchos casos por una dura pugna por los recursos
naturales. Una rivalidad que muchas veces pudo derivar en enfrentamientos
violentos que contribuirían a esa mayor mortandad de los hombres y por ende a su
menor número respecto al de mujeres.
Unas desavenencias que, de hacer caso a la teoría de la propia Dupanloup,
vendrían propiciadas también por otros motivos. Porque una poligamia sostenida
durante tanto tiempo, en un entorno en el que, como ella parece defender,
hubiese un número parecido de hembras que de varones, sería origen de nuevas
fricciones. Para mantener la paz dentro de cada clan, esos grupos poligámicos
estarían obligados a expulsar a una buena parte de machos jóvenes cuando se
hiciesen mayores (aun en el supuesto de que algunos formasen nuevas familias con
las hembras púberes siempre sobrarían machos), lo que daría lugar a bandas de
jovenzuelos numerosas y bien alimentadas (no tenían que repartir sus presas con
hembras o chiquillos). Y cuesta creer que esos grupos se conformasen de por vida
con ese estado de cosas: lo más probable es que, más o menos pronto, decidiesen
atacar a alguno de esos grupos poligámicos para hacerse con sus mujeres. Lo
cual, repetido una y mil veces, habría incrementado la carnicería de los machos
a niveles casi insostenibles.
¿Entonces? Diríamos que hay motivos lógicos para pensar que el número de hombres
ha podido ser, en muchos periodos, bastante menor que el de mujeres, aunque tal
vez eso no baste para explicar la desproporción que pone en evidencia el trabajo
de la investigadora italiana.
Lo único que está claro es que si se confirma que nuestra monogamia se inició
hace 20.000 años, su naturaleza estaría más abierta a todas las
interpretaciones. Es cierto que por esas fechas seguían teniendo lugar
mutaciones (son necesarias para explicar las diferencias de estatura,
morfología, color y forma de los ojos, cabello y barba entre las distintas
razas), y por lo tanto no se puede descartar que una de ellas pudiese afectar al
modo de expresarse nuestra sexualidad. Pero la ventaja de una monogamia
biológica sería mucho menor y en cambio la posibilidad de su origen cultural
bastante más grande: su inteligencia ya era igual a la nuestra y su nivel de
comunicación debía ser bastante satisfactorio. Es verdad que aparte de la
datación, y de los argumentos basados en la disminución del dimorfismo sexual a
partir del homo ergaster, el resto de los que utilizamos podría seguir siendo
válido, pero no se puede ocultar que pierden fuerza y credibilidad. ¿Tanto como
para invalidarlos por completo? Creemos que no. Porque aunque se confirmase la
datación que el trabajo de I. Dupanloup fija para nuestra monogamia, no creemos
que eso bastase para asegurar su origen cultural, sobre todo teniendo en cuenta
la universalidad del fenómeno y su casi total sincronía. Por eso habrá que estar
a la espera de más datos.
Porque en definitiva es el destino de cualquier teoría: sólo las futuras
observaciones dictaminan cuanto encierran de fantasía y cuanto de realidad. Un
riesgo que, en opinión de F. J. Ayala, no debería detenernos:
“las hipótesis y otros productos de la imaginación son el fundamento de la
investigación científica. La preconcepción imaginativa de lo que podría ser
cierto es lo que proporciona el estímulo para buscar la verdad y una pista sobre
dónde cabría encontrarla. Las hipótesis guían la observación y el experimento,
reduciendo el ámbito de las observaciones pertinentes a algo más manejable que
el universo total de las posibles. Con independencia de su corroboración o
refutación definitivas, toda hipótesis supone una valiosa aportación a la
ciencia si estimula la investigación significativa.” (La naturaleza
inacabada, Barcelona, Salvat, 1994, p. 153). Ya
sabemos que estas elogiosas palabras no pueden en modo alguno aplicarse a
nuestro modesto artículo, pero cuando menos nos animan a continuar en la brecha.
Aunque sólo sea porque el tema es tan apasionante que, incluso la posibilidad de
escoger un camino equivocado, habrá valido la pena. Entre otras cosas, porque
cabe la posibilidad de que un tropiezo nuestro, permita a otro esquivar ese
escollo y acertar con un sendero más adecuado. Al fin y al cabo, y dejando de
lado todo afán de protagonismo personal, ¡de eso es de lo que se trata!.
REFERENCIAS
1) Alec Nisbett: Lorenz. Barcelona. Salvat. 1993. p. 45)
2) Carter C.S. and Getz L.L.: “Monogamy and the prairie vole”, Scientific
American, June, 70-76, 1993.
Carter C.S, Winslow J.T, Hastings N, Harbaugh C.R and Insel Th.r: “A role for
central vassopressin in pair bonding in monogamous prairie voles”, Nature, 365,
545-548, 1993.
|