Actualidad 4Conocimiento4 Filosofía                                               Mes: Enero 2003 

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RAGNAROK, EL AMOR, LA MUERTE Y LOS DIOSES

Ezequiel Lozada. Jurista y escritor argentino


Desconocida e inevitable. La muerte es un acto, o un proceso que culmina con la interrupción de las funciones vitales. Es el fin de la vida. Un fin fáctico que conduce a la reflexión y formulación de su
fin teleológico. Se trata de uno de los más grandes misterios para el hombre. En ella el hombre pretende confirmar el sentido que nuestra cultura -la ciencia, la religión y la filosofía- le ha otorgado a la vida.

En el denodado esfuerzo de especulación, el pasaje del ser al no ser ha inspirado a los grandes pensadores las mejores líneas de la literatura universal. Ha sido, y es, objeto de fascinación y de temor.   Es desconocida para el pensamiento humano desde el momento que éste es formulado por seres vivos.

Dependiendo del ángulo desde donde se la mire, la muerte ha desempeñado un papel importante en nuestras culturas, y de cieta manera podemos afirmar que ha influido en la manera en que los hombres viven sus vidas.

Su aspecto positivo o negativo depende de la perspectiva de cada individuo. Contemplar la muerte a través de las lente opaca de la carne puede hacernos confundir las imperfecciones de ésta con aquélla (1).

Para los pesimistas, la contemplación del fin de la vida humana despierta temor y ansiedad.

Para los optimistas, los creyentes, aquellos que creen en la posibilidad de existencia después de la muerte, y también los naturalistas, la muerte es la hermana mayor del sueño, tan necesaria para nuestra constitución como el dormir. Es la dadora de eternidad, gran cura de todas las enfermedades, la gran liberadora de las impresiones de los sentidos, y, dada su universalidad, puede llegar a ser considerada como una de las mayores bendiciones humanas.

Esta afirmación no se distancia mucho de la opinión de Swift, para quien resultaba no entendible que algo tan natural, necesario y universal pudiera ser considerado como un mal para la humanidad. O la del magistral escritor Nathaniel Hawthorne (1804-1864) quien comparándola con nuestro alivio al despertar de un sueño lleno de angustias, afirmó que bien podría ocurrir lo mismo en el instante después de morir. En esto, coincide con Goethe, quien al morir exclama: Más luz!.

   Para quienes mantienen una posición intermedia, la muerte es una cuestión abierta. Es el caso de Sócrates, quien en sus últimas horas se dirigiera a sus amigos con las siguientes palabras:

La hora de partida ha llegado, cada uno de nosotros debe seguir su camino. Yo debo morir, y vosotros, vivir. ¿Qué es mejor?, sólo Dios sabe.

De todos modos, como bien indicara Thomas Mann, la muerte de una persona ...es más un asunto de los supervivientes, que propio de quien muere. 

Robert Frost, el hombre de hielo,  nos cuenta lo que unos dicen en punto a la binaria alternativa de la destrucción universal, y reflexiona en torno a la muerte en función de su predilección personal:

               Fire and Ice

Some say the world will end in fire,

Some say in ice.

From what I've tasted of desire

I hold with those who favor fire.

But if it had to perish twice,

I think I know enough of hate

To know that for destruction ice

Is also great

And would suffice.

            Amor y odio, frío y calor, atención e indiferencia.

            En el caso del hielo invocado en el poema de Frost, todo parece indicar que se está aludiendo muy directamente al frío -destructor- de la indiferencia, que sigue como una oscura y helada sombra a la pasión del ardiente odio: I think I know enough of hate, To know that for destruction ice, Is also great, And would suffice.

            El ocaso del amor, o de la idealización de la realidad, cuando éstos se degradan e involucionan, no despiertan sino el deseo de su desaparición, la que es cantada con belleza en los mitos y leyendas.

            Si el mundo se agota en el frío insensible de la destrucción, nada más oportuno que asistir a la decadencia de Odin -Wotan o Woden-, rey de Aesir -mundo de los dioses nórdicos-, hijo de Bor.

            Odin es el espíritu del universo, conductor y protector de los guerreros. Es sabido que Odin convive con varias mujeres bonitas. Entre ellas,  Jord -hija de la noche, madre de Thor, dios del trueno-;  Frigga -reina de los dioses y del amor-;  y Freya -diosa de la belleza, del amor físico y de la fertilidad- elegida esta última por su marido para ser la conductora de sus fuerzas de elite: las “Valkyrs”. No olvidemos que los mejores guerreros de Odin no usan armadura ni escudo en las batallas, porque toda la protección y escudo viene del Dios.

            Cuenta Snorri Sturluson, monje cristiano islandés que en la edad media compendió la mitología nórdica en su Edda Snorri,  que de acuerdo a  los antiguos mitos germanos, el fin de Odin sobreviene en la decadencia del Ragnarok (el destino crepuscular de los Dioses), cuando se libra la batalla final con Fenris, el lobo cósmico monstruoso. 

            En dicha oportunidad se seguirán de modo encadenado seis inviernos continuos (el “Fimbulvetr”) que debilitarán al sol. Y es así que el lobo Fenris atrapará la bola solar y la tragará, dejando al mundo más que frío. But, First will come the winter called Fimbulvetr. Snow will be driven from all directions, there will be hard frosts and biting winds...

            Nuestro viejo Borges describe al Ragnarok, como un sueño, de un modo más porteño y arrabalero, dudando si una mera crónica de sus formas podría transmitir el estupor, la exaltación, las alarmas, la amenaza y el júbilo que tejieron su pesadilla: “...Ensayaré esa crónica, sin embargo; acaso el hecho de que una sola escena que integró aquel sueño borre o mitigue la dificultad esencial. El lugar era la Facultad de Filosofía y Letras; la hora, el atardecer. Todo (como suele ocurrir en los sueños) era un poco distinto; una ligera magnificación alteraba las cosas. Elegíamos autoridades; yo hablaba con Pedro Henríquez Ureña, que en la vigilia ha muerto hace muchos años. Bruscamente nos aturdió un clamor de manifestación o de murga. Alaridos humanos y animales llegaban desde el Bajo. Una voz gritó: ¡Ahí vienen! Y después ¡Los Dioses! ¡Los Dioses! Cuatro o cinco sujetos salieron de la turba y ocuparon la tarima del Aula Magna.

Todos aplaudimos, llorando; eran los Dioses que volvían al cabo de un destierro de siglos. Agrandados por la tarima, la cabeza echada hacia atrás y el pecho hacia delante, recibieron con soberbia nuestro homenaje. Uno sostenía una rama, que se conformaba, sin duda, a la sencilla botánica de los sueños; otro, en amplio ademán, extendía una mano que era una garra; una de las caras de Jano miraba con recelo el encorvado pico de Thoth. Tal vez excitado por nuestros aplausos, uno, ya no sé cual, prorrumpió en un cloqueo victorioso, increíblemente agrio, con algo de gárgara y de silbido. Las cosas, desde aquel momento, cambiaron.

Todo empezó por la sospecha (tal vez exagerada) de que los Dioses no sabían hablar. Siglos de vida fugitiva y feral habían atrofiado en ellos lo humano; la luna del Islam y la cruz de Roma habían sido implacables con esos prófugos. Frentes muy bajas, dentaduras amarillas, bigotes ralos de mulato o de chino y belfos bestiales publicaban la degeneración de la estirpe olímpica. Sus prendas no correspondían a una pobreza decorosa y decente sino al lujo malevo de los garitos y de los lupanares del Bajo. En un ojal sangraba un clavel; en un saco ajustado se adivinaba el bulto de una daga. Bruscamente sentimos que jugaban su última carta, que eran taimados, ignorantes y crueles como viejos animales de presa y que, si nos dejábamos ganar por el miedo o la lástima, acabarían por destruirnos. Sacamos lo pesados revólveres (de pronto hubo revólveres en el sueño) y alegremente dimos muerte a los Dioses.”

            La habilidad de tejer metáforas (del gr., “meta” - “fora”, carruaje, transporte, transferencia), es decir, de expresar una imagen o idea combinándola o sustituyéndola por otra para realzar su percepción contrastada, lo lleva a Borges a decir en su Ragnarok: A un occhiello sanguinava un garofano:

En un ojal sangraba un clavel; -y sigue:- en un saco ajustado se adivinaba el bulto de una daga.... El interlocutor podría agregar: This, however, is a passing nightmare; in time when earth will become again incapable of supporting life, peace will return. (Bertrand Russell).

            Los débiles mentales también pueden ser grandes poetas y artesanos de la metáfora. Johann Christian Friedrich Hólderlin, en sus 37 años de locura, no es un único ejemplo (De mi alma brotaría un mar de lágrimas si fuese capaz de expresarse). Recuérdese aquel pasaje del genial maestro de la anti-psiquiatría, Ronald Laing, que testimonia los padecimientos de un esquizofrénico sometido a dura terapia por parte de un pésimo profesional que no hace más que torturarlo preguntándole -arrogándose gran autoridad- sobre las peores cuestiones (sexuales) de las que sería responsable, y eventualmente culpable. La tensión crece, hasta que se llega al desenlace, en un acto de desesperación, con la expresión del paciente: Me sangran los oídos.

            Sangra un clavel y también sangran los oídos. Eventualmente los mares pueden inundarse de lágrimas.

            Unos símbolos diabólicos? Antónimos enredados que nos hacen decir lo contrario:

“Dia-bólico”, diabolikos en griego, aquello que divide.

“Sim-bólico”, symbolo en griego, aquello que aproxima, que evoca.

Antonin Artaud estaría en su casa.

            En el Ragnarok de Borges acontece simbólicamente la muerte de dioses diabólicos con las balas de los pesados revólveres, pero en el Ragnarok de los pueblos vikingos los dioses, padres del mundo, mueren bajo las garras y fauces de seres diabólicos. Nietzsche, para matar a su Dios, invocó la poesía de un Anti-Cristo ("También Dios tiene su infierno: es su amor a los hombres...Dios ha muerto...").

Tyrrell, en Blade Runner, es el ingeniero padre de androides y ginoides, con fecha estricta de vencimiento: cuatro años de vida para cada uno de los Nexus, seres más perfectos que los humanos. Allí tenemos a uno que busca explicaciones en su padre y dios, como lo hace un ser humano -seguramente el mismo Tyrrell-; y sobre la razón de su  vida y su finitud inquiere: ¿Por qué?.

No hay respuesta inmediata... porque no la hay ni siquiera mediata. Abrazando el Nexus a Tyrrel, casi con el cariño de un hijo  le destroza su cuerpo, en un acto que no llega a ser de venganza, sino de incompresión y desesperación.

Bien y mal se suceden interminablemente; y el hombre, por ser un animal crédulo, en algo tiene que creer, aunque más no sea en la muerte de sus ideales.

Si un agnóstico cree que es imposible saber la verdad en cuestiones divinas, mientras que el ateo cree saber perfectamente que dios no existe, ¿qué hemos de decir respecto a quienes están convencidos de que existe, y sin perjuicio de tal reconocimiento, deciden su muerte?

Si Hölderlin advirtió: Siempre que el hombre hace del Estado su cielo, lo convierte en infierno, nosotros podemos sustituir la idea del Estado por la de Dios o Ideal, el que bajo la manufactura de nuestro deficiente arte termina siendo un perfecto infierno.

            Los poetas del antiguo Egipto cantaron el romance de Isis (Auset, la Luna) y  Osiris (Ausar, el Sol). Se trata de una historia de amor entre un hermano y una hermana, un hombre y su mujer, quienes ya estaban enamorados en el vientre de su madre Nut, diosa del Cielo.

Este vínculo amoroso parental es tan horrible y criminal? Bien decía Bertrand Russell que si supusiéramos un conflicto nuclear que reduce la población mundial a un hermano y a una hermana, ¿les permitiríamos que dejaran morir la raza humana por una cuestión de principios morales? Al contrario, muchos les rogarían un romance sideral, como el de Auset y Ausar. “Nuestro futuro estaría en juego”, alguien alegaría.

            Bien sabemos que ni siquiera en los cielos la vida es perfecta, al contrario: puede ser un infierno. El Sol (Ausar-Osiris) gobernó el universo como ya lo había hecho Rá. Pero tenía otro hermano, Seth (Dios del mal) que lo odiaba, y termina matándolo, aunque posteriormente el hijo de Isis-Osiris, Horus, lo venga, castiga a Seth y resucita a Osiris.

            Precisamente, el “Wedjat” (2) es el amuleto de protección que alude al ojo lunar izquierdo de Horus que fue desgarrado por su rival durante la batalla que libraron. Con el amuleto Horus pudo devolverle la vida a Osiris. Isis, le ayudó a recuperar el ojo, y su lesión y posterior cura se refleja en el decrecer y crecer de la luz de la luna.

Una luna que escapa y vuelve a aparecer, como nuestros sueños e ideales: 

Huye luna, luna, luna.

Si vinieran los gitanos,

harían con tu corazón

collares y anillos blancos (F. G. Lorca).

           Precisamente, deberíamos reivindicar a los dioses porque, como nosotros, huyen del riesgo de ser rebajados en sus mejores dones.

            Nada parece indicar que corresponda apiadarse de tal escape aullando en los montes taciturnos con sentimentales votos, como si encarnáramos un animal que busca una cohesión con sus pares cuando éstos han partido hacia otros lares.

            Así lo vio el poeta: 

...esa araña que se arrastra con lentitud a la luz de la luna, y yo y tú cuchicheando ambos junto a este portón, cuchicheando de cosas eternas - no tenemos todos nosotros que haber existido ya? - y venir de nuevo y correr por aquella otra calle, delante de nosotros, por esa larga, horrenda calle, ¿no tenemos que retornar eternamente? Así dije, con voz cada vez más queda; pues tenía miedo de mis propios pensamientos y del trasfondo de ellos. Entonces, de repente, oí aullar a un perro cerca. ¿Había oído yo alguna vez aullar así a un perro? Mi pensamiento corrió hacia atrás. ¡Sí! Cuando era niño, en remota infancia, entonces oí aullar así a un perro. Y también lo vi, con el pelo erizado, la cabeza levantada, temblando, en la más silenciosa medianoche, cuando incluso los perros creen en fantasmas; de tal modo que me dio lástima. Pues justo en aquel momento la luna llena, con un silencio de muerte, apareció por encima de la casa, justo en aquel momento se había detenido, un disco incandescente, detenido sobre el techo plano, como sobre propiedad ajena; esto exasperó entonces al perro, pues los perros creen en ladrones y fantasmas. Y cuando de nuevo volví a oírle aullar, de nuevo volvió a darme lástima (Friedrich Nietzsche, Zaratustra, De la visión y del enigma, 2 ).

            No. Nada de lástimas y pesares. Por el contrario, lo mejor de la vitalidad de los seres se manifiesta en la dinámica del encontrar y escapar. Los dioses inventaron la movilidad para eso y los ladrones son sus especialistas. Los seres humanos se encuentran en mejores condiciones que  las esfigies asirias, por cuanto éstas no aúllan a modo de advertencia, y  sus cuatro patas de piedra no las llevan a lado alguno.

            Escapar.

            ¿Será posible, que la muerte esté incluida en el arsenal de estrategias de sobrevivencia, como genial escapatoria final para jamás ser atrapado?

            Qué mejor que desintegrar nuestros cuerpos para que nunca más puedan ser capturados! Y si fuera posible, ni el alma tendríamos a la vista, para que ni Dios ni el Diablo pudieran disputarla, lo que significa rebajarla, transformarla en un objeto cuya única estimación radica en ser un elemento más de la espiritual filatéica colección.

            Todos habremos de escapar definitivamente un día, incluidos los dioses persecutores.

VENUS Y SIRENAS

            El nombre de ellas puede ser Norma, Marcela, Roxana, Estela, Lucía, Julia... y cada uno podría agregar los de su predilección en el amplio abanico de seres, sus designaciones y experiencias personales.

La magia que inspiran las mujeres ha sido cantada por los poetas desde tiempos inmemoriales.

No se nos escapa que el concepto de belleza en las mujeres es formulado por los humanos y cambia a medida que transcurre la historia del mundo. Ha estado entrelazado con los comunes intereses compartidos por macho y hembra para producir otros seres. Es así que las Venus prehistóricas, como la Venus de Lespugue, o la de Willendorf, la Venus de Kostienski o la de Gagarino (alrededor de 21.000 a 19.000 años antes de nuestro Cristo) representan a mujeres rollizas, fuertes y opulentas. Mucho tiempo después Rubens sabría apreciarlas con el mismo expansivo criterio.

Todo parece indicar que la belleza estaba concentrada en hembras cuya capacidad reproductiva y cuidado de la prole no estaba en duda.

Pero tal como podemos ver en la Venus de Milo, en los diseños Egipcios y en esculturas hindúes, la hembra bella puede ser de cuerpo delgado. Posiblemente, vieron en ellas algo más, distinto a la reproducción. 

Hasta aquí, la mera imagen externa.

A partir de aquí, su vida interna, emocional, espiritual; y su relación con el hombre, que no siempre ha sido pacífica.

            Los poetas griegos han sido geniales artífices en la simbolización  del conflicto que generan en el hombre.

            Cuando Jasón y los argonautas buscaban el vellocino de oro, Orfeo debió hacer sonar la lira para superponer su melodía al canto de las sirenas. Ulises, en la Odisea,  ya de regreso a Itaca, debió enfrentarse al poder seductor, mágico y destructor del canto de estas hembras-bestias mitológicas. Canto que propone promesas de goces irresistibles. Fue hábil, porque se hizo atar al mástil de la embarcación en cuanto los tripulantes tapaban sur oídos con cera.

            En Ulises y las sirenas (3),  Jon Elster utiliza el mito de Ulises para analizar los móviles internos que afectan la libertad de los hombres (y mujeres), señalando que éstos padecen de una voluntad débil, una racionalidad imperfecta que les somete al amor-odio y al autoengaño.

            Pero un análisis de la cuestión no puede dejar de valorar la astucia de Ulises para someterse al delirio del encanto de la seducción femenina, sin dejar que se le dañe de modo alguno.

            Kafka (en El Silencio de las Sirenas) nos advirtió que las sirenas podrían poseer un arma mucho más terrible que el canto, pero igual de ineficaz para Ulises.

            Precisamente, el arma sería su silencio: “...las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que ese enemigo sólo podía ser dañado por el silencio, porque la felicidad de Ulises estaba dada sólo por las ceras y las cadenas. Ulises no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él se hallaba a salvo. Fugazmente, vió primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos.  Ellas, tan hermosas como siempre, y aún más, se estiraban, se estilizaban desplegando sus humedecidas cabelleras al viento, abriendo entre la espuma sus garras para acariciar la roca, dejando su huella desgarrada en la piedra. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal. Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó. Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo asumió la farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.”

            La idea de Kafka sobre el Ulises y las sirenas enmudecidas es genial, porque enmudecer es un arma de las más potentes. Tanto, como el desaparecer al que aludiéramos supra, en el “Ragnarok”.

            El movimiento alemán de «Sturm und Drang» (dolor y pasión) ha dejado obras imperdibles. Tal el caso del “Werther” de Goethe, que no es sino paradigmático en lo que a neurosis amorosa se refiere, pero que al mismo tiempo es otra genial estrategia de escape para su autor.

            Johann Wolfgang Goethe tuvo una vida amplia, generosa, creativa y suficiente de romances. Entre las mujeres con las cuales se involucró habían dos Charlotte, que eran algo más que un postre de sobremesa delicioso.

            Ellas eran Charlotte von Stein y Charlotte Buff. Esta última personificaría la Lotte de “Werther”, escrita cuando Goethe tenía 24 años, en 1774-.

            También estaban Lili Schonemann, Christiana Vulpius y Ulrike von Levetzow. De ésta última se enamoró a los 73 años, pero ella le negó reciprocidad (su poema "Elegía de Marienbad" está dedicado a este fracaso).

            En la historia del Joven Werther, Goethe nos planta frente a un jovencito perdidamente enamorado por Lotte. El romance estaba enclavado en una neurosis tóxica condenada a la ruina, por cuanto Lotte estaba formalmente comprometida con otro hombre (tal como ocurría en la vida real con Charlotte Bluff). En última instancia, Lotte era una excusa para condenarse al foso tanático.

            Lo cierto es que esta historia de pasión y suicidio creó una moda en Europa, al punto de transformarse en una epidemia. Muchos románticos se mataban por amor.

            Goethe debió salir al cruce y advertir que no siguieran su ejemplo literario. Con sus impulsos tanáticos había hecho arte, y en lugar de muerte procesó vida. En definitiva, su escape.

            ¿Uno más?

            Pues bien, como diría Umberto Eco, no debemos olvidar que existe una figura retórica llamada "ironía" por la que los enunciados –en el caso, del presente texto-  no siempre dicen lo que aparentan (4).

 

NOTAS


 

1)      El Daño a las Personas, Gustavo A. Azpeitía, Ezequiel Lozada y Alejandro J.E. Moldes. Ed. Abaco, 1998.

2)      ver en http://www.geocities.com/haydnar/Past.html 

3)      Estudios sobre racionalidad e irracionalidad, de Jon Elster, Editorial Fondo de Cultura Económica.

4)      Cita de Umberto Eco del artículo Evocación de la ironía, de Domingo Luz Hernandez en la revista Leer, nº 44, julio de 1991.

 

 

 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 

 

 

 

 
 
 
 
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