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Desconocida e
inevitable. La muerte es un acto, o un proceso que culmina con la interrupción
de las funciones vitales. Es el fin de la vida. Un fin fáctico que conduce a la
reflexión y formulación de su
fin teleológico. Se
trata de uno de los más grandes misterios para el hombre. En ella el hombre
pretende confirmar el sentido que nuestra cultura -la ciencia, la religión y la
filosofía- le ha otorgado a la vida.
En el denodado
esfuerzo de especulación, el pasaje del ser al no ser ha inspirado a los grandes
pensadores las mejores líneas de la literatura universal. Ha sido, y es, objeto
de fascinación y de temor. Es desconocida para el pensamiento humano desde el
momento que éste es form ulado por seres vivos.
Dependiendo del
ángulo desde donde se la mire, la muerte ha desempeñado un papel importante en
nuestras culturas, y de cieta manera podemos afirmar que ha influido en la
manera en que los hombres viven sus vidas.
Su aspecto positivo
o negativo depende de la perspectiva de cada individuo. Contemplar la muerte a
través de las lente opaca de la carne puede hacernos confundir las
imperfecciones de ésta con aquélla (1).
Para los pesimistas, la
contemplación del fin de la vida humana despierta temor y ansiedad.
Para los optimistas, los
creyentes, aquellos que creen en la posibilidad de existencia después de la
muerte, y también los naturalistas, la muerte es la hermana mayor del sueño, tan
necesaria para nuestra constitución como el dormir. Es la dadora de eternidad,
gran cura de todas las enfermedades, la gran liberadora de las impresiones de
los sentidos, y, dada su universalidad, puede llegar a ser considerada como una
de las mayores bendiciones humanas.
Esta afirmación no se distancia
mucho de la opinión de Swift, para quien resultaba no entendible que algo tan
natural, necesario y universal pudiera ser considerado como un mal para la
humanidad. O la del magistral escritor Nathaniel Hawthorne (1804-1864) quien
comparándola con nuestro alivio al despertar de un sueño lleno de angustias,
afirmó que bien podría ocurrir lo mismo en el instante después de morir. En
esto, coincide con Goethe, quien al morir exclama: Más luz!.
Para quienes mantienen una
posición intermedia, la muerte es una cuestión abierta. Es el caso de Sócrates,
quien en sus últimas horas se dirigiera a sus amigos con las siguientes
palabras:
La hora de
partida ha llegado, cada uno de
nosotros debe seguir su camino. Yo debo morir, y vosotros, vivir. ¿Qué es mejor?,
sólo Dios sabe.
De todos modos, como bien indicara
Thomas Mann, la muerte de una persona ...es más un asunto de los
supervivientes, que propio de quien muere.
Robert
Frost, el hombre de hielo, nos cuenta lo que unos dicen en punto a la binaria
alternativa de la destrucción universal, y reflexiona en torno a la muerte en
función de su predilección personal:
Fire and Ice
Some say the world will end in
fire,
Some say in ice.
From what I've tasted of desire
I hold with those who favor
fire.
But if it had to perish twice,
I think I know enough of hate
To know that for destruction
ice
Is also great
And would suffice.
Amor y odio, frío y calor, atención e
indiferencia.
En el caso del hielo
invocado en el poema de Frost, todo parece indicar que se está aludiendo muy
directamente al frío -destructor- de la indiferencia, que sigue como una oscura
y helada sombra a la pasión del ardiente odio: I think I know enough of hate,
To know that for destruction ice, Is also great, And would suffice.
El ocaso del amor, o
de la idealización de la realidad, cuando éstos se degradan e involucionan, no
despiertan sino el deseo de su desaparición, la que es cantada con belleza en
los mitos y leyendas.
Si el mundo se agota
en el frío insensible de la destrucción, nada más oportuno que asistir a la
decadencia de Odin -Wotan o Woden-, rey de Aesir -mundo de los dioses nórdicos-,
hijo de Bor.
Odin es el espíritu
del universo, conductor y protector de los guerreros. Es sabido que Odin convive
con varias mujeres bonitas. Entre ellas, Jord -hija de la noche, madre de Thor,
dios del trueno-; Frigga -reina de los dioses y del amor-; y Freya -diosa de
la belleza, del amor físico y de la fertilidad- elegida esta última por su
marido para ser la conductora de sus fuerzas de elite: las “Valkyrs”. No
olvidemos que los mejores guerreros de Odin no usan armadura ni escudo en las
batallas, porque toda la protección y escudo viene del Dios.
Cuenta Snorri
Sturluson, monje cristiano islandés que en la edad media compendió la mitología
nórdica en su Edda Snorri, que de acuerdo a los antiguos mitos germanos, el
fin de Odin sobreviene en la decadencia del Ragnarok
(el destino crepuscular de
los Dioses), cuando se libra la batalla final con Fenris, el lobo cósmico
monstruoso.
En dicha
oportunidad se seguirán de modo encadenado seis inviernos continuos (el “Fimbulvetr”)
que debilitarán al sol. Y es así que el lobo Fenris atrapará la bola solar y la
tragará, dejando al mundo más que frío.
But, First will come the winter called Fimbulvetr. Snow will
be driven from all directions, there will be hard frosts and biting winds...
Nuestro viejo Borges describe al Ragnarok,
como un sueño, de un modo más porteño y arrabalero, dudando si una mera crónica
de sus formas podría transmitir el estupor, la exaltación, las alarmas, la
amenaza y el júbilo que tejieron su pesadilla: “...Ensayaré esa crónica, sin
embargo; acaso el hecho de que una sola escena que integró aquel sueño borre o
mitigue la dificultad esencial. El lugar era la Facultad de Filosofía y Letras;
la hora, el atardecer. Todo (como suele ocurrir en los sueños) era un poco
distinto; una ligera magnificación alteraba las cosas. Elegíamos autoridades; yo
hablaba con Pedro Henríquez Ureña, que en la vigilia ha muerto hace muchos años.
Bruscamente nos aturdió un clamor de manifestación o de murga. Alaridos humanos
y animales llegaban desde el Bajo. Una voz gritó: ¡Ahí vienen! Y después ¡Los
Dioses! ¡Los Dioses! Cuatro o cinco sujetos salieron de la turba y ocuparon la
tarima del Aula Magna.
Todos aplaudimos, llorando; eran los Dioses que volvían
al cabo de un destierro de siglos. Agrandados por la tarima, la cabeza echada
hacia atrás y el pecho hacia delante, recibieron con soberbia nuestro homenaje.
Uno sostenía una rama, que se conformaba, sin duda, a la sencilla botánica de
los sueños; otro, en amplio ademán, extendía una mano que era una garra; una de
las caras de Jano miraba con recelo el encorvado pico de Thoth. Tal vez excitado
por nuestros aplausos, uno, ya no sé cual, prorrumpió en un cloqueo victorioso,
increíblemente agrio, con algo de gárgara y de silbido. Las cosas, desde aquel
momento, cambiaron.
Todo empezó por la sospecha (tal vez exagerada) de que los
Dioses no sabían hablar. Siglos de vida fugitiva y feral habían atrofiado en
ellos lo humano; la luna del Islam y la cruz de Roma habían sido implacables con
esos prófugos. Frentes muy bajas, dentaduras amarillas, bigotes ralos de mulato
o de chino y belfos bestiales publicaban la degeneración de la estirpe olímpica.
Sus prendas no correspondían a una pobreza decorosa y decente sino al lujo
malevo de los garitos y de los lupanares del Bajo. En un ojal sangraba un
clavel; en un saco ajustado se adivinaba el bulto de una daga. Bruscamente
sentimos que jugaban su última carta, que eran taimados, ignorantes y crueles
como viejos animales de presa y que, si nos dejábamos ganar por el miedo o la
lástima, acabarían por destruirnos. Sacamos lo pesados revólveres (de pronto
hubo revólveres en el sueño) y alegremente dimos muerte a los Dioses.”
La habilidad de
tejer metáforas (del gr., “meta” - “fora”, carruaje, transporte, transferencia),
es decir, de expresar una imagen o idea combinándola o sustituyéndola por otra
para realzar su percepción contrastada, lo lleva a Borges a decir en su Ragnarok:
A un occhiello sanguinava un garofano:
En un ojal sangraba un clavel; -y
sigue:- en un saco ajustado se adivinaba el bulto de una daga....
El interlocutor podría agregar: This,
however, is a passing nightmare; in time when earth will become again incapable
of supporting life, peace will return. (Bertrand Russell).
Los débiles mentales también pueden ser
grandes poetas y artesanos de la metáfora. Johann Christian Friedrich Hólderlin,
en sus 37 años de locura, no es un único ejemplo (De mi alma brotaría un mar de
lágrimas si fuese capaz de expresarse). Recuérdese aquel pasaje del genial
maestro de la anti-psiquiatría, Ronald Laing, que testimonia los padecimientos
de un esquizofrénico sometido a dura terapia por parte de un pésimo profesional
que no hace más que torturarlo preguntándole -arrogándose gran autoridad- sobre
las peores cuestiones (sexuales) de las que sería responsable, y eventualmente
culpable. La tensión crece, hasta que se llega al desenlace, en un acto de
desesperación, con la expresión del paciente: Me sangran los oídos.
Sangra un clavel y
también sangran los oídos. Eventualmente los mares pueden inundarse de lágrimas.
Unos símbolos
diabólicos? Antónimos enredados que nos hacen decir lo contrario:
“Dia-bólico”, diabolikos en
griego, aquello que divide.
“Sim-bólico”, symbolo en griego,
aquello que aproxima, que evoca.
Antonin
Artaud estaría en su casa.
En el Ragnarok de
Borges acontece simbólicamente la muerte de dioses diabólicos con las balas de
los pesados revólveres, pero en el Ragnarok de los pueblos vikingos los dioses,
padres del mundo, mueren bajo las garras y fauces de seres diabólicos.
Nietzsche, para matar a su Dios, invocó la poesía de un Anti-Cristo ("También
Dios tiene su infierno: es su amor a los hombres...Dios ha muerto...").
Tyrrell, en Blade Runner, es el ingeniero padre de androides y ginoides, con fecha
estricta de vencimiento: cuatro años de vida para cada uno de los Nexus, seres
más perfectos que los humanos. Allí tenemos a uno que busca explicaciones en su
padre y dios, como lo hace un ser humano -seguramente el mismo Tyrrell-; y sobre
la razón de su vida y su finitud inquiere: ¿Por qué?.
No hay respuesta
inmediata... porque no la hay ni siquiera mediata. Abrazando el Nexus a Tyrrel,
casi con el cariño de un hijo le destroza su cuerpo, en un acto que no llega a
ser de venganza, sino de incompresión y desesperación.
Bien y mal se suceden
interminablemente; y el hombre, por ser un animal crédulo, en algo tiene que
creer, aunque más no sea en la muerte de sus ideales.
Si un agnóstico cree que es
imposible saber la verdad en cuestiones divinas, mientras que el ateo cree saber
perfectamente que dios no existe, ¿qué hemos de decir respecto a quienes están
convencidos de que existe, y sin perjuicio de tal reconocimiento, deciden su
muerte?
Si Hölderlin advirtió: Siempre
que el hombre hace del Estado su cielo, lo convierte en infierno, nosotros
podemos sustituir la idea del Estado por la de Dios o Ideal, el que bajo la
manufactura de nuestro deficiente arte termina siendo un perfecto infierno.
Los poetas del antiguo
Egipto cantaron el romance de Isis (Auset, la Luna) y Osiris (Ausar, el Sol).
Se trata de una historia de amor entre un hermano y una hermana, un hombre y su
mujer, quienes ya estaban enamorados en el vientre de su madre Nut, diosa del
Cielo.
Este vínculo amoroso parental es
tan horrible y criminal? Bien decía Bertrand Russell que si supusiéramos un
conflicto nuclear que reduce la población mundial a un hermano y a una hermana,
¿les permitiríamos que dejaran morir la raza humana por una cuestión de
principios morales? Al contrario, muchos les rogarían un romance sideral, como
el de Auset y Ausar. “Nuestro futuro estaría en juego”, alguien alegaría.
Bien sabemos que ni
siquiera en los cielos la vida es perfecta, al contrario: puede ser un infierno.
El Sol (Ausar-Osiris) gobernó el universo como ya lo había hecho Rá. Pero tenía
otro hermano, Seth (Dios del mal) que lo odiaba, y termina matándolo, aunque
posteriormente el hijo de Isis-Osiris, Horus, lo venga, castiga a Seth y
resucita a Osiris.
Precisamente, el
“Wedjat” (2) es el amuleto de protección que alude al ojo lunar izquierdo de Horus que fue desgarrado por su rival durante la batalla que libraron. Con el
amuleto Horus pudo devolverle la vida a Osiris. Isis, le ayudó a recuperar el
ojo, y su lesión y posterior cura se refleja en el decrecer y crecer de la luz
de la luna.
Una luna que escapa y
vuelve a aparecer, como nuestros sueños e
ideales:
Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos (F.
G.
Lorca).
Precisamente,
deberíamos reivindicar a los dioses porque, como nosotros, huyen del riesgo de
ser rebajados en sus mejores dones.
Nada
parece indicar que corresponda apiadarse de tal escape aullando en los montes
taciturnos con sentimentales votos, como si encarnáramos un animal que busca una
cohesión con sus pares cuando éstos han partido hacia otros lares.
Así lo
vio el poeta:
...esa araña que se arrastra con lentitud a la luz de la luna, y
yo y tú cuchicheando ambos junto a este portón, cuchicheando de cosas eternas -
no tenemos todos nosotros que haber existido ya? - y venir de nuevo y correr por
aquella otra calle, delante de nosotros, por esa larga, horrenda calle, ¿no
tenemos que retornar eternamente? Así dije, con voz cada vez más queda; pues
tenía miedo de mis propios pensamientos y del trasfondo de ellos. Entonces, de
repente, oí aullar a un perro cerca. ¿Había oído yo alguna vez aullar así a un
perro? Mi pensamiento corrió hacia atrás. ¡Sí! Cuando era niño, en remota
infancia, entonces oí aullar así a un perro. Y también lo vi, con el pelo
erizado, la cabeza levantada, temblando, en la más silenciosa medianoche, cuando
incluso los perros creen en fantasmas; de tal modo que me dio lástima. Pues
justo en aquel momento la luna llena, con un silencio de muerte, apareció por
encima de la casa, justo en aquel momento se había detenido, un disco
incandescente, detenido sobre el techo plano, como sobre propiedad ajena; esto
exasperó entonces al perro, pues los perros creen en ladrones y fantasmas. Y
cuando de nuevo volví a oírle aullar, de nuevo volvió a darme lástima (Friedrich
Nietzsche, Zaratustra, De la visión y del enigma, 2 ).
No. Nada
de lástimas y pesares. Por el contrario, lo mejor de la vitalidad de los seres
se manifiesta en la dinámica del encontrar y escapar. Los dioses inventaron la
movilidad para eso y los ladrones son sus especialistas. Los seres humanos se
encuentran en mejores condiciones que las esfigies asirias, por cuanto éstas no
aúllan a modo de advertencia, y sus cuatro patas de piedra no las llevan a lado
alguno.
Escapar.
¿Será
posible, que la muerte esté incluida en el arsenal de estrategias de sobrevivencia, como genial escapatoria final para jamás ser atrapado?
Qué
mejor que desintegrar nuestros cuerpos para que nunca más puedan ser capturados!
Y si fuera posible, ni el alma tendríamos a la vista, para que ni Dios ni el
Diablo pudieran disputarla, lo que significa rebajarla, transformarla en un
objeto cuya única estimación radica en ser un elemento más de la espiritual
filatéica colección.
Todos
habremos de escapar definitivamente un día, incluidos los dioses persecutores.
VENUS
Y SIRENAS
El nombre de ellas puede ser Norma, Marcela, Roxana, Estela, Lucía,
Julia... y cada uno podría agregar los de su predilección en el amplio abanico
de seres, sus designaciones y experiencias personales.
La
magia que inspiran las mujeres ha sido cantada por los poetas desde tiempos
inmemoriales.
No se
nos escapa que el concepto de belleza en las mujeres es formulado por los
humanos y cambia a medida que transcurre la historia del mundo. Ha estado
entrelazado con los comunes intereses compartidos por macho y hembra para
producir otros seres. Es así que las Venus prehistóricas, como la Venus de Lespugue, o la de Willendorf, la Venus de Kostienski o la de Gagarino (alrededor
de 21.000 a 19.000 años antes de nuestro Cristo) representan a mujeres rollizas,
fuertes y opulentas. Mucho tiempo después Rubens sabría apreciarlas con el mismo
expansivo criterio.
Todo
parece indicar que la belleza estaba concentrada en hembras cuya capacidad
reproductiva y cuidado de la prole no estaba en duda.
Pero
tal como podemos ver en la Venus de Milo, en los diseños Egipcios y en
esculturas hindúes, la hembra bella puede ser de cuerpo delgado. Posiblemente,
vieron en ellas algo más, distinto a la reproducción.
Hasta
aquí, la mera imagen externa.
A
partir de aquí, su vida interna, emocional, espiritual; y su relación con el
hombre, que no siempre ha sido pacífica.
Los poetas griegos han sido geniales artífices en la simbolización
del conflicto que generan en el hombre.
Cuando Jasón y los argonautas buscaban el vellocino de oro, Orfeo
debió hacer sonar la lira para superponer su melodía al canto de las sirenas.
Ulises, en la Odisea, ya de regreso a Itaca, debió enfrentarse al poder
seductor, mágico y destructor del canto de estas hembras-bestias mitológicas.
Canto que propone promesas de goces irresistibles. Fue hábil, porque se hizo
atar al mástil de la embarcación en cuanto los tripulantes tapaban sur oídos con
cera.
En Ulises y las sirenas
(3), Jon Elster utiliza el mito de Ulises
para analizar los móviles internos que afectan la libertad de los hombres (y
mujeres), señalando que éstos padecen de una voluntad débil, una racionalidad
imperfecta que les somete al amor-odio y al autoengaño.
Pero un análisis de la cuestión no puede dejar de valorar la astucia
de Ulises para someterse al delirio del encanto de la seducción femenina, sin
dejar que se le dañe de modo alguno.
Kafka (en
El Silencio de las Sirenas) nos advirtió que
las sirenas podrían poseer un arma mucho más terrible que el canto, pero igual
de ineficaz para Ulises.
Precisamente, el arma sería su silencio: “...las terribles
seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que ese
enemigo sólo podía ser dañado por el silencio, porque la felicidad de Ulises
estaba dada sólo por las ceras y las cadenas. Ulises no oyó el silencio. Estaba
convencido de que ellas cantaban y que sólo él se hallaba a salvo. Fugazmente,
vió primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos
de lágrimas, los labios entreabiertos. Ellas, tan hermosas como siempre, y aún
más, se estiraban, se estilizaban desplegando sus humedecidas cabelleras al
viento, abriendo entre la espuma sus garras para acariciar la roca, dejando su
huella desgarrada en la piedra. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían
atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises. El
espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su
horizonte personal. Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían
desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó. Ulises era tan
astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de
penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente
humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo asumió la
farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.”
La idea de Kafka sobre el Ulises y las sirenas enmudecidas es
genial, porque enmudecer es un arma de las más potentes. Tanto, como el
desaparecer al que aludiéramos supra, en el “Ragnarok”.
El movimiento alemán de «Sturm und Drang» (dolor y pasión) ha dejado
obras imperdibles. Tal el caso del “Werther” de Goethe, que no es sino
paradigmático en lo que a neurosis amorosa se refiere, pero que al mismo tiempo
es otra genial estrategia de escape para su autor.
Johann Wolfgang Goethe tuvo una vida amplia, generosa, creativa y
suficiente de romances. Entre las mujeres con las cuales se involucró habían dos
Charlotte, que eran algo más que un postre de sobremesa delicioso.
Ellas eran Charlotte von Stein y Charlotte Buff. Esta última
personificaría la Lotte de “Werther”, escrita cuando Goethe tenía 24 años, en
1774-.
También
estaban Lili Schonemann, Christiana Vulpius y Ulrike von Levetzow. De ésta
última se enamoró a los 73 años, pero ella le negó reciprocidad (su poema
"Elegía de Marienbad" está dedicado a este fracaso).
En la historia del Joven Werther, Goethe nos planta frente a un
jovencito perdidamente enamorado por Lotte. El romance estaba enclavado en una
neurosis tóxica condenada a la ruina, por cuanto Lotte estaba formalmente
comprometida con otro hombre (tal como ocurría en la vida real con Charlotte
Bluff). En última instancia, Lotte era una excusa para condenarse al foso
tanático.
Lo cierto es que esta historia de pasión y suicidio creó una moda en
Europa, al punto de transformarse en una epidemia. Muchos románticos se mataban
por amor.
Goethe debió salir al cruce y advertir que no siguieran su ejemplo
literario. Con sus impulsos tanáticos había hecho arte, y en lugar de muerte
procesó vida. En definitiva, su escape.
¿Uno más?
Pues bien, como diría Umberto Eco,
no debemos olvidar
que existe una figura retórica llamada "ironía" por la que los enunciados –en el
caso, del presente texto- no siempre dicen lo que aparentan
(4).
NOTAS
1)
El Daño a las Personas, Gustavo A. Azpeitía,
Ezequiel Lozada y Alejandro J.E. Moldes. Ed. Abaco, 1998.
2)
ver en
http://www.geocities.com/haydnar/Past.html
3)
Estudios sobre racionalidad e irracionalidad,
de Jon Elster,
Editorial Fondo de Cultura Económica.
4)
Cita de Umberto Eco del artículo Evocación de la
ironía, de Domingo Luz Hernandez en la revista Leer, nº 44, julio de 1991.
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