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Unos gobiernan el
mundo, otros son el mundo.
Fernando Pessoa.
Al
final, será una preposición la que signe este trabajo, al establecer la
inflexión, el matiz propio, de quien lo expresa.
Así y todo, cedemos, en el inicio, la voz a Hecatón
[1],
filósofo estoico del siglo II antes de nuestra era. Hecatón enseñaba que, entre
la salvación de uno mismo y la de un
extraño, debe
optarse por la propia, dando el siguiente ejemplo:
En caso de hambruna, ¿hay que alimentar primero a los esclavos, a
riesgo de poner en peligro los ingresos del amo, sus medios de producción, como
así también el número de sus bienes? ¿O bien, hay que hacer lo contrario? Lue go,
y si por ventura un barco está a punto de hundirse por estar demasiado cargado,
y hay que elegir entre sacrificar el caballo de raza o un esclavo de poco valor,
¿a cuál
de los dos debe arrojarse por la borda? Hecatón responde que hay que preferir el
interés personal frente al de la humanidad.
Coincidimos con el filósofo francés Michel Onfray, cuando
establece que el síndrome de Hecatón atañe a los que practican la economía como
una actividad separada y la entienden como la ciencia de los bienes y las
riquezas, excluyendo al hombre y a la humanidad de sus preocupaciones. Primado
generalizado, recordando a Erich Fromm
[2],
del tener sobre el ser.
Onfray advierte que el síndrome de Hecatón
muestra que en lo esencial de una civilización, lo inaugural se basa en el
sacrificio, y la permanencia se asegura mediante el holocausto incesantemente
reiterado, al anteponer la economía a todo y por sobre todo, y la política, muy
después, a su servicio. O sea, primero el dinero y después lo demás, o nada más.
Globalización
La globalización es, en si misma, un proyecto en construcción de
una sumatoria de realidades que tendrán, o debieran tener, en su epicentro, la
cuestión de qué es más significativo, en tanto trascendente, desde un humanismo
renovado, en la vida del hombre y en su relación con el Otro.
Al hablar de globalización
[3],
aludimos, por lo pronto, a la serie de fenómenos que caracterizan las últimas
décadas del siglo XX: lógica del mercado; concentración económica; límites del
Estado nacional; ecología, entre otros.
En lo económico, nos referimos a la expansión e intercomunicación
global del hacer económico, con sus flujos que devienen, progresivamente, en
migraciones de capitales que lejos de establecerse, renuevan, permanentemente,
sus opciones, sin tener en cuenta aspectos sociales del lugar donde se radican.
En lo político, nos referimos a la crisis y el consiguiente
replanteo, de conceptos tales como nación, pueblo, clase, territorio y
soberanía. Con ello, la misma política merece ser repensada.
En lo ecológico, pensamos en el reestudio de la vida del hombre
en relación con su ecosistema y las diferentes valoraciones que del mismo, y al
mismo, podamos arribar, sin descuidar, nos permitimos remarcar, el peligro que
conlleva convertir, por vía del exceso, a la ecología, en una nueva forma de
totalitarismo en donde, al amparo de un decálogo de procedimientos
“políticamente correctos” se establezcan unas nuevas Tablas de la Ley en donde
el imperio de la libertad de paso al oscurantismo de un poder que, al amparo de
pseudo normas ecológicas, limite y encorsete la acción del ser humano en
sociedad, restándole libertad y dignidad.
El economicismo imperante, presenta sus propios actores, dentro
de una determinada lógica operativa. Vale, entonces, preguntarse cómo se
denominan –y se las ubican- en esta cosmovisión, a las personas que están, o
quedan fuera, del circuito en curso.
La lógica del mercado advierte la presencia de consumidores, no
de ciudadanos. La violencia mercantilista –esta violencia que hoy nos convoca:
la pobreza-, es el fracaso de la dignidad, porque coloca como medio lo que es un
fin.
La mera existencia de tal violencia es un claro indicador que los
Derechos Humanos no están vigentes en una sociedad que, directa o
indirectamente, la consiente. De ahí que, los que sólo atienden, desde su
proclamada practicidad, lecturas tangenciales de las realidades que los
circundan, designan como “distorsiones del mercado” a los excluidos, a los
marginados y a los desamparados. Deifican al mercado al dotar a tal libertad,
que supuestamente le comprende, del poder de nivelar los flujos de comercio.
Falacia sin sentido de especie alguna, que cae por su propio peso.
Derechos
Humanos
El 10 de diciembre del año de 1948, se aprueba, en el ámbito de
un foro hoy ignorado y desnaturalizado, a lo largo de los años, por todas las
partes, la Declaración Universal de los Derechos Humanos que, en su artículo
primero, establece que:
Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y
derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse
fraternalmente los unos con los otros.
El abandono progresivo del respeto por las normas y los valores
fijados otrora, trae consigo nuevas formas del totalitarismo que hay en curso en
el Occidente –como otras perviven en el Oriente, vale acotar.
Tales acciones, por ejemplo, están motivadas por la “limpieza de
clase” (class-cleansing) [4]
que opera desde su
tríptico libertad de mercado-responsabilidad individual-valores patriarcales.
La deificación del mercado y su supuesta libertad, reiteramos,
que, movida por una mano invisible, supuestamente lo regula, lleva, a una
disparidad tremenda entre regiones ricas y regiones pobres, incrementando
terriblemente la descompensación entre ambas con un claro detrimento para los
pobres que, paulatinamente, son marginados del proceso de decisiones que pasan a
ser controlados cada vez más por las elites de parias que día a día deciden por
la gran mayoría de nosotros, en el proceso económico de toma de decisiones.
Notamos cómo se privilegia la responsabilidad personal, en
desmedro de la colectiva, otro nombre del más puro egoísmo, dando por resultado
un individuo calculador y cosificador, cuyo objetivo primero y último es, y nos
permitimos reiterarlo, el tener por sobre el ser.
Vemos deambular sin rumbo fijo a consumidores angustiados, vacíos
y aislados. Aburridos de la vida y compensando su depresión crónica con el
consumo compulsivo.
El hombre suele transferir sus propias pasiones y cualidades al
ídolo, en tanto que al adorar al ídolo, adora a su yo. Convengamos que la
idolatría es absolutamente contraria a la libertad.
Al hablar de ídolos, no me refiero sólo a fetiches tangibles,
hablo también del consumismo, del desenfreno por el exitismo, en suma, de toda
forma de huida del hombre de su humanidad trascendente. Y una tal dependencia de
los ídolos cualesquiera que estos sean, deviene en la sumisión que
irremediablemente, quita independencia.
Las marcas, por ejemplo, constituyen una nueva religión. Una
prestigiosa empresa internacional afirma que las grifas poseen pasión y
dinamismo necesarios para transformar el mundo y convertir a las personas a su
manera de pensar. Es, notoriamente, el producto revestido de fetiche que me
“da” valor, aumenta mi cotización en el mercado de las relaciones sociales.
El escritor José Saramago indica, en relación a las nuevas
idolatrías, que esa apropiación religiosa del mercado es evidente, por ejemplo,
en los shopping centers –sin olvidar el trabajo del francés Marc Auge, sobre los
no-lugares- casi todos poseedores de líneas arquitectónicas de catedrales
estilizadas, siendo los templos del dios mercado.
Uno no puede menos que recordar, en esta línea de pensamiento, al
profeta Isaías cuando afirmaba que:
El escultor tallista toma la medida, hace un diseño con el lápiz,
trabaja con la gubia, diseña a compás de puntos y le da figura varonil y belleza
humana, para que habite en un templo. Taló un cedro para sí, o tomó un roble, o
una encina y los dejó hacerse grandes entre los árboles del bosque; (...)
Sirven ellos para que la gente haga fuego. Echan mano de ellos para calentarse.
(...) Quema uno la mitad y sobre las brasas asa carne y come el asado hasta
hartarse. (...) Y con el resto hace un dios, su ídolo, ante el que se inclina,
le adora y le suplica, diciendo: “¡Sálvame, pues tú eres mi dios!” No saben ni
entienden, sus ojos están pegados y no ven; su corazón no comprende. No
reflexionan, no tienen ciencia ni entendimiento para decirse: “He quemado la
mitad, he cocido pan sobre las brasas, he asado carne y la he comido; y ¡voy a
hacer con lo restante algo abominable! ¡voy a inclinarme ante un trozo de
madera!
A quien se apega a la ceniza, su corazón engañado le extravía. No
salvará su vida. Nunca dirá: ¿Acaso lo que tengo en la mano es engañosoo?
[5]?
Ya no valen las raíces culturales junto con los valores éticos y
morales, como ejes a partir de los cuales direccionar las acciones, sino el
reduccionismo alienante de parias con poder que migran a igual velocidad que sus
capitales, sin querencia ni conciencia.
Si a este tríptico de lo oscuro, debemos oponerles otro, a saber:
Libertad, igualdad y solidaridad. Al hacerlo, estaremos dando lugar a una
instancia de vida y de hondo compromiso al oponer a la lógica de la mentira, de
la ignorancia y de la ambición, una responsabilidad tanto personal como
colectiva, en aras de una igualdad de oportunidades que dignifique al Otro,
enmarcada en una intención y acción efectiva de darse. Entrega que representa,
entiendo yo, una apertura a la razón sensible.
En otras palabras oponer al amor a la muerte el amor a la vida,
biofilia en vez de necrofilia, según lo sustentara tan bien Erich Fromm.
Humanidad,
humanismo, hombre
En el uso medieval aparece como sinónimo de cortesía y urbanidad,
lo cual debe relacionarse, sin ser idéntico, con el desarrollo de umanitá,
italiano, y humanité, francés, del latín humanitas, que había
contenido un fuerte sentido de civilidad.
Humanistas,
convengamos, también tenía un importante sentido específico de cultivo de la
mente y educación liberal; de ese modo se relaciona directamente con el complejo
moderno de cultivo, cultura y civilización.
A partir del siglo XIX, la palabra humanismo vino a significar
el sentido desarrollado de humanista y de las humanidades. Esto es, un tipo
particular de estudio asociado a determinadas actitudes hacia la cultura y el
desarrollo o la perfección humana.
Guiados, pues, por la etimología –y concatenación- de estos
términos, convenimos en que el hombre está directamente relacionado con la raíz,
con y en la tierra, en un marco cultural y societario que propenda a la mejora
tanto espiritual como material de la humanidad toda.
Solidaridad
Decía Cristopher Lasch
[8]
que, en nuestra época, la indiferencia es una amenaza más grave para la
democracia que la intolerancia o la superstición, al manifestar que hemos
logrado una habilidad excesiva para buscar excusas, dado que estamos tan
ocupados defendiendo nuestros derechos que pensamos poco en nuestras
responsabilidades.
El respeto, que trae consigo el asumir nuestra responsabilidad
para con el Otro, supone el ejercicio del juicio discriminativo y no,
obviamente, la aceptación indiscriminada. Por su parte, la compasión se ha
convertido en la cara humana del desprecio. Ya no se habla de compromisos
éticos, en tanto mucho pasa por lo meramente estético que, aunque importante
asociado a lo ético, se banalice en solitario, al prescindir de la armonía de la
acción basada en un comportamiento ético-estético. Luego, la actitud pasiva
lleva a una actitud sustitutoria (contemplar pasivamente lo que otros hacen) a
la vez que invade al sujeto una sordidez tal, que lo destruye en su esencia.
Pues bien, nuestra vida, en tanto que vivida con hondura,
desarrolla nuestro carácter. A medida que avanzo, descubro más sobre mí mismo,
de ahí que deba ponerme en situaciones que hagan surgir a mi naturaleza más
elevada.
Las cuestiones de la vida, dicen los que saben, gira alrededor de
la alternativa entre el ser y el devenir. El devenir es siempre fragmentario, en
tanto que el ser es total.
Cuando uno deja de crecer y comienza a envejecer paulatinamente,
digámoslo misericordiosamente, uno, si no cae en la nostalgia o en la senilidad,
empieza a ver la propia vida como un círculo en lugar de verla como una línea
recta.
Hay, exactamente, un lugar en el que se empieza a encontrar ese
nivel en el que todo es un círculo. Pero tenemos que caminar por las líneas
rectas y experimentar totalmente la horizontal y la vertical, la tierra y el
espíritu, y el punto de encuentro en el centro, antes de que esto pueda suceder.
En fin, que el crecimiento interior solamente puede darse dejando
que las cosas se vayan, no aferrándose a ellas. Y llega poco a poco, cuando se
permite que las responsabilidades externas vayan sucumbiendo en su momento
adecuado. Entonces, cada vez más, y he aquí lo importante, a mi entender, se
convierte en un asunto de poner nuestra atención en las cosas más pequeñas.
El encontrar nuestra paz, incluyendo todo lo oscuro y lo
luminoso, es un gran sufrimiento para el ego, porque tiene que abandonar su
voluntad de dominar.
Lo que instaura la vida sensible, apelando a una razón sensible,
está en lo particular, concreto y próximo. En el aquí y en el ahora de mi
presente, sin desmedro del pasado y del futuro. De un presente tan activo como
trascendente, a instancias de una socialidad escogida
[9],
desde una ética periférica, a la que denominamos ética del cotidiano.
Ser, antes que individuo, persona, y estar, consiguientemente,
integrada en un cuerpo social que a la vez la supera y la conforta.
Asumir. No
ser avaros cuando se trata de adentrarnos en nuestra interioridad, cuando
resulta que al compartir con los otros, comenzamos a reconocernos, a visualizar
otra esfera de la maravillosa luminosidad proveniente del fomentar nuestras
potencialidades primarias, por sobre las secundarias; de alentar la biofilia en
detrimento de la necrofilia.
En suma, dejarnos llevar por la inocencia, por la búsqueda sin
más, sin rumbo y sin meta, viviendo el presente en esperanza activa, venciendo a
nuestros enemigos interiores, al modelar nuestro carácter.
Corremos el peligro de perder de vista tanto los problemas reales
de la existencia humana, como el interés en las respuestas a esos problemas. Sin
duda que el proceso de individuación y la consiguiente libertad implican
necesariamente soledad y angustia por el encuentro consigo mismo y con los otros
pero el camino, el halajá, el sendero, la via, suponen un tal sufrimiento.
Solamente en tal estadio es que podremos reconocernos, sabernos en camino.
Se requiere un renacer del humanismo o, mejor aun, una nueva y
más profunda versión humanística que se concentre en la realidad de los valores
experienciales en vez de hacerlo, meramente, en la realidad de los conceptos y
de las palabras.
Así, pues, mientras permitimos que en la interioridad de nuestra
consciencia, el diálogo se dé cita, al cuestionarnos y cuestionar, vemos que
para una tal empresa será menester contar con el combustible adecuado: el valor.
No el de la fácil y estéril pelea sino el otro, aquel que nos
permita, en la esfera de lo público, cobrar vida digna. El valor, advierte
Hannah Arendt
[10],
es una de las virtudes políticas cardinales. Se necesita valor incluso para
abandonar la seguridad protectora de nuestras cuatro paredes y entrar en el
campo público, no por los peligros particulares que puedan estar esperándonos,
sino porque hemos llegado a un campo en el que la preocupación por la vida ha
perdido su validez. El valor es indispensable porque en política lo que se juega
no es la vida, sino el mundo. Tal es la actitud que nosotros adjetivamos de
arendtiana.
Tengamos, pues, una actitud arendtiana, aquella que dice
sí a la sinfonía humana, sí al compromiso, con comprensión y asunción de
responsabilidades, colectivas y personales.
La
preposición
Queremos, hoy y siempre, hablar CON los otros y no POR los otros.
Pensar, reflexionar, argumentar y accionar, junto CON el Otro, de
cara a la vida misma, desde el llano y sin ambagues. Ser, en resumidas cuentas,
aprendices de la Vida y de lo trascendente que ella tiene en virtud de la mejor
condición del ser humano, la de estar en comunidad, participando activamente por
una mejora sustantiva de la dignidad que es el rostro de la libertad, al ejercer
nuestra responsabilidad, personal y colectiva, en la sinfonía humana que nos
toca, temporal y modestamente, participar.
Para terminar, recordamos al filósofo Emmanuel Levínas quien
afirmaba
[11]
que el el saber, sólo llega a ser saber de un hecho si es crítico, si se
cuestiona, si se remonta más allá de su origen (movimiento contra natura que
consiste en buscar más allá de su origen y que testimonia i describe una
libertad creada).
De ahí que conocer no sea meramente constatar sino y siempre,
comprender; busquemos, pues, comprender.
Escuchemos; el Otro nos habla.
NOTAS
[i]
Onfray, Michel – Política del rebelde – Perfil Libros
[ii]
Fromm, Erich – Del tener al ser – Paidós Studio
[iii]
Michelini, Dorando J. Globalización, interculturalidad y exclusión –
Ediciones del ICALA
[iv]
Wacquant, Loïc – Las cárceles de la miseria – Ediciones Manantial SRL
[v]
Isaías, 44, 13-20, AT – Biblia de Jerusalén – Alianza Editorial
[vi]
Corominas, Joan – Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana - Gredos
[vii]
Williams, Raymond – Palabras clave – Ediciones Nueva Visión
[viii]Lasch,
Cristopher – La rebelión de las élites - Paidós
[ix]
Virilio, Paul – El cibermundo, la política de lo peor - Cátedra
[x]
Arendt, Hannah, “¿Qué es la Política?”, Paidós
[xi]
Levínas, Emmanuel – Totalidad e Infinito – Editorial Sígueme
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