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Si Italia
hubiera escuchado a Giambattista Vico, y si, como en el tiempo del Renacimiento,
aquélla hubiera sido la guía de Europa, ¿no habría sido diferente nuestro
destino intelectual? Nuestros antepasados del siglo XVIII no habrían creído que
todo lo que era claro era verdadero, sino, al contrario, que “la claridad es el
vicio de la razón humana más que su virtud” porque una idea clara es una idea
finita. No hubiesen creído que la razón era nuestra facultad primaria, sino, al
contrario, la imaginación; la razón, llegada tardíamente, no ha hecho más que
desecar nuestra alma —Paul Hazard
[1]
El juicio
racional es lo que derrota al hombre —Joseph Conrad
[2]
¿Qué importancia tiene Vico en los inicios del
siglo XXI? [3] Mucha, especialmente para quienes intentamos
que la voz del pensamiento hispano y latino se escuche en el contexto de la posmodernidad.
Porque Vico representa, junto con Juan Luis Vives y Gracián,
entre otros, lo mejor de la tradición humanista de origen latino, que se
contrapone tanto a la filosofía racionalista continental, como al empirismo
anglosajón. Gracias a autores como Ernesto Grassi [4],
podemos ver hoy el humanismo renacentista y barroco no como un simple movimiento
cultural de recuperación de los clásicos grecolatinos, sino como una manera
distinta de hacer filosofía. En este ensayo me propongo explorar la raíz de las
discrepancias que Vico tenía con prácticamente todo s
los filósofos importantes de su tiempo, desde Maquiavelo y Hobbes, hasta
Descartes, Locke y Spinoza. Mi intuición es que la oposición de Vico a la
filosofía de su tiempo no era tradicionalismo, como una lectura superficial de
sus obras podría sugerir, sino que esconde una visión de la filosofía que no
encontró eco en su tiempo, pero que daría lugar, pasado un siglo, a un fuerte
movimiento de oposición a la Ilustración. Hoy en día podemos afirmar que Vico
fue uno de los primeros antimodernos, y que su manera de hacer y ver la
filosofía —junto con la de muchos pensadores hispanos— podría considerarse como
la versión latina de la posmodernidad.
Vico, la filosofía moderna y nuestra cultura
Giovanni Battista Vico nació en Nápoles en 1668. Era el decimotercero y último
hijo de un modesto librero. Su debilidad corporal, agravada por una caída en la
niñez, le hizo bastante tímido y retraído, al punto de que casi todos sus
estudios los realizó de manera autodidacta. No obstante, llegó a ser profesor de
elocuencia latina en la Universidad de Nápoles en 1699, cargo que ocupó hasta
pocos años antes de su muerte, en 1744. Vico también estudió leyes, con el fin
de ganar una cátedra de Derecho Civil en 1723, lo cual no pudo lograr.
Posteriormente a esa fecha, se dedicó mayormente a los estudios de historia, y
llegó a ser cronista real de los Borbones napolitanos (Carlos VII de Nápoles y
III de España) [5]. Su obra más famosa y más elaborada es
la Ciencia Nueva (cuyo título completo es Principios de una ciencia nueva en
torno a la naturaleza común de las naciones [6]), pero no
hay que dejar de lado su obra sobre la más antigua sabiduría de los italianos, a
partir de los orígenes de la lengua latina, publicada en 1713, que contiene la
famosa afirmación de que lo verdadero se identifica con lo creado (“verum et factum convertuntur”), ni sus discursos sobre la educación humanística,
pronunciados entre 1609 y 1707 en la Universidad de Nápoles, o su obra sobre los
métodos de estudio de su tiempo (1709), en la que critica el método cartesiano.
A Vico le tocó vivir en un período en el que ya había arraigado el racionalismo,
y su genio fue eclipsado por figuras como las de Descartes, Locke, Leibniz,
Malebranche y, posteriormente, Kant. Su obra habría desaparecido, de no haber
sido descubierta por los románticos de la primera mitad del XIX, particularmente
Jules Michelet. Ya entrado el siglo XX, Benedetto Croce llegó a decir de Vico
que era “ni más ni menos que el siglo XIX en germen" [7]. Y
ya en nuestro tiempo, Isaiah Berlin sitúa a Vico a la cabeza del movimiento de
la contra Ilustración. Según la visión de Berlin, los filósofos ilustrados
franceses eran “racionalistas radicales que de manera dogmática sostenían que
todas las verdades acerca del hombre y de la naturaleza eran universales,
objetivas, atemporales y transparentes a la razón. Como movimiento, proponían
doctrinas filosóficas y políticas esencialmente ahistóricas, que probaron ser
—según él— utópicas, inflexibles, deterministas, arrogantes, insensibles,
homogenizadoras e intolerantes" [8].
Lo interesante del análisis de Berlin es que el pensamiento posmoderno de
nuestros días rechaza la visión de la verdad, de la ciencia, de la filosofía y
de la racionalidad que tenían los filósofos ilustrados, lo cual ha hecho que
algunos filósofos vuelvan de nuevo su atención hacia Vico, pues Vico también se
oponía al racionalismo y al empirismo —aunque por distintas razones, como
veremos—.
Gran parte de la cultura latinoamericana, a mi parecer, está imbuida en la
manera francesa, escolástica y racionalista de entender la filosofía. Para
ilustrar este punto, me gustaría referirme a una reciente publicación popular,
la revista Muy interesante, que dedica su número 29 (2003) al tema de la
filosofía. En esta revista podemos leer afirmaciones como las siguientes:
· “La sabiduría es lucidez perfecta, conocimiento seguro de lo que de verdad
importa”.
· “La herramienta con la que el filósofo trata de conquistar esa lucidez
admirable es la razón. Entiéndase bien: la razón individual del propio
filósofo”.
· “El filósofo no puede delegar en nadie. En particular, no puede apelar a la
autoridad de una tradición o una ideología recibida”.
· “Se ha dicho que darse a la filosofía es incorporarse a la ya antigua
tradición de los que han decidido vivir sin tradición”.
· “Los intereses del filósofo son tan ajenos a los del común de los mortales, su
actitud ante la vida tan extravagante, que cabe recelar en él un prurito de
originalidad, o acaso el resentimiento propio del inadaptado" [9].
Esto es pensamiento moderno, ilustrado, racionalista, lo que equivale a decir
passe. Ningún filósofo serio en la actualidad sostiene esta visión de la
filosofía, que se nos hace un tanto cómica e ingenua. No sabemos aún qué forma
tomará el pensamiento filosófico de la primera mitad del siglo XXI. Lo que sí
podemos afirmar —creo yo— es que estará muy lejos de los ideales de la
Ilustración racionalista.
Yo veo la reacción antimoderna y posmoderna como una gran oportunidad para
reivindicar la concepción viquiana de la filosofía. Que no es sólo de Vico: es
la de los antiguos romanos; es la de los pueblos latinos, antes del
escolasticismo. Sabemos que los romanos no fueron un pueblo que produjera muchos
filósofos. Eran un pueblo práctico, entregado a la organización y al gobierno.
Los romanos, al contrario de los griegos, no eran propensos al escepticismo; su
forma de vida práctica los impulsaba a aferrarse a creencias firmes.
Vico preveía el peligro del escepticismo en la ciencia de su tiempo. Creía que
el error del racionalismo de Descartes, o del empirismo de Locke (igual da) era
el mismo que el de los antiguos estoicos y epicúreos: suponer que el camino de
la sabiduría estaba formado de verdades, cuando en realidad está constituido por
certezas y orden. Lo que pensaba Vico en esta materia puede sonar a los oídos
modernos totalmente escandaloso y sin posibilidad de defensa, pero dado que el
proyecto moderno tampoco puede ufanarse de mucho éxito, escuchemos al menos lo
que Vico tiene que decir.
Vico sostiene que fueron la autoridad y la superstición las que protegieron a
los primitivos romanos del escepticismo de la filosofía griega, y les permitió
construir primero una gran ciudad, y luego un gran imperio. Con otras palabras:
la sociedad tiene siempre unos fundamentos no racionales (sobre todo,
imaginativos [10]), y si la ciencia política los desprecia
o no los toma en cuenta comete un gran error. Es un error, para Vico, suponer
que la civilización comienza cuando se desecha el mito. La vida humana, la
sociedad y la civilización siempre necesitarán de mitos, aunque sea el mito de
la ciencia y del progreso. Ahora bien: es preferible creer en mitos sabiendo que
son mitos, a creer en ellos pensando que son verdades, porque cuando se descubre
que no lo son (porque el conocimiento del hombre siempre será limitado)
sobreviene el escepticismo, el desengaño y la parálisis mental.
No es necesariamente cierto que un mundo de gente más educada, más racional y
“científica” sea un mundo más feliz. Parece ser —y éste era el punto de Vico—
que la sociedad humana necesita algo más que la razón para funcionar bien.
Necesita creencias, tradiciones, autoridad e imaginación. Y el racionalismo
devasta las creencias, las tradiciones, la autoridad y la imaginación. Las
sociedades tradicionales están particularmente indefensas ante el racionalismo.
Muy pronto se produce en ellas la rebelión de las masas: individuos de
mentalidad “democrática” que piensan que su opinión vale tanto como la de un
sabio, simplemente porque es la suya. Personas que se ufanan de desconocer la
historia, el arte y la filosofía, porque en su autorizada opinión “no sirven
para nada”. Con esa clase de bárbaros la civilización no puede sobrevivir. Ya lo
decía Ortega:
"En las escuelas (...) no ha podido hacerse otra cosa que enseñar a las masas
las técnicas de la vida moderna, pero no se ha logrado educarlas. Se les han
dado instrumentos para vivir intensamente, pero no sensibilidad para los grandes
deberes históricos; se les ha inculcado atropelladamente el orgullo y el poder
de los medios modernos, pero no el espíritu. Por eso no quieren nada con el
espíritu, y las nuevas generaciones se disponen a tomar el mando del mundo como
si el mundo fuese un paraíso sin huellas antiguas, sin problemas tradicionales y
complejos" [11].
Vico también preveía el advenimiento de los idiotas salvajes, que serían como
“máquinas calculadoras perdidas en la vida" [12], y
situaba la causa de esa desviación en la educación moderna. El método moderno,
en su ignorancia del alma y su prisa por el análisis produce estudiantes
impacientes, irrespetuosos, abstraídos y desinteresados por los asuntos de la
sociedad en la que vive. “Como consecuencia de esta negligencia —dice Vico—
una noble e importante rama de estudio, la ciencia de la política, queda casi
completamente abandonada y desatendida" [13].
Uno de los grandes males de nuestra época es el desinterés de la juventud por la
política, por los asuntos de la vida ordinaria de su comunidad. Cuando el modelo
del hombre sabio y noble que presentan las películas de Hollywood es el profesor
distraído, que sabe mucho de ecuaciones y de fórmulas, pero que vive
completamente alejado de la vida política (que, por otra parte, se presenta como
el reino del engaño, la perversión y la ambición desmedida), ¿cómo podemos
esperar que los buenos se interesen por la vida de la re-pública, de la cosa
pública? El bueno, hoy, es el que se aísla, el que se desentiende, y se dedica a
pensar en cosas abstractas. Al científico se le perdona todo (su imprudencia,
sus manías, su egoísmo), porque es “muy sabio”. Una mente maravillosa es la que
es capaz de resolver complejos problemas lógicos o matemáticos. Hemos pasado,
casi sin darnos cuenta, de las vidas hermosas a las mentes hermosas (A Beautiful
Mind [14]). Por eso se quejaba Vico de que
“El mayor inconveniente de nuestros métodos de enseñanza es que prestamos
excesiva atención a las ciencias naturales y muy poca a la ética (…). Debido a
su entrenamiento en estos estudios, nuestros jóvenes son incapaces de
involucrarse en la vida de la comunidad, de conducirse a sí mismos con
suficiente sabiduría y prudencia, y tampoco saben infundir a sus palabras
familiaridad con la psicología humana, o impregnar sus discursos de pasión"
[15].
La ciencia y la técnica modernas han hecho creer al hombre que el progreso del
bienestar no tiene límites, y que, por tanto, puede “abandonarse
tranquilamente a sí mismo" [16]. Si para el hombre
premoderno “vivir es sentirse limitado y, por lo mismo, tener que contar con lo
que nos limita”, para el moderno “vivir es no encontrar limitación alguna"
[17]. Vivimos hoy, por tanto, en una cultura que ve la
disciplina y la autolimitación como un sinsentido, como algo negativo, propio de
épocas que no habían desarrollado los medios para disfrutar de la vida. Pero
tarde o temprano se descubre que la peor limitación es la que impone el propio
capricho. La visión moderna produce hombres mimados.
“Mimar —explica Ortega— es no limitar los deseos, dar la impresión a
un ser de que todo le está permitido y a nada está obligado. La criatura
sometida a este régimen no tiene la experiencia de sus propios confines. A
fuerza de evitarle toda presión en derredor, todo choque con otros seres, llega
a creer efectivamente que sólo él existe, y se acostumbra a no contar con los
demás, sobre todo a no contar con nadie superior a él" [18].
¿Cómo puede subsistir una sociedad en la que sus miembros se acostumbren a no
contar con los demás? Vico estaría de acuerdo con Ortega en que una sociedad
sana es aquella en la que los hombres han aprendido “esta esencial
disciplina: ‘Aquí concluyo yo y empieza otro que puede más que yo. En el mundo,
por lo visto, hay dos: yo, y otro superior a mí’" [19].
No es servilismo reconocer que hay otro ser superior a mí; no es tener
mentalidad de esclavos admitir que somos criaturas. Platón no se rebaja como ser
humano, cuando escribe en Las Leyes que “es Dios quien es, para ti y para mí,
la medida de todas las cosas" [20].
La cuestión de los límites de nuestro conocimiento
El racionalismo lleva al hombre a no admitir otra medida de las cosas más que su
propia razón, y de esa forma —sostiene Vico— cae en el error de desconocer sus
límites. La ciencia moderna —cuya gestación Vico sitúa en los seguidores de
Aristóteles— comete un grave error al confundir la certeza con la verdad. Verdad
tiene Dios sobre la creación y la mente humana de sus productos (sobre todo, la
matemática y la geometría). Certeza es lo que el hombre alcanza de las
propiedades físicas de las cosas; pero las propiedades físicas no son lo mismo
que las propiedades metafísicas. Las propiedades metafísicas son como el modelo
del escultor, mientras que las propiedades físicas son como la semilla de un
árbol. Un modelo permanece sin cambio cuando el objeto se produce, mientras que
una semilla pierde su forma en cuanto comienza a desarrollarse el árbol. “Vico
no niega la existencia de estas formas físicas universales; simplemente sostiene
que las formas metafísicas son previas a ellas" [21].
La ciencia moderna comete un gran error al hacernos creer que cuando conocemos
las propiedades universales de las cosas (su forma física) estamos conociendo su
verdad última. La tragedia del hombre moderno no es que no tenga acceso a la
verdad metafísica, sino que crea que sí lo tiene. El único conocimiento
verdadero al que el hombre tiene acceso es al que él mismo produce: el de las
matemáticas y el de la geometría. “El hombre es como Dios cuando es
matemático, no cuando contempla entidades que no puede esperar conocer, sino
cuando sigue la guía divina y hace lo que quiere conocer con los elementos que
tiene dentro de sí mismo" [22]. Éste es el sentido de
la famosa afirmación de Vico “verum et factum convertuntur”.
Este punto de los límites del conocimiento es tan crucial para Vico que aquí no
duda en ponerse en contra tanto de los escolásticos como de los cartesianos. Al
creer que se puede llegar a la verdad divina a partir de conocimientos
empíricos, los escolásticos piensan haber alcanzado un conocimiento metafísico
de la naturaleza, lo cual es imposible. Transgreden los límites de lo humano
desde arriba, por decirlo así. Los cartesianos proceden a la inversa, pues
intentan comprender la relación entre lo humano y lo divino a partir de lo
humano (transgreden los límites “desde abajo”) [23]. Pero
su error es básicamente el mismo: “así como Aristóteles se equivocó al tratar
la física metafísicamente por medio de potencias y virtudes infinitas, también
Descartes se equivocó al tratar la metafísica físicamente, por medio de actos y
formas finitas" [24]. Por eso se ha dicho que toda la
filosofía de Vico puede entenderse como un intento de “liberar la filosofía
de la metafísica tradicional, de la palabra conceptual y de la ética
racionalista" [25]. En el origen de estos errores está
la ingenua arrogancia de creer que podemos obtener un conocimiento del Ser
partiendo de un conocimiento apropiado sólo a los entes.
¿Significa esto, entonces, que el hombre no tiene ninguna forma de acceso al
Ser? ¿Está encerrando Vico al hombre dentro de los límites de su propia razón,
sin ninguna posibilidad de trascendencia? Todo lo contrario: el objetivo de Vico
es preservar la trascendencia del Ser. La ciencia y la filosofía modernas —y
también la filosofía escolástica— convierten el Ser en un ente, en algo familiar
para nosotros. Pero “la historia completa de la existencia humana no puede
ser aprehendida sobre la base del intento de convertir el Ser, que sigue siendo
no familiar, en algo familiar, esto es, en un ser" [26].
Lo cual no impide, sin embargo, que el Ser esté presente en la historia humana.
Existe la providencia: Dios dirige los destinos de las naciones, contando con la
actuación libre de los hombres. Se trata de una trascendencia que “por dentro
anima el mundo humano siendo su Otro" [27]. Toda
humana sabiduría que olvide este hecho fundamental cae en la impiedad. Esto
explica por qué Vico termina su Ciencia Nueva con esta afirmación tajante: “aquel
que no es piadoso no puede ser verdaderamente sabio" [28].
Contra el escepticismo
En la Ciencia Nueva, Vico sostiene que, al igual que el estoicismo y el
epicureísmo antiguos, el método moderno produce, tarde o temprano, escepticismo.
“La huida moderna del certum —afirma Lilla— termina en un escepticismo más
desesperado que el de los antiguos, pues las defensas tradicionales del hombre
—la religión, la autoridad, la retórica (…)— han sido barridas" [29].
Vico consideraba el escepticismo extremadamente peligroso. Al igual que Leibniz,
veía en él “una revolución general que amenaza a Europa" [30].
¿Cuáles eran los cargos que Vico levantaba contra el escepticismo moderno?
¿Quiénes eran los acusados? Los acusados eran los epicureístas Gassendi, Locke,
Hobbes y Maquiavelo; el estoico Spinoza, y el pirronista Bayle. Aunque, como
bien señala Lilla, de la lista anterior sólo Pierre Bayle aceptaría la acusación
de ser escéptico, Vico tenía sus razones para acusar a los restantes de fomentar
el escepticismo.
Los cargos o acusaciones que Vico hace a los modernos, de acuerdo a Lilla, se
pueden dividir en dos grupos: los de tipo teológico y los de carácter político.
Desde el punto de vista teológico, Vico sostiene que los escépticos niegan la
providencia divina; que, aunque acepten la existencia de Dios, niegan que, de
alguna manera, Él sea Señor de la historia. Al negar la providencia, los
escépticos no tienen otra alternativa que tratar el mundo natural como el reino
de la total casualidad, o bien como regido por la más absoluta necesidad. Esto
conduce a tras errores teológicos: el epicúreo, el estoico y el pirrónico [31].
El error epicúreo consiste en creer que la casualidad y la fuerza rigen el
mundo, y no la providencia y la justicia. Entre los modernos epicureístas están
Maquiavelo y Hobbes. Los estoicos, en contraste, niegan que Dios establezca la
relación de causalidad, o bien, ponen a Dios mismo bajo el poder de la
necesidad. El panteísmo de Spinoza cae en esta categoría. Los pirrónicos, por
último, niegan la presencia de Dios en el mundo (Pierre Bayle caería en este
grupo, al sostener que pueden existir sociedades sin religión). La segunda
objeción teológica que Vico hace al escepticismo moderno se refiere a su
materialismo. El escepticismo político trata al hombre pura y simplemente como
un cuerpo [32].
Quien no comparta el punto de vista teológico de Vico podría alegar que esas
objeciones no le conciernen. Eso está claro. Pero tal vez sí le llamen la
atención las consecuencias políticas que de ellas se derivan:
“una es que el materialista escéptico que niega la providencia se verá
también forzado a negar la sociabilidad natural del hombre. Dado que la
filosofía política moderna ve al hombre como impulsado por la pasión y no por
Dios, a nadie debería sorprender que esa misma pasión lo lance a un mundo de
terror hobbesiano que lo instruye en la astucia maquiavélica. Para el escéptico,
‘la sociedad’ es simplemente un producto del mundo, en el cual los individuos
persiguen su propio beneficio (al que Vico llama utilitas). El hombre sin Dios o
independiente de la razón no puede ser naturalmente un animal social" [33].
Esta última acusación de Vico contra los escépticos bien puede ser llamada
individualismo. Pero la crítica de Vico no termina aquí. Para Vico, la enseñanza
más peligrosa de la filosofía política moderna es que no existen el derecho y la
justicia en la naturaleza, sino sólo en la opinión [34].
Esto equivale a hacer de la fuerza y la utilidad los principios rectores de la
existencia humana.
La historia y la primacía del lenguaje
Sostiene Guido Fassò que “la grandeza de la Ciencia Nueva está (…) en la
intuición de que la verdadera realidad es la historia, y que lo individual, en
lo que la historia consiste, no es menos verdad que lo universal" [35].
La modernidad —hija del escolasticismo en este aspecto— excluye la historia de
la filosofía, pues la historia, al igual que la retórica, pertenece al reino de
lo probable y de lo cambiante, mientras que la filosofía se ocupa de la verdad.
En marcado contraste con esta tradición, Vico habla del significado de la
probabilidad en los siguientes términos: “De lo probable nace el sentido
común natural, que es la norma de la inteligencia práctica" [36].
El sentido común es la prudencia, que es el conocimiento de lo que conviene
hacer en el aquí y el ahora, y de lo que conviene hacer en la vida de la polis,
de la comunidad. Se equivocan, por tanto, Grocio y Pufendorf con su
iusnaturalismo racionalista, al querer partir de una naturaleza humana pura
(como decían Suárez y sus seguidores) para “deducir” los principios de la
actuación humana correcta. La naturaleza humana pura no existe; sólo existen los
hombres y las mujeres, sujetos de su historia.
Es en este contexto que se entiende la tesis antiplatónica de Leonardo Da Vinci:
“la verdad fue solamente hija del tiempo" [37]
(cuya fuente original se encuentra, al parecer, en el historiador romano Aulo
Gelio): la verdad sobre el hombre no puede excluir su historia. El aquí y el
ahora, que eran desechados en el racionalismo y en la metafísica tradicional,
son incorporados por el humanismo latino en su visión de la filosofía. Filosofar
no tiene por qué ser identificado con el pensamiento racional causal [38],
ni lo ahistórico tiene que por qué ser la meta suprema de la metafísica [39].
La tarea educativa de la filosofía que Congreso Mundial de Filosofía de 1998
ponía como objeto de su reflexión principal puede ser cumplida de mejor manera
si prestamos atención a los humanistas, que nos advierten que “no se aprende
algo a través de una abstracta doctrina racional, sino del ‘testimonio’ de un
‘suceso’”. Según esto, “los ejemplos no son ‘imágenes’, ‘ideas’ aisladas y
abstractas, sino la constatación del éxito o del fracaso en la adecuación a una
demanda existencial que ha de ser satisfecha ‘aquí y ahora’" [40]
A racionalismo y metafísica, por tanto, deberíamos contraponer humanismo, tal
como Vico lo entiende. Si la ciencia y la filosofía modernas se caracterizan por
el predominio del método y el consiguiente reduccionismo de la realidad humana,
¿cuál sería el aporte o el rasgo distintivo del humanismo, aquello que lo
justificaría en el actual contexto? Me parece que Ernesto Grassi acierta cuando
afirma que “el problema central del humanismo no es el hombre, sino la
cuestión del contexto originario, el horizonte o apertura en que aparecen el
hombre y su mundo" [41]. El contexto originario es el
del lenguaje, y en particular, el lenguaje poético. “Por esta razón, Vico
subrayó que los filósofos y los filólogos deberían comenzar por el estudio de la
sabiduría poética, que fue la primera verdad de los paganos, por la
investigación de la filosofía antigua y no por la verdad abstracta y razonada de
los eruditos" [42].
De esta suerte, la discusión
filosófica central, para el humanismo, no es “el problema de la verdad lógica
como adecuación (adaequatio)”, sino “el problema de la ‘emergencia’, de la
‘aparición’ o phainestai”, y “en lugar de la cuestión de la ratio y su de
método inferencial, nos planteamos la cuestión de la estructura del ingenio, tal
como la trataron Vives o Gracián" [43]. Mediante el
ingenio, cuyo principal producto es la metáfora y la imagen, “somos capaces
de remediar incesantemente el desorden y el vacío significativo, creando los
nuevos mundos exigidos por las múltiples necesidades o situaciones históricas"
[44]. Las primeras palabras, los primeros conceptos,
fueron metáforas, es decir, “traslado” de significado, como cuando decimos “al
pie de la montaña”, o un “claro del bosque" [45]. Ahora
bien: esto implica que no hay un significado “auténtico” que se revele sólo en
situaciones privilegiadas (como la de la investigación científica, por ejemplo).
No se trata de “leer dentro” para encontrar la auténtica “naturaleza de las
cosas”, sino de combinar imaginativamente —metafóricamente—, significados que
originariamente se toman del uso [46]. Estamos, dos siglos
y medio después de Vico, a un paso de “romper con una tradición que
identifica lo real con su significado eterno tal como se alcanza mediante el
proceso racional y el pensamiento científico-metafísico" [47].
No existen descripciones metafísicamente privilegiadas de la realidad, sólo
diferentes lenguajes (incluido el científico) que utilizamos para tratar con la
realidad. “La república humana es república de palabras, no república de
cosas" [48]. La ciencia, toda ciencia, es una
construcción humana. Entendemos ahora, con nueva luz, lo que Vico había afirmado
en La ciencia nueva, que “este mundo histórico ha sido hecho ciertamente por
hombres, y por lo tanto sus principios sólo pueden ser descubiertos en las
modificaciones de nuestro propio espíritu" [49].
Conclusión
En conclusión, a la pregunta sobre cuál es la relevancia filosófica de Vico
hoy, se puede responder diciendo que Vico representa una revolución filosófica
más radical incluso que la de Kant, pues el filósofo alemán partió de los mismos
supuestos que sus inmediatos antecesores racionalistas y empiristas, aunque
llegara a conclusiones distintas, mientras que Vico, anticipándose en más de dos
siglos al llamado “giro lingüístico” de la filosofía analítica, a Wittgenstein y
a los pragmatistas, propone un nuevo punto de inicio para la reflexión
filosófica: el lenguaje, en particular el lenguaje poético. Pero aún más
importante que esto es el hecho de que Vico, a diferencia de muchos posmodernos,
no es relativista. Como el punto de inicio es diferente, Vico evita el
escepticismo y el relativismo en el que caen muchos de los filósofos
posmodernos. Vale la pena seguir caminando por la ruta señalada por Vico,
especialmente para aquellos que creemos que se puede ser, a la vez no
escolástico, no racionalista, y no relativista.
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