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I.
Una
vieja leyenda habla de la existencia de tres tipos de
hombres, los corderos, los lobos y los leones.
Los primeros
serían aquellos que carecen de energía individual, cuya débil
fuerza para la supervivencia procede del grupo, que habrían
nacido para ser presa de los segundos y estarían en el
mundo dispuestos a que se les pisase la cabeza. Los segundos
serían los depredadores natos, habrían nacido para ir
pisando cabezas y su mayor placer residiría en ir pisando
cabezas. Y, finalmente, estarían l os leones, que no habrían
nacido para pisar cabezas ni admitirían que nadie les
pisase la suya, porque tendrían tareas más altas que
llevar a cabo, estando equilibrado su poder depredador y su
poder placentario o social. De tal modo que los conflictos
se producirían siempre que un lobo devorase a un cordero o
cuando el éste tuviera la mala suerte de confundir a un león
con un borrego e intentar pisarle la cabeza. Los
corderos, todos juntos, formarían una fuerza superior a la
de cualquier lobo o león por separado, y una vez logrado
esa unión, procederían al exterminio de los mamíferos
superiores mentados. Entre los corderos también habría
conflictos, pero se dirimirían fundamentalmente a través
de balidos histéricos o incordios de agresión aún más
sutiles, aunque en ocasiones llegasen a lanzarse verdaderas
dentelladas e inmolarse en masa. Toda esta leyenda podría
ilustrarnos acerca de la violencia individual y colectiva en
los seres humanos, si no fuera porque yerra al considerar la
condición como algo propio de la naturaleza desde el
nacimiento.
La
naturaleza humana es tanto depredadora como placentaria en
igual grado de originariedad. La violencia física se
transmuta en violencia psíquica en el reino de la cultura,
pero las fuentes del placer y del dolor siguen siendo las
mismas. Por un lado la fuente de energía y por otro lado su
regulador. Carentes de energía, los corderos buscan en la
unión la fuerza, mientras que los otros mamíferos preferirán
siempre un buen margen de individualismo. No nos ilustra la
naturaleza al fijarnos en las hordas o en las manadas porque
el individuo es anterior al grupo primario y en el reino de
la cultura, la familia, no es sino un preborreguismo barrido
por la exigencia de ceder a sus miembros para la exogamia.
En
el reino de la cultura puede decirse que todos los hombres y
los pueblos ostentan en grado variable la triple condición
de lobos, corderos y leones, pero de tal forma
amalgamada y encubierta por las capas civilizatorias que las
citadas tendencias se mostrarán difícilmente al análisis.
En la cultura un cuerpo de guardianes se dedica a
realzar la tarea del león, por los demás, mientras otro
cuerpo social pueden vivir pastando plácidamente, sin ser
por ello corderos. En realidad, los guardianes, como bien
sabía Platón, son los perros (antiguos lobos
domesticados), que los lobos más civilizados han puesto
para guardar sus propios intereses, que sólo
coyunturalmente coinciden con los intereses de toda la
sociedad. Pasemos entonces del lenguaje figurado al lenguaje
sociopolítico. Un Estado tiene una policía que se dedica a
proteger los bienes de quienes los detentan y a defenderlos
de aquellos a los que los privilegiados han desposeído.
El
empresario, ejecutivo, alto funcionario, profesional bien
pagado, político, futbolista o cantante afamado, son en
realidad lobos con traje y en mercedes, pero no ostentan su
condición directamente, no tienen que mancharse ya las
manos o los dientes con la carne de los borregos, sino que
los obreros, hoy en día, gustosamente se ofrecen a las
fauces de los lacayos o subalternos del depredador, con la
esperanza de que mediante semejante inmolación llegarán a
convertirse en depredadores ellos mismos, cosa, como es
evidente, imposible generalizadamente y sólo imaginable
como excepcional, a menos que una anomia generalizada nos
devuelva nuevamente a la barbarie. Lo que llamamos
civilización no es sino un lapso de tiempo variable entre
dos estados de barbarie, pues al igual que los seres humanos
nacen, crecen, alcanzan su apogeo, asisten a su declive y
perecen, a los pueblos y los imperios les ocurre la misma
cosa.
En
la sociedad actual, además de los empresarios, ejecutivos,
altos funcionarios, profesionales, políticos o futbolistas,
por un lado, y de los obreros de diversa especie, de otro,
están los desheredados, los desclasados y los zombis.
Los primeros son los jubilados de bajas pensiones, los
pobres en general o gentes de muy baja renta y los
inmigrantes sin papeles y sin dinero, los segundos los que
no siendo ni pobres ni ricos, pero con una subjetividad que
les clasificaría entre los de la primera especie, han
elegido traicionar a su clase y no ejercer el papel
dominador que les correspondería por nacimiento, y los últimos
son los muertos de hambre, los homeless o mendigos, los
drogodependientes y los locos, productos indirectos de la
gestión de la sociedad por la primera especie, pero de los
que la primera especie nada tiene que temer ni ha de
preocuparse, son excrecencias o desechos. Las fuerzas de
seguridad, profesionales medios en los países desarrollados
y perros roedores de sobras en los países subdesarrollados,
se ocuparán de mantener esas excrecencias, por grandes que
sean, alejadas de los barrios ricos y de las oficinas
importantes. De modo que
la verticalidad conlleva que la pesadilla de los
zombis y de los desheredados recaiga sobre los hombros de
los obreros, principalmente, y de los profesionales medios
que pueblan los servicios sociales, en segundo lugar,
mientras que los privilegiados no han de pisar nunca la
calle, pues se trasladan de la moqueta de casa a la moqueta
del coche, y de ésta a la de la oficina, y de la de la
oficina a la del restaurante y de éste nuevamente a su
casa, creyendo a menudo que viven en el mejor de los mundos
posibles.
El
desclasado es el único ser civilizado en el que todavía
prima el león, pero continuamente se ve amenazado por el
deterioro de la subjetividad que puede conllevar el desempeñar
una función subalterna tanto como la tentación y presión
hacia la toma de posesión de su lugar social y su
correspondencia de clase. Un terrorista o un ladrón de
altura, suelen tener también algo de león, pues agreden a
los grandes lobos y no a los corderos. Sin embargo el ladrón
de bolsos de las viejecitas que van a la compra suele ser un
zombi o un desheredado, que agreden a otros desheredados
(aprovechando precisamente su debilidad) o a los obreros
(que no están tan bunkerizados como quienes están más
arriba).
De
entre los inmigrantes, que vienen de países que pueden
haber recaído totalmente en un estado de barbarie, todavía
llegan a la civilización auténticos lobos
de la naturaleza, capaces de matar sin pestañear, no sólo
a los corderos, sino a los perros y a otros lobos
civilizados que, por falta de uso directo, han perdido el
filo de sus dientes. Un sicario que viene de Medellín
considera a la policía española “blanda” y los chalets
de lujo como objetivos “fáciles”, pues comparados con
un chalet de lujo en Colombia, rodeado de hombres armados
con ametralladoras, los de aquí le parecen a un sicario
presa poco problemática. También sus compatriotas
honestos, que vienen como obreros, son aquí una presa, pero
menos fácil que en Colombia, donde los perros les son tan
amenazantes como los lobos y donde la vida humana, ni
siquiera como fuerza de trabajo, tiene ningún valor; aquí
son presa de los civilizados contratantes de sus servicios,
que incruentamente les someten a esclavitud encubierta, les
explotan y compulsivamente les fuerzan a aceptar salario
bajos, horarios extenuantes y trabajos deteriorantes.
II.
Me
he encontrado con el mismo loco varias veces, pero lo más
curioso es que, a parte de otros locos, del que voy a hablar
me lo he encontrado en dos ocasiones y a dos edades
distintas, a los diecinueve y a los cincuenta años, en un
breve lapso de tiempo. Desde luego es imposible que
fuesen el mismo pero sí eran exactamente del mismo tipo. El
primero, siendo joven, era aún un tanto más torpe y
rudimentario, mientras que el segundo tenía ya extremadas
sus mañas.
La
historia del joven es digna de atención en primer lugar. Se
trataba de un muchacho, habitante de Torrejón de Ardoz, un
antiguo barrio obrero de Madrid que hoy ya forma parte de la
gran ciudad. Su aspecto era una réplica clónica de
Jesucristo, pero de Jesucristo superstar, no de la iconografía
menos conocida de Roma o de Bizancio, sino la del hippie de
los setenta. Melena y barbita y bigote. Sus ojos despedían
un cinismo zafio muy infrecuente en edades tan tempranas y
sus maneras carecían de ningún respeto ni consideración
hacia los mayores. Su trastorno mental, evidente y grave,
consistía en creerse una especie de Jesucristo redentor
dedicado a transformar un mundo miserable y brutal por el
sencillo recurso de abordar a los viandantes y confrontarles
con su suciedad constituyente. No tendría eso demasiada
locura si no fuese porque consideraba que, mirando a alguien
fijamente a los ojos, podía él captar las verdades más íntimas
de aquél en quien posaba la mirada, verdades que siempre
resultaban ser mezquindad e hipocresía y nunca belleza y
sinceridad. El individuo, no obstante, pese a haber perdido
la razón y comportarse como un ser mezquino y estúpido,
debía tener una alta visión de sí mismo, dados sus
poderes paranormales, de modo que parecía que no había
nunca ejercido esos poderes contra sí mismo mirándose
realmente al espejo. Su convicción de tener un poder
especial, aun careciendo de ninguna especialización o más
bien a causa de ello, era absoluta, así como su insistencia
en abordar viandantes, en el metro, en el autobús, en la
calle, y agredirles con sus palabras insultantes que a su
juicio eran verdades que les iban a transformar radicalmente
y convertir en hombres nuevos. De todo esto me enteré después,
cuando tuve conocimiento del engendro, que no tenía reparos
en relatar sus imaginarios desvaríos, de modo que habré de
dar cuenta, a continuación, de cómo tope con el pobre
diablo en cuestión.
El
caso es que tuve ocasión desgraciada y molesta de
encontrarme con semejante sujeto a raíz, quién pudiera
decirlo, de unas conferencias para doctorandos y licenciados
en filosofía que se impartían en la UNED de Madrid.
Allí apareció mi amigo Mario, un estudioso de un Foucault
kantiano-heideggeriano que acababa de empezar la pesadilla
de la enseñanza secundaria en un instituto de, ¡adivinen dónde!,
Torrejón de Ardoz, en el cual se le había pegado como una
lapa, dada su inexperiencia y su condición novata, un
alumno del último curso del Bachillerato, un pupilo del que
todos los demás profesores huían como de la peste, ¡adivinen
quién!, pues Jesucristo, claro. Allí aparecieron los dos,
en la cafetería, antes de la conferencia. Charlábamos
cuatro o cinco contertulios frente a nuestras respectivas
tazas de café cuando Mario nos interrumpió para
presentarnos a Jesús, su discípulo. En seguida me percaté
de que algo marchaba mal, porque ese día era precisamente
el que le tocaba a hablar a una catedrática de filosofía
cuyo arcano lenguaje era harto incomprensible para ella
misma y para los que la rodearíamos esa tarde, luego sólo
una gran crueldad podía, pensaba yo, haber empujado a mi
amigo Mario, a someter a un discípulo a semejante tortura.
Luego descubriría que no era cuestión de tortura sino de
justicia, inconscientemente Mario había buscado que el
torturador fuese torturado y, excepto por lo desagradable
del asunto, creo que salió satisfactoriamente tal y como lo
había planeado su subconsciente vengador.
A
todo esto veía que el muchacho charlaba con alguien y el
contertulio salía corriendo con algo muy urgente que hacer
en seguida, pero sabría el por qué cuando me toco el turno
y se me acercó el personaje diciendo:
-Así
que tú eres Manuel –dijo mientras su sonrisilla cínica
aventuraba una mueca de desprecio. Ya me ha hablado Mario de
ti –continuó dejando claro que lo sabía todo. Tú lo que
eres es un colgado –espetó finalmente, como corolario de
su presentación.
-Y
tú lo que eres es un maleducado –contesté un poco atónito.
-No me parece buena idea andar soltando juicios de valor
sobre la gente que no se conoce nada más toparse con ella.
Procedió
entonces a explicarme sus poderes y a insultarme otro poco
diciendo sandeces innumerables a las que contesté lo más
groseramente y lo más cínicamente que pude, para darle
un poco de su misma medicina, pero al darme cuenta de que se
trataba de un enajenado mental hice lo que los demás, me
alejé con una excusa y pudo más mi salvación que la
consideración hacia el siguiente que hubiera de topar con
el sujeto en cuestión. El siguiente fue mi amigo Gabriel,
un profesor de universidad con dos carreras en su haber, la
de matemáticas y la de filosofía, en el que destacan sobre
sus indiscutibles méritos académicos e intelectuales, su
valía humana y su exquisita ética del trato como igual a
todo prójimo. El energúmeno, según me contó luego,
procedió con él de la siguiente manera.
-Oye,
¿dónde te has comprado esa camisa tan bonita? –le dijo
Jesucristo con su sonrisilla de perdonavidas.
-¡Ésta!
Pues en una tienda, no muy lejos de aquí, que se llama Bora
y que queda en la calle Princesa -contestó.
-¿Princesa?
No conozco esa calle, ¿dónde queda? –dijo el profetilla
loco.
Mi
amigo procedió, como ser civilizado y educado, a explicarle
al niñato dónde estaba la calle Princesa, que manifestaba
no conocer, hasta que fue interrumpido por las sonoras
carcajadas de Jesucristo, que le escupió las siguientes
palabras:
-¿Y
tú eres filósofo y no te das cuenta de que te estoy
tomando el pelo?
Atónito,
como todo aquel que reaccionaba ante el sujeto en tal
contexto, por primera vez, el atento Gabriel no dijo nada,
siguió subiendo las escaleras y, al llegar al aula de las
conferencias, abrió la puerta y, teniendo al energúmeno al
lado, le ofreció el que pasase primero mientras sujetaba el
picaporte, ante lo cual, el agraciado joven, no crean que
dijo: “gracias” antes de proceder a pasar y coger sitio,
sino que le dijo: -¿Y si ahora voy y te doy un puñetazo?.
Ante lo cual Gabriel, nuevamente sorprendido, no tuvo
ninguna reacción, excepto la indiferencia. De semejante
prolegómeno yo me enteraría más tarde, pues de haberlo
presenciado en su momento, el que hubiese recibido entonces
un puñetazo hubiese sido el demente y grosero niñato.
Tuve
la mala suerte de que se sentase a mi lado quien ya sabemos.
La conferencia era una pesadilla, como siempre que le tocaba
hablar a esa catedrática en cuestión, aunque quienes
estabamos familiarizados con su lenguaje podíamos barruntar
lo que quería decirnos y al menos reconocer los múltiples
términos griegos y latinos con los que regaba su discurso.
Desde luego que Jesucristo se aburría y resoplaba sin cesar
a mi lado, manifestando de vez en cuando nerviosas risillas
de muy bajo tono. No se atrevió a interrumpir el acto,
aunque llamó mi atención en un momento dado al verme
rebuscar en mi carpeta y me dijo: -Me aburro, déjame algo
que me entretenga. Yo, que ya le tenía por fin calado,
contesté que no era mi misión entretenerle, que si quería
entretenimiento que saliese y se fuese al circo o a la
discoteca, tras de lo cual, ciertamente, disfruté
ciertamente, viéndole arrebujarse de tedio e ignorancia en
su asiento. Pero lo peor le estaba todavía por llegar.
Al
salir de la conferencia nos fuimos como de costumbre a la
cafetería y, el profético Jesucristo, calcomonía de un
mal lector de Hermann Hesse, nos siguió hasta la misma. Allí
comenzó de nuevo su asedio al prójimo, de modo que se veía
cómo iban huyendo uno a uno los comensales. Finalmente,
Mario, yo y dos amigos más, nos quedamos con él en la
cafetería y, ya sobre aviso, procedimos a proporcionarle,
muy didácticamente, unas lecciones de conducta. Tras muchos
insultos por su parte y muchas contestaciones pedagógicas
por nuestra parte, desmontando su paranoia, parecía que iba
a llorar, pero no acababa de dar su brazo a torcer e insistía
una y otra vez de la siguiente manera.
-Yo
es que voy por el metro y, cuando veo a alguien a los ojos,
ya sé la clase de persona que es, y entonces voy a decírselo
para que cambie y el mundo sea mejor –nos explicaba para
defender su forma agresiva e insultante de conducirse. Es
por eso que, por ejemplo –dijo señalándome, ¿qué
me dirías si yo te dijese que eres un desaliñado y un
frustrado?
-Pues
mira chico, la gente ya tiene bastante con lo que tiene para
que, encima de que están cansados del trabajo y de la lucha
diaria, que les venga un idiota como tú, al que mantiene su
mamá, a decirles impertinencias, insultos y gratuitos
juicios de valor. Si me dijeras que soy un desaliñado y un
frustrado, además de todos los insultos e impertinencias y
estupideces que llevo ya dos horas oyéndote, te contestaría
que la frustrada y desaliñada lo será tu madre, por
haberte parido. Y si no te gusta lo que te digo, porque a mi
tampoco me gusta lo que me dices y lo que vienes diciendo a
todo el que te encuentras desde que has llegado, si no te
gusta, repito, sal a la calle conmigo y pasamos de la agresión
verbal a la no verbal. Pero te advierto que si vuelves a
insultarme no voy a esperar a la calle sino que te voy a
golpear aquí mismo.
Jesucristo
no se atrevió a salir conmigo y por primera vez, sólo a
partir de una amenaza verdadera de recibir una paliza (los
locos saben captar cuando el que les amenaza está lo
suficientemente loco como para cumplir sus promesas) bajó
un poco la guardia y rebajó su actitud irrespetuosa,
altanera, insultante y desagradable. Al poco del incidente
último, con Jesucristo más manso aunque sin remedio que no
pasase por una clínica especializada, procedimos a
retirarnos, nos despedimos y respiramos aliviados de
librarnos de la impositiva y agresiva presencia de ese
sujeto. Y lo cierto es que de no haber sido un alumno de
Mario, cosa que me comprometía y me contuvo, seguramente le
hubiese dado algún golpe.
Del
segundo loco mesiánico semejante en todo al descrito pero
de unos cincuenta años voy a hablar a continuación. Se
trataba de un tipo con barbas largas y blancas en plan
Tagore, probablemente de nacionalidad belga, que se dirigía
a la gente en plural, utilizando el “nos”, y conocido ya
en medio Madrid como gorrón empedernido de inauguraciones
pictóricas, revienta actos y baboso ligador de jovencitas
veinteañeras.
Éste
no se encontraba en conciertos, conferencias, cinematecas o
cursos de doctorado de las universidades, inauguraciones de
exposiciones, por causalidad, como se encontró su joven homólogo,
del que ya relatamos la historia anterior, sino que ya iba
directamente allí, a sabiendas que se encontraría en unos
lugares idóneos para ejercer su labor soteriológica de
curar a los demás, a completos desconocidos, de sus males,
de sus supuestas dependencias al capitalismo, a base de
agredirles, insultarles y molestarles con su presencia,
miradas, observaciones y comentarios, despreciativos y
despectivos. Con este personaje di más de una vez, pero
pude evitarle, simplemente marchándome del acto al ver que
se encontraba en él, aunque en alguna de ellas, no podía
marcharme y escapar, sino por unas circunstancias u otras,
tenía que permanecer en el lugar.
La
primera ocasión de este tipo fue la de unas conferencias
con concierto incluido en las que amedrentó con sus artes a
mi pobre director de tesis, y allí ya me resultó muy
molesto, ya que tras intervenir y coger el micrófono
para dar una postconferencia esotérica a la que trataba de
música y obligarnos a escuchar sus patrañas no deseadas
durante veinte minutos, después, tras insultarnos a todos y
decir: “todos sois unos cerdos y yo soy un jabalí”,
cuando conseguimos que se callase y dejase hablar a los que
habíamos venido a escuchar y a otras personas, se sentó
luego mirando a los ojos de mi actual director de tesis, con
el rostro a unos diez o quince milímetros del suyo, durante
alrededor de una media hora, provocación que muy pocos
hombres resistirían y que no sé muy bien si resistirse a
ella demuestra el vicio de la pusilanimidad o la virtud de
la entereza. Estoicamente aguantó la provocación el catedrático
de filosofía y no cedió a la tentación de intentar
ponerle fin de alguna manera, aún a riesgo de que se
organizase un altercado. Es cierto que la implicación en
una escena, cosa que a los locos encanta y a los no locos
desagrada, debería ciertamente ser evitada siempre, pero en
fin, la violencia hay que ejercerla en un momento dado, no
se puede tener una ilimitada tolerancia, y el pacifista lo
que puede hacer a la postre es que otros hagan el trabajo
por él, pues podía haber llamado nuestro catedrático a
los vigilantes jurados del lugar, que los había, para que
el enajenado dejase de molestarle, en lugar de largarle
personalmente dos bofetadas o contestar a su insulto, pero
no hizo ni lo uno ni lo otro, sino que aguantó la vejación
y procuró mostrar indiferencia, cosa que, como ya he dicho,
no sé si demuestra entereza o pusilanimidad.
Yo
me acerqué al loco tras el acto y como vi que seguía
faltando y que hablaba de Dios le dije: “Yo me cago
en Dios”. Contestó: “Éres un grosero”. A lo que
respondí: “El que viene a agredir y a insultar a todo
el mundo eres tú y además te equivocas, yo no soy un
cerdo, soy un jabalí, tengo colmillos y si tú lo fueras no
aceptarías que te dijese que me cago en Dios y en tu puta
madre”. El sujeto entonces se alejó de mí como si el
loco fuese yo, y efectivamente, también lo era, pues para
contrarrestar la locura soy capaz de ponerme al nivel de la
locura, si hace falta y me consienten el hacerlo mis
allegados o acompañantes. Al poco se marchó y nos dejó en
paz, aunque fastidiados, por habernos estropeado un
individuo enajenado tanto el día como el acto.
He
dicho antes que di con el personaje en más ocasiones, hubo
otra de ellas tras la narrada en la que directamente quiso
aplicar su aceite de ricino contra mi voluntad y donde no
tuve más remedio que tener un pequeño altercado, y luego,
aún otra, donde tuve que hacer de tripas corazón, y
procurar ignorarle, ya que así me lo habían rogado los
presentes. En ambas me produjo un mal sin que se lo pudiera
devolver ni pudiese responder adecuadamente. Y quien dice
que el insulto no le agrede y que un baboso no es capaz de
sacarnos de quicio lo que pide es borreguez y aceptación de
lo inaceptable.
El
caso de la siguiente ocasión fue cuando el profeta entró
en la Filmoteca española y, como por imán, se dirigió
directamente a mi mesa. Le hice saber que le consideraba un
enajenado mental, que le conocía de la experiencia del
conservatorio y que no deseaba tener ninguna conversación
con él, que estaba con una amiga en una mesa privada y no
queríamos compañía. Pero como suele ser el caso, no atendía
a razones y no sólo eso, como directamente yo manifestaba
no querer hablar con él, se dirigió a mi acompañante, a
quien amedrentaba, para dirigirse a mí a su través. Decidí
que su proceder no debía ser consentido y me levanté empujándole
ligeramente para separarle de nuestra mesa. El muy mañoso,
ante el empujón, se lanzó al suelo y se hizo el muerto,
como si yo lo hubiese matado, le di tres buenos bofetones en
el suelo diciéndole “menos teatro, monta espectáculos”,
pero ni movió un músculo, entonces me encaré a la
concurrencia y les expliqué en voz alta que el sujeto era
un conocido y molestísimo loco que iba montando números
por todo Madrid, cosa que algunos de los asistentes
corroboraron al punto. A todo esto llegó el guardia jurado
y de un respingo el Jesucristo 2 se levantó y se puso a
darle las quejas a ese pobre trabajador. Me disculpé con el
vigilante y le dije que o lo echaba o tendría que
aguantarlo durante horas, triste trabajo, pero el chico no
parecía llevar mucho tiempo en el empleo y me temo que
sufriese al enajenado durante quien sabe cuanto tiempo. En
definitiva, que después, pues nos fuimos al instante, mi
acompañante me llamó agresivo y violento, indicándome que
en todo caso debía haber llamado al guardia jurado y
haberle dicho que no deseaba hablar con ese hombre y que no
atendía mis requerimientos a alejarse de nuestra mesa. ¡Eso
es lo que voy a hacer la próxima vez, -dije- que se ocupe
la policía o los vigilantes o los perros!. Los burgueses
nos podemos permitir el ser pacifistas, pues tenemos a otros
que den las hostias por nosotros y nunca nos manchamos las
manos.
Desgraciadamente
hube de topar con semejante sujeto nuevamente, cuando mi
acompañante en la Filmoteca realizaba la inauguración de
una exposición de pintura y me di cuenta de que la cosa no
era tan sencilla como había decidido tras el altercado
anterior. Allí acudió, con dos gorrones más que le acompañaban.
Su aspecto de buda le abría las puertas y en una
convocatoria pública, pues había una conferencia previa a
la inauguración, se había introducido, sin que se le
pudiese a priori impedir la entrada. Los de la Fundación
donde se celebraba la exposición le conocían ya mucho pues
acudía siempre a reventar actos y comer en las
inauguraciones. No habiendo en el lugar vigilantes jurados y
no molestando el sujeto más que con su presencia indeseable
y sus palabras estúpidas u ofensivas no era posible echarle
del acto, de modo que procedí a ignorarle lo más posible,
pues se me había exigido por mi acompañante, nada menos
que la protagonista de la exposición, que no cediese a mis
impulsos de agresión, cuando, horrorizados, observamos que
el chivo (apodo que se ganó en el centro de Madrid) se
encontraba en el local. Sin embargo, no obstante lo
antedicho, tuve que dirigirme al loco algunas veces. Le
advertí que no contaba con invitación y que su presencia
no era bienvenida, ante lo cual respondió que tenía
“derecho” a estar ahí y que no pensaba salir. Luego,
cuando consiguió averiguar quién era la artista y se
dirigió hacia ella, (mientras yo advertía a todos los
invitados que podía de que era un intruso no invitado, para
que no creyesen que era un invitado y conocido nuestro),
tuve que acercarme de nuevo a su lado, pues estaba lanzando
su sucia verborrea sobre mi compañera. Él, al verme, dijo
a la artista:
-“¿Quién
es éste? ¿Conoces a este tipo?” –con tono de
desprecio.
Y
ella respondió: -“Sí, es mi marido”. Con lo
cual quedó bastante aturdido, lo que aproveché para
hacerle notar la improcedencia de su conducta, utilizando,
por un momento, sus propias mañas.
-¿Y
tú? ¿quién éres tú? ¿Conoces acaso a mi mujer? ¿Quién
te ha invitado? Yo aquí conozco a todo el mundo, a todos
les he dado una invitación y tú no estás invitado. No me
agradas y creo que tengo pleno derecho a no tener que
escucharte ni soportarte.
Rígido
y frío callaba el chivo-profeta, hasta que le espeté:
-“Me parece que éres un gorrón y tu presencia, ya te lo
he dicho, no es bienvenida aquí, entre mis invitados”.
(La artista aprovechó para poder alejarse del memo y
atender a sus invitados).
Ello,
desgraciadamente, le dio pié para reaccionar, mostrándose
ofendido, pues decía: -“¡gorrión! ¡me ha llamado
gorrión!”. –Yo le dije ya mofándome: “Pero si
gorrión es un pajarito, muy bonito, que hace pío, pío”.
Y él seguía diciendo: “¡yo gorrión!, ¡gorrión
yo!, ¡me estás llamando gorrión!”. Contesté que
puesto que no se atenía a razones iba a buscar al personal
de seguridad, con lo que conseguí zafarme (y resistir las
enormes ganas de sacarle a patadas), aunque,
lamentablemente, no contaba el lugar con vigilantes jurados
y, puesto que mi compañera me había encarecidamente pedido
que no agrediese físicamente al agresor sutil, hice de
tripas corazón y procuré ignorarle, pidiendo a mis
invitados que lo hicieran igualmente. Alguno de los
asistentes lo había tomado por amigo nuestro y por eso le
prestaba oídos y yo me veía en el apuro de sacarle del
error. Al cabo de un tiempo de hacer de tripas corazón y
aguantar la imposición de su presencia y de sus maneras,
una vez que había comido y bebido en abundancia, mientras
que muchos de mis invitados no pudieron probar bocado, el
profeta chivo-loco y sus dos secuaces mendigos tuvieron a
bien el marcharse y respiramos todos con mayor tranquilidad.
Desde luego que si el acto dependiese de mí lo hubiese
suspendido en cuanto le vi entrar, negándome a que tuviese
efecto si se encontraba ése individuo en la sala. Pero mi
compañera insistió en llevarlo adelante y yo había de
apoyarla. Y desde luego que, si algún día doy una
conferencia y me encuentro con un imbécil de los mentados,
me negaré a continuar si he empezado o suspenderé el acto
en su comienzo mientras que el sujeto en cuestión no sea
desalojado de la sala. Algo semejante hizo el filósofo
Gustavo Bueno al detener una conferencia y declarar que no
seguiría hablando hasta que no “se sacase de la sala
al imbécil ése”, cosa que se hizo al punto.
Estoy
seguro que tales cosas no ocurren en las exposiciones,
congresos y eventos de los ricos o de los poderes
establecidos. Ellos siempre cuentan con unos fornidos
guardias para, sin mancharse las manos, no tener que
soportar esas cosas vejatorias y desagradables.
Desgraciadamente no todos los burgueses nos podemos permitir
los guardaespaldas y, aunque molesto e indeseado en el
evento, el profeta-chivo y sus homólogos, no justificaban
el llamar a la policía y a juicio de la mayoría, tampoco
la contestación “violenta”. Sólo puedo decir al
respecto que alguien tendría que molestarse en educarlo y
que si yo me lo encuentro, por casualidad, algún día, en
una calle vacía y nocturna, sin cortapisas y con las manos
libres por ello, sufrirá el vejador un accidente.
Curiosamente los pobres tienen menos reparos y más defensas
ante semejantes agresiones, ya que de colarse el susodicho
profeta en un bar de rockeros o de punkies y pretender
reconvertirlos mediante el juicio sumario e insultantemente
despectivo de sus formas de vida en budas en posición de
loto, estoy seguro de que su rostro no permanecería
intacto.
Las
mujeres suelen ser las que me dicen, ante estas reflexiones,
que ellas nunca pueden acudir al expediente de la fuerza
bruta, siendo por ello más civilizadas que los hombres, lo
que me lleva a reflexionar sobre la idea de fuerza y de la
multiplicidad de su ejercicio, para romper con dos tabúes:
1º
La fuerza bruta es siempre mala y siempre hay que
repelerla.
Y
2º. Las mujeres son débiles y no tienen fuerza. Respecto a
lo primero tan sólo recordar a mis lectores que a Hitler no
le detuvieron los pacifistas y que la familia Gandhi murió
toda ella asesinada; y respecto a lo segundo, vienen las
consideraciones subsiguientes.
III.
La
sensibilidad en los seres humanos es variable, aumenta o
disminuye y el umbral del dolor y del placer no es el mismo
para todo el mundo. Pero no hay que identificar por esa
causa sensibilidad con debilidad e insensibilidad con
fortaleza. Los espartanos acusaban a los atenienses de
debilitarse mediante las artes y las letras, pero no es
cierto que esa sofisticación tenga que ser siempre
debilidad sino que, en muchas ocasiones, implica fortaleza,
aunque puedan llegar los excesos a embotar tanto como las
carencias. Lo mismo se ha dicho muchas veces del Imperio
romano, que desapareció a causa del abandono de la
sobriedad republicana y el exceso de lujos, vicios y
placeres imperialistas. Sin embargo, vemos que las mujeres
son más sensibles que los hombres y no por ello más débiles,
sino mucho más fuertes y resistentes. Por eso para entender
este punto hay que abandonar, lo más rápido posible, la
grosera identificación de la fuerza con la insensibilidad
así como su comprensión exclusiva en cuanto fuerza bruta.
Ya en el reino animal la astucia, la agilidad, la
inteligencia y la destreza llegan a contar más que la
fuerza bruta, con mucho cuenta entonces más en el reino de
lo humano.
Pero
también hay que saber que no es menos fuerza y agresión la
que se aplica psicológicamente que la que se aplica físicamente
y aunque parezca un logro de la civilización el final del
patíbulo y las torturas carcelarias, entre destripar en público
a alguien y encerrarle de por vida, no estoy seguro de qué
supone mayor venganza y mayor barbarie, simplemente lo
parece, porque lo segundo es sutil y lo primero directo,
pero en realidad es lo mismo. Se piensa que es cruel
cortarle a alguien las orejas y la nariz, o una mano, que
los talibán o los saudíes son más crueles que los
modernos occidentales, pero quizá sería preferible para
muchos el que en lugar de encerrarles en un trabajo
asalariado meramente para tener la posibilidad de existir
las tres cuartas partes de su tiempo y de su vida, les
dieran un par de bofetadas y les dejasen a cambio fuera del
panóptico; tal vez yo mismo prefiriera perder una mano y
pasar a ser libre a pasar quince años en prisión.
Me
sorprendió por eso el que el filósofo Tony Negri, en una
entrevista que le hicieron, dijese que la gente hoy sufría
más que ayer y que por tanto, que se avecinaban movimientos
de descontento. Porque cuando el entrevistador le recordó
al filósofo que las condiciones de existencia de su padre,
¿o dijo su abuelo?, no recuerdo, bueno, cuando le recordó
que las condiciones de existencia de su padre, digamos,
campesino de la Italia profunda, eran mucho peores que las
del obrero y campesino actual, el pensador respondió: “mi
padre no sufría, mi padre era una bestia”. Los seres
humanos, por tanto, pueden ser sometidos y degradados hasta
la condición de bestias, a seres carentes de sensibilidad o
al menos con un sistema nervioso tan limitado y embotado que
su dolor (ni su placer) puedan alcanzar grandes altibajos.
Ya decía Homero que lo
terrible del hombre es que tiene un corazón que aguanta,
pues existen otros animales en la naturaleza que no soportan
el que se les enjaule y mueren antes de aceptar el formar
parte de un zoológico. El hombre es un animal
esclavizable, pero por ese mismo motivo es un animal capaz
de esclavizar a otros y, lo que más nos interesa y nos
parece más importante, un animal capaz de no esclavizar ni
dejarse esclavizar, esto es, un animal que puede ser libre. De
modo que si como decía Picco de la Mirándola el hombre, en
virtud de su plasticidad, puede descender hacia el bruto o
ascender hacia el dios, añadiendo nosotros, que sin dejar
de ser una mezcla de ambas cosas nunca, la libertad, el
crecimiento, el desarrollo, el ascenso y la sensibilización
progresiva, será lo que nos interese, en detrimento de sus
contrarios.
Sin
embargo siempre habrá hombres que no tendrán un corazón
que aguante y que preferirán antes la muerte que la
esclavitud. De tal tipo son los aquellos en los que
predomina el león, recogiendo de nuevo la metáfora zoológica
con la que comenzaba este discurso. Y lo que se aplica a un
individuo que prefiera morir de pie a vivir de rodillas bien
se le puede aplicar a un colectivo, como el de los melios en
la guerra del Peloponeso, que prefirieron morir, (aunque
tuvieran la esperanza de que los espartanos les auxiliasen),
a someterse al Imperio ateniense. El numantismo individual y
colectivo no es sino un hermoso canto al antisometimiento y
es más, diríamos que todo aquel que no tenga algo de
numantino, siquiera la energía de llegar a decir no y poner
límites a lo inaceptable, no es más que un esclavo y un
pusilánime, por más que sus condiciones de existencia,
gracias al azar o la Fortuna, pudieran ser materialmente
envidiables.
IV.
Estado
de derecho, guerra justa y respuesta proporcionada a una
agresión son expresiones interrelacionadas, sobre todo la
primera y la última, pues la noción de justicia casa mal
con la guerra, y las reglas caballerescas del conflicto bélico,
como las del pugilismo, sólo se producen entre
contendientes de un poder semejante, que arbitran unos
procedimientos cuyo cumplimiento pone ciertas limitaciones
al enfrentamiento y que no otorgan ventaja a ninguna de las
partes, luego cualquiera de ambas podrá vencer respetándolas
y los daños serán menores también en ambos lados. Sin
reglas o con ellas el fuerte aplastará siempre al débil,
como los atenienses a los melios en la obra de Tucídides o
los israelíes a los madianitas según el libro de los Números
del Antiguo Testamento.
De
modo que la única oportunidad para el débil de vencer o
plantar cara a un adversario muy superior estriba en que éste
segundo se someta a unas reglas mientras que el primero las
incumpla todas. El fuerte gana así la justificación
moral de la contienda, pero es moral debido a que se lo
puede permitir o de lo contrario no lo sería, y el débil
pierde la justificación moral que surge del que se somete a
reglas de limitación del poder pero gana su supervivencia y
posibilidad, remota pero posible, de vencer y convertirse en
fuerte. En ese sentido el terrorismo es a nivel colectivo
como el golpe bajo con el que intenta vencer el luchador
amateur al pugilista veterano, entrenado y experimentado, a
nivel individual. El surgimiento del Estado de Israel a través
de atentados terroristas contra el protectorado británico y
su posterior revés de posición de fuerza frente a los
palestinos nos ilustra suficientemente bien sobre la dialéctica
que acabamos de replantear.
El
Estado de derecho surge del intento de conciliar en
convivencia armónica y con una violencia de baja intensidad
o economía de la violencia en el conjunto de una población
dada. La Ley del Talión o el Código de Dracón dejan
paso a una ley que ya no es la de la venganza directa, sino
la de la venganza indirecta, pues meter a alguien en una cárcel
no es cometido de los ciudadanos, sino de los jueces y policías,
intermediarios entre el ciudadano agraviado y la devolución
al agresor del daño causado. Mejor son las leyes de la
reparación de algunas comunidades indígenas donde, a quien
ha cometido un agravio no se le castiga, ni se le pone en
cuarentena por miedo a que agreda de nuevo, sino que se le
exige una reparación o, en su defecto, se le destierra de
la comunidad.
El
ostracismo también parece mucho más civilizado que la
penalidad punitiva y privativa de libertad actual. El
Estado de derecho tiene como origen racional, además, una
constatación que ya Hobbes señala al principio de su Leviatán.
Ese cocodrilo bíblico surge ante la notoria poca diferencia
de fuerzas entre el hombre más fuerte y el más débil,
pues nos dice Hobbes que las diferencias de fuerza no son de
tal envergadura que en el estado de naturaleza el más débil
no pueda llegar a acabar con el más fuerte y, menos aún,
en el estado civilizado, donde la técnica puede hacer que
una mujer, por ejemplo, tradicionalmente sometida por el
imperio de la fuerza bruta, pueda defenderse con una
pistola, un ordenador, sus palabras o sus escritos, ya que toda
herramienta es un arma si se usa de determinada manera.
Pero pese a que el pueblo sin armas es un pueblo armado los
ejércitos y los medios de destrucción masiva continúan
siendo decisivos en las relaciones internacionales, al no
haber cuajado aún la ONU y no existir un Estado de derecho
cosmopolita, sino, tan sólo, un Estado de derecho en
ciertos países. Los países en los que hay un Estado de
derecho son aquellos en los que, al menos, se protegen las
libertades de las personas, sobre todo su derecho a la vida,
de modo que no hay tal cosa en donde como Colombia o Israel
la vida cotidiana no es segura y se corre el riesgo diario
de morir, sino sólo en donde tal inseguridad se mantiene a
unos niveles de delincuencia y criminalidad de una tasa
relativamente baja, alejada de la guerra generalizada.
Es
por tanto nuestro Estado de derecho un Estado mínimo, pues
garantiza la seguridad y la libertad, sobre todo la de los
privilegiados, pero no garantiza a nadie la igualdad o la
mera supervivencia. En nuestras civilizadas urbes nadie
nos mata por la calle pero podemos morir de inanición o
vivir en la más miserable pobreza, tanto más cuanto menos
medios de protección social y más neoliberalismo se
imponga.
V.
El
Estado social o político surge para protegernos del estado
de naturaleza, de la bestialidad animal, del homo
homini lupus hobbesiano, de una prehistoria sumida en la
violencia y en la fuerza bruta donde imperaría el poder del
más fuerte individualmente.
Según
una versión muy extendida del reino animal en la naturaleza
no hay sino depredadores, todos los seres vivos son lobos
buscando su supervivencia mediante la necesaria matanza e
ingestión de otros seres vivos. La idea de un comunismo
originario, de una Edad dorada como la de Hesíodo en la que
los cazadores-recolectores compartirían todos sus haberes
no es tenida en cuenta por la versión agreste de la
naturaleza humana, como no lo es la ayuda mutua con la que
Kropotkin trataba de enmendar la interpretación egoísta
del darwinismo. De modo que si la primera versión fuese la
correcta tendríamos que de todo Estado resultaría una
disminución de la violencia, mientras que si nos atenemos a
la segunda versión, la rousseaniana, el estado de
naturaleza sería un estado idílico y todo Estado social
una violencia ejercida sobre el Paraíso terrenal, que
conllevaría el pecado original de la depredación y de la
crueldad.
Entonces
el Estado sería la mayor violencia, tanto mayor cuanto más
civilizado y constituido. Desde Rousseau hay una línea
directa que pasa por Marx, Levy-Strauss y Foucault, pero que
no habría que descartar unilateralmente, así como la que
desde Hobbes llega hasta el liberalismo tampoco habría que
eliminarla sumariamente. La verdad no se encuentra, como
de costumbre, ni totalmente en una versión ni totalmente en
la otra, sino que ambas arrojan luz sobre distintos aspectos
de un mismo problema, de modo que el Estado es tanto una
disminución de la violencia generalizada a niveles de
convivencia como un generador y mecanismo de puesta en
ejercicio de la violencia a todos los niveles.
La
opción por tanto no radica en suscribir de manera absoluta
o dogmática ni la idea del buen salvaje ni la idea del
prehistórico bárbaro y depredador, sino asumir que bondad
y salvajismo son las dos caras de una misma moneda y que sólo
se puede intentar fomentar la primera y disminuir la segunda
en lugar de lo contrario, que es lo que hace el capitalismo,
aunque también una bondad sin espinas no sea sino
borreguismo. Se estará entonces de acuerdo en todas las
estructuras sociales que fomenten la sociabilidad propia del
hombre, como indicaban ya desde Aristóteles hasta Kant, y
se estará en contra de todas las estructuras sociales que
fomenten la insociabilidad. El problema estriba en que el
liberalismo clásico (Adam Smith y Mandeville) y los
neoliberales, sostienen que el mercado fomenta la
sociabilidad y que del egoísmo de cada particular sale el
bienestar colectivo. Pero semejante paradoja, viola el más
elemental de los principios racionales, el de no contradicción,
cuando no el lema griego que sostenía que lo semejante
surge de lo semejante. No puede surgir el bienestar
colectivo de la discordia individual ni siquiera aunque se
considere el todo como equivalente a la suma de las partes y
con mayor razón si se considera al todo algo más que la
suma de las partes. Pues ¿acaso surge la inteligencia de la
estupidez generalizada? La democracia presupone la razón
común y que de todos los juicios puede recogerse en la
voluntad general la decisión más acertada, no presupone la
estupidez generalizada, pues de ella no se desprende
democracia, sino demagogia. Lo mismo puede sostenerse en
el terreno económico, de la riqueza generalizada podrá
surgir el bienestar colectivo pero del afán de riqueza
individual sólo puede surgir el acaparamiento desmedido de
unos pocos individuos.
VI.
La
violencia económica (capitalismo) así como la violencia
simbólica (televisión), no por menos visibles son menos
poderosas. Es obvio en términos de poder que la
violencia colectiva será siempre mayor que la suma de las
violencias particulares, aunque eso dependerá de que los
medios de destrucción masiva no lleguen a estar al alcance
del individuo, pues un Osama Ben Laden con bombas atómicas
en maletines pudiera ser más letal que un Estado, si bien
la fabricación del plutonio o uranio no está al alcance de
los particulares ni sería consentido por los Estados.
El
poder del Estado, para bien y para mal, siempre es mayor, en
principio, que el de los individuos, las familias o las
aldeas. Pues si bien el exterminio de judíos,
homosexuales y comunistas de los nazis, o las purgas del
stalinismo y la bomba atómica, sólo a través de un
aparato estatal pudieron alcanzar la magnitud que
alcanzaron, y que alcanzan aún en la actualidad, tampoco un
poder inferior al de un Estado podría haber realizado las
obras públicas de las que nos beneficiamos o haber
propiciado los descubrimientos de los que nos
enorgullecemos.
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