ABSTRACT:En la percepción del arte no influye sólo el objeto
estético que contemplamos sino también lo que sabemos
de arte. En el arte actual la distancia entre lo que vemos y lo que
sabemos es tan grande que el espectador medio acaba sin comprender el
arte, aunque lo respete porque `sabe' que está respaldado por la crítica.
El esquema sería este: las galerías y las leyes del mercado definen la
evolución del arte, que a su vez va a ser consagrado por los críticos de
las revistas especializadas. Estas críticas se van estereotipando y así
pasan a las historias de arte escolares como criterios estéticos que
serán aprendidos, pero casi nunca comprendidos. El presente artículo
analiza cómo se ha llegado a este distanciamiento del espectador respecto
al arte actual.
Este texto pretende explicar la incomprensión, y en
algunos casos el rechazo, que genera el arte del siglo XX, y especialmente
el arte de posvanguardia, en una gran mayoría de su público. La
razónfundamental que
manejo como hipótesis es el condicionamiento que ejerce la crítica
de arte sobre el mismo y sobre el espectador de manera que la percepción
del arte siempre está condicionada por estas teorías, que a su vez
generan criterios y estereotipos sobre movimientos, estilos y
autores, que son trasmitidos en los libros de enseñanza impidiendo de
esta forma una contemplación directa del arte por parte del público.
Esta explicación del fenómeno procede fundamentalmente de
un libro que, desde que lo leí, me ha hecho pensar que algunas de
las características que señala respecto al arte del s. XX resultan
esclarecedoras (me resultó atractivo también por el estilo
desenfadado que usa al hablar de arte y que nos invita a desacralizar
el arte y desprendernos, al hablar de él, de esa visión metafísica
y trascendente que tan a menudo nubla nuestros ojos al
contemplarlo). Me estoy refiriendo a La
palabra pintada, de Tom WOLFE, que tiene, además, la ventaja de
ser una visión desde América de las vanguardias europeas, de cómo
fueron importadas y admiradas. Una de las ideas básicas del libro,
que avala la segunda hipótesis de este trabajo, pude resumirse así:
"hoy día, sin una teoría que me acompañe, no puedo ver un
cuadro"[1];
entre otras cosas porque el avance de la abstracción en las artes plásticas
frente al realismo -sobre todo desde las vanguardias- hace imprescindible
una teoría que interprete el arte que vemos; ello es tan cierto que
aunque haya partidarios del realismo y se haga y se venda mucho
con estas características está prácticamente eliminado de
las historias de arte contemporáneo y, más aún, de los libros
de texto para la enseñanza obligatoria. Cuál es la explicación.Sin duda que no está respaldado por una teoría convincente.
Un claro ejemplo es la reciente polémica del pintor Antonio López.
Su exposición individual en el Reina Sofía ha tenido mucho éxito
de público pero estuvo a punto de suspenderse porque el pintor
denunció la falta de representación del realismo en la colección
permanente de ese museo; y si no está en los museos es por la falta
de respaldo de la crítica.
En otras palabras que nuestra apreciación de la calidad
estética no se hace a partir de la contemplación directa de las
obras, sino de los valores estéticos establecidos por la crítica
de arte, que son repetidos una y otra vez y al final son interiorizados
en la escuela a través de los libros de texto.
Estos valores estéticos operan al modo de los paradigmas de
la ciencia estudiados por Kuhn[2];
por una parte dirigen la investigación científica -el desarrollo
y la práctica del arte en este caso- y por otro son aprehendidos
inconscientemente como normales y operan de forma irracional en el
hombre, como las creencias, en la contemplación y valoración del
arte. Pero a diferencia de la ciencia, que ofrece la garantía de su
objetivismo, de su pragmaticidad, el arte es mucho más subjetivo
y en última instancia es la crítica la que dirige la evolución del
mismo; "no se invita al público", como dice T. Wolfe; ni
siquiera al artista, que puede pasarse media vida, o la vida entera,
creyendo en lo que hace pero sin ser reconocido por la crítica;
cuando al final lo es adquiere rango de artista y encuentra, por fin,
un sitio en las explicaciones teóricas del arte y, lógicamente,
también en los museos y exposiciones.
II.
LAS
CATEGORÍASESTÉTICAS
DE NUESTRO TIEMPO.
Es muy difícil establecer unas características perfectamente
definidas y a la vez sistemáticas de lo que son las categorías estéticas
del arte moderno, entre otras razones por la diversidad de las
vanguardias, que han supuesto la máxima subjetivización del arte
desde sus orígenes.
La importancia de la crítica.
Para compensar esta subjetividad, que siempre le ha sido reconocida
al arte, surge la crítica y su extraño poder en el sentido que lo
analiza Tom Wolfe en la obra citada. Pero la influencia de la
teoría en el arte y su contemplación va más allá:...la
idea consistía en denunciar el hecho de que el cincuenta por ciento
del poder de un cuadro realista no se deba al pintor, sino al acarreo
sentimental y al bagaje mental de la persona que lo contempla[3].
Si esto es así en un cuadro realista en uno abstracto nuestra
educación estética influye mucho más. Este mismo hecho ya fue señalado
mucho antes por Gombrich. Él recuerda que las obras de los primeros
impresionistas fueron ridiculizadas y tachadas de heréticas
fundamentalmente porque no encajaban con los esquemas estéticos que
el espectador había heredado del arte anterior. Es decir, que en
arte no sólo influye lo que vemos, sino también lo que
"sabemos". A este respecto Gombrich cita el ejemplo, muy
ilustrativo, de los egipcios, que pintaban las figuras humanas con lo
que "sabían" que una figura tiene que tener, no como la veían[4].
Así hemos llegado a una situación en que ver el arte es sinónimo
de creer el texto literario que lo avala. La apertura de la obra que
describía Umberto Eco ha llegado, en el arte actual, a extremos tales
que el crítico ha de cerrar de alguna manera el contenido de la misma
para impedir una dispersión casi infinita de interpretaciones. Y lo
hace imponiendo la suya como la única. Pudiera decirse que el
artista es el crítico, que es quien consagra la obra y, más aún,
quien consagra al artista.
Este proceso de inversión en el arte se inició con las
vanguardias europeas: El pintor piensa en formas y colores. La
intención no es reconstruir un hecho anecdótico, sino construir un
hecho pictórico repetía Braque, quien por cierto era bastante
aficionado a teorizar, en los albores del cubismo; sin embargo para
él lo primero era el arte y creo que jamás soñó que se fueran a
invertir los términos. De cualquier manera los artistas de principios
de siglo decidieron publicar manifiestos. Lo más importante para
que triunfara un movimiento era en primer lugar integrarse en un
grupo no importaba el número ni tampoco el género que se practicara
(a veces resultaba mejor si había literatos, pintores, escultores,
músicos...) que estuviese dispuesto a romper con todo lo anterior.
Y segundo precederse por un manifiesto; desde el manifiesto futurista
de 1.909 Europa se llenó de `ismos' y de manifiestos que se sucedían
de la noche a la mañana.
La intención de las vanguardias fue desde el principio
subvertir la visión burguesa de la realidad.El artista se había convertido en bohemio abandonando los
salones de las clases nobles que acogieron a los artistas del siglo
XVII. Liberarse de estos vínculos fue para ellos imponerse a una
burguesía codiciosa e hipócrita. Sin embargo esta separación
del mundo sólo era a medias; con el otro ojo tenían que estar
pendientes de que alguien importante se fijara en ellos porque sólo
con el éxito podía tener sentido su labor revolucionaria, sólo así
sus ideas antiburguesas podían imponerse. Pero lo que pasó fue que
la burguesía se impuso a sus ideas y el arte fue un producto más,
vendible dentro de la sociedad de mercado, y por cierto muy
cotizado. Pero ¿por qué es el mismo burgués quien compra el
producto y ayuda al artista en su tarea `subversiva'? "Se trata
de una necesidad muy de nuestro tiempo, una moderna redención (del
pecado de Opulencia) bastante extendida entre la gente bien del
mundo occidental, tanto en Roma, como en París o en Nueva York. Por
eso las personas que más incómodas se sienten respecto a su
opulencia económica son precisamente las más atraídas por la idea
de coleccionar arte contemporáneo, arte de vanguardia, calentito y
recién sacado de la Buhardilla"[5].
Por eso estos nuevos mecenas no sólo compran sus cuadros, sino que
quieren mezclarse en sus vidas, les pagan las juergas con tal de
entrar en sus privilegiados círculos. Esto vale sobre todo para el
arte y los compradores americanos ya que T.Wolfe habla sobre todo desde esa realidad. De cualquier modo
el hecho es ya bastante significativo.
Volviendo al papel de la crítica ésta dice lo que hay que ver
y cómo lo hay que ver. Los cuadros se han colgado en los museos y
galerías mucho antes de que el público se entere de algo; y el hecho
de que estén colgados significa que son buenos. Al público sólo
le queda admirar su `belleza', o al menos su originalidad.
Este es también uno de los valores más buscados en el arte actual.
Lo moderno fue consagrado como valor y lo más moderno, lo último, es
la vanguardia. Por el hecho de ser lo último, lo más original,
ya tenía acceso al mundo del arte en los años sesenta[6].
Es interesante comparar la idea de progreso
en arte y en ciencia. El progreso científico es consecuencia del
desarrollo de la razón humana; pero este desarrollo del conocimiento
impregna todos los ámbitos sociales, también la moda y, por
supuesto, el arte: la valoración de los productos últimos conduce a
un desarrollo vertiginoso de movimientos y estilos que se suceden
de la noche a la mañana y que, la mayor parte de las veces, sólo
tienen el valor del cambio llegando a confundirse la originalidad
como característica de la imaginación con la novedad como meta última.
La vanguardia llegó a los Estados Unidos de la mano de los
ricos neoyorquinos que quisieron emular a sus pares londinenses o
parisinos. Una vez invadido el mercado americano de los años
veinte por el cubismo y en camino hacia la abstracción figurativa
los críticos conservadores se vieron desplazados e impotentes
ante la avalancha. Lo moderno se había impuesto y lo chic hizo su
agosto. Ahora había que justificarlo porque nadie lo entendía. Siempre
se pedían unas palabras aclaratorias y por fin hizo su aparición la
nueva teoría del arte. Los dadaístas se indignaron ante semejante
promiscuidad frente al arte.En
el manifiesto Dadá dice Tristán Tzaracualquier obra de arte que
pueda ser entendida es la obra de un periodista. Pero incluso el
dadaísmo fue aceptado y comprendido. Su propia explicación fue
vendida. La crítica se fue reforzando en una evolución en la cual
ella se valoraba a sí misma.Esto ocurrió en América con el desarrollo del Expresionismo
Abstracto, potenciado por los críticos Clement Greenberg y Harold Rosenberg, que impulsaron decididamente a estos pintores
e incluso terminaron por decirles cómo tenían que pintar. Después
de la abstracción nuevas formas de realismo han hecho su aparición,
pero efectivamente no han podido prescindir de una teoría crítica
que las justifique en el panorama del arte. Fue especialmente
significativa la aparición del Pop, que se convirtió en una
corriente refrescante, sobre todo para el público, por su realismo
y vitalidad. El público lo estaba esperando, igual que a los
Beatles en música, pero ni siquiera entonces la teoría perdió
supremacía, se hizo imprescindible para justificar también este
tipo de arte, primero frente al abstracto y después frente a sí
mismo. Así en 1969 aparece en Nueva York la revista Interview
de manos de Andy Warhol. Salir en ella significaba ser artista, con
independencia de que lo que se hiciera fuera cantar, bailar, pintar o
simplemente salir en ella.Pero,
como decía, la crítica iba ganando terreno y la operación retorno
no se hizo esperar. Aparecieron el minimalismo, el Op Art y por
fin el arte Conceptual, donde lo que importa es el proceso de
creación, hasta el punto de que a veces el resultado no se
puede ver, como en Arc, de
Peter Hutchinson, donde el único testimonio son unas fotografías y
unas pocas líneas. Ante esto Tom Wolfe no duda en afirmar que las
artes plásticas han llegado a convertirse en pura literatura.
En la arquitectura sucede algo parecido.Cuentan que cuando Le Corbusier construía un nuevo edificio Frank Lloyd Wright decía: Bueno, ahora que ha terminado una casa,
escribirá cuatro libros sobre ella[7].
De esta concepción del arte y la crítica se desprende la
idea de una ausencia de criterios claros y objetivos para valorar y
juzgar el arte. Esta situación se debe fundamentalmente a dos
factores; uno, que ya ha sido señalado, es la subjetivización creciente del arte desde el s. XIX, tanto en la
elección del tema como en la forma de representarlo. El segundo es la
experimentalidad del
arte; los artistas, quizá contagiados por el auge del método
experimental en las ciencias, buscan, a través de la experimentación,
nuevas formas de expresión y representación. En esta época se
acentúan los problemas formales, sobre todo en pintura, y cada
pintor y cada movimiento buscan nuevas salidas que después irán
desechando. Hasta tal punto es importante esta característica que
Gombrich, en su Historia del
Arte, se refiere a la primera mitad del s. XX con el título de
`arte experimental'. Si admitimos esto no podemos acercarnos al
arte contemporáneo con las categorías de la estética clásica;
las que vinculan al arte con lo sagrado -hay muchas estéticas metafísicas
que se fundamentan en esa idea inspirando, además, a muchos críticos
actuales. Tampoco sirve la teoría del artista como genio ni, en
general, la estética de la belleza. Ni siquiera la idea del arte
por el arte, ya que en las vanguardias el artista empieza a utilizar
su arte como elemento de presión social... Y ello porque experimentar
significa fallar la mayoría de las veces; no podemos pensar en el
artista como experimentador, como alguien que busca formas de expresión
más adecuadas o más rápidas, como decía Picasso, y a la vez
pensar en él como genio y por lo tanto que todo lo que sale de sus
manos será Arte con mayúscula.
Hoy no podemos pensar que el arte es `imitación de la
naturaleza' porque al ver lo que se cuelga en los museos no nos
saldrían las cuentas. Tampoco en el arte como `expresión',
concepción que fue ampliamente desarrollada por B. Croce y que
conduce a una sobrevaloración del crítico[8]. Hoy se empieza considerar el arte como `construcción',
es decir, como producto humano inmerso en un proceso y un contexto
que le da sentido. De ahí que la "consagración" de
un artista no sea por una obra genial, sino por un trabajo, por un
trayectoria, por su evolución en relación a los problemas que se
plantea y también por las soluciones que aporta en relación al
contexto en que se mueve. En general los artistas se preocupan más de
lo que dicen por lo que hacen sus colegas.
Arte y mercado.
Otra de las razones que contribuyen al desarrollo de la crítica
es que el número de artistas se ha elevado aceleradamente
mientras el mercado del arte sigue siendo muy restringido. De
ahí que se necesite una justificación del arte por encima de los
propios artistas. Y esto nos abre a otra de las características
esenciales del arte contemporáneo: su dependencia de las leyes del mercado.
El artista no tiene otro remedio que aceptar esta situación en
espera de que le llegue su turno para colgar su obra en los museos y
figurar en los catálogos de arte.Mientras, siempre tiene la alternativa de cotizarse como
artesano pintando para colgar en las paredes de los salones del
coleccionista medio, que pagará sus cuadros a tanto el metro...
Hasta tal punto es cierto que la categoría de un artista, vivo o
muerto, depende de su nivel de cotización en los catálogos internacionales
de arte y en las subastas. Por ello no se me ocurre mejor definición
del arte que ésta: arte es lo que se vende -o se compra- como tal.
Cuando se compra un objeto cuyo coste es superior al de los materiales
de que consta la plusvalía que se genera equivale a su valor artístico;
dicho de otra forma, el valor artístico se traduce hoy en valor económico,
así nada escapa a esta dependencia del dinero. Como cualquier
otra mercancía el arte, sobre todo por sus cambios de valor, que
generalmente dependen de la crítica y de los marchantes que
controlan las subastas, tampoco escapa a la especulación. No
hace mucho estuvieron de moda las noticias sobre los espectaculares
precios que se habían pagado por algunos cuadros, especialmente los
de algunos impresionistas.
Hasta ahora hablar del valor económico de un cuadro parecía
contaminar su dimensión artística; sin embargo está claro que todo
bien intelectual, o cultural, es también un bien económico y, además,
hay ciertas garantías de que existe un paralelismo entre estos dos
niveles. Es decir, que toda obra de arte, en cuanto bien económico,
está sujeta a las leyes del mercado y su valor en ese campo es un
buen indicador de su valor artístico. Cada vez hay más
investigaciones que tratan el tema bajo esta perspectiva[9]. Ya Renoir afirmaba que el mejor indicador del valor de
un cuadro es la sala de subastas; como las cualidades estéticas,
especialmente en el arte contemporáneo, son valores subjetivos la
teoría de la `utilidad marginal' se muestra especialmente adecuada
como instrumento de análisis del arte ya que permite objetivar su
valor, es decir, traducir en términos de beneficios y costes la
producción y adquisición de arte.
Como cualquier otro producto tampoco el arte escapa a la
publicidad porque aunque sea un bien cultural tiene que ser rentabilizado.
Prueba de ello es el aumento de la asistencia de público a museos,
exposiciones y ferias de arte organizadas por los modernos
comisarios de acuerdo con las reglas del marketing. Igual que en otros
productos los gustos sociales condicionan la oferta y la demanda y,
como en otros productos, a veces se venden a buen precio obras de ínfima
calidad. El valor económico refleja los gustos de los individuos;
pero a su vez esos gustos son producidos y trasmitidos por la sociedad;
y un instrumento importante para esta misión es la escuela. Ella
resume los valores estéticos definidos por la crítica especializada
y los enseña a los nuevos miembros de la sociedad; por eso cuando
el ciudadano se enfrenta al arte está condicionado por esos gustos
aprendidos. De ahí que nuestra admiración aumente o disminuya no sólo
en función del cuadro, sino también porque `sabemos' quién es el
autor. Cómo se explica si no que todo el mundo, incluidos los críticos,
inclinen su cabeza ante algunas falsificaciones hasta el momento que
son descubiertas.
Lo que es cierto es que la calidad del artista ha venido a
estar en una relación directa con el precio a que vende sus productos,
con lo cual los valores estéticos han pasado a depender
fundamentalmente del mercado. Así es como han llegado a tener cabida
dentro de las esferas del arte tantos proyectos distintos, como el
diseño y la moda. Para quien piense lo contrario recomiendo una
visita por las actuales ferias del arte, donde todas las actuaciones
están dirigidas por la moda y el dinero. En ellas la mayor parte de
las ventas se realizan entre las mismas galerías, de forma que en la
próxima feria se colgarán las mismas obras con la única novedad de
que éstas habrán doblado o triplicado su precio. Es decir, el arte
viene a ser una nueva forma de inversión y de especulación pero,
como en otros ámbitos de la economía, no hay trucos; el mercado está
perfectamente controlado por las multinacionales del arte. Cabe
preguntarse si las actividades de mecenazgo sobre el arte también
podrían ser analizadas en términos económicos. La respuesta es sí,
porque siempre se busca con ello un tipo de beneficio. Hoy tiene
especial relavancia el mecenazgo de los gobiernos. Por qué lo hacen;
por muchas razones, pero en general porque lo consideran un bien
para el país. Todos están de acuerdo en que el arte clásico no debe
venderse, como por ejemplo el arte egipcio, pero cuando el estado
tiene bienes más urgentes que conseguir subordina el arte a éstos en
su escala de valor.
Estas dos características del arte -la dependencia de la crítica
y del mercado- están íntimamente ligadas con otra circunstancia
inseparable del arte de hoy: el coleccionismo. El coleccionismo
está condicionado por el mercado y a su vez por la crítica; pero
cuando el coleccionista o la colección llegan a ser suficientemente
importantes pueden ejercer una influencia decisiva en los otros
aspectos. Además los marchantes, los profesionales del mercado
internacional del arte y las multinacionales del arte, aumentan su
poder con colecciones particulares que, generalmente, están
orientadas a controlar el valor del arte, aunque por lo general un
coleccionista bueno sabe combinar la habilidad para los negocios con
el gusto por el arte.
III.
ARTE CONTEMPORÁNEO E
HISTORIA DEL ARTE.
Las ideas que tenemos sobre arte no llegan al público a
través del arte sino a través de los libros de historia y de los
libros de enseñanza, que suelen ser recopilaciones y resúmenes
de otros estudios sobre arte; por eso hay que buscar en ellos los
prejuicios que el espectador utiliza cuando contempla el arte
directamente.
Uno de los vicios más extendidos entre los historiadores,
y más concretamente entre los historiadores del arte, es el del
historicismo y, por tanto, la costumbre de hacer depender el arte
que será definitivo, consagrado, -como todo lo que entra en la
Historia con mayúscula (movimientos, estilos y autores)- de la
pertenencia a los grupos o estilos que se presentan como resultado
de un proceso de desarrollo progresivo de la historia del arte. Sin
embargo la realidad es mucho más prosaica, especialmente en el s.
XX donde los movimientos conviven hasta el punto de que un pintor
podía acostarse siendo cubista y amanecer surrealista, por ejemplo.
Los movimientos artísticos son bastante más complejos e incluso
carentes de sentido de lo que se nos presentan en las historias.
Lo que un alumno no puede llegar a comprender, a través de uno de
sus libros de consulta de historia del arte, es que esta historia
tiene nombres propios que crean estilos; que cada autor tiene su
propia forma original y especial de ejecutar el arte pero que el
historiador sistematiza, engloba en una serie de estereotipos, la
realidad diaria del arte. Todo ello porque el mismo historiador
utiliza después el arte como ejemplo que refuerza sus tesis historicistas,
intentando demostrar que la idea que dirige la historia es real y
se manifiesta en el desarrollo concreto de las artes. Así lo que no
encaja en sus esquemas es un error. Pero el error es esta concepción
del arte como lo prueba el hecho de que por lo general los movimientos
innovadores siempre han sido rechazados por la crítica; excepto
cuando la innovación constante fue consagrada por la modernidad como
lo que el artista debía hacer, como la tendencia del espíritu de
progreso que mueve la historia.
Esta concepción historicista se puede ver en la mayoría de
los libros de historia, especialmente en los dedicados a la enseñanza;
sin embargo la realidad es que la mayor parte de las veces los
distintos movimientos y estilos contemporáneos son intentos nuevos
de resolver problemas planteados anteriormente en el ámbito de la
representación artística o, simplemente, un reflejo de ciertas
circunstancias sociales como el caso del futurismo y, en general, la
mayor parte de las vanguardias.
El abuso del historicismo respecto a movimientos,
estilos y a las causas y evolución de los mismos, hace que se dejen
fueran muchos artistas importantes por el mero hecho de que no encajan
en la trayectoria descrita por el historiador. Esto es más
real aún en las historias de arte escolares, donde los autores se
limitan a resumir lo que a su vez han escrito otros historiadores.
Así llega un momento en que la historia no tiene mucho parecido con
la realidad; de ahí la distancia, la desconexión tremenda entre lo
que los estudiantes aprenden y lo que contemplan en los museosy exposiciones de arte moderno. Se echa en falta un análisis
sociológico de la evolución real de las categorías estéticas ya
que ello es lo que determina en gran medida lo que hacen los pintores.
Hay que recurrir a un estudio genético que nos lleve a comprender
mejor los fenómenos artísticos ya que la explicación por subsunción
-el vicio de las causas- en historia no es un método adecuado aunque
es el que se refleja en los libros de enseñanza; así aprenden los
alumnos listas infinitas de causas y efectos de los distintos
movimientos artísticos sólo comprensibles desde un planteamiento
historicista. En el ámbito de los estudios especializados hay
loables intentos de abordar la historia del arte desde este punto de
vista pero, generalmente, no llegan a las historias escolares y
cuando lo hacen es en forma de resúmenes absolutamente
descontextualizados que se repiten hasta la saciedad en las sucesivas
ediciones impidiendo el grado de comprensión deseado por parte de
los alumnos.
Más aún, la mayoría de los profesores de arte,
condicionados también por su propia formación, son incapaces de
desmontar en el alumno de enseñanza media y básica las concepciones
propias del arte realista del pasado añadiendo así un elemento más
a la incomprensión del arte contemporáneo. De ahí que los
alumnos adopten mayoritariamente una de estas dos posturas: o lo
respetan aunque no lo comprendan, porque saben que está avalado por
los especialistas, o lo descalifican como ingenuo, infantil y
arbitrario.
IV.
CONCLUSIÓN.
La conclusión fundamental confirma el hecho que trato de
explicar desde el principio: la distancia y la incomprensión del
arte contemporáneo por parte del público; la razón de esto es,
como se ha podido ver, la mala educación, o mejor, la falta de
educación que la gente recibe en las escuelas respecto al tema. Eso
hace que la mayoría de la gente se refugie en el arte popular y se
distancie cada vez más del arte que está en los libros y al que
respeta, porque `sabe' que está respaldado por la élite intelectual,
pero que no comprende. El esquema sería este: las galerías y
las leyes del mercado definen la evolución del arte que a su vez va a
ser consagrado por los críticos de las revistas especializadas.
Esas críticas se van estandardizando y así pasan a las historias
de arte escolares como criterios de comprensión estética; en el
mejor de los casos son aprendidos, pero casi nunca comprendidos por
lo que el arte al que se refieren acaba por no decir nada al espectador
medio.
Esto, unido a la recesión que están sufriendo las humanidades
en la educación, agrava aún más el problema. De ahí que los
lugares habituales para el arte y su contemplación sean los museos,
que para muchos son verdaderos mausoleos de esa realidad sagrada, pero
poco viva que es el arte...
[1]Wolfe,
T. La palabra pintada. 2ª
ed. (Barcelona 1982) p.8
[2]Cfr.
Kuhn, T. The structure of
scientific revolutions.