Todo empezó, y no es comienzo
baladí, con la crítica que lejano día un impetuoso Nietzsche izara
en contra del concepto de Verdad.
Lúcido
y premonitor, sus ojos vieron lo que ningún otro supo advertir: la
confabulación que Sócrates, Platón, los judeocristianos luego, los
temerosos de vivir, los cobardes, los resentidos, los hombres teóricos
todos, hasta Hegel, habían urdido en torno a la Verdad y en perjuicio
de los hombres sobrados de fuerzas y pasión.
Aquellos
hombres con miedo a vivir, a incursionar en el oscuro interior de sus
instintos, idearon el gran artificio de Occidente, la más descomunal
de sus mentiras: la Verdad. La creencia en la Verdad es la premisa
fundamental para validar la objetividad del conocimiento, y la
pretendida objetividad del conocimiento no es ni más ni menos que la
carnaza que Sócrates arroja a la cultura grecolatina para desviarla
de su pasión vital.
Sócrates-Platón representa el triunfo de la
pura racionalidad, desvinculada de su sentido trágico, entregada a la
sola especulación teórica, olvidada de los deleites del mundo
concreto y sensible. Pero el infeliz Sócrates-Platón perdió de
vista las fuerzas oscuras que mueven y sacuden el mundo, sus pusilánimes
reparos lo llevaron a rechazar la mirada de Dioniso. Debemos a
Nietzsche –sin desdeñar a Schopenhauer– la recuperación del
antiguo "equilibrio" entre la belleza y el horror, el orden
y el caos, la luz y la noche, el principio de individuación y la
embriaguez centrífuga del instinto; entre, en definitiva, lo apolíneo
y lo dionisiaco.
También
debemos a Nietzsche la exaltación de la mentira en sentido extramoral.
Fingir, engañar, adular, la mentira y el fraude, la murmuración, el
convencionalismo, la escenificación ante los demás y ante uno mismo,
son los mecanismos –y no las fauces o las garras– que desarrolla
el intelecto humano como medio de conservación. De todas, la más
gorda, patética y necesaria de las mentiras es aquélla con la que
disfrazamos lo insignificante de nuestra existencia.
Fue
Hans Vaihinger, en el estudio que acompaña al fragmento de la versión
española de Sobre verdad y mentira en sentido extramoral (1873)
de Nietzsche, en ese estudio que lleva por título La voluntad de
ilusión en Nietzsche, quien hizo de la idea de ficción
nietzscheana pieza clave de una nueva visión del pensamiento filosófico.
Vaihinger –junto con otros como G. Marchesini o J. Bentham– es
responsable del más o menos reciente nacimiento del ficcionalismo;
así, la idea de ficción es llevada a su máximo refinamiento en
obras como La filosofía del "como si". Sistema de las
ficciones teóricas, prácticas y religiosas de la Humanidad a base de
un idealismo positivista (1911). Términos como sumptio,
principium, suppositio, conjectura, praesumptio
o fictio, irrumpen precipitadamente en el nuevo universo
cultural contemporáneo a manera de instrumentos necesarios para otras
formas de saber; algunos, como el último, no se refieren sólo a
la invención poética o mítica, sino también, lo que es mucho más
demoledor, a la científica en su sentido más amplio.
Sin
saber ni cómo, las ficciones se convierten de improviso en elementos
sustancialmente reguladores de la vida psíquica, moral, social y
cognoscitiva del hombre, en elementos imprescindibles para la
reconstrucción que se avecina.
Pero
no cometamos el error de apresurarnos demasiado en nuestra historia.
Algo debió ocurrir a la humanidad que se acercaba al final del
segundo milenio, porque, a la par o adelantándose a la vena pragmática
irracionalista que Nietzsche abre en el seno del pensamiento
occidental, un coetáneo suyo, en la Europa de más arriba de las
montañas y los lagos alpinos, allá por 1845 da forma a La ideología
alemana. Cuando Karl Marx nos invita a horadar en la maraña
de la superestructura ideológica que emana de nuestra sociedad, a
escindir el velo de valores morales, estéticos o religiosos que los
intereses de la minoría nos imponen, no está haciendo otra cosa que
proponernos otro modo de interpretar la realidad: un modelo de
interpretación que de nuevo destituye de su situación de privilegio
a la razón especulativa, y que de nuevo retorna el sentido al mundo
sensible, a los modos materiales.
La
realidad que ve Karl Marx no es la realidad que ve el resto de los filósofos
que ya está dejando atrás, porque no es una realidad de meras
relaciones entre conceptos abstractos, de categorías, prejuicios o
ideologías, sino una realidad que se sitúa más allá de la razón y
que ostenta efectiva existencia. Lo irracional-material existe, más
quizá que lo racional, y es el verdadero motor del mundo.
Paradójicamente
el marxismo no tardó en convertirse en ideología, y el tiempo dio
oportunidad a que el método marxista se intentara aplicar a todo.
Como el modelo de interpretación de la realidad que era, todas las
relaciones y acciones humanas eran susceptibles de ser abrazadas por
él; no sólo la filosofía, también la literatura quedó impregnada
de sus efectos: "escritura y revolución hacen causa común",
dictó Althusser. Es sorprendente que una doctrina que aclama lo
sensible acabe pensando que el texto no es la representación de la
Historia, sino su encarnación. Afincada en todos los flancos, la
literatura comprometida cimienta los muros de una nueva realidad.
Es
el fin, asistimos a la destrucción de la vieja realidad. En verdad la
contienda se libra en contra de la realidad conceptual, de la realidad
especulativa: pero como todo modelo alternativo a la razón es también
racional, las contradicciones se apoderan de los nuevos paradigmas. Al
fin y al cabo la contradicción es un componente esencial de nuestra
mente. En Viena, desde 1900 en adelante, el padre del psicoanálisis
Sigmund Freud se rinde a la tarea de dejarnos bien claro que aquello
que lleva las riendas de nuestra vida no es la pequeña parcela
consciente de nuestra mente, sino todos esos engranajes borrosos que
asedian nuestro entendimiento. El subconsciente adquiere ahora de esta
forma un inesperado cariz dominante. Los miedos inexplicados, los
deseos ocultos, las fobias, las manías, las obsesiones, los
complejos, los sueños, los lapsus: la irracionalidad de nuevo.
¿Es
esta doctrina, el psicoanálisis, una simple teoría psiquiátrica, o
más bien como el marxismo se esgrime como un innovador método de
interpretación extensible a toda la realidad? En efecto, los
enunciados freudianos, que se derraman desde el ángulo de Europa que
nos faltaba para completar el fatal triángulo, se asoman a la cultura
con pretensiones conquistadoras. Desde este instante la entera
sociedad –sus valores, sus leyes, sus costumbres, sus
denominaciones– puede ser explicada en base a imperativos del
subconsciente. Nada, ni el arte, puede resistirse a la fuerza
devastadora del psicoanálisis; recuerdos de infancia o sentimientos
parricidas son los verdaderos motores de las obras de Da Vinci, Goethe
o Dostoievski. La cultura, en todos sus ámbitos, es transformada
por los nuevos métodos interpretativos; nada es ya lo que era, todo
queda envuelto por una explicación más profunda, por desgracia casi
siempre inaccesible.
El
francés Paul Ricoeur supo ver que los que él llamó "los tres
maestros de la sospecha" son los tres grandes destructores
de la cultura. Sin embargo, los tres pensadores ofrecen nuevas
herramientas para establecer un nuevo reinado de la Verdad, los tres
se inventan nuevas formas de interpretar, todas basadas en invertir la
relación entre lo oculto y lo mostrado. Cuando la mente intenta
superar a la mente la paradoja acontece: nuestros tres hombres
batallan contra la ingenuidad, contra la creencia ciega en el modelo
interpretativo vigente, pero al caer en la tentación de concebir una
nueva práctica de interpretación se incurre en una segunda
ingenuidad. El nihilismo activo de Nietzsche es el primer paso para
la reconstrucción, pero tal reconstrucción tiene por
fuerza que ir más allá de la ficción e incidir nuevamente en la fe.
La oscilación entre la desmitificación y la restauración del
sentido lleva al círculo: comprender para creer, creer para
comprender, éste es el círculohermenéutico.
En
pos a las tinieblas que levantó el ocaso de los ídolos, advinieron
los adeptos. Tras ese universo de apolíneo-dionisiaco,
superestructura-infraestructura, consciente-subconsciente, entrado el
siglo XX se consolidó el estructuralismo. Capitaneando
diversos frentes surgieron flamantes paladines: Ferdinand de Saussure
en representación de la lingüística, Lévi-Strauss de la sociología,
Lacan y Piaget de la psicología, Michel Foucault de la filosofía,
Roland Barthes de la crítica literaria.
Empero
no quisiéramos cometer el imperdonable desliz de considerar a
Saussure un seguidor más del movimiento, en vez de un fundador, a la
altura quizá de Nietzsche, Marx o Freud. Sólo a partir de 1916, a
través de los apuntes que recopilaron los aventajados alumnos del
profesor ginebrino –el famoso Curso de lingüística general–,
le fueron dados a conocer al mundo todos los conceptos duales, dialécticos
y bicornutos que encerraba la teoría saussureana: el habla es
parte accidental de la lengua, al significante y al significado
los une un lazo arbitrario, el estudio sincrónico prevalece
sobre el diacrónico. Nuevamente hay algo que se nos escapa
–la lengua, verbigracia, se nos escapa, ni la masa ni el grupo de
especialistas es capaz de controlar sus cambios–, algo que se nos
oculta, una estructura profunda; y el análisis de esa estructura
profunda, la del lenguaje en este caso, debe ser por lo tanto sincrónico,
en contraposición con el estudio diacrónico, histórico o cronológico,
que al cabo sólo propiciará estructuras superficiales.
Lo
que en Saussure es válido para el lenguaje, es rápidamente aplicado
a casi todas las demás disciplinas. Es entonces cuando los buscadores
de las estructuras profundas instauran –no de manera organizada ni
deliberada– el estructuralismo.
Lo
que tienen en común los diversos modelos estructuralistas de
comprensión de la realidad es rechazar el causalismo y el
historicismo, en favor de las formaciones sincrónicas. Las
consecuencias de esta determinación son desoladoras: las
circunstancias concretas y los pequeños cambios quedan reducidos al mínimo
(ni Nietzsche ni Marx hubieran imaginado que sus teorías, nada más
ser consumadas, iban a escabullirse de nuevo del mundo sensible y de
las relaciones materiales), el sujeto humano se diluye en la sociedad,
y las estructuras profundas quedan siempre fuera de la observación de
ese desamparado sujeto, porque en cierto sentido ni siquiera existen
(sólo son las formas por las que se articulan las realidades).
No
es éste mal momento para que recapitulemos lo que hasta aquí ha
ocurrido en nuestra historia. Con nuestro crítico primordial,
Nietzsche, el "yo" y las "cosas" perdieron sus
condiciones de sustancias, quedando ambos transformados en meras
ficciones producto de nuestro tan limitado lenguaje, que nos impone
necesariamente locuciones predicativas, diferenciando siempre entre
sujeto y predicado; el lenguaje asimismo se presenta como una atadura
para el libre pensamiento, en especial el lenguaje conceptual, el
metafísico, que representa para Nietzsche la necrópolis de las
intuiciones; el fruto del lenguaje metafísico, es decir, todas las
proposiciones racionales, quedan de golpe convertidas en un vasto
artificio momificado y decadente, inservible casi en su totalidad; la
Verdad, en definitiva, es, como veníamos diciendo, el ardid soberano
que sustenta todas las demás invenciones del hombre teórico.
La
Verdad es una ficción, y aunque Nietzsche aplaude la ficción lo hace
en sentido extramoral: la Verdad metafísica es una ficción
construida con los más inmorales fines, negar la vida, la intuición
y la pasión. Con Nietzsche, en conclusión, el yo, las cosas y el
propio Dios, perecen a finales de milenio en la cultura occidental
(cualquier lector avezado advertirá la clara huella de Kant, el padre
de la crítica moderna, en todos estos planteamientos; el alma, el
mundo y Dios son las tres ideas de la razón pura; y el problema del
lenguaje merodeado por Nietzsche y después por el resto de los
estructuralistas y deconstructivistas, es llevado por el neokantiano
Cassirer a sus últimas consecuencias, al identificar la función simbólica
en general con la mediación entre la conciencia y todos los universos
de percepción y de discurso).
Por
su parte, la crítica de Marx no tiene menos alcance, es crítica a la
religión, a la teología, a la filosofía, al derecho, a la economía,
a la política; la sociedad entera es afectada por la transformación,
la sociedad entera tiene que ser desinfectada de la superestructura
ideológica que la engloba, y que no produce sino fetiches fantasmagóricos
y luchas de clases. Pero qué queda en pie después de Freud: no
hay cosa alguna que eluda al psicoanálisis, cualquier acto ejecutado
por cualquier ser humano tiene unos fines ocultos, más profundos,
dictados por nuestro subconsciente, cualquier palabra, cualquier
movimiento, cualquier relación con los otros; lo que uno mismo piense
de sus propios actos no tiene mayor importancia, hay algo encubierto
que dirige el mundo desde las sombras; el yo de nuevo es una ficción,
la sociedad otra vez es un ente incontrolable. Y con el resto de los
estructuralistas los resultados no son otros. Siempre hay una
explicación compleja, global, imprecisa, inaccesible, para cualquiera
que sea el objeto de conocimiento; sólo que cada vez la estructura
profunda es más hipostizada, y los seres y hechos concretos más
abismados en la nada.
Todos
nuestros críticos interpretando a la realidad es como la modifican.
Todos nuestros críticos escriben obras que critican otras obras, e
inmediatamente se introducen en el conjunto de la tradición cultural
y se convierten en el objeto de reflexión de otras obras posteriores.
Penetran en la cultura en todos sus niveles porque sus métodos
todoterrenos admiten cualquier campo o disciplina. Sus obras escritas
no son sólo objeto de otras obras, sino que se invisten como
metaobras que decretan las normas de funcionamiento de las demás
obras, de los mismos textos: la historia, la filosofía, la estética,
la teoría del arte y de la literatura, cada vértebra de la cultura
es conquistada.
¿Pero
por qué sucede todo esto? Es la estampida de la irracionalidad,
recluida durante siglos en las polvorientas mazmorras europeas.
Sin
embargo, se debe entender el irracionalismo como una nueva conquista.
Pese a lo ingente de los nuevos continentes descubiertos, pese a la
apariencia inabarcable de la nueva tarea que se despliega allende los
nuevos horizontes, al menos las expediciones están emprendidas y el logocentrismo
ha sido rebasado. El desconcierto epistemológico es comprensible: son
los efectos de haber libertado a la ficción como instrumento
cognoscitivo, de haber indultado a la metáfora.
Si
el conocimiento debe llegar a todos los lugares donde llega la ficción
o la metáfora, su misión es ciertamente extraordinaria. En esta misión
se sitúan los lances de los estructuralistas que venimos narrando.
Pero aún no hemos dado fin a nuestra historia.
Los
críticos estructuralistas, decíamos, interpretando la realidad es
como la modifican. La cultura está engendrada a base de ficciones, y
los críticos al interpretar unas ficciones crean otras nuevas. La crítica
de la cultura, nada más es llevada a cabo, se convierte automáticamente
ella misma en cultura. En el caos de los géneros –el ensayo es un
relato, el relato y la poesía pueden ser ensayos–, la crítica
puede ser cualquier cosa. Para el crítico literario estructuralista
Roland Barthes todos los sistemas son ficciones, y el sistema de la
semiología de la literatura no es sino el análisis de elementos a su
vez imaginarios. Todo este episodio, que recuerda demasiado a un
relato de Jorge Luis Borges –"Tlön, Uqbar, Orbis Tertius"–,
en el que las realidades del mundo van mutando a imagen y semejanza de
las ficciones que sobre él se dicen, vino a culminar en el
surgimiento del deconstructivismo.
Con
la doble influencia de Nietzsche y de Heidegger, el francés Jaques
Derrida instaura a finales de los setenta las bases de la teoría
postestructuralista de la deconstrucción. Heidegger –y
en esto podemos ver coincidencia con nuestros restantes críticos–
intenta poner en crisis toda la tradición occidental que ha venido
pensando al ser como presencia, propone el estudio del
no-origen del lenguaje, y por tanto de la diferencia originaria, que
nada tiene que decir salvo su propio "juego" continuo;
propone que del texto entendamos no lo que dice, sino lo que no dice
pero a lo que se refiere; propone la validez cognoscitiva de la metáfora.
También Foucault habla de la mirada de reojo para
"ver" la carencia de ser que constituye la realidad; y
entiende que la ficción consiste "no en hacer ver lo invisible,
sino en hacer ver hasta qué punto es invisible la invisibilidad de lo
visible". Derrida lleva todo esto a sus últimas consecuencias:
si la diferencia es la que posibilita toda comunicación
posible, ésta no se puede reducir a ninguna presencia, y la diferencia
se convierte por tanto en la nueva estructura profunda. Sólo que
Derrida no habla de estructura, sino más bien de una teoría probabilística,
una "teoría de los juegos", que permita saber lo que podría
suceder allí donde no hay ninguna estructura determinada.
Aprehender lo irracional con una estructura concreta sería
disparatado, por eso al no-origen se llega mediante el juego.
Nos
estamos moviendo –jugando–, como se puede ver, en los márgenes
del texto. El modo tradicional de lectura, el modo metafísico, cree
que se puede expresar el significado de un texto de una forma unívoca,
es decir, que el texto tiene un único e inalterable significado que
puede ser evocado una y otra vez con diferentes palabras sin que haya
ningún tipo de desgaste. Para Derrida nuestra cultura establece una
prioridad logocéntrica a la palabra frente a la escritura, pero: la
palabra no valoriza a la escritura, sino que es mera sustituta
desconstructiva de las presencias del texto. El poder estético de un
texto está en el conjunto de todos sus significados simultáneos, no
en sus elementos aislados. En conclusión, la labor de la crítica no
puede ser entonces buscar el sentido del texto (si es que éste
existiera), pues este intento daría lugar a su dispersión.
Entonces,
¿tenemos que pensar que la deconstrucción es un tipo de crítica
literaria? No, porque no lo es. La deconstrucción se mueve en los márgenes
de los textos y también en el umbral de la propia teoría literaria,
no fuera de ella, sino en el marco mismo. La deconstrucción tiene
por labor buscar la diferencia en el texto, lo no-dicho; la
deconstrucción tiene la cualidad escurridiza de los espectros; a la
deconstrucción le está incluso permitido divergir radicalmente en la
interpretación de un texto con el propio autor del texto. Su función
es, al cabo, sondear los océanos de la metáfora, la sugerencia y la
ficción, y para ello casi todo vale. De hecho, si la reconstrucción
que prosiguió a la desconstrucción nihilista ya contenía
contradicciones, la deconstrucción que sobreviene a la reconstrucción
es esencialmente contradictoria: en cuanto se desconstruye un texto,
en cuanto se logra su diseminación, se forma una nueva
construcción, que nuevamente habrá de ser desconstruida.
Todos
los textos, incluyendo las obras que versan sobre otras obras, se
entrecruzan, se construyen y desconstruyen una y otra vez los unos a
los otros. De la lectura y la escritura farragosas, de la
interpretación de los márgenes, de la creación de nuevas
posibilidades ficticias, de la postulación de sentidos apócrifos,
del análisis claro y del oscuro, de la metáfora válida y de la inválida,
de lo que puede y no puede ser dicho se nutre la deconstrucción. A
finales del siglo XX parece que la contienda cognoscitiva no ha hecho
más que desplegar su logística, la última orden ha sido la de
asediar todo lo asediable, y luego retomar lo ya tomado, y los
caminos, y las hondonadas, y los fondos abisales, y así mientras se
pueda. El propio texto del cual ahora ustedes están leyendo las últimas
líneas es una crítica de críticas de críticos, una vuelta de
tuerca más, otra reinterpretación, otra posibilidad de decir lo mil
veces dicho, otra deconstrucción posiblemente más desatinada que
acertada, una más: por eso no tiene ningún valor, o lo tiene todo.
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