¿Por qué
la Estética cedió el campo a la crítica? ¿Por qué la crítica
destronó a la Estética?
¿Debemos los
críticos destronar a la crítica? ¿En qué consiste la crítica? ¿Es la
crítica una construcción, una des-construcción, o una especie de seudociencia? ¿Por qué la crítica sueña en hacerse teoría? Etcétera.
Hace tiempo que
me vengo haciendo estas preguntas. Ya me las hice por los años '70. De
hecho, en el '79 escribí algo parecido a lo que voy a decir hoy. Pero...
había que obtener primero la famosa "tenure" (propiedad de cátedra).
O sea, que había que jugar el juego. Hoy ya tengo la "tenure" y
ya me cansé del juego. Ahora me dedico a cuestionar abiertamente las
reglas de ese juego. Puedo pagarme ese lujo, aunque tardíamente...
Veamos algunos
datos obvios y evidentes. ¿Cuál es el objeto de la crítica literaria?
¿El análisis del texto? ¿El análisis del texto artístico? ¿El análisis
del texto artístico literario? Para decirlo de un golpe y sin ambages diré
francamente que nos hallamos ante una contradicción flagrante: un análisis
crítico, por tanto intelectual, que se basa en un objeto apreciativo, por
tanto emotivo; es decir, la razón vis-a-vis la emotividad. O sea, que
existe una gran disparidad. Por eso hemos dado y todavía estamos dando
tantas vueltas a la noria. Nosotros, los críticos, dando vueltas
alrededor del texto literario, viéndolo desde diversos ángulos, para
captar solamente partes sin poder abrazar la totalidad anhelada. Nada: un
aspecto aquí, otro aspecto allá y otro acullá. Y por más que tratemos
se nos escabulle esa totalidad tan ansiada por todos y para todos. Y
así han pasado años y centurias y don Quijote todavía anda suelto, y más
suelto que nunca, porque nosotros los críticos, tratando locamente de
echarle la red o las redes de nuestros acercamientos y teorías críticas
no somos capaces de atraparlo en su totalidad. ¿Será posible una
captura? ¿Será un sueño? ¿Andaremos tras una quimera o un "sueño
imposible", como nos dice la canción? ¿Seremos otros donquijotes
que andamos tras molinos de viento o tras gigantes malandrines e
insidiosos encantadores?
Acerquémonos
un poco más a la crítica. Por el momento démonos cuenta de que estamos
en la época de los -ismos. Este siglo veinte cansado y clausurado, hecho
historia ya, se ha convertido en el siglo de los -ismos. Para todo y para
todos. No sólo para la creación literaria, sino también para la crítica.
Que si el formalismo, que si el estructuralismo, que si el psicologismo,
que si el arquetipismo, que si el sociomarxismo, que si el
deconstruccionismo, etc.
Y, hablando de
estos ismos, ¿se han dado cuenta ya que todos estos -ismos críticos han
sido importados de otras ciencias? A no ser por el formalismo (y sobre éste
tengo mis dudas) todos los demás acercamientos no sólo han sido extraídos
de otras ciencias (la sociología, la antropología, la psicología, la
filosofía, etc.), sino que los hemos recibido y aprovechado tardíamente.
A todos les parecerá como si yo estuviera acusando a la crítica
literaria de falta de originalidad y de inventiva, por no decir de
secuestro y de hurto. Si piensan así no están muy lejos de la verdad. Sí,
estoy acusando y criticando a la crítica.
Aún hay más.
Desde hace algún tiempo estamos hablando de "teoría" o
"teorías" literarias. Y yo alabo la buena intención de estos
prototeóricos. Pero pícaramente guiño el ojo y me pregunto a renglón
seguido ¿si no fuimos capaces de elaborar con nuestras propias fuerzas un
acercamiento literario apropiado, cómo seremos capaces de construir ahora
toda una señora teoría literaria? ¿No es esto un poco presuntuoso? ¿No
es el término "teoría" un poco ambicioso y sagrado para
nuestra poquedad crítica literaria? ¿Cómo es que si no pudimos
desarrollar antes un simple acercamiento, ahora nos encontramos con
fuerzas hercúleas para construir toda una teoría literaria? Y, para
comenzar, ¿cómo podremos construirla si algunos insistimos en
fundamentarla sobre una "de(s)-construcción"? ¿Cuándo han
visto u oído ustedes que un arquitecto, como Bellini, pudiera haber
construido la columnata del Vaticano sobre las "ruinas
circulares" del Coliseo romano? ¿Y cómo analizar y construir
de(s)constructivamente un cuento ya de(s)construido? Es que estamos en el
siglo de los juegos, de lo lúdico, de las rayuelas y de las babosidades
de los diablos.
Hablando en
serio. Hay un detalle o un hecho peligroso, por descomunal (entre otros
aumentativos), que realmente causa pavor. Me refiero a la construcción de
una teoría o teorías literarias que más y más se están divorciando
del texto literario. En otros términos, estamos creando un nuevo
"barroquismo". Si el barroquismo literario extremo es una
decadencia, el barroquismo crítico extremo es una doble decadencia. No
hay más que leer o escuchar a algunos examinandos de nuestros candidatos
al doctorado. En todos los congresos, en todos los programas de posgrado,
en todas las clases avanzadas sólo se oye el término "teoría",
matizada ésta con desinencias de todas clases. Tanto es así que se hace
difícil publicar algo si no va adornado de esta jerga teórica. ¡Y uno
se hace tantas preguntas...!
Voy a compartir
algún ejemplo de hace unos seis meses para probar el punto o los puntos
que estoy tratando de exponer. Y vaya un poco de broma... Hace más o
menos medio año que dos de nuestros inteligentes candidatos sufrieron sus
exámenes del doctorado. Uno de ellos, muchacha por más señas, en la
parte escrita, y para admiración de los miembros del comité, escribió páginas
y páginas sobre la teoría semiótica, citando a diestra y siniestra
nombres de críticos, sin tener tiempo para aplicar toda esa terminología
al texto literario. Al llegar a la parte oral, y cuando me tocó a mí el
turno, la alabé (¡qué remedio!) delante de los profesores. Pero... tuve
que hacer algunas preguntas obligadas. Simplemente le pregunté: "Le
voy a recitarle un silogismo. Usted me dirá si está o no está bien
construido en cuanto a la forma. Después me dirá si el contenido es o no
es válido. Ahí va: 'la semiología es el estudio del sistema de signos.
Es así que todo signo es arbitrario por naturaleza, y convenio. Luego la
semiología es una teoría arbitraria'". Como respuesta obtuve una
dilatación de las pupilas, el labio inferior sufrió un relajamiento
inusitado y las mejillas, ya de por sí un poco pálidas, menguaron en su
lividez.
Al otro
candidato, también inteligente y muy sabedor de la jerga teórica, después
de haberse metido pos los senderos escabrosos del barroco, le hice dos
preguntas sencillas: 1) ¿Cuál fue el filósofo por excelencia del
barroco europeo? No supo. Volví a preguntarle: ¿oyó usted hablar, por
ejemplo, de Descartes? Sí, me respondió. Y ¿cuál fue la esencia de su
filosofía? A lo cual no supo contestar. 2) Pasando a la segunda pregunta,
inquirí: ¿Segismundo, de La vida es sueño, estaba o no estaba confuso?
Sí, estaba muy confuso, me dio como respuesta. ¿Y cómo salió de su
confusión?, continué yo. Pues no sabría responderle, me dijo él.
Claro, aseveré yo, porque para ello tendría uno que estar familiarizado
con la filosofía de Descartes y con la escolástica, el neoplatonismo,
etc. En otros términos, habría que saber cuál es el lugar y la función
que ocupan los conceptos de la duda y de la belleza, ambas injertadas, no
en la semiótica, sino en la filosofía de aquellos tiempos y... de la de
hoy. Pero... es que ni la teoría literaria y ni ninguno de los -ismos de
hoy día se meten por esos senderos. Y yo me pregunto que por qué....
A mitad de
camino quisiera decir que sería mucha presunción por mi parte afirmar
que yo tengo la solución a estos problemas y a muchos más. Lejos de mí.
Lo que trato y me gusta hacer es indagar, cuestionar. Y, como premio (o,
mejor dicho, como castigo) de esta indagación obtengo la duda, por no
decir la confusión.
Ya en el
siglo XVIII el alemán Baungarten, al hablar de la Estética y delimitando
los campos del conocimiento filosófico, decía: 1) la perfección del
conocimiento del ente es el objeto de la ontología, 2) la perfección del
conocimiento del comportamiento es el objeto de la ética, 3) la perfección
del conocimiento racional es el objeto de la lógica, y 4) la perfección
de la representación sensible es el objeto de la estética. Es decir, el
ser, lo bueno, lo verdadero y lo bello. Y aquí, en este último, según
él y otros, radicaría el objeto del estudio del arte: la belleza. Por
consiguiente, la Estética, y no la crítica literaria, sería la
"ciencia" de la literatura. Pero, después de Baungarten, otros
muchos académicos, desde Platón hasta los filósofos del siglo XIX y XX,
trataron de desgajar y separar el objeto del arte de lo que había sido el
dominio exclusivo de la metafísica. Para bien o para mal, así ocurrió
todo esto.
¿No nos
hemos percatado ya de que, desde hace algún tiempo, ya no se menciona que
si una obra literaria es o no es bella? Me gusta, o no me gusta, es lo
que decimos. A lo sumo se dice de vez en cuando que un poema o un cuento o
una novela es "buena", confundiendo así el objeto del arte o de
la estética con el objeto de la ética. Pero parecen no importar estos
detalles de confusión, pues aparentan ser peccata minuta. Al decir de un
poema que es "bueno", como, por ejemplo, "Yo soy Joaquín"
o "Coplas por la muerte de su padre", se está diciendo que este
poema es moralmente bueno, y no que es estéticamente bello. Pero no
importa, me dirán algunos, "tú sabes lo que quiero decir con
eso". Sí, sí, sí, lo sé.
Y aquí
entramos en uno de los problemas más gordos de la crítica o teoría
literaria: el de la nomenclatura o terminología. Y, acompañándole a éste,
el de la actitud o actitudes de los críticos. Como punto de partida,
tendremos que admitir humildemente que la preparación académica que
hemos recibido desde la secundaria hasta la universidad ha sido bastante
limitada y deficiente. No ha sido verdaderamente amplia y humanista. En
particular, nuestros estudios filosóficos y estéticos han sido mínimos,
por no decir nulos. Y, de pronto, nos meten en "teorías"
literarias vacías muchas veces de esos contenidos filosóficos y estéticos.
Luego....
Pasemos ahora a
otras consideraciones problemáticas. Tenemos, por una parte, que la
"ciencia" del arte, sea ésta la llamada Estética, crítica o
teoría, tiene por objeto definir el "concepto" del arte
literario. Para ello se ve impulsada a buscar el "concepto
unitario", puesto que si es ciencia tiene que ocuparse de los
universales, es decir, entre otras cosas, de lo que tienen en común.
Pero, al tratar de hacer esto, se encuentran con que el arte, la expresión
artística, por naturaleza, es multiplicitaria y tiende a diversificarse
en formas y géneros variados. Luego, nos encontramos con una especie de
incompatibilidad.
Por otra
parte, los sujetos del arte, que son tanto los creadores como los críticos,
aparecen afiliados a diferentes y varias escuelas, modas, culturas, etc. Y,
para añadir mayor complejidad al problema, el objeto artístico o la obra
de arte (la literatura en este caso) tiende a singularizarse para
diferenciarse. O sea, que tanto el creador como el crítico pertenecen a
trasfondos muy diversos y diferentes. Volvemos, pues, al problema básico:
que la ciencia (Estética / Crítica) trata de unificar aquel objeto que,
por naturaleza, es diversificado y diversificador, diferenciado y
diferenciador.
Pero hay
otros problemas todavía más graves. Se trata del proceso y finalidad de
la obra de arte y el objeto y finalidad de la crítica:
1) La
creación artística, por esencia, es emotiva e individualizadora. La
obra, como producto, es el resultado de la singularización y de la
vivencia de la emotividad del individuo creador.
2) El objeto de
la crítica, por otra parte, es el de estudiar "racionalmente"
este producto de la emotividad del creador. Luego, hay un desparejo, un
mismatch.
3) La finalidad
de la obra artística es el impacto que va a causar en la sensibilidad (no
racionalidad) del lector-receptor.
4) Por el
contrario, la finalidad de la crítica es el estudio científico y frío
de las estructuras, etc., de esta obra de impacto emotivo. Como se puede
observar, pues, las razones, los propósitos y las finalidades de ambas
son divergentes. Este es otro grave problema trascendental para la crítica,
del cual no se ocupa, que trata de pasar por alto.
Y por si
esto no bastara, se presentan otros problemas todavía más agudos y
trascendentales. Son los que ha descubierto a principios de siglo la
Axiología, y que tampoco la crítica literaria tiene en cuenta. Nos
referimos al estudio de los valores. Para ello recurro a los filósofos
Manuel García Morente (Lecciones preliminares de filosofía) y a Samuel
Ramos (Filosofía de la vida artística), textos sencillos y al alcance de
todos.
Al hablar
sobre la naturaleza de los valores, los filósofos nos dicen que los
valores no son. Es decir, los valores no son ser. El ser ontológico,
abstracto y metafísico, sea éste real o ideal, posee sólo tres
atributos o cualidades esenciales y no más. Estos atributos son: el ser
uno, verdadero y bueno. Algunos filósofos, encabezados por Platón y
los neoplatónicos, que caen dentro de la orientación de San Agustín,
quisieron añadirle el atributo esencial de "lo bello". Pero es
que la belleza, de acuerdo a la mayor parte de los filósofos, no es ser
ni atributo esencial del ser. Lo bello es un valor, no es un ser. O sea,
no existe, porque no es. Simplemente, vale. Algo parecido e lo que ocurre
hablando gramaticalmente entre la función del substantivo y del adjetivo.
Los valores se
dan a la intuición. No se pueden aprehender racionalmente. Son cualidades
sensibles, emotivas, y, por tanto, irracionales. Si tratamos de alejar la
belleza, como quería Platón, del mundo sensible para llevarla al mundo
de la racionalidad inteligible (por medio de la abstracción racional) su
sentido concreto esencial se iría evaporando hasta quedar vacía de
contenido sensible y emotivo. No alcanzaríamos de este modo sino un
residuo puramente formalista. Es que los valores, que no son, están sin
embargo adheridos a realidades concretas que son. No nos olvidemos, nos
dice Samuel Ramos, que "lo esencial en el arte (literario, como
cualquier otro arte) es la cualidad o cualidades que lo individualizan, no
sus rasgos comunes ni generales".
Podríamos
continuar el tema filosófico sobre los valores artísticos, tan
importantes en el estudio de las obras de literatura, pero sería prolija
la disquisición. Así que, para terminar, quisiera concluir con una
consideración general. Si las ciencias aplicadas estudian y tratan
sobre los seres físicos, las sociales se ocupan de los seres que forman
parte y viven en sociedad y la filosofía discurre sobre los seres
abstractos, ¿sobre qué clase de seres trataría la crítica y teoría
literarias? Por lo dicho antes se desprende lógicamente que la crítica
literaria no tendría un ser sobre el que analizar ni argumentar, sino
solamente valores sobre que sentir y apreciar, o sea cualidades
no-esenciales del ser. En otros términos, que es y sería una quimera que
dicha disciplina insistiera en comportarse como una "ciencia" y
declararse ciencia.
Para otra
ocasión guardo una discusión más amplia sobre los límites de la crítica
y la aplicación de estos conceptos a algún texto literario concreto.