Recientemente los
estudios teóricos sobre la autobiografía han suscitado un
inesperado interés desde diversos campos de estudios. No sólo
desde el ámbito de la crítica literaria, en donde se han producido
con bastante regularidad, sino también en otros campos
disciplinarios en donde no existía tradición alguna al respecto.
Por ejemplo, desde la psicología de la memoria, la filosofía, la
semántica e incluso la inteligencia artificial. Y es que en esta
época de deconstrucción el contar la propia vida levanta sospecha.
Los estudios psicológicos
sobre memoria de la última década, especialmente los estudios
autobiográficos, una vez que el modelo multialmacén de memoria
entró en crisis por irreal, han llegado a la conclusión de que
nuestras vidas, en tanto que objetos de comprensión, se estructuran
en narraciones que no respetan ni cronología, ni temporalidad.
Porque nuestros recuerdos no son fiables sino más bien recreaciones
a la luz de un interés presente.
DATOS AUTOR
Perfil/Área trabajo
Profesor Asociado Facultad Psicología
Universidad Complutense
(Madrid).
Estas conclusiones
que tanto tiempo han costado aceptar a la psicología científica
eran evidentes para la crítica literaria muchos años atrás. Desde
los años cincuenta ha existido un interés destacado en situar las
autobiografías dentro de los géneros literarios. Igualmente, la
filosofía se anda replanteando la noción de sujeto, a la vez que
otras nociones fundamentales como razón, verdad y objetividad se
han puesto en cuestión.
La semántica, y
todas aquellas disciplinas que la necesitan, también busca un nuevo
modelo que nos permita comprender los conceptos de verdad o
significado en los contextos en los que normalmente los usamos, esto
es, en la vida. Y resulta que la vida siempre es la vida de alguien.
Pero a la hora de
volver nuestra vista a la autobiografía resulta que descubrimos un
abismo aterrador y a la vez tentador que nos propone problemas cuyas
consecuencias están lejos de ser evidentes. Y es que la autobiografía,
como género literario, como memoria, como contenido del sujeto y
como texto es problemática. ¿En dónde radican estos problemas?
Esta es la tarea que pretendemos mostrar en este texto.
La
Máscara que
desfigura y pone Rostro
La Autobiografía
es problemática, porque la relación que se establece entre un yo
pasado y otro presente es figurativa, retórica, porque viene a
convocar dos esferas inencontrables: lo privado y lo público. La
privacidad del autor que al identificarse con el narrador y con el
personaje se hace pública, y este tránsito desde lo público a lo
privado nos deja asombrados al cuestionarnos las razones que pueden
provocar tal recorrido. Hablamos entonces del impulso autobiográfico,
del espacio o acto, a veces del pacto autobiográfico y eso resulta
inevitablemente paradójico. ¿Existe acaso un lugar público para
una autobiografía privada? ¿Con quién hay que pactar un impulso
autobiográfico? ¿Que nos mueve a hacer público lo privado?
Es igualmente
figurativo, retórico, poner voz a un yo pasado. Si el yo es
consecuencia de la narración, entonces el relato autobiográfico es
pura ficción o entra, a pesar de todo, en el ámbito de lo factual,
o quizá, ¿hay un camino que se recorre con facilidad que va desde
la ficción a lo factual? Pero si lo que debe ser factual pasa a ser
ficción, y lo que es ficción pasa a ser real, entonces la relación
de referencialidad se pone en evidencia hasta el punto que resultará
lícito conceptualizar el lenguaje del conocimiento, o del
autoconocimiento, de una forma radicalmente distinta a la que
durante tantos años mostró la filosofía positivista.
La paradoja se
vuelve más profunda cuando, alertada la sospecha, podemos atravesar
el espejo con la misma legitimidad con la que antes confiábamos en
su reflejo. Porque si el yo autobiográfico es una construcción que
deja oculto un yo real o inexistente, igualmente la construcción
puede ser desfiguración. La máscara que tapa el rostro desconocido
a la vez construye el rostro y lo desfigura. La máscara que es
figura, recurso lingüístico, estructura tropológica, deja la
realidad desconocida, ya sea para mostrarla como nueva o para
ocultarla para siempre. La máscara tal vez no mantenga ninguna
relación con el rostro que encubre, sino que la máscara sea sólo,
a través de la relación figurativa y de la estructura retórica
que la construye, nuestro único acceso y nuestro único rostro. Y
esta es una temible conclusión pues, desde Descartes, la referencialidad indubitable e incorregible era precisamente la que
se establecía entre el yo y el yo que habla de sí.
Independientemente
de ciertas cuestiones temáticas que a lo largo de la historia de la
crítica literaria, como disciplina que más se ha ocupado de este
tipo de discurso, han centralizado el estudio de la autobiografía,
como pudiera ser el problema del género, del formato, o del impulso
autobiográfico, y paralelamente al acercamiento histórico que
permite todo lo relacionado con el hombre por su condición social,
por medio del cual la autobiografía se ha convertido en objeto y
fuente de estudio a la luz de la época en que se produce, el
objetivo ahora es revisar las relaciones que la autobiografía trama
entre sujeto y vida; memoria y lenguaje.
Con este objetivo
declarado y presente, nuestro punto de partida se iniciará viendo cómo
la autobiografía lentamente se ha ido convirtiendo en un objeto de
reflexión que viene a concentrar una interdisciplinaridad sin
precedentes, aunque silenciada en gran medida por cuanto la
corriente principal que define la ciencia no ha deparado en la
autobiografía en absoluto. Es sintomático advertir, que ya en los
años cincuenta básicamente críticos literarios interesados en
este género sean conscientes, asuman y trabajen con resultados que
la investigación psicológica en memoria autobiográfica han
llevado al ámbito científico veinte años después.
Es curioso
comprobar como ya en el año 55, cuando Gusdorf publica su artículo
inaugural "Condiciones y límites de la autobiografía"
(1), la crítica
literaria asumía plenamente las distorsiones que el proceso de
recuerdo provoca en los hechos. En dicho trabajo se menciona que en
un poema autobiográfico de Lamartine, "La Vigne et la Maison", existe una distorsión manifiesta en la memoria
del autor, al indicar éste que en su casa natal existía una
guirnalda de madreselva que sólo estuvo allí mucho después,
cuando su mujer la plantó para reconciliar el poema con la
"verdad". Si comparamos la mención de Gusdorf con la
declaración que hace Neisser (2) ,
casi veinte años después, de su recuerdo del ataque sobre Pearl
Harbor, que sólo mediante una inferencia sobre la coherencia de sus
creencias pudo reconocer su inexactitud, comprobamos la gran
distancia existente en todos los aspectos entre estos dos ámbitos
del conocimiento.
Neisser conserva el
recuerdo de que el día que ocurrió el ataque él estaba oyendo un
partido de béisbol por la radio, emisión que fue interrumpida para
anunciarlo. Para Neisser este recuerdo era nítido y claro hasta que
comprobó que en Diciembre, fecha del ataque japonés, nadie
retransmite un partido de béisbol pues la temporada termina mucho
antes, e incluso que en 1941 apenas existía la liga profesional de
béisbol. Esta declaración de Neisser viene a colación del trabajo
de Marigold Linton (3) sobre
memoria cuando efectivamente comprobó inexactitudes o distorsiones
en las declaraciones de sus sujetos experimentales, comprobación
que le llevó a replantearse la metodología de estudio de la
memoria.
Así pues, los críticos
literarios fueron conscientes mucho antes que los psicólogos de los
usos reales que la gente en contextos naturales hace de su memoria.
Cara a la ciencia
estas obras de corte autobiográfico eran obras literarias, donde el
valor artístico o estético prevalecía sobre el rigor o la
descripción e invalidaba una mirada científica. Por eso, aunque
fueran bien conocidos los errores y mentiras que Chateaubriand
introdujo en sus "Memorias de ultratumba" o que su "Viaje
a América" se lo hubiera inventado en gran parte, nadie
desde el contexto experimental de la Psicología sospechó del tipo
de trabajo que se estaba realizando en memoria.
Desde que
Shopenhauer entendiera la autobiografía como una forma suprema de
historia por cuanto ésta va más allá de los acontecimientos
externos de las vidas para introducirse en la voluntad y los motivos
que la impulsan y la elevan al género literario propio de las artes
poéticas, pareciera que la autobiografía no aportaba nada desde el
punto de vista histórico, cognitivo o psicológico. A pesar de que
para Schopenhauer la autobiografía era la expresión verdadera del
individuo interior.
Esta distinción
entre lo interior y lo exterior marcó en gran medida los primeros
estudios sobre el género. Inicialmente los estudios críticos sobre
las autobiografías estaban interesados en probar la veracidad de
los hechos descritos, pero posteriormente el interés se fue
desplazando a las intenciones que los autores tuvieron al incluirlos
en una trama, pues estas intenciones, naturalmente, podían alumbrar
la verdad interior del autor, el mecanismo de construcción de una
identidad o las percepciones que el autor tenía de sí mismo. La
autobiografía entonces contenía un contenido cognitivo que era
precisamente lo esencial y lo que el crítico debía interpretar.
Efectivamente, para
James Olney (4) el
estudio de la autobiografía pasa por tres fases que él hace
corresponder con los tres órdenes de los que se compone la palabra
autobiografía: el autos, el bios y el grafé.
El Bios
En la etapa del bios,
que podría situarse en el período que va desde la obra de Dilthey
hasta los años cincuenta, la autobiografía se concibe como
reconstrucción y forma de comprensión de una vida. Esta idea tiene
efectivamente su origen en Dilthey, aunque bien pudiéramos
retrotaerla, como hemos visto, hasta Schopenhauer. Para Dilthey,
desde su historicismo, la autobiografía es una forma esencial de
comprensión de los principios organizativos de la experiencia, de
los modos de interpretación de la realidad histórica en que
vivimos. También, de acuerdo con el vitalismo imperante en la época,
asume que lo que hace comprensible una vida, además de las categorías
del entendimiento, son las categorías intensionales
"vitales" como el valor, el propósito o el sentido.
La autobiografía,
confrontada con otras fuentes, resulta entonces un elemento de sumo
interés para la comprensión de los períodos históricos. Es
conocido el estímulo que para Georg Misch -yerno de Dilthey-,
supuso esta idea, además del propio interés de Dilthey, para
iniciar la tarea (5), inacabada,
de reconstrucción de la autobiografía desde la antigüedad. Esta
época de investigación autobiográfica va a relacionar el texto
con la historia y centra su interés en la exactitud y sinceridad
del autor en la narración de su vida. Para lo cual la autobiografía
se confronta con otras fuentes que verifiquen los datos y episodios
que recoge. Esta intención aún
funciona con bastante éxito con autobiografías de sujetos públicos
de los que se espera que en la narración de sus vidas aparezcan
datos inconfesables sobre sus relaciones con otros personajes públicos
que constituirán escándalos de trascendencia social.
Sin embargo, retomando los
resultados anteriores sobre nuestra revisión de la memoria, la
autobiografía pasó pronto a la etapa del 'autos',
precisamente cuando se hizo patente la imposibilidad de reproducir
el pasado, de realizar narraciones fiables de las vidas de las
gentes. Ahora se extiende la idea de que una autobiografía no puede
leerse literalmente, sino que, leyendo entre líneas, hay que
advertir las intenciones, en gran medida literarias, del autor de
realizar una lectura de la experiencia, en busca de una identidad
personal o de encontrar un sentido a su vivencias.
El Autos
El artículo
mencionado de Gusdorf supuso el cambio de época. En él encontramos
ya nítidamente las inversiones de la temporalidad, que hemos
mencionado anteriormente, las distorsiones de la memoria, los
excesos de la imaginación, los condicionamientos retóricos que
impone la narración, la ejemplaridad con la que debe mostrarse la
vida, el conflicto entre lo interior, privado, y lo exterior, público.
Pero aún así, para Gusdorf y para otros autores que ven un
importante contenido cognitivo en la autobiografía, las autobiografías
muestran inmejorablemente los esquemas estructurales y los elementos
constituyentes de la personalidad, de suerte que son materiales
excelentes para la antropología filosófica.
En otras
palabras, la autobiografía es una segunda lectura de la
experiencia, y más verdadera que la primera, puesto que es toma de
conciencia. (6)
o también
La narración
nos aporta el testimonio de un hombre sobre sí mismo, el debate de
una existencia que dialoga con ella misma, a la búsqueda de su
fidelidad más íntima. (7)
De esta manera,
vemos como el punto de vista cambia ahora para establecer en la
autobiografía una relación entre el texto y el sujeto. Pero este
cambio, por otro lado imprescindible como hemos visto, es lo que
coloca definitivamente a la autobiografía en la situación aporética
que mencionábamos al comienzo. La autobiografía pierde la condición
de material objetivo como reflejo de una época o de un sujeto fiel
y a la vez fidedigno que asume plenamente su condición de autor y
que establece nítidamente una relación de propiedad con la obra.
Ahora, si lo que se busca es una identidad, "una fidelidad más
íntima" de la experiencia, una significación de los
hechos de la vida, entonces estos objetivos serán consecuencias de
la narración, serán productos del relato donde el autor, desposeído
de su autor-idad, aparecerá sólo al final, si aparece, pues
naturalmente su presencia constituirá una entre otras posibles. La
idea schopenhaueriana de una verdad íntima, que también recoge
Gusdorf carece de fundamento. ¿Acaso una toma de conciencia aporta
fundamento? Durante esta época del 'autos' hay algo
tremendamente confuso: Desposeída de referencialidad la narración,
de autoridad el autor, de veracidad lo hechos, la autobiografía no
es posible y sin embargo en las narraciones autobiográficas parece
residir un contenido cognitivo importante al que hay que encontrarle
fundamento. En esta tarea comenzarán a elaborarse nuevos temas: La
relación de las autobiografías con el lector, el impulso autobiográfico
que lleva a alguien a realizar -parece- una tarea imposible, el
espacio autobiográfico, el acto lingüístico que supone, etc. Se
investiga en qué consiste la tarea autobiográfica y qué se
pretende conseguir.
En un inteligente
texto de Valery, encontramos perfectamente descrito este estado de
confusión que termina haciendo indecidible en la autobiografía el
posicionamiento entre lo factual y la ficción:
No se si alguien ha intentado
escribir una biografía tratando de saber en el instante siguiente,
en todo momento, lo poco que el héroe de la obra sabía en el
momento correspondiente de su vida. En suma, devolverle el azar a
cada instante, en lugar de forjar una continuidad que puede
resumirse, y una causalidad que puede ser convertida en fórmula. (8)
El problema,
entonces, es de interpretación: ¿Cómo se forja esa continuidad y
esa causalidad? ¿Qué aporta? ¿Qué supone para el autor, el
lector y para la obra? ¿Cúal es su fundamento? En la inmediatez
del instante azaroso de la vida, como afirma Valery, no hay ni
causalidad clara ni continuidad con los anteriores momentos, no hay
biografía en la vida, pero, y volvemos al principio, en la intención
declarada del autor, que se identifica con el narrador y con el
personaje, hay una referencialidad que se quebranta constantemente a
la vez que se afirma. ¿Qué es una autobiografía?.
P. Lejeune (9),
en un intento por comprender, aunque sea ya
debilitada, la referencialidad teórica de la autobiografía y también
por fundamentar el inevitable contenido cognitivo que tal
referencialidad debe poseer, ofrece una definición de autobiografía
en los siguientes términos:
Relato
retrospectivo en prosa que una persona real hace de su propia
existencia, poniendo énfasis en su vida individual y, en
particular, en la historia de su personalidad. (10)
En su análisis
posterior Lejeune advierte la presencia de cuatro categorías
diferentes en esta definición que ponen en juego una serie de
elementos. Estas son:
1. Forma de
lenguaje: narración, prosa.
2. Tema tratado: vida
individual, historia de una personalidad.
3. Situación del autor: identidad del autor y del narrador.
4. Posición del narrador:
identidad del narrador y del personaje principal, perspectiva
retrospectiva de la narración.
Lejeune es consciente de lo polémico
de varias de las notas de su definición, como por ejemplo el
formato que debe asumir la autobiografía. La exclusividad de la
prosa parece discutible, e incluso Lejeune podía entrar en una
negociación. Pero lo que es innegociable, para que una autobiografía
lo sea, es la identidad que debe establecerse entre autor, narrador
y personaje principal. Sólo esta identidad permite la referencialidad exigida a cualquier autobiografía. Pero, ¿cómo
puede establecerse esta identidad? Lejeune es consciente de que los
recursos formales del relato no pueden certificar esta necesaria
identidad, ni siquiera en el relato autobiográfico clásico que se
formula en primera persona. Así, lo que Lejeune va a intentar es
separar el problema de la persona gramatical del de la fijación de
la relación de identidad, colocando a ésta en el límite del
texto, esto es, en la firma. La identidad autor igual a narrador está
establecida contractualmente mediante la acción de firmar la obra.
En el caso del
discurso escrito (...), la firma designa al enunciador. (...) Por
consiguiente, debemos situar los problemas de la autobiografía en
relación al nombre propio. (...) En ese nombre se reúne toda la
existencia de lo que llamamos el autor: única señal en el texto de
una realidad extratextual indudable, que envía a una persona real,
la cual exige de esta manera que se le atribuya, en última
instancia, la responsabilidad de la enunciación de todo el texto
escrito. (11) Claro que este acto contractual, como cualquier otro, está
expuesto a falsificaciones y fraudes, pero a diferencia de otros
actos contractuales, la inexistencia de elementos textuales que
permitan una verificación de la firma facilita esta posibilidad.
Aunque para Lejeune esto no es representativo, e incluso es prueba
de la credibilidad que se otorga a este tipo de contrato social.
Como ya afirmara Foucault (12), el
vínculo del nombre propio con el individuo nombrado y el vínculo
del nombre del autor con el individuo que escribe no son isomorfos;
de suerte que esta diferencia acentúa la relación contractual si
se cumplen ciertas condiciones, porque:
Un autor no es
una persona. Es una persona que escribe y publica. A caballo entre
lo extratextual y el texto, el autor es la línea de contacto entre
ambos. El autor se define simultáneamente como una persona real
socialmente responsable y el productor de un discurso. (...) Tal vez
no se es autor más que a partir de un segundo libro, cuando el
nombre propio inscrito en la cubierta se convierte en el
"factor común" de al menos dos textos diferentes y da, de
esa manera, la idea de una persona que no es reducible a ninguno de
esos textos en particular, y que, capaz de producir otros, los
sobrepasa a todos.(13)
La firma entonces
requiere de un "espacio autobiográfico" (14),
aunque este requerimiento parece algo dado en
el momento en que se constata la diferencia entre nombre propio y
nombre de autor. En cualquier caso esto no va a menguar, por regla
general, la relación que se proyecta desde el narrador al autor
mediante la firma de un contrato.
Como vemos, en
primera instancia, Lejeune salva la posibilidad de la autobiografía
mediante un recurso extratextual, o en el margen del texto, que, aun
dejando indefinida la relación de identidad entre autor-narrador
imprescindible para la autobiografía, queda postulada según una lógica,
bien conocida y operante, basada en la firma y el contrato. Salva,
pues, la identidad del acto de la enunciación, pero la vocación
referencial de la autobiografía no puede detenerse en el hecho de
la enunciación sino que debe quedar incluida, por más y mejores
motivos, en el hecho del enunciado:
La biografía y la
autobiografía son textos referenciales: de la misma manera que el
discurso científico o histórico, pretenden aportar una información
sobre una "realidad" exterior al texto, y se someten, por
lo tanto, a una prueba de verificación. (15)
Desde luego,
superada la época del bios, "el pacto referencial" incluido
en la autobiografía no es la fidelidad, pero tampoco la
verosimilitud, que no aportaría nada al campo de lo factual, sino
que es "la semejanza a lo real". La verdad queda
matizada por el olvido, por el acceso al conocimiento, por las
distorsiones voluntarias o involuntarias. Lo descrito no es real ¿cómo
iba a ser?, pero tampoco tiene "efecto de realidad",
algo propio de la ficción, basta con ser "imagen (figura)
de lo real".
Como quiera que
sea, lo que se está exigiendo ahora es afirmar la igualdad entre
narrador y personaje, entre el enunciador y lo enunciado en el
texto. El nombre de autor -la firma- remite al narrador, pero por
transitividad no podemos pasar a afirmar la igualdad entre autor y
personaje a menos que antes podamos establecer alguna fidelidad o
exactitud entre narrador y personaje. Pero para poder hacer esto es
claro que Lejeune tiene que proponer una instancia más además de
las ya conocidas de autor, narrador y personaje, un cuarto término
también extratextual por medio del cual lo que se enuncia sea "imagen
de lo real".
Es necesario un
modelo o prototipo de lo que pasa por real, de tal manera que el
personaje puede convertirse en un ejemplar o instancia de ese
modelo. Lejeune entiende efectivamente por modelo "lo real
al que el enunciado quiere parecerse". Si es así,
la relación personaje-modelo no puede ser de igualdad sino de
semejanza.
Dicho de otra
manera, al coincidir el sujeto de la enunciación con el sujeto del
enunciado existe una identidad, pero esa identidad implica cierta
forma de parecido. Por ejemplo, el narrador cuando relata sucesos
del pasado, a pesar de ser él mismo, debe mantener una relación de
semejanza con el sujeto enunciado en el marco de un modelo de
realidad, en este caso quizá de la evolución de "la vida
individual" o de la "historia de la
personalidad".
Pero aquí, la
maniobra de Lejeune parece algo contradictoria pues la semejanza
requiere dos términos, mientras que la identidad sólo uno, y
entonces aquélla parece eliminar a ésta. Lo que pretende evitar
Lejeune, que sería fijar la referencia de un modo metafórico,
parece inviable a menos que, paso seguido, se reformule la noción
de identidad que sustenta a la semejanza y pase a considerarla "relación
de relaciones" de tal manera que:
Vemos entonces
que la relación designada por "=" no es en absoluto una
relación simple, sino, sobre todo, una relación de relaciones;
significa que el narrador es al personaje (pasado o actual) lo que
el autor es al modelo; (...) Si el narrador se equivoca, miente,
olvida o deforma en relación a la historia (lejana o casi contemporánea)
del personaje, ese error, mentira, olvido o deformación tienen
simplemente, si los percibimos, valor de aspectos, entre otros, de
una enunciación que permanece auténtica.(16)
La relación, pues,
que articula identidad y semejanza es una relación que no puede
representarse linealmente:
El Narrador es
al Personaje lo que el Autor es al modelo.
Y así
Lejeune,
como excepciones a la regla, asume los casos de superchería, por
parte de la identidad, y los de mitomanía, por el lado de la
semejanza. Y puestos a entender este hallazgo resultará que el
espacio autobiográfico impregna toda suerte de discurso. Pero esto
es posible sólo en la medida en que algo o alguien certifique esa
relación de semejanza. ¿A quién le corresponde ese dudoso honor?
Al lector. Es el lector el encargado de afirmar la semejanza.
El recurrir al
lector, otro elemento extratextual como la firma, incrementa la idea
de que el género autobiográfico es un género contractual. Una
autobiografía es un contrato propuesto por el autor al lector que
determina el modo de lectura del texto y, literalmente, "que
engendran los efectos que, atribuidos al texto, nos parece que lo
definen como autobiográfico." Y concluye Lejeune:
La historia de
la autobiografía sería entonces, más que nada, la de sus modos de
lectura. (...) Si, entonces, la autobiografía se define por algo
exterior al texto, no es por un parecido inverificable con la
persona real, sino por el tipo de lectura que engendra, la creencia
que origina, y que se da a leer en el texto crítico. (17)
Sin embargo, esta
conclusión más que poder fundamentar la posibilidad de la
autobiografía a partir de un contenido cognitivo que se hace público,
esta vez en un contrato, parece claro que lo que produce es una
disolución aún mayor del sujeto. Como veremos posteriormente en el
trabajo de De Man, Lejeune no logra evitar que la metáfora se
introduzca en la referencialidad inducida externamente por el
lector, que especularmente se enfrenta ahora con el autor,
desplazando pero no superando, esa estructura especular. En
consecuencia, tenemos que volver a un sistema de tropos justo cuando
Lejeune pretendía haberlo abandonado (18).
El trabajo de
Lejeune, inscrito en el momento del autos y forzado a
encontrar un análisis que supere las aporías con las que se
enfrenta la autobiografía, parece claramente inviable. Una
confrontación con un análisis más profundo sobre la idea de
autor, como la realizada por Foucault en el trabajo mencionado
anteriormente, pronto nos permitiría contemplar cómo la función
de la firma que Lejeune le concede es bastante acrítica. Por el
otro extremo, comprobamos que la acción del lector, lejos de
restaurar un sujeto originario, lo oculta en un entramado textual
que "nunca remite exactamente al escritor, ni al momento en
que se escribe, ni al gesto mismo de su escritura; sino a un alter
ego cuya distancia con el escritor puede ser mayor o menor y variar
en el curso mismo de la obra." (19)
Elizabeth Bruss en
su Actos Autobiográficos (20)
se coloca con una intención semejante a la de Lejeune de aportar
una posibilidad a la autobiografía y un fundamento al contenido
cognitivo que parece contener y transmitir. A diferencia de Lejeune,
Bruss elige la teoría de los Actos de Habla de Searle como modelo
teórico en donde inscribir el trabajo autobiográfico. Con este
soporte teórico lo textual desempeñará un papel más relevante en
el reconocimiento de la autoridad y de la referencialidad, pero aún
lo textual se ofrece a una audiencia que debe interpretarlo, basándose
en las estructuras textuales que el lenguaje como institución deja
públicas.
Sin embargo, entre
Bruss y Lejeune hay una diferencia más importante que anuncia ya la
indecidibilidad referencial de la autobiografía que encontraremos
posteriormente en De Man.
Como hemos visto,
Lejeune requería de un modelo de realidad que quedaba inscrito en
el lector mediante el cual podía juzgarse la ejemplaridad de la
relación entre el enunciante y lo enunciado. Con esto lograba
salvar la referencialidad de la autobiografía. Pero esta maniobra
era extratextual, con ello, no obstante creía Lejeune, se evitaba
tener que recurrir a la metáfora como figura. Esto, como también
hemos visto, es una maniobra que desplaza, pero no evita el uso del
tropo, pues lo único que consigue es duplicar el texto, el escrito
por el autor y el leído por el lector, y además para volver a
unirlos, metafóricamente, la narración y su
personaje-narrador-autor quedaban convertidos en ejemplos.
Al contrario, Bruss
integra en el autobiógrafo el doble papel de ser origen de la temática
y fuente de la estructura textual. Y siendo así es indudable que:
el individuo que
se ejemplifica en la organización del texto pretende
compartir la identidad de un individuo al cual se hace
referencia a través de la temática del texto. (21)
Por lo tanto, lo
primero que aporta una autobiografía es un ejemplo de su "epistemología
y destreza personal" o en los términos de De Man de "la
estructura tropológica que subyace a toda cognición" y
espera que como reflejo de esta organización textual pueda
compartirse la identidad del personaje y en consecuencia construir
una referencia entre autor y personaje, aunque me temo que ya tendrá
que ser una referencia metafórica, empleando este término de la
obra de Ricoeur.
Sin embargo, apoyándose
en la teoría de los Actos de Habla, Bruss espera que la temática
del texto permita reconvertir la referencialidad metafórica que el
autor proyecta en el texto en una referencialidad literal, que
finalmente pueda aclararnos algo sobre la intención, fin,
sentimiento o emoción del autor al producir su acto autobiográfico.
Pero definitivamente creo que esto no es posible, adelantando lo que
intentaré probar más tarde.
En general, para
retomar la interpretación que hacía Olney sobre la historia del
estudio de la autobiografía, la etapa del autos se
caracteriza porque los autores que se ocupan de la autobiografía,
intentan probar la posibilidad de la misma y fundamentar su
capacidad cognitiva apoyándose en alguna ciencia o segmento de
ella. No sólo Lejeune que lo hace basándose en el Derecho o Bruss
en la teoría de los Actos de Habla o Gusdorf que lo hacía en la
antropología filosófica, como hemos visto, sino también otros
autores como Paul John Eakin que recurre a la psicología o Paul Jay
que lo hace en la Filosofía. (22)
Pero, parece que
esta estrategia lo único que hace es demorar el enfrentamiento con
los textos autobiográficos, en sus constituciones lingüísticas y
retóricas, lugar donde, una vez asumidas las aporías del género,
puede arrojarse alguna luz o apagarla definitivamente en relación
con el espejismo del yo y con el poder cognitivo de la autobiografía.
Autobiografía y
Lenguaje: El Caso De Paul De Man
Efectivamente, según
veíamos en el estudio histórico de la autobiografía de Olney, el
tercer período histórico, en el que podíamos colocarnos en la
actualidad, se centra en el graphé, en el propio texto y en
su lenguaje. El teórico decide asumir todas las aporías y
paradojas que el texto autobiográfico entraña y recurrir a la
constitución lingüística del mismo para comprender el contenido
cognitivo, el espejismo del yo, el problema de la referencia, etc.
Definitivamente, parece asumirse que ningún soporte extratextual
puede fundar el poder constitutivo de la autobiografía para la
creación/comprensión de una vida. Memoria, metáfora y lenguaje
son los elementos que estructuran el texto y más allá de ellos no
encontraremos ningún significado extratextual, ninguna interpretación
valida de las intenciones, los deseos o actitudes de sus autores,
porque precisamente carecemos de un medio para decidir que el paso
del texto a la realidad esté fundado en una referencialidad
literal, porque esta mediación sólo podía atribuirse al texto, y,
en consecuencia, no hay tránsito posible. El signo no nos lleva a
un significado sino a otro signo y ello es así porque el acto mismo
de escritura parece reproducir esta falta de mediación. No hay
referente más allá del texto mismo y en consecuencia el paso del Bedeutung
fregeano al Sinn parecen igualarse. ¿Es esto también la
Deconstrucción?
Este es el
resultado, que conmocionando el dominio de estudio que estamos
tratando, parece haber obtenido Paul de Man en su Autobiografía
como Desfiguración.
De Man parte de la
asunción de que la vida produce la autobiografía de la misma
manera que un acto produce sus consecuencias. Pero, entonces se
pregunta si no está igualmente justificado pensar que es el
proyecto autobiográfico el que determina la vida. Si es así,
naturalmente, la producción autobiográfica resulta gobernada por
los requisitos técnicos y los recursos del autorretrato.
Y, puesto que la
mímesis que se asume como operante en la autobiografía es un modo
de figuración entre otros, ¿es el referente quien determina la
figura o al revés? ¿No será que la ilusión referencial proviene
de la estructura de la figura, es decir, que no hay clara y
simplemente un referente en absoluto, sino algo similar a una ficción,
la cual, sin embargo, adquiere cierto grado de productividad
referencial? (23)
En ciertos estudios
sobre la metáfora se alude la posibilidad de una referencialidad
metafórica, de un tránsito desde la impertinencia a la pertinencia
semántica, de la metáfora viva a la metáfora muerta. Un rápido
recorrido por estos trabajos nos permitirá comprender mejor cómo
el lenguaje en tanto figura pierde la referencia y a la vez es la
propia estructura figurativa la que construye una nueva
referencialidad, aunque ésta ya no es una relación unívoca o
localizada en una historia, sino una relación especular incluida en
la propia estructura lingüística.
Para ver como
figura y referencia se relacionan detengámonos unos momentos en la
obra de Goodman, Languages of Art, particularmente en su teoría
de la denotación generalizada, que era para Goodman un punto
crucial en el análisis de los símbolos. No olvidemos que su posición
extensionalista y nominalista le llevó a reducir toda operación
simbólica al marco de la función de referencia. O Como expresaba Goodman, work y world se corresponden.
Su primer análisis
le lleva a investigar la aplicación literal de un símbolo que
resuelve dividiéndola en dos formas diferentes de creación de
referencia:
(1) Por Denotación:
Que es un movimiento que va de los símbolos a la cosa y que
consiste fundamentalmente en colocar etiquetas sobre ocurrencias. Así,
por denotación los símbolos no-verbales representan la realidad en
el arte, mientras que los símbolos verbales describen la realidad.
La extensión lógica de esta denotación puede ser múltiple,
singular e incluso nula para referentes inexistentes. Y, en general,
su campo de aplicación son los objetos y los acontecimientos.
(2) Por Ejemplificación:
Que es el movimiento inverso, de la cosa al símbolo, y consiste en
designar una significación como lo que posee una cosa. Ejemplificar
es ser denotado, poseer lo significado en la etiqueta, es decir, ser
una muestra, para el caso de los símbolos no-verbales y de los verbales,aunque éstos también funcionan como predicados
ejemplificados. Un signo verbal es denotado por lo que ejemplifica.
Ahora bien, este
segunda forma de referencia es la que permite pasar de la aplicación
literal a la aplicación metafórica de un símbolo. Y ello se
produce por la transferencia de la posesión.
La Metáfora es una
transferencia que afecta a la posesión de los predicados por algo
singular, más que a la aplicación de esos predicados a algo. La
metáfora entonces es el resultado del funcionamiento invertido de
la referencia al que se le añade una operación de transferencia.
De tal manera, por ejemplo, a Aquiles se le transfiere ciertas notas
o propiedades que posee el león convirtiéndose así en ejemplo o
mejor en figura de la valentía, la fuerza, etc. La figura es un uso
predicativo en una denotación invertida. Por eso el autobiógrafo,
al convertir en ejemplo de vida su narración, figuradamente
construye una vida denotada por lo que ejemplifica. Esta es la
necesidad de Lejeune y de Bruss de apelar a un modelo o ejemplo para
asegurar la realidad de la vida autobiografiada.
Este esquema
trazado por Goodman para la referencia por la ejemplificación que
convierte los enunciados metafóricos en figuras puede generalizarse
para abarcar toda una estructura tropológica que funciona en el
lenguaje. Basta con percibir que la metáfora comprende también al
esquema -conjunto de etiquetas que se correlacionan con un reino,
conjunto de objetos-. La metáfora
despliega entonces el poder de reorganizar la visión de las cosas,
de aportar nuevas referencias al presentar nuevos significados,
cuando es un reino entero el que se transpone. Un ejemplo típico es
la transposición de los sonidos en el orden visual o el de los
colores en el de los sentimientos.
Luego, atendiendo a
la noción de esquema o reino, podemos clasificar las transferencias
de un reino a otro según se produzcan y obtener una generalización
teórica de las figuras o tropos. Así podemos distinguir, sin ser
exhaustivos, tres grupos:
I.- Transferencias
de un reino a otro sin intersección.
De Persona a Cosa:
Personificación.
De Todo a la Parte: La Sinécdoque.
De la Cosa a La Propiedad: La
Antonomasia.
II.- Transferencias
de un reino a otro con intersección.
El desplazamiento hacia lo
alto: La Hipérbole.
El desplazamiento hacia lo
bajo: La Lítote.
III.-
Transferencias sin cambio de extensión.
La Inversión en la Ironía.
No es el de Goodman
el único intento de comprensión y clasificación de los enunciados
figurados que produce el lenguaje, y no se expone aquí como apuesta
definitiva sino como herramienta sumamente útil y eficaz para la
comprensión de los problemas de la autobiografía, que tal y como
hemos visto se producían cuando, al analizar los usos de la
memoria, comprobábamos la progresiva des-autorización que se
producía en el relato autobiográfico. Pero, ¿cómo se produce
esta pérdida de referencialidad y cómo convertido el hecho en
figura se obtiene otra distinta? Y, volviendo a De Man, ¿Cómo esta
productividad referencial puede analizarse?
Para la primera
pregunta encontramos en Ricoeur, al hilo del trabajo de Goodman, una
respuesta sólida y sencilla.
Según Ricoeur (24)
una interpretación literal del
enunciado metafórico destruye el sentido literal, lo que produce
inmediatamente una destrucción de la referencia primaria. Ahora
bien la autodestrucción del sentido es una innovación de sentido
en todo el enunciado producida por la necesidad de una interpretación
figurada. Es a esta innovación a la que Ricoeur denomina Metáfora
Viva. Es entonces, cuando surge una interpretación figurada,
haciendo aparecer una pertinencia semántica nueva sobre las ruinas
del sentido literal, cuando se suscita también un objetivo
referencial. De tal manera al sentido metafórico le corresponderá
una referencia metafórica.
Ajustemos esta vía
al caso de la autobiografía. Sabemos que antes de comenzar a narrar
la vida, como veíamos en el texto de Valery, solo existe
desconocimiento, sin embargo transferimos, mediante la construcción
de una trama, a la secuencia inconexa de acontecimientos y episodios
las propiedades de una vida y entonces, con un nuevo sentido,
aparece la vida autobiografiada como muestra, como ejemplo, con una
referencialidad individualizada que convierte un modelo de vida en
'mi vida'.
Por eso cuando
Ricoeur retóricamente se pregunta:
La suspensión
de la referencia real es la condición de acceso a la referencia del
modo virtual. Pero, ¿qué es una vida virtual? ¿Puede haber una
vida virtual sin un mundo virtual en el que sea posible vivir? ¿No
es función de la poesía suscitar otro mundo, un mundo distinto con
otras posibilidades distintas de existir, que sean nuestros posibles
más apropiados? (25)
Permitáseme
reformular esta pregunta en los siguientes términos:
¿No es
precisamente la autobiografía la que de un mundo real hace un mundo
virtual, abriendo lo que fue a lo que puede ser, lo que pasó a lo
que puede pasar? La autobiografía es igualmente una pérdida de
referencia real para acceder a otra virtual, como ejemplo o muestra
de una serie de acontecimientos que poseen el sentido por el que el
autobiógrafo atrapa/construye su vida y como tal, expresándola
-pero, expresar no es sino una transferencia metafórica de una
posesión- deja abierta o exige la interpretación no de la
realidad o fidelidad, sino de la posibilidad, de la habitabilidad.
Las vidas, como las metáforas, gustan o no. Y gustarán en la
medida en que la virtualidad sea o parezca (figura de realidad) más
o menos posible, habitable.
En la autobiografía
es, en la pérdida de la referencia, de la autor-idad, cuando
surge una innovación de sentido a partir igualmente de una
interpretación. Este sentido cubre los dos niveles involucrados,
autor y lector. Para el autor el sentido que aparece al recurrir a
una estructura tropológica -poner voz a los muertos, reinterpretar
el pasado a la luz del transcurso del pasado o de su dilatación
hasta el presente o simplemente por la elección significativa de
ciertos acontecimientos, transportar atribuciones, suponer
identidades parciales o encontrar correspondencias- viene producido
por la alegría de la que nos hablaba Wordsworth o Proust, por
pensar que hemos recobrado el tiempo perdido, que nos hemos
redescrito, que hemos sobrevivido a la muerte. Y por encima de esta
aspiración, de entre la propia estructura tropológica del texto
aparece una nueva referencia, 'mi vida', que contempla en una "continuidad
resumible y en una causalidad formulada" un sujeto que la
ha vivido porque la ha contado.
Para el lector su
tarea consiste en, suponiendo que lo leído ha ocurrido y aún con
la esperanza de advertirlo en los hechos accesibles a él, no como
juez que verifica, sino como un nuevo ejemplo, una nueva instancia
del modelo, comprobar la estructura tropológica vertida a la luz de
la suya propia. De tal manera que la interpretación será el gusto
por la habitabilidad o el disgusto por lo contrario.
Retomemos de nuevo
el trabajo de De Man en el intento ahora de analizar la "productividad
referencial".
La muerte es un
apuro lingüístico
La autobiografía,
para De Man, no es un género o un modo sino una figura de lectura y
de entendimiento que ocurre en alguna medida en todo texto. Porque
el momento autobiográfico es un momento especular en el que dos
sujetos -el que dice yo y quien escribe yo, entre el yo del pasado y
el yo del presente, entre lo muerto y lo vivo, entre los muertos y
los vivos- se encuentran implicados en un proceso de lectura, en el
cual se determinan mutuamente por una sustitución reflexiva mutua.
Pero ese momento especular no es una situación o un acontecimiento
sino la manifestación, en el referente, de una estructura lingüística,
que revela una estructura tropológica, que invade toda cognición,
incluido el autoconocimiento. Así, por un lado, el lenguaje como
tropo produce privación, dice De Man, es siempre despojador. Pues
el lenguaje como figura no es la cosa misma sino su representación,
la imagen y como tal -añade De Man- es silencioso y mudo como toda
imagen. Por eso, y llegamos al momento clave:
El interés de
la autobiografía, por lo tanto, no radica en que ofrezca un
conocimiento veraz de uno mismo -no lo hace-, sino que demuestra de
manera sorprendente la imposibilidad de totalización (es decir, de
llegar a ser) de todo sistema textual conformado por sustituciones
tropológicas.
Las autobiografías
[...] declaran abiertamente su constitución cognitiva y tropológica,
pero se muestran también ansiosas de escapar a las coerciones
impuestas por ese sistema. (26)
Para De Man esta
tendencia a proyectarse en lo extratextual es lo que ha llevado a
autores como Lejeune o Bruss a pasar a la acción, a la realidad y
para ello buscan un fundamento teórico como el derecho o los Actos
de Habla, pero como vimos, esta estrategia sólo desplaza el
problema. Antes de proseguir esta línea, que es en último término
una reflexión sobre la indecibilidad del lenguaje, adentrémonos
brevemente en la ilustración que hace De Man de estas tesis
analizando los Essays upon Epitaphs de Wordsworth.
Para De Man, el
tropo de la autobiografía es la prosopopeya, la ficción de un apóstrofe
a una entidad ausente, muerta o sin voz, por la cual se le confiere
el poder de la palabra y se establece la posibilidad de que esta
entidad pueda replicar. Por medio de la prosopopeya, un nombre se
convierte en rostro y, en consecuencia, la autobiografía "se
ocupa del conferir y del despojar máscaras, del otorgar y deformar
rostros, de figuras, de figuración y de desfiguración." (27)
Porque al hacer hablar a los muertos
los vivos se quedan mudos, el lenguaje figurado es entonces privación,
pero no privación de la vida sino de "la forma y sentido de
un mundo que sólo nos es accesible a través de la vía despojadora
del entendimiento". Y termina De Man su artículo con las
siguientes palabras:
La muerte es un
nombre que damos a un apuro lingüístico, y la restauración de la
vida mortal por medio de la autobiografía (la prosopopeya del
nombre y de la voz) desposee y desfigura en la misma medida que
restaura. La autobiografía vela una figuración de la mente por
ella misma causada.(28)
Las tesis
demanianas parecen poner de manifiesto algo que veníamos atisbando
desde la afirmación posmoderna de que la mente posee una
estructuración narrativa y funciona mediante la confección de
narraciones, desde que la concepción de la memoria como almacén
parecía no encajar en las investigaciones sobre memoria autobiográfica
ni en los usos de la memoria. Efectivamente, el yo no es el soporte
de una vida, sino el resultado de su narración. Y como tal, es
tanto construcción como desfiguración. Pero también la vida, la
secuencia causal de acontecimientos que una trama estructura en una
secuencia temporal, se compone tanto de privación como de
restauración.
Esto tiene
obviamente una cara constructiva, la de la máscara que pone rostro,
por la que vemos como un yo convertido en narrador recrea su vida,
dotándola de un sentido, construyendo un sentido, superando una
muerte física, reconociéndose en la tiranía de la igualdad como héroe,
personaje de un relato que se pone como ejemplo. Incluso aún en la
virtualidad que reduce una existencia a ficción en los procesos de
lectura, de audición, esa virtualidad queda actualizada por otro
que reconoce, mediante comparación, una estructura cognitiva capaz
de producir una referencialidad nueva, una recomposición de la vida
vivida al hilo de la composición de la vida contada. Desde este
punto de vista lo que importa y transita en cada instancia narrativa
es la manera de estructurar unos acontecimientos, de valorarlos, de
compararlos, de recrearlos, de tal manera que mucho más allá de
una mera secuencia o registro documental de hechos en la autobiografías
encontramos, no tanto una referencia extratextual que conduzca a
intenciones, actitudes o gustos, sino el resultado de un proceso
cognitivo por el cual se tiene un mundo. Las autobiografías no
sirven como objetos para un análisis terapéutico, como las había
empleado Freud o el psicoanálisis, sino que son muestras de una
actividad cognitiva que se refleja en la estructura lingüística y
especialmente en las proyecciones retóricas. Los resultados
obtenidos aquí sugieren que las autobiografías pueden ser útiles
para un acercamiento psicológico si este acercamiento es textual,
formalista, mejor que extratextual. Pues no tenemos ninguna
confianza en que podamos pasar de la narración a la acción, de la
gramática a la lógica, de lo sintagmático a lo paradigmático. Y
esto viene a traernos la consecuencia trágica de los planteamientos demanianos, -la máscara que desfigura-, aquella que afirma "la
imposibilidad de totalización de todo sistema textual conformado
por sustituciones tropológicas." Por esta vertiente
reunimos las ideas de Johnson y Lakoff sobre el funcionamiento de
nuestros procesos de comprensión del mundo, la idea nietzscheana de
que la ciencia es sospechosa de olvidar su origen, las concepciones
del lenguaje como teorías momentáneas de Davidson y también la
propuesta activa de Rorty que desde la indecibilidad pretende
hacernos tanto más inalcanzables como sea posible.
La doble cara de la
concepción del lenguaje, y por ende de los procesos de comprensión,
que De Man deja entrever en su tratamiento de la autobiografía nos
expone al riesgo de arrojarnos a la vertiente trágica, donde la retórica,
entendida como figura y tropo, resulta irreductible y a la vez
esencial en la composición textual. Allí donde no hay mediación
posible entre signo y significado, cada signo nos arroja a otro
diferente y la actividad no es descodificar sino interpretar
eternamente en un proceso especular donde no tanto la imagen
reflejada sino el espejo mismo es quien puede quebrarse.
Naturalmente los
filósofos estamos más acostumbrados a estas incertidumbres, ya
hemos colocado en una línea continua a Nietzsche, Wittgenstein,
Davidson, Rorty y ahora podemos añadir a De Man, y estas
reflexiones vuelven únicamente a postular una elección filosófica
donde el realismo y el representacionalismo no tienen cabida. Pero
ahora parece que el viento sopla más fuerte que antes y tememos que
rasgue las velas. Sería aconsejable entonces recogerlas y
replantearnos cómo en nuestra actividad de comprensión/creación
podemos superar el doble uso de la máscara, la que aporta un rostro
y la que le desfigura.
La presencia de
lo
literario, desde que Fodor nos alertara de que lo verdaderamente
importa al hombre lo podemos solamente encontrar en novelas, nos ha
ayudado a percibir -en palabras de Rorty- la forma de poder
describir cualquier fenómeno en multitud de diferentes maneras. Así,
los lectores de literatura cobran consciencia retórica, del hecho
de que lo que parezca verdad dependerá de la interrelación entre
el lenguaje utilizado y las expectativas de un auditorio. El estudio
literario nos ayuda a percibir que la verdad literal y objetiva del
presente no es más que el féretro de la metáfora de ayer. (29)
Pero también lo
literario nos ha inscrito en un vórtice del que parece que no
podemos escapar. La realidad es un entramado textual de relaciones
de semejanzas y diferencias; el sujeto, el autor ha desaparecido en
el texto que lo devuelve desfigurado cada vez que el rostro
enmascarado emerge en la actividad del vórtice. No hay tránsito ni
mediación, los mismos usos retóricos que estructuran tropológicamente
un texto se difunden sofísticamente seduciendo el gusto. Como
afirmaban Lakoff y Johnson, la metáfora sólo muestra una historia
parcial que además resulta alegóricamente interpretada. Nuestro
conocimiento no puede ser sino figura de figuras, como lo es la
alegoría o la prosopopeya. Sin embargo, no puede ser sino a partir
de este análisis de donde surja una nueva racionalidad. Y para el
caso concreto del sujeto, que aún queda pendiente, ésta parece
haber sido la elección de Foucault, que nos abre una esperanza:
¿No es
igualmente a partir del análisis de este tipo como se podría
reexaminar los privilegios del sujeto? Bien sé que, al emprender el
análisis interno y arquitectónico de una obra, al poner entre paréntesis
las referencias biográficas o psicológicas del sujeto, ya se ha
vuelto a poner en cuestión el carácter absoluto y el papel
fundador del sujeto. Pero quizá fuera preciso volver sobre este
supuesto, pero no para restaurar el tema de un sujeto originario,
sino para captar los puntos de intersección, los modos de
funcionamiento y las subordinaciones del sujeto. Se trata de dar la
vuelta al problema tradicional. No plantear ya la cuestión: cómo
la libertad del sujeto puede insertarse en el espesor de las cosas y
darle sentido, cómo puede animar desde el interior las reglas de un
lenguaje y abrir paso así a los objetivos que le son propios. Sino
plantear más bien estas otras cuestiones: cómo, según que
condiciones y bajo qué formas algo así como un sujeto puede
aparecer en el orden del discurso. ¿Qué lugar puede ocupar en cada
tipo de discurso, y ejercer qué funciones, y obedeciendo a qué
reglas? Brevemente se trata de despojar al sujeto (o a su sustituto)
de un papel de fundamento originario y analizarlo como una función
variable y compleja del discurso. (30)
Visto de esta
manera, resulta que la autobiografía puede ser el discurso más
adecuado para que un sujeto aparezca desempeñando ciertas funciones
en un medio funcional más amplio. La extensa cita de Foucault
muestra que muchas veces un uso diferente de nuestro lenguaje, una
metáfora nueva, aporta una nueva comprensión. Esta es la apuesta
por la autobiografía, figura de figuras, que reúne memoria, metáfora
y sujeto en un texto abierto.
Notas
(1)
G. Gusdorf. Conditions et limits de l'autobiograpie, en Formen
der Selbsdarstellung. Analekten zu einer Geschichte des
literarischen selbsportaits. Festgabe fur Fritz Neubert. Berlín
Dunckers & Humblot, 1956. Traducción en Anthropos Suplementos
29, Barcelona 1991.
(2)
Neisser, 1982. (ed.) Memory Observed. Rememebering in natural
Contextst. Snapshots or Benchmarks. W.H. Freeman and Co.,
New York. pág. 45.
(3)
M. Linton. Memory for real-world events. En D.A. Norman and
D.E. Rumelhart (eds). Explorations in Cognition. San
Francisco, W.H. Freeman. 1975.
(4)
J. Olney. Autobiography and the Cultural Moment: A thematic.
Historical, and Bibliographical Introduction en J. Olney (ed.). "Autobiography.
Essays Theoretical and critical". Princeton. Princeton
University Press, 1980.
(5)
cfr. Georg Mish. Geschichte der Autobiographie, 4 vols. Berna
y Francfort. 1949-1965.
(6)
G. Gusdorf. op. cit. pág. 13 de la traducción castellana.
(9)
P. Lejeune. Le pacte autobiographique. París, Seuil, 1975.
Hay traducción al castellano por parte de A.G. Loureiro de capítulos
de esta obra en Madrid, Debate y en Anthropos Suplementos 29.
(12)
cfr. M. Foucault, ¿Qué es un Autor? Boletín de la Sociedad
Francesa de Filosofía nº 62-63, 1969, Librairie Armand Colin, París.
Hay traducción en castellano en Creación 9, Octubre 1993. A pesar
de este dato las posiciones de Lejeune y de Foucault, como veremos más
adelante difieren notablemente.
(14)
La expresión es del propio Lejeune. Un trabajo muy interesante que
explora este concepto es el de Nora Catelli. El espacio autobiográfico,
Lumen, Barcelona, 1991.
(18)
cfr. Paul de Man. Autobiography as De-Facement, en Modern
Language Notes, 94(1979), 919-930. Hay traducción en Anthropos
Suplementos 29.
(19)
M. Foucault. op. cit. pág. 53 de la traducción castellana.
(20)
E. Bruss, Autobiographical Acts. The Changing Situation of a
Literary Genre. Baltimore y Londres. The Johns Hopkins
University Press, 1976. Parte de esta obra está traducida en
Anthropos Suplementos 29.
(21)
E. Bruss, op. cit. pág. 67 de la traducción castellana. (El
subrayado es mío).
(22)
Cfr. Paul Jay, Being in the Text. Self-Representation from
Wordsworth to Roland Barthes. Itaca, Cornell University Press,
1984 y Paul J. Eakin, Fictions in Autobiography, Studies in the
Art of Self-Invention. Princeton, Princeton University Press,
1985.
(23)
Paul de Man, op. cit. pág 113 de la traducción castellana.
(24)
Cfr. P. Ricoeur, La Metáfora Viva, op. cit. especialmente
Estudio VII, Metáfora y Referencia.