ABSTRACT: There are no a-moral texts, even
though amorality may be described by them: an amoral author would
not dare into the search of beauty; it depends on a game of
faculties that, also, play with the form. A moralizing literary text
is not due to a game of author's faculties, but only to the author's
conscience. Thus, it rebounds heavy and ugly. An ugly immoral
literary text assaults on a redundant and calculated way some moral
rules in favor of the "forbidden". Then, it is not a
beautiful text. The aesthetic function is the one treating the
stimulus as a purpose and not only as a means. This spontaneous
behavior is condition of possibility for the moral act (the follower
of the second kantian imperative). The one who spontaneously has the
attitude that considers the other (alter) as a purpose and not only
as a means, is a beautiful person. Its argued that it is not yet a
morally good person. Anyway, "beau-ty" on its Latin
etymologies (beau-t‚ and bello) means good, which involves a
project that is dialoguing, truthful, respectful and advantageous
for the community. It also means that the decision of using the
proper means for the goal, has been taken. Once accepted the project,
the individual shall act spontaneously on a ludicrous way so that
the project may become real. He will be a more meritorious beautiful
person if his spontaneous goodness means the overcoming over the
experiences that have hurt hi. The matter is: is the moral beauty
the highest point of morality? I will work on this topic on the
basis of Schiller, Kant, Gadamer, and Sartre.
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DATOS AUTOR
Perfil/Área trabajo
Profesora UNAM / Especialista en Estética y Teoría
Literaria.
La belleza de la literatura y su fealdad en relación
con lo amoral, lo moralizante y lo inmoral.
Según Alaidair
MacIntyre—Three Rival Versions of Moral Inquire—el filósofo
no puede realizar ningún estudio sobre la moral sin recurrir a otras
fuentes ajenas a la filosofía; en algunas narraciones literarias
encuentra materiales válidos porque ejemplifican acciones morales,
amorales e inmorales que serían incomprensibles al margen de los
datos que aporta el escritor sobre quién, cómo y para qué las hizo,
o sea al margen de su unicidad y de su caracterización motivacional y
circunstancial. Las preguntas que me inquietan es qué tipo de textos
tiene en mente MacIntyre: ¿los inmorales, los amorales o los
moralizantes?
Los textos literarios llevan el riesgo de
a-moralidad porque dan un rodeo por lo inconsciente, se argumenta,
considerando que la belleza, en cuanto conjunción de facultades —la
reflexión, los conocimientos, los sentimientos, las sensaciones y la
imaginación originada por el deseo que recompone y objeta los hechos.
Ahora bien, creo que, inicialmente, es necesario distinguir la
literatura que "retrata" la amoralidad, sea de los
desclasados o lumpen, como El Lazarillo de Tormes, sea de la
nobleza, como la obra del Marqués de Sade, o de los individuos de
cualquier clase o fracción de clase (y de un género), de la posible
amoralidad del autor, que quedará de manera implícita en su obra, y
también de la amoralidad de sus lectores o escuchas (en el caso de la
literatura oral).
El individuo que es (al menos en un nivel
considerable) a-moral no es proclive a buscar la comunicación
mediante las artes, ni tampoco a manipularla con ellas. Escribir o
decir oralmente un discurso con pretensiones artísticas implica
demasiados esfuerzos y riesgos para un futuro incierto, en el cual aquél
no pretende ejercer ninguna influencia. En El Lazarillo y en la
narrativa de Sade encontramos, en cambio, un trabajo mental que
alcanza una unidad armónica de sensaciones, de emoción e ideas:
manifiestan una belleza o un equilibrio de los que Schiller llamó
"impulsos" material—que comprende lo sensible, instintivo,
emotivo y pasional—y el racional—o del intelecto. Esto es, un
juego de facultades y de "fuerzas activas y pasivas" (Cartas
15ª, 5; 21ª 3 y 22 2), que no es excluyente, sino inclusivo (Carta
18ª 4) u opuesto a la diagoge, en el sentido aristotélico del
concepto, o aguzamiento de una, y no todas, las capacidades del
sujeto. Mediante este juego, el literato juega creativamente con la
formas (Carta 15ª 8) en una materia (Carta 22ª 5), o
sea, que actúa innovadoramente dentro de una reglas (que respetan la
coherencia o identidad de la literatura, de los planteamientos de la
pieza, y del género en que se inscribe). No nos equivocaremos
buscando el ideal de belleza por el mismo camino en que satisfacemos
el impulso del juego (Carta 15ª 8); éste además de creación
dentro de unas reglas es pasatiempo, un rato que vivimos como de
agradable ocio frente al serio y trabajoso o neg-ocio. Los lectores y
escuchas de la literatura son invitados a ser felices con el estímulo
juguetón, a gozar participando, a dar el "salto estético"
que no violenta sus sentidos, su entendimiento ni sus sentimientos,
sino que los reúne con su "mágico poder" (Carta 23
7 y 10). La Literatura sólo podría ser amoral si dejara de ser juego
o belleza, es decir, si dejara de ser ella misma.
Un texto literario moralizante, que intercala
discursos admonitorios, es algo serio, trabajoso, poco juguetón, que
se debe a la conciencia y poco a esa conjunción de facultades. En
cambio, la prosa picaresca y la de Sade han sido consideradas
indeseables por quienes ejercen el represivo poder de dominio. Y si lo
son es porque hacen señalamientos, los morales incluidos, con medios
artísticos adecuados y veraces que piden un trabajo psíquico
completo en sus interpretaciones. Tienen el carácter de
"declaración" (Aussage), es decir, que dicen de
manera auténtica y sin callar nada "lo que es el estado de
cosas" (Gadamer:116).
Sólo podemos calificar como feo el texto literario
no armonioso, poco juguetón o creativo, que como tal agrede nuestras
facultades, independientemente de si "retrata" o no unas
reglas de comportamiento institucionalizadas. Es un texto feo e
inmoral cuando niega de manera redundante, monótona y
calculadoramente, o por vía pragmática y consiguientemente con fines
ajenos al juego mismo, los comportamientos que se consideran
socialmente buenos en la situación histórica en que fue creado. Lo
feo e inmoral trata de negar la diversidad psíquica y cultural para
que actuemos unidireccionalmente y seamos previsibles y, por lo tanto,
manipulables política, moral y económica o comercialmente. Lo feo e
inmoral es perverso y opresor. Si, por ejemplo, la moral—la
"monástica"—se afirma mediante el sacrificio de nuestra
parte natural, es deficiente, porque nos mutila, en vez de tratarnos
como un ser completo (Carta 4ª 3), bajo el falso supuesto de
que las "pasiones sensibles" son capaces, por sí solas, de
someter la "libertad de ánimo" de un ser complejo como es
el humano (Carta 19ª 7); y si lo natural somete a la
inteligencia y a la "libertad de ánimo", es porque el
individuo ha simplificado su mente, obedeciendo cautivamente a unas
políticas sociales que lo robotizan. Este clase de individuos son los
perfectos consumistas de obras feas e inmorales. En oposición, los
que tienen una moral fuerte son capaces de enriquecerse con nuevos
principios y también de abandonar la recepción de textos que
atentan, por atentar, sus valores, y esto quiere decir que ellos les
niegan la cualidad de artísticas o bellas y juguetonas. El
comportamiento moral no debe, pues, estar reñido con la naturaleza,
ni ésta con aquél (Carta 4ª 1): "Engendra la verdad
victoriosa en el pudoroso silencio de tu alma, extráela de tu
interior y ponla en la belleza, de manera que no sólo el pensamiento
le rinda homenaje, sino también los sentidos acojan amorosamente su
aparición" (Carta 4ª 7:179).
El juego y la función estética.
Las artes
también son definibles como juego por las maneras de su apropiación:
se juega por el jugar mismo, como una abundancia de
"fuerzas" o una conducta gozosa, plena y satisfactoria, muy
propia de los ratos libres, que se opone al trabajo, o conducta que se
realiza debido a una carencia y para la obtención de un bien
satisfactor de las necesidades. En el juego o trabajo lúdico se
disfruta su propia realización, el momento, con independencia de sus
efectos. Los receptores de un texto literario (lo cual puede ampliarse
a la contemplación de estímulos naturales, sea un paisaje, de otras
artes y de otra índole, porque nada queda fuera de la experiencia estética
ni nada incluido forzosamente) colocan el mundo fuera de sí, lo
reciben desinteresadamente, esto es, lo contemplan (Carta 25ª
1) en una situación de complacencia, que no sólo encuentra el juego
de formas o belleza, sino que es bella porque no distingue entre la
pasividad receptiva y el juego de facultades, o "reflexión"
que ocurre de manera "vital", siendo "al mismo tiempo
nuestro estado y nuestro acto" (Carta 25ª 5:339). En el
lapso temporal de la recepción estética el lector o escucha no se
preocupa de los efectos y posibles usos de la obra, porque su
experiencia tiene "la forma de una finalidad sin fin", según
Kant, una autonomía o movimiento libre que "es una finalidad y
un medio para sí mismo" (Carta 27ª 3:365). Para explicar
estas expresiones supongamos tres individuos que observan "Sátiro
y joven con canasta de fruta" de Rubens. Uno piensa cómo hacer
un affiche para venderlo. Él privilegia la función práctica
de la pintura. Otro se interesa por el modo como ha sido imaginado un
mito y cómo se han resuelto los problemas de la perspectiva e
iluminación. El tercero sólo lo contempla gozosa y
desinteresadamente: él juega o vive el presente, sin abandonar la
"apariencia". Desde luego que si goza es porque tiene los
conocimientos que le permiten alcanzar la experiencia estética;
tampoco en su contemplación elimina consideraciones sobre los
posibles funciones del estímulo—no es una anestesia—, sino que
los subordina a su reacción placentera. En resumen, como vivencia de
cualquier ser humano, la llamada "función estética" es la
sublime libertad del juego o trabajo lúdico que no tiene unos, y básicamente
unos, usos específicos para la supervivencia, y que, por lo mismo,
resulta tan gozosa y distensa que nos hace felices.
El paso de la
función estética a la
conducta moral.
La desinteresada contemplación o función estética,
o juego de facultades que se contenta con el gozo, haciendo a un lado
los conocimientos y demás valores de uso del estímulo, y la obra o
hecho que se nos ofrece como un juguete que tiene como primer fin el
ser gozada, hacen resplandecer el bien. Al respecto, la filosofía
griega acuñó el término de kalokagathía, o punto en que
confluyen los bueno y lo bello. Para Kant la belleza es la respuesta
espontánea que opera como condición de posibilidad de la moralidad (Crítica
del juicio 59), y para Schiller es condición de una moral fuerte
y consecuencia natural de un comportamiento poco calculado (Carta
4ª, 1). Decimos que una persona es bella (une jolie o bellepersonne; a nice o beautiful people) cuando manifiesta
la gracia y, sobre todo, la dignidad (Anmut y Würde,
ambas especificaciones de la belleza en alemán), el don espontáneo
de la bondad gratuita (el amor caritativo o desbordado en Plotino y
San Agustín), un comportamiento veraz, sin dobleces, y solidario que
cumple el primer imperativo kantiano, o comportamiento bajo una máxima,
o bajo unos principios, que puedan universalizarse (Carta 12ª
5), y también cumple el segundo imperativo kantiano de tratar al otro
como un fin y no sólo como un medio (Fundamentación a la crítica
de las costumbres), igual que lo hace la función estética con el
estímulo. Por lo mismo, en el reino de la belleza no se toleran
privilegios ni autoritarismos (Carta 27 11): una bella persona
siempre está abierta al diálogo, siempre respeta la variedad, las
diferencias culturales e individuales, la alteridad. La
"satisfacción estética" se relaciona, pues, con la parte más
noble de nuestra felicidad, que no es ajena a la nobleza moral (Carta
1ª, 1). Schiller ejemplifica en el Kallias: en un camino fuera
de un poblado y en temperaturas bajo cero centígrados un hombre
herido suplicó ayuda a los viajeros. Todos estuvieron dispuestos a
ayudarlo y eligieron un medio adecuado al fin. Los moralmente feos
pretendieron recibir algo a cambio; otros tuvieron que dominar sus
inclinaciones a no hacerlo—actuaron según los imperativos
mencionados—, y sólo uno actuó de manera espontánea: simplemente
lo ayudó, sin coaccionarse ni pensar en pagos o beneficios. Los demás
o eran inmorales, o moralmente buenos; sólo él era una bella
persona.
En la belleza o "impulso del juego", que
reúne el "impulso material" o más ligado con el cuerpo y
el "impulso formal" o de la razón (en su sentido amplio y
omniabarcante) (Carta 15ª 5), el individuo todavía no ha
accedido al bien moral, propiamente, frente al cual los hombres se
comportan con seriedad (Carta 15ª 7) y no juguetonamente. El
"estado estético" no es, pues, físico o de determinación
sensible ni "lógico" o "moral", sino un estado
intermedio armonioso de fuerzas sensibles y espirituales, el cual debe
fomentarse en la "educación estética" (Carta 20ª 3
y nota). La conducta moral sólo se desarrolla a partir del estado estético,
no del físico (Carta 23ª 6), porque éste únicamente soporta
el poder de la naturaleza, del cual aquél—el estético—se libra,
aunque no lo domina; éste debe llegar a otra fase, la moral (Carta
24ª 1), dándose a sí su fundamento y su ley (Carta 24ª 7).
O sea que las acciones bellas concuerdan o son "analogías de las
acciones libres" Kallias, Jena 8/II/ 1793, 10:11): el
juicio de efectos libres según la voluntad es moral; el de efectos no
libres según la forma de voluntad pura es estético (Kallias, ibid.,
22). La "disposición estética", vinculada a la apariencia
estética, que no pretende sustituir la realidad ni necesita una
realidad que la sustituya, genera la libertad (la cual, en última
instancia, debe ser tratada desde una ética pura o formal y después
entenderla en su situación, porque la libertad es situante y
situada), aunque no ha surgido de ella, sino como un "don de la
naturaleza" (Carta 26ª, 1:343 y 3), común a la especie
humana y que la unifica (Carta 27 10).
Una bella persona, el "estado de apariencia
bella", se encuentra en cualquier "alma armoniosa",
aunque de hecho, esta clase de "almas" se localizan en los círculos
escogidos que no imitan las normas o costumbres ajenas, sino que
siguen sus inclinaciones bellas; se encuentra "donde el hombre
camina con valerosa sencillez y serena inocencia por entre las más
grandes dificultades, y no necesita herir la libertad de otros para
afirmar la suya propia, ni renunciar a la dignidad para dar muestra de
su gracia." (Carta 27ª 12:381)
Para terminar quiero abrir una serie de cuestiones:
a diferencia de San Agustín, para Schiller una persona bella no es aún
moralmente buena: sólo manifiesta un don natural. Para ser moral debe
superar el juego, que vive sólo el presente y proyectarse al futuro,
tener una prospección, que siempre tiene mucho de utopista en cada
espacio y tiempo, y que en su utopía, o fin, y en los medios para
alcanzarla, se atenga a los dos imperativos categóricos kantianos,
especialmente al segundo, porque el primero siempre implica la
"virtud" de tratar al otro como fin.
Lo diré con san Agustín
y Sartre: los actos verdaderamente libres, y frecuentemente
a-normales, son gratuitos, fuera de una moral instrumental o meramente
pragmática, aunque sí comprometidos. El ejercicio de este proyecto
nos hace capaces de retar al poder, a los dioses, lo que quedó
simbolizado en los mitos de Prometeo y el de Orestes descrito por
Sartre en Las moscas. En oposición, los actos malos y espontáneamente
feos (lo cual para Schiller y San Agustín implica la pérdida de un
don natural, una caída) no tienen ninguna proyección social porque
no toman ningún compromiso, y acaba siendo descubierta su dirección
o su sentido porque se encadenan en actos repetitivos y previsibles (véase
El diablo y el buen dios de Sartre): las malas intenciones
siempre se ocultan, disfrazándolas de bellas y auténticamente
buenas, y se limitan a ser la contramáxima kantiana, y dependiente de
la máxima original: tratar al otro como medio y nunca como fin (véase
Saint Genet, comediante y mártir). Si lo bello es una
conjunción de facultades, y la misma palabra viene del latín vulgar bonellum,
diminutivo de bonum, abreviado en bellum, me parece que,
cuando se aplica a acciones morales, estamos hablando de la decisión
que toma el individuo, una vez en su vida, de entregarse a un proyecto, que variará históricamente, que él considera benéfico
para las comunidades. En la medida en que más penas y dolores haya
sufrido el individuo, más grandiosa será su decisión, más valdrá.
A partir de entonces, él se comportará espontáneamente según los
imperativos categóricos kantianos, y mantendrá, por ello, una
inteligente y enriquecedora actitud dialogante—llena de preguntas y
respuestas—, y respetuosa del otro, que no lo menosprecia (lo cual
no necesariamente significa la coincidencia de puntos de vista). Todo
lo anterior supone que, en principio, trate a sus interlocutores en un
plan de igualdad o antiautoritario y que sea veraz. ¿Podemos tener un
mejor ejemplo literario de una bella persona que Don Quijote de la
Mancha, el "loco cuerdo" que decidió amar y luchar contra
la injusticia hasta terminar con la edad del hierro, llena de envidia,
de competencias y de represiones de un poder de dominio que pide
sumisión, que odia la diversidad, que exige ceremonias de
reconocimiento, y luchó para que pudiera llegar la amorosa y justa
edad de oro?, ¿por qué es tan atractivo este personaje?,¿acaso
porque es la caracterización más completa de una bella persona? Entonces, me pregunto también si ¿la belleza moral es el punto más
elevado y, como tal, más admirado de la moralidad?.
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