En sus Comentarios
a la Sociedad del Espectáculo, publicados en 1988, Guy Debord
proponía una hipótesis intensamente pesimista, descorazonadora para
las posibilidades del trabajo revolucionario en la crítica del espectáculo.
La de la fusión de los imperios antes rivales de “lo espectacular
difuso” y “lo espectacular concentrado”, fundidos para entonces
(1988) en el dominio único de “lo espectacular integrado”. En
algún lugar, incluso, sugirió que esa fusión constituía la única
novedad verdaderamente importante que se había producido en 20 años,
manteniéndose en todo lo demás la plena vigencia de sus tesis
publicadas en la Sociedad del Espectáculo. Quizás merezca la
pena recordar que en 1992 aún presumía de que cada nueva edición de
La Sociedad del Espectáculo seguía siendo “rigurosamente idéntica”
a la anterior, apostillando, casi con fanfarronería, que él no era
“de los que cambiaban”.
La
cuestión que debe importarnos, en todo caso, no es si los autores o
sus afiliaciones teóricas o ideológicas cambian, sino en qué medida
las transformaciones del mundo contemporáneo reclaman de las
concepciones de la praxis emancipatoria nuevos posicionamientos,
nuevas definiciones estratégicas, nuevas fórmulas de replanteamiento
táctico.
DATOS AUTOR
Perfil/Área trabajo
Profesor
Universidad Castilla La Mancha, especialista en Arte Contemporáneo y
Digital.
Quizás
tendamos a anclarnos demasiado en ópticas y esquemas rígidos,
repitiendo los tics y la retórica aprendida de manera irreflexiva y
automática: en estos años hemos asistido al espectacular hundimiento
de la izquierda parlamentaria y extraparlamentaria que de todo ello se
sigue, titubeando entre el reformismo claudicante y la retórica
radical más huera, incapaz de ofrecer alternativas reales a las
cambiantes condiciones de nuestro mundo actual. Quizás no sea ello el
factor menos decisivo a la hora de provocar que tan a menudo nuestras
mejores intenciones se vengan viendo defraudadas por la pobre realidad
de lo que, mirado con sentido autocrítico, se sigue de nuestra praxis
real, si es que ésta llega a existir.
Y digo
“si es que llega”, porque las más de las veces esa práxis crítica,
emancipatoria, se deja reemplazar casi con complacencia por alguno de
sus simulacros: por el discurso autoexculpatorio encendido, por la
declaración vehemente o demagógica –en la que cada cual se lava
las manos- o incluso por ese otro tipo de acción simulatoria, vacía
de consecuencias efectivas, que no tiene otra función que la
consoladora. Treinta años después de aquel libro esclarecedor como
pocos, sigue siendo tan cierto lo sostenido en su tesis penúltima
–que “la lógica de la falsa conciencia no puede conocerse a sí
misma”- como espectacularmente equívoco lo sostenido en la final:
que la autoemancipación de nuestra época dependa de un definitivo
“emanciparse de las bases materiales de la verdad tergiversada”.
Y si digo
que ello es equívoco no es por la asombrosa desmesura de la “misión
de instaurar la verdad en el mundo” (cito textualmente a Debord). No
solo por eso, en efecto, sino, más allá, porque conceptualizar de
ese modo el entronque necesario de las tareas de la emancipación del
ciudadano y de instauración de la verdad en el mundo señala,
seguramente, un ideal (contradictorio, equívoco en sí mismo)
epocalmente condicionado, el lugar común de un paradigma, de una
manera de concebir el mundo que, para bien o para mal, ya no nos
pertenece: ya puede sernos propia.
Como
quiera que sea, y sean cuales sean las transformaciones que le
reconozcamos a nuestro mundo contemporáneo, la tarea de una
"emancipación de las bases materiales de la verdad
tergiversada" ya no se nos aparece resoluble en la realización
de alguna verdad absoluta alternativa: sino antes bien en la mayor
apertura imaginable a la expresión diferencial y agonística de las
visiones del mundo, en un contexto de confrontación crítica de los
intereses y las hablas particulares. En un contexto de dialogación lo
más abierta posible y nunca en la expresión de algún contenido de
verdad definitivo, de algún imaginario modelo de "verdad no
tergiversada" universalmente válido e históricamente imponible
bajo la bandera de la emancipación realizada, o cuando menos
realizable.
Bajo esa
perspectiva, el propio redentorismo salvífico que se enuncia poseedor
de lo absoluto de alguna verdad no puede dejar de aparecérsenos como
perteneciente al mismo imperio de la falsa conciencia –al dominio
del espectáculo- que supuestamente se pretende criticar, como su
contrafigura efectiva -y a la postre más legitimante.
Lo que
quiero decir, por presentar ahora ya una primera hipótesis e ir
avanzando en la exposición del resto de mis sugerencias, lo que
quiero decir es que acaso de aquel 88 acá lo que se haya hecho
evidente no es ya la integración de las dos formas rivales del espectáculo,
como sugería Debord, sino algo mucho más escalofriante y con mayores
consecuencias para toda la teoría de la praxis crítica y
emancipatoria. A saber: la integración plena en el dominio del
espectáculo de la teatralización de su crítica, la absorción plena
–y desactivadora- del simulacro de la resistencia revolucionaria, de
la acción emancipatoria.
Son muchos
los niveles a los que podríamos analizar este proceso –desde el
cada día más escandaloso proceso de desactivación práctica de la
esfera de lo político en las sociedades actuales, a la propia
institucionalización específica de la cultura de lo alternativo en
las prácticas artísticas y postartísticas contemporáneas- pero me
limitaré a uno en el que quizás ese proceso de “teatralización de
la resistencia” hace singularmente síntoma: el dominio de la
resistencia electrónica, el de aquellas prácticas críticas -o con
pretensión de serlo- que han tomado al escenario de la red internet
como privilegiado “teatro” de su guerra propia, la más contemporánea
de ellas -la cyberguerra.
#
La
fantasía de un potencial específico de “resistencia” frente al
“sistema” reservado al dominio electrónico es interesadamente
alimentada desde todas las industrias del imaginario social, desde los
mass media a la publicidad o el cine. Puede decirse que son bien
pocas, y de bien corto alcance, las actuaciones que efectivamente han
demostrado la efectividad de un activismo de acción directa hacker
políticamente orientada en la red. Sin embargo, esos pocos casos son
extraordinariamente bien conocidos, han recibido una intensa
publicidad mediática. Las acciones que han merecido tanta popularidad
se limitan, en la mayoría de los casos, a minúsculas intervenciones
sobre páginas web pertenecientes a instituciones o grandes
corporaciones multinacionales, alterando su código html para insertar
mensajes políticamente comprometidos. El caso más célebre fue el de
la acción que en la primavera del 98 colocó mensajes antinucleares
en más de 300 webs. Algunas otras acciones directas de más
envergadura (como el desvío de un satélite militar) nunca han sido
confirmadas, y pertenecen más a la leyenda del hacktivismo que a su
efectiva historia probada. Pero, y pese a lo aislado y modesto de las
acciones realmente llevadas a cabo, la fantasía del potencial de
contestación del hacktivismo no conoce límites. Hace pocos días, a
finales de mayo del 99, circuló mundialmente la noticia de que bandas
de adolescentes hackers (conocidos como script-kiddies) habían
“saboteado el servicio del FBI en la red” y días después múltiples
páginas del senado, el ejército y la armada estadounidense. La
noticia publicada en nuestros periódicos comenzaba preguntando: “¿Puede
un grupo de adolescentes poner en ridículo al gobierno más poderoso
del planeta?”. La respuesta era la que podíamos esperar: “en
Internet, sí”.
En
alguno de sus escritos más recientes, el Critical Art Ensemble, quizás
el más prestigioso grupo de intelectuales y artistas que ha avalado a
través de sus publicaciones el concepto de “resistencia electrónica”,
ha denunciado la manipulación interesada de esta fantasía tanto por
parte de los medios de comunicación como por parte de las agencias de
información y los aparatos de estado. La consecuencia inmediata
que se sigue de este tipo de actuaciones cuya única efectividad
radica en el impacto mediático que consiguen –independientemente de
la pequeña molestia que suponen para un webmaster de tener que
limpiar del código añadido las páginas- no es sino el reforzamiento
de los sistemas de seguridad y control. De semejantes actuaciones “ridiculizadoras”,
en efecto, no se obtienen sino mayores presupuestos para los
dispositivos de control social y mayores restricciones en el uso libre
de la red para en conjunto de los ciudadanos.
Más allá
de ello, no parece sino que alimentar ese imaginario de la
vulnerabilidad de los sistemas de control –a manos del individuo
cualquiera, movido además por intereses cualesquiera, rara vez de
orden convencidamente político- beneficia sobre todo a las propias
instancias a las que se pretende debilitar: gracias a ello se disimula
la alucinante desproporción del combate. Parecería, en efecto, que
los adversarios se enfrentan en pie de igualdad (como en las películas
hollywoodienses, los implacables terroristas internacionales son
siempre "casi" capaces de desmantelar los agenciamientos
policiales de estado, están “casi” a su misma altura).
La otra
cyberguerra, la verdadera, esa que acabamos de vivir de cerca en
Yugoslavia, nos ha demostrado bien a las claras que esa apariencia de
proporción en el uso de la información como arma es una falacia
interesada (que incluso ha pasado bien disimulada gracias a la
exhaustiva cobertura mediática prestada por ejemplo a los
“errores” y sus “efectos colaterales"). Jamás en la
historia de la guerra -y esto es preciso reconocerlo con toda
claridad- se había dado una con tanta desproporción entre los
adversarios en cuanto a su respectivo poderío armamentístico.
Decenas de
miles contra casi cero bajas demuestra que el arma de la
información –que a todas luces se ha convertido en la mayor fuerza
generadora de poder, tanto en tiempos de presunta paz como en tiempos
de abierta y declarada guerra- está exhaustivamente concentrada.
Frente a la espeluznante evidencia de ese hecho, es el imaginario del
acceso pirata o ilegal a su posesión el que resulta ridículo, si es
que no cómplice –en la medida en que contribuye a camuflar en parte
lo inaceptablemente terrorífico de ese hecho insoslayable. No hace en
efecto sino contribuir benéficamente a los intereses de los aparatos
de control dándole un perfil todavía humano, casi todavía épico, a
esta espeluznante y posthumana cyberguerra.
Pero ese
perfil humanizado es ciertamente falso. Como recientemente ha
insistido Giorgio Agamben, toda fundación de un orden político de
soberanía se asienta en la preservación del privilegio de declaración
del estado de excepción -que autoriza la suspensión del principio de
inviolabilidad de la vida humana. Bajo ese punto de vista,
asistimos a la emergencia de un orden mundializado en el que la
constitución de un nuevo modo del derecho y la soberanía
transestatal, se intenta fundar justamente –y es significativo el
hecho de que el ataque se haya producido invocando razones
humanitarias, más allá de la soberanía y el reconocimiento del
principio territorial- en la reserva a favor de una instancia armada
del privilegio a declarar la inocuidad de la vida humana, a decidir
sobre eso que Agamben llama la vida nuda, de nuevo suspendida en sus
derechos -esta vez por el hecho de pertenecer a un pueblo caudillado
por un asesino.
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Pero
volvamos a nuestra más modesta cyberguerra, la del activismo político
en la red, la del hacktivismo políticamente comprometido y motivado. De
lo que se trataría –una vez denunciado ese imaginario fraudulento
del hacker de película que pone en ridículo al Pentágono, a la CIA y a la
Casablanca- es de preguntarnos seriamente por las posibilidades
que la utilización de la red ofrece a la acción políticamente
motivada, comprometida. Antes de valorar definitivamente esas
posibilidades, creo necesario ofrecer una tipología de los modos de
esa acción que en los escasos años de historia de la red se han
dado. Seguiré en ello básicamente la tipología que me parece más
completa de las que conozco, la de Stephen Wray.
Wray
propone 5 categorías diferentes, 5 modalidades de “activismo en la
red”. En la última de ellas Wray hace un poquito de futurología,
atreviéndose a anticipar las posibilidades de actuación activista
desde la red frente a la que él describe como “la próxima
guerra”. Como quiera que el análisis de Wray a que me refiero
está publicado el año 98, y toma como modelo de “última guerra”
y primera cyber a la del golfo, la realidad se ha encargado de dejar
muy atrás sus previsiones: como siempre que se hace política-ficción,
la construcción del discurso envejece prematuramente con una
velocidad escalofriante. Así que no incurriré en el mismo error, y
me limitaré a presentaros cuatro principales categorías o
modalidades que, por describir el pasado y la historia en cierta forma
ya asentada, pertenecen más incuestionablemente a las posibilidades
reales de nuestro presente efectivo y su futuro inmediato.
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La
primera de esas 4 modalidades de activismo que podemos catalogar se
identifica con el mero uso instrumental de la red como plataforma u órgano
de difusión de las actividades que se realizan fuera de ella, en el
propio espacio social. Podríamos describir esta forma de
utilización como una mera “informatización” de los movimientos
sociales, siendo su uso similar al que pueden hacer de otro tipo de
instrumentos de propaganda, desde el panfleto impreso a la revista o
el periódico "orgánico". Posée algunas ventajas frente a
esos otros medios (mayor economía de recursos, mayor alcance
potencial de “lectores”) pero también algunas desventajas: su
limitación de alcance a los receptores a priori interesados. Mientras
el cartel o el reparto callejero de propaganda, por ejemplo, permite
acceder al ciudadano cualquiera, desprevenido en su paseo ciudadano,
el reparto electrónico sólo alcanza, en principio, al receptor afín,
ya que el medio de difusión utilizado (originalmente el BBS, Bulletin
Board System, una especie de tablón de anuncios electrónico;
actualmente la lista de receptores de correo) exige el pre-acuerdo tácito
del destinatario, dirigiéndose a un cupo de ciudadanos a priori
definido y cuando menos ya “simpatizante”.
Hace
algunos años se crearon enormes expectativas en torno a este tipo de
sistemas como potenciales gérmenes de formas de “democracia electrónica
directa”. Pasado algún tiempo, el alcance de estos instrumentos,
limitados a su consideración de dispositivos de propaganda o
publicitación de la actividad de los diversos movimientos sociales,
se reconoce en sus limitaciones efectivas –más capacitados quizás
incluso para articular el debate y la comunicación interna de los
propios colectivos que para proyectar un mensaje hacia la exterioridad
del tejido social.
Con todo,
me gustaría distinguir el diverso alcance que al respecto poseen las
listas cerradas de receptores pasivos y los foros de debate abiertos y
públicos, ya no concebidos como meros órganos instrumentales de
propaganda, sino como espacios abiertos a la discusión y participación
colectiva. En mi opinión estos foros constituyen algo distinto y que
merece ser considerado aparte: pequeños experimentos tentativos de
producción de una esfera pública alternativa; formas por tanto
emergentes de un activismo postmedial que fija el horizonte de su
praxis politizada no tanto en el apoyo instrumental a una actividad
dada y ya pre-existente como en la producción directa de acción
comunicativa, de esfera pública. Pero dejo esta cuestión para el
debate, si alguien desea plantearla, y continúo analizando las
restantes modalidades que es lugar común reconocer como
estabilizadas.
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La
segunda de ellas corresponde a la que identificaríamos como “infoguerra”.
En realidad, este tipo de activismo medial que utiliza la red como
instrumento específico de guerrilla propaganda surge como una extensión
de la primera modalidad, siendo en la práctica un desarrollo de ella.
Aunque no encontráramos otros casos, tendríamos que inventar la
categoría para dar cuenta de uno de los casos de activismo en la red
más importantes que se han dado en estos años: el de la llamada
infoguerra zapatista.
Invirtiendo
los esquemas denunciados alarmistamente por la Rand Corporation en sus
informes al servicio de las agencias militares estadounidenses, para
alertar sobre la gravedad de las posibilidades de utilización de la
red por parte de los grupos subversivos y terroristas internacionales,
la infoguerra zapatista se desarrolló inicicalmente sobre todo como
guerra de información, como “guerra de palabras”. Aplicando el clásico
esquema de la propaganda agit-prop, la infoguerra se constituyó de
hecho en la principal arma de lucha zapatista desde la firma del alto
el fuego a principios del 94. Una infoguerra desarrollada como guerra
de palabras –sin excluir en todo caso la acción militar puntual de
la guerrilla- que se ha mantenido desde entonces como principal foco
abierto mediante el que el zapatismo insurgente ha asegurado su
supervivencia en estos años.
Ya
difundiendo los mensajes del Subcomandante Marcos u otros líderes
zapatistas, ya denunciando las actuaciones asesinas del gobierno
mexicano –como la matanza de Acteal en Chiapas a finales de 1997-,
la infoguerra ha encontrado en la red internet el mejor medio para
extender su lucha propagandística. Aun cuando no ha dejado de
utilizar otros medios de información más tradicionales en el agit-prop,
como el periódico La Jornada, es evidente que la capacidad de
incidencia que ha encontrado la infoguerra zapatista en internet
–desarrollada mediante listas de correos, grupos de noticias, listas
de debate y websites- ha sido incuestionablemente muy superior. Sobre
todo por su capacidad de extender las redes de resistencia y
solidaridad con el zapatismo a nivel mundial.
Nos
encontramos en esta segunda modalidad con un grado de intensidad en la
acción de apoyo a un movimiento social cualitativamente distinta,
hasta el punto de que esa acción informativa es en sí misma
concebida como principal arma de guerra de un colectivo en lucha
abierta. En todo caso, y si nos atenemos al tipo de actuaciones hasta
aquí descritas –listas de correo, grupos de noticias, websites- nos
movemos todavía en el terreno de la acción comunicativa, en la
utilización de internet como canal de comunicación, pero todavía no
como ámbito de acción efectiva, directa. Las siguientes dos
modalidades cruzan ya, sin tapujos, esa frontera.
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La primera de
ellas es la que en sentido estricto podríamos describir como
“resistencia electrónica” o “desobediencia civil electrónica”,
para emplear los términos acuñados por el colectivo Critical Art
Ensemble, y concebida bajo la prefiguración de la tradición clásica
de la desobediencia civil pacifista y la acción directa.
En dos
libros publicados en 1994 y 96, “La resistencia electrónica” y
“La desobediencia civil electrónica y otras ideas impopulares”,
el colectivo analizaba las tácticas de resistencia callejera y
alteración de la infraestructura urbana de los grupos de acción
directa, e intentaba teorizar las posibilidades de aplicar esas tácticas
a la infraestructura de internet. Como tal, las ideas de “resitencia
electrónica” y “desobediencia civil electrónica” no pasaban de
ser especulaciones teóricas y abstractas, pero evidentemente
formulaban hipótesis aplicables a una acción directa.
En
opiniones que el colectivo ha expresado a posteriori, esas
aplicaciones efectivas deberían, para resultar realmente eficaces,
ser de carácter clandestino y radical; en una primera lectura de
aquellos textos, sin embargo, se ponderaba positivamente el potencial
simbólico que en sí mismo podía poseer la acción simulada, a tenor
de su repercusión medial. Diríamos que de la ambigüedad de esa
doble lectura han surgido las dos formas actualmente principales de
“resistencia civil electrónica” que podemos diferenciar, llegándose
ambas a manifestarse divergentes entre sí, hasta el punto de que los
propios miembros del Critical Art Ensemble han criticado abiertamente
el desarrollo de la primera de ellas.
Podemos,
para diferenciarlas, hablar de “resistencia electrónica simulatoria”
frente a la “acción directa electrónica”.
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El
caso más conocido de la primera está representado por las acciones
del colectivo autodesignado como “Teatro de la resistencia Electrónica”,
fundado por Carmin Karasic y Brett Stalbaum y apoyado por otros
miembros bien conocidos como Ricardo Domínguez. Su más conocida acción
fue presentada en el festival Ars Electronica del 98, dedicado
justamente al tema de la infoguerra. El proyecto, titulado SWARM,
desarrollaba un dispositivo de acción directa simbólica que permitía
el ejercicio colectivo de acciones de protesta mediante el llamamiento
al bloqueo de determinados websites (en acciones que fueron
catalogadas como “sentadas virtuales”). Para conseguir éstas,
desarrollaron un software específico (un applet de java) llamado
Floodnet, que facilitaba el reload constante de la página elegida. Si
un número suficiente de usuarios respondía al llamamiento a la
sentada virtual, el website objeto del ataque quedaba bloqueado,
impidiendo el acceso a él de otros usuarios.
El
primer llamamiento, realizado en el curso del propio festival, intentó
bloquear en un acto simbólico y simultáneamente los websites de la
presidencia del gobierno mexicano, la bolsa de Frankfurt y el Pentágono.
El floodnet muy pronto, sin embargo, quedó inutilizado, y el
intento de bloqueo resultó un fracaso. Sin embargo, más de 20000
personas participaron en el intento y la acción obtuvo una enorme
repercusión medial, llegando incluso a ser reflejada en la primera página
del NYTimes el 31 de Octubre de 1998. No es de extrañar que ese
enorme éxito, obtenido por la eficacia “simbólica” constituida
por el poder de amenaza del Floodnet superara con mucho en la evaluación
el fracaso real, técnico, del intento. A ese primer llamamiento
siguieron varios otros en apoyo de la lucha zapatista y contra los
websites del gobierno mexicano, y finalmente en enero del 99 el
software fue puesto a libre disposición pública, habiendo sido
constantes los llamamientos públicos a realizar sentadas virtuales
utilizando el mecanismo. El éxito de todos ellos ha sido siempre
desigual en cuanto a la eficacia técnica (en todo caso momentánea, y
por tanto simbólica) y su repercusión mediática ha ido, lógicamente,
descendiendo, una vez perdido ya su valor de novedad.
#
En
cuanto al colectivo del Critical Art Ensemble, que originalmente acuñara
la idea de la resistencia civil electrónica, muy pronto se desmarcó
de esa estrategia, alegando literalmente que, bajo su punto de vista,
“la estrategia indirecta, la de la manipulación de los media a través
de un espectáculo de desobediencia orientado a conseguir el respaldo
de la opinión pública, es una estrategia destinada al fracaso”. En
otro lugar, y refiriéndose más explícitamente a la reacción de
“miedo” provocado por la efectiva amenaza simulatoria del sabotaje
electrónico, y su previa afirmación de que las agencias de seguridad
quedarían atrapadas en la “hiperrealidad de las ficciones
criminales y la catástrofe virtual” (cito literalmente), el CAE
puntualiza:
“Este es
un comentario que el CAE desearía no haber hecho nunca, ya que
algunos activistas han empezado a tomárselo en serio y están
intentando actuar de acuerdo con él, principalmente utilizando la red
para producir amenanzas de activismo hiperreales con el fin de azuzar
el fuego de la paranoia de los estados corporación. Una vez más
–sigo citando literalmente al CAE- se trata de una batalla mediática
destinada a ser perdida”.
Sobre el
papel, la alternativa propuesta por el CAE –la acción directa,
radical y clandestina- está clara. Lo que no está tan claro es,
obviamente, de qué hablamos cuando hablamos de ello –entre otras
cosas porque si pudiéramos hacerlo abiertamente es que ese valor de
clandestinidad habría sido traicionado (o nosotros en este momento lo
estaríamos haciendo).
Sea como
sea, me permito hacer dos valoraciones al respecto. Primera, que si no
hablamos de acciones cuya eficacia dependa de su incidencia en los
media, y a través de ellos de su incidencia en la formación de la
opinión pública, no nos queda otra opción que pensar en acciones de
carácter táctico cuya eficacia real dependerá exclusivamente de su
capacidad de sabotaje concreto de las dinámicas de funcionamiento
reales de las “corporaciones-estado” –capacidad que
inevitablemente reposará en la de “organizarse” antisimétricamente
a las propias agencias de información, seguridad y control. Cito a
los propios CAE: "Para lograr una utilización eficaz de estas tácticas
deben desarrollarse métodos y medios de investigación, obtención de
información y reclutamiento de informadores. (El CAE está dispuesto
a apostar que el próximo escrito revolucionario sobre resistencia
tratará de este problema, el de la generación de inteligencia
amateur). Hasta que esto ocurra, la acción subjetiva-subversiva será
poco eficaz. De momento, quienes no cuenten con una estrategia
encubierta plenamente desarrollada sólo pueden actuar tácticamente
contra los principios estratégicos de una institución, no contra
situaciones y relaciones específicas. Evidentemente, una respuesta táctica
a una iniciativa estratégica no tiene sentido. Resulta muy probable
que una acción de este tipo no tenga los resultados deseados y sólo
alerte a la agencia víctima de la acción para prepararse contra
posibles presiones externas".
#
La
segunda valoración que querría hacer se refiere a cómo la práctica
totalidad de las acciones que conocemos –y vuelvo a destacar la
obviedad de que si conociéramos las otras es que no se habrían
atenido a la condición de clandestinidad e inmediatez requeridas- se
sitúan al margen de esta estrategia directa propuesta por el CAE,
inclinándose más bien del lado de la simulación y buscando su
eficacia política en la formación de opinión pública mediante la vía
de su repercusión medial. Me gustaría citar, para cerrar este
apartado, tres casos que me parecen de especial interés.
De un lado,
la figura de Luther Blissett, como figura de autoría clandestina y
compartida por un sin-número de intelectuales críticos que han
elegido la vía de una identidad múltiple y simulada para participar
en la discusión colectiva contemporánea en la red, como alternativa
al espectáculo mismo de la autoría intelectual.
De otro,
los trabajos de RTMark, art-mark, que también oscila entre esa acción
puramente simulatoria y la acción directa y el sabotaje –como en el
célebre caso de las barbies con el mensaje alterado. El ejemplo de su
trabajo que ahora os muestro es su “pagina simulada” de la campaña
presidencial de George Bush –una página orientada a desenmascarar
los perfiles más duros de la ideología reaccionaria del personaje.
Este otro trabajo, en curso de traducción en la página del área táctica,
contiene un abanico de posibles líneas de intervención directa, como
una especie de manual de uso, o de instrucciones, al alcance de quien
quiera ponerlas en práctica.
Por último,
un trabajo de “simulación”-apropiación que dirige su activismo
directamente contra las prácticas artísticas emergentes en el
terreno del net.art, denunciando su actual evolución hacia la
restauración de todas las convenciones artísticas tradicionales: la
autoría, la objetivación-objetualización de la obra y a partir de
ella su inmediata mercantilización. Me refiero al trabajo de sabotaje
de 0100101010100.org y su “replicado” ilegal primero de la web de
hell.com, y actualmente su mirrorización anticopy del site de
teleportacia.org, cuando ella se constituyó en la primera galería
comercial virtual de net.art. Puesto que estoy seguro de que este tema
suscitará opiniones diversas y encontradas, dejo el mostrarlo y
explicarlo con más detalle, si os parece, para el debate.
#
La
última de las modalidades de activismo en la red, de la que
obviamente estas acciones –y esas directas propuestas por el CAE- ya
se encuentran muy cerca son las del que llamaríamos “activismo
hacker politizado” –o hacktivismo. Me atrevería a sugerir que
en cierto sentido siguen el principio de la acción táctica,
desarrollando pequeñas células interconectadas y nómadas desde las
que intervenir, golpear y desaparecer, aplicando el principio del TAZ,
de la Zona Temporalmente Autónoma. “El TAZ –cito a Hakim
Bey- es como una revuelta que no se engancha con el Estado, una
operación guerrillera que libera un área -de tierra, de tiempo, de
imaginación- y entonces se autodisuelve para reconstruirse en
cualquier otro lugar o tiempo”. En cierta forma, ese mismo es el
principio que guía la acción clandestina hacker, el llamado
hacktivismo.
Quizás
podríamos todavía distinguir aquí entre dos tipos de actuaciones
hacker. En primer lugar, aquéllas cuya finalidad es meramente
negativa, destructiva: bloquear o sabotear los flujos de información
de las corporaciones-estado (principal tipo de las actividades a las
que estas páginas que os muestro, del Caos Computer Club y del
grupo “The Cult of the Dead Cow” están dedicadas).
En segundo,
aquellas otras orientadas en cambio a liberalizar al máximo el acceso
a esos flujos de información. En este punto –del que no puedo
evitar declararme más simpatizante- el hacktivismo se acerca más a
una práctica de acción directa a favor de reivindicaciones de carácter
más afirmativo: tales como la del código abierto, la ampliación del
ancho de banda de navegación, la del derecho a la privacidad y la
encriptación, la utilización del freeware desarrollado
colectivamente y sin licencia , o la independencia en la
utilización de servidores propios –un tema candente ahora que la
fraudulenta gratuidad del acceso amenaza con homogeneizar la navegación
en un mundo de portales hegemónicos controlados por los grandes
grupos de comunicación e información. Creo que éstas son cuestiones
reales que están ahora mismo en juego en cuanto a la evolución de la
red internet y que de ellas van a depender en buena medida las
posibilidades de su utilización independiente y activista. Acaso
tratar sobre ellas de manera concreta pueda resultar más positivo que
seguir dejándose embaucar por la fantasía romántica del
pirata-bohemio reconvertido ahora en imaginario activista electrónico.
#
Sea
como sea, no es mi intención valorar ahora las ventajas e
inconvenientes de cada una de estas modalidades de activismo en la
red, o tomar partido por alguna de ellas en contra de las otras. Antes
bien, pienso que nada es mejor que su combinatoria, que nada resulta
tan eficaz como la constelación de actitudes diversas y divergentes,
emprendidas cada una de ellas autónomamente y sin pretender
aglomerarlas en una estrategia unitaria y global. En cierto
sentido, pienso que el modelo del enjambre molar (el modelo de SWARM,
propuesto por el Teatro de la Resistencia Electrónica) es seguramente
el más efectivo, en realidad no demasiado distante de ese modelo de
pequeñas células activistas interconectadas que también defiende el
CAE, el Critical Art Ensemble -aunque éste último se acerque más
quizás a una especie de contraejército organizado en términos de
guerrilla quasi-militarizada.
Me
parece que, por desgracia, es demasiado frecuente que el debate sobre
el qué hacer se extravíe recurrentemente en la polémica intestina y
estéril contra quien adopta o elige adoptar una modalidad de la acción
distinta a la que nosotros reivindicamos. Me parece que esa
actitud, a veces intolerante, bebe de una herencia de ortodoxias y fés
dogmáticas en “la” verdadera y única solución –que quizás
convendría dejar un poco a un lado. Acaso en efecto ninguna solución
pueda funcionar mejor que la constelación estratégica de las
distintas prácticas y formas de activismo, ese encuentro ocasional y
provisorio por el que posiciones muy dispares se reenvían, sinérgicamente,
refuerzo mutuo, en un archipiélago diseminado de formas diversificadas
de experimentación, acción e intervención, cada una de ellas
micropolíticamente orientadas pero interconectadas en su autonomía
operativa.
#
A
172 días hoy[1] de
estrenar el año 2000, m hacia delante, y apenas a 115 hacia atrás del
estallido de la sobrecogedora "neoguerra" yugoslava, vivimos
tiempos de horror, de incertidumbre, euforia y desconcierto mezclados
a partes iguales. Resulta indudable que las estructuras de la acción
política -no menos la militar, o la económica- está sufriendo
transformaciones profundas, que más que nunca piden nuestra implicación,
nuestro compromiso. Carecemos de recetas definitivas, en un mapa de
nuestro tiempo que justamente está por construir, y acaso la única
apuesta que podamos hacer con claridad es la de nuestra disposición
activa a implicarnos. Sin esperar que pueda servir como panacea,
quienes ya participamos activamente en la producción de esfera pública
utilizando las posibilidades ofrecidas por la red sabemos que
disponemos de un instrumento cuyos potenciales permanecen indecididos,
dependiendo de la voluntad que regule su utilización, que en sí
misma no asegura redención promisoria alguna -como algunas veces
hemos querido creer-, pero tampoco nuestra condenación definitiva a
manos del capital, las instituciones o el espectáculo -como algunos
otros querrían que creyéramos.
Lo que
está en juego es mucho, sin duda, y nuestra apuesta –en medio de
todo ello- está clara: tomar siempre partido por la radicalización
de las formas democráticas, por el fortalecimiento de los mecanismos
de que aumenten las posibilidades de participación ciudadana en la
conducción colectiva de los asuntos comunes. Nuestro empeño en
“producir esfera pública” alternativa no puede tener otro
objetivo que ése: favorecer el fortalecimiento de aquellos
instrumentos que permiten -cuanto más posible- la expresión plural
de los intereses y las visiones del mundo, facilitando su contraste y
logrando a la vez que operen como mecanismos eficientes de regulación
de la acción pública. "La esfera pública -cito a Alexander
Kluge- es el lugar donde los conflictos pueden ser resueltos por otro
camino que la guerra".
Pero no se
trata sólo, entonces, de producir "esfera pública", sino,
y sobre todo, de producirla como políticamente activa, efectiva. Sólo
ello nos permitirá invertir el proceso de desactivación de lo político
en curso en las sociedades actuales a manos de lo mediático, de la lógica
del espectáculo integrado. Sólo permitirá de hecho que nuestra acción
sirva para algo más que la autocomplacencia -o el refuerzo a la falsa
conciencia colectiva de nuestra difusa clase de intelectuales fin de
milenio. Sólo ello permitirá que, en última instancia, el
“Teatro de la Resistencia Electrónica” nombre algo más que una
topología vacía del simulacro, un lugar absorbido a la propia lógica
del espectáculo integrado, para señalar un auténtico escenario
desde el que abordar, reescribir y reforzar la continuidad de una
lucha irrenunciable por el aumento de los grados de emancipación y
justicia en las relaciones entre los hombres.