Su orígenes los encontramos en el Renacimiento y en particular en la
ciudad de Florencia.La pretensión de resucitar el
ya olvidado arte dramático de la antigua Grecia, junto a la insuficiencia
del arte escolástico,
ingenuo musicalmente que apenas tenía nada que ver con el
sentido de los textos, junto a los experimentos de
drama y música del siglo XVI por parte de músicos y poetas como respuesta
a esta insuficiencia escolástica, que buscaban un lenguaje musical capaz
de expresar de forma adecuada y conmovedora los textos, fueron las raíces
de la ópera.
Pese a que rápidamente se difundió por todas partes, la primera ópera arrastró una existencia precaria durante los primeros treinta
años de su vida. Por entonces, la ópera sólo era considerada un género
o medio de hacer literaratura. La música apenas era un elemento
incidental añadido.
En 1581, Vincenzo
Galilei,
el compositor y teórico, padre del astrónomo Galileo Galilei, publicó por
primera vez algunos de los escasos fragmentos conservados de la
música griega antigua. Tres himnos de Mesomedes en la notación
antigua, que utilizó para fundamentar su aversión hacia lo que
él veía como pedantería polifónica.
Los estudios sobre el drama y la música
en el mundo antiguo se desarrollaron particularmente en el círculo
de artistas y profesores ("camerata florentina"),
reunida en torno al conde florentino Giovanni Bardi, en las décadas
de 1570 y 1580. Vincenzo Galilei y el cantante y compositor Giovanni
Caccini pertenecían a este círculo. Poco más tarde,
en la década de 1590, empezó a reunirse otro grupo en el
palacio del acaudalado comerciante conde Jacopo Corsi. Además
de tomar ideas estéticas de la antigüedad, los artistas de
este círculo, entre los que se contaban el poeta Otavio
Rinuccini y el compositor Jacopo Peri, hallaron
inspiración en el drama pastoril, especialmente en
Il pastor Fido ("El pastor fiel"), de Giovanni
Battista Guarini, que, en lo que se refiere a la
estructura del argumento, al contenido y a la técnica poética,
ejerció una influencia duradera en la ópera. Es importante
observar que, pese al gran interés mostrado por los
intelectuales italianos hacia el drama y la música antigua, las
primeras óperas fueron pastoriles, no tragedias.
El primer fruto de la relación
Corsi-Rinuccini-Peri fue la representación de Dafne,
considerada generalmente como la primera ópera. El libreto de
Rinuccini deriva del mito griego de la naturaleza que habla de
la bella ninfa Dafne, tal como lo relata Ovidio en las Metamorfosis.
El dios del sol Apolo persigue a Dafne y la convierte en árbol.
El mundo mágico e idílico de los dioses y los semidioses
conjurado por Ovidio siguió atrayendo a libretistas y
compositores durante la temprana historia de la ópera. La música
de dafne, gran parte de la cual se ha perdido, la compuso Jacopo
Peri, con unos pocos añadidos del conde Corsi. Los fragmentos
supervivientes permiten hacerse una idea de cómo debía sonar,
con su stile espressivo y su stile rappresentativo declamatorio.
Esto mismo puede verse en otra colaboración Rinuccini-Peri, un drama
per musica titulado Euridice,
representado el año 1600 para celebrar el casamiento de Enrique
IV de Francia y Maria de Medici. La asociación de la ópera con
festividades y manifestaciones de poder y grandeza se perpetuó
en los teatros de los príncipes menores y en los teatros de ópera
subvencionados. Originalmente, la función festiva se derivó de
los intermedi, los interludios grandiosos y escénicamente
espectaculares insertados en los entreactos de las comedias que
se representaban para celebrar los acontecimientos domésticos
importantes - coronaciones, nacimientos, bodas - en las vidas de
los príncipes italianos del siglo XVI.
Eurídice
es la primera de
las muchas óperas basadas en el mito de Orfeo, el cantor y tañedor
de lira tracio. Eurídice, la esposa de Orfeo, muere a causa de
la mordedura de una serpiente, por lo que Orfeo desciende al
Hades para rogar por la vida de Eurídice. Allí, su canto
expresivo mueve a compasión a los seres demoníacos y se le
permite regresar al mundo con Eurídice. Encontramos a Orfeo una
y otra vez a lo largo del tiempo en la historia de la ópera,
incluyendo ejemplos cruciales como los de Monteverdi y Gluck. Se
podría decir de ella que es el prototipo de ópera. No es una
coincidencia que Apolo, dios del sol y de la música, y Orfeo
aparezcan como personajes en las primeras óperas, un tema
frecuente acerca del poder de la propia música.
Monteverdi fue el primer genio incontestable de la
historia de la ópera. Sin un conocimiento de la lengua
italiana, las óperas de Peri y Caccini (que compuso la música
para la Eurídice de Rinuccini al objeto de rivalizar con
la de Peri) presentan obstáculos insuperables al oyente
contemporáneo. No es este el caso de Monteverdi, como muestran
las recientes representaciones con gran éxito de sus tres óperas
supervivientes. Los modernos oyentes, ya sean expertos o
profanos, quedan cautivados por el modo en que Monteverdi era
capaz de insuflar vida expresiva en sus personajes, son
arrastrados por el ímpetu dramático de sus obras y encantados
por la riqueza y la plenitud tonal de la música.
Monteverdi nació en 1567, tres años después que
Shackespeare, hijo de un médico de Cremona, la ciudad de los
constructores de violines. Empezó a componer madrigales a una
edad muy temprana y se fue a la corte de los Gonzaga en Mantua,
donde llegó a ser maestro di capella en 1601; no era un
simple y vulgar tejedor de notas sino un intelectual, insólitamente
bien educado, sensible, coherente, dueño de sí mismo y versátil.
Vio enseguida las limitaciones y las posibilidades de la nueva
forma teatral. Su respuesta fue llevar a la escena, el 24 de
febrero de 1607, en Mantua, L'Orfeo,
favola in musica, la primera ópera en alcanzar un
lugar permanente en el repertorio. El texto lo había escrito
Antonio Striggio, un funcionario de la corte. Diez años después
de que el dramma per musica hubiera venido al mundo, esta
obra constituida en hito incide aún en el mito de Orfeo y tiene
una gran deuda con el tratamiento que dio Peri a la misma
historia. La acción es presentada por las alegóricas figuras
bien conocidas de las obras y representaciones renacentistas.
Orfeo y Eurídice, recien casados, aparecen en un entorno idílico
con ninfas y pastores. Tras la muerte de Eurídice,
conmovedoramente descrita por el mensajero, Orfeo se aventura en
el mundo inferior al objeto de rescatar a su amada. A causa de
su amor infringe la orden de no volver su rostro y mirar a Eurídice
en el camino de retorno. Su esposa es condenada al Hades de
nuevo. Las óperas primitivas tendían a sustituir los finales
trágicos por finales felices y Orfeo
no es una excepción: Apolo aparece como un deux ex
machina y conduce a Orfeo al Paraíso, donde se reunirá para
siempre con Eurídice. Los pastores celebran la apoteosis de
Orfeo con una danza. Habían nacido las reglas perdurables de
una estructura dramática: el lieto fine (final feliz)
como requissito operístico; la alternancia de escenarios en
fuerte contraste (idilio, mundo inferior, paraiso), que se
convertirá en un rasgo esencial de la ópera barroca francesa;
la combinación de recitativos y números independientes, coros,
danzas, números ariosos, ritornellos y danzas, canciones para
varias voces. La orquesta adquiere una mayor significación,
caracterizando las escenas dramáticas y los acontecimientos con
su colorido y utilizando los instrumentos para efectos simbólicos.
En veintiséis pasajes instrumentales independientes su efecto es
relevante en la medida en que apoya e interpreta la acción. En
la orquesta de Monteverdi había unos cuarenta ejecutantes. La
partitura no consigna todos los particulares; marca la tónica
general sin entrar en detalles. Por la época del Orfeo Monteverdi
estableció los principios de su nuevo estilo - seconda
prattica como opuesta a la tradicional prima prattica - Y
afirmó que "el compositor moderno actúa sobre la base de
ser fiel a la realidad".
La siguiente ópera de Monteverdi se basó en la leyenda
griega de Ariadna. Sólo sobrevive un fragmento, el famoso y
seminalLamento d'Arianna
(1608), una efusión enormemente expresiva cantada por Ariadna
tras ser abandonada por Teseo, su amante, en la isla de Naxos.
Cuando la cantante que interpretaba el papel de Ariadna cayó
enferma antes del estreno, Monteverdi introdujo una actriz:
estaba más interesado por la expresión verbal que por el canto
bello. Monteverdi ensayó Arianna durante cinco meses,
iniciando así el hábito de la larga y completa preparación
para lograr representaciones modélicas. La corte de mantua
celebraba también fiestas en las que figuraban de manera
preeminente óperas y ballets de Monteverdi.
Durante esta época la vida de
Monteverdi se ensombreció; su esposa murió; hubo dificultades
en Mantua; hubo un brote de peste; en 1618 empezó la guerra de
los Treinta Años; la ciudad de los Gonzaga fue saqueada en 1630
y ardieron muchas obras inéditas de Monteverdi. Monteverdi se
trasladó de Mantua, donde las relaciones con el duque reinante
se hicieron tensas, a Venecia, que pronto se convertiría en un
baluarte de la ópera. Allí, en 1613, fue designado director de
música de la Basílica de San Marcos, uno de los puestos
musicales más importantes de Italia. En Venecia fue donde
tuvieron lugar las primeras representaciones de las últimas óperas
de Monteverdi. El héroe de Il ritorno
d'Ulisse in patria(1641) es Ulises, también
llamado Odiseo, quien tras vagar largamente durante su viaje de
retorno al hogar de la guerra de Troya llega a Itaca y derrota a
los pretendientes de su esposa Penélope. L'incoronazione
di Popea (1642) es una de las primeras óperas históricas;
llena de introspección psicológica e ironía, es la historia
de una cortesana que se casa con el emperador romano Nerón.
Tras el mito griego y la leyenda homérica la historia universal
se apodera de la escena operística. Alborea el realismo, aunque
sea con vestidura clásica. Aparecen ya personajes cómicos;
esas figuras periféricas son retratadas con viveza y vigor,
anticipando la opera buffa. Monteverdi murió a una
avanzada edad en Venecia en 1643.
Entretanto, la condición social
de la ópera estaba cambiando, convirtiéndose en un espectáculo
musical dramático para el público en general. Hasta entonces
había estado reservada a la corte, era un asunto esotérico de
las clases nobles. Ahora, en marzo de 1637, el músico y
administrador Benedetto Ferrari abría el
teatro San Cassiano en Venecia, un teatro de ópera abierto a
todo el que adquiriese una entrada. Todo el mundo concurrió a
la maravilla de la ópera, el portento que había estado
reservado a las clases dominantes. Tan sólo dos años más
tarde Ferrari estaba en condiciones de abrir otros dos teatros
de ópera. Pronto hubo dieciocho en Venecia; recibían el nombre
de las parroquias en que se hallaban situados. La ópera se había
convertido en un pasatiempo popular.
En Roma hubo algunas quejas acerca de los "aburridos
recitativos" y el énfasis literario dominante. La nueva
forma artística se enriqueció con música en forma de arias y
coros y particularmente con elementos tomados del teatro
renacentista, presentando escenas religiosas y seculares,
espectáculos varios, desfiles carnavalescos y procesiones
triunfantes (trionfi), espectáculos alegóricos o bíblicos,
interludios cómicos y commedia dell'arte. El ansia de
novedades de los italianos se hizo extensiva a la ópera; los
excesos barrocos de escenografía y tramoya estaban ya cercanos.
Las costumbres piadosas fueron secularizadas; los rituales litúrgicos
quedaron reflejados en las numerosas escenas con templos y
sacerdotes, las procesiones religiosas en desfiles, coros
masivos y cabalgatas. La ópera conformó su ser en un país católico,
donde la liturgia se impregna de teatralidad, el ceremonial se
confunde con la escenografía. La difusión más rápida tuvo
lugar en los vecinos países católicos de Francia y Austria. La
ópera llegó a las áreas de habla alemana a través de Viena,
Salzburgo y Praga. El norte protestante manifestó sus reservas.
Sólo los grandes puertos y los centros comerciales, donde
soplaba un viento de libertad, le abrieron sus puertas a la
nueva diversión. Por otra parte, la Guerra de los Treinta Años
había devastado y empobrecido grandes zonas de Europa. No fue
sino hasta 1678 cuando se abrió el primer teatro de ópera en
suelo alemán; fue el Theater am Gänsemarkt (Teatro del Mercado
de los Gansos) en la ciudad libre hanseática de Hamburgo, una
empresa privada sin subvención. Los teatros de ópera, ya
estuvieran en manos cortesanas o privadas, pronto hicieron el
descubrimiento fundamental de que la ópera es un
entretenimiento caro que siempre anda balanceándose en la
cuerda floja de la bancarrota. Los muchos teatros que competían
en Italia equilibraban sus balances combinando sus actividades
operísticas con mesas de juego, restaurantes y otros servicios.
Un ejemplo reciente de esto en nuestros días es en Montecarlo,
donde casino y teatro florecen bajo el mismo techo.
La
ópera barroca fue un espectáculo diseñado para atraer tanto
a la vista como al oído. Se difundió por toda Europa pero su
trayectoria triunfal fue seguida por dos siglos de abandono,
tiempo durante el cual fue denigrada por pasada de moda sin la
menor esperanza, falta de dramatismo, pomposa y vacía. El
auge de la musicología a fines del siglo XIX trajo consigo la
exhumación de una obra tras otra y pasado el recodo del siglo
la escuela neobarroca, en reacción contra el drama musical wagneriano, sacó provecho de ello. El nombre de Monteverdi
resonó una vez más después de muchos años; tras la primera
gran guerra, las obras de Haendel volvieron a la escena por
vez primera en Göttingen. Había mucho que resucitar,
aparentemente como vía de escape de la emotividad del
romanticismo tardío, pero un exponente del decorativo estilo
vocal barroco, en verdad la estrella de la ópera barroca, había
desaparecido sin remedio: el castrato, el varón
mutilado que fue la creación extravagante y víctima del bel
canto.
Poco antes de que se desencadenara la epidemia operística,
la ópera cómica, que ya en fecha tan temprana como 1639 había
recibido el nombre de "commedia", fue
"inventada" en Roma. La gente común plantó en el
escenario musical, junto con figuras tomadas de la commedia
dell'arte, la música de Mazzochi y Marazzoli con texto
del cardenal Giulio Rospigliosi, el futuro papa Clemente IX.
La ópera se titulaba Chi soffre
speri. Era de estilo realista, pues la realidad es
la piedra de toque de la comedia. Se imponía la
verosimilitud, que conducía al tratamiento psicológico de
los personajes, que dejaban de ser rígidas figuras
estereotipadas. La opera buffa aportó al teatro
musical una mirada instrospectiva en la naturaleza humana, con
sus debilidades, frustraciones y conflictos.
La ópera barroca se organizaba de acuerdo con un esquema.
La opera seria (el ancestro de la "grand opéra"
del siglo XIX) derivaba sus elementos de la historia y la
leyenda clásicas; prácticamente a todos los héroes mitológicos
les alcanzó un libreto de versos pomposos y luego la música.
Había escenas corales pero pocas de conjunto. Los recitativos
y las arias determinaban el curso de la ópera. La acción en
si misma era desarrollada por un predominante recitativo
"secco" -así llamado porque sólo era acompañado
por el clave y los instrumentos bajos- en tanto que las más
emotivas arias expresaban los sentimientos de los personajes
individuales, normalmente en una forma "da capo" (ABA).
En su riqueza de coloratura, en su capacidad para conmover y
su belleza, estas arias tenían un brillo artificial y una
tendencia intrínseca hacia el manierismo. La armonía estaba
concebida mucho más verticalmente que en la era polifónica
del Renacimiento. La partitura consistía fundamentalmente en
la parte vocal y en la línea del bajo; de los clavecinistas y
de los tañadores de instrumentos pulsados se esperaba que
improvisaran armonías partiendo de las indicaciones escritas
sobre la línea del bajo; de aquí el bajo continuo. La
orquesta, casi invariablemente, constaba de una sección de
cuerda que en ocasiones se vería reforzada por un fagot; más
tarde se añadieron oboes, flautas y trompas; también podían
utilizarse instrumentos de metal. La ejecución era dirigida
desde el clave, a menudo por el propio compositor.
La primera ópera en alemán fue representada en 1627 en el
castillo de Hartenfels, cerca de Torgau; fueDaphne,
con versos del poeta lírico Martin Opitz y música de Heinrich
Schütz, el más destacado compositor barroco alemán
anterior a Bach y Haendel. El libreto se ha conservado pero la
partitura se ha perdido, como las de las demás óperas de
Schütz.
Casi todas las óperas de la época se representaron ligadas a
celebraciones cortesanas, en particular bodas principescas. El
decorado, la tramoya y los efectos escénicos se desplegaban
buscando el mayor efectismo. Los emperadores y los reyes, por
no mencionar a los príncipes, eran reflejados en la panoplia
de la ópera, sus virtudes eran exaltadas y se mostraba su
magnificencia. Fue sobre todo con el rey francés Luis XIV, el
"rey sol", cuando la ópera se convirtió en el
escaparate teatral del gobernante absoluto. En 1671 se fundó
la Academie Royale de Musique, principal impulsora de
la grand opéra francesa. En Versalles la grandeur del
rey llegó a su cúspide. Se introdujo el ballet, en buena
medida porque el propio rey era un entusiasta bailarín. La
danza siguió siendo un rasgo característico de la ópera
francesa, al principio como expresión del orden jerárquico
del estado pero más tarde porque se convirtió en el espectáculo
favorito. La ópera francesa recibió su forma y su
consistencia de Jean Baptiste Lully
(1632-1687), natural de Florencia. Aunó sus esfuerzos con
Molière en la aspiración a combinar la comedia, la música y
la danza. La más importante comedia-ballet realizada junto
con Molière fue Le bourgeois
gentilhomme (1670), que se ha hecho famosa por el
tratamiento que Richard Strauss dio al mismo argumento. La
tragedia-ballet de Lully dio origen a la tragedia lírica,
una forma característica en la historia operística francesa,
vehículo de expresión del sentimiento lírico en un estilo
invariablemente elevado, ya fuese con recitativos o con música
detalladamente compuesta; contrasta con la ópera cómica, en
la que el diálogo se interpola entre los números musicales y
se tratan temas realistas, pese a que la acción no es
necesariamente cómica.
Las formas estilísticas de Lully fueron la base para la música
escénica del compositor y teórico Jean-Philippe
Rameau (1683-1767); sus argumentos los tomó de la
antigüedad heroica, alternando montajes escénicos de
marcados contrastes. El ballet era la pieza clave del espectáculo
e hicieron su aparición los temas exóticos, como Les
Indes galantes (1735). A la música se le
encomendaba un efecto ilustrativo, imitando a la naturaleza,
en línea con los dogmas del racionalismo. La obertura, que
Lully había generalizado, se convirtió en una introducción
musical, consistente en un inicio lento, de profundo
sentimiento, y una sección principal rápida, a menudo
fugada. El uso por parte de Rameau de los tableaux, el
efecto pictórico de los decorados, que cambiaban bruscamente
en los entreactos, influyeron más tarde en las óperas
reformistas de Gluck. La redacción del texto poético fue
particularmente valorada por los buenos racionalistas
franceses de la ópera de París - y durante mucho tiempo la
ópera sólo se representó en la capital-.
La aparición de la ópera en Inglaterra se retrasó debido
a la guerra civil y a la Commonwealth (1642-1660). Cromwell y
los puritanos despotricaron contra las diversiones públicas y
prohibieron el teatro y la ópera. El rey Carlos II anunció
la Restauración en 1660, incluyendo la restauración del
drama isabelino de Shakespeare. Hubo representaciones de obras
de Shakespeare, de ampulosas piezas históricas y comedias
francesas. Henry Purcell (1659-1695), el más
destacado compositor inglés, escribió música incidental (The
Fairy Queen, King Arthur, etc.)
para cuarenta y siete de estas piezas, ampliándolas con
canciones, coros y bailes. Su única ópera propiamente dicha,
Dido and Aeneas,
representada en 1689 en un pensionado para señoritas
regentado por un maestro de baile en Chelsea, se aparta de
esas semióperas y mascaradas. Ópera de cámara, con cuarenta
y cuatro números, escrita para un corto número de personajes
e instrumentos de cuerda, ofrece una variante de las óperas-ballet
y relata el desdichado amor entre la reina de Cartago y el héroe
troyano. Los breves y melodiosos números musicales adquieren
un colorido vívido y característico a causa de la utilización
de armonías atrevidas. El adiós de Dido, cantado justo antes
de ascender a la pira funeraria, es un sucesor hondamente
conmovedor del Lamento d'Arianna
de Monteverdi y de otros innumerables lamentos operísticos.
No fue sino a comienzos del siglo XVIII cuando la ópera
italiana hizo de Londres un baluarte del bel canto.
Confiando en la capacidad de atracción de las estrellas del
canto, los empresarios privados tuvieron un éxito desigual al
trasplantar a Londres el florecimiento de la ópera en el
continente. Uno de ellos fue Georg Friedrich Haendel,
que había nacido en la ciudad sajona de Halle en 1685, el
mismo año de Johann Sebastian Bach, y que murió en Londres
siendo ciudadano británico en 1759. Hijo de un cirujano, tenía
veinte años cuando alcanzó sus primeros éxitos en el Theater am Gänzemarkt de hamburgo. Estudió la ópera
italiana sobre el terreno, llegando a ser músico favorito del
público en Roma y en Venecia, como clavecinista y como
compositor de ópera, y en 1709 los italianos quedaron
cautivados por "il caro sassone" cuando representó
su ópera Agrippina con vestuario clásico. Llegó a
Londres desde Hanover en 1711 y desplegó una energía casi
sobrehumana escribiendo ópera tras ópera para el teatro que
dirigía. La obra final de Haendel es un puente entre el
barroco tardío y el rococó; Serse
(Jerjes,1738) se aproxima claramente
al nuevo estilo con su yuxtaposición de pathos,
lirismo y comedia. Haendel presenta figuras de la mitología y
la historia antiguas finamente delineadas contra un decorado
que es suntuoso y en ocasiones de carácter oriental. Se apoya
invariablemente en el vigor melódico del aria da capo y
utiliza pocos conjuntos, a pesar de que su lenguaje orquestal
es muy colorista y pleno de matices, con solo obligatos característicos.
Su expresión emotiva tiene gran hondura y dignidad, sus
escenas de la naturaleza son impactantes y concisas, y sus
cantinelas (como el célebre "Largo" de Serse)
son de gran amplitud y de un ritmo claramente definido. En las
manos magistrales de Haendel la ópera barroca italiana alcanzó
su culminación. La melodía y el ritmo son supremos. La
gestualidad expansiva de la ópera barroca queda legitimada
por la infalible capacidad de Haendel para la expresión
emocional. Las óperas de haendel quedaron olvidadas durante
casi doscientos años, pero sus oratorios bíblicos, empezando
en 1742 con Messiah, eran óperas irrepresentables
adornadas con vigorosos coros, ejemplares narraciones dramáticas
que han quedado generalmente como modelos excelsos en su género.
El teatro de
Haendel, con su superabundancia de figuras
heroicas, las intrigas en que andaban enredados primadonnas
and castratos, los decorados ostentosos y el público
londinense anhelante de sensaciones, impulsó en su conjunto
la sátira y la burla. Por instigación de Jonathan Swift, el
poeta John Gay escribió The Beggar's
Opera en 1728; situada en el submundo criminal,
consta de canciones populares, danzas y melodías bien
conocidas, arregladas por John Christopher Peppusch,
un inmigrante de Berlín. Esta ingeniosa obra fue
redescubierta en 1920; en 1928 proporcionó el modelo para la Dreigroschenoper
de Bertold Brecht y Kurt Weill.
El
culto barroco a la ópera tenía en sí mismo a su peor
enemigo. Los cantantes, especialmente los castratis se
erigieron en déspotas. A los libretistas se les quemaban las
pestañas de tanto escribir. Alessandro Scarlatti (1660-1725),
fundador de la escuela napolitana, dejó ciento quince óperas,
ciento cincuenta oratorios y alrededor de siscientas cantatas.
La autocopia, la producción masificada y el manierismo eran
inevitables. En realidad no había un repertorio; el público
quería óperas recién salidas de la pluma. Todo dependía de
la scrittura, el nombramiento por parte de un teatro.
Los escritores andaban a la rebatiña para conseguirlo cuando
eran jóvenes, y una vez establecidos lo arrastraban como un
pesado fardo.
Gradualmente, Venecia, donde los compositores habían
permanecido más o menos fieles al austero estilo de
monteverdi, cedió la supremacía a Nápoles, que era la mayor
ciudad de Italia a principios del siglo XVIII, con 300.000
habitantes, y, consecuentemente, la ciudad con mayor exigencia
de diversiones. La escuela napolitana se puso pronto a la
cabeza del género. Las diferencias con respecto a la
veneciana eran ligeras; el recitativo accompagnato (recitativo
con acompañamiento orquestal) se puso de moda, el aria da
capo se fue haciendo más flexible, la ópera seria se
despojó de algunos de sus amaneramientos a pesar de que aún
tendía a exagerar la expresión emocional; el mérito
especial del estilo italiano meridional fue su ligazón con la
commedia dell'arte, que aportó un esfuerzo hacia el
realismo y la introspección psicológica, de modo que las
figuras estereotipadas resultaron más humanas y aportaban más
encanto sensual hacia la melodía y el color tonal.
Sensualidad, ingenio y comedia hicieron de la opera buffa napolitana
un modelo que perduró hasta Mozart, Rossini y Donizetti.
Por otra parte había surgido la costumbre de insertar intermezzi
cómicos, farsas, en medio del tono aceptado y marchito
del estilo heroico de la opera seria, tratando de dar
cierta variedad a la diversión del público, que era bastante
versátil en cuanto a sus preferencias operísticas. Uno de
estos interludios hizo historia en la ópera convirtiéndose
en el prototipo de ópera cómica, así como la causa
involuntaria, hacia 1755, de la "guerre des buffons"
en París, entre los partidarios de la ópera cómica italiana
y los de la ya pasada de moda ópera francesa. Fue La
serva padrona de Giovanni Battista
Pergolesi (1710-1736). En lo que respecta a la acción,
esta pieza de cuarenta minutos de duración deriva de la commedia
dell'arte. La taimada doncella Serpina induce al anciano y
gruñón Huberto a casarse con ella y convertirla en la dueña
de la casa. No hay más que dos cantantes y un criado mudo y
siete números musicales con recitativo secco, pero los
personajes están dibujados y desarrollados con un ingenio
nuevo, con sensibilidad y brevedad, mostrando la fragilidad
humana. Esta partitura napolitana de 1735 apunta ya en línea
directa hacia Mozart.
El
período rococó se estaba iniciando, con sus formas
elegantes, delicadas, su estilo "galant" y su
sentimentalismo. Su rocalla ornamental quedó fosilizada como
recurso establecido. En la música tuvo lugar un proceso de
transición gradual. El bajo continuo, ese tirano de estilo
barroco, el basso continuo acompañado de armonías
expresadas en temas por encima de la línea baja, se batía en
retirada paso a paso. Los instrumentos para continuo fueron
perdiendo importancia: sólo el clave se mantuvo como soporte
de los recitativos secco. Todo esto ocurrió de la mano
de un cambio del gusto. El contrapunto escolástico cayó en
descrédito como un corsé pasado de moda. La gente había
yodo ya más que suficientes fugas, cánones y otros
artificios polifónicos. El rígido estilo de escritura se
mantuvo más tiempo en la música religiosa. Como un monumento
al contrapunto, en sus últimos años Johann Sebastian Bach
era objeto ora de admiración, ora de irrisión. La sátira de Voltaire había tenido amplia difusión, al igual que la máxima
de Rousseau de que la salvación reside en el entorno a la
naturaleza. Los racionalistas franceses proclamaron que el
objetivo del arte era "imiter la nature". Esto no
significa copiar o remedar los aconteceres naturales sino más
bien actuar como lo haría la naturaleza en un medio
determinado.
La gente llevaban lunares en el rostro, vestía ropajes de
pastoras y llevaba el corazón en la mano. De este modo se
acostumbraron a las sencillas y emotivas melodías no trufadas
por la coloratura. Como en los primeros días de la ópera, se
adjudicó la mayor estimación a la monodia, al canto sencillo
con un acompañamiento vivaz, una voz que sale del corazón
antes que un virtuoso despliegue de destreza vocal. La
grandeza del compositor no reside en las estructuras contrapuntísticas esplendidamente ingeniosas sino en líneas
melódicas expresivas, subjetividad convincente e
individualidad estilística. Al estar más cercana a la
realidad, la opera buffa empezó a destacarse, en tanto
que la opera seria se fue esclerotizando gradualmente
hasta convertirse en el arte de prestigio de las cortes. La ópera
heroica sobre los temas griegos y romanos, ya en su fase
final, tuvo dos figuras con autoridad en medio de las hasta
entonces poco consideradas filas de los libretistas. Estos
clasicistas extremadamente educados que escribieron los textos
para las últimas óperas barrocas eran pulidos versificadores
y maestros de las estructuras dramáticas que escribieron
libretos puestos en música repetidamente por compositores
grandes y pequeños. Ambos fueron poetas cortesanos en Viena:
el veneciano Apostolo Zeno (1668-1750) y Pietro Trapassi
(1698-1782), de Roma, que se hizo llamar Metastasio. El propósito
declarado de Zeno era que la ópera debía fomentar la virtud
presentando personajes nobles abocados a desenlaces felices
después de haber superado los obstáculos. Metastasio, cuyos
libretos fueron utilizados incluso por mozart, abordó los
mitos y la historia en forma de complicadas intrigas y escribió
versos eufónicos y llenos de vocales y símiles floridos - en
italiano, por supuesto.
Los
Bach, una familia de músicos de Turingia, ejemplifican
el paso del barroco al estilo rococó.
El padre, Johann
Sebastian, (1685-1750), llevó el contrapunto del barroco tardío
a una cima inigualable en su música instrumental y religiosa.
En línea con los gustos cambiantes, sus hijos siguieron
diferentes derroteros. El mayor, Wilhelm Friedemann
(1710-1784) se inició en la tradición organística de su
padre, pero sus composiciones vigorosamente originales ya
apuntaban hacia el mundo expresivo del pre-romanticismo. El
segundo hijo, Carl Philipp Emanuel (1714-1788), que fue
calvecinista de cámara del rey Federico II de Prusia, trató
de ir más allá de los límites del contrapunto, hacia el
mundo del sentimiento y del "Sturm und Drang" de la
literatura. Con sus composiciones para teclado, que se
decantan ampliamente por el estilo monódico y están llenas
de extraños contrastes, se convirtió en un percusor de Haydn
y Beethoven e hizo un artículo de fé el que la música debe
apelar a los sentimientos más que dar ocupación al
intelecto. Fue el hijo menor Johann Christoph (1735-1782)
quien llegó más lejos; conocido como el Bach de Milán o
Londres, se convirtió al catolicismo tras sus estudios en
Italia. Junto con Johann Adolph Hasse
(1699-1783), que había abandonado su región natal de
Hamburgo para hacerse un nombre en Italia, estableció las
nuevas formas estilísticas, con el acento en la emoción,
tanto en la música instrumental como en la ópera,
escribiendo sinfonías dulcemente melódicas y algunas óperas
que responden plenamente al estilo "galant", rococó,
como Artaserse y Catone
in Utica. En Londres fue durante algún tiempo
mentor y modelo del niño prodigio llamado Mozart.
La lengua excelsa e inatacable de la escena operística
durante todo el período rococó fue la italiana, excepto en
París y, ocasionalmente, en Londres. Para casi todos los
compositores era aún forzoso escribir óperas. Sólo el
teatro ofrecía éxito popular. La música instrumental era aún
un producto marginal. El equilibrio no se alcanzó hasta los
inicios del período clásico.
No
sería posible escribir una historia de la sinfonía, del
cuarteto de cuerda o de la sonata para piano sin dedicar un
extenso capítulo a Joseph Haydn (1732-1809),
el máximo exponente de la Viena clásica. En el desarrollo de
la ópera, sin embargo, Haydn es una figura estimable e
incluso genial pero un tanto marginal. Las trece partituras
que nos han llegado han sido siempre material periférico
hasta su redescubrimiento a mediados de nuestro siglo, sobre
el escenario y particularmente en discos. A Haydn no le habría
importado que sus obras escénicas quedaran relegadas durante
tanto tiempo, pues él mismo las consideraba críticamente
composiciones que "he proyectado para el lugar"- el
teatro del Prícipe Esterházy en Hungría, un pequeño
cortesano en una remota provincia- y "condicionadas a
nuestras fuerzas", que consistía en una pequeña compañía
italiana. La emperatriz María Teresa fue una gran admiradora
de las representaciones de Haydn en la ópera de Eszterháza.
Escribir óperas para el teatro de su principesco patrón era
aceptado como una de las obligaciones del Kapellmeister.
Hijo de un carretero de Rohrau, en la frontera lingüística
entre Austria y Eslovenia, permaneció al servicio del príncipe
durante tres décadas, lejos de los grandes centros musicales,
antes de que le llegara la fama europea, primero con las
sinfonías escritas para París y luego con las sinfonías y
oratorios en Londres y Viena.
La grandeza de Haydn reside en la música instrumental
comparativamente abstracta antes que en la capacidad dramática.
Sus óperas desbordan de música suntuosa y melódica, pero
tienden a ser prolijas e incluso los libretos carecen de un
impacto dramático particular. Las situaciones escénicas están
anegadas en música pero no están cristalizadas en la música.
Por otra parte, los círculos cortesanos de Eszterháza querían
que les divirtiesen, no que les edificasen; deseaban cocerse
en una profusión de melodías y deleitarse con voces
agradables e ingeniosas.
Las óperas de Haydn datan de los años 1768-1791. Haydn
hizo tres incursiones en el campo de la opera buffa: Lo
speziale, L'infedetá delusa
y La canterina. Abordó
la opera seria cuatro veces: L'isola
disabitata, Armida,
Acide y L'anima
del filosofo ossia Orefeo ed Euridice (compuesta en
1791 para Londres pero no representada hasta 1951 en
Florencia). Haydn hizo seis ensayos en la opera semiseria,
un estilo que combina elementos serios y de farsa: Le
pescatrici, L'incontro improvviso
e Il mondo de la luna (ambas basadas en Goldoni),
La vera costanza, La
fedeltá premiata y Orlando
Paladino (basada en el Orlando furioso de Ariosto).
Hacia 1955 el promotor berlinés Walter Felsestein rescató
a Giovanni Paisiello (1740-1816) de los
polvorientos archivos. Este compositor del sur de Italia, a
quien Mozart admiraba, había escrito Il
barbiere di Siviglia ovvera La precauzione inutile en
San Petesburgo en 1782, basándose en la comedia que
Beaumarchais había escrito en 1775. Este dramma giocoso concentra
el ingenio burlesco de la obra con su crítica social pre-revolucionaria,
en diecisiete breves números musicales. La comedia de Paisiello quedó oscurecida por Il
barbiere di Siviglia de Rossini en 1816. Un ameno
sucesor de Pergolesi, el italiano Domenico Cimarosa
(1749-1801), fue autor de partituras de considerable éxito a
fines del siglo XVIII, especialmente en Viena, donde sucedió
a Antonio Salieri como director de música de la corte. Su Il
matrimonio segreto (Viena,1792) fue la única opera
comica de finales del siglo XVIII que se hizo un lugar en
el repertorio junto a las obras escénicas de Mozart.
A
medida que los gustos cambiaban con los tiempos la vida iba
siendo sentida de modo diferente. La simetría barroca y la
circunvolución rococó empezaban a difuminarse; hasta
mediados del siglo XIX la palabra "barroco" (del
portugués "barocco", que significa piedrecilla,
perla oval irregular) tenía el sentido de
"peculiar", "estrafalario",
"sobrecargado de ampulosidad". El punto de partida
del clasicismo tuvo lugar en Francia; parafraseando a
Rousseau, el maestro de ballet Noverre advertía: "¡Sed
originales y naturales y copiad sólo a la naturaleza!".
La revolución en el teatro musical, que ha sido alabada
desde los tiempos de Wagner como una reforma en línea con la
antigüedad griega, la realizó Christoph Willibald
Ritter von Gluck, que había nacido en 1714 en el
distrito bávaro de Oberpfalz, hijo de un guardabosques al
servicio del príncipe bohemo Lobkowitz, y que murió rico en
Viena en 1787. Hizo el obligatorio periplo de los estudiantes
de música a Italia y fue discípulo de Sanmartini en Milán.
Desde el principio escribió óperas y ballets para la escena;
la llamada música absoluta le era totalmente ajena. Durante
casi treinta años no hubo el menor indicio de que fuera a
reformar el teatro musical; compuso óperas serias y cómicas,
alternando los estilos francés e italiano, si bien con una
tendencia clara hacia la concisión, los efectos sorprendentes
y el entusiasmo rítmico. Entre sus obras escénicas se
cuentan La clemenza di Tito, L'ivrogne
corrigé y La recontre
imprévu (conocida en alemán como Die Pilger
von Mekka). Se estableció en Viena, capital de la ópera
en lengua alemana, donde trabajó lenta y concienzudamente,
sacándole partido varias veces a toda inspiración melódica
o rítmica, y haciendo ostensible su estatuto aristocrático,
al que se había visto elevado como miembro de la Orden de la
Espuela de Oro. Como Monteverdi antes que él, insistió en
largos períodos de ensayos en el teatro y bajo su despótica
autoridad de director. Hizo pocos amigos entre sus colegas;
las relaciones de la familia Mozart con él fueron
circunspectas.
Gracias a sus viajes y a su agudeza, Gluck supo ver los
signos de los tiempos y la tendencia hacia los claros perfiles
del arte clásico. La reforma de la ópera exigía tres
elementos: un compositor con la simplicidad como ideal, un
escritor capaz de redactar textos concisos y un promotor
teatral dispuesto a correr el riesgo de la novedad. Se
encontrarón juntos en Viena: Gluck, que estaba impregnado de
los principios de Lully y Rameau; Raniero de'Calzabigi,
escritor y aventurero, y el duque Durazzo, "Inspector
General de Espectáculos" en el antiguo teatro municipal.
El 5 de Octubre de 1762, mientras los
"conservadores" como Metastasio y J. A. Hesse
rechinaban los dientes, tuvo lugar la primera representación
de Orfeo ed Euridice, una
"azione teatrale per musica" en tres actos, con tan
sólo tres cantantes principales, coros y ballet. El subtítulo
italiano indicaba cuál había sido la intención de Gluck:
hacer que la música, expurgada de arias de coloratura y da
capo, estuvieran al servicio del drama y del texto. El
drama estaba construido en línea con el estilo parisino, con
varios tableaux de fuerte contraste. El primer acto, en
la tumba de Eurídice, se parecía a las escenas fúnebres
francesas. El segundoacto se trasladaba desde el inframundo de
los demonios al Elíseo de los espíritus bienaventurados. El
tercer acto se desgarraba entre un laberinto de oscura roca y
el magnificente templo de Eros. Sobrevivía una convención en
el dios del amor como deus ex machina patrocinando el lieto
fine, la feliz reunión y transfiguración de la pareja.
El drama, concentrado con gran rigor, había prevalecido sobre
las fórmulas operísticas. Los vieneses, acostumbrados a los
números de bravura, quedaron un tanto confusos ante el
estilo vocal sencillo y melódico, sin florituras ni bel
canto amanerado. Entre las novedades más desconcertantes
estaba la austera emotividad de Gluck, sus personajes
estatuarios, los ritmos tersos y la economía y dignidad
verdaderamente espartana de su lenguaje musical.
Los efectos de esta primera ópera reformista se hicieron
notar hasta Berlioz, Liszt y Wagner, pero la historia de esta
influencia no empieza realmente hasta 1774, cuando la nueva
versión ampliada se presentó comoOrphée
et Euridice en la Academie Royale de París. Gluck
hizo algunas concesiones al gusto francés; Orfeo no fue
cantado por un castrato contralto sino por un tenor
alto; la Danza de los Espíritus Bienaventurados y la
representación de los Campos Elíseos fueron interpolados,
los recitativos fueron escritos de nuevo y el texto fue
traducido del italiano al francés.
Pasados ya los sesenta años, Gluck se presentó en París
llevando consigo Alceste (1767),
una paráfrasis de Calzabigi a la tragedia de Eurípides; de
nuevo muestra a los dioses del destino apaciguados por el amor
conyugal. Las cosas no fueron fáciles para Gluck en París.
Los partidarios de la ópera italiana se levantaron contra él;
su nuevo libretista, el marqués de Roullet, era un socio difícil,
inquebrantablemente adherido al pathos de Racine. Por
otra parte, el estilo sin adornos de Gluck, estando al
servicio del drama, sintonizaba con el tipo de racionalismo
francés que sitúa el texto, la acción y la naturalidad por
encima del flujo de notas de las óperas escritas para los
cantantes. Iphigénie en Aulide
(1774), La Cythère asségée(1775), una nueva versión de Alceste
(1775), Armide (1777),
Echo et Narcisse e Iphigénie
en Tauride (1779) fueron escritas para París; Iphigénie
auf Tauris de Goethe fue escrita entre 1779 y 1787.
La ópera-tragedia de Gluck es un monumento a la pasión
humana, no un drama interior del alma. A la orquesta se le
adjudica una función psicológica, nada menos; la tormenta
desatada por los dioses, que sustituye a la obertura, expresa
también el conflicto en el alma de Ifigenia, y cuando Orestes
proclama que está recuperando el sosiego la orquesta le
desmiente y revela que ha omitido el asesinato de su madre.
Este fue el punto de partida de Wagner, que sentía veneración
por Gluck; su orquesta también sabe más de lo que los
personajes dicen y revela psicológicamente la auténtica
verdad.
El éxito alcanzado por Gluck en situar el drama por encima
de la música afectó a la historia de la ópera tanto de
forma directa como indirecta. No hubo vuelta atrás de sus
reformas. Goethe y Schiller le admiraban; E.T.A. Hoffmann
escribió un cuento sobre él; sus partituras las estudiaban
los románticos, con Hector Berlioz, a la cabeza; Wagner y
Richard Strauss escribieron óperas reformistas; algunos le
consideraron simplemente como el padre fundador de la ópera
nacional alemana. Hasta mediados de este siglo las óperas de
Gluck se representaban principalmente traducidas;
recientemente, las lenguas originales han sido la norma.
Gluck fue tomado como modelo por compositores de ópera del
período clásico, como Luigi Cherubini
(1760-1842), que había nacido en Florencia pero alcanzó la
maestría en París; pese a que retrocedió a la forma estilística
de la opera seria italiana (Medée,1797),
colaboró en los avances respecto a la ópera de "números"
en obras como Les deux journées
(1800) y Lodoïska (1805),
que se asemejan a las óperas de terror y liberación de la
era revolucionaria.
El italiano Gasparo Spontini (1774-1851)
dio al estilo de Gluck un giro grandioso, napoleónico. La
vestale (1807), situada en el período final del
imperio romano y que trata del amor de una virgen del templo y
su negligencia, fue, junto con Ferdinando
Cortez ou la coquête de Mexique (1810), la gran ópera
festiva, decorativa, de la era napoleónica. En 1820 Spontini
fue nombrado Director General de Música en Ver´lín, el
primer nombramiento de este género en la historia de la ópera.
Como Gluck, se basaba en la melodía sucinta, los efectos escénicos
vivídos y la potencia de un motivo rítmico dominante.
Como director, introdujo el uso de la batuta, organizó la
ubicación de los elementos de la orquesta y ensayó
meticulosamente y ofreció representaciones modélicas de sus
propias óperas así como de las de compositores como Mozart y
Weber. Como Gluck y su propio sucesor Meyerbeer, fue un hombre
de teatro, sin interés por la música fuera del escenario.
En
su corta vida Mozart escribió una enorme cantidad de música
de todos los géneros, pero se consideraba a sí mismo un
compositor dramático. Sus siete grandes óperas, escritas
entre 1781 y su muerte en 1791 nunca han salido del
repertorio. Sólo sus obras juveniles han precisado una
recuperación y en grabaciones han tenido más éxito que en
los teatros. La obra completa de Mozart ha quedado disponible
en compact disc.
Wolfgang Amadeus Mozart nació el 27 de
enero de 1756 en Salzburgo, hijo de Leopoldo Mozart
(1719-1787), que era compositor, director musical y autor del Versuch
einer gründlichen Violinschule (Ensayo sobre un método básico
de violín). La familia procedía del distrito bávaro de
Schwaben. Mozart asombró a toda Europa como niño prodigio en
composición y tocando el piano. Tenía sólo doce años
cuando escribió Bastien und
Bastienne, un Singspiel (ópera cómica
alemana con diálogo hablado) para Viena, pero desde el
principio Mozart utilizó las formas consolidadas de la música
dramática y les confirió profundidad, convirtiéndolas en
panoramas de la naturaleza humana, sin "inventar"
jamás algo nuevo, dejando aparte los recursos estilísticos
revolucionarios. Se adueñó primeramente de los vehículos
establecidos y les dio un contenido de inimaginable riqueza.
Sus veintiuna obras para la escena van del Singspiel religioso
y la ópera académica latina, que era tradicional en el
arzobispado de Salzburgo, pasando por algunas óperas serias y
casi oratorios escritos preferentemente para Milán, hasta la
humanizada, expresivamente realzada forma de ópera seria (Idomeneo,1781,
La clemenza di Tito,1791),
hasta la opera buffa napolitana (Le
nozze di Figaro, 1786; Così
fan tutte, 1790), hasta el dramma giocoso (Don
Giovanni,1787) y lo que fue llamado específicamante
"ópera alemana" (Die
Zauberflöte, que está llena de elementos del Singspiel,
Mozart prefiere la lengua alemana a la italiana, más
convencional. Llegaba la época del hombre común; como
cliente que pagaba, el hombre corriente quería que en el
teatro se dirigiesen a él en una lengua que le fuera
familiar.
Mozart estuvo toda su vida preocupado por conseguir que le
hiciesen encargos de óperas, tanto en los años en que ya había
crecido y veía oscurecerse su fama de niño prodigio, como en
su última década, cuando se embarcó en la dificultosa vida
de músico independiente en Viena. Trabajaba con rapidez e
intensidad, adaptando las partes cantadas al carácter y la
tesitura de los cantantes con los que contaba. Unas veces
trataba de forma acomodaticia con los libretistas y otras les
planteaba exigencias en beneficio de la obra. Dirigió la
mayor parte de las primeras representaciones desde el
clavicordio o clavicémbalo y siempre insistía en la mayor
expresión dramática posible; en pocas palabras, era un
inspirado y estimulante hombre de teatro musical.
Sus primeras obras fueron recuperadas en Salzburgo en la década
de 1950, primero en ejecuciones de concierto y luego en
representaciones escénicas y en grabaciones. El interludio
latino Apollo et Hyacinthus (1767)
mostró cómo se manejaba el muchacho con el tema culto,
mientras La finta semplice (1769),
según la obra de Goldoni, se convirtió en la primera opera
buffa de Mozart. Milán, que estaba bajo dominio
austríaco,
contempló las obras escénicas que escribió durante su
adolescencia: Mitridate, re di pronto
(1770), Ascanio in Alba (1771)
y Lucio Silla (1772).
Basadas en temas convencionales relativos al mundo antiguo,
estaban llenas de audacias expresivas y música suntuosa. Il
sogno di Scipione la escribió para Salzburgo en
1772, y en 1775 La finta giardiniera para
Munich, un enredo amoroso situado a medio camino entre la
seriedad y el humor bufo, cayendo en la categoría de
sentimental en cuanto a su estilo expresivo. El libreto de
Metastasio para Il re pastore está
lleno de poesía a la moda sobre los pastores. La boga de
Turquía había llegado al teatro musical y el exotismo se
difundía por la ópera; la primera ofrenda de Mozart en este
terreno fue el Singspiel alemán Zaide
(1781).
Los tratadistas discrepan acerca de si Mozart estaba más
interesado en regenerar la opera seria o en dignificar
la opera buffa, que era adaptable y realista, hasta el
nivel de la comedia musical de carácter, un espejo de la
fragilidad humana. Mozart escribió dos óperas serias durante
los últimos diez años de su vida; para Munich, en 1781,
escribió Idomeneo, re di Creta,
una versión griega de la historia de Jefté del Antiguo
Testamento, y en 1791 La clemenza di
Tito (de Metastasio) para Praga, una llamada a la
compasión del gobernante, siempre bien recibida en aquellos días,
basada en un episodio de la vida del emperador romano Tito.
Mozart emprendió Idomeneo con ardiente entusiasmo y un
acusado sentido dramático. En Munich, a donde el Elector había
llevado la famosa orquesta de la corte de Mannheim, Mozart
encontró la mejor y la más moderna orquesta de Europa y una
compañía escénica competente; como dice brillantemente su
biógrafo Alfred Einstein, en ninguna de sus partituras operísticas
invirtió tanta música y de una especie tan elaborada como en
Idomeno. Incluso la instrumentación - variada, plena
de colorido, rica en simbolismo tonal - representa un punto
cimero en la larga historia de la opera seria. Esta
forma decadente recibió una expresión enaltecedora, un
complejo estilo compositivo y un aspecto más humano. La
clemenza di Tito, por otra parte, es el ocaso de la opera
seria, en realidad un requiem por la misma. Un suave tono
crepuscular traspasa las arias, que pertenecen aún al estilo
virtuoso pero que siguen pautas diferentes: recitativo acompañado,
luego la sección lenta, después el allegro con la principal
coloratura.
Mozart se presentó en Viena con el Singspiel Die
Entführung aus dem Serrail, un vástago de la ópera
popular "turca" de la época. Concurrían incluso
factores exteriores: el emperador José II prefería el "Singspiel
nacional alemán" a la ópera italiana. La estructura
dramática iba a convertirse en un modelo que duraría hasta
la operete vienesa - una pareja de amantes serios, una pareja
de amantes cómicos y entre ellos el adversario o adversarios.
La partitura es evidentemente una forma mixta; la pareja seria
y el vigilante del harén, Osmin, actúan con arias ampliadas
con coloratura, mientras que la pareja cómica da la nota del Singspiel.
Die Entführung fue la primera de las obras escénicas de
Mozart en hacerse popular rápidamente, si bien sólo en los
países de habla germánica.
La comedia inconfundiblemente revolucionaria de
Beaumarchais Le mariage de Figaro ou la folle
journée,
secuela de Le barbier de
Seville, fue prohibida por los
censores en Viena pero en 1786 se les permitió a Mozart y a
Lorenzo da Ponte (1749-1838), un libretista de genio, basar
una opera buffa en la obra teatral que opone el ingenio
del hombre de clase baja al poder arbitrario de la nobleza.
Las intrigas se desenvuelven como un mecanismo de relojería a
lo largo de los cuatro actos, pero los personajes implicados
en el embrollo no son ya tipos sino seres humanos con todas
sus contradicciones. La opera buffa queda elevada a
comedia de género. El aria se concentra en el retrato de un
personaje o en el relato de una situación; unos animados
conjuntos impulsan la acción. Los finales del segundo y
tercer acto se convierten en amplios terrenos de conflicto en
el que todos actúan contra los restantes y todos permanecen
individualmente caracterizados incluso en la más densa
escritura vocal.
En el "dramma giocoso"Don
Giovanni (Praga, 1787), los puntos focales tanto de
la música como de la acción dramática son proporcionados
una vez más por las partes de conjuntos finales. El final del
primer acto, con las orquestas escénicas ejecutando ritmos de
danza contrapuestos al mismo tiempo y con sus grupos de
intereses encontrados es una obra maestra de complejidad. El
tema de Don Juan, tomado de la España renacentista, es
tratado con distanciamiento irónico, con gran complejidad de
estratos. Este filibustero sensual se mueve entre destacadas
figuras de la opera seria (Donna Anna, Don Ottavio, el
Commendatore), tipos tragicómicos (Donna Elvira, Masetto) y
personajes de la opera buffa (Zerlina, Leporello). Las
categorías empiezan a resultar mixtas - la respuesta de la ópera
a los grandes cambios de alrededor de 1800. El siglo XIX
manifestó su desaprobación a Così
fan tutte (1790), la última opera buffa que
Mozart escribió con Da Ponte, porque la encontraba lasciva y
caprichosa. Richard Strauss, en tanto que entusiasta de Mozart,
fue el primero en modificar tal punto de vista. En nuestros días,
esta obra para seis personajes, construida simétricamente a
la manera de una comedia francesa, es considerada una
"comedia negra", una alegoría mitad irónica, mitad
indulgente de la mutabilidad de las emociones. La opera
buffa napolitana es elevada, hasta el punto en que la música
florece en sensualidad, por un proceso a la vez deliberado y
críptico, hasta el nivel de comentario de las debilidades
humanas.
A partir de las reformas ilustradas de José II, la demanda
de una ópera en alemán se había ido elevando cada vez más
alto y más claro. El 30 de septiembre de 1791, pocas semanas
antes de la muerte de Mozart, se llevó a cabo con gran éxito
la primera representación deDie
Zauberflöte, una obra escénica en que los
elementos estilísticos contrastantes se combinan para crear
una obra aparentemente ingenua pero en realidad dotada de múltiples
estratos: los de la opera seria (La Reina de la Noche),
las reformas de Gluck (arias breves), la estructura dramática
mozartiana (finales complejos), decorado y tramoya
espectaculares, cuento de hadas oriental, ideas masónicas de
fraternidad y farsa suburbana vienesa (Papageno). El texto fue
escrito por el actor, empresario y dramaturgo Emanuel
Schikaneder, que fue el primero en interpretar el papel de
Papageno. El hombre se purifica mediante las pruebas y alcanza
la felicidad paso a paso. Los ideales clásicos de la
humanidad empiezan a brillar. Goethe quería escribir una
segunda Zauberflöte. La ultima ópera de Mozart aún
da que pensar hoy día.
Los años que
transcurren entre el estallido de la Bastilla (1789) y la caída
final de Napoleón (1815) vieron una Europa inmersa en guerras,
confusión, privaciones y desdichas. El orden jerárquico del
Antiguo Régimen saltó en pedazos. El teatro musical, siempre a
tono con los tiempos, borró las fronteras divisorias entre los
estilos cómico y serio, entre el pathos heróico y el
idilio doméstico; derivó hacia formas mixtas (como la ópera
semiseria), incidió en las realidades de una época turbulenta
y flexibilizó sus pautas formales. El hedonismo de las épocas
barroca y rococó se había extinguido por rancio y había
nuevamente interés en la ética, los ideales, el heroismo y la
emoción. El héroe o la heroína solitarios, el individuo
excepcional, se convirtieron en objeto de culto, de manera
destacada en la ópera de terror y evasión que procedía de París;
estas óperas tenían relación con el abuso de poder y la
arbitrariedad del mismo y con los inocentes prisioneros
amenazados de muerte, demostrándose en conclusión que la
perseverancia individual del oprimido y el valor ante la muerte
conduce a la victoria de una causa justa.
Docenas de óperas pintaron los terrores de la prisión y el
acto del rescate en la escena. El ejemplo paradigmático del
nuevo estilo que se había hecho hueco en el repertorio esFidelio,
de Ludwig van Beethoven (1770-1827), cuyo
argumento es el mismo al que pusieron música Pierre Gaveaux,
Ferdinando Paër y Simmon Mayr. La fuente original era un texto
dramático del francés Jean Nicolas Bouilly, Léonore ou
l'amour conyugale (1798), basado en un incidente que Bouilly
había conocido como inspector de prisiones. Beethoven, que sólo
daba su aprobación a los dramas escénicos siempre que fueran
esencialmente moralizadores, puso música a una traducción
alemana del texto francés, insistió en titularla Leonore y
la configuró en tres actos. Dirigió la primera representación
en Viena en 1805, estando la ciudad imperial ocupada por los
franceses, y no suscitó gran expectación. Beethoven revisó la
obra y la tercera versión, de 1814, tenía la estructura en dos
actos que hoy conocemos y se titulaba Fidelio. Beethoven
llegó a escribir cuatro oberturas para la ópera, las tres
llamadas "Leonore" y la breve conocida como "Fidelio",
en mi. El sentimiento heroico de leonora reside en el contexto
de Singspiel de la gente corriente (Rocco, Marcellina,
Jachino), en la medida en que responde al imperativo moral del
amor conyugal y se expone a un riesgo extremo con tal de
rescatar a Florestan de su arbitrario encarcelamiento y de la
muerte absurda. La heroína de ópera seria se ha convertido en
una heroína altamente dramática del imperativo moral; la
escena de Florestan en la cárcel se convierte en una pintura
tenebrosa de la maldita celda (dicho en lenguaje actual) y la
partitura simétricamente construida se desarrolla
vigorosamente, culminando en el jubiloso do mayor del rescate
final. El tipo fundamental de la gran ópera heroica se abre al
realismo por el uso ocasional del melodrama y del diálogo
hablado, tomados del Singspiel y de la comedia musical
francesa. Beethoven no escribió más óperas; rechazó todos
los temas que le ofrecieron, particularmente los de cuentos de
hadas y leyendas. No obstante, escribió música incidental para
la tragedia de Goethe Egmont (1810),
con la intención de ensalzar y complementar el sentido dramático.
Uno de los objetivos de Beethoven había sido el de acercar
el texto y la música lo más posible e incluso, en realidad,
crear una música que estuviera muy cercana al discurso. Los
compositores de la sedicente música programática, en
consecuencia, tienen cierta justificación para citarle. La música
programática ha caído en el descrédito, quizás porque se la
ha confundido pertinazmente con la música ilustrativa, única
que retrata simplemente lo que se halla en el texto o en
cualquier otra fuente. Para el francés Hector Berlioz
(1803-1869), que es considerado el padre de la música programática,
era cuestión de expresar ideas poéticas con un lenguaje
orquestal original, desinhibido, distinto, como en la Symphonie
fantastique (1830), que retrata el destino de un artista.
Tomando a Gluck y Beethoven, sus deidades personales, como
puntos de partida para su excéntrica imaginación, Berlioz
escribió dos grandes óperas al estilo de la tragedia lírica. Benevenuto
Cellini (1838) es un drama acerca de un artista
situado en la Roma renacentista que se vale de un episodio de la
azarosa vida del escultor y orfebre para cuestionarse si el éxito
de una obra de arte excusa las lacras morales de su creador, en
tanto que Les Troyens (1863)
tiene reminiscencias del ambiente dramático de Gluck en su
forma de representar los episodios de la Eneida del poeta
latino Virgilio. En Cellini aparece el leitmotif,
que Wagner elevó a sistema, en el estadio preliminar de sonidos
y armonías "directrices" que penetran toda la
partitura y concentran la acción musical. En sus últimos años
Berlioz rindió homenaje a su ídolo, Shakespeare, en la comedia
musical de transparente partitura Béatrice
et Bénedict, basada en Much Ado About Nothing ("Mucho
ruido y pocas nueces").
En París ocurrieron dos acontecimientos que inflamaron el
entusiasmo de Berlioz. Hacia 1830 el poeta Victor Hugo
(1802-1885) proclamaba el romanticismo francés en sus obras
estremecedoramente pintorescas y la aparición de las tragedias
de Shakespeare en los escenarios de París liberó al teatro
francés del clasicismo estricto de Racine y Corneille, cuyas
formas dramáticas se remontaban a Aristóteles. Había dado
comienzo una pronunciada transformación estética. Berlioz
respondió a esta emancipación de la imaginación con dos
partituras en las que las fantásticas versiones musicales van más
allá de lo posible en la escena: fueron la sinfonía dramática
Roméo et Juliette (1839), tomada de Shakespeare,
y la leyenda dramática La damnation de Faust (1846),
adaptación libre de algunos episodios de la acción de la I
parte del Faust de Goethe, desde el pacto con el diablo
hasta el encarcelamiento de Gretchen, concluyendo con el viaje
de fausto al infierno. Las geniales traducciones de Gérard De
Nerval habían hecho a Goethe bien conocido en Francia, donde se
le consideraba un romántico. Había comenzado la larga serie de
óperas sobre Fausto, centradas en el legendario símbolo
heroico del individualismo. En su versión, Berlioz mezcló
elementos de la ópera con elementos del teatro moderno,
superrealista, el lirismo con la fantasmagoría, el realismo gráfico
con los efectos mecánicos. En esta mezcla de estilos se puso de
manifiesto como un sucesor del teatro musical del período
revolucionario, enemigo del encorsetamiento del contrapunto, que
así era como se le sentía, y abogado del lenguaje instrumental
bien definido. Su Traité d'instrumentation et d'orchestation
modernes (1884) ha sido el libro vigente en la gramática
orquestal hasta el día de hoy.
Las
campañas de Napoleón habían dejado a Europa agitada. La gente
estaba cansada de patrioterismo, tanto en la vida real como en
el teatro. Llegaba ahora la época de la Restauración y del
estilo Biedermeier; el ciudadano profundamente frustrado podía
darle vueltas a sesudos pensamientos entre sus cuatro paredes
pero en el teatro buscaría relajarse, ánimo alegre y placer.
Había llegado la hora de Gioacchino Rossini,
nacido en 1792, hijo de un músico de banda del puerto de Pesaro.
Sus cuarenta y tantas óperas tienen algo para todo el mundo:
para los cantantes, a los que dio papeles con bravura, para los
gerentes de los teatros ávidos de éxitos de taquilla y para el
público en busca de solaz. Hablando estadísticamente, Rossini
escribió principalmente óperas serias, sucesoras de la opera
seria del período rococó, pero sus óperas cómicas,
descendientes de la opera buffa napolitana, conservaban
tal vitalidad que durante mucho tiempo se habló sólo de
Rossini en términos del "genio siempre alegre del toque
ligero", excepto cuando se le menospreciaba como un vacío
tejedor de arias, como lo fue por parte de Berlioz y algunos de
los románticos alemanes. Rossini escribió casi exclusivamente
para el teatro, inicialmente al modo tradicional, pero mostrando
ya sus rasgos distintivos desde el Tancredi
(1813) en adelante, entre ellos una línea vocal
vigorosamente emotiva, conjuntos y finales modelados al estilo
de Mozart, sorprendentes pautas rítmicas que incorporan ostinatos
y crescendos y un sonido orquestal de gran
complejidad, realzado por una escritura virtuosística para los
instrumentos de madera, más destacable cuanto que tenían un
papel puramente de acompañamiento. Escribiendo por encargo para
un teatro tras otro, entre Italia y Viena, ciudad que se le
rindió al primer intento, compuso ópera tras ópera a toda
velocidad. Los temas orientales que se habían hecho populares
estaban verdaderamente plagados de situaciones cómicas, como en
L'italiana en Algeri (1813)
e Il turco in Italia (1814),
en que el enrevesado tejido de confusión está compuesto por
una disputa para iniciados acerca de un libretista al límite de
su ingenio que busca tema para una ópera. Al principio los
italianos se tomaron a mal que en 1816 Rossini se aventurase a
seguir los pasos de Paisiello con una versión de Il
barbiere di Siviglia a base de música chispeante. El
humor de las pegadizas arias y de los conjuntos enmascararon el
carácter incendiario y pre-revolucionario de la comedia de
Beaumarchais. El Barbiere ha conservado su lugar en los
programas incluso cuando las óperas de Rossini han sido
consideradas "basura extranjera". La
Cenenterola ossia la bontà in trionfo (1817) es una
versión embellecida del cuento de Cenicienta que tiene una
exposición llena de alegre encanto, incluso en su línea mecánica.
El primer hito en sus óperas serias fue Otello
(1816). Hasta que Verdi adaptó el argumento de Shakespeare
en 1887 la ópera de Rossini, que se representó en ocasiones
con final feliz, fue la versión musical de referencia de este
drama de celos. En algunas óperas de Rossini el personaje
cntral es una mezzosoprano con una coloratura flexible; estos
papeles fueron pensados para la primera esposa de Rossini, la
cantante española Isabella Colbran. Uno de ellos fue Elisabetta,
regina d'Inghilterra (1815), que fue notable por dos
innovaciones: la coloratura estaba escrita en su totalidad, sin
dejarla al antojo de la cantante, y había un recitativo
stromentato totalmente escrito en la partitura, en lugar del
recitativo secco.
Mosè in Egitto (1818)
resultó ser un precursor de Nabucco
de Verdi, presentando a los israelitas en cautividad en
Egipto, con Moisés al frente de su pueblo cruzando el Mar Rojo.
La idea del Risorgimento (la unificación de Italia, una
vez liberada del dominio extranjero) emerge en una forma críptica,
a través del Antiguo Testamento. La Preghiera (escena de
la oración) del último acto sigue siendo una de las melodías
más populares de Rossini. En Maometto
Secondo (1820) Rossini presentó una forma sublimada
de la ópera turca convencional. En 1826 ambas óperas serias
fueron revisadas y ampliadas para París al estilo que ya se
avecinaba en la historia de la ópera.
París resultó ser el último lugar de descanso de
Rossini.
La transformación de la tragédie lirique en grand opéra
la llevaron a cabo el libretista Eugène Scribe, las óperas
serias de François Esprit Auber (1782-1871),
como La muette de Portici (1828)
y finalmente por La juive (1835)
de Jacques Fromental Halévy (1799-1862); se
trataba de óperas sobre temas históricos, que presentaban
decorados suntuosos y espléndidas, sensacionales escenas de
multitudes. Siempre se había pensado que París tenía los
mejores técnicos de escenografía. Rossini se alineó con este
último cambio de estilo mediante las revisiones de sus primeras
óperas, con Le comte Ory, una
comedia situada en la edad media, con la grotesca comedia de su
cantata escénica Il viaggio a Reims y con su última
obra para la escena Guillaume Tell (1829).Esta
descomunal ópera en cuatro actos acerca de Guillermo Tell da un
cierto tinte suizo a la impresionante serie de arias y conjuntos
de bravura, se sirve de motivos conductores como base de la
melodía y la armonía y adelanta las escenas de conspiración
de Verdi en el juramento de Rütli. A los treinta y siete años
Rossini dejó de componer óperas, quizás porque previó el
advenimiento de una época en la que no habría lugar para él.
Dando un irónico paso atrás como hombre de mundo, vivió de su
fama como un monumento a sí mismo, compuso los "Pecados de
la Edad Provecta" y murió en Passy, cerca de París, en
1868.
Entretanto, el romanticismo había cruzado la frontera de
Italia. Gaetano Donizetti (1797-1848), que había
nacido en Bergamo el mismo año que Heine y Schubert, compuso
alrededor de setenta óperas; su Don
Pasquale (1843) fue la última opera buffa italiana
hasta el Falstaff (1893) de
Verdi. Combinó la sensualidad de la ópera napolitana con
elementos del estilo francés. L'elisir
d'amore (1832), con sus arias, cavatinas y conjuntos
cómicos, ofrece una variante del filtro de amor de Tristan, domesticada
por la época Biedermeier.
El estilo melódico lírico y
pleno de gracia de Donizetti adquirió una energía dramática
en las óperas serias como Maria
Stuarda (1834), que descansa en dos papeles femeninos
de gran contraste y tiene una escena final (la marcha de María
hacia el patíbulo) que se convirtió en modelo para muchas
otras escenas de despedida y muerte, en tanto que Lucia
di Lammermoor (1835) es una adaptación de Sir Walter
Scott, construida sobre un papel de soprano con coloratura a la
vez brillante y expresivo. La ópera histórica había llegado a
Italia, si bien en un estilo menos melódico. El siciliano Vincenzo
Bellini (1801-1835), el maestro de la ópera italiana
del bel canto, fue todo lo que un melodista tenía que
ser en sus bellas y sublimes cantinelas. Los personajes
femeninos ocupan los papeles centrales, una soprano lírica de
coloratura en La sonnambula (1831),
que es la conmovedora historia de una joven que camina dormida
en las montañas de Suiza, y una gran heroína dramática en Norma
(1831), la gran ópera trágica de Bellini admirada por
Verdi. Cuando los romanos se enfrentan con sus súbditos en la
Galia la gran sacerdotisa Norma resulta trágicamente desgarrada
entre el amor y el deber sacerdotal. Wagner tenía en un alto
concepto a Bellini, que "se eleva a las alturas trágicas
de la antigua Grecia" y "transfigura de forma característica
todas las pasiones" en "canto de belleza y nobleza
sencillas".
Lo
mágico y lo sobrenatural habían estado desde el principio en
la esfera de lo operístico. En la era romántica ganaron
terreno, cuando el mito fue sustituido por el cuento de hadas,
la saga y la leyenda. Suben a las tablas temas nuevos: la
infinitud, las tinieblas, la media luz, los sueños, las
personificaciones de las fuerzas naturales, la cósmica
"alma del universo" y la noción de que todas las
cosas tienen raíces comunes. La ópera romántica va dirigida a
una audiencia burguesa y, en consecuencia, utiliza la lengua
vernácula. Esta tendencia hacia una ópera nacional se vio
acelerada en Alemania por el júbilo patriótico de las guerras
de liberación; igual que Napoleón había sido expulsado, había
que sacudirse la tiranía del gusto italiano y francés. Ideas
similares se instalaron en los países eslavos un poco más
tarde.
El año de la
caída final de Napoleón, 1816, fue un año señalado.
Louis Spohr (1784-1859), el virtuoso violinista
y director, natural de Brunswick, estrenó una ópera, Faust,
en Praga que, al igual que la exótica Jessonda
(1823), era una originalísima combinación de tradición
con innovaciones formales y armónicas, situándose más o menos
entre Mozart y el primer Wagner. El año 1816 vio también la
primera representación en Berlín de la ópera tipo cuento de
hadas, Undine, del poeta, músico
y autor teatral Ernst Theodor Amadeus Hoffmann
(1776-1822), natural de Könisberg, en Prusia oriental; también
esta partitura era en parte convencional y en parte profética.
La importancia musical de Hoffmann fue oscurecida por su posición
dominante como heraldo literario del romanticismo. Muchos
compartían sus sentimientos cuando escribió: "La música
es la más romántica de todas las artes; se podría decir que
es la única arte auténticamente romántica, porque su objeto
no es otro que el infinito".
No fue
Heinrich Marschner (1795-1861) quien
llevó al triunfo el espíritu romántico en la ópera, ni
tampoco Robert Schumann (1810-1856), que tuvo
poco éxito como compositor dramático, sinoCarl Maria
von Weber, un experto hombre de teatro, pianista y
escritor, que había nacido en 1786, hijo de un actor y
aventurero de Baden que con toda probabilidad se había otorgado
a sí mismo el título aristocrático. Weber causó sensación
como director de ópera en Praga y Dresde. En 1821 puso en
escenaDer Freischütz en
Berlín, lo que inmediatamente fue celebrado como un
acontecimiento nacional. Siguiendo a Hans Pfizner, el héroe de
la ópera es el bosque alemán, con toda su melancolía y todo
su encanto, lleno de espectros nocturnos y espíritus malignos.
De hecho, Weber, que era un genio del teatro, había logrado una
mezcla de estilos por medio de su potencia melódica; en la
sección en allegro de su gran aria, Agathe canta como una primadonna
italiana, Ännchen procede de la opéra comique francesa,
Max adopta el lenguaje del compositor parisino Etienne Méhul,
Kaspar está basado en el Osmin de Mozart y los únicos
elementos firmemente asentados en suelo alemán son los coros y
las melodías cantables como "Schöner, grüner
Jungfernkranz". Der Freischütz marca el hito más
importante en el desarrollo de la ópera alemana entre Die
Zauberflöte y Wagner.
Los románticos añoraban la dorada edad media y sus
caballeros. Elevándose sobre un libreto mediocre, la suntuosa música
de Weber para Euryanthe (Viena,
1823) ofrecía todos los personajes favoritos del primitivo
romanticismo: nobles caballeros y malignos adversarios, un ángel
de inocencia y una villana viperina. Del mismo modo que Weber
había utilizado símbolos musicales sucintos en Der Freischütz,
así las claves relacionales en Euryanthe hacen presagiar
la partitura de Lohengrin de aquel entusiasta de Weber, Wagner.
Mortalmente enfermo, Weber se arrastró hasta Londres y escribió
Oberon en 1826, el año de
su muerte. Cuento de hadas, caballeros y turcos, bordea la más
sublime música, pero es una especie de revista operística,
abstrusa y extravagante, pensada para los gustos imperantes
entre los ingleses.
Entre
1840 y el fin de siglo Giacomo Meyerbeer fue
una potencia mundial en música, con cifras astronómicas de
representaciones. Hijo de un acaudalado comerciante de ázucar
de Berlín, halló su propio estilo sólo gradualmente, tras
unos inicios convencionales. Robert le
diable (1831), una ópera romántica de terror creada
en colaboración con el libretista Eugène Scribe y representada
por primera vez en París con gran ceremonial, introdujo la última
variante de la opera seria, la ópera histórica de vasto
aliento.
La técnica escénica barroca volvió con el escenario
sobrecargado, con personajes y situaciones en agudo contraste y
con todo tipo de efectos en las escenas de masas. Para Meyerbeer
el teatro funcionaba en un plano más elevado, reuniendo voces
opulentas, estrategia dramática y despliegue técnico en
escena. En términos musicales, Meyerbeer combinaba elementos de
los estilos italiano y francés con minuciosidad alemana. Se
afanó meticulosamente para lograr representaciones ejemplares,
tanto en París como en Berlín, donde se convirtió en Director
General de Música en 1842. Murió en París en 1864, casi en el
mismo día en que el rey Luis II de Baviera llamaba a Wagner a
Munich.
Les Huguenots
(1836) dio
instantáneamente la vuelta al mundo operístico. Con el
trasfondo de la masacre del día de San Bartolomé (1572) se
despliega una complicada intriga en cinco actos, basada en el
conflicto entre católicos y calvinistas. El escalofriante
ritual de la consagración de las espadas, con sus tinieblas
demoníacas y su fanatismo, es uno de los grandes conjuntos románticos.
Le prophète (1849), centrado
en torno al papel dominante de contralto de la Madre Fides, es
un espectáculo turbulento sobre el movimiento reformista de los
anabaptistas en la región de Münster. L'africaine,
representada, póstumamente, por primera vez en 1865, tiene por
argumento los viajes de Vasco de Gama durante el descubrimiento
de las Indias Orientales; plena de color exótico, termina con
el Liebestod (amor-muerte) de Selica bajo un hipo
venenoso.
Las óperas históricas de
Meyebeer, muy admiradas y muy
denigradas, fueron consideradas en la segunda mitad del siglo
XIX como la quintaesencia de la gran ópera, con influencia en
Verdi (I Vespri siciliani y Don
Carlo), en el joven Wagner, en el maestro de Puccini,
Amilcare Ponchielli (La Gioconda,
1876) y La Reina de Saba,
del húngaro Karl Goldmark.
La otra gran línea dominante fue la opéra comique,
que se atuvo a su fórmula tradicional (números musicales y diálogo)
en cuanto que se movió en dos direcciones diferentes: hacia la
ópera realista, con el ejemplo característico de Carmen,
de Bizet, en 1875, con su localización española, y hacia la opera
buffa burlesca y satírica de Jacques Offenbach
(1819-1880), natural de Colonia emigrado a París. François
Boieldieu (1775-1834) puso de manifiesto una
sensibilidad ingenua en su ópera cómica La
dame blanche (1825). Adolphe Adam
(1803-1856) alcanzó el nivel de lo sensacional con su
Le postillon de Longjumeau(1836),
ensalzando la vida sencilla en un tono Biedermeier. El
compositor más influyente fue François Esprit Auber
(1782- 1871), que escribió cerca de cincuenta obras para la
escena, una de las cuales, La muette de
Portici (1828), relativa a un levantamiento de
pescadores, en un estilo próximo a Meyerbeer, hizo historia política:
la representación de Bruselas desencadenó la "revolución
de septiembre" de 1830, que condujo a la independencia de Bélgica.
Entre sus óperas cómicas su obra maestra es Fra
Diavolo (1830), una variante de la historia de Don
Juan, situada entre las partidas de bandidos de los Abruzzos. La
ópera francesa fue el modelo para Albert Lortzing
(1801-1851), nacido en Berlín, que era cantante, actor,
dramaturgo y compositor. Su melódico encanto lírico prendió sólo
en los países de habla alemana (Zar
und Zimmermann, Der Waffenschmied, Undine).
Der Wildschütz, basado
en Kotzebue, nos muestra un Lortzing satírico y seguidor de
Mozart en la construcción de conjuntos. La prioridad de
Lortzing en la escena era el efectismo, al igual que para Friedrich
von Flotow, cuya comedia romántica Martha
oder Der Markt zu Richmond sigue la estela del estilo
bufo francés.
El
de 1813 fue un año marcado por el destino para Europa. La campaña
de Rusia y la batalla de Leipzig sellaron el destino de Napoleón.
Los compositores Verdi y Wagner vinieron al mundo, así como los
escritores Hebbel y Büchner y el filósofo Kierkegaard. Nacido
el 10 de octubre en Roncole, cerca de Busseto (Parma), Verdi
tenía sus ancestros en una humilde aldea; él mismo se tuvo
siempre por un campesino. La rutina de sus primeros años le
obligó a trabajar con libretos convencionales que le
entregaban, como la variante del tema de Don Juan, Oberto,
conte di San Bonifacio (1839), la comedia sobre el
rey polaco Stanislas Leszczynski, Un
giorno di regno (1840) y I
lombardi alla prima crocciata (1843), un relato de la
época de las cruzadas. Más allá de las reminiscencias de
Rossini y Bellini, el compositor dramático iba dejando su
impronta.
Italia estaba en plena fermentación. En el movimiento político
conocido como "Risorgimento" cada una de las
provincias quería sacudirse la dominación extranjera y unirse
entre sí. El nombre de Verdi pronto estuvo en labios de todos;
las cinco letras de su nombre se tomaron como las siglas de
"Vittorio Emanuele
Re D'Italia",
el rey elegido y largamente esperado. La ópera era política en
una medida apenas conocida hasta entonces; con atavío bíbñlico
o histórico, las óperas del joven Verdi, escritas con el
Risorgimento en la cabeza, inspiraban la idea de liberación. Nabucco
(1842), cuyo argumento es el cautiverio de los israelitas en
Babilonia, se convirtió en un faro del Risorgimento. El coro de
los judíos, su himno. Las óperas tempranas de Verdi,que tienen
breves indicaciones al principio de cada escena a la manera romántica,
siempre se sirven de la voz cantante de coloratura para aportar
la expresión. Verdi ajustó las partes de soprano a la tesitura
de la cantante Giuseppina Strepponi, que se convertiría más
tarde en su segunda esposa.
Verdi siempre tuvo predilección por los temas literarios o
históricos; sus libretistas, siempre en pugna con los censores,
dieron forma operística al tema elegido, de modo que, pese a
ser obras totalmente originales, las formas tradicionales
despuntaban en mayor o menor medida: el recitativo con acompañamiento
orquestal y las escenas de bel canto, conjuntos llenos de
agitación apasionada, grandes entradas corales, contrastantes
cambios de escena y un final expansivo antes del entreacto
principal. Los estereotipos persistieron en amplia medida: el héroe
y la heroína tenían voces altas, los personajes atormentados y
los villanos estaban en tesitura de barítono, las villanas, los
dignatarios y los padres eran contraltos y bajos. Verdi
intensificó el realismo de la pronunciación; hizo brotar, con
su sentido pesimista, el lado sombrío de la vida; hizo el
lenguaje orquestal mucho más perfecto expresivamente para
caracterizar la acción, insistió enérgicamente en la dicción
clara, fue derivando con confianza hacia el drama musical, pero
en todo ello era siempre un italiano, y como tal estaba atado
por la supremacía de la voz y de la forma. Siguiendo a su ídolo
Shakespeare, se esforzó implacablemente por alcanzar la
verosimilitud en el lenguaje armónico expansivo y orquestal del
romanticismo pero mantuvo los pies sobre el suelo operístico,
ya fuera en obras sombrías e irreductibles como Macbeth
(1847-1865) y Simon Boccanegra
(1857 y 1881), o en óperas próximas a la grand opéra parisiense
y a Meyerbeer, como I Vespri siciliani
(1855), La forza del destino
(1862, 1869) y Don Carlos (1867,
versión italiana de 1884), o incluso en Aida
(1871), que, compuesta para El Cairo, se sitúa en Egipto y
es casi su única ópera de tema mitológico. Se inspiró en el
poderoso sentimiento de libertad de Schiller para I
Masnadieri (1847), Luisa
Miller (1849), Giovanna
d'Arco (1854) y, en particular, Don
Carlos. Quedó fascinado por el espectacular drama
moderno de Victor Hugo (Ernani en
1844 y Rigoletto en 1851),
al igual que por el drama romántico español inspirado en Hugo,
como el tratamiento por parte de Gutiérrez del asunto histórico
(Il trovatore, 1853; Simon
Boccanegra). Reflejó la ópera rococó, que le era
totalmente ajena, en Un ballo in
maschera (1859). Llevó su propia época a la escena
una sola vez, y con ciertas connotaciones autobiográficas;
compuso La
Traviata en
1853, basándose en La dame aux camélias de Dumas hijo.
Íntima, sensible, escrita casi como una ópera de cámara,
tiene un impresionante realismo que la conecta con el verismo.
Verdi forcejeó durante años con El rey Lear de
Shakespeare y acabó por rendirse. En Macbeth
ya se había aventurado por latitudes septentrionales en las
brumosas oscuridades de su ídolo y su amor por Shakespeare se
consumó en la hondura psicológica de Otello
(1887) y en la comedia lírica Falstaff
(1893). Arrigo Boito, el compositor de la
ópera fáustica Mefistofele (18689,
que era también un hombre de letras, fue su mano derecha como
libretista. En su dramática intensidad, Otello
presenta cierta similitud con el drama musical, en tanto que Falstaff
fue la primera opera buffa italiana destacada desde Don
Pasquale de Donizetti, estando
compuesta por sorprendentes recitativos declamatorios, arias
fundidas en el conjunto y resonantes finales contrapuntísticos.
Comedia, lirismo y poesía romántica de la naturaleza se
combinan en Falstaff. Las
palabras finales, en el sentido de que todo en este mundo es una
broma y que todos hemos nacido necios transforman el pesimismo
de Verdi en serena resignación.
Cuando Verdi murió el 27 de enero de 1901 en Milán, la
ciudad que había aplaudido sus primeras y sus últimas óperas,
su obra se elevaba a la máxima cúspide en el arte operístico
italiano desde Rossini, como la mejor combinación posible de
verosimilitud implacable con la brillantez vocal y orquestal. En
el proceso de búsqueda de una expresión dramática
independiente la ópera italiana del bel canto se había
transformado de la manera más asombrosa, alcanzando el más
alto vigor artístico y el aplauso más generalizado.
El
sueño de Jean Paul acerca de un artista "que escribe el
texto y la música de una ópera al mismo tiempo" se hizo
realidad de la forma más presentánea y controvertida con
Richard Wagner.
Wagner nació en Leipzig el 22
de mayo de 1813, hijo de un funcionario policial . Apasionado
por la naturaleza desde su infancia hasta su muerte, en sus años
mozos intentó ardientemente ser un escritor como Shakespeare y
un compositor como Beethoven .Hizo sus estudios con Theodor
Weinlich, El Cantor de Santo Tomás, e inició su carrera como
director musical en teatros de provincias. Desde sus primeras óperas
puso música a sus propios textos. Fueron estas Die
Feen, una pieza romántica en alemán en la estela de
Weber y Marsxhner, que no se representó hasta 1888, y Das
Liebesverbot (1836), una ópera con un aire más bien
francés o italiano, que expresa el ansia de vitalidad y
libertad del movimiento de la Junger Deutschland (Joven
Alemania). Desde el principio Wagner sintió que era un artista
político, un agitador, a causa de su idea de un arte teatral
destinado a transformar el mundo y no sólo a divertirlo,
combinando todas las artes independientes en "una obra de
arte del futuro", que sería la muy polémica Gesamtkunstwerk
("obra de arte total"). En cuanto personalidad romántica
universal fue muchas cosas a la vez: compositor, escritor, teórico,
polemista, director, gerente y administrador de teatro. Su espíritu
inquieto le llevó al exilio, tanto voluntario como forzado, así
como a las barricadas revolucionarias de Dresde en 1849, a la
corte del rey Luis II de Baviera, a la construcción de un
teatro en Bayreuth - nunca antes un escritor dramático había
necesitado un teatro para él sólo - y finalmente a sus
cuarteles de invierno en Venecia, donde murió el 13 de febrero
de 1883.
Wagner se propuso primeramente "sobrepasar todas las
manifestaciones previas de la grand opéra" con Rienzi
Dresde, 1842), una obra histórica de largo aliento
siguiendo las pautas de Spontini; su tema central, en términos
grandiosos, es un tributo popular de la Roma renacentista que
cae víctima de sus propias ideas reformistas. Aunque no es
todavía un drama musical, Dier
fliegende Holländer (Dresde, 1843) no es una ópera
tradicional; representada sin interrupciones, es la siniestra
balada de un marinero maldito que sólo puede ser redimido por
un amor que llegue al sacrificio. Ya es típicamente wagneriano
en la unidad de contexto (dar cabida al océano, las fuerzas
naturales, el ambiente de marinería), la serie de armonías
dominantes y motivos directrices (trazos musicales que
caracterizan a los personajes o las situaciones), la elevada
expresión orquestal, el tono emotivo que desplegó durante toda
su vida y la versión secularizada de la idea cristiana de
redención, tanto para el individuo como para la totalidad del
mundo degenerado, despreciablemente egoísta. Tannhäuser
und der Sängerkrieg auf dem Wartburg (Dresde,1845) y
Lohengrin (Weimar, 1850),
las dos obras dramáticas denominadas específicamente "óperas
románticas", combinana reminiscencias de la gran ópera
heroica con la tecnica del leitmotif, la idea de la
redención y el estilo declamatorio vigorosamente emotivo; esta
es la contribución de Wagner a la glorificación romántica de
la edad media, el mundo caballeresco y la grandeza del pasado.
Las fórmulas operísticas aún destellan en las escenas
airosas, los conjuntos, los coros, las procesiones y los finales
de gran extensión. Tras escapar a Suiza para evitar un arresto
bajo acusación de actividades revolucionarias, Wagner escribió
Tristán und Isolde, que se
representó por primera vez en Munich en 1865; la partitura
determinó el destino de la armonía moderna y del drama musical
psicológico. En su tejido de acontecimiento, remembranzas y
anhelos psicológicamente motivados, este "tratamiento en
tres actos" está muy adelantado a su tiempo en la historia
del drama; la omnisciente, ubicua escritura sinfónica orquestal
expresa la agitación interna de los personajes de la escena;
casi todo rastro de la ópera convencional ha sido eliminado; se
requieren pocos personajes cuando la romántica unión de amor,
noche y muerte se consuma. La armonía se aproxima a los límites
de la tonalidad; la partitura deTristán
ha inspirado a compositores atonalistas; verdaderamente, da
al traste con el sistema armónico tradicional mediante su
cromatismo sistemático y la progresión semitonal que viene a
simbolizar la expresión del sufrimiento. El mundo sonoro del
siglo XX ya apuntaba.
Wagner tendía a la universalidad, al simbolismo, a los
significados profundos que subyacen a las realidades de la vida;
el mito, la saga y la leyenda están, así, en el centro de su
visión. Se inclinó hacia una interpretación libre de la
historia en la obra dramática festiva en brillantes claves de
tono mayor que concluyó después de Tristán.
Die Meistersingers von Nürnberg era
una comedia en tres actos, seria y divertida a la vez, que se
representó por primera vez en Munich en 1868. La acción simbólica
está situada en Nuremberg en la época de la Reforma y muestra
cómo la juventud tempestuosa lanzada hacia el progreso puede
reconciliarse con las fuerzas de la tradición. Por analogía,
Wagner se reconcilió él mismo con las convenciones de la
comedia, al presentar un par de amantes serios y una pareja
bufa. Beckmesser se interpone entre ello, con un enredo dictado
por la envidia, y están luego el poeta zapatero remendón Hans
Sachs, que triunfa sobre la "estulticia" (Wahn) del
egoísmo para hallar la sabiduría y la resignación serenas; el
"pére noble" Pogner; el ostentoso pedante Kothner;
los maestros y el resto de la gente. La idea de redención queda
reducida a una escala manejable, incluyendo el control de la
contumacia ciega y el equilibrio de los opuestos. En línea con
las fórmulas dramáticas antiguas nos encontramos de nuevo con
pasajes ariosos tipo canción, procesiones corales, un conjunto
(en este caso un quinteto), monólogos, un discurso formal,
danza formal, danza popular y sobre todo finales expansivos,
incluso con una doble fuga en el final del segundo acto, que
representa un alboroto general. El lenguaje emocional es
suavizado por el verso arcaico alemán, utilizado por el histórico
Hans Sachs. El drama musical se humaniza con las armonías
brillantes y cálidas en tono mayor, apartándose de la
expresividad de Tristán. Este fue el punto de partida
para algunos de los sucesores de Wagner, especialmente su hijo
Sigfried (1869-1930), que compuso óperas sobre cuentos de hadas
y leyendas, y Engelbert Humperdinck
(1854-1921), natural de Renania, cuyo cuento de hadas Hänsel
und Gretel (1893) se ha convertido en la ópera
favorita de navidad de Alemania, fundamentalmente debido a sus
melodías pegadizas y a la vivacidad de las escenas en que
aparece la bruja.
Wagner abordó algo que ningún compositor de ópera había
intentado jamás: una tetralogía, una fiesta escénica con una
velada preliminar y tres veladas principales.Der
Ring des Nibelungen era una combinación de varias
sagas germánicas, un mito en versos aliterados, una recreación
romántica de la tragedia griega que todos los reformadores de
la ópera han contemplado como un ideal remoto y oscuro. Wagner
mostró un espejo admonitorio de su propio siglo enredado en políticas
de poder y consideraciones de conveniencia; egoísmo, ansia de
poder, compromisos y rivalidades son la ruina de los dioses que
rodean a Wotan. El ardorosamente disputado anillo mágico
perteneciente al enano Alberich lanza sus destellos como un símbolo
del poder destructivo. Wagner quería que esta alegoría del fin
de los dioses se representara como un ciclo, y así sucedió por
primera vez en el Teatro del Festival expresamente construido en
Bayreuth. El drama iba a tener un efecto de purificación en los
peregrinos concurrente, la antigua idea griega de la catarsis
adquiere una nueva dimensión. Cada uno de los cuatro dramas
utiliza variantes de los mismos leitmotifs y de las
mismas ideas básicas, especialmente en la amplia y omnisciente
orquesta, pero cada una de las partes es completa y comprensible
en sí misma, en parte gracias a que los acontecimientos previos
son ingeniosamente recapitulados en la propia estructura dramática.
Das Rheingold, ópera en un
acto y cuatro escenas, muestra cómo los esfuerzos de Wotan por
exaltar su poder y su grandeur desencadenan el mecanismo
de su perdición; Die Walküre trata
de la hija de Wotan, Brünhilde, y del amor entre los hermanos
Sigmund y Sieglinde; Siegfried presenta
al héroe puro elegido como redentor; Götterdämmerung
retrata la catástrofe de Siegfried y Wotan. El leitmotif
técnico tiene una influencia permanente, al igual que la típica
distribución de las voces por parte de Wagner: una soprano
sumamnete dramática (Brünnhilde), una joven soprano dramática
(Sieglinde), un fuerte tenor heroico (Siegfried) y un bajo-barítono
heroico (Wotan). Estas características vocales, modificadas en
ocasiones, han seguido siendo la norma para las obras escénicas
de los sucesores espirituales de Wagner.
"La última y la más sagrada de mis obras" fue lo
que Wagner dijo del "festival escénico sagrado" que
se representó por vez primera en 1882 en Bayreuth; Parsifal,
el héroe del poema medieval de Wolfran von Eschenbach, es
el "necio puro" que se convierte en redentor de los
caballeros del Santo Grial, que están anquilosados por la culpa
y el inmovilismo. La noción que Wagner tiene de la redención y
la regeneración muestra claramente sus orígenes cristianos; el
Grial que los caballeros guardan es la vasija en que fue
recogida la sangre de Cristo en el Gólgota.
El misticismo envuelve la acción, que es completamente estática.
Los acontecimientos del escenario simbolizan la vida interna de
los personajes; el teatro simbolista y expresionista da sus
primeros pasos. La maraña de pensamientos, intenciones,
tentativas e indicios se revelan lógicamente mediante la
orquestación extraordinariamente sutil, en el simbolismo
instrumental y en las armonías portentosamente fluidas. Wagner,
como dramaturgo, sublima la acción teatral. El escenario es
simplemente un código para los procesos interiores.
Como
Gluck, al que veneraba, Wagner fue casi exclusivamente
un compositor dramático, poniendo en práctica sus personales
visiones mediante las palabras y la música. Sus escasas
canciones y piezas instrumentales son irrelevantes. Muchos
compositores de fines del siglo XIX parecen haber sido
perturbados por Wagner, positiva o negativamente. El contragolpe
al drama musical lo dio Igor Stravinsky
(1882-1971), que insistió en la forma clásica, el ritmo
irresistible y la severidad lacónica, especialmente en la
tragedia-oratorio Oedipus Rex. Paul
Hindemith (1895-1963) volvió a las formas autónomas
barrocas en Mathis der Maler (1938),
un drama en torno a un artista, y en el provocativamente
expresionista Cardillac (1926).
El drama musical de Wagner se ponía en cuestión cuando de
nuevo la gente estaba ansiosa de ópera.
La
cuestión era soslayar a Wagner o, desde luego, pasar por
encima de él. En París, la tragedia lírica se consolidó
como la forma aceptada de teatro musical, adornado con arias
melifluas, ricos decorados y el inevitable ballet. La
autoridad en el bel canto deliciosamente escrito fue el
parisino Charles Gounod (1818-1893), cuyas óperas
eran amables, hondamente sentidas y mozartianas en cuanto a la
técnica de conjunto. Su Fausto
transfiere libremente la obra de Goethe al escenario romántico
francés, rompe el drama filosófico en tableaux acertadamente
operísticos, sitúa a Margarita en una posición central con
su coloratura, crea agradables números y da rienda suelta al
sentimiento lírico. Varios compositores franceses tomaron
como modelo a Gounod, incluido el joven Georges Bizet
(1838-1875) en su temprana ópera de ambiente exótico Les
Pècheurs de perles, que fue una respuesta
melodiosa y opulenta a la moda de los países remotos en la
gran ópera. La tragedia lírica adquirió complejidad musical
y psicológica en las muchas obras escritas para la escena por
Jules Massenet (1842-1912), una de las
cuales, Werther (basada en
Las desventuras del joven Werther de Goethe) empezó en
1891 a desempeñar el papel de un Freischütz francés.
Con un encanto sensual en su sonido, es una ópera llena de
variados elementos estilísticos; pese a ser totalmente lírica,
bordea el nuevo estilo naturalista, al igual que Manon
(1884). La gran ópera y el exotismo triunfan en Samson
et Dalila (1877) de Camille Saint-Saëns
(1835-1921), que dominaba diversos estilos pero era básicamente
un clasicista. Esta obra de proporciones ajustadas se
concentra en tres personajes principales, grandes coros y un
decorativo ballet. El segundo acto anticipa la estructura dramática
del segundo acto de Parsifal, resultando
una escena seductora en la que un titiritero demoníaco mueve
las cuerdas tras las bambalinas.
El realismo se agudizó en naturalismo. FueCarmen
de Bizet la que señaló el cambio hacia el arte veraz en
1875, una señal que tuvo eco por todas partes y fue saludado
entusiásticamente por Nietzsche; en atención al realismo, es
una ópera cómica con diálogos hablados (Ernest Guiraud
escribió una versión totalmente musical), situando sus
cuatro actos en el mundo cotidiano de las jóvenes
trabajadoras de una fábrica de cigarrillos, gitanos,
contrabandistas, toreros y soldados y narrando la amarga
historia de un cabo que lo deja todo al enamorarse locamente
de una joven gitana y a la postre da muerte a su inconstante
amada. La partitura, que tiene cierta afinidad con la música
callejera, tiene una forma expresiva esencial, lacónica en
sus melodías, que les da un cierto sabor español, y en sus
danzas y conjuntos. Para deleite de los antiwagnerianos, Carmen
se convirtió pronto en una de las óperas más
frecuentemente representadas del siglo.
Ahora había algún estímulo para desarrollar la ópera
italiana más allá de Verdi. Pietro Mascagni
(1858-1945) convirtió un breve relato siciliano en un "melodramma"
vívido y conmovedor, situado entre los campesinos del sur y
titulado Cavalleria rusticana (1890),
ópera en un acto con una acción muy consensuada. Pronto se
convirtió en una costumbre el representar la ardorosa pieza
de Mascagni antes de la breve ópera de dos actos Pagliacci
(1892), una tragedia situada en una compañía de cómicos
ambulantes, escrita y compuesta por Ruggiero
Leoncavallo (1858-1919). El viejo truco de una
representación dentro de una representación se muestra
efectivo; el celoso Canio es un papel excepcional para los
tenores, la acción está brutalmente concentrada y las formas
del bel canto resplandecen dentro del drama
naturalista. Este nuevo estilo, rigurosamente veraz, fue
conocido en Italia como verismo. Se propagó como un incendio.
La ópera italiana encaró el nuevo siglo con cierta
confianza.
Es cuestión discutida si Giacomo Puccini
(1858-1924), nacido en Lucca, escribió óperas que van más
allá del verismo; en cualquier caso, las últimas partituras,
al igual que la sucesión de obras en un acto Il
trittico (1918) y el cuento de hadas simbolista Turandot
(1926) que, con carácter póstumo, fue puesto en escena
por vez primera por Toscanini, nos muestran a Puccini
explotando los avances modernos en el drama y la armonía. Había
estudiado a Verdi y a Wagner y su ingenio había sacado
provecho de ello. Manon Lescaut
es una tragedia de pasión, ricamente orquestada, de
sentimiento concentrado sin dejar por ello de presentar
oportunidades al bel canto a pesar de la complejidad
psicológica. La Bohème (1896)
condensa una historia agridulce del barrio de los artistas en
París en cuatro breves y contrastantes escenas; aprovechando
el estilo intimista de La Traviata,
es atmosférica, la partitura es aún más delicada, plena
de sentimiento y de bel canto y tiene unos personajes
con los que la audiencia puede identificarse. El esquema
italiano de tres personajes principales (soprano, tenor, barítono)
es la base de Tosca (1900),
que aporta la severidad y la fuerza del verismo a una obra escénica
de carácter histórico. Las voces rinden homenaje al estilo
de canto dramático italiano, mientras la orquesta, modelada
inteligentemente sobre la de Wagner, liga los motivos sinfónicamente
y revela los pensamientos secretos de los protagonistas. En Madame
Butterfly el lejano oriente, que estaba en boga en
la época de Puccini, está tratado con un gran refinamiento
individual. En 1810 puso en escena en Nueva York La
fanciulla del West, una historia de crimen enlazado
con el sentimiento de los días de los buscadores de oro y los
bandidos. El Nuevo Mundo saltaba al escenario operístico con
una viva luz romántica.
En los países de habla alemana la única ópera verista
que entró en el repertorio fue Tiefland
(1903) de Eugen d'Albert (1864-1932),
nacido en Glasgow pero alemán por elección; pianista
afamado, escribió veinte óperas de diversos tipos, desde la
comedia hasta obras románticas de grandes dimensiones y
simbolismo mágico. El esquema de los tres personajes es
aplicado a una historia ambientada en los Pirineos en la que
se muestra la cuestionable moralidad de las gentes de las
tierras bajas y la pureza de las gentes de las montañas.
Nuevos
países en los márgenes de Europa
La
conciencia nacional se desarrolló durante el siglo XIX. Las
gentes se sentían cada vez más orgullosas de sus propias
lenguas, culturas e historias. El nacionalismo romántico se
rebeló contra la supremacía de la ópera italiana, francesa
y alemana. La gente buscó la independencia incluso en el
teatro musical. En Bohemia, que pertenecía aún al Imperio
Austro-húngaro, Bedrich Smetana (1824-1884)
y Antonin Dvorák (1841-1904) incorporaron a
los campesinos a la ópera nacional, con sus danzas, sus
canciones y sus vestidos; Smetana, particularmente, en La
novia vendida (1866) y Dvorák en Rusalka
(1901). Una línea recta conduce desde Dvorák a Leos
Janácek (1854-1928) y su ópera acerca de la vida
popular en Moravia, Jenufa (1904),
su música para Katia Kabanova
(1921) de Ostrovsky, su saga de animales en el bosque La
zorrita raposilla (1924) y la opresiva versión de
La casa de los muertos de Dostoiesvsky (1930).
El estilo de Janácek no es fácilmente clasificable. Era un
moravo impetuoso que siguió sus propios derroteros.
El imperio zarista de Rusia había tenido la ocasión de
contemplar a las compañías centroeuropeas de gira. A pesar
de cierta resistencia, Mijail Glinka (1804-1857)
introdujo temas rusos y melodías rusas en los escenarios de
sus óperas Una vida por el Zar (1836)
y Russlan y Ludmila (1842).
Las obras escénicas de Piotr Tchaikovsky (1840-1893)
combinaban un elegante estilo francés con "música de
cochero" doméstica, como algunas gentes la llamaban con
desaprobación. Eugene Onegin,
compuesta en 1879 y basada en la novela en verso de Pushkin,
retrataba una versión rusa de un byroniano hastío del mundo
y mostraba un rasgo esencial del teatro musical ruso: la
expresión épica y ampulosa, fragmentada en múltiples
escenas. En Pique Dame (1890)
Tchaikovsky puso en juego una ambientación vigorosamente
efectiva al servicio de una historia romántica de terror.
La antipatía hacia la armonía centroeuropea y hacia sus
formas teatrales y musicales inspiraron a Modest
Mussorgsky (1839-1881) para crear un lenguaje musical
ruso libre de inhibiciones y compromisos y unas obras escénicas
que tienen una condición distanciada y épica muy lejana del
modelo centroeuropeo. De manera específica, Mussorgsky
calificó a Boris Godunov (1874),
que relata la vida de un zar, de "drama musical
popular"; Kovanshchina (1886),
situada en la edad media rusa, despliega su enigmática
historia de pasión amordazada a escala épica. Esta tendencia
narrativa siguió siendo un rasgo del teatro musical ruso en
las óperas de amplio aliento de Sergei Prokofiev (1891-1953),
como Guerra y Paz (1944) y
a veces también en las óperas de Dimitri
Shostakovich (1906-1975), que alternan la sátira con
un mordaz realismo.
Hay un caso especial que incide en varios estilos manteniéndose
fundamentalmente dentro de la tradición francesa.
Representada, póstumamente, por primera vez en París en
1881, Les contes d'Hoffmann,
es la única ópera de Jacques Offenbach,
nacido en Colonia (1819-1880), quien, tras su sensacional éxito
en la "ópera bouffe" satírica se puso a escribir
su única obra escénica seria, en torno al personaje del
poeta romántico E.T.A. Hoffmann. Les
contes d'Hoffmann, con su texto en francés y su
sentimiento e ingenio franceses omnipresentes, sigue siendo un
enigma. Cualquiera que sea la versión póstuma que se elija,
la última obra de Offenbach para la escena es un compendio de
las ideas románticas.
La contribución inglesa al repertorio internacional llegó
relativamente tarde. Desde los tiempos de Haendel hasta
finales del siglo XIX la escena operística estuvo dominada
por la ópera italiana; la ópera en inglés se desarrolló sólo
a rachas en las óperas, popurríes y adaptaciones deHenry
Bishop (1786-1855), en las óperas de Michael
William Balfe (1808-1870) y George Alexsander
McFarren, cuyo El Rey Carlos
II (1849) es el primer ejemplo de nacionalismo romántico
inglés. La ópera inglesa fracasó ampliamente porque la
aristocracia permaneció fiel a la ópera italiana y las
clases medias aún consideraban inmoral el teatro. Todo esto
cambió con la fundación en 1875 de la D'Oyly Carte Opera
Company, que puso en escena las óperas cómicas que
escribieron al alimón el dramaturgo W.S. Gilbert (1836-1911)
y el compositor Arthur Sullivan (1842-1900).
Desde 1871 (Trial by Jury)
hasta 1889 (The Gondoliers)
las clases medias acudieron en tropel a ver estas óperas, de
las que The Mikado (1885)
e Iolanthe (1882)
demostraron estar entre las más perdurables. La sátira
mordaz y el ingenio verbal de Gilbert se manifiestan sobre
todo en las canciones de argot y se complementan de forma
ideal con el sentimentalismo de Sullivan.
La ópera seria británica de principios del siglo XX
estuvo profundamente influida por Wagner, como puede
apreciarse en el ejemplo más original, The
Wreckers (1906) de Ethel Smythe.
El nacionalismo y la reacción contra Wagner pueden detectarse
en las óperas de Ralph Vaugham Williams
(1872-1958) y Gustav Holst (1874-1934), pero
no fue sino hasta después de la segunda guerra mundial cuando
los compositores británicos adquirieron reputación
internacional en el campo de la ópera.
Fin
del drama musical y retorno a la ópera
La
emotividad de Wagner, su técnica del leitmotif y su
esplendor orquestal tuvieron un gran peso en el teatro
musical, al menos en los países de habla alemana.
El muniqués
Richard Strauss (1864-1949) halló un camino
de regreso a la ópera que eludía a Wagner y al mismo tiempo
le sobrepasaba. Strauss era un hombre de mundo educado al
estilo clásico, el indiscutido compositor musical magistral
de quince obras para la escena y, pese a ser director de
orquesta, un avezado hombre de teatro. Los wagnerianos
esperaban como algo natural la calidad literaria de los textos
a los que se iba a poner música; en las óperas en un acto Salomé
(1905) y Elektra (1909)
Strauss utilizó textos de Oscar Wilde y Hugo von Hofmannsthal
respectivamente. En ellas abordó las preocupaciones psicológicas
del cambio de siglo en el sonido de una orquesta enorme que
expresa los más recónditos sentimientos de los protagonistas
y alcanza la frontera de la atonalidad en la complejidad de su
armonía e instrumentación. Salomé y Elektra fueron
señales que sacudieron el ánimo de Schoenberg, Berg y la
generación siguiente. En cuanto realista irónico, Strauss
sintió que estaba dotado para la ópera cómica. El escritor
vienés Hofmannsthal le proporcionó un libreto situado en la
Viena rococó: Der Rosenkavalier,
representada por primera vez en Dresde en 1911, presenta unos
personajes con profundos contrastes y contiene la idea
subyacente de la mutabilidad de la vida, que habría de
convertirse en el pensamiento central de las obras que Richard
Strauss escribió para la escena. La música está salpicada
de valses vieneses, que aparecen anacrónicamente en los tres
actos. Hay partes vocales, para deleite de los cantantes,
aunque la vocalización ha de ser muy precisa. La armonía se
aleja de las fronteras de la atonalidad para producir un
sonido voluptuoso pero funcional. La ópera tradicional
reapareció en una apariencia mutada.
Strauss y Hofmannsthal iban retrasados respecto a su tiempo
en cuanto a estética y educación histórica.
Ariadne auf Naxos (versión final de 1916) es
una ingeniosa combinación de las formas barrocas opuestas opera
seria y opera buffa, moviéndose entre un misticismo
mortal y la commedia dell´arte, personajes de la
mitología clásica y reminiscencias de Molière; presenta un
sutil artificio frente a la escenografía barroca, con una
orquesta de treinta y siete ejecutantes y un papel de difícil
coloratura. Strauss no fue el único abogado de la ópera cómica
como defensa frente al drama musical; lo fueron también d´Albert
(Die Abreise, 1898)
y el italo-alemán Ermanno Wolf-Ferrari (1876-1948),
cuyas partituras en estilo buffo revivieron
artificialmente la Venecia de Goldoni. Strauss siguió
escribiendo comedias musicales hasta una edad avanzada: la
autobiográfica Intermezzo
(1924), la meliflua Arabella
(1933), que se sitúa en Viena; Die
schwigsame Frau (1935), y una pieza dialogada, Capriccio
(1942) que aborda la rivalidad entre las palabras y la música.
Strauss consideraba Die Frau ohne
Schaten una obra mayor; es una ópera de misterios,
con decorados orientales, un cuento de hadas profundamente
simbólico, sobre un libreto de Hofmannsthal. Los temas clásicos
sutilmente alterados reaparecen en Die
agyptische Helena (1928), Daphne
(1938) y Die Liebe der Danae
(1944 y 1952). Cuando Strauss murió en Garmisch en
(1949) se tuvo por desaparecido el último compositor de ópera
alemán de fama mundial.
Hans Pfitzner (1869-1949) pasó toda su
vida a la sombra de Strauss; era un romántico tardío que
alcanzó cierto relieve por su leyenda musical Palestrina
(1917), que es una exposición de su propia estética.
La
necesidad de aceptar a Wagner y al mismo tiempo superarle fue
sentida por muchos. Apropiándose la armonía de Wagner, Claude
Debussy (1862-1918) transfirió la tragedia lírica típicamente
parisina al teatro estático del simbolismo en su ópera en
cinco actos Pelléas et Mélisande
(1902), basada en la obra teatral de Maurice Maeterlinck. El
escenario refleja simplemente los procesos mentales y el drama
tiene lugar en el interior de los personajes, envueltos en una
música amable, permanentemente fluida, constituida por pequeños
motivos; su sustancia fundamental es el colorido
impresionista. El colorismo de Debussy influenció al húngaro
Béla Bartók (1881-1945) y su temprana ópera
en un acto El castillo de Barba Azul
(1918). También en el área general del impresionismo hay
una versión de Barba Azul a cargo de Paul Dukas (1865-1935): Ariane
et Barbe-Bleu (1907) está cargada de dificultades
vocales y tiene una orquestación deslumbrante. El ex-oficial
naval Nicolai Rimsky Korsakov (1844-1908),
que fue el maestro de Stravinsky, escribió operas basadas en
cuentos populares rusos que tienen cierta afinidad con el
impresionismo.
El cromatismo de Tristan contribuyó
a aflorar una crisis en el lenguaje armónico. Las relaciones
funcionales entre las diferentes escalas se debilitaron y
finalmente se abandonaron totalmente a la atonalidad. Con un
lenguaje sin trabas que es característico del expresionismo,
el compositor vienés Arnold Schoenberg
(1874-1951) escribió dos obras en un acto de gran hondura
psicológica, Die glückliche Hand (1924)
y Erwartung (1928); ambos
son monodramas que descansan en un personaje central. La
enorme orquesta, mucho mayor que la de Strauss, emplea osados
dinamismos y simbolismo instrumental para expresar la vida
interior de los personajes. La disposición estructural de las
doce notas cromáticas de la escala en diversas modalidades,
liberadas de toda clave relacional (conocida como dodecafonía
o música de doce notas) aportó el fundamento para la ópera
en tres actos de Schoenberg Moses und
Aron (1954 y 1957). Se trata de una pieza épica
que Schoenberg dejó en forma fragmentaria y siempre pensó
que era irrepresentable. Se basa en una sola línea de doce
notas y trata un tema del Antiguo testamento, utilizando
partes habladas a modo de coros y culmina en una escena de
danza en torno al becerro de oro.
El discípulo vienés de
Schoenberg, Alban Berg
(1885-1935), nunca perdió de vista las potencialidades del
teatro, a diferencia de su maestro. Bajo la impresión de la
primera guerra mundial compuso Wozzeck,
representada por primera vez en Berlín en 1925, una ópera
basada en la obra teatral de denuncia de Georg Büchner acerca
de un infeliz oprimido empujado a un acto de desesperación.
Esta "ópera literaria" narra el sufrimiento de un
triste soldado en escenas breves, densas, llenas de vigor
expresionista. La música, que es sonora, extraordinariamente
sensitiva y directamente conmovedora, es ampliamente atonal
pero tiene centros armónicos subyacentes; sólo la Passacaglia
responde al sistema de las doce notas. La ópera póstuma
de Berg, Lulu (1937),
basada en obras teatrales de Frank Wedekind, sigue las reglas
dodecafónicas. Incorpora formas tradicionales como el canon,
la coral y el airoso, así como el ragtime y un vals
inglés. La variedad de estilos expresivos eleva la entonación
de las palabras y hace el texto comprensible.
Junto con la técnica serial desarrollada por Anton
Weber,
las aportaciones de Schoenberg y Berg ejercieron una amplia
influencia en la música del siglo XX.Karl
V (1934), una crónica de Ernst Krenek
(1900-1991), se construye sobre el principio dodecafónico, a
diferencia de su Jonny spielt auf,
una ópera que incluye jazz y escenas de la vida contemporánea,
lo que se consideró sorprendente en 1927. Tras comenzar como
serialista, el renano Bernd AloisZimmermann
(1918-1970) creó en Die soldaten(1965) una ópera pluralística. Había algunos oponentes
del dodecafonismo que se aferraron a las formas teatrales
tradicionales. El compositor muniqués Carl Orff
escribió exclusivamente para el teatro y su cantata escénica
Carmina Burana (1937) tiene una textura elemental en
sus melodías y ritmos que han dado la vuelta al mundo; sus óperas
cortas Der Mond (1939) y Die
Kluge (1943) eran como cuentos de hadas, con la
aspiración de ser un "pequeño teatro universal" en
su exquisita simplicidad, en tanto que sus tragedias griegas,
ya fuera siguiendo a Hölderlin, como en Antigonae
(1949) y Oedipus der Tyrann
(1959), o el original griego de Esquilo en Prometheus
(1968), presenta la "ópera literaria" en una
fase abstracta, con textos recitados estáticamente sobre
ritmos percutidos, sonidos de una orquesta no convencional y
armonía de base tonal.
Luigi Dallapiccola
(1904-1975) fue el
primer compositor italiano en utilizar la técnica dodecafónica
en una ópera,Il prigionero (Florencia,
1950) -pero de una manera que se la podía alienar con el
estilo melódico tradicional. Tanto en las obras de
Dallapiccola como de Luigi Nono (1924-1990),
los temas políticos en particular, la lucha contra el
fascismo, ocupan un lugar central. En el caso de Luciano
Berio (n. En 1925), uno de los temas centrales es la
naturaleza del propio teatro: Opera
(Santa Fe, 1970, el título debe entenderse en el sentido
de "Obras") entreteje diferentes aproximaciones dramáticas
al tema de la muerte, mientras que Un
re in ascolto (1984) adapta la figura del Próspero
de La tempestad de Shakespeare a la de un empresario
moribundo. Dejando aparte las obras en sí mismas, la
principal contribución de Italia a la ópera del siglo XX ha
sido el trabajo de los productores y los escenógrafos como
Luchino Visconti, Franco Zefirelli, Giorgio Strehler y Luca
Ronconi.
El mundo de habla inglesa ha producido una desconcertante
variedad de formas músico-dramáticas. La comedia musical o
el "musical" es una creación angloamericana. Sus orígenes
hay que buscarlos directamente en las actividades
empresariales de un gerente teatral de Londres en la década
de 1890, George Edwardes. El nuevo tipo de diversión,
combinaba la farsa, el melodrama, el sentimentalismo, los números
de canción y baile, los coros y los finales estrepitosos. El
énfasis en las melodías pegadizas que sobreviven a los
espectáculos en que aparecían originalmente continuó en el
musical americano, sobre todo en la obra de Jerome Kern,
Richard Rodgers, Lorenz Hart, Oscar Hammerstein II y Cole
Porter. Todos ellos han dejado una impresión indeleble en
numerosos compositores británicos más allá de los ejemplos
destacados de Noël Coward y Andrew
Lloyd Webber. El fenómeno de la "comedia
musical" es sintomático de la gran brecha que se ha
abierto entre la música "seria" y la que se concibe
como pura diversión. Sin embargo, algunas obras se sitúan
con éxito a caballo de esta división: la "ópera
popular" de GershwinPorgy
and Bess (Nueva York, 1935), impregnada de la
tradición afroamericana y West Side
Story (Nueva York, 1957) de Leonard
Bernstein, que con su tono elevado y su trágico
final trasciende el género del musical.
En relación con el repertorio más serio, Benjamin
Britten (1913-1976) destacó pronto como el más
grande compositor de óperas británico desde Purcell. Su Peter
Grimes (1945) representa un prometedor comienzo en
la historia de la ópera británica, que conducirá a la
aparición de muchos compositores cuyo comospolitismo y
complejidad les distinguirá de sus predecesores. El Grimes
de Britten, que fue saludado inmediatamente como una obra
maestra, fue seguido de la ópera cómica Albert
Herring (1947) y de la tenebrosa ópera de cámara The
Turn of the Screw (1954).Su originalidad se
despliega en la invención de nuevas formas como la ópera de
niños y la ópera de iglesia, que puede asimilarse a los
misterios medievales (Noyes Fludde,
1958). A causa de su versatilidad, Britten llevó a la música
inglesa a un modernismo templado, todavía tonal y a veces ecléctico.
Este camino fue seguido por diversos compositores, destacando
Sir Michael Tippet (n. En 1905), que ya era
un compositor de ópera experimentado cuando la primera de sus
cinco óperas de madurez, The
Midsummer Marriage, se representó en 1955. La
afirmación "Quisiera conocer mi sombra y mi luz, así
estaré completo por fin" (del oratorio A
Child of our Time, 1935) resume la preocupación básica
de las óperas de Tippett, cuyos libretos, escritos por el
propio Tippett, le deben mucho a las ideas de Jung y a la poesía
de T.S. Eliot.
El
teatro musical no conoce fronteras
Finalizada
la segunda guerra mundial las cosas tenían un aspecto
particularmente sombrío para la ópera: los teatros habían
quedado destruidos,
las compañías dispersas, todo era
improvisado, había escasez de los elementos esenciales.
Componer óperas parecía una pérdida de tiempo. Durante algún
tiempo la gente se las arregló con óperas de cámara que
resultaban baratas, como The Rape of
Lucrecia (1946), con préstamos del terso
clasicismo de Stravinsky, el estilo neobarroco de Hindemith o
las óperas cortas de "Les Six" del París de los años
veinte. La técnica dodecafónica se asentó firmemente,
particularmente en la música instrumental; Wolfgang
Fortner (1907-1978) la utilizó eficazmente como base
de su tragedia lírica Bluthochzeit
(1957). Se produjo una tendencia gradual a romper con el
dodecafonismo y la técnica serial o, alternativamente, a
relajar sus normas estrictas. En Los
diablos de Loudon (Hamburgo, 1969) el compositor
polaco Krzysztof Penderecki, nacido en 1933,
desarrolló un nuevo tipo de estilo declamatorio de gran
colorido, con efectos sorprendentes producidos por
sonidos-ruidos o ruidos-sonidos. Los compositores han tratado
cada vez más de explotar los avances tecnológicos en la
grabación de discos, cintas magnetofónicas, electrónica,
micrófonos, televisión y sonidos artificialmente
distorsionados. La tecnología de los nuevos tiempos ha
irrumpido violentamente en la ópera, modificando las ideas
acerca de la producción y ofreciendo portentosas
posibilidades en la línea de un "teatro total" de
todos los medios.
Nacido en 1926, Hans Werner Henze procedía
de la escuela de Fortner; presentaba tres características
distintivas difíciles de conciliar: el libre uso de la técnica
dodecafónica, una suavidad de sonido que tenía un punto de
esteticismo y un intenso compromiso político. Su versión de
Manon Lescaut, Boulevard Solitude (1952)
dio testimonio de una nueva sensualidad; Der
Prinz von Homburg (1960, basada en Kleist) presentó
la "ópera literaria" con un nuevo aspecto; Elegie
für junge Liebende (1961) fue una idea feliz para
una ópera de cámara, y la comedia Der
junge Lord (1965) llevó a la escena un toque de opera
buffa en los diálogos chispeantes y los ingeniosos
conjuntos. Henze es un paladín de la "ópera
literaria" basada en textos poéticos ambiciosos. Cuando
reduce la escala de la orquesta produce cautivadoras
combinaciones de sonido y subraya la importancia central de la
acción.
En Gran Bretaña surgió en los años sesenta un grupo de
compositores cuya música muestra un gran conocimiento de la música
de vanguardia postweberniana. El New Music Manchester Group,
formado por estudiantes del Royal Manchester College of Music,
incluidos los compositores Sir Peter Maxwell Davies
y Sir Harrison Birtwistle, nacidos ambos en
1934, y Alexsander Goehr (n. 1932). Taverner
(1972), de Davies está basado en la vida de dicho
compositor inglés del siglo XV y combina los idiomas
musicales de este período con un lenguaje musical
vanguardista. Las obras teatrales y las óperas de cámara de
Davies, que contienen sobreimpresiones sorprendentes,
formalismos caprichosos y alusiones paródicas, tienden a
borrar los contornos de la distinción entre el teatro y sala
de conciertos. La estilización, la ritualización y la
reinvención de las formas dramáticas caracterizan las óperas
de Birtwistle, por ejemplo la primera, Punch
and Judy (1968) y la "pastoral dramática"
Down by the Greenwood Side,
en que elementos tomados de la mascarada alternan con la Ballad
of the Cruel Mother. Las jóvenes generaciones de
compositores se han alejado de la técnica dodecafónica y de
la vanguardia. Uno de ellos es John Tavener (n.
1944), cuya tercera ópera, St. Mary
of Egypt (Aldeburgh, 1992), refleja la influencia
de la iglesia ortodoxa rusa, de la que es miembro; y Stephen
Oliver (1950-1992), un prolífico compositor de diez
óperas largas y dieciocho óperas en un acto. The
Duchess of Malfi (Oxford, 1971), de Oliver, revela
un agudo sentido de la caracterización del ritmo dramático y
gran afición por la voz humana. Esta y otras obras
posteriores revelan que es un maestro de "ópera
literaria": no sólo ha escrito la mayoría de sus
libretos sino que los ha obtenido también de escritores tan
diversos como Webster, Kafka, Chejov, Yates, Dickens y
Fielding.
Un compositor que ha empezado a destacar en Alemania en las
últimas décadas y que ha logrado un gran renombre
internacional es Aribert Reimann, nacido en
Berlín en 1936. Sus óperas Ein
Trumspiel (1965,basada en Strindberg) y Melusine
(1971) le sitúan en la vanguardia, con un toque de
neo-romanticismo. King Lear fue
acogido en Munich como un acto de teatro musical total. Otro
compositor que ha tenido una rápida ascensión es Wolfgang
Rihm, nacido en Karlsuhe en 1952, cuya muy expresiva
ópera Jacob Lenz (1979)
se centra en la problemática figura de un escritor. Rihm
rompe en ella con todos los tabúes modernistas y da una nueva
fuerza individual a las formas tradicionales. Después de Die
Hamletmaschine, Die Eroberung Mexicos se representó
por primera vez en Hamburgo en 1992.
El pluralismo estilístico es el faro que ilumina el
presente; los elementos que previamente parecían
irreconciliables se adoptan con carácter experimental y se
les desarrolla: la técnica dodecafónica y el sonido de
percusión, las viejas formas y los más modernos artilugios técnicos,
la ópera de bel canto y el más austero estilo
declamatorio, el minimalismo (Philip Glass, John Adams) y las
posibilidades casi ilimitadas del equipamiento teatral cuando
se le da rienda suelta. La idea del "teatro total"
se encuentra por todas partes, abarcando los medios electrónicos,
el drama y el ballet, el cine y la música concreta, la
revista y el teatro ambulante. Una característica permanente
es el nivel literario que se exige a los libretos. La "ópera
literaria" ha mantenido su posición en medio de las
muchas tendencias diferentes.
Durante algún tiempo pareció haber un abismo
infranqueable entre el teatro musical moderno y el público
conservador que va a la ópera. Esta tensión va
desapareciendo gradualmente. En los teatros de ópera, en los
festivales y en los estudios, el teatro musical de nuestros días
se está poniendo al alcance de una audiencia que tiene un
interés constante por las últimas manifestaciones. Asimismo,
la audiencia de la ópera tradicional se ha visto incrementada
de manera sensible.
¿Cuál es el futuro de la ópera? No hay una respuesta
satisfactoria o convincente. Quizás nos hallamos en un estado
de confusa diversidad estilística. La historia de la ópera
ha encontrado clarificaciones y soluciones una y otra vez a lo
largo del tiempo. Una cosa es cierta: el teatro musical no está
acabado; no es todavía un museo ni un arte elitista en una
torre de marfil.