Recuerdo perfectamente el día
en el que dedicí ser director. Fue cuando vi una película cuyo guión yo
había escrito para la UFA, en Alemania. En la película salía un club
nocturno que tenía un gran cartel en el exterior: "Es obligatorio
llevar zapatos y corbata". Había dos porteros, que miraban a las
personas que entraban para ver si llevaban zapatos y corbata. En uno de
los gags que escribí, un hombre llevaba una barba larga; el
portero lo para y mira debajo de la barba para asegurarse de que lleva
corbata. Cuando fuí a ver la película, me encontré con que el director
le había puesto a ese actor una perilla; ya no había una barba que
levantar para mirar debajo. El director conservó el chiste porque creyó
que seguiría siendo divertido; pero ya no tenía gracia. Así que dije:
"hasta aquí hemos llegado".
Uno debe recordar, como guionista, que nadie va a leer
lo que escribe. Por eso me hice director, porque nadie leía mis guiones.
Fuí a México y esperé alli
hasta que conseguí el visado para entrar en Estados Unidos. Entonces
empecé a escribir argumentos originales para Paramount, y pasé un poco
de hambre. Compartía una habitación con el actor Peter Lorre, vivíamos
con una lata de sopa al día. Luego conseguí trabajo en Paramount;
trabajaba en equipo con Charles Brackett y estuve allí dieciocho años.
El ambiente creativo que existía en Paramount era maravilloso: paseabas
por el estudio y podías ver a Sternberg, Gary Cooper, Dietrich, Leo
McCarey, Lubitsch... Era un ambiente de gran creatividad: entonces hacíamos
películas, no negocios. Hoy, dedicamos el ochenta por ciento de nuestro
tiempo a hacer negocios y sólo el veinte por ciento restante a hacer películas.
Cómo burlar
la censura.
Teníamos que ser muy
ingeniosos para burlar a la censura y esto nos obligaba a escribir con más
sutileza. No estaba permitido que un personaje dijera ni siquiera una
insignificante palabrota como cabrón o hijo de perra. Una vez, a Charlie
Brackett y a mí se nos ocurrió este sustitutivo: "Si tuvieras
madre, ella ladraría".
No se podía ver en una película a un hombre follando con una mujer
con la que no estaba casado. Ni siquiera se podía ver a una pareja en una
cama al mismo tiempo. Por lo que se refería a la oficina Hays (la que se
encargaba de aplicar el Código de Censura sobre las películas) todos los
dormitorios del mundo tenían camas separadas. Así que el problema era cómo
mostrar a ese hombre y a esa mujer haciendo el amor. Alguien lo resolvió
con una parte en la que la criada hace la cama del hombre a la mañana
siguiente y sobre la almohada encuentra una horquilla. Lubitsch era el
genio de lo que yo llamo el truco de la horquilla en la almohada. Quiere
mostrarte, digamos, a un hombre y una mujer que tienen una relación
apasionada. Primero, una escena en la que se besan ardientemente la noche
anterior. Después... fundido en negro, y a la mañana siguiente... los
vemos desayunando. Ah, pero cómo sorben el café y cómo devoran las
tostadas. No cabe duda de que han satisfecho otros apetitos. En aquel
tiempo, la mantequilla se untaba en la tostada y no en el culo; pero había
más erotismo en esa escena del desayuno que en todo El último
tango en París (1972).
Lubitsch hacía caso omiso de si la censura era
estricta o flexible. No recuerdo haber visto nunca un desnudo en una película
suya, ni gente echando un polvo.
Hoy en día vas a ver una película y ya hay un coito
mientras aparece el título... ¡en el título de la película!. A
Lubitsch nunca se le hubiera ocurrido hacer algo así. Su mente no
funcionaba de esa manera. Te enseñaba lo justo para excitarte...
Las películas de Lubitsch no eran censurables y, sin
embargo, eran mucho más eróticas que las que se hacen ahora. A veces
desearía que existiera la censura, porque se nos ha esfumado la diversión,
el juego sagaz que manteníamos con ella.
El "Toque
Lubitsch".
Todavía recuerdo el día del
funeral de Lubitsch. Después de la ceremonia, William Wyler y yo caminábamos
silenciosos hacia el coche. Finalmente, dije, sólo para romper el
silencio: "Nos hemos quedado sin Lubitsch". "Peor
aún, nos hemos quedado sin las películas de Lubitsch". Cuánta
razón teníamos. Desde entonces, todos hemos tratado de encontrar el
secreto del Toque Lubitsch.
Lubitsch era el mejor guionista que haya habido nunca.
La mayoría de los toques Lubitsch eran suyos. Recuerdo que en La
octava mujer de Barbazul (1938) había una escena en el guión
en la que Gary Cooper entra en una tienda en Niza y ve unos carteles. Uno
de ellos dice: "Se habla español", en otro pone: "Se
habla inglés". Lubitsch cogió un bolígrafo y escribió debajo:
"Se entiende el americano". Un chistecito que lo decía
todo.
Lubitsch no era sólo un creador de gags, era el
mejor creador de toppers (chistes o comentarios que superan y
perfeccionan algo ya dicho). Se te ocurría un final divertido para una
escena, y él creaba uno mejor. Creo que él ideó la parte en la que el
retrato de Lenin sonríe a Greta Garbo en Ninotchka (1939),
pero no estoy seguro. Miraba lo que habíamos escrito, se reía y tachaba
la frase siguiente. Leía un poco más, se reía y tachaba otra frase. Lo
que hacía era depurar, por eso era un gran guionista.
Si uno pudiera escribir toques Lubitsch, todavía
existirían; pero Lubitsch se llevó su secreto con él. Es como el vidrio
soplado chino, algo que ya no existe. Alguna vez, busco un truco elegante
y me digo: ¿Cómo lo habría hecho Lubitsch?". Y se me ocurre
algo y se parece a Lubitsch, pero no es Lubitsch. Ya no existe.
El rostro de
Greta Garbo.
El rostro, ese rostro, ¿qué
tenía ese rostro?. Podías leer en él todos los secretos del alma de una
mujer. Podías leer a Eva, a Cleopatra, a Mata-Hari. Ella se convertía en
todas las mujeres en la pantalla, no en el plató. El milagro ocurría en
el celuloide, cuando la imagen en tres dimensiones se reduce a una imagen
en dos dimensiones, y surgía una profundidad, un misterio, que parece que
va a revelarse de pronto. ¿Quién sabe por qué?. Marilyn Monroe poseía
el mismo don, ese extraño impacto carnal. Es decir, su carne traspasaba
la pantalla como si fuera real y uno pudiera tocarla; una imagen que
trasciende la fotografía.
Excusas para
el fracaso.
El
gran carnaval (Ice in the hole, 1951) era una película muy
buena; el argumento tenía fuerza y estaba bien trabajado. Pero la gente
no quería saber; la gente no quiere que le cuenten que si hay un
accidente en la calle y hay un herido grave, antes de ira a avisar a un médico,
se quedan contemplando con curiosidad morbosa la tragedia. Eso es lo que
había en la película: el circo, la música, la gente emborrachándose y
pasándoselo bien... Diría que no es un tema fácil de digerir, la gente
se sentía un poco culpable.
Llevo mucho tiempo en esto y no me engaño. Por lo
general, cuando una película no funciona, uno dice que se adelantó a su
tiempo, o que se estrenó demasiado cerca de la Navidad, o que era justo
después de la Navidad y la gente se había gastado el dinero en regalos,
o que fue un fracaso porque hacía muy buen tiempo y la gente se fue a la
playa, o porque llovía y la gente se quedó en casa. Uno busca toda clase
de excusa. La excusa para esta película puede ser que escogí un tema y,
al parecer, no era la película para aquel momento.
Estilo
inimitable.
Me aburro si hago siempre lo
mismo. Admiro a Hitchcock; pero no podría trabajar como él, porque
siempre hacía la misma película. Me dije: "Ahora voy a hacer una
película mejor que Hitchcock" e hice
Testigo
de cargo (Witness for the prosecution, 1958), por ejemplo. Salto
de un lado a otro, como una pieza de ajedrez, siempre con proyectos
diferentes... Puedo hacer distintos tipos de películas. Spielberg hace lo
mismo: después de rodar una película de dinosaurios, hace una de nazis.
Es muy difícil copiar o parodiar una película mía, porque uno nunca
sabe bien lo que va a ver.
Las películas
favoritas de B. Wilder.
En 1952 la
revista Sight and Sound encuestó a B. Wilder acerca de sus diez
películas favoritas. Esta fue su respuesta:
El acorazado Potemkin
(Eisenstein, 1925)
Avaricia
(Stroheim, 1923)
Varieté
(Dupont, 1925)
La quimera del oro
(Ch. Chaplin, 1924)
Y el mundo marcha
(K. Vidor, 1928)
La gran ilusión
(J. Renoir, 1937)
El delator
(J. Ford, 1935)
Ninotchka
(E. Lubitsch, 1939)
Los mejores años de nuestra vida
(W. Wyler, 1946)
Ladrón de bicicletas
(de Sica, 1948)
Violencia y
tacos.
Es muy difícil encontrar un
proyecto que me interese y que a la vez tenga probabilidades en el mercado
de hoy... Ahora el público mayoritario es menor de veinticinco años y
carece de tradición literaria. Prefieren la violencia estúpida a una
trama sólida; los tacos, a un diálogo inteligente; el desarrollo
pectoral, al desarrollo de los personajes. Nadie escucha, sólo se sientan
y esperan que les asalten una serie de sobresaltos y sensaciones
fuertes...
Son malos tiempos. Ernst Lubitsch, que con una puerta
cerrada conseguía más de lo que la mayoría de los directores de hoy
consiguen con una bragueta abierta, habría tenido graves problemas en
este mercado.
No encajo en ningún sitio. Puede que algunos
directores digan: "Si quieren películas para el público joven,
también sé hacerlas". Bueno, pues yo no sé. Si uno compone
valses, no puede empezar a componer de repente música disco: sonará
falsa.
Hollywood ya
no es lo que era.
Antes no era tan difícil
como ahora. En Paramount, donde pasé dieciocho años, tenían contratados
ciento cuatro guionistas. Cada jueves, yo tenía que entregar once páginas
escritas en papel amarillo. Todo el mundo trabajaba; naturalmente, no se
hacían películas de todos los guiones, pero se producían unas cincuenta
películas al año. Ahora, haces una película con un estudio y, aunque
sea muy barata -pongamos treinta millones de dólares-, te vigilan, dan su
opinión sin que nadie se la haya pedido, tienen miedo, te hacen sentir
que si la película no tiene éxito, habrá que vender el estudio y
despedirán a los vigilantes y las secretarias se morirán de hambre. No
te dejan en paz. En aquellos tiempos, se decidía qué película se quería
hacer y qué actores la iban a interpretar; luego uno se iba y escribía
el guión. Lo primero que veían los ejecutivos del estudio era la
proyección, todavía sin entender del todo para qué servían aquellos
agujeritos a los lados del celuloide.
No obstante, a veces daban órdenes, para demostrar quién
mandaba en el maldito estudio. Sugerían títulos para las películas. Una
vez presencié una proyección que organizó el tipo que dirigía MGM. Allí
estaba el jefe del estudio, con su mujer y tres chiquillos de doce,
catorce y quince años que se hurgaban la nariz y decían: "¡Oh,
ese actor lo hace fatal!. Había que aguantar ese tipo de cosas; pero,
en cualquier caso, no había la tensión que existe ahora. Creo que si Parque
jurásico (1993) hubiera sido un fracaso, todo Estados Unidos
estaría temblando: sería una catástrofe de primera magnitud. Y ahora,
vemos que nos va muy bien porque la película va a recaudar mil millones
de dólares en todo el mundo.
La retirada.
Nunca me retiraré. Tendrán
que quitarme la cámara para que deje de hacer películas. Moriré
haciendo películas. Renoir pintaba incluso cuando tenían que atarle un
pincel a los dedos artríticos. De todos modos, Renoir no pintaba con los
dedos, pintaba con la polla, como dijo una vez. Así es como se hacen las
películas, con la polla, a menos que seas Lina Wertmuller, y no me
sorprendería que ella tuviera polla.