En los últimos años, la atención de los investigadores se ha dirigido con
especial atención a las ideas leibnizianas acerca de la civilización, y
los pueblos que pueden considerarse como civilizados[1]. Europa en
especial -y junto a ella, China- constituye su forma más acabada, por lo
cual una obligada pregunta sería si debería servir de modelo a otros
pueblos, aun en estado salvaje o muy poco desarrollado, en la medida en
que aspirasen a niveles superiores de conocimientos, de moral y de
organización social. A ésto se une el hecho de que Leibniz es, junto a
Comenius, el más importante precursor moderno de la idea de una Europa
unificada. A la caracterización de algunos de los principales rasgos de
los temas mencionados se dirigen estas páginas.
La condición de "pueblo civilizado o salvaje"
DATOS AUTOR
Perfil/Área trabajo
Filósofa, especialista en filosofía
medieval / Poeta.
Partiendo de que Leibniz reconoce diferencias entre los pueblos
civilizados y los que no lo son, es necesario entonces esclarecer qué
requisitos debe reunir un país o un sector determinado de la humanidad
para poder ser considerado civilizado, por oposición al salvaje, al cual
Leibniz se refiere explícitamente[2]. Pero también si esa condición
civilizada es alcanzable mediante el esfuerzo humano, en el caso de que no
se posea, o existe una suerte de predestinación racial o geográfica.
Todo hombre se define como tal para Leibniz por la posesión de la
razón. Su entendimiento es capaz entonces de acceder a los sistemas de
verdades concatenadas en los cuales ésta consiste[3]. Ello no supone sin
embargo que dicho acceso sea ni mucho menos automático. No basta la
capacidad individual, sino que aun para quien posea mayor talento son
necesarios un acervo histórico y una educación adecuados para permitirle
esclarecer las llamadas "verdades de razón", consustanciales al
entendimiento pero no necesariamente conscientes. También ha de tenerse en
cuenta que la obtención de las verdades de razón es un proceso mediante el
cual la riqueza del contenido de dichas verdades se revela ante el
entendimiento, en el cual concurre la experiencia, como estímulo en este
caso, además de proporcionar las verdades de hecho.
La polémica con Locke adquiere en este punto un especial interés. En su
caso, la no existencia de ideas innatas--cuya prueba es para Locke, el
hecho de que los niños, los salvajes y los deficientes mentales (o los muy
ignorantes) no las poseen[4]--equipararía a estos tres grupos, de forma
tal que los pueblos llamados "salvajes" se colocarían en una situación de menoridad o incluso de inferioridad congénita, hasta que los principales--o
los más elementales, según el caso--principios del saber y de la moral les
fuesen enseñados por los europeos, a quienes Locke considera portadores de
las verdades fundamentales, resultantes de su propia experiencia y de la
Revelación cristiana.
Leibniz señala a Locke que debe diferenciarse una idea innata de un
pensamiento innato, que supone la posesión consciente de dicha idea. La
ley natural existente en el interior del hombre le proporciona los medios
para encontrar algunas de dichas verdades incluso en estados inferiores de
desarrollo, o en estados avanzados, cuando no se posee la Revelación
Cristiana, aunque se muestren al entendimiento de forma aún oscura y por
lo tanto, confusa en mayor o menor grado, según el caso[5].
Es oportuno recordar aquí que Leibniz no aceptaba la idea más radical
de Luther sobre la total corrupción del hombre por el pecado original,
sino la corrección de Ph. Melanchthon a esta tesis, según la cual quedan
vestigios de la imagen divina en el interior del espíritu humano, por lo
cual la ley natural tenía cabida en su doctrina, como tendencia al bien y
a la verdad inherente al ser humano[6], aunque frecuentemente entorpecida:
"one can say that ordinarily men are neither very bad, nor very good; and
Machiavelli has well observed that the two extremes are equally rare[7]".
En el género, ésta constituye una suerte de hilo conductor que permite
medir los grados alcanzados por el hombre a lo largo de su devenir, hasta
recibir la Revelación, que completa y lleva a su perfección dicha ley: "même
les non-régénérés peuvent, dans les affaires civiles, agir quelquefois par
amour de la vertu et du bien public (...) il subsiste en effet des
vestiges de l'image divine, qui font que la justice de Dieu reste sauve
dans la punition des pécheurs. Les vestiges de l'image divine consistent
d'une part en la lumière innée de l'entendement, de l'autre en la liberté
native de la volonté[8]".
Debe recordarse el caso ya citado de los hurones e iroqueses, los
cuales demostraban, según los datos disponibles para Leibniz, que ciertos
pueblos podían vivir "sin magistrados ni pugnas internas", idea
desarrollada en su obra sobre una isla utópica[9]. Esto mostraba a su vez
que la causa de su agrupación en sociedad provenía de la tendencia
inherente al género humano de avanzar hacia condiciones superiores de
existencia, y a procurarse mediante ellas la felicidad[10].
Como complemento, Leibniz considera que puede distinguirse un pueblo
civilizado de uno que no lo es, en la medida en que su experiencia -parte
de la cual es el intercambio con otros pueblos, y la propia actividad del
entendimiento, que impulsa a indagar más allá de toda verdad adquirida- le
han hecho arribar a un cierto grado de comprensión de las verdades
teóricas y prácticas fundamentales y aproximarse a la felicidad, o más
propiamente, obtener dicha felicidad en sus diversos grados, aspirando
siempre a uno superior. De este modo, la distinción entre pueblo
civilizado o salvaje es de carácter histórico y corresponde a etapas
alcanzadas en la evolución de esta natural tendencia a la felicidad
obtenida "a través de la asistencia mutua", fundamento de Estados y
sociedades[11], por lo cual sería un grave error según Leibniz, reducir a
Europa la civilización y considerar como salvajes al resto de los
pueblos.
La máxima expresión de estas verdades es la Revelación cristiana, forma
superior de la religión, unida a la philosophia perennis, a la cual se han
aproximado los pueblos en distintos grados a lo largo de su historia, y
que Leibniz considera haber llevado a su máxima expresión[12]. El grado de
civilización de un pueblo se mide entonces por la aproximación a los
principios de ambas--la Revelación y la mencionada filosofía--que nunca es
nulo. Determinar dicho grado exigía para Leibniz una cuidadosa
investigación. Pues los pueblos en grados inferiores de desarrollo eran no
sólo eran diferentes de los europeos en costumbres y conocimientos--lo
cual podía generar interpretaciones erróneas--, sino también racialmente y
ello generaba la tentación del racismo.
Ya la época había caído en ella. Locke se movía al borde de la
misma[13]. También otros la habían alimentado, con un propósito deliberado
o sin él. El notable exégeta bíblico Isaac La Peyrère, calvinista de
origen judío, había planteado que no todos los seres humanos descendían de
un tronco común, es decir, de Adam[14]. Pues con anterioridad a la
creación de éste, habría existido una primera Creación, también de hombres -los
llamados preadamitas[15]- cuya presencia, una vez creado Adam -al que
también consideraba el padre del pueblo judío-, se evidenciaría en la
Biblia no sólo en la existencia de gigantes[16], sino de enigmáticos
habitantes de algunas regiones -de donde provendría, por ejemplo, la
esposa de Caín[17]- sin relación alguna con Adam al parecer, o que
permitirían explicar la señal puesta por el Creador en el propio Caín para
que nadie lo matara por haber asesinado a su hermano Abel[18].
Esto, que para La Peyrère tenía importantes implicaciones
teológicas[19], pero nada más, podía interpretarse como justificación del
racismo a partir del origen totalmente independiente de las razas
humanas[20]. También como exclusión del plan de Salvación divino de
algunas de ellas, o al menos su participación de un modo muy diferente al
sustentado por el Judaísmo y el Cristianismo, lo cual hizo La Peyrère y
cuya complejidad no puede ser abordada en este contexto.
Por otra parte, el filósofo francés François Bernier
había publicado en 1684 un escrito[21] en el cual no sólo
establecía la existencia de propiedades de todo tipo, inherentes a cada
una de las razas, que establecían radicales diferencias entre ellas, sino
que llegaba a identificarlas con especies, que en orden descendente de
belleza física y de valor espiritual y moral eran: los europeos (con los cuales se
alineaban egipcios e indoarios), los africanos, los chinos y japoneses, y
los lapones, a los que situaba a un nivel infrahumano, descritos los tres
últimos grupos con matices bastante negativos.
Leibniz había rebatido esta idea de la
independencia absoluta de las razas humanas entre sí, a manera de
especies, con el argumento de que las diferencias señaladas no bastaban
para refutar un origen común de todas las razas humanas, que se habrían
modificado al dispersarse por la tierra[22]. Que no se trataba de la simple refutación de una idea por
falta de pruebas suficientes que la apoyaran, sino de la profunda
comprensión de sus implicaciones y el peligro que éstas entrañaban, se
comprueba en afirmaciones de Leibniz en las que parece evocar directamente
la tesis de Bernier: "hubo un viajero que creyó que los negros, los chinos
y por último, los americanos no tenían ningún parentesco de raza, ni entre
sí, ni con los pueblos que se parecen a nosotros. Pero como conocemos el
interior esencial del hombre, es decir, la razón que subsiste en el mismo
hombre y se encuentra también en todos los demás hombres, y no se nota
nada fijo e interno en nosotros que forme una subdivisión, no tenemos base
para creer que entre los hombres haya, en lo que respecta a la verdad de
lo interior, una diferencia específica esencial, como la que encontramos
entre el hombre y la bestia[23]".
En otros pasajes, Leibniz insiste en la misma idea, a partir del
estudio de las lenguas y de la historia. Al referirse a las lenguas
escitas y semíticas y sus respectivos dialectos, y sus supuestas raíces
comunes con las lenguas indoeuropeas escribe: "no las podríamos atribuir
al mero azar, ni siquiera al comercio, sino más bien a las migraciones de
los pueblos. De suerte que nada encontramos en ésto que esté contra el
origen común de todas las naciones y de una lengua radical y primitiva;
antes bien parece favorecerlo[24]". Y más adelante complementa así la
anterior reflexión: "Con el tiempo se registrarán y pondrán en
diccionarios y gramáticas todas las lenguas del universo y se las
comparará entre sí, ésto será muy útil, tanto para el conocimiento de las
cosas (...) como para el conocimiento de nuestro espíritu y de la
maravillosa variedad de sus operaciones. Sin hablar del origen de los
pueblos, que la comparación de las lenguas facilitará enormemente[25]".
Estos pasajes muestran que Leibniz tiene en cuenta a todo el género
humano, como unidad procedente de un tronco común, en sus proyectos de
reforma social. Se anticipa también a G. Vico al emplear la filología como
una de las pruebas concluyentes de la existencia de una naturaleza común
de las naciones[26]. Pero al igual que rechaza la inferioridad congénita
del salvaje, Leibniz también rechaza su superioridad con respecto al
hombre civilizado.
M. Dascal señala el importante hecho de que el joven Leibniz legitima
las ambiciones imperialistas, siempre que se dirijan a tierras
extraeuropeas[27], lo cual explica su actitud de aproximación a Luis XIV
al ofrecerle el proyecto egipcio (1671 aprox.) y el radical cambio con
respecto al mismo monarca que, poco más de una década después, se
evidencia en "Mars Christianissimus" (1683). Refuerza esta idea un escrito
juvenil de Leibniz[28], en el cual habla de poblar Madagascar con
"salvajes" provenientes de diversos territorios no Europeos a los cuales
se sometería totalmente para emplearlos en planes bélicos. Contrastan sin
embargo estas ideas con las expresadas por Leibniz en sus escritos de
madurez y vejez, en los que continúa distinguiendo a los chinos por sobre
las demás culturas no europeas, pero no aparece ya visión negativa alguna
sobre otros pueblos.
Lejos de Leibniz está la visión idealizada del "buen salvaje" que
marcaría la conciencia europea a partir de Rousseau: "no se debe rendir
tantos honores a la ignorancia y a la barbarie[29]", aunque "en cierto
modo su moral es mejor que la nuestra, porque no conocen ni la codicia,
que todo lo quiere para sí, ni la ambición, que quiere dominar a
todos[30]". Pero sólo en cierto modo: simplemente resulta imposible
conservar dichos valores morales a costa de mantener a tales pueblos en la
ignorancia y la superstición, que traen consigo, junto a los rasgos
positivos señalados, costumbres abominables: en los más primitivos, como
"los salvajes de América"[31], la antropofagia y el incesto, entre otros
desórdenes; en otros más avanzados, por ejemplo, en la India, actos como
el sâti[32], que atentan contra la vida y la integridad humanas[33]. Sobre
ellos, Leibniz escribe: "como quiera que las pruebas no saltan a los ojos,
no es maravilla que los hombres no estén conscientes de todo aquello que
en sí poseen y no siempre lean con suficiente celeridad los trazos de la
ley natural que Dios, según San Pablo, ha escrito en su corazón[34]"
No se le escapa a Leibniz el hecho de que la fortaleza física de los
pueblos recién descubiertos, la cual se debe a sus hábitos de vida, puede
dotarlos de la misma capacidad de soportar el dolor físico y moral que
recomendaban los estoicos y elogiaban los antiguos en general, la cual se
manifiesta aun en las mujeres, como demuestra el caso de las viudas
hindúes, que se enfrentan a la hoguera con serenidad[35]. Sabiendo que la
vida mucho más cómoda de los europeos, en especial de las clases
pudientes, reblandece el cuerpo y el espíritu, escribe: "Tout ce qu'une
merveilleuse vigueur de corps et d'esprit fait dans ces sauvages entêtés
d'un point d'honneur des plus singuliers, pourrait être acquis parmi nour
par l'éducation, par des mortifications bien assaisonnées, par une joie
dominante fondée en raison, par un grand exercise à conserver une certaine
présence d'esprit au milieu des distractions et des impressions les plus
capables de la troubler[36]". Es muy probable que una de las funciones de
la medicina sea algún día propiciar ésto al europeo, al cual la
civilización ha alejado de la naturaleza
Tales propiedades en las que aventajan a los europeos pueden explicarse
porque la excelencia de la condición humana y la presencia en ella de los
vestigios divinos, a través de la ley natural, se manifiestan siempre,
aunque su estado de desarrollo sea poco avanzado y lleno de rasgos que
distan mucho del perfecto amor al prójimo que predica el Cristianismo, y
que los cristianos no suelen cumplir con el debido rigor: "en el fondo
todos los sentimientos naturales, cualquiera que sea su especie, sólo son
auxiliares para la razón y signos de la prudencia que la naturaleza nos ha
concedido[37]"
Un rasgo que vincula a los niños (al menos a los muy pequeños) con los
deficientes mentales y los salvajes es el desconocimiento de la religión
cristiana. Como complemento, la duda razonable de que la hayan asimilado,
cuando ésta se les predica. El caso del Credo traducido para los
hotentotes muestra que no se trata de un rechazo al Cristianismo, sino de
carencia de bases elementales, tanto de conocimientos como de lenguaje,
para comprenderlo, por cuanto pertenecen a tradiciones culturales cuya
recepción siquiera de la prisca theologia podría ponerse en tela de juicio
en el mejor de los casos
El niño y el salvaje podrían ser al cabo preparados, si se llegaba a
disponer de tiempo y de recursos suficientes. Pero la pregunta que
inquietaba a los teólogos y a quienes, como Leibniz, basaban su filosofía
en la conformidad entre fe y razón, era: ¿y si tales personas mueren antes
de haber sido instruídas en el Cristianismo y bautizadas, incluso sin
conocerlo en lo más mínimo? ¿podría creerse con fundamento suficiente en
su salvación? Esto es extensible a los deficientes mentales y a los que
carecen de sentidos fundamentales para el aprendizaje, como la vista y el
oído, lo cual, en la época de Leibniz, hacía casi imposible obtener
pruebas fundadas de su fe, si llegaban a tenerla
La ya mencionada polémica sobre la necesidad o no del bautismo de los
niños -a los cuales Agustín de Hipona negaba la salvación eterna, si no
recibían el bautismo- y por lo tanto, de la absoluta necesidad de este
sacramento para la salvación, proseguía en la época de Leibniz[38]. Los
bautismos condicionales citados por él[39], en el caso de seres tan
deformes que existe duda sobre su condición humana, dan fe de ello. Como
protestante luterano de formación, Leibniz se encontraba frente a dos
posiciones igualmente inaceptables para él: el fundamentalismo bíblico que
dominaba en algunas confesiones protestantes, o al menos se hacía sentir
en sectores de casi todas ellas, y los extremos provenientes del principio
de autoridad papal, propio de la Iglesia Católica. Cada cual a su modo,
dificultaban la difusión de opiniones más avanzadas al estipular que fuera
de la Iglesia (cristiana o católico-romana, según el caso) la salvación
resultaba imposible, y la exigencia del bautismo para la salvación
Ya había chocado en su juventud con la ortodoxia luterana, que había
puesto obstáculos a su promoción académica, y más tarde con la
intransigencia de otros grupos. Una valoración objetiva acerca del hombre
no civilizado incluía por fuerza su dimensión espiritual y sus
posibilidades de salvación. Es por ésto por lo que Leibniz apela a una
tesis que hasta el siglo XX no ganaría verdadero terreno: la
diferenciación entre las vías ordinaria y extraordinaria de salvación.
Leibniz escribe al respecto:
il y a eu et il y a encore une infinité d'hommes parmi les peuples
civilisés et parmi les barbares qui n'ont jamais eu cette connaissance de
Dieu et de Jésus-Christ, dont on a besoin pour être sauvé par les voies
ordinaires. Mais sans les excuser par la prétention d'un péché purement
philosophique, et sans s'arrêter à une simple peine de privation, choses
qu'il n'y a pas lieu de discuter ici, on peut douter du fait; car que
savons-nous, s'ils ne reçoivent point des secours ordinaires ou
extraordinaires qui nous son inconnus?[40]"
En la Iglesia Católica, esta idea sería aprobada por el Concilio
Vaticano II[41], y desarrollada en el espíritu ecuménico por figuras
independientes[42]. En el Protestantismo llamado histórico[43], aún
existen divisiones entre los teólogos de las distintas confesiones[44], y
el exclusivismo de Karl Barth, una figura clave en la teología cristiana
de nuestro siglo, y de la teología dialéctica en general, lo muestran
claramente[45], aunque en los sectores más avanzados se ha producido una
evolución altamente positiva[46], también unida al ecumenismo, hacia la
llamada "teología intercultural"[47], en la cual el espíritu de Leibniz se
hace notar como una de sus raíces
Si se rechaza como Leibniz la doctrina de la predestinación en su forma
radical y se sustituye por tendencias inherentes a los individuos,
activadas o no por ellos mismos, puede aceptarse la idea de un plan
universal de salvación de tales características que ningún hombre dejará
de contar con posibilidades de salvación
Lo contrario, según Leibniz, iría contra la razón: "¿Seremos
desgraciados en la otra vida por haber nacido antes, o en un país o en
otro?" Y agrega enseguida: "para entrar en la gracia de Dios no hace falta
más que la buena voluntad, pero sincera y seria"[48]. Idea concordante con
la comunidad existente entre el hombre y Dios, que sólo al hombre
corresponde convertir o no en camino de salvación
Apelar a vías extraordinarias de salvación, como en el caso de Leibniz,
suele estar unido a la noción de ley natural; debe recordarse que existe
un "instinto sociable universal que se llama en los hombres amor al
prójimo o filantropía[49]". Ello no debe hacer pensar en una inclinación
hacia el Catolicismo por su parte, sino más bien, a nuestro juicio, en una
coincidencia con éste, a partir del estudio de los teólogos medievales que
desde su juventud llevó a cabo Leibniz, enmarcada en la línea abierta por
Melanchthon al matizar el sola fides de Luther[50]. En cualquier caso,
Leibniz reclama la abstención de juicio, puesto que el hombre debe
detenerse donde concluyen las posibilidades de la razón y la Revelación y
comienza la infinitud de Dios: "rehusar la salvación eterna a los que son
de otra opinión es decidir sobre los derechos de Dios[51]". Pues "Dios
puede socorrer a las almas por la operación interna del Espíritu
Santo[52]". Pero tales concepciones abrían las puertas a la idea sobre la
pluralidad de las vías de Salvación, de tanta importancia en nuestros días
Algunos rasgos que caracterizan para Leibniz la condición de "salvaje"
pueden ser resumidos de acuerdo con el análisis precedente: no se poseen
la Revelación Cristiana ni la judía; el uso de la razón está menos
ejercitado y como consecuencia, no se ha producido -salvo de manera
incipiente- el esclarecimiento de las ideas innatas que conforma las bases
del conocimiento científico y de la teología natural; se vive
inconsecuentemente la sociabilidad inherente al hombre y por ello puede
atentarse contra la integridad del prójimo, lo cual se refleja en las
reglas de justicia; el nivel de vida es rudimentario, y el obligado
esfuerzo físico que trae aparejado desarrolla el vigor corporal y la
resistencia emocional a ciertas adversidades; en consonancia con lo
anterior, el lenguaje carece a menudo de recursos para expresar ciertas
ideas abstractas de carácter filosófico y/o religioso
Todas podrían sintetizarse en una: vivir de forma inconsciente y
absolutamente espontánea según la ley natural, lo cual permite que las
pasiones e impulsos interfieran la consecuente aplicación de esta última.
Esto significa que no se vive totalmente de acuerdo con la ley natural,
caso en el cual resultarían imposibles muchos de los actos realizados por
los salvajes, detestables o al menos insólitos a los ojos del hombre
civilizado. Debe inferirse de ello que la ley natural, en la cual está
plasmada la imagen de Dios en el hombre, está efectivamente oscurecida a
causa del pecado original, por lo cual la educación religiosa es
necesaria; las vías pueden ser múltiples en el caso de Leibniz, aunque
siempre el Cristianismo ocupará el lugar superior
Una vida conscientemente dirigida según la ley natural requiere al
menos un cierto grado de reflexión y de experiencia histórica, es decir,
de civilización. Tal ocurrirá para Leibniz con China, el más perfecto
ejemplo de civilización no cristiana. Pues Europa sin duda podría
constituir la civilización más elevada de todas, al estar fundada sobre la
Revelación Cristiana, que completa y supera la ley natural, y haber
aplicado durante siglos sus principios en la moral, en el derecho y en la
política. Lo sería si se condujera siempre de manera acorde con dicha
Revelación, la forma más perfecta de religión y de moral para Leibniz
Las sociedades ya extinguidas, como las de Grecia y Roma antiguas, se
alinean junto a China en la condición de pueblos civilizados (los países
islámicos, con muchas salvedades, podrían incluirse en esta categoría),
por cuanto han seguido o siguen aún la ley natural de forma consciente,
aunque el grado de conciencia y reflexión al respecto puede variar: "La
parte mayor y más sana del género humano da testimonio de ello. Los
orientales, así como los griegos o los romanos, la Biblia y el Corán están
de acuerdo con ello; la policía musulmana castiga generalmente los hechos
que Baumgarten refiere[53]" [es decir, la antropofagia y los más graves
desórdenes sexuales]. Sin embargo, en otros pasajes considera que han
deformado en ocasiones los conocimientos médicos heredados de los antiguos
griegos y romanos[54], y tilda algunas de sus ideas religiosas de
"imágenes groseras y vanas[55]", lo cual exige un estudio detallado,
imposible de realizar aquí[56]. Las sociedades civilizadas exigen entonces
un análisis independiente, que permitirá establecer el tipo de relación
más apropiado entre todas las que poseen esa cualidad, y entre ellas y las
que pueden ser consideradas en diversos grados como salvajes
La imagen de China como pueblo
civilizado
No es en lo absoluto casual el interés de Leibniz por China, que se
observa en numerosos escritos, tanto en aquellos que no suelen incluirse
entre sus obras fundamentales (De cultu Confucii civili), como en otros
que sí lo son (Discours sur la théologie naturelle des chinois, Théodicée),
así como en su correspondencia. Este interés se manifestó desde temprano y
alcanzó su punto culminante en el Discours, quintaesencia de su
trayectoria[57]. Ya Leibniz se había ocupado de la lengua china en 1678, a
partir de datos provenientes de Andreas Müller[58], al haber creído que la
escritura china era la mejor representación existente de la lengua ideal,
sólo mejorable por la Characteristica, cuando fuese obtenida[59]
En Roma, en 1689, Leibniz había conocido al Padre Claudio Grimaldi,
quien presidía el Tribunal de Matemáticas en China, y éste le había
aportado numerosas informaciones sobre el país y su cultura[60]. En 1697 y
1699 publicó Leibniz sus dos ediciones de la Novissima Sinica, donde
recoge y expresa ideas definitivas sobre China como nación civilizada,
aunque éstas aun se enriquecerían en contenido durante los años
siguientes. Esto lo pondría en contacto con otros misioneros jesuítas, en
especial con J. Bouvet, quien desempeñaría un papel decisivo en el
desarrollo de sus concepciones sobre el pensamiento chino[61]
Es conocido que, pese a las diferencias entre ambos, el misionero y el
filósofo coincidieron en aspectos fundamentales: el interés por las
ciencias, la convicción de que el pensamiento chino tenía al menos un
valor tan alto como el europeo, y el deseo de estimular el intercambio
entre Europa y China con vistas al mutuo enriquecimiento[62]. Sería
también Bouvet quien hablaría a Leibniz de la supuesta presencia en el I-Ching
de un sistema binario similar al leibniziano
Aunque diversos trabajos de Leibniz se refieren desde diversos ángulos
el pensamiento chino[63], su obra más acabada al respecto es sin duda el Discours sur la théologie naturelle des chinois. No sólo porque fue
escrita pocos meses antes de la muerte de Leibniz y el tema no volvió a
ser tocado como materia de reflexión, sino porque este tratado resume sus
reflexiones más maduras, de toda una vida, sobre China[64], a partir del
análisis crítico de otras dos obras, pertenecientes a los misioneros
Nicolás Longobardi y Antonio Caballero de Santa María[65] (contrarios a
las posiciones acomodacionistas de los jesuítas). Dichas obras fueron
enviadas a Leibniz a fines de 1715 por N. de Rémond con el objetivo de
conocer la opinión del filósofo sobre ellas[66]. Por tal razón, este
análisis se centrará en dicha obra, sin dejar de tener en cuenta otros
escritos importantes.
En 1697, Leibniz había escrito: Me parece un singular designio de los
hados que la mayor cultura y refinamiento humanos se hayan recogido en los
dos extremos de nuestro continente, Europa y China (así se llama),
adornando una en Oriente y otra en Europa los dos extremos de la tierra.
Quizás la suprema providencia los haya hecho así para que pueblos tan
cultos y distantes se tiendan los brazos hasta alcanzar poco a poco el
modo de vida más racional y perfecto[67]. Este pasaje deja bien sentada
la equivalencia entre ambas civilizaciones
Leibniz trata en el Discours dos rasgos que definen a China como un
pueblo civilizado, a la altura de Europa, aunque una y otra tienen sus
peculiaridades: una larga historia de tres mil años[68], recogida en
crónicas[69], más antigua que la Europea, y un considerable progreso en
las ciencias, sólo aventajado por Europa, y en filosofía práctica, que
regula la educación, las relaciones entre los hombres y los asuntos
civiles[70]: "il y a dans la Chine une morale exterieure admirable à
certains egards, jointe à une doctrine philosophique, ou bien à une
Theologie naturelle, venerable par son antiquité, établie et autorisée
depuis trois mille ans ou environ, long temps avant la philosophie des
Grecs[71]". Y añade, a modo de advertencia: "ce seroit une grande
imprudence et presomtion à nous autres noveaux venus auprés d'eux, et sortir à peine de la Barbarie, de vouloir condamner une doctrine si
ancienne, parce qu'elle ne paroist point s'accorder d'abord avec nos
notions scholastiques ordinaires[72]"
¿Por qué teología natural y no filosofía sin más? Leibniz
ofrece una definición de la primera muy ilustrativa: la teología natural, al
comprender dos partes, la teórica y la práctica, contiene a la vez la
metafísica real y la moral más perfecta[73]. La filosofía en
cambio -exceptuando la philosophia perennis- puede dirigirse en uno sólo
de estos sentidos, y aun de manera imperfecta, como muestran diversas
concepciones a lo largo de la historia. El pensamiento confuciano, según
la información conocida por Leibniz, reunía los rasgos requeridos por la
teología natural por cuanto su primer principio, Li, "n'est pas seulement
le principe physique du Ciel, de la Terre, et des autres choses
corporelles, mais encore le principe moral des vertus, des habitudes, et
des autres choses spirituelles[74]"
China había llegado entonces todo lo lejos que puede llegar un país que
no había recibido la Revelación cristiana--aunque sí la prisca theologia,
y la primera Revelación, a través de los Patriarcas--, ni poseía el mismo
nivel en ciencias que Europa. Pero a juicio de Bouvet y Leibniz, había
obtenido en la antigüedad--tres mil años atrás, en la época del mítico
emperador Fo-hi, según se creía entonces--uno de los más acabados
productos del pensamiento europeo, en el cual se mezclaban metafísica,
teología y matemáticas: el sistema binario, contenido en los hexagramas
del I-Ching o Libro de las Mutaciones[75], conocido por Leibniz al menos a
través de tres fuentes: M. Martini, la compilación de F. Couplet (y otros)
y J. Bouvet[76]
Esto hacía al pensamiento chino absolutamente singular dentro del
ámbito no cristiano, y colocaba al país sin duda alguna al nivel de la
civilización europea, aunque la especificidad de cada uno los distinguiera
hasta llegar a convertirlos en complementarios. Se hace necesario entonces
delimitar qué hay de cierto en esta valoración, cuáles son sus límites, y
para ello se precisa un breve esbozo de las doctrinas que encontraron en
China los misioneros en la época de Leibniz y sus interpretaciones acerca
de ellas
Los misioneros llegados a China desde el siglo XVI, con Mateo Ricci,
encontraron tres corrientes religioso-filosóficas muy desarrolladas. Dos
de ellas eran autóctonas: el Confucianismo[77], llamado también "secta de
los Letrados", y el Taoísmo[78], a menudo llamado Lao-tzú por
el legendario fundador de la escuela[79]. Una tercera, el Budismo,
había surgido en la India y entrado a China mucho más tarde[80]. Junto a ellas,
existían en algunas zonas de China pequeños círculos judíos y
musulmanes[81], y vestigios de la religión cristiana[82], como la famosa
estela de Si-ngan-fou, que contenía un resumen de los principios del
Cristianismo[83]
Los misioneros en China en los siglos XVI y XVII consideraron el
Taoísmo y el Budismo religiones idolátricas y poco evolucionadas, en lo
cual influyeron tanto la falta de conocimientos exactos sobre ellas como
la incomprensión de sus símbolos, prácticas y conceptos. Esto se refleja
en los trabajos de Leibniz[84] y determina que su análisis se centre en el
Confucianismo. Pues también los misioneros, que suministraban a Europa
informaciones de todo tipo sobre el pensamiento chino, dirigían su
atención hacia el Confucianismo al considerarlo la única de las tres
variantes digna de ser estudiada a fondo por la profundidad de sus
doctrinas, en especial las referentes a la moral, y el poder político
basado en ellas, cuya organización social los había impresionado
Había también otra razón: suponían que la coincidencia entre muchas
ideas confucianas y cristianas, que para muchos partía de la noción misma
de Dios[85], pero que todos aceptaban al menos en el plano moral, se
debían a que el Confucianismo portaba muchos elementos de la Revelación,
recibida en tiempos remotos, de los Patriarcas judíos. Ello equivalía a
aceptar que en el Confucianismo estaba presente, como su núcleo, la prisca
theologia[86]
Leibniz se refiere a este problema en los párrafos 24-a y 37 del
Discours. El asunto tenía para él una importancia fundamental: como ya se
ha apuntado, la prisca theologia constituía el fundamento de la
philosophia perennis[87], objetivo de las búsquedas leibnizianas, lo cual
equivalía a un vínculo espontáneamente establecido entre la teología
natural de los Letrados y el pensamiento metafísico más avanzado de Europa
La perspectiva de acercarse a los doctores chinos mediante el cultivo
de las ciencias--cuyos avances en Europa habían impresionado al Emperador Khang-hi--, pero también a través de las posibles coincidencias de
pensamiento eran por estas razones tentadoras para Leibniz. Por lo mismo,
intentaría interesar a los príncipes alemanes en la posibilidad de enviar
misiones protestantes a China, organizadas por la Academia de Ciencias,
como se analizará más adelante. Lo cual equivale a plantear un diálogo con
todas las de la ley, entre interlocutores situados al mismo nivel, sin que
ello obviara el provecho político para Alemania
Todo diálogo supone un intercambio. China no poseía la religión
cristiana, pero Europa no había sido capaz de instrumentar en la práctica,
de modo consecuente, los principios de la ley natural, que China poseía en
su más alta expresión. Es por ésto por lo que A. Cardoso considera que en
el Discours, China se presenta como el alter ego de Europa, cada una como
un espejo de la otra, lo cual nutrió la "corrente sinófila que atravessou
todo o século XVII e se prolongou até à Enciclopédia é um momento muito
particular da consciência europeia[88]". Ambas ejemplos de civilizaciones
que deben unirse para enriquecerse mutuamente, según Leibniz
Parece bien en principio, pero, ¿es ésto completamente cierto para
Leibniz, y sobre todo, para su época? No todos los estudiosos de la
civilización china y sus contactos con el Occidente coinciden con esta
opinión acerca de un interés generalizado por China en Europa (entre la
intelectualidad, se entiende), y menos aun de China--civilización
tradicionalmente cerrada--hacia Europa, aunque su ciencia sí importara al
Emperador y a los Letrados. Aquí nos referiremos sólo a algunos ejemplos
significativos: Alain Peyrefitte[89] califica estos encuentros como
"colisiones", la primera de las cuales se produjo en la etapa aquí
referida. Fue a su juicio la más benigna, generó "une subtile séduction
mutuelle" y tuvo la "conclusion brutale" de la controversia de los Ritos,
o más bien de la intransigencia que ante ella mantuvo Roma[90]
Que los chinos no se mostraban precisamente entusiasmados ante los
europeos lo muestra la clasificación de éstos que habían establecido en la
época del Emperador Khang-hi, aunque las reglas de hospitalidad propias de
la etiqueta china los obligaran a acogerlos con cortesía. El temor a que
sus costumbres dañaran al país condujo al propio Khang-hi a restringir los
contactos entre chinos y europeos[91]
Es sabido que sólo la admirable diplomacia de los misioneros jesuítas,
unida a sus conocimientos científicos, terminaron por conquistar la
confianza del Emperador, que llegó en cambio a arrepentirse de los
privilegios concedidos a todos los misioneros en general, a causa de las
disputas y choques entre las diversas órdenes religiosas que arribaron
después a China, las cuales casi siempre actuaron en contra de los
jesuítas[92]
Esta etapa no constituyó precisamente un modelo de convivencia entre
los misioneros cristianos[93]. La desconfianza de los chinos y la
intransigencia de los adversarios de los jesuítas, respaldados por Roma,
acabó con una alianza entre el Emperador y los jesuítas que se mostraba
promisoria, y que para Europa representaba un campo de ambiciones
religiosas, económicas y políticas. Otro tanto opinan F. Jullien[94], y E.
W. Saïd[95]
Sabios de la agudeza y espíritu abierto de Couplet, Bouvet o el propio
Leibniz habían captado los puntos comunes y los complementarios, pero no
ocurría lo mismo con el resto. Podría entonces coincidirse con la opinión
de Cardoso, si se toma en cuenta que, en la época de Leibniz, sólo una
selecta minoría entre los europeos coincidía con la idea del Discours. Y
que la posición de Leibniz constituía un caso singular entre los filósofos
de su tiempo, como bien afirma V. Pinot[96]
Basta comparar el Discours con la otra gran obra sobre China producida
por un filósofo notable de la época: el Entretien[97], de Malebranche, que
Leibniz conoció[98]. Esta obra fue escrita con un explícito propósito
apologético por influencia del Obispo de Rosalie, quien consideraba
totalmente erróneas las ideas religiosas y filosóficas de los chinos[99].
Es por ésto por lo que la imagen del filósofo chino presente en el
Entretien coincide con la que presentan N. Longobardi y A. de Santa María
en los escritos que sirvieron a Leibniz de inspiración para el Discours,
los cuales le envió N. de Rémond a fines de 1715, como ya se ha dicho
Dicho filósofo chino expresa una doctrina pagana que no sale
precisamente airosa frente a la exposición del cristiano, y que coincide
con las doctrinas sobre la materialidad del alma circulantes por Europa y
tan criticadas por Leibniz[100]. El cristiano, que expresa un punto de
vista similar al cartesiano, advierte claramente que predica un Dios cuya
imagen está grabada en todos los corazones, aunque muchos no la reconocen,
afirmación en la cual parece referirse directamente al chino[101]. La
discusión queda inconclusa y el lector no llegará a saber si el chino se
ha convencido de la superioridad del Cristianismo
Estos elementos permiten comprender mejor la singularidad de Leibniz,
muy lejano a nuestro juicio del "humanismo abstracto" al que se refiere
Saïd, como hemos apuntado arriba. Malebranche se encarga de subrayar las
diferencias entre el pensamiento del chino y del europeo cristiano,
mientras que Leibniz hace énfasis en las similitudes y hasta en el
parentesco, a través de la posible predicación de los patriarcas bíblicos.
Todo ésto de acuerdo con las tesis del llamado "figurismo chino",
representado por F. Couplet, A. Schall, M. Martini, J. Bouvet y L. Le
Comte, entre otros, según el cual la Revelación en su primera forma,
transmitida por los Patriarcas, se había conservado en el pensamiento
chino a través de los elementos tradicionales de la cultura, y por
consiguiente, el Confucianismo tenía como raíz las ideas básicas
veterotestamentarias, aunque deformadas en buena medida
Es curioso sin embargo que en una carta de 1706, Leibniz
señale:Les Orientaux ne connoissent point la métaphysique, et ils conçoivent aussi
peu l'immatérialité de Dieu que celle de l'ame[102]. En el Discours
dará a esta misma idea un giro conciliatorio: On peut douter d'abord, si les
Chinois reconnoissent, ou ont reconnu des substances spirituelles. Mais
apres y avoir bien pensé, je juge qu'ouy, quoy qu'ils n'ayent peut-estre
point reconnu ces substances comme separées, et tout à fait hors de la materie. Il n'y auroit point de mal en cela à l'egard des Esprits crées,
car je panche moy même à croire que les Anges ont des corps, ce qui a été
aussi le sentiment de plusieurs Anciens Peres de l'Eglise[103].
Las mayores inexactitudes de Leibniz con respecto al pensamiento chino
no sólo provienen de sus propios intereses investigativos en torno a la
unidad del pensamiento humano, sino también de un interés
conciliatorio--de importantes implicaciones políticas--entre ambas grandes
civilizaciones (es decir, China y Europa)[104], que según P. Riley aparece
ya en todos sus matices en el Prefacio a la Novissima Sinica, como
jurisprudencia universal cuya base moral es la caridad del sabio y cuya
validez trasciende dichas inexactitudes[105]. Estas provienen de
identificar ciertas doctrinas neoconfucianas con el Confucianismo
original, y tratar de hallar equivalentes directos entre conceptos propios
de estas doctrinas con otros fundamentales del pensamiento europeo: Dios,
espíritu, materia, sustancia, etc.
En el neoconfucianismo que conocieron los misioneros jesuítas, se
habían producido dos cambios muy relacionados entre sí: la síntesis de las
ideas confucianas con otras provenientes del Taoísmo, el Budismo y la
filosofía Yin-Yang[106]; además, la evolución de la propia doctrina
confuciana--en principio una antropología y una ética[107], hacia una
cosmología, en la que deviene central la noción de Li como principio
sustancial[108]. Leibniz lo identifica con el Dios bíblico, lo cual es
erróneo[109]. El empleo de los términos chinos por parte de Leibniz es
también impreciso, a causa de la pluralidad de significados atribuídos a
cada uno[110].
Leibniz termina el Discours con una exposición de su sistema binario,
contenido también en el I-Ching a su juicio[111], aunque olvidado y
mitificado por los chinos actuales[112], que en gran medida habían perdido
la pureza que atribuye a la doctrina original de Confucio, que cree
cosmológica. La opinión actual considera que no hay sistema numérico
alguno en el I-Ching[113]. Sin embargo, existe una Imago Mundi también
presente en el sistema binario Leibniziano[114].
Es conocido además que uno de sus móviles al establecer la coincidencia
entre la filosofía china y el Cristianismo era mostrar la universalidad de
su propio sistema, tanto filosófico como matemático, con lo cual podía
corroborar una vez más su idea sobre una mathesis divina en la creación y
organización del universo[115].
No creemos en modo alguno que Leibniz pueda ser acusado de oportunismo
intelectual, pero sí de excesivo entusiasmo frente a las doctrinas chinas.
Tenía buenas razones para ello. Le había expuesto a Bouvet en 1701 su
teoría sobre la diádica[116]. Bouvet por su parte le había manifestado la
convicción de que en la antigüedad, los chinos habían descubierto y
expresado en los 64 hexagramas del I-Ching el sistema binario[117].
Este error, unido al ya mencionado equívoco en cuanto a las
concepciones filosóficas confucianas, resultó más provechoso de lo
que podía esperarse, pues abrió las puertas a una posición que
podemos calificar hoy como precursora del diálogo intercultural, la
cual se hace necesario analizar.
OBRAS DE LEIBNIZ Y ABREVIATURAS
UTILIZADAS. (Resto de la bibliografía aparecerá en las notas).
- AA:
Sämtliche Schriften und Briefe. Akademische Ausgabe. Berlin, 1923-... La
serie, el tomo y demás datos se indicarán en la cita.
- N.T.: Nuevo tratado sobre el entendimiento humano. Prólogo de L.
Rensoli. Tr. de E. Ovejero y Mauri. La Habana, 1988.
- Théod.: Théodicée. Ed. J. Brunschwig. Paris, 1969.
- Cook-Rosemont. Writings on China, ed. D. J. Cook & H. Rosemont.
Chicago and La Salle, 1994.
- Discours-Cardoso. Discurso sobre a teologia natural dos Chinenses, ed.
A. Cardoso. Lisboa, 1991.
- Loosen/Vonessen/Gebser. Zwei Briefe über die chinesische Philosophie
und das binäre Zahlensystem, hrsg. v. R. Loosen u. F. Vonessen, mit einem
Nachwort v. J. Gebser. Stuttgart, 1968.
- Dutens. G. W. Leibnitii Opera Omnia, ed. de L. Dutens. Genevae, 1768,
6 vols.
- Echeverría. Filosofía para princesas, ed. J. Echeverría. Madrid, 1989.
- Engelhardt. Die vollkommene Welt, hrsg. v. W. von Engelhardt. Weimar,
1944.
- Engelhardt. Schöpferische Vernunft, hrsg. v. W. von Engelhardt.
Münster, 1955.
- F. de Careil I. Lettres et opuscules inédits de Leibniz, précédées
d'une introduction par A. Foucher de Careil. Paris, 1854.
- F. de Careil II. Nouvelles lettres et opuscules inédits de Leibniz,
précédées d'une introduction par A. Foucher de Careil. Paris, 1857.
- Gerhardt. Die Philosophischen Schriften von Leibniz, hrsg. v. C. I.
Gerhardt. Hildesheim, 1965, 7 Bd.
- Larroyo. Discurso de metafísica. Sistema de la naturaleza. Nuevo
tratado sobre el entendimiento humano. Monadología. Principios sobre la
naturaleza y la gracia, ed. F. Larroyo. México, 1991.
- Riley. Politicals Writings, ed. by P. Riley. Cambridge University
Press, 1988.
- Robinet. Principes de la nature et de la grâce fondés en raison.
Principes de la philosophie ou Monadologie. Lettres inédits, ed. par A.
Robinet. Paris, 1954.
- De Salas. Escritos de filosofía jurídica y política, ed. J. de Salas
Ortueta, tr. de J. M. Atienza. Madrid, 1984.
- Schrecker. Lettres et fragments inédits sur les problèmes
philosophiques, théologiques, politiques de la réconciliation des
doctrines protestantes (1669-1704), ed. P. Schrecker. Paris, 1934.
- Tierno Galván/Mariño. Escritos políticos, II, ed. E. Tierno Galván y
P. Mariño. Prólogo de A. Truyol. Madrid, 1985.
- Widmaier. Leibniz korrespondiert mit China: der Briefwechsel mit der
Jesuiten Missionaren (1689-1714), hrsg. v. R. Widmaier. Frankfurt am Main,
1990.
- Zacher. Hauptschriften zur Dyadik von G. W. Leibniz, hrsg. von H.
Zacher. Frankfurt am Main, 1973.
NOTAS
[1] Estos problemas han centrado ya la atención de los estudiosos en
congresos como "Leibniz y Adam" (Tel-Aviv, 1993); "Leibniz y Europa" (Hannover,
1994) y la Acción conjunta investigativa de especialistas españoles y
alemanes, cuyas sesiones de trabajo se han iniciado en Madrid, en junio de
2000.
[2] Cfr.: N.T., I, I, 26, p. 81. Véanse las ediciones de las obras de
Leibniz empleadas en el índice bibliográfico.
[3] Cfr.: Théod., Discours, I, p. 50.
[4] Cfr.: J. Locke: An Essay concerning Human Understanding, ed. A.
Campbell Fraser, 2 Vols. New York, 1959, Vol. I, pp. 60-62.
[5] Cfr.: L. Poliákov: The Arian Myth. New York, 1996, pp. 145-147.
[6] Cfr.: Leibniz: "On natural Law". En: Political Writings, ed. Riley,
pp. 77-80; del mismo: "Codex Iuris Gentium". Ibíd., 170-174.
[7] Leibniz: "Judgment of the Works of the Earl of Shaftesbury". En:
Political Writings, ed. Riley, p. 196.
[8] Leibniz: "La cause de Dieu", 95-98. En: Théod., p. 443
[9] Véase: Leibniz: "Ad Scientiam Generalem Praefatio. De Insula
Utopica". En: A.A., VI Reihe, Bd. IV, T. A, pp. 981-987
[10] Cfr.: Leibniz: "Judgment of the Works of the Earl of Shaftesbury",
ed. cit., p. 196
[11] Cfr.: Leibniz: "Judgment of the Works of the Earl of Shaftesbury",
ed. cit., p. 196
[12] Cfr.: B. Orio de Miguel: "Leibniz y la philosophia perennis". En:
Estudios filosóficos, 101/XXXVI, 1987, pp. 29-57; esta idea es una de las
tesis centrales de R. Loosen en: "Leibniz und die chinesische Philosophie".
Prefacio a: Loosen/Vonessen/ Gebser, pp. 27-37
[13] L. Poliákov (op. cit., p. 145), señala en Locke una ambivalencia
que lo hace expresarse sobre el racismo como algo inevitable, aunque su
propósito sea el opuesto. Cfr.: Locke: An Essay..., IV, VII, 16; ed. cit.,
pp. 289-290
[14] Cfr.: L. Poliákov: op. cit., pp. 131-134. Véase la importante obra
de R. H. Popkin: Isaac La Peyrère (1596-1676). Leyden, 1987, pp. 69 ss
[15] El libro de La Peyrère, titulado Systema Theologicum ex prae-Adamitarum
Hypothesis, fue publicado en 1655
[16] Cfr.: Génesis, 6, 4; Números, 13, 33; Deuteronomio, 2, 20; Samuel II, 21, 22
[17] Génesis, 4, 17
[18] Genesis, 4, 14-15
[19] En su obra Du Rappel des Juifs (1643), La Peyrère propugnaba el
acercamiento entre cristianos y judíos, por cuanto a su juicio la única
diferencia entre ambas religiones era el reconocimiento de Jesús de
Nazareth como Mesías. Partía de la idea de Adam como padre de los judíos y
no de toda la humanidad, de modo tal que, habiendo sido creados como
pueblo elegido por Dios, habían perdido dicha condición en tiempos de
Jesús, a causa de sus pecados. Pero en la ya inminente Era Mesiánica, los
judíos--una vez que reconocieran la condición de Jesús como Mesías--serían
de nuevo el pueblo elegido, encargado de culminar la Redención de la
humanidad. Alcanzarían la Tierra Prometida y junto al Rey de Francia
gobernarían desde Jerusalem al resto del mundo
[20] Cfr.: R. Popkin: Isaac La Peyrère, pp. 146-165; T. McCaskell: "A
History of Race/ism" (1994), p. 10. Internet, http://www.equalopp.web.net/whatis.htm,
19 pp
[21] "Nouvelle division de la terre par les différentes espèces ou
races d'hommes qui l'habitent". En: Journal des Savants, Paris, 24/ Avril
1684, pp. 85-89. Citado por: L. Poliákov: op.cit., p. 143
[22] El comentario de Leibniz se publicó póstumamente en el Otium
Hanoveriana sive Miscellanea. Leipzig, 1718, p. 37. Citado por L. Poliákov:
op. cit., p. 143
[23] N.T., III, VI, 36, p. 282
[24] N.T., III, II, 1, p. 241
[25] N.T., III, IX, 9, pp. 291-292
[26] Cfr.: L. Formigari: "The Adamic paradigm in Vico's philosophy of
language". En: Dascal, M. and Yakira, E. (eds.): Leibniz and Adam. Tel
Aviv, 1993 (L.A. en lo adelante), pp. 211-218; R. H. Popkin: "Leibniz and
Vico on the pre-Adamite Theory". Ibíd., pp. 377-386
[27] Cfr.: M. Dascal: "One Adam and many cultures: The role of
political pluralism in the best of possible worlds", pp. 390 ss. En: L.A.,
pp. 387-409
[28] Cfr.: A.A., IV, 1, pp. 408-410. Los editores (p. XII) lo presentan
como una fantasía leibnizana. Lo cierto es que no puede pasarse por alto
sin más, como bien señala Dascal
[29] N.T., I, I, 26, p. 82
[30] N.T., I, II, 20, p. 91
[31] Cfr.: N.T., I, II, 9, p. 86. Los actos mencionados se registran en
la p. 85
[32] Tradición propia del Hinduísmo, consistente en quemar vivas a las
viudas con el cadáver del marido. Leibniz la cita en Théod., II, 257
[33] Cfr.: Théod., II, 256; N.T., I, II, 9, pp. 85-86
[34] N.T., I, II, 9, p. 85
[35] Cfr.: Théod., II, 255-257, pp. 269-270. Como muchos estudiosos de
su época, Leibniz desconoce que las viudas son obligadas al sacrificio por
sus familias en la mayor parte de los casos hasta nuestros días, en los
que se han registrado prácticas del sâti, aunque esa costumbre, prohibida
por los ingleses, también lo está por las leyes de la India
[36] Théod., II, 257, p. 270
[37] N.T., I, II, 9, pp. 86-87
[38] Cfr.: Théod., I, 93-94, pp. 156-157
[39] Cfr.: N.T., III, III, 14, p. 251; III, VI, 17-22, pp. 268-271, III,
VI, 26, pp. 275-276
[40] Théod., I, 95, p. 157. La cursiva es nuestra
[41] Las llamadas "vías no ordinarias de salvación" se establecen en
consonancia con el ecumenismo de Roma, basado en la llamada "teoría de los
círculos concéntricos". Sobre ésto: J. M. Igartúa: La esperanza ecuménica
de la Iglesia. Madrid, 1970, Vol. II, pp. 136 ss; J. Bosch Navarro: Para
comprender el ecumenismo. Estella. Navarra, 1996
[42] Cfr.: H. Küng: Theologie im Aufbruch. Eine ökumenische Grudlegung.
München, 1987. Sobre la posición más conservadora: J. Ratzinger: Iglesia,
ecumenismo y política nuevos ensayos de eclesiología. Madrid, 1987
[43] No se toman aquí en cuenta los más recientes movimientos dentro
del Protestantismo, cuyo ejemplo más significativo son los llamados
evangelicales, de orientación generalmente no ecuménica, incluso en el
plano intercristiano
[44] Cfr.: B. C. Hanson: Introduction to Christian Theology.
Minneapolis, 1997, pp. 313-331. No se toman aquí en cuenta las confesiones
y grupos surgidos después de la muerte de Leibniz, entre los cuales suelen
primar el fundamentalismo bíblico o una liberalidad que llega a desdibujar
tesis cristianas centrales como la divinidad de Jesús o la redención
[45] Cfr.: K. Barth: Die kirchliche Dogmatik. Zürich, 1947 ss, Bd. 3, I
Teil, 1947, pp. 446-451, III Teil, 1950, pp. 360-365. Sobre ésto: B. C.
Hanson: op. cit., pp. 314-316; A. E. McGrath: Historical Theology. An
Introduction to the History of Christian Thought. Oxford-Massachusetts,
1998, pp. 329-330, 337-338; W. C. Placher: A History of Christian Theology.
An Introduction. Philadelphia, 1983, pp. 291-298
[46] Algunos de los ejemplos más significativos son J. Hick, K. Rahner
y P. Tillich y sus ideas sobre un inclusivismo cristiano que reconoce la
presencia de la Revelación en todas las culturas y religiones, por lo cual
el Cristianismo debe dialogar con ellas y no evangelizar, sin perder por
eso su identidad. Cfr.: A. E. McGrath: op. cit., pp. 330 ss
[47] Cfr.: P. Lengsfeld (Hrsg.): Ökumenische Theologie. Stuttgart,
1980; H. Waldenfels: Begegnung der Religionen. Bonn, 1990; R. Bernhardt (Hrsg.):
Horizontüberschreitung. Die pluralistische Theologie der Religionen.
Gütersloh, 1991; J. Hick and P.F. Knitten: The Myth of Christian
Uniqueness. Toward a pluralistic Theology of Religions. New York, 1987
[48] N.T., IV, XX, 3, p. 439
[49] N.T., I, II, 9, p. 86
[50] Cfr.: C. E. Maxcey: Bona Opera. An Study of the Development of the
Doctrine on Philipp Melanchton, pp. 240 ss
[51] N.T., IV, XVI, 4, p. 400
[52] N.T., IV, XX, 3, p. 439
[53] N.T., I, II, 9, pp. 85-86
[54] Cfr.: N.T., III, IX, 9, p. 291
[55] Cfr.: N.T., II, XXI, 37, p. 168
[56] Analizamos parcialmente este punto en: L. Rensoli: "El proyecto
ecuménico de Leibniz". Cuadernos Salmantinos de Filosofía, XXII, 1995, pp.
183-198
[57] Cfr.: R. Loosen: "Zur Vorgeschichte der Abhandlung über die
chinesische Philosophie". Antaios, 8, 2, 1966, pp. 134-143; Yanbing Zhu: "Leibniz
auf den Weg nach China". En: Leibniz und Europa. VI Internationaler
Leibniz-Kongress. Vorträge, II Bd.. Hannover, 1994 (en lo adelante L.u.E.),
Bd. I, pp. 813-818
[58] Sobre ésto habla en diversas cartas; entre otras: a J. Bouvet del
2.12.1697. En: Widmaier, I, p. 59; a M. Vota del 4.4.1703. En: Zacher, pp.
291 ss; a D. Bourget del 15.12.1707 y del 11.4.1710. En: Dutens, VI, pp.
204, 208-210
[59] Cfr.: U. Eco: Serendipities. Language & Lunacy. New York, 1998,
pp. 62-68. E. J. Aiton: Leibniz, una biografía. Madrid, 1992, pp. 136-137
[60] Cfr.: A. Robinet: G. W. Leibniz ITER ITALICUM. Firenze, 1988, pp.
122-130
[61] Además de la correspondencia recogida por Widmaier en la obra
citada, puede consultarse el trabajo clásico de F. R. Merkel: G.W. von
Leibniz und die China-Mission. Leipzig, 1920, que recoge el devenir de las
relaciones entre Leibniz y los misioneros
[62] Cfr.: J. Needham: Science and Civilisation in China, 6 vol.,
Cambridge, 1975-79, vol. (Needham en lo adelante), II, pp. 496 ss
[63] La evolución de las ideas de Leibniz sobre China a través de sus
escritos está recogida por D. Cook y H. Rosemont en el prólogo a su
edición: G. W. Leibniz: Writings on China, ed. cit. En dicha edición
aparecen los siguientes trabajos fundamentales: Prefacio a las ediciones
de Novissima Sinica (1697/99); De cultu Confucii civili (1700/1701); un
conjunto de observaciones sobre los ritos y religión en China (titulados
en el libro Remarks on Chinese Rites and Religion, 1708), y el Discours
sur la théologie naturelle des chinois (1716). Sobre el tema existe además
una copiosa correspondencia recogida en buena medida en: Widmaier, I, y en
Zacher, así como en Sämtliche Schriften und Briefe
[64] Cfr.: R. Loosen: "Leibniz und die chinesische Philosophie".
Prefacio a: Loosen/Vonessen/Gebser, pp. 27-37
[65] El escrito de N. Longobardi se titula Traité sur quelques points
de la religion des chinois; el de Santa María, Traité sur quelques points
importants de la mission de la Chine. Hemos empleado aquí las ediciones de
Kortholt, II y Dutens, IV (Longobardi) y Kortholt, II (Santa María)
[66] Cfr.: J. Aiton: Leibniz, una biografía, pp. 435 ss
[67] Leibniz: "Prólogo a Novissima Sinica". En: De Salas, p. 55
[68] Cfr.: Discours, 3, Loosen/Vonessen/Gebser, p. 43
[69] Leibniz se atiene sobre todo a las informaciones suministradas por
M. Martinius en su Sinicae historiae decas prima. München, 1658. Sobre los
problemas de la cronología contenida en esta obra tratan Cook y Rosemont
en el prefacio a Writings on China, p. 15. Leibniz se refiere a la obra en
carta a J. Bouvet del 15.2.1701, en: Widmaier, I, p. 141
[70] Cfr.: Carta de Leibniz a J. Bouvet del 2.12.1697. En: Widmaier, I,
p. 64
[71] Discours, 3, Loosen/Vonessen/Gebser, p. 43
[72] Ibíd., p. 43
[73] N.T., IV, VIII, 5, p. 373
[74] Discours, 5, Loosen/Vonessen/Gebser, p. 46
[75] Se sabe desde hace tiempo que el I-Ching probablemente se remonta
al S. VIII A. C., aunque otras opiniones lo sitúan en el S. VI A. C. Cfr.:
R. Wilhelm (Hrsg.): I-Ging. Das Buch der Wandlungen. München, 1989, pp.
17-20; Needham, II, p. 304-306 ss; E. Saad: I-Ching, el oráculo chino.
Mito e historia. Madrid, 1991, pp. 34-35; Wing-Tsit Chan (ed.): A Source
Book in Chinese Philosophy. Princeton, New Jersey, 1973, p. 262 n
[76] Cfr.: Las obras de los dos primeros citadas por Leibniz y que
contienen información acerca del I-Ching son: M. Martinius: Sinicae
historiae decas prima, ed. cit. A esta obra se refiere Georg Hieronymus
Welsch en carta a Leibniz de abril de 1672 (Cfr.: A.A., Reihe 2, Bd.I. R.
2, p. 214); del mismo: Atlantis Sinici. Amsterdam, 1659; P. Intorcetta, Ch.
Herdtrich, F. Rougemont, Ph. Couplet: Confucius Sinarum Philosophus.
Paris, 1687. Leibniz cita el Portrait historique de Bouvet en su
Introducción a la Novissima Sinica, la de Couplet y el Atlantis Sinici en
carta a Bouvet del 18.5.1703 (Widmaier, I, p. 191) y la Sinicae historiae
en carta a Bouvet del 15.2.1701 (Widmaier, I, p. 141). Zacher recoge una
fuente más, en A. Kircher, la cual sin embargo no se ha encontrado
[77] Kun Fu-tsé, fundador de esta corriente, se supone vivo entre
551-479 A. C. Aunque el confucianismo evolucionó posteriormente por
derroteros muy distintos, conservó siempre como su núcleo la doctrina
sobre el hombre, la moral y el orden del Estado. Cfr.: Fung Yu-lan: A History of Chinese Philosophy, 2 Vols. Princeton, 1983, Vol. I, Ch. III-IV;
Wing-Tsit Chan (ed.): A Source Book in Chinese Philosophy. Princeton,
1973, pp. 14-18; D. S. Nivison: The Ways of Confucianism. Investigations
in Chinese Philosophy, ed. by B. W. Van Norden. Chicago and La Salle,
1996, pp. 80-82
[78] Cfr.: Fung Yu-lan: op. cit., Vol. I, Ch. VIII; Wing-Tsit Chan: op.
cit., pp. 136-139; M. Kaltenmark: Lao Tzu and Taoism, tr. R. Greaves.
Stanford, California, 1969, pp. 19-46; L. Kohn: Early Chinese Mysticism.
Philosophy and Soteriology in the Taoist Tradition. Princeton, New Jersey,
1992, pp. 17-39
[79] Se supone que vivió en el S. VI A.C. Cfr.: L. Kohn: "The Lao-tzu
Myth". En: L. Kohn and M. Lafargue (eds.): Lao-Tzu and the Tao-te-ching.
Albany, New York, 1998, pp. 41-62
[80] Entró a China entre los S. II-III D. C., aunque no alcanzó una
dimensión filosófica hasta el S.V. D. C. Cfr.: E. J. Thomas: The History
of the Buddhist Thought. London, 1963, pp. 250 ss; Fung Yu-lan: op. cit.,
Vol. II, Ch. VII-IX; Wang-Tsit Chan: op. cit., pp. 336-337; L. Kohn: op.
cit., pp. 117-138
[81] Las tres religiones del Libro entraron a China a partir del S. VII,
bajo la dinastía T'ang, probablemente con comerciantes de Persia y de la
India, con los cuales llegó también el Zoroastrismo, de difusión muy
reducida. Cfr.: B. Hook (ed.): The Cambridge Encyclopedia of China.
Cambridge, 1982, pp. 328-332; Encyclopedia Judaica. Jerusalem, 1971, Vol.
5, pp. 468 ss; M. Th. Houtsma & others: E.J. Brill's First Encyclopedia of
Islam. Leiden, 1987, Vol. II, pp. 948-989
[82] Había sido predicada por los misioneros nestorianos en el S. VII,
provenientes de Persia y Bagdag; más tarde por misioneros franciscanos (S.XIII),
pero en el S. XIV los conflictos políticos interrumpieron su labor hasta
la llegada de Ricci, a fines del S. XVI. Cfr.: B. Hook: The Cambridge
Encyclopedia of China, pp. 332-333; S. C. Neill: "Christianity in Asia".
En: Eliade, Vol. 3, pp. 418-419
[83] Data aproximadamente del 781 D.C. Cfr.: A. Kircher: La Chine
Ilustrée Amsterdam, 1671, pp. 10b, 178b, 179b, 303a
[84] Leibniz llega a tildar de quietista al Budismo. Cfr.: Théod.,
Discours de la conformité, 10, p. 57. En este pasaje lo llama Foë, nombre
chino de Buda; G. Grua: La justice humaine selon Leibniz. New York &
London, 1985, pp. 144-145. Véase también el Discours, 34 a
[85] Esta confusión proviene de tomar ciertas ideas del
Neoconfucianismo como propias del primer Confucianismo, atribuyéndoles
además una significación que nunca tuvieron. Un ejemplo importante es la
noción de Li, asociada a la virtud en el primer Confucianismo y principio
cosmológico en el segundo, que los misioneros figuristas y Leibniz
identificaron con Dios, como se observa a lo largo del Discours, y en la
llamada "Controversia de los ritos"
[86] Esta es por ejemplo la opinión de A. Kircher, F. Couplet, L. Le
Comte y J. Bouvet, entre otros defensores de la coincidencia entre el
pensamiento chino y el Cristianismo
[87] Cfr.: F. Yates: The Art of Memory. Chicago, 1966, p. 145
[88] Cfr.: A. Cardoso: "Leibniz e a imagem do Oriente" (prefacio a:
Discours-Cardoso, pp. 9-33). La idea citada aparece en las pp. 12-13
[89] Cfr.: A. Peyrefitte: Un choc de cultures. La Vision des Chinois.
Paris, 1991. Prefacio, pp. IX-CXVII
[90] Cfr.: A. Peyrefitte: op. cit., pp. IX-X
[91] Cfr.: A. Peyrefitte: op. cit., pp. LXIV-LXV. El nombre genérico
para los europeos era "cheveux rouges", los cuales se dividían a su vez en
yingjili (ingleses), gansula (españoles, también llamados castellanos),
folanxi (franceses), y holan (holandeses), todos "de la même race que les
Barbares qui vivent à Macao"
[92] Cfr.: A. Santos Hernández: Las misiones católicas. Valencia, 1978,
pp. 92-98
[93] Como testimonios epocales a favor y en contra de los jesuítas
pueden citarse, entre otros, las crónicas: Ch. Le Gobien: Histoire de
l'Edit de l'Empereur de la Chine en faveur de la religion Chrestienne.
Paris, 1698; J. Bouvet: Portrait historique de l'Empereur de la Chine.
Paris, 1698; Louis Le Comte: Nouveaux Memoires sur l'Etat présent de la
Chine. Paris, 1697, 2 Vols.; del mismo: Des Ceremonies de la Chine. Paris,
1700; A. Caballero de Santa María: Relación de la persecución en China
(1644-1666). Madrid, 1915; Domingo Fernández Navarrete: Controversias
antiguas y modernas de la misión de la China. Madrid, 1697
[94] Cfr.: F. Jullien: "Un usage philosophique de la Chine". Le Débat,
91, sept.-oct./96, pp. 164-192. Ampliado en su obra La Propension des
Choses. Paris, 1992, donde plantea que no acepta de idea de Europa y China
como "espejos" una de la otra, sino como civilizaciones que se encuentran
y estudian mutuamente
[95] Cfr.: E. W. Saïd: Orientalism. New York, 1994, pp. 116-121. No
estamos de acuerdo con el calificativo de "humanismo abstracto" que aplica
a la posición de Leibniz (pp. 124-125), quien busca soluciones universales
pero no pretende la homogeneización de las distintas civilizaciones, como
muestra el caso de China
[96] Cfr.: V. Pinot: La Chine et la formation de l'esprit philosophique
en France. Genève, 1971, pp. 333-340
[97] El título completo es Entretien d'un philosophe chrétien et d'un
philosophe chinois sur l'existence et la nature de Dieu. La primera
edición es de 1708. La edición aquí empleada es: N. Malebranche: Oeuvres,
ed. A. Robinet. Paris, 1970, T. XV
[98] Cfr.: A. Robinet: Introduction al Entretien, ed. cit., p. XXIX. N.
de Rémond la menciona en su carta del 12 de octubre de 1714 (Gerhardt, Bd.
3, pp. 629-630).
[99] A. Robinet: Introd. al Entretien, ed. cit., p. IV.
[100] Cfr.: Entretien, p. 12.
[101] Cfr.: Entretien, p. 3.
[102] Carta a Burnet del 26 de mayo de 1706. Dutens, VI, p. 274.
[103] Discours, 2, p. 41.
[104] Cfr.: D. J. Cook: "Metaphysics, politics and ecumenism: Leibniz'
Discourse on the Natural Theology of the Chinese". En: Theoria cum Praxi,
Akten der III Int. Leibniz-Kongresses. Bd. I, Wiesbaden, 1980 (Studia
Leibnitiana Suppl.19), pp. 158-164.
[105] Cfr.: P. Riley: "Leibniz's Political and Moral Philosophy in the
Novissima Sinica, 1699-1999". En: Journal of the History of Ideas, Vol.
60, Nº 2/1999, pp. 217-239.
[106] Cfr.: Fung Yu-lan: op. cit., II, pp. 422 ss, 533 ss; Wang-Tsit
Chan: op. cit., pp. 460-463, 481-484, 495-497, 518-522, 544-547, 572-574,
588-593; I. Robinet: "Later Comentaries: Textual Polysemy and Syncretistic
Interpretations". En: L. Kohn and M. Lafargue (eds.): Lao-tzu and the
Tao-te-ching, pp. 119-142; D. S. Nivison: The Ways of Confucianism, pp.
252-253.
[107] Cfr.: P. Do-Dinh: Confucio y el humanismo chino. Madrid, 1964,
pp. 117-149; R. T. Ames and H. Rosemont, Jr.: "Introduction. Historical
and textual Background". En: The Analects of Confucius. A Philosophical
Translation, trsl. and intr. by R. T. Ames and H. Rosemont, Jr. New York,
1998, pp. 20-35, donde además se hace una importante discusión de las
diferencias fundamentales entre esta doctrina y la de las religiones del
Libro.
[108] Cfr.: D. S. Nivison: "Li". En: Eliade, Vol. 8, pp. 533-536; del
mismo: The Ways of Confucianism, pp. 261-262; Fung Yu-lan: op. cit., Vol.
II, pp. 444-446
[109] Cfr.: Yanbing Zhu: "Leibniz und Zhu Xi". En: Leibniz Tradition
und Aktualität, I. V Internationaler Leibniz-Kongress. Vorträge. Hannover,
1988 (L.T.A. en lo adelante), I, p. 1052. Véase también la ya citada
introducción de R. T. Ames y H. Rosemont, Jr. a: The Analects of Confucius.
[110] Esto es señalado en la introducción a la edición Cook-Rosemont,
p. 35. Un valioso trabajo sobre el tema es la tesis doctoral de Bak, Sang
Hwan: "Chinesische Philosophie bei Leibniz. Ein Vergleich der
Naturkonzepte". Justus-Liebig-Universität. Giessen, 1992. En el Discours
en especial se detiene en las pp. 182-186, donde señala: "in den chinesischen Gedanken findet man keine der abendländischen äquivalente
Begriffsentwicklung des Begriffes Substanz, und keinen klaren Unterschied
zwischen Forme und Materie..."
[111] Cfr.: F. Yates: The Art of Memory, pp. 381-385
.
[113] Cfr.: H. Wilhelm: Heaven, Earth and Man in the Book of Changes.
Seven Eranos Lectures. Seattle & London, 1997, pp. 8-11; Zacher, pp.
70-123 .
[114] En una carta a Burnet de 1697, Leibniz afirma que escribir la
teología por "el método matemático" es posible y que él lo ha intentado.
Cfr.: Dutens, VI, p. 243. Véanse los diferentes desarrollos de los números
a partir del 1 y su interpretación teológica y filosófica en Zacher.
[115] Cfr.: H. Blumenberg: op. cit., pp. 391-392.
[116] Cfr.: Carta de Leibniz a Bouvet del 15 de febrero de 1701. En:
Zacher, pp. 243-249 .
[117] Carta de Bouvet a Leibniz de noviembre de 1701 (recibida por
Leibniz en abril de 1703). En: Zacher, pp. 262-274.