Leibniz mantuvo siempre que el objetivo primordial en China es la
evangelización. Muchas razones apoyaban esta tarea y la facilitaban a
su juicio: la supuesta posesión de la prisca theologia por parte de los
chinos, el también supuesto monoteísmo de la doctrina confuciana, centrado
en la categoría de Li, la existencia entre ellos de una teología natural,
tal y como la define Leibniz. Todo ello unido a la idea, dominante en la
época -aunque el Irenismo hubiera comenzado a socavarla- del Cristianismo
como el camino de salvación por excelencia, el único por lo general,
aunque en los espíritus más abiertos se abriese paso, como se ha visto, la
posibilidad de la salvación por vías extraordinarias.
Leibniz nunca se pronunció en contra de esta
idea, aunque fuese capaz de matizarla considerablemente. Deja constancia
de ello en frases acerca de los chinos como ésta: "les venceríamos siempre
en una cosa grande, pero sobrehumana: el don divino de la religión
cristiana[1]".
DATOS AUTOR
Perfil/Área trabajo
Filósofa, especialista en filosofía
medieval / Poeta.
Por otra parte, uno de los objetivos de la Academia de Ciencias era formar
misioneros capacitados para evangelizar sociedades de alto nivel cultural
y moral como la china, lo cual redundaría en alianzas políticas muy
promisorias.
Todo lo anterior se corrobora en la ya citada misiva de Leibniz a
Sofía Carlota donde recomienda la preparación y envío de una misión
protestante a China. En ella señala, teniendo en cuenta también
intereses nacionalistas y religiosos: "por medio de nuestra gente se les
pudiera aventajar a los jesuítas y a otros misioneros romanos. De ésto no
hay ni que dudar, puesto que por su tiránica inquisición están obligados
no sólo a ocultar el verdadero sistema del mundo (es decir, el copernicano,
surgido en Prusia), sino también a oponerse tanto a los verdaderos
filósofos como a la doctrina pura, y nuestra verdad evangélica no se
encuentra menos acorde con la razón rectamente esclarecida que nuestra
ciencia con las observaciones y experimentos[2]".
Los intereses políticos tampoco se hacen esperar: "la doctrina de los
papistas resulta sospechosa en muchos lugares a las autoridades del país,
y por eso han sido expulsados del Japón. Por otra parte, actualmente, como
es conocido, incluso se dividen entre ellos a causa de las misiones
chinas[3], lo que a nosotros nos beneficia[4]". Pero también se mezcla con
ellos el deseo leibniziano de diálogo intercultural: "Además, hay en China
mucho que aprender, y en cierto modo se puede realizar un intercambio
científico más que con otros pueblos, y además se podrían organizar
relaciones comerciales extraordinariamente ventajosas[5]".
No queda la menor duda de que, por lo que a Leibniz respecta, las
relaciones con China suponen un diálogo. Cada parte tiene mucho que
aportar a la otra: "Si en las artes prácticas somos iguales, si los
vencemos en las disciplinas especulativas, también es cierto (aunque casi
avergüence decirlo) que nos superan en la filosofía práctica, es decir,
los preceptos de ética y política que se acomodan a la vida y costumbres
de los mortales[6]".
Es por ésto por lo que se precisa un intercambio (y no envío
unilateral) de misioneros, dado el descenso del nivel moral en Europa, que
ni siquiera el predominio del Cristianismo ha logrado detener y elevar, y
que Leibniz achaca a la carencia de medios racionales para convencer a los
hombres de la necesidad de una vida filosófica, o al menos política, o la
poca difusión de dichos medios, existentes en su propio sistema, a causa
del poco apoyo que los príncipes le han dado. Sobre ello escribe: "Es tal
el estado de nuestras cosas, caídos como estamos en tan grande corrupción,
que me parece necesitaríamos que nos enviasen los chinos misioneros, los
cuales nos ilustrasen sobre el uso y práctica de la religión natural del
mismo modo que nosotros les hemos enviado quienes les enseñen teología
revelada[7]".
La civilización china tendría enseñanzas de gran valor que
transmitir a Europa. Leibniz no contaba empero con un factor decisivo: el
carácter cerrado de la sociedad china, que eliminaba todo interés en
divulgar sus puntos de vista o en realizar labor misional alguna, como
muestran las mordaces observaciones recogidas por A. Peyrefitte. En
todo caso, la innovación leibniziana en cuanto a la labor misional
consiste en transformar la tradicional función de evangelización en
evangelización y diálogo, es decir, intercambio de los productos más
acabados del pensamiento humano. Tal vez sería mejor decir: intercambio de
los mejores frutos de la evolución de las civilizaciones, equivalentes y
no idénticas en sus conquistas, como se mostrará en el caso de Europa.
Lo más importante que estas reflexiones nos revelan es un enfoque de
China como modalidad de las sociedades humanas desarrolladas, sin el menor
viso de menosprecio, paternalismo o de una visión "exótica", como se
hallarían entre los "orientalistas" de los siglos XVIII y XIX[8]. Se
cumple sin embargo una de las tesis de Saïd: la imagen que se presenta no
se basa en un conocimiento objetivo acerca del Oriente, sino de su
interpretación a través del prisma de la cultura europea[9].
No puede imputarse a Leibniz toda la responsabilidad. Nunca estuvo en
China y se limitó a las informaciones suministradas en tratados y cartas
por los misioneros, las cuales dejó de actualizar en sus últimos años. Se
dejó deslumbrar por el supuesto "descubrimiento" de Bouvet de un sistema
similar al suyo en el I-Ching. El carácter inconcluso del Discours, que no
llegó a enviar a N. de Rémond, ha hecho pensar a los estudiosos en
posibles dificultades por parte de Leibniz para concatenar de manera
consecuente todos los elementos en la obra[10]: ¿llegó a comprender que
algo fallaba en su interpretación? En especial, llama la atención el hecho
de no haber establecido una relación biunívoca entre los conceptos
filosóficos chinos y la teología natural que quería encontrar en sus
doctrinas[11]. Pero faltan aún elementos para formular una respuesta más
satisfactoria.
La imagen de Europa: ¿civilizadora? Para un inconforme como Leibniz,
la condición de civilización altamente desarrollada de Europa no era tan
absoluta, al menos en todos sus detalles. Tantos defectos presentaba
el medio donde se había formado su persona y desenvuelto su vida que
podría decirse que Leibniz acepta sin duda alguna la condición
privilegiada de Europa, pero no sin una rigurosa meditación al respecto,
siempre crítica y abierta a nuevos elementos de reflexión. Sus reiteradas
críticas a muchas costumbres, doctrinas e instituciones europeas, sus
sueños de reformas lo muestran. Es por ésto por lo que la imagen de Europa
en Leibniz contendrá siempre un "a pesar de" como trasfondo, sin que ello
signifique en lo más mínimo un cuestionamiento de los valores y de la
cultura creados o arraigados en Europa, incluso de la superioridad de
éstos[12].
La primera pregunta que aflora es: ¿Europa como totalidad y no
Alemania, su país natal? Levy-Brúhl opina -con razón, siempre que no
quiera darse a sus ideas un matiz nacionalista estrecho que no tenían- que
bajo sus aspiraciones universales, Leibniz estuvo siempre empeñado en el
progreso de Alemania y aun en la restitución del poder y el esplendor que
ésta había tenido en la Edad Media[13], aunque se cuida de subrayar
también el cosmopolitismo leibniziano, que irradia desde su filosofía
hasta sus proyectos políticos[14].
No debe olvidarse que, siempre al servicio de importantes
personalidades alemanas, Leibniz estuvo en función de los intereses
políticos de éstas. Por supuesto, tampoco cabía hablar en aquel momento de
Alemania precisamente, sino de Prusia, Sajonia o Baviera, unidas eso sí
por rasgos de idiosincracia[15], por la historia, la lengua alemana,
entonces popular (compartida con Austria, Suiza y otras regiones), la
cultura y los múltiples parentescos entre sus casas principescas. Lengua
preferentemente popular el alemán, por cuanto la nobleza y la élite culta
raras veces lo empleaban, salvo coloquialmente. Muestra de ello es el
número escaso de escritos en alemán de Leibniz, entre los cuales no se
cuenta ninguna de sus obras y tratados fundamentales, y aun en su
correspondencia, en la cual se dirige a sus compatriotas preferentemente
en latín y en francés[16].
Uno de los trabajos leibnizianos más interesantes sobre el tema es
Ueber die Verbesserung der teutschen Sprache[17], en el cual exhorta a
convertir la lengua alemana en vehículo de expresión científica y cultural
universal, a partir de la monumental contribución de M. Luther y de los
escritores más modernos. Estos eran los llamados "poetas de la Guerra de
los Treinta Años": Paul Fleming, Martin Opitz, Johannes Schäffler (Angelus
Silesius), y una figura tan especial como Friedrich von Spee,
sobresaliente tanto en la poesía como en el pensamiento[18].
Bajo el III Reich se publicó en Alemania una compilación de estos y
otros escritos[19], algunos extraídos de los "Patriotische Gedanken"[20],
cuya presentación sugiere al lector una visión "patriótica" en Leibniz,
más bien nacionalista (en algunas páginas se justifica la guerra en
defensa de Alemania[21]). Pero ningún estudioso imparcial
hubiera podido sacar de estos escritos conclusión alguna que pudiera
convertir a Leibniz siquiera en precursor de alguna idea favorable para el
régimen fascista, por cuanto sus preocupaciones por Alemania eran las que
expresaría cualquier intelectual que alimentara sentimientos patrióticos y
estuviera interesado en el progreso y en la unidad de su país, tan
afectado por luchas religiosas y guerras internas.
No es posible comprender por ejemplo, los "Patriotische Gedanken"
leibnizianos, sin tener en cuenta la amenaza representada, después de la
Guerra de los Treinta Años, por la Francia de Luis XIV y por la expansión
del imperio Otomano, y el cáustico escrito "Mars Christianissimus" podría
constituir su contrapartida necesaria. No hay en Leibniz ningún panegírico
nacionalista de Alemania, sino el legítimo deseo de cualquier ciudadano de
un país de contribuir a su progreso y a su defensa; pero también el de
quien desea desenmascarar la falsa piedad que encubre las ambiciones
hegemonistas más descarnadas bajo la pretensión de restituir por la fuerza
la "verdadera religión".
El mencionado análisis de L. Poliákov[22] pone una vez más en evidencia
que Leibniz no se limitaba a excluir de su pensamiento las valoraciones
racistas, sino que se constituía en decidido opositor de ellas. Es bien
sabido que existe una diferencia esencial entre asumir--o no--la propia
nacionalidad y una posición nacionalista de cualquier índole. Y Leibniz es
un heredero de la tradición alemana, punto de partida hacia su
cosmopolitismo[23], cuyos hitos son: Europa, en primera instancia, China y
otras civilizaciones menos evolucionadas (como los árabes) en segunda, y
finalmente, el resto de la humanidad.
S. Wollgast, en su importante obra Philosophie in Deutschland zwischen
Reformation und Aufklärung, se propone mostrar, como indica el título, la
trayectoria del pensamiento alemán[24] hasta Leibniz, quien es para el
autor la primera figura importante del Iluminismo alemán[25]. Todo ello en
función de esclarecer los antecedentes teóricos del Idealismo Clásico
alemán desde Kant hasta Hegel[26]. Pero también de establecer con claridad
que tanto Leibniz como los representantes del idealismo alemán son
herederos indudables de la tradición filosófica alemana, aunque numerosas
figuras y corrientes de pensamiento de otros países europeos matizaran y
ayudaran a conformar definitivamente sus doctrinas, aspecto que no siempre
se subraya con suficiente profundidad en las investigaciones
histórico-filosóficas.
Parece una idea trivial referirse a la formación raigalmente alemana de
Leibniz: gran conocedor de los místicos medievales alemanes, cuyas ideas
religiosas y filosóficas--en especial las de Nicolás de Cusa, junto con
las de Meister Eckhart y Böhme--influyeron en él especialmente[27];
luterano, educado en principio en una universidad tradicional, doctorado
en un centro donde el socinianismo había adquirido gran popularidad, en
parte como reacción a la Deutsche Theologie de Luther, trabajó sin
descanso a lo largo de su vida por llevar a cualquiera de los reinos
alemanes al nivel alcanzado por Inglaterra o Francia. Pero dicha formación
suele darse por sentada con mucha frecuencia, en favor de un mayor énfasis
en otras tradiciones europeas: el cartesianismo, el atomismo de Gassendi,
que influyó tanto en su juventud, el espinocismo y el empirismo de Locke.
La estancia de estudiantes y profesores alemanes en universidades
holandesas fue un importante vehículo de transmisión a Alemania del
pensamiento de toda Europa[28]. Las doctrinas cartesianas por ejemplo,
llegaron hasta el joven Leibniz a través de alemanes como Johann Clauberg,
considerado el primer cartesiano alemán[29]. No se olvide que la
correspondencia con Arnauld comenzó antes de la estancia en París del
joven Leibniz.
Además, un modo de escapar de los estrechos marcos que a veces imponía
la ortodoxia luterana consistía en abrirse a la cultura de otras naciones.
Hablar de una "mentalidad europea" en el caso de Leibniz no supone en lo
más mínimo -en su etapa de madurez- una visión depreciativa de otras
culturas ni un "humanismo abstracto" según cree E. Saïd, sino una firme
raíz cultural donde se combinan lo nacional y lo continental, y que
constituye a la vez el punto de partida de su cosmopolitismo[30], base de
su reconocido universalismo ético-jurídico[31].
Es necesario recordar la influencia que el ideal cosmopolita de
neoestoicos como J. Lipsius ejerció sobre Leibniz[32]--también sobre
Descartes[33]--, además de la propia concepción sobre la filosofía
práctica, como un vehículo de reforma social y humana, cuestiones tratadas
en su obra De Constantia, al igual que sus ideas políticas. De este modo,
se integraron lo nacional y lo europeo en la formación de Leibniz, quien
buscó por sí mismo ampliar con viajes las fronteras de su pensamiento.
Pero, una vez admitida la conjugación de las tradiciones alemanas y
europeas en el caso de Leibniz, es necesario plantearse cuál es su imagen
de Europa. El primer rasgo es su carácter de totalidad[34], como unidad de
lo múltiple. En el prefacio a la Novissima Sinica, se refiere siempre a
"Europa y China", y nunca a sus naciones por separado, del mismo modo como
se refiere al Cristianismo como totalidad y lamenta reiteradamente las
fuertes diferencias entre las confesiones cristianas, que estorban que el
fundamento religioso común y la unidad cultural existentes--que no
excluyen las especificidades de las confesiones cristianas y de los países
que la conforman--puedan plasmarse en proyectos conducentes al provecho
general.
Pero no hay que olvidar que, en los escritos dirigidos al rey de
Prusia a través de Sofía Carlota, o a otras personalidades[35], se
expresa siempre como alemán y protestante, y llega a estimular el deseo de
aventajar a "los papistas" en las conquistas de la evangelización[36],
lo cual se puede explicar a través de la actividad política de Leibniz,
tanto al servicio de casas principales alemanas, como en favor de la
fundación de la Academia, pero también por lo que J. de Salas ha llamado
"el carácter irrenunciable del propio punto de vista[37]", desde el cual
no sólo se puede comprender al otro, sino también acceder a perspectivas
universales, en función de propiedades, historia, cultura e intereses
comunes.
Sin duda alguna el interlocutor de China no es ninguno de los países
que conforman Europa, sino el continente como totalidad, aunque las
proposiciones al Rey de Prusia parezcan pretender convertir a Alemania en
"país más favorecido" por parte de China.
Rusia no forma parte de Europa, pues se refiere a ella de este modo:
"no me parece mal que los moscovitas, cuyo grandísimo reino une a Europa
con China y contiene a los bárbaros del norte en las riberas del Océano
Glacial, emulen nuestro modo de vida, gracias a los tremendos esfuerzos de
su actual monarca[38]".
La idea de Europa como unidad no era nueva. Su raíz histórica estaba en
el imperio carolingio: unidad religiosa bajo el Cristianismo, y unidad
política con sede en Aquisgrán[39]. Pero tal unidad se hallaba totalmente
resquebrajada en la época de Leibniz. El mismo había preparado en su
juventud el "proyecto egipcio" con el fin de desviar la ambición de Luis
XIV de Alemania a Egipto[40], había conquistado los medios científicos
franceses y holandeses, tras vencer toda reticencia, como haría con los
italianos, y continuaría tropezando con los ingleses y colaborando con los
austríacos.
La visión leibniziana de Europa, proyectada hacia el futuro, se
apoyaba en la evolución mancomunada, como correspondía a un pensador tan
lúcido comprometido además en funciones políticas, parte de las cuales
requerían el complicado trato con teólogos de todas las confesiones
cristianas. La Guerra de los Treinta Años y la Revolución inglesa
completaban el cuadro más reciente de una Europa sacudida por luchas
internas, precedido por las contiendas religiosas en el período de la
Reforma. La amenaza representada por los turcos pesaba sobre toda
Europa, al menos potencialmente, y las disenciones internas no contribuían
a solucionarla.
Leibniz da por sentada la condición cristiana de Europa, y sus
polémicas con los antitrinitarios se dirigen a confirmarla. Pero había en
Europa un hecho innegable que, prima facie, parece haberle pasado
inadvertido: la presencia de los judíos, cuya cultura y religión habían
trascendido en cierta medida al ámbito cristiano, a través de la Kabbalah
y de autores como Maimónides y Spinoza.
Ellos a su vez conocían, y a menudo muy profundamente, la cultura no
judía de Europa, e incluso habían ganado para su religión a sabios como
"un certain Allemand, natif de la Souabe, devenu juif il y a quelques
années, et dogmatisant sous le nom de Mosés Germanus[41]". Que en realidad
Leibniz los tenía muy en cuenta lo demuestran sus numerosas referencias a
las doctrinas religiosas y filosóficas judías, en especial a la Kabbalah,
conocidas muchas veces, eso sí, a través de sus versiones
cristianizadas[42]. La pregunta inevitable entonces sería: ¿qué lugar
ocupan los judíos para Leibniz en la Europa cristiana[43]? En su
introducción a los Writings on China, Cook y Rosemont se preguntan por qué
es precisamente China y no otro país el interlocutor de Europa, en
particular un país islámico, o la India, o la región que actualmente
abarca los E.U. y Canadá, poblada por diferentes tribus indias, y ofrecen
una respuesta a partir de dos factores: el grado de conocimiento
disponible acerca de dichas culturas, y la posesión por parte de China de
una filosofía y una religión natural que nunca se habían encontrado con el
Cristianismo[44]. Estas interrogantes, válidas para el análisis del
Discours y otras obras, se refieren sin embargo a territorios
extraeuropeos. Los judíos vivían en el interior de Europa. ¿Por qué no
pensar en ellos como interlocutores de la Europa cristiana, más aún cuando
su religión era la más cercana al Cristianismo? Nadie podrá calificar a
Leibniz de intolerante, en su contexto epocal. Su ambivalente actitud
hacia Spinoza, el "judío sutil[45]" es una buena muestra de su actitud
conciliadora pero no negativa. No hay que olvidar la situación general de
los judíos en Europa, cuyos dos extremos eran la península ibérica, donde
la Inquisición continuaba persiguiendo marranos y judaizantes en general,
y la tolerante Holanda.
También ha de tomarse en cuenta la evolución de Martin Luther con
respecto al Judaísmo[46], cuyos dos momentos fundamentales fueron el
tratado de 1523, Dass Jesus Christus ein geborener Jude sei[47], y el de
1543 Von den Juden und ihren Lügen[48]. En su primera etapa pensaba que el
dogmatismo y corrupción de la Iglesia Romana habían impedido la conversión
de éstos al Cristianismo, lo cual podrían propiciar en cambio las
doctrinas protestantes. Hacia el final de su vida los condenó ferozmente,
no sólo en el plano religioso sino también como un mal social, sin olvidar
las tradicionales acusaciones de crímenes rituales y prácticas
satánicas[49]. En un contexto en el cual unas y otras ideas ocupaban un
lugar fue educado Leibniz[50].
Entre los intelectuales protestantes floreció sin embargo un movimiento
filosemita entre los siglos XVI y XVII, a partir de las ideas del derecho
natural. En éste participaron figuras tan cercanas a Leibniz como Grotius
y Pufendorf[51]. En el plano religioso, una figura tan importante dentro
del Protestantismo alemán como Ph. J. Spener, tuvo una actitud altamente
receptiva--para su tiempo--hacia los judíos, alimentada sin embargo por un
propósito proselitista, siguiendo la línea trazada por el "primer" Luther[52].
Ya se ha hecho referencia además a la clara oposición de Leibniz a toda
clasificación racista de los hombres (téngase en cuenta que se hablaba de
los judíos como de una raza), pero éstos en realidad parecen brillar por
su ausencia--como grupo, se entiende--en las reflexiones leibnizianas
dirigidas al análisis de otras culturas. Aunque no faltan escritos
leibnizianos sobre problemas jurídicos y sociales relacionados con los
judíos[53], es llamativa la falta de un análisis específico sobre su
situación general.
Al buscar una respuesta para esa aparente contradicción, sobresale un
factor decisivo: la falta de un país propio para los judíos, incluso de un
territorio propio dentro de los países europeos. Ese factor había sido ya
subrayado por Spinoza: han subsistido como pueblo sin estado, señalados
por el signo del pacto--la circuncisión--, y es muy probable que en un
futuro cercano recuperen el que una vez tuvieron[54]. Sobre sus
vacilaciones al respecto señala con razón Yirmiyahu Yovel: "la existencia
de un Estado judío eliminaría la brecha entre la esencia política del
judaísmo y la índole apolítica de la vida de los judíos en la
diáspora[55]", pero ocurre que para Spinoza "todo Estado debía ser
secular: éste era su mensaje pionero para los tiempos que auguraba. Pero
un Estado judío secular le era todavía inconcebible[56]".
Para Leibniz, más allá de todas estas consideraciones, era imposible
pensar en los judíos como interlocutores de la Europa unificada: los unos
generalmente considerados en Europa como "ciudadanos de segunda clase";
los otros, dispersos por el resto del mundo, carecían de una referencia
política que les confiriera una unidad laica, una especificidad diferente
de la religiosa.
La unidad religiosa del Judaísmo podía ser tomada en cuenta en un
proyecto ecuménico, pero no como fundamento de una situación que lo
convirtiera en posible interlocutor de Europa. Pues el alter ego de ésta
debía ser un territorio en condiciones similares y a la vez diferentes, de
modo que pudiera pensarse en la complementariedad. Leibniz halló ésto sólo
en China.
Al pensar en las relaciones entre Europa y China, Leibniz se propone
mostrar al imperio chino una imagen ideal de Europa, despojada de sus
profundos defectos, provenientes de modos de vida y de gobierno desacordes
con la razón. Además de ocultar a los chinos "cuántas disidencias hay
entre los cristianos[57]", anhela que la alegría del encuentro "sea firme
y duradera, sin que la perturbe ni el celo imprudente, ni las guerras
intestinas entre hombres que ejercen deberes apostólicos, ni el ejemplo
depravado que nosotros mismos damos[58]".
Muchos problemas de fondo corroían a Europa para Leibniz. Su temible
desenlace podía ser la revolución, provocada por el escepticismo moral y
la crisis de valores[59]. ¿Cuáles eran las causas? El desarrollo de las
ciencias y las artes, impulsado por las Academias, constituía para Leibniz
una valiosa conquista, seguida por la posibilidad que ofrecía la época de
construir definitivamente la philosophia perennis.
El Cristianismo, ampliamente predominante en Europa, contenía para
Leibniz la forma más elevada de moral que podía existir, lo cual era
demostrable mediante la razón. Sin embargo, Leibniz se dirige en su
escrito a esa élite espiritual, no exigua en número, pero sí minoritaria,
formada por "las personas ilustradas y de buena intención", la única que
considera capaz, al menos en principio, de asimilar de inmediato su
llamado: "il est rare de recontrer des personnes à qui ce Mémoire soit
propre; il y en a pourtant et peut-être plus qu'on ne pense[60]".
¿Por qué en Europa había tan pocas de estas personas? Leibniz estaba
convencido de que China había logrado organizar toda la vida ciudadana
según las reglas derivadas de la teología natural. ¿Por qué había fallado
en ésto la Europa cristiana? Pues China--o más bien la imagen que
Leibniz y los jesuítas acomodacionistas poseían de ella--constituía un
vigoroso mentís a cualquier posición escéptica con respecto a la
posibilidad de lograr un orden social acorde con las más elevadas reglas
morales. Más aun: lo habían logrado sin ser cristianos: "¿quién había de
creer que existiese un pueblo en la tierra que, pese a nuestra opinión de
que estamos avanzadísimos en el refinamiento de las costumbres, nos gana
en las reglas que regulan la vida civil?[61]" Ello no los hace perfectos e
incorruptibles, pues el pecado inherente a la naturaleza humana puede
siempre irrumpir: "no falta en China la avaricia, la lujuria o la ambición
(...). No obstante, han conseguido templar los amargos frutos del vicio,
de manera que, aunque no pueden extirpar la raíz del pecado de la
naturaleza humana, sí parecen haber disminuído el desarrollo del mal[62]".
La causa de que en Europa no se haya logrado algo similar parece
residir, para Leibniz, en la inconsecuencia con los principios de la
ciencia y de la moral que se poseen, susceptibles todos de fundamentar
racionalmente, aunque los segundos se hayan obtenido mediante la
Revelación: "Je trouve qu'encor les hommes éclaires et bien intentionnés
se laissent emporter le plus souvent par le torrent de la corruption
générale, et ne se livrent pas assez de force aux moyens de s'en tirer et
de faire du bien. Deux choses en son causes: le défaut de l'attention ou
de l'application dans chacun en particulier, et le défaut de
l'intelligence ou communication entre eux. On est diverti par les soins
ordinaires de la vie...[63]".
De nuevo el gran problema humano detectado por Pascal: la diversión,
entendida como dispersión o falta de concentración de los esfuerzos en los
fines esenciales del hombre, que lleva a los mejores a ceder a los
estímulos del medio, que conduce a la vida según las pasiones--precisamente
aquella que debe trascenderse--, y aleja de la vida filosófica a quienes
parecen hechos para ella (cuánto más al vulgo, añadiría un sabio como
Leibniz), que se conforman todo lo más con una mediocre vida virtuosa--o
más bien. se resignan a ella--, cuando ocurre que están llamados a ser los
guías del resto[64].
Estas personas, que derrochan sus altas dotes y se dejan vencer por el
desaliento sin llegar a unirse para llevar a la cúspide al género humano,
constituyen la mejor imagen de Europa. La superioridad de los chinos
consiste para Leibniz en haberse aplicado a la vida filosófica con todos
los recursos de la razón (aun cuando están en cierta desventaja científica
con respecto a Europa) y con toda la energía de su voluntad. Mirarse en su
espejo, obliga a Europa a reconocer que las pasiones y los intereses le
han impedido organizar la sociedad y la vida privada en consonancia con
sus más altos valores.
La crítica no aportaba gran cosa a la solución de los problemas
existentes. Pues, sobre todo la de carácter ético[65], banalizada en
folletines, suplantaba a menudo a la reflexión profunda, destinada a
encontrar soluciones: "L'avoue qu'on parle assez souvent de nos maux ou
manquements et de moyens qu'il faudroit pour y remédier[66]", escribe
Leibniz, quien había criticado a su vez con fuerza la filosofía que, en
lugar de resolver problemas, se esforzaba sólo en plantearlos de un cierto
modo o de introducir otros nuevos[67].
En esta actitud encuentra Leibniz el mismo mal que entorpece todo buen
proyecto: la diversión, entendida al modo de Pascal: "ce n'est
ordinairement que par manière de discours et comme par divertissement ou
par coustume et sans la moindre intention de prendre des mesures pour y
remédier[68]". Las siguientes palabras evocan las exigencias de constancia
y voluntad enérgica ante las necesidades de la época, formuladas por
Justus Lipsius: "Je trouve que la principalle cause de cette négligence,
outre la légèreté naturelle et inconstante de l'esprit humaine, est le
désespoir de réussir dans lequel le scepticisme est compris[69]".
Otros defectos se suman a los anteriores; uno de ellos es lo que
llamaríamos hoy trivialización del saber "la plupart des hommes sont
accoutumés aux idées confuses: les plus belles véritez ne les touchent pas[70]".
Otros provienen del afán de notoriedad, es decir, del rechazable "amour
propre", diferente del "amour de soi". Aun entre los grandes hombres
llegan a manifestarse ciertos vicios que no sólo redundan en perjuicio de
sus enseñanzas, sino en el del público, al pervertir la ciencia
subordinándola a la vanagloria: "La singularité fait encore ce méchant
effect qu'elle donne occasion à des sectes et à des entestemens de fausse
gloire qui arrestent les progrès. Un sçavant aura quelques vues grandes et
belles. Là-dessus il se veut ériger en chef de secte; il travaille à
ruiner la réputation des autres; il se fait un grimoire étudié auquel ses
disciples s'accoustument, jusqu'à n'estre plus capables de raisonner au
delà; il est bien aise de les aveugler pour avoir la gloire d'estre seul
leur conducteur[71]".
Un ejemplo de lo anterior es, según Leibniz, el propio Descartes, quien
no llegó a formar una verdadera escuela, la cual hubiera exigido la
crítica y la renovación, sino un coro de seguidores limitado a repetir y
parafrasear al maestro[72], justamente lo opuesto a los fines de la
Academia, dirigida a estimular la creación, aun la especulativa, en
función de objetivos útiles en los planos material y espiritual.
Otros defectos provienen de la falta de horizontes cognoscitivos
causados por una vida entregada al trabajo más rudo y la falta de medios
para cultivar la inteligencia[73]; esta carencia puede provenir también
del fanatismo, traducido a menudo en afán de control férreo sobre las
ideas que podrían contribuir al progreso, el cual llega a sustituir la
voluntad: "muchos consideran el pensamiento que les podría llevar a la
discusión como una tentación del demonio, que no creen poder vencer de
manera mejor que dirigiendo el espíritu a otra cosa[74]".
Otra variante del mismo problema suele afectar a quienes dependen de
una autoridad que extiende sus prerrogativas al conocimiento, como los
sabios vinculados a la Iglesia romana: "en Italia y en España, y aun en
los países hereditarios del emperador, no dejó de perseguirse la doctrina
de Copérnico, con gran perjuicio de estas naciones, cuyos espíritus
podrían elevarse a más bellos descubrimientos, si gozasen de libertad en
materias de razón y de filosofía[75]". Se trata en suma de la
sustitución de la razón por las pasiones en la mayor parte de los asuntos
decisivos para el progreso humano. Sin duda ésto no exime de
responsabilidad a quien se deja arrastrar a un error de carácter moral,
pues los mandamientos cristianos, que norman las líneas básicas de la
conducta humana, deben seguirse por fe aunque no se les haya explicado
racionalmente. Mientras que el salvaje y muchos no cristianos los ignoran,
el europeo, que en el peor de los casos posee al menos una educación
cristiana básica, los quebranta: "un malvado europeo es peor que un
salvaje, pues exagera artificialmente el mal[76]".
En esta idea se sienten resonancias de la Carta a los Romanos,
documento crucial para el Protestantismo, en la cual consta que el
conocimiento de la ley representó el revivir del pecado[77]. Esta paradoja
del alma sólo puede solucionarse mediante el control racional de todas las
esferas de la vida, cosa que los chinos han aprendido a partir de la ley
natural.
Esto no es todo: la abundancia de controversias no solucionadas ha
llevado a los europeos a sustituir las verdades por hipótesis--en el
sentido que entonces se daba al término, como doctrina no verificada--,
con las cuales podían defender su punto de vista frente a cualquier
autoridad. Pero esta defensa había devenido sectarismo de escuela en la
mayoría de los casos: "Sería insoportable para un sabio profesor ver su
autoridad echada por tierra en un instante por un recién llegado que
rechazara sus hipótesis (...). Las pasiones dominantes parecen ser, en
efecto, como vos decís, las fuentes del amor que se tiene por las
hipótesis[78]".
Las controversias pueden tener dos raíces: la búsqueda de la verdad,
lo cual las hace no sólo lícitas, sino necesarias, y el empeño de mantener
o de destruir una autoridad a toda costa. Este último caso no se
limita a obstaculizar el conocimiento de la verdad, sino que suele ser el
origen de la desunión, de graves disenciones, y hasta de las guerras,
ejemplo de lo cual eran para Leibniz las guerras religiosas.
Esto llevará a Leibniz a aplicarse a la solución racional de las
controversias[79], con el fin inmediato de hallar soluciones para
preguntas científicas y religiosas, pero con el fin mediato y no menos
importante de establecer la unidad entre los contrincantes, aunque se
trate de unidad en la diferencia, lo cual equivaldría a la armonía que
sólo puede tener lugar entre elementos diferentes, cada uno de los cuales
sería capaz de situarse en el punto de vista del otro[80]. Precisamente
como establece Leibniz su visión del binomio Europa-China, pues, como ha
señalado M. Dascal[81], Leibniz persigue mostrar que entre la teología
natural y la teología revelada no existe oposición sino armonía.
La idea leibniziana acerca del lenguaje como "miroir de l'esprit"
obliga a reflexionar sobre el significado que para la imagen de Europa
tienen sus posibilidades expresivas. Pues la metafísica es sin duda
alguna, para Leibniz, una conquista europea. Ni siquiera China posee
filosofía, al menos en el sentido que al término suele darse en Europa, lo
cual lleva a Leibniz a escribir a Bouvet: "l'introduction de la
Philosophie chez les chinois seroit d'un grandissime effect, pour preparer
les Esprits de plus prés à recevoir la véritable religion[82]".
Aun en los importantes escritos chinos sobre teología natural puede
observarse una imprecisión expresiva que conduce a equívocos sobre su
doctrina. Leibniz hace notar "combien ces gens parlent quelques fois
vaguement et confusement, sous pretexte que tout est un, et que souvent il
ne faut point les prendre à la lettre. Et pour parler distinctement de
leur dogmes, le plus seur est, de considerer plustost la raison et
l'harmonie des doctrines, que l'ecorce des paroles[83]".
Lo anterior hace notar que el desarrollo del espíritu chino no es
superior al europeo, aunque aventajen a Europa en los resultados obtenidos
en la organización social y en la moral, a causa de aplicar de modo más
consecuente que Europa los principios que posee, en este caso, los de la
teología natural. Por lo mismo no es inferior al europeo, sino
simétricamente equivalente, complementario.
Podría formularse aquí una pregunta que ya se ha hecho tradicional
en el terreno del diálogo intercultural, y es si la visión de Leibniz
sobre Europa, China y el resto del mundo puede calificarse de Eurocéntrica.
Nuestra respuesta sería que no, al menos en sentido absoluto, pese a los
juicios erróneos de Leibniz, procedentes en muchos casos del grado de
conocimientos sobre el ámbito no europeo. Europa no ha alcanzado un
grado tan alto de desarrollo espiritual--en todas las dimensiones
abarcadas por el término--porque su naturaleza supere a los restantes
pueblos y culturas, sino por su trayectoria histórica, que la ha
convertido en encrucijada de migraciones y pueblos que han aportado sus
culturas[84], además de la temprama recepción del Cristianismo. Todo lo
cual le ha permitido que "sortis à peine de la Barbarie[85]" haya logrado
arribar a tantos adelantos científicos y hasta a la philosophia perennis.
Los comentarios de Leibniz intentan explicar las carencias de otros
pueblos a través del desconocimiento y no de la inferioridad: "Puede
decirse, por ejemplo, que la ignorancia del uso del hierro es causa de que
en los países de América, en los que la naturaleza ha derramado
pródigamente toda clase de bienes, falte la mayor parte de las comodidades
de la vida[86]".
La superioridad de Europa es la de una civilización que, por contar con
grandes recursos proporcionados por la historia, ha logrado
importantísimos resultados científicos, políticos y sociales. Pero debe
quedar claro que "la superioridad de los europeos sobre los chinos se debe
a la sola geometría; éstos nada admiraban más de la doctrina de los
europeos que la solidez inconmovible de los elementos de Euclides"[87]. Si
otros aspectos no han logrado despertar la admiración de tan escogida
civilización, ¿puede pensarse con fundamento entonces en un destino
especial de Europa? Debe recordarse que para Leibniz ningún destino se
realiza sino es a través de la acción del sujeto, y que en todo caso la
europea deja muchísimo que desear, pese a contar con los elementos
necesarios para alcanzar una organización social redundante en la
felicidad de la humanidad, es decir, en su progreso continuo[88].
Sus países sin embargo se complementan, y cada uno aporta algo a lo que
podríamos llamar el espíritu de la civilización europea. De este modo se
refiere Leibniz a "the solidity and the judgement of the Germans; the
artfulness, the delicacy of mind, the circumspection, and the politeness
of the Italians; the openness, the pleasantness, the vivacity and the
freedom of the French"[89], características que compara con los cuatro
elementos cosmológicos: "Italian phlegm, German melancholy and French bile,
which form an heroic temperament by the mixture of fire and earth. Fire
provides activity, brilliance, elevation, while melancholy, which partakes
of the nature of the earth, [supplies] firmness, moderation and restrain[90]".
Una Europa unificada podría reunir entonces en sí misma lo mejor de
todas las naciones que la compondrían, pero también sus defectos, a los
cuales Leibniz no hace referencia[91], pues el citado escrito pretende
describir las características del príncipe ideal: un príncipe alemán por
su nacimiento, pero europeo en su espíritu, preparado para comprender a
todas las naciones y para regirlas de ser necesario.
¿Tiene entonces Europa una "misión civilizadora"? Responder ésto
exige delimitar dos niveles: para consigo misma y para los demás pueblos.
En cuanto a la primera opción, es forzoso responder que Europa debe
completar su proceso de civilización. Pero a diferencia de otros
pueblos, puede hacerlo por sí misma, aunque ayudada por los misioneros
chinos, según se ha examinado, pues posee el necesario discernimiento para
aplicar consecuentemente los principios de la civilización, provenientes
de la razón y de la Revelación. Poco probable sería además que Europa
lograra alcanzar la perfección necesaria como civilización sin la ayuda de
China, cuyo conocimiento más profundo parece formar parte de la armonía
universal actuante en la historia: "Quizá la suprema providencia lo haya
hecho así para que pueblos tan cultos y distantes se tiendan los brazos
hasta alcanzar poco a poco el modo de vida más racional y perfecto[92]".
De tal modo y según el principio del "espejo", el lenguaje confuso de
los chinos hará cobrar a los sabios europeos mayor conciencia de la
necesidad de evitar la oscuridad expresiva; la inconsecuencia tal vez
contenida en las honras civiles a Confucio la hará cobrar sobre las
características de la devoción cristiana; el monarca ilustrado de los
chinos, sobre las características más deseables del soberano, etc. Sólo
China parece tener el derecho de criticar a Europa, como expresa Leibniz:
"Et si par malheur l'Atheisme prevaloit en Europe et y devenoit la
doctrine commune del plus savans Lettrés (...), les Missionaires envoyés
en Europe par les sages de la Chine, en etudiant nos anciens livres,
auroient raison de s'opposer au torrent des sentiments de ces Lettrés, et
se moquer de leurs moqueries[93]".
En cuanto a otros pueblos hay que decir que en el plano religioso sí,
sin duda, con todas las implicaciones morales que el Cristianismo trae
consigo, pues Leibniz está de acuerdo con que los pueblos deben acceder a
la religión cristiana, la más elevada de todas. Sin embargo, aun en este
plano, deberá evitarse que trasciendan a los pueblos evangelizados las
fuertes controversias existentes entre los cristianos europeos, las cuales
no persiguen encontrar la verdad, sino vencer al contrario, y que por lo
mismo, deben ser erradicadas[94]. Deberá evitarse además manipular las
verdades cristianas, "para complacer a unos u otros pueblos[95]", lo cual
sólo demuestra cuántos intereses se esconden actualmente tras la
evangelización.
En otros aspectos, el trabajo que debe realizarse con los pueblos
llamados "salvajes" es muchísimo mayor, sólo que Europa debe estar
preparada para actuar responsablemente, sin transmitirles sus propios
vicios, pues ella misma está abrumada por libros, doctrinas y ejemplos
negativos "qui étoufferont enfin les bons et nous ramèneront à la
barbarie[96]", de no tomarse medidas para evitarlo. A los pueblos salvajes
por su parte, "el comercio con los cristianos los ha echado a perder en
algunas cosas; se les ha enseñado, suministrándoles aguardiente, a
emborracharse, a jurar, a maldecir y otros vicios que no conocían[97]".
El mayor desarrollo trae consigo defectos que no conocen quienes viven
de forma primitiva, provenientes del mal uso de la amplitud de
posibilidades que traen consigo los adelantos del conocimiento y de la
organización social: "entre nosotros hay más bienes y males que entre
ellos (...) No obstante, ésto no impide a los hombres sumar las
excelencias que la naturaleza concedió a aquellos pueblos a las que la
razón nos proporciona a nosotros[98]".
Si esta fusión beneficiosa se produce, en lugar de la transmisión de
malos hábitos, la luz interior humana, despertada por los conocimientos
científicos y la moral superiores, "iluminará el entendimiento y
enardecerá la voluntad[99]", pues "la manera y los grados de perfección
varían hasta lo infinito. Sin embargo, el fondo es siempre el mismo en
todas partes[100]", regla universalmente válida y por lo tanto, también
para el espíritu humano, capaz de despertar y elevarse, por elemental que
sea su estado inicial.
Tales razones aconsejan que no se retroceda ante hábitos extraños y
hasta repugnantes a la moral cristiana, sino que la persuasión, y cuando
sea posible, una represión de los actos, benevolente sin embargo para con
el hombre, se combinen para la erradicación de éstos. Los múltiples
conflictos existentes, sobre todo a causa de la intolerancia, no impiden a
Leibniz afirmar "que hay en este siglo personas de tal fuerza de juicio y
de tal amplitud de espíritu, que podrían encontrar de antemano el
conocimiento de nuevos caminos, si se tomaran el trabajo de dirigir su
pensamiento por este lado[101]".
Pero todo lo anterior será posible solamente si Europa asume la
tarea de ayudar a desarrollarse (o civilizar) a los pueblos que lo
requieran como una obra bilateral, revertida sobre sí misma, civilizándose
a sí misma cada vez más, es decir, aplicando consecuentemente los
principios de la moral, acordes con la razón, de los que dispone.
Misión y no sólo provecho propio egoísta. Ayuda, organización y
orientación y no tutela, resumen la función de Europa en el proyecto
leibniziano[102].
OBRAS DE LEIBNIZ Y
ABREVIATURAS UTILIZADAS.
- AA: Sämtliche Schriften und Briefe. Akademische Ausgabe. Berlin,
1923-... La serie, el tomo y demás datos se indicarán en la cita.
- N.T.: Nuevo tratado sobre el entendimiento humano. Prólogo de L.
Rensoli. Tr. de E. Ovejero y Mauri. La Habana, 1988.
- Théod.: Théodicée. Ed. J. Brunschwig. Paris, 1969.
- Cook-Rosemont. Writings on China, ed. D. J. Cook & H. Rosemont.
Chicago and La Salle, 1994.
- Discours-Cardoso. Discurso sobre a teologia natural dos Chinenses, ed.
A. Cardoso. Lisboa, 1991.
- Discours-Loosen/Vonessen/Gebser. Zwei Briefe über die chinesische
Philosophie und das binäre Zahlensystem, hrsg. v. R. Loosen u. F. Vonessen,
mit einem Nachwort v. J. Gebser. Stuttgart, 1968.
- Dutens. G. W. Leibnitii Opera Omnia, ed. de L. Dutens. Genevae, 1768,
6 vols.
- Echeverría. Filosofía para princesas, ed. J. Echeverría. Madrid,
1989.
- Engelhardt. Die vollkommene Welt, hrsg. v. W. von Engelhardt. Weimar,
1944.
- Engelhardt. Schöpferische Vernunft, hrsg. v. W. von Engelhardt.
Münster, 1955.
- F. de Careil I. Lettres et opuscules inédits de Leibniz, précédées
d'une introduction par A. Foucher de Careil. Paris, 1854.
- F. de Careil II. Nouvelles lettres et opuscules inédits de Leibniz,
précédées d'une introduction par A. Foucher de Careil. Paris, 1857.
- Gerhardt. Die Philosophischen Schriften von Leibniz, hrsg. v. C. I.
Gerhardt. Hildesheim, 1965, 7 Bd.
- Larroyo. Discurso de metafísica. Sistema de la naturaleza. Nuevo
tratado sobre el entendimiento humano. Monadología. Principios sobre la
naturaleza y la gracia, ed. F. Larroyo. México, 1991.
- Riley. Politicals Writings, ed. by P. Riley. Cambridge University
Press, 1988.
- Robinet. Principes de la nature et de la grâce fondés en raison.
Principes de la philosophie ou Monadologie. Lettres inédits, ed. par A.
Robinet. Paris, 1954.
- De Salas. Escritos de filosofía jurídica y política, ed. J. de Salas
Ortueta, tr. de J. M. Atienza. Madrid, 1984.
- Schrecker. Lettres et fragments inédits sur les problèmes
philosophiques, théologiques, politiques de la réconciliation des
doctrines protestantes (1669-1704), ed. P. Schrecker. Paris, 1934.
- Tierno Galván/Mariño. Escritos políticos, II, ed. E. Tierno Galván y
P. Mariño. Prólogo de A. Truyol. Madrid, 1985.
- Widmaier. Leibniz korrespondiert mit China: der Briefwechsel mit der
Jesuiten Missionaren (1689-1714), hrsg. v. R. Widmaier. Frankfurt am Main,
1990.
- Zacher. Hauptschriften zur Dyadik von G. W. Leibniz, hrsg. von H.
Zacher. Frankfurt am Main, 1973.
[1] Leibniz: "Prólogo a la Novisima Sinica". En: De Salas, II, ed. cit.,
p. 64.
[2] Leibniz: "Consideraciones sobre como organizar...". En: De Salas,
II, p. 395.
[3] Se trata de la llamada "controversia de los ritos", que terminó con
la condenación, por parte de Roma, de la posición acomodaticia en la
evangelización, creada por los jesuítas, antecedente de la actual
inculturación de la fe. Cfr.: P. Damboriena: La salvación en las
religiones no cristianas. Madrid, 1973, pp. 136 ss; L. Pastor: Historia de
los papas. Barcelona, 1958, Vol. XXXIII, pp. 337-343, 373 ss; V. Vermander,
S.J.: "Théologiens catholiques en monde chinois". 1ére et 2nde parties.
Nouvelle revue théologique, 117/1995, No.5, sept.-oct., pp. 670-693, No.6,
nov.-dec., pp. 860-873; S. Vareschi: "Martino Martini, S.J. e il decreto
del Sant'ufficio nella questione dei riti cinesi (1655-56)". ARCHIVUM
HISTORICUM SOCIETATIS JESU, Anno LXIII, fasc. 126, jul-dec. 1994, pp.
209-260; M. Revuelta González: "Los ritos chinos y los jesuítas en el
siglo XVIII, según la documentación franciscana". Miscelánea Comillas, 54,
1996, pp. 143-173.
[4] Leibniz: "Consideraciones sobre como organizar...". En: De Salas,
p. 395.
[5] Leibniz: "Consideraciones sobre como organizar...". En: De Salas,
p. 396.
[6] Leibniz: "Prólogo a la Novissima Sinica". En: Tierno Galván/Mariño,
II, ed. cit., p. 57.
[7] Leibniz: "Prólogo a la Novissima Sinica". En: Tierno Galván/Mariño,
II, p. 64.
[8] Cfr.: E. W. Saïd: Orientalism, pp. 123-148, donde analiza casos tan
importantes como los de S. de Sacy, director de la famosa Collection
Orientale, y de E. Renan.
[9] Cfr.: E. W. Saïd: Orientalism, pp. 120-122.
[10] Cfr.: En su prefacio a la edición del Discours, R. Loosen piensa
que la muerte impidió a Leibniz terminarlo. Cook y Rosemont (Writings on
China, Introduction, p. 33) consideran que ésto tuvo también como causa la
multiplicidad de dimensiones de los problemas a solucionar, cuya síntesis
acabada se le hizo difícil de lograr, opinión que compartimos.
[11] Cfr.: Zacher, pp. 207-213. A este punto se dirige también la
disertación doctoral de Bak, Sang Hwan "Chinesische Philosophie bei
Leibniz. Ein Vergleich der Naturkonzepte" (Justus-Liebig-Universität.
Giessen, 1992), pp. 218-234, 267-271.
[12] No parece casual en lo más mínimo que el último congreso de la "Gottfried-Wilhelm-Leibniz-Gesellschaft"
haya tenido como tema "Leibniz und Europa", pues además de la importancia
de los proyectos de unión europea (leibniziano y contemporáneo) se hace
necesario determinar la imagen de Europa como civilización.
[13] Cfr.: L. Levy-Brúhl: L'Allemagne depuis Leibniz, pp. 12-15. El
autor cita en las pp. 15-16 el escrito leibniziano "Ermahnung an die
Deutschen", en el que Leibniz deja sentado que "Il est certain qu'après
l'amour de Dieu, ce qui tient le plus à coeur à un homme de bien est le
bonheur de sa patrie".
[14] Cfr.: L. Levy-Brúhl: L'Allemagne depuis Leibniz, p. 17.
[15] Leibniz los describe en su obra juvenil Ermahnung an die Teutschen
(1679), donde contrasta el poco valor que muchos alemanes dan a su
cultura y a su pueblo con las grandes virtudes que adornan a este último.
[16] Hay por supuesto excepciones importantes, entre otras el Duque
Johann Friedrich (a quien también se dirige en francés), Otto von Guericke,
Gottfried Klinger, y a ratos con Walther von Tchirnhaus.
[17] G. W. Leibniz: Deutsche Schriften, hrsg. v. G. E. Guhrauer. Berlin,
1838, Bd. 1.
[18] Cfr.: S. Wollgast: Philosohie in Deutschland..., pp. 741-744,
806-809, 871-873. [19] Leibniz: Die volkommene Welt, hrsg. v. W. von
Engelhardt. Weimar, 1944.
[20] Pueden consultarse en: A.A., IV R., Bd. III, pp. 359-366.
[21] Leibniz: Die volkommene Welt, pp. 116-118. Cfr.: M. Dascal: "One
Adam and many cultures". L.A., p. 393.
[22] Cfr.: L. Poliákov: The Aryan Myth, pp. 141-149.
[23] Cfr.: M. Dascal: "One Adam and many cultures". L.A., pp. 388-389.
[24] Wollgast trata la categoría "pensamiento" en un sentido muy
amplio, como toda reflexión acerca del mundo, la naturaleza, la
espiritualidad, los valores y la vida presente en las más variadas formas
de la cultura. Se duda a veces si las considera reflexiones asimilables
por la filosofía o reflexiones filosóficas propiamente dichas, aunque
expresadas a través de las llamadas "formas no convencionales de la
filosofía". Por pensamiento alemán entiende el pensamiento desarrollado en
Alemania o por alemanes, sea original o trátese de la difusión y/o
continuación del generado por escuelas o figuras de otros países.
[25] Junto a Walther von Tschirnhaus, Samuel Pufendorf, Christian
Thomasius y Christian Wolff. Cfr.: S. Wollgast: op. cit., p. 901.
[26] Cfr.: S. Wollgst: Philosophie in Deutschland, Vorwort, pp.
11-22. [27] Cfr.: S. Wollgast: Philosophie in Deutschland, pp. 215-216.
Un aspecto menos tratado es el del ecumenismo, del cual se tratará en el
acápite correspondiente.
[28] Cfr.: H. Schneppen: Niederländische Universitäten und deutsches
Geistesleben von der Gründung der Universität Leiden bis ins späte 18.
Jahrhundert. Münster, 1960, pp. 68-77; S. Wollgast: Philosophie in
Deutschland, pp. 741-751.
[29] Cfr.: S. Wollgast: Philosophie in Deutschland, p. 751.
[30] Cfr.: L. Couturat: La Logique de Leibniz d'apres des écrits
inédits, ed. cit., pp. 528 ss.
[31] Cfr.: M. Dascal: "One Adam and many cultures", p. 394. Estos
aspectos han sido ampliamente tratados por G. Grua (La justice universelle
selon Leibniz).
[32] Cfr.: S. Wollgast: Philosophie in Deutschland, pp. 755-756.
[33] Cfr.: S. Wollgast: Philosophie in Deutschland, p. 761.
[34] Cfr.: H. Poser: "Leibniz und Europa: Einführung in das
Kongressthema"; M. Buhr: "Bemerkungen zum geistigen Erbe Europas". En:
L.u.E., II, pp. 16-20; 43-46.
[35] Dos buenos ejemplos se hallan en: Leibniz: "Consideraciones acerca
de la situación actual del imperio". En: Escritos de filosofía jurídica y
política, pp. 235-239, y en "Mars Christianissimus, Ibíd., pp. 247-274,
pese al tono irónico de este último; también los escritos contenidos en la
mencionada edición titulada Die vollkommene Welt.
[36] Cfr.: Leibniz: "Consideraciones sobre como organizar...". En:
Escritos de filosofía jurídica y política, p. 395, donde escribe: "la
doctrina de los papistas resulta sospechosa en muchos lugares".
[37] J. de Salas Ortueta: "La verdad del otro y la práctica ecuménica
en Leibniz", p. 166. En: Theoria, VI, No. 14-15, oct./91, pp. 161-173.
[38] Leibniz: "Prólogo a Novissima Sinica". En: Escritos políticos, II,
p. 55. El monarca mencionado es obviamente Pedro el Grande.
[39] Cfr.: L. Levy-Brúhl: L'Allemagne depuis Leibniz. ed. cit., pp. 16
ss.
[40] Cfr.: Leibniz: "Deliberación sobre si hay que enviar ahora la
propuesta egipcia, o debe llevarse a cabo después". En: Escritos de
filosofía jurídica y política, pp. 207-211. Sobre ésto: P. Ritter: Leibniz'
ägyptischer Plan, ed. cit.
[41] Cfr.: Théod., Discours, 9; ed. cit., pp. 56 y 460 (nota No. 41).
El verdadero nombre de Moses Germanus era Spaeth. [42] Sobre el tema
pueden consultarse obras fundamentales como la de Foucher de Careil (ed.):
Leibniz: la Philosophie Juive et la Cabale. Paris, 1861; A. Coudert:
Leibniz and the Kabbalah, ed.cit.; S. Edel: Die individuelle Substanz bei
Böhme und Leibniz, ed. cit.
[43] En estos aspectos nos extendemos en: L. Rensoli: "Leibniz busca un
alter ego para la Europa cristiana: ¿por qué no los judíos?". Revista El
Olivo, 1998, Nº. 2.
[44] Cfr.: Leibniz: Writings on China, ed. Cook-Rosemont, p. 2.
[45] Así le llama en el N.T., IV, XII, 13, p. 392.
[46] Sobre la evolución de Luther en este aspecto, véase: "Martin
Luther". En: Encyclopedia Judaica. Jerusalem, 1971, Vol. 11, pp. 584-586;
una obra abarcadora sobre el tema es: W. Bienert: Martin Luther und die
Juden. Frankfurt, 1982.
[47] Cfr.: M. Luther: Werke. Kritische Gesamtausgabe. Weimar, 1900, Bd.
II.
[48] Cfr.: M. Luther: Werke, ed. cit., Bd. LIII.
[49] Cfr.: R. Po-Chia Hsia: The Myth of Ritual Murder. Jews and Magic
in Reformation Germany. New Haven and London, 1988, pp. 1-13, sobre el
discurso anti-judío de Luther, sus consecuencias y los argumentos en
contra, pp. 136-162. [50] Cfr.: S. Wollgast: Philosophie in Deutschland,
pp. 213-220; J. Wallmann: Philipp Jacob Spener und die Anfänge des
Pietismus. Tübingen, 1986, pp. 88-127.
[51] Cfr.: A. Edelstein: An unacknowledge harmony: philosemitism and
the survival of European Jewry. Westport, Conneticut, 1982, pp. 118-126.
[52] Cfr.: J. Wallmann: Philipp Jacob Spener und die Anfänge des
Pietismus, pp. 88-127, en especial las pp. 231-236, 256-258; sobre el
ecumenismo de Spener: P. Grünberg: Philipp Jacob Spener, Bd. I: Die Zeit
Speners. Das Leben Speners. Die Theologie Speners, mit Einleitung v. E.
Beyreuther (1893), repr. Hildesheim, Zürich, New York, 1988, pp. 423-498.
[53] Véase por ejemplo: "Des Reich Recht auf die Judenschafft zu
Francfurt". A.A., IV R., Bd. III, pp. 42-60.
[54] Cfr.: B. Spinoza: Tratado Teológico-político, ed. cit., pp.
132-134.
[55] Y. Yovel: Spinoza, el marrano de la razón, ed. cit., p. 201.
[56] Y. Yovel: Ibíd., p. 202.
[57] Leibniz: "Prólogo a Novissima Sinica", ed. cit., p. 65.
[58] Leibniz: Ibíd., p. 75.
[59] N.T., IV, XVI, 4.
[60] Leibniz: "Memoire...", 1. F.C.-1, p. 274.
[61] Leibniz: Prólogo a Novissima Sinica, ed. cit., p. 57.
[62] Leibniz: Ibíd., p. 59.
[63] Leibniz: Ibíd., 2-3, p. 274.
[64] Sobre ésto nos extendemos en: L. Rensoli: "El ideal de la vida
filosófica según Leibniz". En: Revista de filosofía, vol. VII (1994), nº
11, pp. 115-137.
[65] Algunos casos notables, incluídos en la corriente llamada
"filosofía popular", se han analizado en la primera parte, al tratar sobre
la razón y los sentimientos.
[66] Leibniz: "Memoire...", 7. F.C.-1, p. 276.
[67] Cfr.: Leibniz: "De la reforma de la filosofía primera y de la
noción de sustancia". En: Obras de Leibniz, ed. Azcárate. T. I, p. 162.
[68] Leibniz: "Memoire...", 7. F.C.-1, p. 276.
[69] Leibniz: "Memoire...", 8. F.C.-1, p. 276.
[70] Leibniz: "De l'usage de la méditation". F.C.-1, p. 239.
[71] Leibniz: "Memoire...", 23, ed. cit., pp. 288-289.
[72] Cfr.: Ibíd., p. 289.
[73] Cfr.: N.T., IV, XX, 2, p. 438.
[74] N.T., IV, XX, 6, p. p. 440.
[75] N.T., IV, XX, 11, p. 443.
[76] N.T., I, II, 20, p. 91.
[77] Romanos, 7, 7-17.
[78] N.T., IV, XX, 11-12, p. 443.
[79] Leibniz dedica a esta cuestión algunos breves escritos cuya
importancia en su proyecto ecuménico es incalculable: "La place d'autruy".
En: Textes inédits, ed. Grua, Vol. II, ed. cit., pp. 699-702, "Sobre las
controversias", "Vicios de las controversias confusas, y "El juez de las
controversias o balanza de la razón" (las versiones aquí citadas son las
traducciones a cargo de la Sociedad española Leibniz, inéditas).
[80] Cfr.: M. Dascal: "Strategies of Dispute and Ethics: Du tort and La
place d'autruy". En: L.u.E., II, pp. 108-115.
[81] Cfr.: "Reason and the mysteries of faith: Leibniz on the meaning
of religious discourse". En: M. Dascal: Leibniz, language, signs and
thought: a collection of essays. Amsterdam-Philadelphia, 1987, pp. 96-97.
[82] Leibniz: Carta a Bouvet del 2.12.1697. Widmaier, I, p. 64.
[83] Discours, 34-a, ed. Loosen-Vonessen, p. 86.
[84] El libro III del N.T., al analizar la formación y las mutuas
influencias de las lenguas, plantea (III, II, 1, p. 241) el origen común
de las naciones y una lengua radical y primitiva, lo cual sin duda tiene
un fundamento religioso, pero por lo mismo, contrario a toda visión
depreciativa de otro pueblo.
[85] Discours, 3, ed. Loosen-Vonessen, p. 43.
[86] N.T., IV, XII, 11, p. 392.
[87] Leibniz: "La historia de las letras y el momento presente".
Methodus Vitae, I, p. 23.
[88] Cfr.: E. C. Mann: "Leibniz: Europäische Perspektiven". En: L.u.E.,
I, pp. 450-456. [89] Leibniz: "Portrait of the Prince". En: Political
Writings, ed. Riley, p. 94.
[90] Leibniz: "Portrait of the Prince", ed. cit., p. 93.
[91] Esta es también la razón por la cual no relaciona los rasgos de
otros países, pues se restringe a los países visitados por el príncipe
durante su educación.
[92] Leibniz: "Prólogo a Novissima Sinica", ed. cit., p. 55.
[93] Discours, 10, ed. Loosen-Vonessen, p. 51.
[94] Cfr.: Leibniz: Carta a Burnet del 1-2 de febrero de 1697. Dutens,
VI, pp. 245-246; Prólogo a Novissima Sinica, ed. cit., p. 65.
[95] Leibniz: Prólogo a la Novissima Sinica, ed. cit., p. 65.
[96] Leibniz: "Memoire...", 20. F.C.-1, p. 286.
[97] N.T., I, II, 20, p. 91.
[98] N.T., I, II, 20, p. 91.
[99] N.T., I, II, 20, p. 91.
[100] N.T., IV, XVII, 16, p. 423.
[101] N.T., IV, XVII, 7, p. 418. La cursiva es nuestra.
[102] Cfr.: A. Robinet: G. W. Leibniz: le meilleur des mondes, pp.
286-292.