RESUMEN: Este libro inicia el amor de Nietzsche por la vida, y su lucha
contra la moral: una sincronía que no sea por casualidad, sino que la última
es consecuencia directa del primero. La mayoría de autores opina que esa guerra sólo tiene una
finalidad liberalizadora, olvidando que la instauración de la moral
nietzschena (egoísmo, individualismo, desigualdad, autenticidad,
violencia, dureza, crueldad, fuerza y auge de los instintos y pasiones),
traería otra vez al mundo aquel ecosistema en el que estuvimos inmersos hace
cientos de miles de años,¡cuando la evolución estaba en pleno
apogeo¡Y se da el caso de que al recuperar esas condiciones vitales
haríamos lo mismo con ella y con la selección natural. De ahí ese
paralelismo que desde ahora Nietzsche no cesará de presentar en todos sus
libros, entre el “fortalecimiento” de la vida y “su moral”, y su
“debilitamiento” y la “moral cristiana”.
Humano, demasiado humano supone una
ruptura total con la etapa anterior. Durante años se ha dedicado a
sus tareas docentes y ha intentado encontrar sentido a la existencia
en la creación cultural, la filosofía, el arte, la estética y en
especial la música. Y, de repente, da un giro de 180 grados y no
sólo abandona esas preferencias, sino que empieza a criticarlas de
manera despiadada, y las sustituye por un interés por la vida que a
estas alturas no acaba de definir: “Los filósofos suelen
situarse ante la “vida” y la experiencia –ante lo que ellos llaman
el mundo de la experiencia- como ante un cuadro que se hubiera
pintado de una vez para siempre [...] no se tiene en cuenta el hecho
de que ese cuadro - lo que para nosotros, hombres, se llama
actualmente vida y experiencia- ha llegado a ser poco a poco lo que
es, e incluso está aún enteramente en su devenir, y
por esta razón no podría ser considerado como una dimensión
estable.” (Humano, demasiado humano, 16).
Para precisar el sentido del libro resulta
instructivo el prefacio que le añade en 1886. Nietzsche nos refiere
de manera casi autobiográfica, su juvenil apego por Schopenhauer y
Wagner, su dolorosa ruptura, y su solitaria evolución hacia un
espíritu libre (que el mismo definirá en el fragmento 225 como aquel
”que piensa de otro modo de lo que pudiera esperarse de su
origen, de sus relaciones, de su situación y de su empleo o de las
opiniones reinantes en su tiempo”), hasta que al fin tiene lugar
su flechazo por la “vida” y el nacimiento del que, en adelante, será
su gran amor: “Un paso más en la curación: y el espíritu libre se
acerca a la vida, lentamente, es cierto, casi de mala
gana, casi con desconfianza. De nuevo, todo se vuelve más cálido en
torno a él, más dorado por así decir; sentimiento y simpatía
adquieren profundidad, y brisas de tibias de toda especie soplan por
encima de él. Se encuentra casi como si sus ojos se abriesen por
primera vez a las cosas cercanas. Está maravillado y se sienta en
silencio: ¿dónde estaba? ¡Qué cambiadas le parecen estas cosas
inmediatas y cercanas¡” (5).
Un amor que, a partir de ahora, le va a servir de
piedra de toque para juzgar la bondad de todo lo demás: “Tenías
ante todo que ver con tus propios ojos dónde hay siempre más
injusticia, a saber: allí donde la vida tiene su
desarrollo más mezquino, más estrecho, más pobre, más rudimentario y
donde, sin embargo, no puede hacer más que tomarse a sí misma por
fin y medida de las cosas.” ( 6).
De entrada, el problema que se nos
presenta (debido precisamente a la asincronía del prólogo con el
resto) es en cual de esas etapas debemos situar el libro. Y para eso
tal vez nos pueda ser útil otro de sus prólogos, en este caso el de
La genealogía de la moral: “Mis
pensamientos sobre la procedencia de nuestros prejuicios morales-
pues de ellos se trata en este escrito polémico- tuvieron su
expresión primera, parca y provisional en esta colección de
aforismos que lleva por título Humano, demasiado humano (2) [...] En
el fondo lo que a mí me interesaba precisamente entonces era algo
mucho más importante que unas hipótesis propias o ajenas acerca del
origen de la moral (o más exactamente:
esto último me interesaba sólo en orden a una finalidad para la cual
aquello es un medio entre otros muchos). Lo que a mi me importaba
era el valor de la moral.”
(5).
Y no perdamos ni una palabra de lo que sigue,
porque es lo que nos permite ubicarlo en el estadio final de ese
apasionado idilio: “Se trataba en especial del valor de lo
“no- egoísta”, de los instintos de compasión, autonegación,
autosacrificio a los cuales Schopenhauer había recubierto de oro
[...] y basándose en ellos dijo no a la vida y también
así mismo. ¡Mas justo contra esos instintos dejaba oír su voz en mí
una suspicacia cada vez más radical, un escepticismo que cavaba cada
vez más hondo¡ Justo en ellos veía yo el gran peligro para la
humanidad, su más sublime tentación y seducción- ¿hacia dónde?,
¿hacia la nada?- justo en ellos veía yo el comienzo del fin, la
detención, la fatiga que dirige la vista hacia atrás, la voluntad
volviéndose contra la vida.”
Para terminar presentando en forma de tímidas
preguntas lo que en su interior son ya taxativas afirmaciones:
“Necesitamos una crítica de los valores morales, hay que poner
alguna vez en entredicho el valor mismo de esos valores [...] hasta
ahora no se ha dudado ni vacilado lo más mínimo en considerar que el
“bueno” es superior en valor a el “malvado”, superior en valor en el
sentido de ser favorable, útil, provechoso para el hombre como tal
(incluido el futuro del hombre). ¿Qué ocurriría si en
el “bueno” hubiese también un síntoma de retroceso, y asimismo un
peligro, una seducción, un veneno, un narcótico, y que por causa de
esto el presente viviese tal vez a costa del futuro?”
(6).
Como vemos, en este libro hay dos elementos nuevos y
distintos que al parecer, a los ojos de Nietzsche, están íntimamente
entrelazados: el inicio de su fervor por la vida y la lucha
contra la moral cristiana (basada precisamente en lo que tiene
de negativo para la vida y el futuro del hombre). Se ha
querido explicar esa asociación en el efecto perjudicial que la
permanente represión de los instintos podría tener para nuestra
salud. Pero aquí hay algo más. Son muchos los que hoy en día cantan
las excelencias de su liberación sin que por ello se sientan
obligados a iniciar una campaña contra la compasión, la filosofía o
la democracia.
También se ha tratado de enturbiar el significado
biológico de vida echando mano al sentido artístico que tenía en
tiempos anteriores:“Los filósofos, los creadores, los
genios, y los hombres extraordinarios se encuentran entre los más
poderosos impulsores de la vida, de la voluntad de vivir,
conscientes de que es posible hallar algo más elevado y puro que la
existencia actual. Esa meta es la cultura: “el fomento del
engendramiento del filósofo, del artista y del santo dentro y fuera
de nosotros y, de este modo, que trabajemos en pro de la perfección
de la Naturaleza [...] La humanidad debe trabajar constantemente
para crear grandes hombres singulares; ésta y no otra es su tarea.”
(Schopenhauer como educador).
Pero es una labor de titanes porque, como la mayoría
de comentaristas reconoce, Humano, demasiado humano supone un
cambio de aquellas primeras posturas: “metafísica, religión y
arte son condenados; no se los considera ya como los modos
fundamentales de la verdad, sino que aparecen como una ilusión que
hay que destruir.” (Fink, La filosofía de Nietzsche,
Madrid, Alianza Universidad, 1994, p. 53). Y además ese interés por
la biología está explícitamente refrendado en otros lugares (Ecce
homo, Humano, demasiado humano, 3): “a partir de ese momento
(Nietzsche se refiere retrospectivamente a cuando escribió este
libro) no he cultivado de hecho nada más
que fisiología, medicina y ciencias naturales,- incluso a auténticos
estudios históricos he vuelto tan sólo cuando la tarea me ha forzado
imperiosamente a ello.”
Aunque como vemos, la inquina de Nietzsche se dirija
preferentemente contra la moral, su ofensiva no se restringe a ella
sino que se dirige también hacia la religión y la metafísica porque
sabe de sobras el apoyo que estas disciplinas le prestan.
De ahí el origen de esa triple guerra que aún no es, como lo será
más tarde, una obsesión que le impide pensar en otra cosa. Y así, si
bien dedica los tres primeros apartados (y ya sabemos su costumbre
de iniciar sus escritos con lo que juzga más interesante) a esos
menesteres, el resto son divagaciones en las que su espíritu
inquieto toca, con su habitual originalidad, infinidad de temas: el
arte, el genio, la sociedad, la mujer, el estado y un revoltijo
final de asuntos diversos.
El primer apartado está consagrado a combatir
algunos de los más importantes conceptos filosóficos. Inicia un
ataque sistemático contra la razón, la verdad, la bondad, la lógica
y la libertad, y pone en duda nuestra capacidad de raciocinio,
conocimiento y juicio. Sus lectores se quedan desconcertados ante
este repentino cambio de humor que no saben a que atribuir, y
desmenuzan sus escritos buscando que filosofía se oculta detrás de
aquella inquina a la metafísica clásica. Pero por estos días,
no está buscando una nueva filosofía; sólo quiere acabar con la
antigua, porque la ve como el último baluarte de esa moral:
“todos los filósofos han construido bajo la seducción de la moral,
también Kant; su intención sólo aparentemente perseguía la certeza,
la “verdad”, pero en realidad iba en pos del majestuoso edificio
ético.” (prólogo añadido en 1886 a la nueva edición de Aurora).
Una y otra vez denosta de la metafísica y de sus
nefastos resultados. Una y otra vez proclama que el cerebro es un
órgano surgido evolutivamente para ayudar al triunfo de la vida y de
la especie, y que a eso es a lo que se debería dedicar: “La falta
de sentido histórico es el pecado original de todos los filósofos
[...] No quieren saber que el hombre, que la facultad de conocer
también es el resultado de la evolución.” (2). Pone límites a
nuestra capacidad de libertad, conocer y juzgar. Las hipótesis
metafísicas son un error y un engaño. (9). La cosa en sí es un
concepto vacío de sentido (16). Combate el concepto de causalidad. Y
define la metafísica como la ciencia que trata los errores
fundamentales del hombre, como si fuesen verdades. (18). Las
sensaciones de tiempo y espacio son errores de nuestros sentidos y
las leyes de los números sólo tienen validez en ese “mundo” ficticio
creado por nosotros (19). El progreso es algo posible, pero no
seguro (24).
Y, atención al estilo tan recatado, lleno de
rebuscados “quizás” y “tal vez”, con que suena su primera andanada
moral: “Quizá una visión del porvenir sobre las necesidades
de la humanidad no ponga por completo de manifiesto que sea de
desear que todos los hombres realicen actos semejantes; quizá
debería, más bien, en interés de fines ecuménicos para toda la
humanidad, proponer deberes especiales, tal vez, en ciertas
circunstancias malos” (25). Para luego continuar como si nada.
Lo ilógico puede ser tan necesario y útil como lo lógico (31). Y lo
mismo ocurre con nuestros juicios- “Todos los juicios respecto al
valor de la vida se desarrollaron ilógicamente y por tanto son
injustos” (32)- o nuestros errores (33).
El segundo capítulo pone en solfa la moral
ordinaria y trata de insinuar la suya, pero de forma tan ladina que
puede parecer un “amoral”. Pero esa sigilosa voz no siempre puede, o
quiere, ocultar hacia donde va su simpatía:“Nadie es
responsable de sus actos; nadie lo es de su ser; juzgar equivale a
ser injusto” (39). Pone en solfa la compasión (46, 50), la
benevolencia (49), justicia (81, 92), o la “maldad” de actos
etiquetados como tales: “las “malas” acciones son motivadas por
el instinto de conservación o, más exactamente aún, por la
aspiración al placer y el deseo de huir del dolor del individuo;
ahora bien: al ser motivadas de este modo no son malas” (99).
Reincide en la inocencia del egoísmo (101), la inmoralidad (102) y
la perversidad (103). Y legitima todos los actos: “Si de una
manera general admitimos que la legítima defensa es moral, hay que
admitir también casi todas las manifestaciones del egoísmo llamado
inmoral; hacemos daño, robamos o matamos para conservarnos o para
protegernos, para prevenir un infortunio personal (1o4).”
Para terminar con un canto final a nuestra inocencia
e irresponsabilidad: “Todo en el dominio de la moral se modifica,
es cambiante, incierto, todo está en fluctuación, es cierto; pero
también todo está en curso y hacia un único fin. El hábito
hereditario de los errores de apreciación, de amor, de odio, por más
que continúe obrando en nosotros, será cada vez más débil bajo la
influencia de la ciencia en aumento; un nuevo hábito [...] se
implanta insensiblemente en nosotros en el mismo terreno, y será
dentro de miles de años, quizá bastante poderoso para proporcionar a
la humanidad la fuerza de producir el hombre sabio, inocente, (con
conciencia de su inocencia), de una manera tan regular como produce
actualmente al hombre no sabio, injusto, con conciencia de culpa”
(1o7). (Obsérvese que toda la sabiduría de ese hombre del futuro se
resume en su nueva postura ante los valores morales).
El tercer apartado lo consagra a denigrar
el espíritu religioso y el cristianismo con un estilo comedido e
irónico (tal vez por eso más efectivo) lejos de las tintas
sobrecargadas de futuros escritos. Nadie adivinaría que este autor
lleva en sí el germen del Anticristo. Empieza criticando
la religión (110) y el culto religioso (111), para después dedicarse
al cristianismo (113- 117), a la redención (132-134) y al ascetismo
y la santidad (136- 144).
Y el cuarto, dedicado al arte y los
escritores, está lejos de expresar su antiguo entusiasmo por estos
temas.
Aquí se acaba la parte del libro más
revolucionaria y novedosa: en el resto deja galopar libremente su
imaginación a caballo entre sus antiguas y sus nuevas ideas. El
quinto y el sexto reúnen aforismos pluritemáticos de los más
logrados porque, cuando Nietzsche se olvida de sus cruzadas,
se reencuentra con lo mejor de sí mismo (en aquellas su pensamiento,
encorsetado por la meta a la que quiere ir a parar, pierde sus
mejores virtudes), el séptimo está consagrado a la mujer, el octavo
al estado, y el noveno se puede considerar como un cajón de sastre.
El quinto comienza con un canto a la originalidad:
“De los individuos más independientes, menos seguros y moralmente
más débiles es de quienes depende, en semejantes comunidades, el
progreso intelectual; estos son los hombres que buscan la novedad y,
sobre todo, la diversidad” (224), y al espíritu libre (229).
Define la fe como: “el habituamiento a principios intelectuales
sin razones y sólo por hábito” (226), y el espíritu fuerte como:
“aquel que tiene la tradición de su parte y no necesita razonar
su conducta” (230).
En el 231 describe el genio como:
“un hombre que, en su camino, se ha extraviado en el bosque, pero
que se esfuerza con una energía no común en salir en una dirección
cualquiera, descubre a veces un camino nuevo que nadie conocía: así
se producen los genios cuya originalidad se celebra” ¿Cómo se
forman?: “En su conjunto, la historia parece dar, respecto a la
producción del genio, la lección siguiente: “¡Maltratad y
torturad a los hombres- le grita a las pasiones Envidia, Odio y
Celos-; impulsadlos sin medida unos contra otros, pueblos contra
pueblos, y esto durante siglos¡ Tal vez entonces brote a llamaradas,
como de una centella separada en su vuelo de la terrible energía así
incendiada, repentinamente el resplandor del genio” (233). De
ahí que el estado moderno y la eclosión del genio estén en
contradicción (235). Exalta el Renacimiento y el placer de conocer y
razonar, a los que por ahora aún ve como herramientas contra el
ideal religioso, el metafísico y, lo que más le interesa, incluso el
moral (237). (Más adelante descubrirá que también esas facultades
son capaces de escudar a estos últimos, y cambiará de táctica). Y
adelanta alguna de sus futuras preocupaciones: “Tal vez toda la
humanidad no sea más que una fase de la evolución de una especie
determinada de animales de duración limitada; de suerte que el
hombre haya provenido del mono y vuelva otra vez al mono, aunque no
haya nadie que tenga interés en este maravilloso desenlace de
comedia [...] Precisamente porque podemos abarcar con la mirada esta
perspectiva, estamos quizá en situación de prevenir semejante
desenlace” (247). Seguidas (248) de estas frases:
“Vacilamos, pero es necesario que no nos asustemos ni
soltemos, por así decir, el nuevo saber. Además, no podemos ya
volver a lo antiguo; hemos quemado las naves y no nos queda más
remedio que hacer de tripas corazón, suceda lo que suceda. Marchamos
sencillamente, cambiamos de sitio. Tal, vez un día nuestra marcha
tome el aire mismo de un progreso.”
Defiende la evolución del propio pensamiento: “yo creo que no ha
existido aún filósofo que no haya terminado por lanzar sobre su
filosofía juvenil una mirada de desprecio, o al menos de
desconfianza. Pero es posible que no haya dicho nada públicamente de
este cambio de disposiciones, por ambición o- como es probable
tratándose de naturalezas nobles- por un delicado miramiento a sus
adeptos” (253). Y termina con lo que podría verse como una glosa
edulcorada de su vida y un canto al conocimiento: “Hay que haber
amado la religión y el arte como se ama a una madre y a una nodriza;
de lo contrario no se puede llegar a ser sabio. Pero hay que dirigir
las miradas más allá, saber erguirse por encima [...] Depende de ti
que todos los rasgos de tu vida: tus ensayos, tus errores, tus
faltas, tus ilusiones, tus sufrimientos, tu amor y tu esperanza
entren sin excepción en tu designio [...] Hacia la luz, tu último
movimiento; un hurra de conocimiento, tu último grito” (292).
Los apartados sexto “El hombre en la sociedad” y
séptimo “La mujer y el niño” son unas colecciones de aforismos
dedicados a esos temas. En el octavo lanza denuestos contra el
estado, la democracia, la alianza entre religión y gobierno, y unas
predicciones sobre el socialismo (por aquellos tiempos la división
entre socialismo y comunismo no eran tan nítidas y claras como
ahora) que, teniendo en cuenta lo que ha pasado después, sorprenden
por su sagacidad profética:“El socialismo es el fantástico
hermano menor del despotismo casi difunto, cuya herencia quiere
recoger; sus esfuerzos son, pues, en el sentido más profundo,
reaccionarios, pues desea una plenitud de poder del Estado como sólo
el despotismo lo tuvo [...] Por esto se prepara silenciosamente para
la dominación por el terror y hunde en las masas a medio cultivar,
como un clavo en la cabeza, la palabra “Justicia”, para arrebatarles
toda inteligencia y proporcionarles, para el villano papel que van a
representar, una buena conciencia” (473). Para terminar con unos
comentarios (teniendo en cuenta su espíritu hipercrítico) bastante
asépticos sobre el pueblo judío, Europa y el exceso de nacionalismos
(475).
Por último en el apartado noveno “El hombre a
solas consigo mismo”, vuelve a insistir en la normalidad, e
incluso bondad, del cambio de ideas y convicciones (629 a 632), de
ahí que debamos de ser modestos y flexibles en nuestras
opiniones. Y termina con un canto a un futuro imprevisible, en el
que tal vez aflore una nueva filosofía: “Quien desee, aunque
sólo sea en cierta medida, llegar a la libertad de la razón no tiene
derecho, durante largo tiempo, a sentirse sobre la tierra más que
como un viajero, y ni siquiera como un viajero hacia un objetivo
final, pues no lo hay [...] Nacidos de los misterios de la mañana,
piensan en qué puede dar el día, entre la décima y la duodécima
campanada, una faz tan pura, tan luminosa, tan radiante de claridad:
buscan la filosofía de la mañana” (638). Una proclama que
despierta en el lector ciertas dudas en cuanto a la sinceridad de la
aparente lucha antifilosófica del resto del libro.
Como resume Dolores Castrillo en su prólogo
a la edición hecha por Edaf en 1990 : “A primera vista, este
periodo representa la inversión del primero. En aquel [...] la
metafísica, la religión y el arte eran considerados como los modos
de acceder al corazón del mundo infinitamente superiores a toda la
ciencia. Ahora [...] son condenados como ilusiones que hay que
destruir.” Y más adelante compendia su contenido de manera
sencillamente genial: “El espíritu libre de Humano, demasiado
humano representa precisamente ese camello de la fábula de
Zaratustra (De las tres transformaciones) que se ha mudado en león”
(sólo falta que el ”niño” de esa fábula aparezca en el horizonte
e inicie su juego de crear para dar a la luz sus tres célebres
hitos: el eterno retorno, el superhombre y la voluntad de poder).
En este libro Nietzsche se estaría desembarazando
de su carga cultural antes de dar a la luz sus propias ideas
(que por supuesto para Castrillo se van a decantar en sentido
artístico): “El gran proyecto de la
filosofía nietzscheana, apuntada ya en una obra, por lo demás, tan
poco propositiva como es Humano, demasiado humano, es transfigurar
artísticamente la vida, embelleciéndola y volviéndola tan
desbordante de plenitud, para que de nuevo pueda brotar de ella,
como un excedente luminoso, ese pequeño gran arte que es el arte de
las obras de arte.”
Aunque todos estemos de acuerdo en que Nietzsche
quiera transfigurar la vida, no está nada claro que la meta de ese
proyecto sea artística, y menos aún que esa finalidad ya se apunte
por estas fechas. Por varias razones: la principal su
alejamiento (reconocido como hemos visto por la misma D. Castrillo)
de la filosofía y el arte. La primera pasa a ser la diana de sus
denuestos, y el arte apenas una agradable ilusión que desde luego no
puede ser el objeto de su nueva pasión. Es imposible que ahora,
cuando habla de mejorar la vida, esté pensando en traer al
mundo artistas, poetas o filósofos. Nietzsche ha empezado a valorar
la vida de otra manera y a ver las creaciones morales,
religiosas y filosóficas (y, aunque con menos animosidad, hasta las
artísticas), como obstáculos para su desarrollo. Entonces
¿qué es lo que Nietzsche pretende?
Hay una cosa, tal vez la única, que en
Nietzsche siempre permanece inalterable: su anhelo de superación.
Nunca se contenta con una existencia plana, hecha de bienestar y
comodidad, siempre aspira a mejorar. Y tampoco aquí podía faltar:
“¡Si simplemente se pudiese vivir sin hacer apreciaciones, sin tener
inclinación ni aversión¡” (32); “un hombre emancipado de los lazos
ordinarios de la vida hasta tal punto que no continúe
viviendo más que en vista de hacerse cada vez mejor, debe
renunciar, sin envidia ni despecho, a mucho, incluso casi a todo, de
lo que se valora entre los demás hombres; debe estar satisfecho como
de la situación más deseable, de volar así libremente, sin temor,
por encima de los hombres, de las costumbres, de las leyes y de las
apreciaciones tradicionales de las cosas” (34). ¿Qué puede
significar a estas alturas esa aspiración a hacernos mejores? A
tenor de este párrafo, la condición primordial, casi se diría que
única, parece ser simplemente la independencia ante cualquier norma:
¿eso es todo?
Para muchos lectores sí: “ese hombre quiere
depender siempre de sí mismo y no de una costumbre o una tradición,
por lo que es amoral, si se entiende la eticidad como obediencia a
la costumbre [...] Crear los valores propios es una forma de
construir el carácter de gran estilo, una forma de construirse a sí
mismo según valores no heredados sino creados, una forma de llegar a
ser lo que se es, de modo que el resultado no admita comparación,
pues es algo único y nuevo que sólo sucede una vez: es darse a sí
mismo la ley, es crearse a sí mismo” (A. Izquierdo, F.
Nietzsche).
Algo muy similar a la opinión de Colli: “Desde el
punto de vista histórico, el pensamiento moral de Nietzsche supone
una enorme conquista. Lo que Nietzsche escribió sobre el tema echa
abajo las precedentes doctrinas morales. A Nietzsche se le puede
llamar el destructor definitivo de la moral, porque aniquiló el
estímulo de la especulación moral, agotó, privó de contenido todos
sus conceptos y problemas; por eso fue el gran liberador, el que
abrió el camino, el que ahora hace posible una visión “sólo”
teorética del mundo.”
(Colli, Después de Nietzsche, Much ado about
nothing).
Y no muy lejos de la de
Kaufmann (Nietzsche: Philosopher, Psycologist,
Antichrist, Priceton, Priceton University Press, 1974), que
juzga su postura como una apuesta a favor de los valores que
conducen a una sobreabundancia de vida y en contra de los que llevan
a su empobrecimiento, o Danto (Nietzsche as Philosopher,
Nueva York, Macmillan, 1965), que ve su inmoralidad sólo en tanto en
cuanto se opone a la moral cristiana y la interpreta como una visión
liberal en defensa de los valores aristocráticos.
Para perfilar nuestro criterio, escuchemos lo que
poco antes había dicho en el aforismo 33:
“Para el hombre ordinario, el valor de la vida sólo
consiste en que se atribuye más importancia a sí mismo que al mundo.
La gran falta de imaginación de que padece hace que no pueda
penetrar por medio del sentimiento en otros seres y por eso toma la
menor parte posible en su suerte y en sus sufrimientos. Por el
contrario, quien de verdad podría tomar parte en ellos, debiera
desesperar del valor de la vida; si consiguiese comprender y sentir
en sí la conciencia total de la humanidad, estallaría en maldiciones
contra la existencia, pues la humanidad no tiene en su conjunto fin
alguno, y consiguientemente el hombre, al examinar su marcha total,
no puede hallar en ella su consuelo, su descanso, sino su
desesperación.”
Una vez más lo que le preocupa es el fin (o por
mejor decir la falta de fin) de la vida y de la humanidad: ¿es
posible que su preocupación por nuestro destino se dé por satisfecha
con conseguir esa libertad normativa? ¿O como podría sugerir el
fragmento 34 (aunque no explique el cómo y el por qué) ese sólo es
un medio para hacerse cada vez mejor?
Al parecer no trata sólo de mejorar a nivel
individual, sino que aspira a encontrar una meta para todos. Una
meta que, pese a sus proclamas a favor del conocimiento (292), o la
“filosofía” (638), parece estar unida (32, 34, 107) a una ruptura
con la moral (incluso se diría que todo el saber y la filosofía que
le interesa se resume en ese fin), y no puede ser confundida con las
de antes, por varias razones. Por una parte, porque coincide con un
recorte de su interés artístico y filosófico (es difícil, por no
decir imposible, defender que el hombre que escribe el aforismo 3, y
todo el apartado IV, “Del alma de los escritores y de los artistas”,
ve en esas actividades el fin que da sentido a la vida). Por otra,
porque dice cosas muy distintas (sus anteriores preferencias, pasan
a ser ahora ilusiones o patrañas). Y por último por la forma tan
diferente como las dice. Cuesta creer que aquel autor directo y que
hablaba sin tapujos, se transforme de la noche a la mañana en otro
que guarda para sí parte de su doctrina -“no se es filósofo mas
que ... guardando silencio” (Humano, demasiado humano,
prólogo, frase final)-, lucha por un oculto designio - “¿No
parece que lo guía alguna fe, que le repara un consuelo? ¿Qué tal
vez quiera tener su propia y prolongada tiniebla, su lado
incomprensible, su oculto retiro, su enigma, porque sabe todo lo
demás que también tendrá: su propio mañana, su propia redención, su
propia aurora?” (Aurora, prólogo)-, intenta liarnos con
falsas palabras, e incluso utiliza una nueva terminología, sin que
algo muy hondo haya cambiado en él.
¿A qué se debe esa metamorfosis? Si rechazamos la
posibilidad de una enfermedad, no queda más remedio que achacarla a
nuevas (y revolucionarias) ideas. Se empieza a comportar como si
estuviese convencido de que tiene una misión que cumplir que, por la
cautela con que actúa, cree que llevará a cabo mejor de manera
encubierta. ¡Y está claro que tiene que ser “algo” distinto a lo de
antes¡ No podría entenderse, salvo un trastorno psicológico, que un
hombre que ya ha expresado con rotundidad una doctrina, empiece de
repente a velarla con tapujos, y encima adopte ese talante tan
peregrino que va reflejar en sus maneras, su tono, sus cartas y
hasta en la forma de vivenciar su propia doctrina: lo que ahora
balbucea tiene que ser algo completamente diferente. Un algo que,
según hemos visto, debe estar emparentado con la moral, y con la
vida entendida como puro concepto biológico. Mas aún aquí caben
matices.
Porque vida es un vocablo polisemántico, que puede
expresar tantas cosas (el pequeño Espasa que a veces me sirve de
guía lleva 17 acepciones distintas), que sólo el resto del texto
precisará cual debemos elegir. Aquí, a tenor de sus propias
declaraciones, es un concepto nuevo, que cambia el aspecto de todas
las cosas y al que sólo ahora se acerca y empieza a amar.
Olvidémonos por lo tanto del hombre que establecía el dominio del
arte sobre la vida, o de aquel otro capaz de mejorar la naturaleza y
hallar en la cultura lo más elevado y puro de la existencia.
Dentro de Nietzsche algo pugna por venir al mundo;
una especie de misión, tan dramática y especial, que requiere de
disimulos: “Lo que me sucedió- se dice- debe sucederle a todo
hombre en quien una misión quiere tomar cuerpo y “venir al mundo”.
El poder y la necesidad secreta de esta misión obrará bajo y en sus
destinos individuales a la manera de una preñez inconsciente: mucho
tiempo antes de que se haya dado cuenta él mismo de esa misión y
conozca su nombre [...] hoy, en el mediodía de nuestra vida,
comenzamos a comprender que preparaciones, rodeos, pruebas, ensayos
y disfraces eran necesarios en el problema que “osaban” plantear
ante nosotros” (Humano, demasiado humano, prefacio, 7).
La mayor diferencia de este Nietzsche con el
anterior, aparte de su distinta posición ante el arte, afecta a esa
triple guerra contra la moral, la religión y la filosofía, antes
inexistente. Y es ahí donde debemos buscar las huellas que nos
permitan seguirle la “pista”. Nietzsche inicia ese combate cuando
más bajo es su entusiasmo artístico y filosófico, lo que descarta
que su guerra tenga nada que ver con el arte o la filosofía. Y
tampoco podemos hacer responsables al eterno retorno o a la voluntad
de poder, porque aún faltan unos años para que aparezcan en su
horizonte.
Pido perdón por citarme a mi mismo (tampoco tiene
objeto esforzarme en decir siempre lo mismo con otras palabras):
“Ignoremos sus argumentos: pueden ser los verdaderos o sólo los que
cree más convenientes. Limitémonos a sombrear las cualidades que
ensalza como virtudes [...] y las que ataca como vicios [...] ¿Qué
vemos? Dos imágenes antagónicas. Pero ¿qué representan? Lo que hay
en nosotros de primitivo y próximo a las demás especies, o de más
antiinstintivo, cerebral y apartado de ellas. También, con todos los
defectos que se quiera, lo que fuimos hace cientos de miles de años,
y lo que somos en la actualidad. Incluso, para dejar contentos a los
seguidores de Fink y Heidegger, lo que tenemos de dionisíaco, o de
apolíneo, o lo que, como voluntad de poder, nos fortalece o nos
debilita. Bien. Hasta aquí hemos llegado. Pero ¿qué significa? (Zaratustra:
el mito del superhombre filosófico, Barcelona, Ediciones del
Bronce, 2000, p. 86).
Para algunos esa vuelta a la naturaleza sólo pretende
liberar la vida de toda traba artificial para hacerla más vigorosa:
“Para él sólo es válida una idea si la encuentra adecuada para
contribuir al desarrollo de la vida”
(R. Steiner, Friedrich Nietzsche, Madrid,
Editorial Rudolf Steiner, 2000, p. 18). “Lo
que a él le interesa es constatar si una concepción es índice del
predominio de los instintos de salud, fortaleza, nobleza y alegría
de vivir, o si procede de instintos insanos, serviles, fatigados y
enemigos de la vida”
(Ibid, 32).
Otros siguen oyendo en su proclama los ecos de La
visión dionisíaca del mundo: “La religión griega es una
religión eminentemente afirmativa: la vida misma es lo divino; esto
es lo que la caracteriza. En Dioniso se adora la vida, la vida
entera sin restricciones, ni amputaciones [...] la comprensión del
mundo dionisíaca, antirromántica, anticristiana, antimetafísica,
acoge a la vida tal como es, sin “amputación” alguna: rica, fecunda,
plural y múltiple; sufriente y gozosa, destructiva y creativa; buena
y mala, contradictoria en fin. Ésta es la concepción del mundo
máximamente afirmativa de la vida” (Elvira Burgos, Taula, n.º
21-22, 1994).
Es cierto que la concepción dionisíaca de la vida,
ese uno primordial más allá del nacimiento y la aniquilación del
individuo, está tan cerca de la “vida” entendida como corriente
evolutiva que casi cuesta separarlas, hasta el punto de que en
algunos casos no podemos saber a cuál de las dos se puede referir.
Pero, ¿por qué hemos de zanjar nuestras dudas siempre en el mismo
sentido? Si lo juzgamos un autor tan dado a las metáforas que no
puede resistirse a utilizarlas, no hace falta esperar a
Zaratustra para iniciar nuestra búsqueda: el mismo concepto de
Dioniso se presta divinamente a ello.
Es verdad que El nacimiento de la tragedia
explora el valor del mundo desde el punto de vista estético, pero ya
late en él una oposición a los “excesos” racionalistas de Sócrates,
al que “incluso” critica que se atreva a derivar emociones como la
compasión, el sacrificio, el heroísmo o el sosiego del alma, de la
dialéctica del saber. Y la contraposición “artística” entre Apolo y
Dioniso podría sin esfuerzo llevarse al campo de la misma vida. El
primero encarna los atributos cerebrales: serenidad, mesura, arte,
equilibrio, moderación, belleza, alegría y jovialidad. Mientras el
segundo representaría los más corporales: sexualidad, lucha,
irracionalidad, sensualidad, concupiscencia, desenfreno, lo bárbaro
y lo desmedido, los instintos, las pasiones, las emociones salvajes
y la vuelta a la naturaleza. Y se presentaría la primera disyuntiva:
¿Al loar a Dioniso no puede estar en realidad elogiando la vida?
¿Qué puede ser ese uno que continúa tras la anulación de cada
individuo, ese algo que muere y vuelve a nacer, sino la vida
entendida como corriente evolutiva?
¿Fantasías? Tal vez. Pero ¿qué quiere Nietzsche
darnos a entender, cuando en el prólogo que añade en 1886 a la
tercera edición de ese libro, escribe?:“¿Qué significa, vista
con la óptica de la vida, - la moral? [...] ¿acaso sería la moral
una “voluntad de negación de la vida”, un instinto secreto de
aniquilación, un principio de ruina, de empequeñecimiento, de
calumnia, un comienzo del final? ¿Y en consecuencia, el peligro de
los peligros? [...] Contra la moral, pues, se levantó entonces, con
este libro problemático, mi instinto, como un instinto defensor de
la vida.” Postura que confirma en otros lugares: “El
nacimiento de la tragedia fue mi primera transvaloración de todos
los valores” (Crepúsculo de los ídolos, Madrid, Alianza
Editorial, 1996, p.136).
Y, yendo más lejos, ¿qué puede significar el
fragmento final de Ecce homo?: “¿Se
me ha entendido?... ¡El concepto “Dios”, inventado como concepto
antitético de la vida- en ese concepto, concentrado en horrorosa
unidad todo lo nocivo, envenenador, difamador, la entera hostilidad
a muerte contra la vida¡ [...] la defensa de todo lo débil, enfermo,
mal constituido, sufriente a causa de sí mismo, de todo aquello que
debe perecer-, invertida la ley de la selección [...] ¡Y todo esto
fue creído como moral¡- Ecrasez l´infâme¡ (Aplastad a la infame).-
¿Se me ha comprendido? - Dioniso contra el Crucificado...”
Como hemos visto anteriormente para Colli, Izquierdo,
Kaufmann, Danto y otros muchos, Nietzsche sólo busca, y se da por
satisfecho, con la libertad normativa. Mas el encono de Nietzsche,
sobrepasa con mucho el talante que correspondería a un simple
propósito liberador. Su contención inicial, hace que en esta primera
etapa aún se le pueda confundir con un espíritu “libre”, pero esa
“amoralidad” sólo le interesa como una fase preparatoria hacia “su”
moral. Para alcanzarla primero tiene que destruir la antigua:“Proclamar su “inmoralismo” forma precisamente parte de esa
inversión de valores de Nietzsche. Para hacer posible la legislación
del futuro, es preciso previamente acabar con la hipocresía
encarnada en la moral [...] Si una parte considerable de su obra es
a pesar de todo crítica, destructiva, es porque todo creador es
necesariamente también un destructor” (Lectures de Nietzsche,
París, Live de Poche, 2000, Constantinidés, Nietsche legislateur).
Y a eso se dedica en este libro (pero no sin que en algún sitio
asomen características “peculiares” que exceden esa intención: Ahí
está como ejemplo la “cruel naturalidad” del siguiente aforismo 81:
“Por consiguiente, no debemos ver un signo
de perversidad en Jerjes [...] cuando arrebata un hijo a su padre y
lo hace descuartizar”).
¡Por eso, no nos podemos dejar engañar¡ Es cierto que
estas primeras notas recuerdan ese ronroneo dulce e inaudible con
que inician los predicadores sus pláticas. Desde estas primeras
insinuaciones, hasta esas futuras proclamas que aconsejarán
aniquilar a los débiles o enfermos, parece mediar un abismo, pero
esa diferencia afecta más a la forma que al fondo [aunque sea
adelantándonos unos años, tal vez sea útil traer a colación el modo
como Nietzsche analiza su estilo en Ecce homo (aunque allí se
refiera al que utiliza en la Genealogía de la moral, podría
aplicarse al conjunto de su obra literaria vista de manera global):
“Siempre hay un comienzo que debe inducir a
error, un comienzo frío, científico, incluso irónico,
intencionadamente situado en primer plano, intencionadamente
demorado. Poco a poco, más agitación; relámpagos aislados; verdades
muy desagradables se hacen oír desde la lejanía con sordo gruñido,
-hasta que finalmente se alcanza un tempo feroce en el que todo
empuja hacia delante con enorme tensión”].
En realidad, sea la que sea la forma de expresarla,
su “moral”, desde el principio, siempre es la misma. Una moral que
defiende el egoísmo, la autenticidad, la dureza, la violencia, la
guerra, el individualismo, la crueldad, la desigualdad, la
amoralidad, la fuerza, los instintos y las pasiones, y ataca la
religiosidad, la espiritualidad, la filosofía, la igualdad, la
solidaridad, la compasión, la blandura, la piedad, la razón en
cuanto contrapuesta al instinto, la paz, el deseo de felicidad o
comodidad y el amor al prójimo. ¿Qué es lo que en realidad desea y
busca Nietzsche con ese cóctel?
Acaso más importante que divagar sobre lo que busca,
sea recapacitar sobre lo que va a encontrar. Porque lo que no valora
un buen número de comentaristas: “es que las normas a que nos
quiere forzar traerían consecuencias biológicas. Al colorear la vida
con el tono atormentado de sus virtudes, en realidad nos retrotrae a
lo que fuimos hace cientos de miles de años , ¡cuando la
evolución estaba en pleno apogeo¡ Y se da el caso de que al
recuperar esas condiciones vitales haríamos lo mismo con ella. Y a
Nietzsche no se le pudo escapar esa circunstancia. Sus conocimientos
de biología eran lo suficientemente amplios para estar casi seguros
de ello.” (S. Lario, ibid, p. 96).
Por eso, como Nietzsche daba a entender en aquel
fragmento 34, esa libertad normativa por la que parece luchar en
estas primeras fases (que en realidad son una etapa provisional en
su cautelosa marcha hacia su moral) es posible que no sea un fin en
sí misma, sino un medio para hacernos cada vez mejor. Pero,
por favor, dejémonos por una vez de interpretaciones poéticas,
esotéricas y rocambolescas. Como mantiene M. Ferraris, es difícil
negar que por estas fechas Nietzsche es un evolucionista. Ha leído
mucho sobre el tema: “El primer autor que Nietzsche leyó bajo el
influjo de Lange -en el invierno 1866- 67- fue Dühring, quien en El
valor de la vida (1865) reivindicaba la exigencia de una integración
de ciencia natural y filosofía, así como un evolucionismo biológico
y un positivismo filosófico, a partir del supuesto de que la
conciencia es resultado de la evolución fisiológica.” (M.
Ferraris, Nietzsche y el nihilismo, Madrid, ediciones Akal,
2000, p. 25). Y ha asimilado esas lecturas: “El carácter
de la política nietzscheana es estrictamente biologicista, con todo
lo que esto comporta. “Continuamente tiende a “usar en sentido
moral” hechos fisiológicos” (Müller-Lauter, 1978, 175), se
trata de un biologicismo evolucionista, ya que (Taureck, 1989,
36) dinamiza el fijismo racial de Gobineau.” (Ibid, p.
57).
Pero es un evolucionista que desborda la doctrina de
Darwin. Éste cree que la evolución ha acabado con el hombre, y
Nietzsche pretende llevarla más allá (de ahí que en muchos lugares
Darwin, y algunos de sus próximos seguidores, sean diana de sus
críticas). Otra cosa es que no sepamos hasta donde alcanza, por
estas fechas, el alcance de su fe en esa teoría. Está claro (sólo
hay que atender, tanto en sus obras publicadas, como en los
fragmentos póstumos, a esas frases que revelan su voluntad de luchar
contra todo lo que entorpece la selección o, a esas otras que, de
forma explícita, nos animan a pasar de la especie a la superespecie),
que más adelante Nietzsche sueña con mejorar nuestra especie. Pero
esa explosión de inspiración que da nacimiento a la primera parte de
Zaratustra, sugiere que la imagen del superhombre se le apareció de
repente, lo cual nos indicaría que por estos días sus ideas
evolucionistas no estaban netamente perfiladas y vagaban por un
terreno intermedio entre el hombre como individuo, o la humanidad
como un todo.
Pero eso, aunque alguno pueda opinar lo contrario,
tampoco es demasiado importante. Para esa teoría los cambios siempre
tienen lugar en el individuo, y la batalla para mejorar la especie
siempre se lleva a cabo a ese nivel. Si son favorables (a través de
la selección natural) la descendencia de aquel “afortunado” se hará
más numerosa, hasta el punto de que al cabo de unas cuantas
generaciones aquella cualidad se habrá hecho tan general que la
podremos considerar específica. Por eso resulta tan difícil precisar
con exactitud, que pensaba Nietzsche a estas alturas. Aunque esa
misteriosa aureola de una “misión” secreta, que impregna todas sus
páginas, y que cada vez se irá haciendo más manifiesta, habla de que
esas ideas estaban bastante avanzadas, todo hace sospechar que no ha
vislumbrado aún la figura del superhombre. ¿Es ese el significado
de esa misión que obra en él como una preñez inconsciente mucho
tiempo antes de que se haya dado cuenta de ella y conozca su nombre?
(Humano, demasiado humano, prefacio 7, añadido como
sabemos en 1886, una vez acabado todo el Zaratustra).
Podría
ser.