Donde no hay orgullo de ser no hay nada que
hacer. Y esto precisamente es la rebelión: ¡orgullo de ser! Por esto
mismo, sólo podemos hallar mala consciencia cuando se intenta pervertir,
confundir, ese "orgullo de ser" con el "resentimiento" o
con la envidia. Por esta razón la rebelión es precisamente bella. Es bella
porque en ella se sostiene el sentido mismo de los hombres, o el sentido
mismo del mundo. Es bella porque en ella los hombres encuentran lo que no se
puede inalienar. La rebelión exhibe lo que no se puede separar de sí
mismo. La rebelión es donde la nación en pleno decide mostrar
violentamente el orgullo de su ser. El amor propio que no se puede destruir.
La rebelión es el amor al ser mismo que se es. La rebelión es, entonces,
amor en acción. Pensar de otra manera es haber asimilado el odio que los
invasores y los postmodernos nos trasmiten culturalmente a través del
nihilismo.
Establecemos esta axiología, porque
sabemos que históricamente nos hallamos ante su desvalorización.
Por esto
el trabajo de Nietzsche sobre el resentimiento nos parece nocivo.
Porque él
busca establecer una sinonimia clasista y negativa entre resentimiento y
rebelión. Para Nietzsche los que se sublevan son la plebe. Este juicio
curiosamente ha inmovilizado a la élite en la inmovilidad de la democracia.
Esta sinonimia, como su visión sobre el arte, son suficientes para que
nosotros pongamos en entredicho su concepto de "aristocracia". Una
aristocracia del pensar que renuncia a la acción misma, porque ésta está
resentida, es fundamental para los eleatas. Lo que esta comodidad del
concepto "resentimiento" busca ocultar es la insatisfacción y la destrucción
que la realidad produce sobre el otro. Pero nosotros, que tradicionalmente
hemos sido el "otro" a través de ese desempleo político que la academia
realiza democráticamente, sabemos las consecuencias espirituales y
psicológicas de ésto. Hay "resentimiento" (volver a sentir lo mismo en la
inmovilidad), porque la realidad se ha convertido en lo infernal. El "orden
natural" no ha hecho otra cosa que golpear-(nos) y violentar a ese hombre
que acude colectivamente hacia la rebelión. El amor al prójimo tiene que
comenzar por ser amor a sí mismo. El primer prójimo es uno mismo.
La rebelión
es primero una cita con el amor del otro que somos y con el amor al otro que
reconocemos en la empatía. La violencia será, entonces, no como se nos ha
predicado tradicionalmente, el narcisismo de los que ya no sienten la
explotación, porque la justifican a nivel ideológio.
Han convertido a la filosofía en el "trabajo" de Narciso. Y éste, embelesado
en su contemplación, no puede oír a la ninfa Eco. El Eros de pensar yace
atrapado en la propia imagen del poder que el agua estancada del estanque
refleja. El lenguaje como reflejo ideológico es un mito del silencio. Y
frente a este silencio la violencia tiene que develarse fanonmente como
autoternura. Esta autoternura antinarcisista, antiresentista, se convierte
en la lucha contra la violencia del invasor. Esta autoternura del sí mismo
se ha levantado para saquer en el pensamiento de Narciso todo lo que yace
como desprecio y como racismo.
No es la
insatifacción personal e individualista de los "sacerdotes ascéticos" lo que
promueve la rebelión, como creen y repiten los ideólogos del poder, sino la
injusticia misma que esa adoración del pensar produce. La élite, como
mercaderes, comercia políticamente con la Esfinge de la demokracia misma.
Esta produce injusticia por todos lados, porque todo lo que toca está
meduseado. La Esfinge-Medusa habla democráticamente para convertir a los
hombres en las piedras idóneas de la mercancía. Esta injusticia que corroe
el alma de los más sencillos, de los más "pequeñitos", es la que promueve y
fuerza la identificación de los intelectuales con la Esfinge.
Creyendo
pensar a Nietzsche lo repiten. Porque en Nietzsche, lamentablemente, la
moral no halló el camino de lo político. La moral de Nietzsche no poseía
empatía. Estaba convencido de que el filósofo, el que fue abandonado por
todos, debía estar ligado al poder.
Por esta misma
no-empatía que se establece con el concepto del "resentimiento" es que
entendemos que como categoría filosófica su propósito, consciente o
inconscientemente, es distorsionar la realidad; detenerla (1). Se habla,
entonces, de "resentimiento" cuando se busca pervertir las causas políticas
y los motivos económicos de la rebelión. Por eso, pensar que el rebelde
actúa como actúa porque está ofendido es la más maliciosa de las falacias.
El rebelde surge, porque el mundo se ha tornado insostenible. Este término
de "ofensa" en vez de actuar sobre la realidad misma termina por bumeranizar
contra el pensador que lo ejecuta maliciosamente. Los que leen sospechan.
Porque al hablar de la envidia, que es la otra variante que el pensamiento
reaccionario utiliza como sinónimo de "resentimiento", al hablar de la
envidia en relación al problema político de la urgencia (o a la urgencia del
problema político--la rebelión; la independencia--) lo que se busca es
deformar u ocultar la experiencia misma de la explotación que hoy realizan
las multinacionales. El postmodernismo, ese nieto de Nietzsche, ese rostro
del nihilismo, no hace otra cosa que justificar verbalmente lo que realizan
las corporaciones. Lo que no hacen los "representantes", porque sería
demasiado indigno, lo realiza la neosofística democrática del saber.
La crisis es
obvia.
Con esta
demagogia filosófica y política el pensamiento conservador busca confundir
la posibilidad del hombre rebelde con su propio pensamiento. El
pensamiento de la angustia de la nada, del "olvido del ser", o de la
ontología del ocaso, busca confundir el pensamiento. ¿Cómo se logra ésto?
Esto se logra a través del contrasentido del prestigio de los "pensadores" y
a través de la contradicción misma de los hechos: lo que los demagogos dicen
que es la realidad no es lo que la realidad proyecta. Hay un abismo entre
palabra y hecho que los "sofistas" de la postmodernidad manipulan. La verdad
ha perdido su sentido en el pesimismo de la palabra como acontecimiento
despolitizado. Los pensadores son "prestigiosamente" apolíticos. Ser
apolíticos les provee dinero.
No debemos
olvidar, entonces, que el pensamiento de un filósofo no tiene porqué ser
homogéneo. Que dicho pensamiento, por lo general, se mueve dialécticamente
contra sí mismo, afirmándose y al mismo tiempo negándose.
Hoy sabemos que
éste era el caso de Nietzsche. Mientras éste, por un lado, la emprendía
filosóficamente contra el cristianismo, contra el platonismo y contra la
moral que se desprendía de éstos, asumía, por otro lado, no sólo una
estética reaccionaria, sino que intentaba establecer una conclusión
generalizadora en relación a la rebelión. Nietzsche intentó clasificar a la
rebelión con la actitud negativa del cristianismo mismo. Olvidó que el
cristianismo vive del estanque narciso del status quo y que la actitud de
antaño no es la actitud de ahora Pero lo que Nietzsche combate no es el
cristianismo reaccionario del imperialismo "incipiente", sino el
cristianismo revolucionario de la primera época Nietzsche, ésto se desprende
de su moral, está por el circo romano. No se puede estar por César y negar
el circo. No se puede estar por la democracia en Grecia e ignorar la
esclavitud. Para Nietzsche, por otro lado, el socialismo era un cristianismo
laico, ya que el cristianismo (¿la rebelión?) era para él la revuelta de los
esclavos contra los señores (contra César--Napoleón, etc.--). Nietzsche
obviamente no estaba por la libertad, por eso era urgente ficcionizar el
problema del ser y ridiculizar el problema de la verdad. Nietzsche abstrae
el movimiento mismo de la historia y da grandes saltos "lógicos" que
terminan por hundirlo.
Nietzsche
relaciona a Judea, los judíos, no sólo con la Reforma protestante, sino
también con la Revolución Francesa, los descamisados, y a éstos, claro
está, con los "plebeyos" del judaísmo. Estos plebeyos son, entonces, los que
realizan el resentimiento (=la venganza) contra los "señores". (2) Nietzsche
comienza el apartado 16 de La genealogía de la moral de la siguiente
manera:
Los dos
valores contrapuestos 'bueno y malo';
'bueno y
malvado'....(a)
Es extraño
enfrentarnos a esta crítica de Nietzsche, porque anteriormente, en el
Crepúsculo de los dioses , éste ha comentado:
En el todo es
exagerado, buffo {bufo}, caricatura, todo es a la vez oculto, lleno de
segundas intenciones, subterráneo. ---Yo intento averiguar de qué
idiosincracia procede aquella ecuación socrática de razón = virtud =
felicidad: la ecuación más extravagante que existe. . . .(b)
Curiosamente,
Nietzsche criticará en Sócrates lo que, como hemos visto, él realiza contra
los "resentidos". Si "extravagante" es Sócrates más extravagante nos resulta
Nietzsche. Si Nietzsche criticó el simio que Sócrates llevaba sobre su
espalda debido a su indebida ilusión y a su excesiva pasión, hoy él nos
resulta igualmente "socrático". De una forma parecida a Heidegger, Nietzsche
tampoco vio el simio que lo ridiculizaba Esta "ceguera" ("Dios" nos libre de
la nuestra) le permitirá a Nietzsche continuar su pensamiento
platónicamente. El enamoramiento que Nietzsche padecía por el autor de La
república terminó por contaminarlo. Esta polarización que Nietzsche realiza
desde la moral, desde lo histórico y desde la filosofía, le permitirá
establecer el movimiento de lo homogéneo que Platón realizara en sus
diálogos:
malvados=Judea=cristianismo=plabeyos=resentidos=envidiosos=vengativos=rebeldes=socialistas,
o sea, la rebelión misma vs. los buenos=los señores=Roma=la aristocracia
francesa de los siglos XVII, lo conservador, o sea, el poder mismo. Aunque
Nietzsche lo ignore, o intenten ignorarlo lo filósofos, ese movimiento de lo
homogéneo es el mismo movimiento del pensamiento de Platón. Nietzsche piensa
como Platón: la belleza=la verdad=la virtud=el bien=la idea=los filósofos=la
razón vs. lo feo=lo falso=la maldad=lo físico=los poetas=lo sensible, etc.
Pensar que el
rebelde es un "envidioso", uno que apetece negativamente el "bien" y el
"éxito" del otro, es dar una contestación totalmente burguesa y moralizante
a nombre del poder mismo, del pensamiento mismo. A la luz de este
"platonismo" nietzscheano del "resentimiento", la rebelión sería, entonces,
la organización de los malvados para la toma de la belleza del poder (de
Roma).
...apareció Napoleón, el hombre más singular... que haya existido nunca...
.(c)
No es la
insatifacción personal e individualista de los "sacerdotes ascéticos" lo que
promueve la rebelión, como creen y repiten los ideólogos del poder, sino la
injusticia misma que esa adoración del pensar produce. La élite, como
mercaderes, comercia políticamente con la Esfinge de la demokracia misma.
Esta produce injusticia por todos lados, porque todo lo que toca está
meduseado. La Esfinge-Medusa habla democráticamente para convertir a los
hombres en las piedras idóneas de la mercancía. Esta injusticia que corroe
el alma de los más sencillos, de los más "pequeñitos", es la que promueve y
fuerza la identificación de los intelectuales con la Esfinge.
Esta es la
"janisación" de Nietzsche. En su odio hacia el cristianismo Nietzsche
terminó por extraviar el sentido mismo que la rebelión simboliza. La envidia
como mal (el celo, la venganza, la esclavitud, etc.) es el movimiento del
pensamiento reaccionario en su urgencia política de codificar la crisis
misma: ni Bismarck ni socialismo ni nada. Tanto el presente como el futuro
están cerrados para Nietzsche. ante la crisis de Occidente Nietzsche se
vuelca hacia Grecia no para politizar a Occidente, sino para estetizarlo con
el arte de la fuga. Este movimiento del pensamiento conservador no sólo
busca golpear psicológicamemte e inmovilizar moralmente al hombre rebelde,
sino que pretende "paradigmatizar" a los hombres que viven de la
explotación, de la deshumanización y de la "demokracia". A través del
"resentimiento" Nietzsche demagogizaba porque lo que esta forma de pensar
nos está diciendo es lo siguiente: si te rebelas es porque eres un
resentido; si te rebelas es porque eres un malvado. Debes de ser dócil.
Nietzsche nos recuerda al Pablo bíblico (3). Obviamente, este pensamiento de
la reacción, por la reacción y para la reacción misma, no sólo busca la
confusión del hombre rebelde, como hemos dicho, sino que se convierte en la
"psicología" anormal del comportamiento del hombre rebelde. El concepto del
"resentimiento" tiene el propósito de convertir a la rebelión en la angustia
de esa nada heideggereana que no se resuelve, porque está prohibida
religiosa y filosóficamente por el "saber" mismo. El pensamiento
reaccionario ha olvidado, desconocido, y mal interpretado el orgullo de ser.
Quizás por ésto, el pensamiento reaccionario no ha podido entender que la
rebelión sea el movimiento tangible del amor propio a la libertad que se es.
Al intentar
desacreditar a la rebelión, en su modelo judeo-cristiano, obviamente, la
"política" de Nietzsche no sólo está identificada con el poder mismo (César,
Napoleón--¿Hitler-Heidegger?--), sino que termina por convertirse en el
neoidealismo de la metafísica que se pretendió destruir.
La adhesión de
Heidegger al fascismo, como el lector recordará, muy bien podría haber
nacido de esta seducción que el nietzscheanismo ejerció sobre el autor de
Ser y tiempo. El poder seduce. Por eso el poder de la filosofía, olvidando
momentáneamente a Platón, pretende someter el poder que ella es (convertido
en silencio académico) al poder del Estado-apollo. La relación de Nietzsche
con este Estado-apolo será, como veremos más adelante, ambigua. Desde
este trueque, desde esta decisión la filosofía se mercantiliza El saber se
torna mercancía El nietzscheanismo olvidó, por no saberlo, que el rebelde ha
aprendido a estar y a sobrevivir en la abyección misma. Detrás de su más
desesperante necesidad, el movimiento de la libertad, como forma de ser, se
opone a toda deshumanización. Esto es así, porque el hombre rebelde sabe,
siente, que la deshumanización lo separa de sí. Yace en un mismo cuerpo,
pero está psicológicamente separado de sí. La deshumanización lo convierte
en la sombra moderna de la caverna capitalista donde la locura es una
posibilidad real. El "saber estar" dignamente en el estado de
"resentimiento", que el nietzscheanismo elaboró filosóficamente contra los
hombres desafortunados, contra los hombres que tienen hambre y "sed de
justicia", es una posibilidad que el pensamiento nietzscheano no concibió.
Obsesionado como
estaba con el problema moral y metafísico de Dios, Nietzsche intentó aplicar
este pensamiento unilateralmente a todas las cosas que lo rodeaban.
Nietzsche parece suponer, entonces, que las susodichas paradojas de su
laberinto jamás serían resueltas. No basta, entonces, el "estar-ahí" de la
explotación, ni la etiqueta intelectual del "resentimiento", para que éste
quedara (desde el "determinismo" sartreano de la libertad) totalmente
inmovilizado. Lo eleata político de Nietzsche tendrá que enfrentarse al
devenir del mundo que acontece en el hombre como la libertad misma. Pero
Nietzsche, obsesionado con el devenir del mundo, no pudo concebir que éste
deviniera en el hombre mismo; que el hombre fuera el mejor ejemplo de éste.
Obsesionado como estaba, no pudo imaginar que el mundo cambiara. No pudo
visualizar, este era su simio, que el devenir del mundo lo traicionara. Que
este mismo devenir, totalmente politizado, se presentaría al pensamiento de
otros hombres con una frescura de ser. ¿A qué llamamos ser entonces?
Llamamos ser a todo lo que existe y que conocemos y a todo aquéllo que
existiendo no conocemos. Quizás por esta extraña forma de-ser-del-ser, por
esta extraña forma del hacerse que nos es ajena, el ser nos desborde (4).
Esto es así, porque el ser no cabe en la representación. Ésta, como ilusión
del lenguaje radical que somos, siempre está por hacerse. El ser es
incanable, es infinito, no posee tiempo. Acontece en el tiempo
destemporalizado; acontece incognítamente. El lenguaje se ve obligado,
entonces, a hacer (a-ser) referencia a este soy de la subjetividad, o a este
"aquéllo" de la objetividad, porque de otra manera no se podría ni hablar ni
escibir. El ser mismo, a pesar de la ficción nietzscheana de éste en Como se
filosofa a martillazos, no se podría pensar, porque lo neutro, lo
impersonal, no piensa. El ser otorga sus dones para que alguien los reciba,
para que alquien dé testimonio de ello. Quizás por ésto mismo, este soy del
"yo"-roto anuncia y es el antinihilista que no soporta más el nihilismo, ni
como demokracia ni como postmodernidad. (5)
Nietzsche
buscó intensamente desvalorizar y ficcionalizar el movimiento mismo de la
praxis del hombre rebelde, Nietzsche jamás concibió la posibilidad de que el
"resentimiento" produjera pensadores que se enfrentaran a su propia
justificación política de los "señores". He aquí, entonces, que el
prestigio de los "universales" continúa develándose como la prisión de la
justificación. No debemos olvidar bajo ningún pretexto, entonces, que
aquella "condenación de la libertad" sartreana no quiere decir otra cosa que
el destino mismo del hombre. ante el "resentimiento" de Nietzsche y ante el
determinismo libertario de Sartre, el hombre rebelde sabe el camino que
tiene que tomar. Porque la libertad, gústenos o no nos guste, sedúzcanos o
no nos seduzca, está destinada para ser. Esta "determinación"-libertaria es
la que le da sentido a la rebelión misma. Esta "condenación", más
secretamente todavía, quiere decir el devenir simultáneo de todas las cosas
que son. Y es precisamente esta libertad contra la cual se estrella el
"resentimiento" nietzscheano.
Aunque esté
destinado a su propia libertad, el hombre, contra todo intento de
anquilosarlo, la tiene que desear. El hombre que no se desea en la libertad
ha muerto (=democráticamente). Venga esta inercia paradigmada en los
conceptos de la filosofía, de la ejemplaridad de las bayonetas, o de la
angustia del desempleo que el poder aplica políticamente a los que difieren,
el hombre tiene que permitir que la libertad lo sea Lo que no debemos
olvidar es ésto: el hombre de la rebelión posee destino libertario en su
"resentimiento". La "resentidad" le devuelve la posibilidad de su ser. La
"resentidad" está ahí para que el devenir acontezca humanamente. La libertad
le otorga, entonces, su sentido político. Por eso, cuando este hombre lee en
Nietzsche el mito del "resentimiento", no le queda más remedio que reírse
zaratústramente de la fábula dionisiaca. Esto precisamente es lo que se le
ha tratado de escamotear políticamente al concepto del "resentimiento". El
"resentido" puede hallar su misión, su destino y su vocación en eso que
Nietzsche llamó unilateral y falsamente la "casta".
El Desesperado o
el Desilusionado no tienen otro propósito que servir políticamente al
devenir mismo, porque él es el síntoma de ese desengaño que ha ocurrido en
el alma misma de la política y de la civilización. El Desesperado sabe que
la civilización, en las ilusiones multinacionales de la contaminación, está
a punto de autodestruirse. Estamos a punto de autodestruirnos por el
fenómeno nocivo de la contaminación. Y es precisamente la demokracia misma
quien se ha encargado de general capitalistamente este cáncer. Si la
política, además de ser el ejercicio de la toma del poder, es ese proyecto
de la justicia ineludible, entonces el Desilusionado, sin toma del poder
democráticamente hablando, da testimonio de ese fracaso de la política
actual. El Desilusionado ha roto el sujeto mismo que la demokracia
representativa preparó para él "ontológicamente". El Desilusionado es la
persona, el "Resentido", que ha experimentado primero que nadie el vacío
social que el proyecto anterior comienza a exhibir como decadencia, como
crisis y como inmovilidad. Si la revolución ha decidido no acercarse
seductoramente a los "resentidos" (=a los amargados), sino que se ha
convertido en una nueva élite enajenante, enajenada y enajenadora, el poder
"democrático", en el ejercicio de su hegemonía, les ofrecerá "nuevas"
falacias y nuevos "liberalismos" en su intento de manipularlos; terminará
por "reconstruir" al sujeto lacaniano para un bipartidismo del cual han sido
expulsado (6). El Desencantado, el "resentido", puede, en esa angustia de
nada con el poder político, convertirse en un ente creador. El mito
nietzscheano se estrella precisamente contra esta posibilidad donde el
hombre piensa (Psiquis) y ejecuta (Eros) las posibilidades de la libertad
que es.
El poder no sólo
se sostiene con la violencia de su "paz", sino que también se sostiene con
la filosofía de los burócratas de la epistemología; o con la vulgarización
que de esta "episteme" realizan los ensayistas y los periodistas. Por ésto
mismo, es que el rebelde, a diferencia de lo que opinan los ideólogos de la
"demokracia"-de-los-representantes, está interesado en la transformación
total de la realidad y en la transformación total del pensamiento. Este no
sólo está interesado en derribar al tirano, como creen ingenuamente algunos
(que oponen la actitud del revolucionario a la del rebelde), sino en
recomenzar la historia misma del pensar. En este proceso que el "Resentido"
recorre, él sabe que hay una desrrealización de la realidad por el texto. La
palabra de la "casta" subyuga a la realiad. Por lo tanto la rebelión tiene
que ser dual. Es necesario instituir a Jano políticamente. Es necesario
mirar y alborotar la realidad con la misma violencia con que se alborotan
los textos. La cueva del mito platónico, democrática o no (nietzscheana o
no), es la cueva de los que no ven. El "Resentido" se enfrenta a la maldad
del texto como maldad de los neosofistas de la demokracia Hay una
intencionalidad del autor, del filósofo y el poeta, que si no se politiza no
dejará de ser oscura. Su oscuridad yacerá ahí a pesar de la "muerte del
autor" que Barthes pusiera de moda desde 1967 (7). Su ausencia acontece
precisamente porque está despolitizada aunque la epistemología haya
convertido la intencionalidad del filósofo en algo "realmente" ambiguo, ésta
está ahí. Es posible revolucionar el texto, porque su fijación absoluta que
el poder intenta, a través de sus funcionarios (de su "pensadores"), es
imposible. Si esta fijación del texto es imposible, también lo es la
fijación de la realidad por él. El "Resentido" es el elemento que se encarga
de romper el círculo texto-realidad. Es aquí precisamente donde fracasan los
filólogos y es aquí también donde la máscara de la neutralidad se viene
abajo. Como filólogo, Niezsche da testimonio de esto. La filosofía siempre,
en todo momento y en toda época, ha tomado partido. En ambos intentos, en
ambas fijaciones, lo que se busca secretamente es eliminar lo perturbador
del texto y lo perturbador de la realidad social.
El "Resentido"
busca, entonces, afirmar con la rebelión su verdadero ser. El texto se le
convierte en el testimonio de una injusticia democrática. Lo que diferencia
al rebelde del revolucionario es la libertad. En el proceso hacia la toma
del poder, el rebelde y el revolucionario son "uno", trabajan juntos,
posponen y evitan sus contradicciones y sus antagonismos y hasta se tratan
prójimamente como "camaradas". Ambos han decidido enfrentarse solidariamente
a la esquizofrenia democrática. El temor a ser aplastados por la mediocridad
institucionalisada los une. Pero donde estos hombres del origen que retorna
se separan es cuando se hallan frente al problema de la libertad. El
revolucionario, una vez en el poder (he aquí el retorno de la maldad),
anhela detener la revolución misma y para ello necesita hacer desaparecer al
"Resentido"; la libertad como crítica a la nueva burocracia es inaceptable.
El rebelde, por
otro lado, anhela que la libertad siga siendo parte del movimiento de la
revolución que ha tomado el poder. Pero la revolución se ha encargado de
crear esos burócratas que conocemos socialistamente con el nombre de los
"revolucionarios profesionales"; o con el nombre democrático de los
"representantes", los senadores del "nuevo" liberalismo. Los
"revolucionarios profesionales" y los "representantes" de la propiedad
privada son, en última instancia, lo mismo. He aquí que la violencia se
tornará contra los nuevos "anarquistas" y contra los nuevos "resentidos" y
envidiosos. El escándalo de la libertad (ésta ha sido la historia de la
burguesía y del "socialismo") no puede ser permitida. Codificar la realidad
implica suspender la libertad. Esta suspensión ha sido el trabajo político
de la "democracia" representativa Codificar el texto implica suspender la
crítica. Se suspende la libertad para que acontezca la "paz"-burguesa o
el "orden"-burocrático. La libertad, entonces, se torna anónima. La libertad
se omite para que el simulacro de la "democracia" pueda ocupar su espacio.
La "paz" funciona en ese desuso de la libertad que todo el mundo da como
supuesto y como "bueno". La virtud ha desaparecido del mundo. a pesar de
ello, a pesar del "progreso", el malestar retorna. Los "resentidos" toman la
Bastilla de la "filosofía" como amor a sí misma Narciso sospecha que hay
algo pervertido en la belleza de su imagen y de su monólogo. La filosofía
como monólogo se refleja como rostro de nadie. La filología descubre su
propio talón de Aquiles. La filosofía como discurso de los ególatras debería
ceder su puesto a la "philópolis": a los amadores de la nación. He aquí que
el propósito de la filosofía (o de la philópolis ha cambiado. El propósito
de la philópolis debe ser, en contraposición al de la filosofía, el de
revolucionar el mundo.
La philópolis
quiere decir ahora transformar la realidad; serla con una vertiginosidad,
con un eros, que colinde en la "locura". Desde esta "philopolidad" la teoría
no sería la práctica de sí misma, sino la praxis y la theoría de la realidad
misma. El soy enamoradamente se habrá volcado hacia la nación que es (8).
Las cosas no serían la abstracción que es, sino que habría analogía
política, analogía de ser, entre ellas y nosotros.
La sabiduría y la
fuerza no dejan de estar relacionadas. La rebelión exhibe una sabiduría que
ha encontrado el camino de su propia fuerza. La rebelión no es otra cosa que
la rectitud para actuar en la libertad de su destino. La rebelión es el
choque de la justicia contra el cinismo. ¿Cómo es posible, entonces, que los
filósofos del pensamiento conservador hayan desembocado a la estupidez del
estatismo y del "resentimiento"? Este "concepto" no hace otra cosa que
realizar el exhibicionismo de la mala consciencia del poder para consigo
mismo. Lo que se intenta olvidar en el "resentimiento" no es otra cosa que
la capacidad que poseen los hombres para el heroísmo. Porque el heroísmo es
el instante histórico donde el anonimato de los hombres se quiebra sobre el
nombre propio de sus héroes. La historia, entonces, es ese movimiento de la
libertad que conduce a los hombres del anonimato a las coyunturas de la
liberación. Cuando el "Resentido" decide hacerse (=serse) héroe, su cuerpo
se ha convertido en el símbolo da la verdad y de la bondad.
Por esta verdad
que él es vale la pena morir. Este escándalo de su vida, este sacrificio a
los dioses, no podrá ser ocultado por el discurso ideal.
Por esto la
metáfora "dualista" de Nietzsche (bueno y malo--Roma y Judea--) no es otra
cosa que el maniqueísmo ideológico del poder. Lo que Nietzsche buscaba
cambiar no era la realidad misma, no era el poder mismo, sino la actitud
vitalista de los hombres que encarnaban esa realidad y ese poder. El
Superhombre de Nietzsche pertenecía al poder. Este es el rostro nefasto del
Superhombre (9). Este también es, como cumbre aristocrática, la
explotación del hombre por el hombre. El movimiento que Nietzsche emprende
hacia el pasado no es menos fugaz que el que realizaron los románticos hacia
la Edad Media, o el que realizaron los modernistas hacia lo exótico. La
única diferencia es que el nietzscheanismo llegó "tarde" y llegó bajo el
amparo prestigioso del heideggerismo. El de los modernistas latinoamericanos
llegó bajo el amparo de José Martí y desde el arrepentimiento político de
Rubén Darío. Este movimiento romántico y este movimiento del modernismo
están anónimamente relacionados con "el terror de ser". Al Nietzsche
abandonar "su" presente, al desamparar filosóficamente el -futuro-próximo,
no le quedó otra alternativa que poetizar a Grecia atenas se le convirtió en
lo exótico mismo; apolo y Dyonisio: El nacimiento de la tragedia. Este
movimiento político hacia el pasado o hacia lo exótico, esta fuga, era la
contestación estética y política que podían expresar desde el nihilismo que
los consumía. La modernidad en los modernistas, con excepción de Martí, era
estar consumidos por la angustia que les producía la atmósfera nihilista de
las ciudades burguesas que comenzaban a exhibir su liberalismo como
vulgaridad y como "materialismo". Su belleza o su filosofía acontecía,
entonces, como la belleza de una rebelión enajenada (separada de sus propias
sociedades por el esteticismo, pero devueltas a éstas como críticas
radicales del hombre latinoamericano que las padecía).
Aun así, la
evasión por la presencia de los textos se convirtió en un retorno. La poesía
retornó políticamente como belleza, pero la filosofía no halló la forma de
salir del laberinto del filósofo seductor: Nietzsche, Heidegger, Derrida,
Cioran, etc. Los textos se hicieron valor en sí mismos y se absolutizaron.
La belleza "modernista", o la filosofía nietzscheana, serán el intento de
encarnar la contestación contra la fealdad y la insensibilidad de la
sociedad burguesa. Nietzsche proponía invertir los valores de dicha
sociedad, sin plantearse en ningún momento la posibilidad de la destrucción
política y económica de dicha sociedad. Por esa razón el lenguaje de los
"modernistas" se torna preciosista y el lenguaje de Nietzsche se torna
metafórico. El lujo del lenguaje poético, o la osadía de pensar como fuga,
se tornó en el valor mismo delante de la locura o del exilio.
Los políticos
democráticos vigilaban. Buscaban sacar partido de algo que se les diluía en
los textos "infijados". Pero si el poeta y el filósofo están contaminados
por la sociedad, como entendía Platón, entonces el filósofo sujetiviza en sí
mismo lo que ha internalizado socialmente. Originaliza sobre esa cantera que
está ideológicamente contaminada por la "casta". Propone en la "idealidad",
en los conceptos (oscuramente como epistemología; como jerga de la pandilla
elitista) lo que ha tomado inconscientemente (=sermente) de la "casta" que
se propone a sí misma, burguesamente, como "ser".
Tomemos
momentáneamente un mito estructuralista. Los estructuralistas planteaban en
el esplendor de los años "70" el mito de la escritura misma: el lenguaje
escribe. Era el lenguaje para ellos, y no el poeta ni el filósofo,
quien "verdaderamente" escribía. Hoy sabemos que esta afirmación "lírica",
que esta personificación no era nada más que una falacia. Pero juguemos un
poco con esta falacia estructuralista e invirtámosla: ¿quién escribía en
Nietzsche? Escribía la burguesía acorralada que, sospechando su propia ruina
en el imperialismo de Bismarck, buscaba deterner cualquier brote
revolucionario de los "resentidos" que comenzaban a organizarse
políticamente. La crítica de Nietzsche a ese socialismo que no había
acontecido históricamente era la paranoia de esa clase que yacía en el poder
como privilegio. El sueño de Nietzsche con César y Napoleón es el sueño de
la burguesía reaccionaria, mientras que la ilusión con el imperialismo de
Bismarck es el sueño de la burguesía conservadora. Nietzsche se pasea por
ambos, coquetea con ambos y termina por romper con ambos. Así como se
escindió el romanticismo alemán (italiano, francés, ruso, español), se
escindía la burguesía alemana entre Schopenhauer y Nietzsche. Nietzsche era
el lado "radical" de esa burguesía que lo despreciaba moralmente.(10)
Nietzsche era la
encarnación y crítica del nihilismo mismo. Europa se derrumbaba. El axioma
de Nietzsche: realidad-inevitabiliad-nihilismo. Este no poder enfrentarse a
la realidad, por hallarnos bajo el signo de lo inevitable, no hace otra cosa
que inmovilizar a ésta Pero lo que Nietzsche ni nadie puede evitar es que
los "resentidos", tarde o temprano, se enfrentarán a lo "inevitable" de la
realidad-democrática (o socialista, o monárquica).
Pensar
políticamente en Nietzsche es de alguna manera pensar en Sócrates. Ambos
representan la "restauración" de un imposible. Así como Sócrates sueña
desafiantemente con el retorno de la aristocracia en plena crisis de la
democracia imperial, y Platón tomara como modelo de La república a los
victoriosos del Peloponeso, Nietzsche repetirá un camino que yacía
"trillado" por un lado, y por otro lado, un camino donde no había modelos
que lo llevaran a escribir la nueva "La república" europea.
Es lamentable ese
movimiento del pensamiento reaccionario que sólo busca ficcionalizar el
pasado, fijarlo como si fuera un texto cualquiera, con el único propósito de
malograr el sentido mismo del presente: el socialismo de los utopistas.
Vacío el presente en el discurso del solitario, era inútil que el
Zaratustra-Nietzsche (realidad y ficción de un mismo momento) anhelara los
discípulos que no puede poseer. Este "no" de Nietzsche a la rebelión, esta
creencia de que el socialismo era un cristianismo laico, es, al margen de la
historia que significó el leninismo (=stalinismo), su propio traspié. Lo que
hay que entender aquí es que, codificada la realidad por el pensamiento (ese
proyecto del "irracionalismo" nietzscheano), éste no tendrá otra posibilidad
que codificarse a sí mismo. Porque se verá obligado a repetirse, a
repensarse, cayendo, como en el caso de Nietzsche, en sus propias
contradicciones y en las paradojas que lo caracterizan. Por eso, al
Nietzsche dedicarse a ficcionalizar la historia entre "buenos" y "malos", no
le quedaba otra posibiliad que la de dedicarse a buscar modelos míticos
(apolo-Dyonisio; César-Napoleón) que le permitieran explicar su propia
sociedad. La realidad, parodiemos a Baudrillard, se le ha "pervertido".
Este pensamiento
de Nietzsche tendrá, entonces, dos movimientos que lo caractericen: primero,
una manejo de los mitos griegos para explicar la historia, El nacimiento de
la tragedia; y segundo, un manejo no menos mítico de la historia para
explicar a éstos. Este movimiento de la historia como mitos y los mitos como
la historia misma es fundamental para entender a Nietzsche (11). Éste le
dará un caracter histórico a los mitos, por un lado, y, por otro, convertirá
a los personajes históricos (Sócrates, Platón, Jesús, Julio César, Napoleón,
etc.) en "mitos" de esa historia que él intentaba plasmar. Lo nefasto de
este segundo movimiento en Nietzsche es que la "poetización" del presente no
es tan poderosa como la que establece del pasado. Como veremos luego, el
presente nietzscheano, fiel a la tradición de esta actitud, de este hábito,
queda prácticamente abandonado. Nietzsche, sin lo político, está aplastado
románticamente por lo lírico. Esto lo expresa acertadamente Jaime Gil de
Biedma cuando, en El pie de la letra, dice:
.
. .pues lo habitual en poesía lírica es la temporalización hacia lo
pretérito. ..)(d).
Casi nos veríamos
forzados a decir lo siguiente: la metáfora que Nietzsche establece contra el
pasado "no retorna". El pensamiento, entonces, al no estar en manos de un
poeta politizado en el más profundo sentido de la palabra (piénsese a
Nietzsche como el intento más exitoso del filósofo poeta), corre el riesgo
de ficcionalizarse a sí mismo: el Superhombre como mito de una política sin
presente; el Superhombre como el presente de un filósofo sin casta; a la
deriva Porque la aristocracia estéril no podía identificarse con la
aristocracia ni con el irracionalismo de Nietzsche. Este argumenta en
Voluntad de poder lo siguiente:
El filósofo
nuevo puede surgir solamente aliado a una casta dominante. . . (e)
Según Nietzsche,
he aquí su gran caída, los nuevos filósofos no pueden surgir ligados a la
rebelión. El filósofo está ligado a los señores de la "casta" del poder.
Pero lo curioso de ésto es que esta afirmación nietzschana es fedrista:
. . .que el
que tiene inteligencia no debe preocuparse en complacer. . .a compañeros de
esclavitud, sino a buenos señores. . . (f).
La conclusión
que se desprende de esa relación ˜Nietzsche-Platón" es ésta: el
filósofo revolucionario es un "resentido"; es un imposible. El filósofo
revolucionario no es posible. Pero lo que resulta interesante señalar es que
este filósofo que se une a los "señores", a pesar de su "realismo-cínico",
termina por ser político. Este determinismo de Nietzsche lo extravió y le
cerró toda posibilidad con su propio presente y con el futuro próximo. Si
los filósofos europeos (Deleuze, Derrida, Foucault, etc.) lo han utilizado,
ha sido precisamente de espalda a esa paradoja política de Nietzsche. La
empatía de una crisis prolongada (del nihilismo al postmodernismo--del
olvido del ser a la ontología del ocaso--) no les ha permitido asumir a
Nietzsche políticamente.
A pesar de ésto,
los mitos van y vienen; se actualizan y envejecen. Pero hablar de mitos es
ya hablar de la realidad poética que se relaciona alegórica o
metonímicamente con la realidad misma. Las analogías quedan políticamente
abiertas para nuevos juicios y para nuevas imágenes. La fijación del texto
se deshace a pesar del intento académico de la "casta". El poeta, por este
mismo proceso de la cultura, se convierte, entonces, en
el-"mitólogo"-político-de-la-realidad. La gran poesía acontece cuando el
poeta crea el mito político que lo contemporáneo necesita para verse. Sin
este mito (sin este poema, sin esta novela) lo contemporáneo es ciego. Sin
esta imagen hermosa o desgarrante de la realidad, no hay concepto-verdadero
de lo real.
En el
Zaratustra, donde acontecen por primera vez casi todos los mitos
nietzscheanos, Nietzsche intenta esta "politización". Poéticamente el
Zaratustra recoge toda esa temática que enriquecería a la "nueva" filosofía
europea: el Superhombre, el eterno retorno (12), el nihilismo, la muerte
de Dios, etc.
Nietzsche,
habiendo cerrado todas sus posibilidades hacia el futuro (la "demokracia",
el socialismo--¿el fascismo de "ser para la muerte" en la celebración
inconsciente de los hornos de la ontología?--), intenta clavar la banderilla
del Superhombre a la modernidad misma Pero, entonces ¿dónde empieza la
modernidad? ¿Somos modernos desde la Ilustración, o más específicamente
desde la Revolución Francesa? ¿Somos modernos desde los escritos de
Rousseau, desde la duda carteciana, o desde el Renacimiento mismo? ¿El
Renacimiento comenzó por develar nuestra modernidad, o la modernidad comenzó
por develarle a Nietzsche el nihilismo como el malestar de Occidente?
El nihilismo
será, pues, el espacio mismo en donde la historia moderna cambiará de
posición. Donde la enajenación y la enemistad del hombre por el hombre se
hacen manifiestas. He aquí la dicha en que el hombre asume sobre sus
hombros la responsabilidad de estar en el abismo, de hacer el mundo y de
otorgarle sentido. Pero esta "dicha" de la nada es también una tragedia. El
nihilismo es el momento mismo de la-dicha-trágica. Pero el "todo está
permitido" de Dostoyevski yace delante de nosotros con una violencia
inusitada. No es la anarquía de esta expresión lo que verdaderamente nos
amenaza como práctica real, sino el no poder asumir poderosamente, desde la
nada que el nihilismo descubre, esa libertad que somos. Esta nada de la
libertad nos puede matar. Obsesionado con esta nadidad, M. Blanchot comenta
desde El diálogo inconcluso:
El
conocimiento es fundamentalmente peligroso. De este peligro Nietzsche dio la
formula más abrupta: ¡Experimentamos con la verdad! ¡Tal vez la humanidad
muera por ésto! ¡Pues bien, que así sea! (g).
Nietzsche no sólo
está hablando de la ciencia, sino que se está poniendo de lado de lo
desastroso de ésta. El viejo prejuicio filosófico (la filosofía como
ciencia, la filosofía como lenguaje científico, o la filosofía subordinada a
la ciencia) continúa. Pero lo que Nietzsche no vio es que su propia
afirmación lo convertía en el nihilismo mismo: la posibilidad del genocidio
y del exterminio. La verdad como mito del conocimiento, este movimiento del
bumerán de Nietzsche, se torna tan peligrosa aquí como el silencio
filosófico contra la verdad política de lo real. Lo que Nietzsche vio, esto
es lo terrible, o quizás ésto sea lo delincuente, es que la afirmación de su
autonihilización es el pensamiento, es esa práctica ante el devenir mismo,
que celebra como posible la destrucción del mundo en nombre de la ciencia.
El nihilismo ha terminado por convertirse, entonces, en la justificación de
cualquier matanza por parte de la ciencia del Estado. La técnica, como mito
de la ciencia, será (es) la propuesta "callada" del nihilismo. Ese grito de
Nietzsche es el tropiezo del Superhombre con su propio proyecto. Cuando
Nietzsche quiere la nada, cuando Nietzsche dice que "sea" la posibilidad
misma del genocidio, es el preciso momento donde la voluntad de poder se
estrella contra el querer mismo. Este choque es la presencia del pasado.
Según la interpretación que hace Blanchot de Nietzsche, el resentimiento
nace de estrellamiento contra el pasado. Blanchot comenta:
. . .allí
donde el querer se hace liberador, tropieza con el pasado. . .Esto es lo que
transforma todo sentimiento en resentimiento. ... (h).
Y más adelante
comenta:
La
transvalorización no nos da una nueva escala de valores a partir de la
negación de todo valor absoluto, sino que nos hace llegar a un orden al que
cesa de aplicarse la noción de valor. (i).
Si esto es la
transvalorización, ésta es, entonces, un suicidio que precede el acto
genocida de la ciencia (=técnica). Lo que todos sabemos es que el hombre no
puede vivir sin valores porque sencillamente se inmoviliza. Se hunde en el
mismo pantano de la muerte de Dios. El hombre no puede vivir sin
valorizarse, sin desembocar al valor de las cosas que él les otorga a menos
que no esté dispuesto a posmodernizarse, a convertirse en la nada. La
posmodernidad se devela, entonces, como el vacío democrático de ser. Este
pensameinto, esta fe ciega en la ciencia sometida al Estado, esta
celebración de la muerte, este "ser" de Nietzsche, arroja al hombre no sólo
a su-ser-nada (ese movimiento que la-demokracia-irreal instituye para sí),
sino a su propia inutilidad: la voluntad de poder como fracaso. El nihilismo
es el no-proyecto del hombre-"libre". Pero esta
tragedia-existencial-política está planteada y Blanchot ya la ha visto. Este
comenta:
. . .el hombre
se cree definitivo. . .tiene un poder que lo supera sin que él intente
superarse a sí mismo dentro de este poder. (j)..
El hombre del
nihilismo no posee el poder necesario de superarse a sí mismo. La
capacidad de abismarse que Nietzsche proclama (Siempre estoy en un abismo)
no puede democratizarse. Este es el proyecto particular del poeta y del
filósofo como excepción, como rareza y como exuberancia. Cuando el nihilismo
intenta democratizarse, o hacerse neoliberalismo, instaura el desastre moral
(la muerte de Dios), económico (la globalización) e intelectual (la
posmodernidad).
****
Obsesionado
Nietzsche, por otro lado, con el axioma cristianismo=socialismo dirá en
Humano, demasiado humano lo siguiente:
. . . la
democracia moderna es la forma histórica de la decadencia del Estado. (k)
Su
"aristocratismo" develará su sombra política. Pero no era la decadencia del
Estado lo que la demokracia europea mostraba, sino la crisis espiritual de
una civilización que ha comenzado a traicionarnos. La demokracia era (es) el
nihilismo de ese capitalismo que ha hipotecado "nuestra" propia
civilización.
Por ésto, no
estamos criticando el que Nietzsche intentara esa poetización del
Zaratrustra, sino lo que criticamos en ella es ese movimiento político que
la misma poetización oculta como reacción y como apoliticismo. La belleza
nietzscheana como la desorientación de una política a la deriva. Quizás por
ésto mismo, la crítica de Nietzsche a la demokracia sea "socrática". Esta,
siendo una posibilidad "factible" en Sócrates (13), es una necesidad
elitista o metafórica en Nietzsche. Nietzsche quiere "hegeleanamente" que la
aristocracia sea también aristocracia del espíritu. De aquí en adelante,
esta metáfora se ha de convertir en el cliché de la élite "democrática"; o
de la élite oligárquica disfrazada nihilistamente de demokracia.
La "estética"
de Nietzsche busca ocultar en su "objetividad" lo tenebroso de la nada
misma. Esta es la función que Nietzsche conservadoramente le asigna al
arte: el encubrimiento del vértigo de la nada El movimiento de la poesía en
Zaratustra, en La genealogía de la moral y en Voluntad de poder
delata a Nietzsche como el-super-ideólogo-moral de ese poder que odiaba en
el Estado, pero que amaba para sí mismo. Lo que Nietzsche no logra entender,
discúlpenme lo nietzschanos, es que ese poder que él reclama para sí como
"aristocrático" (como "psicológico", o como "inmoralista", etc.) es el poder
estatal que nihilisa en su propia individualidad y en su propio discurso
(14). El intento de Nietzsche, entonces, de unir mito clásico y realidad
poética (para explicar a Grecia), es a todas luces un éxito. Al Nietzsche
publicar El origen de la tragedia desfuncionalizará a toda la filología
de su tiempo.
La poetización
de Nietzsche, apolo y Dyonisio, desconcertará totalmente a la ciencia del
positivismo académico de su mito científico. Pero será esta segunda figura
mítica, Dyonisio, quien se torne paradójico y quien se estrelle contra la
codificación de los "resentidos".
---¿Por qué?--se
preguntará el lector.
Por la sencilla
razón de que Dyonisio es el dios de los oprimidos. En la máscara de Dyonisio
se le escapaba a Nietzsche el sentido mismo de su contradicción. La ciencia
como mito científico de la burguesía "aristocrática" entraba en crisis
consigo misma desde los postulados nihilistas de Nietzsche. La oposición
apolo-Dyonisio de su primer libro no va a resolver esta oposición. El lector
no debe olvidar que apolo es el dios del Estado. Nietzsche míticamente está
de parte de Dyonisio (de los oprimidos), pero conceptualmente está de parte
de apollo (del Estado). La contradicción capitalista, como hubiera dicho
Marx, terminaba por acontecer como conflicto en las imágenes poéticas.
Nietzsche como crítico alucinante y como "representante"-ambiguo corría el
riesgo político de nulificarse a sí mismo.
La realidad
alemana estaba tachada por el imperialismo-nacional alemán y amenazaba por
eclipsarlo. No había "ser-ahí" que lo sostuviera espiritualmente contra
la nación que lo antagonizaba El yo-social se le ficcionizaba en su
desprecio a lo alemán. El joven Nietzsche, nacionalista, se oponía al
Nietzsche maduro. El joven Nietzsche juega a ser político, pero el Nietzsche
adulto negará esta experiencia lúdica (con el ser, con la nación). El
sin-sentido, ese desierto nietzscheano, crecía ¿Dónde refugiarse entonces?
En el arte mismo. Nietzsche se hallaba, "equivocado" o no, en lo sublime
mismo.
No vamos a hacer
aquí una historia de lo sublime, pero éste, aunque sea brevemente, nos
concierne. Sublimis, como adjetivo latino, nos develará una gama de
significados que nos interesan y que son apropiados para este trabajo.
Sublime quiere decir literalmente lo siguiente: "que va de abajo a arriba"
(la vida de Nietzsche); que se está "situado en lo alto"(Zaratustra); que
"arrebata" al que lo experimenta (el eterno retorno); que se estrella contra
lo "grandioso" como ambigüedad (el Superhombre); o que lo lanza "al cielo
mismo" (la locura como "trascendencia") sin que el filósofo, el poeta o el
loco puedan hacer muy poca cosa Lo sublime, "obviamente", tiene dos lados
políticos; el primero, como la casa del ser de Nietzsche; y el segundo, como
Jano. Posee un lado siniestro (=terribilis--los "resentidos", el
aristocratismo", el nihilismo, Napoléon, etc.--) y posee otro lado seductor
(=formidabilis--excesivo, magnífico, portentoso, pasmoso, tremendo, etc.: lo
sublime como ejercicio de pensar). He aquí que nos hallamos en la
circularidad en donde lo sublime se agrieta. Sin esa grieta de lo circular
el mundo no sería posible.
Lo sublime es el
ser del mundo, su fuga misma, que no puede ser enmarcada. Marcada por lo
sublime, será la vida misma del "Desdichado" la que se dedique a esta
irrepresentación. La vida del filósofo roto rompe la enmarcación.
Después de la
marca lo sublime continuará relampagueando sobre su propia "huella". Porque
la memoria de lo sublime es fatal. Quizás por ésto, por este lado del más
acá, como frontera de "Dios", o del devenir soberbio del ser, el amor (Eros)
sea la defensa misma contra lo sublime. El amor como defensa de la gracia de
"Dios", o como defensa de la "ficción" del ser. El amor nos protege de la
nada contemporánea y democrática que el nihilismo exhibe como
postmodernidad. Pero en Nietzsche el amor (Lou Salomé) estaba roto. El amor
era llenado con el "amor" (anti-Eros) de alguna prostituta ocasional (como
encarnación de la "muerte de Dios"). La ausencia del amor como nihilismo del
cuerpo. La sublimación, el terror a los "resentidos" (el odio orteguiano al
hombre masa) no podía colmar ni inmovilizar esa ambigüedad conceptual del
Superhombre como agonía de Nietzsche. El Superhombre quedaba abierto. Era
Nietzsche abierto, desgarrado por lo sublime y por lo político, como héroe
de sus paradojas. Era Nietzsche como héroe de una soledad "derrotada" por la
locura misma Porque lo sublime "derrota". Lo sublime, como experiencia
radical de ser, te expulsa Pero usemos aquí un verbo más gráfico: lo escupe.
Lo sublime nos escupe de "Dios" para que lo-"Dios" no nos mate.
Este-ser-lo-sublime-es-lo-que-resulta-inrrepresentable. Pero tarde o
temprano esta derrota se da, pero no se da unilateralmente. Porque el tiempo
recorrido de la "visión" a la palabra, es el tiempo de toda una vida ¿Cómo
se relaciona esta sublimidad con el traspié de los "resentidos" en la
filosofía de Nietzsche?
Sencillamente,
como el espejismo político del Sublimado (o del Sublimador). El Sumado se
equivoca con la "numerología" del mundo. El intento de atar, de fijar el
filósofo a la "casta"-de-los-aristócratas contradice el sentido mismo del
disparo de lo sublime. Esta contradicción es la lucha desesperante de
Nietzsche con la figura de Jesús y con la figura de Cristo. El que escribía
(Nietzsche) batalla con el sentido de los que no escribían (Sócrates-Jesús).
Lo sublime te dispara, entonces, o hacia el pensamiento-imagen de la
filosofía, o hacia la imagen-pensamiento de la poesía. En este pensamiento
"político" de Nietzsche, la lucha del científico y el poeta a través del
filósofo, se ubican las "visiones" de Nietzsche.
Pero en donde
esta ensoñación "fracasa" es en su incapacidad de dar una contestación
"poética" al presente. Zaratustra-personaje-de-Nietzsche, o
Nietzsche-como-alterego-de-Zaratustra no están presentes en la realidad.
Porque esta
realidad que ellos han "realidado" se les ha elitizado y abandonado. Esto es
lo trágico de la modernidad: la fama es el olvido de los "resentidos". Esto
es así, porque la demokracia ha bloqueado el camino al elitismo. Entre ambos
falta el puente político de la realidad misma. Uno de los lados de Jano es
máscara El otro lado, el Superhombre, es ambiguo; poética, filosófica y
políticamente ambiguo. Obviamente, no hay forma de significarlo. Su riqueza
es su pobreza El Superhombre está abierto a las interpretaciones y cada
pensador original, cada pensador desgarrado, o escupido de "Dios", o contra
"Dios", lo interpretará como le "venga en gana"; o lo interpretará desde el
"modo" político de sus circunstancias cruciales.
La realidad,
como veremos más adelante, terminará por desbordar el mito romántico del
Superhombre.
Criticador del
socialismo y la "demokracia", enemistado con el cristianismo y con las
tendencias del futuro(?), separado de los trabajadores, anti-marxista sin
saberlo, el Superhombre se convertirá en una metáfora de los solitarios.
La philia, esa
crítica socrática a la atenas de la oscuridad imperial, está rota. El
sentido de lo social colectivo, de lo político mismo, se ha perdido.
Sócrates y
Nietzsche lo saben, pero cada cual lo asumirá de forma diferente.
Sócrates-Platón la emprenderán contra los sofistas, contra los poetas,
contra la apariencia y Nietzsche la emprenderá contra los "resentidos"
(contra el cristianismo, contra el socialismo--contra Sócrates mismo--). Los
simios de ambos se miran irónicamente, suspendidos en el tiempo, desde el
nihilismo-crisis de la postmodernidad. ambos lo presintieron: el derecho a
la palabra política había perdido su encanto (15). Cuando Sócrates la asume
se torna excéntrico, extraño. El más feo de los hombres seduce. El
Superhombre-Nietzsche, de una forma parecida a la de Sócrates, se convertirá
en la imagen idílica que esa gama de poetas y escritores utilizarán, pero
sin que el autor de La genealogía de la moral pueda escapar al ámbito
estético de lo burgués. La crisis intermitente del capitalismo, o la
ontología del ocaso del posmodernismo, no les provee opciones. El ser se les
torna máscara. Y no pueden valorizar a éste como máscara, ni a la máscara
como ser. El que el yo esté roto, o sea una ilusión, los nihiliza aun así, y
a pesar de la confusión prismática de la demokracia, el Superhombre es
también, hay espacio hermenéutico para ello, la consigna con la cual los
creadores (= los sentidores--los que otorgan el sentido políticamente--) se
enfrenten al nihilismo de la sociedad "democrática". Pero estos "creadores"
deben ser reaccionarios. La ambigüedad del Superhombre es aplastante. Este
será la Máscara prestigiosa de los discursos neosofistas que genera la
sociedad capitalista El Superhombre es la idealidad del nihilismo consigo
mismo.
La poesía podrá
hundirse en la más oscura soledad, en el más oscuro pasado, o en el más
siniestro pesimismo, pero una vez más la poesía, sin abandonar el canto, se
propondrá como el pensamiento del poeta-filósofo. Esto es así, ésto parece
ser así, porque el mito que este pensar arrastra (un pensar que ontologiza
sobre sí) tiene que cargarse no sólo de un futuro próximo, sino también de
este "presente" que nos amenaza con sucumbir. Pensar poética o míticamente
el presente implica preparar y concebir el mito-político que la época
necesita como revolución. Pensar poéticamente es pensar la libertad misma
como política del ser.
Pero nosotros
que leemos a Nietzsche desde otra urgencia de ser, desde la urgencia misma
de ser puertorriqueño exilado en una sociedad racista, Estados Unidos, o
desde una sociedad colonizada, Latinoamérica, le reprochamos a Nietzsche su
incapacidad de retorno y su incapacidad de romper políticamente con el limbo
político de su filosofía que representa para nosotros el "resentimiento".
Nietzsche ni pudo regresar de la Grecia ideal, ni pudo regresar tampoco del
Zaratustra-ideal.(16) Pero esta "incapacidad" suya no es total, porque
acontece bajo la figura misma del Superhombre. El Superhombre es el salto
kierkegaardeano de Nietzsche entre la razón y la irracionalidad; entre el
nihilismo "positivo" y el nihilismo "negativo"; entre Dyonisio y Cristo.
Esta es la metáfora que Nietzsche construye para un poder que no se ha de
reconocer en ella. El filósofo de la "casta" escribe para unos "señores" que
no se reconocerán en él. Sólo los filósofos lo harán y lo harán
"arbitrariamente". El hambre de discípulos que Zaratustra arrastra se parece
al hambre que Nietzsche siente ante la sociedad moderna y ante la soledad
que lo rodea (17).
Pero el
Superhombre también es oscuramente Napoleón, porque alemania desde Bismarck
era el deseo mismo de la identificación napoleónica Nietzsche y Bismarck
coincidían en la misma figura imperial. Bismarck soñaba con unificar
Alemania; Nietzsche con sostener el status quo. Nietzsche no podía entender
que Marx-Engels quisieran la libertad para los "esclavos". Ataca a Wagner
por no ser ya un revolucionario, por ser todavía discípulo de Schopenhauer,
y rabia de indignación ante la "ontología" marxista Jano no se resuelve.
¿Por qué Nietzsche no opuso a Bismarck la figura voluntariosa de Beethoven?
¿Por qué no fue Beethoven el Superhombre nietzschano de la música europea?
Porque el conficto ideológico, por lo menos a nivel de las figuras míticas,
no estaba resuelto. Nietzsche quería a nivel conceptual el status quo y a
nivel emocional quería a Dyonisio y al crucificado. Tendría que ser la
locura la que resolviera esta contradicción. Pero la contestación política y
filosófica de Nietzsche es clara:
Los hombres
superiores César, Napoleón. . . . (l)
El Superhombre
era, querrámoslo o no, ese hombre clasista que Nietzche soñaba para la
modernidad, sin la capacidad de reconciliarse con ese Cristo que la locura,
como dijéramos, terminaría por develarnos. Ese Cristo, que lo esquizo
nos develaría como el deseo de Nietzsche, estaba demasiado arraigado para
renunciar al conflicto. Nietzsche agoniza, cruza el rubicón de su locura
sifilítica entre el Crucificado y Dyonisio. La identificación de Nietzsche
con Napoleón, por otro lado, no le permitirá aceptar la fuerza "reactiva" y
enajenante de la religión como instrumento político tradicional.
Sin la ayuda
de los sacerdotes ningún poder, incluso hoy, puede llegar a ser "legítimo":
así lo comprendió Napoleón. Por tanto, gobierno absoluto tutelar y
mantenimiento vigilante de la religión van necesariamente de la mano. (m)
En esa soledad
del poder, en esa "muerte de Dios" (18) que el poder genera (en ese coqueteo
del Estado con la religión--en esa ausencia de la justicia democrática que
Nietzsche también padeció--) es que debemos enmarcar el mito del eterno
retorno de lo mismo. Inmovilizado lo social en el término nietzscheano del
"resentimiento", inmovilizada la realidad misma en la simpatía del filósofo
con lo eleático, el eterno retorno será el movimiento de lo inmóvil en donde
el poder realizará su voluntad de-no-decir-nada.
Según Lyotard,
entonces, lo postmoderno es lo moderno en estado constante. Pero si este
estado es "constante", "permanente", termina por inmovilizarse a sí mismo y
se torna crisis. Esta "infinitud" de lo postmoderno se parecerá, entonces, a
esa crisis del capitalismo que no se resuelve. Una crisis que se hace cínica
y pesimista: lo "constante"-inmóvil como la crisis misma de lo cínico.
Es absurdo,
entonces, intentar celebrar el devenir del mundo, su libertad misma, y
tratar de codificar la dialéctica de lo social en las categorías del
pensamiento conservador. Nietzsche, como filósofo que sueña "platónicamente"
el poder, está abandonado por el poder mismo. Para entender a Nietzsche es
menester pensar a Platón vendido como esclavo por Dionisio (19). El poder,
he aquí la tragedia de estos filósofos, no los entendió. O más oscuramente
aún: no le convenía al poder entenderlos. Su "oscuridad" le era menestaer.
Lo irónico de esta semejanza, de este amor odio de Nietzsche por Platón, es
que aquél terminó afirmando lo mismo que el filósofo-poeta de La
república afirmara Nietzsche en Voluntad de poder comenta:
El filósofo
debe convertirse para nosotros en un legislador. (n)
Nietzsche como
filósofo era lo que no conviene. Habiendo creado la política del
"resentimiento", la burguesía lo sentía como anatema Nietzsche anunciaba una
revolución moral, el desenmascaramiento del cristianismo, que Alemania (o
Europa) no podía aceptar. Nietzsche, he aquí la gran angustia de éste,
era mirado burguesmente como "resentido". Nunca se lo planteó de esta
manera, pero la censura que pesaba sobre él da testimonio de esta ironía
Nietzsche era el Zaratustra que anunciaba la "muerte de dios" de la Alemania
del canciller de hierro. La transvalorización de todos los valores lo
convertía en un "envidioso". Nietzsche platónicamente soñaba con gobernar.
Nietzsche, a pesar de su simpatía con el poder, con la oligarquía, se queda
solo.
Bosqueja en
Voluntad de poder el siguiente pensamiento:
Creación de
una oligarquía sobre los pueblos. . .". (o)
Habiendo escrito
para el poder, era abortado por el poder mismo. El error de Nietzsche fue no
haber sabido despreciar, sin conflicto, el poder que lo despreciaba. Su
coqueteo lo hundió en la más nefasta soledad. La soledad de Nietzsche era
aplastante. Este abandono que el poder realiza en "su" filósofo, obliga a
Nietzsche a concebir el ser como ficción. La ficción con que Nietzsche
clasifica el concepto del ser es la objetivación de su propia situación
social. Esto es así, porque ya no habrá coro que interprete el ser, ya que
Nietzsche, al romper con Wagner, con razón o sin ella, ha destruido la única
posibilidad que le quedaba musicalmente. Nietzsche, abandonado por el poder,
se siente ficcionado y ficcionaliza. Desde Crepúsculo de los ídolos
comenta:
. . .
Heráclito tendrá eternamente razón al decir que el ser es una ficción vacía"
(p)
El ser vacío del
imperialismo alemán lo contamina Nietzsche queda vacío: el Superhombre se
convierte en el principio motor no sólo de la ontología del ocaso de
Vattimo, sino también en la angustia de nada de Heidegger.
Podríamos resumir
lo dicho hasta aquí de la siguiente manera: cuando Nietzsche generaliza,
cuando dice los "hombres que buscan transformar la realidad son resentidos",
nos hallamos sorprendidos y violentados por la excepción misma. Porque lo
que estas generalizaciones olvidan es que la realidad es irónica. Los
hombres, sobre todo el poeta, el filósofo y el héroe, son ingeneralizables.
Las excepciones, la vida misma de ese hombre o de esa mujer que no se
amolda, que no cumple la definición, ni se doblega ante la "ley" ni ante la
"regla", nos resulta inagotable. Pero es que la excepcionalidad nos arroja a
lo desagradable de no serla La excepcionalidad no es copiable. El
Superhombre, aun como "vacío", no es copiable. El Superhombre se enriquece
de su propio vacío de ser. Este le permite a la metáfora, el Superhombre,
rehacerse. Lo original persiste a pesar del desaliento democrático de la
postmodernidad. La excepcionalidad, aunque sea la de un príncipe-paria o la
de un "paria"-príncipe, nos escandaliza El pensamiento que fluía hacia la
generalización evita furiosamente esa excepcionalidad que la desmiente.(20)
Esta, aunque no
esté en el presente, avanza irónicamente desde el futuro próximo, desde la
eternidad relativa del tiempo.
Equis (21)
desmiente en A lo que A vive y lo que A dice, porque la libertad de Equis,
el desconocimiento que se posee de Equis, la ignorancia que se hace "ente"
en Equis, la riqueza de la vida de éste, se vuelca contra el concepto que
intenta reducirlo a "resentido", a creatura de Dyonisio. El resentimiento,
como concepto que baja del poder, se quiebra. Lo que a dice sobre Equis
filosófica y políticamente no tiene otro propósito que inmovilizarlo. A
busca codificar a Equis, porque no lo conoce. Intenta codificarlo a través
del lenguaje para que Equis no pueda descubrirse como la diferencia que es.
Si Equis piensa políticamente contra el pensamiento establecido, descubrirá
filosóficamente la diferencia; si piensa filosóficamente contra el poder
descubrirá la política que lo ha resentido. Si Equis no descubre su lenguaje
(el español) políticamente como ser suyo, si no adquiere la capacidad de
filosofar hacia sí mismo, si no se estetiza en lo más sublime de su
imaginación política y contra el vacío y la maldad de A, como
amo-democrático, jamás será libre. Equis mira el dolor de su alma y
contempla la angustia de su cuerpo (22) y sabe que a ha mentido en la
"belleza" de su discurso sofista para mantener ese status quo donde él es la
apariencia de ser. La "belleza" del discurso de A tiene el propósito de
deshumanizarlo.
La envidia, de
haber alguna, se desprende del poder mismo. El poder "envidia" a los
pensadores. El poder no soporta las excepciones y por eso se proyecta su
imagen malignamente en los otros. El nombre de la bestia que el poder
proyecta es "Resentido", porque quien está verdaderamente resentido es el
poder. Deformado eruditamente a través de la educación que ha recibido, a
busca deformar al otro. Equis es el otro. La indignidad es total. A, al no
poder desenfundar su cuchillo y matar a Equis, enloquece. Desde la cárcel
Equis, como sospechoso, es libre. Por primera vez en la historia de la
filosofía, sabe quien es. Equis se ha encontrado consigo mismo; su
homogeneidad es política. Narciso no yace ahora ahogado en las aguas oscuras
del estanque europeo. Narciso es el otro que es consigo mismo, pero en esta
ocasión como Eros. Narciso se mira a sí mismo en los otros que él es, pero
en esta ocasión se mira como Prójimo; se mira prójimamente. La filosofía
vibra nuevamente en las palabras inauditas e inéditas donde alguien escribe
y donde alguién piensa. Porque lo que tenemos que entender es que ni escribe
el lenguaje, ni piensa lo neutro. En el mito (Ulises-cíclope (23)) la
relación alguien-Nadie-héroe es obvia. El héroe se "nadietiza" porque le
conviene, le es preciso esconder su-"alguien". Si no lo hiciera perecería.
En la filosofía lo "neutro" del pensamiento, lo "neutro" de éste Nadie
piensa (24), tiene la misma función irónica y poética que el narrador (o el
alterego) establece en la distancia ulisaíca de la ficción. Olvidar ésto no
sólo es olvidar lo lúdico del pensamiento, el amor fatal, de una vida que se
ha apostado a sí misma como posible y como cierta, sino olvidar lo político
de la literatura y lo político de la filosofía misma.
La solidaridad se
establece entonces, porque lo inédito se ha abierto. El mundo ha amanecido
de nuevo. El ser (se) da.