RESUMEN: Este análisis está
dedicado a describir de la mejor manera posible, qué es lo que dice
el diálogo en partes específicas del mismo y analizando a la vez sus
teorías fundamentales, buscando la mejor y mayor comprensión de lo
que nos enseña Platón en sus diálogos especialmente en la República,
con respecto a lo analizado por Sócrates y sus amigos en temas
correspondientes a la composición de un estado (polis) y los hombres
que le habitan. Además deseo encontrar cuál es el sentido o propósito
del filósofo griego al querer plantear un estado que sea ideal en
todos los aspectos, ya sea el educativo, el político o el del mejor
estado del alma.
Partes analizadas: Libro V (449a–480a). Libro VI
(484a–511e). a) «Símil del Sol, hijo del Bien» (508a–509d). b) Símil
de la línea dividida [v] (509e-511e). Libro VII (514a-541b). a) La
Alegoría de la Caverna. b) Aplicación de la Alegoría a los filósofos
gobernantes (517a-521b). c) Los estudios que deben asegurar la "conversión
del alma hacia la "más alta lección".
......................................................
DATOS AUTOR
Perfil/Área trabajo
Licenciado en
Filosofía Universidad Pontificia Javeriana (Cali).
La República
(traducción del término griego politeia, que significa régimen político,
vida pública o relación del ciudadano con el Estado) es uno de los
principales diálogos de Platón. Posiblemente corresponde al período
de madurez de Platón, podemos considerar que en el, se resumen de
modo sistemático y programático los principales temas del
pensamiento platónico. Pero es muy arriesgado decir esto, ya que el
pensamiento platónico en modo alguno es sistemático: todos los temas
que son tratados den los diversos diálogos son modificados por otros,
según diversos enfoques, nuevos matices, objeciones añadidas, etc.
En este sentido, Platón es un verdadero filósofo que busca la verdad
en todos los campos, sin dogmatizar con prejuicios.
La República es, en
principio, una obra de filosofía política. Pero solo se le puede
considerar así si se entiende que es, al mismo tiempo, una obra sobre
ontología (sobre "lo que es") y sobre la paideia griega
(sobre "lo que debe hacer y ser" el hombre para alcanzar su
perfección), esto es, un tratado de educación. Ontología, paideia y
política son términos inseparables en Platón: las tres cosas le
interesan por igual, porque cree que sólo juntas son posibles.
Con respecto a esto
nuestro análisis será dirigido, ya que al encontrarse estos temas
tan dispersos en los textos analizados, deberemos ver con lupa cada
tema, pero teniendo en cuenta que hay un especial énfasis por recoger
toda la ideología platónica en el libro VII, sobre todo en el
fragmento que relata la "Alegoría de la Caverna".
Pasemos ahora a lo
que nos interesa, al análisis fraccionado con respecto a lo s libros
V, VI y VII de la República, y ubiquemos los ejes centrales de
nuestra investigación sobre la filosofía platónica y su relación
con las diferentes doctrinas expuestas a lo largo de sus escritos. Con
respecto a algunos temas específicos, me remitiré a otros textos
platónicos para dar de forma más clara el argumento que justifique
mi posición.
LIBRO
V (449a–480a)
El libro V empieza
enunciando la intención de estudiar los tipos humanos imperfectos y
los regímenes políticos injustos, por oposición al alma justa que
corresponde al modelo justo de la polis. Pero se abandona el tema
hasta mucho más tarde, cuando se aborda el tema de la igualdad de la
mujer, sugerido por alguien. Salvo pequeñas diferencias accidentales,
la mujer y el hombre son iguales en varios aspectos, han de ser
educados de la misma manera y pueden, por tanto, estar capacitados
para las mismas ocupaciones. Los verdaderos obstáculos para que la
mujer desempeñe tareas de gobierno no son de orden natural, sino
social: en concreto, su papel en la familia. La polis de Platón
elimina tales obstáculos suprimiendo la familia.
Debemos tener en
cuenta que en todos los diálogos platónicos, Sócrates en compañía
de sus interlocutores, busca llegar a acuerdos previos, para así
explicar mejor sus intervenciones y a la vez tener más precisión en
sus argumentaciones y sacar adelante la verdad en cuanto tal y como lo
único que debe interesar en todo discurso.
Comenzamos el libro V
observando el presupuesto anterior. Sócrates ya cree haber llegado al
final del desarrollo de la creación de un estado bueno o ideal, pero Glaucón y Adimanto lo interrumpen,
ya que observan en él una
conducta indiferente con respecto al tema que venían tratando y le
piden una explicación más detallada sobre el mismo, especialmente
sobre la educación de los niños y las mujeres en el Estado que
acaban de teorizar. Empieza aquí otra serie de acuerdos sobre el tema
que están investigando, analizando las virtudes de las que debe estar
hecho todo habitante de la polis. De este libro en adelante, un tema
muy fundamental es la educación en todos los aspectos del hombre o
mejor dicho en el hombre que habita en ese Estado ideal [i], y a la
vez sobre la enseñanza de las virtudes para quien cohabite en este.
Sócrates, obviamente se preocupa por el tema que es propuesto por sus
amigos y no busca dar respuestas subjetivas por lo que ya hemos dicho
anteriormente, empieza a hacerlo de manera pausada e investigativa así
como lo ha hecho en los libros anteriores, con el fin de no ser
refutado luego o visto como un hombre digno de burla por parte de los
que le rodean en la polis que habita [ii].
La educación deber
ser entonces, en esta forma de estado, igual para todos lo que la
habitan, es decir, todas las mujeres deben compartir las mismas
funciones y tener la misma educación que los hombres sin discriminación
alguna. En este momento hace un análisis importante sobre la cuestión
de los guerreros o guardianes del Estado, ya que los que han sido
elegidos y criados para tal fin deben apropiarse de su papel, de lo
contrario deben dedicarse a realizar la labor en la que han sido
instruidos (artesanos, filósofos o cualquier otra profesión), este
además depende de la posición en la que tengan el alma para conocer
y efectuar los trabajos propios de su profesión[iii]. Esta disposición,
nos indica que todos estamos llamados al conocimiento, al conocer,
pero este también va directamente relacionado con el tipo de
disposición que tengamos en el alma para dejarnos marcar por la
verdad y que quede impresa en ella. Además tenemos en cuenta que las
condiciones de nuestro cuerpo para llevar a cabo las diferentes
actividades; me refiero aquí a las artes guerreras especialmente.
Esto se convierte en problema porque lo que se busca en todo momento
es la idea del bien, tanto para el hombre como para los habitantes de
la polis en general.
Es así como el
problema, entonces, va tomando un carácter más especial, ya que
convienen en afirmar que hombres y mujeres deben tomar una posición
igual que la de su compañero y ser recompensado de acuerdo con sus
capacidades, especialmente en el arte de la guerra, de esta manera el
guerrero que sea valiente (la valentía es la mayor virtud del
guerrero), ya sea hombre o mujer, se verá recompensado grandemente en
vida o en la hora de su muerte y a la vez podrá asimismo transmitir
su virtud a sus descendientes [iv].
De todas maneras,
quien posee espíritu claro para tal o cual virtud, según el texto,
debe buscar la forma de explotarlo al máximo y así ser reconocido,
obviamente este también depende de los padres y pedagogos a quienes
les han sido entregados para ser instruido el individuo en cuestión.
Por eso Sócrates plantea la posibilidad de alejar a los hijos de
todos los habitantes adultos de la polis (pensamiento revolucionario y
escandaloso) y ponerlos en un lugar común fuera de la atmósfera que
produzca un resultado contrario al buscado con este alejamiento de sus
progenitores, ya que lo que quiere Sócrates es que no exista
discriminación o distinción de tipo familiar o sexual, haciendo que
los hijos de la polis sean educados de acuerdo con lo que necesite el
estado y la potencia que posea el alma para aprender, ubicando esta
potencia dentro de las que le sean útiles al estado (456a-d). Para
lograr esto se proponen unas normas básicas para la convivencia en el
Estado para que ese objetivo no se disperse (457c-e)
Sócrates propone
luego, hablar un poco sobre las cuestiones relativas a los gobernantes
y los gobernados; los primeros deben entonces hacer normas que vayan
de acuerdo al propósito y los segundos deben acatarlas sin objeción,
ya que lo que buscan es la mejor ventaja para todos los habitantes, no
para los particulares. Para ello se debe buscar a los llamados a
gobernar y formarlos –éstos pueden ser los filósofos– para tal
fin y los demás por no poseer la cualidad deben ajustarse al precepto
[v].
No se propone en el
discurso, el modificar completamente el Estado en el que viven en ese
momento, pero si realizar unos cuantos cambios que sean significativos
para que los gobernados lleguen de una vez a ese estado ideal sin
mayores consecuencias. En la misma medida anterior, los gobernantes
deben buscar la mejor forma de permanecer estable en cuanto a la
cantidad de hombres que se beneficiaran de tales preceptos, sin
aumentar o disminuir radicalmente la población; para tal fin se debe
vigilar la cantidad de uniones sexuales y los partos [vi], no
importando si usa la verdad o el engaño para conservar el objetivo
que quiere la polis y lo que se ha determinado como bueno para el
mismo. Es entonces obligación de los gobernantes buscar la mejor
forma de permanecer, no la mejor forma de decrecer o aumentar su
potencial; el mantener un Estado equilibrado es lo que le corresponde
a los gobernantes que quieran ser y hacer parte de esta polis ideal,
ya que esto hace parte de su virtud.
Sócrates aduce unas
razones un tanto teológicas, para que los niños de la polis sean
engendrados dentro de los parámetros ya establecidos, ya que los que
nos lo sean así serán como «nacidos en la oscuridad y tras una
terrible incontinencia»[vii]. Él considera a estos hijos como si
fueran impuestos al Estado y en contra de la ley llevados a la vida.
Por eso dice Sócrates que debe haber una edad para procrear en el
hombre y para la mujer y se dice entonces que los matrimonios
celebrados o las uniones se deben llevar a cabo en las épocas
establecidas por la ley del Estado y de acuerdo con los ritos
correspondientes. Se habla también del mayor bien y del mayor mal
para el Estado, y para llegar a tal definición hablan del Estado como
si fuera un cuerpo viviente que sufre cuando alguno de sus elementos
está enfermo o recibe un mal [viii]. Por tanto un hombre es lo más
parecido el estado que se está formando, ya que entre más organizado
sea, éste es más capaz de lograr mayores bienes [ix].
Se hace también una
distinción con respecto a cómo será el trato entre los gobernantes
y los gobernados, llamándolos en cambio de siervos, co-guardianes, co-gobernantes,
haciendo de esta manera un trato más lleno de hermandad. Al hacer
esto se puede pensar a la vez la intención de hacer comunes los
bienes recibidos por el Estado, (este es el mayor bien) como lo es el
recibir en común como las alegrías y los dolores, soportándolos
todos en común [x].
Ahora queda pendiente
si esta comunidad justa y feliz es posible y cómo. Pero este tema es
también aplazado por una disgreción acerca del modo de hacer la
guerra y cómo, por su mal comportamiento en la misma, los guardianes
pueden ser relegados a la categoría inferior. Sócrates cree que las
guerras entre los estados griegos van en contra de los designios
divinos, y las llama guerras intestinas. Sin embargo, por la
insistencia de Glaucón, Sócrates vuelve al tema de la comunidad
justa y feliz, con la siguiente respuesta: «¿Piensas acaso que es
menos bueno el pintor si al pintar la persona más bella no puede
demostrar que posible que exista?» «Es natural que la práctica se
acerque a la verdad menos que la palabra»[xi]. No hay que empeñarse
en mostrar que la realidad será exactamente como se dice que debe
ser, sino en descubrir el modo de construir una polis que «se acerque
lo más posible» a la descrita.
Comienza aquí, la
discusión sobre el papel del filósofo en la polis, y de su forma de
actuar para conseguir el mayor bien al Estado. Para esto Platón, pone
en boca de Sócrates el hablar sobre un cambio que es necesario para
conseguir ese estado ideal: los filósofos deben ser reyes a menos que
los reyes no sean filósofos. Y esta es la "tercera ola",
"la más grande y difícil"[xii], que Sócrates va por fin a
afrontar "aunque le sumerja en el ridículo y en el
desprecio": "A menos que los filósofos reinen en los
estados o aquellos a los que hoy se llama reyes filosofen noble y
adecuadamente, y vengan a ser lo mismo la filosofía y el poder político,
(...) Ahí tienes lo que hace tiempo me daba miedo decir"[xiii].
Se plantea también la cuestión de que la suma del poder político y
la filosofía da igual a la felicidad, ya que hacen posible el fin del
mal para los estados. Será, pues, necesario precisar «quienes son
los filósofos a que nos referimos», pues, no cualquiera merece tal
nombre. Quien ansía verdaderamente algo, lo desea en su totalidad, y
por eso debemos llamar filósofo «al que ansía la sabiduría, no de
ésta sí y de ésta no, sino toda entera»[xiv]. El filósofo debe
gustar de toda enseñanza, y debe aprender sin sentirse nunca
satisfecho, porque no se conforma con la opinión. No basta, en
efecto, usar las cosas bellas, sino que hay que aspirar a contemplar
«lo bello en sí», «sin tomar las cosas bellas por aquello de lo
que participan, ni ésto por aquellas». El verdadero filósofo debe
pasar de "opinar" (doxa) a "conocer" (episteme),
ya que conocer se corresponde con "ser". Asimismo el filósofo
esfuerza su capacidad por poseer la mayor parte del objeto de su amor.
Se desvive por él (475c). Lo que no es, resulta por completo
incognoscible, en tanto que lo que es puede ser objeto de conocimiento
pleno. Encontramos aquí una pequeña escala del conocimiento en Platón
quien afirma que lo que está a medio camino entre el ser y el no ser,
es objeto de opinión, que está a su vez a medio camino entre la
ignorancia y el verdadero conocimiento.
Se trata pues, de una
primera introducción a la teoría del conocimiento de Platón y sus
diversos grados. Como se deduce de lo dicho hasta ahora, Platón
considera que sólo el conocimiento de lo permanente y estable, de las
Ideas, engendra verdadera ciencia; en cambio la realidad sensible
produce únicamente opinión. Por otra parte, como ya se ha dicho, el
conocimiento de las Ideas, la verdadera ciencia, sólo puede
realizarse en virtud del alma, que antes de su unión con el cuerpo
tuvo conocimiento de ellas: «Así pues, el alma inmortal y diversas
veces renacida, al haber contemplado todas las cosas, no puede menos
que haberlo aprendido todo» (Menón). Y así, el conocimiento solo
sería un recuerdo[xv], un sacar a la luz aquello que desde siempre
estaba presente en el interior del ala, pero este recuerdo solo puede
ser traído a la luz, si se pregunta de manera ordenada y consecuente
(mayéutica).
Las nociones que
poseemos, argumenta Platón en el Fedón, son exactas y precisas, y no
pueden por tanto proceder del conocimiento sensitivo, pues en el mundo
sensible nunca se dan con tal exactitud. En nuestra inteligencia hay
algo más que en la realidad sensible, algo que para Platón sólo
puede tener su origen en una primera contemplación de las Ideas. Sin
embargo, Platón considera que en nuestro conocimiento es posible
distinguir diversos grados: la opinión (doxa), que a su vez puede
dividirse en imaginación (eikasía) y creencia(pistis): y la ciencia
(episteme), que se divide en intelección (dianoia) y razón (noesis),
que es el grado más alto de conocimiento. Cada uno de los grados de
conocimiento se corresponde con los diversos grados de realidad, que
irían desde las sombras de los objetos sensibles hasta las Ideas
mismas. En general, puede decirse que la opinión versa sobre las imágenes,
en tanto que la ciencia, al menos en la forma de noesis, sobre los
originales o arquetipos. Aquí unimos varios conceptos generales sobre
lo que es la Teoría del Conocimiento, aunque no pretendemos
desviarnos del tema central que es el análisis de La República.
Por otra parte, el
conocimiento de las ideas es lo propio del filósofo. La ciencia, el
verdadero conocimiento, queda identificado con la filosofía, que es
el conocimiento del mundo trascendente, de su estructura y de las
relaciones que existen entre las diversas Ideas. La diferencia que
hace en este momento del diálogo Platón entre filósofo y "filodoxo",
es clara en este fragmento[xvi], ya que el primero se refiere al
conocimiento en sí y como se dirige en todo momento hacia él, es
decir, sabe lo que es cada cosa. Caso contrario pasa con el segundo,
ya que cree cosas sobre lo que de hecho ya conoce, a este simplemente
lo llamaremos "amante de la opinión" por no amar la verdad,
sino quedarse en lo superficial.
Dentro de la Teoría
del Conocimiento, se destaca también el uso del lenguaje[xvii], ya
que si no es usado de manera clara y precisa, se puede llegar a darle
un doble sentido a las frases o a los discursos pronunciados, por lo
tanto para conocer hay que llevar las palabras a los discursos y los
discursos a lo más inteligible, a manera de inducción para aclarar
lo que hay que conocer en su expresión más pura. Es así como
decimos que, la opinión disfraza la verdad y lo bello del conocer, no
permiten ver las cosas en sí. Ahora con esta base epistemológica,
somos capaces de seguir analizando el papel de los filósofos en el
Estado ideal de Platón. En el libro VI, se puede descubrir la
naturaleza del filósofo.
Notas
[i] Cf. Libro V,
449a–450c.
[ii] Cf. Libro V, 450e–451b.
[iii] Cf. Libro V, 453c.
[iv] Cf. Libro V, 454e.
[v] Cf. Libro V, 458b-d.
[vi] Cf. Libro V, 459d - 460a.
[vii] Cf. Libro V, 461a-b.
[viii] La compasión es un mal.
[ix] Cf. Libro V, 462c-e.
[x] Cf. Libro V, 463e–464a.
[xi] Cf. Libro V, 472d-e.
[xii] Cf. Libro V, 473.
[xiii] Cf. Libro V, 473d.
[xiv] Cf. Libro V, 474–475.
[xv] Con respecto a la Teoría del Conocimiento o anamnesis, cf. Fedón
72-76.
[xvi] Cf. Libro V, 476c-d.
[xvii] Cf. Libro V, 479e.
LIBRO VI
(484a–511e)
Este libro comienza
donde acabó el anterior: «filósofo es quien puede alcanzar lo que
es siempre igual a sí mismo»[i], no quien anda errante tras la
multitud de cosas variadas y variables. Ahora se puede entender porqué
el único gobernante puede ser el filósofo. Al buscar sólo lo que es
y huir de todo lo falso, renunciará a los placeres del cuerpo para
entregarse a los del alma; no estimará en exceso la vida, y no temerá
a la muerte; tendrá facilidad para aprender y para retener lo
aprendido. En definitiva, moderación, valor y sabiduría (prudencia =
sabiduría), que son las virtudes que, en armonía, forman la justicia
[ii].
El problema general
que domina La República puede plantearse entonces de un modo nuevo;
hay formas de Estado en que la degeneración del filósofo es difícil
e incluso imposible, ya que este por haber aprehendido cabalmente
todos los objetos de su amor, quedan estos impresos en su alma y ya
nunca más los ha de olvidar[iii]. Dentro de esta escala, esa es la
forma de estado que hay que buscar, un Estado que posea las virtudes
de un hombre excelente, con perfecta areté. Lo que debe predominar es
la Idea del Bien; y con el libro VI alcanzamos el mismo núcleo de la
solución que Platón da a sus problemas. La mayor paradoja procede,
por otra parte, de que el Estado perfecto debe ser constituido por el
sabio perfecto, y este, a su vez, no puede serlo más que en el Estado
ideal.
Es lógico que, en la
práctica, esto no ocurra así: «los ignorantes que pilotan hoy la
nave de la polis desprecian a quien sabría hacerlo»[iv]; y también
es natural que haya filósofos perversos, pues el mejor dotado es el más
peligroso si el ambiente lo pervierte. Este comentario de Sócrates,
se debe a la crítica que él hace de la educación sofística, la
cual es tomada como un juego, haciendo que la educación sea
fragmentada y llena tan solo de opiniones, sin llegar a conocer el
verdadero objeto del arte en la que se quiera desempeñar. De ahí,
precisamente, la importancia de la educación. La educación demagógica
de los sofistas, son sus censuras ruidosas y sus aplausos exagerados,
hace a los jóvenes ambiciosos llenos de vanidad, por no decir de
conceptos erróneos, que los elevan a donde no deben de ir. El bien
dotado deserta de la filosofía, a la que acude una manada de falsos
filósofos. Los pocos dignos que perseveran quedan aislados e
indefensos, absortos en sus meditaciones.
En cambio, en la
polis justa habrá que afirmar y prolongar la paideia, la buena
educación desde la adolescencia hasta la vejez, en un progreso
constante. Tras el primer ciclo de música y gimnasia, los verdaderos filósofos[v] proseguirán la preparación precisa para poder llegar a
proporcionar, como gobernantes, la justicia a la polis. Serán muy
pocos en número, pues así lo exige la dificultad de que se den en
una misma persona todas las cualidades necesarias. Para asegurar tan
difícil combinación será menester «un largo rodeo» que les lleve
a conocer las virtudes a partir de la relación entre ellas y la Idea
de Bien, «la mayor lección» o «más alto objeto de conocimiento».
Para Platón, el
hombre es una criatura dual, que participa igualmente del mundo de los
sentidos –lo perecedero– y del mundo de las Ideas –lo eterno e
inmutable[vi]. También creía que el alma de cada hombre había
existido en el reino de las Ideas antes de encarnarse. Ya dentro del
cuerpo, sólo recordamos vagamente las Ideas. Las cosas de este mundo
le recuerdan las Ideas. Este recuerdo despierta en el alma un deseo de
volver a la verdadera morada del alma. Desde ese momento, el cuerpo y
el mundo de los sentidos se empiezan a ver como algo imperfecto e
insignificante. El alma ansía liberarse de las cadenas del cuerpo[vii].
Teniendo en cuenta esto, el filósofo debe ir en contra de lo que hace
la mayoría de las personas, las cuales se aferran a las imágenes
imperfectas, a lo mudable y corruptible. Sólo unas cuantas personas
están capacitadas para elevarse a la contemplación de las Ideas:
esos elegidos son los filósofos. Los filósofos, además de todas
estas cualidades, deben ser los menos preocupados por los bienes
materiales ya que «...si se nutren en el mal, son de algún modo
causa del deterioro de su ocupación, y así pasa con los llamados
"bienes", las riquezas y todos los recursos con que está
provisto...»[viii].
Aquí es en donde
encontramos que el verdadero filósofo, debe de utilizar todas las
virtudes para llegar a gobernar bien y a la vez el Estado y su propia
alma, para explicar esto nos remitiremos al pequeño cuadro de la
parte inferior, que nos explica de mejor forma cual es la
correspondencia entre el cuerpo y las partes del alma, y a la vez
estas a las virtudes y a los estamentos sociales que pertenecen al
Estado construido por Sócrates en La República.
Cuerpo
Alma
Interés
Estamento
Virtud
Cabeza
Razón
Conocimiento
Gobernantes
Sabiduría
Justicia
Pecho
Voluntad
Honor
Soldados
Valor
Vientre
Deseo
Placeres
Productores
Templanza
Hay tres clases o
tipos de hombres: a) los artesanos o productores, encargados de
suministrar los bienes económico–materiales; b) los guardianes o
soldados; y c) los gobernantes. Estas tres clases se
"corresponden" con las tres virtudes de la templanza,
fortaleza o valor y prudencia o sabiduría, y con las tres
"partes" del alma: apetitos concupiscibles o deseos,
apetitos irascibles o de la voluntad y razón. La justicia consiste,
como antes, en que cada uno cumpla su propia función. Esto explica
porqué en la obra de Platón, su filosofía política se
caracterizaba por el racionalismo. La creación de un buen Estado
dependía de que fuera gobernado por la razón.
Es la famosa metáfora
del Fedro: el hombre es como un carro de dos caballos dirigidos por el
auriga, que es el intelecto o la razón. Uno de los caballos es «bello
y bueno»; el otro, lo contrario. De ahí que la conducción resulte
dificultosa. O, en otras palabras: en el alma que anima al cuerpo hay
tres "partes": la racional (logos) alojada en la cabeza; la
irascible (el valor), en el pecho; y la concupiscible (el deseo), en
el abdomen. El intelecto debe servirse del valor para dominar los
deseos y conducir al alma hacia su verdadero mundo: el de las Ideas.
El logos puede dar con el verdadero saber, que consiste en recordar lo
que ya se vio en el mundo verdadero. El auténtico conocimiento se
alcanza por el amor, por la atracción hacia el bien. Conocer es amar
el bien y tender hacia él.
El alma siempre
preexiste al cuerpo: si conocer es recordar, el alma ha tenido que
estar antes en contacto intuitivo con las Ideas. De otro modo, el
conocimiento sería imposible. Y el alma es también inmortal: no se
destruye con la muerte. Entre los argumentos platónicos para
demostrar esta inmortalidad destaca uno: sólo se descompone lo que
tiene partes, pero el alma racional es simple, sin partes; y es simple
porque puede conocer lo simple, lo inmutable, las Ideas. El alma no es
visible con los sentidos, pero sí con la inteligencia.
Ahora podemos contar,
como con un pequeño resumen que nos clarifica las ideas de Platón,
en toda su obra, al darnos lo siguiente: la prudencia es la virtud
propia de los gobernantes y se identifica con la sabiduría en sentido
moral, lo ideal es que los filósofos gobiernen o que los gobernantes
sean auténticos filósofos. Para que atiendan a la sabiduría y a
nada más, Platón establece aquella comunidad de bienes y de familia
a la que antes nos hemos referido: es una exigencia de
"eficacia". Esta conclusión es deducible, después de
pensar en los libros V y VI a manera de tesis política y no a manera
de construcción de pensamiento filosófico, pero a la vez nos ayuda a
comprender un poco mejor la concepción final de sus teorías sobre
todo con respecto al conocimiento y a las ideas.
Notas
[i] Cf. Libro VI,
484b.
[ii] Cf. Libro VI, 486b. El filósofo no es servil, es valiente y
poseedor de buena memoria. Estas son algunas de las virtudes propias
del filósofo y a la vez de los que participan de la polis.
[iii] Cf. Libro VI, 486c.
[iv] En este punto del diálogo, se hace una comparación con los
marineros y el capitán del barco. Con esto se busca fundamentar la
teoría de porqué al filósofo lo han de llamar inútil, lo cual
sucede mientras este no sea direccionado a lo que debe hacer y le sea
dado un cargo que sea de utilidad dentro de la polis. En este caso la
culpa no es de la filosofía, sino de quienes no la usan en la manera
correcta. Cf. Libro VI, 488a–490a.
[v] Sobre las cualidades morales e intelectuales que debe poseer
cualquier filósofo verdadero cf. Carta VII, 340c-341a y República
VI, 485b-e, 486c-e. 487a y 490c.
[vi] Cf. Libro VI, 484d. De igual forma este argumento lo podemos
observar mejor expuesto en la teoría de la "anamnesis" o de
recuerdo en el Fedón o en el Parménides.
[vii] Esta parte de la Teoría de Sócrates, está mejor expuesta en
el Fedro (243e-245c), al referirse a los filósofos y el objeto de su
amor.
[viii] Cf. Libro VI, 495a.
a. «Símil
del Sol, hijo del Bien» (508a–509d)
Este símil, nos hace
referencia a lo que nosotros llamamos o conocemos como la "Teoría
de las Ideas" en Platón, de la cual ya hablamos someramente en párrafos
anteriores. Esta teoría nos indica varias formas de ver el mundo en
Platón, en el cual las ideas son entes reales que nos acompañan en
todo momento, y las cuales comparten la universalidad y la unicidad al
mismo tiempo.
Toda esta teoría
tiene que ver con el logos de todas las cosas en general. Para este análisis
asumiremos también fragmentos de la Carta VII[i], ya que es la que
mejor expone todo el entorno filosófico del "mundo de las
ideas", ya que en ella se señala las condiciones necesarias para
la captación de la "cosa en sí, cognoscible y real". Platón
nos plantea el problema del Conocimiento como un ascenso progresivo
del alma, desde las realidades inferiores sensibles hasta la realidad
única superior e inteligible, que es el momento en que llegamos a la
cima de la comprensión de la cosa, convirtiéndose esta en
"idea" o "eidos", este es el prototipo sin tiempo
de toda la realidad existente y de la cual emana toda la verdad y
conocimiento para el hombre. Obviamente en este proceso diferenciamos
la doxa, de la episteme.
Para continuar con la
idea anterior, reafirmaremos que para Sócrates, la virtud es una y
que la virtud es ciencia. Es ciencia del Bien, del Bien único, sol de
lo inteligible que da nacimiento y desarrollo a todo lo que es. Como
el sol hace los colores[ii], el Bien fundamenta el conocimiento, hace
las cosas cognoscibles, es decir, visibles para nuestro ojo
inteligible, del mismo modo que, según Platón, nuestro ojo sensible
emana del sol sensible y de alguna manera, lo figura o imagina. Hay
una diferencia bastante clara, en este momento con respecto de lo que
es la opinión y la verdad.
Ahora queda por
demostrar cómo por medio de esta ciencia, se podía ascender todavía
más, hasta el Bien, que está más allá de la ousía, que
traduciremos a la vez por existencia y esencia: está más allá de
las dos. La existencia del filósofo es existencia paradójica, en el
sentido de que va en contra de la doxa, en el de que hay en él una
tensión. La filosofía misma es ascensión hacia lo inteligible,
contrariamente a lo que piensan los retóricos, amigos de las
palabras. Se destaca aquí también el hecho de hacer a Sócrates más
evidente al hablar por medio de imágenes o a través de mitos. Para
que el lector pueda comprender su irrupción en el diálogo, debe de
recomponerlo en su mente, ya que es puesto como vehículo filosófico
y enmarca la parte más fuerte del argumento, además, siempre que se
utiliza un mito se hace por bien de la investigación, haciendo el logos más inteligible. Por tanto hacen parte de la doxa, de un
conocimiento parcial no-verdadero, insuficiente, incompleto, mudable,
corruptible, por remitirnos aún a lo sensible y no haber obtenido la
esencia de su verdad del mundo inteligible, absoluto, inmutable,
perfecto, el mundo de las formas o ideas.
Es en el fragmento
anteriormente citado de la Carta VII, en donde descubrimos más
concretamente algunas cosas que corresponden a la doxa u opinión de
las cosas, sólo hay manifestaciones parciales, inadecuadas y poco
consistentes de la verdad de la cosa en sí misma. En cambio vemos que
en la episteme (conocimiento verdadero), alcanzamos a vislumbrar con
la inteligencia, la luz de la verdad en toda su magnificencia. Nos
hacemos testigos de lo que las cosas son y de lo que permite que ellas
sean lo que son. Distinguimos las cualidades de una cosa de la esencia
misma de la cosa. Nos adentramos en la idea, prototipo intemporal,
absoluto y eterno de la realidad sensible, condición de posibilidad
de toda realidad posible.
Ahora bien, la
inclusión que hace Platón de la idea de lo "bueno en sí"
en este pasaje, como una idea más dentro del conjunto de formas
inteligibles que la mente humana debe aspirar a contemplar, nos hace
pensar que él habría finalmente comprendido que lo que importaba no
era establecer una jerarquía precisa –cosa por lo demás
imposible– entre las diversas ideas, sino más bien y ante todo,
resaltar la importancia del método adecuado de aproximación a la
verdad: la dialéctica[iii]. Este método, en cierta medida de
herencia socrática, facilita el recto mirar en dirección a la idea
para alcanzar la verdad: la contemplación de la forma pura de cada
cosa, de la cual obtienen su realidad y sentido cada una de las cosas
en general[iv].
Luego de hablar
extensamente sobre el tema, con respecto a lo que es la "Teoría
de las Ideas" en Platón, y teniendo en cuenta todo lo dicho
anteriormente, podemos decir que el Símil del Sol, es la
conceptualización más pequeña que hay sobre la forma de conocer en
los hombres, dentro de todos los diálogos platónicos. A la vez este
pequeño ejercicio, inventado por Sócrates en el momento de su
exposición, nos introduce a otro ejercicio más grande y más denso
con respecto a lo inteligible y lo sensible, dentro de la "Teoría
de las Ideas".
b. Símil de
la línea dividida[v] (509e-511e)
Para analizar de
manera más profunda, este ejercicio propuesto por Sócrates, nos
remitiremos a algunas palabras específicas que se encuentran en el
texto, como es el caso de las palabras: imágenes, animales,
fabricadas, etc. Pero para obtener una mejor impresión sobre lo que
quiero decir, escribo el texto en cuestión y a través de cada
llamado explicaré lo que significa cada palabra nombrada.
«Toma, pues, una línea[vi]
que esté cortada en dos segmentos desiguales y vuelve a cortar cada
uno de los segmentos, el del género visible y el del inteligible,
siguiendo la misma proporción. Entonces tendrás clasificados según
la mayor claridad u oscuridad de cada uno: el mundo visible, un
primer segmento, el de las imágenes[vii]. Llamo imágenes ante todo
a las sombras y, en segundo lugar, a las figuras que se forman en el
agua y en todo lo que es compacto, pulido y brillante y a otras
cosas semejantes, si es que me entiendes.
- Si que te entiendo.
- En el segundo pon aquello de lo cual esto es imagen: los
animales[viii] que nos rodean, todas las plantas y el género entero
de las cosas fabricadas[ix].
- Lo pongo –dijo.
- ¿Accederías acaso –dije yo– a reconocer que visible se
divide, en proporción a la verdad o a la carencia de ella, de modo
que la imagen se halle, con respecto a aquello que imita, en la
misma relación en que lo opinado[x] con respecto a lo conocido?
- Desde luego que accedo –dijo.
- Considera, pues, ahora de qué modo hay que dividir el segmento de
lo inteligible[xi].
- ¿Cómo?
- De modo que el alma se vea obligada a buscar la una[xii] de las
partes sirviéndose, como de imágenes, de aquellas cosas que antes
era ilimitadas, partiendo de hipótesis y encaminándose así, no
hacia el principio, sino hacia la conclusión; y la segunda[xiii],
partiendo también de una hipótesis, pero para llegar a un
principio no hipotético y llevando a cabo su investigación con la
sola ayuda de las ideas tomadas en sí mismas y sin valerse de las
imágenes a que en la segunda de aquello recurría.
- No he comprendido de modo suficiente –dijo–, eso de que
hablas.
- Pues lo diré otra vez –contesté–. Y lo entenderás mejor del
siguiente preámbulo. Creo que sabes que quienes se ocupan de
geometría[xiv], aritmética y otros estudios similares dan por
supuestos los números impares y pares, las figuras, tres clases de
ángulos y otras cosas emparentadas con éstas y distintas en cada
caso; las adoptan como hipótesis, procediendo igual que si las
conocieran, y no se creen ya en el deber de dar ninguna explicación
ni a sí mismos ni a los demás con respecto a lo que consideran
como evidente para todos, y de ahí es de donde parten las sucesivas
y consecuentes deducciones que les llevan finalmente a aquello cuya
investigación se proponían.
- Se perfectamente todo eso –dijo.
- ¿Y no sabes también que se sirven de figuras visibles acerca de
las cuales discurren, pero no pensando en ellas mismas, sino en
aquello a que ellas se parecen, discurriendo, por ejemplo, acerca
del cuadrado en sí y de su diagonal, pero no acerca del que ellos
dibujan, e igualmente en los demás casos; y que así, las cosas
modeladas y trazadas por ellos, de que son imágenes las sombras y
reflejos producidos en el agua, las emplean, de modo que sean a su
vez imágenes, en su deseo de ver aquellas cosas en sí que no
pueden ser vistas de otra manera sino por medio del pensamiento?
- Tienes razón –dijo.
- Y así, de esta clase de objetos decía yo que era inteligible,
pero que en su investigación se ve el alma obligada a servirse de
hipótesis y, como no puede remontarse por encima de éstas, no se
encamina al principio, sino que usa como imágenes aquellos mismos
objetos, limitados a su vez por comparación con éstos, son también
ellos estimados y honrados como cosas palpables.
- Ya comprendo –dijo–, te refieres a lo que se hace en geometría
y en las ciencias afines a ella.
Pues bien, aprende ahora que sitúo en el segundo segmento[xv] de la
región inteligible aquello a que alcanza por sí misma la razón
valiéndose del poder dialéctico[xvi] y considerando la hipótesis
no como principios, sino como verdaderas hipótesis, es decir, peldaños
y trampolines que la eleven hasta lo no hipotético, hasta el
principio de todo; y una vez haya llegado a éste irá pasando de
una a otra de las deducciones que de él dependen hasta que de ese
modo descienda a la conclusión sin recurrir en absoluto a nada
sensible, antes bien, usando solamente de las ideas tomadas en sí
mismas, pasando de una a otra y terminando en las ideas.
- Ya me doy cuenta –dijo–, aunque no perfectamente, pues me
parece muy grande la empresa a que te refieres, de que lo que
intentas es dejar sentado que es más clara la visión del ser y de
lo inteligible que proporciona la ciencia dialéctica que la que
proporcionan las llamadas artes, a las cuales sirven de principios
las hipótesis; pues, aunque quienes las estudian se ven obligados a
contemplar los objetos por medio del pensamiento y no de los
sentidos, sin embargo, como no investigan remontándose al
principio, sino partiendo de hipótesis, por eso te parece a ti que
no adquieren conocimiento de esos objetos que son, empero,
inteligibles cuando están en relación con un principio. Y creo
también que a la operación de los geómetras y demás la llamas
pensamiento, pero no conocimiento, porque el pensamiento es algo que
está entre la simple creencia y el conocimiento.
- Lo has entendido –dije– con toda perfección. Ahora aplícame
a los cuatro segmentos estas cuatro operaciones que realiza el alma:
la inteligencia[xvii], al más elevado; el pensamiento[xviii], al
segundo; al tercero dale el de la creencia[xix] y al último la
imaginación[xx]; y ponlos en ese orden, considerando que cada uno
de ellos participa tanto más de la claridad cuanto más participen
de la verdad los objetos a que se aplica.
- Ya lo comprendo –dijo–; estoy de acuerdo y los ordeno como
dices».
Esta es la última
parte de nuestra aclaración en el texto de lo significa esta
comparación con una línea, pero a la vez creemos que es mucho más
comprensible este mismo ejercicio, cuando hacemos del mismo una figura
ya específica como la que exponemos a continuación:
eikone
(imágenes
zoa ,
etc..(animales, etc)
mathematiké
(matemática)
arkhai
(principios)
eikasia
(imaginación)
pistis (creencia)
dianoia
(conocimiento, discusión)
noesis
(inteligencia)
DOXA (Opinión)
EPISTEME (Ciencia)
Al tener ahora una
mejor representación de este fragmento, el cual a pesar de ser tan
corto podemos decir que una de las partes del diálogo con mayor
contenido filosófico. Además se puede concluir que este texto es el
mayor exponente de la concepción platónica sobre la "Teoría
del Conocimiento", es decir, todo el análisis platónico sobre
lo que es la doxa y la verdad o ciencia, ya que la primera hace parte
del mundo sensible y la segunda del mundo inteligible. A la vez se
demuestra aquí que la primera parte de la línea, es la que pertenece
a los que no quieren ser amantes de la sabiduría y el segundo a los
verdaderos amantes de la sabiduría, y ante todo los que son llamados
a hacer ciencia y a investigar por el fin último de nuestro
pensamiento. Con este texto se termina de manera espléndida el sexto
libro y nos da paso a lo que es la mayor contribución de Platón a la
culminación del Estado ideal, la Alegoría de la caverna.
Notas
[i] Cf. Los pasajes
de la Carta VII al respecto, como lo son los fragmentos del 342b-344d.
[ii] «Bien sabes que los ojos, cuando se los vuelve sobre los objetos
cuyos colores no están ya iluminados por la luz del día sino por el
resplandor de la luna, ven débilmente, como si no tuvieran claridad
de la vista». Cf. Libro Vi, 508c.
[iii] Cf. Carta VII, 344b.
[iv] Explicitaciones sumamente interesantes de la "Idea del
bien" pueden verse en La República, VI, 505a y VII, 517c.
[v] Mediante el Símil de la Línea, Platón intenta describir los
diferentes estados de conocimiento en que el hombre puede encontrarse.
Su descripción es gradual, ya que nos señala los diferentes niveles
del conocer desde el más bajo hasta el más elevado. Según Platón,
el camino de la mente humana desde la ignorancia hasta el conocimiento
verdadero pasa por distintos estadios que se comparan en el texto con
la oscuridad y la claridad.
[vi] Platón hace referencia, de modo general, a dos modos de
conocimiento que son los que se corresponden con la opinión (doxa) y
con la ciencia (episteme). Dentro del ámbito de la opinión se
encuentran a su vez, otros dos niveles que son la imaginación (eikasía)
y la creencia (pistis) y que tienen como objetos respectivos de
conocimiento el mundo de las sombras (eikones) y el mundo de los
cuerpos sensibles (soa). Del mismo modo, en el ámbito de la ciencia,
Platón, diferencia también otros dos niveles de conocimiento. El más
bajo hace referencia al estado mental que se corresponde con el
pensamiento (dianoia) y el más elevado con el de la inteligencia
(noesis). Sus objetos de conocimiento son, respectivamente, los
objetos de la matemática (mathematiká) y las ideas o formas (arjaí).
[vii] Platón parece entender por imágenes las representaciones
duplicadas de la realidad, es decir, las figuras que se forman en el
agua y en todo lo que es compacto, liso y brillante (como puede
suceder cuando nos miramos ante un espejo). También considera como imágenes
a las sombras, es decir, las representaciones mentales confusas y
borrosas en las que muchos sujetos se encuentran. Pues bien, si
llevamos estas afirmaciones al terreno del conocimiento Platón parece
querer señalar con todo ello aquellos estados mentales en que el
sujeto no toma por verdadero ni sus percepciones sensibles (por
supuesto, tampoco sus pensamientos) sino aquello que le han dicho o
que le han contado. Este estado de conocimiento basado en las sombras
es el más bajo nivel de conocimiento en que uno podría encontrarse,
según Platón.
[viii] El grado siguiente del conocer, por encima del mundo de las
sombras, es el estado de creencia (pistis). En este estado de
conocimiento el sujeto toma por verdad el mundo de los cuerpos
sensibles como son los animales que nos rodean y todo el universo de
la naturaleza. Platón estaría cuestionando el estado mental de
aquellas personas que piensan que la base del saber verdadero reside
en el conocimiento de lo particular cuando éste, según él, es mera
apariencia y perpetuo devenir, además, de reflejo de una realidad
inteligible universal.
[ix] Los griegos diferenciaban claramente entre la producción de
cosas naturales (por ejemplo, el surgir de un árbol) y la producción
de las cosas artificiales o fabricadas por el hombre. El arte que
permite tal fabricación es techné (técnica) haciendo referencia a
todo lo que implique tecnología. Pues bien, Platón sitúa el
conocimiento técnico en el ámbito de la creencia o pistis.
[x] Platón diferenciaba entre opinión, conocimiento e ignorancia y
creía que la opinión es un estado intermedio entre el saber y la
ignorancia.
[xi] El segmento de lo inteligible se refiere a la división más alta
de la línea, es decir, la que se corresponde con el mundo de la
ciencia (episteme) y con los estados mentales de pensamiento (dianoia)
y de la inteligencia (noesis).
[xii] Se está refiriendo a la parte más baja del mundo inteligible,
es decir, al estado mental relacionado con el pensamiento (dianoia) y
con los objetos matemáticos (mathematiká).
[xiii] Se está refiriendo a la parte más baja del mundo inteligible,
es decir, al estado mental relacionado con la inteligencia (noeseis) y
con las ideas o formas (arjaí).
[xiv] Platón habla de la geometría y de la matemática como objetos
de dianoia (pensamiento). El alma se encontraría impulsada a
investigar tales objetos con ayuda de imágenes. Así el geómetra se
valdría de figuras o diagramas para llegar, partiendo de algún tipo
de hipótesis, a determinadas conclusiones. Ahora bien, el geómetra o
el matemático, en sus investigaciones, no se interesan por este gráfico
particular o por este triángulo concreto, sino que se representan
realmente el triángulo en sí y no tanto contemplado con los ojos del
cuerpo, sino con los del alma. Pues bien, todo lo dicho explicaría
porqué, con la geometría, estaríamos ante un tipo de conocimiento,
que sería, según Platón, algo intermedio entre lo meramente
sensible y lo puramente inteligible, y el porqué, aunque situado
dentro de la episteme, sería sin embargo, inferior a noesis–arjaí.
[xv] Es decir, el segmento correspondiente con el estado mental de
noesis (inteligencia) y con las ideas o formas (arjai).
[xvi] El método dialéctico, creado, según Aristóteles, por Sócrates
consistía en situar, en primer lugar, un objeto a investigar, por
ejemplo la justicia (República) o el conocimiento (Teeteto) con la
pretensión de llegar a descubrir lo que tal objeto es en sí mismo.
En el proceso de investigación no se utilizan para nada las imágenes
(algo de lo que los geómetras, según Platón, no podrían
prescindir) sino que se procede a base de meras ideas. En Metafísica
(987b), Aristóteles afirma: Platón sostenía que las entidades matemáticas
son algo intermedio entre las formas y las cosas sensibles. Además,
de las cosas sensibles y de las formas dice que hay los objetos de las
matemáticas, los cuales ocupan una posición intermedia, diferenciándose
de las cosas sensibles por cuanto son eternas e inmutables, y de las
formas por cuanto hay muchos que son semejantes, mientras que la forma
misma es única en cada caso. Una posible interpretación a este texto
de Aristóteles es la siguiente: según Platón, la matemática trataría
de particulares inteligibles y no de particulares sensibles; pero
tampoco llegaría a tratar con los universales inteligibles. Así el
geómetra, por ejemplo, habla de dos círculos que se cortan. Al decir
esto, parece evidente que no se está refiriendo en particular a los círculos
sensibles que puede tener dibujados, ya que lo que dice de ellos podrá
valer para otros muchos. Ahora bien, tampoco estaría, según Platón
hablando del círculo en sí o la circularidad. En definitiva, la
dianoia y la matemática se ocupan, en realidad de una pluralidad de
objetos inteligibles. Tales objetos inteligibles no son realmente la
universalidad pura sino que constituyen una clase especial de
inteligibles, superiores a los sensibles particulares pero inferiores
a los inteligibles universales o ideas.
[xvii] En la línea se corresponde con la parte más elevada del mundo
inteligible. Es el estado mental de noesis y sus objetos las ideas (arjai).
[xviii] En la línea se corresponde con el segundo nivel del mundo
inteligible. Es el estado mental de dianoia y sus objetos las matemáticas.
[xix] En la línea se corresponde con la parte más elevada del mundo
sensible. Es el estado mental de pistis y sus objetos los cuerpos
sensibles (soa).
[xx] En la línea se corresponde con la parte más baja del mundo
sensible. Es el estado mental de eikasía y sus objetos son las
sombras (eikones).
LIBRO
VII (514a-541b)
Para analizar de una
manera más concreta esta parte del diálogo, lo dividiremos en cuatro
secciones, las cuales a nuestro parecer, son las que más enfocan el
tema central de la construcción del Estado ideal
a. La Alegoría de la
Caverna, imagen de «nuestra naturaleza en lo que respecta a la
educación y a la carencia de educación» (514a-517a).
b. Aplicación de la Alegoría a los filósofos gobernantes
(517a-521b).
c. Los estudios que deben asegurar la «conversión» del alma hacia
«la más alta lección» (521c-531d).
a. La Alegoría
de la Caverna
A guisa de introducción
al tema de la Alegoría, es bueno saber que cuando Platón nos
presenta su creación cobre la Caverna, lo hace con el fin de
pintarnos la situación humana, a la hora de conocer. Somos
prisioneros, encadenados, que ven desfilar unas imágenes sobre el
muro que está ante nosotros. Si queremos representárnoslas, no ya
enfrentándonos a imágenes, sino a realidades, es preciso que las
imaginemos guiadas por algún hombre superior, para esquivar los
bordes de la Caverna.
Sin duda, serán
deslumbrados al principio, pero estarán en la región de lo
cognoscible, esta región de la que bien podemos decir que está
dominada por lo incognoscible, porque la naturaleza del Bien apenas es
visible y apenas cognoscible, y ese Bien es la causa universal de toda
certeza y de toda belleza, lo mismo que el sol es fuente de las
generaciones sensibles, el Bien, sol inteligible, es fuente de todo lo
verdadero que existe en el mundo inteligible.
El sabio será torpe
sin duda, en las cosas cotidianas; pero esto se debe precisamente, a
que está acomodado a las cosas inteligibles. Los verdaderos filósofos
están liberados de lo sensible y ellos son los que van a fundamentar
la estabilidad del Estado. El problema consistirá entonces en saber cómo
formar al filósofo. Habrá que partir de las ambigüedades de lo
sensible.
Al igual que lo
realizado con el Símil de la Línea, aquí realizaremos una pequeña
investigación respecto a lo que quiere indicar Platón con algunas
palabras dentro de su Alegoría[i].
Alegoría de la
Caverna (Libro VII, 514a-517c)
«- Y a continuación
–seguí–, compara con la siguiente escena el estado en que, con
respecto a la educación o a la falta de ella, se halla nuestra
naturaleza. Imagina una especie de cavernosa[ii] vivienda subterránea
provista de una larga entrada[iii], abierta a la luz, que se
extiende a lo ancho de toda la caverna y unos hombres[iv] que están
en ella desde niños, atados por las piernas y el cuello de modo que
tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia delante, pues
las ligaduras les impide volver la cabeza; detrás de ellos, la luz
de un fuego[v] que arde a lo lejos y en plano superior, y entre el
fuego y los encadenados, un camino situado en alto; y a lo largo del
camino[vi] supone que ha sido construido un tabiquillo[vii] parecido
a las mamparas que se alzan entre los titiriteros y el público, por
encima de los cuales exhiben aquellos sus maravillas.
- Ya lo veo –dijo– ¡que extraña escena describes y que extraños
prisioneros!
- Iguales que nosotros –dije–, porque, en primer lugar, ¿crees
que los que están así han visto otra cosa de sí mismos o de sus
compañeros sino las sombras[viii] proyectadas por el fuego sobre la
parte de la caverna que está frente a ellos?
- ¿Cómo –dijo–, si durante toda su vida han sido obligados a
mantener inmóviles sus cabezas?
- ¿Y de los objetos transportados? ¿No habrán visto lo mismo?
- ¿Qué otra cosa van a ver?
- Y, si pudieran hablar los unos con los otros, ¿no piensas que
creerían estar refiriéndose a aquellas sombras que veían pasar
frente a ellos?
- Forzosamente.
- ¿Y si la prisión tuviese un eco que viniera de la parte de
enfrente? ¿Piensas que, cada vez que hablara alguno de los que
pasaban, creerían ellos que lo que hablaba era otra cosa sino la
sombra que veían pasar?
- No, ¡por Zeus! –dijo.
- Entonces no hay duda –dije yo– de que los tales no tendrán
por real ninguna otra cosa más que las sombres de los objetos
fabricados.
- Es enteramente forzoso –dijo.
- Examina pues, –dije–, qué pasaría si fueran liberados[ix] de
sus cadenas y curados de su ignorancia y si, conforme a naturaleza,
les ocurriera lo siguiente. Cuando uno de ellos fuera desatado y
obligado a elevarse súbitamente y a volver el cuello y a andar y a
mirar la luz y cuando, al hacer todo esto, sintiera dolor[x] y, por
causa de las chiribitas, no fuera capaz de ver aquellos objetos
cuyas sombras veía antes, ¿qué crees que contestaría si le
dijera alguien que antes no veía más que sombras inanes y que es
ahora cuando, hallándose más cerca de la realidad y vuelto de cara
a objetos[xi] más reales, goza de una visión más verdadera, y si
no fuera mostrándole los objetos que pasan y obligándole a
contestar[xii] a sus preguntas acerca de qué es cada uno de ellos?
¿No crees que estaría perplejo y que lo que antes había
contemplado le parecería más verdadero que lo que entonces se le
mostraba?
- Mucho más –dijo.
- Y si se le obligara a fijar su vista en la luz[xiii] misma ¿no
crees que le dolerían los ojos y que se escaparía volviéndose a
aquellos objetos que puede contemplar, y que consideraría que estos
son realmente más claros que los que le muestran?
- Así es –dijo.
- Y, si se lo llevaran de ahí a la fuerza –dije–, obligándole
a recorrer la áspera y escarpada[xiv] subida, y no le dejaran antas
de haberle arrastrado a la luz del sol, ¿no crees que sufriría y
llevaría a mal el ser arrastrado y, una vez llegado a la luz, tendría
los ojos tan llenos de ella que no sería capaz de ver ni una sola
de las cosas a las que ahora llamamos verdaderas?
- No, no sería capaz –dijo.
- Necesitaría acostumbrarse, creo yo, para poder llegar a ver las
cosas de arriba[xv]. Lo que vería más fácilmente serían, ante
todo, las sombras; luego, las imágenes[xvi] de hombres y de otros
objetos reflejados en las aguas, y más tarde, los cuerpos[xvii]
mismos. Y después de esto le sería más fácil el contemplar de
noche[xviii] las cosas del cielo y el cielo mismo, fijando su vista
en la luz de las estrellas y la luna, que el ver de día el sol[xix]
y lo que le es propio.
- ¿Cómo no?
- Y por último, creo yo, sería el sol, pero no sus imágenes
reflejadas en las aguas ni en otro lugar ajeno a él, sino el propio
sol en su propio dominio y tal cual es en sí mismo, lo que él
estaría en condiciones de mirar y contemplar.
- Necesariamente –dijo.
- Y, después de esto, colegiría ya con respecto al sol que es él
quien produce las estaciones y los años y gobierna todo lo que la
región visible y es, en cierto modo, el autor de todas aquellas
cosas que ellos veían.
- Es evidente –dijo– que después de aquello vendría a pensar
en eso otro. ¡Y qué! Cuando se acordara de su anterior habitación
y de la ciencia de allí y de sus antiguos compañeros de cárcel,
‘no crees que se considera feliz por haber cambiado y que les
compadecería a ellos?
- Efectivamente.
- Y, si hubiese habido entre ellos algunos honores o alabanzas o
recompensas que concedieran los unos a aquellos otros que, por
discernir con mayor penetración las sombras que pasaban y acordarse
mejor de cuales de entre ellas eran las que solían pasar delante o
detrás junto con otras, fuesen más capaces que nadie de
profetizar, basados en ello, lo que iba a suceder, ¿crees que
sentiría aquel nostalgia de estas cosas o que envidiaría a quienes
gozaran de honores y poderes entre aquellos, o bien le ocurriría lo
de Homero, es decir, que preferiría decididamente "ser siervo
en el campo de cualquier labrador sin caudal" o sufrir
cualquier otro destino antes que vivir en aquel mundo de los
opinable?
- Eso es lo que creo yo –dijo: que preferiría cualquier otro
destino antes que aquella vida.
- Ahora fíjate en esto –dije–: si vuelto[xx] el tal allá
abajo, ocupase de nuevo el mismo asiento, ¿no crees que se le
llenarían los ojos de tinieblas como a quien deja súbitamente la
luz del sol?
- Ciertamente –dijo.
- Y, si tuviese que competir de nuevo con los que habían
permanecido constantemente encadenados, opinando acerca de las
sombras aquellas que, por no habérsele asentado todavía los ojos,
ve con dificultad –y no sería muy corto el tiempo que necesitara
para acostumbrarse–, ¿no daría que reir y no se diría de él
que, por haber subido arriba, ha vuelto con los ojos estropeados, y
que no vale la pena ni aun de intentar una semejante ascensión? ¿Y
no matarían[xxi], si encontraban manera de echarle mano y matarle,
a quien intentara desatarles y hacerles subir?
- Claro que sí –dijo.
- Pues bien –dije–, esta imagen hay que aplicarla toda ella, ¡oh,
amigo Glaucón!, a lo que se ha digo antes; hay que comparar la región
revelada por medio de la vista con la vivienda–prisión y la luz
del fuego que hay en ella con el poder del sol. En cuanto a la
subida al mundo de arriba y a la contemplación de las cosas de éste,
si las comparas con la ascención del alma hasta la región
inteligible no errarás con respecto a mi vislumbre, que es lo que tú
deseas conocer y que sólo la divinidad sabe si por acaso está en
lo cierto. En fin, he aquí lo que a mí me parece: en el mundo
inteligible lo último que se percibe, y con trabajo es la idea del
Bien[xxii] pero, una vez percibida, hay que colegir que ella es la
causa de todo lo recto y lo bello que hay en todas las cosas; que,
mientras en el mundo visible ha engendrado la luz y al soberano ésta,
en el inteligible es ella la soberana y productora[xxiii] de verdad
y conocimiento, y que tiene por fuerza que verla quien quiera
proceder correctamente en su vida pública o privada».
Luego de haber visto
de manera precisa algunas palabras usadas en la Alegoría de la
Caverna, podemos ver más claramente las diferentes apreciaciones que
existen sobre las teorías propuestas por Platón en toda su obra,
especialmente la que tiene que ver con la "idea del
Bien"[xxiv]. Es necesario mirar siempre hacia el Bien, ya que es
la máxima virtud que puede alcanzar un verdadero filósofo. El filósofo
tiene que ser testigo de lo que las cosas son: nos insertamos asó en
el discernimiento intelectual, distinguiendo las cualidades de una
cosa de la esencia misma de las cosas. Nos adentramos a la idea,
prototipo intemporal, absoluto y eterno de la realidad sensible,
condición de posibilidad de toda realidad posible.
Esto es lo que nos
empieza a remitir la siguiente parte de la división que he realizado
del libro VII, la que tiene que ver con la aplicación de la Alegoría
a los filósofos gobernantes.
Notas
[i] Aún siendo tanto
y tanto lo que se ha escrito sobre la Caverna, no estará demás
alguna pequeña nota al respecto. La caverna puede compararse con una
especie de cinematógrafo subterráneo rectangular en el que los
prisioneros (desmotai) están sentados de espaldas a la puerta y de
cara a una pared (tó katantikry). Detrás de ellos, a cierta
distancia y en plano algo superior –pero dentro del local–, hay un
fuego (phos) encendido, y entre el fuego y los espectadores corta
transversalmente la sala un camino (hodós) algo elevado al lado del
cual –entre el camino y el público– discurre, también
transversalmente, una mampara (teichíon) tan alta como un hombre. De
este modo, al pasar personas cargadas por el camino, tan sólo serán
proyectadas por el fuego sobre la pared del fondo las sombras de las
cargas que ellos transporten, pero no sus propias sombras. Además la
pared del fondo tiene eco, de modo que las palabras pronunciadas por
los porteadores parecen venir de ella (un "Platón" de
nuestro suelo hubiera supuesto un micrófono conectado a un altavoz).
Queda un punto algo oscuro: "la larga entrada, (eisodos) abierta
a la luz, que se extiende a lo ancho de toda la caverna". Es
decir, que es posible salir a la luz del sol desde la cueva –en otro
caso, los encadenados estarían condenados a la cautividad
perpetua–, pero para ello hay que recorrer un largo y escarpado
camino; cosa natural, pues si la entrada de la caverna estuviera
cercana al fuego, la luz del sol que por ella penetrase haría inútil
el empleo de la hoguera como medio de proyección.
[ii] Al igual que en el Símil de la línea, Platón nos muestra los
diferentes niveles de conocimiento desde los inferiores a los
superiores. Existe, sin embargo, una novedad en la Alegoría de la
Caverna: Platón no se limita a señalar, únicamente, tales
diferentes niveles en el conocer sino que nos muestra como la mente
puede ascender desde las secciones inferiores a las superiores y como
tal ascensión implica dificultades y conversiones del alma que
convulsionan al sujeto que las experimenta.
[iii] Si no existiese una larga entrada, entonces la luz del sol podría
penetrar en ella haciendo inútil la existencia de la hoguera como
medio de proyección.
[iv] Representan a los prisioneros dentro de la caverna. No puede
olvidarse que tales prisioneros forman una fila situada, dentro de la
mampara o paredilla y por delante del camino por el que circulan los
porteadores, así como por delante de la hoguera de proyección. Por
otro lado, tampoco se debe olvidar que los prisioneros simbolizan al
alma prisionera en el mundo sensible.
[v] El fuego (phos) de la hoguera se encuentra situado por detrás de
los porteadores y de la pared. Es quien posibilita que las sombras de
los objetos, que transportan los porteadores, se proyecten en la pared
a la que se ven obligados a mirar los prisioneros.
[vi] El camino (hodos) es el lugar por el que pasan en una dirección
los porteadores con estatuas de hombres o animales y, en donde algunos
de tales porteadores conversan entre sí. Tal camino está situado
inmediatamente delante de la hoguera de proyección. Por otro lado,
tampoco se debe olvidar que los prisioneros simbolizan al alma
prisionera en el mundo sensible.
[vii] El tabiquillo o paredilla (teichion) de la que habla la Alegoría
estaría situado por delante del camino por el que discurren los
porteadores. Tendría la altura de un hombre y su función consistía
en no permitir que se proyectasen, en la pared del fondo de la
caverna, las sombras de los propios porteadores sino la de los objetos
que transportan.
[viii] Las sombras (eikones) proyectadas por el fuego sobre la pared
que miran los prisioneros simbolizan el estado mental de eikasía
descrito en el símil de la línea.
[ix] La liberación del prisionero (es decir, del alma) nos sitúa en
un contexto distinto a la mera descripción de los distintos niveles
del conocer, aspecto central en el símil de la línea. Ahora Platón
quiere hacer hincapié en la progresiva ascensión, no sin
dificultades, y conversión del alma hacia nuevas formas de
conocimiento.
[x] Mediante esta expresión, Platón quiere referir la dificultad que
representa abandonar un estado de conocimiento que en uno ha estado
profundamente presente y pasar a otro inmediatamente superior. A esta
altura del símil estaríamos en el momento en que el prisionero
(alma), liberado de sus cadenas que le tenían sujeto a la creencia de
que lo real eran las sombras, (eikasía) se ve obligado a mirar hacia
atrás y contemplar la luz del fondo de la caverna lo que le producirá
ceguera momentánea, dolor y perplejidad.
[xi] Significa la llegada del prisionero a la altura de la paredilla y
el camino por el que discurren los porteadores transportando sus
objetos. Significa también el paso del estado mental de eikasía al
de pistis. Y, por último, significa también que el paso de un estado
mental a otro y conversión del alma.
[xii] Referencia al método dialéctico socrático basado en la
interrogación y el sistema de preguntas y respuestas tal como Platón
pone de manifiesto en sus diálogos.
[xiii] Mediante este concepto, Platón expresa la llegada del
prisionero, dentro de la caverna a la luz de la hoguera, la cual a su
vez simboliza el salto del mundo sensible (doxa), al mundo de lo
inteligible (episteme). De nuevo, la sensación de dolor en los ojos y
los deseos del prisionero de volver hacia atrás, es decir, hacia el
mundo de las sombras y de objetos, nos hacen ver que, para Platón, la
conquista de la verdad tiene que pasar necesariamente por luchas y
conversiones personales.
[xiv] Con la idea de la subida escarpada, que conduciría al
prisionero a la salida de la caverna y a la visión de la luz del sol
(símbolo de la idea del Bien), Platón hace referencia a la gran
dificultad que representa tanto dar el salto de lo sensible a lo
inteligible; como el avanzar, en el conocimiento, dentro del mismo
mundo de lo inteligible. Incluso están presentes en el símil de la
caverna las ideas de "obligación" y de "arrastre"
(mediante el convencimiento racional, aunque Platón no llegará a
excluir el uso de la fuerza) del prisionero al mundo de la luz del
sol, es decir, del mundo de lo propiamente inteligible (noesis).
[xv] Es decir, el mundo de lo inteligible (episteme).
[xvi] Es decir, los objetos (eikones) correspondientes al estado
mental de eikasía.
[xvii] Es decir, los objetos (soa) correspondiente con el estado
mental de pistis.
[xviii] Metáfora con la que Platón expresa la experiencia del mundo
inteligible pero en su fase de dianoia.
[xix] Metáfora con la que Platón expresa la visión del mundo
inteligible pero en su fase de noesis.
[xx] Platón plantea en la Alegoría la necesidad, por parte del
prisionero, de volver a la caverna con el objetivo de hacer comprender
a los otros prisioneros la necesidad de salir de la ignorancia y
alcanzar la luz. No existe, por tanto, en Platón, una mera dimensión
teórica del saber sino también de la práctica.
[xxi] Clara alusión a lo sucedido a Sócrates, condenado a muerte,
según Platón, por intentar iluminar y liberar a los jóvenes
atenienses prisioneros de la ignorancia. Otros prisioneros de la
caverna le acusarían de corromper a la juventud.
[xxii] En el libro VI de la República (505a-509d), Platón realiza
una exposición de la Idea del Bien que es necesario entender para
situar correctamente tal concepto en el Símil de la caverna . Allí
habla del sol como el "hijo del Bien" para dejar claro lo
siguiente: una cosa es el bien "en sí", propio del mundo
inteligible y otra es el sol sensible que, metafóricamente, podría
denominarsele "hijo del Bien" por la función que juega
dentro del mundo sensible. Y es, señala Platón, que del mismo modo
que en el mundo visible el sol es quien realmente peromite que el órgano
más parecido a él, es decir, el ojo-visión, cuando dirige su mirada
a las zonas iluminadas por él (sol), pueda ver, por la luz, los
colores y solamente, ver sombras y oscuridad cuando mira a zonas no
iluminadas; así también, en el mundo inteligible, el bien permite
que el órgano más afín al mismo, es decir, el alma, al dirigir su
"mirada" a la "zona iluminada" por la verdad y el
ser, pueda tener conocimiento cierto y verdadero, mientras que si pone
su atención en zonas no iluminadas por la luz del Bien, solamente
tendrá opinión. Platón diferencia entre la visión como facultad
que nos permite realizar una función. El ojo como acto de ejercitar
tal función. Lo visto como sinónimo de cosas sensibles sobre las que
puede ejercerse la función-acto. Del mismo modo que el ojo es un órgano
corporal, el alma, según Platón, sería un órgano espiritual. Pues
bien, en relación con lo inteligible, habría que diferenciar entre
el alma como la facultad que nos permite realizar una función. Lo
inteligible cono sinónimo de las Ideas o Formas. Platón señala que
no puede confundirse el Sol con la luz que ilumina sus zonas de
influencia. Tampoco puede confundirse el Bien con sus zonas de
iluminación, es decir, la verdad y el conocimiento.
[xxiii] Del mismo modo que el sol es causa del nacimiento y generación
de las cosas en el mundo visible y, sin embargo, él no es generado en
el mismo sentido o del mismo modo que lo son las cosas sensibles: así
también el bien es, por un lado, la fuente y la causa de la verdad y
del conocimiento ya que permite que, mediante su luz, el alma pueda
acceder a la verdad; y por otro, es también causa del mundo de las
esencias o ideas, pero a su vez estaría situado por encima de las
mismas ideas.
[xxiv] En Rep. VI, 505a y VII, 517c encontramos una apreciación más
clara sobre esta.
b. Aplicación
de la Alegoría a los filósofos gobernantes (517a-521b)
Es aquí donde
nosotros podemos encontrar la finalidad de la alegoría, Platón en
este momento pone en boca de Sócrates, una serie de preguntas a
manera de análisis de su relato, para que con la ayuda de Glaucón,
siguiera investigando la forma de acercarse más a la idea del Bien,
no solo por parte del filósofo, sino también llevando a la polis a
ese estado de verdad.
La utilización de
los relatos dentro del esquema de un diálogo o discusión platónica
para llegar a un fin es esencial. Ya Platón nos había demostrado
como sus teorías sobre el conocimiento, o sobre las ideas, a través
de relatos cortos como es el caso del Símil de la línea dividida o
del Símil del sol, expuestos anteriormente. Creemos que estos relatos
no pretender formar una opinión, al contrario lo que buscan es
acercarse de manera clara y distinta a través del discurso de la
verdad, es decir, a través de las enseñanzas impartidas por los
"amantes de la sabiduría" o filósofos, en este caso por
intermedio de Sócrates y los que siguieron su doctrina, más no de lo
que comparten la opinión de los demás.
Ya no es la utilización
de un "cuentico" o de un ejercicio para que Glaucón
comprenda como es la imagen del que debe guiar los destino de los
ciudadanos de la polis (el filósofo-rey o filósofo-gobernante), de
lo que es bueno o malo para el Estado que están construyendo,
proponiendo a los filósofos, como los hombres más capacitados para
desempeñarse en el cargo de adminsitradores de los bienes del Estado.
Es a la vez una parte
del diálogo en donde se explica que la Alegoría es una forma de
caminar hacia la idea del Bien, eliminando los problemas de la
percepción de todas las ideas en sí, como es el caso de no percibir
completamente la idea de Justicia, que es la que debe de ser inherente
en su conocimiento al que quiera gobernar. Dice además Platón que,
para poder conocer se debe tener una disposición en el alma y
contemplar las cosas, para llegar a los que son en sí[i].
En este sentido, el
filósofo por haber sido iluminado primero por la idea del Bien, como
un sol al que debemos remitirnos todos, será el llamado a dirigir los
designios del Estado, a encaminar a la polis hacia los justo, lo bello
y lo bueno[ii]. A la vez que puede que el filósofo sea tomado en
broma o burlado, ya que por ser designado para tal fin no se le ocupe
en lo que sido formado, llevando a que se hagan guerras internas por
el poder (o como las llama Platón "guerras intestinas"),
como si fueran hermanos por un "mismo pan" y no por quien
debería dividir mejor ese "pan"[iii]. Para evitar esto,
Platón propone que no a todos se les permita ascender al mundo de las
ideas, a conocer el sol, solo a quienes no busquen el bien propio sino
el de la comunidad.
De esta manera,
concluye toda la explicación de lo que es el quehacer de los filósofos-reyes,
los llamados a conducir mejor el Estado y de disponer mejor del
conocimiento del sol: la Idea del Bien.
c. Los estudios que
deben asegurar la "conversión del alma hacia la "más alta
lección"
En esta sección del
libro VII, Platón hace una distinción muy clara de las creencias en
las que se debería formar al filósofo, la cual será las más
provechosa dentro de su esquema del estado ideal. Nos recuerda esta
parte del discurso lo tratado en el diálogo con Gorgias[iv], en donde
el arte (techné) que se practique hace al alma del hombre expuesto
ante tal, de esa manera, por ejemplo, la arquitectura hace al hombre
arquitectural, al músico lo hace más armonioso, etc. De esta manera
es comprensible la recomendación por las artes específicas en las
que debe tener conocimiento total el filósofo.
Se expone primero la
importancia de los números, especialmente del cálculo, ya que estos
conducen de mejor manera al alma hacia lo inteligible, por tanto quien
haga uso de esta parte del conocimiento, acostumbrará su alma a ir más
fácilmente al mundo de las ideas, a la ciencia (episteme), alejándonos
de la opinión (doxa), del fondo de la caverna a la luz de la Idea del
Bien. Para explicar esto de mejor forma, Sócrates hace uso de un
ejercicio con Glaucón a través de los dedos[v], afirmando que hay
objetos que estimulan la inteligencia y otros no, es decir, la
percepción de lo sensible, no nos ayuda en el acto de conocer, por
darnos una "idea" de algo, más no lo objetivo del
conocimiento. Al aprender se debe distinguir lo que hace que el objeto
sea ese y no otro, pero todo esto es producto de la contemplación (theoria),
es lo que estimula el alma al conocimiento. No es el percibir el
objeto lo que nos hace conocer, sino su contemplación y su ser lo que
hace aprehenderlo en el alma y extrayendo su universal para luego
unirlo a lo que es la idea[vi].
Otra materia que
ayuda en la formación del filósofo es la geometría[vii], ya que es
la que "fuerza al alma a girar hacia el lugar en el cual se halla
lo más dichoso de lo que es, que debe ver a toda costa", por
dedicarse al estudio "de lo que siempre es", de lo
inmutable, acostumbrando al alma a quedarse con lo que siempre es y no
ha de cambiar, al igual que las ideas. Pasamos luego al estudio de la estereometría[viii], que por hacer parte de la geometría, también
nos ayudará a formar un buen filósofo. Pasamos luego a lo que es la
astronomía[ix], la cual "obliga al alma a mirar hacia arriba y
la conduce desde las cosas de aquí a las de allí en lo alto",
indicándonos con esto que por haber sobrepasado a lo sensible, el
alma ahora ya acostumbrada a conducirse hacia las ideas, y no puede
alejarse de la idea suprema.