Que
lo político no siempre se da dentro de los límites de lo ético, es
un hecho que se muestra a lo largo de la historia de occidente. Por
otro lado, desde la constatación de que el hombre es un animal político,
el pensamiento humano ha elevado esta actividad a un lugar de
privilegio dentro de sus restantes preocupaciones.
Fue el pueblo de la
Grecia clásica, cuna de occidente, el primero que da cuenta de este
hecho. Es acá donde nos encontramos con un hombre que necesita de la
"polis" y que participa de la responsabilidad de pensar los
problemas que conlleva la vida en sociedad y su conducción. Dentro de
este ámbito es, quizás, de la mayor importancia plantear la cuestión
de la posibilidad y de las características de la relación
entre política y moral.
Se
trata con esto de sopesar un mal que se sospecha: el quehacer político
desgarrado de un horizonte moral. De una política inspirada en preceptos
maquiavélicos donde la lógica interna de los hechos posibilita a un
gobernante, quien procura ser más temido que amado, a usar todos los
medios a su alcance para lograr un fin político que supone bueno: el bien
común por sobre el bien individual.
DATOS AUTOR
Perfil/Área trabajo
Profesor Filosofía Colegio Santa María (La
Florida).
La política
como el ejercicio desnudo del poder, como la fuerza al servicio de una
determinada idea, se ha convertido -de un tiempo a esta parte- en un
lugar común de nuestra historia moderna. Pero la sospecha no se agota
con lo anterior, subsiste un riesgo mayor; más grave porque se
desliza en silencio, de soslayo y casi imperceptible para una reflexión
poco aguzada. El siglo veinte vio como la democracia omni-participativa
(democracia que no siempre fue el gobierno de "todo" el
pueblo) se instala incuestionable en el centro de la macropolítica.
Luego del advenimiento del "voto universal" y la
"muerte de las ideologías" los paradigmas que alguna vez
sustentaron, con verdad o no, el curso de la organización social
dieron paso a un pluralismo insustancial donde lo convencional es la
regla. Las bases de la política occidental se nihilizan dejando sólo
estructuras de mercado que no deja ver su sentido porque carece de él.
El
pueblo griego, ya está dicho, dio cuenta de la necesidad de plantear
este problema. Es a la luz de una de sus más nobles representantes,
que este escrito pretende mostrar la necesidad de que la política se
desenvuelva dentro del ámbito de lo moral, campo que encierra una
Verdad que se sabe y hace de la política una ciencia que tiene sus
fundamentos en un conocimiento. Se pretende acá, además, fundamentar
-al menos en bosquejo- la posibilidad cierta de que esto ocurra.
La
lectura de la obra platónica nos muestra su tenaz defensa de una política
que debe realizare dentro del ámbito de lo ético. No en cuanto la ética
es una parte informadora, complementaria o eventualmente instrumental
y, por tanto, prescindible de la política; sino en cuanto la política
se subordina al ámbito ético como una vía efectiva para ejercer, no
sólo una moral social sino también, una moral individual. La política
es acá medio e instrumento de la realización del bien dentro de lo
social. Más aun, la política se constituye como único medio para
ejercer una moral social.
Es
necesario entonces, que la polis sea conducida por una política y por
políticos verdaderos, ya que son ellos los únicos llamados a
realizar los fines antes señalados.
Una
política verdadera es aquella, reiterémoslo, que se desarrolla
dentro de los límites de lo ético. Esta es al parecer, la intención
de Platón al escribir el Gorgias: plantear la cuestión de los
principios morales que deben informar el bien político.
Antes
de demostrar que esto es así, nuestro filósofo tiene que hacerse
cargo de tres importantes cuestiones previas. Más exactamente, debe
derribar tres tesis que gozaban de gran prestigio en la época socrática
y que no nos costaría vislumbrar en nuestra sociedad:
1.
La política debe ser diferenciada de la retórica. Actividad que no
tiene como sustrato el conocimiento del bien y, por ende, de lo moral.
Es el diálogo de Sócrates con Gorgias.
2.
Polo, el segundo en dialogar con Sócrates, acepta la conclusión
anterior ya que, para este personaje, no es necesario conocer la
justicia pues el hombre injusto es también feliz.
3.
Sócrates logra eclipsar la tesis de Polo pero debe enfrentar a Calícles,
su más mordaz contrincante. Este último pretende fundamentar,
utilizando la diferencia entre naturaleza y ley positiva, la
conveniencia de cometer injusticia. Con esto Calícles logrará
separar definitivamente a la política de su fondo moral.
A
lo largo del texto se dan elementos dialógicos que de alguna manera
apuntalan la postura platónica. Primero, Platón hace hincapié en
evitar un debate erístico o retórico llevando a sus interlocutores a
un diálogo, entendiendo a este en su más originario sentido, como
una búsqueda amorosa de una Verdad intersubjetiva.
En
segundo lugar, Platón conduce a los interlocutores de Sócrates a una
necesaria contradicción en sus postulados. Muestra así, además de
la inconsistencia lógica del lenguaje, un notorio distanciamiento de
cualquier precepto moral. Con esto Sócrates provoca la vergüenza y
el silencio de los que al principio fueron tenaces adversarios.
Por
último, el diálogo permite a Sócrates señalar cuales son sus
fundamentos más profundos para sustentar la inspiración metafísico-moral
de su visión de la política. Veamos cuales son los detalles de los
pasos antes señalados:
1. Sócrates y Gorgias. Es fácil confundir la retórica con la política.
Dejar sin más que esto ocurra implicaría un gran costo. La intención
general de este diálogo y en especial de la discusión de Sócrates
con Gorgias es distinguir la retórica como un "instrumento de
acción política" de la política como una "parte de la
moral".
Arriesguemos
acá un juicio aun mayor. Parece ser que todo el pensamiento platónico
pretende fundar el sentido de la vida humana en la Verdad, en la
suprema idea del Bien en si y apartarlo del devenir y el relativismo,
que sólo promete a la vida del hombre una existencia condenada a un
mundo ilusorio que oculta el fin más propio: La Belleza, El Ser.
La
Discusión de Sócrates con Gorgias trata de dilucidar "qué es
lo que Gorgias proclama y enseña y cuál es el poder de su
arte". En definitiva se quiere saber qué es Gorgias o, lo que es
lo mismo, qué es la retórica.
Gorgias
se declara orador [retor] y maestro capaz de hacer oradores a los demás.
Junto con esto Gorgias precisa que la retórica se ocupa de los
discursos, pero no de cualquier discurso sino de los que persuaden por
medio de la palabra en asuntos públicos. Encontramos acá una primera
aproximación a la definición de retórica como "arte de la
persuasión".
Esta
no es cualquier persuasión, sino aquella que "se ocupa de lo
justo y de lo injusto". En este punto nos encontramos con dos
tipos de persuasión: primero, la persuasión de la ciencia que está
informada por un saber, y que puede dar lugar sólo a la Verdad. Por
otro lado, la creencia también persuade pero ella no está informada
por el saber, la materia misma de este último tipo de persuasión
puede ser verdadera o falsa. Gorgias acepta que la persuasión que da
lugar a la retórica es aquella que nace de la creencia y que, por
tanto, la retórica no está informada por un saber. El orador no enseña
lo que es justo o injusto sino sólo lo que persuade a este respecto.
Con esto Gorgias acepta que "algunos retóricos no actúan
justamente" y no es absolutamente necesario que la retórica
conozca los objetos en si con el fin de cumplir con el objetivo para
el cual está hecha.
Por
otro lado, Gorgias reconoce que "conocer lo justo y lo injusto es
algo necesario para el retórico". Aceptamos acá el supuesto
platónico: quien conoce la justicia no puede sino actuar justamente.
Si formulamos la última tesis formulada por Gorgias de esta manera:
"todos los retóricos actúan justamente" (porque conocen la
justicia) y lo enfrentamos con el juicio anterior: "algunos retóricos
no actúan justamente" la contradicción lógica se hace
evidente.
En
definitiva, la retórica no conoce la justicia ni ningún objeto en
si, dicho de otro modo, la retórica no está informada por ningún
objeto metafísico-moral. La retórica no es, por tanto, un arte sino
una práctica destinada a persuadir pero en el sentido de la creencia
buscando siempre su propio beneficio y apartada de la causa justa.
La
retórica no es política, en cuanto esta última es parte de la moral
y que, por tanto, necesita de la luz del Bien en sí.
Gran
parte de la discusión entre Sócrates y Gorgias se basa en un
supuesto preestablecido y ampliamente aceptado por los personajes del
diálogo: "el que conoce el bien no puede sino actuar bien",
más precisamente, el que conoce la justicia no puede actuar sino
justamente. Que el mal se hacia por ignorancia era ya una creencia
arraigada en el pueblo griego.
2.
Sócrates y Polo. Polo cree que Gorgias ha cometido un error al
aceptar que la retórica necesita conocer la justicia. Polo sostiene a
lo largo de su intervención que "el hombre injusto es
feliz" y la retórica, en cuanto puede enmascarar a la verdadera
justicia, serviría a sus propósitos.
Para
hacerse cargo de esta tesis, Sócrates luego de sucesivas
aproximaciones, da una nueva definición de retórica. Sabemos ya que
la retórica no es una técnica sino una práctica de -ahora
especificamos- causar agrado y placer, es decir, una parte de la
adulación que se constituye, a su vez, como "un simulacro de una
parte de la política"
Para
explicar esto Sócrates plantea un símil. Suponiendo la dualidad
alma-cuerpo y que la justicia se da en el ámbito del alma; al igual
que la medicina se da en el ámbito del cuerpo, la retórica sería a
la justicia lo que la culinaria es a la medicina.
La
culinaria se da en y para el cuerpo pero como mera adulación, preocupándose
sólo del agrado y del placer. La culinaria no ofrece al cuerpo una
Verdad, un saber; como lo hace el arte de la medicina.
De
igual manera la oratoria busca adular a las almas. Se convierte así
en una parte ficticia de la política buscando sólo justificar a los
injustos.
El
alma (nous) gobierna y distingue al cuerpo de sí misma[1] ,
separando, además, la verdad de la apariencia. Si realmente es el
alma el que gobierna al cuerpo el individuo puede y debe actuar en
vistas del bien. Pero si la política y con esta el alma, se deja
llevar por la inautenticidad de la retórica, el hombre se aparta del
Bien en sí, cayendo en la mayor- de las desgracias: la vacua
superficialidad. Justificado enlace tiene en este lugar una de las más
importantes tesis que podemos desgranar de El Gorgias: "el mayor
mal es cometer injusticia"[2] .
El
hombre injusto no participa de la política sino al modo de un
"simulacro" evidenciando que su alma no es capaz de
diferenciar la Verdad de la apariencia. Para el hombre injusto el
mayor de los bienes es el castigo, mediante este nos liberamos del
mayor daño: La maldad. El castigo modera a los hombres y los hace más
justos[3] . El que hace un mal y no lo paga vive en un mundo de ilusión
y error, lejos de la Verdad y la auténtica felicidad. Cometer
injusticia es un gran mal, pero es aun peor hacer el mal y no pagar la
pena.
La
retórica es, para los fines anteriores, inútil y amenaza la
finalidad humana de buscar y visualizar el Bien en sí. En caso de
tener la retórica alguna utilidad debería librarnos de la injusticia
y no encubrir esta con un falso velo de felicidad.
Es
evidente que todo el pasaje donde discuten Sócrates y Polo se basa en
el supuesto de la dualidad alma–cuerpo y la supremacía que la
primera tendría sobre el segundo, en cuanto lo limita y conduce.
3.
Sócrates y Calícles. Recapitulemos:
la retórica se aleja de la política en cuanto la primera no conoce
los objetos en sí; y, en especial, la justicia. Con Polo descubrimos
que la injusticia proclamada por la retórica no hace al hombre feliz
sino que, por el contrario, impide al alma el acceso a la verdad. Pero
nos falta revisar a un singular personaje. Calícles parece aceptar
todo lo anterior: Es peor cometer injusticia que recibirla pero,
agrega, sólo en el campo de la ley. Para este nuevo interlocutor de Sócrates
existiría otro campo, a saber: el de la naturaleza. Es acá
donde sería mejor cometer injusticia que recibirla. Nos encontramos
con el "Vitalismo". Las cosas se complican aun más cuando Calícles subordina la ley a la naturaleza.
La
distinción entre naturaleza y ley determinaría el fundamento de una
teoría de la justicia. Estas bases deben estar en la vida misma en
cuanto es este el escenario donde se despliega la naturaleza y, por
tanto, las relaciones de poder.
La
contrapartida socrática comienza clarificando un término clave: el
poderoso es definido en definitiva como "el mejor" y los
mejores son "los más aptos".[4] Y, forzando una segunda
definición, "los mejores son los de mejor juicio". De lo
anterior se deduce que "lo justo por naturaleza es que el mejor y
el más juicioso gobierna a los menos capaces y poseen más que
ellos", en cuanto se refiere al gobierno de la ciudad. Según Calícles
el "vivir recto" de los poderosos está lejos del
"dominio de sí mismos", sino que la vida recta consiste en
permitir que los deseos se incrementen y se sacien. Esto es, para Calícles,
el "deber ser".
Sócrates,
en cambio, sostiene que "son felices los que no necesitan nada[5]
". En efecto, el cuerpo (soma) es una tumba (sema) para el alma.
Esta alma dócil y obediente sería como un tonel. Si este tonel no
está agujereado y contiene bien su líquido no "necesita" y
es feliz. Pero si el tonel está perforado estaría constantemente
insatisfecho.
Calícles
insiste en que una vida feliz no puede ser una existencia inerte que
no acrecienta y satisface sus placeres. Más aún, afirma la identidad
entre placer y bien.
No
obstante, Calícles es obligado a cambiar de tesis. En cuanto los
deseos cesan con los placeres y los bienes no cesan con los males, el
bien y el placer no son los mismos[6] . Se debe preferir practicar los
placeres buenos. Calícles se suma a la tesis que ya Sócrates había
concordado con Polo: "el fin de las acciones es el bien[7]
".
Recordemos
que hay ciertas prácticas que se hacen sólo por placer y otras que
se ejecutan distinguiendo el bien del mal. Según lo anterior existiría
una retórica que Sócrates califica de "hermosa", esta
procuraría el bien no importando ser agradable. La "retórica
hermosa" concordaría con un vitalismo entendido como "el
arte de satisfacer los deseos cuyo cumplimiento hace mejores a los
hombres". La retórica, entendida de esta forma, debe seguir
cierta línea preestablecida (eidos) que dé orden y concierto al
alma, una norma y una ley que haga justos y ordenados a los hombres.
Esto es la justicia.
En
conclusión, y refutando definitivamente la postura calicleana,
podemos afirmar que "la represión (impuesta por el eidos y la
justicia) es mejor para el alma que el desenfreno[8] ".
Se
cierra así la problemática abierta por Calícles y la política se
salva, una vez más y para siempre, de la imposibilidad de ser
inspirada por principios metafísico-morales.
Nuevamente
Platón pone como supuesto indiscutible y que posibilita toda la
estructura argumental, la dualidad alma-cuerpo. Esta vez relacionando
el cuerpo con una tumba del alma, como un aparataje prescindible y
menos importante. El privilegio de la conducción es, sin duda, del
alma. Este destacado lugar es hermosamente mostrado por Platón en el
mito sobre el juicio de los muertos y en el destino final del alma,
hacia el final de el Gorgias.
En
otro orden de cosas, la estructura formal de el Gorgias es impecable.
Sócrates sabe que se enfrentará con personajes que manejan muy bien
la retórica. Ellos tratarán, naturalmente, de usar todos los
argumentos erísticos o sofísticos a su disposición. Se trata de
vencer en el debate y cualquier medio es adecuado para esto. Demás
está decir que en el debate la verdad se "ha mandado de
paseo" como el mismo Sócrates lo afirma en otros diálogos.
Mas,
para debatir se necesitan al menos dos interlocutores. Sócrates,
consciente de esto, hace constantes llamado al "diálogo", a
una "palabra con logos", razonada, donde el fin no es únicamente
la victoria individual sino, ya está dicho, la amorosa búsqueda de
la Verdad. Sócrates pone, a lo largo de la discusión, condiciones
para que esto se dé: brevedad en lo que se dice, responder
directamente a lo que se pregunta, la recíproca refutación y la
amistosa aceptación de esta, son algunas de las condiciones para este
"dia-logo"[9] .
La
estructura gruesa también nos parece acertada y omniabarcadora. El
objetivo fundamental es "discutir sobre los principios morales
que nos conducen al bien político" o, lo que es lo mismo, la
fundamentación ética de la política. Sócrates debe enfrentar
primero los posibles obstáculos con los que este planteamiento se
encontrará: primero con la confusión entre política y retórica,
amalgama que transformaría a la primera, en un medio para el
ejercicio desnudo del poder. Aún superado esta confusión se debe
enfrentar la posibilidad de que la política no necesite una
fundamentación ética, pues, el hombre injusto sería feliz. Superado
esto queda el más fuerte de los argumentos: El Vitalismo, la superación
de este último dará paso a al posibilidad cierta de que la política
sea una parte de la moral.
No
obstante, existe un tercer elemento donde nos parece necesario un
nuevo giro de la reflexión. Los fundamentos más profundos del diálogo
son aceptados, como presupuestos, sin mayor discusión por los
interlocutores de Sócrates. Argumentos que son mostrados sólo por la
vía mítica. Nos referimos a la dualidad alma-cuerpo, a la
inmortalidad de la primera y a la consiguiente "teoría de la
reminiscencia".
El
Menón, breve diálogo donde se muestran algunas de las principales
tesis del pensamiento platónico nos muestra la "creencia"
en la inmortalidad del alma desde donde se deduce la teoría de la
reminiscencia:
"El
alma, pues, siendo inmortal y habiendo nacido muchas veces, y visto
efectivamente todas las cosas, tanto las de aquí como las del Hades,
no hay nada que no haya aprendido; de modo que no hay de qué
asombrarse si es posible que recuerde, no sólo la virtud, sino el
resto de las cosas que, por cierto, antes también conocía. Estando,
pues, la naturaleza toda emparentada consigo misma, y habiendo el alma
aprendido todo, nadie impide que quien recuerde una sola cosa –eso
que los hombres llaman aprender–, encuentre él mismo todas las demás,
si es valeroso e infatigable en la búsqueda. Pues, en efecto, el
buscar y el aprender no son otra cosa, en suma, que una
reminiscencia.[10] "
Luego
de esta deducción mítica de la doctrina de la reminiscencia, Platón
demuestra esta mediante una "experiencia"[11] Se trata de
hacer "recordar" a un esclavo un teorema geométrico que no
le ha sido enseñado sino que su alma habría conocido en un mundo
anterior que no es el nuestro. Este hecho cerraría el círculo y nos
permitiría inferir la preexistencia del alma; conocer no es sino
recordar.
Dicho
de otro modo, ser justos es haber conocido la justicia con
anterioridad. El injusto es el que no ha podido realizar este
ejercicio. Luego, el que conoce la justicia en sí, no puede sino
actuar justamente.
La
justicia y la injusticia no pertenecen al mismo género, no tiene un género
común. La justicia, en cuanto técnica, en cuanto conocimiento, como
toda técnica en general, no tiene un contrario que se sitúe en el
mismo nivel de comportamientos. La oposición que los separa no es la
de ser dos extremos de un mismo género de acciones, es la distancia
que media entre el saber y la ignorancia[12] ."
El
tenor de estos argumentos míticos nos parece, al menos, que poseen la
dificultad de interpretación que todo mito tiene. Aún más, este
verdadero soporte de todo el edificio platónico parece débil y sólo
objeto de "fe" o de "confianza" enfrentado con
otros sistemas que ven en la metafísica un conjunto de
"ideas" difícil de convertir en un moderno y fundado
conocimiento científico.
Aun
cuando la interpretación mítica no fuera argumento suficiente, el
edificio platónico seguiría en pie. Existe otra puerta, quizá no
muchas veces atravesada. Todo el Gorgias está marcado por la pronta
muerte del maestro Sócrates. Es él, con su singular sistema de vida,
quien mejor avala su propio pensamiento. Si Sócrates no hubiera hecho
lo que hizo, no hubiera actuado según sus propios principios. Si no
hubiera dado la vida por la Verdad, por cierto que todo el Gorgias,
todos sus argumentos y sus figuras míticas serían letra muerta. Sócrates
con su vida diaria y especialmente en el momento de su muerte convirtió
en realidad esa virtud que se recibe como un don cuando uno conoce el
Bien en sí, en un mundo que, sin duda, no es el mundo sensible.
Hablamos
de la condición "poiética" del hombre, tan bien descrita
en las últimas líneas del discurso de Diotima en el Symposium:
"Luego,
en resumidas cuentas, el objeto del amor es la posesión constante de
lo bueno. (…) Pues bien –dijo Diotima, ya que el amor es siempre
esto, ¿de qué modo deben perseguirlo los que lo persiguen y en qué
acción, para que su solicitud y su intenso deseo se pueda llamar
amor? ¿Qué acción es por ventura esta? (…) Pues bien –replicó
[Diotima] yo te lo diré. Es esta acción la procreación en la
belleza tanto según el cuerpo como según el alma.[13] "
El
deseo de poseer lo bueno y lo bello, por desconocidas y lejanas que
estas ideas nos parezcan, se transforman, en un deseo de crear, de
conducirse "prácticamente" hacia el bien en sí. Pero este
ímpetu de acción práctica jamás sería posible sin antes
visualizar, de alguna manera, el Bien y la Belleza en sí y, luego, de
tener conciencia del momento inexorable de la muerte o, lo que es lo
mismo, de la finitud humana.
Cuando
el hombre se ha dado cuenta, por alguna misteriosa vía, de lo que es
bello y bueno, del Ser, y cuando constata su finitud en vistas de la
brevedad de la vida; reconocer, a la vez, que debe "actuar"
para seguir -al menos acercándonos- a aquello que es infinitamente
amable. Esto hace del hombre un ser moral.
En
Sócrates coincide este momento supremo de hacer prácticos y, por
consecuencia, convertir en realidad sus principios con el momento de
su muerte física.
Podemos
no creer en las bases argumentales sustentadas en la inmortalidad del
alma, pero no podemos negar que algo de Sócrates se quedó con y
entre nosotros.
NOTAS
[1] Gorgias 465 c - d
[2] Gorgias 469 b
[3] Gorgias 478 d
[4] Gorgias 489 e
[5] Gorgias 493 e
[6] Gorgias 497 a
[7] Gorgias 499 e
[8] Gorgias 505 b
[9] Gorgias 461 c - 462 b
[10] Menón 81 c - d
[11] Menón 82 b - 85 b
[12] Gorgias-República: El poder, el placer y el bien. Gastón Gómez
Lasa, 1971. Pág. 14.
[13] Symposium 206 a - c