ABSTRACT: Con Platón
se produce el reconocimiento de la educación como el lugar en que una
comunidad mantiene su peculiar instalación en la realidad y por ello
como el terreno de la acción política eficaz. La problemática,
presente ya desde los textos socráticos, es ubicada en el pasaje de
la Apologia de Sócrates en que la mención de las ‘acusaciones
antiguas’ permite ver el juego de distintos elementos-la paideía,
la opinión pública, el saber-en un momento de crisis. Esta crisis,
tanto de la base política tradicional como de la política pragmática,
se traduce en un oscurecimiento de que lo que son el hombre y la pólis
que da lugar a Sócrates y a su tarea como consciencia de la quiebra
del mundo político. Se desarrolla el alcance ontológico de ella y
sus-paradójicos-consecuencias políticas y educativas.
Una
usual caracterización sociológica de la educación la define como
los modos de reproducción de una sociedad. En el fondo, la educación
está exigida por el hecho de que una comunidad determinada (así sean
las grandes sociedades contemporáneas) resulta el lugar primario del
encuentro del hombre con la realidad, y esta apertura del mundo, por
ser siempre concreta, es histórica y finita, y por ello tiene que
esforzarse permanentemente para mantenerse abierta, ya que en
cualquier momento puede oscurecerse y quebrarse. La educación es
parte decisiva de este esfuerzo.
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DATOS AUTOR
Perfil/Área trabajo
Profesora Filosofía Universidad Nacional de
Rosario / Investigador CONICET.
El
nombre de Platón parece ligado a una concepción que, lejos de
encontrar un fundamento en la finitud, lo encuentra —si vale la
palabra— en lo 'absoluto', dejando a lo finito en una región ontológicamente
límite. Y sin embargo esta comprensión de la realidad —que el Platón
maduro traducirá en la doctrina de las Ideas— está ligada al
intento de rescatar a su particular comunidad de un naufragio (rescate
que Platón cree todavía desesperadamente posible, aunque en realidad
ya era tarde). Ya los textos "socráticos" (la Apología
de Sócrates y el Critón) marcan, en la compleja relación
de Sócrates con su ciudad, el reconocimiento, a la vez, del carácter fundante de lo comunitario-político y de la quiebra interna de ese
fundamento; y es justamente esta quiebra la que permite reconocerlo
como tal.
Estos
textos también marcan el comienzo de la reflexión platónica sobre
la educación, que el drama socrático signa inicialmente de
violencia. Sócrates es la víctima ilustre de una realidad social
fallida que se opone con toda su fuerza a quien señala esa quiebra de
sus fundamentos y que aparece así como 'subversivo' mucho antes de
cualquier propuesta de replantearlos o cambiarlos. Esto no ha sucedido
en el terreno de la lucha política explícita —el cual en su
totalidad es puesto en cuestión— sino en la toma de consciencia de
las bases de la política. Aquí se revela el peso decisivo de la paideía,
y cuando el pensamiento platónico se haga cargo del fenómeno se
producirá un momento de flexión decisivo en la historia de la
educación: el reconocimiento consciente de la paideía como el
lugar en que una comunidad mantiene su peculiar instalación en la
realidad y por ello como el terreno de la acción política
verdaderamente eficaz.
Aunque
desplegada en la obra platónica madura (con los grandes hitos de República
y Leyes), la cuestión aparece en aspectos de la figura socrática
que luego fueron trivializados, y cuyas implicaciones trataremos de
encontrar siguiendo el texto de la Apología de Sócrates. La
ubicamos en el pasaje que menciona las "acusaciones
antiguas"—los rumores de larga data que han forjado la mala
fama de Sócrates—presentadas como base y fuerza de la acusación
actual, a la que se las homologa (en 19b-c serán puestas en forma
como una acusación jurada). Como los acusadores actuales, los
acusadores antiguos han mentido y calumniado. Y aunque aquéllos sean
'temibles' (deinoí), los antiguos son deinóteroi,
"más temibles" y por lo tanto suscitan en Sócrates un
temor mayor (18a-b). Esto último, que aparenta ser sólo una
diferencia de grado, da sin embargo un clave importante: aquellos
acusadores, dice el texto, son "más temibles" porque han
desarrollado una tarea en cierto modo paidética. Las antiguas
acusaciones fueron dichas en su niñez y mocedad a quienes son ahora
jueces. Es la edad de la credulidad, pero también el momento de
apertura mutua de los hombres y la pólis, que comunica su
gravedad a todo uso educativo del discurso. La actividad de educar no
es inocente. En una pólis 'sana' (es decir, en una comunidad
coherente con un proyecto aun en sus oposiciones internas, como pudo
ser la pólis arcaica, o su idealización) el lógos
paidético procede del lógos político fundante y lo expresa;
la educación mantiene la apertura mundano-política, y la enunciación
para los niños y muchachos de determinados lógoi en los que
explícita o implícitamente se cifra el sentido de lo político es un
momento privilegiado de ese movimiento.
En
la estructura de la ciudad griega se ve con la mayor claridad que esto
no es función del "enseñante" (del maestro profesional,
aun del sofista) sino de la ciudad misma a través de sus ciudadanos.
En Ap. los acusadores antiguos obviamente no son maestros
profesionales, sino que habrían cumplido la función político-educativa
que se menciona en 19e4-6, donde se contrastan las caras lecciones de
los sofistas con la formación que los jóvenes pueden obtener
gratuitamente del trato con sus conciudadanos. Y sin embargo ellos en
vez de educar han tratado de inculcar ciertas cosas falsas, y al hacer
como que cumplían aquella función, no han contribuido a que se abra
y despliegue la verdad política sino que, por lo contrario, su decir
ha sido un decir calumnias y mentiras.
El
texto presenta a estos acusadores —numerosos, astutos, aprovechadores
de la indefensión y la ausencia del acusado— como anónimos, lo que
no es casual. Tratando de pesuadir engañosamente, deben engañar
hasta el punto en que los persuadidos se persuadan de que 'ellos
mismos' piensan lo que se les dice. Lo que estos acusadores pretenden
es substituir el lógos de la pólis por el suyo
'particular' y hacer pasar a éste por aquél; y tal es el motivo
profundo por el que no pueden aparecer individualizados. Esta pretensión
se logra produciendo un 'movimiento de opinión' que luego se va
desarrollando por sí mismo.
Ahora
bien, la 'opinión pública' es posible sólo cuando en una comunidad
ha desaparecido el lógos político fundante sin que en la
superficie esto sea visible. Mientras está vivo, los desgarramientos
internos pueden traducirse en una pérdida de univocidad de este lógos,
de modo que distintos proyectos se enfrenten en la pretensión de (im)poner
distintos modos de realizarlo y distintas concepciones de la justicia.
Pero no es lo mismo esta situación que aquella en la que la comunidad
ha perdido su consistencia interna (como sucedía a la Atenas platónica).
La pólis se mantiene en una ambigüedad fundamental en la cual
no se sabe, pero se cree saber siempre qué es lo justo, y así es
posible inducir 'opiniones' en los ciudadanos.
Ese
contexto hace posible también la calumnia. Esta es algo cotidiano en
cualquier época; pero en el texto de Ap. se trata del momento
histórico en que puede ser algo más que la mentira sobre tal o cual
acción o particularidad de un hombre. En efecto, las antiguas
acusaciones pretenden decir lo que Sócrates es. Concretamente,
dicen que es sabio de una determinada manera. Ahora bien,
calumniadores anónimos pueden hacerse cargo de decirle a la pólis
quién y qué es un hombre, sólo cuando este saber—el saber acerca
de la areté—está profundamente oscurecido.
Hasta
ese momento histórico el hombre, y cada hombre, es lo que la
comunidad dice, porque ella 'sabe' qué es el hombre, cuál es su areté
(no "virtud", sino "perfección en la función
propia") y cómo la realiza cada uno, por todo lo cual se merecer
de ella una fama mala o buena, que puede llegar a la más alta dóxa,
a la fama del excelente (áristos). 'Yo' soy esta manifestación
y su brillo, que luce inmediatamente en el decir 'público'; y no hay
un 'yo mismo' en otro lugar porque no hay otra instancia (como la consciencia personal o el Dios omnisciente) desde la cual pueda
hacerse tal distinción.
En
el texto, esto está perdido. La phéme de Sócrates (taúten
tèn phémen, 18c1) consiste en mentiras y rumores, calumnias anónimas
que acusan, no tanto de ser algo, cuanto de no ser 'como se debe';
ahora bien, cómo se debe ser, se da por supuesto pero no se enuncia,
porque el lenguaje de la ambigedad no podría, esencialmente, decir en
forma positiva la areté de un hombre. En esta situación ya no
se sabe inmediata y concretamente qué es el hombre, y por ello quién
es cada uno. Ese vacío está colmado por la opinión pública,
esencialmente distinta del discurso auténticamente político, ya que
puede ser orientada por los mentirosos particulares que se ocultan
tras ella y así, en vez de la comunidad, 'quien' dice tales cosas
resulta ser 'nadie'.
Entre
la pólis arcaica y aquella cuya cifra metafísica será el Sócrates
de estos textos, está la pólis de la edad de la sofística,
de la cual Atenas, mientras vive su auge imperialista, es el primer
exponente. En esa pólis, el 'qué es' el hombre sigue siendo público;
pero como las concepciones tradicionales de la areté se han
devaluado, su determinación queda sujeta al légein del
orador, el cual ya no tiene un lógos político fundante que lo
sostenga sino la antilogia sofística y el poder de la palabra bella y
persuasiva que organiza desde sí el mundo humano.
En
la situación —fáctica y esencial— que piensa y expresa la sofística,
el discurso (lógos), al que se le ha escabullido el
fundamento, experimenta su falta de suelo como positiva, asumiendo su
desvinculación con cualquier suerte de 'verdad' y poniendo en ese
lugar su propio poder, que se 'verifica' por el éxito. Pero esta
situación no puede mantenerse más allá de ese éxito mismo. Su
final, en los hechos, llegó con la derrota de Atenas en la Guerra del Peloponeso, momento en que la comunidad ateniense no tiene ya un lógos
tradicional y la caída de la democracia imperialista la priva también
del légein exitoso que llena y a la vez ahonda ese vacío. En
realidad, tanto las concepciones tradicionales como la política sofística
seguirán existiendo tras la guerra, pero coimplicadas en la misma
crisis. Y éste es el momento histórico de Sócrates... y de 'Sócrates'
como problemática: si en la comunidad quebrada el saber inmediato que
el hombre y la pólis tienen de sí se ha oscurecido, sólo
entonces puede surgir un 'sí mismo' como problema y tarea, como la
pregunta por quién soy yo 'en verdad'. El nombre de esta tarea, que
constituye a Sócrates, es diálogos. Con esto, la crisis del
fundamento político se traduce en una crisis ontológica en la
cual no sólo el hombre y la pólis, sino la totalidad de la
realidad quedan pendientes de la pregunta "qué es..." en la
dirección de una verdad 'absoluta' pero por de pronto ausente. Por
ello Sócrates, que sabe lo más esencial: la índole de esta verdad
buscada, puede proclamar un mero saber del no saber, que abarca a la
política no menos que a la cosmología.
La
acusación de las acusaciones antiguas puede resumirse o traducirse en
el cargo de ser sophós (18b7). Ser sophós es
efectivamente un cargo, y puede ser, como aquí, un cargo capital.
Originariamente, sophós es alguien hábil en alguna artesanía
u oficio (cf. Aristót. EN 1141a10). Este sentido va elevándose,
y sophía equivaldrá a phrónesis,
"prudencia" en las cosas de la vida (LSJ), en especial en el
ámbito estatal y político, con resonancias religiosas (apolíneas:
los Siete Sabios). Por ello pueden ser llamados sophoítambién
los poetas, transmisores de la sabiduría tradicional, religiosa y política.
El derivado sophistés, cuando aparece hacia el siglo V,
significa lo mismo que sophós; y ambos términos se aplicaban
al nuevo tipo de 'sabio' que surgía en Jonia especialmente, aunque sophistés
va adquiriendo una cierta especificidad con la separación—ocurrida
también en Jonia—entre los poetas y quienes usan la prosa como
medio de expresión de las nuevas investigaciones, distintas de la
sabiduría tradicional (1). Ambos términos empiezan a adquirir un
matiz peyorativo durante el siglo V, cuando los avatares bélico-políticos
-al menos en Atenas- suscitan la desconfianza hacia el 'intelectual'. Ap.
juega con el término sophós en dos niveles: este sentido
peyorativo y el sentido que en el siglo IV se gesta en la socrática
(y en textos como éste, justamente) con un matiz positivo y aun
superlativo (23a: el dios es el único sabio) que se transmitir a la
poca helenística.
Sócrates
negará ser sabio en modo el modo usual y malafamado y admitirá serlo
en su modo peculiar, con lo que da lugar (según 20c4-d1) a la
perplejidad, pues quedaría descartada cualquier noción habitual de
sabiduría que pudieran tener los oyentes. Lo que hace Sócrates sería
"algo distinto de lo que hace la mayoría de la gente", pero
si por otra parte no es lo que hacen los 'intelectuales' conocidos, no
se sabe qué es. De todos modos, y si cupiera aplicar aquí nuestra
dicotomía teoría-praxis, ser sabio caería sin duda del lado de la
praxis: es una actividad con la que se transpasan los límites debidos
y de la que cabe acusar a alguien. En especial, las acusaciones
antiguas le hacen a Sócrates el cargo de educar (que se hará explícito
al traducírselas a términos formales, 19c1), entendido como un enseñar
doctrinas y habilidades, que podemos distribuir en los rubros
"cosmología" y "retórica sofística". En un caso
se le atribuye la investigación y la enseñanza de ciertas doctrinas,
que disminuyen o niegan a los dioses que honra la Ciudad y así la
atacan en sus bases y son 'subversivas'; en el otro, la enseñanza de
un saber técnico de la persuasión, que puede ponerse y se pone al
servicio de malas intenciones, en el seno mismo de la vida pública.
Por ello es necesario castigar y segregar a quienes sostienen y enseñan
esas doctrinas y ejercen y enseñan malas artes. Pero esta peculiar
forma de violencia represiva es en realidad índice de la situación
esencial subyacente. En la posibilidad de investigar qué sean las
cosas hasta un punto que resulta 'peligroso', de discutir qué es lo
justo y subvertirlo, de negar a los dioses o buscarse otros, se
transluce que el mundo concreto cuya apertura es la pólis está
quebrado internamente, y que para remediar esa quiebra sólo se
dispone de una violencia exterior. En una situación así, pareciera
que ya no es la potencia de las Leyes la que mantiene el orden—el
orden mundano, kósmos—sino la prepotencia de leyes
represivas.
Sócrates
rechaza los saberes y actividades que se le imputan, identificados con
las opiniones del Sócrates de Aristófanes (19c), calificadas de
tonterías. Simplemente, no se ocupa de esas cosas, y como testigos de
ello pone a muchos de sus jueces, que lo han escuchado dialogar
(18c-d). Por primera vez se nombra por su nombre al peculiar légein
socrático, el diálogos, para diferenciarlo sin que queden
dudas de esta clase de sabiduría. Inmediatamente después de esta
mención, Sócrates niega el cargo de enseñar. En realidad, del texto
no se desprende que niegue ejercer todo tipo de educación, sino que
niega, específicamente, ejercer la educación al modo sofístico
(19d-e). El hecho de cobrar no es accesorio (ni se lo condena desde un
prejuicio del aristócrata Platón) sino que indica—desde la
perspectiva del texto—la concepción instrumental y utilitaria del
saber, que haría de la tékhne politiké —objeto de la enseñanza
sofística—casi una 'técnica' en el sentido estrecho y actual de la
palabra.
Ahora
bien, así como el saber cosmológico, si existiera, no sería en
absoluto despreciable, "educar hombres" sería hermoso y
noble si existiera el experto en la areté del hombre y del
ciudadano. Pero el texto deja irónicamente entrever la inexistencia
de ese experto, en cuyo lugar aparecen los famosos sofistas
itinerantes, contrapuestos, como extranjeros desarraigados e
interesados, a la paideía tradicional en la que la frecuentación
de los conciudadanos despliega el mundo político. Sócrates—que no
cobra, que está arraigado en su ciudad—parecería estar próximo más
bien a esa paideía tradicional. Pero no es así: la exigencia
de un experto es el reconocimiento de su crisis.
Aristófanes
pretende ponerse en los ojos del viejo ciudadano cuyo mundo (no sólo
su ciudad) está constituido por una díke que es
"natural", phýsei. Ahora bien, su defensa de ese
mundo es una reacción que indica que esto ha llegado a ser una
apariencia. Los límites de un orden que tiene vigencia son, sin más,
los límites del mundo: no son límites. Pero si se siente que hay que
mantenerlos o restaurarlos, es porque se han quebrado. Y entonces
puede verse como dañoso e ilícito transpasar esos límites—ahora
notorios—y 'averiguar lo inconveniente', lo cual es pasible de sanción;
porque no es discutir de 'política'—lo que está permitido o
fomentado por la constitución democrática—sino discutir los
fundamentos del cosmos político. En este sentido, y desde la
perspectiva de un mundo político quebrado pero que a pesar de ello o
por ello mismo se defiende, la acusación de 'subversión' política
es (como lo vio Hegel) en principio legítima.
No
es subversiva la sofística, expresión de la democracia imperialista
triunfante, que se maneja en el terreno de lo dado. Sócrates por su
parte no pretende imponer concepciones distintas de las tradicionales,
ni se propone debilitarlas, pero justamente porque tampoco puede ya
afirmarlas. Es testigo de la quiebra del lógos político
tradicional y tal vez la lamenta, pero por ser consciencia de esa
quiebra no puede estar ni con los pragmáticos ni con los
conservadores. El viejo lógos político, sofísticamente
reducido a ser un término entre otros, podrá ser a lo sumo punto de
partida de un preguntar que—aun si llegara al cabo a reafirmar
algunos de sus contenidos como verdaderos—tiene que superarlo en su
modo de ser fundamento. La crisis política no puede solucionarse en
el terreno 'sociopolítico', sino que exige un replanteo 'metafísico'.
Porque
la consciencia de una crisis conlleva el intento, no de una restauración
de lo perdido, cuya imposibilidad se comprende, sino de su recuperación
en otra forma que, en realidad, lo transmuta. Sócrates es la actitud
metafísica que vuelve en busca del fundamento quebrado y ausente, y
así descubre o postula un plano ontológico 'absoluto' en donde
ubicarlo, como garantía de que no sufrirá otra quiebra como la que
sufrió el lógos tradicional.
Esta
exigencia, cuyo primer nombre en la historia del pensamiento es el de
Platón, se convierte en una enorme paradoja de larguísimo alcance.
Porque a partir de la postulación de ese plano absoluto, ya no se
tratará de rescatar ni restaurar nada perdido sino que se instituye
un polo de atracción que pone en movimiento lo dado y lo descentra
constantemente. Como resultado de ello, en Occidente la 'tradición'
será la crisis. El intento socrático-platónico de remediar las
falencias de la finitud enganchándola a modelos inmutables iba a
servir a la larga como motor y acelerador de los cambios. A la vez,
como dijimos, Platón es el primero en programar consciente y sistemáticamente
la paideía como instrumento del cambio, y su sombra está
junto a la constante consciencia de la educación como base de
incidencia en la cultura y palanca no siempre visible de la acción y
el poder políticos.