Armando
R. Poratti.
Universidad Nacional de Rosario
(Argentina).
ABSTRACT: 1.
El Logos como condición existencial de la Polis. 2. La lógica socrática.
3. El periplo platónico. 4. La construcción política platónica: la
problemática de la justicia. 5. Génesis y esencia de la ciudad. 6.
El estamento de los guardianes. 7. Los
fundamentos éticos de la República: la teoría de las virtudes. 8.
Una naturaleza filosófica. 9. El paradigma de la línea y la alegoría
de la caverna. 10. Los regímenes políticos. 11. El problema de la
decadencia política. 12. El estamento productivo. 13. La ciudad como
idea. 14. Política, ética y episteme. 15. La reflexión política en
algunos diálogos platónicos.
Tutte le vie portano
a...” a quale città? Questione delicata ...
Amo credere che cammina cammina cammina cammina,
finalmente questa città sarà Platonopolis.
J. H. Weinschenk, “Epigrammi”, Filosofia, XXV (1974) p. 294.
......................................................
DATOS AUTOR
Perfil/Área trabajo
Profesor Filosofía Universidad Nacional de
Rosario / Investigador CONICET.
Nuestras
representaciones usuales responden a la palabra polis, o bien con un
vacío que la hace sinónimo de ‘organización política’ en
general, o posiblemente con la imagen de una comunidad armoniosa y
libre, donde Estado, pueblo e individuo coinciden en una vida bella.
No es difícil detectar tras esta imagen la “bella eticidad” de la
Fenomenología del Espíritu (aquel lugar donde todavía no ha
estallado la distinción entre el individuo y la ciudad, entre lo público
y lo privado). Esa idealización formó parte, antes y más allá de Hegel, del imaginario de una Alemania en busca de su organización, y
su inclusión en la gran filosofía del Idealismo le valió el
pasaporte a nuestro trasfondo cultural. Ese producto alemán es engañoso,
no sólo porque pone en juego paradigmas políticos modernos, sino
sobre todo porque tiende a dar la idea de una sociedad que exporta la
violencia hacia sus relaciones con las otras. Pero la violencia
interna está en la raíz de la polis, si bien no tiene las mezquinas
formas de la sociedad civil. La polis fue la matriz que posibilitó el
período griego propiamente creador, no el que usualmente tenemos a la
vista, el clásico (siglos V-IV), sino el arcaico (siglos VIII-VI).
Pero “la polis” no es un concepto sino el resultado de un proceso,
o este proceso mismo, cuyas raíces se hunden por detrás de la misma
Grecia histórica en la gran civilización de la Edad del bronce que
conocemos como cultura micénica. Ésta –producto de la fusión de
elementos mediterráneos e indoeuropeos, que habla griego y entre
cuyos dioses podemos reconocer a casi todo el futuro panteón olímpico-
es una civilización “palacial”: pequeños territorios alrededor
de un centro, el Palacio, habitado por el ‘rey’ (wánax, = homérico
ánax, ‘señor’), y organizados mediante una compleja burocracia
(de la que se han salvado y descifrado algunos archivos), que aparecen
como un perfecto ejemplo de economía “redistributiva” 1.
Naturalmente esta centralización no se limitaría al aspecto económico.
El Palacio constituye un centro de poder sobresaturado. Cuando hacia
el 1200 aparecen en escena nuevos migrantes (tradicionalmente
conocidos como “los dorios”, aunque se trata de complejos reflejos
de un vasto movimiento de pueblos, conjugados con vacíos de poder en
los palacios), la civilización micénica colapsa, o por lo menos los
palacios y su organización- y se da paso a la llamada Edad Oscura con
la que empezaría la historia de Grecia propiamente dicha. El telón
vuelve a levantarse hacia el s. VIII, con la reapertura del Mediterráneo
a la navegación griega, que supone el pasaje de la economía agraria
de subsistencia al comercio y la producción de exportación con el
fenómeno complementario de la fundación de colonias en Sicilia e
Italia y el Mar Negro, la organización definitiva de los poemas homéricos,
la reintroducción de la escritura ahora con el alfabeto fenicio, e
indicios de la emergencia de la polis.
¿Cuáles
son esos indicios? Por supuesto, polis no se confunde con el núcleo
urbano como tal (ásty). En Homero, la palabra polis designa la
ciudadela, que luego será llamada acrópolis. En las ciudades micénicas,
ése solía ser el lugar del Palacio. Desaparecido el rey micénico,
el lugar -el Centro- queda simbólica y muchas veces físicamente vacío.
Y no va a surgir ningún poder que vuelva a llenarlo. Los poderosos
van configurando una cultura aristocrática tejida por las relaciones,
muchas veces ‘internacionales’, de amistad y de competencia a la
vez (agôn). El conflicto aparecerá cuando el crecimiento de la
población y las nuevas perspectivas económicas pongan en crisis a la
sociedad agrícola tradicional y los campesinos se enfrenten a los
terratenientes nobles. Esto llevará a sacar a luz aquello que los señores
detentan en función de un cierto carácter sacro: el conocimiento del
derecho tradicional que los habilita para tomar decisiones judiciales
(thémistai, díkai), y la titularidad de los cultos, como cultos del
clan o familia, genos. Ahora las fórmulas jurídicas tradicionales
se pondrán por escrito, y la ley así establecida valdrá por sí
misma como ley de la Ciudad con independencia de cualquier autoridad
personal o familiar: nace el estado de derecho. El ídolo del culto
familiar, guardado en la casa, se convertirá en la diosa o el dios de
la ciudad, que se abre a ella en el templo. Y el templo se abre al
espacio dejado por el Palacio, en el cual también se expondrán públicamente
las leyes, grabadas en tablas. El lugar pasará a llamarse agorá,
palabra que no significa originariamente un lugar (y menos el
mercado), sino la institución que en Homero era la discusión solemne
de los jefes en presencia del ejército, en la cual el que hablaba
estaba religiosamente protegido por la sustentación del cetro:
transposición regulada, pues, del conflicto a la palabra. Este juego,
llevado a cabo ahora por las clases, partes y partidos que se
enfrentan en la ciudad, respaldado y regulado por la ley escrita e
impersonal, será el que ocupe el lugar vacío del Centro2. Y con ello
tenemos la Ciudad. El conflicto llevado a la palabra sobre el fondo de
la ley será la condición de posibilidad del logos. Unos siglos después
Aristóteles conectará esencialmente el zôon politikón, el ser vivo
a cuya naturaleza corresponde vivir en polis, con el zôon logon
ékhon,
aquél a cuya naturaleza corresponde el logos, como la misma definición.
Pero el logos
tiene originariamente las huellas del conflicto. En el pensamiento
religioso-político de Solón de Atenas, y luego en el que llegaría a
ser clasificado como filosófico de Anaximandro, díke,
“justicia”, es el ritmo por el que un exceso injusto es castigado
y compensado por otro exceso. Con Heráclito aparece por primera vez
en el lenguaje del pensamiento la palabra lógos, que significa tanto
la inteligibilidad que hay en la realidad como la posibilidad humana
de captarla y de decirla. Ahora bien, el logos heraclíteo, en tanto
estructura o ley del acontecer, es nuevamente esta dinámica de los
opuestos, el conflicto que anida en la justicia misma y la constituye
(B80, “Hay que saber que la guerra es común y la justicia discordia
y todo sucede según la discordia y necesariamente”). B114 expresa
lo que podríamos llamar la metafísica del conflicto político: según
este fragmento, la inteligencia y el lenguaje del hombre están
respaldados por “lo común” de todas las cosas (esto es, el logos,
cf. B2), así como la ley, que es lo común político, respalda a la
ciudad. Más aún, “todas las leyes humanas se alimentan de uno, lo
divino” (o “de una ley, la divina”): es decir, la ley política
misma, equilibrio de un conflicto, es como un arroyo que procede
directamente de esa esencia conflictiva y a la vez ocultamente
armoniosa que rige todo. La armonía es el ritmo del conflicto, que es
raigal e inextirpable. La justicia arcaica es trágica.
Este
tenso equilibrio de los conflictos internos constituye la primera
madurez de la polis. Las Guerras Médicas, a comienzos del s. V, en
que la Hélade vence por dos veces a los invasores persas, fueron su
gran prueba y su momento más alto. Pero también echaron las bases
para su crisis. Esparta y Atenas surgen de la guerra como las
potencias preponderantes, y la tensión intrapolítica se transforma
en conflicto expansivo. Esparta se consolida como potencia militar
terrestre y establece su hegemonía en el Peloponeso, y Atenas, dueña
de los mares, a la cabeza de la Liga de Delos, en la que muchas
ciudades son forzadas a entrar o permanecer, ingresa en su cenit como
potencia imperialista. Los tributos de la Liga asegurarán su
prosperidad durante el apogeo, conocido como “siglo de Pericles”.
En este contexto, el éthos de la polis arcaica se quiebra. El mismo
auge de Atenas, basado en el éxito económico y militar, es ya una
crisis si se entiende por crisis no tanto un estado caótico cuanto
una quiebra de los fundamentos tradicionales que no son reemplazados
sino por ese mismo éxito. El estado de cosas deriva hacia el mundo
del puro poder, que se produce y se sustenta a sí mismo. Tucídides,
historiador de la guerra a que esto conduce, y junto con su traductor
Hobbes uno de los pensadores más descarnados y lúcidos del fenómeno
del poder, dará testimonio de las circunstancias espirituales que la
acompañan: la democracia imperialista de Atenas ejerce un poder que
quizás por única vez en la historia se presenta sin justificaciones
ideológicas. El dêmos lleva adelante una política de puro poder y
es capaz de hacerse cargo de ella también moralmente3. Por eso se
vuelve necesario llevar a la consciencia explícita las condiciones de
la construcción del poder, al que se reconoce como producto de una técnica
racional. Y las instituciones democráticas han determinado que su
instrumento, que hacia el exterior puede ser la fuerza declarada, en
el juego político interno siga siendo el lógos, el lenguaje y la
argumentación persuasiva. La sofística dará a la vez la teoría y
la técnica que las condiciones reclaman.
2.
LA LÓGICA SOCRÁTICA
Los múltiples
intereses de los sofistas confluyen en la capacitación política de
ciudadanos selectos. Pero esta tarea está unida a un problema de
fondo, concentrado en una palabra que a través de ellos va a conducir
al primer filósofo ateniense, Sócrates: areté. La traducción usual
por nuestra palabra “virtud”, cargada de resonancias cristianas y
modernas, despista. Areté es lo propio del “bueno” (agathós) y
del “muy bueno” (áristos, con el que está etimológicamente
relacionada). Significa “excelencia” en el ejercicio de una función
o capacidad socialmente valorada, en especial aquélla que da acceso
al poder, como lo era en Homero la función guerrera. La educación
sofística ofrece adquirir o ejercitar la areté mediante la politiké
tékhne (cf. Platón, Protágoras 319a). Sócrates, en los diálogos
juveniles de Platón, no discute la “virtud”, sino aquello que
capacita para dirigir y cuya posesión reconocida otorga legitimidad
al ejercicio del poder político. Por eso es fundamental la cuestión
de si la areté es innata -como sostienen los aristócratas, a través
de voceros como el poeta Píndaro- o si se puede adquirir y enseñar
-como sostienen los sofistas y Sócrates, ligándola al saber.
El siglo
V avanzado ve las consecuencias de la polarización del poder: la
guerra fría entre Esparta y Atenas termina calentándose. La Guerra
del Peloponeso, que ocupa el final del siglo, tiene una duración de
30 años con intervalos, y al cabo de ella Atenas sucumbe frente a
Esparta. Pero la derrotada no es Atenas, sino el mundo de la polis clásica,
que queda herido de muerte. El siglo IV, con la hegemonía que pasa de Esparta a Tebas, sólo postergará su final a manos de Macedonia.
Durante la guerra (en 411), Atenas ha sufrido una revolución exitosa
de los aristócratas, conocida como Tiranía de los 400, que dura unos
meses. Después de la derrota los aristócratas retornados instauran,
respaldados por Esparta, una tiranía atroz -los Treinta Tiranos- que
también dura sólo meses. Atenas queda pues sometida sólo por poco
tiempo, y se restaura la democracia pero sin su base imperialista.
Esta democracia restaurada será el gobierno que condena a Sócrates.
La Guerra
del Peloponeso no es la crisis de la polis tradicional4, cuyo
fundamento político-religioso ya se había quebrado con el imperio,
sino del sistema del puro poder: sus ruinas -no las del mundo
tradicional- es lo que va a contemplar Platón. Quebrado este mundo
del poder que se sustentaba en su propio éxito, vuelve a necesitarse
un fundamento, cuya ausencia se siente dolorosamente: es la crisis de
la crisis, y su consciencia -la consciencia de que el fundamento está
destruido- se llamará Sócrates.
En este
contexto hay que situar a la teoría política platónica. De todos
modos, la suerte inmediata del gran experimento político griego ya
estaba echada. La tradición que ha hecho de Platón y Aristóteles
nuestros clásicos políticos nos los pone en una perspectiva falsa.
Platón es el pensador de una crisis terminal, aunque él no lo sepa o
trate desesperadamente de negarlo. Aristóteles trazará el balance
final de la experiencia de la polis en el mismo momento en que su
ex-discípulo Alejandro, haciendo todo lo contrario de lo que él pudo
haberle enseñado, abre un mundo histórico nuevo.
Platón
es un determinado desarrollo de lo que él mismo nos transmite en el
gran mito filosófico que pone bajo el nombre de Sócrates5. En el
episodio del oráculo, en la Apología de Sócrates, Apolo pone a Sócrates
como el más sabio porque, a diferencia de los demás, sabe que no
sabe. Pero el verdadero sabio es Apolo. Esto constituye una indicación
esencial del lugar del hombre con respecto a la verdad. Apolo,
caracterizado por el texto como el que constitutivamente no puede
mentir, es acá un nombre mítico para la Verdad misma. La verdad se
ha retirado de la realidad y ha desamparado a los hombres, pero desde
su ausencia les hace señas para que la busquen. No se puede volver al
viejo fundamento ya quebrado, pero tampoco se dispone sin más de una
nueva verdad. La verdad se hace presente como ausencia y reclamo, y
hay que buscarla. La búsqueda socrática está inagurando el
horizonte de (digámoslo con una palabra anacrónica) lo absoluto:
ante el fracaso de las verdades inmediatas, se quiere encontrar la
Verdad misma. Más todavía: secretamente, se va a exigir a la verdad,
si se la encuentra, que dé cuenta de sí, no sea que la aceptemos y
después se nos quiebre de nuevo. Se pretende ni más ni menos que
apresar a Apolo para que demuestre que es verdaderamente Apolo, y no
un dios falso; que aquello sobre lo cual vamos a poner nuestra vida
individual y política es verdaderamente la verdad. Pero Sócrates no
la sabe, no dispone de un Logos con mayúscula como el de Heráclito.
Desde los sofistas, el logos es sólo el lenguaje humano. Por eso
tiene que buscar la verdad a partir de y en el seno de este lenguaje
falible; por eso realmente no sabe, y no enseña ni enuncia, sino que
sólo anda a través del logos, esto es, de las enunciaciones de los
hombres, poniéndolas a prueba: dia-loga.
La
primera respuesta a la pregunta de Sócrates es la Idea platónica. Es
usual la lectura de la llamada teoría de las Ideas como una realidad
escindida en dos planos, uno de los cuales aparece como más valioso y
verdaderamente real. Una lectura estrictamente dualista de Platón es
discutible, pero sea como fuere, con Platón no se trata de irse de
este mundo a otro, de abandonar sin más lo sensible y lo inmediato
por un plano superior. Platón, que nace y se cría durante la guerra
y vive la decadencia de lo que fue la grandeza del siglo anterior,
sufrió toda su vida la crisis de la ciudad. En ella la realidad
aparece injusta, sin sentido, aunque algunas acciones de los hombres
nos permitan vislumbrar todavía ecos de la justicia, algo que queda
como rastro del sentido en la práctica y en las palabras. ¿Cómo
salvar esos vestigios de racionalidad, cómo reencontrarle un sentido
a lo que lo ha perdido? Esos vestigios dejan pensar que en el fondo la
realidad tiene una estructura inteligible. Pero justamente porque
‘aquí’ la verdad de la realidad no está presente, hay que
retrotraerla a otro plano ontológico, para que desde ‘allá’
pueda respaldar y salvar lo salvable aquí. Las Ideas son instancias
objetivas donde se da la plenitud de lo que en el mundo sensible
aparece como imperfecto. Escolarmente presentadas como un mero más
allá, no están ‘afuera’ de la realidad, sino que pueden ser
pensadas como una tensión hacia la perfección que funda el ser de lo
que es. Cada cosa y todo aspira dramáticamente a su propia plenitud,
aunque no la logre. Sobre este esquema, la pasión política de toda
la vida impulsó al filósofo a tratar de ampliar la presencia de la
verdad en el mundo con acciones muy concretas. Platón fracasa -iba a
fracasar necesariamente- en este propósito, pero su fracaso tuvo el
resultado inesperado de abrir, a larguísimo plazo, el horizonte ontológico
de Occidente. En el plano en que puso a las Ideas se puso luego, a lo
largo de las épocas, a Dios, a la subjetividad. Todavía estamos
dentro de ese horizonte, ocupados con su quiebra.
3.
EL PERIPLO PLATÓNICO
La
biografía de Platón no es anecdótica con respecto al tema. Nace en
428, poco después del estallido de la Guerra del Peloponeso en 431:
es contemporáneo absoluto de la época de crisis. Gran aristócrata,
está naturalmente llamado a la participación en los asuntos de la
ciudad. A los 20 años conoce a Sócrates, a quien trata hasta su
ejecución en 399, ocho años después. Los socráticos se refugian
entonces con su compañero Euclides en Megara. Al parecer Platón
emprende luego viajes que lo llevan a Creta y Egipto. Hacia el 396
retorna a Atenas.
Su
experiencia de los acontecimientos está documentada en un importante
documento, la Carta VII6, que comienza recordando cómo desde joven
Platón proyecta dedicarse a la política. En 404, cuando tiene 24 años,
toman el poder en la derrotada Atenas los aristócratas recalcitrantes
excluidos durante el largo período democrático, a través de la
tiranía de los Treinta a cuya cabeza está Critias, brillante
pensador de corte sofístico y tío de Platón. Los Treinta no tardan
en cometer toda clase de crímenes, provocando en el joven -a quien
habían convocado, pero que queda a la expectativa- la primera decepción.
Restaurada al poco tiempo la democracia Platón admite la moderación
del régimen, pero es el que condena a Sócrates. Las decepciones, la
imposibilidad de encontrar compañeros adecuados (el ‘partido’ o
secta), la mutación de las costumbres, y la corrupción y
multiplicación de las leyes hacen que la vida política le parezca
“presa de vértigo”. Convencido de que todos los gobiernos
existentes son malos, renuncia a la intervención activa inmediata,
aunque no a la reflexión política ni a la ambiciosísima pretensión
de procurar la gran reforma necesaria. Y ésta sólo podrá plantearse
desde la “recta filosofía”, de la que depende el conocimiento
verdadero de lo justo: los males del género humano se remediarán sólo
con el gobierno de los filósofos. Platón se convertirá en consejero
y formador de dirigentes.
Alrededor
de sus 40 años este cambio de perspectiva produce una torsión en su
vida y obra. Hacia 387 Platón viaja a Italia, donde se encuentra con
Arquitas de Tarento, filósofo y matemático pitagórico que a la vez
está al frente de su polis (una suerte de gobernante filósofo), e
inicia con él y con su círculo una perdurable amistad. Influencias
pitagóricas irán a injertarse en la cepa socrática de su
pensamiento. El viaje continúa a Sicilia, a la corte del tirano
Dionisio I de Siracusa. El acontecimiento decisivo, preñado de
destino, es el conocimiento del joven Dion, cuñado de Dionisio, de
unos 20 años, con quien estrecha una amistad apasionada y en quien
encuentra el perfecto discípulo para sus concepciones filosóficas,
políticas y morales. Aunque la Carta VII no dice nada, Platón no
debió de haberle caido bien al tirano, a quien habría intentado
atraer a su filosofía. Una leyenda posterior, tal vez cierta, afirma
que fue capturado o hasta vendido como esclavo por Dionisio mismo, y
rescatado por un conocido cuando era subastado en la isla de Egina.
Tras el
intento de convertir a un tirano, hacia 387 se funda la escuela de
formación de dirigentes La Academia, que no es en rigor el primer
intento en ese sentido después de la enseñanza asistemática de los
sofistas. Ya hacía unos años que Isócrates -logógrafo, esto es,
escritor de alegatos judiciales, que luego profundizaría su
injerencia en la gran política a través de discursos escritos- había
abierto una escuela de dirigentes que recoge de la sofística la
orientación retórica y pragmática. Lo que Isócrates enseña y
llama philosophía es una retórica con fundamento moral, pero no
metafísico. La Academia ofrece una enseñanza con la misma finalidad,
pero de base metafísico‑científica. En conexión con ella
hay que pensar la publicación de República, que funciona como su
manifiesto y como presentación del programa de estudios. La Academia
no debe ser pensada como una escuela platónica en la que se juraba
por el maestro, sino como un centro de investigación donde la discusión
era muy viva. El presupuesto ‘platónico’ común y mínimo sería
en todo caso la convicción filosófica de que la realidad tiene a la
base una estructura inteligible, cuyo conocimiento es condición
necesaria de la acción, que sin ello es ciega. La interpretación
platónica de esa estructura son las Ideas, pero no hace falta
compartir ni el modo en que Platón las presenta, ni la doctrina
misma. Por el contrario, en sus mismos diálogos (especialmente el
Parménides) queda la huella de las fuertes discusiones a que era
sometida esta doctrina central.
La
finalidad manifiesta de la Academia es la formación de asesores políticos.
Las cartas mencionan a Erasto y Corisco, que vuelven a legislar a su
ciudad, Escepcis en la Tróade (Asia Menor), y se vinculan con Hermias,
tirano de la cercana Atarneo. Hermias, ‘convertido’ por ellos,
representa un experimento exitoso, en pequeña escala, del gobernante
filósofo. A la muerte de Platón, Aristóteles y otros académicos irán
a su corte. El mismo Aristóteles es convocado para educar a Alejandro
como especialista, egresado de la Academia 7. Pero el campo principal
de las aventuras políticas de Platón seguirá siendo Sicilia. La
isla había conocido un fenómeno de concentración del poder
semejante al de las potencias metropolitanas, pero por motivos geopolíticos
distintos: la necesidad de enfrentar a Cartago. Hacia fines del siglo
V los cartagineses vuelven a avanzar sobre la isla, y de esta crisis
surge el joven general Dionisio como tirano de Siracusa, quien
incrementa su poder concentrando la población y a lo largo de 40 años
logra tener a raya al enemigo.
Platón
vuelve dos veces más a Sicilia, donde en 367 ha accedido al poder el
hijo o sobrino de Dionisio, del mismo nombre. La primera vez llamado
por Dion, que lo entusiasma con que el joven tiene inclinaciones filosóficas
y puede convertirse en el gobernante con que sueña la Academia. Pero
las aficiones filosóficas de Dionisio II resultan superficiales para
el gusto de Platón, que siente que el joven tirano lo quiere sólo
para prestigiarse. Además, Dionisio está celoso de Dion, a quien
expulsa, reteniendo al filósofo. Unos cuatro años más tarde Platón,
que queda envuelto en las intrigas de Dion, hace un último viaje con
la promesa del tirano de salvar la situación de éste a cambio de su
visita, pero Dionisio no cumple y Platón tiene que ser rescatado por
sus amigos de Tarento. Platón no vuelve más a Sicilia, pero Dion,
con una blanda desaprobación del viejo filósofo8, organiza desde la
Academia, junto a otros compañeros, una expedición armada para
derrocar a Dionisio II, y de hecho logran tomar el poder. Siguen años
confusos, en los que Dion enfrenta un retorno de Dionisio y a sus
propios secuaces, hasta que es él mismo asesinado por un ateniense.
Todos los personajes de este drama un tanto sórdido están en conexión
con Platón, quien dirige las Cartas VII y VIII a los partidarios de
Dion, que han recuperado el mando, casi como una explicación. La
historia siciliana seguirá su curso. Dion y Platón no lograron
instaurar un gobierno filosófico, pero sí liquidar el polo de poder
de los tiranos de Siracusa, tal vez poco de acuerdo con las sublimes
exigencias ético-políticas del filósofo pero efectivo, y que de
perdurar hubiera quizás permitido a los griegos de Sicilia y al mundo
griego en general una oportunidad distinta frente al horizonte en el
cual aparecería finalmente Roma. Platón vivirá todavía hasta el
347. A su muerte, a los 81 años, está trabajando en Las Leyes, su último
gran intento de reformular el problema de la Ciudad, que lo
obsesionara toda su vida.
Si una
exposición de la teoría política de Platón nos remite a los
grandes textos en que esto es tema explícito, como República o
Leyes, el problema no puede menos que abarcar, al menos como
trasfondo, la totalidad de la obra. Lo político y lo metafísico
atraviesan la vida misma de Platón, y su metafísica tiene raíces
políticas. Y la exposición central de su teoría política en República
lo obliga a dibujar, así sea en esbozo, la totalidad de su metafísica
madura.
Con el
genial escritor y dramaturgo que es Platón hay que atender a los
personajes y a la situación dramática. Para un diálogo en que se
debatirán los problemas de fondo de la política, escrito en, si no
para, una ciudad que ha pasado por lo peor, podríamos imaginar un
marco donde se sintiera la presencia de la diosa de la ciudad y un
elenco de reposados varones dispuestos a hacer la crítica de toda la
experiencia del siglo V y ansiosos por reafirmar la patrios politeía,
la (supuesta) constitución tradicional. Nos encontramos en cambio con
un Sócrates que baja al Pireo para participar en un festival nuevo,
dedicado a Bendis, una forma tracia de Ártemis. Allí es retenido en
casa de Céfalo, rico meteco llamado a Atenas por Pericles, y la
concurrencia incluye a los hermanos de Platón, Glaucón y Adimanto; a
Nicerato (hijo de Nicias, respetado general ateniense que será
deshecho en Siracusa), quien será condenado por los 30; a los hijos
de Céfalo, Polemarco y Lisias, luego célebre orador, y al sofista
Trasímaco de Calcedonia. Los personajes mezclan, pues, jóvenes aristócratas
con ricos metecos y los que podríamos llamar representantes de la
nueva cultura, y encarnan más de una alusión a acontecimientos que,
en la fecha dramática, están en el futuro. El escenario por detrás,
el Pireo, ámbito de la democracia orientada al mar, opuesto al agro
aristocrático y conservador, lugar de las glorias del imperio y de su
desastre (la expedición a Sicilia organizada por Alcibíades) y de la
resistencia armada a la tiranía oligárquica de los Treinta, está,
sobre todo, cargado de sentido. El Pireo representa, en el drama político
ateniense, todo lo que pudo verse como apertura e impulso o bien como
elemento de disolución. Y al transfondo marinero, plebeyo y democrático,
se agrega aún el elemento semibárbaro: el diálogo no está puesto
bajo la advocación de Atenea sino de Ártemis, en una forma bárbara
al parecer recién introducida. Ártemis misma es diosa de las
fronteras, de los espacios de transición entre la ciudad y el bosque.
Como si se mirara a la Ciudad desde sus bordes, en donde pasa a
disolverse en lo otro. Sócrates baja al Pireo y se mezcla con la
multitud portuaria de pireenses y forasteros en fiesta: los bordes, míticos
y políticos, no son ignorados. Al contrario, son el dato y el punto
de partida9.
4.
LA CONSTRUCCIÓN POLÍTICA PLATÓNICA: LA PROBLEMÁTICA DE LA JUSTICIA
La República
contiene el tronco de la teoría política platónica y también su
trasfondo no explícito. Es un obvio texto de base, aunque hay que
complementarlo con una mirada a los otros diálogos en que se
replantea el problema. Para tratar de entender su sentido tenemos que
buscar en el texto los pasos manifiestos y disimulados de la
construcción política platónica y el estatuto de su propuesta política.
Los
primeros tramos, que pueden ser un buen ejemplo de la metodología
‘socrática’ habitual en los diálogos, tienen un lugar necesario
en la economía del diálogo. Sócrates inicia la conversación con el
dueño de casa, Céfalo, acerca de la aceptación de la vejez y la
utilidad de las riquezas, que sirven para no engañar ni mentir, y
ante la cercanía de la muerte, para pagar deudas a hombres y dioses
(justamente, Céfalo está llevando a cabo un sacrificio), y así se
orienta hacia una primera definición de lo que será el tema explícito
del diálogo, la justicia, como “decir la verdad y devolver a cada
uno lo que de él hemos recibido” (331c)10. La ‘definición’ no
deja de ser una ejemplificación de acciones justas, procedimiento típico
de la consciencia común, que supone que basta con la mera exhibición
de lo dado para que esto se explique por sí mismo, y da lugar fácilmente
a los contraejemplos: en el caso, decir la verdad o devolver un arma
al amigo que ha enloquecido. Céfalo es pronto substituido por su hijo Polemarco, quien invocando al poeta Simónides retoma la fórmula
‘la justicia es devolver a cada uno lo suyo’, entendiendo esto
como ‘darle lo apropiado para él, o lo que conviene darle’, y rápidamente
la traduce como ‘hay que hacer siempre el bien y nunca el mal a los
amigos y a los enemigos devolverles el mal’ (331e-332a).
Metodológicamente,
este segundo paso logra generalizar la idea y supera la mera
ejemplificación. En realidad, se está enunciando la concepción más
básica de la justicia presente en la moral tradicional: la
interpretación de la fórmula refleja la concepción ‘homérica’,
‘heroica’, de la moral como afirmación de sí. La venganza no sólo
era socialmente aceptada y exigida, sino que podía llegar a
constituir una auténtica obligación religiosa11. Es una buena carta
en el juego: el sentido común la admitiría sin más como verdad. A
nosotros, con siglos de moral evangélica a cuestas –y además
depreciada como lugar común- nos es difícil calibrar la profundidad
–y el escándalo- de la revolución moral socrática, que reflejan
justamente textos como éste, donde se va a establecer la obligación
de hacer el bien en todos los casos.
El
desmenuzamiento dialéctico de la fórmula conduce a resultados paradójicos:
la justicia aparece como inútil, o como un arte de robar en beneficio
de los amigos y perjuicio de los enemigos, y los amigos pueden ser o sólo
parecer buenos. Esta discusión es posible a partir de la comparación
de la justicia con las actividades técnicas (tékhnai), como la
medicina y la cocina (que ‘dan’ ciertas cosas a quienes conviene),
la navegación y la guerra, etc. Esa comparación también rige la
pregunta de si el justo puede hacer mal a alguien (a los enemigos). La
areté de los animales, es decir, la capacidad para realizar su función,
(de los caballos y los perros el correr o la vigilancia, por ej.)
resulta perjudicada cuando se les hace daño: se los hace peores. Lo
mismo sucede con el hombre. Y si la justicia es una areté humana, dañar
al hombre es hacerlo menos justo. A diferencia de otros técnicos, el
justo ejercitaría su areté en hacer malo a otro. Pero lo bueno no
puede hace mal, como lo caliente no puede enfriar o lo seco mojar. Por
lo tanto, dañar es propio de lo injusto, y la máxima tradicional
habría sido dicha en realidad por un tirano. La cuestión queda para
ser replanteada.
En este
primerísimo tramo, al que no se suele prestar mucha atención, se ha
decidido algo esencial: la posición de la justicia en el ámbito de
las técnicas u oficios útiles, con comparaciones más que usuales en
el Sócrates de los diálogos. La base de las argumentaciones –que
al lector de una traducción pueden parecer algo incoherentes- son dos
términos intraducibles, tékhne y areté, cuyas versiones usuales
dicen justamente lo que no son. Tékhne no es ‘técnica’ en el
sentido moderno, ligado al desarrollo mecánico y a la apropiación de
la naturaleza, ni ‘arte’, ligado a las ‘bellas artes’. Una tékhne
–noción que se opone a la mera empirie- es un conjunto de reglas
para obtener ciertos resultados o ejercer determinada actividad,
reglas que a su vez se basan en el conocimiento (hay que subrayar este
momento intelectual) del sector de la realidad en cuestión. La
medicina, la agricultura o la navegación son ejemplos obvios. La época
de la sofística, que cultivará sobre todo la tékhne retórica,
promoverá a este campo otras actividades, inclusive la cocina o la
lucha. Ya indicamos que la otra noción, areté, resulta ininteligible
desde su usual traducción como ‘virtud’. Areté es lo propio de
quien es ‘muy bueno’ en alguna capacidad: tékhne y areté juegan
en el mismo ámbito. La palabra areté, por supuesto, será la clave
de la ética, o mejor de las éticas griegas filosóficas, pero antes
que nada de la moral prefilosófica. Originariamente propia de la más
alta valoración social (y en esta dirección se relaciona con la
aptitud para el mando), va a difundirse para indicar más en general
las capacidades humanas, y por último –como al final de este mismo
libro I de Rep.- las ‘excelencias’ y capacidades de animales y aún
de cosas o instrumentos.
Una
violenta intromisión de Trasímaco provoca un pequeño drama metodológico:
el sofista quiere impedir la sinuosa dialéctica socrática, exigiendo
una respuesta proposicional y precisa y no “lo conveniente, útil,
ventajoso, lucrativo o provechoso”, y termina dándola él mismo,
con gran satisfacción y no sin anticipar que cobrará por ella. Según
Trasímaco, entonces, (338 c), la justicia es lo que conviene al más
fuerte. Y apurado por Sócrates, que no se guarda una broma (¿sería
justo entonces que comamos la comida que aprovecha a los atletas
campeones?), explicita la fórmula: en las ciudades, sea que estén
regidas por una tiranía, democracia o aristocracia, en cada caso el
gobierno tiene la fuerza y dicta las leyes que le convienen: democráticas,
tiránicas, etc. Y demuestra que son justas de facto, castigando a
quienes las violan como culpables de injusticia. La justicia, pues, es
la conveniencia del gobierno establecido, sea cual fuere, ya que tiene
la fuerza y el poder. Algo más abajo, la discusión definirá al
gobernante stricto sensu como aquel que es tal sólo en tanto y en
cuanto no se equivoca acerca de su conveniencia.
La
postura de Trasímaco ha sido aproximada a la que en el Gorgias expone
el extraordinario personaje Calicles, una suerte de sostenedor por
anticipado del superhombre. La existencia histórica de Calicles
tiende a negarse; está dibujado con tanta pasión, que se ha sugerido
que Platón proyectó en él lo que hubiera sido él mismo sin la
influencia de Sócrates. Calicles distingue entre lo justo por
convención (o ‘por ley’, nómo(i)), esto es, la igualdad y la
fealdad de cometer injusticia, y lo justo por naturaleza (physei)12,
la dominación del fuerte sobre el débil. La ley es sólo la red que
los débiles arrojan sobre el león para impedirle moverse. Si la
felicidad consiste en el placer, sostiene Calicles, y el placer es la
satisfacción de los instintos, el fuerte tiene que ampliar sus
instintos lo más posible y tiene derecho a satisfacerlos, y esto sería
la justicia. Lo natural y lo justo no es pues una igualdad o
hermandad, sino el derecho del más fuerte (482e-484c; 491e-492c). El
Trasímaco de Rep., partiendo también de la fuerza, vuelve a unir ley
y naturaleza. Poseemos del auténtico Trasímaco algún fragmento
donde la alusión convencional a la ‘justicia’ se contradice con
el personaje platónico. Pero éste está ofreciendo en realidad un
enunciado descriptivo, no normativo. La diferencia con Calicles es no
sólo que ‘el fuerte’ es quienquiera ejerza el gobierno (y así no
caería en las dificultades de Calicles cuando se le hace notar que es
la multitud la que manda), sino que no se trata de ningún ‘derecho
de naturaleza’, sino del mero hecho del poder.
Trasímaco,
mezclando por cierto el sentido que ha dado a ‘justo’ e
‘injusto’ y el usual, concluye que al justo siempre le va peor que
al injusto. La injusticia llevada a cierto punto, es ‘más fuerte,
libre, poderosa que la justicia’. Sócrates, frente al ejemplo del
pastor que cuida el rebaño para su provecho, muestra que las técnicas
en sí mismas tienden al bien de aquello a lo que se aplican. El
beneficio para el técnico es paralelo y depende del ‘arte del
asalariado’. Los gobernantes, en consecuencia, gobiernan en
beneficio del más débil y obtienen a cambio recompensas, honores, o
el no ser gobernados por inferiores. Pero esto queda para otra ocasión.
Lo que se va a discutir, en un enfoque que organizará toda la
arquitectura del diálogo, es si la vida del injusto es mejor que la
del justo. De acuerdo al terreno en que se ha puesto la cuestión, es
un problema técnico: hay que decidir si es la justicia o la
injusticia la que es areté y sophía, capacidad ejercida de acuerdo a
un saber, que nos permite obtener lo útil o ventajoso en la vida.
Poner la justicia en el ámbito de las tékhnai supone pues que hay un
‘arte’ o ‘técnica’ de vivir y un conocimiento del fin de la
vida, y una capacidad (areté) para alcanzarlo13. La tarea o función
(érgon) propia de cada cosa (‘del caballo o de lo que sea’) es lo
que se puede hacer: a. o sólo con eso (oír con los oídos, ver con
los ojos), b. o del mejor modo con eso (cortar los sarmientos de la
vid con varios instrumentos, pero mejor con la podadera). Ninguna cosa
podría realizar bien su función propia si substituimos a la areté
propia de ella la correspondiente kakía (no ‘maldad’ ni
‘vicio’ sino deficiencia o disfunción: la ausencia de sentido
‘moral’ en areté y su contrario es evidente en los ejemplos
dados). Hay una función de la psykhé (demos a la palabra su traducción
usual de ‘alma’, pero entrecomillada) que ningún otro ente puede
hacer, como cuidar, mandar, deliberar; y en primer término vivir (tò
zên), su función principal. La psykhé tiene cierta areté. Si se la
quitan, hace mal sus funciones y se convierte en una ‘mala’ psykhé.
Y, termina rápidamente el argumento, en una conclusión provisoria
que tendrá que ser retomada a lo largo de todo el diálogo, como la
justicia era una areté del alma y la injusticia una deficiencia, la
psykhé justa, o el hombre justo, vive bien y el injusto mal. De allí
se derivan felicidad e infelicidad. Es ventajoso ser feliz, y entonces
la justicia es más ventajosa.
La psykhé
-a la que se empieza adjudicando ciertas funciones que llamaríamos
‘psíquicas’, pero que tienen neto alcance ético-político- tiene
como función más propia y general ‘vivir’. Esto está sostenido
por la semántica usual y arcaica de psykhé, aquello cuya presencia
en el hombre permite la vida, o mejor, cuya partida determina la
muerte. Pero -al menos desde Sócrates, o desde el Sócrates platónico
(Critón 48b) hasta Aristóteles (Política 1252b30), vivir, zên, sólo
se completa como eu zên, ‘vivir bien’, fórmula que equivale a la
buena vida política, la cual frente al mero vivir biológico, zên,
da la plena dimensión de la vida humana. La justicia aparece aquí
como una areté junto a otras. Sin embargo, en ese mismo transfondo
está la idea expresada por un proverbio, “la justicia es la suma de
todas las virtudes”14. En el desarrollo del diálogo, la justicia
aparecerá en cierto modo como la condición de posibilidad de las
otras virtudes.
Al no
haberse respondido a la pregunta inicial por la justicia misma, los
resultados del libro I 15 son dados como no válidos. Pero el camino
hecho ha servido para poner en cuestión tanto las concepciones
tradicionales como las teorías sofísticas del poder: ambos momentos
están envueltos en una misma crisis, y tienen que ser superados
juntos. Y se aporta todavía un elemento más. Ya en el libro II, el
diálogo substituye la interlocución de Trasímaco, que en adelante
apenas dará señales de vida, por la de los hermanos de Platón,
Glaucón y Adimanto. El primero adelanta, esperando ser refutado, una
tercera concepción de la justicia que se mantiene fuera de la
pregunta por su ‘esencia’ y en el ámbito de su utilidad. Se
distingue entre bienes que se agotan en el goce que proporcionan,
bienes agradables y además queridos por sus consecuencias, y bienes
penosos, queridos sólo por sus consecuencias. La justicia, que debería
estar en la segunda clase, es vista por la mayoría en la tercera. La
injusticia sí sería un bien, pero padecerla constituye un mal mayor
que el bien que supone cometerla. Los hombres, no pudiendo evitar la
injusticia ni cometerla impunemente, convinieron en que era preferible
no hacer ni padecer injusticias. Éste es el origen de la ley y las
convenciones, a partir de las cuales se designa ahora a lo legítimo y
justo. La justicia no es un bien, sino un término medio entre el
mayor bien (cometer injusticia) y el mayor mal (no poder vengarse de
la injusticia). Pero el más justo de los hombres, si pudiera obrar
como quisiera (como en la leyenda del anillo de Giges, que volvía
invisible a quien lo llevara), cedería al deseo de tener más que los
otros (pleonexía), ‘que toda naturaleza busca como lo bueno’, y
que la ley reprime por la fuerza para preservar la igualdad.
Estamos
aquí ante una teoría del origen convencional de la ley y la
justicia, que en cierto modo resulta un Hobbes a mitad de camino: el
pacto de no agresión que funda lo legal parece sostenerse sin
necesidad de la constitución del Leviatán. Pero esto es así porque,
a diferencia del hombre natural hobbesiano, cuya fuerza o astucia
pueden siempre rehabilitarlo para la guerra, los actores de este pacto
son esencialmente impotentes. Glaucón expone ‘lo que se dice’, lo
aceptado por la opinión general. Se trata del hombre común y
mediocre, que quiere y no puede ser injusto. Lejos de Calicles y su
superhombre, acá priman la sordidez y miedo: el perfecto injusto es
inalcanzable.
El otro
interlocutor, Adimanto, completa la vuelta de tuerca. Padres y poetas
sólo recomiendan la justicia por sus consecuencias, y se considera
que hasta los dioses ayudarían a los injustos, ya que sus sanciones
pueden ser negociadas mediante ofrendas y ritos pagados con los
productos mismos de la injusticia. Entonces es ésta la que en
realidad resulta preferible por sus consecuencias, y todo inclina a
los jóvenes hacia ella. La defensa de la justicia no podrá tener en
cuenta, pues, las consecuencias externas, sino sus efectos en el alma,
único modo de mostrar que es ventajoso poseerla por ella misma. El
problema tiene que ser estrictamente planteado en condiciones límite:
un hombre injusto, capaz de realizar la injusticia como un perfecto
artista, y que lleva una vida feliz aún con respecto a los dioses, y
un justo al que se despoja de todo, hasta de la apariencia de ser
justo, y acumula sobre su cabeza todos los males, hasta una muerte
entre suplicios, conservando sólo la justicia. Al fin de la vida, se
tratará de ver cuál ha sido feliz.
En este
punto termina la primera parte y puede comenzar la etapa constructiva
del diálogo. Hasta aquí se ha pasado revista a la actitud inmediata,
que supone sólo la existencia de cosas empíricas cuya ejemplificación
y exhibición bastaría (Céfalo); a la moral ‘heroica’
tradicional (Polemarco); a las concepciones de cuño sofístico (Trasímaco);
y por último, a la actitud prudente y cobarde del hombre común (Glaucón).
Es decir, se ha dado cuenta de ‘lo que se dice’, de los diversos
estratos dóxicos acerca de la justicia que circulan en la polis. El
ámbito de esta primera etapa del diálogo es el de las sombras
proyectadas en el fondo de la caverna. En adelante empezamos a
ascender hacia las cosas que las proyectan.
Se ha
discutido la condición del individuo justo. La búsqueda propuesta
comienza substituyéndolo por la ciudad, sin más justificación que
la imagen (368d) de la lectura, más cómoda, en caracteres grandes, a
comparar con los pequeños para ver si son las mismas letras. La
homología estructural entre el alma y la ciudad sólo se justificará
al exponerse la tripartición del alma, cuyas ‘partes’ o funciones
se corresponderán con los estamentos funcionales de la ciudad, en el
libro IV. Fedón había puesto en juego una psykhé que consistía sólo
en la pura actividad intelectual, a la que se oponían, como sôma,
los aspectos ‘psíquicos’ que corresponden a la sensibilidad y las
pasiones. República incorporará estos elementos al ‘alma’, y
esta multiplicidad, que interioriza en ella el conflicto, permite
explicar cómo una virtud de relación a otro como la justicia puede
darse y ejercerse en el ámbito interno del individuo16.
5.
GÉNESIS Y ESENCIA DE LA CIUDAD
Queda
claro desde el comienzo el carácter no empírico ni histórico, sino
lógico, teórico y constructivo de la indagación. ‘Si examinamos
con el lógos una ciudad que surge, conoceríamos cómo surgen su
justicia e injusticia’, propone Sócrates. El procedimiento para
descubrirla será genético y analítico: el desarrollo de la ciudad
se proyectará a partir de sus elementos mínimos necesarios. Y el
elemento propiamente dicho es el individuo. La familia, entendida como
célula biológica y dispositivo de procreación y crianza, está
simplemente ignorada. En este primer germen de ciudad está ignorado,
inclusive, el sexo. Las condiciones de la reproducción sólo serán
tratadas en relación a los guardianes, como una técnica altamente
artificial y en el marco de las exigencias de la alta política. La
Ciudad se origina, se deduce, sólo de la incapacidad del individuo
para bastarse a sí mismo. Cada necesidad lleva a un hombre a unirse
con el que puede satisfacerla, y la variedad de necesidades da lugar a
una multiplicidad de hombres –esto es, de funciones- reunidos en un
lugar para ayudarse entre sí. Y este intercambio se supone llevado a
cabo en interés propio. La usual adjudicación a los griegos de una
concepción donde la comunidad política funciona como dato primario
no se comprueba en este texto decisivo. No hay instinto gregario ni
necesidad de compañía que lleve a los hombres a agruparse, y menos
la unidad y concordia cívica en la que más adelante Platón pondrá
tanto énfasis. La sociedad se origina sólo por necesidades económicas17.
La
Ciudad, además, no se propone la satisfacción de otras necesidades más
que las básicas: la alimentación de la que depende la vida, habitación
y vestido. En el libro I se había planteado la cuestión de la
justicia en el marco de una ‘técnica de la vida’. Este marco
continúa en los análisis presentes. Se trata del vivir en el sentido
estrictamente biológico de las condiciones y medios de la
supervivencia. Para satisfacerlos harán falta un labrador, albañil,
tejedor, zapatero: la ciudad estará compuesta necesariamente por
cuatro o cinco hombres. Éstos podrían procurarse todo por sí
mismos, haciendo todos los trabajos, pero del supuesto de la no
autosuficiencia del individuo se deriva el de la división del
trabajo: cada uno producirá un solo tipo de bienes. En una comunidad
dispuesta para la satisfacción de necesidades elementales, esto
atiende sólo a la facilidad inmediata de la realización del trabajo,
y en todo caso a la calidad del producto. En este contexto, el
principio moderno de la productividad no tiene sentido18. Pero detrás
de ello hay más, mucho más: con la adopción aparentemente inocente
del principio de la división del trabajo, en un marco en que resulta
casi obvio (todo se hace más fácil, cada uno tiene aptitudes
diferentes, el trabajador tiene que estar disponible en el momento
oportuno), se ha sentado una pauta básica que se extrapolará a las más
importantes construcciones políticas de Rep. y regirá opciones
doctrinarias e ideológicas decisivas.
Por de
pronto, los cuatro ciudadanos que producen los insumos básicos
requerirán quién les fabrique sus herramientas: harán falta
carpinteros, herreros, quienes críen ganado para las necesidades de
la agricultura, el acarreo y la provisión de materias primas (pero no
para comer: esta gente es vegetariana). La ciudad, que ya no es tan
pequeña, seguramente deberá importar algo, y por lo tanto producir
bienes de exportación, lo que supone artesanos, comerciantes y
marineros. Y la división del trabajo requiere intercambio, un mercado
y moneda. Esta intermediación estará a cargo de los más enfermizos.
Los que sólo poseen fuerza física, la venden como asalariados.
‘La
ciudad ha crecido hasta ser perfecta’ declara un Sócrates
satisfecho. Pero la justicia y la injusticia no surgen de lo
examinado, salvo tal vez que –como sugiere el interlocutor- se den
en las relaciones mutuas que crea la necesidad. Para ceñir más de
cerca el problema, Sócrates hace una descripción memorable del género
de vida de estas gentes: producirán granos, vino, vestidos y calzado.
Construirán sus casas, trabajarán desnudos en verano y abrigados en
invierno. “Se alimentarán con harina de trigo o cebada, tras
amasarla y cocerla, servirán ricas tortas y panes sobre juncos o
sobre hojas limpias, recostados en lechos formados por hojas
desparramadas de neuza y mirto; festejarán ellos y sus hijos bebiendo
vino con las cabezas coronadas y cantando himnos a los dioses (...).
No tendrán hijos por encima de sus recursos, para precaverse de la
pobreza o de la guerra.” Podrán comer con el pan sal, aceitunas y
queso, cebollas y legumbres hervidas, higos, guisantes, bellotas.
“De este modo, pasarán la vida en paz y con salud, y será natural
que lleguen a la vejez y transmitan a su descendencia una manera de
vivir semejante” (372a-d). La réplica del interlocutor cae como un
balde de agua sobre este idílico entusiasmo y parece condenar al
fracaso todo el esfuerzo hecho: “Si organizaras una ciudad de
cerdos, Sócrates, ¿les darías de comer otras cosas que ésas?”
Nunca se enfatizará lo suficiente la necesidad de leer a Platón
teniendo en cuenta su ironía que, como en esta descripción de la
Edad de Oro, puede llegar a ser muy dura19.
Los
presupuestos a partir de los que se proyectó esta ciudad,
coherentemente desarrollados, dan como resultado una sociedad bastante
compleja, en la que existen inclusive el comercio internacional y la
moneda aunque no se habla del régimen de propiedad. Y sin embargo se
supone una simplicidad que no requiere ni coerción ni defensa ni
gobierno20. La ciudad resultante está dirigida a satisfacer solamente
las necesidades elementales. Es, pues, una ciudad ‘gástrica’,
reducida a una sola de las funciones que se atribuirán al alma y al
segundo modelo de ciudad: el elemento apetitivo-productivo, que
resultará inferior al energético-militar y al racional-dirigente.
Pero estos últimos están acá ausentes por innecesarios. Por eso la
justicia –que será una cierta relación entre las ‘partes’ del
alma y de la ciudad- no puede encontrarse aquí.
¿Creía
Platón en la posibilidad o en la realidad histórica de una comunidad
de este tipo? Es más que dudoso. En todo caso, su pesada ironía
indica que no la consideraba deseable. La ciudad gástrica sólo
desarrolla una de las funciones humanas, la inferior. Pero esta
comunidad idílica y satisfecha se cierra sobre sí misma, y no podría
ni querría superar su felicidad animal. Para pasar a lo que
provisoriamente podríamos llamar ‘cultura’, es decir, a la
emergencia de las funciones ‘superiores’ y por lo tanto al
desarrollo de las más altas ‘virtudes’- hay que admitir un
impulso que podría venir del exterior -lo que no está en las reglas-
o redefinir la comunidad para que contenga en sí ese impulso. Pero si
se ha descrito una comunidad ‘buena’ y ‘perfecta’, satisfecha,
ese impulso sólo puede venir de un elemento negativo. Los
interlocutores tendrán que cambiar su comunidad inocente por otra
corrupta. Platón tiene que proceder a la peligrosa operación de
inocular gérmenes patógenos en la comunidad sana y enfermarla,
volverla ‘febriculosa’ o ‘inflamada’ (phlegmainoûsa, 373a), y
dedicar todo el largo proceso siguiente a curar esa enfermedad. Pero
ese proceso es también, en principio, la emergencia de más altas
posibilidades de realización humana. En otras palabras: si la
‘inocencia’ no existe ni es deseable, toda virtud y ciencia tiene
que ser ganada a partir de la corrupción, que entonces aparece
ambiguamente como un dato imposible de suprimir y necesario, y si se
quiere, benéfico.
Para
seguir buscando la justicia, entonces, hay que dejar aquella ciudad en
sus comienzos y considerar una ‘con toda clase de comodidades’.
Pero estas comodidades son ‘recostarse en lechos y comer en mesas,
disfrutando de manjares y postres’: no se incorpora nada nuevo, sino
sólo los refinamientos innecesarios de la satisfacción de las mismas
necesidades; en realidad, de la más básica, la alimentación, pues
todo lo que se agregue –desde los lujos y las prostitutas hasta el
arte- está en función del banquete, tal como más o menos podía
haberlo conocido Platón en Sicilia21. Estamos siempre en el modelo de
la ciudad ‘gástrica’, pero esta vez ‘malsana’. No suele ser
advertido que ésta es la ciudad que se convertirá en el
‘modelo’, la presunta ‘ciudad ideal’ de Rep. En el momento de
ser introducido, este célebre modelo es presentado como una ciudad
enferma y decadente.
La ciudad
deberá ampliarse para incluir a quienes satisfarán los deseos no
necesarios: cazadores, artistas –pintores, músicos, poetas,
rapsodas, actores y bailarines-, orfebres y fabricantes de adornos
femeninos, servidores, animales para comer y quienes los crían, y
como corresponde en una ciudad ella misma enferma, médicos. Esto ha
sido interpretado como “ansia de posesiones privadas... la fuente
principal de todos los males sociales”22. Sin embargo, esto no es
del todo correcto. El ‘ansia de poseer’ no es acá un ansia de
acumular: se desean los bienes para su uso y goce. La posesión no
nace obviamente del trabajo ascético que da lugar a la acumulación,
de acuerdo al modelo weberiano de la moral puritana, sino al
contrario, al mejor estilo Calicles, de la expansión de los deseos y
satisfacciones sensibles y corpóreos (comida y sexo) propios del
‘vientre’, como puede esperarse de la índole propia de esta
ciudad gástrica. En la raíz no está el afán de poseer, sino el afán
de gozar.
La clave
está en ese “afán ilimitado de posesión de riquezas, sobrepasando
el límite de las necesidades” (373d), y la consecuencia será que
el país no será suficiente y deberá extenderse sobre el vecino (y
viceversa, si la disposición de éste es la misma). Se produce la
guerra, y podemos decir que hemos descubierto su origen en esa pasión
de poseer. Estamos así ante la necesidad de un ejército completo,
capaz de defender las riquezas y la población. Y aquí el sencillo
principio de división del trabajo comienza a operar en gran escala y
en forma poco ingenua. El tradicional ejército de ciudadanos –la
ecuación ciudadano-soldado, vigente desde la revolución hoplítica
del siglo VII- es reemplazado en su nombre (y en la importancia del
cometido) por un ejército profesional. Así se cierra lo que parece
una secuencia deductiva.
Pero no
hemos salido de la dinámica de los instintos egoístas dados por
supuesto desde el inicio, y no hay ningún motivo para que éstos
dejen de jugar en los soldados. Establecida la necesidad de un ejército
profesional, Platón ve (cf. 416a-b) que la clase militar -distinta
ahora del resto de la población- se haría necesariamente con el
poder en beneficio propio. El tronco de la organización política que
va a proponerse tenderá justamente a impedir que esto suceda. Como
obviamente no puede haber un poder coercitivo superior a quienes
detentan la fuerza, la solución tendrá que ser su educación. Esta paideia estará encaminada a hacerles aceptar un modo de vida que
ahogue la tendencia a la apropiación para el goce egoísta. Hay que
suprimir pues el núcleo mismo desde el cual es posible decir ‘mío’.
Esto llevará a la supresión de lo privado, tanto de la propiedad
como de la familia.
El texto
produjo una inflación ‘malsana’ de la ciudad hasta llegar a la
necesidad de un ejército profesional, que se ha deducido de las
necesidades de la clase de los productores-gozadores. A partir de este
punto se da una inflexión, y el establecimiento del duro modo de vida
del estamento militar es considerado como una operación de purga de
la ciudad toda (cf. 399e). La clase de los productores es dejada aquí,
y el texto no volverá a ocuparse de ella. No se dice si la purga del
modelo la alcanza también a ella. Sería inconcebible que
permaneciera envuelta en refinamiento y lujuria y los ascéticos
soldados aceptaran defenderla. Las pocas alusiones posteriores hacen
suponer lo contrario. Pero es posiblemente falso el preconcepto, teñido
de proyecciones modernas, que nos la hace sentir como oprimida y
miserable, ‘proletaria’. En todo caso, a la vista del régimen de
vida de los guardianes, nuestra contextura pequeño-burguesa nos la
haría seguramente preferible. Seguirá siendo el ámbito de la
propiedad y la familia, pero no se dice cómo se las regularía. También
queda en la penumbra, para discusión de la crítica, la existencia de
esclavos y su condición. Establecida la necesidad del estamento
militar, el texto se concentra en adelante en ella. Las dos cuestiones
decisivas, que ocuparán casi todo el esbozo de organización, serán
cómo elegirlos y cómo educarlos.
6.
EL ESTAMENTO DE LOS GUARDIANES
La elección
de los jóvenes soldados hace aparecer por primera vez una de las
constantes del pensamiento político platónico, que volverá en otros
lugares del texto y adquirirá una dimensión decisiva en Político:
el problema de la armonización de los elementos fogosos y los mansos
y reflexivos. Todas las cualidades militares podrían conducir a la
agresión mutua y por lo tanto a la destrucción de ellos y de la
ciudad que deben defender, a manos propias o de otros. Pero las
referencias a la areté de los animales no han sido en vano. Una
comparación o comprobación zoológica permite reconocer que esa
coincidencia de opuestos existe, y no se pide algo contrario a la
naturaleza. Las aptitudes naturales en base a las cuales habrá que
elegir a los soldados (sagacidad, velocidad, fuerza, valentía), se
encuentran en los perros guardianes, que darán su nombre a la clase.
Sobre todo, los perros son mansos con los de la casa y agresivos con
los desconocidos. Esto lleva a apuntar otra cualidad necesaria a este
perro guardián humano, que será el germen de su conversión en
gobernante: el ser “filósofo por naturaleza”. La indicación es
esencial, pero está sellada con otro de los trozos maestros de la
ironía platónica, aplicada ahora a su propia construcción: el perro
gruñe al desconocido, aunque nunca le haya hecho daño, y les hace
fiestas a los conocidos aunque nunca le hayan hecho ningún bien. La
pauta de discriminación es el conocimiento, y esto indica deseos de
aprender: el perro es filósofo. Lo mismo habrá que buscar en los
hombres.
La
segunda cuestión será cómo criarlos y educarlos23. La base es la
tradicional educación griega en música y gimnasia, que la paideia de
los guardianes recoge. “Música” (de “musas”), en griego,
comprende tanto la poesía como la música propiamente dicha. Su enseñanza
consiste en el canto y memorización de los poetas, con Homero a la
cabeza, los cuales, en ausencia de un texto sagrado u otra forma
consagrada de autoridad, sustentan el saber colectivo como
depositarios y transmisores de las concepciones religioso-políticas
tradicionales sobre las que se basa la vida ciudadana. Platón incluye
en ella también los cuentos de la primera infancia. Ese momento tempranísimo donde el carácter es maleable al máximo, fue siempre
visto por Platón como decisivo y peligroso, y como una de las claves
de la estabilidad política. Este momento prepaidético de la crianza
(trophé) es el momento ontológicamente decisivo de la apertura al
mundo. Esto corresponde al decir comunitario del m^ythos, las
narraciones en que la comunidad nombra a los dioses, narra sus hechos
y ubica al hombre en relación a ellos. Pero en Grecia el mito lleva
los nombres propios de Homero y Hesíodo (377c, cf. Heródoto II 53),
y este mismo carácter no anónimo indica que ya no es, o mejor, que
en Grecia nunca fue (como en los pueblos ‘antropológicos’) un
discurso cerrado sobre sí, capaz de instaurar y conservar el mundo de
una sociedad tradicional. A la altura histórica de Platón, esas
narraciones hace mucho que han sido cuestionadas, y es justamente en
sus textos donde aparece la contraposición mito-logos. Pero el
escepticismo de los intelectuales no quita al mito su enorme potencia
organizadora. Por ello los dirigentes asumen el control político de
la mitopoíesis. La posición de sí misma de una comunidad en sus
mitos y la espontaneidad de la creación anónima o colectiva quedan
reemplazadas por la introducción desde arriba, deliberada y
consciente de mitos fabricados o modificados en función de la
organización política y el manejo del poder: hay que seleccionar los
mitos y no tolerar los que se opongan al proyecto, vigilar a quienes
los componen, convencer a madres y nodrizas. Nos encontramos aquí con
un procedimiento que reaparecerá en diversas instancias. No se trata
de la imposición inquisitorial y externa de creencias, que Platón
sabe muy bien que no funcionaría. Nuestro filósofo es más bien el
inventor genial de las técnicas de inducción de creencias en niveles
sub-racionales y sub-conscientes. Técnicas diferentes por cierto de
la persuasión sofística, en parte sostenida por una racionalidad de
la negociación y el acuerdo, y que siempre se desarrolla en el nivel
consciente del habla y la escucha atenta. La misma objetividad del
fundamento que pretende para sí la filosofía platónica le permite,
como se indicará al cerrar la discusión sobre la música, introducir
afectivamente ‘verdades’ que más adelante serán
‘reconocidas’ por la razón. Es fácil encontrar paralelos en los
estados totalitarios y las contra-utopías del siglo XX, pero también
en las sociedades democrático-capitalistas, movilizadas por la
publicidad.
La
expurgación de las fábulas a partir de los “mitos mayores”
(377c) de Homero y Hesíodo, a veces denominada la “teología” de Rep., se propone depurar la concepción popular de los dioses.
La crítica,
en principio de carácter moral, abarca los abundantes aspectos de la
mitología que a una lectura racionalizada parecen escandalosos y que
pueden afectar las actitudes de los guardianes. Como fundadores y
legisladores, a Sócrates y sus interlocutores compete no crear fábulas
sino dictar normas para quienes las crean. El principio será
‘representar a la divinidad como es’. Detrás de las pautas éticas
y de conveniencia política están los principios de la ontología
platónica. Los guardianes no son, como tales, filósofos, y su
educación les proporciona no un verdadero saber sino sólo una
‘opinión correcta’: si nos volvemos a remitir a la alegoría de
la caverna, alcanzan sólo el segundo nivel, el del fuego, pero no
salen de ella. Los mitos que se les cuenten reproducirán, en lenguaje
figurado y como gestas divinas, los caracteres del verdadero ser, las
Ideas, calificadas en Fedón 80b como ‘lo divino’, en neutro. La
divinidad tal como es es “buena”, y lo bueno no puede hacer mal.
La primera ley para los poetas sería pues que ‘la divinidad no es
causa de todo, sino sólo del bien’. La segunda ley parte de las
transformaciones y metamorfosis mitológicas –donde el ser de lo
divino decae en apariencias cambiantes, fantasmas y engaños- para
contraponerles el ser simple, que no se aparta de su forma (idéa)
propia. Fedón 79a ss. justamente subraya la simplicidad y la
permanencia en su identidad de lo que verdaderamente es. La divinidad,
lo más excelente, no podría ser alterada desde afuera y menos desde
ella misma, que siendo bella y buena sólo podría cambiar para peor,
ni podría hacernos creer en transformaciones que en realidad no
suceden, lo que sería mentir. Bondad, permanencia en el propio ser,
veracidad, son los atributos ético-ontológicos de los dioses, a los
que los guardianes deberán asemejarse en cuanto sea posible al
hombre. La ambigüedad y la multiplicidad inquietante, las
posibilidades de la apariencia quedan excluidas del fundamento, ya
casi como el ‘mal’. La traducción política de esta situación
ontológica es bastante obvia.
Es también
importante el tratamiento de la mentira: la ‘verdadera’ mentira
está definida no como la que se dice en palabras, sino como “la
ignorancia en el alma del engañado” (382b). Este distingo abre la
posibilidad humana (ya que los dioses son completamente ajenos al ámbito
de la mentira) de la mentira útil: con los enemigos o los amigos
perturbados; o en la creación de las fábulas cuando, por ignorancia
del pasado, aproximamos en lo posible lo falso a lo verdadero. Esta
poco ingenua posibilidad se convertirá luego (389b) en un
‘remedio’ que sólo debe aplicar el ‘médico’: prerrogativa de
los gobernantes, para los cuales sería adecuado que “frente a los
enemigos del estado y frente a los ciudadanos mientan para beneficio
del estado”, mientras que los particulares que engañan a los
gobernantes serán considerados gravemente culpables. Un poco más
adelante, como veremos, abrirá la puerta a una célebre mentira política.
Luego 24
se expurgan los relatos sobre el Hades, condenando cuanto pueda
infundir a los guerreros temor a la muerte, y sobre los héroes, con
sus cualidades aceptables e inaceptables. Sobre los hombres, que
completarían el esquema, resulta imposible fijar normas mientras no
se sepa realmente qué es la justicia y si le corresponde o no la
felicidad. Del tema o contenido (lógos) se pasa al estilo o modo de
decirlo (léxis). El núcleo del problema estará en la conveniencia
del estilo imitativo, propio sobre todo de géneros políticamente tan
importantes como la tragedia y la comedia. Se teme la influencia en el
carácter de la imitación de caracteres o circunstancias innobles. La
abundancia de elementos imitativos y la variedad de ritmos y armonías,
agradables para los niños y el vulgo, no deja de estar en contradicción
con la simplicidad ontológica y política exigida. El ubicuo
principio de la división del trabajo resuelve la cuestión. En una
ciudad donde cada uno cumple una sola función y el zapatero no es
piloto, y (los ejemplos pasan a ser políticamente envenenados) el
labrador no es juez ni el comerciante soldado, como en la polis democrática
y hoplítica, está completamente fuera de lugar ‘un hombre capaz de
adoptar todas las formas e imitarlo todo’ (398a). Se lo honrará
como a un ser divino y se lo invitará a irse. La versión según la
cual Platón expulsa de la ciudad a los poetas malinterpreta el párrafo.
El que no es aceptado es este imitador proteico, capaz de todas las
metamorfosis. El poeta de esta ciudad –y toda estructura política,
por su mismo carácter paidético, tiene que tener un poeta-, menos
agradable y más sobrio, usará la narración simple, sólo imitará a los
hombres de bien, y se adaptará a los criterios educativos enunciados.
Será el poeta del régimen25.
Los
mismos principios se aplican a la música propiamente dicha. La
selección de armonías se hace según una muy precisa correspondencia
entre las escalas del sistema musical griego y los caracteres o
estados de ánimo: eliminadas las armonías lastimeras y muelles,
quedan las que expresan el valor guerrero y las acciones pacíficas y
mesuradas. Podemos entrever en qué medida la música -en la educación,
en el teatro, en la guerra misma- permeaba el éthos político griego,
aunque tal vez nos cueste entender la enorme importancia política que
Platón le adjudica26. De hecho, de la estabilidad de las formas
musicales se hace depender la de la ciudad misma (cf. 424c y Leyes
700a, donde la decadencia política de Atenas es adjudicada a las
innovaciones musicales). No es casual que esta legislación sobre la música
sea descripta (399e ya cit.) como purificación de una ciudad llena de
lujos. La música, aunque el atractivo se manifiesta de muchos modos y
todos los artistas, además de los poetas, deberán ser vigilados, es
el núcleo de la educación porque impresiona el alma y la hace
sensible a la belleza estético-moral mediante un vínculo previo a la
razón, que luego será reconocido por ésta. La educación musical
termina convertida coherentemente en ciencia ética, y por último
culmina, en un tránsito lejanamente relacionado con Banquete, muy
platónicamente, en una peculiar erótica: el educado en música, que
rehuye lo discordante, ha de amar al alma noble encarnada en un
hermoso cuerpo, aunque aceptaría un defecto corporal si el alma es
bella. Pero el placer sensual, violento, se opone a la templanza. El
‘verdadero amor’ queda contenido en severos límites. Quien los
traspase se hará acreedor al reproche de ser, literalmente, un
maleducado (no músico e inexperto en lo bello, 403c) 27. Así se
considera adecuadamente cerrada la discusión sobre la música, cuyo
fin debe ser ‘el amor a la belleza’28.
La
consideración de la gimnasia se rige por el principio de que el alma
buena y cultivada imprime al cuerpo su areté y puede hacerse cargo de
él. Como norma general se rechaza el régimen de los atletas
profesionales, que enferman cuando se apartan de él, en favor de un régimen
moderado propio de guerreros que deben mantenerse sanos en cualquier
circunstancia, para lo cual Homero es buen maestro. El contraste entre
esta simplicidad y los refinamientos gastronómicos y sexuales trae la
consideración de la medicina y, tácitamente introducida por la dupla cuerpo-alma, de la abogacía (405a, dikaniké). Los buenos ejemplos en
medicina los dan nuevamente Homero, con remedios rápidos para
guerreros heridos, y el artesano obligado a trabajar, que no tiene
tiempo de estar enfermo y se cura rápidamente o se muere. En la
ciudad bien ordenada no hay lugar para el enfermo crónico, como los
ricos actuales, y Asclepios, que “era un buen político” (407e),
no dejó tratamientos para ellos. A los incurables del cuerpo la
medicina debe dejarlos morir. A los perversos incurables, la justicia
tiene que condenarlos a muerte. Pero los jóvenes guardianes no
necesitarán de la justicia, y apenas del médico.
Con la
observación general de que música y gimnasia no forman una el alma y
la otra el cuerpo, sino ambas el alma, Platón retoma el tema
recurrente de la armonización de los caracteres. La ferocidad y la
blandura de quienes practican una sola deben convertirse en valentía
y carácter filosófico, y reunirse armónicamente en los guardianes.
La justa tensión y relajamiento de estos elementos sería el
verdadero fin de música y gimnasia, propio del verdadero músico, y
la tarea del verdadero gobernante, por la que subsistiría la politeía.
La decadencia política empezará justamente con el predominio de la
gimnasia (infra, 546d).
Este
esbozo, que deja de lado la normativa de las actividades particulares,
se completa con la primera indicación acerca de los gobernantes,
seleccionados entre los más viejos y los mejores en defender la
ciudad: el principio intelectual gobernante, apenas desarrollado, no
se diferencia aquí suficientemente del cuerpo militar, y los
gobernantes no son por ahora más que jefes, generales que cuidan en
el más alto nivel de la organización y disciplina del ejército. Hay
un motivo tácito para presentarlos así: al señalarse por primera
vez la cumbre de la construcción, se invierte la perspectiva
individualista originaria. Estos gobernantes son presentados como los
‘perfectos guardianes’, de los que los llamados guardianes serían
‘auxiliares y ejecutores’: los que salvan a los soldados de
convertirse en soldadotes. En ellos, lo común suplanta a lo mío de
las tendencias egoístas. Se protege lo que se ama, aquello cuya
felicidad y desgracia se consideran como propias. El gobernante deberá
ser ahora aquél empeñado en el bien de la ciudad, y los candidatos
habrán sido probados desde chicos, tanto en los sufrimientos como en
los placeres para probar su carácter y comprobar que la mantienen
como su interés primero.
La puerta
abierta para el uso humano de la mentira va a ser usada (148b ss.)
para sellar este primer esbozo de organización política con una
“noble mentira”, destinada a ser creída por los gobernantes
mismos, o por lo menos por el resto de los ciudadanos. Esa “historia
fenicia”, difícil de hacer tragar, de lo que Platón es consciente,
combina dos mitos preexistentes. En primer lugar el de la autoctonía29.
Habría que convencer a los guardianes de que la educación recibida
ha sido un sueño, que la tierra los ha formado en su seno y los ha
parido con todas sus armas y posesiones, y por lo tanto es su madre
que deben defender, y los demás hombres sus hermanos. Pero este mito,
propio de aristocracias guerreras, se combina con el de las razas, de
raíz hesiódica, y estos hermanos resultan diferenciados por el dios
mediante la inclusión en ellos de oro, plata, bronce o hierro. Los
caracteres se transmiten en verdaderas castas, aunque queda una
probabilidad de que la descendencia pertenezca a otro metal. Los
gobernantes deberán estar atentos a ella, porque “existe un oráculo
según el cual la ciudad sucumbirá cuando lo custodie un guardián de
hierro o bronce” (415c). Este mito, increíble para la primera
generación, podría tener curso en las siguientes.
El mito
suele causar molestia entre los comentaristas, y Popper ve en él la
fundamentación racista del estado platónico. Más adelante las
disposiciones sobre la reproducción constituyen un conjunto de
estrictas medidas eugenésicas, y si bien la eugenesia platónica no
dispone como el racismo moderno de una biología, la cría de animales
le proporciona un modelo aceptable. Por supuesto, la lectura del texto
posterior a la Segunda Guerra Mundial encuentra una sensibilidad
erizada. El problema de Platón es legitimar el orden de la ciudad.
Las ‘razas’, o mejor castas, organizan funciones: su legitimación
tiene que ser algo más que propaganda, porque no se trata de hacer
agradables ciertos aspectos del régimen, sino directamente de
posibilitarlo, estructurando el éthos de la comunidad y de sus
partes. Se supone que una justificación ‘racional’ sólo la
proporciona la filosofía, a la cual ni siquiera el grueso de los
guardianes accede. Un mito es entonces la solución adecuada. Ninguna
estructura social es viable si no se encarna en los estratos más
profundos y prerracionales de la colectividad. Pero el problema,
aparte de que sea una mentira más o menos espúrea o cínica, es que,
tal como se la plantea, la “historia fenicia” es apenas creíble.
Más allá de la moralina no sería un instrumento eficaz, y Platón
lo sabe (cf. 415d). Este mito indica un lugar en que el cartílago del
armazón político no termina de cerrar. En vez de recurrir a mitos
raciales con perfume nazi, Platón hubiera debido apelar al prestigio
del saber de sus gobernantes. En ese sentido, los virtuosos ingleses y
otros colonialistas modernos han tenido mejor fortuna cuando desde el
s. XVIII en adelante fueron substituyendo la teología por la
‘ciencia’ natural o social para justificar sus imperios racistas.
Armada la
primera aproximación al modelo hay que ponerlo a funcionar, y con
ello los desajustes y chirridos, cuando no la insinuación de
problemas más hondos, se hace sentir. Los jefes, ‘perfectos
guardianes’, tienen que ocuparse de que “los enemigos de afuera no
puedan hacer mal ni los amigos de adentro deseen hacerlo” (414b). El
campamento de los guardianes tiene que estar en un lugar adecuado para
reprimir sediciones tanto como para defenderse de ataques exteriores
(415e). Este sordo rumor de las tensiones hace pensar que el mito no
fue creído del todo por el pueblo. Pero lo más peligroso es la
posibilidad de que los guardianes mismos se hagan con el poder: de que
los perros se vuelvan lobos. La única contención es la ‘buena
paideia’ que han recibido. ¿Pero quién puede asegurarnos
absolutamente que esta educación funcionará? Además de
encomendarnos a Santa Paideia, habrá que darles viviendas y medios de
vida de modo que ‘no les impidan ser perfectos guardianes y no los
induzcan a causar daño a los demás’ (416a-c).
La Ciudad
de los Perros es una Esparta algo exagerada. El régimen de vida de
los guardianes excluirá rabiosamente hasta la sombra de la propiedad
privada. No poseerán nada, salvo los objetos de primera necesidad.
Tendrán casa y despensa en común. Sus conciudadanos les pagarán con
la cantidad justa de alimento, apropiado para atletas, que necesiten
por un año. Harán vida en común y comidas colectivas, como si
estuvieran siempre en campaña. Convencidos de poseer en el alma oro y
plata divinos, el metal terrestre, ‘impuro y criminal’, se vuelve
tabú: no podrán ni tocar los metales preciosos, ni usarlos ni
aproximarse a ellos. La posesión y acumulación los convertiría de
salvadores en tiranos, y la población sería vista como el enemigo
interno. La conducta en la guerra, tratada más adelante (466e ss.),
incluye llevar a los hijos a presenciar las batallas, dentro de lo
seguro. El cobarde será desclasado, y el que caiga vivo abandonado al
enemigo. El que se destaque será coronado en el campo y tendrá
favores eróticos y gastronómicos. Los caídos en combate, o
meritorios por otros motivos, serán honrados como dáimones. Con
respecto a los enemigos, se inserta la importante observación de que
los griegos no deben ser esclavizados. Griegos y bárbaros son
enemigos por naturaleza, y su hostilidad es llamada propiamente
“guerra”, pero entre ciudades griegas debe considerarse una
disensión intestina o guerra civil (stásis). La consciencia panhelénica
se hace explícita (470a ss.) y viene a reforzar el imperativo de
unidad interna que rige a la ciudad, permitiendo exportar toda
hostilidad y disensión como enfrentamiento con una alteridad
completa.
El
riguroso régimen ascético de los guardianes, privados de todos los
disfrutes de la posesión y del goce, de los que sin embargo podrían
apoderarse, plantea la cuestión de la felicidad (419a ss.). Ésta no
corresponde a una clase (éthnos) particular, sino a la ciudad como un
todo, en vistas de la búsqueda de la justicia. Tácitamente, Sócrates
ha substituido la noción de felicidad como goce por la de felicidad
como cumplimiento de la función propia. Los guardianes tendrán la
clase de felicidad adecuada a su actividad. Hay que mirar a la
‘ciudad entera’ y hacer que cada grupo cumpla con su función
“por la persuasión o por la fuerza”, con lo cual gozarán de la
felicidad que la (su) naturaleza les ha concedido.
La
inversión del individualismo y el pasaje a una perspectiva orgánica
se han logrado mediante el acotamiento estricto de los factores económicos.
Los guardianes, que ya han renunciado a los bienes, no deben permitir
en los artesanos los extremos de riqueza o pobreza, que producen
haraganería o resentimiento e inseguridad política. Si los artesanos
satisfechos no ponen en peligro la polis gracias a esta mesura en las
posesiones, la clase militar podrá, de ser necesario, hacer la guerra
con buenas esperanzas contra ciudades más ricas y más grandes: cada
uno de sus ‘perros duros y flacos’ vale más que varios soldados
ricos y gordos. Y al haber renunciado a la riqueza y no buscarse botín,
se pueden utilizar los mismos tesoros del enemigo para la concertación
de alianzas. Sobre todo (Platón tiene ante los ojos lo que ha sido la
experiencia casi constante de la vida política griega durante
generaciones), cada ciudad es múltiple: por de pronto doble, la de
los ricos y la de los pobres, enemigas entre sí, y éstas se dividen
todavía en otras. No es difícil hacerles frente utilizando sus
propias disensiones, mientras que nuestra ciudad se mantendría ‘única’
gracias a la concentración del poder y la represión de los impulsos
de expansión económica. Esta unidad es un índice ontológico de la
‘buena’ ciudad, y deriva de la unidad de cada uno de sus
componentes y de su correcta ubicación en el todo. En los hechos
equivale a la autosuficiencia de la ciudad que Aristóteles retomará,
la cual pone límites al número de soldados (aquí unos 1000) y a la
extensión del territorio. La regulación de la procreación tratará
de que el número de ciudadanos permanezca constante (460a). En este
pasaje, la legislación sobre aspectos concretos y específicos (aún
la posesión común de las mujeres y la procreación, mencionadas al
pasar en 424a) queda encomendada a la buena educación de los
responsables. Por último, la legislación del culto se remite a Delfos.
7.
LOS FUNDAMENTOS ÉTICOS DE LA REPÚBLICA: LA TEORÍA DE LAS VIRTUDES
A esta
altura se está en posición de retomar las cuestiones pendientes que
motivaron el diálogo: qué son y en dónde residen justicia e
injusticia, en qué se diferencian, a cuál hay que atenerse para ser
feliz. El modelo se da como bien constituido y completo, y por lo
tanto la ciudad será prudente, valerosa, temperante y justa (427e).
Este conjunto de virtudes, que luego recorrerá los siglos como el
canon de las cuatro virtudes cardinales, aparece aquí por primera
vez. Las ‘virtudes’ son enumeradas sin justificación y
caracterizadas rápidamente: esta presentación no es más que un
esbozo o aproximación, y de ningún modo alcanza a ser un verdadero
conocimiento, que sería el conocimiento de las respectivas ideas.
La
sabiduría o prudencia (sophía) se presenta en el acierto en las
deliberaciones de la ciudad, ciencia que se distingue de las múltiples
técnicas porque no delibera sobre algo determinado sino sobre el todo
político y sus relaciones internas y exteriores. Es propia de unos
pocos ciudadanos, los ‘perfectos guardianes’, por cuya ciencia la
ciudad será ‘sabia’. El valor se ubica fácilmente en relación
con los guerreros, y consistiría en mantener la opinión correcta,
inculcada por la educación, sobre cuáles cosas son temibles y cuáles
no, y no cambiarla en circunstancias buenas o malas, por placeres ni
dolores. La sophrosyne, que mal o bien traducimos como
“templanza”, es una especie de ‘acorde y armonía’: el orden (kósmos)
en los placeres y pasiones, el dominio sobre ellos, ‘ser dueño de sí’,
vocabulario que alude a la subordinación, dentro de la misma persona,
de los elementos menos buenos a los mejores. El dominio razonable de
los apetitos es la única ‘virtud’ a la que podría aspirar la
clase inferior, aunque el texto (431cd) sugiere más bien que sus
deseos son puestos en su lugar por los de los ‘pocos y mejores’
para que la sophrosyne prevalezca en el conjunto por sobre la
tendencia al desorden. Pero esto se convierte inmediatamente en la
identidad de criterio en gobernantes y gobernados acerca de quién ha
de mandar, un acuerdo entre todos los ciudadanos, es decir, entre el
elemento menos bueno y el mejor, acerca de cuál de los dos ha de
tener la preeminencia.
La
justicia, cuya búsqueda se presenta en metáfora de batida de caza,
era una presa que siempre estuvo cerca: el principio de división del
trabajo (que cada cual se ocupe de aquello para lo que está
naturalmente dotado) resultó ser “la justicia o algo de su
especie”, y su primera ‘definición’ es “hacer lo que es
propio de uno, sin dispersarse en muchas tareas” (433a). Esto no
parece agregar nada al principio de la división del trabajo. Pero en
433e-434a se la pone en juego como actividad judicial de los
gobernantes, dirigida a impedir que alguien se apropie de lo ajeno y
sea despojado de lo propio. Esto, cuya lectura inmediata haría pensar
en ciertos derechos, en especial sobre posesiones u honores, se
convierte en el derecho a “tener cada uno lo propio” y a “hacer
lo suyo”. Es decir, la garantía de que ocupará efectivamente su
puesto en la ciudad, que le pertenece no por un principio convencional
sino funcional-ontológico: ‘lo mío’ es ‘lo que soy’ y
‘para lo que sirvo’, y esto ‘me es debido’. Conversamente,
cualquier intento de cambiar de actividad o de lugar en un avance
sobre ‘lo ajeno’, una apropiación injusta del ‘ser’ de otros.
La justicia no es una cuestión de intercambio de bienes o
condiciones, sino de posesión originaria e intransferible de lo que
ya soy y de la función que cumplo. De este modo funciona como el
fundamento de la jerarquía cívica, y así funda el ‘ser’ de la
ciudad. La justicia se convierte inmediatamente en la permanencia en
la propia clase y casta: salirse de ellas e intercambiar actividades
es ‘la mayor injuria contra la ciudad y lo peor que puede hacerse
contra ella’, y en esto consiste la injusticia. De esta forma la
justicia asegura y hace obligatorio el ejercicio de las respectivas
capacidades (aretaí), y puede decirse que es ‘la madre de todas las
virtudes’.
El casi
inadvertido, pequeño y aceptable principio de la división del
trabajo ha sido el módulo operante en esta construcción de la ciudad
y su justicia. Si tenemos memoria, encontraremos que el germen ya
estaba en los pasos iniciales del diálogo en los primeros intentos de
definición de Céfalo y Polemarco, que apuntaban al “dar a cada uno
lo suyo”, y que ahora revela todas sus implicaciones. Nada de lo
dicho en esos primeros tramos del diálogo era inocente. Tampoco el
final del libro I, que introducía a la justicia en términos de
funciones y capacidades del alma. Ahora, el análisis político va a
revertir al paralelo análisis psicológico. El alma, tripartita como
la Ciudad, tendrá tres virtudes funcionales. La justicia, que al
ordenarlas las posibilita, aparece como la virtud de las virtudes.
En
efecto, la comprobación de lo hallado acerca de la justicia pende
ahora del proyectado paralelo con el alma del hombre individual. De
acuerdo a la prioridad del individuo sentada desde el principio, los
caracteres de las ciudades vienen de los de sus habitantes: la
fogosidad de los del norte, el afán de saber de los griegos, la
avidez de ganancias de fenicios y egipcios. Hay que ver si la homología
es estricta y cada una de estas tendencias viene de una ‘parte’
del alma o de su totalidad. La solución se plantea al hilo de una
cuidada aproximación a lo que luego llamaríamos principio de no
contradicción. Los ejemplos, detallados y sencillos, que no
resumimos, muestran con facilidad cómo los deseos -de beber, por
ejemplo- pueden ser refrenados por otro principio, que se identifica
con la parte razonable. Igualmente la cólera se presenta distinta de
los deseos y de la razón, aunque puede ponerse del lado de ésta. Así
se reencuentran en el alma las partes correspondientes a las clases,
con sus funciones y virtudes, rectitudes y desvíos, y su armonización
será naturalmente la justicia dentro del individuo (443e), así como
la injusticia será su disensión y desorden. A la parte racional del
alma le corresponde mandar y a la irascible secundarla, cuando están
puestas de acuerdo por la música y la gimnasia. Ambas gobiernan la
parte concupiscible, que ocupa mayor lugar en el alma y es por
naturaleza “insaciablemente ávida de riquezas”. Hay que vigilarla
porque llena de los placeres propios del cuerpo se fortifica, se niega
a realizar lo suyo, e intenta esclavizar y gobernar lo que no le
compete.
La
equivalencia individuo-ciudad parte del individuo. Nuestra moderna
palabra “justicia” cubre dos palabras griegas, díke y dikaiosyne.
Díke, indica Homero en un principio las decisiones judiciales de los
nobles en un marco pre-político, y luego Hesíodo se refiere además
a la rectitud de estas decisiones. Con Solón se convierte en un
principio político-religioso, que regula en el largo plazo los
conflictos entre clases en el seno de la ciudad, ‘vengando’ los
excesos de un grupo con el exceso del grupo contrario. Así, a los
nobles cebados en los empobrecidos campesinos se les augura que el
pueblo se pondrá a la cabeza un tirano que los aplastará. Pero este
juego es un orden objetivo o en todo caso referido a Zeus. Ese mismo
juego, también nombrado como díke, adquiere un alcance cósmico-ontológico
y también político en Anaximandro y Heráclito. Podemos seguir la
palabra y el concepto de díke en la tragedia, en especial en Esquilo,
y en otro sentido en Parménides. En todos estos casos, aunque
compromete a los hombres, Díke es un juego transcendente que jamás
podría ser reducido a lo humano, y menos al hombre individual. En
cambio, la palabra dikaiosyne, que aparece en Heródoto, se afirma con
Platón, donde queda atribuida al ámbito completamente heterogéneo
de las ‘virtudes’30. El individuo resulta así el lugar originario
de la ‘justicia’, y la estructura tripartita del alma de Rep. da
lugar a la de la ciudad. La justicia en la ciudad no deberá ser
tratada -como en Solón- como un campo de fuerzas en conflicto, sino
como el ámbito de represión y economía pulsional de los individuos.
Pero a la inversa, este principio de la represión es político, así
como el modelo jerárquico que en realidad se proyecta al alma.
Parece
(445a) que puede cerrarse la arquitectura del diálogo y responderse a
la pregunta, clave de bóveda, acerca de la técnica de la vida: si
conviene ser justo, aún en las estrictas condiciones propuestas. El
alcance ontológico de la justicia basta para descalificar cualquier
modo de vida que perjudique y corrompa “la naturaleza de aquello
gracias a lo cual vivimos” (445b), esto es, la psykhé. Pero para
probarlo, habría que examinar las principales formas del ‘vicio’
(kakía, C. Eggers Lan “malogro”), que en la ciudad equivaldrán a
los malos regímenes.
En el
pasaje al libro V, los interlocutores interrumpirán este programa,
que no se retomará hasta el VIII, para exigir explicaciones sobre la
escandalosa cuestión, lanzada al pasar, de la comunidad de mujeres e
hijos, “primera ola” que se le viene encima a Sócrates y que éste
afronta con todos los recaudos del caso. La clave la dará nuevamente
la comparación con los perros guardianes. Parir y criar no incapacita
a las hembras para hacer las mismas actividades que los machos (451e):
la diferencia de funciones en la reproducción no constituye una
diferencia esencial. Por lo tanto, corresponde dar a las mujeres la
misma educación en música y gimnasia, y también en el arte de la
guerra. Sin embargo, la habitual lectura ‘feminista’ que habla de
la igualdad de los sexos en República no tiene en cuenta que,
llamadas a desempeñar las mismas tareas, sin embargo las mujeres son
inferiores a los hombres en ellas, y no sólo ni en primer lugar por
las fuerzas físicas, sino sobre todo por las intelectuales, aunque
las excepciones sean numerosas. Más adelante (540c) se hará explícito
hincapié en la existencia de gobernantas.
La
segunda ola es la comunidad de mujeres e hijos, que no se conocerán
con los padres. Para justificar su cuestionada posibilidad y utilidad
se recurre nuevamente al hilo conductor de la cría de perros y otros
animales, es decir, el mejoramiento de las razas. Las disposiciones
comportan una buena cantidad de ‘mentiras útiles’ y medidas
ocultas de los gobernantes para que los mejores hombres y mujeres se
reúnan frecuentemente como al azar, y los inferiores a la inversa.
Habrá fiestas nupciales regidas por falsos sorteos, y los jóvenes
distinguidos en la guerra o por otro motivo serán premiados con cópulas
frecuentes. Padres y madres estarán en pleno vigor físico y
espiritual (20 a 40 la mujer, 25 a 55 el hombre). Los mayores podrán
copular libremente, pero sin procrear. Fuera de estos límites, o
dentro de ellos pero sin autorización, la procreación se convierte
en impiedad. Se impone el aborto, y si se llega al parto el hijo no
será reconocido por la ciudad, y su suerte queda en la sombra. Los
deformes “serán escondidos en un lugar secreto y oculto, como
corresponde” (460c). Los hijos de los mejores serán criados en un
establecimiento común, y todo tenderá a que la raza de los
guardianes se mantenga pura. Por supuesto, no se distinguirán ni
padres ni parientes: las clases de edad valdrán como parentesco, con
normas sobre el incesto algo relajadas entre ‘hermanos’. Este
dispositivo cuasi nazi tiende a dar a la construcción platónica una
base biológica que tendrá luego consecuencias importantes en la teoría
de la decadencia.
El
excursus sobre las mujeres tiene el papel arquitectónico no
incidental de invertir totalmente el punto de partida individualista.
El afán de poseer para gozar dio lugar a la clase militar, pero ésta
se perfecciona con la extirpación total de la apetencia no sólo de
propiedad sino de cualquier núcleo de privacidad donde pueda hablarse
de lo ‘mío’, y cuya realización más conspicua es la casa y la
familia, que proporcionan goces y penas que los otros no comparten. La
unidad de la ciudad se funda en cambio en una comunidad de dolores y
alegrías. Lo ‘propio’ queda reducido a un núcleo mínimo: sólo
se posee el cuerpo (464e). La ciudad es un organismo que siente como
un todo lo que afecta a las partes.
La
tercera ola (472b ss.), la más terrible, es la cuestión de la factibilidad de la ciudad proyectada; cuestión que a nosotros puede
parecernos descabellada pero no a un griego, con la experiencia de la
colonización en su memoria histórica. Esto pone en juego su estatuto
ontológico: se han establecido los ‘modelos’ o paradigmas del
hombre perfectamente justo y su contrario para calibrar nuestra dicha
o desgracia según nos aproximemos a ellos, sin esperar que el hombre
justo empírico coincida absolutamente con ese modelo. Del mismo modo,
se ha “producido con la palabra (lógo(i)) un modelo de ciudad
buena” (472e), y no sería menos buena si no pudiera demostrarse su
factibilidad. Pero si se quiere ver en qué medida es posible, hay que
conceder que no se puede realizar algo tal como se lo describe: por
naturaleza, la prâxis se acerca menos a la verdad que el discurso (léxis).
Se ha
visto en esta ‘ciudad en la conversación’, siempre más verdadera
que cualquier práctica posible, la indicación de que República es
un proyecto más o menos utópico y de que Platón está confesando
aquí su mera calidad de ejercicio teórico. Pero el modelo, que en el
nivel individual es realizable (592ab), en el nivel político sería
al menos parcialmente factible. Tan es así, que Platón en persona
intentó, sin suerte, llevar a cabo su iniciación. La posibilidad de
que la ciudad se realice pende de un solo cambio, difícil pero
posible: el gobierno de los filósofos. “A menos que los filósofos
reinen en las ciudades, o los que ahora son llamados reyes y
gobernantes filosofen de modo genuino y adecuado, y que coincidan en
una misma persona el poder político y la filosofía..., no habrá,
querido Glaucón, fin de los males para las ciudades ni tampoco, creo,
para el género humano” (473d). Pero la afirmación de Sócrates es
escandalosa, y se hace necesario explicar quiénes son los verdaderos
filósofos.
8. UNA NATURALEZA FILOSÓFICA
El filósofo,
constituido por un elemento de amor y deseo (phileîn), pretende, como
todo amante, poseer la totalidad de su objeto, la sabiduría. Pero
también la curiosidad del amante de espectáculos (recuérdese la
importancia que da Platón a la teatrocracia) parece afán de
aprendizaje, y se corre el riesgo de confundirlos. El discrimen exige
determinar qué es la verdad que busca el filósofo, y para ello hay
que introducir abruptamente la doctrina de las Ideas
(475e‑476a). La política platónica tiene que hacer explícita
al fin su base metafísica. El diálogo se orienta de aquí en más
hacia la salida de la caverna. Sin embargo, aunque se nos indicará la
dirección, no alcanzaremos a salir: como se verá, esto sería un
trabajo de muchos años. Pero hay que suponer que los interlocutores
algo han oído de boca de Sócrates, y pueden acordar las bases de la
teoría.
Cada idea
es de por sí una unidad. Pero por la comunidad con acciones (práxeis),
con cuerpos (sómata) y entre ellas mismas, la idea aparece como una
multiplicidad de cosas sensibles que se muestran por todas partes31.
Los amantes de espectáculos y los hombres activos pero sin
conocimiento aman todo aquello con lo que lo bello entra en relación,
pero sólo el filósofo percibe y ama la naturaleza de lo Bello en sí.
Y en eso consiste la diferencia entre conocimiento y opinión. El
conocimiento pleno conoce ‘lo que es’ en sentido fuerte, ‘lo que
es plenamente’ (pantelôs ón) y es absolutamente cognoscible porque
su modo de ser es inmutable y racional. La ignorancia (ágnoia, i-gnorancia,
no-conocimiento) no es el error acerca del ser, sino el modo paradójico
de ‘aprehender’ lo inaprehensible por inexistente, el no ser. Si
existe algo intermedio entre el ser y el no ser, el modo de conocerlo
será también intermedio entre conocimiento e ignorancia: será la
opinión (dóxa), que no es una deficiencia del conocimiento sino una
capacidad distinta, dirigida a otro ámbito ontológico. La opinión
no es infalible, como el conocimento, porque es su objeto el que
siempre puede cambiar y volverse otro, y al cambiar la vuelve falsa.
El que sólo admite la multiplicidad de cosas bellas, “amante de
espectáculos que de ningún modo tolera que se le diga que existe lo
Bello único, lo Justo, etc.” (479a), tiene que admitir que las
cosas sensibles bellas y justas pueden presentarse feas e injustas
bajo cierto punto de vista, las cantidades dobles como la mitad, etc.
Las cosas sensibles se revelan como cosas que son y no son, y
corresponden entonces al objeto de la dóxa, y el personaje que se
atiene a ellas no es filósofo sino ‘filodoxo’.
Sólo
sobre esta base puede caracterizarse al gobernante, hasta aquí apenas
esbozado como jefe militar, y que ahora se revela como aquél que está
constituido por el conocimiento de la verdad. El comienzo del libro VI
hace girar el sentido de la expresión “guardianes”, redefiniendo
las cualidades éticas o caracterológicas en función de la capacidad
ontológica. La ‘buena vista’ perruna para velar por las leyes se
conecta con el conocimiento del ser inmutable y con la posesión en el
alma del modelo a partir del cual se intentará establecer o conservar
en el mundo las normas de lo bello, justo y bueno. En contraste (487b ss.), la maldad o inutilidad de los hoy llamados filósofos es
ampliamente reconocida.
Las páginas
que describen la situación de la filosofía en las ciudades (aunque
todos los regímenes están comprendidos, las referencias son
claramente a la democracia ateniense) dejan transparentarse las
pasiones, los prejuicios y aún los resentimientos de Platón. El patrón
de la ‘nave del estado’ (el dêmos ateniense), no muy lúcido e
ignorante de la navegación, entrega el barco a aduladores, provocando
desórdenes y aún su propio sometimiento, sin que nadie reconozca que
la navegación es un arte. El verdadero piloto pasa por un inútil
contemplador de estrellas. Con soberbia, este verdadero piloto (Platón,
hay que suponer) se negará a suplicar a quienes lo necesitan. Ellos
deberían, a la inversa, suplicarle a él.
La causa
por la que la naturaleza filosófica, presentada como la rara suma de
las buenas condiciones morales e intelectuales, se pervierte casi
necesariamente, está en el régimen político, de acuerdo al
principio de que todo germen sufrirá más las malas condiciones
cuanto más vigoroso sea (ningún mediocre se vuelve realmente malo).
El proceso es potenciado por los bienes exteriores. Los más
conspicuos discípulos de Sócrates –Critias, el peor hombre de la
oligarquía, y Alcibíades, el peor hombre de la democracia- estaban
en el caso. La silueta del segundo, sin mención de nombre,
protagoniza el drama paidético que se va a esbozar, relacionado con
el destino de Sócrates. Es la paideia la que puede convertir a la
mejor naturaleza en auténticamente malvada. Pero la paideia no es la
“instrucción”, esto es, la enseñanza de los sofistas, sino el
ejercicio comunitario de la opinión. Y la polis, ‘caída’ en su
configuración democrática, tiene el rostro de la multitud (plêthos)
que aprueba y desaprueba a los gritos en la asamblea, en los
tribunales, teatros y campamentos. No hay “educación privada” que
salve al individuo del verdadero sofista corruptor, que no es otro que
la multitud misma. Y “al que no pueden convencer lo castigan con
privación de derechos políticos, multas y pena de muerte” (492d).
La sabiduría del sofista es sólo una larga observación de los
movimientos, gustos y reacciones del “animal grande”, la bestia
popular, y enseña a adaptarse a sus instintos llamando “bueno” y
“malo” a lo que le gusta o la irrita tanto en el arte como en la
política.
El texto
transforma la incapacidad popular, compartida con el sofista, de
acceder a lo ontológicamente verdadero, en una hostilidad activa
hacia la filosofía. El vulgo ha de tratar de corromper a la
naturaleza filosófica “por la persuasión o por la fuerza”. Por
la persuasión, halagando al joven para ponerlo a su servicio y
excitando sus ambiciones. Y si tropieza con aquel cuya enseñanza podría
dirigir en buen sentido sus cualidades, la violencia se ejercerá
sobre éste, en su vida privada o llevándolo a juicio: en un juego de
planos, el personaje Sócrates recuerda y justifica su relación con
Alcibíades y menciona su propia muerte. La filosofía, prestigiosa y
desamparada, queda en manos de hombres de naturaleza inferior, puesta
en relación con la deformación del alma a partir del trabajo manual.
Sólo las circunstancias que, como el exilio y las enfermedades,
alejan al filósofo de lo público y político, pueden salvarlo de la
perversión. Pero entonces se vuelve “inútil”: el texto ya ha
asumido una equivalencia filósofo = dirigente político, y no se está
hablando de ningún tipo de intelectual. La casi imposibilidad de que
un filósofo acceda al poder (‘al menos uno en el curso infinito del
tiempo pasado, u hoy entre los bárbaros, o en el futuro’, 499d) no
debería ser tomada muy al pie de la letra. La autosatisfecha reflexión
acerca de los filósofos hoy inútiles y la posible conversión de algún
gobernante o de su hijo (499bc) refleja largas páginas de la novela
de Platón, algunas todavía por llenarse en el momento en que escribe
estas frases. Platón propone una política eidética frente a toda
política empírica. El filósofo, conocedor de las ideas, las imita y
“en cuanto convive con lo que es divino y ordenado se vuelve él
mismo ordenado y divino, en la medida en que esto es posible al
hombre” (500cd). Y si es ‘forzado’ a ello, extenderá esta
formación a las costumbres públicas y privadas de los hombres. Hasta
la multitud sería capaz de aceptar y apreciar al verdadero filósofo
si logra reconocer en él a ese pintor que copia el modelo divino.
Para ello, el político partirá de una tabla previamente limpiada32,
y contemplando lo Justo por naturaleza, lo Bello, lo Temperante, y
luego sus efectos en lo humano, producirá una organización y una
imagen del hombre en la que llegaría a resplandecer, según las
expresiones homéricas, algo que lo haga “semejante a un dios”.
La metafísica
de las Ideas sanciona la falta de verdad de lo presente y hace
depender su realidad misma del grado de participación que tenga en lo
verdaderamente real, es decir, de la participación de las cosas
sensibles en las ideas correspondientes. En ese horizonte, el mundo
inmediato y sus cosas resultan constitutivamente deficientes
justamente porque son proyectados contra la plenitud de la Idea. Esa
plenitud, siempre ausente, consagra la deficiencia de las cosas. Pero
también la tensiona, y hace que el ser imperfecto de las cosas se
convierta en una búsqueda permanente de su propio ser. De este modo
las cosas ‘desean’, ‘aspiran’ a su Idea, aunque necesariamente
fracasen en el intento de aproximársele33. En el ámbito humano, esta
tensión se vuelve consciente y debe ser el motor de la acción. La
moral y la política son una activa puesta en obra del movimiento que
cumple la realidad en su conjunto, la ‘participación’ de lo
sensible en lo eidético. Pero en términos políticos esto supone
negar todo valor a la espontaneidad social y comunitaria. El
movimiento sólo puede venir ‘de arriba’, mediado por el alma
filosófica del gobernante, capaz de conocer el modelo y copiarlo en
lo sensible.
El núcleo
metafísico de la política platónica está expuesto en los libros
VI-VII de Rep., que constituyen a la vez el manifiesto y el programa
de estudios ideal de la Academia 34. Toda areté tiene un fin, un bien
a realizar, que en último término presupone un bien propio del
hombre como tal, un bien humano. Esto está en la base de la
interrogación socrática por las ‘virtudes’ ético‑políticas:
la respuesta a la pregunta por la areté como tal ha de dar cuenta de
lo que la Apología de Sócrates llama “la areté humana y política”
(20b), a la que apuntan temáticamente los diálogos socráticos aún
si se preguntan por aspectos parciales. Esto es justamente lo que el
texto de Rep. se ha propuesto encontrar, pero (504ab, cf. 435d) la
aproximación hecha a las virtudes ético-políticas es descalificada
como provisoria a pesar de la satisfacción de los interlocutores. El
gobernante deberá conocerlas con todo rigor. Pero el conocimiento de
ellas no es el “estudio superior”, porque esas virtudes mismas no
son lo mayor. El presupuesto platónico básico, del que pende todo su
proyecto de recuperación de la Ciudad, es la estructura inteligible
de la realidad. El bien humano supremo está basado en el Bien en sí,
en el Bien como tal, y su realización pende del conocimiento que de
ello tenga el gobernante (cf. 506a). El fundamento de la realidad como
tal es a la vez el fundamento del edificio político.
Este
fundamento último, que Rep. llama el Bien, es por de pronto algo que
puede ser conocido, es el objeto del supremo máthema (ejercicio
cognoscitivo) del filósofo (504e). Por ello mismo el texto no podría
pasar a exponerlo sin más: ni los interlocutores de Sócrates ni los
lectores están preparados. Más adelante se indicará la larga
preparación intelectual y personal que nos pondría a sus puertas. El
mismo personaje Sócrates va a insistir en lo imprescindible del
conocimiento del Bien pero eludirá una exposición acerca de él, ni
siquiera aproximada, como la que se dio de las virtudes35.
Pero la
fundamentación de su política obliga a Platón a dar al menos algún
esquema o presentación sensible de las líneas mayores de su ontología
y su metafísica madura. Tres célebres textos –el Sol, la Línea y
la Caverna- constituyen ese dibujo, único en su obra36. Por supuesto,
apenas podemos indicar aquí su contenido y los problemas metafísicos
que plantean. El Sol traza una suerte de mapa de la realidad e indica
la relación de la psykhé con sus distintos niveles y con el Bien. La
Línea presenta las operaciones mentales con que el alma recorre esos
distintos niveles de la realidad. La Caverna, por último, convierte
ese recorrido en el drama de la paideia política.
Sócrates,
que se ha declarado enfáticamente incapaz de hablar del Bien, ofrece
hablar de su vástago, el Sol. A partir de la doctrina de las Ideas se
traza una neta división ontológica: las cosas sensibles son vistas
pero no pensadas, las ideas pensadas pero no vistas (507bc, cf. Fedón
79a). La vista, a diferencia del oído y los otros sentidos, requiere
un nexo entre ella y sus objetos: la luz, cuya fuente es el Sol,
mencionado como uno de los “dioses en el cielo”. La vista misma es
un fluido luminoso, dispensado por el sol y generado en el ojo, el
cual resulta “como un sol” entre los órganos de los sentidos. El
sol es, en este sentido, causa directa de la vista, y además puede
ser visto por ella.
El sol es
“hijo” del Bien y su análogo: el ámbito de lo sensible se
fundamenta en lo inteligible y lo reproduce a su modo. La psykhé, análogo
del ojo, puede volverse hacia lo que deviene y tener sólo opinión,
así como en lo sensible la vista ve débilmente a la luz de la luna o
de una lámpara. Pero cuando mira hacia las ‘cosas’ pensables (nooúmena,
es decir las ideas), tiene noûs (captación inmediata de lo
pensable). El Bien ocupa en lo pensable el lugar del Sol, y su
“luz”, que ilumina las cosas-pensables, consiste en la verdad (alétheia)
y el ser (tò ón): les confiere el ser y las des-oculta en esa luz.
Con respecto al alma, el Bien es causa del conocimiento y la verdad, y
él mismo cognoscible y visible al ojo del alma. Ahora bien, así como
el sol es fuente de la luz, pero no es la luz, el Bien es distinto y
superior al conocimiento, el ser y la verdad. El texto pone al sol en
los límites ontológicos del devenir (es eterno, y como tal se lo ha
llamado ‘dios visible’), y correlativamente el Bien queda en los límites
del ser. Más aún, no tiene el ‘ser’ (ousía) propio de las
ideas, sino que se lo declara ‘más allá del ser’ (epékeina tês
ousías) en dignidad y potencia. Esto podría ser leido como una
plenitud tal que se confunde con lo inefable y la nada, y Platón
estaría entreabriendo la puerta peligrosa que da al camino del místico37.
Pero no es el caso. El Bien –sobre cuya sublimidad los personajes
hacen un comentario anticlimático 38, es cognoscible, es un máthema,
y como enseña o impone la parábola de la Caverna, debe ser conocido
para volver a ordenar esta vida.
9. EL PARADIGMA DE LA LÍNEA Y LA ALEGORÍA DE LA CAVERNA
Por eso
puede trazarse el itinerario que lleva a él, aunque todavía no
estemos en condiciones de conocerlo. La Línea es un texto gnoseológico
o epistemológico, que indica una trayectoria de actitudes mentales y
disciplinas que la psykhé recorre a lo largo de su ascenso por la
jerarquía ontológica expuesta en el Sol. La Línea no constituye una
alegoría, ni siquiera un esquema como el del sol, sino sólo un
diagrama, como el que podría trazar Sócrates en la arena con el
dedo. Se trata de una línea dividida en dos secciones desiguales, que
vuelven a dividirse a su vez en dos según la misma proporción. En
cada caso la sección superior y la inferior y más pequeña funcionan
respectivamente como original e imagen. La división mayor corresponde
a lo visible y lo pensable, los que desde el punto de vista de la
actitud mental hacia ellos son lo opinable y lo cognoscible. En la
sección inferior de lo visible están las copias o imágenes (eikónes)
de las cosas sensibles: sombras, reflejos en el agua, etc. A ellas les
corresponde, como actitud mental, la eikasía, palabra intraducible,
que podría ser ‘conjetura’ o ‘imaginación’, en el sentido de
conjeturar o imaginarse que algo es así. En correspondencia con los
otros textos, hay que suponer que esos reflejos y sombras incluirían
además las opiniones morales y políticas tal como circulan en la máxima acriticidad (= sombras de la caverna). El nivel superior de lo visible
lo ocupan las cosas sensibles, a las cuales corresponde como actitud
mental la pístis, ‘creencia’ o ‘fe’, palabras que nosotros
reservamos para lo que no vemos ni conocemos pero aceptamos; aquí en
cambio vale para lo que vemos, porque justamente de lo sensible no hay
conocimiento. Es la ‘sana creencia’ en las cosas y –puede añadirse-
las opiniones correctas, sin fundamentación filosófica, acerca de la
moral y la política, tal como llegaría a tenerlas el guardián
educado.
El texto
sobre la sección de lo pensable es de interpretación compleja, pero
es admisible que la sección inferior corresponda a las entidades
matemáticas, y la superior a las Ideas. La operación correspondiente
a las primeras es el pensamiento discursivo (diánoia), y a las
segundas el conocimiento intelectual intuitivo (noûs o nóesis). El
pensamiento matemático va desde las hipótesis (= sub-puestos) hacia
las conclusiones, ayudándose con imágenes (modelos y diagramas),
aunque sepa que no discurre acerca de ellas sino de las realidades
inteligibles que representan. La crítica de Platón es que los matemáticos
no toman las hipótesis como tales, sino como principios y puntos de
partida absolutos por detrás de los cuales no habría nada. Esta
falsa fundamentación descalifica al procedimiento matemático como
verdadero conocimiento (cf. 533d). En la sección superior, en cambio,
la mente, si bien parte de esos supuestos, los reconoce como tales y
los usa como apoyo para hacer su camino, a través de las ideas y sin
recurrir a imágenes, hacia un ‘principio no-supuesto’: el Bien en
su función de fundamento epistemológico último. Habiendo
aprehendido este principio incondicionado, puede descenderse de Idea
en Idea, fundamentando ahora realmente el conocimiento, inclusive el
conocimiento matemático. Este esquema estará a la base del curriculum de estudios del gobernante.
Sigue la
celebérrima alegoría en que los ámbitos de lo visible y lo pensable
son comparados con el interior y el exterior de una caverna habitada,
uno de cuyos moradores es obligado a abandonarla. El enfoque es paidético
(514a la refiere explícitamente a ‘nuestra naturaleza’ en relación
a su educación o falta de educación) pero también ético‑político,
y podríamos decir ‘existencial’. El texto presenta la imagen de
una caverna en cuyo fondo hay hombres encadenados desde niños de modo
que sólo puedan mirar hacia la pared. A cierta distancia y más
arriba hay un fuego, y por delante de él circulan hombres que llevan
sobre sus cabezas figuras de piedra y madera; un muro oculta a los
hombres, y los prisioneros verán las sombras de estas cosas y oirán
el eco de las voces, y les parecerá que esto es la realidad. Uno de
ellos es soltado y obligado a ascender, operación dolorosa a la que
se resiste. Llegado al nivel del fuego, sufriría por su resplandor y
no podría reconocer lo que ve allí ni creer que eso es más real que
las sombras del fondo. Peor todavía si se lo hiciera subir por el
sendero empinado y difícil que lleva a la salida y se lo expusiera a
la luz del sol y a la vista de las cosas: tendría que comenzar
mirando sombras y reflejos, luego las cosas mismas, y el cielo
nocturno antes de poder, finalmente, mirar al sol. Si lo logra, podrá
advertir que el sol es causa de las estaciones y las cosas visibles, y
‘en cierto modo’ también de las que se veían en la caverna. Por
supuesto, se sentiría mucho más dichoso que en su encierro, se
compadecería de sus antiguos compañeros, y despreciaría la ciencia
de distinguir, recordar o predecir sombras y los honores que se
reciben por ello, pues hay una ciencia y un prestigio cavernarios. Por
último, las dramáticas alternativas del retorno: vuelto a su antiguo
lugar no distinguiría nada, sus compañeros se burlarían y supondrían
que arriba se ha estropeado la vista, y si tratara de desatarlos y
hacerlos subir, lo matarían.
Platón
mismo se encarga de interpretar la alegoría. El ámbito de la caverna
corresponde a lo visible, y el fuego representa el sol; el exterior a
lo pensable, y el sol al Bien. Se hace explícito que las sombras y
las figuritas que las proyectan tienen que ver con la justicia ciega
de la polis. Pero el movimiento de la alegoría representa a la paideia. El significado del relato es que la psykhé tiene en sí la
capacidad de aprender y el instrumento para ello, y el movimiento del
prisionero es la conversión total de la psykhé hacia lo-que-es (tò
ón) 39. La paideia es el ‘arte’ (tékhne) de esta conversión: no
consiste en poner la vista en un ojo ciego (un depósito de
conocimientos o habilidades, como supuestamente procedería la sofística),
sino en hacerlo mirar hacia donde debe. Por otra parte, se ponen las
condiciones de la política eidética: no pueden gobernar quienes no
han hecho el camino hacia arriba, pero quienes lo hacen querrían
permanecer allí “como si ya estuvieran en las Islas de los
Bienaventurados”. En la Ciudad que se está fundando los mejores serán
obligados a emprender el camino hacia el Bien, y luego a volver a la
caverna y aceptar sus trabajos y recompensas, sin que esto suponga
actuar injustamente con ellos. La responsabilidad político‑social
del filósofo se desprende de su formación por la Ciudad (cf. 520a ss.).
Por lo tanto bajarán por turno, y una vez habituados podrán
reconocer mejor las imágenes habiendo conocido los modelos. Lo harán
de buen grado, aunque preferirían no descender porque conocen un modo
de vida mejor que el del poder: el mejor gobernante es el que no
quiere serlo.
Una
segunda explicitación, “técnica”40, de la alegoría de la
Caverna, desarrolla el currículum de estudios del gobernante-académico,
esto es, los pasos por los que el alma se convierte desde el devenir
hacia lo que realmente es. Para ello sirve la matemática. El currículum comprende aritmética, geometría, geometría sólida o estereometría (en pañales, apunta Platón, y la polis debería
hacerse cargo de ella), astronomía y armonía (que curiosamente no
tienen como objeto los astros y los sonidos sino sus relaciones
abstractas, de las que la bóveda celeste es una mera copia empírica).
Por último se anuncia la dialéctica, ciencia cuyo cometido es ‘dar
razón’ (didónai lógon) del ‘ser’ (ousía) de cada cosa, y que
culmina en el conocimiento adecuado de la Idea del Bien.
Los
plazos del curriculum pueden consolar a cualquier estudiante contemporáneo.
Seleccionados los posibles guardianes (entre otros métodos, por la
reacción de los niños llevados a la batalla para que ‘gusten la
sangre’), y tras los estudios primarios, tienen dos o tres años de
ejercicios gimnásticos en que el cansancio y el sueño no permiten
otra cosa, después de los cuales, a los 20, se tiene una visión de
conjunto de las enseñanzas recibidas hasta allí y de la conexión
entre ellas y la ‘naturaleza del ser’. A los 30 años se produce
una segunda selección delicadísima, la de ver si los candidatos
tienen capacidad dialéctica, probando si pueden elevarse sin los
sentidos y por la sola fuerza de la verdad hasta ‘el ser mismo’ (autò
tò ón). A la dialéctica se le dedica el doble de tiempo que a la
gimnasia, unos cinco años. Luego volverán a la caverna, harán la
guerra y las demás ocupaciones de jóvenes y adquirirán experiencia
mientras se sigue vigilando su firmeza unos quince años más. Sólo a
los 50 los que se destacaron en todos los aspectos llegan a contemplar
el Bien, y luego, con ese modelo, se hacen cargo del deber de gobernar
por turno, dedicándose la mayor parte del tiempo a la filosofía, y
formarán a quienes los sucedan. Estos “perfectos gobernantes y
gobernantas” irán al morir a las Islas de los Bienaventurados,
tendrán monumentos y sacrificios públicos, y si Apolo lo autoriza
serán divinizados. No podemos dejar de notar nuevamente la ironía
del pasaje. El libro VIII retoma el hilo abandonado. Tras la frase
enigmática de que todavía podría hablarse de una ciudad y un hombre
mejores que los descriptos, se enumeran las formas políticas
defectuosas como una serie que decae a partir de la ciudad propuesta,
junto con los tipos de hombre que se deducen de la correspondencia
entre formas políticas y caracteres. La comparación de estos
caracteres, en especial los extremos, permitirá responder la pregunta
inicial acerca de la felicidad que son capaces de aportar la justicia
y la injusticia.
Platón
encuentra en la sofística y en Herodoto la teoría de las formas
constitucionales y su valor respectivo, y va a aportar a ella la idea
de una degeneración cíclica y regular de las constituciones y regímenes,
regida por causas internas. Ese ciclo no debe ser pensado como histórico,
sino como el entramado ideal que permite comprender los fenómenos.
Por otra parte, hay un ‘descenso’ pero no un ascenso: el sentido
del esquema que heredará la teoría política posterior se inscribe
en el paradigma de la Edad de Oro, opuesto al paradigma del
‘progreso’ propio del optimismo ilustrado sofístico41. Pero en el
caso de Platón, como vimos, no hay auténtica Edad de Oro. No hay ni
un ascenso, al que seguiría el descenso correspondiente, ni un estado
inicial perfecto: Platón sabe que tiene que tratar siempre con la
materia de la decadencia.
10. LOS REGÍMENES POLÍTICOS
La República
describe el ciclo a partir de la monarquía o aristocracia –el
modelo de ciudad propuesto- como el único régimen sano, a partir del
cual los restantes son escalones descendentes hacia lo peor: la
timocracia, régimen de una casta militar; la oligarquía, gobierno de
los ricos; la democracia, dominada por el elemento popular y más
pobre, y la tiranía. El esquema dinámico en el cual un régimen
procede de la descomposición del anterior no es retomado en
posteriores aproximaciones a la cuestión: el Político presenta una
clasificación de las constituciones que cruza los criterios del número,
la fortuna y el grado de libertad por un lado, y el grado de legalidad
por el otro, lo que resulta en: realeza – tiranía; aristocracia –
oligarquía; y democracia, con el mismo nombre para la forma legal y
la ilegal. En Leyes III aparecen la monarquía y la democracia como
formas puras y extremas, representadas por Persia y Atenas, cuya
combinación en distintos grados dan lugar a las demás.
Pero en
Rep. se pone en juego un motor y una lógica de los cambios. Platón
ve con lucidez que la decadencia se origina en las élites. La ciudad
estará a salvo mientras esté protegida del cambio, y todo cambio se
origina en una disensión de la clase dirigente. Y sin embargo la
alteración originaria de esta ciudad fundada y constituida para
durar, pero construida en el elemento del devenir, se producirá por
una fractura en el cálculo de este devenir mismo. En efecto, Platón
propone un complejísimo número, nunca totalmente interpretado, para
calcular los períodos óptimos de las generaciones humanas. Ahora
bien, los gobernantes a cargo de las prácticas eugenésicas calculan
los momentos de fertilidad y esterilidad al parecer por métodos
relativamente empíricos, y no se nos dice por qué, si Sócrates lo
conoce, no les ha enseñado a ellos también el sublime número que
rige las generaciones y cuya ignorancia hace que en algún momento
nazcan “hijos no favorecidos por la naturaleza ni la fortuna”
(546d) 42.
Los
gobernantes de generaciones menos perfectas comenzarán subordinando
la música a la gimnasia. La timocracia (timé = honor), primera forma
imperfecta, corresponde a los regímenes ‘dorios’ de Esparta y
Creta. Es un régimen con predominio de las características
militares, pero el virus del afán de poseer, siempre latente,
comienza su trabajo. Las clases superiores, aunque con una tendencia a
mantenerse ‘virtuosas’, se repartirán tierras y casas y
‘protegerán’ a los otros elementos convirtiéndolos en esclavos.
Los gobernantes militares anticipan ya al oligarca por su escondido
amor al oro, que acumularán en secreto. El retrato del hombre
correspondiente reproduce más o menos estos rasgos. Pero como se
trata de tipos humanos que pueden darse en cualquier contexto político,
Platón cuenta en cada caso su génesis individual en contextos
cotidianos donde intervienen el desinterés del padre por la actividad
pública, el resentimiento de la madre que se siente postergada, la
influencia de sirvientes y vecinos, etc. Toda esta sección sobre la
decadencia de los regímenes, y en especial el tratamiento de los
caracteres correspondientes, son de una riqueza literaria, una
capacidad de observación humana, social y política y un humor que,
por supuesto, hay que encontrar en la lectura directa.
La ciudad
timocrática se convierte en oligárquica cuando el afán de riquezas
se sobrepone a la virtud guerrera. En la politeía oligárquica,
basada en el censo, los pobres no participan en el poder. El cargo de
piloto en la nave del estado se ofrece al más rico, con las
consecuencias del caso. El segundo y gravísimo defecto es que no es
una ciudad sino dos, la de los pobres y la de los ricos, cohabitando
en mutua conspiración. El dilema de los dirigentes es que tendrán
que armar a la plebe o bien armarse ellos mismos, ricos gordos y
avaros. Desparece la división del trabajo y todo se vuelve alienable.
El rico disipador, comparado a un zángano, llega a convertirse en lo
peor: el ciudadano indigente. Algunos de los zánganos tienen aguijón,
y son los que en la miseria se convierten en delincuentes. Estos zánganos,
a diferencia del pueblo trabajador, se convertirán en una categoría
política importante como catalizadores de las próximas revoluciones.
El hombre correspondiente, hijo de un padre timocrático arruinado que
en vez de honores recibe persecuciones, cambia el orgullo por la
codicia; es ignorante, no gasta en obtener honores pero sí gasta
impunemente lo ajeno si puede, aunque no carece de algunos buenos
deseos y en general parecerá más decente de lo que es.
En un régimen
donde la calificación la da la riqueza, se intentará acrecentar ésta
y concentrarla en lo posible mediante la usura. Se genera así una
masa de indigentes, deudores, resentidos y conspiradores que no deja
de multiplicarse permanentemente. Los jóvenes ricos, ablandados de
cuerpo y espíritu, se vuelven indolentes y débiles para resistir el
placer y el dolor. Un pasaje memorable describe al pobre, flaco y
curtido, que se encuentra en ocasiones de riesgo junto al rico gordo,
pálido y fatigado, y que reunido con los suyos, se dicen entre sí
“estos hombres son nuestros” (556cd). La chispa se enciende fácilmente
con o sin ayuda de otras ciudades y los pobres victoriosos matan o
destierran a los ricos, o comparten con algunos el poder, cuyo modo
normal de ejercicio será el sorteo. Los principios de este modo de
gobierno son la libertad de acción y expresión, y la licencia para
elegir cualquier género de vida. La descripción de la democracia y
el hombre democrático es especialmente brillante. Es una constitución
“abigarrada”, como los mantos que les gustan a las mujeres y los
niños. En ella conviven todas las formas y modelos de gobierno. Puede
uno dedicarse o no a la cosa pública, a la paz o a la guerra, cuando
se le antoje y aun en contra de los demás. Los condenados andan
libres. La única condición para los cargos es declararse amigo del
pueblo: es la igualdad “tanto para los iguales como para los
desiguales”, la isonomía opuesta a la eunomía aristocrática
(igualdad entre los de mérito proporcionado). El joven oligárquico,
bajo la influencia paterna, tiene que atenerse, más por avaricia que
por otra cosa, a la satisfacción de los deseos necesarios, hasta que
se transforma –por un proceso que es largamente narrado, catalizado
por los ‘zánganos’- en democrático, donde toda clase de deseos y
pasiones, necesarios e innecesarios, buenos y malos, requieren ser
satisfechos. De hecho son puestos en pie de igualdad y se trata de
satisfacerlos a todos. La descripción magistral de esta isonomía
interior se acerca casi a lo que llamaríamos una fragmentada
personalidad postmoderna (561cd).
La tiranía
proviene de la democracia por la misma exigencia de libertad sin límites,
que borra toda jerarquía no sólo entre gobernantes y gobernados,
viejos y jóvenes, esclavos, mujeres, etc., sino hasta con los
animales. Los ‘zánganos’ son nuevamente responsables de que los
ricos acorralados terminen defendiéndose, con lo cual se suscita el
caudillo del pueblo, con las consecuencias que son de imaginar, y que
terminan dándole el poder absoluto. El tirano primero se hace
agradable, pero necesariamente será llevado a suprimir a los mejores,
fortificar su guardia y rodearse de esclavos liberados, y por último
someterá totalmente al pueblo, a quien convierte en esclavo de
esclavos.
La génesis
del hombre tiránico, al comienzo del libro IX, da lugar a otra de las
páginas memorables de Platón. Los deseos, necesarios e innecesarios,
han jugado hasta aquí papeles importantes, pero el hombre tiránico,
el peor de los hombres, nos introduce a un estrato más inquietante y
más profundo: con él se reconoce la originariedad e irreductibilidad
de la raíz deseante y ‘somática’, al detectarse deseos
innecesarios e ilegítimos pero innatos. En una célebre anticipación
freudiana, éstos aparecen, cuando los estratos ínfimos del alma están
exasperado por el vino o la comida, para satisfacerse en el sueño,
donde el alma“...no titubea en intentar en su imaginación
acostarse con su madre, así como con cualquier otro de los hombres,
dioses o fieras, o cometer el crimen que sea, o en no abstenerse de
ningún alimento” (571cd). Por supuesto, Platón no es Freud, y se
supone que el elemento racional podría regular aún el sueño y
utilizarlo en su propia búsqueda de la verdad. Pero queda sentado que
estos deseos “terribles, salvajes, fuera de toda norma” (572b) están
presentes aún en los hombres más moderados.
Este
aspecto nocturno de lo instintivo define la tiranía. El hijo del
hombre democrático es arrastrado como su padre por las compañías
libertinas, pero con menos defensas, éstas logran implantar en él a
Eros (un éros, un amor particular), al cual todos los deseos sirven y
alimentan. La naturaleza tiránica de Eros, acompañada de furor y
locura, hace al hombre enamorado, borracho, demente. La disipación
conduce a toda clase de delitos. Los hombres tiránicos, en minoría,
se convertirán en mercenarios o rateros. Si predominan harán tirano
al más tiránico de ellos, que someterá y castigará a su ‘matria’,
y hará real el carácter más perverso al realizar en la vigilia lo
que sólo aparecía en los sueños. El largo teorema llega a su
conclusión, y el hombre más infeliz no será sólo el de alma tiránica,
sino el que efectivamente ejerce la tiranía. La estremecedora
comparación con un amo de numerosos esclavos, llevado con su familia
y sus siervos a un desierto donde nada lo protege de éstos, marca la
condición de extrema esclavitud del tirano. La resolución de la
disputa es fácil. Pero se añaden aún dos ‘demostraciones’ más.
La segunda muestra que el filósofo puede experimentar y poner en el
orden correspondiente desde el punto de vista de lo agradable, su
propio placer, y los del ambicioso y codicioso. La tercera demostración,
mediante un complejo análisis del placer, el dolor y el estado
intermedio, muestra que el placer del sabio es el único puro. De
hecho, el placer del hombre ‘monárquico’ con respecto al del
‘tiránico’ puede computarse, y resulta ser 1729 veces más
agradable!
La
argumentación se cierra con una representación plástica del hombre
y las partes de su alma mediante la combinación de un monstruo
multiforme y cambiante, un león y un hombre cada vez más pequeños
encerrados en un hombre mayor. La reiteración de su jerarquía y la
función de la justicia sirven para sacar algunas de las consecuencias
más reaccionarias: la ‘demostración’ de la inferioridad natural
del trabajador manual y la conveniencia para ellos mismos de
convertirse en esclavos del “hombre mejor y que tiene en sí mismo
lo divino rector” (590cd).
El final
del libro es uno de los cierres posibles del diálogo. El sabio cuyas
virtudes se han cantado y que tiende en todo al perfeccionamiento de
su alma se ocupará de los asuntos de ‘la ciudad de sí mismo’
pero no en los de su patria, a menos que se le presente un azar
divino. La ciudad que hemos fundado está en las palabras, pero
posiblemente en ninguna tierra. Tal vez haya un modelo en el cielo
para quien quiere mirar y mirándolo quiera gobernarse (= fundarse o
refundarse, katoikízein) a sí mismo. Poco importa que no exista o
que exista algún día, este sabio sólo querría actuar en una ciudad
así.
El libro
X reitera, desde la altura ganada con la teoría del alma tripartita y
la ontología de VI-VII, la cuestión de la poesía, capital para Platón.
Por último se pasa a la afirmación de la inmortalidad del alma con
un argumento según el cual cada cosa sólo puede ser destruida por su
mal ‘natural’. Los vicios son el mal natural del alma -como la
enfermedad de los cuerpos- y sin embargo no la destruyen. Si el alma
no fuera inmortal, la injusticia la mataría. El argumento está en
función del contenido del diálogo. La inmortalidad ha sido temáticamente
tratada, con demostraciones diferentes, en Fedón, texto que vale la
pena tener a la vista como punto de comparación. A diferencia de Sócrates,
por lo menos del Sócrates de Apología (40c ss.), Platón parece
creer en la vida del alma tras la muerte, aunque, como lo muestra el
mismo Fedón, su demostración en sentido estricto es muy problemática.
Casi podría decirse que es por un lado una apuesta a la realización,
‘allá’, del sentido que ‘aquí’ no se realiza, y por otro una
exigencia moral, en un sentido distinto del kantiano, como lugar de
mejoramiento o, en el límite, de castigo. Coherentemente, su mejor
modo de exposición son los grandes mitos escatológicos que cierran
varios diálogos (Gorgias, Fedón, Rep., y en otro sentido el mito del
Fedro). En Rep. el mito cierra el tema central de la felicidad
respectiva del justo y el injusto. Contra lo argumentado al principio,
los hombres y sobre todo los dioses honran a uno y castigan al otro,
pero esto no es nada en comparación con lo que les espera tras la
muerte. El panfilio Er, hijo de Armenio, reenviado a la vida doce días
después de su muerte en batalla, narra lo que vio en ese lapso. Sin
entrar en detalles (el mito incluye un complejo modelo cosmológico),
las almas son premiadas en el cielo o castigadas en el interior de la
tierra diez veces el lapso de una vida, esto es, mil años, por cada
crimen o acción meritoria, salvo los malvados incurables, en su mayoría
tiranos, que son arrojados para siempre al Tártaro. Al cabo de sus
viajes, estas almas escogen el tipo de vida que van a llevar en su
reencarnación entre una enorme gama de modelos que incluye toda case
de vidas humanas y animales. La elección, que luego es confirmada por
las Parcas y la Necesidad, es de la entera responsabilidad del alma, y
allí está el beneficio de la ciencia que pudo haber aprendido en la
vida anterior para distinguir la felicidad falsa y verdadera. El mito,
como el diálogo mismo, contrasta en este respecto con Fedón y
demuestra que Platón no puede reducirse a un esquema lineal: en aquel
diálogo la sabiduría sólo se obtenía tras la muerte. En Rep. se
logra en esta vida y es base para la acción. Del mismo modo, el mito
del Fed. está orientado hacia la vida en la muerte, y el de Rep.
hacia la elección de una nueva vida.
11. EL PROBLEMA DE LA DECADENCIA POLÍTICA
Es usual
referirse a la ciudad de Rep. como la ‘idea’ de polis. El mismo
Platón la propone como un modelo. Lo que no suele verse es su carácter
de proceso. Si provisoriamente lo aceptamos, nos vemos remitidos a la
opinión de que en el transfondo griego, y sobre todo en Platón, todo
proceso humano es decadencia, caída desde la Edad de Oro. La Edad de
Oro aparece definida, en el mito, por la satisfacción inmediata de
las necesidades. En Rep. esto, que en último término remitiría a la
animalidad, ni siquiera se plantea. Los datos del problema son la
satisfacción no inmediata de las necesidades biológicas, la
necesidad del trabajo y el egoísmo. Pero ese egoísmo individualista
básico, contenido dentro de límites ‘naturales’, da la inocente
sobriedad de la Ciudad de los Cerdos, basada en el principio de la
satisfacción de las necesidades económicas mínimas. Ésta es una
comunidad simple, vegetariana, pacífica, desarmada, sin gobierno. La
limitación de los deseos a la satisfacción de las necesidades
elementales no permite ningún desarrollo ulterior ni permite
responder a la cuestión de la justicia. Hay que levantar estos límites
y suplantarla por la versión afiebrada de la ciudad gástrica que
llamaríamos “Siracusa”, pensando que allí Platón habrá
conocido el esplendor del banquete (Carta VII 326b), pero que para no
confundir con este teatro de operaciones políticas reales llamaremos
“Síbaris”. Este segundo modelo no se hace derivar del primero y
da la impresión de un corte y un salto, pero en realidad no es sino
su modificación, como exacerbación del lujo y lo inútil, en el
mismo terreno de satisfacción de necesidades sensibles y sensuales.
El egoísmo toma la forma del hedonismo, con la expansión de los
deseos y de las posesiones en orden a su satisfacción: el sibarita,
decíamos, se propone gozar, no acumular. La hinchazón consiguiente
lleva a la necesidad de conquista y defensa, y por principio de división
del trabajo, al ejército profesional. Síbaris es una comunidad
compleja y refinada, con sus necesidades exacerbadas, militarizada
aunque no esencialmente guerrera. No se habla de su gobierno, pero por
lógica debería tener al frente una oligarquía de productores de
bienes exportables y de comerciantes: Síbaris sería en realidad
Venecia. Este modelo, perfectamente viable y empírico, es el de la
ciudad de ricos mercaderes que se hacen defender por mercenarios o ejércitos
propios a sueldo.
Pero con
la aparición del ejército profesional se comienza a producir un
proceso a contrapelo. Advirtamos el pasaje efectuado: Síbaris requirió
un ejército. El soldado se desarrolló no del glotón, sino por y
para el glotón, para servir a sus necesidades, pero se negó a ello,
y pudo hacerlo tal vez porque Síbaris no es Venecia, no es una dura
oligarquía que ejerce el poder desde lo económico, sino una ciudad
de gozadores. Establecido el ejército, éste adopta un éthos militar
estricto, se convierte en centro de la comunidad y la somete a una
purga. Los guardianes mismos, por supuesto, están sometidos a un régimen
rigurosamente ascético, que el texto, tácitamente, hace repercutir
en los productores. Síbaris ha servido sólo como pasaje de la Ciudad
de los Cerdos a la Ciudad de los Perros. El primer esbozo (libros
II–V) de la supuesta ciudad ideal corresponde a esta ciudad de
soldados trazada sobre el modelo espartano, centrada en su propia
disciplina. Los gobernantes mismos comienzan siendo meros jefes. Pero
si el ejército ya no está al servicio de Síbaris, ¿cuál es su
objetivo? Por supuesto, la purga no habrá sido tan drástica como
para volver a la Ciudad de los Cerdos y hacerlo inútil. Y si la clase
dirigente ya no tiene que satisfacer deseos innecesarios, su
militarización se justifica sólo frente a la presión de masas
internas esclavizadas43. Seguramente la Ciudad de los Perros hubiera
evolucionado hacia este modelo –Esparta-, porque la originaria
tendencia egoísta sigue tan vigente como al principio. Pero el éthos
militar no ha sido adoptado sino impuesto, así sea mediante el modo
no violento de la educación, y la purga de los elementos suntuarios
es una consecuencia. La verdadera purga es la de las tendencias egoístas.
El ejército, que es deducido de Síbaris, sufre, una vez establecido,
una reorientación cuyo sentido y origen sólo se verá cuando los
gobernantes sean caracterizados plenamente como filósofos.
El diálogo
desarrolla un constante ejercicio de escamoteo en cuanto a la índole
del proyecto. La Ciudad de los Perros, tal como es expuesta en el
esbozo al parecer completo de II-V, es una organización militar sin
objetivo, lógica y sociológicamente incoherente. Esto es así
mientras la miremos como un dibujo estático. En realidad es un
momento de un proceso de giro, de un movimiento hacia arriba que
cumple a la inversa los pasos de la decadencia de la ciudad: Síbaris
es una oligarquía que es salvada de ella misma por una timocracia, la
cual a su vez no llega a constituirse porque es alzada por el gobierno
filosófico. Cada paso corrige el anterior, y el giro es una refundación
permanente. En un primer momento se propone sólo observar teóricamente,
aunque en realidad se trata de una construcción sumamente artificial,
el nacimiento de una ciudad, y el único elemento que se introduce
explícitamente es el principio de la división del trabajo. Pero a
partir de la introducción de los guardianes, Sócrates y los
interlocutores comienzan a actuar abiertamente como fundadores y
legisladores, y esto se acentuará a medida que avance el diálogo.
También se irá acentuando la dificultad, si no imposibilidad, de la
realización práctica de lo propuesto. La ciudad gástrica se da por
sí sola. Pero ya la Ciudad de los Perros debe ser impuesta desde
arriba. Y la verdad de todas ellas será la Ciudad de los Filósofos.
12. EL ESTAMENTO PRODUCTIVO
Algunas
cuestiones importantes como trabajo, propiedad privada, familia, están
ligadas al destino de los productores, sobre los que, como vimos, el
texto calla en gran medida. Pero el silencio del diálogo no es tan
total como para no dejar pasar indicaciones sugestivas. Hay que
suponer que en el salto entre la Ciudad de los Cerdos con sus
sencillos campesinos, y Síbaris, ha surgido una clase poseedora
ociosa, y que la producción está a cargo no de los refinados
gozadores sino de quienes los sirven. En la Ciudad de los Perros esta
clase ociosa, por lógica, no podría subsistir. Pero hay una indicación
positiva: en 421d-422a se dice que los guardianes deben impedir en los
productores tanto la pobreza como la riqueza, fuentes de haraganería,
resentimientos y desorden político. Los productores, pues, son
mantenidos dentro de ciertos límites modestos. La mención de la
riqueza indica que las condiciones de posibilidad de Síbaris no se
habrían suprimido, sino solamente que se las contiene para que no se
desarrollen. La última indicación corresponde al nivel de la Ciudad
de los Filósofos: la inferioridad natural de los trabajadores
manuales hace conveniente para ellos mismos obedecer como esclavos al
‘hombre mejor en quien rige la parte divina’. La expresión, que
anticipa los célebres desarrollos de la Política aristotélica,
alude a una esclavitud ontológica, y no debe ser tomada literalmente:
la esclavitud efectiva de los productores, como en Esparta, sólo se
da con el pasaje al régimen timocrático (547bc), pero vale como
indicación de que, con cada paso ascendente que da el modelo de
ciudad, esta clase es corrida correlativamente un grado más abajo.
La clase
productora es el ámbito de la propiedad y la familia, pero parece que
no vale la pena regularlas, o por lo menos informarnos de ello. La
especificidad de la función guerrera, con exclusión de la económica
(de posesión, producción o administración) funciona como la garantía
buscada de que la fuerza no se volverá hacia el interior de la polis.
Se produce así un divorcio estricto del poder económico y el poder
político.“Manteniendo a la mayoría de los habitantes fuera de la
política, el área de la ciudadanía plena, la polis [de Platón] les
dio permiso para ser irresponsables, no les ofreció otra ocupación
que la actividad económica autoincrementada (self-promoting), y los
liberó de todo fin u obligación moral, aun en aquellos asuntos que
podrían manejar”(44). Y efectivamente es así. La parte apetitiva
no puede controlarse por sí misma. La actividad productiva tiende a
incrementarse porque depende de los deseos, que no tienen límite, y
no puede ser moralizada. Sólo se pone un límite a su desborde.
Ligado a
esto está la debatida cuestión de la existencia de esclavos en Rep.,
usualmente deducida de la exhortación a no esclavizar a los griegos
vencidos, en cuyo caso los bárbaros sí lo serían. Sin embargo esto
puede ser un mensaje para los contemporáneos que no encaja en el
esquema. ¿De quién dependerían los esclavos, de los guardianes para
tareas no productivas, o de los productores? ¿Tendrían éstos la
fuerza y la inteligencia necesarias para hacerlos servir? En Leyes, de
una manera posiblemente más coherente, no hay ciudadanos productores,
y todo el ámbito del trabajo queda en manos de hilotas en el campo y
de metecos en los oficios urbanos.
Otro
silencio importante afecta a la coerción. El ejercicio de la fuerza
aparece siempre como guerra externa. La guerra interior es injusticia,
desajuste del espacio político o del espacio psicológico, y en la
Ciudad de los Filósofos su remedio no puede ser violento. Todas las
pautas de manutención del orden –la división del trabajo, las
virtudes de la templanza y la justicia- implican aceptar la sabiduría
del que sabe, y se realizan mediante la educación o la persuasión.
Pero en lo apenas dicho asoma permanentemente la fragilidad de este
orden. Los productores son por definición contenidos por los
guardianes dentro de las líneas del gobierno, y el recién citado
421d-422a indica claramente una coerción externa. Podría haber
sediciones (previstas en 414b, 415d-e), de los trabajadores, pero
sobre todo de los guardianes mismos. Mal que le pese a Sócrates, éstos
tienen que ser vigilados, y hay que insistir en la felicidad que les
procura su género de vida y en la unidad de sentimiento como el mayor
bien ante el peligro siempre latente de que “una concepción
infantil” de la dicha los llevara a apoderarse de todo (466c; cf.
416a ss.). Hasta la cuasi divina clase de los filósofos podrían ser
obligada a gobernar “por la persuasión o por la fuerza”.
13. LA CIUDAD COMO IDEA
¿Podría
ser, como se dice, la Idea de Ciudad este modelo que comienza como una
ciudad enferma y se va corrigiendo penosamente? La ciudad (Kallípolis,
527c2) es en rigor un modelo, un parádeigma que combina, de manera no
clara, elementos descriptivos, valorativos y normativos, en cuyo carácter
verbal se insiste (472d cit.), y no va en desmedro suyo el que no
pueda realizarse en la práctica: la léxis se acerca más a la verdad
que la prâxis. De acuerdo a esto (592a), la ciudad que se ha
fundado-construido yace en los lógoi, aunque no existiría en ninguna
tierra. Pero inmediatamente (592b) se manda el paradigma al cielo, aquí
en neto contraste con la tierra precedente. Es lo que usualmente se
interpreta como ‘Idea de Ciudad’ 45. Y sin embargo, el ‘cielo’
(ouranós) no designa lo ‘ideal’, sino que forma parte del mundo
sensible (cf. Pol. 269d), más aún, en general designa el conjunto
del mundo sensible46. No es obvio, pues, que tierra-cielo jueguen en
el pasaje como metáfora de sensible-inteligible. Podría aludirse
simplemente a una distancia muy grande. La contraposición
tierra-cielo tiene de cualquier modo algún sentido.
Pero no
se trataría de la idea de polis, simplemente porque no habría tal
idea, así como no hay una idea del ‘alma’. En los diálogos
‘socráticos’, psykhé es un sí mismo no cósico, centro de
comprensión intelectual y de decisión ética responsable. En Fedón,
tal vez por influencia de los pitagóricos italianos, el ‘alma’,
que sigue siendo el lugar de acceso a la verdad, es ‘algo’ cuya
inmortalidad se intenta probar, pero: a. no es una cosa sensible; b.
no es una Idea. Es afín a las Ideas justamente por no ser sensible,
pero no es una idea sino el lugar subjetivo que las conoce, y se
vuelve más afín a ellas cuanto más las conoce (Fedón 79cd, cf. en
Rep. 490a‑b). Ese conocimiento, en que consiste el giro, se
llama “filosofía”. En Fed. se cumple como sophía después de la
muerte. En Rep., la conversión se cumple en esta vida y revierte
sobre ella. Esta actividad que hace el alma en sí misma y a la vista
de las ideas es exactamente lo que el final del libro IX da como la
realización personal del modelo político celeste. La ‘ciudad’
puede ser, y es, el ‘alma’, la ‘ciudad interior’, en cuya
‘política’ se ocupará el filósofo, en primer lugar, porque en
las condiciones dadas es el único campo que tiene abierto. Pero también
porque para ordenar la polis tiene que ordenarse a sí mismo. La política
es ética, pero la ética es política: si suponemos un gobernante-filósofo,
el trabajo que haga consigo mismo llevará tras de sí a la polis.
Corremos
el riesgo de no advertir que el modelo no es el plano de una suerte de
‘cosa-Ciudad’, sino las pautas de una actividad, la de ordenar las
partes del alma y de la polis en su modo correcto. Vista así, la
polis misma no es una instancia objetiva o un dato externo (‘la
sociedad’). Es, en cierto modo, una dimensión del alma. Es, como el
alma individual, y como condición de posibilidad de la realización
de esa alma, el lugar de reorientación del hombre en el seno de la
realidad. Y la dirección verdadera es hacia lo ‘eterno’. Psykhé
y pólis no son ‘algo’ con su aspecto (idéa, eîdos) propio como
el caballo o la justicia, sino el movimiento de apropiarse de la
verdad, revelarla y realizarla en la vida individual o colectiva.
El
momento inicial de ese movimiento se confunde con la misma facticidad
de la vida humana. Es lo que el texto del Fedón llama sôma, que no
es el ‘cuerpo’, sino la apertura sensible al mundo, ontológicamente
orientada hacia el devenir. El sôma es un dato básico. Por ello no
hay edad de oro. El punto de partida es siempre la cadencia: nacemos
en la caverna. La filosofía y la política de Platón intentan
recuperar un sentido en y desde esa facticidad. Los nombres propios
del impulso de giro en Platón son éros y philo‑sophía. En
ese plano aparece el gobernante: lugar de palanca y giro en la tensión
que constituye a la realidad, lugar en que se decide su orientación
hacia uno de los dos polos de esa tensión. Frente a los gobernantes
somáticos, el gobernante filósofo. Pero no puede olvidarse que el ámbito
de la política es siempre el interior de la caverna: el sôma, el
devenir, son su elemento irrebasable.
¿Por qué
habríamos de abandonar el cómodo ámbito somático? El movimiento de
conversión por el cual giran la realidad y el alma procede siempre de
‘arriba’ y nunca se anuncia en forma explícita, sino como la
urgencia oscura de eros, que con la tracción de una fuerza ciega que
luego se revelará logos claro nos arrastra hacia el estrato ontológica
y moralmente superior. ¿’Quién’ es el que saca, haciéndole
tanta violencia, al prisionero de la caverna? La dirección desde la
cual procede y hacia la cual se dirige la reorientación es llamada a
veces por Platón, en forma mítica, como “el dios”. “El dios”
es el que preserva al filósofo en los regímenes actuales: 492a,
493a. Compárese, en 499c, la ‘inspiración divina’ por la que un
príncipe aceptaría la filosofía platónica. Esto parece un deus ex
machina, pero tal vez es algo más: en el fondo de esa realidad en
devenir donde ocurre el permanente borramiento del sentido, la verdad
sigue actuando. Pero actuando como una potencia, como actuaría un
dios, y no meramente con la calma impasibilidad de un estrato ontológico
fundante. El ‘dios’ es el nombre mítico para el plano superior de
la realidad, que es el que originariamente actúa y pone en movimiento
al alma y a la realidad total 47. Como Apolo llamando a Sócrates,
puede irrumpir para hacer aparecer en un salto al filósofo y al político.
Pero el ‘dios’ no es ‘nadie’. Es la realidad misma, o la
fuerza que en su interior tiende hacia la reafirmación. El hombre
Platón no se cansó de apostar a ese entresijo, a esa ranura divina.
Pero sólo llegó a nombrarla de esta forma indirecta. El gran teórico
de la decadencia política no hizo una teoría del cambio político en
sentido ascendente. Y sin embargo el conjunto de República, el
movimiento de constitución del modelo, constituye ese ascenso, aunque
penoso y fragmentado. Hasta podríamos pensar que la República no
propone, en el fondo, ningún modelo, sino un dispositivo, una serie
de estrategias a veces híbridas e impuras para recuperar de algún
modo y por algún tiempo lo que decae.
14. POLÍTICA, ÉTICA Y EPISTEME
Esta
afirmación puede parecer no sólo extremada sino insostenible frente
al impresionante andamiaje de las Ideas. Hay un rey-filósofo porque
la política platónica supone la trama racional e inteligible de lo
real y se funda en el conocimiento de ella. ¿Pero cuál es esta trama
y el contenido de esta política? Abandonada la ciudad de cerdos,
purificada la ciudad febriculosa por la represión y autorepresión de
los guardianes, ¿qué programa van a desarrollar los filósofos? ¿O
es eso todo, una suerte de Esparta, habría que ver si menos estúpida,
con hilotas conformes y gobernantes geómetras y dialécticos? De
hecho, la introducción de los gobernantes filósofos no aporta ningún
elemento nuevo al programa aparte de su propia producción.
El bien
humano, la dirección unitaria de las distintas capacidades y
actividades en la Ciudad en vistas del fin de la vida, es un bien político,
y el hombre político conoce este fin para el cual los demás fines
son medios. Ésta es una de las lecciones del Político. Pero quitados
los fines sensibles (placer, riqueza, poder...), el bien parece quedar
vacío. No es tampoco un bien sobrenatural como el de las religiones.
¿Qué es lo que realiza la ciudad platónica, sino las condiciones de
su propia permanencia en el seno de un devenir que, sabemos, terminará
por devorarla? ¿Qué hacen las clases o estamentos de la ciudad
aristocrática, sino cumplir con sus funciones por el hecho formal de
hacerlo? Los productores producen riquezas y comercio, pero vigilados
por los guardianes para que la polis no se convierta como tal en
productora de riqueza. Los guardianes vigilan y defienden la ciudad de
amenazas exteriores e interiores, pero vigilados por los gobernantes
para que la conquista o el poder no se conviertan en la actividad
propia de la ciudad. Los gobernantes, fundamentalmente, filosofan. ¿Puede
decirse que el objetivo de la Ciudad es la producción u obtención de
sabiduría? En un sentido importante, sí. Pero siendo una sabiduría
que debe revertir sobre la ciudad, sus efectos políticos se limitan a
proveer para que nadie exceda los límites de sus funciones. La mejor
ciudad posible se tiene como finalidad a sí misma, al funcionamiento
armónico de sus partes, y se agota en la inmanencia. Los fines
sensibles valen como disvalores y tal vez como tentaciones, y no hay
otros que los substituyan. La felicidad consiste en atenerse a una
‘justicia’ en la cual todo tiende a girar sobre sí, cerrándose y
cumpliéndose sin dejar residuos. Pero en cuanto nos proponemos un
objetivo para la polis, más allá de su vida misma, surge la
‘degeneración’.
Esta
impresión puede ser un problema de nuestro ángulo histórico de
lectura. El Bien no es la realización de algo externo, la obtención
de un producto ni un premio divino. Es la realización de sí como un
fin en sí mismo, del hombre en el seno de la comunidad y de la
comunidad misma. Esto no es fácil de concebir teniendo por detrás la
visión cristiana del mundo, donde los medios, especialmente la
riqueza y el poder, son medios para un fin exterior (sobrenatural), y
la perspectiva moderna, disolución de la cristiana, en la cual los
medios se independizan como fines y generan sistemas autónomos (la
economía y la política, pero también, por ej., el arte), sin que se
proponga un fin último que los unifique. Este bien político estaba
naturalmente dado para el mundo griego clásico, donde la plenitud del
‘hombre’, que por supuesto se recorta contra la exclusión de
esclavos, mujeres, bárbaros, es vivida inmediatamente a través de
palabras como ‘autonomía’, ‘autarquía’ y ‘libertad’, que
sólo tienen sentido en la dimensión de la ciudad. El polítes griego
no requiere un fin exterior ni se disuelve en fines particulares48. Se
entiende, en un horizonte anterior a toda especulación filosófica,
que el bien humano se manifiesta en la ciudad que se pone a sí misma.
La filosofía de Rep. tiene que hacer explícitas las bases de esta
concepción pre-filosófica, porque sale al encuentro de lo que ya es
su crisis.
El Bien,
presentado como una de las palabras últimas de la metafísica platónica,
debe ser leído desde ella49. El Bien no está vacío, sino que tiene
justamente un contenido metafísico. Como ‘idea de las ideas’,
como ‘ser’, tiene los caracteres del ser platónico: unidad,
determinación, identidad, permanencia en la identidad. Una figuración
de esto adecuada a la comprensión no filosófica de los guardianes se
perfilaba en la concepción de los dioses impuesta a los poetas en el
libro II, donde la multiplicidad, la apariencia, el cambio, quedaban
excluidos. Es explícito que el modelo reproduce en sí esas notas.
Todo el proyecto tiene como finalidad la unidad y la permanencia de la
ciudad. El problema es si se pone en juego en esta propuesta algo más
que una política ‘formal’, que se propone sólo realizar las
condiciones de la permanencia. ¿Es el Bien políticamente vacío, en
el sentido de que no hay una efectiva traducción política de su
contenido metafísico?
La
respuesta es compleja. El texto de Rep. subraya la base metafísica de
la política y deja deliberadamente en blanco muchos campos que quedan
librados a la sabiduría de los legisladores o gobernantes, pero de
los que Leyes se ocupará con muchísimo detalle, hasta la organización
de la vida cotidiana. Por otra parte, es evidente que el Platón que
llega hasta el fundamento tiene luego dificultades en volver a la
caverna, no sólo en la práctica siciliana, sino en la teoría. Por
supuesto, la noción usual de que Platón, frente a una realidad
insalvable, propone un modelo ‘ideal’ conscientemente
inalcanzable, es falsa. También lo es la imagen de un Platón
conservador que querría volver a algún momento del pasado, real o
supuesto, por encima de la tradición democrática de Atenas. No se
puede tener confianza en lo dado, porque está ontológicamente
depreciado –el mundo abigarrado y apariencial de la democracia y la
sofística, pero también las normas tradicionales que no sirvieron de
contención a la crisis y la Esparta idealizada pero no tanto como
para ignorar su secreta carcoma. Y sin embargo la vocación de Platón
se volcaba hacia este devenir intrínsecamente imperfecto y cadente.
Se busca el fundamento en un plano superior para volver aquí haciendo
pie firme. Que el andamiaje esté destinado a impedir los cambios es
una verdad a medias. También, y quizás especialmente, está
destinado a promoverlos: el devenir tiene que ser salvado y recuperado
permanentemente.
La política
platónica no ignora la realidad empírica ni se propone destruirla,
sino que quiere asumirla, sólo que para ponerla en contra de ella
misma. Lo decisivo del proyecto metafísico es la posición de un
lugar fundante ‘por encima’ de lo dado. Los ámbitos de la
realidad – physis, pólis- que se habían presentado al pensamiento
–los presocráticos, los sofistas, los trágicos- con toda su
densidad ontológica y preñados de movimiento, diferencias y
contradicciones, ya no dan cuenta de sí y tienen que ser sostenidos
desde otro lugar. Platón sabe perfectamente que no hay otro lugar
para la política que la polis empírica, pero le niega toda
creatividad genuina. Su espontaneidad se convierte en el crecimiento
de la multiplicidad y la apariencia. Ésta es la pesada herencia del
platonismo (esto es, de la metafísica), que descalifica de entrada
cualquier posibilidad de que lo dado pueda jugar desde sí, y le
impone ser moldeado desde otro lado. La verdad tiene que ser
encontrada en un lugar ‘más arriba’ y desde allí debe ser
organizado lo inmediato. No importa la propuesta política concreta,
el verdadero contenido es el establecimiento de estos planos. Con
ellos se establece un horizonte ‘autoritario’ o ‘totalitario’
que pretende disolver toda particularidad y toda finitud positiva
colectiva o individual. Dentro de ese horizonte no puede haber juegos
de amor y lucha, ni crecimiento orgánico, ni deliberación y elección
de fines finitos y múltiples, ni atención a la oportunidad (al kairós,
clave de la política sofística). El dios, y no el hombre, es la
medida de todas las cosas (Leyes 716c). Por supuesto, lo dado, lo
sensible, lo empírico, el cuerpo, la ciudad de los hombres, es un
dato primario e imposible de suprimir, y Platón lo sabe. Hemos visto
cómo el modelo no es una esplendorosa manifestación inicial de la
justicia, sino que se va gestando como una salida de la caverna, en la
cual sin embargo los pasos precedentes no son superados sino solamente
escamoteados. Por eso, el resultado lleva la marca de ellos. Es lo que
los lectores democráticos o liberales denuncian (mitos, mentiras,
recursos autoritarios) sin ver su necesidad en cualquier esquema que
derive la vida de un fundamento. A lo largo de todos estos siglos
Occidente no ha hecho sino llenar de distintos modos ese lugar del
fundamento. Fue ocupado por figuras teológicas, pero también por la
razón y la ciencia, las revoluciones y la misma ‘libertad’. Hay
que preguntarse si efectivamente hoy ese esquema está en crisis.
15. LA REFLEXIÓN POLÍTICA EN ALGUNOS DIÁLOGOS PLATÓNICOS
Después
de Rep., Platón no cesa de replantearse el tema político. Uno de
esos intentos está en el Timeo y su secuela, el inconcluso Critias.
La ciudad de Rep., con cuyo resumen se abre el diálogo, es
identificada con la Atenas prehistórica en el contexto de un relato
sobre catástrofes periódicas, especialmente diluvios, que destruyen
la civilización en distintos lugares. Esa Atenas antediluviana ha
triunfado sobre la gran isla de Atlántida. Es la oportunidad, como
quiere Sócrates, de ‘ver a la ciudad en acción’. Pero el plan
expositivo comienza con la cosmología de Tim., que va desde los orígenes
del mundo hasta llegar al hombre. El inconcluso Critias debía tomar a
los hombres como ciudadanos de esa Atenas, equivalente de la ciudad
‘ideal’, y ponerlos en guerra. Posiblemente un tercer diálogo
describiría la destrucción de la ciudad por un diluvio y enunciaría
la teoría de las catástrofes periódicas y el proceso de recuperación
de la cultura a partir de los pocos sobrevivientes, rudos e
ignorantes, que Platón desarrolló luego en Leyes III-IV. De esta
forma, la teoría política, que en Rep. se continuaba hacia el
individuo, la psicología y la ética, queda proyectada en un marco
cosmológico y dentro de lo que podría denominarse una filosofía de
la historia.
o, muy
probablemente anterior al Timeo, está dedicado principalmente a
arduos problemas metodológicos, en función de los cuales y casi como
ejercicio (cf. 285d), se introduce la definición del hombre de
estado. Pero en Platón la teoría política no puede ser nunca mera
excusa. Obviando los otros aspectos, podemos indicar algunos aportes
del diálogo.
El hombre
político o real es definido como pastor de hombres (267d) 50. Para
aclarar y rechazar esta definición se introduce el extraño mito según
el cual el mundo gira alternativamente en un sentido cuando es
impulsado por ‘el dios’, y a veces en sentido opuesto cuando queda
librado a sí mismo. Al ser retomado por el dios, nuestra temporalidad
se invierte y los hombres pasan de la vejez a la juventud hasta
desaparecer, para nacer luego de la tierra. En este ciclo –una edad
de oro, sin regímenes políticos- el dios apacienta personalmente a
los hombres. La definición del rey como pastor es adecuada en
realidad a esta situación. El político en cambio es buscado al hilo
de una clasificación de las constituciones que ya hemos mencionado,
obtenida a partir de los criterios de la legalidad e ilegalidad por un
lado y el número de gobernantes (realeza y tiranía, gobierno de
uno), el número y la fortuna (aristocracia y oligarquía) y además
el grado de libertad (democracia en sus dos formas). Sin embargo,
estos criterios y distinciones carecen de valor: la autoridad y el
derecho a ejercerla proceden, de acuerdo a la definición inicial del
político como ‘técnico’, tekhnítes, de la posesión de un
conocimiento, que podría darse en uno o a lo sumo en dos o tres
hombres. La epistéme del verdadero político está por definición
dirigida al bien, no importa que se ejerza por la persuasión o por la
fuerza: legislar es función real, pero el ‘rey’ está por encima
de la ley. Como el rey infalible ‘no nace como en las colmenas’,
la ley resulta ser un segundo expediente necesario. La legalidad se
convierte entonces en criterio de las constituciones, y la jerarquía
se invierte: dejando de lado la monarquía del rey supralegal, la
monarquía sería la mejor, pero su corrupción en la ilegalidad, la
tiranía, la peor. Aristocracia y oligarquía son intermedias, y la
democracia es la menos buena dentro de la legalidad, pero la menos
mala si se vuelve ilegal -el poder está desmigajado entre muchos-, de
modo que en la práctica es el régimen preferible. La salida marginal
es pues la tolerabilidad de los regímenes malos.
La
definición del arte del tejedor, que entrelaza los hilos fuertes de
la urdimbre y los flexibles de la trama, sirve de paradigma (recurso
metodológico que aquí es más una analogía que un modelo) para el
tejedor real, que entrelaza los caracteres y temperamentos mansos y
fogosos: nuevamente un tema que en Rep. ha aparecido múltiples veces.
Como trama y urdimbre del tejido social, el rey debe unirlos con un
doble lazo: la parte eterna de sus almas con un lazo divino, la
comunidad de opiniones verdaderas y firmes sobre el bien, que procede
de la educación; la parte humana, mediante los matrimonios. Esta
nueva propuesta de mejoramiento genético consiste en cruzar familias
de características violentas y moderadas, para producir caracteres
equilibrados.
La muerte
encuentra a Platón ocupado todavía en el problema de la Ciudad. Su
último diálogo, Las Leyes, editado póstumamente por su discípulo
Filipo de Opunte, es el más largo de su producción e intenta todavía
un modelo político, menos estricto que el de Rep. y que, dada la
inalterada voluntad de Platón de influir en la práctica, puede
pensarse como un testamento y una guía para los asesores, si no
revolucionarios, producidos por la Academia.
El diálogo,
ubicado en Creta, reúne a tres ancianos: un ateniense en el que hay
que ver al mismo Platón, un cretense, y un espartano, en camino hacia
un lugar de culto bajo el sol del verano y distrayéndose con la
fundación verbal de una ciudad, esta vez ubicada con precisión en un
paraje de Creta. El tronco de la obra es un detallado cuerpo de leyes.
Se han tomado en serio los resultados del Político, no es cuestión
ya del rey filósofo sino de su substituto legal, y la frondosa
regulación se extiende hasta las cuestiones más cotidianas. Pero el
texto es mucho más que esto, y no es posible reseñar aquí su
riqueza.
En los
dos primeros libros, junto a tópicos conocidos de Rep. como el
problema de la felicidad del tirano, corre la curiosa presentación de
la paideia a través del uso controlado del vino en banquetes
supervisados. El mejor fruto paidético serán los tres coros de canto
y baile de los niños, los jóvenes y los hombres mayores que, algo
vergonzosos, cantarían y bailarían en privado. En una imagen
significativa, el hombre es presentado como títere de los dioses, no
sabemos si para su diversión o no, y los hilos con que lo manejan son
el placer y el dolor (644d). La paideia consiste en inculcar la
actitud correcta ante placeres y dolores, y esto acrecienta la
importancia paidética de la música y su estricto control (en 700 a
ss., la decadencia de Atenas es atribuida a las innovaciones
musicales). El libro III plantea la génesis de las organizaciones políticas
en el marco de la teoría de las catástrofes periódicas. Algunos
pastores incultos han sobrevivido en las montañas al diluvio, y el
descenso de ellas coincide con el ascenso en la cultura y la
organización, desde la familias patriarcales, su unificación por los
primeros legisladores y gobernantes hasta la fundación de ciudades en
las llanuras. Con Troya se toca la historia hasta llegar a Esparta,
cuya fortuna se atribuye a su constitución, donde los poderes están
divididos y contrabalanceados. La historia se une a la teoría
constitucional: llegados a las guerras Médicas, Persia y Atenas
proporcionan los modelos de las constituciones extremas, monarquía (=
tiranía) y democracia, de las que las demás son mezclas y
atenuaciones. Por otra parte, la degeneración de Atenas a partir de
la pátrios politeía solónica que la salvó de los persas, proviene
de la substitución de la ‘aristocracia’ musical por la
‘teatrocracia’ (701a), la libertad en los espectáculos a la que
se atribuye toda clase de consecuencias.
El nuevo
proyecto de ciudad que trazan los ancianos, aunque presentado como
conversación de viejos, es enormemente detallado y serio. Siempre ha
sido comparado con Rep. como un paso más cerca de lo factible. La
hiperbólica oportunidad única en los tiempos se cambia por una
ciudadosa disposición de la fundación de la colonia, su población
de origen, la elección de los dirigentes con procedimientos bastante
democráticos, la duración de los cargos y la rendición de cuentas.
La legislación sobre todos los aspectos de la vida pública y privada
es extensa y detallada. El principal fin de toda legislación será la
formación moral del ciudadano. Platón propone, reclamando
originalidad, los ‘prefacios’ a cada ley, donde el legislador la
explica y exhorta a obedecerla. Todo el sistema de castigos, aunque
severo, está concebido en esta línea, e incluye razonamientos con el
delincuente y todo tipo de esfuerzos, que pueden ser comparados con la
psiquiatría o con la inquisición según se mire, para su reforma.
Los casos desesperados se penan con la muerte.
Existe la
propiedad, pero con un fuerte sentido de subordinación a lo público
y contenida dentro de límites. Los ciudadanos son apartados del
proceso de producción, que queda en manos de esclavos o hilotas en el
campo y de metecos para los oficios. Los ciudadanos se ocupan sólo de
los deberes de la ciudadanía, que son bastantes: de ‘mantener el
orden (kósmos)’, siguiendo el principio de Rep. de hacer cada uno
lo suyo. La esclavitud está expresamente contemplada con una mezcla
de humanidad y severidad excesiva. No hay comunidad de mujeres e hijos
aunque se lo propone como ideal, pero sí igualdad de las mujeres,
militar y política (aunque, como en Rep., serían inferiores, 917a,
781c). Hay comidas comunes para ambos sexos, por separado. Pero la
represión sexual es mayor que en Rep.: se admite el coito sólo en
función de la procreación, se prohibe la homosexualidad por ser estéril,
y se deshonra al adúltero. La instrucción en música y gimnasia está
a cargo del estado, es gratuita y obligatoria y hay para ella maestros
pagos, que deben ser extranjeros. Pero el proyecto educativo no está
en este nivel ínfimo sino que se encarna en los grandes magistrados
que presiden los concursos y especialmente el director general de la
educación, “el cargo más importante en la Ciudad”.
El culto
religioso de Leyes es una colorida seguidilla de festivales, uno para
cada día del año. Pero uno de los pasajes filosóficamente más
importantes y políticamente más ingratos es el concerniente a la
teología. El ateísmo, la creencia de que los dioses no se ocupan de
los asuntos humanos o que se puede negociar con ellos mediante
sacrificios, es uno de los más poderosos factores de corrupción de
la juventud. El esfuerzo de convencer –antes de castigar- a quienes
profesan tales doctrinas debe enfrentar la seria opinión filosófica
que niega la finalidad en la naturaleza y considera las realizaciones
políticas, y los mismos dioses, como productos de la convención. Y
la persecución del bien natural en vez del convencional lleva
directamente a la subversión. La respuesta es una demostración de la
prioridad del alma sobre la materia a partir de la racionalidad del
universo. La existencia del mal lleva inclusive a postular un alma
mala, aunque el mundo como un todo muestra el predominio de la buena.
Para la
preservación de las leyes y de su espíritu se instituyen los
‘guardianes de las leyes’, (nomophylakes) y en especial el Consejo
Nocturno, que aparece al final de la obra. Esta institución, que
sesiona al alba, reúne a los diez nomophylakes mayores y otros
personajes, es la ‘mente del estado’. Conoce el fin de la ciudad,
esto es, la areté, su unidad y pluralidad y los medios de promoverla.
Para ello se requerirán equivalentes de los gobernantes de Rep.,
educados como filósofos, dialécticos y teólogos. El diálogo se
corta en las dificultades para establecer esta institución.
NOTAS
1 En terminología de Karl Polanyi. Cf. K. Polanyi, C. M. Arensbreg, H. W.
Pearson eds., Comercio y mercado en los imperios antiguos, tr. c. Labor,
Barcelona 1976, esp. K. P., “La economía como actividad
institucionalizada”, pp. 289-315, esp. 296 ss.
2 Como recuerda
Jean-Pierre Vernant (Los orígenes del pensamiento griego, tr. c., Paidós,
Barcelona-Bs. As.- México, 1992, p. 59), poner algo en discusión pública
se dice en griego “llevarlo hacia el centro”. En estos párrafos el
lector reconocerá ecos del ilustre historiador francés, aunque a
diferencia de él creemos que en el tránsito a la polis ha pesado más el
conflicto entre clases que el agôn aristocrático.
3 Cf. David Grene, Greek Political Theory. The Image of Man in Thucydides
and Plato, The University of Chicago Press, Chicago & London, 1950;
Phoenix Books Ed. 1965, Introd., pp. 4-6.
4 Esta expresión es ambigua. En Atenas, esa polis ‘tradicional’ fue
identificada con la constitución de Solón, que es ya el resultado de
violentos conflictos y que no dejó luego de transformarse. En otros casos,
como en las ciudades jónicas o Corinto, el temprano y muy activo desarrollo
comercial tiene que haber influido (aunque nuestra información es
deficiente) en la concepción del estado. En realidad, en casi todo el mundo
griego, el momento de la presunta ‘ciudad tradicional’ estuvo ocupado
por tiranías progresistas. La diferencia, en todo caso, estaría en la
ausencia de una concepción desencantada del poder.
5 Los intentos de la crítica de recuperar el Sócrates histórico han sido
sumamente problemáticos, y quizá tengamos que atenernos a Sócrates en
Platón. Pero en los textos ‘socráticos’ hay un meollo que es distinto
de lo que llamamos propiamente platónico, aunque es su germen.
6 Se atribuyen a Platón trece cartas relacionadas con sus vicisitudes políticas.
Las más importantes parecen auténticas, especialmente la VII, suerte de
autobiografía escrita al final de su vida. En todo caso, sería un
documento muy cercano en fecha y origen a Platón, con datos auténticos
sobre las actividades del círculo académico.
7 Otras noticias de académicos activos en política en Plutarco, adv. Col.
1126c. Karl Popper (La sociedad abierta y sus enemigos I, tr. c. Paidós,
Bs. As., pp. 138 s., 323) insiste en que la Academia fue un semillero de
criminales políticos y tiranos. Cf. José Enrique Míguenz, Política sin
pueblo. Platón y la conspiración antidemocrática, Emecé, Bs. As. 1994,
pp. 135 ss.
8 Cf. Carta VII 350cd.
(9 Un análisis de la semántica del escenario de Rep., del que acá apenas
damos una indicación, en Gregorio Luri Medrano, “A la sombra de Ártemis.
Reflexión sobre los espacios mítico e histórico de ‘La República’”,
Convivium 6 (1994) pp. 72-90. (Para Ártemis, tener en cuenta J.-P. Vernant-P.
Vidal-Naquet, Mito y tragedia en la Grecia antigua II, Tr. c. Taurus,
Madrid, 1989, “Figuras de la máscara en la antigua Grecia”, esp. pp. 35 ss.). Luri Medrano entiende que el Pireo y su significado son asumidos
positivamente. La lectura opuesta, que es la nuestra, está sugerida por M.
Austin-P. Vidal Naquet, Economía y sociedad en la antigua Grecia, tr. c.
Paidós, Barcelona-Bs. As.-México 1986, en una breve nota (p. 240 n. 1):
como en el célebre texto del libro VII, que parte desde la caverna hacia la
Idea del Bien, el diálogo parte de la caverna... El Pireo.
10 Ésta y las demás citas literales (indicadas con comillas dobles) están
tomadas de: Platón, República. Traducción y notas: Conrado Eggers Lan.
Gredos, Madrid 1992. En algunos casos se introducen modificaciones.
11 W. K. C. Guthrie, A History of Greek Philosophy III, Cambridge 1969, p.
113 n. 1. Algunas expresiones de esta concepción tradicional: Teognis
337-340 (341-350), Solón 1.5-6 D, Eurípides Medea 809 y, en Platón, Menón
71e.
12 La oposición physis-nómos ha sido usada luego, un tanto
simplificadoramente, para encuadrar una discusión que recorre todo el siglo
V.
13 F. M. Cornford, The Republic of Plato, Oxford Univ. Press, London-Oxford-New
York 1941, reprs., pp. 8, 30.
14 Focílides 10D, Teognis 147-8. Aristóteles lo cita como proverbio en Ética
Nicomaquea 1129b27-30.
15 Que la crítica alemana del siglo XIX consideraba un diálogo juvenil
independiente, el Trasímaco, vuelto a usar para abrir la obra madura.
16 Cf. Fedón 64d-66a. En ningún caso la traducción de sôma y psykhé
como ‘cuerpo’ y ‘alma’ podría ser tan engañosa como en ese pasaje.
Los dos sentidos básicos del uso platónico de sôma serían
‘“ropaje” de la psykhé’ y ‘fuente de la irracionalidad’ (C.
Eggers Lan, El “Fedón” de Platón, Eudeba, Buenos Aires 1971, p. 99;
cf. toda la n. 29). En ningún caso sôma es una mera ‘cosa’.
17 Cf. Guthrie, HGP IV, p. 445. Popper, más allá de su mirada hostil y en
general simplificadora, descubre lo que un análisis tradicional usualmente
no se permite registrar; en el caso, el materialismo de base de los análisis
platónicos, que lo lleva a relacionarlos con los marxistas.
18 M. Austin-P. Vidal Naquet, Economía y sociedad... cit., p. 30.
19 Y si no se la quiere percibir, puede verse cómo cierra Platón el
comentario al modo de vida de la humanidad bajo el gobierno de los dioses,
en el mito del Político (272b-d).
20 Podría verse una lejana similitud con el Segundo Tratado de Gobierno de
Locke, con su peculiar ‘estado de naturaleza’ sin gobierno pero con
propiedad y moneda.
21 Carta VII, 326b.
22 G. M. A. Grube, Plato’s Tought, Methuen, London 1935, p. 267. “Esta
convicción de los males de la propiedad privada es un punto cardinal en la
filosofía social de Platón.”
23 La palabra griega para “educación”, paideía, va a evolucionar hacia
un sentido mucho más abarcador que “educación”, y en principio apunta
a la formación del hombre como tal. Una referencia obvia es la célebre
monografía de Werner Jaeger, Paideia: los ideales de la cultura griega, tr.
c., FCE, México, ed. en un vol., 19571, 19622, reimp.
24 En el libro III. Recordemos que los libros son meras divisiones papirológicas,
y no estructurales de la obra.
25 A lo largo de su obra, y especialmente en Ion y Fedro, Platón sostuvo
una comprensión positiva de la poesía, que reconoce su índole peculiar al
distanciarla del conocimiento y ponerla en el territorio de la inspiración
y la manía divina. En Rep. habla el legislador y planificador político,
que toma sus recaudos con ella justamente porque conoce demasiado bien su
poder demoníaco (387b, Homero es censurado a causa de su altísimo valor poético).
26 Y tras él Aristóteles, aunque con menos énfasis (Pol. VIII).
27 La concepción platónica del amor aparece en el plano humano (ya que en
Banquete se eleva hasta las cúspides metafísicas de la realidad) como una
relación educativa, de índole homosexual –de acuerdo al trasfondo
cultural helénico en general y en especial espartano, donde la pederastia
era un componente básico de las instituciones político-militares-, pero
contenida en cuanto a su realización sensual (de donde “amor platónico”).
28 Pero ‘bello’, en el mismo uso común del idioma griego, apunta a la
belleza moral tanto al menos como a la belleza sensible.
29 Hay semejanza con mitos de fundación bien conocidos, por ej. el de los
espartos, guerreros nacidos en Tebas de los dientes de un dragón sembrados
por el fundador Cadmo. Los mismos atenieses se consideraban autóctonos.
30 Cf. E. A. Havelock, “Dikaiosyne: An Essay in Greek Intellectual History”,
Phoenix 23 (1969) 49-70.
31 El pasaje reúne algunas de las dificultades principales de la metafísica
platónica. Las ideas son presentadas como contrariedades (lo bello y lo
feo, lo justo y lo injusto, lo bueno y lo malo), lo que abre al problema, ya
discutido en la Academia, de si hay ideas negativas. La palabra
‘comunidad’ (koinonía) apunta a la participación de lo sensible en las
ideas. Pero ‘entre ellas’ parecería aludir a la cuestión, tratada sólo
en los diálogos de la vejez, en especial Sofista, de la relación entre las
ideas mismas.
32 Esta exigencia se cumpliría mandando al campo a los mayores y trabajando
sólo con los niños de hasta 10 años (541a).
33 Fedón 75b.
34 F. M. Cornford, The REpublic... cit., p. 211.
35 En último término, habría que ver si su conocimiento es transmisible
proposicionalmente: cf. Carta VII 341cd.
36 Estos textos suelen ser llamados “alegorías”, pero esto valdría sólo
para el último, y aun con restricciones. Por supuesto, no son “mitos”,
sino parte de un discurso argumental. El craso error de hablar del “mito
de la caverna” podría disculparse sin embargo por la fuerza de la imagen
y sus posibles raíces en la imaginería religiosa.
37 Emprendido, a fines de la Antigüedad, por el neoplatonismo, pagano y
cristiano.
38 C. Eggers Lan, El sol, la línea y la caverna, Edueba, Bs. As. 1975, p.
27 n. 1.
39 Esta “conversión” (periagogé) habría posibilitado el concepto
cristiano de conversión (W. Jaeger, Paideia cit. p. 696).
40 C. Eggers Lan, El sol... cit., p. 57.
41 La oposición puede verse comparando la versiones del mito de Prometeo en
ambos poemas de Hesíodo con el ‘mito de Protágoras’ en el Protágoras
platónico.
42 El carácter exageradamente abstruso del ‘número divino’ está
gritando la ironía, que en este caso Platón mismo confiesa (545e). Popper,
por supuesto, ve en él el núcleo de su nazismo. También hay que
justificar el comienzo de la decadencia, que no puede empezar sin más con
una disensión sin motivo entre los ‘perfectos guardianes’.
43 La expansión de la población sería un motivo de guerra, coherente con
la historia griega: los habitantes de la Ciudad de los Cerdos la controlan
para evitar la guerra. Pero la Ciudad de los Perros tiene su población
igualmente controlada.
44 Lewis Mumford, City in History p. 186, cit. en W. K. C. Guthrie HGP IV p.
469.
45 Cf. Édouard des Places, Lexique de la langue philosophique et religieuse
de Platon, (Platon, OC t. XIV), Les Belles Lettres, Paris 1964 (reed.), s.v.
parádeigma 4b.
46 En 509d, al introducirse la analogía entre el Bien y el Sol, se los
presenta como reyes del ‘género y lugar’ inteligible y visible
respectivamente (no ‘mundo’ sensible e inteligible, expresión que no
aparece hasta Filón de Alejandría; sic en la difundida trad. de Eudeba, p.
371.) ‘Visible’, horatós, es fonéticamente próximo a ouranós, por lo
que el texto añade que no dice ‘cielo’ para que no se crea que juega
con las palabras. También en el gran mito del Fedro, dioses y hombres
recorren en sus carros circularmente el cielo, desde cuya cúspide puede
verse, fuera del cielo, las realidades eternas (ideas), situadas en el
‘lugar supraceleste’ (hyperouránios tópos 247c, y no tópos ouránios,
como se escucha habitualmente).
47 Ese plano puede ser llamado, con una palabra infinitamente ambigua para
nuestra comprensión monoteísta y de un dios personal, ‘lo divino’. Fedón
llama así a las Ideas (80b).
48 La riqueza misma tiene en primer lugar valor político, y por eso es
cualificada y no meramente cuantitativa: la enorme fortuna de un meteco
comerciante no lo habilita para integrar una oligarquía de terratenientes
(ni para integrar la polis).
49 Desde ya, no podemos profundizar aquí una interpretación de Platón en
este sentido.
50 Definición obtenida mediante el método dicotómico, que Platón
experimenta en estos diálogos, y que en principio consiste en dividir
‘según las articulaciones naturales’: aquí se ha partido de una
clasificación de las técnicas en prácticas y teóricas; éstas en críticas
y directivas; directivas por autoridad prestada o propia, etc.