Mirando a la cámara, Hannah. Gracias.

Domingo, 19 Jun 2005.

Podemos tomar esta foto con tus hermanastras, por ejemplo, tenías 15 años por esos tiempos. Nunca fuiste de carácter fácil, como lo prueba por aquellos años tu rebeldía en clases, con los profesores, con los propios estudios. Ya tus grandes ojos negros te caracterizaban, como tus respuestas rápidas y hondas.

Aunque esta otra foto de 1923 es todavía más reveladora. Tu ancha frente, tu mirada inquisitiva, te distinguen. Cómo no habrían de fijarse dos años después -en esa muchacha que fuiste- no sólo tus compañeros de clase sino hasta tu propio profesor: ahí estaba Martin Heidegger deslumbrado ante Hannah en una lumbre mutua, escribiéndote a tus 19 años un 10 de Febrero comenzando con “Querida señorita Arendt”, y apenas cuatro días más tarde: “Querida Hannah”. Ni qué decir de las cartas de marzo y abril de 1925. Él, toda una revolución en filosofía, un suavo que apenas ha escrito pero que impresiona y magnetiza por su postura filosófica. Él, quien luego dirá que pudo escribir Ser y Tiempo sólo porque estaba Hannah en su vida. En la cabaña seca y espartana de Todtnauberg el rostro de Hannah sobrevolaba el manuscrito que tanto conmoverá al siglo XX.

Tomemos esta otra foto de 1950, cuando estás con tu segundo esposo, Heinrich Blüncher. Obviamente no hay registros de cuando el crecimiento del nazismo, de cuando tu interrogatorio por la Gestapo –breve, pudiste zafar-, de cuando la huída a París (aunque anda por ahí una foto tuya, de tres cuarto perfil, aparentemente de esa época, cabello a lo garçon –como siempre-, firmeza increíble la de tu presencia), de cuando llegaste a Marsella huyendo del campo de concentración de Gurs para luego cruzar vía Lisboa hacia New York. Decía de esta foto de 1950, con Heinrich, viviendo en un barrio no muy seguro próximo a Harlem, aunque desde las ventanas se veía el parque y la fábrica de pianos Krakauer. En el pasillo había una enorme foto de Kafka y en la sala una lámina con la imagen de Platón. La guerra había pasado (si es que las guerras pueden sencillamente pasar: los sobrevivientes de Auswitch aún hoy dicen que en realidad nunca salieron de Auswitch, todavía están allí, no pueden irse), eras directora de la Jewish Cultural Reconstruction, estaba apareciendo tu libro Los orígenes del Totalitarismo, estabas viajando para reencontrarte con Martin Heidegger y con Karl Jaspers, tu director de tesis. ¿Te acuerdas? Fue sobre el amor según Agustín de Hipona. Tan luego sobre el amor. Pero tus sentimientos hacia Heidegger no turbaban tus conceptos sobre él. Le escribiste a Jaspers: “Esta vida en el Todtnauberg, abominando de la civilización, escribiendo a solas consigo mismo, no es sino una ratonera donde se oculta porque sabe, con razón, que sólo necesita ver a quienes, llenos de admiración, peregrinan hasta allí”. Es que el apoyo que dio Heidegger en un comienzo al nazismo, y su silencio posterior, es una mancha de la que nunca podrá salir. Sobre todo porque nunca pidió disculpas por su conducta. Volviste a estar con Heidegger, sentiste lo que estos renglones no pueden reflejar. Algunos aventuran de su narcicismo, otros de cierta sutil orgullo herido de tu parte(¿quién podrá contarnos exactamente lo que sentiste?). Pero vale recordar este concepto del totalitarismo que escribiste: racismo e imperialismo se complementan. ¿Qué dirías hoy, Hannah, cuando el gobierno republicano estadounidense encarna el modelo anglosajón, blanco y protestante, que Huntington considera superior al resto, y qué dirías cuando algunos movimientos musulmanes consideran que es la cultura de Mahoma la superior al resto? ¿Qué dirías cuando la mayor parte de Occidente y de Oriente son precisamente ese “resto”?

Aunque también podemos tomar esta foto de 1965, en la Universidad de Chicago. Tu fama había crecido directamente proporcional a la profundidad de tus escritos. Unos años antes, en ocasión del premio a la paz otorgado a Karl Jaspers, habías expresado en el discurso de ese momento que lo más importante entre las personas es tan luego este “entre”, algo que a todos engloba, desde lo cual uno puede comprenderse y comprender a los demás. Jaspers ha enseñando que la verdad se manifiesta en el diálogo, tal como lo reclamaba Platón, ahí donde nada es excluido, donde todo llega a su luz. Verdad es lo que nos une a unos con otros.

Tendría que escribir ahora de tus conceptos sobre la vita activa, a diferencia de la vida contemplativa -la que para los pensadores medievales era la superior. La relación que este tipo de vida tiene con el trabajo, la producción y la acción. Tu crítica al concepto de Marx sobre el futuro del trabajo humano. Tendría que escribir ahora, y no olvidarme de ninguna manera, de tus artículos sobre el proceso a Eichmann, que en un comienzo tanta polvareda levantaron y que hoy son vistos como partes de todo texto clásico en filosofía contemporánea y politología: la banalidad del mal. Ya que más allá de denunciar el hecho de que importantes y muchos judíos colaboraron con el alto mando alemán para la persecución de los mismos judíos, como los registros y documentos lo probaron, lo esencial es que formulaste la superficialidad del mal: es un hecho extremo, pero nunca radical –distinto del planteamiento de Kant-, no tiene profundidad ni dimensión, hongo en la superficie, pura espuma, que se vale de individuos que cumplen órdenes y reglamentos y normas pero que carecen de la grandeza que requiere todo lo realmente demoníaco. Lo verdaderamente radical y profundo es siempre el bien. Eichman era un hombrecito atroz, como muchos, pero sencillamente banal.

Pero es tiempo de observar esta otra foto tuya, Hannah. Es 1975, tu esposo Heinrich ha fallecido cinco años atrás, también Karl Jaspers. En esta foto estás sentada, mirando hacia algo o alguien ubicado a la derecha de nosotros que te estamos observando, tu cabello cano, tus anteojos colgando, tu sonrisa es muy suave, tu mirada se ha dulcificado, ¿tu mirada se ha cansado?

Estoy a punto de pedirte que mires a la cámara, pero prefiero dejarte así, tu rostro se nos ofrece en toda su intimidad. Falta poco para que sea un martes, 4 de Diciembre del mismo año. Pondrás una hoja en blanco en la máquina de escribir, escribirás como título La fuerza del juicio, escribirás como epígrafe una afirmación de Cicerón y otra de Goethe, llegarán unos amigos, almorzarán, servirás café, caerás sobre el sofá. Te habrás ido. Tus cenizas, junto a las de Heinrich, en el bosque del Bard College donde él enseñaba.

No, no gires la cabeza, Hannah. Deja que tus propias obras nos miren. Deja que sigamos mirándote.


Escrito por: Daniel L. Salort | 14:34H. | Enlace | A Debate

Comentarios

¡¡Ohhh!! Hermosísimo repaso a una de esas mujeres que hace la vida un poco más soportable.
Sería interesante una foto con su primer esposo, el infatigable luchador contra las armas atómicas Günther Anders.

Increíble el post, me encantó!!

Escribió: Mnemosine | # | Martes, 6 Sep 2005. 12:48H.

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