Lo fundamental
del poder real está definido desde la época tinita y conservó siempre un
potente carácter religioso: el FARAÓN, señor de la Gran Casa, es
un dios, hijo de Horus, amado por Amón y su hijo Ra: en él se combinan las
aportaciones del Sur y del Norte, simbolizadas por las dos coronas, las dos
señoras, y el entrelazamiento alrededor del pilar sagrado de las dos
plantas egipcias, el papiro y el loto, y de los dos emblemas, la caña y la
abeja. La complicada titularidad de su protocolo reúne estos elementos (el
nombre de Horus, el nombre de las dos diosas, título nesut-bit, el
nombre de Horus, oro).
Pero este dios no depende de los sacerdotes y hasta el final mismo del
Imperio Nuevo su poder no es teocrático, a pesar de la ideología.
Sus funciones consisten en asegurar el orden, la justicia y la
prosperidad material del reino del que él es propietario y señor absoluto.
A partir de la XII dinastía aparece una moral, emanada de Maat, la
Justicia-Verdad divinizada: Egipto es quien ha creado la noción de soberano
Bienhechor universal, para la satisfacción del cual es preciso repudiar lo
arbitrario y respetar la justicia, como él, hija de Ra. Tal es la teoría
que nos han dado a conocer los textos de los sacerdotes, las instrucciones
oficiales y la palabra de los Sabios, según las narraciones populares.
La administración creada por los tinitas, desarrollada por
los grandes reyes de la II y IV dinastías, alcanza su perfección en tiempos
de los Amenembet y los Senosret. El Estado se confunde con los bienes
privados del rey, y sus servidores son también los grandes administradores,
el Tatí (el hombre por excelencia) o visir, los dueños de los múltiples
secretos, los jefes y los escribas de las innumerables oficinas. Por esta
lado existen pocos problemas, aunque su poder pesó a menudo con fuerza sobre
el país. Pero el punto delicado fue siempre la administración local, la de
los nomarcas (término griego que data de la época lágida), cuyo poder
ejercido con demasiada libertad, incita a la independencia, desde el instante
en que la monarquía, que los colma de bienes y de derechos de regalías,
parece debilitarse.
Las tareas de la administración no fueron nunca tan bien
cumplidas como bajo las dinastías IV y XII, cuando el poder real, aún en su
juventud, no conocía ningún obstáculo para su satisfacción, incluso
respetando los principios de una justicia basada en la religión. Es
exagerado considerar las grandes pirámides como la expresión de una
abrumadora megalomanía; el país proporcionaba al rey enormes ingresos en
forma de impuestos en productos naturales que se amontonaban en los tesoros
reales. Bastaba con asegurar el orden, cuidar el mantenimiento de los canales
y diques, evitar las exacciones, las injusticias demasiado evidentes y la
arbitrariedad de los funcionarios locales, para que el campesino, trabajador
y dócil, cultura, productora de cebada y trigo, pero también de legumbres,
frutos, vides, a los que se añade los productos de la ganadería y de los
constituye la gran riqueza. El reborde de los dos desiertos proporciona la
piedra de sillería; Nubia, el Sinaí, las montañas proveen, a costa del
trabajo de los esclavos y de los prisioneros de guerra, el oro, el cobre, las
piedras preciosas; el resto se importa, sobre todo la madera para la
construcción. El Estado preside todas las actividades, siendo el propietario
de la tierra y las minas, organizador del trabajo de los artesanos; alimenta
directamente a sus servidores, soldados, funcionarios y sacerdotes; el
comercio interior, facilitado por los canales y brazos del Nilo, permanece
bastante debilitado a causa de lo exiguo de las necesidades. Durante la época
antigua, la vida urbana es reducid, falta la moneda (de ahí la importancia
del trueque y los pagos en metales simplemente pesados), no existe relación
con lo foráneo, la economía es prácticamente cerrada o autárquica.
Religión.
La característica principal de la religión era el gran número
de dioses, de forma humana, animal o antropomórfica. Representaban tanto
fuerzas naturales como conceptos abstractos. Algunos (Ra, Amón, Isis, Horus,
Ptah, Osiris, Tot, Anubis, Hator,e tc.) fueron objeto de gran veneración en
todo el país (uso cotidiano de amuletos). La falta de distinción clara
entre los diferentes dioses posibilitó la asimilación entre dos o más de
ellos, como en el caso de Amón-Ra, que en el Imperio medio pasó a ser el
predominante, o de Serapis, fusión de Osiris y Apis en el período helenístico.
Sin embargo, en el panteón egipcio no existió una
verdadera jerarquización.
Otra característica es la falta de contraste entre lo
divino y el mundo físico, pues ambos formaban un todo. En este contexto, el
faraón, considerado encarnación de Horus e hijo de Ra era el centro del
mundo y la garantía del orden cósmico. Su función principal consistía en
establecer en el mundo -el ma’at,- concepto que significa, a un
tiempo, verdad, justicia y orden.
Único sacerdote verdadero, el faraón delegaba, sin
embargo, sus funciones en otros sacerdotes. De ahí que se formara una casta
sacerdotal que, con la administración de los cuantiosos bienes de los
templos, especialmente en el caso del clero de Amón-Ra, llegó a disponer de
un gran poder económico y político. Ello fue la causa de que Amenofis IV
intentase implantar el culto monoteísta de Atón. Consecuencia de la
concepción divina del mundo era la creencia en una vida de ultratumba. El
hombre tenía tres almas (ba, ka y akh), que sobrevivían al cuerpo, pero
este había de ser conservado para evitar la aniquilación total del ser, por
lo que se implantó el uso de la momificación y de sepulcros, en los que se
depositaba un ajuar funerario. Tras la muerte, el difunto tenía que
enfrentarse a un juicio presidido por Osiris, el cual originó un género
literario (textos de las pirámides y de los sarcófagos, Libro de los
muertos), que constituye la principal fuente de nuestro conocimiento
sobre la religión egipcia. Si bien la muerte estaba siempre presente en la
sociedad egipcia, se la consideraba una parte de la vida.
Otro aspecto importante de la religión egipcia, era su carácter
ritualista, por el que el estricto cumplimiento de los ritos resultaba más
importante que la propia fe.
El cristianismo penetró pronto en Egipto y, desde el s.
III dc, la mayoría de la población fue cristiana. En el s. V se difundió
el monofisismo, que se mantuvo como religión predominante hasta la conversión
de la mayoría de los egipcios al Islam en el s. VIII dc.
Bibliografía:
Historia Universal LABOR. Tomo 1. Historia de la Antigüedad. Egipto.
Petit, Paul. Ed. Labor. 1989. Barcelona.