Omar
Astorga.
Universidad
Central de Venezuela (UCV).
ABSTRACT: I discuss the basic conditions
that allow us to grasp Hobbes's theory of the State from the
standpoint of the imagination. I employ three interpretative points
of view. First, I consider the role played by the concepts "person,"
"representation," and "theatre" in the
institution of the social and political structure of the State.
Second, I discuss the metaphorical value of the State, the
persuasive function of which is derived from the biblical image of 'Leviathan.'
Third, I consider the role taken by the counsellors of the State in
the creation of images oriented toward obedience. In this way I
attempt to demonstrate that the Hobbesian State can no longer be
taken as an abstraction, but as a concrete result constituted by
human nature as formulated by the imagination. Hence, one can
understand Hobbes as extending the interpretation of modern
political thought beyond the linguistic imperative of univocity. In this way we can grasp Hobbes's importance for the modern age.
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Ciertamente, el Estado hobbesiano es el resultado de la
racionalidad instrumental, y está expuesto como una arquitectura jurídico-política
donde la paz está garantizada por la unidad que procede del poder común.
Pero no estamos en presencia tan sólo de las formas inherentes a la
racionalidad instrumental. Vale decir: el Estado no es sólo producto
del cálculo. Incluso, podemos hacer girar un poco más esta
argumentación, y decir que el Estado no es tanto producto del cálculo
como de las condiciones culturales que llevan a los hombres a
calcular. Y esas condiciones se hallan expuestas a partir de las bases
antropológicas donde adquiere preeminencia la idea de imaginación.
El "Leviathan" es la síntesis del imaginario contenido en
la antropología y, al propio tiempo, es la metáfora que alimenta ese
imaginario. Las imágenes del temor y la esperanza, quizás las más
emblemáticas por su relación con la miseria o la felicidad, no sólo
le sirven a Hobbes para describir el estado de naturaleza, sino también
destacar los resortes fundamentales en los cuales se debe apoyar la
actividad del Estado como "actor" principal de la sociedad,
cuya tarea básica consiste en persuadir al auditorio. De allí que se
le haya dado en el Leviathan un espacio importante a la retórica.
Este filósofo comprendió que la tarea de convencer no se podía
emprender privilegiadamente con la exposición de un programa
racionalista, sino haciendo uso de la elocuencia. De ese modo su
discurso político se volvía más coherente, en la medida en que la
actividad de imaginar, de ser tan sólo una premisa antropológica, se
convierte en un recurso indispensable de la interpretación de la política.
La razón de ello se fue convirtiendo para Hobbes en algo cada vez más
claro: los hombres han sido llevados por las pasiones a partir de
discursos elocuentes que les conducían a la sedición. Entonces era
necesario ofrecer un discurso también elocuente, esta vez dirigido a
la obediencia y la legitimación del poder común. Veamos cómo a través
del Estado teatro, de su metaforización, y desde el interés por su
función persuasiva, Hobbes muestra, coherentemente, la institución
imaginaria del "Leviathan".
1. El Estado teatro
La definición de Estado que aparece en el capítulo 17 del Leviathan
es una buena muestra de la coherencia del pensamiento político de
Hobbes. Esa definición recoge un aspecto fundamental tematizado en el
contexto de la justificación de la política, cuando se define al
Estado como persona. (Leviathan, II, 17, p.227; ed.Macpherson,
London, Penguin Books, 1985). Esa concepción lleva a pensar el Estado
como representación, es decir, como imagen y, a la vez, como actuación,
esto es, como teatro. (1) En efecto,
Hobbes dice que una persona es aquella cuyas palabras o acciones son
consideradas como suyas o representando las palabras y acciones de
otro hombre o cualquier otra cosa a la cual le son atribuidas
verdaderamente o por ficción. Cuando se parte del que habla o actúa
por sí mismo, Hobbes se refiere a la "persona natural"; y
cuando se parte de aquel que habla o actúa por otro, se refiere a la
persona artificial o fingida, es decir, cuando se considera que las
palabras y acciones de uno representan las de otro. (Leviathan,
I, 16, p.217). Si se tiene presente que la ficción es fruto de la
imaginación, se deduce entonces que la idea de "persona
artificial" (fundamental en la concepción del Estado) aparece
como resultado de la actividad de imaginar, es decir, de la capacidad
de fingir, a partir de la cual tiene lugar la idea de representación.
Por ello, la idea del Estado se nos muestra como una imagen, esto es,
como resultado de la experiencia cognoscitiva a través de la cual se
constituye el hombre, pues Hobbes, en su descripción del proceso de
conocimiento, concibe las imágenes como representación. (Leviathan,
I, 1, p.85). De tal modo que este filósofo muestra la equivalencia
que existe, en sentido amplio, entre imagen y representación. El término
persona nos coloca directamente en el terreno de la imaginación, y el
Estado se nos revela, fundamentalmente, como imagen.
Quizás no sea causal que, para explicar el término
"persona", Hobbes se remita a los significados griego y
latino, a través de los cuales se aludía, bajo el significado
griego, a la "faz"; o bajo el significado latino, al
"disfraz" o "apariencia" de un hombre en el
escenario. Lo relevante en este sentido es que desde la escena del
teatro el término persona ha sido trasladado a cualquier
representante de un discurso y una acción. En el teatro se encuentra
entonces el significado originario del principio de representación.
Una persona es lo mismo que un actor, tanto en el escenario como en la
conversación común. De tal modo que personificar es actuar o
representar; y por tanto, se dice que se asume la persona de otro
cuando se actúa en su nombre. El acto de representar se convierte
entonces en el principio a través del cual puede entenderse el
despliegue imaginativo de la actuación del Estado. La política, como
lo va a denunciar Rousseau, se transforma en un espectáculo.
A partir de esta perspectiva teatral, Hobbes hace entrar en escena
el significado jurídico del Estado cuando afirma que la persona es el
actor, mientras que el dueño de esas palabras y acciones es el
"autor", de tal modo que el actor actúa por autoridad y
tiene entonces derecho a actuar cuando esta autorizado por aquel a
quien pertenece el respectivo derecho. (Leviathan, I, 16,
p.218). Y así, a partir del principio de representación, originario
del teatro, Hobbes somete al representado, es decir, al auditorio, a
las palabras y acciones de su representante. De esta forma empieza a
legitimar el imaginario que dará lugar a los mecanismos de la
obediencia. En este punto es necesario observar que, si bien el
concepto de representación es pensado esencialmente en atención a la
vida política, viene considerado también en relación con diversas
instituciones sociales. Podría decirse que Hobbes traslada el
significado político de la representación, que gira en torno a los
criterios de autoridad y autorización, al ámbito social, con lo cual
resulta que el Estado no necesariamente hay que concebirlo como un
actor en el escenario separado del auditorio constituido por la
multitud. La imagen del Estado se introduce en la multitud a través
del principio de representación. De tal modo que este filósofo no
estaba pensando solamente en la política, sino también en la
sociedad y en la cultura como espectáculo, convertidas en una red de
imágenes alimentadas por el principio político de la representación.
El carácter representativo del Estado no tiene lugar entonces como
una simple operación de cálculo. Y si bien Hobbes dice que la política
es resultado de una sumatoria de pactos, creemos que esta afirmación
es más bien metafórica, ya que si es cierto que el cálculo
interviene en la experiencia mental que lleva a pensar en la idea del
Estado, esa idea es esencialmente fruto de una ficción compartida. No
se trata entonces de la dispersión de la mente ni de un estado de
locura, sino de una complicada ficción, un imaginario, para decirlo
con Castoriadis, que se despliega en la formación de las
instituciones a través de una compleja jerarquía cuyo hilo común es
el principio de representación. (Leviathan, I, 16, p.220).
Podemos, en suma, observar que el principio de representación,
pensado en primera instancia como fundamento de las relaciones políticas,
se convierte en un principio de unificación social. Incluso, el
Estado y la sociedad se presentan como un mismo espectáculo. Esta es
la forma como Hobbes le da respuesta a la amenaza de las facciones y
de la multitud sediciosa. El Estado teatro se nos aparece entonces
como una ficción que toma como punto de partida a una multitud
atomizada y temerosa, pero también esperanzada. Ahora veremos que
Hobbes, para garantizar esa esperanza, coherente con su argumentación
antropológica, se vale de la imagen temerosa del Estado, llamado
"Leviathan". Esta vez va más allá de la similitud del
teatro y hace uso, en sentido estricto, de una poderosa metáfora.
2. El Leviathan como metáfora
Ahora nos interesa mostrar que el
"Leviathan" como metáfora
juega un rol decisivo en la constitución del poder político. Para
ello es necesario recordar que el fin del Estado es la seguridad, para
lo cual Hobbes acude a la pasión del temor. Hobbes a este respecto
recuerda la debilidad intrínseca de las leyes naturales cuando no
existe el temor a la espada. De allí que sea fundamental la imagen
temerosa del Estado. Aparece entonces la necesidad de generar "el
gran Leviathan" o "Dios mortal", cuyo poder es capaz de
crear el terror que hace posible unificar las voluntades y lograr la
paz. (Leviathan, 2, 17, p.227). Para darle nombre a su modelo
de Estado, Hobbes eligió un nombre mítico, tomado de las Escrituras.
(2) Se trata de un mito que tuvo
diversos significados, y que se convirtió de imagen del mal en imagen
del poder, y fue precisamente esta similitud, afianzada en el siglo
XVII, la que Hobbes utilizó como metáfora. En el siglo XVII el término
Leviathan llegó a significar una persona de prodigioso poder,
equivalente al llamado "poder soberano" y al poder absoluto
de Dios. (3) Se trataba entonces de una
poderosa metáfora y, si bien, Hobbes se muestra celoso en la
consideración de las metáforas en atención al desarrollo del
conocimiento, las utiliza en abundancia debido a su carácter
persuasivo. Por ello Mintz ha dicho que Hobbes nunca desterró la metáfora
completamente, sino que las consideró como una fuente de placer estético,
e incluso reconoció que engendran en nosotros "una clase de
conocimiento". El carácter ficcional que poseen ayuda a mover el
cuerpo a través de las imágenes. Y es por ello que se vuelve un
recurso estético y afectivo que recrea precisamente el mundo de la
imaginación. Puede decirse que la imagen del Leviathan es seguramente
la metáfora más importante que Hobbes tenía en mente. Y si bien a
través de ella no se desarrolla un plan cognoscitivo, guarda, sin
duda, coherencia con el imaginario que describe prolijamente a lo
largo de su teoría del hombre. Quizás no sea casual que, al concluir
su exposición sobre los crímenes, castigos y recompensas a los súbditos
por parte del soberano, Hobbes recuerde su preciada metáfora. (Leviathan,
II, 28, p.362). Esa metáfora estaba dirigida bien a la multitud o a
"los hijos del orgullo". En cualquier caso, los ambiciosos o
la multitud, Hobbes quería hacer valer una imagen bíblica que,
precisamente, por ser religiosa, debía fácilmente tener acceso al
imaginario colectivo. Por ello, puede decirse que aquí el Leviathan
cumple cabalmente su rol de metáfora política. Como dice Willson
Quayle, (4) la única pedagogía exitosa
fue postular imágenes metafóricas que unirían nuestras concepciones
dispersas. Puesto que el conocimiento del mundo político está
condicionado por el juicio colectivo sobre ello, se requiere que todos
nosotros imaginemos que tenemos "tales y cuales
concepciones" -es decir, el hombre artificial, el dios mortal, el Leviathan-, y, de se modo, las metáforas qua imágenes,
constituyan un terreno decisivo para que la paz sea posible.
Creemos, en suma, que Hobbes muestra la solidez de su argumentación
en torno a la fuerza de las imágenes precisamente haciendo uso de la
metáfora del "Leviathan". Se trata de la metáfora más
importante de su pensamiento político porque en ella se sintetiza la
fundamentación del Estado con base a las imágenes del temor y, a su
vez, el uso de la imagen del temor para legitimar la conservación del
Estado. Pero es necesario advertir que, entonces, al hacer uso de esa
metáfora, el filósofo inglés no pudo ser coherente con su repetida
advertencia acerca del peligroso uso de las metáforas en el discurso
filosófico. No obstante, creemos que Hobbes puso en peligro la
coherencia de su discurso, movido por la necesidad de ser persuasivo
en el difícil campo de la interpretación de los fenómenos políticos.
Por ello, hay que decir que sus problemas de coherencia aparecen sólo
en el terreno formal de las advertencias en torno a los abusos del
lenguaje. Pero detrás de esas advertencias emerge, a nuestro juicio,
la coherencia de su argumentación, que entonces hay que buscar en la
manera como, de un modo persistente, este filósofo va mostrando los
diversos significados antropológicos y políticos que se van
articulando alrededor de la idea de imaginación y que se consolidan
en la metáfora del "Leviathan".
3. Los consejeros del Estado
Para finalizar, vamos a referirnos a la función que cumplen los
consejeros, quienes se convirtieron para Hobbes en uno de los
principales protagonistas de la situación política de su tiempo, tal
como se evidencia en las alusiones historiográficas que este filósofo
hace en el Behemoth (II, p. 80 y ss), y en los constantes señalamientos
que aparecen a lo largo de su doctrina política.
Para Hobbes los consejeros son una parte esencial de la actividad
del Estado porque tienden a suscitar expectativas sobre el porvenir.
Las expectativas que se crean en el momento de aconsejar son producto
de la deliberación, la cual es el proceso fluctuante que nos lleva de
una pasión a otra hasta el momento en que ese proceso finaliza
concretándose en alguna pasión. Es la última pasión en el proceso
deliberativo lo que Hobbes llama voluntad. De lo cual se infiere que
el acto de aconsejar es la ocasión en la cual se ponen de manifiesto
las pasiones y, en definitiva, la voluntad a través de la cual se
expresa el movimiento de la mente. Nuestras primeras consejeras son
las consecuencias que la mente imagina en la consideración del
actuar. Este es un mecanismo natural que tiene todo hombre, usualmente
llevado por sus opiniones o por las opiniones de los demás. Ese es el
mecanismo que hace funcionar el consejero, es decir, aquel que por sus
virtudes comunicativas suele ser escuchado. (Ibid).
No es casual entonces que Hobbes se ocupe de manera enfática de
los consejeros que giran en torno al poder del Estado y, asimismo, que
haya sido muy celoso en distinguir el consejo de la ley. Al tener
presente entonces que el consejo es una actividad que mueve la mente,
y ante la posibilidad de que se confunda con la ley, Hobbes hace la
citada distinción, precisamente debido al poder que tiene el
consejero (tanto el que rodea al soberano como el que acompaña a un
conspirador). La ley debe ser concebida como el canal a través del
cual se mueven las imágenes de la obediencia. Pero el consejo, que no
es un mandato (y por tanto no puede ser una ley) es un mecanismo
deliberativo, creador de expectativas que no provienen de la
certidumbre que resulta de juzgar la cosa por sí misma, sino de los
intereses del consejero. De allí que quien ejerza el poder debe
cuidarse de los oradores, acostumbrados al arte de la persuasión por
la vía de la exhortación y de la disuasión. El interés de Hobbes
por la multitud cuando ésta se transforma en auditorio de los
oradores, tiene que ver con la puesta en ejercicio de la exhortación
y la disuasión; porque si se tratara de un individuo, éste podría
interrumpir para revisar las respectivas razones, mientras que en el
caso de la multitud, compuesta de muchos individuos, estos no entran
en diálogo o disputa con quien está dirigiéndose indistintamente a
todos ellos. (Leviathan, II, 25, p.305). Todo esto no significa
que se deba expulsar a los consejeros del Estado. Lo que interesaba
destacar era precisamente el rol decisivo que tienen estos personajes
en la vida política. Así se justifica la importancia de rodearse de
aquellos que no entren en conflicto con los mandatos del soberano y,
por ello mismo, no tiendan a disolver o reemplazar las imágenes de la
obediencia. De allí que la retórica haya sido para Hobbes un tema
tan sensible, precisamente porque el lenguaje vistoso, en manos de un
mal consejero (y mal consejero es aquel que suscite la desobediencia o
que se convierta en un obstáculo para la obediencia), mueve la
sensibilidad, es decir, la imaginación y las pasiones. La persuasión
será deseable no a través del discurso desbocado de los hombres
ambiciosos, sino de los consejeros experimentados y educados en un
lenguaje despojado de confusiones, con el fin de crear las
expectativas, es decir, las imágenes que procuraran legitimar el
estado civil. En suma, Hobbes trabaja sobre el potente y explosivo
espesor de la subjetividad, tratando especialmente de hacer visualizar
sus planteamientos políticos, al presentarlos como imágenes y no
como meras abstracciones. Ese es, a nuestro juicio, el principio
constitutivo y la característica fundamental del Leviathan.
Skinner se ha preguntado por qué Hobbes cambió su mente entre
1640 (cuando le daba un peso notable a la racionalidad) y 1651 (cuando
le da paso a las bondades de la retórica), (5)
y su respuesta consiste en advertir que el propio Hobbes había
comprendido la necesidad de combinar la razón con la elocuencia. Este
es el acierto de Skinner y de otros intérpretes que habían llamado
la atención sobre la retórica en Hobbes. Pero creemos que este
acierto no puede entenderse cabalmente si no se tiene presente que la
revalorización de la elocuencia y la fantasía, tal como se plantea
al final del Leviathan, hunde sus raíces en la revalorización
de la actividad de imaginar, ya que sólo las imágenes pueden
producir las pasiones y mover al hombre en una u otra dirección. Este
es precisamente el sustrato que pone de manifiesto la unidad y la
coherencia del pensamiento político de Hobbes.