Entre
1669 y 1670 Leibniz definía la ciencia de este modo: La ciencia es
el ejercicio del entendimiento. La ciencia es un conocimiento cierto[1].
En la definición leibniziana de ciencia se incluyen de este modo tanto el
proceso de obtención del conocimiento como sus resultados. No se incluyen
los medios y métodos empleados en dicho proceso, aunque a diferencia de
Locke la pura sensoriedad está excluída del proceso que conduce a la
obtención del conocimiento cierto. Pues para Leibniz la
interrelación entre entendimiento y sentidos es constante y caracteriza a
los seres racionales (en mi sentir, el entendimiento responde a lo
que los latinos llamaban intelectus, y el ejercicio de esta
facultad se llama intelección, que es una percepción distinta, unida a
la facultad de reflexionar[2]),
en oposición a los animales: las bestias no tienen entendimiento,
por lo menos en este sentido[3],
aunque tengan la facultad de apercibir impresiones más notables y
distintas[4].
Las
ciencias constituyen de este modo los diversos caminos, diferenciados por
su objeto de estudio, para arribar al conocimiento en sus diversas formas.
La importancia de las ciencias en el pensamiento leibniziano es
fundamental, por cuanto sus concepciones filosóficas y religiosas se
nutren de ellas y se apoyan en ellas.
DATOS AUTOR
Perfil/Área trabajo
Filósofa, especialista en filosofía
medieval / Poeta.
Pero es en el ámbito socio-político
donde el papel de las ciencias se vuelve decisivo, no sólo para lograr el
mayor bienestar físico y espiritual posible a través del aumento de los
conocimientos y de su aplicación práctica, sino para mancomunar todos
los esfuerzos, mediante la educación y la labor de las sociedades científicas,
en pos del progreso humano, concebido como bien común: Le
genre humain consideré par rapport aux sciences qui servent à nostre
bonheur, me paroist semblable à une trouppe des gens, qui marchent en
confusion dans les tenebres". El
objetivo es "nous tenir par la main pour nous entreguider et pour
asseurer nostre chemin [5].
La
ciencia más útil
En
un fragmento fechado entre 1672 y 1676, Leibniz escribía sobre la validez
en cualquier cultura de una ciencia como la medicina, a diferencia de las
llamadas disciplinas humanísticas[6].
La universalidad de la medicina radica en sus fines, no en su estado como
ciencia. Leibniz señala en repetidas ocasiones que la medicina está
fundada sobre la experiencia[7]
y se queja de su poco desarrollo[8].
Dicha ciencia entra en los cometidos de la philosophia practica,
por cuanto apunta hacia la felicidad humana [9].
Una
de las mayores dificultades que lastraban su progreso en la época era el
peso de las autoridades, el cual Leibniz sin embargo da por provechoso: Creo también que después de la religión y la historia, es en la
medicina, por ser ésta empírica, donde la tradición de los antiguos,
conservada por la escritura, y en general las observaciones de otros
pueden sernos útiles[10].
Soñando con un futuro en el cual su proyecto de reforma social se viese
realizado, señala: Habría un tiempo en que, habiendo llegado a ser
mucho más numerosos los buenos médicos, y habiendo disminuído el número
de gentes de ciertas profesiones, el público se hallaría en estado de
fomentar la investigación de la naturaleza y, sobre todo, el adelanto de
la medicina, y entonces esta ciencia importante avanzaría mucho más allá
de su presente estado y crecería a ojos vistas[11].
El
interés de Leibniz por la medicina tiene raíces personales profundas,
según ha demostrado E. Görlich, basadas en las enfermedades padecidas a
lo largo de su vida y por el estado epocal de la ciencia médica[12].
Pero también sucede que en ella podían integrarse muchas investigaciones
sobre la naturaleza que Leibniz había tenido en cuenta a la hora de
argumentar sus ideas, por ejemplo, las ciencias de la vida, que contaban
ya con el microscopio para estudiar las células reproductoras de los
seres vivientes[13].
Una de las aplicaciones más importantes de esta ciencia sería el estudio
de los nacidos con algún tipo de anomalía o, en lenguaje moderno,
minusvalía, y en casos extremos, la determinación de su condición
humana--que la época ponía frecuentemente en duda--o de su modo de
representación del universo, cuando faltaba algún sentido o capacidad[14].
Ello
podría esclarecer algunas problemáticas cuestiones, aún discutidas en
la época: ¿influían la imaginación de la mujer embarazada o las fases
lunares sobre futuras anomalías de la criatura? ¿podía un ser humano
tener descendencia con animales? ¿debían ser bautizados el retrasado
mental cuyo aspecto fuese inconfundiblemente humano, y hasta la mola o
degeneración molar del feto? ¿por qué no suponer que entre el animal y
el hombre existen también grados intermedios correspondientes a otras
tantas especies?[15]
Leibniz
se cuida mucho de cualquier ataque a propósito de estas especulaciones,
al dejar "sentado" lo siguiente: Todas esas no son más
que ficciones, pues no tenemos necesidad de recurrir a tales distinciones,
siendo los únicos animales racionales del globo[16].
Pero, ¿y si fuese cierto? Preguntas todas cuya seriedad puede apreciarse
tanto más en la medida en que se comprenda que con ellas se pretende
esclarecer los límites de la condición humana, de lo cual dependen
obligaciones y derechos religiosos, políticos y sociales de gran alcance.
También
debe recordarse que en la época de Leibniz había comenzado a hablarse, aún
en el plano de la fantasía, de viajes a otros planetas donde habría tal
vez seres inteligentes en nada parecidos al hombre. El más importante
autor en estos temas era también un distinguido representante de la
llamada "filosofía popular[17]".
¿Habría que tratar entonces como hombres a tales seres por la sola
posesión de inteligencia?
Todas
estas preguntas podría responderlas una ciencia médica no sólo
orientada a la cura de las enfermedades, sino al conocimiento del
organismo humano y sus propiedades y funciones físicas y mentales,
preocupada por la salud del cuerpo y la del alma. De ésto se ocupa
Leibniz ampliamente en "Agenda", un escrito de 1679, donde
escribe que la salud abarca el cuerpo y el ánimo[18].
Se trata en suma de una biología humana comprendida en la medicina, capaz
de esclarecer un problema tan importante como "la conexión gradual
de las especies[19]",
relacionada con la ley de continuidad en la naturaleza, es decir, que en
"algún otro mundo pueda haber especies intermedias entre el hombre y
la bestia[20]".
Leibniz
se cuida muy bien de no chocar con los puntos de vista teológicos, que
tanto en el Protestantismo como en el Catolicismo aceptaban la existencia
de vida inteligente sólo en la Tierra, y al hombre como cúspide de la
Creación. Por esta razón, aunque deja abiertas otras posibilidades,
traslada al resto de los seres vivos lo que llama "la búsqueda de
las analogías: las plantas, los insectos y la anatomía comparada de los
animales nos suministrarán cada vez más, sobre todo cuando continuemos
sirviéndonos del microscopio aun más de lo que actualmente lo hacemos[21]".
Las
ciencias de la vida, encaminadas al estudio de las especies, pueden
dilucidar qué lugar ocupa realmente el hombre en la Creación, y llegar a
corroborar las propias ideas leibnizianas sobre la muerte como
metamorfosis o sobre la concomitancia entre el funcionamiento del cuerpo y
el del alma. Aplicadas al estudio del organismo y sus alteraciones,
constituyen la medicina, que Leibniz aspira a ver conectada con la cirugía,
para que deje de ser un sistema de experiencias transmitidas y corregidas
por la experiencia, y se convierta en una ciencia basada en el
conocimiento del organismo, de modo que el médico llegue a ser un
conocedor del cuerpo humano, experto además en técnicas curativas[22].
La
medicina requeriría en suma una formación interdisciplinaria que Leibniz
considera imprescindible en el caso de cualquier ciencia, y que debe
constituir un objetivo primario de las Academias de ciencias[23].
No por último se debe tomar en cuenta que para Leibniz "la
naturaleza entera está llena de vida[24]",
por lo cual la medicina podría considerarse una faceta (la
correspondiente a la aplicación práctica) de una ciencia natural general
con múltiples ramas, dirigidas al estudio de los fenómenos naturales
como cuerpos físicos o como cuerpos vivientes, según el aspecto que
interese en cada caso, a menudo en un mismo individuo.
Ciencias,
characteristica y conocimientos científicos
Precisamente
el haber abarcado múltiples y variadas ramas del conocimiento permitió a
Leibniz establecer sutiles conexiones entre todas ellas, engarzarlas en
una trama común que ha hecho que se le califique en alguna ocasión como
"jugador de abalorios[25]",
de modo tal que en ellas quede corroborada la concordancia entre fe y razón,
pero también la posibilidad real de ponerlas en función del desarrollo
material y espiritual del hombre.
Esta
es la causa de que en una fecha tan temprana como 1671, Leibniz exprese
una concepción sintética del conocimiento:conocer
profundamente consiste en saber lo que una cosa puede hacer o padecer.
Y ésto tanto de por sí sola como combinada con otras cosas. Este es un
verdadero conocimiento práctico. El teorema existe por causa del
problema; la ciencia, por causa de la acción. De ésto se sigue que nadie
puede conocer profundamente una única cosa y que al mismo tiempo no sea
sapientísimo, o sea, un profundo conocedor del universal[26].
Estas
funciones corresponden al sistema de las ciencias propiamente dichas, y a
la filosofía, que reflexiona sobre ellas y con ayuda de sus conceptos,
leyes y resultados. También corresponden a la importantísima
characteristica universalis, a cuya capacidad universal de representación
se refiere en 1671[27].
Leibniz
no exageraba su importancia, si se tiene en cuenta que semejante
descubrimiento permitiría avanzar en las ciencias más diversas a través
de un método de cálculo lógico[28].
Sería también aplicable a las cuestiones morales, científicas y
religiosas[29].
La
characteristica no podría lograr tan formidables progresos como los que
se esperan de su aplicación, si no existiera entre todas las formas del
pensamiento, incluyendo el saber, una esencial unidad, como existe en el
universo. Pero impulsar las ciencias y dirigirlas a su plena y consciente
integración para fines prácticos compete a las instituciones científicas,
cuya necesidad para la vida política y social había sido señalada por
diversos pensadores desde el Renacimiento.
Con
Leibniz sin embargo, que conoció de cerca las primeras Academias de
Ciencias europeas hasta llegar él mismo a ser fundador y presidente de la
Academia de Ciencias de Prusia, dichas instituciones concretarán ese
papel en importantes funciones de asesoría a los estados y control de
actividades misionales, quizás la modalidad más refinada de la
diplomacia por entonces, pues evangelizar significa vincular, religar a
los indoctrinados no sólo entre sí, pues ya lo están tribal o
socialmente, sino con el resto de los hombres.
La
clasificación de las ciencias y su significación
Quien
se atuviese exclusivamente a la letra pensaría que Leibniz mantiene la
división tradicional de las ciencias en física, lógica y ética,
introducida por los estoicos. El fundamento y las características de esta
división para Leibniz obedecen sin embargo al criterio integrador arriba
señalado, que lo lleva a advertir: "la primera dificultad que
encontramos en esta división de las ciencias es que cada parte parece
devorar el todo[30]".
Pues cada una de estas tres grandes ramas posee su propio objeto, y sin
embargo requiere del concurso de las restantes para profundizar en éste,
de modo tal que cultivar profundamente una ciencia supondrá
cultivar la ciencia, en sentido global[31].
Las
ciencias poseen dos objetos: uno inmediato y uno mediato. El primero se
dirige a esclarecer la naturaleza de las cosas en sí mismas[32].
El segundo es el hombre en calidad de agente[33],
pues todas las ciencias tienden a realizar su felicidad. Dado que esta última
se define como un progreso del bien hacia el infinito[34],
el fin último o mediato de las ciencias posee un carácter moral, en
función del progreso del bien común, en el que se inserta el individual.
De este modo la física o filosofía natural comprende no solamente
el cuerpo y sus afecciones como número, figura, sino también los espíritus;
Dios mismo y los ángeles[35].
La ética o filosofía práctica enseña el modo de obtener cosas
buenas y útiles, y se propone no sólo el conocimiento de la verdad, sino
también la práctica de lo que es justo[36].
La lógica es el conocimiento de los signos, pues logos significa
palabra[37].
Las
tres han de marchar unidas, pues lo que el primer grupo estudia desde el
punto de vista de su existencia, de su constitución y funcionamiento, el
segundo lo retoma con vistas a su aplicación a la vida humana, en función
del bien y de la felicidad basada en el continuo progreso de dicho bien.
La tercera, por cuanto se refiere a ideas y palabras, exige la comprensión
profunda del entendimiento y por lo tanto, un modo diferente de concebir
la lógica, donde no sólo se incluyesen las reglas del pensar, sino sus
esquemas y posibilidades. Se trata en suma, de la idea de la enciclopedia,
establecida sobre la base de la integración y diferenciación de las
ciencias[38].
En
el caso de Leibniz pueden delimitarse claramente las ciencias de los
conocimientos científicos. La integración y diferenciación de las
ciencias puede darse en su caso porque en los conocimientos científicos
existe una unidad de múltiples significados, pues "una misma verdad
puede tener muchos lugares según las diferentes relaciones que pueda
presentar[39]".
Las
ciencias, como arriba se ha visto, constituyen sistemas de conocimientos
encaminados a desentrañar los fenómenos, sus esencias y las leyes que
los rigen, si éstas pudieran formularse, como en el caso de la física y
de las matemáticas.
En
el caso de las ciencias naturales, los conocimientos obtenidos se
vertebran sobre un fin: conocer el "conato o esfuerzo" específico
de los diversos géneros de objetos, el cual se manifiesta por doquier a
los sentidos y es accesible mediante la razón[40],
pues el conato es la fuerza que constituye la naturaleza última de
los cuerpos, por cuanto el actuar es el carácter de las sustancias,
mientras que la extensión no significa otra cosa que la continuación o
difusión de una sustancia ya presupuesta que se esfuerza y se opone; ésto
es, que
resiste; tanto dista de poder constituir la misma sustancia[41].
El
conato en sí mismo, y su especificidad en cada género de fenómenos--ya
que constituye la naturaleza interna de éstos--es el objeto de las
ciencias que se agrupan bajo el nombre genérico de física. El
"hombre como agente" es el objeto de las ciencias que se agrupan
bajo el nombre de ética, pues en su caso el conato pertenece a la dimensión
espiritual. Por definición, "la sustancia es un ser capaz de acción",
y puede ser compuesta, es decir, cuerpo o muchedumbre, mientras que
"las sustancias simples, vidas, almas, espíritus son unidades"[42].
Todo
lo anterior nos explica por qué todas las ciencias se dirigen a explicar
el conato o impulso como principio del universo, a partir de su
modo específico de manifestación en cada ámbito de la realidad. El hace
posible comprender la armonía entre las causas eficientes y las finales,
pues resulta engendrado por Dios en los cuerpos, de modo que tiendan
continuamente a la perfección. Es por ésto por lo que Leibniz afirma que
su época, tras explicar racionalmente las doctrinas de Demócrito, Platón
y los estoicos, hace lo mismo con las entelequias de los peripatéticos[43].
La
unidad de los conocimientos científicos viene dada para Leibniz porque
todos están en función de explicar los diferentes tipos de conatos y sus
particularidades. Esto explica por qué Leibniz se refiere a la
polivalencia de las verdades, pero también por qué concibe "dos
disposiciones principales de todas las verdades doctrinales, cada una de
las cuales tiene su propio mérito, y que sería bueno unir. La una sería
sintética y teórica, colocando las verdades por orden de pruebas, como
hacen los matemáticos, de suerte que cada proposición vendría después
de aquellas de las que depende. La otra disposición sería analítica y
práctica, comenzando por los fines de los hombres, es decir, por los
bienes cuyo colmo es la felicidad[44].
Pero entonces sería posible una pregunta: ¿revive Leibniz la clasificación
aristotélica de las ciencias, que las divide en ciencias de lo
necesario y ciencias de lo posible?
Para
responderla debe tenerse en cuenta que en el caso de Aristóteles las
ciencias tienen como trasfondo último el ser, ya sea como ser en tanto
ser, o en sus modalidades particulares de existencia. Además, el fin de la ciencia especulativa es la verdad, y el fin de la
filosofía práctica, la misma obra[45].
Una no existe sin la otra.
De
este modo, la verdad queda circunscrita al terreno de la filosofía o
ciencia especulativa, que emplea la razón. En el caso de Leibniz, la
verdad abarca todos los tipos de ciencias y todos los géneros de
conocimiento, aunque existen verdades de razón o necesarias y verdades de
hecho, cuyo opuesto es posible[46].
Pero
hay más: en una misma ciencia pueden vincularse ambos tipos de verdades,
como sucede en las ciencias de la vida o en la moral: en el primer caso,
puede hablarse de la muerte de todos los organismos vivos como un hecho
inevitable, que supone un cambio de escenario o metamorfosis, según ya se
ha explicado, y también de rasgos cuyo opuesto es posible como ciertos
detalles de la morfología externa o la alimentación. En lo tocante a la
moral, existen verdades necesarias, como por ejemplo, que Dios es el
fundamento último de la misma, y otras posibles, como la aplicación a
cada caso concreto de las normas morales.
Por
consiguiente, podría aceptarse la presencia de la clasificación aristotélica
de las ciencias en el pensamiento leibniziano, si se toma en cuenta la
necesidad de su actualización, por cuanto debe funcionar en un contexto
diferente, donde la verdad y los objetos y fines de las ciencias cobran
una orientación diferente, que en el caso de Leibniz se dirige a mostrar,
en última instancia, la correspondencia entre fe y razón y cómo las vías
de la naturaleza conducen a la gracia.
Leibniz
formula en 1668, a partir de una idea de F. Bacon, la tesis de que el
cultivo de las ciencias aleja en principio de Dios, pero termina acercando
más a El cuando realmente se profundiza en ellas[47].
Esta
concepción madurará a lo largo de su vida hasta concretarse en un
principio tan universal como la conformidad entre la fe y la razón, y éste
a su vez explica la mutua correlación entre los conocimientos,
articulados de tal manera que explicar profundamente uno de ellos supone
tener en cuenta todo el conjunto, por lo cual las ciencias son diversas ordenaciones de las mismas verdades[48].
Probablemente integrables todas en esa "ciencia de la
felicidad", equiparable, según Leibniz, a la sabiduría.
Deben
tenerse en cuenta dos posiciones del Protestantismo, desde la época de la
Reforma, que parecen chocar con la doctrina de Leibniz: una de ellas es la
corrupción radical de la naturaleza, antitética con respecto a la
Gracia. La segunda es la actitud positiva hacia las ciencias, base del
progreso humano, y el rechazo, o al menos gran recelo ante las llamadas
humanidades, en las cuales se manifestaba la herencia clásica y por lo
tanto "pagana".
Sin
embargo, contra la radicalidad de Luther, Melanchthon había propugnado la
aceptación de algunas tesis diferentes, en parte por la propia influencia
agustina que marcó profundamente a los fundadores de la Reforma[49].
Una de ellas, precursora de la idea leibniziana según la cual las vías
de la naturaleza conducen a la Gracia[50],
expresaba que el pecado no había corrompido por completo la naturaleza
humana, y por consiguiente, resultaba posible la reconciliación entre
ambas a través de la fe y del conocimiento orientado hacia ella, de modo
tal que conocer las leyes de la naturaleza conducía más directamente al
conocimiento de la ley divina e impulsaba de este modo la obediencia a
ella[51].
Esto
explica que en una línea del Protestantismo no sólo se cultivaran con
interés las ciencias a causa de su positiva influencia en la vida humana,
sino del apoyo a la fe que pueden constituir. La posición de
Leibniz se hermana así con la de los "teólogos de la transición",
contemporáneos suyos, que cultivaron la llamada fisicoteología, a
partir de la physica sacra de Melanchthon[52].
Entre
las consecuencias de este punto de vista, conviene destacar también el
hecho de que Leibniz--a diferencia de figuras claves de la cultura epocal
protestante como J. A. Comenius--no limite el círculo de los intereses
humanos formativos y encaminados al progreso al ámbito de las ciencias
naturales, sino también a la historia[53],
ya examinada, y a las humanidades, que--con excepción de la música--habían
sido severamente cuestionadas por el ala más radical de la Reforma.
También
aquí la huella de Melanchthon se hace notar, quien, además de defender
el empleo de ciertas autoridades de la Antigüedad, se había referido a
la necesidad del estudio de las lenguas clásicas[54].
Palabras estas muy semejantes a las escritas por Leibniz cuando en el
Discours se refiere a las imprecisiones expresivas de los Letrados chinos.
Los elogios leibnizianos a las obras literarias de Mlle. de Scudéry y sus
análisis de piezas teatrales son algunas muestras[55].
Academias
e instituciones científicas
El
punto de vista expresado también ayuda a comprender la concepción
leibniziana sobre el papel educativo--a un nivel universal--de las
instituciones científicas. Pues a ellas corresponde impulsar no sólo el
cultivo y progreso de las ciencias, sino su utilización con nobles fines,
es decir, dirigidos al perfeccionamiento de la vida y del espíritu
humanos[56].
Leibniz escribe sobre el estado de cosas en este respecto: lo que más
podría ayudarnos sería el juntar nuestros trabajos, compartirlos en
ventaja [nuestra] y disponerlos ordenadamente. Mas en la actualidad no se
tocan en absoluto las cuestiones difíciles que nadie rozó aún, y todos
corren en masa hacia lo que ya hicieron otros, copiándose los unos a los
otros y combatiéndose incluso eternamente. Lo que edifica uno, lo derriba
enseguida otro que pretende fundar su reputación sobre las ruinas del
primero[57].
Las
ciencias en sí mismas, como conjuntos de conocimientos, podrían
proporcionar satisfacción y felicidad a muy contadas personas, capaces de
consagrarles sus vidas; pero en función de las necesidades del hombre son
capaces de proporcionar considerables y a veces inesperados adelantos.
Leibniz comenta el libro de I. Papin[58]
sobre el tema, afirmando que no existe conocimiento alguno que no
encuentre aplicación en la vida social y/o personal[59]".
De
acuerdo con su lema Theoria cum Praxi, todo proyecto científico
auspiciado por una Academia debía redundar en algún tipo de utilidad práctica
a nivel social. Su proyecto sobre la characteristica universalis es
una buena muestra: Leibniz propuso la fundación de una Academia para su
definitiva configuración[60].
No
se trataba exclusivamente de un interés cognoscitivo, sino de algo mucho
más serio, según se ha visto: solucionar el problema de la comunicación
a nivel universal, siguiendo las huellas del Arte Lulliana, y proporcionar
además un método capaz de impulsar la obtención de nuevos conocimientos
de forma infalible[61].
Pero a continuación explicaba la necesidad de un equipo de
investigadores, respaldados por una institución, para construirla y
desarrollarla[62].
Leibniz
estaba al tanto del funcionamiento de las sociedades científicas de su
tiempo y de los resultados alcanzados por ellas, en buena medida por
haberlas visitado, participado en sus labores y aun devenido miembro, como
en el caso de la francesa. Pero todas ellas estaban limitadas, bien por lo
unilateral de sus objetivos, bien por la falta de suficiente apoyo político
y económico, por el interés de alguna autoridad en manipularla según
sus fines, o por la no aplicación práctica de sus resultados, todo lo
cual Leibniz resume críticamente[63].
En
marzo de 1700, Leibniz resumía sus propósitos en cuanto a las sociedades
científicas, que pronto culminarían con la fundación de la
Brandenburger Societät (más tarde Berliner Soc.)[64].
Esta
concepción acerca de la Academia había madurado a lo largo de su vida[65].
En su juventud había sido secretario de la Sociedad Rosacruz de Nüremberg,
de la cual extrajo provechosas conclusiones en torno a las disciplinas
ocultistas, aún en boga, que redundarían en su concepción moderna sobre
las ciencias: "Los alquimistas, que se llaman adeptos, declaran no
querer ser oídos más que por los hijos del arte. Pero ésto sería bueno
si esos hijos del arte tuviesen la clave de la cifra (...) Parece que el
poco orden que se observase al enseñarlas ha embrollado la doctrina, y la
indeterminación de los términos es quizá aquí más nociva que la
oscuridad[66]".
En otro escrito[67]
manifiesta haber recibido las Bodas químicas, de Ch. Rosenkreutz[68]
y subraya que no es más que una novela, además de considerar una ocupación
inútil la búsqueda de la piedra filosofal, similar a la milagrería de
los santos venerados por la Iglesia Católica.
Resulta
evidente que, si se desea extraer el meollo racional de tales
disciplinas--como había comenzado a hacer Robert Boyle--es necesario
precisar, en lenguaje científico, la esencia de sus postulados y
deslindarla de todo código hermético. Tal era el cometido de una
academia dedicada a encontrar y sistematizar la Characteristica.
Pero también debían asegurar que las discusiones científicas tuvieran
lugar según las reglas de dicha Characteristica, pues "si los
hombres hubiesen procedido en sus descubrimientos del mundo material como
lo han hecho respecto a los del mundo intelectual, y si hubiesen
confundido todo en un caos de términos de significación incierta, habrían
disputado sin fin respecto de las zonas, de las mareas, de la construcción
de las embarcaciones y de las rutas; jamás hubiéramos posido pasar más
allá de la línea, y los antípodas nos serían aun tan desconocidos como
lo eran cuando se pensaba que sostener su existencia era herejía (...) la
desesperación de ir más lejos ya va aquí comprendida[69]".
He
aquí una importantísima función de las Academias, en la cual
profundizará Leibniz en su Memoria para las personas ilustradas y de
buena intención: unir a todos aquellos interesados en el progreso del
saber y de la humanidad, a los cuales sin embargo ha ganado el desaliento,
y hacerles ver que en conjunto constituyen una fuerza capaz de
medirse con cuantas se les opongan, para impulsar la evolución y
no la revolución.
Se
ha hablado del carácter utópico de tales comunidades científicas, en
las cuales habría de cumplirse el principio de la unidad entre fe y razón,
a través de instituciones en las cuales se conjugarían el cultivo de las
ciencias y la búsqueda de la unidad religiosa del género humano, al
menos del diálogo[70].
Esto vincula en buena medida la concepción leibniziana a los proyectos utópicos
del Renacimiento, sobre todo el baconiano, en el cual los sabios se
encargarían de regir al género humano y de instaurar como religión una
variante del Cristianismo en extremo tolerante, y mucho más simple y
acorde con la naturaleza y la razón que las modalidades conocidas por la
época de Leibniz.
No
estamos de acuerdo con la visión en este respecto de A. Ramati, quien
plantea la discrepancia de Leibniz con el proyecto baconiano en la medida
en que este último supondría el arribar al límite del progreso. En el
caso de Leibniz, difícilmente puede hablarse en algún caso de
discrepancia sin más, pues es conocida su fórmula de asimilar críticamente
lo mejor de todas las doctrinas y no aceptar ninguna sin reservas. Todas
pueden ser rectificadas, por cuanto todas contienen elementos verdaderos,
a veces en gran medida[71].
El
proyecto baconiano, pese a sus limitaciones, posee un rasgo que evoca el
de Leibniz: la unidad del saber y la moral basada en la religión, en
función de la sociedad. Del mismo modo, la Christianopolis de
Valentin Andreae[72]
propone una renovación social sobre tres principios: una segunda reforma
religiosa, que sucedería a la de Luther; la aplicación de las ciencias
al mejoramiento de la vida humana; una sociedad de sabios--de iniciados más
bien, pues resultan conocidas las actividades del autor en el
hermetismo--que dirigiera todo el proceso[73].
Resaltan en el conjunto la especial atención dirigida a la medicina,
basadas en la observación directa y en la experimentación, y el interés
por la Kabbalah cristianizada, reflejado en el culto a los ángeles como
parte destacada de la vida religiosa de la ciudad.
Sin
embargo, es necesario decir que, por mucho interés que suscitaran en
Leibniz estos proyectos, algo lo distanciaba de los mismos: el interés
político de Leibniz. Como en el caso de Comenius, los sabios debían ser asesores
y no gobernantes, y precisamente a los gobiernos europeos
correspondía auspiciar sus proyectos y tomarlos en cuenta para sus
decisiones. Los proyectos leibnizianos para la fundación de la Academia
de Ciencias de Prusia dependían de la nobleza reinante, a la cual se
dirigió siempre en busca de apoyo material y moral, y es conocido el
papel de Sofía Carlota, ya reina de Prusia, en la realización de sus
planes.
Pero
aun en este punto Valentin Andreae no estuvo tan lejos del punto de vista
leibniziano, si se toma en cuenta su idea, vertida en la famosa obra
Christianopolis, de colocar a la cabeza de la sociedad de sabios a un príncipe,
sugerida de modo más concreto al príncipe August de Brunswick-Lüneburg,
en una carta de 1642[74].
También las sociedades herméticas desempeñaron un papel importante en
la fundación de la Royal Society en 1660, bajo el reinado de Carlos II[75].
Más adelante se hablará de su influencia sobre Comenius y la idea de una
reforma social, de bases científicas y espirituales, que tanto Comenius
como Leibniz convirtieron en su finalidad última.
En
consonancia con su concepción sobre la interrelación de las ciencias y
las disciplinas humanísticas, la Academia leibniziana se propuso--y logró--abarcar
ambas ramas. Acorde con el principio de la coincidencia entre fe y razón,
debía contribuir a la propagación de la fe a través del conocimiento.
Con gran satisfacción, Leibniz escribe a Sofía Carlota en 1701, a propósito
de la fundación en Inglaterra de una Sociedad para la propagación de la
fe:
no
sólo la inspiración ha partido de nosotros hacia Inglaterra, sino que
también hemos dado un ejemplo, y la Sociedad Real de las Ciencias de
Brandenburgo ha sido fundada hace un año, y que asimismo, según los
altos intereses del rey, esta única Sociedad reúne en sí tanto los
objetivos de las dos Academias francesas (es decir, de las Ciencias y de
las Lenguas) como también de ambas Sociedades inglesas, a saber, de las
Ciencias y del Fomento de la Fe[76].
Unir
en suma lo que otros conciben como separado; demostrar que la autonomía
de un fenómeno o de un cometido no significa la exclusión de los
restantes en su funcionamiento, sino la relativa preponderancia de dicho
objeto o función en un contexto donde nada existe fuera de la interrelación
con el resto del sistema. Eso es el propio hombre, y ese modelo deben
imitar las instituciones, por cuanto todas están encaminadas al progreso
de éste. Por lo mismo, resulta indispensable la obtención de la characteristica
o de un sistema equivalente, capaz de evitar toda clase de equívocos--similar
al Orbis pictus comeniano--que culminó con la diádica[77].
Todo
ello suponía también unir a los científicos e intelectuales de las más
variadas características y religiones, sin excluir por supuesto a los
monarcas ilustrados como Sophie Charlotte o el Emperador de China. Un
antecedente de esta labor propia de la Academia ha querido verse en la
voluminosa correspondencia de Leibniz con personalidades diversas, que
además del intercambio de ideas--más eficaz de este modo que mediante
las recién surgidas revistas científicas--perseguía a todas luces
establecer un vínculo entre todas ellas, en el cual Leibniz ejercía la
función de centro[78].
Se
proponía entonces aglutinar no sólo a los especialistas sin distinción
de credos (¿dejaba Leibniz previsoramente abierta la posibilidad de
ingreso a los sabios chinos no conversos al Cristianismo?) y aun a las
damas, de acuerdo con sus puntos de vista, coincidentes con los de la
llamada "filosofía popular", compartidos con su amigo Ch.
Thomasius, a los cuales ya se ha hecho referencia en la primera parte. Una
inmensa labor organizativa sin que sus sueños y proyectos se cumplieran
siquiera en una cuarta parte[79],
y por añadidura, con los desagradables incidentes que la discusión por
la paternidad del cálculo infinitesimal desencadenó para Leibniz en la
Royal Society.
Pese
a todo, el proyecto suponía la organización de toda la actividad científica
de un país--en principio--bajo la égida de la Academia[80],
y la coordinación con sabios de otros países y organismos similares, en
el caso de que existieran[81].
Una red internacional de Academias, que tendría entre sus cometidos el diálogo
con otras confesiones cristianas en Europa--de diálogo con el Judaísmo
no habla Leibniz, al menos explícitamente--y la evangelización en el
caso de otras regiones del mundo, cuyas implicaciones políticas podían
llegar a ser trascendentales, pues podía estar unida a la colonización,
como en el caso de América o Africa, o a posibles alianzas, como en el de
China[82].
De
ahí la necesidad de que las Academias preparen misioneros, puesto que
"en estas misiones que no van a los pueblos bárbaros, sino a los
civilizados, es sabido que junto al apoyo de Dios, las ciencias reales son
el mejor instrumento, como ha demostrado la experiencia, y según ésto
sería necesario (...) que se buscaran personas jóvenes de acreditada
virtud y entendimiento, dotadas de extraordinaria capacidad y amparadas
por el espíritu divino, y que se les instruyera a fondo, además de en
teología, en la matemática (especialmente en el arte de observar los
astros) y en la medicina y cirugía, ciencias ante las que se inclina todo
el Oriente[83]".
Un
lugar no menos destacado tendrían las aplicaciones prácticas de las
investigaciones académicas, y en general las innovaciones técnicas, cuya
importancia Leibniz nunca menoscabó, y prueba de ello son su máquina
calculadora y sus proyectos para la construcción de molinos de viento y
para las excavaciones en el Harz. No se trataba de simples ingenios mecánicos
para Leibniz, destinados a suscitar el asombro de otros, sino de inventos
para facilitar la vida del hombre.
Hans
Poser señala con razón[84]
que la base de esta idea radica en la propia concepción leibniziana sobre
las máquinas, pues, en oposición a Descartes, Leibniz piensa que en el
universo todo es máquina y todo está vivo. Vida y mecanismo se
complementan mutuamente, igual que cuerpo y alma, o teoría y práctica.
Una
sociedad en constante progreso--el ideal leibniziano de la felicidad--no
puede vivir artesanalmente. Los estudios técnicos por sí mismos no eran
suficientemente apreciados en la época de Leibniz, al menos en Alemania,
y su promoción corresponde también a la Academia. Leibniz se refiere al
"fomento de las artes y ciencias útiles, lo que contiene un
gran interés para cuestiones económicas, militares y comerciales,
asuntos de minería y otros que puedan plantearse[85]".
Como
en el caso de Comenius, los sabios no son los encargados de gobernar a la
humanidad. Ello corresponde, según Leibniz, a los príncipes, cuya función
es la política en su más alta expresión. Pero "si los principios
de todas estas profesiones y artes y aun oficios fueran enseñados prácticamente
entre los filósofos o en alguna otra facultad de sabios, cualquiera que
ésta fuese, estos sabios serían en verdad los preceptores de la
humanidad[86]".
Para ello, también asesores de los gobiernos nacionales y de la Europa
unificada[87].
¿Qué
ha permanecido vigente de estas nociones leibnizianas? Y además, si el
proyecto de la Europa unificada se halla en vías de realización, ¿qué
podría sugerirle esta concepción leibniziana sobre la ciencia y las
instituciones que se dedican a su incremento? De las muchas posibilidades
existentes, hemos de señalar tres fundamentales:
-
el proceso de diferenciación y el proceso de integración de los
conocimientos científicos resultan inseparables, aunque la historia
ha mostrado que, en cada etapa, uno de los dos extremos suele predominar
sobre el otro. La organización y clasificación de los conocimientos y la
concepción de los equipos de investigación y de las instituciones científicas
deben relacionarse directamente con esta unidad de procesos opuestos.
-
la unidad de las culturas a través de las diferencias y las estrategias
de desarrollo a nivel de países, de Europa como sistema y de
la comunidad humana en general, cuestiones vistas por Leibniz, y los
problemas que de ellas se derivan en nuestros días: las políticas con
respecto a las ayudas al desarrollo, a las migraciones, a la correlación
entre tolerancia y permisión dentro de Europa, a la explotación de
diversas zonas de la tierra, las decisiones a tomar frente a los
conflictos bélicos y la consecución de la paz.
-
la función ecuménica y misional, desde una nueva perspectiva.
Argumentarlos,
en la medida en que es posible dentro de este marco, obliga a sintetizar
los dos primeros en uno que podría considerarse como la dimensión científica
y cultural de la vida, en primera instancia, dentro de la Europa
unificada; en segunda, en las relaciones de Europa y el resto del mundo.
Se entendería aquí cultura, a grosso modo, como la correlación
entre concepciones del mundo, valores y normas y modos de vida. El
tercero, aunque íntimamente relacionado con el problema de la(s)
cultura(s) posee una especificidad que justifica su tratamiento
independiente[88].
Con
respecto al primero, es necesario señalar la necesidad, incluso la
urgencia, de investigar en qué dirección apunta la evolución del ser
humano en el contexto que le es propio, la cultura, en la Europa
unificada. Además de los fundamentos económicos y políticos de dicho
proceso, se hace necesario un fundamento moral y cultural, capaz de
aglutinar a las diversas sociedades, sectores y etnias que componen
Europa. Esto exige a su vez la investigación de las mentalidades,
tradiciones y estado actual de todos ellos a partir de sus raíces, es
decir, desde perpectivas históricas. Algo similar intentó durante varias
décadas el grupo Eranos (1933-1986), de inspiración leibniziana,
al menos en última instancia, que cada año procuraba reunir
representantes de diversas culturas y disciplinas bajo un tema común. Los
Eranos Jahrbücher muestran que las nada comunes formulaciones--y
los aun menos comunes tratamientos--de dichos temas apuntaban al
esclarecimiento de los modos de ser, de pensar y de sentir y percibir del
hombre, de aspectos poco abordados de la pregunta antropológica
fundamental, de la recuperación de la historia y su conservación a través
de la renovación.
Las
Academias e instituciones científicas de la Europa unificada tendrían así
como cometido final de sus líneas concretas de investigación continuar
la obra de Eranos, a un nivel más sistemático y menos restringido
circunstancialmente. Esto convertiría a dichas sociedades en lo que
Leibniz, en las últimas frases de sus Nouveaux Essais..., denominaba como
preceptores de la humanidad. No en el sentido de programadores de
la vida social, tarea tan funesta como imposible, sino de asesores en los
aspectos señalados en el mismo pasaje por Leibniz (educación académica
y ética, políticas científicas y culturales) y los que el propio
devenir histórico genera y/o prioriza.
Lo
que aquí se ha llamado función ecuménica y misional debe ser,
ante todo, definido. Leibniz, que vivía en una Europa cristiana, dividida
por conflictos entre confesiones cristianas, en la que también vivían
los judíos como ciudadanos de segunda clase[89],
a la que el Islam parecía tan ajeno como enemigo, que comenzaba a
descubrir el Oriente, Africa y América, consideró, desde la perspectiva
epocal, tan fundamentales la labor ecuménica como las misiones. El
objetivo religioso, como es sabido, incluía, tanto en una como en otra,
un cometido político, pero también civilizador y/o dialógico, según el
caso lo requiriese. Europa asumía, también en este plano, la función de
centro--tal vez compartido con China--del desarrollo de la humanidad.
Pero, ¿qué relación guardan los propósitos de Leibniz con el estado
actual de Europa?
Trescientos
años después, los pronósticos de Leibniz se han cumplido: el
escepticismo y el ateísmo se han extendido por la conciencia europea[90],
después de dos guerras mundiales y el sistemático intento de exterminio
de la población judía. En el plano religioso, Europa sigue siendo
mayoritariamente cristiana, pero cabría preguntarse por cuánto tiempo,
pues el peso de otras religiones se hace cada vez mayor, no sólo por el número
de fieles que reúnen, sino por el peso creciente que algunas de ellas
tienen en la cultura y en la vida social europeas.
Tras
el terrible y nefasto episodio de la Shoah, las comunidades judías
de la diáspora en Europa se fortalecen y vuelven a influir con fuerza en
la sociedad europea. El Islam también crece, por migraciones y
conversiones, y con ellas, su influencia. Junto a ellos y en menor escala,
el Budismo y el neopaganismo, éste último a veces vinculado con
posiciones de ultraderecha. Completan este cuadro las sectas francamente
satánicas.
Esta
variedad y sus peculiaridades supone un desafío para el desarrollo de la
democracia europea, que debe buscar nuevas formas de expresión a través
de tal diversidad, la conservación y renovación de las tradiciones, etc.
Pues dentro de no mucho tiempo, Europa no será, al menos sin importantísimos
matices, blanca y predominantemente cristiana.
En
este contexto, las Academias e instituciones científicas pueden--y
deben--desempeñar un papel fundamental, teórico y práctico, en dos
sentidos: investigativo y dialogante.
El
primero se enlaza íntimamente con las reflexiones anteriores, en torno a
la prosecución del empeño eranosiano. Las instituciones científicas
habrían de determinar el grado de influencia que las religiones ejercen
sobre la vida social, partiendo de los antecedentes históricos, con
vistas a prever la situación futura, al menos a corto plazo,
especialmente las transformaciones que podrían provocar[91],
ya sea por asimilación social de costumbres, principios y valores o por
reacción contra ellos, la cual--sobradamente se ha visto--puede llegar
hasta la violencia. Las academias e instituciones serían de este modo
capaces de asesorar a los gobernantes en el diseño de estrategias de
desarrollo nacional y comunitario, colaboración con el resto del mundo,
políticas de inmigración, etc. Pues en el modelo existente, el de los
Estados Unidos, una estricta legislación regula una multiculturalidad,
entendida como convivencia formal, que en muchos casos encubre
sentimientos de rechazo y de odio, y en casi todos segregación. Sin negar
los indiscutibles méritos que supone esta regulación de la coexistencia
de diversas religiones, etnias o razas, hay que advertir del peligro de
dicha segregación, y aun más del que trae consigo el hecho de
identificar raza, procedencia geográfica, cultura y religión, que ante
todo no se corresponde siempre con la realidad.
Con
respecto a la difusión creciente del ateísmo y del librepensamiento, sería
igualmente importante avanzar en la investigación de los cambios que
provocan en la personalidad y conducta humanas, con énfasis en el orden
moral, y sin duda, en la cultura. De ésto no escapan las sectas, cuyo
acceso a ciertas esferas culturales y a la alta tecnología, a través de
especialistas pertenecientes a ellas, ya puede apreciarse. Un preocupante
ejemplo son las recientes ofertas de clonación humana por parte de
algunas de ellas, contrarias a las normas existentes hasta el momento, al
menos dentro de la Unión europea.
Todas
estas investigaciones habrían de encontrar su respuesta en la educación,
en la legislación y en la política. Tomemos un ejemplo en España: el
proyecto del CSIC "Filosofía después del Holocausto", ampliado
a investigación interdisciplinaria, podría arrojar mucha luz sobre las
medidas a tomar, no sólo para eliminar y/o controlar, sino para prevenir
los movimientos de corte fascista, sin dejarlas a la iniciativa de cada país,
no siempre clara u organizada.
El
segundo punto, la función dialogante, parte de una idea leibniziana: las
Academias como centros para la coordinación y preparación de misiones,
en su caso cristianas, más precisamente, protestantes. Por las razones
arriba indicadas, esa función no es procedente en nuestro tiempo stricto
sensu, pero algo muy importante puede aprenderse de ella. Pues misión
supone también encuentro, y este aspecto no sólo conserva toda su
validez en nuestros días, sino que llega a constituir un imperativo de ésta,
en especial de la Europa unificada.
Una
posibilidad derivada de este sentido de la misión sería que las
Academias e instituciones científicas coordinaran y propiciaran el diálogo
ecuménico, tanto interreligioso[92]
como entre creyentes y no creyentes, además de difundir su necesidad. La
importantísima iniciativa de Hans Küng al presidir el Parlamento Mundial
de las religiones, centrado en las necesidades del hombre[93],
debería ser acogida por los gobiernos y patrocinada desprejuiciadamente
por las academias, de modo que dicho diálogo abarcara sistemáticamente
problemas tan acuciantes como la actitud de quienes, por fe o por tradición,
se vinculan a dichas religiones, ante los desafíos del mundo contemporáneo,
entre ellos algunas contradicciones cuya solución es esencial: desarrollo
europeo y migraciones, tradiciones y renovación multicultural, explotación
de los recursos naturales y protección del medio ambiente, desarrollo
científico y tecnológico y normas morales que deben regularlo,
estabilidad familiar y participación femenina en la vida profesional y
socio-política, nacionalismos e integración; fronteras, guerras y paz.
Todo ésto, en primera instancia, dentro de Europa, pero con la comunidad
humana como último objetivo.
No
se trata de una quimera. Comenius avizoró esta posibilidad, y aunque
razones epocales que afectaron su vida lo llevaron a excluir del diálogo
ecuménico a la Iglesia Católica, los fundamentos de su proyecto
permanecen vigentes. No debe dejarse dicho diálogo a la libre iniciativa
de las religiones en cuestión, muchas veces condicionadas por realidades
muy complejas. La migración es un fenómeno muy real, y su naturaleza
obliga, salvo casos excepcionales, a una selección de los admitidos. ¿Cómo
establecer una norma lo más justa posible, cuando actualmente se oscila
entre quienes defienden la recepción de casi todos los inmigrantes,
quienes abogan por el rechazo casi absoluto y quienes, como G. Sartori[94],
defienden el interculturalismo frente al multiculturalismo norteamericano,
aunque con fuertes reservas ante el Islam, a causa de sus principios teocráticos?
Sólo un diálogo puede suavizar prejuicios y tensiones y propiciar una
solución medianamente satisfactoria, aunque las razones económicas
tengan un peso fundamental.
Como
bien señalara Leibniz, en religión y política es necesario buscar un juez
de las controversias capaz de encaminar a las partes contendientes
hacia un resultado satisfactorio, que en estas materias es siempre
provisional. Ya se sabe que un científico es también un ser humano
con determinadas convicciones y actitudes con respecto a la religión, ya
sea a favor, en contra o al margen de alguna. Pero está demostrado que es
posible deslindar el plano confesional y el científico, al menos en la
medida necesaria para dirigir y encaminar una tarea de esta índole.
Reiteramos que Hans Küng y los participantes en el Parlamento Mundial de
las religiones como una buena muestra. Que autoridades y/o instituciones
religiosas acojan con entusiasmo o con recelo esta empresa dependerá de
sus propias características particulares, pero también de la organización
y del funcionamiento de la primera. Honestidad y actitudes desprejuiciadas
son los elementos indispensables para ponerla en marcha. Pues además de
las complejidades socio-políticas de nuestra época y el papel que las
religiones desempeñan a menudo en ellas, se presentan los obstáculos
subjetivos ya señalados por Leibniz en su Memoire pour les personnes
éclairés et de bonne intention: cansancio, escepticismo--provocados
por los muy reales conflictos mundiales--, a los que hoy se une una
actitud vergonzante ante la cuestión religiosa, desarrollada en muchos
medios, sobre todo en los países desarrollados, que suele evadir el tema
en el ámbito público y en todo caso relegarlo al privado, sin tener
siempre en cuenta el importantísimo papel de las religiones en las
actitudes humanas y sociales. Volver la espalda a un fenómeno de esta
clase sólo servirá para que aumenten peligrosamente las incomprensiones
y los conflictos.
Leibniz
lo sabía, pues durante su primera infancia se había firmado la Paz de
Westphallen. Evoquemos entonces los mensajes de Leibniz con su concepción
sobre las sociedades científicas, y de Comenius con su Consultatio católica
y su mensaje a los gobiernos europeos resumido en el Angel de la Paz, con
vistas a una Europa y un mundo más tolerantes y humanos.
NOTAS
Notas
[1]
Leibniz: Los elementos del derecho natural, ed. T.
Guillén Vera. Madrid,
1991, p. 55.
[2]
G. W. Leibniz: Nuevo tratado sobre el entendimiento humano. Prólogo
L. Rensoli Laliga, trd. E. Ovejero y Mauri. La Habana, 1988. p. 153 (en
lo adelante N.E.).
[3]
Leibniz se refiere a la capacidad de "reflexionar y de extraer de
ellas verdades necesarias", como aclara unas líneas antes.
[4]N.E.,
p. 153.
[5]
"Recommandation pour instituer la science générale", p. 694.
A.A.,
p. 694-713.
[6]
La cita textual dice: "Scientia illa maxime dicenda est, quae
semper est utilis. La science des Romans et de l'eloquence française ne
serviroit pas parmi les Turcs. La science de la medecine serviroit".
En: G. W. Leibniz: Textes inédits d'aprés les manuscrits de la
Bibliothèque Provincial de Hanovre, publiés et anotés par Gaston Grua.
Paris,
1948 (2 vols.), reimpr. New York & London, 1985, II, p. 573 (en lo
adelante se citará como Grua).
[7]
N.E., IV, VII, 11; p. 358.
[8]
Sobre las deficiencias científicas y éticas de la medicina en la época,
y las críticas de Leibniz, véase: E. Görlich: Leibniz als Mensch und
Kranker (Dissertation). Hannover, 1987, pp. 176-185.
[9]
La cita dice: "Haec priorum omnium usum ostendere debet ad nostram
felicitatem (...) quae obtinetur [per sanitatem et vigorem corporis, et]
per perfectionem <mentis et> corporis et mentis et per horum
instrumenta". En:
G. W. Leibniz: Opuscules et fragments inédits de Leibniz. Extraits des
manuscrits de la Bibliothèque royale de Hanovre par Louis Couturat. Paris,
1903; reimpr. Hildesheim, 1966, p. 527.
[10]N.E.,
p. 291.
[11]N.E.,
pp. 334-335.
[12]
Cfr.: E. Görlich: Leibniz als Mensch und Kranker, pp. 222-230.
[13]
Cfr.: N.E., p. 273.
[14]
Cfr.: J. Céard: "Aux origines de certains thèmes leibniziens:
monstres et merveilles au XVIe siècle". En: Leibniz et la
Renaissance. Studia Leibnitiana Supplementa 23, hrsg. v. A. Heinekamp.
Wiesbaden, 1983, pp. 90-99.
[15]
Cfr.: N.E., pp. 251, 265-277, 340-342.
[16]
N.E., p. 346.
[17]
Leibniz menciona las obras de Cyrano de Bergerac en Théodicée, II,
343, y en N.E., pp. 192, 309, 407.
[18]
La cita dice: "Gesundheit ist sowohl des Leibes als des Gemüths"Leibniz:
"Agenda". En: Sämtliche Schriften und Briefe, hrsg. von der
Preussischen, bzw. der Deutschen Akademie der Wissenschaften zu Berlin.
Darmstadt, 1923 ss., Leipzig, 1938, Berlin, 1950 ss, IV Reihe, Bd. III,
p. 895 (en lo adelante A.A.).
[19]
N.E., p. 408.
[20]
N.E., p. 408. Esta idea sobre la posibilidad de la evolución se
complementa con las expuestas en Protogaea.
[21]N.E., p. 408. Cfr.: E. Guyénot: Las ciencias de la vida en los
siglos XVII y XVIII. México, 1956, pp. 239-246.
[22]
La cita dice: "selbst ein Chirurgus und folglich ein Anatomicus
seyn, damit er im Nothfall officium chirurgi et obstetricis dirigieren,
auch wohl selbst verrichten könne". En:
G. W. Leibniz: Kurzes wohlgemeyntes Bedencken zum Abgang der Studien,
1711. Citado por E. Görlich: Leibniz als Mensch und Kranker, p. 183.
[23]
Cfr.: F. Hartmann und W. Hense: "Die Veränderungen in Leibniz' Plänen
für eine Verbesserung medizinischer Forschung und ärztlicher Praxis in
seinen Entwürfen für Sozietäten und Akademien zwischen 1668 und 1706.
En:
Leibniz Tradition und Aktualität. V Internationaler Leibniz-Kongress. Vorträge,
II Bd, Redaktion von I. Marchlewits. Hannover, 1988, pp. 344-346 (L.T.A.
en lo adelante).
[24]
Leibniz: Principios de la naturaleza y de la gracia fundados en la razón
(en lo adelante P.N.G.), 1.
[25]
Cfr.: W. Hübener: "Leibniz und der Renaissance-Lullismus".
En: Leibniz et la Renaissance, p. 70.
[26]
Leibniz: Los fundamentos del derecho natural, p. 121.
[27]
La cita dice: "In Philosophia habe ich ein mittel funden (...)
dadurch alle Notiones compositae der ganzen Welt, in wenig simplices als
deren Alphabet reduciret, und aus solches alphabets combination
wiederumb alle dinge, samt ihren theorematibus, und was nur von ihnen zu
inventiren muglich ordinata methodo mit der zeit zu finden ein weg
gebahnet ist. Welche invention (...), als matter aller inventionen von
mir vor das importanteste gehalten wird". Carta de Leibniz al Duque
Johann Friedrich de mediados de octubre de 1671. En: A.A., II, I, pp.
159-165. La
cita aparece en la p. 160.
[28]
La cita dice: "elle nous donnera moyen de calculer en toutes les
matieres comme en arithmetique: à fin de determiner ou la certitude,
quand il y a assés de circomstances données pour cela, ou aumoins les
degrés de probabilité. Puisque la probabilité même se peut
demonstrer". Carta
de Leibniz al Duque Johann Friedrich del 8 de abril de 1679. En:
A.A., II, I, pp. 557-558. La
cita aparece en la p. 557.
[29]
La cita dice: "De plus les sciences iront plus loin par là dans
des lustres, qu'autrement dans des siecles: et peut estre qu'une infinité
de choses, mêmes pour la medecine, se trouueront déjá en nostre
pouuoir ex datis experimentis, que nous cherchons bien loin, ne
pouuans pas nous servir jusqu'icy de nos connoissances". Carta
de Leibniz al Duque Johann Friedrich del 8 de abril de 1679, ed. cit.,
p. 557.
[30]N.E.,
p. 449.
[31]
Cfr.: A. Robinet: G. W. Leibniz: le meilleur des mondes par la balance
de l'Europe. Paris,
1994, pp. 259-261; K. Okruhlik: "The status of scientific laws in
the Leibnizian System". En: K. Okruhlik & J. R. Brwon (eds.):
The Natural Philosophy of Leibniz. Dordrecht,
1985, pp. 151-170.
[32]N.E.,
p. 448.
[33]
N.E., p. 448.
[34]
Leibniz: Los elementos del derecho natural, p. 119.
[35]
N.E., p. 449.
[36]N.E., p. 449.
[37]N.E., p. 449.
[38]
Cfr.: J. Czerny: "Die Philosophie von Gottfried Wilhelm Leibniz und
die gegenwartige Versuche der sogenannten Wissenschaftsunifikation".
En:
Leibniz und Europa. VI Internationaler Leibniz-Kongress. Vorträge,
II Bd. Hannover, 1994 (en lo adelante L.u.E), I, pp. 164-167; B.
Kedrov: Clasificación de las ciencias, 2 T. Moscú, 1976, T. I,
pp. 67-68. F.
Yates: The Art of Memory. Chicago, 1966, pp. 383-386.
[39]N.E.,
p. 450.
[40]
Cfr.: G. W. Leibniz: "El espécimen de dinámica". En:
Escritos de dinámica, estudio preliminar y notas de J. Arana Cañedo-Argüelles,
tr. de J. Arana Cañedo-Argüelles y M. Rodríguez Donís. Madrid, 1991,
p. 56.
[41]
Leibniz: Escritos de dinámica, pp. 56-57.
[42]P.N.G.,
1; ed. Larroyo,
p. 405. Sobre la importancia del conato, véanse los importantes
elementos aportados por B. Orio de Miguel en: Leibniz y la tradición
teosófica (material inédito distribuido por el autor en la
Sociedad Española Leibniz en 1992), y los más recientes: "Leibniz
y los helmontianos (1ª y 2ª partes)". Revista de filosofía,
Vol. XI (1998), Nº 19 y 20.
[43]Cfr.: Leibniz: "El espécimen de dinámica". En: Escritos
de dinámica, pp. 56-57.
[44]N.E., p. 451. Leibniz se extiende al respecto en: Opuscules et
fragmentes inédits (ed. Couturat), pp. 525-527.
[45]
Aristóteles: Metafísica, Libro II, cap. 1. En: Metafísica.
Política. Tr. Julián Marías y María Araujo. La Habana, 1968, p.
68.
[46]
Leibniz: Monadología, 33.
[47]
Cfr.: Leibniz: Confessio naturae contra Atheistas. En: G. W.
Leibnitii Opera Omnia, ed. de L. Dutens. Genevae,
1768, 6 vols., Vol.I, p. 5.
[48]N.E., p. 452.
[49]
Debe recordarse, en el Libro VIII de la obra De Civitate Dei,
Agustín lleva a cabo un análisis crítico de la herencia de la Antigüedad
y concluye que no toda es rechazable.
[50]
Cfr.: S. Wollgast: "Zur Philosophiegeschichte in Deutschland im 17.
Jahrhundert". En: Vernunft und Erbe. Berlin, 1989, pp. 67-74
(la referencia está en las pp. 68-69); G. Grua: Jurisprudence
universelle et Théodicée selon Leibniz. New York & London,
1985, pp. 423-430.
[51]
Cfr.: Ph. Melanchthon: Doctrinae Physicae Elementa, sive Initia.
Lugduni, 1550. La idea aparece expresamente en la p. 23. Sobre ésto se
extiende W. Maurer en: Der junge Melanchthon zwischen Humanismus und
Reformation, 2 Bd. Göttingen, 1967, Bd. I: Der Humanist, K.
V.
[52]
Algunas de estas figuras fueron, en Alemania, B. H. Brockes, B.
Nieuwentyt y J. F. Buddeus. Cfr.:
S. Wollgast: Philosophie in Deutschland zwischen Reformation und
Aufklärung, 1550-1650. Berlin,
1988, pp. 154 ss, 181.
[53]
Debe recordarse el interés de Leibniz por la obra de Th. Zwinger el
Viejo, Theatrum Humanae Vitae. Es de destacar la observación del
autor sobre el objeto de su obra en el acápite titulado "De
Subiecto Totius Operis": Philosophicorum Studiorum duo esse
genera constat. Theoricum
unum, alterum historicum.
Nótese
la analogía de esta idea con la división leibniziana del conocimiento.
[54]
La cita dice: "Wem es also in der Lehre auf Wahrheit und Gewissheit
ankommt, der muss sich fest vornehmen, unbedingt auf die Reinheit und
Deutlichkeit seines sprachlichen Ausdrucks zu achten (...) Denn
fast immer und überall ist eine verworrene oder verbildete Sprache mit
Irrtümern und fanatischen Meinungen verbunden". En:
Ph. Melanchthon: "Oratio de studiis linguae Graecae". En: Glaube
und Bildung. Leipzig, 1989, p. 74.
[55]
Cfr.: Lettres et opuscules inédits de Leibniz, précédées
d'une introduction par A. Foucher de Careil. Paris,
1854 (en lo adelante F.C.-1), pp. 256-265; Leibniz: Epistolae
ad diversos, ed. Ch.
Kortholt. 3 Bd., Lipsiae, 1734, Bd. III, pp. 225-228, 230 ss.
[56]
Cfr.: A. Robinet: G. W. Leibniz: le meilleur des mondes, pp.
284-285.
[57]
Leibniz: "La organización del conocimiento y la felicidad del género
humano". En:
Methodus Vitae, Vol. I,
ed. de Agustín Andreu. Valencia,
1999, p. 4.
[58]
Isaac Papin: La vanité des sciences ou reflexions d'un philosophe
chrestien sur le véritable bonheur. Amsterdam,
1688. El comentario en: Grua, pp. 577-579.
[59]
La cita dice: "Il fait voir qu'on ne doit negliger aucune occasion
de s'instruire; que toutes sortes de connoissances ont leur usage dans
la vie civile; qu'il n'y a point de plaisir plus solide que celui qui
consiste dans une connoissance claire des verités de consequence, sur
tout des verités eternelles". En:
Ibíd., p. 578.
[60]
Cfr.: E. J. Aiton: Leibniz. Una
biografía. Madrid, 1992,
p. 136.
[61]
Cfr.: E. Agüero Mackern: "Leibniz y el sueño cartesiano de la
lengua universal". En: A Parte Rei, Revista de Filosofía, Nº
1, junio/1997. Internet, http:// serbal.pntic.mec.es%7 ecmunoz11/eduardo.html
(26/08/99), 10 pp, p. 9.
[62]
La cita dice: "Tous les erreurs ne seront que des erreurs de calcul
et ceux qui voudront compromettreà
cette maniere d'écrire, sortiront de leur disputes en mettant la plume
à la main"(...) "je pretends que cette langue ou écriture
pourra estre fabriquée en deux ou troix ans pour suffire à ce qui
entre dans les conversation ordinaires, pourveu que je sois aidé de
quelques personnes. Mais pour embrasser tous les sciences comme je le
souhaite, il faudra encor plusieurs années. Et comme la langue croistra
avec les sciences à mesure qu'on découurira des nouuelles experiences".
Carta
de Leibniz al Duque Johann Friedrich del 8 de abril de 1679. En:
A.A., II, I, p. 557.
[63]
Cfr.: Leibniz: "Memoire pour les personnes éclaires et de bonne
intention", 24-25. En: F.C.-1, pp. 290-291.
[64]
La cita dice: "Solche Churfürstliche Societät müste nicht auf
blosse Curiosität oder Wissens-Begierde und unfruchtbare Experimenta
gerichtet seyn, oder bey der blossen Erfindung nützlicher Dinge, ohne
Applikation und Anbringung beruhen, wie etwa zu Paris, London und
Florenz geschehen (...) sondern man müste gleich anfangs das Werck samt
der Wissenschaft auf den Nutzen richten, aund auf solche specimina
dencken, davon der hohe Urheber Ehre, und das gemeine Wesen ein mehrers
zu erwarten Ursach habe". En: H. St. Brather: Leibniz und seine
Akademie. Ausgewählte Quellen zur Geschichte der Berliner Societät der
Wissenschaft 1697-1716. Berlin: Akademie Verlag, 1993, p. 71.
[65]
Cfr.: E. J. Aiton: Leibniz, una biografía, pp. 340-344,
[66]N.E., p. 297.
[67]Leibnitiana sive Meditationis, CLXXI. En: Dutens, VI,
p.
329.
[68]
El título de la edición es: Chymische Hochzeit Christiani
Rosenkreutz. Anno
1459.
Strasburg (Lazarus Zetzner), 1616.
[69]N.E.,
p. 337.
[70]Cfr.: A. Ramati: "Harmony at a Distance. Leibniz's
Scientific Academies". Isis,
1996, 87, pp. 430-452.
[71]Este punto es resaltado por E. Hochstetter en: "Zu Leibniz'
Gedächtnis". En: Hochstetter, E. (Hrsg.): G. W. Leibniz zu
seinem 300 Geburtstag, 1646-1946. Berlin, 1946-1952.
[72]
El título completo es Reipublicae Christianopolitanae Descriptio.
Strasburg,
1619.
[73]
Cfr.: F. Yates: The Rosacrucian Enlightenment. New York, 1996,
pp. 145-151.
[74]
Cfr. F. Yates: The Rosacrucian Enlightenment, p. 152.
[75]
Cfr.: F. Yates: The Rosacrucian Enlightenment, Ch. XIII: "From
the invisible College to the Royal Society", pp. 171-192.
[76]
Leibniz: "Consideraciones sobre como organizar del modo mas
favorable posible la propagación de la fe por las ciencias en la nueva
Sociedad Real de Ciencias". En: Escritos de filosofía jurídica
y política, ed. J. de Salas Ortueta, tr. de J. M. Atienza. Madrid,
1984, p. 394. Tanto el criterio de unir todas las ramas del saber como
el estímulo de este elemento nacionalista habían sido ya empleados por
Leibniz en sus escritos previos "Grundriss eines Bedenckens von
Aufrichtung einer Societät in Teutschland zum Aufnehmen der Künste und
Wissenschaften" y "Bedencken von Aufrichtung einer Akademie
oder Societät in Teutschland zum Aufnehmen der Künste und
Wissenschaften". En:
A. Harnack (Hrsg.): Geschichte der Königlich Preussischen Akademie
der Wisenschaften zu Berlin, 2 Bd. Berlin, 1900, Bd. II, pp. 8-26.
[77]
Cfr.: A. Goppold: "Lingua Logica Leibnitiana: ein computerbasiertes
Schriftsystem als Fortführung von Ideen der Characteristica universalis
von Leibniz". En: L.u.E., Bd. 2, pp. 276-283; Hauptschriften
zur Dyadik von G. W. Leibniz, hrsg. von H. Zacher. Frankfurt am Main,
1973, pp. 97-98, 111-112.
[78]
Cfr.: R. W. Meyer: Leibniz and the Seventeenth-Century Revolution.
Cambridge,
1952, p. 104.
[79]
Cfr.: Aiton: Leibniz, una biografía, pp. 340-345, 397 ss,
429-434.
[80]
Cfr.: "General-Instruction für die Societät der Wissenschaften
vom 11. Juli. 1700".En:
A. Harnack: Geschichte der Königlich Preussischen Akademie, Bd.
II, pp. 103-109.
[81]
Cfr.: H.-J. Hess: "Nationalität und Internationalität in Leibniz'
Korrespondenz mit dem Herausgeber der Acta Eruditorum". L.u.E.,
I, pp. 339-347.
[82]
Véase la carta de Leibniz a Morell del 1º.X.1697, en:
Grua,
I, pp. 113-120.
[83]
Leibniz: "Consideraciones sobre como organizar...". En: Escritos
de filosofía jurídica y política, pp. 394-395.
[84]
Cfr.: H. Poser: "Theoria cum Praxi. Das Leibnizsche Akademiekonzept
und die Technikwissenschaften". Rechtshistorisches Journal
15, 1996, pp. 149-174.
[85]
Leibniz: "Consideraciones sobre como organizar...". En: Escritos
de filosofía jurídica y política, pp. 399-400.
[86]N.E., p. 453.
[87]
Profundizamos en este aspecto en el trabajo: "G. W. Leibniz:
Europa, China y la idea de civilización" (en proceso de publicación).
[88]
Este aspecto, desde la perspectiva de las culturas, es abordado por M.
Dascal en su trabajo: "One Adam and many cultures: The role of
political pluralism in the best of possible worlds". En: M. Dascal
& E. Yakira (eds.): Leibniz and Adam. Tel- Aviv, 1993.
[89]
Cfr.: L. Rensoli: "Leibniz busca un alter ego para la
Europa cristiana: ¿por qué no los judíos?". En: Revista El
Olivo, XXII, 47 (1998), pp. 17-37.
[90]
Cfr.: N.E., IV, XVI, 4.
[91]
Algunas de ellas podrían ser los días libres y feriados, diferentes en
cada religión, la estructura de la familia, que en el Islam puede ser
poligámica, el alcance de los derechos civiles, como el de ser elegido
para cargos de gobierno, el carácter de la alimentación y por lo tanto
de la producción y elaboración de los alimentos, la educación, sobre
todo la enseñanza de la historia, las formas de recreación y las
ofertas sociales, etc.
[92]
Aunque el diálogo entre ramas o confesiones dentro de una misma religión
no estaría excluído, sería preferentemente una prerrogativa de las
religiones en cuestión. Es importante sin embargo recordar que el
propio Leibniz concibió una sociedad para la conciliación de las
confesiones cristianas ("Societas confessionum conciliatrix").
Cfr.:
A.A., IV, I, pp. 557-559.
[93]
Sobre ésto: H. Küng: Projekt Weltethos München, 1990; H. Küng
u. K. J. Kuschel (Hrsg.): Erklärung zum Weltehos. München,
1994.
[94]
Cfr. G. Sartori: La sociedad multiétnica. Pluralismo,
multiculturalismo y extranjeros. Madrid,
2000.