ABSTRACT: Análisis de la obra Utilitarismo (1836)
a través de una selección de fragmentos
de la obra de
Great Traditions in Ethics, 8a.
ed. Belmont, Ca.: Wadsworth, 1996.
Theodore Denis, Sheldon Peterfreund y Nicholas
White,y los posteriores comentarios. ..................................................
Fragmento
1.
Utilitarismo, Cap. II
---------------------------------------- El primer objetivo de
Mill al defender el utilitarismo es clarificar la doctrina. Intenta hacer
esto de dos maneras: exponiendo los equívocos y exponiendo el principio
en forma correcta. Comienza por oponerse a aquellos que erróneamente
asocian "utilidad" con placer y dolor.
----------------------------------------
No merece más que un comentario de pasada el despropósito, basado en la
ignorancia, de suponer que aquellos que defienden la utilidad como
criterio de lo correcto y lo incorrecto utilizan el término en aquel
sentido restringido y meramente coloquial en el que la utilidad se opone
al placer.
DATOS AUTOR
Perfil/Área trabajo
Profesor Área Ciencias Económicas
UFM (Guatemala).
WWW:
Web autor
(Basado en la obra
Great Traditions in Ethics, 8a.
ed. Belmont, Ca.: Wadsworth, 1996).
Theodore Denis, Sheldon Peterfreund y Nicholas
White)
Habrá que disculparse con los oponentes del utilitarismo por tan
siquiera la impresión que pudiera haberse dado momentáneamente de
confundirlos con personas capaces de tal absurda y errónea interpretación.
Interpretación que, por lo demás, resulta de lo más sorprendente en la
medida en que la acusación contraria, la de vincular todo al placer, y
ello también en la forma más burda del mismo, es otra de las que
habitualmente se hacen al utilitarismo.
Como
ha sido atinadamente señalado por un autor perspicaz, el mismo tipo de
personas, y a menudo exactamente las mismas personas, denuncian esta teoría
como «impracticablemente austera cuando la palabra 'utilidad' precede a
la palabra 'placer', y como demasiado voluptuosa en la práctica, cuando
la palabra 'placer' precede a la palabra 'utilidad'». Quienes saben algo
del asunto están enterados de que todos los autores, desde Epicuro hasta
Bentham, que mantuvieron la teoría de la utilidad, entendían por ella no
algo que ha de contraponerse al placer, sino el propio placer junto con la
liberación del dolor y que en lugar de oponer lo útil a lo agradable o a
lo ornamental, han declarado siempre que lo útil significa, entre otras,
estas cosas.
Con
todo, la masa común, incluyendo la masa de escritores no sólo de los
diarios y periódicos sino de libros de peso y pretensiones, están
cometiendo continuamente este trivial error. Habiéndose apoderado de la
palabra 'utilitarista', pero sin saber nada acerca de la misma más que
como suena, habitualmente expresan mediante ella el rechazo o el olvido
del placer en alguna de sus formas: de la belleza, el ornato o la diversión.
Por lo demás, no sólo se utiliza erróneamente este término por motivos
de ignorancia, a modo de censura, sino, en ocasiones, de forma elogiosa,
como si implicase superioridad respecto a la frivolidad y los meros
placeres del momento. Y este uso viciado es el único en el que la palabra
es popularmente conocida y aquél a partir del cual la nueva generación
está adquiriendo su única noción acerca de su significado. Quienes
introdujeron la palabra, pero durante muchos años la descartaron como una
apelación distintiva, es posible que se sientan obligados a recuperarla,
si al hacerlo esperan contribuir de algún modo a rescatarla de su
completa degradación.
Framento
2.
Ibid.
----------------------------------------
Concisamente, Mill
define la doctrina de la utilidad.
----------------------------------------
El
credo que acepta como fundamento de la moral la Utilidad, o el Principio
de la mayor Felicidad, mantiene que las acciones son correctas (right)
en la medida en que tienden a promover la felicidad, incorrectas (wrong)
en cuanto tiende a producir lo contrario a la felicidad. Por felicidad se
entiende el placer y la ausencia de dolor; por infelicidad el dolor y la
falta de placer. Para ofrecer una idea clara del criterio moral que esta
teoría establece es necesario indicar mucho más: en particular, qué
cosas incluye en las ideas de dolor y placer, y en qué medida es ésta
una cuestión a debatir. Pero estas explicaciones suplementarias no
afectan a la teoría de la vida sobre la que se funda esta teoría de la
moralidad –a saber, que el placer y la exención del sufrimiento son las
únicas cosas deseables como fines–;
y que todas las cosas deseables (que son tan numerosas en el Proyecto
utilitarista como en cualquier otro) son deseables ya bien por el placer
inherente a ellas mismas, o como medios para la promoción del placer y la
evitación del dolor.
Fragmento
3.
Ibid.
---------------------------------------- Aun
cuando se entienda claramente que el principio de utilidad se dirige a los
placeres y dolores, permanece la acusación de que es una doctrina
"de puercos". Este equívoco se debe a un fallo en reconocer que
los placeres varían tanto en grado como en clase.
----------------------------------------
Ahora
bien, tal teoría de la vida provoca en muchas mentes, y entre ellas en
algunas de las más estimables en sentimientos y objetivos, un fuerte
desagrado. Suponer que la vida no posea (tal como ellos lo expresan)
ninguna finalidad más elevada que el placer –ningún objeto mejor y más
noble de deseo y búsqueda– lo califican como totalmente despreciable y
rastrero, como una doctrina sólo digna de los puercos, a los que se
asociaba a los seguidores de Epicuro en un principio, siendo, en algunas
ocasiones, los modernos defensores de esta doctrina igualmente víctimas
de tan corteses comparaciones por parte de sus detractores alemanes,
franceses e ingleses.
Cuando
se les atacaba de este modo, los epicúreos han contestado siempre que no
son ellos, sino sus acusadores, los que ofrecen una visión degradada de
la naturaleza humana; ya que la acusación supone que los seres humanos no
son capaces de experimentar más placeres que los que puedan experimentar
los puercos. Si esta suposición fuese cierta, la acusación no podría
ser desmentida, pero ya no sería un reproche, puesto que si las fuentes
del placer fueran exactamente iguales para los seres humanos y para los
cerdos, la regla de vida que fuera lo suficientemente buena para los unos
sería lo suficientemente buena para los otros. Resulta degradante la
comparación de la vida epicúrea con la de las bestias precisamente
porque los placeres de una bestia no satisfacen la concepción de
felicidad de un ser humano. Los seres humanos poseen facultades más
elevadas que los apetitos animales, y una vez que son conscientes de su
existencia no consideran como felicidad nada que no incluya la gratificación
de aquellas facultades. Desde luego que no considero que los epicúreos
hayan derivado, en modo alguno, de forma irreprochable su teoría de lo
que se sigue de la aplicación del principio utilitarista. Para hacerlo de
un modo adecuado sería necesario incluir muchos elementos estoicos, así
como cristianos. Con todo, no existe ninguna teoría conocida de la vida
epicúrea que no asigne a los placeres del intelecto, de los sentimientos
y de la imaginación, y de los sentimientos morales, un valor mucho más
elevado en cuanto placeres que a los de la pura sensación.
Debe admitirse, sin embargo,
que los utilitaristas, en general, han basado la superioridad de los
placeres mentales sobre los corporales, principalmente en la mayor
persistencia, seguridad, menor costo, etc. de los primeros, es decir, en
sus ventajas circunstanciales más que en su naturaleza intrínseca. En
todos estos puntos los utilitaristas han demostrado satisfactoriamente lo
que defendían, pero bien podrían haber adoptado la otra formulación, más
elevada, por así decirlo, con total consistencia. Es del todo compatible
con el principio de utilidad el reconocer el hecho de que algunos tipos de
placer son más deseables y valiosos que otros. Sería absurdo que
mientras que al examinar todas las demás cosas se tiene en cuenta la
calidad además de la cantidad, la estimación de los placeres se
supusiese que dependía tan sólo de la cantidad.
Fragmento
4. Ibid.
---------------------------------------- La
superioridad de un tipo de placer sobre otro la determina propiamente
quien tiene experiencia de ambos. Tales jueces competentes, sostiene Mill,
prefieren los placeres de las facultades superiores a aquellos de las
inferiores.
----------------------------------------
Si
se me pregunta qué entiendo por diferencia de calidad en los placeres, o
qué hace a un placer más valioso que a otro, simplemente en cuanto
placer, a no ser que sea su mayor cantidad, sólo existe una única
posible respuesta. De entre dos placeres, si hay uno al que todos, o casi
todos los que han experimentado ambos, conceden una decidida preferencia,
independientemente de todo sentimiento de obligación moral para
preferirlo, ese es el placer más deseable. Si aquellos que están
familiarizados con ambos colocan a uno de los dos tan por encima del otro
que lo prefieren, aun sabiendo que va acompañado de mayor cantidad de
molestias, y no lo cambiarían por cantidad alguna que pudieran
experimentar del otro placer, está justificado que asignemos al goce
preferido una superioridad de muy poca importancia.
Ahora
bien, es un hecho incuestionable que quienes están igualmente
familiarizados con ambas cosas y están igualmente capacitados para
apreciarlas y gozarlas, muestran realmente una preferencia máximamente
destacada por el modo de existencia que emplea las capacidades humanas más
elevadas. Pocas criaturas humanas consentirían en transformarse en alguno
de los animales inferiores ante la promesa del más completo disfrute de
los placeres de una bestia. Ningún ser humano inteligente admitiría
convertirse en un necio, ninguna persona culta querría ser un ignorante,
ninguna persona con sentimientos y conciencia querría ser egoísta y
depravada, aun cuando se le persuadiera de que el necio, el ignorante o el
sinvergüenza pudieran estar más satisfechos con su suerte que ellos con
la suya. No cederían aquello que poseen y los otros no, a cambio de la más
completa satisfacción de todos los deseos que poseen en común con estos
otros. Si alguna vez imaginan que lo harían es en casos de desgracia tan
extrema que por escapar de ella cambiarían su suerte por cualquier otra,
por muy despreciable que resultase a sus propios ojos. Un ser con
facultades superiores necesita más para sentirse feliz, probablemente está
sujeto a sufrimientos más agudos, y ciertamente los experimenta en mayor
número de ocasiones que un tipo inferior. Sin embargo, a pesar de estos
riesgos, nunca puede desear de corazón hundirse en lo que él considera
que es un grado más bajo de existencia.
Podemos
ofrecer la explicación que nos plazca de esta negativa. Podemos
atribuirla al orgullo, nombre que se da indiscriminadamente a algunos de
los más y a algunos de los menos estimables sentimientos de los que la
humanidad es capaz. Podemos achacar tal negativa al amor a la libertad y
la independencia, apelando a lo cual los estoicos conseguían inculcarla
de la manera más eficaz. O achacarla al amor al poder, al amor a las
emociones, cosas ambas que están comprendidas en ella y a ella
contribuyen. Sin embargo, lo más indicado es apelar a un sentido de
dignidad que todos los seres humanos poseen en un grado u otro, y que
guarda alguna correlación, aunque en modo alguno perfecta, con sus
facultades más elevadas y que constituye una parte tan esencial de la
felicidad de aquellos en los que este sentimiento es fuerte, que nada que
se le oponga podría constituir más que un objeto momentáneo de deseo
para ellos. Quien quiera que suponga que esta preferencia tiene lugar al
precio de sacrificar la felicidad –que el ser superior es, en igualdad
de circunstancias, menos feliz que el inferior– confunde los dos
conceptos totalmente distintos de felicidad y contento. Es indiscutible
que el ser cuyas capacidades de goce son pequeñas tiene más
oportunidades de satisfacerlas plenamente; por el contrario, un ser muy
bien dotado siempre considerará que cualquier felicidad que pueda
alcanzar, tal como el mundo está constituido, es imperfecta. Pero puede
aprender a soportar sus imperfecciones, si son en algún sentido
soportables. Imperfecciones que no le harán envidiar al ser que, de
hecho, no es consciente de ellas, simplemente porque no experimenta en
absoluto el bien que hace que existan imperfecciones. Es mejor ser un ser
humano insatisfecho que un cerdo satisfecho; mejor ser un Sócrates
insatisfecho que un necio satisfecho. Y si el necio o el cerdo opinan de
un modo distinto es a causa de que ellos sólo conocen una cara de la
cuestión. El otro miembro de la comparación conoce ambas caras.
Fragmento
5.
Ibid.
----------------------------------------
Mill pasa a descartar
los juicios de aquellos que abandonan los placeres superiores por los
inferiores, explicando que ellos son incapaces, ya sea por incapacidad
inherente o por falta de oportunidades, de disfrutar de los placeres
superiores. Los únicos jueces finales y competentes son los que han
experimentado el espectro completo de placeres.
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También
puede objetarse que muchos que al principio muestran un entusiasmo juvenil
por todo lo noble, a medida que adquieren más edad se dejan sumir en la
indolencia y el egoísmo. Sin embargo, yo no creo que aquellos que
experimentan este cambio, muy habitual, elijan voluntariamente los
placeres inferiores con preferencia a los más elevados. Considero que
antes de dedicarse exclusivamente a los primeros han perdido la capacidad
para los segundos. La capacidad para los sentimientos más nobles es, en
la mayoría de los seres, una planta muy tierna, que muere con facilidad,
no sólo a causa de influencias hostiles sino por la simple carencia de
sustento; y en la mayoría de las personas jóvenes se desvanece rápidamente
cuando las ocupaciones a que les ha llevado su posición en la vida o en
la sociedad en la que se han visto arrojados no han favorecido el que
mantengan en ejercicio esa capacidad más elevada. Los hombres pierden sus
aspiraciones elevadas al igual que pierden sus gustos intelectuales, por
no tener tiempo ni oportunidad de dedicarse a ellos. Se aficionan a
placeres inferiores no porque los prefieran deliberadamente, sino porque o
ya bien son los únicos a los que tienen acceso, o bien los únicos para
los que les queda capacidad de goce. Puede cuestionarse que alguien que se
haya mantenido igualmente capacitado para ambos tipos de placer haya jamás
preferido de forma deliberada y ponderada el más bajo, aunque muchos, en
todas las épocas, se hayan destruido en un intento fallido de
combinarlos.
Considero
inapelable este veredicto emitido por los únicos jueces competentes. En
relación con la cuestión de cuál de dos placeres es el más valioso, o
cuál de dos modos de existencia es el más gratificante para nuestros
sentimientos, al margen de sus cualidades morales o sus consecuencias, el
juicio de los que están cualificados por el conocimiento de ambos o, en
caso de que difieran, el de la mayoría de ellos, debe ser admitido como
definitivo. Es preciso que no haya dudas en aceptar este juicio respecto a
la calidad de los placeres, ya que no contamos con otro tribunal, ni
siquiera en relación con la cuestión de la cantidad. ¿Qué medio hay
para determinar cuál es el más agudo de dos dolores, o la más intensa
de dos sensaciones placenteras, excepto el sufragio universal de aquellos
que están familiarizados con ambos? ¿Con qué contamos para decidir si
vale la pena perseguir un determinado placer a costa de un dolor
particular a no ser los sentimientos y juicio de quien 1os experimenta?Cuando, por consiguiente, tales sentimientos y juicio declaran que
los placeres derivados de las facultades superiores son preferibles como
clase, aparte de la cuestión de la intensidad, a aquellos que la
naturaleza animal, al margen de las facultades superiores, es capaz de
experimentar, merecen la misma consideración respecto a este tema.
Fragmento
6.
Ibid.
----------------------------------------
El principio de la máxima
felicidad queda reformulado para incluir la distinción hecha entre los
aspectos cuantitativos y los cualitativos del placer.
----------------------------------------
Me he detenido en este punto
por ser un elemento necesario para una concepción perfectamente adecuada
de la Utilidad o Felicidad considerada como la regla directriz de la
conducta humana. Sin embargo, no constituye en modo alguno una condición
indispensable para la aceptación del criterio utilitarista, ya que tal
criterio no lo constituye la mayor felicidad del propio agente, sino de la
mayor cantidad total de felicidad. Si puede haber alguna posible duda
acerca de que una persona noble pueda ser más feliz a causa de su
nobleza, lo que sí no puede dudarsees de que hace más felices a los demás y que el mundo en general
gana inmensamente con ello. El utilitarismo, por consiguiente, sólo podría
alcanzar sus objetivos mediante el cultivo general de la nobleza de las
personas, aun en el caso de que cada individuo sólo se beneficiase de la
nobleza de los demás y la suya propia, por lo que a la felicidad se
refiere, contribuya a una clara reducción del beneficio.Pero la simple mención de algo tan absurdo como esto último hace
superflua su refutación.
Conforme
al Principio de la Mayor Felicidad, tal como se explicó anteriormente, el
fin último, con relación al cual y por el cual todas las demás cosas
son deseables (ya estemos considerando nuestro propio bien o el de los demás),
es una existencia libre, en la medida de lo posible, de dolor y tan rica
como sea posible en goces, tanto por lo que respecta a la cantidad como a
la calidad, constituyendo el criterio de la calidad y la regla para
compararla con la cantidad, la preferencia experimentada por aquellos que,
en sus oportunidades de experiencia (a lo que debe añadirse su hábito de
auto-reflexión y auto-observación), están mejor dotados de los medios
que permiten la comparación. Puesto que dicho criterio es, de acuerdo con
la opinión utilitarista, el fin de la acción humana, también constituye
necesariamente el criterio de la moralidad, que puede definirse, por
consiguiente, como «las reglas y preceptos de la conducta humana»
mediante la observación de los cuales podrá asegurarse una existencia
tal como se ha descrito, en la mayor medida posible, a todos los hombres.
Y no sólo a ellos, sino, en tanto en cuanto la naturaleza de las cosas lo
permita, a las criaturas sintientes en su totalidad.
Fragmento
7.
Ibid.
----------------------------------------
Se continúa con el
proceso de clarificación a través de la exposición de distintas
objeciones a la doctrina y de su respectiva respuesta. Por ejemplo, el
argumento de que el utilitarismo es inválido porque la felicidad no puede
ser alcanzada es respondido por Mill con una descripción realista de la
felicidad, y una sugerencia sobre los medios sociales para alcanzarla.
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Cuando,
sin embargo, se afirma de este modo, positivamente, que es imposible una
vida humana feliz, se trata si no de una especie de juego de palabras, sí
por lo menos de una exageración. Si por felicidad se entiende una
continua emoción altamente placentera, resulta bastante evidente que esto
es imposible. Un estado de placer exaltado dura sólo unos instantes, o,
en algunos casos, y con algunas interrupciones, horas o días,
constituyendo el ocasional brillante destello del goce, no su llama
permanente y estable. De esto fueron tan conscientes los filósofos que
enseñaron que la felicidad es el fin de la vida, como aquellos que los
vituperan. La felicidad a la que se referían los primeros no es la propia
de una vida de éxtasis, sino de momentos de tal goce, en una existencia
constituida por pocos y transitorios dolores, por muchos y variados
placeres, con un decidido predominio del activo sobre el pasivo, y
teniendo como fundamento de toda la felicidad no esperar de la vida más
de lo que la vida pueda dar. Una vida así constituida ha resultado
siempre, a quienes han sido lo suficientemente afortunados para disfrutar
de ella, acreedora del nombre de felicidad. Y tal existencia, incluso
ahora, ya le ha tocado en suerte a muchas personas durante una parte
importante de su vida. La desafortunada educación actual, así como las
desafortunadas condiciones sociales actuales son el único obstáculo para
que sea patrimonio de todo el mundo.
Quienes
ponen objeciones a esto tal vez pondrán en duda el que los seres humanos,
si se les enseña a considerar la felicidad como el fin de la vida, se
puedan sentir satisfechos con una porción tan moderada de felicidad. Sin
embargo, gran número de personas se han contentado con mucho menos.
Los
principales factores de una vida satisfactoria resultan ser dos,
cualquiera de los cuales puede por sí solo ser suficiente para tal fin:
la tranquilidad y la emoción. Poseyendo mucha tranquilidad muchos
encuentran que pueden conformarse con muy poco placer. Con mucha emoción,
muchos pueden tolerar una considerable cantidad de dolor. Con toda
seguridad, no existe ninguna imposibilidad a
priori de que sea factible, ni tan siquiera para la gran masa de la
humanidad, el reunir ambas cosas, ya que éstas, lejos de ser
incompatibles, forman una alianza natural, siendo la prolongación de cada
una preparación para la excitación del deseo de la otra. Sólo aquellos
para quienes la indolencia se convierte en un vicio no desean emociones
después de un intervalo de reposo. Sólo aquellos para quienes la
necesidad de emociones es una enfermedad experimentan la tranquilidad que
sigue a las emociones como aburrida y estúpida, en lugar de placentera en
razón directa a la emoción que la precedió.
Cuando las personas que son
tolerablemente afortunadas con relación a los bienes externos no
encuentran en la vida goce suficiente que la haga valiosa para ellos, la
causa radica generalmente en la falta de preocupación por lo demás. Para
aquellos que carecen de afectos tanto públicos como privados, las
emociones de la vida se reducen en gran parte, y en cualquier caso pierden
valor conforme se aproxima el momento en el que todos los intereses egoístas
se acaban con la muerte; mientras que aquellos que dejan tras de sí
objetos de afecto personal, y especialmente aquellos que han cultivado un
sentimiento de solidaridad respecto a los intereses colectivos de la
humanidad, mantienen en la víspera de su muerte un interés tan vivo por
la vida como en el esplendor de su juventud o su salud. Después del egoísmo,
la principal causa de una vida insatisfactoria es la carencia de la
cultura intelectual. Una mente cultivada –no me refiero a la de un filósofo,
sino a cualquier mente para la que estén abiertas las fuentes del
conocimiento y a la que se le ha enseñado en una medida tolerable a
ejercitar sus facultades– encuentra motivos de interés perenne en
cuanto le rodea. En los objetos de la naturaleza, las obras de arte, las
fantasías poéticas, los incidentes de la historia, el comportamiento de
la humanidad pasada y presente y sus proyectos de futuro.
Fragmento
8.
Ibid.
----------------------------------------
Otra objeción que Mill
responde es que el utilitarismo es moralmente incompatible con las
acciones de sacrificio personal que son tan reverenciados en nuestra
cultura cristiana. En un análisis más cercano, los actos de
autosacrificio que consideramos buenos, obtienen su valor de la promoción
del bien general, aunque conlleven la negación de la felicidad
individual. Esto no se debe tomar como que la felicidad de un individuo es
menos importante que la de otro cualquiera.
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Entre
tanto, no deben dejar de proclamar los utilitaristas la moralidad de la
abnegación (self-devotion) como
una posesión a la que tienen tanto derecho como los estoicos o los
transcendentalistas. La moral utilitarista reconoce en los seres humanos
la capacidad de sacrificar su propio mayor bien por el bien de los demás.
Sólo se niega a admitir que el sacrificio sea en sí mismo un bien. Un
sacrificio que no incremente o tienda a incrementar la suma total de la
felicidad se considera como inútil. La única auto-renuncia que se
aplaude es el amor a la felicidad, o a alguno de los medios que conducen a
la felicidad, de los demás, ya bien de la humanidad colectivamente, o de
individuos particulares, dentro de los límites que imponen los intereses
colectivos de la humanidad.
Debo
repetir nuevamente que los detractores del utilitarismo raras veces le
hacen justicia y reconocen que la felicidad que constituye el criterio
utilitarista de lo que es correcto en una conducta no es la propia
felicidad del agente, sino la de todos los afectados. Entre la felicidad
personal del agente y la de los demás, el utilitarista obliga a aquél a
ser tan estrictamente imparcial como un espectador desinteresado y
benevolente. En la regla de oro de Jesús de Nazaret encontramos todo el
espíritu de la ética de la utilidad: «Compórtarte con los demás como
quieras que los demás se comporten contigo» y «Amar al prójimo como a
ti mismo» constituyen la perfección ideal de la moral utilitarista. Como
medio para alcanzar más aproximadamente este ideal, la utilidad
recomendará, en primer término, que las leyes y organizaciones sociales
armonicen en lo posible la felicidad o (como en términos prácticos podría
denominarse) los intereses de cada individuo con los intereses del
conjunto. En segundo lugar, que la educación y la opinión pública, que
tienen un poder tan grande en la formación humana, utilicen de tal modo
ese poder que establezcan en la mente de todo individuo una asociación
indisoluble entre su propia felicidad y el bien del conjunto,
especialmente entre su propia felicidad y la práctica de los modos de
conducta negativos y positivos que la felicidad prescribe; de tal modo que
no sólo no pueda concebir la felicidad propia en la conducta que se
oponga al bien general, sino también de forma que en todos los individuos
el impulso directo de mejorar el bien general se convierta en uno de los
motivos habituales de la acción y que los sentimientos que se conecten
con este impulso ocupen un lugar importante y destacado en la experiencia
sintiente de todo ser humano. Si los que rechazan la moral utilitarista se
la presentasen ante su intelecto en este su auténtico sentido, no sé qué
cualidades por cualquier otra moral podrían afirmar en modo alguno que
echaban en falta, o qué desarrollo más armónico y profundo de la
naturaleza humana puede esperarse que propicie algún otro sistema ético,
o en qué motivaciones, no accesibles al utilitarismo, pueden basarse
tales sistemas para hacer efectivos sus mandatos.
Fragmento
9.
Ibid.
---------------------------------------- A
la objeción de que la gente no está constituida para estar motivada
siempre por el interés social, Mill responde que esto es cierto, pero que
en ninguna forma invalida su tesis. El principio de la mayor felicidad no
es esencial como motivo de conducta, pero es esencial como regla por medio
de la cual la conducta se juzga y se sanciona. La
cuestión psicológica de la motivación es distinta de las cuestiones éticas
de obligación y evaluación. La evaluación moral se dirige a acciones y
a la manera en la cual afectan la felicidad general.
----------------------------------------
Afirman
que es una exigencia excesiva el pedir que la gente actúe siempre
inducida por la promoción del interés general de la sociedad. Pero esto
supone no entender el verdadero significado de un modelo de moral y
confundir la regla de acción con el motivo que lleva a su cumplimiento.
Es tarea de la ética la de indicarnos cuáles son nuestros deberes o
mediante qué pruebas podemos conocerlos, pero ningún sistema ético
exige que el único motivo de nuestro actuar sea un sentimiento del deber.
Por el contrario, el noventa y nueve por ciento de todas nuestras acciones
se realizan por otros motivos, cosa que es del todo correcta si la regla
del deber no los condena. Resulta totalmente injusto hacer objeciones al
utilitarismo en base a lo anteriormente mencionado cuando precisamente los
moralistas utilitaristas han ido más allá que casi todos los demás al
afirmar que el motivo no tiene nada que ver con la moralidad de la acción,
aunque si mucho con el mérito del agente. Quien salva a un semejante de
ser ahogado hace lo que es moralmente correcto, ya sea su motivo el deber
o la esperanza de que le recompensen por su esfuerzo. Quien traiciona al
amigo que confía en él es culpable de un crimen, aun cuando su objetivo
sea servir a otro amigo con quien tiene todavía mayores obligaciones (3).
Pero si nos limitamos a hablar de acciones realizadas por motivos de deber
y en obediencia inmediata a principios, es interpretar erróneamente el
pensamiento utilitarista el imaginar que implica que la gente debe fijar
su mente en algo tan general como el mundo o la sociedad en su conjunto.
La
gran mayoría de las acciones están pensadas no para beneficio del mundo
sino de los individuos a partir de los cuales se constituye el bien del
mundo y no es preciso que el pensamiento del hombre más virtuoso
cabalgue, en tales ocasiones, más allá de las personas afectadas,
excepto en la medida en que sea necesario asegurarse de que al
beneficiarles no está violando los derechos, es decir, las expectativas
legítimas y autorizadas de nadie más. La multiplicación de la felicidad
es, conforme a la ética utilitarista, el objeto de la virtud: las
ocasiones en las que persona alguna (excepto una entre mil) tiene en sus
manos el hacer esto a gran escala –en otras palabras ser un benefactor público–
no son sino excepcionales; y sólo en tales ocasiones se le pide que tome
en consideración la utilidad pública. En todos los demás casos, todo lo
que tiene que tener en cuenta es la utilidad privada, el interés o
felicidad de unas cuantas personas. Sólo aquellos cuyas acciones influyen
hasta abarcar la sociedad en general tienen necesidad habitual de ocuparse
de un objeto tan amplio. Por supuesto que en el caso de las omisiones, es
decir, las cosas que la gente deja de hacer a causa de consideraciones
morales, aun cuando las consecuencias de un caso particular pudieran ser
beneficiosas, sería indigno de un agente inteligente no percatarse
conscientemente de que la acción es de un tipo tal que, si se practicase
generalmente sería dañina, y que este es el fundamento de la obligación
de omitir tal acción. El grado de consideración del interés público
implícito en este reconocimiento no es mayor que el que exigen todos los
sistemas morales ya que todos aconsejan abstenerse de aquello que es
manifiestamente pernicioso para la sociedad.
Fragmento
10.
El Utilitarismo, Cap. III
---------------------------------------- Después
de aclarar las mayores incomprensiones acerca del principio de utilidad,
Mill se propone investigar cuál puede ser su última justificación.
----------------------------------------
Se
formula a menudo la cuestión, con toda propiedad, respecto a cualquier
supuesto criterio moral: ¿Cuál es su sanción? ¿Cuáles son los motivos
de obediencia? O, de modo más específico: ¿Cuál es la fuente de la que
deriva su obligatoriedad? ¿De dónde procede su fuerza vinculante?Es una tarea necesaria de la filosofía moral la de proporcionar
respuesta a esta cuestión que, aun cuando con frecuencia se presupone que
es una objeción a la moralidad utilitarista –como si tuviera una mayor
aplicación a esta doctrina que a las demás–, se origina, en realidad,
con relación a todos los criterios. De hecho, se plantea siempre que se
le pide a alguien que adopte un
criterio, o que refiera la moralidad a alguna base en la que no tiene
costumbre de fundamentarla. Sólo la moralidad establecida, aquella que la
educación y la opinión pública han consagrado, es la única que se
presenta ante la mente como siendo en
sí misma obligatoria. Cuando a una persona se le pide que considere
que esta moralidad deriva su
obligatoriedad de algún principio general en torno al cual la costumbre
no ha colocado el mismo halo,
tal afirmación le resulta una paradoja: Los supuestos corolarios parecen
poseer una fuerza más vinculante que el teorema original. La
superestructura parece componérselas mejor sin aquello que se presenta
como su fundamento. La persona que se encuentra en tal situación se dice
a sí misma: Siento que estoy obligada a no robar, no matar, no
traicionar, no mentir, pero ¿por qué estoy obligada a promover la
felicidad general?Si mi
propia felicidad radica en algo distinto, ¿por qué no he de darle
preferencia?
Fragmento
11.
Ibid.
----------------------------------------
Mill argumenta que,
aunque las sanciones externas –sociales y sobrenaturales– refuerzan el
principio utilitarista, no nos obligan a seguirlo. Por sí mismas, las
sanciones no pueden obligarnos satisfactoriamente a ningún principio
moral, ya que las personas quedan verdaderamente obligadas sólo cuando
sienten en su interior que el principio es vinculante. Es nuestro
"sentimiento de la humanidad" el que nos proporciona la última
sanción del principio de utilidad, y Mill llama a esto sanción
interna.
----------------------------------------
El principio de la utilidad, o
bien cuenta con todas las sanciones con las que cuenta cualquier otro
sistema moral, o por lo menos no hay razón alguna para que no pudiera
contar con ellas. Dichas sanciones son ya bien externas o internas. De las
sanciones externas no es necesario hablar demasiado. Se trata de la
esperanza de conseguir el favor y el temor al rechazo de nuestros
semejantes o el Regidor del Universo, junto con los sentimientos efectivos
o de empatía que podamos sentir hacia ellos, o el amor o temor que nos
inspire, inclinándonos a cumplir su voluntad independientemente de las
consecuencias consideradas desde un punto de vista egoísta. Evidentemente
no hay razón por la que estos tres motivos en su conjunto no puedan
vincularse con la moralidad utilitarista con la misma intensidad y fuerza
como con cualquier otra. De hecho, aquellas sanciones que se refieren a
nuestros semejantes es seguro que serán más eficaces en proporción a la
aceptación general de que gocen. Exista o no exista algún otro
fundamento de la obligación moral que no sea la felicidad general, los
hombres efectivamente desean la felicidad y, por muy imperfectos que sean
en su propia actuación al respecto, desean y recomiendan en los demás
toda conducta hacia ellos mismos mediante la cual consideren que se
promociona su felicidad.
Respecto
a la motivación religiosa, si los hombres creen, como la mayoría de
ellos mantiene, en la bondad de Dios, quienes piensan que el hecho de ser
conducente a la felicidad general es la esencia, o incluso el único
criterio, de la bondad deben creer, necesariamente, que eso es también lo
que Dios aprueba. Por consiguiente, tanto la fuerza toda de las
recompensas y castigos externos, ya sean físicos o morales, ya procedan
de Dios o de nuestros semejantes, junto con todo aquello que la capacidad
de la naturaleza humana presenta como desinteresada devoción por ambos,
pueden ser utilizados para reforzar la moralidad utilitarista, en tanto en
cuanto tal moralidad sea reconocida, y tanto más en la medida en que la
educación y el cultivo general de la persona contribuyen a tal propósito.
Hasta
aquí, por lo que a las sanciones externas se refiere. En cuanto a la
sanción interna del deber, cualquiera que sea nuestro criterio del deber,
es siempre la misma: un sentimiento en nuestro propio espíritu, un dolor
más o menos intenso que acompaña a la violación del deber, que en las
naturalezas morales adecuadamente cultivadas lleva, en los casos más
graves, a que sea imposible eludir el deber. Este sentimiento cuando es
desinteresado y se relaciona con la idea pura del deber y no con alguna
forma particular del mismo, o con alguna de las circunstancias meramente
accesorias, constituye la esencia de la conciencia. Ocurre, sin embargo,
que en este fenómeno tan complejo, tal como ahora se presenta, el hecho
desnudo aparece en general arropado con asociaciones colaterales derivadas
de la simpatía, el amor, y todavía en mayor medida el temor, como
asimismo de todas las formas de sentimiento religioso, de los recuerdos de
nuestra infancia y vida pasada, de la autoestima, del deseo de estimación
por parte de los demás e incluso, en ocasiones, de autohumillación.
Estas
complicaciones extremas, en mi opinión, son el origen del tipo de carácter
místico que –debido a una tendencia del espíritu humano del que
contamos con otros muchos ejemplos– suele atribuirse a la idea de la
obligación moral, que lleva a la gente a creer que dicha idea no puede
asociarse en modo alguno a otros objetos que no sean aquellos que, a causa
de una supuesta misteriosa ley, encontramos en nuestra experiencia actual
que la producen.
Sin
embargo, su fuerza vinculante se debe a la existencia de una serie de
sentimientos que deben violentarse para llevar a cabo lo que se opone a
nuestro criterio de lo correcto, los cuales, a su vez, si no obstante
contravenimos dicho criterio, probablemente reaparecerán posteriormente
en forma de remordimiento. Cualquiera que sea la teoría de la que
dispongamos acerca de la naturaleza u origen de la conciencia, esto es en
esencia lo que la constituye.
Siendo,
por consiguiente, la sanción última de toda moralidad (al margen de los
motivos externos) un sentimiento subjetivo de nuestro propio espíritu, no
veo ninguna dificultad para aquellos que siguen el criterio de utilidad, a
la hora de enfrentarse a la cuestión de cuál es la sanción de ese
criterio en particular. Aquí podemos contestar, al igual que con respecto
a todos los restantes criterios morales: los sentimientos conscientes de
la humanidad. No cabe duda de que esta sanción no tiene fuerza vinculante
en aquellos que no poseen los sentimientos a los que se apela. Sin
embargo, también es cierto que estas personas tampoco estarán más
dispuestas a obedecer a ningún otro principio moral distinto al
utilitarista. Sobre ellos no ejerce influencia alguna la moralidad de
cualquier signo que sea, a no ser a través de sanciones externas. Por lo
demás, existen sentimientos, como hecho de la naturaleza humana, cuya
realidad, así como el gran poder que son capaces de ejercer en aquellos
que han sido debidamente educados, es algo probado por la experiencia. Jamás
se ha demostrado que no puedan ser cultivados por los utilitaristas tan
intensamente como por cualquier otra regla moral.
Fragmento
12.
Ibid.
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Independientemente de si
este "sentimiento de la humanidad" es innato o adquirido, Mill
sostiene que puede ser una fuerza poderosa y una base sólida para el
principio utilitarista.
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No
es necesario, para los fines presentes, decidir si el sentimiento de deber
es innato o adquirido. Presuponiendo que sea innato, queda por resolver a
qué objetos se une naturalmente, ya que los que apoyan filosóficamente
dicha teoría coinciden ahora en que lo que se percibe intuitivamente son
los principios de la moralidad, no sus detalles. De haber algo innato de
este tipo, no veo la razón por la que el sentimiento innato no pudiera
ser el de la consideración de los placeres y los dolores de los demás.
Si existe algún principio moral que sea intuitivamente obligatorio, yo
diría que éste debe serlo. De ser así la ética intuicionista coincidiría
con la utilitarista y ya no habría lugar a más disputas entre ambas.
Incluso tal como están ahora las cosas los moralistas intuicionistas,
aunque consideran que existen otras obligaciones morales intuidas ya
consideran, en efecto, que ésta es una de ellas, por cuanto unánimemente
mantienen que una gran parte de
la moralidad consiste en la consideración debida de los intereses de
nuestros semejantes. Por consiguiente, de ser cierto que la creencia en el
origen trascendental de la obligación moral otorgue alguna eficacia
adicional a la sanción interna, considero que el principio utilitarista
ya puede disfrutar de este beneficio.
Por
otra parte, si, como yo creo, los sentimientos morales no son innatos sino
adquiridos, no son por ello menos naturales. Es natural que un hombre
hable, razone, construya ciudades, cultive la tierra, etc., aunque ello
implique facultades adquiridas. Los sentimientos morales no son, desde
luego, una parte de nuestra naturaleza en el sentido de encontrarse en
grado perceptible presentes en todos nosotros, cosa que tienen que admitir
forzosamente aquellos que creen con más fuerza en su origen
trascendental. Al igual que las demás capacidades adquiridas a las que
nos hemos referido anteriormente, la facultad moral, si bien no es parte
de nuestra naturaleza, es un producto natural de ella. Puede
desarrollarse, como las anteriormente citadas capacidades, en un
determinado grado, espontáneamente, siendo susceptible de alcanzar,
mediante su cultivo, un elevado grado de desarrollo. Desafortunadamente,
también es susceptible, mediante un uso suficiente de sanciones externas
y la fuerza de las impresiones primeras, de ser cultivado casi en
cualquier sentido, de modo que no hay nada, por absurdo y maligno que sea,
que no pueda hacer que actúe, mediante dichas influencias, sobre el espíritu
humano con toda la autoridad de la conciencia. El dudar de que pueda
conferírsele, utilizando los mismos medios, una fuerza igual al principio
de la utilidad, aun cuando careciese de fundamento en la naturaleza
humana, supondría dar la espalda a la experiencia.
Sin
embargo, las asociaciones morales que son totalmente una creación
artificial, conforme avanza el cultivo del intelecto, se rinden poco a
poco a la fuerza disolvente del análisis, de suerte que si el sentimiento
del deber cuando se asocia con la utilidad se presentase como igualmente
arbitrario, si no existiese una parte importante de nuestra naturaleza, o
alguna clase de sentimientos poderosos con los que pudiese armonizarse tal
asociación, y que nos hiciese sentirla como algo propio, inclinándonos
no sólo a desarrollarla en los demás (para lo cual contarnos con
bastantes motivos interesados), sino incluso a apreciarla en nosotros
mismos, si no existiese, en suma, una base sentimental natural para la
moralidad utilitarista, bien pudiera ocurrir que también esta asociación,
incluso después de haber sido implantada mediante la educación, pudiera
desvanecerse mediante el análisis.
Sin
embargo, esta base de sentimientos naturales potentes existe, y es ella la
que, una vez que el principio de la felicidad general sea reconocido como
criterio ético, constituirá la fuerza de la moralidad utilitarista. Esta
base firme la constituyen los sentimientos sociales de la humanidad –el
deseo de estar unidos con nuestros semejantes, que ya es un poderoso
principio de la naturaleza humana y, afortunadamente, uno de los que
tienden a robustecerse incluso sin que sea expresamente inculcado dada la
influencia del progreso de la civilización.
Fragmento
13. Ibid.
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La descripción que Mill
hace del origen y naturaleza del sentimiento de la humanidad puede servir
como conclusión adecuada a su exposición del principio de la mayor
felicidad.
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El
concepto profundamente arraigado que todo individuo, incluso en el
presente estadio, tiene ya de sí mismo como ser social, tiende a hacerle
experimentar que uno de sus deseos naturales es el de que se produzca una
armonía entre sus sentimientos y objetivos y los de sus semejantes. Si
las diferencias de opinión y de cultura intelectual hacen que le sea
imposible compartir los sentimientos reales de los demás tal vez incluso
le hagan condenar y rechazar tales sentimientos –sin embargo, tiene que
ser consciente de que su objetivo real y el de los demás no son
excluyentes–. Es decir, tiene que comprender que no se opone a lo que
los demás realmente desean con vistas, pongamos por caso, a su propio
bien, sino que, por el contrario, está contribuyendo a su consecución.
En la mayoría de los individuos este sentimiento es mucho menos profundo
que los sentimientos de tipo egoísta, y a menudo se carece de él por
completo. Mas, quienes lo experimentan, son poseedores de algo que
presenta todas las características de un sentimiento natural. No lo
consideran como una superstición fruto de la educación, o una ley
impuesta despóticamente por la fuerza de la sociedad, sino como un
atributo del que no deberían prescindir. Esta convicción es la sanción
última de la moralidad de la mayor felicidad. Ella es la que hace a
cualquier mente a la que acompañen sentimientos bien desarrollados
trabajar conjuntamente con, y no en contra de, los motivos exteriores que
nos llevan a preocuparnos de los demás, motivos que son promovidos por lo
que yo he denominado sanciones externas. Cuando no existen estas últimas
sanciones, o actúan en dirección opuesta, la convicción mencionada
constituye en sí misma una poderosa fuerza interna vinculante, que guarda
proporción con la sensibilidad y madurez del individuo. Sólo aquellos
que carecen de toda idea de moralidad podrían soportar llevar una vida en
la que se planease no tornar en consideración a los demás a no ser en la
medida en que viniese exigido por los propios intereses privados.