ABSTRACT: I criticize the liberal
foundations of democracy on two counts: (1) the impossible defense
of a "neutral" model of the state; and (2) the
individualist foundation of its moral and political philosophy. I
suggest as well that political liberalism reduces the emancipatory
chances of the democratic project by pursuing the goal of Hobbes.
Leviathan-that is, by seeking to establish a well-ordered society
that endorses an overlapping consensus favoring the ruling classes.
The guiding dictum of the "demoliberal" theory seems to
be-to paraphrase Adam Smith and Hegel-the invisible hand which
regulates the market is the cunning reason of democracy, or, the key
of its governability. Are we approaching the end of history as
longed for by Fukuyama? I will analyze the premises which sustain
his thesis.
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El 'triunfo' de la democracia liberal se ubica en un momento
de crecientes desacuerdos acerca de su naturaleza. Algunos de éstos
se relacionan con uno de sus supuestos claves, a saber: la
neutralidad del Estado. ¿Podrían convivir en él diferentes
modos de vida y concepciones del bien?, y si la respuesta es sí, ¿cómo
garantiza un Estadoneutral esta coexistencia, sin
favorecer a un grupo, sobre todo si se considera que dicho grupo lo
amerita?. Numerosos filósofos liberales arguyen que, tal
"neutralidad" no significa el abandono de una teoría
sustantiva del bien, sino, más bien, que ella garantiza -a través
de un overlapping consensus,en torno a un conjunto de
valores específicos, calificados como "los principios de la
justicia" (Rawls)- que la aplicación de este modelo sea "equitativo"
y 'efectivo'.
Sostengo, que no son los valores mínimos 'abstractos',
universalmente compartidos, los que se asumen como el telos de
la teoría 'demoliberal', sino que su objetivo es, en realidad, la
implantación de una "sociedad rectamente ordenada",
regida por las 'leyes del mercado' o, en su defecto, por una suerte de
racionalidad instrumental, que considera al debate público
como totalmente fútil. Queda eliminada ('neutralizada') toda
posibilidad de disenso -elemento fundamental del pluralismo democrático-
en aras de la consecución de un consenso rutinario y acrítico,
'necesario' para mantener la gobernabilidad de la democracia
formal..
¿Asistimos a la creación de un Leviatán sui generis?
¿Estamos arribando al "FIN DE LA HISTORIA" de Hegel
y Fukuyama?. Este pareciera ser el dictum de la parousia
neoliberal.
En este trabajo enunciaré las premisas que sustentan esta tesis.
II.
Para el modelo liberal de democracia el éxito de su programa político
depende de su capacidad de diseñar una sociedad autoregulada,
que excluya el ejercicio de la política por parte de los ciudadanos.
En ella, todas las cuestiones controvertidas puedan ser omitidas de la
agenda con el fin de crear las condiciones de un consenso "racional".
Así, ya en los años '50, Robert Dahl
-Rawls ante-litteram-
podía afirmar que: "la política es ... la manifestación
superficial, que representa conflictos superficiales. Antes de la política,
... envolviéndola, ... condicionándola, ... se encuentra el consenso
subyacente sobre la que ... existe en la sociedad....". A
través de éste, las disputas por las alternativas políticas
lograron ser suprimidas, dentro de un amplio margen de acuerdo básico.
(1)
De allí que no tenga nada de extraño la apatíade los
ciudadanos, ese apoliticismo que resulta, frecuentemente, en el
alto índice de abstención electoral o el sí, cuando se tratade convocatorias a referenda.
La deliberación de los ciudadanos sobre los asuntos públicos es
sustituida por la negociación entre grupos; es decir, por la
competencia 'libre' entre actores colectivos, la cual es desigual
debido a una distribución de los recursos regulada por los
imperativos del mercado. Ello ha conllevado a filósofos, como
Habermas, a concluir que tal estrategia de "colonización",
por parte del liberalismo, propende a la pérdida de la
autodeterminación política y de la libertad civil, en vista de las
avanzadas estructuras del capitalismo tardío. (2)
Por consiguiente, si la 'necesidad' de la ingobernabilidad y de la colonización
pueden ser resumidas en la breve fórmula: "omnipotencia del
Estado / impotencia de los ciudadanos", entonces la relación
entre libertad, mercado y Estado, en las sociedades democráticas,
debe ser dirimida.
El neoliberalismo nos ofrece una imagen de la convivencia humana de
la cual han desaparecido el derecho a disentir, al reclamo y a la
desobediencia civil, valores que constituyen ilcuore de
la Democracia. Nos encontramos frente a una concepción tecnocrática
de la vida, cuyos imperativos -coadyuvados por la economía de
mercado- penetran cada vez más en el modus vivendi de las
personas y regulan, hasta en los menores detalles, sus performaciones.
Dicho de otra manera, el modelo elitista de democracia concibe
a la política como un instrumento puesto al servicio de los
fines privados de los 'ciudadanos' y para la defensa de sus 'derechos'
subjetivos. (3)
El individualismo que subyace a esta formulación es el mismo que
opera en la base del contractualismo hobbesiano y kantiano, pero, a
diferencia del modo como era asumido por estos filósofos, ahora se
concibe al "individuo", no como un sujeto autónomo, capaz
de orientarse por fines generalizables en la vida pública, sino como
un sujeto al que sólo le importa su vida privada y que, por tanto, sólo
participa en la esfera pública si esta acción le resulta rentable qua
individuo. Tal es la posición, por ejemplo, de Joseph A. Schumpeter, para quien la vida política se reduce a un "mercado",
dentro del cual los dirigentes elaboran 'ofertas' consistentes en
programas que son 'comprados' por los electores ("consumidores
políticos"), a través de sus votos o prebendas políticas. (4)
La democracia sería, entonces, un mecanismo estabilizador (sociedad
'rectamente' ordenada) por medio del cual los ciudadanos (la masa)
eligen aquellos 'expertos' que los gobierne a fin de que satisfagan
sus necesidades particulares.
Frente a esta concepción liberal de la democracia, han surgido
recientemente toda una gama de planteamientos críticos, que se conoce
como "Corriente comunitarista", (5)
según la cual la democracia es una forma de vida, valiosa por
sí misma,puesto que fomenta en los individuos su capacidad de
orientarse hacia el bien común. En las versiones aristotélico-comunalista
de Alaisdair MacIntyre, cívico-republicana de Michael Sandel,
multiculturalista de Charles Taylor o egalitario-pluralista de Michael Walzer, la cimentación de la democracia de los ciudadanos se
lleva a cabo perfilando una cultura política y una praxis
comunicativa capaces de promover las libertades, derechos cívicos
y relaciones de solidaridad, más allá de los marcos legales
formales.
Son dos paradigmas antagónicos de democracia, fundamentados en
concepciones diferentes del hombre; y, correlativamente, por lo tanto,
de dos conceptos de libertad, por decirlo con Isaiah Berlin y,
sobre todo, con Benjamin Constant: la postulada por los modernos -la libertad
civil (i.e: burguesa, en el más claro sentido marxista)-
que consiste en el disfrute apacible de la independencia privada, y la
política -heredada de los griegos- que ahora tiene el papel
subordinado de intentar garantizar la libertad civil. Y, concluye Constant: "precisamente porque ha nacido un nuevo concepto de
libertad, hace falta una forma de organización distinta a la que
convenía a la libertad de los antiguos; es decir: nace el sistema
representativo"; (6) es
decir, la democracia elitista al servicio de los intereses económicos.
Ciertamente, la representación constituye una mediación: vincula
a la ciudadanía con sus delegados y, sin embargo, los separa. De
hecho, la naturaleza de ese vínculo evoluciona hasta consolidar una
de las condiciones de la mediación a expensas de la otra, pues
comienza siendo un mandato 'imperativo', como resultado de la aclamación
espontánea de la voluntad popular, y termina por convertirse en un
mandato 'representativo', es decir, sólo formalmente vinculante, que
permite, en la práctica, al delegado defender los intereses de su
grupo, en lugar de los intereses del universo de sus electores. Esto
se debe a que 'el consenso' no puede ser pleno y que algunas 'anomias'
deberán ser proscritas, pero los liberales justifican ese tipo de
exclusiones alegando que ellas se fundamentan en un 'acuerdo libre',
alcanzado a través de procedimientos racionales (el velo de la
ignorancia o la acción comunicativa). Es así como, la
razón se convierte en el mejor instrumento para eliminar a
los adversarios, sin menoscabar la 'neutralidad' del Estado.
Este enfoque fue ampliamente desarrollado por Charles
Larmore,
quien se abocó a formular una "justificación neutral de la
neutralidad política que se fundamenta en una norma universal de diálogo
racional". (7) Como 'el
segundo' Rawls, postula la creación de un consenso traslapado
que se fundamente en normas ampliamente aceptadas en las sociedades
occidentales modernas y que sea capaz de reducir todas las funciones,
competencias y esferas de actividad pública al estado de derecho, al "gobierno
de las leyes y no de los hombres",como decía la
Constitución de Massachusetts.
Bajo esta perspectiva, las normas jurídicas pasan a ser el
fundamento de la vida social, de forma tal que la dimensión
decisional de la política se disuelva bajo la 'soberanía de la
ley'. A tal efecto, el objetivo originario del liberalismo
consistiría en encontrar valores standard compartidos,a partir de los cuales se logre 'neutralizar' el poder del
Estado y se rutinice la convivencia política entre las distintas
manifestaciones de la vida social y cultural de un país. Se trata,
arguye Larmore, de identificar la neutralidad con una concepción
moral mínima capaz de proporcionar un denominador común para
visiones discordantes de la "vida buena". Tarea que conducirá
a nuestro autor -sin mostrar cómo infiere los explanans- a
enunciar dos principios que todos compartirían: el diálogo
racionaly el trato igualitario entre personas. (8)
Empero, el concepto de sujeto que subyace a estas normas no
precisa ser el de persona autónoma; es decir, aquel que se
adecua al modelo constructivista kantiano de Rawls, sino que basta con
que sea un ser capaz de pensar y actuar de manera 'razonable'. Así,
según Larmore, no tiene sentido indagar cuáles han podido ser los
motivos que inducen a un individuo a actuar de cierta manera, lo que
realmente importa es que el sujeto esté siempre dispuesto a dialogar
y a conceder. La plausibilidad de esta condición se basa en que las
personas no sólo sienten la obligación de acatar las normas
vigentes, sino que proceden espontáneamente de acuerdo a ellas ya que
las han ido introyectando a través del tiempo. Por lo tanto, bastaría
con constatar este hecho 'trivial' para convencer a los críticos
comunitaristas del individualismo de que pueden apoyar un orden político
liberal sin tener que renunciar a sus valores más apreciados: la
tradición y el sentido de pertenencia. ¿Será que estamos retornando
a la era -hoy demodé- de las 'narrativas' metafísicas?.
No creo que el liberalismo logre encontrar mínimos compartidos,
porque -a la vista de los conflictos teóricos y prácticos que se
producen, incluso en las democracias occidentales- no parece
vislumbrarse principios sobre los cuales nadie discrepe, a menos que
sean entendidos en un sentido tan vago que no signifique nada para la
acción.
Es así como los demoliberales, bajo la presunción de que están
apelando a una posición imparcial, exponen su 'paradigma' como
la implementación de un orden consensual, que les permite mantener al
margen a los que se oponen al 'diálogo racional'. Pero la realidad es
otra, los excluidos no desaparecen y, como sus posiciones han sido
declaradas 'no razonables', el problema de la neutralidad queda
sin resolver.
Rawls, por su parte, atento a las críticas que le hicieran a su
primera obra, ha matizado sus 'imperativos categóricos
procedimentales' ("la posición original",
etc.) para recurrir a nuevos constructos teóricos más 'pragmáticos'.
Por ejemplo, ahora redefine la"justicia como
equidad" sobre la base de un consenso razonable en una
sociedad pluralista. Reconoce, ahora, que su teoría no puede ser
transhistórica, sino que es la respuesta a una pregunta específica: ¿qué
concepción de la justicia es más apropiada para realizar el valor de
la libertad y de la igualdad en las instituciones básicas que operan
en sociedades multiculturales?. Sin embargo, no se percibe en su
nueva posición un cambio de fondo. Valores como la 'libertad' y la
'equidad' siguen siendo tan básicos,que quedan automáticamente
excluidos de la interacción comunicativa (i.e. son trascendentales),
siguen siendo, para él, ideas 'autoevidentes' e 'indiscutibles',
inherentes a nuestra cultura.. Pero, si miramos en la historia y a
nuestro alrededor, no son para nada patentes. Lejos de ser el producto
de una constatación adecuada, son el resultado de una decisiónque, desde el primer momento, excluye del 'consenso' a
quienes creen que los contenidos, que deberían orientar el orden político,
son otros.
No obstante, Rawls sigue ignorando estas objeciones al considerar
que los principios por él enunciados son incólumes porque
proveen el único criterio de razonabilidad moral. No sólo
parece que se olvidara del papel que desempeña la fuerza del poder
establecido en la preservación de las normas e instituciones que están
a la base del overlapping consensus, sino también exige que éste
se mantenga inmune frente a toda influencia externa; es decir: excluir
la posibilidad de que algún disenso se transforme en oposición
activa, en el ámbito de la esfera pública; ya que, para Rawls, un
sistema es legítimo cuando aquellos que moran en él, no encuentran
fundamento para quejarse contra el modo en el que la estructura básica
de ese sistema fija su punto de vista; y no sienten que tienen
justificación moral para negar la cooperación requerida, tratando de
subvertir sus resultados, o tratando de derribarlo, si cuentan con el
poder para llevarlo a cabo. (9)
Como Hobbes en el siglo XVII, Rawls considera que una sociedad
bien ordenada es aquella en la que existe un acuerdo
firmemente estructurado en torno a las disposiciones políticas y una
coincidencia racional entre los individuos y sus instituciones.
El pluralismo que ambos no tendrían dificultad en defender sólo
reside en la esfera privada y queda restringido a las cuestiones
morales y económicas, siempre que éstas no interfieran con la neutralidad
del sistema'democrático'. Sería, por tanto, éticamente
preferible -y condición de legitimidad política- si los principios
generales que gobiernan las razones personales pudiesen ser
restringidos, a fin de que se considerasen soluciones o distribuciones
de ventajas y desventajas que nadie podría rechazar razonablemente.
III.
En lugar de que la moral sea como la política en su sensibilidad
al equilibrio de poder, los liberales procuran que la política sea
parecida a la moral en su intento de lograr una aceptación unánime.
Esta es, a mi juicio, una perspectiva que puede resultar peligrosa,
que pudiera aprovechar más de un representante de los
fundamentalismos laicos y religiosos para sus funestos fines. Todo
discurso comprometido con la democracia debería proceder con cautela
frente a cualquier proyecto cuyo telos sea alcanzar un consenso unánime
(v.g. 'neutralizante').
Sostengo que una posición pluralista democrática no puede aspirar
a establecer, de una vez y para siempre, los principios y
disposiciones definitivas que deberían aceptar los miembros de una sociedad
'rectamente' ordenada. La diversidad no puede ser confinada a la
esfera de lo privado y es una ilusión creer que bajo estas
condiciones sea posible crear una esfera pública caracterizada por
una argumentación racional no excluyente y en la que se podría
alcanzar un consenso no coercitivo. En vez de intentar erradicar los
conflictos -y, en general, el quehacer político-, la democracia
pluralista y participativa precisa colocarlos en el primer plano de su
atención; plasmarlos de modo que puedan acceder al ámbito del
discurso, de la praxis comunicativa.
Abordada desde esta perspectiva, la cuestión del pluralismo
es, ciertamente, bastante más compleja de lo que la mayoría de los
demoliberales están dispuestos a reconocer. Éste no puede ser sólo
considerado en términos de sujetos ya existentes y restringidos a sus
concepciones del bien. Es imprescindible tomar en cuenta el proceso
mismo de constitución de los miembros que integran las sociedades
multiculturales. Por ello, la construcción de un ámbito público
realmente democrático, definido por las múltiples e
interdependientes instancias de deliberación y toma de decisiones y
orientado por los imperativos de la acción política -no sólo la
vertical "hacia abajo", sino también la vertical
"hacia arriba" y la horizontal- debe asumir, como una de sus
líneas maestras de acción, la formación de los ciudadanos como
sujetos moralmente autónomos, solidarios y críticos. Tal vez así,
se logre que la participatición de la ciudadanía,en
la construcción de su destino, sea instrumentada por medios tales
como: el diálogo, la tradición compartida, la libre negociación,
el respeto y consideración de los disensos, etc.
En suma, considero que un proyecto de democracia radical y plural
debe tener en cuenta lo público como esfera del discurso y de
la acción (Arendt) del diálogo y del conflicto; para poder asumir
creativamente las consecuencias de la irreductible pluralidad de
valores. Al igual que los defensores del 'liberalismo político',
también quisiera ser testigo de la creación de un amplio consenso en
torno a los principios de la democracia pluralista. Pero, no creo que
tal consenso debería estar basado en la adopción de procedimientos racionales,
como elvelo de la ignorancia (Rawls) o por un diálogo
neutral de 'trato igualitario' (Larmore), que podrían ser
utilizados sólo por aquellos actores que se comprometan, a-priori,a manifestar un punto de vista imparcial. La verdadera
tarea, a mi entender, es fomentar la solidaridad crítica a
aquellos canales de participación ciudadana, (10)
cuya legitimidad se fundamenta en el desarrollo de espacios político-culturales
que constituyen "posiciones inter-subjetivas", en tantas
relaciones sociales como sea posible, enarbolando como "fusión
de horizontes": la puesta en práctica de los valores de la
democracia.
NOTAS
(1) DAHL, R.: Un Prefacio a la Teoría Democrática,
E.B.U.C., Caracas, 1988, pp. 173-174.
(2) Véase, HABERMAS, J.: Problemas de legitimación en el
capitalismo tardío, Edit. Amorrortu, Buenos Aires, 1975, passim.
Esta deficiencia ¿congénita? de la democracia se debe principalmente
-según Habermas- a la emergencia avasallante del Estado social de
Derecho y su correlativa estructura parlamentaria de gobierno.
(3) He abordado este tema en algunos artículos recientes. Véase,
por ejemplo, KOHN, C.: "Los substratos metafísicos de la Teoría
demo-liberal." en Contrastes, Revista Interdisciplinar de
Filosofía (Universidad de Málaga), Vol II; (1997) pp. 145-162.
(4) Véase, SCHUMPETER, J. .A.: Capitalismo, socialismo y
democracia (1942), Edit. Orbis, Buenos Aires, 1983, pp. 311-312;
321-325 y 343-349.
(5) Para una excelente, y muy amena, exposición sobre los
argumentos del debate 'Liberal-Comunitarista', Véase, BELL, D.: Communitarianism
and its Critics, Clarendon Press., Oxford, 1996, passim.
(6) Véase, CONSTANT, B.: "De la libertad de los antiguos
comparada con la de los modernos" en Escritos políticos,
Edit. Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1989, pp. 283-284.
y BERLIN, I.: Libertad y necesidad en la historia, Edit.
Revista de Occidente, Madrid, 1974, pp. 133-182.
(7) LARMORE, Ch.: Patterns of Moral Complexity, Cambridge
Univ. Press., Cambridge, 1987, p. 53.
(8) LARMORE, Ch.: "Political Liberalism", en Political
Theory, Vol. 18, Nº3, 1990. p. 354. El propio Rawls no tiene
empacho en recoger como suyos estos planteamientos de Larmore. Véase,
RAWLS, J.: Liberalismo Político, F.C.E., México, 1995, p.
187. (énfasis mío)
(10) Sobre la sustanciación de la solidaridad como valor supremo
de la Democracia; véase, KOHN, C.: "Solidaridad y Praxis
comunicativa: Premisas para la formulación de una nueva teoría de la
democracia" (presentada en el XIII Congreso Interamericano de
Filosofía, Universidad de Los Andes de Bogotá, 4-9 de julio, 1994),
en:
(11) GUTIÉRREZ, C.B.: El trabajo filosófico de hoy en el
continente, Edit. ABC, Bogotá, 1995, pp. 941-947.