Pablo
Guerra.
Universidad de la República y Universidad
Católica del Uruguay.
ABSTRACT: El
trabajo tiene como objeto presentar algunas de las principales
corrientes de pensamiento de la historia contemporánea. Como se
comprenderá, la selección de estas corrientes, así como su
delimitación en el tiempo, son tareas riesgosas. ¿Desde cuándo
consideramos que los diversos autores forman parte de la
contemporaneidad?, ¿qué corrientes priorizar en el tratamiento y qué
razones daremos para dejar otras de lado?. Justamente en este trabajo,
publicado meses atrás y finalizado en octubre de 2003, intentaremos dar respuestas a estas
interrogantes.
...........................................
CAPÍTULO I:
La revolución industrial y el origen de
la economía de mercado
A nuestros efectos hay un fenómeno histórico que por sus
características y consecuencias, creemos que notoriamente marca un
antes y después no solo en la historia del pensamiento social y
político, sino además, y fundamentalmente, en la forma de organizarnos
socioeconómicamente como civilización humana. Ese hecho histórico, a
partir del cuál podemos entender a las corrientes del pensamiento
contemporáneo, es sin duda la revolución industrial. Como veremos en
la nota central, las consecuencias sociales y económicas de la
revolución industrial dieron lugar al origen de las ciencias sociales
y económicas. Es así, por ejemplo, que Adam Smith escribe su
influyente ensayo sobre “La Riqueza de las Naciones” –reconocido casi
unánimemente como fundador de la ciencia económica- en el año 1776; en
tanto Saint Simon y Comte comienzan sus análisis del “industrialismo”,
sobre principios del Siglo XIX, abriendo con sus escritos, todo un
hilo conductor fundante de la sociología, que recorrerían entre otros,
Spencer, Marx, Durkheim, Tönnies y Weber.
La crisis que este
hecho histórico generaría, no quedaría circunscripto a teorizaciones
en el marco de las nacientes ciencias sociales, sino que también
darían lugar a reflexiones filosóficas y sociales, además de
experiencias concretas de organización política, social y económica
que solo comprendidas en su conjunto, pueden considerarse como el piso
sobre el cuál se fueron constituyendo verdaderas corrientes con
influencia en la historia concreta del mundo entero durante los siglos
XIX y XX. De esta manera, socialismo utópico, liberalismo, marxismo,
anarquismo, socialcristianismo, fascismo, socialdemocracia,
neoliberalismo, comunitarismo, etc., se constituirán en algunas de las
corrientes sobre las que reflexionaremos en próximas entregas.
La Revolución
Industrial
Valgan dos precisiones iniciales sobre
la revolución industrial. En primer lugar, digamos que ésta es un
hecho histórico concreto que podemos ubicar en un lugar y momento
preciso: Inglaterra, en la segunda mitad del siglo XVIII, de tal
manera que la difusión y desarrollo en otros contextos espacio –
temporales deberán ser reconocidos como “procesos industrializadores”.
En tal sentido, Francia tuvo el suyo en la primera mitad del siglo
XIX; Alemania y Norteamérica en la segunda mitad; Rusia a fines de
siglo; en tanto América Latina, lo hizo fundamentalmente entre
principios y mediados de este siglo.
En segundo lugar digamos que más que una
Revolución Industrial, hubo una “Revolución Industrial y Agraria”, en
el sentido que ocurrieron cambios importantes en el ámbito de las
manufacturas, pero también los hubo, y de gran significación, en el
plano de la transformación de las condiciones de vida en las áreas
agrícolas. Condiciones de vida, que estuvieron básicamente inalteradas
durante alrededor de cuatro mil años.
En ese sentido, siguiendo a Toynbee y
Sombart, tenemos que los grandes cambios del sistema agrícola,
industrial y social en general fueron, entre otros:
·la
destrucción del sistema medieval de cultivo de la tierra
·el
vallado de las tierras comunales y sin cultivar para su explotación
individual y la concentración de las pequeñas explotaciones formando
otras mayores
·el
constante y rápido crecimiento de la población a partir de la década
de 1750
·la
disminución de la población agrícola que se traslada al medio urbano.
Algunos logran insertarse laboralmente y otros engrosan los primeros
“cinturones de pobreza” en las ciudades.
·la
paulatina y constante sustitución del sistema doméstico de producción,
por el sistema fabril
·el
incremento de las fábricas por la introducción de las máquinas y la
expansión del comercio como consecuencia del desarrollo de las
comunicaciones.
Llegado a este punto, sin embargo,
todavía no hemos visto la principal característica de la revolución
industrial. En efecto, todos los fenómenos reseñados son de alguna
manera secundarios y subalternos al cambio más fundamental: el
desarrollo de la economía de mercado.
Sociedad Industrial
y hegemonía de la economía de mercado.
Según la tesis de Karl Polanyi, la
economía de mercado fue hasta la revolución industrial una institución
minoritaria y apenas incidental en la vida de las diferentes
civilizaciones, estando la economía por lo general, sumergida a las
relaciones sociales que ocurren entre los hombres. En ese sentido,
tanto en una pequeña comunidad como en una vasta sociedad despótica,
el sistema económico será administrado por motivaciones no económicas.
Los etnógrafos modernos, por su parte, parecen convenir en algunas
características comunes a las sociedades pre-industriales: ausencia de
motivación de ganancia; ausencia del principio de trabajar por una
remuneración; ausencia del principio del menor esfuerzo; y ausencia de
"cualquier institución separada y distinta basada en motivaciones
económicas".
La Revolución , sin embargo, con el
surgimiento de las máquinas y la producción fabril, desataría el
desarrollo y posterior hegemonización de las lógicas mercantiles. La
explicación, dada en forma simple es que solo podrán costearse las
máquinas por el comerciante si éstas son capaces de producir grandes
cantidades de bienes. Los bienes a su vez deben tener asegurado un
mercado para las ventas. Para ello es necesario contar con todos los
factores necesarios en la producción. Estos, a su vez, deberán estar
disponibles en la cantidad necesaria para quien quiera comprarlos. Y
eso solo es posible con un mercado de bienes, y de hombres
trabajadores que funcione sin interferencias ni regulaciones, en fin,
con un mercado autoregulado.
Bajo el sistema feudalista, la tierra y
la mano de obra formaban parte de la propia organización social. La
tierra, por ejemplo, era el elemento central del orden feudal y de las
instituciones de la época: todo lo referido a su propiedad,
administración, etc., estaba alejado de la lógica de la compra y la
venta, y sometida a un conjunto de regulaciones institucionales
enteramente diferentes.
Lo mismo sucedía con la mano de obra:
con el sistema gremial las relaciones del maestro - oficial -
aprendiz; y sus salarios, estaban regulados por las costumbres y leyes
del gremio y la ciudad. Ejemplos en el campo jurídico de salvaguardar
a la tierra y el trabajo del circuito mercantil fueron el Estatuto de
Artífices (1563) y la Ley de Pobres (1601), además de las políticas de
anticercamientos de los Tudor y los primeros Estuardo en Inglaterra.
Justamente todas estas instituciones dejarían de funcionar con el
advenimiento de la economía de mercado.
Esto significa que recién en el Siglo
XIX la sociedad se subordinó a la economía; o dicho con palabras de
Polanyi, "una economía de mercado solo puede existir en una sociedad
de mercado". En ese caso, todos los componentes de la economía,
incluida la tierra y la mano de obra, estarán incluidos en el sistema
de mercado, o dicho de otra manera, todos los factores de
producción serán considerados mercancías destinadas a la venta, y
sujetas al mecanismo de la oferta y demanda. De esta forma,
tierra, mano de obra y dinero deben organizarse en mercados. Esto a
pesar que la tierra y la mano de obra no son mercancías; ni siquiera
el dinero que es un símbolo del poder de compra que por lo general no
se produce, sino que surge a través del mecanismo de la banca o de las
finanzas estatales.
Conscientes de la crisis generada por
esta “dislocación social”, las grandes masas populares comienzan a
crear sus espacios de lucha contra el mercado autoregulado,
constituyendo por ejemplo, el moderno sindicalismo.
Es en este marco que se origina una
fuerte disputa acerca de cómo debería volver a organizarse una
sociedad que de esta manera mostraba enormes signos de crisis. La
historia de las ideas del siglo XIX, que comenzaremos a repasar a
partir del próximo número serán testigos de esa disputa.
CAPÍTULOS II: El
viejo liberalismo
Una
corriente compleja.
Decimos que el liberalismo es una corriente especialmente compleja
por varias razones. En primer lugar, es una corriente que ha
influido en tres de las dimensiones fundamentales del pensamiento
contemporáneo, esto es, la política, la filosofía y la economía. Se
comprenderá entonces cuán complejo es unificar criterios entre
postulados tanto de políticos como filósofos y economistas.
En
segundo lugar, el liberalismo es una corriente que hunde raíces al
menos en el siglo XVII, y que desde entonces ha venido desarrollando
sus ideas hasta hoy en día. Esto hace que tengamos que distinguir
viejos y nuevos liberalismos, agregando un nuevo elemento de
complejidad.
En
tercer lugar, el liberalismo se ha transformado en una corriente
compleja por la simple constatación de que subsisten notorias
diferencias internas entre sus adeptos. Por ejemplo, así como en el
siglo XVIII había liberales demócratas, hubo otros que jamás
creyeron en el sufragio universal; en los tiempos que corren, por su
lado, hay liberales que creen en las bondades de cierta intervención
estatal y otros que persiguen un Estado de tipo laissez-faire.
Finalmente, y sin ánimo de descartar otras razones, el liberalismo
se distingue por ser una corriente más difusa que otras en cuanto
no se la puede vincular a un autor determinado, sino a varias
fuentes dispersas en el tiempo y en el espacio. Fruto de lo
anterior, resulta que el liberalismo es quizá la corriente más
compleja de todas las que iremos desarrollando en esta sección de
“corrientes del pensamiento contemporáneo”.
No
sorprende entonces que entre los propios liberales existan
dificultades para ponerse de acuerdo acerca del alcance y los
límites de sus propuestas. Para descomplejizar en algo este
panorama, podemos hacer una primer distinción entre el viejo y nuevo
liberalismo; así como entre liberalismo político y liberalismo
económico. Estos distingos, sin embargo, no deben llevarnos a pensar
que, por ejemplo, liberalismo político y liberalismo económico son
dos corrientes disímiles. Más bien creemos que tienen una raíz en
común, como veremos luego.
Por
lo demás, en esta ocasión nos detendremos en el viejo liberalismo,
esto es, en sus orígenes y primer desarrollo. En otra ocasión nos
referiremos al neo-liberalismo.
Origen y características.
El
liberalismo irrumpe en la historia de las ideas, con el afán de
poner límites al totalitarismo y abuso del poder centralizado de los
estados absolutistas que habrían caracterizado a las monarquías
europeas, sobre todo hasta la Constitución Inglesa primero y la
Revolución Francesa luego. Asoman como particularmente importantes
en tal sentido, las obras de John Locke (1632-1704) y el varón de
Montesquieu (1689 – 1755). El primero, en medio de la fermental
polémica sobre los alcances de la soberanía popular y formas de
gobierno en la Inglaterra del Siglo XVII, haría hincapié en su
Tratado sobre el Gobierno Civil (1690), en el concepto de la
soberanía popular, la libertad religiosa y la separación entre
Iglesia y Estado, rechazando el Derecho Divino y las prerrogativas
de un Estado totalitario. El segundo mientras tanto, en El
espíritu de las Leyes (1748) abogaría por algunas instituciones
fundamentales en la Declaración de Derechos del Hombre, como ser la
separación de los poderes y el rol de los cuerpos intermedios.
Estas posturas serán reforzadas por notorias voces del siglo XVIII
que defenderán los derechos individuales y la libertad en
todas sus expresiones, principios básicos que distinguieron
desde entonces a todo liberal. Es en estas materias que comienzan a
vincularse los principios políticos y económicos del liberalismo, en
el marco de las primeras transformaciones ocurridas con la
revolución industrial. Voltaire, por ejemplo, en sus Lettres
anglaises señalaría categóricamente que “el comercio, que ha
enriquecido a los ciudadanos de Inglaterra, ha contribuído a
hacerlos libres, y esta libertad a su vez ha dilatado el comercio,
formándose así la grandeza del Estado”. He aquí la esencia del
liberalismo económico y político: la libertad de comercio y la
libertad del individuo van de la misma mano, y se transforman en
palanca del bienestar general.
La
exacerbación de los beneficios de la libertad individual, conduce
luego a fomentar ciertas conductas egoístas. El utilitarismo liberal
ha sido muy preciso en ese sentido. Mandeville, por ejemplo, en su
Fábula de las Abejas (1723), concluye que los vicios de los
individuos son un beneficio para la sociedad: si todos nos
comportamos de forma egoísta e individualista, la sociedad en su
conjunto será la beneficiada. Se comprenderá como estas ideas han
contribuído a desarrollar el actual neoliberalismo. Otros autores
que siguieron esta lógica son Sir James Stewart, Jhon Millar,Vico, o
el más conocido Adam Smith.
Efectivamente, será Adam Smith (1723 – 1790), quien mejor
desarrollara los principios del liberalismo económico. En su célebre
obra de 1776, Ensayo sobre la naturaleza y las causas de la
riqueza de las naciones, sentaría las bases de la visión liberal
de las ciencias económicas, al hacer hincapié en la concurrencia
entre el interés individual y el interés general, la
propiedad privada, y el origen de la riqueza por medio de la
división del trabajo. “No esperamos
nuestra comida de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del
panadero; la esperamos del cuidado que ellos tienen de su propio
interés. No nos dirigimos a sus sentimientos humanitarios, sino a
su amor de si mismos, y jamás les hablamos de nuestras necesidades
sino de las ventajas que ellos sacarán”.
Estas ideas
entonces, que vinculaban con especial hincapié los derechos
individuales junto a la libertad en todas sus manifestaciones –incluídas
las económicas-, impulsadas primero por algunos aristócratas y luego
por la fortalecida burguesía industrial y comercial, se
transformarían en la corriente más importante del Siglo XIX. En tal
sentido, el liberalismo tuvo un particular suceso en la organización
sociopolítica y económica de Europa, de los Estados Unidos de
América, y también de nuestro continente latinoamericano.
Conviene precisar
sin embargo, que la absoluta libertad en materia económica sin
intervención del Estado (doctrina del laissez faire – laissez passer),
puesta en funcionamiento claramente en los mercados internos del
trabajo sobre mediados del siglo XIX, solo generaría un enorme caos
social y aumentos de la pauperización, lo que condujo nuevamente a
replantear la necesidad de las regulaciones por parte incluso de
algunos liberales.
A eso debemos
sumar que si bien se propugnaba la menor intervención posible del
estado al interior de las economías, el Siglo XIX se caracterizó por
políticas de férreo proteccionismo en materia de comercio exterior
por parte de las naciones más ricas.
El
liberalismo a la defensiva...
“Ya
en la década de 1830, el Parlamento inglés había empezado con
vacilaciones a promulgar leyes fabriles regulando las horas y las
condiciones de trabajo, aunque toda esa legislación limitaba la
libertad de contratación, y era pues contraria no solo a la
tendencia de la primera legislación liberal sino también a la teoría
generalmente sostenida de lo que debía ser la política liberal.
A medida que avanzaba el S. XIX, el volumen de la
legislación social creció gradualmente hasta que, en opinión de
observadores competentes, a fines del tercer cuarto del siglo, el
Parlamento había descartado efectivamente al individualismo como su
principio orientador y había aceptado el colectivismo.
El liberalismo, tal como se había entendido, estaba a la defensiva
y, mediante una curiosa anomalía, la legislación promulgada en
interés del bienestar social y, por lo tanto, de la mayor felicidad,
iba en contra de las ideas liberales aceptadas”.
(George Sabine: Historia de la teoría política, Cap. XXXI.).
CAPÍTULO III: El Socialismo Utópico
Entre los años
1760 y 1809 nacieron una serie de autores que influidos por los dramas
sociales originados por la revolución industrial, plantearían con
fuerza la necesidad de oponerse al individualismo promoviendo diversas
fórmulas asociativas y comunitarias, y divulgando por primera vez el
término “socialismo”. Serán Marx y Engels quienes -de forma algo
despectiva- se referirán a estos autores como “utópicos” en clara
oposición al “socialismo científico”. Lo hacían en referencia a
aquellos que, por el momento histórico en el que les tocó vivir, no
pudieron enfrentarse al pleno desarrollo de la industria, del
proletariado y de la lucha de clases. Sin embargo, como señala Buber,
"luego se aplicó el concepto sin distinción a todos aquellos que,
según Marx y Engels, no querían, o no podían -o no podían ni querían-
tomar en cuenta esos factores". Entre los autores más notorios haremos
hincapié especialmente en Robert Owen, Charles Fourier, Pierre-Joseph
Proudhon y Philippe Buchez.
Para Fourier, el trabajo debería
ser en sí mismo agradable y atractivo, además de beneficioso desde el
punto de vista económico. Para ello, este verdadero adelantado,
sostenía la tesis de que todo trabajador debería realizar más de una
tarea a los efectos de evitar la rutina en el trabajo. En las pequeñas
comunidades de Fourier, de hecho, cada trabajador tenía derecho a
elegir el trabajo que quisiera de acuerdo a sus necesidades. Las
comunidades, para ello, debían cumplir con una serie de requisitos: un
número ideal de 1600 personas, con una determinada cantidad de tierra
para explotar, un sistema de educación que permitiera que los niños
siguieran naturalmente sus inclinaciones, vida tan en común como las
familias quisieran (lo que habilitaba la propiedad privada), etc. Sin
embargo, en vida, Fourier nunca recibió apoyo económico para fundar
estas comunidades. De hecho, los primeros falansterios se
desarrollaron en Norteamérica, a influjo de Albert Brisbane
(1809-1890), quien logra fundar junto a otros discípulos de Fourier
algunos de éstos sin mayores éxitos, salvo en los casos en que se
basaron más en los lineamientos cooperativos propiamente dichos.
Robert
Owen fue uno de los verdaderos antecesores del movimiento
cooperativo, no sólo por lo que hizo en vida, sino también por el
hecho que algunos de sus discípulos fundaron la sociedad cooperativa
de los "Rochdale Pioneers". Este reconocido y atípico
empresario soñaba con comunidades de trabajo donde se disolviera por
completo la propiedad privada, lo que lo diferenciaba de Fourier
claramente. Otra de las diferencias es que para Owen la base de
producción debía ser agrícola, en tanto para Fourier era necesaria la
poliactividad productiva. Sus ideas, no obstante, se irían tiñendo de
notorias referencias religiosas (El nuevo mundo moral), lo que
lo alejaría de una reflexión más objetiva sobre las potencialidades
reales de las comunidades de trabajo. Entre las cientos de
cooperativas fundadas por Owen y William Thompson, entre 1825 y 1835,
destaca la idea oweniana de una "bolsa nacional" donde se
intercambiaban los productos por medio de "billetes de trabajo", idea
que vuelve a resurgir con fuerza en nuestros tiempos.
Philippe
Buchez puede ser considerado ciertamente el "padre del
cooperativismo francés". Siendo discípulo de Saint Simón, abandonó sus
tesis cuando aquel comienza a incursionar en el plano religioso.
Buchez, de fuerte formación católica, señala en su libro
Introduction à la science de l'histoire que la etapa de la
humanidad iniciada con la venida del cristianismo, estaba destinada a
desarrollar los valores de igualdad, fraternidad y caridad. La Iglesia
Católica, y las asociaciones de obreros y productores tendrían en tal
sentido un alto nivel de responsabilidad para que ello ocurriera así.
Su notorio acercamiento a las clases trabajadores queda testimoniado
con el periódico L'Atelier, "órgano de los intereses morales y
materiales de la clase obrera". Este órgano, que saldría entre 1840 y
1850, tenía por lema las palabras de San Pablo "el que no trabaja no
come". Buchez, es considerado por muchos, uno de los fundadores del
pensamiento social-cristiano, o socialista-cristiano, como se
divulgaba en la época.
Para Pierre Joseph Proudhon,
tanto el Estado como las asociaciones contribuían a limitar la
libertad del individuo. Para el autor de la "Filosofía de la Miseria"
la clave era la familia. Sin embargo, Proudhon salto a la fama por
algunas de sus consignas radicales ("La propiedad es un robo", "Dios
es el mal", etc.), las que sin embargo se relativizan una vez que se
conoce la obra suya completamente. Por ello es que Touchard señala que
"nada resulta más fácil que oponer a un texto de Proudhon otro de
Proudhon". De hecho, la propiedad privada era admitida por el autor,
sólo que criticaba duramente la forma en que era utilizada en la
época. A diferencia de otros autores del "socialismo utópico",
Proudhon era firme partidario del igualitarismo en la sociedad: "La
igualdad de las condiciones, he aquí el principio de las sociedades;
la solidaridad universal, he aquí la sanción de esta ley", declara en
su primer ensayo sobre la propiedad. Para este autor, la asociación
mutualista se erige como la posible solución de los problemas
sociales, en la cuál los miembros asociados se garantizan
recíprocamente "servicio por servicio, crédito por crédito,
retribución por retribución, seguridad por seguridad, valor por valor,
información por información, buena fe por buena fe, verdad por verdad,
libertad por libertad, propiedad por propiedad".
New
Harmony:
Los socialistas utópicos se
caracterizaron por ser tanto hombres de ideas como de acción. Entre
las experiencias concretas inspiradas en estas ideas, debemos citar el
caso de la comunidad New Harmony, fundada por Robert Owen en
EUA, año 1825. Se considera la comunidad de mayor influencia en el
siglo XIX a pesar de sus innumerables problemas.
New
Harmony fue pensada por Owen como un modelo
igualitario de organización social y económica en el que se pudieran
inspirar tantas otras experiencias. Si bien tuvo un buen comienzo,
las desavenencias pronto empezaron a minar la sustentabilidad del
proyecto que finalmente cede en el año 1827.
La semilla sin
embargo fue plantada, y desde entonces han sido muchísimas las
experiencias exitosas de vida igualitaria a nivel de pequeñas y
medianas comunidades que a lo largo de todo el mundo reconocen
inspirarse en los socialistas utópicos.
CAPÍTULO IV: El marxismo de Marx
Introducción.
Entendemos al
marxismo como el conjunto de elaboraciones teóricas y políticas que se
inicia con las obras de Karl Marx (algunas escritas en conjunto con
Federico Engels) y se continúan con los autores que -inspirados en su
paradigma- le siguieron a lo largo del Siglo XIX y XX, fundando una de
las corrientes de pensamiento más influyentes en la vida social y
política del mundo contemporáneo. Desde este punto de vista, podemos
hacer una primer clasificación entre el marxismo de Marx y el marxismo
posterior a la muerte del autor alemán. En esta entrega nos
referiremos a la obra de Marx.
La obra de Marx.
La obra de Marx es muy extensa, y por lo tanto
compleja. Desde nuestro punto de vista cobra relevancia el período que
va desde 1843, año en que
se hace comunista en París, hasta su muerte acaecida en 1883. Además
de extensa, su obra pretende ser pluridisciplinaria (con abordajes
desde la historia, economía, filosofía y sociología), además de
abiertamente política.
La amplitud de su obra ha llevado a
muchos a distinguir la etapa del Marx joven y del Marx maduro. La
primera incluye todos sus escritos realizados hasta 1848, aunque,
indudablemente los más interesantes son los que escribe luego de su
estancia en París, en 1843: “Crítica de la filosofía del derecho de
Hegel”, “Manuscritos de París”, y en conjunto con Engels, “La
Sagrada Familia”. También es de esta época “La Ideología
Alemana”, de 1846, que escribiera junto a Engels, y se publicara
por primera vez en ruso, en el año 1924. En esta obra, los dos autores
describen en forma muy clara su materialismo histórico. En 1847
publica “Miseria de la Filosofía”, donde intenta responder la
“Filosofía de la Miseria” de Proudhon. La última obra de este
período “joven” de Marx, es el panfletario e histórico “Manifiesto
Comunista” de 1848. Su segunda etapa está signada por una mirada
mucho más económica y sociológica que filosófica. Aquí debemos
rescatar la “Contribución a la crítica de la economía política”
de 1859, y su obra maestra de tres tomos,“El Capital” (1867),
de los cuáles solo el primero fue totalmente escrito por Marx, ya que
los dos restantes fueron completados por Engels. Su último gran
trabajo, es “la crítica del programa de Gotha”, esto es, el
documento de 1875 que da origen a la unión de los dos partidos
socialistas alemanes.
Se comprenderá que a lo largo y ancho de
estas obras, han sido muchas las elaboraciones propias del marxismo.
Entre ellas cabe mencionar especialmente al materialismo histórico.
El materialismo
histórico.
Esta elaboración tiene dos facetas. En
primer lugar se expresa como una teoría general de la dinámica y
estructura de cualquier modo de producción. En segundo lugar, es una
teoría evolucionista, en el sentido, que explica el paso de un modo de
producción a otro.
El Modo de Producción hace
referencia a la manera, la forma y precisamente el modo en que se
producen los bienes materiales en determinado momento histórico. Marx
nunca definió con precisión el término. Aún así, el mismo, suele hacer
referencia a la totalidad social global que es compuesta siempre por
una infraestructura y una superestructura; o dicho de otra forma, una
base económica (donde encontramos a las relaciones de producción y a
las fuerzas productivas), y una superestructura política e ideológica
(que en algunos textos denomina también “jurídica y política”).
Más allá de las diferencias que se
aprecian en sus obras, podemos resumir sus nociones evolutivas de la
siguiente manera: en cada modo de producción, se da al principio, una
correspondencia entre las relaciones de producción y las fuerzas
productivas. Luego, esa correspondencia se transforma en oposición,
cuando ocurre un desarrollo de las fuerzas productivas, lo que provoca
una revolución social, y el surgimiento de nuevas relaciones sociales
de producción, que conformarán un nuevo Modo. La explicación no
siempre es convincente: pensemos, por ejemplo, que en los Modos
previos al feudalismo, el desarrollo de las fuerzas productivas fue
muy marginal. Sin embargo, detengámonos en los nuevos conceptos.
Las relaciones sociales de producción,
son las relaciones que los hombres contraen entre sí con motivo de la
producción, resultante del tipo de propiedad dominante de los medios
de producción, de forma que vincula a los que poseen los medios, con
los productores directos. Las relaciones sociales en el modo
esclavista, distinguían a los dueños de los esclavos, generando una
relación de esclavitud; en el Modo feudal, distinguía al Señor de los
Siervos, originándose una relación de servidumbre; y en el Modo
capitalista, se distinguía al capitalista propietario de los medios de
producción, del obrero que vende su trabajo, originándose una relación
capitalista.
Las fuerzas productivas son las
que –en principio- determinan las relaciones sociales de producción,
lo que convierte al materialismo histórico en un determinismo
tecnológico. Implican a todos los bienes que utiliza el hombre para el
dominio de la naturaleza, o dicho de otra manera, todos los elementos
que el hombre necesita para la producción de cosas. En “El Capital”,
Marx distingue a las fuerzas materiales, creadas por el hombre; de las
fuerzas no materiales o humanas, el trabajo.
Marx ha señalado con contundencia que
las relaciones de producción son independientes de la voluntad de los
hombres; esto es, dependen del estado de las fuerzas de producción. En
su defensa al materialismo histórico, deja ver cómo la base económica
de la sociedad determina la superestructura política y jurídica. Sin
embargo aquí se abre una gran polémica sobre el alcance de algunos de
sus pasajes. En lo personal creo que cuando Marx dice que el modo de
producción de vida material “determina en forma general” el proceso
social, político, etc., se está refiriendo a una relación de
correspondencia general más que a una relación mecánica de absoluta
dependencia.
Vigencia del
marxismo.
La lectura de Marx hoy en día sigue
siendo muy actual en algunos asuntos. Por ejemplo, en su visión
realista del mundo, prestando atención a las diversas conexiones a
nivel social, económico y cultural. Su atención a lo estructural sigue
siendo enormemente vigente: sin ser miope no cabe duda del peso que
tienen los factores económicos en nuestras vidas. Finalmente su visión
liberadora de los más explotados (proletariado), así como buena parte
de sus críticas al capitalismo ciertamente continúan siendo muy
apropiadas para dar cuenta de nuestro mundo.
¿Es el marxismo un
humanismo?.
Definido este, como la concepción que
deposita su fe en el desarrollo completo de la humanidad, como fruto
de la acción humana, una corriente importante, liderada entre otros
por Fromm, sostiene que el Marxismo, contra la opinión de algunos
marxistas como Althusser, y no marxistas como Max Scheler, constituye
un humanismo. Para justificar esa posición parten no solo de la
panorámica general de los textos de Marx, inspirados en la necesidad
de mejorar –como diríamos hoy- la calidad de vida de los hombres y las
mujeres (o más propiamente, de los asalariados), superando para ello
un sistema capitalista que se presentaba en la época de Marx como
fundamentalmente explotador de toda la clase trabajadora; sino además
de una interpretación según la cuál, Marx se presenta como crítico
feroz del materialismo más simplista y mecanicista. La tercera tesis
sobre Feuerbach se plasma como el pasaje más claro al respecto.
Esta discusión vuelve a presentarse
interesante mirando la caída de los socialismos reales: para muchos,
el primer síntoma de crisis de los socialismos reales, comenzó a
percibirse cuando el materialismo histórico cedió el paso a un
humanismo de corte más idealista; en franca crítica a una ciencia
marxista que ciertamente no podía dar respuesta a todos los
problemas.
CAPÍTULO V:
El socialcristianismo
El socialcristianismo es una corriente
nacida en el siglo XIX, integrada por numerosos autores y activistas
sociales guiados e inspirados por la ética y el mensaje del
cristianismo. En sus orígenes destacan importantes aportes sociales y
económicos que tuvieron como principal contra-referente al liberalismo
y las filosofías individualistas, así como las ideas materialistas, de
gran influencia a lo largo de un siglo que escandalizaba por la
creciente pauperización de las clases trabajadoras.
Justamente la lectura crítica al
liberalismo, sobre todo en su vertiente económica, tiene numerosos
antecedentes que contribuirían finalmente al surgimiento de la primer
Encíclica Social, la Rerum Novarum, obra del Papa León XIII en
el año 1891.
Destacan en tal sentido, las obras de
Philippe Buchez, Federico Ozanán, Lamenais, Frederic Le Play, Mons.
Ketteler, Mons. Manning, La Tour du Pin, Toniolo, etc. Estos nombres
no implican la inexistencia de una lectura social desde el
cristianismo antes del siglo XIX. En los hechos tanto el Antiguo como
el Nuevo Testamento muestran una dimensión social incuestionable, que
continúan diversas fuentes a partir del cristianismo primitivo (San
Crisóstomo, Basilio, Ambrosio, etc.) y luego durante todo la Edad
Media y el Renacimiento. Aún así, en el marco de nuestra serie de
“Corrientes del Pensamiento Contemporáneo”, corresponde detenernos en
lo que sucede recién sobre el siglo XIX.
Es así que para Buchez, discípulo de
Saint Simon, el cristianismo vendría a inaugurar una etapa histórica
destinada a desarrollar los valores de la igualdad, fraternidad y
caridad. Su obra tiene dos grandes vertientes: por un lado, puede ser
considerado el “padre del cooperativismo francés”, ya que contribuiría
al nacimiento de las primeras cooperativas de producción en tierras
galas, así como a la elaboración de ciertos principios
autogestionarios, aún antes de los Principios de Rochdale, fundantes
del moderno cooperativismo. Por otra parte, Buchez tuvo una notoria
vinculación con las clases trabajadoras. Dirige durante diez años el
periódico “L´Atelier”, “órgano de los intereses morales y materiales
de la clase obrera”, con el fin explícito de lograr “su emancipación
completa”.
En Alemania, mientras tanto, asoma como
particularmente importante la figura de Mons. Ketteler, quien
escribiría en 1848 que “la falsa teoría del derecho absoluto de
propiedad es un crimen perpetuo contra la naturaleza, porque Dios la
ha destinado al alimento o vestido de los hombres”. Años después
publica “La cuestión social y el cristianismo”, donde postula la
primacía del trabajo sobre el capital, así como la sindicalización
para hacer frente a los dramas sociales de la época.
La Encíclica
Rerum Novarum
Estos y otros antecedentes culminarían
como se dijo, en la promulgación de la Encíclica Rerum Novarum (“El
mundo en mutación”). Es justamente 1891 el año que marca el inicio
de lo que se conoce como Doctrina o Enseñanza Social de la Iglesia,
esto es, la reflexión más propiamente social que se hace desde la
teología moral, por parte de la Iglesia.
En la citada Encíclica, León XIII
denuncia la situación en la que “un número sumamente reducido de
opulentos y adinerados ha impuesto poco menos que el yugo de la
esclavitud a una muchedumbre infinita de proletarios” (No. 1)
Así entonces defiende los derechos
asociativos de los trabajadores y considera una “violencia” que los
salarios estén librados a la oferta y demanda del mercado, razón por
la cuál conmina al Estado a actuar velando “por los derechos de los
débiles y los pobres” (No. 27).
Este llamado del Papa a reflexionar y
actuar en medio de la “cuestión social”, daría un gran espaldarazo a
las vertientes progresistas de la Iglesia, que desde entonces tendrían
una gran relevancia en el plano no solo eclesial, sino además
político, popular y cultural, entre otros.
El
socialcristianismo en el Siglo XX.
El pensamiento social cristiano tendría
un gran desarrollo a lo largo del Siglo XX, y serviría de plataforma
entre otras cosas para la constitución de partidos políticos
inspirados en estas doctrinas (las Democracias Cristianas), así como
para el surgimiento de corrientes sindicales también inspiradas en las
lecturas sociales realizadas desde matrices cristianas.
El acervo doctrinario del siglo XX
incluye fuentes eclesiales y no eclesiales. Entre las primeras
destacan varias Encíclicas Sociales (en 1931 Pío XI publica “Quadragesimo
Anno”, y desde entonces todos los Papas promulgarían las suyas),
además de una activa labor de los diferentes Consejos Episcopales de
cada continente. Para el caso de América Latina, hay material social
de mucho interés en las Conferencias de Medellín (1968), Puebla (1979)
y Santo Domingo (1992), además del documento final del Sínodo de las
Américas (1999) donde Juan Pablo II condena frontalmente al
neoliberalismo. Dice el Papa: “Cada vez más, en muchos países
americanos impera un sistema conocido como neoliberalismo; sistema que
haciendo referencia a una concepción economicista del hombre,
considera las ganancias y las leyes del mercado como parámetros
absolutos en detrimento de la dignidad y del respeto de las personas y
los pueblos. Dicho sistema se ha convertido, a veces, en una
justificación ideológica de algunas actitudes y modos de obrar en el
campo social y político , que causan la marginación de los más
débiles. De hecho, los pobres son cada vez más numerosos, víctimas de
determinadas políticas y de estructuras fuertemente injustas” (No.
56). Para el caso latinoamericano, también adquiere relevancia la
irrupción en la década del sesenta de la teología de la liberación
(sobre la que volveremos en otra ocasión), como uno de los aportes
significativos en la búsqueda de causas estructurales de los problemas
socioeconómicos en estas tierras.
Entre las fuentes no eclesiales, se
destaca la labor de numerosos intelectuales con influencia en el campo
político, social o académico, que contribuyeron a consolidar el
pensamiento humanista cristiano. Ha sido el caso, entre otros, de
Nicolás Berdiaieff, partidario de un socialismo personalista que
rechazara a la vez el comunismo como el capitalismo; de Jacques
Maritain, para muchos uno de los mayores filósofos del siglo XX; de
Emmanuel Mounier, teórico del personalismo comunitario y feroz
oponente del “desorden establecido” por el capitalismo y el fascismo
en los años cuarenta; o del P. Lebret, fundador de la corriente de
economía humana en los años cincuenta, y asesor de Pablo VI en materia
de desarrollo humano .
En todos los casos, el
socialcristianismo o humanismo cristiano termina convertido en una de
las corrientes claves para comprender la historia de las ideas en los
últimos cien años.
Cien años después
“Si
el trabajador, obligado por la necesidad o acosado por el miedo de un
mal mayor, acepta, aun no queriéndolo, una condición más dura, porque
se la imponen el patrono o el empresario, eso es ciertamente soportar
una violencia, contra la cual clama la justicia” (León XIII, Rerum
Novarum, 1891).
“Ojalá que estas palabras, escritas
cuando avanzaba el llamado capitalismo salvaje, no deban repetirse hoy
día con la misma severidad. Por desgracia, hoy todavía se dan casos de
contratos entre patronos y obreros, en los que se ignora la más
elemental justicia en materia de trabajo...”
(Juan Pablo II, Centesimus Annus, 1991).
CAPÍTULO VI: La
Social Democracia
La
dinámica política e incluso académica de los últimos años ha generado
cierta devaluación del apelativo “socialdemócrata”. Sin embargo, como
intentaremos mostrar en este artículo, el movimiento socialdemócrata
tiene un origen inequívoco y un gran desarrollo histórico tanto en el
plano de las ideas como en el de las acciones políticas, que lo
catapultan como uno de los más significativos del siglo XX.
Origen
de la Socialdemocracia.
La
Social Democracia es un movimiento de ideas que surge de la ruptura
entre “revolucionarios” y “reformistas” al interior de la
Internacional de Trabajadores. Mientras que los “revolucionarios” se
inspiraban básicamente en las formulaciones de Marx y Engels, los
“reformistas” lo hacían a partir de las elaboraciones provenientes
fundamentalmente del fabianismo inglés (antecedente del partido
Laborista, que tenían en George Bernard Shaw a su principal referente)
y del revisionismo alemán (surgido al interior del Partido
Socialdemócrata de Alemania, siendo Eduard Bernstein su principal
ideólogo).
Los
fabianos eran de la idea que el socialismo devendría de una serie de
medidas parciales que debían surgir en el marco del sistema imperante.
El revisionismo de Bernstein era de la misma idea: el socialismo sólo
podría generarse a partir de una serie de precisas reformas generadas
al interior del sistema político burgués. En palabras del teórico
alemán: “la democracia es al mismo tiempo un medio y un fin: es el
medio para la lucha en pro del socialismo y es la forma de realización
del socialismo”. Esta premisa se basaba en tres pilares
fundamentales: (a) el socialismo no debe ser entendido como un sistema
constituido a partir de la toma del poder del Estado, sino como un
largo proceso en el que se logre ir socializando por medio de reformas
puntuales, las relaciones de producción. (b) el determinismo económico
debe dar paso a una concepción más crítica de los comportamientos
donde influyen las diversas dimensiones de la vida humana. (c) las
condiciones de vida del proletariado, en contradicción con las tesis
de Marx, no empeorarían, sino que mejorarían dando lugar a una
poderosa clase media.
Estas
tesis, desarrolladas en textos como “Socialismo Evolucionista” y “Los
presupuestos del Socialismo”, fueron discutidas al interior del PSD
Alemán y finalmente rechazadas por los Congresos de principio del
Siglo XX (1902 y 1904). En el rechazo a estas tesis jugaron un gran
rol las figuras de Karl Kautsky en Alemania, así como del propio Lenin.
Sin embargo las bases estaban echadas para el reavivamiento de estas
ideas.
La
ruptura definitiva con el Marxismo Leninismo.
Es así
que la socialdemocracia deberá esperar algunos años más para comenzar
a hacer prevalecer en diferentes partidos europeos estas tesis
revisionistas. El propio Kautsky en su texto “La dictadura del
proletariado” terminaría posicionándose en lecturas más revisionistas,
por ejemplo, con respecto al sistema democrático:
“¿Qué motivos hay para que la dominación del
proletariado tenga que tomar una figura incompatible con la
democracia?. Un régimen que sabe que cuenta con las masas usará la
violencia únicamente para defender la democracia y no para suprimirla.
Sería un verdadero suicidio si quisiera suprimir su base más segura,
el sufragio universal, fuente poderosa de autoridad moral”.
La
polémica con las posiciones más ortodoxas del marxismo llega a su
punto culminante con la propia revolución de 1917. Para entonces Lenin,
definitivamente distanciado de Kautsky (había escrito “la revolución
proletaria y el renegado Kautsky” en respuesta a las nuevas posiciones
revisionistas), en la Revolución de Octubre, disuelve la Asamblea
Constituyente (con mayoría de mencheviques y socialrevolucionarios) e
implanta el poder exclusivo de los Soviets. Comunismo y
socialdemocracia desde entonces quedarían definitivamente separados en
el concierto de las ideas y de las prácticas políticas europeas del
Siglo XX.
Ejemplo
de esta ruptura es el llamado de Lenin en 1919 a una III Internacional
(donde propone el abandono de la denominación “socialdemócrata”, por
el de Partidos Comunistas), en oposición a la II Internacional,
acusada de aliarse con la burguesía. Esta estrategia de confrontación
variaría con el avance del fascismo, dando lugar en muchos países a la
constitución de los llamados “Frentes Populares”.
La
socialdemocracia en el Siglo XX.
Los
partidos socialdemócratas tendrían un gran desarrollo electoral a lo
largo del Siglo XX. En la primera mitad del siglo, logran acceder a
diferentes Gobiernos europeos, aunque por lo general en virtud de sus
políticas de alianzas con partidos centristas.
La
mejor hora de la socialdemocracia viene en el período de postguerra.
Los partidos inspirados en los ideales revisionistas, logran
consolidarse en todo el mundo occidental (básicamente Europa y América
Latina) en base a su modelo de Estado de Bienestar y economías mixtas,
con fuerte papel del Estado, aunque en el marco de la economía de
mercado.
A nivel
global, las diferentes experiencias de los partidos socialdemócratas,
laboristas, socialistas, etc., encontraron un espacio común en la
Internacional Socialistas, fundada en el año 1951.
Si bien
esta Internacional se puede considerar aún hoy una de las más exitosas
en términos electorales, en términos ideológicos continúa siendo
controvertida en cuanto a su sentido último. ¿La socialdemocracia
aspira a construir un modelo socialista, o aspira a mejorar el
capitalismo?. Aunque compleja y controvertida, en los años ochenta la
respuesta a esta pregunta central dio lugar a la distinción entre
socialdemócratas a secas por un lado (con posiciones más de centro), y
socialistas democráticos por otro (con posiciones más hacia la
izquierda). A fines de los noventa por su parte, la discusión sobre la
identidad de esta corriente de pensamiento, desató una interesante
polémica en el marco de las propuestas del ideólogo Anthony Giddens
sobre la manida “tercera vía”, tema que por sus derivaciones
trataremos más extensamente en otra oportunidad.
Concluyendo podemos decir que la vertiente social demócrata si bien
conserva algunos lineamientos del pensamiento marxista, en los hechos
termina por abandonarlos, como ocurre con respecto a la figura de la
dictadura del proletariado, la abolición o minimización de la
propiedad privada de los medios de producción, la desaparición final
del Estado, el papel central de la lucha de clases, etc. Son comunes
en tal sentido –aunque simplistas-, reflexiones como las de R. Garzano,
para quien “la social democracia conserva del socialismo marxista los
programas de beneficio social, pero mantiene la esencia del
capitalismo”.
La
Internacional Socialista
La I.S.
es la organización mundial que reúne a los partidos inspirados en los
ideales socialdemócratas. Actualmente agrupa a 141 partidos
socialdemócratas, socialistas y laboristas de todo el mundo.
En un
esfuerzo por sintetizar su identidad en tiempos de tantos cambios, la
Declaración de Estocolmo (1989) señalaba lo siguiente:
“El
socialismo democrático es un movimiento internacional por la libertad,
la justicia social y la solidaridad. Su meta es un mundo en paz, en el
que puedan realizarse estos valores fundamentales, en el que cada
individuo pueda vivir una vida plena desarrollando su personalidad y
sus capacidades, y en el que los derechos humanos y civiles estén
amparados en una sociedad democrática”.
CAPÍTULO VII:
El socialismo
libertario
Anarquismo y socialismo libertario.
El anarquismo,
como idea que propugna la caída del Estado, en realidad encierra
varias corrientes a su interior. Una de ellas, es conocida como
socialismo libertario, es decir, anarquistas animados en la
construcción de un sistema socialista que aúne la igualdad social
con la más absoluta libertad posible.
Entre los personajes más influyentes de esta línea,
hay que señalar a Pierre Joseph Proudhon, partidario fervoroso de la
autogestión obrera, y la organización federal, así como enemigo
acérrimo del trabajo asalariado, el poder centralizado y la
propiedad privada. Respondiendo a las críticas más habituales de sus
opositores, señalaba:" Ya hemos
hecho ver lo que oponemos al gobierno: la organización industrial.
Lo que ponemos en lugar de las leyes son los contratos. Basta de
leyes votadas en mayoría o unánimemente, cada ciudadano, cada
comunidad o corporación hace la suya. Lo que ponemos en lugar de los
poderes políticos, son las organizaciones económicas. Lo que ponemos
en lugar de las antiguas clases de ciudadanos, nobleza, estado
llano, burguesía y proletariado, son las categorías y especialidades
de función, Agricultura, Industria, Comercio, etc. Lo que ponemos en
lugar de los ejércitos permanentes, son las compañías industriales.
Lo que ponemos en lugar de la policía, es la identidad de intereses.
Lo que ponemos en lugar de la centralización política, es la
centralización económica,(Centralizada mediante federalismo)".
Estas ideas son continuadas por Mijaíl
Bakunin (1814-1876), reconocido sobre todo por su labor en la I
Internacional, en oposición a Karl Marx. Su obra le agrega una
dimensión internacional al modelo socialista y federal, que
permitieron luego el desarrollo del anarcosindicalismo, en
especial en Italia, España y varios países de América, entre los
cuáles el nuestro. En efecto, las actividades de dirigentes como
Enrico Malatesta o Giusseppe Fanelli, permitieron la formación de
sindicatos, en especial en las ciudades más industrializadas, y la
difusión de sus ideas en América a comienzos de siglo.
Desde una posición menos colectivista y más comunista, debemos
mencionar la labor de Piotr Alexéievich, príncipe kropotkin
(1842-1921), como uno de los principales teóricos del movimiento
anarquista. Nacido en Moscú, en 1872, participaría en la I Internacional,
trasladándose del bando marxista, al liderado por Bakunin.
Sus principales líneas de reflexión pasaban por el impulso de una
sociedad que se rigiera exclusivamente por el principio de la ayuda
mutua y la cooperación, sin necesidad de instituciones estatales.
Esta sociedad ideal, llamada comunismo anarquista o anarcocomunismo,
sería el último paso de un proceso revolucionario que pasaría antes
por una fase de colectivismo (el anarcocolectivismo). Comienza a
estudiar la ayuda mutua, a partir del comportamiento de numerosas
especies animales, para luego considerarla un comportamiento propio
de los seres humanos, que debía ser estimulado por medio del
asociacionismo: "La sociedad estará
compuesta de una multitud de asociaciones unidas entre sí para todo
aquello que reclame su esfuerzo común: federaciones de productores
en todos los ramos de la producción agropecuaria, industrial,
intelectual, artística: comunidades para el consumo, encargadas de
subvenir en todo lo referente a habitación, alumbrado calefacción,
alimentación, instituciones sanitarias, etc.; federaciones de
comunidades entre sí; federaciones de comunidades de los grupos de
producción; agrupaciones más amplias todavía, que englobarán todo un
país o incluso a varios países; agrupaciones de personas dedicadas a
trabajar en común para la satisfacción de sus necesidades
económicas, intelectuales, artísticas, que no estén limitadas a un
territorio determinado. Todos estos grupos asociativos combinarán
libremente sus esfuerzos mediante una alianza recíproca..."
Por su lado, en "Campos, Fábricas y
Talleres", bregaba por un sistema de comunidades donde, al ser todos
trabajadores tanto hombres como mujeres, llegados a cierta edad
("por ejemplo, desde los cuarenta en adelante"), quedasen libres de
trabajo, para dedicarse a participar en las actividades artísticas o
científicas del agrado de cada uno. Note el lector, el parecido de
estas ideas con las salidas del tipo "trabajar menos para trabajar
todos", que se han popularizado en el ambiente europeo desde los
noventa.
La experiencia anarquista
autogestionaria en la Guerra Civil Española.
En el plano de
las experiencias concretas, la Guerra Civil Española fue escenario
de una práctica absolutamente novedosa que posibilitó que gran
parte de la industria y agricultura quedaran en manos de los
trabajadores organizados de forma autogestionaria. Cataluña entre
los años 36 y 39, a influjos del movimiento obrero anarquista
(organizado en la CNT) dará cabida a muchas de estas prácticas.
Estos años también serán de fermento en materia teórica. Entre los
principios que el pensamiento anarquista español desarrollaba por
entonces (sustitución del Estado, las federaciones de industria,
etc.); aparece como particularmente interesante el principio que
establece sin tapujos que “el consumo dirige la producción”.
El socialismo
libertario en la actualidad.
Así como en
las primeras décadas del siglo XX destacó el papel del
anarcosindicalismo, en las últimas décadas del mismo siglo destaca
la labor de muchos intelectuales trabajando con heterodoxia en
estas materias. Una primer oleada de estos nuevos aportes surgen en
el marco de lo que se conoce como “sesentayochismo’
con relación a los acontecimientos que tuvieron lugar en 1968, donde
el pensamiento anarquista estuvo muy presente.
Luego en los EUA surgieron intelectuales críticos de
mucha influencia como el reconocido lingüista Noam Chomsky. Con
posiciones muy innovadoras también debe rescatarse la labor de
Murray Boochkin, partidario del
municipalismo libertario y fundador de la Ecología Social; o John
Zerzan, uno de los referentes en el reciente movimiento
antiglobalización, partidario de la permacultura, y contrario a
cualquier forma de organización política que termine por
“domesticarnos”.
¿Que Es El Anarcosindicalismo?
El anarcosindicalismo es un medio de
organización y un método de lucha y de acción directa de los
trabajadores que tiene sus raíces en los postulados de la Primera
Internacional y en los del sindicalismo revolucionario. Se inspira
en fuentes esencialmente federalistas y anarquistas y, con neta
actuación revolucionaria y clara orientación libertaria en la
practica. Tiende constantemente a conquistar las máximas mejoras, en
todos los sentidos. Para la clase obrera, con miras a su integral
emancipación, la supresión de todo genero de explotación y de
opresión del hombre por su semejante o por una institución
cualquiera, y al mismo tiempo lucha por la abolición de todo
capitalismo y de toda forma de Estado. Opuesto irreductiblemente a
los sistemas sociales y políticos actualmente imperantes, propugna
por la transformación radical de las sociedades y regímenes en ellos
asentados y por la instauración de un medio social de convivencia
humana basado en los principios del socialismo libertario.
El anarcosindicalismo no es una
doctrina ni una filosofía. Su contenido teórico lo extrae del
socialismo humanista y principalmente del anarquismo, en cuyos
postulados de defensa integral de la personalidad humana, de la
libertad, de solidaridad, de apoyo mutual y de asociación voluntaria
y federativa, halla su mas sólido fundamento.
(Germinal Esgleas, Secretario General
de la A.l.T., 1958-1963; De la Enciclopedia Anarquista
- Edición española).
CAPÍTULO VIII:
Los totalitarismos
El fascismo y el nacionalsocialismo son
dos corrientes del pensamiento que debemos ubicar precisamente en el
espacio y tiempo. En concreto, representan la inspiración teórica de
los regímenes totalitarios encabezados por Hitler en Alemania y
Mussolini en Italia, en los preámbulos y desarrollo de la II Guerra
Mundial.
Esta primer
precisión nos servirá para despejar dudas. A nuestro entender, si bien
es comprensible que muchas personas hablen de “Fascismos” en plural,
incluyendo bajo este rótulo numerosas experiencias totalitarias, lo
cierto es que preferimos la precisión en los términos, y rechazamos la
idea de un fascismo genérico. Es así entonces que corresponde
distinguir las bases teóricas y doctrinarias de los regímenes que en
su momento desarrollaran Hitler por un lado y Mussolini por otro.
Ambos tienen en común haber sido regímenes totalitarios de derecha,
pero de allí en más corresponde revisar las diferencias.
En base a ello es que también nos
resultan insuficientes posturas como las de Carl Friedrich, quien
cobija bajo el término “totalitarismo”, varias experiencias ya no solo
de derechas, sino también de izquierdas. Nuestros lectores habrán
sentido en más de una ocasión, sentencias del tipo “el régimen
soviético y las dictaduras fascistas son en el fondo la misma cosa”
(ver recuadro). Quienes defienden esta idea, encuentran que éstas
experiencias políticas tienen más elementos en común que diferencias.
Entre esos elementos en común, Friedrich y Brzezinski citan:
1. Una ideología oficial que cubre todos
los aspectos de la vida humana; 2. Un sistema de partido único
encabezado por un dictador; 3. Un sistema de control ciudadano de
corte policíaco; 4. Concentración de todo el poder publicitario; 5.
Concentración de todos los medios militares; 6. Control central y
dirección de toda la economía.
En realidad, las numerosas experiencias
totalitarias encierran a su interior diferencias muy notorias, como
sucede con las que toca hoy repasar.
Fascismo y
Nacionalsocialismo como corpus teórico.
Estas dos
corrientes han tenido una enorme influencia en los acontecimientos del
Siglo XX, razón por la cuál no debemos ignorarlas. Aún así, es claro
que a diferencia de las anteriores corrientes, en este caso estamos en
presencia de sistemas de ideas muy pobres, y de escaso basamento
filosófico.
El régimen nacionalsocialista se basó en
la autobiografía de su lider, titulada Mein Kampf, donde se
postula una visión del mundo intransigente basada en la idea fuerza
de la raza y el sentido nacionalista. Hay allí dos elementos centrales
que definen al nazismo: su teoría del espacio y su visión racista.
Sobre lo primero (Lebensraum) , Hitler
defendía la idea de la expansión territorial, ya que a su entender,
los estados, como cualquier organismo biológico, si dejan de crecer
terminan muriendo, y si ello ocurre entonces se culmina cediendo
espacio a las razas inferiores. Por esta razón es que Hitler rechaza
la mera expansión económica, y llama a sus ciudadanos a la expansión
territorial, para lo cuál era necesario montar toda una estructura de
guerra.
En el origen de esta necesidad de
expansión se encontraba su idea de raza. Le correspondía a la raza
aria el deber de continuar su mandato edificador de cultura. La
ideología racista fue luego desarrollada con sentido de filosofía de
la historia, por parte de Alfred Rosenmberg: la historia, según el
citado autor, es el escenario de las luchas entre las razas, más
concretamente entre la raza aria, creadora de cultura, y el resto de
las razas “inferiores” o “destructoras”, caso de la raza judía. Esta
particular y nefasta visión racista le lleva al régimen nazi a
escribir algunas de las más crueles páginas negras de la historia de
la humanidad.
El Fascismo por su lado, comienza a
operar políticamente rechazando las doctrinas. “Nuestra doctrina es un
hecho” señalaba su carismático líder, invitando a descartarlas a
todas, en miras al único punto de referencia fundamental: la nación.
Sobre el año 1929, sin embargo, reconoce la necesidad de construir un
soporte teórico, y reclama a sus asesores (sobre todo Giovanni Gentile)
un documento urgente para ser presentado en su Congreso Nacional.
Probablemente el rasgo más
característico del fascismo haya sido el corporativismo. Siempre al
servicio del Estado (una realidad incluso superior a la Nación, según
el Duce, al punto de hacer famosa la frase dictada en la Scala de
Milán: “Todo para el estado, nada contra el estado, nada fuera del
estado), las corporaciones fascistas de patrones y trabajadores,
tenían como referente cierto autogobierno que condujera a la grandeza
de la economía italiana.
El régimen
nacionalsocialista, menos innovador, fue en ese sentido muy distinto
al fascista, aunque en última instancia intentaban controlar
políticamente la economía de la nación.
En así que se entiende el llamado de
estos regímenes a constituir una nueva forma de socialismo. Goebbels,
por ejemplo, llama a construir el “verdadero socialismo” que no
consiste en alzar una clase contra otra, sino en unirlas en aras de
una nación con proyecto propio. El régimen fascista va en el mismo
camino, y propone un socialismo donde las luchas de clases sean
sustituídas “por la solidaridad nacional”. Justamente el fascio,
simboliza la unidad, fuerza y justicia de la nación. Comprenderá el
lector que el llamado a un socialismo es mera retórica, desde el
momento que los grandes industriales del momento no escatimaron su
apoyo a estas tendencias.
De hecho, además, Touchard entiende que
estas corrientes son manifiestamente anti-igualitarias, tanto en el
plano económico como político. En este último sentido, estos regímenes
terminan siendo elitistas. Para Hitler, ese elitismo es básicamente
racial: “El papel del más fuerte consiste en dominar, no en
confundirse con el más debil”. Para Mussolini, es un elitismo más vago
y menos impregnado de causas originarias: “La historia está hecha por
las minorías”, decía el Duce, menospreciando los dictados de la
mayoría. Esto, a pesar de que ambos regímenes, justo es decirlo,
tuvieron en su momento el apoyo de grandes masas populares.
Nacionalsocialismo y comunismo
“A pesar de las semejanzas
manifiestas, sin embargo, es indudable que el comunismo se encontraba
en un nivel muy superior, moral e intelectualmente, al del
nacionalsocialismo... Este último “era políticamente cínico en su
base: la intención permanente de manipular a la naturaleza humana
mediante la intoxicación emocional y la histeria, no de realizar un
valor sino de enaltecer a una élite autoformada que, en realidad, no
era más que una pandilla. El comunismo era fanático, pero, en general,
era honesto y, al menos inicialmente, su propósito fundamental era
generoso y humano. La teoría del nacionalsocialismo era una mezcla
incongruente de mitos y prejuicios reunidos ocasionalmente, sin tener
en cuenta la verdad ni la consistencia. El marxismo que heredó Lenin
tenía tras de sí no sólo una tradición europea sino dos generaciones
de pensamiento socialista, que podía jactarse de una continuidad moral
e intelectual. Había nacido de la convicción, compartida después por
la democracia misma, de que el primer impacto de la tecnología
industrial y el capitalismo era deshumanizador y socialmente
desmoralizante y sus fines últimos habían sido los de la democracia
misma. El nacionalsocialismo, por el contrario, era un proyecto de
imperialismo económico que aliaba la explotación al sentimiento de una
grandiosa misión nacional. Sus fines correspondía a su sórdida moral”.
(George Sabine: Historia de la
Teoría Política).
CAPÍTULO IX:
Los aportes
latinoamericanos vinculados a la explicación del subdesarrollo.
Introducción.
Hasta ahora hemos repasado las
principales vertientes del pensamiento contemporáneo con influencia en
los siglos XIX y XX. En todos los casos, se tratan de corrientes
surgidas en el hemisferio norte, principalmente en Europa, que
supieron recibir en algún momento, aportes de intelectuales
latinoamericanos. Es así que, por ejemplo, nuestro continente ha
colaborado en ampliar los significados del liberalismo, del marxismo,
o del humanismo cristiano, para hacer referencia tan solo a tres de
las corrientes analizadas.
Ahora bien, a nuestro entender,
Latinoamérica no solo ha colaborado en dotar de mayor profundidad los
marcos interpretativos surgidos en el norte, sino que también ha
sido cuna de corrientes y escuelas propias. Lamentablemente las
teorías con cierta originalidad surgidas en ese contexto se cuentan
con los dedos de una mano. Por un lado, podemos contemplar aquellas
corrientes nacidas con el objeto de caracterizar y buscar
explicaciones al fenómeno del subdesarrollo en el continente: aquí
encontramos el esquema centro – periferia junto al estructuralismo
latinoamericano, además de la teoría de la dependencia. Por otro lado,
podemos ubicar aquellas propuestas surgidas en diversos ámbitos de las
ciencias sociales del continente: aquí mencionaremos el caso de la
pedagogía liberadora, de la teología de la liberación, y de la
economía de la solidaridad. En esta entrega nos centraremos en el
primer núcleo temático.
La teoría centro –
periferia.
Esta teoría comienza a ser desarrollada
por Raúl Prebisch, la principal referencia de la Comisión Económica
para América Latina (Cepal) desde mediados del siglo XX. El economista
argentino parte su análisis de una clara crítica al esquema liberal
según el cual todos los países se verían beneficiados del comercio
internacional si cada uno se especializara en lo mejor que sabe hacer
(ventajas comparativas y competitivas). Para ello elabora un complejo
análisis que distingue entre el centro –países desarrollados
industrialmente- y la periferia –los países subdesarrollados,
aunque básicamente se refiera a Latinoamérica-.
Dicho en otros términos, el centro se
refiere a las economías avanzadas del capitalismo que se caracterizan
por ser productivamente homogéneas y diversificadas. La periferia,
mientras tanto, está constituida por las economías rezagadas desde el
punto de vista tecnológico y organizativo, siendo su estructura
productiva especializada (en productos primarios) y heterogénea (tema
que nos recuerda al dualismo, introducido en la literatura de la Cepal
en 1965 por Aníbal Pinto).
Según este esquema, el subdesarrollo se
comprenderá de acuerdo a la relación existente entre ambas regiones.
La tesis de Prebisch es que la brecha entre el centro y la periferia
se ampliaría por diversas razones que podríamos sintetizar en las
siguientes:
1.El empeoramiento en los términos de
intercambio y la caída en las exportaciones, conduce a una disminución
en las importaciones que la periferia hace desde el centro.
2.La disminución de las exportaciones se
debe a varios factores entre los cuáles, i) que dichos bienes
representan una proporción decreciente de la demanda global por parte
de los países del centro; ii) aumentan las sustituciones de varios
productos primarios; iii) el progreso técnico contribuye a la
disminución de los bienes primarios que ofician de materia prima; iv)
los países del centro aumentan sus barreras proteccionistas.
3.Mientras tanto, el ritmo de las
importaciones del centro depende no tanto de su relación de
intercambio como de su ritmo de desarrollo interno.
4.La baja de los precios que ocasiona la
disminución de las importaciones no se traduce en mayores compras a la
periferia.
El tema central en todos estos puntos es
la relación real de intercambios: su continuo deterioro es
fundamental para explicar el subdesarrollo del continente, a lo que se
suman ciertos factores internos como ser la insuficiente absorción de
la mano de obra productiva, la insuficiente acumulación de capital y
el problema de las tierras. Estos elementos son englobados bajo el
concepto de “insuficiencia dinámica del sistema económico”, que es
complementado con el drama de la estructura social de nuestros países,
estructura que –según el autor- obstaculizan el desarrollo. Entre
estos obstáculos cita especialmente los privilegios distributivos, la
distribución de la renta, el mayor peso del capital extranjero sobre
el capital nacional, y la ineficiencia del Estado.
Estas tesis, han dado lugar a los
planteos económicos sugeridos y planteados por la Cepal hasta no hace
mucho tiempo: reforma de la propiedad de la tierra, reorientación de
la industria, cambios en la estructura social, activa participación
del Estado, reorientación del comercio internacional, integración
latinoamericana, etc. Al conjunto de estas propuestas se las conoce
formando parte del estructuralismo cepalino que promovía hasta los
años setenta la tesis de una industrialización hacia dentro.
Las teorías de la
dependencia.
La crisis ininterrumpida en América
Latina, así como los fracasos relativos de distintas políticas
desarrollistas durante los años sesenta, fueron fermento para la
irrupción de una serie de autores que –aunque con hipótesis y planteos
diferentes- podemos englobar bajo el paraguas del enfoque de la
dependencia.
Entre los autores más representativos de
este enfoque podemos citar a Dos Santos, Gunder Frank, Furtado,
Sunkel, Paz, e incluso en su momento al mismísimo Fernando H. Cardoso.
Todos ellos partían de un binomio fundamental: desarrollo –
subdesarrollo, según el cuál, este último solo puede explicarse en
el marco de la evolución manifiesta de la economía mundial. Dicho de
otra manera: si hay países subdesarrollados es porque existen países
desarrollados, y viceversa. Para ello proponen la necesidad de
incorporar un análisis histórico – estructural que incluya elementos
políticos, culturales, y sociales además de los económicos.
El objetivo final desde este enfoque es
desentrañar la estructura específica de dominación, para lo cuál,
evidentemente no menospreciarán los factores internos desencadenantes
del subdesarrollo. Al decir de Dos Santos: “la dependencia no es un
factor externo, como se ha creído muchas veces. La situación
internacional es tomada como condición general, no como demiurgo del
proceso nacional, porque la forma en que esa situación actúa sobre la
realidad nacional es determinada por los componentes internos de esta
realidad”.
Entre los aspectos internos más
trabajados por los autores de esta corriente, se destaca la estructura
de consumo, condicionada por la extrema concentración de los ingresos
en un segmento muy reducido de la población, resultado de la
heterogeneidad estructural de nuestros países. Se ha hecho
hincapié en tal sentido, en la dependencia cultural y tecnológica así
como en su incidencia productiva.
Algunas de las
críticas esgrimidas a estas corrientes.
Las críticas a este modelo, al decir de
Touraine, han sido más empíricas que teóricas: “parece difícil afirmar
–dice el autor francés- que la lógica del sistema capitalista mundial
sea una concentración creciente de recursos en el centro cuando se
observan tasas de crecimiento del PIB más fuerte en América Latina que
en el conjunto de los países de la Ocde”. Las sucesivas crisis del
continente, según los críticos de esta línea de pensamiento, no
justifica afirmar la existencia de una tendencia fuerte y constante
hacia un subdesarrollo relativo creciente, en la medida que numerosos
indicadores sociales y económicos estarían mostrando lo contrario.
Finalmente, el crecimiento vertiginoso de ciertos países otrora
considerados subdesarrollados (fundamentalmente del sudeste asiático),
puso nuevos interrogantes sobre todo a aquellas visiones más
ortodoxamente dependentistas.
CAPÍTULO X:
Nuevos aportes
latinoamericanos al acervo mundial:
la pedagogía liberadora, la teología de la liberación y la economía
de la solidaridad
La pedagogía
liberadora.
En los años
setenta el pedagogo Paulo Freire, oriundo de Recife – Brasil,
marcaría un jalón importante en las ciencias de la educación al
proponer una nueva mirada sobre cómo trabaja la cultura dominante
para legitimar ciertas relaciones sociales.
Entre las
obras de Freire destacan La educación
como práctica de la libertad
(1967) y Acción cultural para la libertad (1970). En estos
y otros textos, se parte de una mirada dialéctica de la cultura,
según la cuál, ésta no solo contiene una forma de dominación, sino
además las bases para que los oprimidos puedan interpretar la
realidad y transformarla según sus propios intereses. Para
comprender este fenómeno, el autor recurre a ciertas nociones
básicas y hasta entonces escasamente utilizadas en el lenguaje de
la pedagogía, como es el caso del poder, la
concientización, ideología, emancipación, etc.
Estas ideas han
contribuido a criticar los mecanismos más usualmente utilizados en
política de alfabetización, en tanto reducen los procesos de
lectura, escritura y pensamiento a meras técnicas alienantes que
no solo ignoran la cultura del oprimido, sino que además
contribuyen a fortalecer las ideologías dominantes. En tal
sentido, numerosas experiencias populares de educación en todo el
mundo han basado su método en las elaboraciones de Freire.
La teología de
la liberación.
Otro de los
aportes sobresalientes del pensamiento latinoamericano tuvo lugar
en el marco de las elaboraciones teológicas, en este caso con
amplias repercusiones en las ciencias sociales así como en la
realidad social: nos referimos a la teología de la liberación.
La teología de
la liberación nace en el marco de una serie de cambios muy
significativos de la Iglesia Latinoamericana, sobre todo luego del
Concilio de Medellín (1968), que harían hincapié en la necesidad
de lograr un mayor compromiso de los cristianos con el cambio
social. En ese marco, numerosos teólogos entre quienes el más
representativo es Gustavo Gutiérrez, comienzan a buscar cierta
secularización de la esperanza cristiana intentando quebrar una
tendencia muy manifiesta en ciertos cortes conservadores de la
Iglesia, en el sentido de ahistorizar el cristianismo. En 1968
escribía el sacerdote peruano: “Una teología de la liberación
tendrá que responder en primer lugar, a esta pregunta: ¿hay alguna
relación entre construir el mundo y salvarlo?... se trata de un
proceso de liberación humana, de emancipación del hombre en la
perspectiva de la fe...”.
Estas ideas,
luego recogidas por numerosos teólogos fundamentalmente
latinoamericanos, entre quienes el uruguayo Juan Luis Segundo,
terminarían por generar una verdadera corriente teológica (no
exentas de diferencias según el autor que se trate) encarnada en
la realidad social del continente más desigual del mundo.
La idea
fundamental de esta teología es que Dios libera al hombre en todos
los planos, inclusive el social. Es así que el relato bíblico
incluye hechos históricos concretos donde Dios intercede a favor
de la justicia social y la liberación de su pueblo, caso del
Exodo, el regreso del exilio de Babilonia, la figura del Jubileo,
la labor de los Profetas, etc. Apoyados en esta idea central, los
teólogos de la liberación procuran una lectura más integral de la
relación entre religión y sociedad. Es así que apoyan sus
elaboraciones con las de las ciencias sociales (de allí el vínculo
que han tenido con ciertos instrumentos del método marxista
utilizados por algunos teólogos), mostrando especial interés por
la práxis liberadora.
Así otra de las
nociones fundamentales es la de la esperanza de “un nuevo cielo y
una nueva tierra”, entendidos no como un horizonte sobrenatural,
sino como una realidad que está parcialmente presente en la
historia. Estas ideas tienen como antecedentes las elaboraciones
teológicas europeas de Moltmann o Metz, influídas por el texto
El Principio Esperanza (1956) del filósofo de origen marxista,
Ernst Bloch.
Además de los
citados Gutiérrez y Segundo, cabe mencionar otros autores de
relevancia como Leonardo Boff, Hugo Assmann, Jon Sobrino, Giulio
Girardi, o el recientemente designado asesor presidencial de Lula
en Brasil, Frei Betto.
Economía de la
Solidaridad.
La idea según la cuál además del
sector capitalista y estatal de nuestras economías, existe un
tercer sector con una racionalidad propia de carácter solidario,
tiene antecedentes muy lejanos en el tiempo, entre los cuáles,
notoriamente los vinculados a la doctrina cooperativista, surgida
por la labor de los pioneros de Rochdale (Inglaterra) en el año
1848.
Sin embargo, la elaboración teórica
más fina, recurriendo a un análisis científico riguroso de estas
ideas, nace en Latinoamérica junto al término “economía de la
solidaridad” que terminaría generalizándose en todo el mundo.
Concretamente nace con las elaboraciones de Luis Razeto en Chile,
sobre comienzos de los años ochenta.
Más allá de sus orígenes, la
economía de la solidaridad, desde sus vertientes latinoamericanas,
explica la activación económica de ciertos grupos sociales,
comunidades de trabajo, cooperativas y organizaciones populares
que deciden producir, consumir, acumular y distribuir con
racionalidades e instrumentos alternativos a los que hegemonizan
en nuestros mercados. Por ejemplo, mientras que una empresa
capitalista se caracteriza por ser dirigida por el factor capital,
una empresa alternativa se caracterizará por estar dirigida por el
factor trabajo o el factor C (con este nombre se individualizan
los factores comunitarios que inciden económicamente en la gestión
de numerosos emprendimientos solidarios). Mientras que la
racionalidad empresarial capitalista conduce en el mejor de los
casos a pagar de acuerdo a la produtividad de los factores, la
racionalidad solidaria incorpora criterios sociales y de equidad.
Así sucesivamente podríamos ir sumando diferencias entre la acción
hegemónica y la acción alternativa.
A raíz de estas elaboraciones
numerosas organizaciones sociales y populares, además de
sindicales, se han dedicado a fortalecer esas experiencias
económicas alternativas. Cabe mencionar, por ejemplo, la
importancia que han tenido en los últimos años en la región, las
empresas recuperadas por los trabajadores, convertidas en
experiencias autogestionarias.
Recuadro: La potencialidad de las
economías alternativas y solidarias
“Es
importante conocer las múltiples formas de organizar las
actividades económicas, tanto a nivel de empresas singulares como
de conglomerados sectoriales, que se insertan a su vez en
diferentes modelos económicos y de desarrollo. Tal conocimiento
sirve para juzgar las formas económicas predominantes, y para
optar consecuentemente por desarrollar aquellas alternativas que
nos parezcan más adecuadas, necesarias o eficientes, en función de
nuestros valores, aspiraciones e intereses.
En este contexto de crisis como el
que vivimos, que afecta no solamente a las estructuras
capitalistas predominantes sino también a los proyectos de
transformación más difundidos, es especialmente necesario buscar y
prestar atención a las experiencias alternativas; porque ellas
aunque no siempre tengan una visibilidad o un grado de presencia
significativa, contienen en si mismas aspiraciones e intenciones
de ser elementos agentes de nuevos o renovados procesos de cambio
social.
Identificar sus estructuras
internas, sus modos de operación y funcionamiento, la manera en
que se insertan en la economía y sociedad, sus tendencias de
crecimiento y las potencialidades, nos permite descubrir
posibilidades inéditas de acción que vale la pena explorar,
envistas de construir una economía más humana, más justa, y
solidaria”.
(Luis Razeto: Las empresas
alternativas, Montevideo, Nordan, 2002).
CAPÍTULO XI: El gran debate
filosófico de actualidad: comunitarismo vs. Liberalismo.
Uno de los debates más apasionantes
y actuales en el mundo de las ideas, es el que disputan
partidarios del liberalismo vs. sus críticos embanderados en
posiciones comunitaristas. Apresurémosnos a señalar que este
debate encierra una rica tradición filosófica aunque también
sociológica y económica, y que reúne fundamentalmente a
intelectuales del primer mundo.
El liberalismo
contemporáneo.
En otra ocasión
nos habíamos referido al liberalismo del Siglo XVIII y XIX. Al
igual que entonces, los nuevos aportes del liberalismo filosófico
contemporáneo encierran múltiples enfoques, que podemos resumir
esquemáticamente en dos grandes orientaciones. En primer lugar
tenemos a ciertos liberales de inspiración kantiana, críticos al
utilitarismo y en todo caso interesados en encontrar soluciones a
la relación libertad – equidad, argumentando a favor de la
primacía de lo justo sobre el bien. Aquí encontramos
fundamentalmente las posiciones más vinculadas a las posturas de
John Rawls, probablemente el filósofo más influyente de los
últimos años en el debate de las ideas, sobre todo a partir de la
publicación de su obra “Teoría de la Justicia” de 1971, además de
otros autores de relieve como es el caso de Dworkin o Ackermann.
En segundo lugar tenemos posturas liberales más ortodoxas,
partidarias del laissez faire y motivadas por desarrollar
las virtudes teóricas del individualismo. Como se comprenderá,
esta segunda orientación es de mayor conocimiento en nuestra
realidad. Aquí encontramos a los seguidores de Von Hayek, esto es,
autores como Milton Friedman, James Buchanan, Robert Nozick,
Michael Novak, etc.
Es difícil
encontrar muchos puntos comúnes entre tantos autores y
orientaciones, aunque en términos generales lo que caracteriza al
liberalismo contemporáneo es defender una visión más bien
individualista de la persona y una postura subjetivista en el
campo de la moral y la ética, según la cuál al no poder compartir
una misma noción integral de lo que es bueno y malo en una
sociedad, solo nos queda acordar en materia de procedimientos.
Rechazan, por ejemplo, discutir sobre qué es una buena sociedad,
ya que en definitiva lo que importa es garantizar el máximo de
autonomía posible a cada sujeto.
El
comunitarismo.
El pensamiento
comunitario, mientras tanto, también encierra numerosas
expresiones a su interior, caracterizándose por reaccionar a
algunas de estas ideas liberales, por ejemplo, rechazando la
noción atomista del individuo, el relativismo moral que genera el
individualismo en nuestras sociedades, o la idea según la cuál
cuánto mayor autonomía tengan los individuos mejor para la
sociedad en su conjunto (suma de individuos). Pero por sobre todas
las cosas, las críticas comienzan siendo empíricas, esto es,
parten de la crítica a una sociedad contemporánea que por medio de
la atomización y el individualismo, genera disolución de lazos
sociales y anomia. Asoman aquí autores como Alasdair Macintyre,
Charles Taylor, Michael Walzer, Michael Sandel y Roberth Bellah,
además de Amitai Etzioni sobre quién nos extenderemos a
continuación.
En todos los
casos, a diferencia de la crítica al liberalismo sesentista basada
en Marx, esta nueva camada de intelectuales, provenientes de la
filosofía política, recurre ahora fundamentalmente a autores como
Aristóteles o Hegel para basar sus formulaciones.
La crítica de
Etzioni al individualismo.
El sociólogo
judío – norteamericano Amitai Etzioni ha sido sin duda uno de los
abanderados del “comunitarismo sensible” (a diferencia del
comunitarismo más filosófico), a punto de fundar una Plataforma
Comunitaria y una Red de comunitaristas en los años noventa,
reuniendo centenares de académicos en todo el mundo. Sus ideas,
recogidas en varios libros y artículos científicos, se encuentran
bien resumidas en sus clásicos "The Moral Dimension"
(1988) y "The New Golden Rules" (1991).
En el primero
citado se pregunta si acaso es la sociedad principalmente un
mercado, en el que individuos que se sirven a sí mismos compiten
con otros –en el trabajo, en la política, en el romance-
encareciendo el bienestar general en el proceso. Comienza de esta
manera una severa crítica a los postulados más comúnmente
esgrimidos por el individualismo imperante tanto en el campo
sociológico como económico. A diferencia de la noción según la
cual solemos comportarnos con fría racionalidad egoísta en cada
uno de nuestros actos cotidianos, Etzioni es de la idea que en la
toma de decisiones se conjuga la razón con los valores y con la
moralidad. Esos valores, además, no son solo individuales, sino
fundamentalmente relacionales o sociales, o dicho de otra manera,
como sujetos estamos vinculados a diferentes comunidades con firme
sustrato moral y emotivo, que terminan por configurar nuestra
identidad.
En “la nueva
regla de oro”, por su parte, argumenta en torno al principal
desafío intelectual del comunitarismo, esto es, establecer ese
difícil equilibrio entre autonomía y orden social, entre derechos
y libertades individuales, así como la aceptación de un conjunto
de valores esenciales compartidos. Una “buena sociedad” de esta
manera, se aparta tanto de aquellas sociedades totalitarias donde
se asfixia al individuo, como de aquellas sociedades que
abanderadas en la defensa irrestricta del individualismo radical,
olvidan o menosprecian lo público y el orden social.
Señalemos
finalmente que una de las últimas publicaciones de Etzioni se
titula “La tercera vía hacia una buena sociedad. Propuestas
desde el comunitarismo”, donde presenta críticas muy
interesantes a la propuesta socialdemócrata de Giddens, así como a
las formulaciones más clásicas del neoliberalismo actual.
Recuadro:
El nuevo
reordenamiento de las ideas
“El mapa
antiguo (izquierdas y derechas) se centra en el papel del gobierno
en contraposición con el del sector privado y en la autoridad del
Estado en contraposición con el individuo. El eje actual es la
relación entre el individuo y la comunidad, así como entre la
libertad y el orden.
Dado este marco
diferente tiene sentido situar a libertarios, liberales,
conservadores partidarios del laissez faire, neoconservadores (de
derecha) y libertarios civiles (de izquierda) en diversas
posiciones del mismo lado (que no polo) del espacio político
intelectual, porque todos –si bien en distinta medida- se centran
en la necesidad de autnomía y prestan relativamente menos atención
directa a las necesidades de orden social. Al otro lado del
espacio están los socialconservadores relativamente menos
preocupados por la autonomía y a menudo más interesados en la
necesidad de apuntalar el orden moral, que, si es preciso, lo debe
sostener el Estado.
Entre los
individualistas, defensores de la autonomía, y los
socialconservadores, defensores del orden social, se erige el
pensamiento comunitario que caracteriza a una buena sociedad como
la que logra el equilibrio entre el orden socia y la autonomía”.
CAPÍTULO XII: El debate sobre
las terceras vías.
Si bien la idea de la tercera vía nace del
enfrentamiento entre capitalismo y socialismo centralmente
planificado, en lo que respecta al pensamiento contemporáneo, se
ha vuelto una discusión que parte de otros tópicos y sobre la
que versan diferentes escuelas de pensamiento. Una de ellas, por
ejemplo, es la que revisábamos en la edición anterior, esto es,
el pensamiento comunitario, que pretende apostar por una
alternativa al individualismo por un lado y al estatismo duro
por otro. Otra de ellas, sobre la que nos extenderemos
especialmente en esta ocasión, es la que representa el discurso
de las nuevas generaciones socialdemócratas.
Efectivamente,
las nuevas generaciones de políticos fundamentalmente ligados a
la Internacional Socialista, pero también otros de terceras
ramificaciones políticas, han ensayado a partir de la segunda
mitad de los noventa en estas materias, sobre todo bajo la
inspiración de quien más ha influído en el área de las ciencias
políticas, esto es, Anthony Giddens autor del ya clásico The
Third Way.
Si bien el libro de Giddens se
escribe en singular, el análisis de la historia de las ideas es
muy claro: a lo largo del Siglo XX se han pensado y teorizado
varias terceras vías. En el debate de fin de siglo XX y
comienzos del Siglo XXI, estas terceras vías deberían entenderse
al decir de José Pèrez Adán, como “las nuevas formas de
comprender la actividad política en el tiempo de cambio
cultural, económico y social del tránsito de milenio”.
La Tercera Vía
desde el concierto político: el aporte de Giddens.
Sin duda fue el
texto de Giddens publicado en 1998, el que dio puntapié a un
debate que hasta entonces quedaba encerrado al ámbito de
discusión de la socialdemocracia. Allí se descubre cómo uno de
los más importantes teóricos de las nuevas generaciones
políticas de la socialdemocracia, además de prestigioso
académico, reflexiona los cambios ocurridos en el orden mundial.
Entrando en el
análisis del texto, resulta interesante anotar en primer
término, la valoración que hace sobre la teoría, también
reconocida como ideología política: “la vida política no es nada
sin ideales”, dice primero, para luego sentenciar algo
fundamental para la izquierda contemporánea, esto es, que “el
esqueleto de su quehacer político necesita cubrise con carne
teórica- no solo para respaldar lo que hacen, sino para dotar a
la política de un mayor sentido de la dirección y el propósito”.
Sin duda que este es uno de los aspectos fundamentales en
situaciones donde el ser de izquierda en estos tiempos necesita
de toda una rediscusión, fruto por un lado del quiebre de los
socialismos reales (paradigma de los partidos comunistas), y por
otro del Estado de Bienestar clásico (paradigma en este caso, de
los socialdemócratas).
Para Giddens,
entonces, así como para muchos líderes de esta última corriente,
la Tercera Vía se constituirá en la nueva teoría que le dará
sentido a su accionar político. Nueva teoría que será
fundamental conocer, una vez que se constata que, al decir del
británico, “como sistema de gestión económica, el socialismo ya
no existe” (Idem).
Analizando
la muerte del socialismo, Giddens sostiene que como corpus
teórico, comienza teniendo como opositor al individualismo, y
recién después antagoniza con el capitalismo, cuando empieza a
tomar apariencia de doctrina económica.
De hecho, la
muerte del socialismo, parece estar unida a su teoría
económica, que según el autor británico, infravalora “la
capacidad del capitalismo para innovar, adaptarse y generar una
productividad creciente”, además de renegar del mercado como
proveedor de información (Idem).
Enfrentada a
esta teoría económica, aparece en escena el análisis del
neoliberalismo, que de la mano del todavía hoy muy leído
Friederich von Hayek, defiende a ultranza la liberalización de
los mercados. Giddens distingue entonces dos grandes ramales del
neoliberalismo: el conservador, también conocido como nueva
derecha, y el libertario[1].
Si bien ambos defienden la libertad de mercados, se distancian
en materia moral: los primeros defienden un rol activo del
Estado en la materia, mientras que los segundos apelan a la
defensa irrestricta de los derechos individuales.
La critíca
fundamental que le dirige al neoliberalismo es su indiferencia
frente al tema de las desigualdades económicas.
La otra
corriente que obviamente analiza Giddens es la socialdemocracia
a la antigua, defensora del Estado de Bienestar y por tanto del
predominio del Estado sobre la sociedad civil.
Ahora bien,
muerto el socialismo, confundido ideológicamente la
socialdemocracia, e ignoradas otras corrientes de pensamiento[2];
parecería ser que el triunfador es el neoliberalismo. Sin
embargo, nuestro autor adelanta que éste se encuentra en una
situación problemática, ya que sus dos mitades, -el
fundamentalismo de mercado y el conservadorismo- se encuentran
en tensión, siendo las consecuencias prácticas de cada una de
ellas, incompatibles entre sí. En palabras de Giddens: “Nada hay
más disolvente de la tradición que la `revolución permanente´ de
las fuerzas de mercado /.../ El neoliberalismo... descuida la
base social de los propios mercados, que dependen de las propias
formas comunales que el fundamentalismo de mercado contribuye
indiferentemente a disolver”.
¿Es la tercera
vía un maquillaje del neoliberalismo?
El lector se
preguntará si acaso la actual discusión de la tercera vía en su
versión europea en realidad, como señalan sus detractores, no es
más que un maquillaje del neoliberalismo imperante.
Los más
críticos ven la renuncia de Oskar Lafontaine como ministro de
finanzas alemán, el 12 de marzo de 1999, como el indicador más
elocuente de un giro hacia el neoliberalismo de los precursores
de la tercera vía. La socialdemocracia, se señala en un artículo
de Le Monde Diplomatique, “navega a la deriva obsesionada
por la urgencia y la proximidad, y está totalmente desprovista
de respaldo teórico (a menos que llamemos teorías a estos
catálogos de negaciones y renuncias que son la Tercera Vía de
Giddens/.../ y la Buena Elección, de Hombach, inspirador de
Schröder)”. Otros, directamente, tildan a la Tercera Vía de
Blair y Schröder, como un “Manifiesto Neoliberal” (Vidal-Beneyto,
1999).
Recuadro
Quién es
Anthony Giddens
Giddens actualmente se
desempeña como director de la Londond School of Economics and
Political Science. Sin embargo, se le conoce en el mundo de las
ciencias sociales desde hace varios años por su fecunda
actividad bibliográfica: más de 30 libros en el área de la
sociología y las ciencias políticas lo avalan como uno de los
contemporáneos más leídos al menos en las Universidades europeas
y latinoamericanas.
Su obra “La
Tercera Vía” según palabras del propio autor, pretende ser “una
contribución al debate que se desarrolla en estos momentos en
muchos países sobre el futuro de la política socialdemócrata”.
De esta manera, el profesor Giddens pega un salto del ruedo
académico al sistema político al presentarse como verdadero gurú
de Tony Blair. No tenemos información actual sobre qué piensa
Giddens de su tercera vía británica, en el marco de la ofensiva
bélica organizada por su partido laborista conjuntamente con el
gobierno conservador de George Bush
NOTAS
[1]
En hispanoamérica, sin embargo, el término libertario está
asociado a los aportes doctrinarios del anarquismo. En este
caso Giddens hace referencia a un liberalismo radicalmente
individualista.
[2]
Sin duda esta es una de las críticas básicas que se le hace al
planteo socialdemocrático-centrista de Giddens.
(Amitai Etzioni,
La Nueva Regla de Oro, Barcelona, Paidós, 1999).