ABSTRACT: Curso cedido por el
profesor Francisco Fernández Buey que imparte en la Universidad Pompeu
Fabra (Barcelona).
Estudio de las principales corrientes teóricas de la ética en el siglo
XX.
Especial atención a seis corrientes: la ética analítica, la
filosofía moral de raíz religiosa, la fundamentación ética de la
increencia, ética existencialista, los intentos de fundamentación de
una ética marxista, y ética de la modernidad crítica. .......................................
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TEMA 4. FILOSOFÍA MORAL DE LA UTOPÍA CONCRETA: ANTONIO GRAMSCI
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Para entender bien hoy en día
la vida y la obra de A. Gramsci hace falta: memoria histórica, cierta
sensibilidad sentimental y un poco de espíritu compasivo, de piedad. La
mejor manera de expresar lo que quiero decir es leer unos versos de Bertolt
Brecht, del poema "A los que vendrán", a los por nacer, a los
hombres del futuro. Dicen así:
Pensad
cuando habléis de nuestras
debilidades
también en el tiempo
tenebroso
del que os habéis librado
Porque nosotros anduvimos
cambiando más de tierra que
de zapatos
por la guerra de clases,
desesperados,
cuando sólo había
injusticia y ninguna rebelión
Y sin embargo sabemos:
también el odio contra la
bajeza
tuerce los rasgos
también la cólera contra
la injusticia
enronquece la voz.
Sí, nosotros,
que queríamos preparar la
tierra pala amistad
no pudimos ser amistosos.
El historiador Eric
Hobsbwam recordaba hace unos pocos años que Antonio Gramsci se había
convertido en la década de los 80 en el pensador italiano más
repetidamente citado en las publicaciones mundiales de humanidades y
ciencias sociales. En el catálogo de nuestra Biblioteca encontrareis 35
entradas distintas referidas a obras de A. Gramsci. Sin duda, esto se debe
al gran interés que han despertado en muchos países del mundo tres
colecciones de escritos suyos:
1] las intervenciones
políticas y políticoculturales de los años 1918 a 1926,
2] los treinta y tres
cuadernos que redactó durante el largo período carcelario al que fue
condenado por el fascismo mussoliniano, conocidos como Quaderni del
carcere
3] el más de medio
millar de cartas que, desde aquellas prisiones, envió a familiares y
amigos entre l926 y l937."
[Para la biografía de
A.,G. hay que ver: G. Fiori, Vida de Antonio Gramsci. Traducción castellana
Barcelona, Península, 1966; hay reimpresiones posteriores. Se pueden
consultar también las tablas cronológicas que acompañan a la Antología
preparada por M. Sacristán: Madrid, Siglo XXI, 1974; también reimpresiones
posteriores].
Una lección de ética
El proyecto de Gramsci se
puede entender, desde nuestro presente, como un continuado esfuerzo por hacer
de la política comunista una ética de lo colectivo.
Gramsci no escribió ningún
tratado de ética normativa. El no era un filósofo académico ni un político
corriente especialmente preocupado por la propia imagen. Dedicó muy pocas páginas
a aclarar su propio concepto de la ética. Como otros grandes filósofos de
la praxis, habló y escribió poco de ética. Pero dió con su vida una
lección de ética. Una lección de ética de esas que quedan en la memoria
de las gentes, de esas que acaban metiéndose en los resortes psicológicos
de las personas y que sirven para configurar luego las creencias colectivas.
Que las ideas cuajen en creencias, en el marco de una tradición crítica
y con una identidad alternativa a la del orden existente, que se prefigura
ya en la sociedad dividida: tal fue la aspiración de Gramsci desde joven.
Al hablar de la relación
entre ética y política hay dos aspectos igualmente interesantes sugeridos
por la palabra escrita y por el hacer de Gramsci. Uno de estos aspectos se
plantea al preguntarnos acerca de la forma en que él mismo vivió la relación
entre política y moralidad. El otro asunto interesante brota al preguntarse
cómo reflexionó Gramsci acerca de la relación entre el ámbito de la ética
y el ámbito de la política y qué propuso a este respecto desde esa
reflexión.
Pocas veces se han tratado
juntos estos dos aspectos en la ya inmensa literatura gramsciana. Pero es
importante atender a las dos cosas (y suscitar una discusión sobre el
resultado de pensar las dos cosas a la vez). Por una razón tan sustantiva
como práctica: para superar la distancia, e incluso la separación, que se
suele producir entre los estudios biográficos y los estudios técnico-académicos
que se centran en los conceptos básicos de los Quaderni del carcere.
Pues las consecuencias de dicha distancia suelen ser: la afirmación, por
una parte, de la coherencia ética de una vida ejemplar, y la insatisfacción,
de otra parte, ante la teorización gramsciana de la relación entre ética
y política por comparación con otros autores, académicos o no, contemporáneos
suyos.
Cuando se estudia paralelamente
la lección personal de ética en la vida de Gramsci y su reflexión acerca
de la relación entre ética y política se llega a la conclusión de que el
legado gramsciano puede resumirse en tres puntos: idealismo moral, primacía
de la política entendida como ética de lo colectivo y revisión
historicista y realista del imperativo categórico kantiano.
Idealismo moral
Entre el comienzo de la
primera guerra mundial y su detención en l926, Antonio Gramsci había
desarrollado una intensa actividad como crítico de la cultura y hombre político
revolucionario en Turín, Moscú, Viena y Roma. Testimonio de aquella vida
de febril dedicación a la política alternativa, a la causa del comunismo
(en una Europa que se debatía entre la guerra y la revolución), son los
seis volúmenes en que han sido agrupados los escritos gramscianos de esa época.
En l92l Antonio Gramsci era conocido como teórico de la experiencia
sociopolítica alternativa más interesante del siglo XX en la península,
la experiencia de los consejos de fábrica torineses que habían llegado a
ocupar por algún tiempo las instalaciones de la empresa FIAT.
Entre 1919 y 1922 Gramsci
escribió un considerable número de piezas políticas notables en los periódicos
socialistas y comunistas de la época, en La città futura, en Avanti,
en Il grido del popolo y, sobre todo, en L´Ordine Nuovo,
semanario del que fue animador y director. En L´Ordine Nuovo semanal
Gramsci hizo un periodismo político nuevo: informado, culto, polémico y
veraz a la vez; un periodismo político que fue apreciado no sólo en los
medios socialistas, sino también entre liberales y libertarios de Turín.
Aquel Gramsci joven, muy
espontáneo en la consideración de la actividad política, acusado de
bergsoniano, de soreliano y de voluntarista por los propios compañeros de
entonces, idealista en lo moral, duro crítico de los sindicatos existentes
(a los que consideraba parte de la cultura establecida bajo el capitalismo)
fue uno de los redescubrimientos del movimiento juvenil antiautoritario
europeo a finales de la década de los sesenta. Y se comprende. Pues algunos
de los escritos gramscianos de aquellos años tienen la fuerza político-moral
y la calidad literaria de las mejores cosas del joven Lukács o del joven
Korsch, por mencionar a dos de los más apreciados teóricos marxistas de
los años de entreguerras, tantas veces mencionados también por los jóvenes
del 68.
El joven Gramsci, que había
interpretado los acontecimientos del octubre ruso de 1917 como una revolución
contra El capital de Marx, intuyó varias de las contradicciones por
las que estaba pasando la construcción del socialismo en la Unión Soviética
ya al inicio de los años veinte; contradicciones que luego, con el tiempo,
han resultado decisivas a la hora de explicar la crisis de aquel sistema. La
interpretación gramsciana de la revolución rusa como una rebelión, tan
inevitable como voluntarista, que, contra las apariencias, entra en
conflicto con las previsiones del primer volumen de El capital, fue
tan atípica como sugerente y, en el fondo, como se ha visto, acertada.
Gramsci, que no llegó a conocer la evolución de las opiniones del viejo
Marx sobre la comuna rusa, ha sido uno los primeros comunistas en darse
cuenta de la dimensión del problema político-social implicado por una
situación completamente nueva en la historia de la humanidad, a saber: la
situación de un proletariado que no tenía apenas nada que llevarse a la
boca y que, sin embargo, resultó ser hegemónico, en un océano de
campesinos, durante el proceso revolucionario abierto por la guerra mundial;
la situación paradójica, en suma, de una clase social que nada tiene,
excepto- nominalmente- el poder político. Una contradicción histórica ésta,
que quizás sólo resulta de verdad comprensible cuando se la analiza en términos
parecidos a los que los que utilizaron Walter Benjamin y Bertolt Brecht al
hablar de la Unión Soviética de entonces como de un "pez cornudo".
Piero Gobetti, el gran
humanista y liberal italiano, nos ha dejado un retrato del joven Gramsci en
el que destaca su "fervor moral", su "escepticismo
pesimista" y su "insaciable necesidad de ser sincero" :
Gramsci ha dividido
su actividad entre los estudios y la propaganda política. Es curioso que
se haya visto absorbido por la política cuando en la Universidad se
contentaba con agudas y sutiles investigaciones de glotología. [...] Le
animaba y le anima un gran fervor moral, un tanto desdeñoso y pesimista,
por lo que cuando se habla con él por primera vez da la impresión de que
tiene una visión escéptica de la vida.[...] Intransigente, hombre que
toma partido, a veces de forma casi feroz, es crítico también con los
propios compañeros, y no por polemizar en lo personal o en lo cultural,
sino por una insaciable necesidad de ser sincero.
Ahí está la clave para
entender lo que fue el joven Gramsci. Quienes en aquellos años le acusaban
de voluntarismo y de idealismo no llegaron, sin embargo, a captar la
diferencia que hay entre el idealismo de las "almas bellas" y el
idealismo moral revolucionario del pensador y hombre de acción que se
compromete en la política colectiva. Esa diferencia se puede expresar, muy
sencillamente, con una frase pronunciada por el gran científico y moralista
del siglo XX, Albert Einstein, a propósito de Walter Rathenau:
Ser idealista
cuando se vive en Babia no tiene ningún mérito.
Lo tiene, en cambio, y mucho, seguir siéndolo cuando
se ha conocido el hedor de este mundo.
El idealismo moral positivo
del joven Gramsci es del segundo tipo, es el idealismo del hombre que sabe
que no vive en el país de las maravillas sino en un "mundo grande y
terrible", que conoce el hedor de este mundo dividido, de este mundo de
las desigualdades, y que lucha por cambiarlo a pesar del pesimismo de la
inteligencia. Ese es el idealismo moral que corresponde a una época histórica
dominada por el nihilismo. [Un motto varias veces repetido en la obra de A.G.:
Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad.]
Entre el estudio
desinteresado
y el pensamiento polémico y dialógico
Unos meses después de ser
detenido por el fascismo mussoliniano A.G. traza el primer plan de trabajo
en la cárcel de San Vittore (1927): los intelectuales italianos del siglo
XIX, la lingüística comparada, el teatro de Pirandello y el gusto
literario popular. Un hilo rojo: la cuestión de la hegemonía, el estudio
de la vertiente cultural del poder, partiendo de la convicción de que la
derrota de la clase obrera italiana y europeo-occidental es explicable por
su falta de autonomía cultural.
En ese contexto habla de
hacer una obra "para la eternidad", "für ewig", de
acuerdo con un compleja concepción de Goethe que atormentó al poeta
Pascoli [ver sobre este punto: M. Sacristán, Prólogo a la traducción
castellana del Undécimo cuaderno de la cárcel: Barcelona, Crítica, 1985].
Pero no puede empezar a
escribir hasta febrero de 1929, ya en la cárcel de Turi de Bari. Después
de esa fecha ha ampliado el primer plan de trabajo: teoría de la historia y
de la historiografía, temas de sociología de lo contemporáneo, concepto
de folclore, etc. En 1930 aún formula un tercer plan: la formación del espíritu
público, la hegemonía y el papel de los intelectuales. Pero al año
siguiente, debilitado por la enfermedad y la cárcel, escribe: "Ya no
tengo un verdadero programa de estudios y trabajo" (julio de 1931).
Esto le lleva a reinterpretar introspectivamente la propia forma de ser:
Toda mi formación
intelectual ha sido de tipo polémico. El pensar desinteresadamente me es
difícil, quiero decir el estudio por el estudio. Sólo a veces, pero muy
raramente, me ha ocurrido meterme en un determinado tipo de reflexiones y
encontrar, por así decirlo, en las cosas en sí el interés para
dedicarme a su análisis. Ordinariamente me es necesario ponerme en un
punto de vista dialógico o dialéctico, pues en otro caso no siento ningún
estímulo intelectual. No me gusta tirar piedras al vacío, quiero sentir
un interlocutor o un adversario concreto. Incluso en la relación familiar
quiero dialogar.
Un punto de vista
neomaquiaveliano
La clave para entender la
política como ética de lo colectivo que Gramsci practicó en su vida está
en la doble comparación que ha ido estableciendo en las notas de los Cuadernos
de la cárcel entre filosofía de la praxis y maquiavelismo, de un lado,
e historicismo marxista e imperativo categórico kantiano, de otro.
La búsqueda de un
equilibrio entre ética privada y ética pública (o sea, entre ética y política
como ética de lo colectivo) se lleva a cabo en Gramsci a través de una crítica
paralela del maquiavelismo corriente y del marxismo vulgar. En ambos casos
la degradación del punto de vista original, de Maquiavelo y de Marx,
consiste, por así decirlo, en la confusión de la moral política con la
moral privada, de la política con la ética .
La gran contribución de
Maquiavelo consiste, para Gramsci, en haber distinguido analíticamente la
política de la ética. Y en haberlo hecho no sólo, o no principalmente, en
beneficio del Príncipe, sino en favor de los de abajo. De ahí su
republicanismo. Pero ¿supone esta distinción un desprecio de la ética? En
absoluto. Esa derivación es consecuencia de una mala lectura de Maquiavelo
favorecida precisamente por los competidores históricos del maquiavelismo,
empezando por los jesuitas. El uso actual peyorativo, vulgar, pero
interesado, de la palabra "maquiavelismo" reduce la política a la
imposición de la razón de estado con desprecio de todo principio ético.
Pero Maquiavelo no es el "maquiavelismo" vulgar o inventado. En
Maquiavelo no hay una aniquilación de la moral por la política, sino una
distinción analítica, metodológica, entre moral y política que no niega
toda moral. En él se afirma la necesidad de otra moral, de una moral
distinta de la dominante, cristiano-confesional (que es lo que hace
impracticable la política laica).
Se puede decir, en suma,
que lo que Maquiavelo establece es una relación entre ética y política más
próxima a la concepción de los antiguos, para los cuales la política era
también, como conocimiento y como práctica, más fundamental que la ética. Esto, que es obvio para todo lector culto de las obras de Aristóteles,
queda olvidado o disfrazado en la versión vulgar, corriente, del
maquiavelismo.
De la misma manera que la
distinción analítica, maquiaveliana, entre ética y política (con la
consiguiente denuncia de una ética, concreta, históricamente determinada,
que no permite desarrollarse a la política como "ética pública")
acabó dando lugar a la versión vulgar del maquiavelismo, así también la
denuncia marxiana de la doble moral burguesa, de los falsos deberes y de las
obligaciones hipócritas (con la consiguiente propuesta de una política
revolucionaria, de una ética pública laica) ha acabado a veces en una
confusión: de un lado el politicismo (que se desliza desde la negación de
la universalidad de los valores hacia el escepticismo ético absoluto), y ,
de otro, la politización de los viejos valores tradicionales del
conformismo, en el marco del propio partido político, con lo que se tiende
a situar a los amigos políticos más allá de la justicia. Pero esto último
es para Gramsci característico de las sectas o de las mafias en las que lo
particular (la amistad y la fraternidad propia del ámbito privado) se eleva
a universal y no se distingue entre el plano de la moral individual y el
plano del quehacer político, entre ética y política .
Esta parte de la reflexión
de Gramsci me parece interesantísima y de mucha actualidad. Por varias
razones. Desde el punto de vista historiográfico, por lo que tiene de
recuperación de Maquiavelo, de afirmación del carácter
"revolucionario" del "maquiavelismo" auténtico, frente
a sus críticos interesados. Desde el punto de vista de la teoría política,
porque contribuye a elevar el principal descubrimiento de Maquiavelo a
sentido común ilustrado: esto es lo que permite hablar con propiedad de una
cultura política nacional-popular a la altura de los tiempos. Desde el
punto de vista de la evolución histórica del marxismo, porque conduce a
una ampliación del concepto maquiaveliano de la relación entre ética y
política, a la idea del "príncipe moderno" como intelectual
colectivo, que tiene que distinguir también, analíticamente, entre ética
y política en su seno.
Pero hay más. Esta parte
de la reflexión gramsciana, basada en la comparación entre maquiavelismo y
marxismo, permite pensar con provecho en uno de los grandes asuntos de la
vida pública contemporánea, el de la relación entre política y delito.
Es conocida la atracción que se siente, particularmente en momentos malos,
en momentos de crisis de la política, por el "comunitarismo"
tradicional de las mafias. También es conocida la tendencia, en los casos
de corrupción política, tan repetidos hoy en día en las democracias oligárquicas,
a poner a los propios (a los amigos políticos del propio partido) más allá
de la justicia, exigiendo que se trate a éstos en la arena política como
los trataríamos en familia. Aquella atracción y esta tendencia juntan el
atávico moralismo que niega jurisdicción a la justicia de los hombres
cuando se trata de "los nuestros" y el moderno moralismo sectario
que retrotrae el juicio sobre los delitos públicos de los políticos a la
comparación interesada sobre la moralidad privada de los individuos
("la moralidad de los nuestros está fuera de toda duda y por encima de
lo que decidan los tribunales", se suele decir en tales casos) . Pues
bien, la reflexión gramsciana fundamenta la distinción, hoy tan necesaria,
entre "hermandad mafiosa" y "fraternidad política".
Revisión del imperativo
kantiano
Gramsci se ha ocupado por
lo menos dos veces del imperativo categórico kantiano .
En la primera ocasión
rechaza el imperativo categórico kantiano con un argumento fuerte frente al
cosmopolitismo universalista ilustrado: la máxima de Kant, según la cual
hay que obrar de forma tal que la propia conducta pueda convertirse en norma
para todos los hombres en condiciones semejantes, presupone una sola
cultura, una sola religión, un conformismo mundial, cuando en la realidad
no hay condiciones semejantes. Esta crítica apunta hacia el lado débil del
proyecto moral ilustrado: su pretensión de universalidad valorativa por
encima de las diferencias histórico-culturales.
De acuerdo con esta crítica
gramsciana, el principio kantiano del imperativo categórico conduce a una
absolutización o generalización de las creencias históricamente dadas.
Pero no se puede aceptar el intento de una fundamentación absoluta de la
moral; para fundamentar una ética de la libertad hay que partir del análisis
histórico. Marx proporciona un criterio: la sociedad no se plantea tareas
para cuya solución no existan ya las condiciones . El historicismo implica,
por tanto, la admisión de cierto relativismo cultural y éste, a su vez,
implica el reconocimiento crítico de la existencia de principios morales
distintos en contextos culturales diferentes. Se podría decir, pues, que no
hay una ética universal: hay éticas vinculadas a historias, tradiciones y
culturas diferentes.
A partir de ahí se abren
dos posibilidades: o prospectar una ética de mínimos, una filosofía moral
mínima, basada en el diálogo, la comunicación, el consenso y la reducción
de los principios morales diferentes a un mínimo común denominador (que
es, en lo sustancial, el proyecto liberal) o reproponer la "herejía
del liberalismo" que fue el marxismo de Marx contemplando, en ese
marco, el ideal moral kantiano como una idea-límite, como una idea
reguladora que sólo dejaría de ser utópica en otra sociedad, en la
sociedad regulada. Gramsci ha seguido el segundo camino.
Cuando, unos meses después,
Gramsci se ocupa de nuevo, en los Cuadernos, del imperativo categórico
kantiano concluye el paso preguntándose explícitamente por la duración
temporal de las éticas y por los criterios para saber si una determinada
conducta moral es la más conforme a un determinado estadio de desarrollo de
las fuerzas productivas. El contexto en que se hace la pregunta indica que
la preocupación principal de Gramsci era precisamente el criterio de
validez temporal del materialismo histórico en el plano de la ética pública.
¿Quién decide acerca de la validez de los comportamientos morales históricamente
condicionados? Gramsci rechaza sucesivamente que esto pueda decidirse
aduciendo la moral natural, el artificio o convencionalmente. Para él no
hay Papa laico ni oficina competente ad hoc. Lo único que cabe a
este respecto es el choque mismo de pareceres discordantes. Eso forma parte
de la lucha por la hegemonía cultural,
Ahora bien, ni la afirmación
de la distinción maquiaveliana, que es analítica, entre ética y política,
ni la negación de la existencia de un principio ético universal en el
sentido kantiano, ni la crítica de la doble moral característica de la
cultura burguesa realizada por Marx tienen como implicación para Gramsci la
defensa de una política ajena a la ética o la postulación de un
relativismo ético absoluto, del tipo "todo vale según las
circunstancias". Gramsci afirma que no puede haber actividad política
permanente que no se sostenga en determinados principios éticos compartidos
por los miembros individuales de la asociación correspondiente. Son estos
principios éticos los que dan compacidad interna y homogeneidad para
alcanzar el fin. Y ahí vuelve la distinción entre mafia (o secta) y
partido político.
Lo que diferencia una mafia
o una secta del "intelectual colectivo", del "príncipe
moderno" o del partido de nuevo tipo, es precisamente su diferente
concepción de los principios y fines universales. Mientras que en la mafia
la asociación es un fin en sí mismo y la ética y la política se
confunden (porque el interés particular es elevado a universal), el
partido, como príncipe moderno, como vanguardia o intelectual colectivo, no
se pone a sí como algo definitivo, sino como algo que tiende a ampliarse a
toda la agrupación social: su universalismo es tendencial. En él "la
política es concebida como un proceso que desembocará en la moral, es
decir, como un proceso tendente a desembocar en una forma de convivencia en
la cual política y, por tanto, moral serán superadas ambas". La política
misma se concibe como un proceso que, una vez superada la demediación
humana, desembocará en la moral. Mientras tanto, es la crítica y la
batalla de ideas lo que decide acerca de la mejor forma del comportamiento
moral de las personas implicadas. No hay comunión laica de los santos.
¿Qué concluir del análisis
de estos fragmentos de Gramsci sobre la relación entre ética y política?
Si se pone el acento en la
comparación con el imperativo moral kantiano habría que decir que el
historicismo de Gramsci corrige de manera realista el idealismo moral para
acabar proponiendo una nueva formulación sociohistórica que da la primacía
a la política sobre la ética. El nuevo imperativo ético-político suena
así: "La ética del intelectual colectivo debe ser concebida como
capaz de convertise en norma de conducta de toda la humanidad por el carácter
tendencialmente universal que le confieren las relaciones históricamente
determinadas". No se trata, pues, de la negación de la universalidad,
sino de la reafirmación de la universalidad tendencialmente posible en un
marco histórico dado, concreto. Esto indica que el acento, respecto del
imperativo categórico de Kant, ha sido de nuevo desplazado del individuo a
la colectividad, a la asociación.
En el fondo esta idea de
Gramsci prolonga e innova una concepción antigua, clásica, de la relación
entre ética y política: la concepción griega, aristotélica. Pero es
también una prolongación innovadora del concepto de la relación entre ética
y política de los orígenes de la modernidad crítica, republicana: la
extensión del concepto maquiaveliano en el sentido más auténtico; un
concepto que tiene como punto de partida la crítica radical de la doble
moral característica de la cultura burguesa pensando explícitamente en los
de abajo; un concepto de la relación entre ética y política que da la
primacía a lo político porque considera necesario e inevitable la
participación del individuo ético en los asuntos colectivos, en los
asuntos de la ciudad, de la polis.
Admitida la separación de
hecho entre ética y política, el individuo aspira a la coherencia, a la
integración de la virtud privada y de la virtud pública con la consideración
de que aquélla sólo puede lograrse en sociedad y, por tanto, políticamente.
Pero con respecto de la concepción clásica y neomaquiaveliana de la relación
entre ética y política Gramsci añade la conciencia de la división
permanente en la sociedad en clases. Y con respecto al imperativo moral
kantiano Gramsci añade la conciencia historicista del relativismo cultural.
Luego deriva coherentemente de ambas cosas la afirmación de que la
aproximación entre ética privada y política (entendida como ética de la
polis) sólo puede lograrse plenamente en un orden nuevo, en una sociedad
alternativa, regulada, en la que tal división haya sido superada.
¿Qué hacer mientras
tanto? Mientras tanto, la tendencia del individuo comunista a la
universalización de la propia conducta moral tendrá que cargar siempre con
la cruz de la contradicción a la que le obliga la existencia de una
sociedad dividida. Y es en ese punto donde se entrecruzan la lección ética
que fue la vida del ciudadano llamado Gramsci con la reflexión teórica de
los Cuadernos que se lleva a cabo simultáneamente. Como la comunión laica
de los santos es imposible en este mundo y como mientras llega la
reunificación de política y moral hay que actuar acordando medios y fines,
el individuo comunista tiene que hacer ya su propia reforma moral e
intelectual. El marco sociocultural para ello es para Gramsci el partido, el
intelectual colectivo, el príncipe moderno. Pero en su seno, y en la
batalla de ideas subsiguiente, hay, por así decirlo, una forma defendible
de individualismo positivo que aspira a prefigurar un tipo de moralidad
propio de la sociedad alterativa. El que Gramsci defiende no siempre es explícito,
pero se puede explicitar a partir de lo que dejó dicho en muchas de las
cartas contemporáneas de los Cuadernos. Este individualismo positivo
consiste en prospectar y practicar una revolución de la vida cotidiana a
partir de la reflexión (sólo esbozada) acerca de la relación entre el
mundo de la política y el mundo de los afectos.
Lo político y los afectos
Dar la primacía a lo político
no equivale para Gramsci a la afirmación (muchas veces repetida en
ambientes diversos) de que "todo es política". En una célebre
carta Gramsci ha vinculado el compromiso político público, que implica la
comprensión y el amor a una colectividad, al sentimiento del amor por otra
persona. Pero al mismo tiempo A.G. reflexionó sobre la dificultad de
compatibilizar la actividad política cotidiana y el mundo de los afectos en
el plano privado.
Gramsci intuyó en más de
una ocasión "el desierto" en el que acaba resolviéndose una
cultura politicista, la aridez de la actividad sólo política, la
insatisfacción de una vida de revolucionario profesional que entrega todas
las horas de su existencia a la (justa) causa del comunismo, sin tiempo
restante para el cultivo de otras dimensiones de la personalidad, para
mejorar moderamente en las relaciones íntimas, cotidianas. También él
vivió la tragedia del revolucionario saltafronteras que "mira con
impaciencia la naturaleza y que no puede ser amable, amistoso, en la
agudización de la lucha entre las clases" (Bertolt Brecht). Tal vez
como ningún otro de los revolucionarios de su época sintió Gramsci el
salto sin transición desde una concepción voluntarista de la negación del
tiempo a la consideración trágica del tiempo como mero pseudónimo de la
vida misma.
Para hacerse una idea de lo
que pudo llegar a representar en la cultura comunista de entonces este
brechtiano contemplar la naturaleza con impaciencia, tal vez lo más
indicado sea comparar dos pasos de la correspondencia de Gramsci separados
por poco más de un año. El 15 de agosto de 1925 nuestro hombre escribe a
Julia Schucht:
Durante los últimos
tiempos he danzado mucho, he visto parajes que, según dicen, son bellísimos,
paisajes que, al parecer, son admirables, tan admirables que los
extranjeros vienen de lejos para contemplarlos. Por ejemplo, he estado en
Miramare, pero me ha parecido una errada fantasía de Carducci: las
blancas torres se me presentaban como chimeneas acabadas de blanquear con
argamasa; el mar tenía un color amarillo sucio, porque los peones que
construían un camino habían echado en él toneladas de basuras; el sol
me dio la impresión de un calorífero fuera de estación.
Gramsci escribía sobre la
"errada fantasía de Carducci" todavía en libertad, consciente,
sin embargo, de "haber perdido el gusto por la naturaleza" y de
estar convirtiéndose en un ser "apático" debido a la existencia
sólo política que llevaba entonces y a la melancolía producida por la
ausencia de la mujer a la que amaba. En cambio, unos meses más tarde, el l5
de enero de l927, confinado en Ustica después de la detención, a pesar del
evidente empeoramiento de la situación personal, de que Yulca Schucht aún
sigue lejos y de los malos augurios inevitables en un preso político de un
régimen autoritario, la mirada de nuestro hombre sobre la naturaleza es
otra, muy otra:
Tenemos a nuestra
disposición una hermosísima terraza desde la que admiramos el mar sin fín
durante el día y un magnífico cielo por la noche. Como el cielo está
limpio, sin los humos de la ciudad, podemos gozar estas maravillas con la
máxima intensidad. Los colores del agua del mar y del firmamento son
realmente extraordinarios por su variedad y por su profundidad: he visto
aquí arco iris únicos en su género.
El contraste entre los dos
pasos es llamativo. La paciencia, la serenidad, para la contemplación de la
naturaleza llega, paradójicamente, cuando Gramsci ha perdido una libertad
de movimientos que, por otra parte, no le permitía pararse en observaciones
ni en descripciones de este tipo. Se ve ahí con toda claridad en qué
estaba pensando Gramsci al hablar del desierto de lo sólo político. No es
ninguna casualidad, dicho sea de paso, que las cartas redactadas por Gramsci
en Ustica sean tal vez las más distendidas de las que escribió desde que
dejara a Julia Schucht en Moscú. Quien haya conocido la dureza de la lucha
política clandestina unida al sentimiento de tristeza que produce el
alejamiento de la persona amada sabe, puede saber, que hasta el destierro y
la cárcel resultan, en los primeros momentos, relajantes, un lenitivo
contra el desdoblamiento del hombre entre el deber y el querer.
En sus relaciones con Yulca
Schucht ya antes del encarcelamiento, en Moscú, o desde Viena y Roma,
Antonio había atribuído a veces sus dificultades de comunicación, la
incomunicación parcial, o la dificultad para establecer un vínculo
interpersonal estable con la mujer amada, a su propia contención
sentimental, aludiendo incluso, humorísticamente, al viejo tópico
regionalista del sardo que es como una isla en la isla. Pero Gramsci sabía
que esas complicaciones sentimentales iban de la mano con el empobrecimiento
que representa la dedicación exclusiva a la actividad política, incluso
cuando ésta intenta ser, como era el caso, ética de lo colectivo, y no
mera parodia de la participación ciudadana en los asuntos de la polis.
[Este tema se puede estudiar resiguiendo la correspondencia de A.G. entre
1927 y 1935].
De Gramsci a Bloch
Utopía y modernidad
El término utopía surge en la época
moderna, con Thomas More, en una acepción que yo llamaría irónico-positiva,
crítica de lo que hay, o sea, de lo que había en los comienzos de la
modernidad, muy característica, por lo demás, del espíritu y del ambiente
erasmista de la Europa culta de las primeras décadas del siglo XVI (de
antes de que se impusiera la barbarie que criticó Luis Vives a propósito
del asesinato legal de More en Inglaterra y de las persecuciones contra los
iluministas en España).
Se puede decir que el moderno concepto de
utopía ha nacido de la combinación de tres factores:
1º la crítica moral del
capitalismo incipiente (esto es, la crítica de la mercantilización y
privatización, en las enclosures, de lo que fue común, de las
tierras comunales);
2º el propósito de dar
nueva forma, una forma moderna alternativa, al comunitarismo municipalista
tradicional, a la reivindicación de la propiedad comunal;
3º una vaga atracción
por la forma de vida existente en el nuevo mundo recien descubierto, donde
se suponía que se mantiene la propiedad comunitaria y las buenas costumbres
anteriores a la mercantilización y privatización de las tierras comunales
y al que se atribuían hábitos que el autor de Utopía y, en
general, los erasmistas querrían ver implantados también en las sociedades
del viejo mundo (en Inglaterra, en los Países Bajos, en la Península Ibérica,
en las ciudades de la Península itálica).
Hay, pues, ya en el nacimiento de la utopía
moderna algunos rasgos que se han conservado a lo largo de los siglos y que
se encuentran también en la teorización por Bloch del principio esperanza
en los años sesenta de este siglo: recuerdo (más o menos añorante o
melancólico) de la comunidad que hubo, crítica abierta a la injusticia y
la desigualdad que hay en el presente, atracción por la novedad que apunta
en lo recién descubierto o en lo recien inventado, precisamente en la
medida en que este apuntar de lo nuevo enlaza con el (casi siempre
idealizado, todo hay que decirlo) buen tiempo pasado.
Por grandes que sean las diferencias entre
la utopía de More, la propuesta falansteriana de Fourier, el proyecto
socialista de Marx y, por ejemplo, las "noticias de ninguna parte"
de William Morris, para cubrir un arco de tiempo que nos lleva hasta finales
del siglo XIX, en todos estos casos encontramos una misma idea de la dialéctica
histórica según la cual la crítica de lo existente hace enlazar el
recuerdo del buen tiempo pasado con la armonía, la justicia y la igualdad
que se desea para el futuro. La idea marxiana de la superación (eso sí,
con resto) de lo que hay incluye también la recuperación y elevación del
comunitarismo primitivo que hubo a un plano superior. Muy probablemente esta
dialéctica debe verse como la secularización, a través de Hegel, de una
idea ya popular, generalmente compartida por la cultura greco-romana y la
cultura cristiana.
El destino de las grandes ideas utópicas
(y en general alternativas) de la humanidad, al menos en el marco de nuestra
cultura, parece ser casi siempre éste: hacerse templo, institución,
realidad político-social en el otro lugar, en un lugar frente al cual, o
en relación polémica con el cual, fueron pensadas. Ya en la antigüedad
pasó algo así con la utopía de Moisés y con la utopía de Jesús de
Nazaret: para cuajar tuvieron que atravesar el desierto o migrar al centro
del Imperio. Esto es lo que la utopía comparte con la profecía. Y está
por estudiar por qué también de las utopías modernas, como de los
profetas, puede decirse con verdad que no triunfan en su tierra de
nacimiento. Seguramente el estudio detallado de la emigración triunfal de
las utopías y de las grandes ideas alternativas en la historia moderna sería
una buena herramienta metodológica para hacernos ahora una composición de
lugar sobre las utopías en este final de siglo. Pues si la utopía de Moro
transmigró a Michoacán mientras el propio Moro pagaba con su vida la
audacia de su espíritu crítico, la utopía ilustrada, que nació fijándose
en el parlamentarismo inglés, trasmigró a la Francia revolucionaria y la
utopía liberal-cartista, que nació en el hogar clásico del capitalismo,
transmigró a la Alemania prusiana de Bismarck donde se establece por
primera vez algo así como cierta seguridad social, mientras que la utopía
socialista revolucionaria, que nació para Inglaterra, Alemania y Francia,
transmigró a la atrasada Rusia para pasar desde ella a Asia, a América
Latina, a Africa donde apenas había todavía obreros industriales.
Utopía e intención científica en
la tradición socialista
El término "utopía" sólo pasa
a tener un significado predominantemente negativo después de las
revoluciones de 1848, precisamente cuando una parte de los defensores de la
idea de construir una sociedad de iguales, alternativa, deja de considerar
esta tarea como un sueño de los de abajo, de los trabajadores asalariados,
y la entiende ya como algo realmente realizable.
A partir de ese momento, y por lo que hace
a la fase histórica de incorporación de las grandes masas a la política,
ha habido tres acepciones de utopía que conviene considerar.
La acepción dominante del término ha sido
la negativa. En las sociedades industriales los principales representantes
de la clase social hegemónica han considerado "utópicas", en el
sentido (declarado) de irrealizables y (no siempre declarado) de
no-convenientes todas las propuestas de sociedad buena, libre y
materialmente igualitaria, surgidas de los trabajadores asalariados, y muy
señaladamente la idea de sociedad socialista, de sociedad comunista o
anarquista. Lo utópico, según esto, era una sociedad en la que habría
desaparecido la propiedad privada de los medios de producción y,
consiguientemente, el tipo de competición entre los hombres y grupos
sociales que es típico de la sociedad mercantil basada en la lógica del
beneficio y del intercambio desigual; una sociedad en la que la producción
estaría regulada en función de las necesidades sociales de la mayoría de
la población, y no al servicio de los intereses privados; una sociead en la
que habría de ponerse fin, por otra parte, a las crisis comerciales que
periódicamente amenazaban (con sus hambrunas) a las gentes, pero también
se terminaría con esa plaga que es la especulación movida por los
intermediarios y generadora del parasitismo social; una sociedad en la que
hubiera regulación (o planificación) de los recursos y medios de producción
y racionalización de las relaciones sociales en el plano de lo político
habrían de ser, por tanto, las dos notas principales compartidas por las
varias tradiciones socialistas; una sociedad caracterizada por la
simplificación del aparato administrativo y judicial, la disolución del ejército
permanente y la abolición del trabajo doméstico asalariado, de la nueva
servidumbre; la reducción drástica de la jornada de trabajo (con lo que se
suponía que quedaría superado el tipo de alienación característico del
trabajo asalariado); la asociación entre iguales en lugar de la competición
entre desiguales; el usufructo colectivo de los medios de producción; la
distribución de los productos de acuerdo con las necesidades de las
poblaciones objetivamente calculadas por la administración pública; la
comunidad de bienes en su acepción moderna, esto es, la colectivización de
los principales medios de producción; la educación politécnica de los jóvenes
y la combinación del trabajo manual y del trabajo intelectual (para así
fomentar, por una parte, la capacidad de asimilación rápida de los
sistemas de producción y potenciar, por otra, el cultivo de la sensibilidad
literaria y artística, o sea, la posibilidad de que los individuos empleen
sus facultades desarrollándose universalmente).
De acuerdo con los idearios socialistas del
siglo XIX todo esto traería como consecuencia el fin de la división de la
sociedad en clases, el fin de la división social fija del trabajo, la
transformación drástica de la familia tradicional y la promoción de un
cambio radical en las relaciones entre los sexos: en la ciudad libre, en la
sociedad socialista racional y regulada imperaría la igualdad sexual, y con
ella tendría que acabar la discriminación secular entre los géneros. Este
último aspecto de la sociedad alternativa sería acentuado de forma
especial por Fourier y por Engels, que fueron, de entre los socialistas, los
varones más sensibles al tema de la emancipación de las mujeres.
[Una ampliación de todo este punto histórico
en el ensayo titulado Dialéctica de la esperanza utópica: Francisco Fernández
Buey y Jorge Riechmann, Ni tribunos. Ideas y materiales para un programa
ecosocialista. Madrid, Siglo XXI, 1996, págs. 158-183].
Antonio Gramsci sobre
utopía (1918) [texto en Antología cit. pág. 44 y ss.]
El contexto: en 1918 "utopía"
era, por lo general, un término que se usaba en Europa en sentido negativo,
peyorativo, sobre todo en el marco de la filosofía moral y política
marxista; se oponía casi siempre "utópico" a "científico";
"utopía" y "utópico" eran términos que se usaban
despreciativamente, como equivalentes de "mera ensoñación" o
"simple fantasía". Un proyecto o un plan de transformación
sociocultural era "realizable", podía tener lugar, aunque su
realización fuera difícil, si era "científico". Cuando estalló
la revolución de octubre de 1917 muchas personas en Europa (socialistas y
no socialistas) declararon que aquello era una "utopía" y que los
bolcheviques y sus amigos eran "utópicos", en el sentido de que
se proponían algo inalcanzable, imposible de llevar a la práctica: nada
menos que la gobernación de los de abajo, de los que durante siglos no habían
tenido nada más que sus cadenas. El centro del debate se planteaba así:¿no
constituía una utopía pretender pasar desde el atraso económico, en un país,
Rusia, que había sido definido como un océano de campesinos, a una
constitución de carácter socialista?
Antonio Gramsci da la vuelta al argumento
tradicional en el ámbito marxista, considera que lo utópico no es la
afirmación de la voluntad de cambio sino precisamente la consideración de
que el cambio tenga que atenerse a esquemas dados en función de una
supuesta ciencia de la historia del desarrollo de los modos de producción e
intercambio. Gramsci rechaza la oposición rígida entre ciencia y utopía, y avanza una idea muy interesante: lo utópico es precisamente la tendencia
a detallar sobre el futuro, la pretensión de imaginar el futuro en todos su
detalles a partir de esquemas prestablecidos.
He aquí su razonamiento:
1. La historia no es un cálculo
matemático; no existe en ella un sistema métrico decimal. Y en una
revolución proletaria la incógnita humanidad es más oscura que en
cualquier otro acontecimiento
2. Parte de esa incógnita
es la espiritualidad difusa del proletariado ruso y su capacidad de crear
historia. Eso no se ha estudiado nunca. Por tanto, hay que esperar. No se
puede formular todavía en 1918 un juicio definitivo. De modo que la
afirmación de que Lenin es un utopista no es propiamente un juicio histórico,
basado en la consideración histórica, sino un acto político actual, una
afirmación que se propone fines políticos.
3. Lo que determina
directamente la acción política no es la estructura económica, sino la
interpretación que se da de ésta y de las llamadas leyes que rigen su
desarrollo. Pero estas leyes no tienen nada que ver con las leyes naturales
(ni tampoco las leyes naturales son datos de hecho objetivos, sino
construcciones del pensamiento, esquemas útiles establecidos prácticamente
por comodidad de estudio y enseñanza).
4. Cuando, por lentitud
del ingenio o a causa del prejuicio, la ley, o supuesta ley, no salta a la
vista en seguida se tiende a juzgar y se decreta: utopía, utopismo.
5. Pero todo fenómeno
histórico es individual, particular; el desarrollo histórico se rige por
el ritmo de la libertad; la investigación no debe serlo de la necesidad genérica
sino de la necesidad particular. Por consiguiente, hay que estudiar de un
modo intrínseco los acontecimientos rusos en curso.
6. El fenómeno central a
tomar en considreración en este caso ha sido la guerra mundial y la
intervención del Imperio zarista en ella. Rusia en guerra era realmente el
país de Utopía por el contraste entre el atraso técnico-cultural y las
necesidades de organización de la máquina de guerra. Es ese contraste el
que da lugar a la desistegración de la Rusia zarista y patriarcal.
7. Esta desintegración se
ha debido a que no había en Rusia la burguesía capaz de realizar tal
tarea. Por eso el utopista, en opinión de A.G., es el que se queda en el
esquema preestablecido, como el católico hundido en el Syllabus.
8. De este análisis brota
una nueva acepción del concepto de utopía. La utopía consiste en no conseguir
entender la historia como desarrollo libre, en ver el futuro como un sólido
ya perfilado, en creer en planes establecidos. La utopía es filisteísmo
(en el sentido de Heine): utopistas son los reformistas; los que hipotecan
el futuro y creen encerrarlo en sus esquemas preestablecidos; los que no son
capaces de concebir la divina libertad y gimen continuamente ante el pasado
porque los acontecimientos se desarrollaron mal. Utopista es el que no
concibe la historia como desarrollo libre --de energías libres, que nacen y
se integran libremente-- distinto de la evolución natural, igual que los
hombres y las asociaciones humanas son distintos de las moléculas y de los
agregados moleculares.
9. Utopía no es
espontaneidad, es la autoridad que se convierte en carrerismo; la libertad
no es utopía porque es aspiración primordial, porque toda la historia de
los hombres es lucha y trabajo por suscitar instituciones sociales que
garanticen el máximo de libertad.
Utopía es, en suma, cientificismo.
Ernst Bloch (1885-1977):
Del Espíritu de la utopía (1918) a El principio esperanza
(obra escrita entre 1938 y 1947, pero publicada en 1959)
1. Un imperativo categórico:
echar por tierra todas las relaciones en las que el hombre es un ser
humillado, esclavizado, abandonado, despreciable. Un ateísmo heredero del
hilo rojo subversivo de la Biblia. Dios, en el último día, sólo reconoce
la ética como valor en oro. La revisión del concepto de utopía implica
investigar los fundamenos metafísicos descuidados por Marx.
2. Frente a la trivialidad
y el nihilismo (el fracaso total de lo humano, el sinsentido) la filosofía
tendrá que tener conciencia moral del mañana, ha de tomar partido por el
futuro, ha de ser saber de la esperanza. Trabajar contra la angustia vital y
los manejos del miedo. Hay que llenar el espacio vacío que deja la muerte
de Dios: la esperanza es no sólo un rasgo fundamental de la conciencia
humana, sino que, aprehendida concretamente, es una determinación
fundamental dentro de la realidad objetiva en su totalidad. La esperanza
es una estructura fundamental del ser humano. La esperanza dialécticamente
concebida: una esperanza a la que se ha llevado filosofía.
3. Lo que Bloch propone es
una nueva Ilustración que no desprecie lo mesiánico sino que lo herede,
porque lo mesiánico es el secreto rojo de toda revolución, de toda
ilustración que se mantiene en plenitud. El límite de la Ilustración histórica
ha sido su desprecio de la religión y del sentimiento religioso, la
trivialización del sentimiento religioso, Hay todo un campo de afinidades
entre la conciencia religiosa y la conciencia utópica: en ambas se rechaza
el positivismo de la verdad de hecho.
Reducir la religión a opio, piensa Bloch,
no tiene sentido alguno; no coresponde a la historia ni al problema
planteado por la religión. La religión es una de las formas de
preapariencia de la utopía. En ese sentido hay que leer la Biblia. Pero
esto no significa una justificación de las religiones históricas, Lo mejor
de la religión es que produje herejes. Una lectura herética basa en el
encuentro entre tradiciones de liberación: leer la Biblia con los ojos del
Manifiesto comunista. El Paraiso es un parque natural en el que sólo los
animales podían permanecer, no el hombre, el deseo de ser como un Dios como
deseo de emancipación.
4. Una filosofía que toma
partido en favor de los humillados y ofendidos. Importancia de la razón práctica.
El error de la modernidad, incluido el marxismo, ha sido no tener en cuenta
suficientemente el sufrimiento humano, el sufrimiento de la persona: la
insensibilidad ante el problema del mal. El mal es algo real y radica en la
resistencia de la materia.
5. De ahí la necesidad de
una fenomenología de los estratos utópicos de la conciencia, el
estudio de la estructura y la génesis de la utopía en sus diversas
manifestaciones: de los arquetipos a los símbolos, de los deseos de la
primera infancia a las fábulas, de las obras de arte de los grandes genios
a las creaciones colectivas: la presencia de la utopía mantiene viva la
tensión entre aspiración y realidad, proyección ineliminable de toda
construcción que de lo vivido subjetivo que quiera situarse más allá del
límite de la estructura real.
La utopía nace la crisis de la verdad, del
desfase entre verdad y realidad: ser y verdad no coinciden. El objeto utópico
se manifiesta en imágenes anticipadoras en las que la fantasía es un
elemento fundamental. La utopía es principio regulador de lo real, de lo
otro, órgano metódico para lo nuevo.
La comparación entre los sueños nocturnos
y los sueños diurnos funda la diferencia entre utopía abstracta y utopía
concreta. Sin el contacto con la vida, el sueño no es más que una utopía
abstracta y la vida sólo una trivialidad. Es el contacto con la vida lo que
da lugar a la utopía concreta entendida como docta esperanza. La docta
esperanza es la esperanza tocada por la reflexión filosófica. El hombre es
aún algo por realizar, la humanidad es un proyecto. Se sabe qué es
inhumano, aunque no se puede saber con exactitud qué es humano. El hombre
no ha sido encontrado aún. No hay razones para el optimismo progresista en
general; el optimismo trivial conduce al quietismo contemplativo: "Las
mandíbulas de la muerte aniquilan todo y las fauces de la putrefacción
eliminan toda teleología". El desencantamiento absoluto nos lleva al
perro, al mono, al átomo. El desencantamiento concreto conduce a la
esperanza fundada de que el desencanto no sea definitivo.
6. Bloch propone
distinguir entre utópico y utopista. Lo utopista se salta el momento de la
mediación que son las estructuras objetivas de lo real; es abstracción en
el sentido de fantasear, en contraposición a proyecto realizable, es
wishful thinking sin reales posibilidades de mejora colectiva (ejemplo: las
teorizaciones de Owen, Fourier).
El proyecto de la utopía es construido, en
cambio, en constante mediación con las condiciones objetivas y en la búsqueda
de su superación: la conciencia utópica no se deja devorar por la mala
realidad; precisamente para ver los verdaderos cuerpos celestes hace falta
un telescopio que llegue mucho más lejos: el telescopio se llama en este
caso utopía concreta. La función utópica es un transcendente sin
transcedencia, el único transcendente que ha permanecido y el único que
vale la pena que permanezca
7. El marxismo cálido, no
economicista, que reincorpora el momento filosófico, es la utopía concreta
(no la pretendida superación científica de la utopía). La ética --
escribe Bloch-- se ha hecho carne. La utopía de los utópistas abstractos
está en la excesiva particularización de lo que deba ser la utopía; la
utopía concreta no señala cómo ha de ser el futuro, sólo señala la
dirección. La abstracción de los utópicos está en el exceso de detalle.
En cambio, no es abstracto, sino muy concreto, el viejo sueño de la
felicidad, la aspiración a un mundo sin alienación ni indignidad, la
aspiración a la plenitud. Sólo el sentido utópico, con esta precisión,
puede espolear la modorra y proporcionar significado a la vida, tanto en el
rechazo de lo que nos es inadecuado cuanto en el barrunto de lo que nos
corresponde.
8. La esperanza es una
pasión. Una de las pasiones de la expectativa humana. De entre las pasiones
de la expectativa, Bloch prima la esperanza porque es la respuesta positiva
contra el nihilismo: fuerza y violencia contra la aniquilación del hombre.
La esperanza es principio originario del hombre porque está ligada a la
tensión primaria con la naturaleza. En una primera aceptación está por
encima de toda determinación histórica.. En ese sentido la esperanza es
principio originario de la vida subjetiva. Pero la esperanza es también el
punto de encuentro del futuro en el presente de la vida subjetiva. Para ello
debe construirse objetivamente en sus condiciones históricas. La esperanza
se puede enseñar. Y aprender la esperanza es una tarea filosófico-moral.
La esperanza se sitúa sobre el miedo, no es pasiva ni está encerrada en el
anonadamiento. El efecto de la esperanza da amplitud a los hombres en vez de
angostarlos. La esperanza no soporta una vida de perros.
La esperanza es la condición última de
posibilidad de la utopía. Es el fundamento de la utopía racional, porque
la razón no puede florecer sin esperanza y la esperanza no puede hablar sin
razón. Como esperanza concreta, como emperanza mediada, es docta
spes. El
verdadero contenido de la esperanza coincide con la realización de la utopía
concreta: la alianza entre revolución y cristianismo en las guerras de los
campesinos no habrá sido la última, y esta vez tendrá éxito. Pero la
esperanza --afirma Bloch-- no está nunca en los resultados, en la resolución
de las contradicciones históricas. Hay esperanza porque subsiste el escándalo
de la historia, que es la dialéctica del "amo" y el
"esclavo". La esperanza es el secreto impulso de la conciencia del
todavía no que hace frente a las contracicciones del presente. No hay ni
puede haber garantía de éxito en la esperanza; el optimismo brota de la
presencia de la esperanza, no de los resultados. No tenemos confianza, sólo
esperanza. Qué sea lo real aún no está decidido.
Bibliografía
Escritos de A. Gramsci.:
Los escritos anteriores
a la detención y encarcelamiento (1914-1926) han sido publicados en
cinco volúmenes por la Editorial Einaudi, en Turín: 1958-1968.
Los cuadernos escritos
en la cárcel han sido editados por Valentino Gerratana en 4 volúmenes:
Turín, Einaudi, 1975.
En italiano hay una
excelente antología reciente de toda la obra: A.G. Le opere. Al
cuidado de Antonio A. Santucci. Roma, Editori Riuniti, 1997.
La más completa
edición de los escritos de A.G. en castellano sigue siendo:
Antología. Al cuidado de Manuel Sacristán. Madrid, Siglo XXI, 1974
[incluye traducción de muchas de las cartas].
Una selección de
artículos políticos de A.G. hay en: Pequeña antología política.
Barcelona, Fontanella, 1974.
Las cartas a Julia
Schucht se pueden leer en A.G. Cartas a Yulca. Barcelona,
Crítica, 1989.
Hay una edición en
castellano de la mayoría de las cartas escritas por Gramsci a otras
personas desde la cárcel: Madrid, Cuadernos para el diálogo, 1976.
Traducciones al catalán
[de partes de los Cuadernos de la cárcel]:
A.G. El princep
modern. Barcelona, Ed. 62, 1968
A.G. El materialisme
històric i la filosofia de Croce. Ed. de Jordi Moners. Barcelona,
Laia,1983.
A.G. Cultura i
literatura. Ed. 62, 1967.
II. Escritos sobre A. Gramsci.:
Consultar F.Fernández
Buey, "Guía para la lectura de Gramsci", en Ensayos sobre
Gramsci. Barcelona, Materiales, 1978.
En curso de publicación
un ensayo (inacabado) de M. Sacristán: A.G.: el orden y el tiempo.
Madrid, Trotta, 1998.
La monografía más
completa publicada hasta ahora en castellano es: R. Diaz Salazar, El
proyecto de Gramsci. Barcelona, Anthropos, 1991.
Referencias bibliográficas a
partir De Gramsci a Bloch
G. Anders, Llámese cobardía a esa
esperanza. Besatari, Bilbao, 1995.
E. Bloch, Das Prinzip Hoffnung.Aufbau
Verlag, Berlin, 1954 y Suhrkamp Verlag, Frankfurt, 1968. Traducción
castellana de Felipe González Vicén: El principio Esperanza,
Aguilar, Madrid, 1977.
P. Goodman, Utopian Essays and
Practical Proposals. Random House, NewYork,1962. Traducción
castellana: Ensayos utópicos. Barcelona, Península, 1973.
F.E. Manuel (Comp.), Utopías y
pensamiento utópico (1966). Traducción castellana de Magda Mora.
Espasa-Calpe, Madrid, 1982.
H. Marcuse, Das Ende der Utopie.
Verlag Peter von Maikowski. Berlin, 1968. Traducción castellana:
El final de la utopía. Ariel, Barcelona, 1969.
W. Morris, Noticias de ninguna parte.Traducción
castellana: Barcelona,Taifa, 1984
J. Muguerza, "Mirando al presente
con ira", prólogo a V. Ramos Centeno, Utopía y razón práctica
en E. Bloch. Endymion, Madrid, 1992, págs. 13-26.
A. A, Neusüss (Ed.), Utopie.
Hermann Luchterhand Verlag, Frankfurt, 1968. Traducción castellana de
María Nolla: Barral Editores, Barcelona, 1971.
V. Ramos Centeno, Utopía y razón
práctica en E. Bloch. Endymion, Madrid, 1992.
VVAA, Representaciones de la
sociedad en la historia. De la autocomplacencia a la utopía.
Instituto de Historia Simancas. Universidad de Valladolid, 1991.
S. Zecchi, Utopia e speranza nel
comunismo. Un´interpretazione della prospettiva de Ernst Bloch.
Feltrinelli, Milán, 1974.