ABSTRACT: Curso cedido por el
profesor Francisco Fernández Buey que imparte en la Universidad Pompeu
Fabra (Barcelona).
Estudio de las principales corrientes teóricas de la ética en el siglo
XX.
Especial atención a seis corrientes: la ética analítica, la
filosofía moral de raíz religiosa, la fundamentación ética de la
increencia, ética existencialista, los intentos de fundamentación de
una ética marxista, y ética de la modernidad crítica. .......................................
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TEMA 6. ÉTICA DE LA REBELIÓN EXISTENCIAL: SARTRE, BEAUVOIR, CAMUS
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Introducción
En Ocaso, en una reflexión sobre
los "conceptos deshonrados", M. Horkheimer comentaba las
declaraciones de un intelectual contemporáneo suyo en el sentido de que
las personas decentes ya no pueden utilizar seriamente las palabras humanidad
y humanismo y han dejado de pronunciarlas, porque han sido
vaciadas de contenido por la peor práctica del capitalismo que las ha hecho
servir como tapadera durante siglos.
Muchas personas piensan así. Y ese
pensamiento suscita esta consideración: "He aquí un intelectual
radical". Pero a continuación M. Horkheimer. se hace esta pregunta: ¿Hay que
abandonar el viejo humanismo, de raíz renacentista e ilustrada, por el
hecho de que la palabra "humanismo" ha sido deshonrada? ¿No ha
ocurrido eso mismo con todos los grandes conceptos de nuestra cultura? (véase
ed. catalana cit. en Bibliografía pág. 67). Más en general: ¿se puede
todavía defender el humanismo después del Holocausto? ¿No será una mera
ilusión o un juego perverso del lenguaje pensar todavía que existe algo así
como la "humanidad" en la época de la deshumanización y de la
inhumanidad generalizadas?
La respuesta que M. Horkheimer. esboza parece ir en
la siguiente dirección: hay que distinguir entre la insatisfacción que
produce el uso pervertido de la palabra y la tentación de rechazar el
concepto "humanismo" por radicalismo verbal.
En ese dilema se puede enclavar El
existencialismo es un humanismo de J.P. Sartre.
Por otra parte, en la Dialéctica de la
ilustración, en su recorrido a través de las formas históricas de la
relación entre mito y razón, Horkheimer y Adorno han dedicado muchas páginas
a La Odisea y al mito de Ítaca. El regreso de Ulises a Ítaca
aparece como una alegoría de las aspiraciones del hombre de la primera
mitad del siglo XX, en particular de aquella figura que mejor lo simboliza:
el exiliado. Horkheimer y Adorno en EEUU se preparan para regresar a la
patria, a Alemania, al terminar la guerra mundial. Sintomáticamente ese es
también el tema recurrente de Albert Camus desde El extranjero
(1942) a El hombre rebelde (1951): la vuelta a casa (desde el exilio
y la experiencia del horror). De "el extranjero" como metáfora
del absurdo al regreso a Ítaca después de un recorrido apasionante (y
aterrador) por las etapas históricas y autocontradictorias de la rebelión
humana.
Precisamente el título del último
apartado de El hombre rebelde subraya la preocupación moral
prioritaria del filósofo del siglo XX, una preocupación que hemos ido
encontrando sucesivamente en todos los autores tratados hasta aquí (y que
encontramos también en J.P. Sartre y en Simone de Beauvoir). Ese título
reza: "Más allá del nihilismo". En efecto, las tres últimas páginas
de El hombre rebelde (ed. de José María Guelbenzu, págs. 356-358)
están escritas teniendo in mente el final de La Odisea:
"Elegimos Itaca, la tierra fiel, el pensamiento audaz y frugal, la acción
lúcida, la generosidad del hombre que sabe". Y con esa elección
reconstruimos, a lo largo de los combates, el alma de una época y una
Europa que no excluirá nada. Camus menciona a Nietzsche, y sin nombarlos
por su nombre, a Marx y a Lenin. Y concluye: "Todos pueden revivir
[...] pero con la condición de que comprendan que se corrigen mutuamente y
que les detiene a todos un límite en el sol", etc. etc.
I
En 1946, casi al mismo tiempo en que
Horkheimer y Adorno daban a la luz la Dialéctica de la ilustración,
J.P. Sartre escribe una obrita que iba a ser considerada como el manifiesto
de otra de las principales corrientes de la filosofía moral del siglo XX.
Su título es ya una afirmación: L´existencialisme est un humanisme.A esas alturas de su vida (1905-1980) Sartre había publicado ya varias de
sus obras más conocidas: literarias (La náusea, 1938; El muro,
1939; Las moscas, 1943; A puerta cerrada, 1945, la primera
parte de Los caminos de la libertad,1945) y filosóficas (El
ser y la nada. Ensayode ontología fenomenológica,
1943), y había fundado la revista que le dio fama: Lestemps
modernes.
En la Náusea J.P. Sartre había
afirmado que los humanistas se equivocaban y se había mofado también de un
cierto tipo de humanismo. Ahora en El existencialismo es un humanismo
Sartre distingue: hay un humanismo entendido como teoría abstracta que toma
al hombre como fin y como valor superior. Este es un humanismo cerrado sobre
sí mismo y que, en el siglo XX, acaba conduciendo al fascismo. Pero hay
otro sentido de "humanismo": el hombre está constantemente fuera
de sí mismo, eso es lo que hace existir al hombre. El humanismo
existencialista postula el vínculo de la transcendencia, como constitutiva
del hombre (una transcendencia sin transcendente), y de la subjetividad
humana.
Hay un punto que Sartre compartía con
algunos de los autores que nos han ocupado hasta ahora (en particular con Simone Weil, con Gramsci, con Bloch y con los principales exponentes de la
Escuela de Frankfurt: la primacía concedida, en el análisis filosófico, a
la subjetividad humana, al desvelamiento fenomenológico de las formas de la
conciencia individual. Otro punto que comparte Sartre con algunos de esos
autores (y en su caso muy explícitamente) es la intención filosófica: la
recuperación de la filosofía no sólo como filosofía moral de la acción
humana (frente a la "filosofía científica") sino también como
ontología, como reflexión acerca del ser que no desprecia la especulación.
En sus obras anteriores a 1946 Sartre había
radicalizado las consecuencias de este análisis fenomenológico de la
conciencia al afirmar que sólo el hombre existe verdaderamente: mientras
que la materia "resiste", el objeto "consiste" y el
animal "subsiste", el hombre, y sólo el hombre,
"existe". Existe porque tiene conciencia de ser, es un ser
"para sí" (y no un ser "en sí"). Según Sartre,
negarse a tomar conciencia de sí mismo y, en particular, de la libertad
humana, es sinónimo de "mala fe". Existencia y libertad son
conceptos equivalentes: para el hombre existir es ser libre. Ser libre es
afirmar conscientemente la libertad de elegir. El hombre nace libre y está
siempre ante la responsabilidad de elegir.Sin conciencia de esta libertad el
hombre se "cosifica", se convierte en cosa.
Pero, por otra parte, el hombre vive en
sociedad, y esto le obliga a una segunda superación: del "ser para sí"
ha de pasar al "ser para otro": "yo no puedo definirme si no
en relación con otro". La existencia del otro es lo que me permite
definirme a mí mismo en una relación, siempre conflictiva (puesto que el
"infierno son los otros") y la autenticidad y veracidad del hombre
es el estar obligadamente sólo. "Soledad", "angustia",
"derilición", "desesperación" y "náusea"
son estados obligados y habituales de la conciencia del hombre que quiere
ser "para sí", autoconsciente. El hombre es "una pasión inútil".
En El existencialismo es un humanismo
J.P. Sartre precisa en defensa de su propia filosofía.
La tesis principal compartida por los
diversos existencialismos del siglo XX es esta: la existencia precede a
la esencia. Tal es la forma que toma en él la idea de que hay que
partir de la subjetividad. Luego distingue entre un existencialismo
cristiano y un existencialismo ateo (el suyo). Este existencialismo ateo
arranca de la experiencia nihilista ("Dios ha muerto"). Pero si
Dios no existe hay al menos un ser en el que la existencia precede a la
esencia, un ser que existe antes de poder ser definido por ningún concepto:
ese ser el hombre, la realidad humana. No hay naturaleza humana, en
abstracto, porque no hay Dios para concebirla. Sólo hay "condición
humana". El hombre es, existe. Y sólo es lo que él se hace. El hombre
es un proyecto hacia el futuro: conciencia de proyección hacia el
futuro. El hombre será lo que haya proyectado ser (no lo que quiera ser,
porque su proyecto no depende sólo de la voluntad individual); de él
depende la responsabilidad total de su existencia.
El hombre se elige y, al elegirse, elige
todos los hombres. La vida en sociedad es, sobre todo, engagement (compromiso).
Nuestra responsabilidad, en cada caso, es tan grande que nuestra elección
afecta a toda la humanidad. De ahí brota la angustia y la desesperación.
No es que el hombre se angustie, el hombre es angustia. Pues si huye
de la responsabilidad ante su elección encogiéndose de hombros cae en la
male fe. Todo ocurre como si para todo hombre toda la humanidad tuviera los
ojos fijos en lo que él hace y se rigiera por lo que él hace. Pero la
angustia existencial no es algo que conduzca a la inacción, al quietismo, a
la resignación o a la consolación. "La angustia es parte de la acción",
fundamento de la acción comprometida.
La derelicción (el estar yecto, arrojado
en el mundo) y la desesperación del hombre son consecuencias del hecho de
que Dios no existe. También para el existencialismo --dirá Sartre-- Dios
es una hipótesis inútil; pero a diferencia de la moral laica ilustrada que
querría suprimir a Dios con el menor coste posible, es decir, como si nada
de lo demás, en las normas morales, cambiara si Dios no existe, el
existencialista piensa, en cambio, que, sin Dios, desaparece toda
posibilidad de encontrar valores en un cielo inteligible. No hay valores
eternos, absolutos o universales. El reconocimiento de que Dios no existe
tiene un precio: no hay consolación posible.
El punto de partida del existencialismo
sartriano es en esto Dostoievski: "Si Dios no existe todo está
permitido". Ya no hay excusas. Sartre traduce: esto quiere decir que no
hay determinismo en el que mecerse, el hombre es libre, el hombre es
libertad. Estamos solos y sin excusas. El hombre está condenado a ser
libre, es responsable de todo lo que hace. El hombre es responsable de su
pasión. El hombre está condenado a inventar al hombre. El hombre es el
porvenir del hombre.
No hay, por tanto, moral en general;
ninguna moral general puede indicarnos en cada caso concreto lo que hay que
hacer. Hay, pues, que actuar sin esperanza. Pero esto no quiere decir
abandonarse al quietismo. Sólo hay realidad en la acción. El hombre es sólo
su proyecto y sólo existe en la medida en que él se realiza. A pesar de lo
cual el existencialismo sartriano no se considera pesimista, dice defender
un optimismo duro, crudo; es una moral de la acción y del
compromiso. Es un filosofía moral de la dignidad del hombre. El
existencialismo es otro materialismo. Desde el momento mismo en que
no considera al hombre como un objeto material el reino de lo humano aparece
como un conjunto de valores distintos del reino material. Es también otra
afirmación de la subjetividad: el hombre descubre en el cogito a los
otros y los descubre como la condición de su existencia; se da cuenta de
que no puede ser nada salvo cuando los otros le reconocen como tal. El
descubrimiento de mi intimidad me descubre al mismo tiempo al otro como una
libertad puesta frente a mi.
La última parte de El existencialismo
es un humanismo se presenta como una respuesta a la objeción de que éste
no tiene ni puede tener una moral, es inmoralista (o amoralista). En los años
inmediatamente siguientes (1947, 1948) J.P. Sartre redactó un par de
cuadernos (que no llegó a acabar) en los que iba a tratar sistemáticamente
de la moral. Ya al final de El ser y la nada anunciaba esta obra. Las
notas redactadas quedaron sin concluir, sólo fueron publicadas (en 1983)
después de su muerte con el título Cahiers pour une morale (Gallimard,
París).
Lo que hay en estos Cuadernos es
precisamente una tentativa de superar la contradicción existente entre la
negativa a aceptar una moral universal y la pretensión del carácter
universal de la acción individual del hombre que está obligado a la
libertad. ¿Cómo enlazar el individualismo radical y la afirmación explícita
de que, a priori, la vida humana no tiene valor, con la idea de
responsabilidad y compromiso existenciales del hombre que es un "para sí"
y "para otros"? ¿Qué filosofía moral construir a partir de la
negación de la existencia de valores morales universales?
La argumentación de J.P. Sartre se puede
resumir así: a través del infierno de la relación con el otro descubrimos
la intersubjetividad y, con ella, la universidad de la condición
humana. Solo que la universalidad del hombre no está dada. No hay
naturaleza humana compartida; y, en este sentido preciso, no hay
"humanidad". Sólo hay "condición" humana. Pero la
"condición"" es algo que se hace, que se crea, que se
inventa en cada caso, que es perpetuamente construida. La condición humana
es proyecto y el proyecto individual es también comprensión del
proyecto de cualquier otro hombre. Siempre estamos obligados a elegir; eso
implica compromiso, afirmación de determinados valores.
Pero elegimos sin referencia fija a valores
preestablecidos. ¿Cómo entonces? ¿Caprichosamente? J.P. Sartre contesta
por la negativa a esa pregunta. Compara la elección moral individual con la
construcción o producción de una obra de arte. Entre la moral y el
arte hay algo en común: ambas son creación e invención. Después de la
muerte de Dios no hay ley moral dada. Estamos obligados a inventar en cada
caso nuestra propia ley. El hombre se hace escogiendo la propia moral. Pero
esto no tiene que interpretarse como una retirada al esteticismo, ni quiere
decir tampoco que no podamos juzgar las acciones de otro en absoluto.
Podemos juzgar al menos en un sentido: decir que todo hombre que se refugia
tras la excusa de sus pasiones, todo hombre que se inventa un determinismo
justificatorio o consolador de sus acciones, es un hombre de "mala
fe". La única cosa que cuenta es saber si la invención (moral) se
hace en nombre de la libertad. El existencialismo no es mero nihilismo
en el sentido de que proponga quedarse en la trasmutación de todos los
valores que han caracterizado a la cultura occidental. Quiere ser, por así
decirlo, nihilismo positivo, en el sentido de que nosotros, con
nuestra acción individual, inventamos los valores. De modo que "aunque
el contenido de la moral sea variable, una cierta forma de esta moral es
universal". Esta idea se puede traducir así: también el
existencialismo tiene un presupuesto absoluto y universal, en el sentido de
intersubjetivamente compartido: la libertad.
El existencialismo es, por tanto, negación
de toda moral establecida, pero al mismo tiempo afirmación de otra filosofía
moral. Esta otra filosofía tiene un nombre: la moral de la ambigüedad.
II
Que ésta era una preocupación central de
los existencialistas ateos lo prueba el hecho de que también Simone de
Beauvoir escribiera un texto, en 1947, Pour une morale de l´ambiguité
(traducció catalana: Ed. 62, Barcelona, 1968), tratando de solventar la
paradoja que supone la proclamación de un imperativo moral de la conciencia
que, sin embargo, no puede obligar a todos.
Simone de Beauvoir empieza rechazando las
doctrinas morales clásicas, de base religiosa o laica, que, en todos los
casos, buscan la consolación del hombre. La condición humana es la ambigüedad.
Y esto es particularmente patente después de Stalingrado, después de
Buchenwald y después de la bomba atómica.El existencialismo es
precisamente la filosofía de la ambigüedad del hombre. La historia del
hombre es, ciertamente, un fracaso. Pero también ese fracaso es ambiguo, en
el sentido de ambivalente.
Una parte importante del capítulo II de
este ensayo está dedicado a explicar los puntos de contacto y las
diferencias entre nihilismo y existencialismo. La actitud nihilista
manifiesta una cierta verdad: la ambigüedad de la condición humana se hace
patente; pero el error del nihilismo es que define al hombre no como
existencia positiva de una falta o de una ausencia sino como una falta o una
ausencia en el corazón mismo de la existencia cuando en realidad la
existencia no es ausencia como tal. El nihilista tiene razón cuando afirma
que el mundo no tiene justificación alguna y que él mismo no es nada, pero
olvida que le corresponde a él justificar el mundo y hacerse existencia válidamente.
La falta fundamental del nihilista es que, al rechazar todos los valores
existentes no cuenta, más allá de su ruina, la importancia de aquel fin
universal, absoluto, que es la libertad misma (ed. cit. 53).
La parte final del ensayo de la Beauvoir
distingue entre ambigüedad y absurdoy, en cierto modo, adelanta uno
de los nudos que la separarán (a ella y a Sartre) de Albert Camus:
"Declarar que la existencia es absurda es negar que pueda dársela un
sentido; decir que es ambigua es plantear que su sentido nunca está fijado,
que se ha de conquistar incesantemente (119). La absurdidad rechaza toda
moral; pero el hombre intenta salvar su existencia a través del fracaso y
del escándalo precisamente porque su condición es ambigua. Fracaso y éxito
son dos aspectos de la realidad que, en principio, no se distinguen. Pureza
del momento de la negatividad rebelde, conformismo de la construcción y
admisión consciente de la contradicción del momento positivo que supone al
mismo tiempo escándalo y violencia (ibid. 123).
¿Una moral individualista? Sí, responderá
Simone de Beauvoir, si por individualismo se entiende aquel que otorga al
individuo un valor absoluto y sólo reconoce al individuo el poder de
fundamentar la propia existencia (como el cristianismo y el ideal kantiano
de la virtud); tal vez una moral de egoísmo; pero no una moral un solipsista.
"Haz lo que tengas que hacer, pase lo
que pase".
La filosofía moral de Sartre y Simone de
Beauvoir hace suya la contradicción, la ambivalencia, la ambigüedad. Es
una filosofía moral de la paradoja que brota de la convicción de que la
paradoja es precisamente la condición humana. No va más allá de eso. Es
un nihilismo que quiere volverse positivo en la acción individual e
individualizada, como diciendo "el nudo que no se puede desatar, se
corta".
Lo que Sartre no logra terminar en su
reflexión filosófica sobre la moral lo explicita en su vida de compromiso
civil durante cuarenta años, con su propio activismo permanente. Compromiso
como escritor, como filósofo y como ciudadano. Siempre a la contra de lo
establecido, siempre a favor de las causas sociales nuevas (o que creía
nuevas). Y siempre dividido, paradójicamente en discusión con los propios,
entre la justificación de las "manos sucias" en el compromiso
sociopolítico y la afirmación de la propia libertad de pensamiento.
Apenas ha habido acontecimiento sociopolítico
importante, entre 1940 y 1980, en el que J.P. Sartre no haya intervenido
como protagonista. Frente al antisemitismo, antes y después del Holocausto;
frente a las dictaduras franquista, salazarista y griega que quedaron en
Europa al término de la segunda guerra mundial; frente al colonialismo y la
intervención francesa en Indochina y en la guerra de Argelia apoyando el
punto de vista de Franz Fanon en Los condenados de la tierra;
colaborando con el PCF y con el PCUS en los años cincuenta hasta los
acontecimientos de Hungría en 1956 y discutiendo con ellos constantemente a
partir de entonces; firmando manifiestos contra las guerras; apoyando a la
revolución cubana a finales de los cincuenta; interviniendo en el Tribunal
internacional contra los crímenes de guerra en Vietnam durante la
intervención norteamericana en los años sesenta; renunciando al Premio
Nobel de Literatura, en 1965, para afirmar la independencia del intelectual
comprometido; acompañando en sus manifestaciones a los estudiantes de la
rebelión de mayo del 68 en París; ofreciéndose para distribuir propaganda
por las calles de París a las organizaciones maoístas en los setenta después
de la derrota del 68...
Hay un personaje de Shakespeare que dice:
"Empiezo ahora una larga lucha contra mi mismo". En cierto modo
J.P. Sartre es la representación viviente de ese personaje. En Les Mots
escribió: "He llegado a pensar sistemáticamente contra mi mismo hasta
el punto de medir la evidencia de una idea por el displacer que me
causaba"
III
También L´Homme révolté de
Albert Camus (1813-1960, premio Nobel de Literatura en 1957), está pensado
y redactado entre los días de la segunda guerra mundial y 1951. El arranque
del libro tiene varios puntos de contacto con las preocupaciones de la última
Weil, de Horkheimer y de Adorno.Y, por supuesto, de J.P. Sartre y de Simone
de Beauvoir. La formación literaria de Albert Camus hace todavía más explícita
esta preocupación: "Estamos en la época de la premeditación y del
crimen perfecto". La coartada de nuestros criminales es la filosofía;
el crimen se razona y adopta las figuras del silogismo, se hace universal
como la ciencia (Ed. de Alianza Editorial. Madrid, 1996, pág. 16).
El objetivo que se propone Camus es: no
indignarse, sino saber cómo conducirnos en el mundo actual siendo como es.
El asesinato es la cuestión: asesinato, rebelión, suicidio. Noción
central: el sentimiento del absurdo (ibid. 19). Esto enlaza con El mito
de Sísifo: "La conclusión última del razonamiento absurdo es el
rechazo del suicidio y el mantenimiento de esa confontración desesperada
entre la interrogación humana y el silencio del mundo".
También Camus tiene delante de sí el
ascenso del nihilismo: el que se admita el asesinato tiene como causa la
indiferencia por la vida que caracteriza el nihilismo (ibid. 21). Un
arranque dostoievskiano [ Los hermanos Karamazov, El adolescente
y Demonios. Y véase el análisis que hace Camus del personaje Iván
Karamazov en págs. 78-85.Y muy particularmente la comparación con los románticos].
El absurdo mismo es contradicción. La absurdidad perfecta trata de ser
muda. El absurdo que pretende expresar al hombre en su soledad le hace vivir
ante el espejo.
El absurdo y el nihilismo son, en este
caso, un punto de partida: el equivalente, en el plano de la existencia, de
la duda sistemática cartesiana. En la prueba cotidiana de la existencia la
rebelión desempeña el mismo papel que el cogito en el orden del
pensamiento: es la primera evidencia. La evidencia que saca al individuo de
su soledad. "Yo me rebelo, luego somos" (39). La evidencia
de la soledad y el absurdo nos deja en el atolladero pero puede orientar una
nueva investigación. El grito nihilista y del absurdo pone de manifiesto mi
propia protesta, la evidencia de la rebelión. La rebelión nace del espectáculo
de la sinrazón ante una condición injusta e incomprensible. De ahí la
finalidad del libro: análisis y reflexión de algunos hitos históricos de
la rebelión durante dos siglos. Y una hipótesis: nuestra historia es la
historia del orgullo y de la desmesura europeas. El problema se enuncia como
un dilema: si toda rebelión debe terminar en justificación del asesinato
universal o si, por el contrario, sin pretender una inocencia imposible,
puede descubrir el principio de una culpabilidad razonable (ibid. 25).
El libro de Camus empieza con una
caracterización de la rebelión y del hombre rebelde y pasa luego al análisis
histórico-filosófico de sus formas: la rebelión metafísica, la rebelión
histórica, rebelión y arte, para terminar con un capítulo que se titula
"El pensamiento de mediodía", al final del cual están las páginas
anteriormente mencionadas: "Más allá del nihilismo".
El hombre rebelde es el hombre que dice
"no". Pero en todo decir "no" hay al mismo tiempo una
afirmación. El movimiento de rebelión no es, en su esencia, un movimiento
egoísta. El rebelde lo pone todo en juego. Rebelión contra la mentira y
contra la opresión. La rebelión no nace sólo ni forzosamente del
oprimido, sino también del espectáculo de la opresión de que otro es víctima,
de la identificación con otro (33). La rebelión no es resentimiento. La
rebelión se limita a rechazar la humillación sin pedirla para los demás.
Acepta incluso el dolor para uno mismo.Y se alza para defender la dignidad
común a todos los hombres.
El problema de la rebelión no parece
adquirir, para Camus, un sentido preciso sino dentro del pensamiento
occidental. Pues el espíritu de rebelión no es posible sino en los grupos
en que una igualdad teórica encubre grandes desigualdes de hecho, en
nuestra sociedad occidental (36). La rebelión es el acto del hombre
informado que posee conciencia de sus derechos. El hombre rebelde es el
hombre situado antes o después de lo sagrado, dedicado a reivindicar un
orden humano. Para un espíritu humano no puede haber sino dos universos
posibles: el de lo sagrado (o de la gracia) y el de la rebelión. La
pregunta es: ¿puede hallarse la regla de una conducta lejos de lo sagrado y
de sus valores absolutos? La solidaridad de los hombres se funda en la
rebelión. Pero toda rebelión que se autoriza a negar o destruir esta
solidaridad pierde por ello el nombre de rebelión y coincide en realidad
con un consentimiento homicida. Para ser el hombre debe sublevarse, pero su
rebelión debe respetar el límite que ella descubre en sí misma.
A partir de ahí Camus analiza
sucesivamente la "rebelión metafísica" (a través de autores
como Sade, los poetas románticos, Dostoievski, Nietzsche, los surrealistas,
etc), la "rebelión histórica" (el pensamiento de la revolución
como una consecuencia lógica de la rebelión metafísica). En este punto (pág.
135 y ss.) Camus hace un interesante análisis de la "revolución"
en relación con la "rebelión" (Espartaco, los regicidas,
Rousseau, los revolucionarios franceses, los populistas rusos, las distintas
formas de terrorismo de Estado, Marx y el marxismo). Su conclusión en este
punto es: "Si hubiese una sola revolución ya no habría historia. Habría
unidad histórica y muerte saciada".
El último capítulo se titula, como se ha
dicho, "El pensamiento de mediodía". Enlaza con el principio y
hace, como en un círculo, de conclusión general: la culminación de la
tragedia contemporánea, la familiaridad del crimen. La rebelión, desviada
de sus orígenes y disfrazada cínicamente, oscila en todos sus niveles
entre el sacrificio y el asesinato. Los rebeldes se espantan al verse
obligados a matar a su vez. De ahí la pregunta: ¿hay que renunciar a toda
rebelión? ¿Vivimos todavía en en un mundo rebelde o la rebelión se ha
convertido en coartada de los nuevos tiranos? (328-329)
Camus se plantea a partir de ahí el tema
de la libertad. La libertad más extrema, la de matar, es incompatible con
las razones de la rebelión. La rebelión no es reclamación de libertad
total; procesa a la libertad total. El rebelde quiere que se reconozca que
la libertad tiene sus límites en todas partes donde haya un ser humano
(332) Y esa es la razón profunda de la intransigencia rebelde. El rebelde
reclama para todos la libertad que exige para sí mismo. y prohibe a todos
la que él rechaza. Toda libertad humana en su raiz más profunda es, por lo
tanto, relativa. El hombre rebelde no es Dios. El hombre rebelde tiene que
aceptar vivir en la contradicción. En modo alguno puede aspirar a no matar
ni mentir sin renunciar a su rebelión y aceptar de una vez por todas el
asesinato y el mal. Pero tampoco puede aceptar matar y mentir, puesto que el
movimiento inverso que justificaría el asesinato y la violencia destruiría
también las razones de su insurrección (334). Así es que el rebelde no
puede hallar descanso. Conoce el bien y el mal a su pesar: permanecer
hundido en las tinieblas sin ceder a su vértigo oscuro
Si la rebelión pudiese fundar una filosofía
sería una filosofía de los límites, de la ignorancia calculada y
del riesgo: un consentimiento activo de lo relativo (338-339). El único
pensamiento fiel a los orígenes es el pensamiento de los límites. La
libertad absoluta escarnece la justicia; la justicia absoluta niega la
libertad. Para ser fecundas las dos nociones debem encontrar sus límites,
la una en la otra. Lo mismo vale para las nociones de no-violencia y
violencia: para ser fecundas estas dos nociones deben encontrar sus límites.
La violencia no puede ser sino un límite extremo que se opone a otra
violencia en el caso de la insurrección. Camus esboza una traducción de
esto en política. Hay dos clases de eficacia: la del tifón y la de la
savia.
Las antinomias morales empiezan a
iluminarse a la luz de este valor mediador. Toda moral necesita una parte de
realismo: ni completamente culpables ni completamente inocentes. La rebelión
nos pone en el camino de una culpabilidad calculada. Un nuevo individualismo,
que no es goce sin lucha siempre.
Europa ha vivido siempre en esta lucha
entre el mediodía y la noche. Nos hallamos de nuevo en el mundo del Aniguo
Testamento, arrinconados entre unos faraones crueles y un cielo implacable.
En plena noche europea el pensamiento solar, la civilización de doble
rostro, espera su autora. La rebelión como mesura que pasa necesariamente
por la hybris, por la la exageración y la desmsura. La rebelión está
todavía en el principio.
Bibliografía
I]Textos:
J.P. Sartre
L´Existencialisme est un humanisme.
Les Editions Nagel, París, 1946 [traducción castellana: Edhasa,
Barcelona, 1997]
Cahiers pour une morale. Edición
de Elkaim-Sartre. Gallimard, París, 1983.
Pour une morale de l´ambiguité.
Gallimard, París, 1947[traducción catalana Ed. 62. Barcelona, 1968.
F. Jeanson, Sartre dans sa vie.
Editions du Seuil, París, 1974 [traducción castellana: Barral,
Barcelona, 1974]. [Las páginas 202-210 están dedicadas a la polémica
de Sartre con Camus en la que también intervino Jeanson. El punto de
vista de A. Camus sobre esta polémica con Les temps modernes a
propósito de El Hombre rebelde, en "Rebelión y
servidumbre", págs. 408-430 de la traducción castellana de su
obra citada arriba].
C. Amorós, "Sartre",
en V. Camps, Ed. Historia de la ética, 3. cit. págs. 327-283
[al final de esta monografía hay indicaciones bibliográficas específicas
sobre la ética sartriana].