ABSTRACT: Curso cedido por el
profesor Francisco Fernández Buey que imparte en la Universidad Pompeu
Fabra (Barcelona).
Estudio de las principales corrientes teóricas de la ética en el siglo
XX.
Especial atención a seis corrientes: la ética analítica, la
filosofía moral de raíz religiosa, la fundamentación ética de la
increencia, ética existencialista, los intentos de fundamentación de
una ética marxista, y ética de la modernidad crítica. .......................................
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TEMA 8. EL PRINCIPIO DE RESPONSABILIDAD: HANS JONAS (1903-1993)
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Acerca
de Hans Jonas
1903. Nace en Mönchengladbach
(Alemania). De familia y confesión judías.
Influencia kantiana en la
formación juvenil.
Estudio en Freiburg con
Martin Heidegger.
1924. En Marburg con Rudolf
Bultmann. Complementa los estudios con Heidegger y, en el seminario
neo-testamentario, con Bultmann.
Su primera publicación fue
una tesis sobre el concepto de libertad en san Pablo y san Agustín.
1934 Tesis doctoral sobre
la gnosis antigua como transfondo espiritual del cristianismo primitivo a
partir del análisis existencial de Heidegger.
Sale de Alemania en la época
del nacionalsocialismo. Inglaterra.Voluntario en la Brigada Judía del ejército
británico durante la segunda guerra mundial. Su madre murió en el campo de
concentración de Auschwitz.
En Israel desde el final de
guerra hasta 1949, año en el que empieza a enseñar en universidades de
Canadá (Monreal y Ottawa).
1955 en la New School for
Social Research de Nueva York, donde impartió clases durante veinte años.
En contacto con importantes representantes de las ciencias naturales.
1966 publica The
Fenomenon of Life. Toward a Philosophical Biology (edición alemana
corregida y aumentada en 1973)
A partir de su jubilación,
en 1976, se consagró a extraer las consecuencias morales de sus estudios
anteriores. Volvió a escribir en lengua alemana.
1979. El principio de
responsabilidad.
Y en los años
inmediatamente siguientes: El concepto de Dios después de Auschwitz,
El derecho a morir y Técnica, medicina y ética, ensayos,
todos ellos, relacionados con las aplicaciones prácticas del principio de
responsabilidad.
Murió en 1993.
Análisis de El
principio de responsabilidad. Ensayo de una ética para la civilización
tecnológica [1979]. Trad. de J. Mª Fdez. Retenaga. Barcelona,
Herder 1995
El principio de
responsabilidad es un volumen de cuatrocientas páginas dividido en seis capítulos.
El capítulo primero se
titula “El carácter modificado de la acción humana”. H. Jonas estudia en él
los cambios que se han producido en la historia de la humanidad poniendo el
acento en la vocación tecnológica del homo sapiens y en lo que esto
representa desde el punto de vista de la relación entre el hombre y la
naturaleza y desde el punto de vista de las relaciones entre los hombres;
analiza las características de la ética habida, los viejos y nuevos
imperativos y la ausencia de una ética orientada hacia el futuro. H. Jonas
discute con la ética kantiana para poner de manifiesto que su máxima
principal apunta a la coherencia lógica del individuo en sus acciones, lo
cual es insuficiente cuando se ha tomado conciencia de la importancia de la
dimensión temporal, esto es, de la responsabilidad colectiva con el futuro,
con los hombres del futuro. Reconoce, sin embargo, H. Jonas que ha habido
otras éticas en la modernidad que no son éticas de la contemporaneidad y
de la inmediatez, sino que apuntan hacia el futuro y adelanta que su propia
ética de la responsabilidad tendrá que medirse con estas otras (religiosas
y laicas), en particular con las que denomina utópicas.
El capítulo segundo se
titula “Cuestiones metodológicas y de fundamentación” y estudia las
relaciones entre ética, epistemología y ontología siempre tomando como
hilo conductor el problema de una ética alternativa orientada al futuro.
El capítulo tercero se
titula “Sobre los fines y su puesto en el ser”
El capítulo cuarto se
titula “El bien, el deber y el ser: la teoría de la responsabilidad”.
Establece la fundamentación y las primeras distinciones de una teoría de
la responsabilidad. Es el capítulo central del libro desde un punto de
vista teórico. Ahí explica H. Jonas por qué el concepto de
responsabilidad no ha estado históricamente en el centro de la teoría ética.
El capítulo quinto se
titula “La responsabilidad hoy: el futuro amenazado y la idea de
progreso”. Trata del futuro de la humanidad y del futuro de la naturaleza;
analiza críticamente el ideal baconiano y discute cómo afrontar el peligro
mediante una avaluación del marxismo en tanto que ejecutor del ideal
baconiano; la última parte del capítulo es un análisis compatativo de las
principales concepciones del “hombre auténtico”( superhombre
nietzcheano y sociedad sin clases) y una evaluación de las utopías en
relación con la idea de progreso.
El capítulo sexto se
titula “La crítica de la utopía y la ética de la responsabilidad” y
es básicamente una discusión con lo que llama el utopismo marxista. Una
gran parte de ese capítulo está dedicada a discutir con el Bloch de El
principio esperanza. El capítulo termina con un apartado que se titula
“De la crítica de la utopía a la ética de la responsabilidad”.
Al declarar los supuestos
de su propia filosofía Jonas ha hecho referencia al impacto de la
fenomenología de Husserl y, sobre todo, de Ser y tiempo (1927) de
Heidegger. En la consideración de la fenomelogía de Husserl, Jonas subraya
que ésta se limitaba a la conciencia pura y que por eso dejaba fuera el
problema de la corporeidad y de las manifestaciones relacionadas con ella
(el hambre, la sed). En ese ámbito la insolencia de Brecht (“primero la
comida, luego la moral”) resulta comprensible en la medida en que suponía
tomarse en serio cosas, importantes, obviadas por la fenomenología y la
filosofía existencial. Por lo que hace al Heiddeger de Ser y tiempo,
Jonas opina que no llega a dar el paso desde la ontología del ser-ahí a
una ética del comportamiento. Como en el caso de Husserl, esta limitación
impide captar el enunciado “tengo hambre”. Jonas relaciona esta limitación
con la reproposición del dualismo metafísico que ha polarizado el
pensamiento occidental. Y propone una superación del dualismo ontológico a
través de un acercamiento de la filosofía a las ciencias de la naturaleza
y de una reflexión conjunta sobre el ser natural del hombre.
En el prólogo a El
principio de responsabilidad H. Jonas llama la atención sobre las promesas y
amenazas de la técnica moderna (la “macrotécnica” o complejo
tecnocientífico) y afirma que ninguna de las éticas habidas hasta ahora
nos instruye acerca de las reglas de “bondad” y “maldad” en las
condiciones nuevas. En cierto modo el punto de partida de Jonas es una
reproposición de los versos de Hölderlin: lo que puede servirnos de guía
es el propio peligro que prevemos. Denomina a esto una “heurística del
temor”. Puesto que lo que está implica en el desarrollo de la “macrotécnica”
es la suerte del hombre, así como el concepto que de él tenemos y la misma
esencia humana, se propone no sólo una ética de la prudencia sino también
una ética del respeto. A diferencia de la mayoría de las éticas que se
han formulado en el siglo XX esta ética de Jonas no es antimetafísica ni
comparte el “miedo a la metafísica”. Al contrario: la ética tiene, en
su opinión, que prologarse hacia la metafísica para fundamentar el
imperativo incondicional de garantizar la existencia futura del hombre. Eso
está dicho polémicamente frente a “la renuncia analítico-positivista de
la filosofía contemporánea”.
Desde que se difundió la
conciencia del peligro implicado en el complejo tecnicientífico, y muy
particularmente en la existencia de las armas nucleares, varios científicos
y filósofos del siglo XX (Einstein y Russell, por ejemplo) han llamado la
atención sobre la imposibilidad de justificar racionalmente el deseo o la
esperanza de la permanencia del ser humano en el planeta tierra: nada nos
dice que el ser humano tenga que seguir existiendo siempre, a pesar de lo
cual hemos de actuar para impedir las potenciales consecuencias de las armas
de destrucción masiva. Einstein y Russell propusieron a partir de ahí, en
los años cincuenta, la necesidad de “una nueva forma de pensar”
adecuada a la época de las armas nucleares. Jonas va más lejos. En El
principiode responsabilidad ha puesto el acento en el riesgo de
una guerra librada con armas nucleares; en los ensayos posteriores, algunos
de los cuales están recogidos en Técnica, medicina y ética ha
llamado la atención sobre los riesgos implicados en la ingeniería genética
y en biotecnología considerando ya posibilidad de la clonación de humanos.
Aunque Jonas no discute directamente con la afirmación de Einstein y
Russell, mantiene que se puede justificar racionalmente la pretensión de
permanencia del ser humano. Considera esta pretensión como un axioma de la
nueva ética. Pero es precisamente la admisión de este axioma lo que obliga
a volver a la metafísica, a la fundamentación ontológica.
En un ensayo en el que se
ha ocupado explícitamente de este asunto [“Sobre el fundamento ontológico
de una ética del futuro”, 1985 y 1992] Jonas declara que esa metafísica
está aún por elaborar en detalle y afirma que el axioma de la permanencia
del ser humano es una “intuición básica” que se opone a otras premisas
axiomáticas (biologistas o relativistas) no demostradas ni tal vez
susceptibles de demostración. Su argumento en este puntoi se limita, por el
momento a fundar una “opción” que, obviamente, tiene connotaciones
religiosas del tipo de la “apuesta” pascaliana.
Es en ese marco en el que H.
Jonas prioriza el concepto de “responsabilidad”. Al estar bajo el signo
de la tecnología y con capacidades de predicción que, aunque incompletas,
son incomparables con las que había en el pasado, la ética tiene que vérselas
con acciones (y no sólo del sujeto individual sino de política tecnocientífica)
que afectan directamente al futuro. De ahí que la teoría de la
responsabilidad tenga que ocupar el centro de la reflexión ética.
Esa reflexión obliga a
medirse con el concepto de utopía y en particular con el marxismo “que ha
elevado la utopía asociada a la técnica a la categoría de objetivo explícito”.
El principio de responsabilidad se fundamenta mediante una crítica detenida
de la utopía y contrapone a ésa una tarea, más modesta, determinada por
el temor y el respeto: preservar la permanente ambigüedad de la libertad
del hombre y preservar la integridad de su mundo y de su esencia frente a
los abusos del propio poder del hombre.
H. Jonas llama a su libro “un
Tractatus tecnológico-ethicus” (17). Y declara que su propósito es
sistemático pero no sermoneador.
En varios artículos
publicados entre 1973 y 1992 HJ ha precisado y concretado su ética de la
responsabilidad. Considera tareas preliminares de esta ética: 1) maximizar
el conocimiento de las consecuencias de nuestro obrar en la medida en que
dichas consecuencias pueden determinar y poner en peligro el futuro destino
del hombre; 2) elaborar a la luz de este saber, o sea, de la novedad sin
precedentes que podría derivarse, un conocimiento nuevo de lo que conviene
y de lo que no conviene, de lo que hay que admitir y de lo que hay que
evitar. Dicho de manera positiva: un conocimiento del Bien, de lo que el
hombre debe ser: a lo cual puede contribuir precisamente una visión
anticipadora de lo que no está permitido pero aparece ya por primera vez
como posible.
El objetivo de la
responsabilidad exige una futurología seria, hecha mediante la
cooperación de numerosos expertos en los campos más diversos. La visión
del porvenir al servicio de la ética del futuro tine una función
intelectual y una función emocional: instruir a la razón y animar a la
voluntad. En ese contexto H. Jonas reivindica el conocimiento de la historia
pero también un retorno a la metafísica, al planteamiento ontológico.
Puesto que el progreso ciego de la técnica nos amenaza se necesita de nuevo
a la metafísica que, con su visión, debe armamos contra la ceguera. El
principio de esta metafísica nueva reza así: El hombre es el único ser
conocido que puede tener una responsabilidad. Este “poder” es, en
opinión de Jonas, un criterio distintivo y decisivo de la esencia humana.
La responsabilidad es una función del poder. Quien no tiene poder no tiene
responsabilidad. Se tiene responsabilidad por lo que se hace. El imperativo
fundamental de esta ética de la responsabilidad es impedir el suicidio físico
de la humanidad. De la capacidad de responsabilidad se deriva, desde el
punto de vista ontológico, un deber de responsabilidad.
La ética de la
responsabilidad de Jonas se puede entender, en más de un sentido, como
reproposición de una ética de base religiosa. Y se presenta no en ruptura
sino en continuidad con ella. Sintomáticamente Jonas ha declarado, por
ejemplo, que su ética de la responsabilidad no pretende reemplazar la lista
de las virtudes cardinales o lo expresado en los diez mandamientos sino añadir
al catálogo tradicional un listado de las nuevas obligaciones a la altura
de la época:El tipo de obligaciones que el principio de responsabilidad
estimula descubrir es el de la responsabilidad de instancias de actuación
que yo no son las personas concretas, sino nuestro edificio político-social.
Esto significa que la mayoría de los grandes problemas éticos que plantea
la moderna civilización técnica se han vuelto cosa de la política colectiva
[Técnica, medicina y ética, 178].
TEXTOS DE HANS
JONAS PARA COMENTAR
I
¿Y si el nuevo modo de
acción humana implicado en la tecnología y en el carácter de la ciencia
contemporánea significase que es preciso considerar más cosas que el interés
de “el hombre”, y no únicamente éste? ¿Y si hubiéramos de llegar a
la conclusión de que nuestro deber se extiende más lejos [del hombre] y
que ha dejado de ser válida la limitación antropocéntrica de toda ética
anterior? Al menos ya no es un sinsentido preguntar si el estado de la
naturaleza extrahumana --la bioesfera en su conjunto y en sus partes, que se
encuentra ahora sometida a nuestro poder-- se ha convertido precisamente por
ello en un bien encomendado a nuestra tutela y que puede plantearnos algo así
como una exigencia moral, no sólo en razón de nosotros, sino también en
razón de ella y por su derecho propio.
Si tal fuera el caso, sería
menester un nada desdeñable cambio de ideas en los fundamentos de la ética
[El principio...35]
II
Si la esfera de la producción
ha invadido el espacio de la acción esencial, la moral tendrá entonces que
invadir la esfera de la producción, de la que anteriormente se mantuvo
alejada, y habrá de hacerlo en la forma de política pública. Nunca antes
tuvo ésta parte alguna en cuestiones de tal alcance y en proyectos tan a
largo plazo. De hecho la esencia modificada de la acción humana modifica la
esencia básica de la política [37]
Un imperativo que se
adecuara al nuevo tipo de acciones humanas y estuviera dirigido al nuevo
tipo de sujetos de la acción diría algo así como: “Obra de tal modo que
los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida
humana auténtica en la Tierra”; o, expresado negativamente: “No pongas
en peligro las condiciones de la continuidad indefinida de la humanidad en
la Tierra”; o, formulado una vez más positivamente: “Incluye en tu
elección presente, como objeto también de tu querer, la futura integridad
del hombre”.
El nuevo imperativo apela a
un tipo de concordancia distinto del que está implicado en la célebre máxima
kantiana: no a la concordancia del acto consigo mismo, sino a la
concordancia de los efectos últimos con la continuidad de la actividad
humana en el futuro. Esto añade al cálculo moral el horizonte temporal que
falta en la operación lógica instantánea del imperativo kantiano: si este
último remite a un orden siempre presente de compatibilidad abstracta,
nuestro imperativo remite a un futuro real previsible como dimensión
abierta de nuestra responsabilidad [39-41].
III
Nos resulta infinitamente más
fácil el conocimiento del malum que el conocimiento del bonum;
el primero es un conocimiento más evidente, más apremiante, está menos
expuesto a la diversidad de criterios y, sobre todo, no es algo buscado. La
mera presencia del mal nos impone su conocimiento, mientras que lo bueno
puede pasar desapercibido. Por consiguiente, la filosofía moral tiene que
consultar antes a nuestros temores que a nuestros deseos para averiguar qué
es lo que realmente apreciamos.
Aunque la heurística
del temor no tiene seguramente la última palabra en la búsqueda del
bien es, no obstante, una primera palabra extraordinariamente útil y debería
ser aprovechada hasta el final en una materia en la que tan pocas palabras
nos serán otorgadas sin buscarlas. El primer deber de la ética orientada
al futuro es procurar la representación de los efectos remotos del malum.
El segundo deber es la apelación a un sentimiento apropiado del malum
representado [65-66]
IV
Lo que hemos de exigir al
principio de responsabilidad de una ética orientada al futuro no puede
sernos proporcionado por la idea tradicional de derechos y deberes. Esta
idea se funda en la reciprocidad. La ética que nosotros buscamos tiene que
ver precisamente con lo que todavía no es, y su principio de
responsabilidad habrá de ser independiente tanto de cualquier idea de un
derecho como de la idea de reciprocidad, de tal modo que en su marco no
puede nunca formularse la jocosa pregunta inventada al respecto: ¿Ha hecho
el futuro alguna vez algo por mi? ¿Acaso respeta él mis derechos?
El origen de la idea de
responsabilidad no es la relación entre adultos autónomos (derechos y
deberes recíprocos), sino la relación --consustancial al hecho biológico
de la procreación-- con la prole que necesita de protección. Lo que cambia
es el concepto de deber cuando hablamos de responsabilidad respecto de las
generaciones futuras. Esto necesita una fundamentación distinta [87]
V
La expresión ética del
futuro no se refiere a la ética en el futuro (a una ética
futura concebida hoy para nuestros descendientes futuros), sino que designa
una ética de hoy que se preocupa del futuro y trata de protegerlo
para nuestros descendientes de las consecuencias de nuestra acción
presente. Esto es una necesidad porque nuestras acciones de hoy, bajo el
signo de la globalización de la técnica, están tan preñadas de futuro, y
en un sentido tan amenazador, que la responsabilidad moral impone tomar en
consideración, al hilo de nuestras decisiones cotidianas, el bien de los
que ulteriormente se verán afectados por ellas sin haber sido consultados.
Aun sin quererlo tal responsabilidad nos incumbe debido a la dimensión del poder
que cotidianamente ejercemos al servicio de lo que está próximo pero
que involuntariamente dejamos repercutir en lo lejano.
Esta responsabilidad tiene
que ser de la misma magnitud que aquel poder y, como éste, englobar todo el
porvenir del hombre en la tierra. Una responsabilidad de tal magnitud sólo
se puede ejercer si está vinculada a un saber. Y el saber que se
requiere es doble: objetivamente, conocimiento de las causas físicas;
subjetivamente, conocimiento de los fines humanos.
La ética del futuro no
constituye en sí un tema de la futurología, necesita esta futurología,
entendida como proyección a lo lejos, y de acuerdo con un método científico,
de aquello a lo que nuestro obrar de hoy puede conducir por un
encadenamiento de causa-efecto. La futurología de la imagen ideal es
conocida con el nombre de utopía; la futurología que propongo tenemos que
empezar a aprenderla como advertencia para logar la autorregulación de
nuestro poder desencadenado. Esta futurología sólo podrá servir de
advertencia a aquellos que, además de la ciencia de las causas y los
efectos, cultiven igualmente una imagen del hombre que les comprometa
moralmente y que la sientan como al confiado a su guarda. [Extracto de un
texto “Sobre el fundamento ontológico de una ética del futuro”]
VI
El hombre es el único ser
conocido que puede tener una responsabilidad. Y al poder tenerla, la tiene.
Ser capaz de responsabilidad significa, por de pronto, estar situado bajo el
mandato de ésta: el poder mismo lleva consigo el deber. Pero la capacidad
de responsabilidad (capacidad de orden ético) descansa sobre la
facultad ontológica del hombre para elegir, consciente y
deliberadamente, entre alternativas de acción. La responsabilidad es, pues,
complementaria de la libertad. La responsabilidad es la carga de la libertad
característica del sujeto activo: soy responsable de mi acto en tanto que
tal (lo mismo que de su omisión) y poco importa para el caso que haya ahí
alguien para pedirme explicaciones por él ahora o más tarde. La
responsabilidad existe con o sin Dios, y por lo mismo, y con mayor razón,
con o sin tribunal terrestre.[..] Soy responsable en la medida en que mis
acciones afectan a un ser. El objeto real de mi responsabilidad será, pues,
este ser afectado por mí. Y esto toma un sentido ético si y sólo si este
ser tiene algún valor [Extracto de un texto “Sobre el fundamento ontológico
de una ética del futuro”].
VII
Encuentro muy atractivo el
ejemplo del “diluvio”. Veamos el texto un momento. Primero dice Dios,
según el texto, que se arrepiente de haber creado a los hombres. Dios se
arrepiente de haber creado a los hombres, porque ve las maldades que comete
sobre la tierra. Y decretó el diluvio, etc. Y después dice Dios, y esto
precede justo al arco iris, a la nueva alianza con Noé: “Los deseos del
corazón humano, desde la adolescencia, tienden al mal”. Hay que
conformarse con eso. Y en esta nueva alianza Dios promete: “No volveré ya
más a maldecir la tierra por el hombre”. Es decir, Dios mismo ha aceptado
un objetivo más modesto que el del hombre perfecto, y creo que también
nosotros tenemos que aceptarlo. Y esto significa para la ética por la que
me esfuerzo un cierto rechazo de la ética de la perfectibilidad, que de
alguna manera tiene sus especiales riesgos en las actuales relaciones de
poder del hombre y puede conducirlo a lo que un momento antes del diluvio
Dios mismo puso en vigor: Fiat justitia et pereat mundus. Una ética
del temor a nuestro propio poder sería en vez de esto más bien una ética
de la modestia, de una cierta modestia. Esta me parece una de las enseñanzas
que quizás se puedan hacer de este ejemplo del diluvio. Esto presupone que
hay que comprender en lo más íntimo que el hombre merece la pena tal
como es, no como podría ser conforme a una concepción idea libre de
escorias, sino que merece la pena continuar con el constante experimento
humano [De Técnica, medicina, ética, 192]