ABSTRACT: Curso cedido por el
profesor Francisco Fernández Buey que imparte en la Universidad Pompeu
Fabra (Barcelona).
Estudio de las principales corrientes teóricas de la ética en el siglo
XX.
Especial atención a seis corrientes: la ética analítica, la
filosofía moral de raíz religiosa, la fundamentación ética de la
increencia, ética existencialista, los intentos de fundamentación de
una ética marxista, y ética de la modernidad crítica. .......................................
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TEMA 1. LA ÉTICA ANALÍTICA DE GEORGE EDWARD MOORE
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Para saber de qué se habla cuando se habla
de ética análitica. Datos a tener en
cuenta:
George Edward Moore
(1873-1958) en la edición catalana de Principia ethica. Traducción
de Núria Roig y edición de Joaquim Clotet. Editorial Laia. Barcelona,
1982, págs. 7-11.
1894- 1896 Miembro de la Sociedad "The
Apostles" (con A.N. Whithead, J.E. McTaggart, H. Sidgwick, B.
Russell, J.M. Keynes, L. Wittgenstein y otros). Amistad con Russell.
1898 Fellow del Trinity College de
Cambridge. Disertación y cursos sobre la ética de Kant.
1899-1905 En los orígenes del grupo de
Bloomsbury (con las hermanas Woolf, J.M. Keynes y otros)
1903. Publica Principia Ethica.
1904-1908. En Escocia.
1912. En el TC de Cambridge tiene como
discípulo a Wittgenstein. Amistad duradera. Publica Ethics
1921-1927 Editor de la revista Mind
1925 A Defence of Common Sense
1939 Se jubila y le sucede Wittgenstein
en su cátedra. Pasa cuatro años en EEUU.
1942 An Autobiography, en el
volumen editado por P.A. Schilpp, The Philosophy of G.E. Moore
1953 Addendum to my Reply
(respuesta a la críticas suscitadas por el volumen editado por Schilpp).
Estamos a comienzos de un siglo. Hace ahora
cien años. George Edward Moore tiene veintitantos años, acaba de
licenciarse y empieza a impartir clases de filosofía moral en el Trinity
College de Cambridge. Forma parte, además, del grupo denominado "Los
Apóstoles" junto con algunos otros intelectuales que, como él, han
pasado a la historia de la filosofía británica: A.N. Whithead, J.E.
McTaggart, H. Sidgwick, B. Russell, J.M. Keynes, L. Wittgenstein.
¿Qué había en Ética en el momento del
cambio de siglo, cuando el siglo XIX acababa y estaba empezando el siglo XX?
¿Qué
tiene delante un joven profesor de Ética en Cambridge cuando empieza a
escribir sobre estos temas?.
Vale la pena detenerse un momento a
contestar esa pregunta para situar la obra y la aportación de G.E Moore a la
Ética.
¿Qué hay en Ética en el momento del
cambio de siglo?
En primer lugar, están los clásicos de la
tradición filosófica occidental en Ética, siempre leídos y releídos y,
desde luego, tratados, aludidos, mencionados o explícitamente discutidos
por Moore: varios de los diálogos de Platón (en particular La apología
de Sócrates, el Protágoras, el Gorgias, el Filebo,
la República ); la Ética a Nicómaco, de Aristóteles; las páginas
de Descartes sobre la moral provisional; el libro III de la Ética
de Spinoza, demostrada según el modo geométrico; la investigación de Hume
sobre los principios de la moral; la Metafísica de las costumbres y
la Crítica de la razón práctica de Kant; muchas páginas de Hegel
en la Fenomenología del espíritu y en la Enciclopedia de las
ciencias filosóficas dedicadas a los deberes, la moralidad y el
derecho.
El conjunto de esas obras es lo que suele
llamar la tradición heredada en Ética, lo que todo profesor de ética que
se precie a finales del siglo XIX tenía que saber. Esta tradición filosófica
ha establecido una distinción técnica entre los términos
"moral" y "ética", términos que en el lenguaje
corriente se usan indistintamente. Llama "moral" al conjunto de
comportamientos y normas que solemos aceptar (universalmente o casi) como válidos;
y llama "ética" a la reflexión (filosófica, filosófico-científica
o sistemática, según los autores) sobre por qué consideramos válidos
estas normas y comportamientos. La ética -- también según los autores--
se ha ocupado de muchísimas y muy distintas cosas: de la teoría del bien,
de la felicidad, de la virtud, de la justicia, del placer, de la amistad
(Aristóteles); pero también de Dios, de la naturaleza y origen del alma,
de la naturaleza y origen de los afectos, de la libertad, de la piedad (Spinoza);
del sentimiento moral (Hume); de la ley moral y de los juicios morales
(Kant); de la simpatía entre humanos (Adam Smith); de la conciencia, del
bien, del deber y del derecho (Hegel), etc.
En el marco de esta tradición se ha
discutido sistemáticamente acerca de cuál es el sumo o principal bien para
los hombres (si el placer, o la virtud o la felicidad o la utilidad) y sobre
cómo probar, si es que se puede probar, que lo que habitualmente
consideramos "bien" o "bueno" lo es realmente y cómo lo
es para todos (universalmente).
Pero ni siquiera eso es todo lo que se ha
escrito sobre ética (en sentido amplio) a lo largo de la historia de la
filosofía occidental. De hecho, hay en Ética toda otra tradición, mucho
menos sistemática, mas bien fragmentaria, alimentada por moralistas,
ensayistas, filósofos y literatos; otra tradición más próxima, por
ejemplo, a las tradiciones éticas orientales, que a finales del siglo XIX
empezaba a ser vista ya muy positivamente, y a la que hoy, sin duda, damos
mucha más importancia incluso en los estudios académicos: la tradición
ética de la sabiduría fragmentaria y aforística, alusiva,
acerca de la vida buena del ser humano, que tiene su origen en los sofistas
y en los cómicos griegos, que continúa con los estoicos y los epicúreos,
que se prolonga luego, en los orígenes de la modernidad, a través de
Erasmo, Thomas More, Montaigne, Etienne de la Boetie, y, en los siglos
siguientes, en las Máximas de La Rochefoucauld, en los Caracteres
de La Bruyére, en el Oráculo manual y en el Criticón de
Baltasar Gracián, en la obra de Shakespeare, en los enciclopedistas
franceses, en el marqués de Sade (Justine ou les malheurs de la vertu,1791),
en Goethe (Máximas y reflexiones), en Leopardi (Zibaldone),
etc.
Luego, ante el joven Moore, está,
en
segundo lugar, la reflexión filosófico moral de la tradición específicamente
británica, la que arranca de Hobbes y de Hume y que se ha ido concretando
en La teoría de los sentimientos morales de Adam Smith (1759), y, ya
en en el siglo XIX, en el utilitarismo de J.S Mill y de J. Bentham.
En este caso la filosofía moral o la reflexión ética enlaza directamente
con el intento de construir una filosofía política o una ciencia social útil
para alcanzar el bienestar general de la sociedad: la mayor felicidad
posible para el mayor número de personas posible.
En tercer lugar están los continuadores de
los grandes sistemas filosóficos del idealismo racionalista alemán: neokantianos
y neohegelianos, con presencia tanto en el Continente (lo que se llamó
historicismo) como, en menor medida, en las Islas Británicas (Bradley).
Son, éstos, autores que tratan de salvar precisamente la herencia ética de
Kant o de Hegel del naufragio de los grandes sistemas filosóficos
engendrados en Alemania por el espíritu ilustrado y por el primer
romanticismo. Sobre el carácter idealista y formalista del imperativo moral
kantiano que dice:"Actúa de tal manera que la máxima de tu actuación
pueda valer siempre y en todo tiempo como principio de una legislación
universal", ya el poeta Schiller escribió en el Escrúpulo: "Sin
vacilar me pongo al servicio de mis amigos/ pero como lo hago por gusto/ el
gusano de mi conciencia/ me dice que no soy virtuoso"; Feuerbach y Marx
criticaron el sistema ético-jurídico hegeliano como mera racionalización
de lo que ha llegado a ser el Estado en Alemania. Pero, a pesar de estas críticas, neohegelismo y, sobre todo, neokantismo (ejemplo: H. Cohen, Ética de la
voluntad pura, 1904) vuelven a dominar la escena filosófica alemana del
cambio de siglo.
Luego, en cuarto lugar, están las filosofías
morales globalmente críticas, o, por así decirlo, alternativas, que han
surgido precisamente de la crítica radical, o de las tentativas de
deconstrucción de aquellos grandes sistemas éticos y que, por unas u otras
razones, provocan el escándalo y quedaban entonces, por lo general, fuera
de la consideración ética académica, porque se las creía excéntricas,
inmorales, amorales, o simplemente "literarias": los Parerga y
paralipómena (literalmente: suplementos y omisiones, 1851)de A.
Schopenhauer (muerto en 1860): "La virtud no se enseña, ni tampoco el
genio; la idea que se tiene de la virtud es estéril y no puede servir más
que de instrumento, como en materia de arte las cosas técnicas. Esperar que
nuestros sistemas de moral y nuestras éticas puedan formar personas
virtuosas, nobles y santas es tan insensato como imaginar que nuestros
tratados de estética pudan producir poetas, escultores, pintores y músicos";
las obras de K. Marx, muerto en 1883: crítica radical de la ideología
moral y de la alienación (en Inglaterra: William Morris, Noticias de
ninguna parte) y de F. Nietzsche, muerto en 1990: deconstrucción ética
sobre la base de la afirmación de la voluntad de poder y de la trasmutación
de todos los valores; obras, las de Schopenhauder, Marx y Nietzsche que tenían,
sin embargo, una gran influencia ya fuera del mundo de la ética académica
universitaria en el momento del cambio de siglo.
En quinto lugar están los intentos de reducción
naturalista de lo que había sido la reflexión ética tradicional en el
marco de la teoría de la evolución, o más en general, de la biología y
de la psicología: H. Spencer (muerto en 1903, el mismo año de publicación
de Principia ethica) y el darwinismo social, la moral evolucionista.
Lo que esta corriente representa es, por una parte, la prolongación de la
tentativa de construir una ética científica o de base científica y, por
otra, un cambio en la fundamentación antropológica de la búsqueda moral.
Toda ética histórica, de Aristóteles a Kant, ha tenido como supuesto
(declarado o no) una antropología, una filosofía del hombre y/o una
filosofía de la historia de la humanidad. La ética naturalista y
evolucionista postula que la antropología filosófica tradicional, de carácter
especulativo o metafísico, tiene que ser sustituida por una nueva síntesis:la
teoría (darwiniana o no) de la evolución. De la teoría evolucionarista se
derivaría una nueva ética en el sentido de decirnos cómo tenemos que
comportarnos o cómo nos conviene comportarnos para no entrar en conflicto
con los principios de la evolución de las especies.
En sexto lugar están las reflexiones éticas
y filosófico-políticas contenidas en (o derivadas de) la gran narrativa de
la época con intención sociomoral o críticas de la moralidad imperante:
el nihilismo teorizado por Dostoievski, sobre todo en Demonios
y en Los hermanos Karamazov (que tanto influyó en el último
Nietzsche): "Dios ha muerto; todo está permitido"; y la filosofía
moral antimoderna y antiestatalista del Tólstoi de la no-violencia. El sociólogo
e historiador de la ideas W. Lepenies ha escrito con razón que a finales
del siglo XIX la literatura aparece como un campo de batalla por el triunfo
de la verdad o de una imagen ideal de la sociedad. El affaire Dreyfus en
Francia es paradigmático del compromiso moral de los intelectuales y
literatos: Zola (Yo acuso), Daudet, Péguy, Maurras ocupan la primera fila
de frentes opuestos. En Rusia, escritores como Chernichenski, Tolstoi y
Dostoievski asumen la función de portavoces del pueblo ruso. En Inglaterra
la novela social y utópica (William Morris, Noticias de ninguna parte)
hace las veces de la sociología.
Y, por último, en séptimo lugar, está la
reflexión seguramente más primaria de todas, más de fondo, en el sentido
filosófico: la reflexión metodológica, la discusión sobre la
objetividad y la racionalidad de las valoraciones y de los juicios morales
que conduce al debate sobre el lugar de la filosofía moral en el conjunto
del saber. El centro de esta discusión es la distinción y relación que
hay que establecer entre "hechos" y "valores", entre
juicios sobre hechos y valoraciones morales: en Inglaterra Henry Sidgwick (Principles
of Political Economy,1883; Los métodos de la ética), que sigue
la tradición de Hume; en Alemania, Windelband, Historia y ciencia
natural, 1894; Rickert, y, sobre todo, Max Weber ("Methodenstreit",
debate sobre la cuestión del método en los comienzos del siglo XX; La
ética protestante y el espíritu del capitalismo es de 1905). Se trata
de un debate en el que intervienen filósofos, historiadores y científicos
sociales.
Debe tenerse en cuenta a este respecto que lo que hoy llamamos
"ciencias sociales", aludiendo con ello sobre todo a la Sociología
y a la Economía, se ha llamado durante mucho tiempo (y desde luego esa era
todavía la denominación habitual en el cambio de siglo), "ciencias
morales".
Este tipo de consideración metodológica
(de Sidgwick a Weber) plantea varios temas que conviene abordar:
1º que la afirmación de valores últimos
o ideales no se sigue ni puede seguirse deductivamente de proposiciones
de hecho;
2º que los juicios de valor y en
particular los ideales no son despreciables sino que tienen gran
importancia para los hombres y, por consiguiente, también para los
científicos sociales como hombres;
3º que, puesto que éstos no son
producto del saber empírico hemos de resolver acerca de ellos en otro
campo, el normativo, el de la batalla respetuosa entre ideales;
4º que siendo los ideales de los otros
tan "sagrados" como los nuestros, cabe preguntarse si la
controversia normativa acerca de ellos es sólo metacientífica (en el
sentido de que la ciencia no puede decidir nunca sobre valoraciones) o
es también irracional o arracional (en el sentido de que sobre los
ideales, precisamente por ser "sagrados", ni hay ni habrá
nunca nada escrito).
La enumeración anterior tiene objeto
situar la aportación de G.E. Moore a la ética del siglo XX. Como se ve,
hay muchas cosas que en el cambio de siglo caben bajo la denominación de ética
o filosofía moral. Conviene saber con cuáles de esas corrientes está
dialogando G.E. Moore y, en ese marco, cuál es su enfoque, su propio punto
de vista.
Pues bien,
en sus escritos
sobre ética G.E. Moore ha dejado fuera de consideración, por lo general,
lo que hemos llamado "sabiduría moral fragmentaria y aforística";
también ha dejado fuera de consideración las críticas a los grandes
sistemas éticos llevadas a cabo por Schopenhauer, Marx y Nietzsche y las
aportaciones moralistas de los literatos de la segunda mitad del XIX así
como gran parte de la discusión metodológica alemana de principios de
siglo relacionada con el historicismo (aunque no toda: el tema de la
distinción entre "hechos" y "valores" aparece en su
obra recogido de Sidwick). Se ha ocupado particularmente, en cambio,
de la
tradición clásica heredada (sobre todo de la ética kantiana), de la
filosofía moral británica (de Hume a Sidgwick) y ha criticado tanto el
neoidealismo (Bradley) como el utilitarismo (Bentham y Mill) y la ética
evolucionista (Spencer).
Hay tres cosas que G.E. Moore ha aportado a
la ética del siglo XX. Principia ethica cap. I-IV
Una dilucidación analítica inigualable de los
significados de la palabra "bueno", el descubrimiento de la
importancia de la falacia naturalista en el dominio de la ética y una
aclaración interesantísima de lo que debe entenderse por
"ideal".
Su dilucidación analítica del significado
de la palabra "bueno" está en el origen de una de las corrientes
más notables de la Ética del siglo XX: la filosofía moral analítica.
Su descubrimiento (o redescubrimiento) de
la importancia de la falacia naturalista en el ámbito de la ética representó
una llamada de atención, de la que ya no puede prescindirse,
sobre las limitaciones de toda ética de base metafísica y de toda ética
que pretenda reducir su objeto a la extrapolación de los resultados de la
ciencia natural.
Y su discusión, realista y prudente, sobre
lo que podemos y debemos entender por "ideal" está en el origen
de muchas de reflexiones ético-estéticas de uno de los grupos
intelectuales más interesantes de la primera mitad del siglo XX, el grupo
de Bloomsbury (de que formaron parte la novelista Virginia Woolf y el
economista J.M. Keynes, entre otras personalidades singulares).
Moore ha expresado uno de los objetivos
principales de su obra con palabras que se pueden leer como una variante del
propósito de Kant: escribir "los prolegómenos a cualquier ética
futura que pretenda presentarse como ciencia" (ed. catalana cit. pág.
31). En la introducción a Principia ethica ha dicho claramente también
con quién está dialogando, los autores a los que considera más próximos:
además de con Kant, con el "intuicionismo" de Sidgwick (en cuanto
a las proposiciones éticas, que no se pueden probar o refutar) y con el
Brentano del origen del conocimiento moral.
El arranque de los Principia ethica
de Moore puede llamar la atención en un marco cultural en el que se
acostumbra a hablar de ética en términos de conductas morales excelsas, de
vidas ejemplares, de ejemplos éticos que hay que seguir y de prácticas éticas
o inmorales. El hecho mismo de que Moore deje fuera de consideración todas
aquellas corrientes de filosofía moral que se presentan, más o menos
fragmentariamente, como "sabiduría moral" o que bosquejan qué
podría ser la "vida buena" en la práctica de los humanos, y
dedique, en cambio, mucho espacio a precisiones terminológicas, a
definiciones de conceptos, al análisis de nociones y argumentaciones, choca
bastante con lo que ha sido habitual en nuestro marco cultural y hasta puede
hacérnoslo inicialmente antipático. Así que dedicaré unos minutos a la captatio
benevolentiae.
Para entender bien en nuestro ambiente
cultural qué es lo que pretende GE Moore seguramente lo más adecuado es
empezar por una afirmación suya que aparece en el capítulo III de
"Principia ethica", o sea, ya mediada la obra. Dice así:
Una conclusión correcta siempre se
puede obtener por medio de un razonamiento falaz, y la vida buena y las máximas
virtuosas de un hedonista [o de un filósofo moral en general] no demuestran
de ninguna manera que su filosofía ética sea también buena. A mi sólo me
interesa esta filosofía ética. Lo que discuto aquí es la eminencia del
razonamiento [del filósofo moral], no la eminencia del carácter del
hedonista [o del filósofo moral] como persona ni siquiera su eminencia como
maestro de moral ( ibid.113).
Fijaos que en nuestro ambiente cultural se
suele empezar diciendo casi siempre lo contrario: la buena ética se
demuestra andando, o sea, con la vida, con el ejemplo, con la práctica del
que habla o escribe de ética. Por lo general siempre vamos buscando
contradicciones entre lo que tal autor dijo o argumentó y lo que hizo o
como se comportó en su vida. Esta manera nuestra de entender lo ético pone
el acento en la habilidad o capacidad práctica para afrontar más o menos
inmediatamente los problemas morales de la vida (en el savoir-faire,
que decimos). Esta manera de entender lo ético tiende a dar por supuesto
que ya está claro qué entendemos por bueno y por malo, qué por virtuoso,
qué por inmoral, etc. Así que generalmente nos resulta extraño que
alguien dedique su tiempo a tratar de aclarar nociones y conceptos éticos
que nos parecen intuitivamente muy primarios o a discutir las razones por
las cuales se dice que "lo bueno es ser virtuoso" o que "no
hay más bien en el mundo de los humanos que el placer".
Para leer a Moore hay que cambiar de
registro. Y para leerle bien hay que tener paciencia. Hay que hacerse a la
idea de que se puede hablar y escribir de juicios y razonamientos éticos
como de cualquier otro asunto (tendencialmente) científico. Y, sobre todo,
hay que hacer el esfuerzo por considerar que lo que cuenta, también en
esto, es la capacidad de razonamiento, de argumentación. A veces ese
esfuerzo puede resultar tedioso si se compara con la feliz iluminación de
las grandes máximas morales para andar por el mundo. Pero como todo
esfuerzo intelectual también este tiene premio: saber de qué estamos
hablando realmente cuando decimos "esto es bueno",
"tal conducta es natural y, por tanto, buena"; o
"innatural y, por tanto, mala"; "tal pueblo o tal cultura es
más evolucionado y, por tanto, superior, y, por tanto, mejor", o
"mi ideal es...", etc.
Principia ethica empieza
discutiendo sobre el tema de la ética, sobre su objeto ¿De qué hablamos
realmente cuando hablamos de ética? Una primera respuesta a eso sería
decir: de lo que es bueno y de lo que es malo en la conducta humana. Pero
Moore opina que la indagación ética no puede limitarse a las conductas,
sino que ha de ocuparse de todo lo que es bueno o susceptible de ser
considerado bueno. Da, por tanto, el nombre de ética a la discusión de la
pregunta "qué es bueno y qué es malo".
A continuación Moore se pregunta por los
significados que puede tener esta pregunta sobre lo bueno. Descarta la
contestación inmediata que a la pregunta "qué es bueno" dice
"esto", tal conducta, comportamiento u objeto particular, tal o
cual ejemplo. Pues la ética no se ocupa de hechos únicos, individuales,
absolutamente particulares; el filósofo de la ética (intencionalmente
científica o sistemática) no está para dar consejos o exhortaciones
personales (ibid. 40). El ético [el filósofo de la ética], en opinión de
Moore, no es un moralista.
La ética tampoco es reducible a la casuística,
al listado de, por ejemplo, las cosas que consideramos buenas o virtuosas.
De eso trata también la ética (ejemplo: la teoría de la virtud en la
Ética aristotélica). La casuística forma parte del ideal de la ciencia ética,
pero sise reduce a eso el discurso ético fracasa porque es una materia
demasiado difícil para que se pueda analizar adecuadamente en el estado de
nuestros conocimientos. En todo caso, la casuística sólo vale al final de
la Ética, no al principio, no en sus prolegómenos.
Así, pues, la cuestión fundamental de la
ética es cómo definir "bueno". Y su objeto principal, como
ciencia sistemática, es dar razones correctas para fundamentar la creencia
de que esto o aquello es bueno.
Moore descarta que el propósito de definir
(=analizar) que es "bueno" sea una cuestión meramente verbal. No
pretende dar una definición tomada del uso habitual que hace la gente del
adjetivo "bueno" y llegar a la definición del concepto de
"bueno" por consenso, como si "bueno" fuera lo que la
mayoría de la gente, en un momento histórico dado y en una sociedad
determinada, llama "bueno". De lo que se trata es de descubrir la
naturaleza de este objeto o idea (ibid. 43).
Moore mantiene que "bueno" es una
noción simple e indefinible (=inanalizable). Indefinible o inanalizable
quiere decir, en este constecxto, no descomponible en partes, (como, por
ejemplo, "caballo"). "Bueno" es un término último de
referencia.
En este punto Moore trae a colación por
primera vez el asunto de "la falacia naturalista". Un número muy
elevado de filósofos -dice- ha pensado que cuando se referían a las
otras propiedades que pueden acompañar a lo bueno (como lo placentero, la
utilidad, etc.) estaban definiendo verdaderamente "bueno", o sea,
que estas otras propiedades (el placer, la utilidad) eran absoluta y
completamente similares a la bondad, como cuando se dice "lo bueno es
lo que útil o placentero (individual o colectivamente)". Moore propone
llamar falacia naturalista a este tipo de proceder, o sea, a la identificación
del término "bueno" con otros conceptos, como "placer"
o "utilidad", o cualquier otra entidad que se puede describir
independientemente de la ética (ibid. 48).
Cuando se dice, por ejemplo, que
"bueno" es el objeto del deseo o que "bueno" es el
placer, la opinión que se sostiene es simplemente psicológica, o
psicosociológica, pero no ética; o bien lo único que queremos decir es
que la opinión de la mayoría de la gente es esa, pero nada más. Si
alguien intenta definir el placer para nosotros como si tratase de un objeto
natural cualquiera diríamos que está cometiendo una falacia naturalista.
Ahora bien, al llegar aquí Moore precisa: cuando se confunden dos objetos
naturales entre ellos y se define uno por otro se puede cometer una falacia,
pero entonces no hay razón para denominarlo falacia naturalista. En
cambio, si se confunde "bueno", que no es un objeto natural, con
algún tipo de objeto natural, entonces hay razón para denominarlo falacia
naturalista (ibid. 52). Esa falacia se encuentra en casi todos los libros de
Ética, pero por lo general no se reconoce.
Para mostrar el carácter falacioso de la
identificación de "bueno" con "útil",
"deseable" o "placentero" Moore compara este tipo de
proceder intelectual con el que seguimos cuando decimos de una naranja que
es "amarilla". En este caso no pensamos que nuestra declaración
nos obligue a sostener que "naranja" significa sólo y únicamente
"amarillo" o que no haya nada que pueda ser amarillo aparte de una
naranja. De la misma manera: decir que bueno es indefinible (o inanalizable)
no significa negar que el placer, por ejemplo, sea bueno. Puedo mantener
razonablemente las dos cosas al mismo tiempo. Lo que, en cambio, es inútil
para la ética es tratar de probar que un incremento del placer coincide con
un aumento de la vida, puesto que, aun admitiendo que el placer o lo útil
son buenos, "bueno" siempre significa algo diferente de la vida o
del placer (ibid. 53).
La importancia que Moore concede a la ética
de Henry Sidgwick proviene de esto: haber sido el único (en el marco de la
tradición británica y discutiendo con el utilitarismo de Bentham) en darse
cuenta de que "bueno" es indefinible o inanalizable (porque se
trata de una noción simple) y haber sacado las correspondientes
consecuencias de ello.
En este punto hay que insistir en que el
objeto de la ética de Moore no es la conducta, el comportamiento o la acción
prácticas, sino el conocimiento o razonamiento moral, la forma correcta de
los juicios morales, y que por eso le importa tanto el asunto de la falacia
naturalista. De manera que los naturalistas y los utilitaristas podrían
decir verdad cuando dicen que el placer, la felicidad o la utilidad son
buenos para la vida práctica del hombre pero, en cambio, estar equivocados
en las razones que dan para argumentar eso en el sentido de que sus
principios prácticos sean muy correctos. Lo que importa, en el campo
estricto de la Ética, tal como la entiende Moore, es esto último: las
razones que fundamentan el juicio ético (ibid. 59). En la argumentación
naturalista, por ejemplo, hay una petición de principio: se empieza con la
definición de la conducta correcta como conducta conducente a la felicidad
general y luego, como ya sabemos que la conducta correcta es universalmente
una conducta que conduce a lo bueno, llegamos fácilmente a la conclusión
de que lo bueno, o el bien, es la felicidad general.
El hilo conductor de la investigación de
Moore en esta parte de su obra es siempre la crítica de la falacia naturalista generalmente entendida como "identificación de la noción
simple que llamamos "bueno" con alguna otra noción" (ibid.
106).
Moore distingue entre teorías éticas
naturalistas y teorías éticas metafísicas. Para las primeras aquello en
relación con lo cual se define "bueno" es un objeto natural;
para las segundas aquello en relación con lo cual se define
"bueno" es un objeto cuya existencia sólo se puede inferir en un
mundo real suprasensible. Las dos caen en la misma falacia, pero se
diferencian en que las primeras pretenden establecer sus conclusiones
mediante la observación empírica y la inducción.
El naturalismo es para Moore
reductivismo;
el naturalismo reemplaza la ética por alguna de las ciencias naturales:
psicología, sociología, física: las teorías naturalistas definen
"bueno" en función de propiedades, simples o complejas, de algún
objeto natural simple o complejo. Son naturalistas las teorías de la ética
que declaran que el único bien consiste en alguna propiedad de las cosas
que existen en el tiempo y suponen que el bien mismo se puede definir
haciendo referencia a esta propiedad (ibid. 84-86).
Moore descarta de entrada una de las máximas
éticas más conocidas, aquella que recomienda llevar una vida de acuerdo
con la naturaleza (ética estoica, Rousseau). Sólo podemos decir que toda
cosa natural es buena en virtud de alguna teoría metafísica. Pero si todo
lo que es natural es igualmente bueno entonces la ética, tal como se
entiende habitualmente, desaparece, pues nada es más cierto, desde un punto
de vista ético, que el hecho de que algunas cosas son malas y otras buenas.
Puesto que el objetivo de la ética es en gran parte ofrecer normas
generales con las cuales se pueda evitar las unas (malas) y obtener las
otras (buenas), ¿qué significaría la recomendación de vivir naturalmente
si, como es obvio, no se puede aplicar a todo lo que es natural? (ibid. 87).
Aquella máxima está indicando el uso de
una noción vaga según la cual hay alguna cosa tal como el bien natural:
que la naturaleza fija y decide qué será "bueno". Pero esto no
es obvio ni evidente, es falaz. Moore trae aquí a a colación un argumento
que puede ser de mucha utilidad en discusiones actuales:
La naturaleza, en efecto, fija límites
a lo que es posible, controla los medios que tenemos a nuestra disposición
para obtener lo que es bueno. Y la ética práctica ha de tener en cuenta,
ciertamente, este hecho. Pero cuando se supone que se prefiere lo que es
necesario, lo que es necesario significa sólo aquello que hace falta para
alcanzar un fin determinado, presupuesto como el bien mayor, y la
naturaleza no puede determinar cuál es el bien mayor.¿Por qué hemos
de suponer que lo que es simplemente necesario para la vida es ipso facto
mejor que lo que es necesario para el estudio de la metafísica, por muy inútil
que pueda parecer este estudio? (ibid. 90-92).
Moore no niega que se pueda establecer una
conexión entre proposiciones derivadas de las ciencias naturales y
proposiciones estrictamente éticas o entre metafísica y ética. Lo que
discute es el tipo de razonamiento por el cual los exponentes más
cualificados de las éticas naturalistas y de las éticas metafísicas pasan
de un ámbito al otro. Y, en consecuencia, precisa el tipo de vínculo que
hay que considerar falacioso tanto en el utilitarismo (de J.S. Mill y de J.
Bentham) como en el hedonismo y tanto en las éticas evolucionistas como en
las éticas metafísicas.
Lo más interesante de Moore en estos
desarrollos es su método: siempre y distingue y precisa la tesis que va a
discutir diferenciándola de otras tesis o afirmaciones concomitantes y próximas
(y por lo general de menor extensión). Por ejemplo, cuando, en el capítulo
III de los "Principia ethica" discute la tesis hedonista ("sólo
el placer es bueno" ) matiza en seguida: va a discutir sólo la
doctrina que sostiene que únicamente el placer es bueno como fin, no las
doctrinas que sostienen que el placer, entre otras cosas, es bueno como fin,
pues considera que esto último no es hedonismo (ibid. 112). Ni siquiera
ataca la doctrina que dice que el placer es bueno como fin en sí ni sus
conclusiones prácticas (que dice compartir y que él mismo recomendaría),
sino sólo las razones por las cuales los hedonistas argumentan que pueden
mantener sus conclusiones. Ese es el contexto en el que llama la atención
sobre que una conclusión correcta se puede obtener por medio de un
razonamiento falaz. En este caso el argumento falaz consiste en suponer que
de "considero que esto es bueno" (como algo idéntico a "esto
me place") se puede inferir lógicamente, en el sentido de deducir, que
sólo el placer es bueno.
Un razonamiento parecido sigue cuando se
ocupa (en el capítulo IV) de la ética metafísica. Tiene in mente la obra
de los estoicos, de Spinoza, de Kant y de los neohegelianos británicos (F.H.
Bradley : 1846-1924). Primero precisa la acepción en que va utilizar el término
"metafísica": en oposición a "natural"; luego define
la metafísica como algún tipo de referencia a una realidad suprasensible,
de modo que los sistemas de ética que denominará metafísicos son aquellos
que describen el bien supremo en términos de algo que no existe en la
naturaleza. Más allá del aprecio de este intento por comparación con las
éticas naturalistas, Moore descubre también en esta forma de proceder la
falacia naturalista: el paso de lo que es real a lo que es bueno, inferir de
alguna proposición que afirma "la realidad es de esta naturaleza"
otra proposición que asevera que "esto es bueno en sí" (ibid.175).
Esta primera parte de la reflexión de G:E.
Moore lleva a las siguientes conclusiones:
A) Es imposible definir
"bueno" porque se trata del nombre de una característica de
las cosas absolutamente simple e inanalizable.
B) Todo intento de obtener cualquier
definición de "bueno" es falaz.
C) Si intentamos definir
"bueno" en términos de un objeto natural caemos en la falacia
naturalista. En un sentido más amplio la falacia naturalista consiste
en derivar la ética de premisas no éticas.
D) Esto se confirma tanto en la reducción
de la ética a la teoría de la evolución, como en la reducción de
"bueno" a "utilidad" o "placer" o en el
establecimiento de una conexión específica entre ética y metafísica.
E) Podemos reconocer como tales una
serie de cosas intrínsecamente buenas, pero ninguna demostración puede
ser aducida para acreditar que algo es intrínsecamente bueno.
Reconocimiento no es demostración.
Todavía en el marco de esta primera parte
(capítulos I-IV) hay un desarrollo particular de la argumentación de Moore
del que vale la pena ocuparse:
El enfoque de la crítica a la ética
evolucionista (por la incidencia que tuvo en el el cambio de siglo y por la
influencia que el punto de vista evolucionista sigue teniendo actualmente).
Moore se ocupa de la aplicación de la teoría de la evolución a la ética
por Spencer y por Guyau. En el caso de Spencer, Moore discute la conexión
del argumento evolucionista con el argumento hedonista: el placer es el único
bien y tener en cuenta la dirección de la evolución es el mejor criterio
para obtener el máximo de placer.
En ese contexto Moore distingue entre una
ética declaradamente basada en la ciencia y una ética sistemática y científica
capaz de llevar a cabo una discusión clara de los principios fundamentales
de la ética y una declaración de las razones últimas por las cuales una
manera de actuar se considera mejor que otra (ibid. 102). Y a partir de ahí
se dedica a determinar qué es lo que es falaz en las opiniones dominantes
referidas a la relación entre la evolución y la ética. Para lo cual
propone limitar el término "etica evolucionista" a la opinión
según la cual "basta considerar la tendencia de la evolución para
descubrir la dirección en la que tendríamos que ir". Luego distingue
esta opinión de otras tres con las cuales se suele confundir:
1ª La dirección en que las cosas
vivas han evolucionado hasta ahora es, de hecho, la dirección del progreso.
De donde: lo "más evolucionado" es también "mejor".
En esa idea, sin más, no hay falacia.
Solo que, si nos hemos de guiar por ella
para nuestra actuación futura, entonces se necesitará una investigación
laboriosa de los puntos exactos en que consiste la superioridad del más
evolucionado: "No podemos suponer --dice Moore-- que por el hecho de
que la evolución sea un progreso en general, cada punto en el cual el más
evolucionado difiere del que lo está menos es un punto para considerarlo
mejor que al menos evolucionado". A partir de aquí necesitaremos una
discusión estrictamente ética para llegar a una evaluación correcta de
los diferentes resultados de la evolución a fin de distinguir los más
valiosos de los menos valiosos e igualmente de aquellos que no son mejores
que sus causas, sino tal vez peores (ibid. 102-103).
Moore piensa que si fuera ésta la única
relación que existe entre evolución y ética no habría que darla tanta
importancia como se la da habitualmente.
2ª Lo más evolucionado, aunque no
sea lo mejor, es un criterio, en tanto que concomitante, de lo mejor.
Tampoco esto es una falacia.
Pero esta idea también implica una discusión
exhaustiva preliminar sobre qué es "lo mejor". Y si a través de
esa discusión llegamos a la delimitación de qué es "bueno",
entonces no parece que sea necesaria la ayuda de la (teoría de la) evolución
como criterio para obtener lo máximo.
3ª Aunque la evolución no nos
ayuda a descubrir qué resultados de nuestros esfuerzos serán mejores, sí
que contribuye un poco a revelar qué es posible asumir o aceptar y cuáles
son los medios para asumirlo. Y en este sentido la teoría (de la evolución)
puede prestar algún servicio a la ética.
A continuación Moore restringe lo que
entiende por "ética evolucionista: la concepción según la cual deberíamos
movernos en la dirección de la evolución simplemente porque es la dirección
de la evolución (o sea, porque se presupone que las fuerzas de la
naturaleza actúan en esa dirección).
Esta concepción sí es falaz:
"bien" significa en ella simplemente la dirección en la cual actúa
la naturaleza. Pero la evolución sólo indica un proceso histórico
temporal y no tenemos ni la más mínima razón para creer que las cosas
evolucionarán permanentemente en el futuro, que la naturaleza siempre
actuará en la dirección de la evolución (y no, por ejemplo, en el de la
involución o de la extinción).
La evolución, cuando hablamos de la
evolución del hombre, ejemplificada en el hombre, (como Spencer, no
como Darwin), no es una ley natural como la ley de la gravedad. Así que la
idea según la cual la evolución arroja mucha luz a la ética acaba en una
confusión doble: suponer que una ley de la naturaleza es respetable es
incurrir en la falacia naturalista. Si se reconociera claramente que no hay
evidencia para suponer que la naturaleza está en la parte del bien
probablemente diminuiría la tendencia a mantener que hace falta esta
evidencia.
El argumento de Moore, según el cual de la
admisión de la teoría de la evolución no se sigue una ética (en el
sentido previamente definido), y menos una sola opinión en ética, se puede
prolongar todavía en una de estas direcciones:
A) Aceptados los resultados
generales de la teoría (darwiniana) de la evolución siempre se podrá
decir que la moralidad del hombre consiste en hacer precisamente lo
contrario de lo que observamos en la naturaleza: la aspiración a "lo
mejor", desde el punto de vista ético, implica una línea de
conducta que se opone a aquella que postula alcanzar el éxito en la lucha
cósmica por la existencia.
Esa fue la forma de argumentar de Thomas
Henry Huxley en "Evolution and Ethics" (1893)
B) La naturaleza no es
"buena" ni "mala". La naturaleza es amoral, en el
sentido de que no contiene mensajes morales para el ser humano. El estado
objetivo del mundo no nos enseña cómo debemos alterarlo o preservarlo de
la manera más ética. En la naturaleza no hay respuesta para la pregunta
ética.
Este es punto de vista de S. Jay Gould en Dientes
de gallina y dedos de caballo.
C) La asunción de una perspectiva
evolucionista o biológico-evolucionaria en ética no tiene por que
implicar la reducción de la ética a los resultados de la teoría de la
evolución. Los problemas morales se plantean necesariamente en el marco
de un continuo sociobiológico y biosocial del que el ser humano es parte,
y, en ese sentido, la autonomía del discurso ético es relativa. Es
posible y, sin duda, interesante, una ética de base evolucionista, pero
es un error (metodológico-epistemológico) reducir la ética a una
ampliación de la teoría de la evolución o a una extrapolación de
consideraciones sociobiológicas.
Este es el punto de vista de Ferrater Mora:
"Hacia una noción de ética", en F.M y Priscilla Cohn, Etica
aplicada, Madrid, Alianza (varias ediciones).
Si esta parte de los Principia ethica
de G.E. Moore es crítico-negativa y procede mediante consideraciones "metaéticas"
(=discusión argumentativa de términos, nociones y conceptos de la Ética, o
sea, reflexión de segundo grado para aclarar metodológicamente la mejor
forma de argumentar en Ética), la segunda parte (capítulos V y VI) es
positiva y propositiva.
Principia ethica cap. V Y VI
Su objeto son las conductas o acciones éticas y lo
que llamamos "ideales". Para Moore lo más importante es darse
cuenta de que ahora estamos ante un tipo de pregunta distinta de cuando nos
preguntamos "qué es bueno". Si a la primera pregunta hay que
contestar que "bueno" es inanalizable (=indefinible), cuando nos
preguntamos, en cambio, "qué acciones merecen ser realizadas por
nosotros", las contestaciones:
a) Son susceptibles de comprobación,
positiva o negativa, por procedimientos empíricos.
b) Existen criterios para decidir. El
criterio relevante para acordar si una determinada acción propuesta debe
ser realizada es la constatación de un nexo causal entre aquella acción y
tales o cuales resultados o consecuencias.
El capítulo final de los "Principia
ethica", dedicado al "ideal", se puede considerar como una
aplicación de todo lo anterior. Moore empieza distinguiendo y analizando el
significado de "ideal" referido a un estado de cosas:
1) El mejor estado de cosas concebible,
el sumo bien o bien absoluto, un estado de cosas absolutamente perfecto
(la concepción del paraíso);
2) El mejor estado de cosas posible en
este mundo: el bien humano o fin último hacia el que dirigir nuestra
acción (en este sentido las utopías son ideales);
3) Lo bueno en sí en un grado elevado.
De este tercer significado se ocupa Moore
después de haber llegado a la respuesta negativa de que el placer no es el
único bien y de haber criticado las utopías como mero intento de descripción
del cielo en la tierra (ibid. 262-263)
El instrumento principal para decidir qué
es "ideal" ha de ser una evaluación comparativa de cosas que
conocemos. Y el mejor ideal que podemos construir será el estado de cosas
que contenga el número más grande de cosas que tienen valor positivo y que
no contienen nada de malo o indiferente con la condición de que la
presencia de cada uno de estos bienes o la ausencia de cosas malas o
indiferentes no disminuya el valor del todo.
Desde esa perspectiva las cosas más
valiosas que conocemos o podemos imaginar son ciertos estados de conciencia
que se pueden describir aproximativamente como los placeres de las
relaciones humanas y el goce de los objetos bellos. El afecto personal y
el aprecio de lo que es bello en el arte y la naturaleza son bienes en sí,
son las cosas que vale la pena tener puramente en virtud de ellas mismas (ibid.
pag. 266).
Sobre este capítulo de Moore el economista
J.M. Keynes ha escrito en Two Memoirs:El Nuevo Testamento resulta un
prontuario para uso de profesionales de la política en comparación con el
candor y el desapego de este mundo de que hace gala Moore en su capítulo
final sobre el Ideal. Yo no conozco nada igual en la literatura desde los
tiempos de Platón. Y hay que decir incluso que supera a Platón, puesto que
en él no se hacen concesiones a ningún género de fantasías...
Y, puesto que Moore propone decidir qué es
el ideal a través de una avaluación comparativa, se puede comparar su
propio punto de vista con lo que ha escrito Max Weber casi contemporáneamente:
El destino de
una época cultural que ha comido del árbol de la ciencia es el de tener
que saber que no podemos deducir el sentido de los acontecimientos mundiales
del resultado de su estudio, por muy completo que éste sea. Por el
contrario, debemos ser capaces de crearlo por nosotros mismos. También
tiene que saber que los ideales nunca pueden ser el producto de un saber
empírico progresivo. Y, por lo tanto, que los ideales supremos que más nos
conmueven sólo se manifiesta en todo tiempo gracias a la lucha con otros
ideales, los cuales
son tan sagrados como los nuestros. (M. Weber).