El mundo moderno ha generado sus figuras humanas -sus
nociones de la “humanidad”-de manera cercana al creciente mundo del mercado: como la
moneda, carente de todo valor en si misma -carente de toda diversidad-más allá de su uso, las concepciones acerca del hombre
apuntarán a buscar igualdades más que diferencias. “Que yo sea tan
intercambiable como la moneda, que yo sea nada ‘en mí mismo’,
para ser lo mismo que cualquier otro”: tal el imperativo categórico
de los tiempos del mercado, de la época del hombre medible,
comparable y, finalmente, fungible.
Esa intercambiabilidad humana encuentra su expresión máxima
en la gran urbe, ese mundo del pasaje de los cuerpos evanescentes
que en nada intentan diferenciarse uno del otro: más allá de los
dictámenes de la moda y los hábitos de la vestimenta, más allá de
la indiferencia de los cuerpos en los medios de transporte público, más
allá del anonimato de los transeúntes a lo largo de la avenida, los
hombres de la gran urbe son iguales los unos a los otros porque tienen
el mismo “valor” - o falta de valor- que la moneda. ¿Quién es, entonces, el “diferente” en la gran urbe?
En primer lugar, el que impide el desplazamiento precipitadoa lo largo de las calles peatonales o las avenidas: el que se
torna “presente” en su opacidad en el mundo de las evanescencias.
El que con su cuerpo interrumpe el flujo normal de las calles: el niño
que pide limosma, el mendigo recogiendo la basura de los otros, la
prostituta vestida de manera llamativa.[1]
Están integrados al paisaje de la urbe, se dirá, sin embargo, son lo
“diferente” que intenta asociarse al mundo de lo igual a través
del circuito de la mercancía. Irrumpen en el mundo de lo igual con su
diferencia, pero tranquilizan la conciencia del igual a partir de un
requerimiento de participación en su mundo.
Otros “diferentes” también hacen irrupción en la urbe
que, a pesar de su carácter universal -esos signos de “lo mismo”
en todas partes del mundo- mantiene ciertos caracteres propios del
territorio, de sus habitantes, de su cultura. Esos “diferentes”
son los extranjeros: inmigrantes que llegan por oportunidades de
trabajo desde los países vecinos, exiliados de tierras en conflicto,
desarraigados. Este “diferente” es aún más molesto que los
mendigos,las prostitutas y los travestis para el ciudadano de la urbe:
un abismo de extrañamientos los separa. En el mendigo, en la
prostituta, aún se puede “reflejar”o reconocer de alguna manera: algún rasgo, algún lenguaje los
une, aún desde la pretendida “oposición” a los mismos. El
extranjero, en cambio, aparece como una otredad insalvable, un
totalmente otro que, además, amenaza los elementos de “unidad”
del hombre de la gran urbe: no sólo sus modalidades en cuanto a hábitos
y expresiones, sino también, y por sobre todo, pone en riesgo su
pretendida “identidad”.
La “inhospitalidad” hacia ese diferente que es el
extranjero se relaciona, según Cacciari, con la desaparición de todo
espacio de convivencia entre etnias, religiones y culturas.[2]
Esta desaparición no supone, como proclaman algunos posmodernos, el
emergerde un espacio multiforme, sino “muchos y pequeños universos
centrípetos, una multiplicidad conflictiva de universos”.[3]¿Cómo
se conectarán esos pequeños universos que, en realidad, están
totalmente aislados el uno del otro?
El
problema de la praxis ante el diferente
Por otro lado, la crisis del pensamiento logocéntrico, señalada
por Nietzsche en las postrimerías del siglo XIX, y retomada con
fuerza por el filosofar actual, al arrastrar consigo las nociones básicas
de lo que se consideraba propio de la “humanidad” en sentido
esencial,y re-ubicarlas en su contexto histórico-social y en el ámbito
de la genealogía de las ideas, ha dejado en la vaciedad del sentido
ciertos ámbitos que resultan más que problemáticos. Principalmente,
todo lo referente a las cuestiones éticas. Porque al derribar las
nociones de sujeto, representación, razón moderna, y sobre todo,
fundamento, la acción humana -basada en un
télos, correlato de aquel fundamento metafísico ahora devenido
“nada” desde la muerte de Dios- queda a la deriva. ¿En qué
fundamentar la praxissi todo fundamento se revela, a través de la labor de crítica
y de desenmascaramiento, como ideológico, engañoso, o legitimador de
lo ilegitimable? ¿Cómo orientar la acción, y sobre todo, cómo
hacer para ponerle coto al “mal”, para evitar la repetición de
aquella barbarie a la que arribó la razón moderna en Auschwitz? La
pregunta es entonces, no sólo si tiene sentido decir algo después de
Auschwitz sino desde qué perspectiva fundamentar la praxis que impida
quese
siga repitiendoAuschwitz.[4]
Esta pregunta se enraíza en la cuestión de la relación con
el diferente, con las comunidades que, por razones de cultura, sexo,
costumbres, religión, etc., se presentan como "lo otro"
frente a un cierto paradigma de la "normalidad". Las así
llamadas "minorías" generan una cuestión problemática en
el ámbito de las democracias, que deben enfrentarse con la necesidad
del reconocimiento de las mismas en
sus diferencias. Y la pregunta es, entonces, si la democracia,
necesariamente fundada en la igualdad, debe defender también la
diferencia qua diferencia.
Sin lugar a dudas, el concepto de democracia ha variado desde el siglo
XVIII, en su identificación con la destrucción de privilegios y la búsqueda
de la igualdad y la universalidad, hasta la época actual, en la que
la defensa de las minorías se presenta como uno de los objetivos básicos.
El debate en torno a la cuestión del multiculturalismo tal
como ha sido planteada, por ejemplo, por Taylor[5]
(la pregunta: ¿las democracias liberales deben reconocer la identidad
de las minorías?) implica una serie de temas diversos, de los que
intentaré analizar dos, siguiendo los pensamientos de Massimo
Cacciari: la idea de tolerancia, y el tema de la solidaridad.
Desde una lúcida y ascética postura de desencantamiento, dichos
temas resuenan una y otra vez en el pensamiento de un filósofo cuya
escritura impulsa a mirar el rostro del otro (de la otra tradición,
del otro lenguaje, del otro hombre) con el máximo respeto: el del
reconocimiento de que la única igualdadposible se halla en la diferencia.
Política
sin fundamentos: la carencia de Morada
Partiendo del pensamiento de Nietzsche, Massimo Cacciari ha
desarrollado la idea de una “política sin fundamentos”,[6]
sin embargo, también ha mostrado la “necesidad” de la
solidaridad, no sólo como una cuestión de cálculo utilitarista o pragmatico[7]
sino como noción posible a partir de una suertede “revolución antropológica”.¿Qué se entiende por “política sin fundamentos”, y cómo
es posible la solidaridad desde la misma?
En El tren de Finlandia, Toni Negri narra el proceso al que estuvo
sometido por la acusación de asesinato de Aldo Moro. En esos pliegos
de su diario hace referencia a Cacciari como uno de los amigos que lo
acompañaron durante esas circunstancias, y lo caracteriza como un
hombre del desencanto y de la crisis,señalandoque para él“La política se convierte en una aplicación de casos
concretos. Un juicio desesperado está implícito: no hay nada que
hacer, quizás pueda ganarse una pequeña batalla, ‘probemos
contigo, Toni’, pero sin ilusiones”.[8]
Este desencanto no significa sólo la actitud desesperanzada ante una
situación política específica (en este caso, el contexto de la
acusación y el juicio seguido) sino que implica una postura filosófica
que, partiendo de la condición escindida o trágica del hombre, de su
“infelicidad”, considera que la política sólo puede plantearse
como tarea el intento de “organizar” dicha infelicidad. Si la política
tuviera como fin el lograr la felicidad de los hombres, debería
asumir valores y correría el peligro de convertirse en teología.
Analizando ideas de Carl Schmitt, Cacciari señala que la
forma política es pensadade manera teológica (contenedora de las contradicciones,
apuntando a un destino a cumplirse), y esto implica una concepción
escatológica del devenir histórico y una auctoritas,
custodia de tal concepción.[9]
Pero en la modernidad cambia la fuente de legitimación de la
autoridad, y la secularización plantea la cuestión acerca del
fundamento del estado: ¿cómo podría el estado ser “fin” último,
si su proyecto se encuentra separado de aquella autoridad fundada de
manera teológica, es decir, absoluta?
La desaparición de los fundamentos y la conversión de algunos
aspectos de la política en “técnica” genera la continua
necesidad de la legitimación por la trascendencia, única forma de
alcanzar “reconocimiento”.[10]
Sin embargo, esta remisión a la legitimación “por lo otro” está
evidenciando esa carencia de “Dios” en la política moderna,
carencia que, según Nietzsche, siempre la obliga a refugiarse en sus
posibles sombras (entre ellas, el Estado, el nuevo ídolo, el“dedo de Dios” sobre la tierra).
Ahora bien, si no pueden plantearse valores, y la política,
por definición, carece de fundamentos, no es posible una Pax
definitiva que armonice los contrarios o los diferentes. Por otro
lado, la idea de una Paz verdadera supone una “extrema armonía”,
y la misma no podría lograrse si no es mediante la anulación de las
diferencias. En otros términos, y en relación con el tema del
multiculturalismo, y la relación con el extranjero, no existe la
posibilidad de determinar un fin para todas las comunidades posibles
en un estado dado, porque ello significaría la imposición de un
fundamento por encima de la diversidad, y con ello, la necesidad de
una legitimación imposible.
No existiendo la Pax
definitiva, la política se desarrolla en los casos concretos
(“probemos contigo, Toni”), en el logro de la
pax apparens. Plantear la paz definitiva significaría pensar
en una superación delconflicto que surge a partir de las necesarias diferencias que
conforman un grupo social o un estado: la pax
apparens solamente permite “organizar” el conflicto, y la
legitimación de lo político se relaciona de este modo con decisiones
inmanentes (ya no con fundamentos).
Cacciari plantea esta cuestión desde una lectura de La
Torre de Hofmannsthal,[11]
señalando el “drama” del hombre que debe habitar la tierra sin
Morada (muerto Dios, desaparece la Morada), el hombre de la “ciudad
terrena” frente al hombre de la civitas
Dei. “Los ciudadanos de la ciudad terrena no pueden ser
‘conciliados’”[12]
porque estaciudad carece de un fundamento trascendente, de una
“Verdad”. Esta“Babilonia” terrena, que asume la división -por ausencia
de Centro, de Dios- significa la aceptación de los únicos órdenes
posibles, los mundanos, y de la única paz posible: la pax
apparens. Nada de Pax profunda
o definitiva, porque la paz total supone “conciliar” las
diferencias, y, en la búsqueda de esa “armonía” se torna
gobierno intolerante: no soporta los “otros amores”. La Pax
definitiva sólo se dafácticamente con la continua guerra, con la total intolerancia
que supone imponer un único amor por sobre los amores diversos.
Si el ámbito posible para una política sin fundamentos es el
de la pax apparens,
entonces, a lo que está obligado el político es ala “atención”, a la recepción de las demandas,y a analizar si de manera inmanente a ellas no existe alguna
instancia de orden. En este sentido, los proyectos a
priori carecen de valor, porque supondrían un Orden por encima de
lo histórico.[13]
El
Archipiélago
De manera particular, la pregunta en torno a la diversidad y la
unidad se hace presente en estos tiempos en Europa, dada la
insistencia en las cuestiones relacionadas con la “unidad
europea”. Es evidente que el elemento básico de la unidad europea
está siendo constituido desde lo económico.[14]
El primer signo de esa unidad, el Euro, fue conocido en 1998. La
moneda, lo carente de valor en sí mismo, el signo de la anulación de
las diferencias que, sin embargo, y también, es el elemento
fundamental de determinación de las mismas en el mundo capitalista.
La tendencia a la unidad propia de los estados contemporáneos,
la globalización, representa -bajo la máscara de la democracia-, según Cacciari, la tiranía de valores más fuerte de ser imaginada: la que
se apoya enla neutralización del conflicto entre las ideas. Neutralización
que supone anular las diferencias de manera total. Aún bajo la forma
de la democracia, o mejor aún, precisamente en la forma de la
democracia se torna posible esta neutralización. En este sentido,
Cacciari remite al análisis de Tocqueville del homo democraticus[15]
y a la caracterización nietzscheana del ascenso y decadencia de la
“multitud democrática”.
Nietzsche vinculaba las democracias a un tipo específico de
hombre: el último hombre, igual al otro hasta el aplanamiento de toda
diferencia, soberbiamente ubicado en la creencia de que todo está
inventado, de que ya no son necesarias más creaciones, y de que la
vida que él lleva significa la felicidad. En Humano, demasiado humano Nietzsche caracterizaba la idea democrática
como forma de desacralización de lo político que termina anulándolo
como tal.[16]
Los individuos defensores de sus “propios” derechos, que proclaman
la libertad como voluntad de establecer el propio interés particular
como universal en la forma de la representación, se transforman en
“masa” cuando esos derechos se ven amenazados. Indiferentes al régimen
político que pueda hacerlo, requerirán la protección de sus
derechos amenazados.
El individuo contemporáneo es idiotes,
y por esa misma razón común, parte
de la masa de los iguales.
Ninguna comunidad es posible de ser pensada a partir de este homo
democraticus, porque no puede albergar al mismo tiempo la igualdad
y la diferencia (el hospes y
el hostis, como se verá más
adelante). En la historia del destino europeo que Cacciari narra en El Archipiélago el homo
democraticus es consumación de ciertas características de dicho
destino. El eros áoikos de
los héroes griegos, eros que los impulsaba al mar, a alejarse de la
tierra firme y a no reconocer raíces terráneas, se transforma en él
en puro desarraigo (Entortung). En su adhesión al carácter efectivo de la Técnica
(“¿qué es anhelo, qué es creación?” se preguntan en Also sprach Zarathustra los últimos hombres, habitantes del mundo
en el que todo está inventado) cumplenla utopía-expresada por Moro- de un ethos de la Técnica unido a un
estado que lo sostenga y justifique. Y el deseo de autonomía, de
ruptura con todos los ídolos y grandes valores, se convierte en
afirmación de la propia separación que, en cuanto se siente
amenazada como tal, recurre a la unión en la masa y a la defensa de
la misma. El mundo contemporáneo es, entonces, aquel mundo del
nihilismo decadente nietzscheano en su forma más perfecta de
cumplimiento: muertos los dioses, desaparecidos los valores y los
grandes principios, se enseñorea, sin embargo, una forma de sombra de
Dios en la conciencia soberbia del hombre (pobre especie que anda
sobre la tierra a saltos, como el pulgón) que se cree dueño del
mundo a través de la técnica, y señor de la vida mediante la
apropiación de todo lo que existe (también, y sobre todo, del otro).
En este mundo, la política se reduce a cuestiones administrativas y
de cálculo: ¿cómo reconocer, entonces, un ethos
común que pueda fundar algún tipo de comunidad? En el conflicto de
los diferentes, dirá Cacciari.[17]
El
hospes y el hostis: una
revolución antropológica
Ni Orden, ni Verdad, que legitimen la acción política,
porque eso significaría la intolerancia con respecto al diferente, el
intento de armonizar lo inarmonizable. Sin embargo, la mera
tolerancia no es suficiente para enfrentarse con las diferencias, ya
que la tolerancia simplemente “soporta” al diverso, pero lo
mantiene en la condición de lo totalmente otro y, en este sentido,
generalmente en una posición de inferioridad: se “tolera” a aquel
que es tan distinto que no tiene nada en común con nosotros. La
Ilustración es una clara muestra de esta idea: desde el prejuicio del
propio cogitare como
verdadero, las otras culturas son consideradas “in-fantes”, en
camino a la adultez, es decir, transitando la vía que las llevará a
la razón discursiva que propicia, justamente, esta idea de
tolerancia. Por ello, quien es “tolerado” como diferente, también
debe ser “educado” para alcanzar el estadio de quien lo tolera.
Aquí tolerancia e intolerancia terminan por ser lo mismo, por ello
puede hablarse de una “tolerancia senil”,[18]
la de aquellas comunidades que habiendo perdido la fe en sí mismas,
en la propia fuerza de armonización de lo diferente, esconden esta pérdida
tras un anhelo universal de convivencia “pacífica”.
Esta “tolerancia” es entonces incompatible con la idea
de solidaridad, ya que la misma supone el com-padecerse (compartir el pathos),
y podemos com-padecernos del igual, no de aquel que consideramos
inferior.¿Cómo enfrentar, entonces, la relación de lo mismo y lo
diverso, la relación de lo igual y lo diferente? ¿Qué actitud
permitirá que se dé no sólo una relación de tolerancia, y, por
ende, casi de indiferencia-desprecio, con las comunidades diversas de
la propia, sino, y porsobre todo, un nexode “solidaridad”?
El análisis que realiza Cacciari sobre la cuestión de la
geo-filosofía europea brinda elementos para comprender esta relación
ambivalente con lo mismo y con lo diferente. La aporía fundadora
del pensamiento europeo se halla íntimamente conectada a su historein
y a su definición geográfica, en su relación de pólemos-eros
con Asia(ya que toda lucha es “armonizante” a la vez). Analizando
la historia de Europa, Cacciari indica el origen paradojal de nuestra
filosofía: la afirmación de que en la fuerza del diferir existe para
el pensamiento la liberación de la servidumbre de lo inmediato
aunque, sin embargo, el mismo diferir de los opuestos permanece en la
incomprensibilidad. La unidad del Logos es la “originaria comunidad
del diferir”, el ser “uno” de lo múltiple en su diferir mismo.
Aplicando esta idea filosófica a lo político-geográfico, es
decir, geo-filosofando, Cacciari señala quela relación de Europa con Asia implica que el “huésped”[19]
es posible porque es hostis
(enemigo, pero más que enemigo, diverso): el mito del
Fedro[20]lo relata de manera sugerente. La paideia
es agón, el auriga que busca armonizar -educación- esos dos caballos
tan diferentes debe hacerlo mediante la lucha (agón) que tiende a la armonía de los mismos. La lucha tiene su
sentido en la búsqueda de la armonía, pero en la oposición de la
lucha los distintos se presentan en su máxima diferencia:
objetivo-fin del agón será
el mostrar la conexión de lo diverso. “En el medio: la aventura, el
gran viaje, periculosum maxime,
donde solamente el lógos puede servirnos de guía: arte del poner en
comunicación, del in-formar, del establecer relaciones, del
relacionar aún aquello que la opinión afirma inconciliable”.[21]
El Uno es siempre, entonces, un producto, la unidad de un constructo
resultado de una lucha, pero ninguna armonía puede significar la
anulación de las diferencias. Intentar la única armonía es intentar
el único Orden, y ya se ha señalado cómo dicho orden sólo se logra
con la intolerancia a lo diverso.
Por ello la tensión entre hospes
(quien recibe al extranjero) y hostis
(más cercano a xénos,
extranjero, que a “enemigo”)[22]
es insoluble.La del hospes
y del hostis no es simplemente una relación entre dos diferentes: el
anfitrión y el que es recibido por élson figuras “dobles”: el hospes,
el que da hospitalidad, se reconoce a sí mismo siempre como
extranjero, hostis, por ello
puede reconocer al otro (porque es el otro de sí mismo):
Para
que haya un hospes es
preciso poder estar juntos, el hospes
nunca es el único, sólo está con otro que, a su vez, es doble en sí
mismo.
[23]
La relación es similar a aquella que Nietzsche señala como
propia de la amistad:[24]
sólo a partir de la diferencia -y de esta diferencia en uno mismo- es
posible entender el amor o la amistad, ya que, de otro modo, sin la
tensión con el elemento de ruptura o escisión (el odio) el amor se
transformaría en una simple y llana anulación de las diferencias.
La relación con el otro se genera, entonces, en ese espacio de
tensión que la historia europea puede narrar, esa relación con el
“otro” que ha sido siempre Asia: lo indeterminado, lo informe, lo
confuso frente al lógos de la determinación y la claridad, y la
“violencia” como única forma, en los inicios, de conexión entre
Oriente y Occidente. Lo que sabe el sabio, el filósofo, es que el lógos
que conecta los opuestos es Uno, pero lo que afirma el discurso como
aquello común a la multiplicidad de los entes es el diferir. Los
entes múltiples son Uno en el diferir recíproco: su igualdad se
hallaen la contienda de unos con otros. El Cum
originario coincide con la perfecta singularidad de todo ente: “la
unidad del Logos, por su parte,no podrá significar ninguna otra cosamás que la originaria comunidad del diferir”[25],
que el ser uno de lo múltiple en su propio diferir.
De este modo, la armonía con el diferente supone algo bien
distinto de una suerte de conciliación o síntesis, de una medida o
“número aúreo” que supere las diferencias. Esta especial idea
de armonía implica mantener la tensión con el opuesto, dejando de
lado todo intento de asimilarlo al propio modo de ser:
Es
justamente afirmando mi diferencia con el otro, mi singularidad, que
yo soy con él -más bien: que estoy, que estando necesariamente
me opongo a aquello que está, a su vez,frente a mí(stásis), y que en
esta confrontación, en esta contienda, me reconozco con
él. El otro deviene el inseparable Cum.
Mi ‘libertad’ con respecto a él es mi ‘amistad’ con él. Para
poder hospedarlo deberá ser para mí hostis.
Ninguna armonía será jamás superación abstracta de la diferencia,
y ninguna diferencia es afirmable como abstracta negación de la armonía.
[26]
La
solidaridad como política
En Dialogo sulla solidarietà, Cacciari muestra la necesidad de superar
la idea de la misma como mera “com-pasión” en dirección hacia
una mediación de la acción. El tema de la relación con el
diferente, y sobre todo, con el extranjero, supone una cuestión de
solidaridad más que de tolerancia. Desde las ideas de Cacciari
que he expuesto, la compasión tendría como motivo determinante el
reconocimiento de lo igual en el otro, pero, ¿qué ocurriría con las
diferencias? ¿La compasión es capaz de captar la diferencias, es
decir,el pathos en común con el otro puede ser “selectivo” y reconocer
las diferencias? ¿O no será que podemos ser com-pasivos por esa
capacidad de ponernos en lugar del otro, capacidad que supone una com-unidad
con el otro más allá de las particularidades? La compasión tal vez
nos permita “evitar la crueldad”, aquel objetivo del “ironista
liberal” según Rorty,[27]
pero: ¿permitirá comprender y aceptar las diferencias? Si la compasión
se basa en el sentimiento de “identificación” con el otro (ya sea
desde una idea “esencialista” de humanidad, ya sea desde la
similitud con respecto al dolor y la humillación), ¿cómo hacer para
“rescatar” las diferencias?
La solidaridad, entendida según los conceptos antes
desarrollados de hostis y hospes,
permitiría tener en cuenta tanto lo común como lo diferente. Por
ello Cacciari considera que la compasiónha de ser el “asumir dentro mío el rostro del otro que
sufre”,[28]
no sólo desde un amor inmediato sino también desde un amor
intelectual, que supone mediación: el sufrimiento del otro debe
llamarme ala acción. La idea de solidaridad se funda trascendentalmente
en esto: “mi socius
esencial, es decir, yo mismo, es un otro”. No puedo ignorar al otro
porque “soy” el otro: la alteridad con respecto al otro
“fuera” de mí es posible porque soy otro en mí.
Es desde esta revolución antropológica que se torna posible
fundar la idea de solidaridad, revolución que supone un ir más allá
de lo individual y lo general desde una idea deindividuo “total”: en mi individualidad se da esta comunidad de los absolutamente
diferentes que se tienen en consideración de manera esencial.
Reconociéndome como dicha individualidad, reconozco el rostro del
otro que está en mí.
Esta idea significa un giro total con respecto a “la inflación
de la personalidad del idiota”[29],
aquel que busca solamente sus intereses privados, analizado, como
antes indiqué, por Nietzsche y Tocqueville.
Al hombre contemporáneo, idiotés,
común, por formar una “masa” de individuos iguales, no es posible
contraponerle una configuración político-práctica: el “homo democraticus” no puede ser superado nicon las mismas fuerzas que pertenecen a su destino, ni con la
nostalgia regresiva por una “comunidad orgánica” (posible sólo
en una pólis). Pero aún
cuando pareciera que el único camino consiste en “salvar” formas
débiles, artificiales y convencionales de comunidad, Cacciari piensa
que es posible pensar una comunidad futura partiendo de aquella idea
de cum antes indicada: “¿Cómo es concebible un cum radicalmente distinto del mito del estado, del principio de
semejanza homologante, o del pacto artificial entre intereses
conflictivos?”[30]¿Cómo
se puede salvar en el cum la
diferencia y la relación entre hospes
y hostis? El cum no se da entre meramente idénticos o meramente distantes: sólo
cuando el próximo es enemigo o extranjero (hostis)
y el extranjero habita conmigo, esposible la comunidad.
La necesidad de comunidad del homo
democraticus lo lleva a la búsqueda de la homogeneidad por temor
al diferir. Pero el ansia de eliminar distancias no produce la
comunidad, la distancia es necesaria a la misma:
...puede
producir comunidad, por el contrario, solamente una ‘mirada’ que
custodia al otro en su distinción, una atención que lo comprende
sobre la base del reconocimiento de su propia distancia.[31]
Aquel amor inteligente que supera al amor de la inmediatez de
la com-pasión, consiste en esto: hospedar al prójimocomo lo perfectamente distinto. Por ello esta“hospitalidad”, más allá de toda simple simpatía, es la“condición trascendental’ de una comunidad que quiere ser
algo diferente de una cohabitación homologante. Que el otro more en mí:
societas in interiorehomine,
escribía Gentile.
¿Qué
hacer ante el diferente?
Cuando una sociedad se plantea la cuestión acerca de qué
hacer ante el diferente, ya está partiendo de la premisa de que la
alteridad es solamente lo que se encuentra “afuera”, el carácter
diverso frente a lo propio. En la relación con el extranjero,
esto se torna evidente.Que
se pueda exterminar a pueblos y razas en parte depende de esta
necesidad de ubicar lo distinto“por
fuera” y en ese sentido, como elemento amenazante para la propia
identidad. Pero ese “otro” que amenaza por su diferencia con
respecto a lo propio, debe, a su vez, ser reducido a una generalidad o
mismidad queimpida que
la diferencia se note demasiado: ese otro pasará a ser un número más
dentro de lo diverso en general.
En El hombre sin atributos Musil cuenta la historia de los dolores de
cabeza que provocaban a un general del ejército austríaco la
diversidad de ideas y corrientes de pensamiento propias del siglo XX,
en ese momento, siglo naciente. El general von Stumm, quien se
infiltra dentro de la Acción Paralela, la organización creada con el
fin de buscar la verdadera “esencia” de lo austríaco, se siente
desconcertado ante la gran cantidad de ideas diversas que se exponen
en la misma, y ante la ausencia de elementos que le permitan unificar
lasteorías o corrientes
filosóficas para poder comprenderlas. Para poner “orden en las
cabezas civiles”, siguiendo el ejemplo del orden propio del ejército,
en donde cada cosa tiene su lugar y se reconoce rápidamente quién es
el amigo y quién el enemigo, Stumm decide hacer el “folio catastral
de la cultura moderna”,[32]
a la manera del ordenamiento que se da en el ejército,pero advierte que es imposible. Porque es imposible lograr
“una unidad sin oposición”: en el ámbito de las ideas, los
“caudillos ideológicos”, es decir, aquellos que han llevado a la
victoria los diversos destacamentos de ideas, han tenido planes de
batallaen los que es
posible observar quese
proveen de combatientes y de material ideológico muchas veces no sólo
en los propios depósitos, sino también en las filas enemigas. Demodo tal que el general observa, desorientado, que se cambia
sin cesar de frente de batalla, las ideas desertan continuamente:
“Total, que no se puede establecer un plan fijo de campaña, ni una
línea de demarcación, ni nada; el conjunto entero es, hablando
respetuosamente -aunque no lo puedo creer- lo que nuestros superiores
llamarían un montón de cerdos”.[33]
Querer encontrar un orden último para las ideas no es algo muy
distinto de querer hallar una unidadpara los individuos “diversos”, con la diferencia[34] deque en
el segundo caso el orden se inscribe en los cuerpos, como lo hacíaaquella máquina kafkiana en la colonia penal. Tal vez para que
el otro siga siendo el otro sin reducción a mí mismo, y para que el
otro sea yo mismo, al mismo tiempo, sin exclusión, sea necesario
reconocer, como lo señala Cacciari, que la solidaridad -como política
de convivencia en la diversidad-solamente es posible cuando afirmo que también yo soy el otro,
porque mi mismidad supone la alteridad en sí misma.
Conclusiones:
¿sujeto, autonomía, acción?
Como se indicó anteriormente, la crisis de los conceptos-ejes
de la modernidad ha dejado en el ámbito de la incertidumbre las
cuestiones prácticas. Si el concepto de “sujeto” ha sido
descalificado por el pensamiento contemporáneo, ¿qué ocurre con
nociones como “autonomía”, aparentemente necesaria para dar
sentido a la praxis?
El análisis que realiza Cacciari del hombre contemporáneo
como idiotés desde las
caracterizaciones de Nietzsche y Tocqueville evidencia, según mi
parecer, elementos importantes de la constitución de la subjetividad
que deben ser tenidos en cuenta a la hora de plantearse la pregunta
acerca de la praxis ante el diferente. Quienes defienden la idea
moderna de sujeto, íntimamente conectada a la noción de autonomía,
señalan que desde la consideración de uno mismo como subjetividad
autónoma es posible convivir con la pluralidad y la diferencia.[35] Sin embargo, pareciera que precisamente la formulación
de la noción de autonomía en la modernidad ha sido, en parte, la que
ha permitido la “anulación” o “nivelación” de las
diferencias, y no sólo en el sentido antes señalado por Cacciari.
La posibilidad moderna del hombre auto-nomos
se relaciona estrechamentecon
la pertenencia a un reino universal: “hombres libres”, “reino de
los espíritus”, “seres racionales”. Pertenecer a ese reino
supone poseer un carácter de “igualdad” con los otros que, además,
se torne elemento posibilitador para acabar con las diferencias. La
razón es, generalmente, ese elemento: desde la “argumentación”
en la que todos podemos ser iguales (absoluta neutralización de las
circunstancias: ni sexo, ni época, ni edad se harán evidentes cuando
se argumenta, absoluta ilusión de una razón que se cree -y necesita-
aséptica).
Íntimamente asociada a la
capacidad racional está la libertad: evidentemente, estoy capacitado
para elegir entre diversos cursos de acción si puedo “razonar”
acerca de las factores que hacen más razonable, deseable o preferible
alguno de esos caminos. La expresión de esa autonomía en el
ejercicio de la libertad “en la exterioridad” se realiza en la
propiedad. La propiedad es el gran símbolo de la igualdad que se
disfraza de diferencia: a un ejercicio cosmético de lo diverso
subyace un patrón de igualdad básico, que tal vez tenga su expresión
más visible en la moneda. La moneda es tan transparente como la
razón moderna, mundo de la ausencia de diferencias, patrón
igualitario de medida para cualquier cosa -aunque sea, precisamente,
el motor de las desigualdades.
La
noción de “individuo autónomo” se construye en relación íntimacon estos conceptos: propiedad (de uno mismo, de la propia
libertad en su ejercicio, y del resultado de dicho ejercicio en la
“exterioridad”) yracionalidad igualante. El ejercicio de la “propiedad”, que
se torna avasallante en la época tecnocientífica, considera como
pasible de entrar ensu dominio no sólo a lo objetivable, sino también a aquellos
otros sujetos que pueden ser puestos -más allá de su autonomía- en
la condición de “objetos”. Y esto último no es, según mi
parecer, una “degeneración” de la autonomía moderna, sino una
consecuencia directa de su ejercicio, entendido a partir de su unión
con la noción de propiedad. Ahora bien: ¿cuán diferente es el
diferente al que me enfrento desde mi pretendida autonomía?
No por casualidad la modernidad ha pensado la convivencia con
el diferente a partir de la idea de tolerancia, ese “esperar” que
el otro llegue a la edad de la razón que yo -mi etnia, mi nación- ya
estoy viviendo. El otro, visto como otro radicalmente distinto, es
“apropiado”, sin embargo, en el modelo de humanidad que me
sustenta como individuo. Mientras tanto, en esa determinación de su
“tránsito hacia la humanidad”, puedo encargarme de dictarle las
pautas de conducta que le permitirán alcanzar el ideal.
¿Es este ejercicio verdadero “ejercicio” de la
diferencia? ¿Es esta “convivencia”una forma de respeto de las diferencias, o es la simple
superposición de universos centrípetos antes aludida? ¿Se puede
“tener en cuenta” al diferente desde una noción de sujeto-autónomo-propietario-igualado-en-la-racionalidad?
Quizás, para poder convivir con el otro más allá de la mera
cohabitación de espacios, deberíamos pensar en el otro como
nos-otros:ese otro de nosotros que está presente en nuestro sí mismo, y
al que, gracias a que podemos albergarlo como alteridad en nuestra
mismidad, y gracias a que podemos reconocerlo como próximo pero
siempre distante, podemos respetarlo en su diferencia. Es cierto, tal
vez ninguna ley, ningún nomos, pueda indicarnos el camino a esta posibilidad.
Pensar desde la noción de nos-otros implica desandar la
historia del sujeto que se considera “dueño” de la realidad y de
las circunstancias, que cree que puede manejar lo que acontece y
someterlo a su dominio y designio. Con respecto al otro, supone una
cierta “capacidad de abandono” a la otredad, un dejar de lado el
intento de la conversión del otro en objeto - sea tanto de análisis,
como de afectos o pasiones. Reconocer que nos constituimos no desde
una supuesta interioridad hacia el exterior -del que nos apropiamos-sino en el “cruce” con las fuerzas de los otros, implica
“abandonar” las pretensiones de dominio de las circunstancias.
Ideas nietzscheanas. Quienes convirtieron alultrahombre en el supersujeto representativo de la modernidad
-no sólo Heidegger- , dueño de las circunstancias y de todo lo que
acontece, olvidaron que la voluntad de poder presente en cada hombre
se constituye en el cruce con las fuerzas de otros hombres, y de
tantos “otros”: azares, acontecimientos. Al final de
El archipiélago, Cacciari retoma la figura del ultrahombre
nietzscheano, como “contrafigura” del idiotés,
del último hombre. Ninguna otra “imagen” podría haber estado
mejor elegida para hacer visible esa relación tensionante de hospes
y hostis antes aludida. El
ultrahombre nietzscheano, antifigura de todo sujeto moderno, es el
hombre múltiple que nada retiene, porque ya no es sujeto propietario,
es el hombre que es dación de sí, frente a la voluntad dominadora
-apropiadora-del mundo, dación que ni siquiera necesita realizar el gesto
del dar.
Es cierto que la desaparición del sujeto moderno permite la
experiencia de los yoes múltiples, pero esta experiencia no significa
la mera repetición especular de las figuras anteriores, sino el
cambio total con respecto a toda idea de subjetividad moderna. Tal
vez, más que de individuo autónomo en el sentido antes indicado de
sujeto seguro de sí y afirmador de su libertad a partir del ejercicio
de la apropiación, podríamos hablar de una constitución de la
subjetividad como “entre” ,
“punto” (¿punto?) de cruce de fuerzas diversas que se configuran
de maneras diversas. Punto que mantiene en tensión constante lo uno y
lo múltiple, lo mismo y lo diferente.
Musil, de nuevo. En varias de las conversaciones que
mantienen los hermanos (los no-unidos yno-separados)en El hombre sin
atributos,[36]
Ulrich se plantea la cuestión de la constitución de la subjetividad
desde la temática del amor. Y lo que su conciencia y su
entendimiento arman torpemente, es aquello que han experimentado sus
sentimientos y su cuerpo en la entrega amorosa. ¿Ser-uno, ser dos,
ser dos-en-uno, o uno-que-es-dos? Ser miles, señala Ulrich. Pero,
agrega luego, con la capacidad de poder regalar sin quitar: “ser de
modo que el amor no se haga más pequeño cuando se reparte”.
[37]Amor
sin apropiación.
Sin lugar a dudas, la imagen del amor poco puede “decir” en
referencia a la fundamentación de praxis alguna, pero puede sugerir
mucho. Como “experiencia”de la multiplicidad, de la tensión y de la dación, desborda
cualquierdecir posible.
NOTAS
[1]Estos
son los “cuerpos-caparazón” de A. MONS, La metáfora social. Imagen, territorio, comunicación, trad. H.
Pons, Buenos Aires, Nueva Visión, 1994, pp. 183 ss.
[2]M.
CACCIARI, “La paradoja del extranjero”, trad. D. Bernardi, en Archipiélago,
Cuadernos de Crítica de la Cultura, Nros 26-27, “Formas del
exilio”, Madrid, 1996, pp. 11-14.
[4]En
este sentido, véase MIGUEL MOREY, “Apología del desertor
(Conjeturas sobre la evasión)”, en Archipiélago, número cit.,
pp. 70-79. Morey señala aquí la constante “actualidad” de
Auschwitz.
[5]
Véase CHARLES TAYLOR, El
multiculturalismo y la polítitica del reconocimiento, trad.
M. Utrilla de Neira, México, FCE, 1993.
[6]
“Política sin fundamentos” que se relaciona estrechamente con
la muerte de Dios y con el tema de lo “impolítico”. Para este
tema, véase “Lo impolítico nietzscheano”, en M. CACCIARI, Desde
Nietzsche, tiempo, arte, política, trad. M. Cragnolini-A
Paternostro, Buenos Aires, Biblos, 1994, pp. 61-80.
[7]M.
CACCIARI-C. M. MARTINI, Dialogo
sulla solidarietà, (en adelante, DS),Introduzione di Luciano Baronio, Roma, Editrice Esperienze-Edizioni
Lavoro, 1997, pp.15-19 En este sentido, Cacciari critica las políticas
de ayuda de los países ricos a los más pobres en el sentido de
subsidio a las clases dirigentes de los últimos, indicando que
por una cuestión de “cálculo utilitarista” la ausencia de
una verdadera política de la solidaridad en el mundo globalizado
pero a la vez multicéntrico generará un contexto no funcional
para el mismo mercado que querría protegerse con esas políticas
“ciegas”, que sólo generan condiciones de inestabilidad e
ingobernabilidad.
[8]TONI
NEGRI, El tren de Finlandia,
Pliegos de diario 1983,
trad. Carla Matteini, Madrid, Libertarias, 1990, p. 261.
[9]Véase
M. CACCIARI, “Diritto e giustizia. Saggio sulle dimensione
teologica e mistica del moderno politico”,en M. CACCIARI, A. CAVICCHIA SCALAMONTI, et al., Il Potere. Saggi di
filosofia sociale e politica, a cura di G. Penzo, Città Nuova
Editrice, Roma, 1985, pp. 66-93, especialmente pp. 58 ss.
[10]Este
proceso es claro en el ámbito de la justicia: como señala R.
GIRARD (en La violence et le
sacré) el sistema jurídico racionaliza la venganza, y la
convierte incluso en técnica curativa pero, para legitimarse
necesita aún recurrir a la “verdad” de sus normas más allá
de la mera técnica, con lo cual “debe recuperar continuamente
una dimensión de trascendencia”, véaseCACCIARI, “Diritto e...”, art. cit., p. 77.
[11]
Introducción a la edición italiana de La Torre, en traducción española “Utopías intransitables” ,
en M. CACCIARI, Drama y
duelo, trad. de F. Jarauta, Madrid, Tecnos, 1989, pp. 19-77. Véase
también L’Arcipelago, Milano, Adelphi, 1997, Cap. IV.
[13]
Estas ideas las desarrolla CACCIARI en “Diritto e giustizia....”,
art.cit.,en relación
con la cuestión de la autenticidad heideggeriana y la decisión
kierkegaardiana, y con una densidad imposible de reproducir o
siquiera sugerir en estas líneas.
[14]Al
respecto, véase IDA MAGLI, Contro
L’Europa. Tutto quello che non vi hanno detto di Maastricht,
Milano, Bompiani, 1997.
[15]Véase
M. CACCIARI, “L’invenzione dell’individuo”, en M. CACCIARI-C.M.MARTINI,
DS, pp. 45-58, y
CACCIARI, M., L’Arcipelago,
Milano, Adelphi, 1996, caps IV y V.
[16]F.NIETZSCHE, Menschliches,
allzumenschliches I, enSämtliche
Werke.Kritische Studienausgabe in 15 Bänden (en adelante, KSA),
Hrsg. von G. Colli und M. Montinari, München, Berlin/New York,
Deutscher Taschenbuch Verlag und Walter de Gruyter, 1980, KSA 2,
parágr. 441, 472, 476, 463, pp. 287-288 y 299-311. etc.CACCIARIhace referencia a esta cuestión en “Lo impolítico
nietzscheano”, cit.,pp.
63-79.
[17]M. CACCIARI, Geo-filosofia
dell’Europa, (en adelante, GFE)
Milano, Adelphi, 1994, p. 130.
[19]
“Hospes” es traducible por “huésped”, pero dado que este
término ha pasado a significar no el que hospeda a otro, sino el
hospedado, “huésped”deber
ser entendido en este contexto como“anfitrión”.
[20]PLATÓN,
Fedro 246-247. Cacciari señala las “sugerencias” de este
mito en GFE, pp.
11 ss.
[22]
Véase CACCIARI, “La paradoja del extranjero”, trad. de D.
Bernardi, en Archipiélago,
Cuadernos de crítica de la cultura, Madrid,Nro 26-27, 1996,pp.
16-20.
[23]
“La paradoja del extranjero”, art. cit., p. 18.
[24]”¿Qué
es el amor sino comprender y alegrarse de que otro viva, actúe y
sienta de manera diferente y opuesta a la nuestra? Para que el
amor supere con la alegría los antagonismos no debería
suprimirlos, negarlos. -Incluso el amor a sí mismo contiene como
presupuesto suyo la dualidad (o la pluralidad) indisoluble, en una
sola persona”.F.
NIETZSCHE, Humano demasiado
humano II, I, 75, KSA
2, p. 408.
[34]Diferencia
abismal, se dirá, y se hará referencia al testimonio de la
sangre. Sin embargo, también el pensamiento circula en y por la
sangre.
[35]Véase
al respecto M. HELER, “Ya no es como era”, en Boletín
de la Asociación Argentina de Investigaciones Éticas, Buenos
Aires, oct. 1998,y
su artículo “La idea moderna de autonomía moral” en este
mismo número de Cuadernos
de Ética.