Bueno
y Malo constituye, sin
ningún género de dudas, la obra síntesis del sistema ético de Hans
Reiner. Las principales líneas de su pensamiento se encuentran en
este “pequeño”
libro.
Reiner,
como fiel discípulo de E. Husserl, crea una ética menos material,
sistemática y “ontologizante” que la que otros fenomenólogos
pudieron crear influenciados también por Husserl como fueron, por
ejemplo, Max Scheler o Nicolai Hartmann, lo cual también le llevó a
estar más cerca de la fenomenología kantiana de lo moral de lo que
lo pudieron estar estos últimos. Así, la Ontología y la Metafísica
en general, pasan a un plano por lo menos “subordinado” , ya
que el estudio de las intenciones, los afectos, la voluntad, la
acción moral en general, deben ser comprendidos desde un prisma
fenomenológico distinto.
La
exigencia del deber en esta fenomenología tiene su fundamento en el
deber para con el exterior, lo ajeno, el otro, pero al mismo tiempo lo
que hace digno un valor lo encontramos en su interior, en el estudio
de la decisión, la elección y la intención del sujeto que
actúa. La obligación se define, por ello, entre ese
exterior y el interior nuestro que nos fuerzan o exhortan al
deber independientemente uno del otro.
Reiner
puntualiza a veces con tesón en lo que diferencia al hombre de los
demás animales para resaltar que el hombre es ante todo un animal
moral con capacidad para religar su vida a un sistema axiológico que
dé contenido a su vida desde. Su intención es insertar lo
fenomenológico en lo kantiano, sobre la ética del deber por el deber
mismo y conforme al deber, con la ley moral. Así lo expresa también J.L. Aranguren en su prólogo a “Vieja y Nueva Ética” cuando
califica la obra de Reiner como un “original y valioso esfuerzo por
“fenomenologizar” el kantianismo y ampliar sus un tanto estrechos
y rígidos conceptos morales fundamentales”. En nuestra común forma
de actuar, solemos saber en la mayor parte de la ocasiones qué está
bien y qué esta mal. Pero el problema de la obra que tratamos no
será tanto este como el de describir en qué consiste una y otra
cosa, en discernir en lo posible la esencia de ambos.
Al
inicio de la obra nos expone que debe haber un sentido de lo
moralmente bueno o de lo malo antes de que un mandato exterior lo
conforme y acabe por legalizarse y universalizarse. El objetivo no
será otro que el de saber a partir de qué conocemos esta “evidente”
diferencia, cómo llegamos realmente a establecerla y de qué forma
discernir “el origen de nuestro saber acerca de lo bueno y lo malo y
a la vez, con ello, la esencia de esta diferencia” (1). Este tipo de
ética amalgama las líneas generales de su obra desde el moderno
concepto de valor y desde el método fenomenológico. Prácticamente
desde que la ética se conforma ciencia (asumiendo todos los riesgos
de crítica que comportaría esta consideración), hay un acuerdo
mayoritario en interpretar la diferencia de lo bueno y lo malo siempre
a partir del uso que hagamos del deber. Este es el problema primero a
someter a análisis: ¿de dónde adquirimos la conciencia del deber?.
Es
evidente que todo contenido mental que se presenta a la conciencia
puede ser agradable o desagradable, grato o ingrato, o simplemente
neutro o indiferente, pero en ello no solamente hay una disposición
subjetiva de necesidades o intereses propios, sino que también algo
es agradable o desagradable en función de lo que Reiner denomina su
“contextura objetiva” en tanto que el sujeto en cuestión se
defina como digno o se haga merecedor de serlo. El concepto
de “digno” es clave en el sistema reineriano y tiene un vínculo
directo con el concepto de valor y así lo demuestra cuando define al
valor como “eso que en un ser hace que este se nos presente como
digno y por tanto como grato”
(2).
Así
mismo, Reiner entiende que existen dos tipos de valor: relativos y
absolutos. Los primeros son aquellos “condicionados por la
necesidad o (...) que satisfacen la necesidad” , tanto la propia
como la ajena. Los absolutos, en cambio, tienen su esencia en que “
sean lo que son, es decir, en que sean con su modo de ser, en su forma
esencial, en su ser así” (3). Su soporte fundamental está en su
ser; no son lo que son por el hecho de interesar o venir bien a
alguien, sino que lo son inmanentemente, por sí
mismos. De entre los valores
absolutos destacan primordialmente dos: la vida y el derecho (aunque
también hace mención a lo bello y al arte). En cuanto a la vida, es
esta un valor condicionado por la necesidad misma de conservarnos a
nosotros mismos, de agudizar un sentido de perpetuación en ella. Por
esto es por lo que el valor de la vida llega a adquirir un matiz
de profundo respeto y de ser algo sagrado. El derecho, por otra parte,
en un cierto sentido también puede entenderse como un valor
condicionado por la necesidad, aunque su legitimidad debe
aspirar a configurarse como valor absoluto. Este tipo de derecho no
será el jurídico o positivo, sino el natural y previo a todo estado
de derecho. Se considerará por sí mismo, inmanentemente. Existen,
por ello, dos tipos de derecho: uno subjetivo, que es el que Reiner
entiende como positivo, y el derecho objetivo que se conforma como
valor absoluto.
Pero hay
una distinción o clasificación más en virtud de la relación
existente entre un tipo de valor y otro. Es decir, los relativos
son valores condicionados por la necesidad, pero esta puede recaer en
beneficio propio o ajeno. Cuando el valor es relativo, y se condiciona
por lo ajeno, entonces tendrá una relación directa con los valores
absolutos. Así lo dice Reiner: “Podemos, por tanto, denominar
conjuntamente a los valores absolutos y a valores relativos a otros
que satisfacen la necesidad ajena valores objetivamente importantes.
En oposición a los cuales los valores relativos a sí o que
satisfacen la necesidad ajena han de denominarse valores sólo
subjetivamente importantes” (4). Los segundos responden a los
intereses particulares del sujeto volitivo, que desea, quiere o busca
su propio beneficio; los primeros son condicionados por la necesidad
(son subjetivos) de satisfacer la necesidad
ajena. Un valor
objetivamente importante nos plantea, al igual que un valor absoluto,
una exigencia o exhortación; cierto es que con un carácter más
férreo desde un valor absoluto, como lo son el derecho, la vida, etc.
Lo “moralmente bueno” consiste se “secundar la exigencia o
exhortación” para dar sentido a este valor cuando se nos presenta
la situación, para obrar ante un valor objetivamente importante, el
cual nos exige también renunciar en ocasiones a un valor
subjetivamente importante. Cuando, por otra parte, no estamos en
disposición de dejar de lado un valor subjetivamente importante y no
nos sometemos a obrara en conformidad con las exigencias de los
valores objetivamente importantes, decimos que nuestro obrar u omitir
es moralmente malo. El fondo esencial que genera tal actitud radica en
el egoísmo. Aunque también, a veces, no hay nada particular ni ningún
interés personal que induzca a no obrar en relación a las exigencias
de los valores absolutos, objetivamente importantes, sino que esto
tiende a hacerse por sí mismo sin intereses o inclinaciones propias
que pudieran estar detrás de todo.
Lo bueno y lo malo estarán profundamente ligados a la
voluntad, a lo que queremos, cómo lo queremos, con qué intención
lo queremos. También se relacionará directamente con las formas en que
concebimos los distintos valores.
Reiner habla de un “egoísmo sano” que se debe buscar para no
anularnos tácitamente a nosotros mismos por medio de los valores
absolutos u objetivamente importantes. Esto puede considerarse una
“autocrítica” a su propia teoría, pero no lo es en tanto que debemos
indagar sobre un egoísmo legitimado que no tenga capacidad para
cuestionar las bases de lo moralmente bueno. Es decir, es enteramente
posible que se pueda tener derecho legítimo a valores condicionados
por nuestra necesidad propia, a valores subjetivamente importantes.
Parece evidente y correcto que un padre de familia, por ejemplo, se
sacrifique mediante su trabajo para satisfacer las necesidades
propias de su familia, lo cual, no dejará de ser un valor
subjetivamente importante pero moralmente inexcusable, bueno, y en
terminología reineriana “permitido”.
Ante dos valores objetivamente importantes a realizar,
debiendo optar necesariamente por uno de ellos, la voluntad no tiene
planteado ningún dilema para la elección de lo moralmente bueno pues
cualquier solución lo será. Pero Reiner va más allá aún y entiende que
además de absoluto yobjetivamente importante los valores
deben ser además moralmente verdaderos. Estadistinción
recuerda en cierto sentido a la diferenciación kantiana de obrar
“conforme al deber” y obrar “por el deber mismo”. Es decir,
podemos estar decididos a cumplir o secundar la exhortación de un
valor objetivamente importante en su contenido externo, en su acción,
pero que únicamente este valor se utilice para fines propios, con lo
cual, aunque formalmente a la luz de lo comprobado en la acción
pudiéramos decir que con ella se haya defendido un valor objetivamente
importante, más bien se trataría de un valor subjetivo motivado por
distintas inclinaciones interesadas, que por otra parte, sólo el
sujeto sería capaz de ser consciente del valor verdadero de su acción.
De esto se deriva uno de los principales problemas de la ética: el
imposibilismo para desvelar la intención y la voluntad verdadera de
cada sujeto en sus acciones. Lo cierto es que aún así, sí se
debe considerar la defensa de un valor objetivamente importante si es
que formalmente se ha cumplido con lo es conforme al deber ( “la
diferencia - dice Reiner - entre lo bueno y lo malo no depende
en modo alguno de los valores enparticular, sino tan sólo de
la diferencia de las formas generales del valor descubiertas en
nuestrasconsideraciones”) (5), aunque quepa la posibilidad
de inclinaciones egoístas moralmente ilegitimas en el fondo de dichos
valores objetivos, por lo que deberíamos disponer de otra pauta para
definir lo bueno y lo malo, ya que no basta con que un valor sea
objetivamente importante, sino que además es necesario que sea
moralmente verdadero y sin aditivos de particularismos maquillados
desde aquel (valor objetivamente importante). Llamamos “moralmente
verdadero” a aquello que será correcto además de formalmente bueno.
Esto puede recordarnos, aunque sea levemente, al concepto de
“correcto” del sistema de Mill, y evidentemente al de Kant si
relacionamos lo “moralmente verdadero” con la “acción por el
deber”, o la realización de valores objetivamente importantes con el
“obrar conforme al deber” lo cual dice de la acción que es
moral, pero que aún no dispone del sentido estricto del valor moral.
Kant diría que el sentido estricto del valor moral en la teoría de
Reiner lo encontraríamos en lo que hace referencia a lo moralmente
verdadero.
No solamente será el deber el motor que nos
mueve a hacer lo bueno, sino también la responsabilidad de la elección
la que nos induce a la realización de lo moralmente bueno dirigida
desde nuestra conciencia de querer ver aprobadas nuestras acciones.
Hay, por tanto, un paralelismo entre deber-bueno por un lado, y
responsabilidad- moralmente verdadero por otro. Pero, ¿cómo determinar
un conocimiento de lo moralmente verdadero? La amplia y desbordante
realidad nos hace vacilar profundamente para dar respuesta a esta
pregunta. Ante dos valores objetivamente importantes, en donde debemos
decidirnos por uno (lo cual es decidir sobre lo verdaderamente moral),
no ya elegir lo bueno o lo malo, sino decidirnos en el sentido
anterior, en casi nada nos ayuda ahora el acudir a una jerarquía de
valores ya que la realidad es mucho más rica en situaciones y
contextos particulares. Inevitablemente hay muchos aspectos a tener en
cuenta antes de decidirnos por un valor objetivamente importante u
otro, tales como el principio del número y la cantidad, las
posibilidades efectivas de éxito... Vemos así que un conocimiento
seguro de lo moralmente verdadero o falso nunca será del todo posible.
Con lo cual, en mi particular opinión, es como si dejásemos colgado lo
que confiere un valor a la acción moral.
El egoísmo, por otra parte, es el sustento fundamental de todo
valor subjetivamente importante. Pero existen distintos tipos de
egoísmo, de los cuales alguno puede estar legitimado moralmente o
permitido al punto de que quizá el término egoísmo pueda resultar
demasiado fuerte desde su ordinaria concepción peyorativa. Kant
reconocía el derecho de todo hombre a ser feliz; Reiner diría de esto
que podríamos estar en un caso de egoísmo plenamente justificado.
Dentro de ello, uno de los puntos donde convergen, o mejor, desde el
que proceden necesidades propias y subjetivas es el “instinto de la
propiaconservación y de un instinto de la conservación
específica” (5). Pero en muchos casos, aunque ciertas necesidades
personales provengan de tal instinto, o bien no son conscientes de
ello, o bien no tenemos la intención de desarrollar nuestra propio
instinto de conservación, tales como la necesidad de paliar la sed,
el hambre o el deseo sexual cuando se satisfacen por la satisfacción
misma y no por tener un sentido o instinto de conservación (aunque es
de aquí de donde proviene el deseo de aliviar gran parte de este tipo
de necesidades). Reiner por ello puntualiza que debemos “observar
en general que los fines que se dan a nuestra conciencia en nuestras
necesidades como objetos de ellas no coinciden con losfines
naturales” (6). Ante todo distingue fundamentalmente cuatro tipos
de necesidades:
1ª.- aquellas cuya satisfacción es necesaria para nuestra
existencia (comer, dormir...)
2ª.- aquellas cuya satisfacción no está ligada
incondicionalmente a nuestra existencia, pero que la favorece (el
deseo de saber, de formarse...)
3ª.- las que su satisfacción no benefician a nuestra
existencia, sino sólo a nuestra comodidad, a nuestro gusto, pero con
ello no perjudicamos nuestra salud.
4ª.- aquellas otras cuya satisfacción es perjudicial a
nuestra salud física o psíquica, pero se entienden o se sienten como
verdaderas necesidades.
La conclusión de lo expuesto hasta aquí es que hay
necesidades que quedan definidas como subjetivamente importantes pero
que también son un aporte efectivo a la realización de un valor
objetivamente importante, es decir, que no solamente tenemos derecho
al disfrute de la consecución de necesidades propias, sino que esto es
lícito (tal como puede ser el ejemplo del padre de familia que por
interés propio trabaja por sus hijos) y adquiere una significación
positiva y moralmente verdadera, razón por la cual Reiner nos dice que
“la Ética habla aquí con razón de deberes del hombre “para consigo
mismo”, con lo cual podría estar plenamente de acuerdo Kant.
Es evidente, e incluso podría ya resultar ocioso, decir que
la postura de Reiner es reivindicar claramente una Ética de los
valores desde un ámbito fenomenológico, que considera los valores
mismos como actos propios del conocimiento. Esto será defendido a
ultranza por Dietrich von Hildebrand, discípulo de Husserl. Pero no
porque desde esta perspectiva fenomenológica se defiendan los valores
como actos del conocimiento por ello son independientes de la voluntad
afectiva de un sujeto o sujetos.
La acción que es moralmente buena y posee un
valor moral implica o exige una correspondencia, una conformidad a una
exhortación, un comprometerse a continuar realizando un valor
moralmente bueno o a hacerlo efectivo si aún es inexistente como tal.
La no correspondencia, el no mantenimiento o realización de valores
objetivamente importantes nos da la pauta de un mal comportamiento, de
unos valores moralmente falsos.
Es por ello, como ya hemos apuntado, que la voluntad tiene
una función orientadora de los valores, que será a su vez la que nos
describa la esencia del valor.
Aunque Scheller, Hildebrand, Hartmann o Reiner se
encuentran dentro de un mismo campo de estudios en los que se refiere
a la Ética, es decir, el estudio de la concepción del valor como acto
evidente del conocimiento, Reiner sin negar esto, lo completa con la
“mera” idea de la tendencia, la intencionalidad, la decisión y la
elección. La diferencia de Reiner está en que intenta abordar una
vía intermedia entre el valor como acto del conocimiento y como acto
emotivo o vivencia emocional.
Para Reiner, lo objetiva y lo subjetivamente importante
tienen un valor apriorístico en el sentido de que para que actuemos
bajo uno u otro valor debemos previamente someternos a la elección de
uno de los dos valores. Ambos implican un requerimiento a que se
realicen. El requerimiento a realizar lo subjetivamente importante
proviene de la necesidad del otro. Lo apriorístico de estos valores
sefundamenta en que pueden ser renunciables. Pero el acto
de renunciar no es terminar o acabar con el requerimiento o la
exigencia de los valores. El no cumplir lo que se debe hacer no
implica renunciar a ello.
La omisión como medio para obtener una
finalidad, corrobora la renuncia. Esta (la renuncia), no es la
erradicación del beneficio ni no hacer lo pedido, sino que es omitir
mediante la propia conducta algo que generará un beneficio para mí.
Por ello es necesario que para que exista la renuncia, el beneficiario
debo ser yo (que soy el que renuncia) y además debo tener alguna
capacidad de eficacia para que mi beneficio se produzca con
posibilidades de éxito.
Toda ética que aboga por defender la existencia de
contenidos apriorísticos en la que son estos los que de verdad fundan
todo el sistema ético, plantea numerosas y complicadas cuestiones.
Por ejemplo, tenemos la problemática que plantea la concepción de
Scheler. Para él no es acertado poner como objeto o finalidad una
norma suprema, un valor último al que aspirar necesariamente, debido a
que todo valor estará presente en todo momento y dado a priori en
nuestro modo de percibir las cosas. Así lo expresa Karol Wojtila:
“Su reserva – refiriéndose a Scheler- se refiere solamente a que no se
debe poner como fin este “supremo valor” de la propia persona, que no
se debe aspirar a él. ¿Por qué? Aquí entran en juego los presupuestos
emocionales de todo el sistema de Scheler: el valor, que siempre viene
dado como fenómeno, es dado a priori en la percepción afectiva
intencional. Por esto el hombre percibe inmediatamente por vía
afectiva, que es “bueno”, que actua “bien”. Y por tanto, “querer ser
bueno” termina siempre en “querer percibir afectivamente que él mismo
es bueno”” (7). La voluntad queda en un plano en el que no prima
tanto como la percepción misma de lo que a priori entendemos como
bueno o malo. No resulta sencillo, en mi opinión, una ética de los
valores donde las aspiraciones tienen mayor importancia efectiva que
la percepción “inmanente” de los valores de los que cada persona es
portadora, pues desde este ángulo de la fenomenología se cae en el
riesgo de subjetivación total de la ética conforme a la percepción
particular de cada uno. Se antepone la percepción de lo bueno o lo
malo a su realización como fin de un ideal. Parece ser, por tanto,
que Scheler entiende que si los valores son un efecto o consecuencia
de una aspiración a la realización de un fin, entonces no son tales
valores. Sólo lo serán aquellos que a priori se perciben por si
mismos.
Es evidente que todo esto contiene una profunda crítica al
sistema ético del deber kantiano, de las acciones “por” y “conforme
al deber”. Y digo esto, aludiendo a Scheler, pues Reiner en el
principio de su obra “Bueno y Malo” deja también entrever –como
Scheler- que hay un saber a priori acerca de lo bueno y lo malo.
Reiner pone el siguiente ejemplo: “sobre lo bueno y lo malo,
nosotros los hombres somos en general instruidos primero de niños por
nuestros padres. En nuestro mundo occidental cristiano, los padres han
sacado normalmente su saber acerca de ello de las doctrinas del
cristianismo, es decir, de los mandamientos de Dios que en él se nos
comunican. Ahora bien, en la medida en que consideramos esos
mandamientos de Dios como obligatorio para nosotros, presuponemos
que ese Dios es un Dios bueno. Así pues, ya antes de
escuchar los mandamientos de Dios, tenemos que poseer un cierto saber
acerca de lo que es bueno y malo” (8). Pero aún así, Reiner no
deja de mantener una tesis opuesta a la de Scheler (o también a la de
Hartmann) ya que este ve la aprehensión del valor como acto del
conocimiento y Reiner como un acto emocional.
Reiner considera que el valor moral es un valor por si
mismo. Su valor no es algo que se deba considerar desde las
consecuencias de un acto, omisión o pensamiento. Hay por tanto una
autonomía del valor moral, lo cual, tiene claras resonancias
kantianas. En el estudio del bien moral, Kant al igual que Reiner, lo
encuentra en la intención que deberá concordar con lo que Kant
denomina “obrar por el deber mismo”. En esto incluso también podría
estar de acuerdo Scheler. Pero entre este y Kant hay numerosas
diferencias, entre otras la que sigue: Kant intenta una vía de
espíritu ecléctico entre la intención moral y el resultado de la
acción, es decir, debemos obrar “por deber” (moralidad) y “conformeal deber” (legalidad); Scheler cree que tal distinción no
tiene lugar en un sistema ético.
Para el autor de “Bueno y Malo” la voluntad y lo moral
están necesariamente vinculadas, e incluso la voluntad contiene en si
a la decisión: “la decisión (...) no se da nunca sin la toma de
posición volitiva” (9). También kant subraya esta misma idea
cuando reconoce que “lo bueno (Gute) y lo malo (Böse) significan
siempre una referencia a la voluntad en cuanto se halla determinada
por la ley de la razón ahacer de algo su objeto” (10).
Así, el valor de un bien, de un acto bueno, radicará en aquello que
puedo querer o no querer. Este querer no está vinculado o condicionado
por mi libre arbitrio, pues está sometido a una toma de posición
volitiva que se crea en mí sin mediación, ni maquinación ni
intervención, por lo que no podemos decir, por ello, que sea una
decisión libre.
Una de las clases de distinción entre el hombre y el resto de
animales la encontramos en la capacidad que aquel tiene para
comprender los valores absolutos. Sólo el hombre puede manejar y
entender datos que tienen una esencia inmanente, un valor por si
mismos independientemente de las particulares necesidades de cada
sujeto en concreto.
Lo que confiere un verdadero valor moral a una acción se
encuentra en el interior de toda voluntad, en lo que a esta ha movido
a tomar una posición o a llevar a cabo una acción de cara al exterior.
Por tanto, la acción que se precie como moral debe además ser
verdaderamente buena y poseer un valor moral que será generado por la
intención interior de cada cual. Aún ello así, debemos tener
presente que “el resultado éticamente exigido no siempre va
acompañado de la intención exigida” (11). Aunque, como Reiner
apunta al principio de su obra “Vieja y nueva Ética”, debemos ser muy
cautos al hablar de buenas intenciones y no hacerlo inconscientemente
y sin más, pues, por ejemplo, buena intención pudo haber sin duda en
los primeros tiempos de la inquisición medieval, cuando su función era
orientar e instruir al cristianismo. Esta siguió siendo su máxima o
intención primordial, pero todos conocemos que más avanzados en el
tiempo esta misma intención generó efectos y resultados radicalmente
distintos e inclusos opuestos a los objetivos iniciales. Tal es así
que por esto no debemos pasar por alto a qué se llama buena voluntad o
buena intención.
Dice Reiner de la ética kantiana que “es, de facto, una
síntesis de la ética de la intención y la delresultado”
(12), es decir, que tan importante es éticamente obrar por deber que
obrar conforme al deber. Pero acusa a Kant de adoptar una postura
quizá demasiado simple cuando entiende que la índole de la intención
moral no es sino únicamente un modo de respeto a la ley. Para la ética
fenomenológica reineriana, la intención moral se funda sobre la
relación de la acción y aquellos fines propuestos.
El sentido de la palabra “bueno” (en el sentido en que
Santo Tomás la emplea como “bonum”) tiene una nueva significación
cuando desde la ética fenomenológica se otorga un nuevo sentido al
concepto de valor que es propio, inderivable y autónomo de la
intención moral. Teniendo en consideración lo dicho, lo moralmente
bueno se realizará cuando hay una intención o posicionamiento de la
voluntad para realizar un valor objetivo. Lo moralmente malo alude a
una disposición o intención en contra de un valor objetivo. Scheler y
Hartmann estarían de acuerdo con el nuevo sentido del concepto
“valor”, pero mostrarían su desacuerdo con el hecho de que lo bueno o
lo malo sea posible definirlos independientemente de una jerarquía de
valores. Así lo dice Hans Reiner: “el obrar bueno consiste,
según Scheler, en la realización del más alto de entre dos o más
valores positivos, y el malo, por el contrario, en la elección del más
bajo o de un valor negativo” (13). Con Reiner podemos coincidir en
entender que una jerarquía de los valores tal y como Hartmann y
Scheler la entendían, puede resultar útil para optar por una decisión
razonable, moralmente buena y objetivamente importante en aquellos
casos en que debemos optar por decidir o elegir de entre varias
posibilidades, las cuales, todas ellas, son objetivamente importantes
y moralmente buenas...
NOTAS Y CITAS
(1).- “Bueno y Malo”. P. 16
(2).- “ “ “ . “ 19
(3).- “ “ “ . “ 24
(4).- “ “ “ . “ 28
(5).- “ “ “ . “ 47
(6).- “ “ “ . “ 48
(7).- “Max Scheler y la ética
cristiana”. p.114, parte II, Cap. III.
(8).- “Bueno y Malo” p. 15 . Los
subrayados son mios.
(9).- “Vieja y Nueva Ética”. p. 41
(10).- “Kritik der Praktische Vernünft”.
Se refiere a la parte primera del LibroI, capítulo II.
(11).- “Vieja y Nueva Ética” p. 15
(12).- “ “ “ “
“ 23
(13).- “ “ “ “
“ 25.
BIBLIOGRAFÍA
HANS
REINER.- “Bueno y Malo. Origen y esencia de las distinciones morales
fundamentales”.
Introducción y traducción del profesor Juan Miguel
Palacios. Ediciones Encuentro, Madrid, 1985.
HANS
REINER.- “Vieja y Nueva Ética”. Prólogo de J.L.L. Aranguren.
Traducción de Luis Gª San Miguel. Revista de Occidente, Madrid, 1964.
J.M.
PALACIOS.- “El conocimiento de los valores en la ética
fenomenológica”. Revista Pensamiento, Madrid, 1980, pp. 287-302.
J.M.
PALACIOS.- “La Esencia del formalismo ético”. Revista de Filosofía, 3ª
Época, Vol. IV, pp 335-349. Madrid.
I. KANT.-
“Kritik der praktische Vernünft” .
F. Meinen Verlag. 1984