ABSTRACT:El
filósofo Skolimowski, en un trabajo sobre Filosofía de la biología,
haciéndose eco de la interminable controversia teológica entre
vitalistas y antivitalistas, finalistas y antifinalistas, asevera que
“parecemos simplemente incapaces de librarnos de nuestros vínculos con
la Teología, ... Newton, con su ciencia, intentó seguir a la Teología.
Nosotros, con la nuestra, intentamos destruirla. Intentando escapar
desesperadamente del predicamento de la Teología, hemos creado una antiteología que, no obstante, es ella misma una teología"
[a].
Efectivamente, como tendremos ocasión de ir constatando a lo largo de
este trabajo, parece que no pocos escritos, debates y controversias
científicas, acaban haciendo teología, aunque sea antiteológica,
tentación que, por otra parte, aunque en dirección opuesta, se ha dado
tanto en la teología como en la filosofía, respecto de la ciencia.
Con
el actual trabajo sobre la posibilidad de una Teología de la Ciencia,
de ahí que aparezca el título del mismo en un interrogante, apostamos
por la constitución de un espacio propio en la Teología que responda,
no como un anexo o capítulo circunstancial, sino desde una situación
de plausibilidad curricular, a un sin número de cuestiones y problemas
que plantea nuestra época, con una mentalidad marcadamente científica[b],
a la teología. Es cierto que los espacios de encuentro y debate entre
la Ciencia y la Fe se han multiplicado, lo mismo que la bibliografía
dedicada estos temas [c].
Pero, me pregunto, sidicha materia no es de
por sí lo suficientemente
relevante para que se constituya en objeto de estudio específico en
los programas de teología como una Teología de la Ciencia.
[d]
..................................
DATOS AUTOR
Perfil/Área trabajo
Profesor Facultad Educación Universidad ULL
(Tenerife).
El
científico y el teólogo viven ambos al borde del misterio
y ambos
están rodeadospor el misterio.
R. Oppenheimer [e]
Antes
de continuar nuestro itinerario, precisemos que aquí, cuando hablamos
de
Teología[f],
la entendemos dentro del contexto de la Teología cristiana, “en cuanto
elaboración refleja y científica de la inteligencia de esta palabra
(Palabra de Dios) a la luz de la fe.. que se organiza como ciencia (de
la fe) a la luz de un doble principio metodológico: el auditus
fidei y el intellectus fidei. Con el primero, asume los
contenidos de la Revelación tal y como han sido explicitados
progresivamente en la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el
Magisterio de la Iglesia. Con el segundo, la teología quiere responder
a las exigencias propias del pensamiento mediante la reflexión
especulativa" [g].
Por Ciencia [h]
“entendemos principalmente las ciencias experimentales, como cuerpo de
conocimiento organizado y de alguna manera verificable, que se
articula en observaciones, experimentos, leyes y teorías sobre la
naturaleza”. [i]
Respecto a la relación entre la Teología y las Ciencias naturales, no
son nada despreciables las palabras de Norbert Bundscherer:
“Al existir como ciencia
tanto las ciencias naturales como la teología, todo hombre que
reflexione no puede desentenderse de la coexistencia, en su propio
ser, de las ciencias naturales y la teología... si ha de llevarse a
cabo un diálogo fructífero entre las ciencias naturales y la teología,
es preciso que el teólogo demande de las ciencias naturales que
o persistan en su punto de vista de que sus conocimientos son la única
realidad positiva, mientras por otra parte el científico de la
naturaleza debe exigir a la teología que no se considere como suprema
administradora de los conocimientos humanos, que concede al menos a
cada ciencia cierta libertad para su propia actividad. Ambas esferas
del conocimiento, ciencias naturales y teología, deben de reconocer un
pluralismo fundamental de la ciencia." [j]
De
acuerdo con el propósito de este trabajo, ajustaremos el desarrollo
del tema al siguiente esquema que se desplegará en dos
textos:
¿TEOLOGÍA DE LA CIENCIA? I:
1)Introducción general:Posibilidad de una Teología de la Ciencia ante una ciencia que
desafía en la cultura contemporánea a la Teología. 2) Esbozos para una
Teología de la Ciencia desde una ciencia que “hace” teología. 3) A
modo de conclusión.
1)
Introducción. 2) Aspectos puntuales de la interrelación de la Teología
y la Ciencia y posibles deficiencias cientistas, imprecisiones y
presupuestos filosóficos y ciertas inconsistencias teológicas. 3) A
modo de conclusión general.
Esperamos que cuanto aquí se diga, nos sirva para indicar el interés
que podría suscitar el abordar en su conjunto las difíciles, pero
enriquecedoras relaciones entre el conocimiento científico y
religioso, en el contexto curricular de los estudios teológicos.
1) Introducción
general:
Posibilidad de
una Teología de la Ciencia ante una ciencia que desafía en la cultura
contemporánea a la Teología.
Con
ocasión del III centenario de la publicación del libro de Newton: Philosophie naturalis principia
mathematica [1],
la Santa Sede promovió una semana de estudios dedicada a la
investigación de las múltiples relaciones entre la teología, la
filosofía y las ciencias naturales [2].
Juan Pablo II, aprovechando esta oportunidad, dirige un Mensaje
al director del Observatorio Astronómico Vaticano, en el que recuerda
como Isaac Newton consagró gran parte de su existencia al estudio de
los temas objeto de dicha semana: Al estimular la apertura entre la
Iglesia y las comunidades científicas –dice Juan Pablo II-, no nos
proponemos una unidad disciplinaria entre la teología y la ciencia
como la que existe dentro de un determinado campo científico o dentro
de la propia teología. Con el aumento del diálogo y de la búsqueda
común, tendrá lugar un crecimiento hacia la mutua comprensión y un
descubrimiento de intereses comunes que constituirán la base para
futuras investigaciones y debates... En este proceso debemos superar
–añade- toda tendencia regresiva que conduzca a un reduccionismo
unilateral, al miedo y al aislamiento autoimpuesto. ( p.35(643).).
El Papa, después de recordarnos la necesidad que tienen las
disciplinas de conocimiento, los pueblos y las religiones de una
apertura mutua, manifiesta que"la unidad que buscamos.. no es la identidad. La
Iglesia no propone que la ciencia se convierta en religión, o la
religión en ciencia. Por el contrario, la unidad siempre presupone la
diversidad y la integridad de sus elementos (...).
Para
ser más precisos –continúa-, la religión y la ciencia deben conservar
sus diferentes características y su propia autonomía.. Ni la religión
está fundamentada en la ciencia, ni tampoco la ciencia es una
extensión de la religión. Cada cual posee sus propios métodos de
acción, sus diferencias de interpretación y sus propias
conclusiones". (p. 37(645)).
En esta relación
dialéctica entre la ciencia y la religión, ambas podrían salir
enriquecidas, al reconocer sus límites, competencias, idolatrías y
supersticiones. Teólogos y científicos, deberían apostar por el
diálogo, sin que nadie tenga que ceder en su autonomía y pretensiones
legítimas. ¿Qué es entonces –se pregunta el Papa- lo que la Iglesia
estimula en esta relación de unidad entre la ciencia y la religión?
Ante todo – contesta-, que lleguen a una comprensión mutua... La
teología ha sido definida como un esfuerzo de la fe por lograr la
comprensión, como fides queaerens intellectum. En cuanto tal,
debe mantener en la actualidad un intercambio vital con la ciencia,
así como lo ha tenido siempre con la filosofía y otras modalidades del
saber. La teología .. -insiste- deberá siempre, de algún modo,
solicitar los resultados de la ciencia. (...). La teología no puede
incorporar indiscriminadamente cualquier nueva teoría filosófica o
científica. Sin embargo, desde el momento en el que los
descubrimientos científicos se hacen patrimonio de la cultura
intelectual del tiempo, los teólogos deben comprenderlos y probar su
validez al explicar algunas de las posibilidades de la fe cristiana
que no hayan sido aún expresadas. (p. 37(645)).
Siguiendo con su argumentación, Juan Pablo II se plantea como posible
ejemplo de lo que viene diciendo -en este contexto de relaciones entre
la ciencia y la teología- si no podría, del mismo modo que las
antiguas cosmologías del cercano Oriente pudieron ser purificadas y
asimiladas en los primeros capítulos del Génesis, la cosmología
contemporánea ofrecer algunos elementos para nuestra reflexión de la
creación. Pero también nos advierte de los peligros de un ingenuo
concordismo entre la ciencia y la fe. Ello exigiría que los teólogos,
(nosotros diríamos, como más adelante tendremos la ocasión de
comprobar, y los científicos también), fuesen competentes en las
disciplinas científicas, de modo que pudiesen hacer un uso auténtico y
creativo de los recursos por las diferentes teorías. “Tal pericia-
comenta el Papa-, les prevendría de la tentación de hacer un uso acrítico y precipitado con finalidades apologéticas de las más
recientes teorías, como por ejemplo la cosmología del “Big bang”.
Igualmente les impediría caer en la fácil solución de desestimar en su
totalidad la potencial relevancia de tales teorías para la
profundización del conocimiento en las áreas tradicionales de
investigación teológica”( 38(646)). [3]
Por
supuesto, no sólo la teología se vería beneficiada por las
aportaciones de la ciencia, sino que a la ciencia misma le
aprovecharía esta relación, “ya que la ciencia logra un mejor
desarrollo cuando sus conceptos y sus conclusiones se integran en el
seno de una cultura humana más amplia y en sus intereses por el
descubrimiento del sentido y el valor último de la realidad. Los
científicos no pueden, por tanto, desentenderse totalmente de ciertos
temas tratados por filósofos y teólogos”(Ibid.). En esta línea
del aprovechamiento de la ciencia a raíz de los conceptos y
conclusiones de una determinada cultura, no está de más que tengamos
presente la tesis de la matriz cristiana de la ciencia
Occidental [4]
, aunque hay autores que, como Hans Blumengerg, sin negar del
todo este dato, sostienen más bien la tesis contraria, afirmando que
la modernidad tuvo que imponerse precisamente contra la resistencia y
la oposición del cristianismo. [5]
En
definitiva, de este diálogo y relación, podemos inducir que “La
ciencia puede purificar la religión de errores y supersticiones; la
religión puede purificar la ciencia de la idolatría y los falsos
absolutos.... Solamente una relación dinámica entre teología y ciencia
puede poner de manifiesto aquellos límites que sustentan la integridad
de cada disciplina, de modo que la teología no profese una
seudo-ciencia, ni la ciencia llegue a ser una teología inconsciente...
Nadie que lea la historia de los siglos pasados puede negar que la
crisis nos ha afectado a ambos.”(38 (646)).
Resumiendo: Desde el presupuesto de la autonomía entre los diferentes
niveles de conocimiento, cuestión en la que insiste reiteradamente
Juan Pablo II [6],
recogiendo el espíritu y la letra del Vaticano II [7],
no deja de ser una exigencia, como confiesa el mismo Papa, que el
teólogo “mantenga en la actualidad un intercambio vital con la
ciencia, así como lo ha tenido siempre con la filosofía y otras
modalidades del saber” y, por ende , “solicitar los resultados de la
ciencia”. Reconoce Juan Pablo II que “aquel intenso diálogo con la
ciencia contemporánea que ha faltado, en general, entre los teólogos
dedicados a la investigación y enseñanza” exige ser recuperado, entre
otras cosas, para prevenirnos “de la tentación de hacer un uso acrítico y precipitado” de ciertas teorías científicas contemporáneas
como la de desestimar en su totalidad la potencial relevancia de tales
teorías” (Ibid., 37-38)
[8].
Ni la teología debe profesar una pseudociencia, ni la ciencia
debe terminar siendo una teología inconsciente. Ello no obsta para que
nos recuerde que “la ciencia experimental no agota todo el
conocimiento de la realidad. Más allá de lo visible y de lo sensible,
existe otra dimensión de lo real -confiesa el Papa-, evidenciada por
nuestra experiencia más profunda: Es el mundo del espíritu, de
los valores morales y espirituales”. [9]
Dicho
esto, nos preguntamos: ¿qué posibilidades habría para instaurar una
Teología de la ciencia, no ya porque los teólogos debieran poseer
esos conocimientos de la ciencia contemporánea que desafía a la
teología con tanta agudeza, sino que, como observaremos, son los
mismos científicos quienes, en no pocas de sus obras, se adentran en
consideraciones teológicas?
José
Antonio Jáuregui, en su libro Dios hoy, escribe: “Stephen Hawkins es uno de los fundadores de la Teología de la Ciencia,
asignatura pendiente que nos concierne a todos y que debe formar parte
del nuevo curriculum tanto en facultades científicas como en
facultades filosóficas, antropológicas, teológicas o humanísticas.
Comienza una nueva era de diálogo y debate entre dos países
académicos tradicionalmente enfrentados o, lo que es peor,
incomunicados, separados por un muro erigido por la ignorancia y la
soberbia: el de la ciencia y el de la teología. Ha nacido la Teología
de la Ciencia”. [10]
¿Por qué no, entonces, una Teología de la Ciencia que, como
deseaba Juan Pablo II, y ahora volvemos a retomar, ayude “al diálogo
con la ciencia contemporánea que ha faltado, en general, entre los
teólogos dedicados a la investigación y a la enseñanza”? Más aún, ¿por
qué no una Teología de la Ciencia, en los estudios de
Ciencias Religiosas y curriculum teológico? Si se estudia la
Filosofía de la ciencia, [11]la
Historia de la Ciencia, [12]la
Sociología del conocimiento científico, [13]etc.,
¿por qué no una Teología de la Ciencia?
Es
cierto que en el haber de los estudios eclesiásticos contamos con
la Teología Natural o la Teodicea. [14] Asimismo, la
Filosofía de la Naturaleza, [15]
en la que se estudia la realidad bajo dos perspectivas: la científica
y la filosófica, forma parte de dichos estudios eclesiásticos.
Finalmente, y más estrechamente relacionada con la teología, es cita
obligada la también asignatura de Teología Fundamental,
descrita ampliamente, como nunca lo había sido antes, en la carta
encíclica “Fides et ratio” (Cfr.:nº 67). Allí se especifica que
su carácter propio de disciplina es la de dar razón de la fe,
justificando y explicando la relación entre la fe y la reflexión
filosófica. Su misión, por tanto, es la de: a) Una disciplina que da
razón de la fe ( Cfr.: 1 Pe. 3,15); b) Justificar y explicitar la
relación entre la fe y la reflexión filosófica y , por último, c)
Estudiar la Revelación y su credibilidad, con el acto de fe. [16]
En un
extenso e intenso trabajo de Teología Fundamental, elaborado
por especialistas en esta materia, Lluís Oviedo, actualmente profesor
del Pontificio Ateneo Antonianum, de Roma, en su artículo: “La
fe en diálogo: con la razón, la cultura y las ciencias”, [17] tras
reconocer que “La teología vive una de sus experiencias más
interesantes de los últimos años al aceptar a las ciencias como
interlocutoras en la común búsqueda de la verdad que salva y al
comprenderlas como nuevos loci theologici”, [18]
concluye que “la teología Fundamental debiera representar aquella
perspectiva teológica que fomenta el encuentro y el diálogo con la
razón en sus distintas formas y con la cultura que le es contemporánea”. [19]
De camino, recoge la opinión de “Algunos (que) afirman que de ese
encuentro (entre la razón, la cultura y las ciencias) nace una nueva
sub-disciplina, (que pudiera entenderse como aquella que tiene
como objetivo profundizar en el diálogo entre la teología y la
ciencia), con métodos y contenidos propios, que está llamada a un
desarrollo alentador”.
[20]
¿No podría ser esta sub-disciplina, dado el caso, la Teología de
la Ciencia que, auxiliándose de la Teología Natural, la
Filosofía de la Naturaleza y la Teología
Fundamental, [21]termine
encontrando su propio estatuto, perfil y entidad suficiente para dar
paso a un nuevo espacio autónomo del conocimiento, con capacidad para
hacer factible la racionalidad científica dentro de la visión
teológica? ¿No sería deseable una disciplina como ésta, no, por
supuesto, entendida como identidad de la ciencia y la fe, según nos
advertía Juan Pablo II, sino en un diálogo institucionalizado
curricularmente, para ahondar en el tan necesario y, por otra parte,
exigible diálogo entre la ciencia y la fe, sus métodos, cuestiones
comunes, etc.?
Estas o parecidas cuestiones, es decir, cuestiones relativas a las
ciencias naturales y la teología, [22]
no
podemos ignorarlo, “habían tenido ya desde el siglo XVII su
contrapartida en la apologética de ciertas “físico-teologías”,
justamente desacreditadas por Kant, que pretendían demostrar la
existencia de Dios a base de la estructura de los insectos o incluso
el tamaño de las manzanas .... tan bien acomodado al de la mano humana"
(Cfr.: FERRATER MORA J., “Físico-teología”, en Diccionario de
Filosofía, vol 2, Barcelona 1979, pp. 1263-1264; ID., “Teología”,
en ibid., 4, pp. 3205-3209). (Una apreciación tan desmedida que
acaso sólo admita parangón con la dogmática afirmación contraria de
que no existe ningún tipo de finalidad en la naturaleza....)”.
[23] Hoy,
de ese diálogo y reflexión, [24]
objeto específico de una posible Teología de la Ciencia, capaz
de evitar una fácil y, a la larga, detestable apologética, tienen que
salir ganando tanto la fe como la ciencia. “Saldrá ganando la fe,
porque, en un mundo tan profundamente marcado por la mentalidad
científica y modelado por sus avances, su credibilidad no puede
mantenerse si sus representaciones entran en conflicto frontal con los
datos de la ciencia. (...). Y saldrá ganando la misma ciencia, pues
también a ella le conviene sacar lecciones. Pasados los entusiasmos
ingenuos del “siglo de las luces,” la ciencia se ha visto forzada a
reconocer que hay en ella una lógica que, dejada, a si misma, puede de
tal modo colonizar el “mundo de la vida que no sólo lleva a un
empobrecimiento agotador, sino incluso a su misma destrucción”. [25]
2) Esbozos para
una teología de la ciencia, desde una ciencia que “hace” teología y
desde una teología que mira a la ciencia.
En
este apartado nos serviremos del trabajo de algunos autores que, como
muestra, nos ayuden a localizar en ciertos terrenos de la ciencia,
episódicos puntos de contacto con espacios de la teología [26].
No intentamos un exhaustivo estudio de esos puntos de intercesión.
Solamente pretendemos señalar algunas cuestiones y problemas puntuales
en los que la ciencia parece hacer algo de teología o nos dan la
oportunidad para vislumbrar un diálogo profundo entre ellas, teniendo
como telón de fondo la posibilidad de una Teología de la Ciencia.
En concreto, este recorrido lo haremos acogiéndonos a las aportaciones
de Juan Luis Ruiz de la Peña, Teólogo, Ian Stewart,
matemático, José Antonio Jáuregui, pensador y humanista,
Antonio Rañada, Físico, Paul Davies, Físico y divulgador de
temas científicos, el filósofo Jean Guitton y los doctores en
Astrofísica y Física Teórica, Igor y Grichka Bogdanov,
el Ingeniero y Teólogo, Alfonso Pérez Laborda, el Físico Ian
G. Barbour y, finalmente, Mariano Artigas, Físico y
Teólogo.
Juan Luis Ruiz de la Peña, [27]quien
fuera profesor de la Universidad Pontificia de Salamanca, es autor de
numerosas obras y artículos alusivos al tema de las relaciones
Ciencia-Fe. Aunque no se ocupe particularmente del tema que tratamos
de exponer, sus alusiones al mismo son reiteradas y bastante
incisivas, ofreciéndonos una excelente plataforma que permite nos
planteemos la posibilidad de una Teología de la Ciencia.
En
torno, precisamente, al comienzo y término del Universo se suscitan
fuertes controversias, alentadas no sólo desde la disparidad de
modelos asumidos científicamente, cuanto de los presupuestos
filosóficos y teológicos que le subyacen. Por ello no es nada
descabellado que Ruiz de la Peña nos diga que el modelo de Universo
que se adopte no es siempre de la exclusiva competencia de la
cosmología, “cualquier teoría al respecto ha de incluir una alta dosis
de presuposiciones filosóficas ( e incluso teológicas o anti-teológicas,
lo que en el fondo es lo mismo). La pretensión de dejar a la teología
fuera de juego en este asunto, so pretexto de que pertenece a la
ciencia, es, pues, injustificada, y seguramente lo será siempre,
habida cuenta de que quien se exprese de este modo lo hará merced a
una decisión previa, de orden metafísico, que nada tiene que ver con
instancias de orden empírico. De este orden, lo único que puede
decirse es: ‘la cuestión no está resuelta, y puede quedar siempre sin
resolver` (Weinberg). O bien: ‘las cuestiones realmente importantes
acerca del cosmos no han sido contestadas...; la ciencia, por sí
misma, no puede dar cuenta de ellas´ (Taylor). Y ello porque ‘todo
modelo (de universo) es sólo una construcción a priori con respecto a
cuyo contenido no puede darse nunca una prueba empírica suficiente`(Hubner).”
Otro
tema controvertido, en este caso en la biología actual, es el del
dilema azar-finalidad. Ya antes que Monod, biólogo
molecular y premio Nobel, publicase su best-seller, El azar y la necesidad, libro en el que mantenía la
tesis de que el meroazar, nada más que el azar, la absoluta y
ciega libertad como base del admirable edificio de la evolución, [28]era
muy notable el número de científicos alérgicos a la idea de una
finalidad inscrita en la naturaleza. Entre ellos cabe destacar a E.Morin ( El método. La naturaleza de la naturaleza, Madrid
1981), para quien la ley matricial de la realidad es el desorden.Bunge (ID.,Epistemología, Barcelona 1980,116 ss.;
ID., Materialismo y ciencia, Barcelona 1981, 82, ss.), otro
enemigo declarado de la finalidad, se lamenta que todavía hoy haya
expresiones finalistas en la literatura científica. Para Bunge, la
evolución no ha ejecutado ningún plan diseñado de antemano, ni tiende
a un objetivo previsto; ha procedido por vía del ensayo-error,
de la mutación genética casual y la selección natural.
Sin
embargo, no todos los estudiosos comparten estos planteamientos. Así,
Bertalanffyconsidera que convertir el azar en ley no es hacer
ciencia objetivamente fundada, sino metafísica preconcebida (Robots,
Men and Mind, New York 1967, 82 ss.), Campbell ( AYALA F.J.-DOBZHANSKY
T. (Eds.), Estudios sobre filosofía de la biología, Barcelona
1983, 200.) valora como demasiado dramática la defensa a ultranza del
azar, etc.
Una
vez más tendremos que plantearnos si detrás de estos pronunciamientos
u otros semejantes no nos encontramos con una cuestión teológica. Como
manifiesta nuevamente J.L. Ruiz de la Peña: “por debajo del afecto antifinalista yace el horror al teísmo; hablar de finalidad, diseño
o teleología es inducir tácitamente la idea de un logos originario y
originante. En este punto las observaciones de Skolimowski,
anteriormente citadas, son singularmente atinadas: la biología parece
incapaz de sacudirse el yugo teológico; ‘intentando escapar
desesperadamente del predicamento de la teología, hemos creado una
antiteología que, no obstante, es ella misma una teología`. El
espíritu científico acuña así ‘una nueva teología, una teología
antideísta. Ello está muy claro en biología´.” Añade posteriormente
Ruiz de la Peña, tras plantear la dificultad y milagro del origen de
la vida y la aparición del hombre por vía del simple azar: “Parece,
pues, que debe darse la razón a Skolimowski: el problema de la
teleología es el problema de la teo-logía, sea ésta teísta o
antiteísta. Su solución pende, una vez más, de presupuestos
filosófico-teológicos, y no sólo de argumentos científicos”(232-241).
Después de espigar las cuestiones científicas que interesan a la
teología, tal y como las presenta Ruiz de la Peña, es decir: el origen
del universo, de la vida y del hombre, azar y necesidad, finalismo y
antifinalismo, de cara a confirmar la posibilidad de una Teología de
la Ciencia, hemos de reconocer con nuestro autor, que estas son
cuestiones “abiertas y, dada su naturaleza, es sumamente probable que
no sean solubles nunca desde la pura racionalidad científica. Desdichadamente, a la hýbris teológica sucedió, desde finales del
siglo pasado, la del cientismo positivista [29],
hoy por fortuna en su ocaso. Pero si se es consciente de las fronteras
de los respectivos saberes y de su estatuto epistemológico, no se ve
por qué habrían de originarse nuevos conflictos entre ciencia y fe; la
coexistencia pacífica entre ambas .. es, además de auspiciable,
realizable de hecho. Por el momento, lo que se puede verificar ya es
que no hay tesis científicas que colisionen con verdades cristianas.
Hay, sí, tesis de científicos que no son de recibo para la fe; pero
ninguna de ellas está avalada por la comunidad científica (como diría
Kuhn): dentro de esa comunidad son objeto de debate y refutación.
Que
la presunción de una tregua indefinida entre el discurso científico y
religioso no sea un pronóstico infundado lo muestran tanto lo
numerosos ensayos actuales de reactivación del logos simbólico-mítico
como las propuestas de prologar la física hacia una metafísica. Las
ciencias han de recibir de la teología la incansable notificación de
sus límites, que les impedirá incurrir en el pecado de absolutizarse(...).
Y la teología ha de confrontarse permanentemente con las ciencias,
sobre todo con la física y la biología, más no ya para replegarse
sobre sí en una apologética crispada y, al fin de cuentas, estéril,
sino para enterarse de cómo están las cosas ahí fuera”(pp. 272-273).
Ian Stewart, profesor de matemáticas en la Universidad de
Cambridge, en su libro: “¿Juega Dios a los dados?,” nos
recuerda que en un pasado remoto la naturaleza se nos aparecía como
algo incomprensible, gobernado por el antojo de los dioses.
Durante siglos los científicos fueron rastreando regularidades en
ella, hasta que creyeron haber descubierto una leyes que prescribían
el movimiento de cada partícula del universo con exactitud y para
siempre: el mundo era como un mecanismo de relojería. En nuestro siglo
esta visión comenzó a cuartearse, y la incertidumbre y el azar se
introdujeron en ella. Los sistemas no siempre actuaban como estaba
previsto y las nociones de predicción y experimento tomaron aspectos
intranquilizadores. El reloj se estaba desarmando, y la ley y el orden
eran reemplazados, como diría Einstein, por “un Dios que juega a los
dados”. Stewart parte de ahí para llevarnos a una nueva
concepción de la regularidad -la de la matemática del caos- que da
sentido a la complejidad de la vida real: se trata -nos dice- de un
mundo nuevo, un nuevo tipo de matemática, un descubrimiento
fundamental en la comprensión de las irregularidades de la naturaleza.
El
tema de este libro constituye uno de esos ciclos espirales: el caos es
reemplazado por el orden, que a su vez da lugar a nuevas formas de
caos: sistemas que obedecen leyes inmutables y precisas no siempre
actúan de manera predecible y regular. Leyes deterministas pueden
producir comportamientos que parecen aleatorios. El orden puede
engendrar su propio tipo de caos. La cuestión -nos dice- no es ya si
Dios juega a los dados, sino cómo juega Dios a los dados.
Termina su obra con un epílogo titulado precisamente: “Jugando a
los dados con Dios”, y una cita de Anatole France: “El azar es
el seudónimo de Dios cuando no quiere firmar”, además del dibujo
de cuatro dados en medio de un texto en el que leemos:
“Si Dios jugara a los dados... ganaría”. [30]
El
profesor José Antonio Jáuregui, discípulo de Madariaga y de
Evans-Pritchard, ha enseñado en Oxford, en los Ángeles y fundador de
la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales en la Facultad de Ciencias
de la Información de la Universidad Complutense, en “Dios, hoy" [31],
considera que Dios es el gran tema que inspira la ciencia, cimenta la
sociedad, ilumina la cultura y no deja indiferente ni a ateos ni a
creyentes. Los científicos -opina él- han puesto los cimientos de un
nuevo área de conocimiento: la Teología de la ciencia. El hombre no
es sólo, opina el autor, un Homo Rationalis o un zoón poloticón
(animal social o sociable), sino, además, un zoón theologicón, un
animal teológico desde su infancia hasta su muerte que, cuando se
queda pasmado ante algún acontecimiento que le desborda, exclama y
suspira: ¡Dios mío.!.
En
este libro dedica todo un capítulo (pp. 25-81) a esa nueva área de
conocimiento: la Teología de la Ciencia. Discurre desde “Dios anda
entre los Neutrinos”, pasando por el “Animal Teológico”, el tema
sugerente y con tantas connotaciones de “El reloj y el Relojero”, la
problemática tan actual de astrofísica y la matemática. la “Teología
del Big Bang” y “Teología del Caos”, para finalizar con la “Teología
del Deus Ludens: ¿Dios jugador?”.
El
profesor Jáuregui inicia su tesis con unas sustanciosas palabras de Stephen Hawking: “Hasta ahora la mayoría de los científicos han estado
demasiado ocupados con el desarrollo de teorías nuevas que describen
qué es el universo y no se han preocupado de hacerse la pregunta por
qué. Por otra parte, los que por oficio se ocupan de hacerse la
pregunta porqué, los filósofos, no han podido estar al día en el
desarrollo de las teorías científicas.
Sin
embargo, si fuésemos capaces descubrir una teoría completa, estaría al
alcance de todos, no sólo de unos pocos científicos. Entonces, todos,
filósofos, científicos y el pueblo liso y llano, podríamos participar
en el diálogo de por qué nosotros y el Universo existen. Si fuésemos
capaces de hallar la respuesta a esta cuestión, sería el triunfo final
de la razón humana, porque entonces habríamos descubierto la mente de
Dios”(p.25).
“Los
físicos, los Stephen Hawkins -dice el profesor- han vuelto a la
metafísica y a la teología: ¿qué somos los seres humanos y los
neutrinos? ¿Cuándo, cómo y por qué comenzó el Universo?.... Pero ahora
ha muerto la materia. Los físicos y científicos han certificado su
defunción en el República del Conocimiento. Sólo nos quedan las ideas
y los sentimientos. Nos queda el mundo de los espíritus: ¿quién es o
cuál es la realidad del que siente?. Si lo único real es lo que no se
ve ni se toca, Dios adquiere una dimensión nueva. Pensábamos que era
más fácil saber qué es una mesa de roble que Dios.”(p. 29).
Tras
entrar en la argumentación de El Relojero
Ciego [32]
de Richard Dawkins, distinguido etólogo de Oxford, en cuya obra
confiesa que el único relojero que existe en la naturaleza es la
fuerza ciega de la física, se pregunta Jáuregui si puede justificarse
una ciencia o nueva área de investigación que se denomine Teología de
la Ciencia. Nos trae a colación un párrafo del astrónomo Carl Sagan en
la introducción a Breve Historia del Tiempo [33]:
“este es un libro que trata además de Dios”. Define Sagan el libro de
Hawkins como un tratado de teología y, por tanto, prosigue Jáuregui,
califica y clasifica a éste como teólogo. “Este, es, además, un libro
sobre Dios.. o quizá sobre la ausencia de Dios. La palabra Dios -añade Sagan- llena estas páginas. Hawkins se embarca a la búsqueda de una
respuesta a la famosa cuestión de Einstein si Dios tuvo elección
alguna al crear el Universo. Hawkins intenta, como él mismo dice
abiertamente, comprender la mente de Dios. La conclusión de este
esfuerzo resulta inesperada, al menos por ahora: un Universo que no
tiene límite alguno en el espacio, que no tiene principio ni fin en el
tiempo, le deja al Creador sin nada que hacer”.
Jáuregui, después de las anteriores palabras de Sagan referidas a
Hawkins, considera el libro de Hawkins y comentario de Sagan como
Teología pura. No sólo eso, sino ciento por ciento Teología de la
Ciencia (p. 45). “Han dado -dice expresamente- a luz estos científicos
modernos o científicos de moda una nueva criatura académica: la
Teología de la Ciencia.... Ahora que se ha eliminado de nuestras aulas
el estudio de la Teología como algo poco serio, poco científico o poco
académico, Carl Sagan y Stephen Hawkins escriben teología en sus
laboratorios revestidos con las estolas de los científicos que también
llevan o pueden llevar hábito. Le deseamos larga vida”(p. 45-46).
Esta
misma idea la ratifica José Antonio Jáuregui en páginas posteriores:
“Stephen Hawkins es uno de los fundadores de la Teología de la Ciencia
-insiste-, asignatura pendiente que nos concierne a todos y que debe
formar parte del nuevo curriculum tanto en facultades científicas como
en facultades filosóficas, antropológicas, teológicas o humanísticas.
Comienza una nueva era de diálogo y debate entre dos países
académicos tradicionalmente enfrentados o, lo que es peor,
incomunicados, separados por un muro erigido por la ignorancia y la
soberbia: el de la ciencia y el de la teología. Ha nacido la Teología
de la Ciencia”(p. 67).
El
físico español, Antonio Fernández-Rañada Menéndez de Luarca, es
autor, entre otros títulos, de Los científicos y Dios
[34]
, trabajo en la que analiza, con un lenguaje ameno a la vez que
riguroso, la postura que ante la idea de Dios mantuvieron los
principales científicos de la historia: Newton, Faraday, Maxwell,
Darwin, Plank, Einstein, Monod, Feynman, Hawkins y muchos otros. En
esta obra manifiesta su autor que el examen de los puntos de vista y
testimonios de los grandes científicos no apoya la idea de que la
ciencia se opone necesariamente a la fe en Dios y los científicos son
todos ateos, ni que tampoco se puede de ello concluir la postura
apologética de que la ciencia bien entendida acerca al hombre a Dios,
porque le permite conocer mejor su obra, del mismo modo que quienes
tienen educación musical aprecian mejor un cuarteto del Beethoven o,
la postura intermedia, defendida por el gran químico francés Louis
Pasteur quien decía “un poco de ciencia aleja de Dios, mucha
ciencia acerca de nuevo a Dios”. Ninguna de estas tres opiniones
estaría en lo cierto -nos dice- pues, “por sí misma, la práctica de
la ciencia ni aleja al hombre de Dios ni lo acerca a Él. Es
completamente neutra respecto a la religión. La decisión de creer o no
se toma por otros motivos, ajenos a la actividad científica, pero, una
vez tomada, la ciencia ofrece un medio poderoso para racionalizar y
reafirmar la postura personal. El ateo le da argumentos detallados que
interpreta como pruebas de que la materia se explica por sí misma, sin
necesidad de ninguna trascendencia. Al creyente le permite apreciar
mejor lo que vería, de todos modos, como obra de Dios, ya que el
versículo del salmo “los cielos proclaman la gloria de Dios” le parece
claro y luminoso, al percibir íntimamente los mecanismos que sustentan
ese esplendor”(p. 36).
Si
bien, como dice Antonio F. Rañada, podría aceptarse que la creencia o
no en Dios puede
entenderse al margen de lo que diga la ciencia, los datos que la
ciencia nos ofrece nos haría entrever la presencia del misterio, para
nosotros Dios, como trasfondo teológico de toda explicación. Como ya
dijera Pío XII en 1951( Discurso:22-11-1951): “En realidad, la
verdadera ciencia (...) a medida que avanza va descubriendo más
claramente a Dios, como si Él estuviese alerta, esperando detrás de
cada puerta que la ciencia abre”. También son sugerentes aquellas
palabras de Einstein, citadas por en una interesante obra del doctor
B. Orihuel: “Yo considero la comprensibilidad del mundo como un
milagro o un eterno misterio, porque a priori debería esperarse un
mundo caótico, que no pudiera en modo alguno ser comprendido por el
pensamiento”. [35]
En
efecto, el mismo Rañada, reconocería ese trasfondo teológico al que
nos conduce la investigación científica y que deja abiertas nuevas y
complejas preguntas, más allá de la misma física. “En la conversación
ordinaria -nos dice-, misterio es cualquier cosa que no se entiende.
Casi siempre por falta de algunos datos, como ocurre en las novelas policíacas, donde no sabemos quién es el asesino hasta la explicación
final del detective. Pero sería mejor en esos casos usar palabras más
débiles, como enigma, secreto o incógnita. En su sentido más radical,
el que nos concierne aquí, misterio es algo cuya comprensión nos
supera, no por desconocer o ignorar hechos, sino porque hay en ello
exceso de realidad para la capacidad humana. La experiencia del
misterio es la respuesta inefable a una pregunta radical, que quiere
ir al fondo de las cosas desde la apertura a lo otro. Ya hemos visto
-añade- que para Einstein se trata de la experiencia más radicalmente
vital y consiste en ‘percibir que, tras lo que podemos experimentar,
se oculta algo inalcanzable a nuestro espíritu, algo cuya belleza y
sublimidad se alcanza sólo indirectamente`.
(...).
A los
porqués de antes les han sucedido otros más profundos que van acotando
y purificando la misma pregunta de mil caras. ¿Por qué se curva el
espacio-tiempo? ¿Por qué sigue Marte una geodésica? ¿Por qué existen
la gravedad tiene la intensidad que observamos? .. Por eso decía
Planck que la ciencia descubre un nuevo misterio cada vez que resuelve
una cuestión fundamental.(..).
¿A
dónde nos lleva todo esto? A que es imposible vaciar la vida de
misterio, porque la ciencia no puede eliminarlo, sino acercarse cada
vez más a él. Y, por ello, la religión debe estar basada antes en la
pregunta que en la respuesta, pues cualquier intento de comprenderla
racionalmente nos conduce más allá que a la sombra de un tenue reflejo
de algo que se puede intuir sin llegar a saber nunca cómo es. (..).
Desafortunadamente -nos dirá después-, hoy la ciencia olvida muchas
veces el misterio del que nació. También lo ha hecho la religión”(pp.
280-284).
Paul Davies [36],
físico de la universidad de Newcastle, es un prolífico autor de obras
destinadas a difundir los conocimientos científicos entre el gran
público. Dos de ellas reclaman nuestro interés: Dios y la nueva
física [37]y
La mente de Dios (Madrid 1993).
En su Dios y la nueva física[38],
la tesis que expone es simple: puestos a elegir entre religión y
ciencia, los dos grandes sistemas del pensamiento humano, hay que
optar por la ciencia contra la religión. La ciencia abriría un acceso
a Dios superior a la abierta por la religión. Davies formula esta
inesperada sugerencia al comienzo y final del libro (VII y p. 272), que
se presenta , por tanto, como descripción de un nuevo itinerario en la
búsqueda de Dios (pp. 255, 271, 272). La indagación emprendida por
Davies le ha llevado a excluir a Dios de varios de los lugares donde
lo emplazaba la teología tradicional, p. e.: el origen de la vida, del
hombre, etc. Queda sin embargo por explorar, no este o aquel lugar,
sino el conjunto, la totalidad del hecho cósmico. El universo,
globalmente considerado, ostenta la cualidad sorprendente del orden.
¿Por qué es sorprendente? Porque se supone que el estado inicial era
caótico. ¿Puede el caos generar orden merced a procesos físicos
naturales? La ley de la gravedad, en opinión de Davies, se opone a
esta conjetura; “los sistemas gravitantes tienden a formar
agrupaciones heterogéneas”, mientras que el universo se muestra a
nuestra observación como “extraordinariamente uniforme”; no sólo eso,
el universo actual ha sido posible gracias a una ajustadísima
dosificación de la fuerza expansiva del big bang y la fuerza
gravitatoria. Están, en fin, las llamadas “constantes fundamentales”,
magnitudes básicas de la evolución cósmica y de las leyes físicas,
finamente acopladas para resultar compatibles entre sí. Todos estos
datos harían sumamente difícil “sustraerse a la impresión de que la
estructura actual del Universo.. ha sido cuidadosamente concebida”. En
el orden cósmico, en suma, “encontramos la prueba más irresistible en
favor de un gran plan general”(pp. 223, 225).
Al
término de nuestro trayecto nos toparíamos no con el Dios de la
religión, pero sí con el orden que postula un ordenador. Las páginas
conclusivas de su libro sobre Dios y la nueva física se
consagran a diseñar su imagen, cumpliendo así la promesa avanzada en
las páginas iniciales: ofertar la ciencia como alternativa teológica.
Para Davies, es posible que la física encuentre finalmente la fórmula
matemática que englobe en una sola ley la totalidad de lo real (la
teoría de la gran unificación), pero aun entonces se hará acuciante,
agrega Davies, la definitiva y gran pregunta: “¿por qué precisamente
esta superley?” La física, en efecto, puede explicar el origen, la
estructura y el funcionamiento del universo, pero no sus propias leyes
o superleyes. Estas “deben estar ahí al comienzo para que el universo
pueda surgir”(p.258). Podría, dicho de otro modo, encontrarse una
fórmula físicomatemática que unifique en una única ley todos los
fenómenos naturales, pero no puede conferirle existencia.
Así
pues, y en conclusión: el hallazgo de una ecuación omnicomprensiva no
descarta la existencia de Dios. A lo sumo, estima Davies, “convierte
en redundante la idea de un Dios creador, pero no elimina una mente
universal que exista como parte de este universo físico único. Es
decir, un Dios natural y no sobrenatural”(p. 264).
Davies manifiesta que “no se puede negar que la ciencia tiene algo que
decir sobre asuntos religiosos (teológicos)”(p. 259). Esto nos conduce
de nuevo a nuestro tema: ¿no tendría que decir algo también la
teología sobre la ciencia, particularmente cuando se desliza en
afirmaciones de tipo filosófico-religioso?
Del
libro del mismo autor, La mente de Dios, nos dice su
prologista, Juan Pérez Mercader: “Lo que aquí se describe es una
visión de Dios como el motor principal o causa final de las entrañas
del universo. En este libro se presentan las bases de la ciencia
contemporánea que incide directamente en lo que se refiere a las
preguntas planteadas más arriba” (es decir: ¿por qué existimos? ¿Por
qué existe el universo? En esta época que nos ha tocado vivir -añade-
la física responde, mediante la aplicación del método científico, a
preguntas que antes se hacían la filosofía o la teología.) (IX-X)”.
Efectivamente, La mente de Dios profundiza en las cuestiones
que todos nos planteamos acerca de la creación del Universo, las leyes
que lo rigen, su posible necesidad lógica y el papel que en todo ello
puede asignarse a un hipotético Ser sobrenatural.
Analiza, así mismo, a la luz de las más recientes teorías de la
Física, qué es lo que originó el big bang, del cual surgió el Universo
que conocemos, la existencia de universos múltiples, Teorías de Todo,
etc. Abre nuestra mente a una nueva Cosmología: un orden que puede
llegar a ser compatible con la idea de un Dios eterno y abstracto. Un
libro oportuno para una época en la que la física se plantea y
contesta, con su método científico, preguntas que hasta ahora sólo,
piensa su autor, se podían formular en el ámbito de la filosofía y la
teología.
Con
La mente de Dios, Paul Davies quiere responder a las eternas
preguntas de una forma más elaborada de lo que fue Dios y la nueva
física. Ha querido creer que la ciencia es capaz de explicarlo
todo, sin embargo reconoce que ésta “pueda en principio explicar
cuanto sucede en el universo físico. Sigue en pie el viejo problema
del final de la cadena de explicaciones. Por muy satisfactorias que
puedan ser nuestras explicaciones científicas, siempre contienen
ciertas hipótesis iniciales. (...). Así pues, -prosigue- las
cuestiones ‘últimas` quedarán en todo caso fuera del alcance de la
ciencia empírica tal como se suele definir. Pertenezco -confiesa
finalmente- al grupo de científicos que no suscriben ninguna religión
convencional, pero niegan que el universo sea un accidente
incuestionable. A través de mi labor científica he llegado a creer más
y más fuertemente que el universo físico está ensamblado con una dosis
de ingenio tan sorprendente que no puedo aceptarlo simplemente como un
hecho brutal. Ha de haber, pienso, un nivel más profundo de
explicación. Si uno quiere llamar ‘Dios´ a ese nivel es una cuestión
de gusto o definición”(XIII-XIV).
En el
contenido del libro, nuestro autor se detendrá en el desarrollo de la
tesis que acaba de exponer y en cuestiones como la contraposición de
Razón y creencias(pp. 1-21), preguntas como la de si hubo un actor
creador (pp. 21-57) o si Dios causó el big bang, sobre la necesidad de
Dios(pp. 167-172), un Diseñador(185-207) y su supuesto juego a los
dados (182-184), etc.
En
definitiva, todas estas cuestiones trascendentales que se plantea Paul
Davies como físico e intenta responder desde su disciplina, bordean
continuamente terrenos en lo que están ubicados el pensamiento
filosófico y teológico. Como él mismo reconoce, “En nuestra búsqueda
de respuestas últimas es difícil no verse abocado, de un modo u otro,
al infinito. (..).
Y
aquí nos topamos una vez más con las limitaciones de Gödel al
pensamiento racional -el misterio al final del universo. No podemos
conocer el Absoluto de Cantor, o cualquier otro absoluto, por vía
racional, ya que cualquier absoluto, siendo una unidad y, por tanto,
completo en sí mismo, debe incluirse a sí mismo. Como hace notar
Rucker en relación con el paisaje mental -la clase de todos los
conjuntos de ideas-, ‘si el paisaje mental es una unidad, entonces es
un miembro de sí mismo y, por consiguiente, sólo puede ser conocido a
través de un rayo de visión mística. Ningún pensamiento racional es
miembro de sí mismo, de manera que no es capaz de captar el paisaje en
una unidad`”(pp. 224-225).
Dios
y la ciencia [39]
es el título de un libro del prestigioso filósofo Jean Guitton
y los doctores en Astrofísica y Física Teórica, Igor y
Grichka Bogdanov.
Los
hermanos Bogdanov, viejos discípulos el eminente Rolan Barthes, y J.
Guitton, de la Academia Francesa, discípulo de Bergson y último legado
de su pensamiento, en un diálogo fluido, asequible e interesante, nos
llevan de la mano de la curiosidad por el mundo de la ciencia, la
filosofía y la religión ante las preguntas más radicales y actuales:
¿De dónde viene el universo?, ¿qué es la realidad?, ¿cuáles son las
relaciones entre la conciencia y la materia?, ¿por qué existe algo más
que nada?, para terminar dejando en nosotros, y esta vez como
consecuencia de las reflexiones de la nueva ciencia, la posible
respuesta: Dios, la trascendencia, el misterio. En el Prólogo de
Dios y la ciencia, encontramos unas palabras que parecen resumir
bastante bien el intento del libro objeto de nuestro estudio:
“Ciertos signos precursores nos dicen que ha llegado el momento de
abrir nuevos caminos en el saber profundo, de buscar, más allá de las
apariencias mecanicistas de la ciencia, el rastro casi metafísico del
algo diferente, a la vez que próximo y extraño, potente y
misterioso, científico e inexplicable: algo quizá como Dios. Esto es
lo que hemos buscado en este libro. A causa de los desplazamientos que
la filosofía y la religión han experimentado bajo el formidable empuje
de la ciencia, era imposible intentar una descripción de lo real
sin recurrir a las ideas más recientes de la física moderna”(p. 12).
Dios
y la ciencia parecen pertenecer a dos mundos diferentes, sobre todo si
partimos de la experiencia de los últimos siglos y la concepción
mecanicista del universo, el culto a la razón en la Ilustración y el
espíritu antimetafísico y antiteológico del positivismo. Sin embargo,
a partir de principios de este siglo, en el ámbito de la ciencia y
gracias al talante más dialógico de la religión, se han venido
abriendo nuevas vías a través del saber profundo que nos depara la
última frontera de lo incognoscible: aquello que se sitúa más allá del
lenguaje, más allá incluso de las categorías del entendimiento. Nos
encontramos con la existencia de los límites físicos: un conjunto de
fronteras que bordean la realidad, que es imposible franquear. Un caso
significativo de barrera fue puesto en evidencia por Max Plank, el
“cuanto de acción”, la más pequeña cantidad de energía existente en el
mundo físico, marcando el límite de la divisibilidad de irradiación;
asimismo, podríamos hablar de otra frontera en torno al universo
perceptible, por ejemplo, la “longitud de Plank”, el intervalo más
pequeño entre objetos separados y el “tiempo de Plank”, que representa
la unidad de tiempo mínima.
Esto
que se ha dicho nos plantearía: ¿por qué existen estas fronteras?,
¿por qué misterio han aparecido bajo esta forma tan precisa,
calculable?, ¿qué o quién ha decidido su existencia y valor?, ¿qué hay
más allá?
Estos
descubrimientos más recientes, según los autores, alcanzan la esfera
de la intuición metafísica, que conduce a un nuevo agnosticismo: la
realidad no es cognoscible, ella está velada. Tras muchos siglos de
teorías físicas y de experiencias, la visión materialista del mundo se
hace borrosa: debemos prepararnos para penetrar en un mundo totalmente
desconocido.
Asimismo, ¿qué decir del orden que se descubre en el alma del caos? A
la luz de la nueva ciencia del caos, comentan, se descubre que los
sucesos aparentemente desordenados, ocultan un orden sorprendentemente
profundo.
Es
esta una manera profundamente otra de pensar la realidad: detrás del
orden evanescente de los fenómenos, más allá de las apariencias, la
física toca de modo sorprendente a la Trascendencia. Estas sugerencias
parecen estar en sintonía con aquellas otras palabras del Premio Nobel,
Carlo Rubbis, considerando que los límites entre física y metafísica
son a veces indefinibles y cómo la ciencia puede intuir a Dios: “Hablar
de orden del mundo lleva a pensar en la creación y, mirando a la
naturaleza, se descubre que existe un orden demasiado preciso para que
pueda ser el resultado de la casualidad, del encuentro entre fuerzas,
como nosotros los físicos continuamos sosteniendo. Creo, sin embargo,
que es más evidente para nosotros que para otros la existencia de un
orden preestablecido de las cosas. Nosotros llegamos a Dios
recorriendo el camino de la razón; otros, termina, siguen la vía de lo
irracional”. [40]
J.
Guitton, antes de entrar en diálogo con los científicos, va dejando
una serie de reflexiones interrogantes tremendamente sugerentes, que
son como el corazón de esta obra y una invitación a pasar desde la
física a la metafísica, y, desde ésta, porqué no, a la teología: “¿de
dónde viene el primer “átomo de realidad”? ¿Cual es el origen del
inmenso tapiz cósmico que, en un misterio casi total, se extiende hoy
hacia los dos infinitos?(p. 27)”. “Pero qué inquietante es todavía
esta pregunta, planteada un día por un físico: ¿Cómo puede un flujo de
energía que se derrama sin objetivo esparcir la vida y la conciencia
por el mundo?" (p. 44). “Pero, ¿por qué la naturaleza produce orden?.
No se puede responder si no se recuerda estos: el universo parece
haber sido regulado minuciosamente con el fin de permitir la aparición
de una materia ordenada, de la vida después y, por fin, de la
conciencia. Si las leyes físicas no hubieran sido en rigor lo que son,
entonces, como subraya el astrofísico Hubert Reeves, “no estaríamos
aquí para contarlo”. Mejor aún: si en un principio alguna de las
grandes constantes universales(...) hubiera sido sometida a una ínfima
alteración, el universo no habría tenido ninguna posibilidad de
albergar seres vivos e inteligentes; incluso es posible que él mismo
no hubiera aparecido jamás.
Este
ajuste, de una precisión vertiginosa, ¿está hecho de puro “azar” o
proviene de la voluntad de una Causa Primera, de una inteligencia
organizadora que trasciende la realidad?(p. 55)”.
Alfonso Pérez Laborda, Profesor de Historia de las ciencias en la
Universidad Pontificia de Salamanca, en una de sus obras [41],
¿Salvar lo real?: Materiales para una filosofía de la ciencia,
donde se abordan temas como la Racionalidad en matemáticas,
Planteamientos de una Filosofía de la ciencia, Problemas de
metodología, la Búsqueda de la verdad con Popper, la
Interpretación de la probabilidad y la inducción, el
Materialismo y la ciencia [42],
después del anterior e interesante recorrido, nos conduce a un
apartado final en el que, muy someramente, expone sus ideas sobre la
Creencia y la ciencia, la Epistemología contemporánea
y la Teología, para concluir con el Problema de Dios.
Concretamente, en el apartado sobre Epistemología contemporánea y
teología, Alfonso Pérez Laborda entra en el tema de nuestro
trabajo. Durante décadas, dice, se pensó que la panacea que
desentrañaría toda la problemática de la epistemología era el método,
que el resultado final de la ciencia era conocer y que todo conocer
debía ser científico para ser tal, y se creyó que la esencia misma de
la ciencia era una metodología; cientificidad y metodología se
identificaron.. De aceptarse estas ideas, la teología debería ponerse
a la escucha de los metodólogos, caso de querer ser admitida entre los
“científicos”. Este ha terminado por ser un camino pedregoso, reconoce
el mismo Laborda.
“Saltaron a la palestra quienes conocían de cerca la historia de las
ciencias e hicieron ver a todos que los científicos de los tiempos más
diversos y ramas más dispares jamás actuaron como ahora parecía
decirse, y, sin embargo, de entre sus manos (...) salió la ciencia.
(...).
Sea
porque la teología debiera utilizar algún método científico calcado de
lo que entienden no pocos -aunque hoy en regresión- como el método
utilizado por la reina de las ciencias, la física, o sea porque el
caminar progresista de la ciencia en el futuro le arrancará el suelo
en el que cree asentarse, lo cierto es que los sostenedores de estas
opiniones no dejan posibilidad alguna para la teología. Los primeros
porque pedirán a los teólogos verificación, lo cual, evidentemente,
ellos no están en disposición de poder dar...
Los
segundos, los creyentes en el progreso, hasta el presente son eso,
“creyentes”, y no se vislumbra el día en que conviertan su dogma en
una verdad patente para todos.(..)
¿Qué
ha ocurrido? -se pregunta Laborda- que muchos filósofos, amparándose
únicamente en las ciencias, ... creyendo que era obvio saber lo que
es conocer y saber que las ciencias son las únicas que saben de
verdad, hasta el punto que pudieron decir a todos los vientos que eran
ellos los únicos que tenían las llaves de la arcana sabiduría y que la
verdad del mundo estaba en su regazo, y ahí constataron que no había
teología, porque no había misterio que teologizar”(pp. 472-474).
Pero
al final parece que todo se les escapaba de las manos, que la realidad
no es cognoscible sino formando unión con nuestro propio mensurar. La
realidad se nos aparece como velada, llena de mucho más de lo que el
físico toca con sus teorías. Sin embargo, de ser esto así, nos
previene Laborda, no se ha de esperar vislumbrar un hueco para ejercer
la teología.. “Simplemente, parece que siempre encuentra la ciencia
posibilidades para dejar abiertos los pozos de “misterio” -de
perplejidad, de desconocimiento, de certeza en el más allá de
nuestros conoceres- que con demasiada frecuencia hemos querido cerrar
a toda costa..
Es un
continuo ir y venir, en resumen, cuando se arrecia en el conocimiento
de la realidad, estudiando con detalle qué es ese conocimiento y cómo
debe ejercerse, todo ello con ánimo de que nada se nos escape, de que
los resultados obtenidos sean toda la verdad y nada más que la
verdad; cuando, por tanto, se deja de lado (...) todo lo que
significa la teología para adentrarse en el conocimiento seguro que
sólo nos proporcionan las ciencias, al final, una vez y otra vez,
siempre, se descubre que estamos montados en un iceberg cuya parte
oculta no es otra que la teología, aunque sea bajo el rótulo de
materialismo. Tras el esfuerzo para dejar de lado toda teología,
embarcándose en el bote seguro del conocimiento de verdades palmarias,
cuál no será la sorpresa de los remeros al descubrir que el mar por
el que reman tiene disuelta las sal de la teología, pero -quién sabe-
de una teología menos gloriosa, menos verdadera que aquella que se
quería abandonar a toda costa en el puerto de salida.
¿Qué
hacer si las cosas fueran así? Echarse a manos llenas en la teología,
sin vergüenzas, sin necesidad de vueltas y revueltas que terminen
llevándonos -cómo no- a ella, hacerlo directamente. Ahora bien,
siempre alerta para dejarse marcar negativamente los caminos por todo
lo que la ciencia puede decirnos y nos dice; todo lo que conocemos nos
enseña, marcándonos señales por las que aventurarse sería caer en
vanas “pruebas” que ya han probado su falta de prueba. Los caminos de
la teología son anchos, abarcan el mundo entero, la realidad entera;
los saberes, sobre todo los científicos, nos balizan sólo los lugares
por los que aventurarse es confundirse y perder el norte teológico,
por los que ya se ha visto que no merece la pena adentrarse porque es
perder el tiempo cuando el campo es demasiado vasto, mejor aún, cada
vez más vasto.
Nadie
piense, sin embargo, que estamos ahora enfrentados a pensamientos
seguros a los que todo el mundo debe consentir... Ciertamente no estoy
en posibilidades. Dice Laborda:
"de probar mi creencia de manera
apodíctica, para siempre y para todos; pero de lo que sí creo estar
seguro es de que aquellos que sostienen posturas diametralmente a las
aquí defendidas, es decir, quienes de una u otra manera entroncan con
el materialismo reduccionista como explicación última de la realidad,
también se enfrentan con el resultado de las ciencias como
conocimientos; sobre todo, tienen que cerrar con poderosas creencias
los huecos de ese conocimiento, taponando los agujeros en el cemento
de su progresismo materialista. En una palabra, también lo suyo es
otra “creencia” y seguramente con aún mayor necesidad de “creer” en
ella.. que la de los teólogos”(pp. 476-477).
Siguiendo muy de cerca a Ian G. Barbour [43]
ha sido y es, en no pocos casos, opinión de muchos escritores que la
ciencia y la religión como empresas fuertemente contrastantes no
tienen esencialmente nada que ver la una con la otra. Mas todavía,
dos de las escuelas que descuellan en la teología occidental
contemporánea, subrayan rasgos radicalmente distintivos de la religión
que contrastan con la investigación científica. La teología, se dice,
tiene sus propios métodos totalmente diversos de los procedimientos de
la ciencia; el conocimiento religioso deriva enteramente del
autodescubrimiento de Dios en la revelación histórica, no de
descubrimientos humanos (Tendencia neo-ortodoxa: Karl Barth; véase
nota 1 y 2, pp.: 145 y 147 del libro de Barbour antes citado). Otros
teólogos, consideran que los problemas religiosos surgen de la
personalidad consciente y no en el dominio de la objetividad
impersonal que estudia la ciencia; los problemas religiosos son de un
interés fundamental y requieren un tipo de implicación personal muy
distinta a la objetiva del científico (Tendencia existencialista:
James Collins, Martin Buber, R. Bultman, etc. Véase notas 3-6, pp.:
148-149 de la misma obra antes mencionada). Tienden estos
planteamiento teológicos a presentar a la teología y a la ciencia como
compartimentos estancos del pensamiento humano. Los en un tiempo
populares argumentos de “teología natural” -tal como la pretensión de
que las evidencias de un designio prueban la existencia de un
diseñador- aparecen como lógicamente dudosos y de discutida autoridad.
Esta
separación de las esferas de la ciencia y de la religión ha sido
reforzada por la opinión de muchos científicos de que la ciencia
proporciona conocimiento técnico de un género especializado, más bien
que una filosofía de la vida; hay una mayor cautela, en la actualidad,
a la hora de deducir conclusiones de tan amplio radio de alcance de
unos datos científicos. Si la ciencia tiene este papel más modesto y
más especializado, no puede ayudar, opina Barbour, ni impedir la
religión, y por la misma razón no puede ser empleada para fundamentar
una visión naturalizada del mundo.
Por
otra parte, las limitaciones de la ciencia son reconocidas en multitud
de escritos de la filosofía de la ciencia [44].
La influencia del observador sobre los datos es inevitable en la
física moderna
[45].
Es reconocido el papel creador de la mente humana en la invención de
conceptos con los que poner las observaciones en correlación. Las
teorías de la física son altamente abstractas y simbólicas, y
frecuentemente vinculadas indirectamente con experimentos.
A
estas corrientes de pensamiento en los círculos teológicos y
científicos, habría que añadir el influjo del análisis del lenguaje (Cfr.:
Ibid.,283-319) que ha contribuido a la separación de la
religión y de la ciencia. A la comunidad religiosa se le asignaría el
lenguaje de actor, mientras que la comunidad científica usa lenguaje
de espectador; el primero sería un lenguaje fundamentalmente emotivo,
la ciencia utilizaría el lenguaje cognitivo, descriptivo. De acuerdo
con estos diversos intérpretes, la ciencia y la religión son
independientes y autónomas; suministrarían perspectivas
complementarias más bien que descripciones que se excluyen mutuamente.
Con
Barbour, consideramos que a pesar de las diferencias existentes entre
dos campos hay también significativos paralelismos en sus métodos:
semejanzas en la interacción de experiencias e interpretación, en el
empleo de modelos y analogías y en el papel de la comunidad de
investigación en las dos áreas(Cfr.:Ibid.,169-319). La
implicación personal en la ciencia y en la religión difieren en grado,
pero no hay absoluta dicotomía de “objetividad” contra “subjetividad”,
puesto que el que conoce aporta una importante contribución a todo
conocimiento [46].
En resumidas cuentas, la ciencia es una empresa más humana y la
teología es un empeño más autocrítico de lo que es el común sentir de
ciertos sectores.
Asimismo, habría que apostar por una cosmovisión integrada entre la
teología y la ciencia, por fortalecer posturas dialógicas. Esta es la
opinión compartida hoy por muchos estudiosos, por ejemplo, Mariano
Artigas [47].
Ambos espacios del saber tienen que contribuir a una coherente
interpretación de toda experiencia, más bien que a permanecer como
lenguajes no relacionados el uno con el otro, sin denostar las
implicaciones que tendría en una teología de la naturaleza, tan
ausente en las obras teológicas contemporáneas.
Mariano Artigas [48],
Doctor en ciencias físicas y filosofía, ha publicado catorce libros y
numerosos artículos especializados sobre las relaciones entre ciencia,
filosofía y teología. No es este el momento para entrar en el detalle
de sus argumentos sobre la cuestión que venimos tratando, según
habíamos advertido. Pero sí es la ocasión para exponer, aunque sólo
sea escuetamente, su pensamiento respecto de la relación entre la
teología y la ciencia, tal y como aparece en su Filosofía de la
Ciencia, concretamente en el apartado sobre “Relaciones
complementarias entre ciencia, filosofía y teología” (Ibid.,
266 ss.) [49] .
“En
la actualidad -dice el profesor Artigas- se habla mucho de las
cuestiones fronterizas entre la ciencia y la metafísica (sea
metafísica o teología). Los supuestos generales de la ciencia...
pueden ser considerados como auténticas cuestiones fronterizas que
conectan la ciencia y la metaciencia. Otras presuntas cuestiones
fronterizas pueden ser consideradas más bien como conexiones
subjetivas o solapamientos parciales.(...).
En la
actualidad, muchos teólogos piensan que el modo mejor de abordar las
relaciones entre ciencia y teología es el diálogo. En este contexto
suele decirse que la ciencia conduce a cuestiones fronterizas que
están conectadas con la teología. Ian Barbour dice que la
independencia entre ciencia y religión es un buen punto de partida
porque preserva el carácter propio de las dos empresas: ciencia y
religión poseen sus peculiares métodos, preguntas, actitudes,
funciones y experiencias. Pero también añade que la perspectiva de
“independencia” encuentra serías dificultades que él resume de este
modo: “Si la ciencia y la religión fuesen totalmente independientes,
se evitaría la posibilidad de conflicto, pero también quedaría
excluida la posibilidad de un diálogo constructivo y de un
enriquecimiento mutuo. No experimentamos en totalidad e interconexión
antes de desarrollar disciplinas particulares para estudiar sus
diferentes aspectos. Existen también fundamentos bíblicos para admitir
que Dios es Señor de toda nuestra vida y de la naturaleza, más que de
una esfera “religiosa” separada. La articulación de una teología de la
naturaleza que estimule una fuerte preocupación ambiental es también
una tarea de importancia crítica hoy día” (BARBOUR I., Religión in
an Age of Science, Harper, San Francisco 1990, p 16).
Cuando se refiere -prosigue el profesor Artigas- a cuestiones
fronterizas, Barbour habla, en primer lugar, de los supuestos
generales de la ciencia... Después, Barbour menciona a Thomas Torrance
con estas palabras: “En escritos recientes, él (Torrance) dice que la
ciencia, en sus fronteras, plantea cuestiones religiosas que no puede
responder. Llevándonos hacia atrás a la historia temprana del cosmos,
la astronomía nos fuerza a preguntar por qué se dieron unas
determinadas condiciones iniciales. La ciencia nos muestra un orden
que es a la vez racional y contingente (o sea, sus leyes y
condiciones iniciales no son necesarias). Es la combinación de
contingencia e inteligibilidad lo que nos impele a buscar nuevas e
inesperadas formas de orden racional. El teólogo puede responder que
Dios es el fundamento creativo y la razón del orden unitario,
contingente pero racional, del universo”( BARBOUR I., Religion in
an Age of Science, Harper, San Francisco 1990, 118. Torrance se ha
ocupado detenidamente de este tema en : T. TORRANCE, Divine and
Contingent Order, Oxford University, Oxford 1981.).
Mariano Artigas, hace seguidamente mención a un libro del físico John
C. Polkinghorne, Ciencia y Teología, [50]
donde el autor nos brinda una visión de conjunto clara de los
principales aspectos de la ciencia natural (incluyendo la teoría
cuántica, la teoría del caos, el problema del tiempo y la cosmología),
así como un conciso esbozo de la naturaleza de la religión, en la
línea anteriormente expuesta, según la cual, a la luz de las
investigaciones en este terreno, “existen cuestiones que surgen de la
ciencia y que insistentemente reclaman una respuesta, pero que, por su
propio carácter, trascienden el ámbito de competencia de la ciencia.
Existe una sensación, ampliamente difundida entre los científicos en
activo, opina Polkinghorne, especialmente entre aquellos de nosotros
que hemos trabajado en física fundamental, de que en el mundo hay más
de lo que encuentra el ojo científico. Como resultado de esa
sensación, vivimos en una época en la que está teniendo lugar un
resurgimiento de la teología natural, en gran parte por obra de los
científicos más que de los teólogos” ( POLKINGHORNE J.C., “A Revived
Natural Theology”, en : J. FENNEMA J. y PAUL I. (eds.), Science
and Religion. One
World: Changing Perspectives on Reality,
Kluwer, Dordrecht 1990, p. 88.)”(p. 271.).
Dicho
lo anterior, Artigas quiere dejar claro que esas cuestiones
fronterizas no pueden en propiedad surgir de la ciencia. Esto sería
consecuencia del desfase metodológico que existe entre ciencia y
metafísica, o entre ciencia y teología. Para él, si estas cuestiones
aparecen en el ámbito de la ciencia experimental, sólo tiene
justificación cuando se considera de modo implícito. “Se puede -nos
dice- establecer el diálogo entre ciencia y religión usando una
mediación filosófica que se base en una reflexión explícita sobre
algunos aspectos que se encuentran solamente implícitos en el trabajo
científico. (...). Esta perspectiva hace posible entender cómo pueden
surgir genuinas cuestiones fronterizas y también cómo pueden ser
estudiadas.
Barbour -agrega- también se refiere a Ernan McMullin como partidario
del diálogo, y cita un pasaje en el que Mcmullin expresa una visión
muy equilibrada que estimula el diálogo evitando, al mismo tiempo, una
compromiso demasiado estrecho con logros científicos particulares que
no tienen un carácter definitivo: “El cristiano, dice McMullin, no
puede separar su ciencia de su teología como si fuesen en principio
incapaces de interrelacionarse. Por otra parte, ha aprendido a
desconfiar de los caminos demasiado simples que van de la una a la
otra. Debe a algún tipo de coherencia en su cosmovisión (...) Puede, e
incluso debe, esforzarse para poner en consonancia su teología
y su cosmología en las contribuciones que ambas aportan a su
cosmovisión. Pero esta consonancia (como muestra la historia) es una
relación tentativa, que se encuentra constantemente bajo escrutinio,
en constante y suave cambio” (MCMULLIN E., “How Should Cosmology
Relate to Theology?”, en PEACOCKE A.(ed.), The Sciences and
Theology in the Twentieth Century, University of Notre Dame Press,
Notre Dame(Indiana) 1981, p. 52.)”(P. 271-272).
Para
Artigas, estas reflexiones nos llevarían a distinguir tres clases de
cuestiones fronterizas: a) aquella que incluye problemas científicos
particulares que pueden ser una fuente subjetiva de reflexiones
religiosas a las que denominaríamos conexiones subjetivas, así,
p.e., sería el caso del astrofísico que estudia las teorías
científicas acerca del origen del universo y se siente impelido a
explicaciones filosófico-teológicas, no estrictamente científicas,
como puede ser la explicación última del universo ; b) en este segundo
caso, se referiría a los solapamientos parciales que pueden
existir si algunos aspectos de la cuestión pertenecen a la vez a la
ciencia y a la religión y, por último, c) se refiere a los
supuestos generales de la ciencia y a las perspectivas generales
acerca de sus logros. Sin embargo, en opinión reiterada de Mariano
Artigas, “ningún problema que pueda ser formulado dentro de la ciencia
empírica puede ser considerado como cuestión fronteriza.(...). Los
problemas científicos, cuando están formulados de modo adecuado,
tienen soluciones científicas. Las cuestiones metafísicas pertenecen a
una perspectiva que sobrepasa el ámbito científico, y deben ser
estudiadas desde un punto de vista metafísico”(p. 273).
3) A modo de
conclusión
Esta
pequeña muestra de autores y obras, pienso, evidencian el interés que
suscita de por sí las relaciones de la Teología y la Ciencia, aunque,
como en su momento quedó dicho y manifestaba Juaan Pablo II, no
siempre los teólogos lo hacen explícito. “Curiosamente, -acaba de
escribir el catedrático de Geofísica en la Universidad Complutense de
Madrid, Agustín Udías- muchos, por no decir la mayoría, de estos
escritos están escritos por científicos que muestran su interés y
preocupación por la cuestión religiosa, y muy pocos por teólogos que
se aventuran en campos científicos. Personalmente, he podido comprobar
la existencia de este interés por temas religiosos entre científicos,
y no tanto el interés correlativo entre teólogos por los problemas
científicos" [51].
En
una de las ponencias que con ocasión de la décima Cátedra de los no
creyentes: Horizontes y límites de la ciencia, promovida por
el cardenal arzobispo de Milán, Carlo María Martini, durante los días
29 de octubre y 5, 12, 19 y 26 de noviembre de 1998, el teólogo y
filósofo Bruno Forte abordó el tema de las relaciones entre, digamos,
la teología, la filosofía y la ciencia, bajo el título: Por una
heteronomía fundadora [52].
Dicha ponencia, con la que queremos poner fin a este artículo, al
considerarla bastante ajustada para lo a que aquí nos hemos propuesto,
comienza preguntándose si la teología es esclava de la ciencia. La
teología, en otros tiempos, regina scientiarum, ha sido
sustituida en su protagonismo por la razón moderna, aunque en la época
iniciada por el Iluminismo, la relación entre la teología y la ciencia
viene marcada por la tendencia de la ciencia a hacer de la fe una
provincia, a absorber en la razón moderna la creencia religiosa y, por
otra parte, la apuesta por una apologética teológica que peca de un
concordismo siempre lesivo para la teología como para la ciencia.
La
crisis de la racionalidad moderna, que ya en 1947 Adorno y Horkheimer [53]
subrayaron diciendo que la razón que la Ilustración había usado como
arma contra el mito, la religión y la ilusión, se ha vuelto contra sí
misma en las moderna sociedades tecnocráticas y se ha tornado
autodestructiva, ha llevado, mantiene B. Forte, a que la teología y la
ciencia se descubran más humildes y, por tanto, más aptas para el
diálogo. Así la racionalidad teológica se ha de comportar respecto de
la ciencia “como correctivo anti-idolátrico – como gusta decir a Juan
Pablo II- "denuncia del límite de cada totalidad cerrada, estímulo a la
apertura sobre la huella del infinito. Por otra, la racionalidad
científica tendrá razón de mostrarse desinteresada y escéptica, hasta
burlona, en la confrontación de una teología concordante a toda costa.
En donde, sin embargo, la teología sabrá ser no menos sino más
<<teológica>> y se presentará, por lo tanto, como pensamiento de la
Crisis (Karl Barth), de la interrupción (Johann Baptist Metz),
anti-ideológica por excelencia; y la racionalidad científica sabrá
conjugar el conocimiento del mundo de los fenómenos al honesto
conocimiento de los propios límites; entonces ambas podrán asumir una
singular relevancia en el actual contexto de la <<caída de los
dioses>>, que es la crisis de las ideologías...”. [54]
En
una interesante artículo de la revista Zygon –la más antigua y seria
en el moderno diálogo entre las ciencias y la teología, comenta el
traductor y recensionista del mismo, Manuel García Doncel- el Profesor
John Polkinghorne presenta cómo se imagina este diálogo en el siglo
XXI. En una primera parte, trata en una pinceladas el desarrollo de
los últimos treinta o cuarenta años de frontera entre la teología y
las diversas rama científicas, en cuestiones aun pendientes y
acuciantes para el siglo XXI. Concluye, en una breve segunda parte,
indicando tres problemáticas nuevas que, a su juicio, se desarrollarán
en este siglo:
1.los fenómenos de la generación espontánea de orden,
2. la
esperanza escatológica en una concepción psicosomática,
3. y el
acercamiento entre las religiones en base precisamente de este diálogo
sobre temas científicos. Después de abordar la actividad fronteriza
originada en el país de las ciencias, añade respecto de los teólogos y
la teología:
“¿Qué
decir de los teólogos? Muchos de ellos están bien precavidos de no
habitar demasiado cerca de la frontera, pero algunas buenas personas
se han aventurado
de tanto en tanto en esa dirección.
Entre ellos mencionaría en particular a Thomas Torrance
(1969, Espacio, tiempo y Encarnación;
1976, Espacio, tiempo y Resurrección), Wolfhart Pannenberg
(1993, Hacia una teología de la
naturaleza), y Keirth Ward
(1996 Dios, azar y
necesidad; 1998, Dios, fe y
el nuevo milenio). Uno de mis mayores deseos para el siglo XXI
es que más teólogos sean atraídos a participar en el intercambio
entre ciencias y teología. Por supuesto, no podemos esperar que haya
sino una minoría con este interés
particular. Los teólogos están intelectualmente en una
situación difícil. Hablar de Dios
es hablar del Uno, que es fundamento de todo lo que es. Por
consiguiente, todo lo que es debe, en
cierto modo interesarles. Todo es,
en principio, molienda para el
molino de la teología. Así que,
ningún teólogo puede atender sólo a una partecita de su
inmensa tarea. Sin embargo, yo confiaría en que bastantes más
elegirán incluir intuiciones científicas en su campo de atención.
Creo que hemos visto lo importante
que es en realidad gran parte de lo que en ellas
se discute.
Las ciencias pueden influir en la teología no sólo a través de su
contenido, sino también a través
de su estilo. El estudio de las ciencias
ciertamente le enseña a uno que
la realidad es sorprendente. Piénsese sólo en el anti-intuitivo mundo
cuántico, tan diferente de
nuestro mundo cotidiano del sentido
común. Por consiguiente, los científicos no creen saber de
antemano qué cosas son razonables. Están abiertos a lo que les
inspire el mundo físico sobre aquel caso
en cuestión, por extraño que pueda
resultar el caso. No creen que tengamos el poder racional de conocer a
priori cómo hemos de pensar sobre la realidad. Así que la cuestión
instintiva del científico es:
¿Qué evidencia os hace pensar que puede ser así? Esta estrategia
científica es lo que he llamado pensamiento ascendente: el
deseo de proceder desde la experiencia con mentalidad abierta. Muchos
teólogos son instintivamente pensadores descendentes, intentando
proceder desde principios generales para entender fenómenos
particulares. Hay diversos estilos legítimos de pensamiento
científico, pero confío en que el siglo XXI vivirá un amplio
reconocimiento del valioso enfoque
ascendente. No estoy afirmando que sea el único estilo
penetrante, pero creo que ofrece
su propia perspectiva, como
ofrecen otras perspectivas la teología negra o la feminista.
Tres de nosotros, que somos
teólogos científicos -en el sentido de que los tres teníamos
carreras de investigación científica antes de entregarnos a los temas
teológicos- hemos dado recientemente Conferencias Gifford,
que parecen funcionar como
teologías mini-sistemáticas al presentar,
cada uno a su modo, un enfoque
ascendente sobre temas centrales
a la fe cristiana: Ian Barbour (1990, Religión en una era de ciencias),Arthur
Peacocke (1993, Teología
para una era científica), y yo mismo (1994,La fe de un físico). Confío en que este estilo de pensamiento
teológico continuará explorándose en el siglo XXI”. [55]
Un hermoso y necesario reto, en el contexto del
diálogo
entre la cultura y la fe, para un mundo en el que la teología tiene
que hacer su particular contribución.
NOTAS
[a]LIEBIG R., La otra revelación. La fe cristiana en diálogo con
la ciencia moderna, Sal Terrae, Santander, 1977,234
[b]
SKOLIMOWSKI, H., “Problemas de la racionalidad en biología”, en
AA.VV., Estudios sobre Filosofía de la biología, ARIEL,
Barcelona 1983, 273.
[c]Una buena y sencilla exposición de la imagen científica del mundo
hoy, a modo de síntesis: cfr. POLKINGHORNE, J., Ciencia y
Teología, Santander 2000, 45-76
[d]Cfr. POLKINGHORNE, J., o.c., 11 ss. y cfr. ibid.,
189-198. Últimamente es de mención: BELTRÁN MARÍ, A., “Ciencia y
religión. Una conversación entre creyentes”, en Galileo,
ciencia y religión, Paidós Studio, Barcelona 2001, pp. 248-294
(Consultar bibliografía al capítulo VII).
[e]Cfr. DUBARLE DOMINIQUE, Bases para una teología de la ciencia,
Barcelona 1969; BELTRÁN MARÍ, A., oc. pp. 249, 256, 278,
286, etc. SECKLER, M., “Teología y ciencias”, en Diccionario de
Teología Fundamental, Eds. Paulinas, Madrid 1992, 1423-1430
(con una exquisita biliografía sobre el tema al final); BERZOSA
MARTÍNEZ, R., Para comprender: La creación en clave cristiana,
Estella, Navarra, 2001, 21; TRIGG, ROGER (University of Warwick (United
Kingdom)), “La racionalidad en la ciencia y la teología”, en
Scripta Theologica, 30 (1998), pp. 253-259; W. PANNENBERG,
Teoría de la Ciencia y Teología, Cristiandad, Madrid 1981;H.
PEUKERT, Teoría de la Ciencia y Teología fundamental,
Herder, Barcelona 2000; ROVIRA BELLOSO, J.M., Introducción a
la teología, BAC, Madrid 1996, 79-117. Interesante aportación
sobre la existencia actual del diálogo teología ciencias, temas,
proyectos y equipos: cf.: GARCÍA DONCEL, M., “Temas actuales del
díalogo teología-ciencias”, en Actas de las III Jornadas de
Teología sobre Fen en Dios y Ciencia Actual, Santiago de
Compostela 2002, pp. 201-229. Así mismo, sobre los comportamientos
de la teología ante la racionalidad científica: cf.: TEJERINA
ARIAS, G., “Hacia una nueva metodología teológica”, en Actas de
las III Jornadas de Teología sobre Fe en Dios y Ciencia Actual,
Santiago de Compostela 2002 pp. 233-257.
Interesantísimo a la hora de la cuestión que estamos tratando es
el diccionario de ciencia y fe, del que extraemos el siguiente
artículo: cfr. http://www.disf.org/Voci/107.asp.Scienze naturali,
utilizzo in teologia, Giuseppe Tanzella-Nitti.
[f]Cfr.WICKS JARED, Introducción al método teológico, Verbo
Divino, Navarra 1998; DULLES, A., The Craft of Theology,
Nueva York 1992; FORTE BRUNO, Teología come compagnia, memoria
e profezia, Conisello Balsamo 1987; LONERGAN, B., Método en
Teología, Sígueme, Salamanca 1988; RATZINGER, J., Natura e
compito della teología, Milán 1993; “Sobre la interpretación
de los dogmas”, Documento de la Comisión Teológica Internacional,
Origins 20, 1990, pp. 1-14, CETE, Toledo 1990;CHENU M.D.,
La teología como ciencia eclesial, Concilium,
enero-febrero, nº 21, 97-107.
[g]JUAN PABLO II, Fe y razón, Madrid 1998, 89-90 (nn. 64-65).
Podría ser interesante para adentrarnos en esta cuestión la
síntesis que presenta Polkinhorne de la mano de George Linbeck, a
la hora de entender la práctica teológica: a) como “cognitiva”, b)
“experiencial-expresiva” y, c) “cultural-lingüística. “A la
ciencia, afirma Polkinhorne, no le está abierta ninguna ruta
privilegiada de acceso al conocimiento que venga dada por un
“método científico” superior a los demás y del que únicamente ella
puede disponer; tampoco a la teología le está abierta ninguna ruta
privilegiada de acceso al conocimiento que venga dada por una
fuente inefable de incuestionable revelación y de la que
únicamente dispone ella. Lo que intentan una y otra es captar el
significado de sus respectivos encuentros con la siempre
heteróclita realidad. En el caso de la ciencia, la dimensión de la
realidad que le interesa en la del mundo físico que nosotros
trascendemos y que puede ser sometido a prueba experimental. En el
caso de la teología, lo que importa es la realidad del Dios que
nos trasciende a nosotros y con quien sólo cabe un encuentro
marcado por el sobrecogimiento y la obediencia. Una vez que se ha
comprendido esta distinción, se hace evidente que, a pesar de las
diferencias que resultan del hecho de ocuparse de asuntos
distintos, ambas disciplinas son en el fondo muy parecidas”
POLKINHORNE, J., o.c., 37; Cfr. oc., 34-37. También,
sobre teología cristiana: Cfr. Ibid., 139-169; FISICHELLA,
R., “Teología”, Diccionario de Teología Fundamental, Eds.
Paulinas, Madrid 1992, 1411-1418; ROVIRA BELLOSO, J.M.,
Introducción a la teología, BAC, Madrid 1996.
[h]Cfr. (A modo orientativo) BLANCHE, R., El método experimental y la
filosofía de la física, México, FCE, 1975; ECHEVARRÍA, JAVIER,
Introducción a la Metodología de la ciencia: La filosofía de la
ciencia en el siglo XX, Barcelona 1989; SIMARD, E., Naturaleza y
alcance del método científico, Gredos, Madrid 1961; HARRÉ, R.,
Introducción a la lógica de las ciencias, Labor, Barcelona 1967;
ID., The Method of Science, Wykeham Pub, London 1970; SELVAGGI,
F., Sziencia e metodología, Pontificia Universitá Gregoriana, Roma
1962; SAUMELLS, R., La ciencia y el ideal metódico, Madrid 1958;
ID., “Metodología científica” en Gran Enciclopedia Rialp, T 16,
669-673; BUNGE, M., La Ciencia, su método y su filosofía, Buenos
Aires 1966; POINCAIRÉ, H., Science et méthode, París 1909;ID., La
ciencia y la hipótesis, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1945; Ciencia
y método, Madrid, Espasa-Calpe, 1963. POPPER, K., La lógica de la
investigación científica, Tecnos, Madrid 19857 ;ID.,
Conjeturas y refutaciones. El desarrollo del conocimiento
científico, Barcelona, Paidós, 1994; GARCÍA BORRÓN, J.C., La
filosofía y las ciencias, Barcelona, Ed. Crítica, 1987; HANSON,
Patrones de descubrimientos. Observación y explicación, Madrid,
Alianza, 1977; HULL, L.W., Historia y filosofía de la ciencia,
Barcelona, Ariel; KUHN, T.S., La estructura de las revoluciones
científicas, Madrid, FCE, 1971; SANGUINETI, J.J., "El conocimiento
científico" en IDEM, Lógica, Pamplona, Eunsa, 1985 (2ª ed.), pp.
165-232; GUTIÉRREZ CABRÍA, SEGUNDO, Dios, ciencia y azar, BAC,
Madrid 2003, 4-10.
[i]UDÍAS VALLINA AGUSTÍN, Conflicto y diálogo entre ciencia y
religión, FyS, Bilbao, 1993, 3. Es de interés la nota 1 en la
que se nos aporta que para la discusión actual y el sentido de la
ciencia se puede encontrar en J. ZIMAN, La credibilidad de la
ciencia, Alianza, Madrid 1978. En esta misma linea, podrían
ser altamente sugestivos los dos volúmenes sobre la relación de la
ciencia y la fe publicados en Italia: DIZIONARIO
INTERDISCIPLINARI DI SCIENCIA E FEDE, Roma 2002, a cargo de
los profesores Guiseppe Tanzelea- Nitti-Alberto Strumia.
[j]ID., Ciencias naturales y fe cristiana, Eds. Paulinas,
Madrid 1969, 22-23.
[i]
Cfr. Mensaje de Juan Pablo II al director del Observatorio
Astronómico Vaticano con ocasión del III centenario de la
publicación del los “Philosophiae naturalis principia mathematica”
de Newton ( 1-6-1988) “Interrelación entre ciencia natural,
filosofía y teología”, Ecclesia, 6-5-1989, 33(641)-38(646).
[ii]
Las intervenciones de Juan Pablo II alusivas a la relación de la
ciencia y la fe son innumerables: Cfr. Discurso del Papa (12-VII-78),
“El hombre frente a la maravillas del cosmos” Observatore
Romano ( en adelante “O. R.”), edic. esp., 13- VIIII-78;
; A la Academia Pontificia de Ciencias (10-XI-1979), “Centenario
de A. Einstein”, Documentación Palabra (en adelante D.P.),
423-425; Discurso del Papa (12-XI-79), a la Pontificia Academia de
Ciencias: “La Iglesia y la ciencia”, Observatore Romano,
edic. esp., 2-XII-79; Discurso a la Sociedad Europea de Física
(30-III-79), “Ciencia y fe”, O. R., edic. esp., 26-VIII-79;
Discurso a los profesores y estudiantes universitarios, catedral
de Colonia, (15-XI-80), “Ciencia y fe”, O.R., edic.,
esp., 23-XI-80; A los representantes de la ciencia, de la cultura
y de los altos estudios, en la Universidad de las Naciones Unidas,
Hiroshima (25-2-1981), “Ciencia, tecnología y paz”, D.P.,
73-76; Discurso a la Academia Pontificia de las Ciencias
(3-X-1981), “La ciencia al servicio del hombre”, Documentos
Palabra, 215; A los profesores y alumnos en la Universidad
Católica de Lisboa (14-V-1982), “La Universidad y la fe”, D. P.,
181-182; Discurso en el Centro Europeo para la investigación
Nuclear (15-VI-1982), “Armonizar los valores de la tecnología con
los valores de la conciencia”, O.R., edic. esp., 27-VI-82;
Carta a un grupo de científicos reunidos en el Congreso de
Erice(Sicilia), (14-8- 1982), “Proyectad luz sobre los
disparatados efectos de la guerra nuclear”, Ecclesia,
18-9-1982, 13(1165); Discurso a los participantes en el Congreso
promovido por la “Academia Nacional de Ciencias” (21-IX-1982), “La
ciencia al servicio del bien común”, D. P. 381; A una
Semana organizada por las Ac. Pont. De las Ciencias (23-X-1982),
“Metas y límites de la investigación científica”, D. P.,
419; A los representantes de la Universidad, Reales Academias de
investigadores, en Madrid (2-XI-1982), “Diálogo
fe-cultura-ciencia”, D.P., 331ss; Discurso a los
participantes de un Simposio de Física (18-XII-1982), “La
investigación al servicio del hombre”, D.P., 475-476; A los
miembros del Consejo Pontificio para la cultura (18-1-1983), “La
Iglesia, creadora de cultura, en su relación con el mundo
moderno”, Ecclesia, 5-2-1983, 15(175); Discurso a un grupo
de científicos (9-5-1983), “Volver al sentido humano de la
Ciencia”, D.P., 156-157.; Inauguración de la sesión
plenaria de la Pontificia Academia de Ciencias (12-11-1983), “El
fin del universo manifiesta la verdad primera”, Ecclesia,
26-11-1983 10(1482)- 12(1484); En el centenario de Gregorio Mendel
(10-3-1984), “Fe, ciencia y sabiduría”, D. P. 227 ss.; En
la Universidad de Pavía (3-11-1984), La universidad, comunión
didáctica y científica”, D.P., 356-357; Audiencia general
del miércoles( 20-3-1985), “El progreso científico debería
llevarnos a Dios”, Ecclesia, 30-3-1985, 6(390)- 7(391);
Audiencia general del miércoles (27-5-1985) “Fe y saber se ayudan
y completan”, Ecclesia, 6-13 -IV- 1985, 7(423); A un grupo
Internacional de hombres de ciencia(21-6-1985), Toda nación debe
comunicar su progreso científico”, Ecclesia, 20-7-1985,
7(903)-8(904); Audicencia general del miércoles (10-7-1985), “Es
un error metodológico pedir pruebas científicas de Dios”, Ecclesia,
20-7-1985, 6(902)-7(903); Audiencia general del miércoles
(17-7-1985), “Cántico de las Galaxias”, Ecclesia,
27-7-1985, 6(934)-7(935); Juan Pablo II a la Asamblea Plenaria de
la Pontificia Academia de Ciencias, con motivo del cincuentenario
de su fundación (28-10-1986), “La ciencia se corrompe cuando
manipula y domina”, Ecclesia, 22-11- 1986,
26(1614)-31(1619); A un grupo de estudio de la Pontificia Academia
de Ciencias sobre problemas del respeto al medio ambiente
(6-11-1987), “Nueva y respetuosa acción ante el medio ambiente”,
Ecclesia, 5-12-1987; 26(1686)- 27(1687); Mensaje de Juan
Pablo II al director del Observatorio Astronómico Vaticano con
ocasión del III centenario de la publicación del los “Philosophiae
naturalis principia mathematica” de Newton ( 1-6-1988)
“Interrelación entre ciencia natural, filosofía y teología”,
Ecclesia, 6-5-1989, 33(641)-38(646); A la Asamblea Plenaria de
la Pontificia Academia de Ciencias (31-10-1988), “Promover la
colaboración interdisciplinar”, Ecclesia, 3-12-1988,
27(1775)-29(1776); A los participantes en la Asamblea Plenaria de
la Pontificia Academia de Ciencias ,, “La ciencia en el contexto
de la cultura humana”, Ecclesia, 8-6-1991, 35(895)-38(898);
A los participantes en el simposio organizado por la Pontificia
Academia de Ciencias y por el Pontificio Consejo de la
Cultura(4-10-91), “Científicos y creyentes pueden constituir una
gran familia”, Ecclesia, 28-12-1991, 31(1983)-33(1985);
Mensaje de Juan Pablo II a los miembros de la Academia Pontificia
de Ciencias, reunidos en Roma para su asamblea
plenaria(22-10-1996), “La Biblia ofrece una luz superior que
ilumina los estudios sobre el origen del hombre”, Ecclesia,
16-11-1996, 25(1717)-26(1718); Audiencia de Juan Pablo II a los
participantes en la Sesión Plenaria de la Pontifica Academia de
las Ciencias (31-10-1992), “Rehabilitación de Galileo Galilei”,
Ecclesia, 21-11-1996, 18(1774)-21(1777); Discurso de Juan
Pablo II a los científicos durante el encuentro desarrollado en
el Centro “Ettore Maiorana” (8-5-1993), “Ciencia y fe son dones de
Dios y en el fundamentan su principio de unidad”, Ecclesia,
5-6-1993, 31(855)-33(857); Encuentro de Juan Pablo II con el mundo
académico y con los intelectuales en la capilla universitaria(
Vilnuis, Lituania, 5-9-1993), “Es urgente una “nueva alianza”
entre la Iglesia y la Cultura”, Ecclesia, 25-9-1993,
23(1401)-25(1403); Discurso de Juan Pablo II a los participantes
en el grupo de estudio organizado por la Pontificia Academia de
Ciencias sobre “Riesgos químicos en los países en vías de
desarrollo” (22-10-1993), “Las cuestiones ambientales a la luz de
las convicciones éticas”, Ecclesia,
20-11-1993,23(1709)-24(1710); Audiencia de Juan Pablo II al grupo
de trabajo sobre el genóma humano, promovido por la Pontificia
Academia de las Ciencias(20-11-1993), “Experimentar con el embrión
como puro objeto atenta contraa la dignidad de la persona”,
Ecclesia, 18-12-1993, 21(1867)22(1868); Discurso de Juan Pablo
II a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Pontificia
Academia de Ciencias(28-10-1994), “La investigación debe estar
presidida por la ética”, Ecclesia, 19-11-1994,
18(1746)-20(1748); Discurso de Juan pablo II en la sesión
inaugural de la Pontificia Academia de Ciencias
Sociales(25-11-1994), “El principio esencial de la Doctrina social
de la Iglesia: El hombre es anterior a los sistemas
socioeconómicos”, Ecclesia, 24-12-1994,
31((1963)-33(1965);Discurso de Juan Pablo II a los participantes
en un congreso organizado por el Observatorio astronómico vaticano
(11-1-1997), “La grandeza del destino del hombre”, Ecclesia,
8-4-1997, 37(365); Discurso de Juan Pablo II a la IV Asamblea
plenaria de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales
(23-4-1998), “Por un mundo más humano, más unido y más justo”,
Ecclesia, 16-5-1998, 29(737)-30(738); Discurso de Juan Pablo
II al consejo de presidencia de la Federación mundial de
científicos (27-3-1999), “La fe y la ciencia deben superar los
equívocos del pasado, buscando comprensión recíproca”, Ecclesia,
1-5-1999, 30(670); Discurso de Juan Pablo II a los participantes
en la Sesión Plenaria de la Academia Pontificia de las Ciencias
(13-12-2000), “La ciencia y el futuro de la humanidad”,
Ecclesia, 30-12-2000, 39(2031)-40(2032); Juan Pablo II, Fe
y razón, BAC, Madrid, 1998(particularmente: nn. 88 y 106);
RUSSELL, R.J., STOEGER, W.R. y COYNE, C.V.(eds.), John
Paul II on Science and Religión: reflections on the new from Rome,
Vatican Observatory, Rome 1990; LORDA, J.L., “El diálogo entre fe
y ciencia en el magisterio de Juan Pablo II, en Hombre y Dios,
VI Simposio Internacional de Teología, Pamplona 1985, 135-141;
PERO-SANZ, JOSÉ MIGUEL, “Una historia en tres actos: Diálogo
Fe-Ciencia (Según las enseñanzas de Juan Pablo II)” en Palabra,
nº 203, VII-1982, 23(339) -342.
[iii]
“En la actualidad, por lo menos en principio, la distinción de
campos puede considerarse como algo adquirido. De suerte que
las confrontaciones directas entre la ciencia y la fe, sea para
atacar sea para defender, pertenecen al pasado o representan
actitudes, en definitiva, residuales. Moviéndose a niveles
distintos, los discursos no tienen por qué chocar. Y no deben
tampoco forzarse los encuentros directos y sin mediación: como
tal, la ciencia ni puede demostrar la existencia de Dios ni
convencer de su no-existencia. Ni Robert Jastrow tiene razón
cuando piensa que el fracaso de los científicos les obliga a
reconocer la verdad de la creación, que los teólogos conocían
‘desde hace siglos`(Véase la cita: “Para el científico que ha
vivido según la fe ante el poder de la razón, la historia acaba
como un mal sueño. Ha escalado la montaña de la ignorancia; está a
punto de conquistar el punto más alto; y cuando supera la roca
final, es recibido por un grupo de teólogos que estaban allí
sentados desde hacía siglos” en R. JASTROW, God and the
Astronomers, New York 1978, pp. 14 y 16..), ni la tiene
Bertrand Russell cuando, para negarlos, afirma que ‘Dios y la
inmortalidad, los dogmas centrales de la religión cristiana, no
encuentran apoyo en la ciencia`(Por qué no soy cristiano,
Buenos Aires 1973, p 56)”(TORRES QUEIRUGA, A., “Diálogo ciencia-fe
en la actualidad”, en Fin del cristianismo premoderno: Retos
hacia un nuevo horizonte, Santander 2001, 181-182).También es
idea de Hawking que la Iglesia Católica infiere la afirmación de
un Creador a partir del Big-bang. Contra esta opinión véase:
ARRANZ RODRIGO, M., “Agujeros negros y creacionismo: Los escarceos
teológicos de un cosmólogo”, Religión y Cultura,
35(1989),532-536).
[iv]
Cfr. JAKI, S.L., Ciencia, Fe, cultura, Madrid 1990 (con una
interesante introducción a la obra de S. Jaki por M. Artigas, pp.
5- 25;respecto de la incidencia cristiana en la ciencia pp. 128 ss.,
139 ss) JAKI, S.L., The Road of Science and the Ways to God,
University of Chicago Press 1978; ID., Science and the
Creation: From Eternal Cycles to an Oscillating Universe, New
York 19862 ;WHITEHEAD, Science and the
Modern World, Free Press, New York 1967 ( 1ª ed. en 1925; trad.
cast.: La ciencia y el mundo moderno, Buenos Aires 1949;
cf. particularmente pp. 26-27, cap. 1: “The origin of modern
science”); ARTIGAS, M., Ciencia, Razón y Fe, Madrid 1986,
20 ss; BARBOUR, I. G., Problemas sobre religión y ciencia,
Santander 1971 61 ss.; BROOKE, J.H., Science and Religion.
Some historical perspectives, Cambrigde University Press 1991;
RIAZA MORALES, J.M., La Iglesia en la Historia de la ciencia,
Madrid 1999; UDÍAS VALLINA, A., Conflicto y diálogo entre
ciencia y religión, Santander 1993, 3-6; ID., “Relación entre
ciencia y fe: panorámica actual”, en Actas del IX Congreso
Diálogo Fe-Cultura:<<Nuevo milenio para un Humanismo sin
fronteras>>, Tenerife 2000,148-149; VALADIER, P., La
iglesia en proceso, Santander 1990; POLKINGHORNE, J.,
Ciencia yTeología, Santander 2000,21-22.
[v]
Cfr. BLUMENBERG, H., Die Legitimität der Neuzeit ,
Frankfurt a. M. 1966; ID., Säkularisierung und Selbstbehauptung,
Frankfurt a. M. 1974; DRAPER, W., Historia de los conflictos
entre la religión y la ciencia, Barcelona 1987, con una buena
presentación de D. Nuñez; COX, H., La ciudad secular,
Barcelona 1968.
Podría ser muy interesante, en relación a las razones históricas
de la oposición de la ciencia y la religión, particularmente la
cristiana y, más en concreto, del catolicismno, las explicaciones
que nos da S. J. Gould en su “Ciencia versus religión. Un
falso conflicto”, Barcelona 2000, 99-165; especialmente en su
mención a las obras de A. D. White, “Historia de la guerra de
la ciencia con la teología en la cristiandad”, y la mencionada
de Draper. El autor nos ayuda a entender la razón de ser de estas
obras críticas, de su época y de los prejuicios que jalonan dicho
discurso.
[vi]
Cfr. LORDA, J.L., “El diálogo entre fe y ciencia en el magisterio
de Juan Pablo II”, en Hombre y Dios, VI Simposio de
Teología, Pamplona 1985,131-134.
[vii]
Cfr. A la Academia Pontificia de Ciencias (10-XI-1979),
“Centenario de A. Einstein”, Documentos Palabra, 423-424;
Discurso a la Sociedad Europea de Física (30-III-79), “Ciencia y
fe”, O. R., edic. esp., 26-VIII-79; Discurso a los
profesores y estudiantes universitarios, catedral de Colonia, (15-XI-80),
“Ciencia y fe”, Documentos Palabra, 386 . Para ampliar se
puede consultar la bibliografía de los Discursos
anteriormente propuesta en la nota 2.
[viii]
Respecto de la obligación de los teólogos de estar al día de la
ciencia, entre otros: “Es obligación de los teólogos estar
regularmente informados de los logros científicos para examinar,
dado el caso, si procede o no tenerlos en cuenta en su reflexión o
llevar a cabo revisiones en su enseñanza”: Audiencia de Juan Pablo
II a los participantes en la Sesión Plenaria de la Pontificia
Academia de Ciencias (31-10-1992), “Rehabilitación de Galileo”,
Ecclesia, 21-11-1992,19(1775).
[ix]A
la Asamblea Plenaria de la Pontificia Academia de
Ciencias(31-10-1988), “Promover la colaboración interdisciplinar”,
Ecclesia, 3-12-1988, 28(1776)-29(1777).
[x]Cfr.
JÁUREGUI, J. A., Dios, hoy, Oviedo 1992, 67.
[xi]
Una amplísima bibliografía sobre Filosofía de la Ciencia, en
general, y en lengua española, en particular, en ECHEVERRÍA, J.,
Filosofía de la Ciencia, Akal, Madrid 1995,193-215; así mismo,
es interesante el manual de ARTIGAS, M., Filosofía de la
ciencia, Eunsa, Pamplona 1999.
[xii]
Cfr. MASON, S., Historia de la ciencia ,5 vol. Alianza,
Madrid; SARTON, G., Historia de la ciencia (hasta 1400). 3
vol. en 5 tomos, Eudeba, etc.
[xiii]
Cfr. MERTON, R.K., “La sociología del conocimiento” en su libro
Teoría y estructura sociales, México, FCE, 1964; POPPER, K.R.,
La Sociedad abierta y sus enemigos, Buenos Aires 1950;
AA.VV., La sociología del conocimiento y de la ciencia,
Madrid 1994; TORRES, C., Sociología política de la ciencia,
Madrid 1994; AA.VV., Sociología de la Ciencia, CSIC, Madrid
1995, etc.
[xiv]
Sobre si la equiparación de denominación es legítima, el profesor
Ángel Luis González manifiesta que “La teología natural es parte
de la metafísica que estudia a Dios. Es denominada también
teodicea.. (Este) término (teodicea) ha hecho fortuna, quizá
en parte por temor a que la teología natural se identificara con
la teología sin más... Suele olvidarse, sin embargo, que el
vocablo teología surgió con una acepción puramente filosófica con
los filósofos griegos(..). Además, es preferible el nombre de
teología natural por cuanto da razón más perfecta de su objeto o
contenido.. En efecto, el nombre de teología natural señala
cumplidamente el ámbito de nuestro estudio. Es teología, es decir,
tratado de Dios; y natural, o sea, por las solas luces de la razón
natural. Lo único que falta señalar es la precisa formalidad por
la que Dios es alcanzado, a saber, metafísica; es decir, a partir
de una ratio entis se alcanza la causa primera del ser de
todas las cosas. No se accede a Dios secundum quod in se
est, lo que es Dios en su esencia(..), sino como causa de las
cosas.(...). Esa definición pone de manifiesto dos cosas: a) su
diferencia respecto de la teología sobrenatural; y b) la
perspectiva de la teología natural es esencialmente metafísica,
constituyéndose como una parte de ella” Cfr: GONZALEZ, A.L..,
Teología natural, EUNSA, Pamplona 1985, 21-22.
[xv]
“Las ciencias buscan explicaciones de los fenómenos naturales en
términos de otros fenómenos o causas, adoptando punto de vistas
particulares. En cambio, la filosofía de la naturaleza busca
explicaciones que se refieren al “ser” y a los “modos de ser” de
las entidades y procesos naturales”:ARTIGAS, M., Filosofía de
la naturaleza, Eunsa, Pamplona 19984,21.
[xvi]
Cfr. PIÉ-NINOT, SALVADOR, “La identidad de la Teología
Fundamental. Del Vaticano II a la Encíclica ‘Fe y Razón`”, en
Teología Fundamental. Temas y propuestas para el nuevo milenio,
Bilbao 1999, 19-80.
[xxi]No
menos importante sería una teoría de la ciencia y la teología:
Véase al respecto, añadiendo la rica bibliografía citada, a W.
PANNENBERG, Teoría de la Ciencia y Teología, Cristiandad,
Madrid 1981 y, últimamente H. PEUKERT, Teoría de la Ciencia y
Teología fundamental, Herder, Barcelona 2000; ROVIRA BELLOSO,
J.M., Introducción a la teología, BAC, Madrid 1996, 79-117.
Pannenberg,
se plantea la cientificidad de la teología y el lugar, en su caso,
que debe ocupar en los estudios universitarios. En la Edad Media
se juzgaba natural que fuese la teología la ciencia por
antonomasia. A partir de los siglos XV y XVI, todo cambia. Desde
ese momento, ciencia sólo pueden serlo la físico-matemática y, por
generosa concesión, la biología, con normas invariables e
indestructibles y un método ajeno al azar y la contingencia. Lo
mismo habría que pensar de las ciencias humanas o del espíritu,
que carecerían también, como la teología, de base científica al no
ser comprobables por el experimento. Así se pensó desde Galileo y
Descartes hasta bien entrado el siglo XIX. Pannenberg , con este
libro, quiere poner punto final a esa tradición, afirmando que la
teología es una ciencia, de tan riguroso y exigente estatuto como
la físico-matemática.
Por otra
parte, Helmut Peukert, en su denso y elaborado trabajo nos
previene que en el debate sobre la teoría de la ciencia librado en
el siglo XX se ha impugnado radicalmente la posibilidad de la
teología, en cuanto que se negaba que se dispusiera de los medios
lingüísticos necesarios para plantear problemas que pudieran tener
una dimensión teológica. El autor quiere con su trabajo, a raíz
de la confrontación con la discusión teórico-científica,
desarrollar una propuesta para una teología fundamental, esto es,
para una especie de teoría básica de la teología, desde las
reflexiones sobre el enfoque fundamental de la teología por una
lado y los resultados aportados en los últimos decenios por la
investigación sobre la teoría de la ciencia por otro. A lo largo
de esta obra, Peukert estudia los enfoques de la teología que
podrían reclamar la pretensión de que desarrollan una teoría
básica de esta ciencia; investiga la evolución de la teoría de la
ciencia de los últimos tiempos, tanto a través de la investigación
teóricocientífica como de los problemas básicos de la lingüística
y la sociología, para terminar, sobre el telón de fondo de las
reflexiones teológicas y teórico-científicas, la dimensión del
problema en la que puede utilizarse de forma responsable un
lenguaje teológico. El autor, por tanto, elabora un discurso
teológico que fundamenta y desarrolla formalmente los contenidos y
la metodología de la ciencia teológica. Acoge los logros de la
Teología Fundamental más próxima y dialoga con la Teoría de la
Ciencia contemporánea, acerca de las concepciones de la
racionalidad humana.
[xxii]
Un interesante artículo sobre las “Ciencias Naturales y Teología”
de Gernot Eder, en Sacramentum mundi: Enciclopedia teológica
1, Barcelona 1982, 746-751. En dicho artículo se desarrollan los
conceptos correspondientes a las Ciencias naturales, su objeto,
las leyes, su metodología y, a su vez, lo que ha de entenderse por
Teología y su objeto, para terminar con un apartado dedicado a la
relación entre la teología y dichas ciencias.
[xxiii]
TORRES QUEIRUGA, A., Fin del cristianismo premoderno. Retos
hacia un nuevo horizonte, Santander 1999, 172-173. Sobre esta
misma cuestión, Polkinghorne nos dice que en el pensamiento
teológico del siglo XX, la teología natural no ha gozado de muchas
simpatías. Pero, a pesar de todo, en la actualidad se está
recuperando a manos, más que de teólogos, de físicos, en dos
aspectos importantes: sus pretensiones son más modestas, ya que no
intentan buscar pruebas, sino abrir nuevas perspectivas, ya que el
teísmo daría mejor razón del mundo que el ateísmo y, en segundo
lugar, no se recurre a sucesos o entidades concretas,
interesándose, la nueva teología natural, por el fundamento de
toda explicación científica, es decir, por las leyes de la
naturaleza. Esta nueva visión no rivaliza con la ciencia en el
dominio propio de ésta: no pretende facilitar respuestas a lo que
en esencia son preguntas científicas, sino servir como complemento
de la ciencia. Afronta algunas metacuestiones que desbordan las
fronteras del pensamiento científico. No es al Dios tapaagujeros a
quien recurre, sino al Dios cuya voluntad no caprichosa cobra
expresión en las leyes de la naturaleza que la ciencia descubre,
pero no explica. Lo que ha dado pie al resurgir de la teología
natural sería la percepción de que las leyes naturales poseen
ciertas características que hacen que no puedan ser consideradas
ni suficientemente satisfactorias desde un punto de vista
intelectual ni completas por sí solas.. Al contrario, su forma
misma suscita preguntas que desbordan la capacidad de respuesta de
la ciencia; por eso se las entiende como indicadores que señalan,
más allá de la ciencia, a la necesidad de una visión más profunda
y abarcante. Esta manera de tratar el tema viene a cuento de dos
metacuestiones que se presentan insistentemente: “¿por qué nos
resulta el mundo físico tan inteligible?” y “¿por qué se da entre
sus leyes ese ajuste fino que abre la posibilidad de una historia
fecunda?”. O brevemente: “¿por qué es posible la ciencia?” y “¿por
qué es tan especial el universo?” Cfr. POLKINGHORNE, J.,
Ciencia y Teología, Santander 2000, 105-107. Un buen tratado
sobre esta misma materia podría ser WEISSMAHR, BÉLA , Teología
natural, Herder, Barcelona 1986.
[xxiv]
“Si tenemos en cuenta lo que para la especie humana es la
religión, y lo que es la ciencia, no habrá exageración en decir
que el curso futuro de la historia depende de lo que esta
generación decida en orden a las relaciones entre ambas”:
WHITEHEAD., La ciencia y el mundo moderno, Buenos Aires
1949, 218-219.
[xxvi]
Un interesante trabajo del profesor Juan Arana sobre la relación
entre las ciencias y la religión, superando planteamientos
concordistas, de indiferencia mutua o paralelismo, con especial
calado histórico: J. Aranguren, J. Borobia y M. Lluch (editores).,
Comprender la religión. II Simposio Internacional de Fe
Cristiana y Cultura Contemporánea, Instituto de Antropología y
Ética, Universidad de Navarra, Pamplona, 2000 (Pamplona, Eunsa
2001), pp. 221-242.“.. pienso, escribe Juan Arana en la página 242 de la obra
citada y a modo de conclusión, que la religión puede y debe encontrar
en la ciencia un aliado natural en el futuro más inmediato. Sus
cultivadores han conservado en general el amor
a la verdad, son fieles al compromiso de buscarla y se aferran la
esperanza de dar con ella, por
encima de todos los desalientos, escepticismos y relativismos que
aquejan a nuestra cansada civilización.
Si he comentado una serie de casos adversos, es porque creo que
describen las patologías que resultan cuando
el hombre de fe se desentiende del sentido filosófico de la
ciencia y descuida el :trabajo de
entrar en diálogo con ella. Etienne Gilson, que no consideraba
imperativa esta comunicación, era en cambio
muy consciente de cuan perjudicial resultó para la religión la
pretensión de destruir la filosofía por
un malentendido celo antirracionalista de los teólogos: «Cuando la
religión intenta establecerse
sobre las ruinas de la filosofía, lo normal es que surja un
filósofo decidido a fundar la filosofía sobre
las ruinas de la religión.» Pienso que lo mismo puede decirse de
la ciencia y los científicos
pues, como amantes de la sabiduría, también ellos son filósofos.
Hoy como siempre son muchos los
grandes nombres de la matemática, la cosmología, la física, la
química y la biología que se formulan a sí
mismos las últimas preguntas, esas que sólo pueden ser respondidas
desde la religión y, tomando un
primer impulso en sus propias investigaciones, se abren hacia un
concepto más pleno y menos
condicionado del saber. La falta de interlocutores válidos
asentados profesionalmente en la óptica religiosa hace
que muchos de esos esfuerzos fracasen o se desvíen hacia
respuestas parciales, erróneas y hasta
erráticas. Pero los espíritus se mantienen despiertos y, si hay un
terreno en el que la buena semilla tiene
posibilidades de germinar, yo creo que seguramente éste es de los
mejores.”
(También: http://www.unav.es/cryf/lafedelsabio.html).
[xxvii]Cfr.
RUIZ DE LA PEÑA, J.L., Teología de la creación, Santander
1986,219-225; ID., Crisis y apología de la fe. Evangelio y
nuevo milenio, Santander 1995.
[xxviii]Cfr.
MONOD, J., El azar y la necesidad, Barcelona 1985; BENZO,
M., Sobre el sentido de la vida, Madrid 19804;KÜNG, H.,¿Existe Dios?, Madrid 19794,
877ss. Una interesante réplica a la obra de Monod es Azar y
certeza, Madrid 1975. Es ésta una obra de Georges Salet,
biólogo y matemático y un no menos interesante prólogo del
traductor J. Garrido, Académico correspondiente de la Real
Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Para Salet, los
recientes descubrimientos de la Biología molecular permiten
plantear sobre nuevas bases las teorías de la evolución. J. Monod,
en su libro Azar y necesidad ha intentado fundamentar el
transformismo de las especies en términos de azar y necesidad,
admitiendo como premisa indiscutible la existencia de una
evolución biológica progresiva y universal. J. Salet, adopta una
actitud crítica apoyado en los resultados de la Biología actual.
Basándose en las leyes de la probabilidad demuestra
matemáticamente la imposibilidad de una evolución progresiva por
medio del mecanismo “mutación-selección”. Un análisis profundo de
los mecanismos biológicos fundamentales le ha permitido mantener
que la teoría de la evolución, tal y como la presentan los
biólogos, se basa únicamente en prejuicios filosóficos muy
discutibles. Sus fundamentos científicos positivos resultarían
cada vez más insostenibles. Para Garrido, “Georges Salet, ..,
adopta la sana postura de un científico independiente de todo
prejuicio cientista o naturalista. (...). Este libro es, en cierto
modo, un comentario y una crítica de la conocida obra de J.
Monod Azar y necesidad, que repite con un lenguaje moderno las
tesis materialistas y ateas ya enunciadas hace muchos siglos por
HERÁCLITO y DEMÓCRITO. Reconoce, sin embargo, MONOD que sus
postulados de base son indemostrables y no tiene más remedio que
admitir también el carácter “teleonómico” (no se atreve a decir
“finalista”) de los seres vivos, lo cual introduce un misterio,
que representa una contradicción epistemológica profunda”.
La tesis de
SALET, por el contrario, es puramente científica; estudia los
hechos de modo objetivo y los analiza con un pertinente
instrumento matemático. Demuestra que la probabilidad de que la
selección natural haya actuado positivamente desde el origen de la
vida es casi nula.(...).
En el libro
de SALET, prosigue J. Garrido, se enfoca valientemente el problema
fundamental del transformismo y se demuestra también la
imposibilidad del origen de la vida por causas meramente
naturales, ya que la duración de los tiempos geológicos es
inconmensurablemente corta frente al tiempo que se necesitaría
para que se hubiese producido por el juego del azar. El recurrir a
una especie de “demonio de Maxwell” es completamente ilusorio.
La conclusión
de SALET es breve y se puede resumir en una frase lapidaria: “No
hay más remedio que admitir que la Inteligencia es anterior a la
Vida”.
(...).
Los que
admiten, añade Garrido, una primera Causa en el origen y gobierno
del mundo no está, como algunos creen, en condición de
inferioridad con respecto a los que la niegan. Por el contrario,
el análisis de las causas segundas puede llevarse a cabo más
objetivamente cuando se admite la posibilidad de la existencia y
la posible actuación de ésta es un acicate para estudiar
objetivamente los límites y el valor de las causas segundas..”(pp.
XV-XVII).
[xxix]
“Con este nombre se designa una de las desviaciones más negativas
del complejo fenómeno que llamamos modernidad. Ya
desacreditado en los foros académicos, ... , sigue vigente en
ciertos sectores de la cultura dominante y en los mass media,
con su enorme incidenciaen la conformación de la
opinión pública. El cientifismo sobrevive, en efecto, en una
racionalidad tecnológica, instrumental, y en un poder tecnocrático
tan seguros de sí mismos que declaran irracional e inservible
cuanto no encaje en su universo teórico, en sus hábitos
discursivos y en sus modalidades práxicas.
Teniendo como
ilustres predecesores el positivismo comtiano y la polémica sobre
las dos culturas -la científica y la humanista- iniciada en
Inglaterra por Thomas H. Huxley, la partida de nacimiento de la
actitud cientista contemporánea se remonta a 1929, año en el que
está fechado el célebre Manifiesto del Círculo de Viena. El
propósito de sus autores es poner de relieve lo mucho que los
contenidos y el método de las ciencias de la naturaleza pueden
aportar a una concepción de lo real rigurosa, exacta,
“científica”, lejos de las imprecisiones de la “metafísica y la
teología”, y cómo esta aportación influirá benéficamente en la
sociología, la economía y la política, es decir, en la
conformación de la vida real tal cual es.
El axioma
base es, pues: “ciencia versus metafísica” (donde por
metafísica se entiende toda operación intelectual que no se
ajuste a la experiencia empírica); concepción científica de la
realidad, liberada de toda bruma pseudofilosófica. La ciencia
da “claridad”, “nitidez”; la metafísica, “sombras lejanas y
profundidades insondables”. Todo es accesible a la ciencia. La
supuesta “profundidad” de lo real es un fastuoso camelo de los
filósofos; hay superficies, y tras ellas no hay
nada. “El todo no es otra cosa que superficie”. Así, pues, los
problemas auténticos pueden ser claramente formulados, indagados
resueltos; los que escapan a este tratamiento deben ser
desenmascarados como “pseudoproblemas, simulacros o apariencias de
problemas”. Metafísicos, teólogos y místicos hacen arte, no
ciencia; hacen poesía o mito, no discurso racionalmente
convalidable. Sus afirmaciones no son controlables empíricamente,
luego no son reales. Pues, “es real todo (y sólo) lo que
puede ser integrado en el conjunto del edificio de la
experiencia”. La verdad de un aserto que aspire a la racionalidad
debe poder contrastarse por la experiencia empírica. De donde se
sigue que sólo es real y verdadero lo que es empíricamente
verificable. (...).
El
cientifismo accede así a una suerte de credo articulado en dos
ecuaciones: razón=ciencia; ciencia=física. El doble
reduccionismo (epistemológico y ontológico) en ellas implicado
impone una doble y brutal amputación: la del discurso racional y
la de la propia realidad. La gravedad de ambos traumatismos se
hace patente si se considera que, en base al primer reduccionismo
(el epistemológico), se deslegitiman perentoriamente los juicios
morales; se prohibe decir que algo es bueno o malo. La ética, en
efecto, se emplaza en la esfera de la metafísica, la teología o la
mística; sus proposiciones se hurtan al postulado verificacionista
y, por tanto, carecen de sentido”( RUIZ PEÑA J.L.,
Sacerdotes para la nueva evangelización, Madrid 1992, 9-11).
[xxx]
Cfr.STEWART, I.., ¿Juega Dios a los dados?,
Barcelona 1991,7-9; 285-305.
[xxxi]Cfr.
JÁUREGUI, J. A., Dios, hoy, Oviedo 1992, 7-81.
[xxxii]
Cfr. DAWKINS, R., o. c., Barcelona 1988. También RUIZ PEÑA
J.L., Nuevas antropologías: Un reto a la teología,
Santander 1983, 79-89.
[xxxiii]
Un excelente estudio y análisis sobre la obra de Dawkins y de
Hawkins en J.L. RUIZ DE LA PEÑA, Crisis y apología de la fe,
Santander 1995, 123-154.
[xxxiv]
Cfr. RAÑADA, A., Los científicos y Dios, Oviedo 1994.
[xxxv]ORIHUEL
GASQUE,,, B., En el principio creó Dios.., Madrid 2000,
198.
[xxxvii]
Cfr. DAVIES, P., Dios y la nueva física, Barcelona 1988;
ID., La mente de Dios, Madrid 1993.
[xxxviii]Excelente
y juicioso estudio sobre el pensamiento de Paul Davies,
es el artículo de J. L. RUIZ DE LA PEÑA, “Dios y el cientifismo
resistente”: Salmanticensis 39(1992) pp. 217-243, del que
se hace eco en su libro Crisis y apología de la fe,
Santander, 1995, 115-154.
[xxxix]
Cfr. GUITTON, Dios y la ciencia, Madrid 1992.
[xl]
Cfr. GARCÍA, M.A., “Dios y la ciencia”, EL DÍA: 15 Abril
1992, 61.
[xli]
Cfr.PÉREZ LABORDA, A., ¿Salvar lo real?: Materiales para una
filosofía de la ciencia, Madrid 1983.
[xlii]Del
mismo autor, y relacionado con el tema en cuestión: Cfr. A. PÉREZ
DE LABORDA, A., Ciencia y Fe, Maroba, Madrid 1980; ID.,
Dios y la ciencia, Fundación Santa María, Madrid 1985; ID.,
“Ciencia y fe cristiana”, en La razón y las razones,
Tecnos, Madrid 1991, 147-228.
[xliii]Cfr.
BARBOUR, I., Problemas sobre religión y ciencia, Sal
terrae, Santander, 1971, 15-26.
[xliv]
Cfr. Ibid.,169-210; ARTIGAS, M. Ciencia, Razón y Fe,
Madrid 1986, 123-142; ID., Filosofía de la ciencia,
Pamplona 1999, 266-269;ID., Ciencia y fe: Nuevas
perspectivas, EUNSA, Pamplona 1992.
[xlv]
El Papa se hace eco de la incidencia que sobre los resultados y
teorías científicas tiene el observador: “el discurso sobre la
dimensión antropológica de la ciencia evoca sobre todo una precisa
problemática epistemológica. Es decir, se quiere subrayar el hecho
de que el observador está siempre implicado en el estudio del
objeto observado. Esto no sólo vale para las investigaciones sobre
lo extremadamente pequeño, donde ya desde hace mucho tiempo se
mostraron y discutieron filosóficamente los límites cognitivos
debidos a esta estrecha implicación, sino también para las más
recientes investigaciones sobre lo extremadamente grande, donde la
particular perspectiva filosófica adaptada por el científico puede
influir de manera significativa en la descripción del cosmos,
cuando se tocan cuestiones sobre todo, sobre el origen y sobre el
sentido del universo mismo.
En términos
generales, como nos muestra muy bien la historia de la ciencia,
tanto la formulación de una teoría como la intuición que ha
llebado a muchos descubrimientos, han estado con frecuencia
condicionadas por concepciones filosóficas, estéticas, y a veces,
incluso religiosas o existenciales, ya presentes en el sujeto”:
Discurso de Juan Pablo II a los participantes de la Sesión
Plenaria de la Academia Pontificia de las Ciencias (13-12-2000),
“La ciencia y el futuro de la humanidad”, Ecclesia,
30-12-2000, 39(2031)-40(2032).
[xlvi]Cfr.
GADAMER, H.G., Verdad y método, Salamanca 19977
y Verdad y método II, Salamanca 19942; MARDONES,
J. M., Filosofía de las ciencias humanas y sociales,
Barcelona 1991, 27-57;KÜNG, H., ¿Existe Dios?,
Madrid 19794, 632 ss.
[xlvii]
ARTIGAS, M., Filosofía de la ciencia, Pamplona 1999, 271
[xlix]
Sobre las relaciones ciencia-fe y sus implicaciones: Cfr. ARTIGAS,
M., La Inteligibilidad de la naturaleza, EUNSA, Pamplona
1992, 389-415; ID., Ciencia, Razón y Fe, Madrid 19863,
145-164; ID., Ciencia y fe: Nuevas perspectivas, Pamplona
1992, 59-78;147-165; ID., Filosofía de la naturaleza, EUNSA,
Pamplona 1998,307-318; ID., La mente del universo, EUNSA,
Pamplona 1999, 206-216; 432-452, ETC.
[l]Fue,
Polkinghorne, presidente del Queens’ College de Canbridge, miembro
de la Royal Society.
Antiguo profesor de física matemática. Entre sus últimas obras
cuentan: Quarks, Chaos and Christianity (1994), Beyond
Science (1996), Scientists as Theologians (1996),
Belief in God in an Age of Science (1998),
Science and
Theology. An
Introducción
(1998), esta última traducida al español y publicada en Sal Terrae:
Ciencia y teología: Una introducción, Santander 2000. En
esta última obra, traducida al español, Polkinghorne manifiesta el
interés que en los últimos años ha suscitado la relación de la
ciencia y la fe, tanto en escuelas superiores como en
universidades. “Sin embargo -añade-, en mi opinión,
hasta ahora no ha habido disponible un libro de texto. Me refiero
a un manual que aborde la modesta pero útil tarea de ofrecer una
equilibrada visión de conjunto del panorama intelectual que nos
ocupa; una obra que , presentando de la materia más clara posible
los diversos temas que están abiertos a discusión, explique los
diferentes enfoques bajo los que pueden ser tratados y refleje las
opiniones de aquellos autores que han realizado contribuciones
significativas a su estudio”( o.c., 11.)
[li]
UDÍAS, A., El universo, la ciencia y Dios, PPC, Madrid
2001, 5.
[lii]
MARTINI, CARLO MARÍA, Horizontes y límites de la ciencia,
Edicep, Valencia 2002, 155-176.
[liii]Cfr
:ADORNO, T.W y HORKHEIMER, Dialéctica de la Ilustración,
Trotta, Madrid 1994, CASSIRER, La filosofía de la Ilustración,FCE,
México 1993, VATTIMO GIANNI y ALDO ROVATTI PIER, El pensamiento
débil, Catedra, Madrid 1988, LADRIERE JEAN, El reto de la
racionalidad, Sígueme, Salamanca 1977, HERNÁNDEZ PACHECO,
JAVIER, Corrientes actuales de Filosofía: La Escuela de
Francfort. La filosofía hermenéutica, Tecnos, Madrid 1996,
15-154, FEYERABEND, PAUL, Contra el método, Tecnos, Madrid
19922, ID., Adios a la razón, Tecnos, Madrid, 1987...
[liv]
FORTE, BRUNO, “Por una heteronomía fundadora” en MARTINI, CARLO
MARÍA, Horizontes y límites de la ciencia, Edicep, Valencia
2002, 156.
[lv]
POLKINGHORNE, JOHN., “Ciencias y Teología en el siglo XXI”, en
Selecciones de Teología 40 (octubre-diciembre, 2001), 270.
El artículo original es : Science and theology in the
twenty-first century, Zygon 35 (2000), 941-953.