ABSTRACT:Hasta
ahora con el texto ¿Teología de
la ciencia? I, hemos querido presentar algunas las implicaciones teológicas de
la ciencia y científicas de la teología y la necesidad que tienen
particularmente los teólogos de estar al día del conocimiento de las
ciencias. Para ello hemos recurrido a opiniones ciertamente
respetables. En adelante entraremos a tratar los no menos importantes
aspectos puntuales de esa interrelación de la Teología y de la Ciencia
y, asimismo, posibles deficiencias cientistas, imprecisiones y
presupuestos filosóficos e inconsistencias teológicas que, de alguna
manera hemos entrevisto a la hora recoger las opiniones que mostró
Bruno Forte en el desenlace de nuestro primer artículo sobre la
cuestión.
..................................
DATOS AUTOR
Perfil/Área trabajo
Profesor Facultad Educación Universidad ULL
(Tenerife).
“La fe es creer; la
Teología trata de hacer comprensible la fe porque -en palabras de San
Anselmo- <<sería una gran negligencia el no tratar de comprender lo
que creemos>>. La ciencia progresa gracias al planteamiento de
preguntas importantes hechas por científicos excepcionales. Como dice Khun, la ciencia no crece -al menos en sus momentos más decisivos, por
otro lado cada vez más próximos entre sí en el tiempo por la
aceleración histórica- por acumulación de contenidos sino por cambios
de paradigmas; es decir, concepciones radicalmente nuevas de un
determinado campo científico. Ello puede implicar cambios en la
Teología, tal como sucedió con el concepto teológico de creación como
consecuencia del paradigma de la teoría biológica de la evolución.
Como señalaba el profesor Julián Rubio, esos momentos de aceptación de
un nuevo paradigma por parte de la comunidad científica son los
momentos críticos en la relación ciencia-creencia. Muchas veces la
Teología ha necesitado abrirse a los nuevos paradigmas por la presión
creciente de los creyentes que se sienten desconectados de la realidad
del mundo que les rodea: son los <<signos de los tiempos>> de los que
habla el Concilio Vaticano II en la Constitución Gadium et spes,
n. 5. El problema -decía Rubio- es que la reacción teológica no se
produce en el momento histórico crítico, sino con retraso, a veces
excesivo, debido a la falta de intercomunicación (¿recelo?) entre la
Teología y la ciencia. (...). En definitiva -opinaba Rubio- uno
percibe con desasosiego el forcejeo y la manipulación que conducen a
un resultado final de ajuste a todas luces insuficiente. Sin ignorar
el riesgo de aceptar el conocimiento humano como algo definitivo,
sería de desear que los teólogos aceptaran las sugerencias de los
científicos que echan de menos una mayor permeabilidad de la Teología
a la influencia positiva de otras ciencias”. [1]
Se echaba de menos la apertura de los
teólogos a las cuestiones científicas en sus elaboraciones y estudios.
A partir de ahora indicaremos, no más, según hemos señalado, la
necesidad, en ese diálogo, de precisar desde la teología y filosofía
ciertos términos e implicaciones que desbordan al campo de las
ciencias naturales y que abren las puertas para aplicar el bisturí de
aquellas disciplinas en estos pagos.
2)
Aspectos puntuales de la interrelación de la Teología y
la Ciencia y posibles deficiencias cientistas, imprecisiones y
presupuestos filosóficos y ciertas inconsistencias teológicas
A la luz de lo expuesto
anteriormente, queda claro el deslizamiento de las ciencias naturales
hacia el terreno del sentido, considerado como el espacio
propio de las ciencias humanas, por parte de no pocos estudiosos [2]. El
neopositivismo había expulsado como “sinsentido la pregunta por el
sentido”, en el ámbito de la ciencia propiamente dicha; serán ahora
los científicos los que reivindiquen o se planteen, no sólo cómo,
sino el por qué y
para qué [3].
En definitiva, las denominadas ciencias
duras hacen pensar a no pocos que la filosofía y la teología,
demonizadas como carentes de significado, ya sea por no responder a
la formalidad tautológica o a la experimentación como criterio de
demarcación, han entrado por la ventana en este privilegiado espacio
de debate, después de haber sido expulsadas por la puerta,
precisamente en nombre de la ciencia [4],
sin que esto signifique ignorar los niveles correspondientes a cada
tipo de conocimiento. “Los científicos -nos recuerda Mariano Artigas-
son seres humanos que, como cualquier otra persona deben
afrontar problemas filosóficos y teológicos, y a veces puede suceder
que algunas situaciones científicas les muevan a plantear tales
problemas. Sin embargo, cuando los científicos se plantean tales
cuestiones, están empezando a comportarse como filósofos o teólogos”. [5] Sin
perjuicio de lo ahora dicho, quizá abría que llegar más lejos. No sólo
cuando el científico se plantea ciertas cuestiones que rebasan su
competencia como tal para introducirse en los ámbitos de la filosofía
y teología, sino que: ¿hasta qué punto en su propio terreno podemos
hacer un corte limpio entre los hechos y los valores, entre lo que se
entiende por ciencia estricta y “especulaciones”
filosóficas-teológicas, entre contexto de descubrimiento y contexto de
justificación?. Javier Echeverría, en uno de sus libros, Filosofía
de la Ciencia, nos recuerda que “Frente a los pensadores
empiristas que buscaban una fundamentación de la ciencia en los hechos
y en la correspondencia entre el mundo y el conocimiento científico,
pero también contra la concepción racionalista teleológica de la
ciencia (Popper, Lakatos, Laudan, etc.)... se afirma la profunda
influencia que tienen los criterios axiológicos sobre las diversas
modalidades de la praxis científica. En lugar de pensar que la ciencia
está regida por se por unos objetivos o finalidades que hay que tratar
de satisfacer, aunque sea paso a paso y sin llegar nunca a la meta,
aquí se afirma que los objetivos de la ciencia surgen a partir de unos
valores previos. La Axiología de la Ciencia se convierte así en la
clave para estudiar filosóficamente los diversos tipos de praxis
científica, incluida aquella que busca aumentar el conocimiento o
aproximarse a la verdad" [6].
Hawkins
no se resigna, por otra parte, a dejar cuestiones tan fundamentales
como el por qué de las cosas, a veces ignorada por los filósofos,
sino que las reivindica: “Hasta ahora -escribe- la mayoría de los
científicos han estado demasiado ocupados con el desarrollo de nuevas
teorías que describen cómo es el universo para hacerse la
pregunta de por qué. Por otro lado, la gente cuya ocupación es
preguntarse por qué, los filósofos, no han podido avanzar al
paso de las teorías científicas. En el siglo XVIII, los filósofos
consideraban todo el conocimiento humano, incluida la ciencia, como su
campo, y discutían cuestiones como, ¿tuvo el universo principio?. Sin
embargo, en los siglos XIX y XX, la ciencia se hizo demasiado técnica
y matemática para ellos, y para cualquiera, excepto para unos pocos
especialistas. Los filósofos redujeron tanto el ámbito de sus
indagaciones que Wittgenstein, el filósofo más famoso de este siglo,
dijo: ‘la única tarea que le queda a la filosofía es el análisis del
lenguaje (...).
No obstante, si
descubrimos una teoría completa, con el tiempo habrá de ser, en sus
líneas maestras, comprensible para todos y no únicamente para unos
pocos científicos. Entonces todos, filósofos, científicos y la gente
corriente, seremos capaces de tomar parte en la discusión de por qué
existe el universo y por qué existimos nosotros. Si encontrásemos una
respuesta a esto, sería el triunfo definitivo de la razón humana, por
que entonces conoceríamos el pensamiento de Dios”.
[7]
Este pronunciamiento de Hawking resume a la perfección el corrimiento que, desde posturas, en
principio neutralmente científicas, se viene dando entorno a
cuestiones particularmente candentes para nuestra especie: el
principio y fin del universo, el problema del origen de la vida, la
razón de ser de un universo supuestamente pensado para el hombre, el
universo antrópico, lo sorprendente de la presencia del orden
en el cosmos, etc. Da la impresión de que estas y otras preguntas no
se agotan en las “soluciones” científicas, sino que muchas de
las respuestas, por otra parte provisionales, según el pensamiento
popperiano
[8],
nos abren aún más interrogantes, desembocando en el terreno de la
metafísica y teología. Son significativas, abundando en el tema,
aquellas palabras de José Delicado Baeza: “La ciencia por sí
sola no es capaz de alcanzar una visión completa y coherente de toda
la realidad. Lo dicen ya muchos científicos, conscientes de las
limitaciones metodológicas de su propia especialidad. Y un filósofo de
las ciencias, K. Popper, por eso llega a escribir: ‘Hemos de hacernos
a la idea de que vivimos en un mundo en el que casi todo lo que es muy
importante ha de quedar esencialmente inexplicado` Esta concepción
permite dejar un camino abierto para la recuperación del misterio. De
ahí que I. Prigogine, premio Nobel de Química, proponga una ‘nueva
alianza` entre razón científica y la filosófica. Ya había dicho A.
Einstein: ‘La experiencia más hermosa que tenemos a nuestro alcance es
el misterio ... la certeza de que existe algo que no podemos
alcanzar”.
[9]
Como confesaran I.
Prigogine y J. Stengers, se justifica este deslizamiento de la
pregunta por el sentido, desde las ciencias de la naturaleza, apelando
a “la necesidad que sentimos (los científicos) de liberarnos de la
imagen... de una racionalidad científica neutra”, y añadiendo que “
las ciencias no pueden separarse de la aventura humana .., sino que
participan de la creación de sentido con el mismo título que el
conjunto de las prácticas humanas"
[10].
El mismo ex Director de la UNESCO y científico, Federico Mayor
Zaragoza, en una entrevista, se expresaba así: “Puedo decirle que,
en mi caso, a medida que he dispuesto de un mayor número de datos
sobre la estructura última del universo físico y del universo
biológico, cada vez que he llegado a un punto más allá en esta tarea
de desvelamiento progresivo que constituye la ciencia, me he sentido
fortalecido en mis principios y creencias y no he sentido en ningún
momento la existencia de desarmonía, de incompatibilidades o de
incoherencia entre ambos planos ... La ciencia no oculta la huella de
Dios, sino todo lo contrario, pues la ciencia constituye, a mi modo de
ver, un camino especialmente apto -ya no digo iluminado, sino
luminoso- para poder finalmente descubrir la presencia de Dios en la
vida del hombre y del universo, alcanzando a comprender el sentido
último de todo cuanto existe."
[11] Termino
este repertorio de opiniones autorizadas, ya que este no es el caso de
traer a colación todos los pronunciamientos respecto de la relación de
la ciencia y la fe, con el testimonio de quien reconoce haber sido
toda la vida un ateo practicante, Allan Sandage, uno de los
astrónomos más famosos de nuestro tiempo, pero para quien, después de
tanta investigación y estudio, la explicación del universo excede a la
ciencia misma: “Sólo a través de lo sobrenatural se puede explicar el
misterio de la existencia del universo.. Mi carrera científica
-añade- me ha conducido a la conclusión inevitable de que el mundo es
demasiado complicado como para que la ciencia por sí sola pueda
explicarlo."
[12]
Y en el horizonte del
sentido
[13] nos encontramos, según hemos podido constatar en algunos casos
paradigmáticos, con la cuestión Dios; es decir, no pocos problemas
científicos acaban utilizando argumentos teológicos:
“En el
caso de Einstein es, a este respecto, ilustrativo. Su teoría general
de la relatividad se inspiró (apriorísticamente) en la persuasión de
la ‘armonía`, de que la entera naturaleza está determinada por una
conexión unitaria, y se proponía como objetivo no tanto describir los
hechos físicos de forma más exacta cuanto alcanzar una imagen del
mundo más nítida y coherente. Según él, en efecto, el fin de la
ciencia no es formular enunciados empíricamente correctos, sino ‘hacer
concebible la realidad`. Que las preocupaciones extracientíficas
tampoco fueron ajenas a sus discrepancias con Bhor y la escuela de
Copenhague lo evidencia la frase con la que rechazó el principio de
indeterminación y que se ha hecho proverbial: ‘el buen Dios no juega a
los dados`. Es decir, como los mejores tiempos de Copérnico y Newton,
el argumento decisivo de una discusión científica es .. ¡de orden
teológico!
No es éste el único
caso actual de empleo de argumento teológico en un debate científico.
La interminable controversia teológica entre vitalistas y
antivitalistas, finalistas y antifinalistas, delata una preocupación
teológica. Recordemos a este propósito las palabras de Skolimowski:
‘parecemos simplemente incapaces de librarnos de nuestros vínculos
con la Teología.,.. Newton, con su ciencia, intentó seguir a la
Teología. Nosotros, con la nuestra, intentamos destruirla. Intentando
escapar desesperadamente del predicamento de la Teología, hemos creado
una antiteología que, no obstante, es ella misma una teología. El
espíritu científico ha intentado eliminar todo vestigio de Dios y de
teología del dominio del conocimiento... hasta el grado de que se ha
convertido en una nueva teología, una teología anti-deísta. Ello está
muy claro en biología. Demasiado a menudo, las discusiones
(biológicas) ... se convierten indirectamente en discusiones
teológicas sobre los orígenes de la vida (Ampliamos el texto de Ruiz
de la Peña). Casi invariablemente en dichas circunstancias los
positivistas esgrimen su amplia bandera de antimetafísica y de la
antiteología, denunciando cada uno de los indicios de teología
antigua, de Planes Maestros que descifran en los inocuos postulados de
los evolucionistas que simplemente pretenden que en la vida hay algo
más que la física. Parece como si los científicos hubieran tomado
sobre sí el papel de sacerdotes. Como vigilantes auto-designados,
intentan retener y suprimir cualquier desviación del punto de vista
del mundo “superior”, secular o científico. Asumir esta actitud no es
ser tolerante ni, en realidad, ser científico, ya que los puntos a
debatir están mucho más allá de la jurisdicción de la ciencia"
[14].
Dicho lo
dicho, ha llegado el momento de advertir en el discurso de muchos de
los escritos científicos, las no pocas inconsistencias o deficiencias
de carácter cientifistas, metafísicas y teológicas, lo que, parece,
haría necesaria una lectura filosófica y teológica de sus
aseveraciones. Es decir, se trata de poner en evidencia que lo mismo
que, valga el caso, con una Filosofía de la ciencia nos ayudaríamos en
el rastreo de las afirmaciones filosóficas de algunas tesis
científicas, así con una Teología de la ciencia, tendríamos mayor
posibilidad para establecer, en su momento, la oportunidad o no y
alcance de ciertas aserciones teológicas en los discursos científicos.
Con los apartados
posteriormente dedicados: a) Teología residual y/o cientifismo
resistente; b) Presupuestos e imprecisiones filosóficas de la
ciencia y, finalmente c) Desinformación teológica de ciertas
afirmaciones científicas, se nos hará más comprensible la urdimbre
científica-filosófica-teológica presente en este debate y la
necesidad, por una parte, de establecer fronteras, no impenetrables,
sino con delimitación de los discursos, al mismo tiempo que
construimos un tejido de implicaciones mutuas con los respectivos
hilos científico-filosófico-teológico. Se puede pecar aquí por exceso
o defecto. Se puede ser reduccionista o bien holista, pero siempre
estamos llamados a ser conscientes de la tentación de cientismo,
ligereza a la hora de asumir o ignorar los presupuestos, ya
filosóficos o teológicos y, por supuesto, las insuficiencias
teológicas del discursos científico, como científicas en los
pronunciamientos teológicos y filosóficos.
2.1Teología residual o/y cientifismo
resistente.
Respecto a Dios y la
ciencia, con una postura que intenta ser tolerante, aunque a veces se
percibe cierto tufo cientifista, Claude Allègre, miembro de la
Academia de Ciencias de Francia desde 1995 y exministro de Educación
de su país, manifiesta que la ciencia no puede invalidar
ni confirmar la existencia de Dios
[15],
“por principio, la ciencia -dice- excluye a Dios de su campo de
razonamiento. La Place tenía toda la razón cuando declara a Napoleón,
‘¡no necesito esta hipótesis!`. Como ya hemos dicho, la ciencia
excluye la intervención de Dios de su campo de trabajo, por método, no
por convicción. Para la ciencia, quiero decir, para el método
científico, la intervención de Dios sólo puede ser ‘residual`, sólo
‘eso que no se explica`. Pero como la ciencia avanza constantemente,
lo que todavía no se ha comprendido sigue siendo provisional (he aquí
un tic de cientifismo prometedor). La regla áurea de la ciencia es
esta, inflexible. Su método debe ser el razonamiento, la demostración,
la experiencia, la observación. Y nada más. El objetivo de la ciencia
es construir una representación del mundo ‘objetiva`, por tanto
‘verificable, con independencia de toda intervención divina.
Excluyendo a Dios de su campo, expulsa al mismo tiempo la demostración
de su existencia o inexistencia.
La
segunda razón es que la ciencia nunca podrá responder estas dos
cuestiones fundamentales: ¿Tiene sentido el universo? ¿Qué había antes
de que naciera el universo?. Dicho de forma más abstracta, la ciencia
jamás podrá explicar qué significan cero e infinito en las coordenadas
espacio-temporales. La razón está subsumida en el teorema de Gödel. En
su jerga, saber si el universo tiene sentido es cuestión ‘indecible` a
partir del estudio del universo. Para decidir sería necesario
estudiarlo desde fuera. Si estamos ‘totalmente` encerrados en un
sistema dado, no podemos saber qué hay en su exterior. No podemos
remontarnos más allá de 12.000 millones de años atrás en el universo
porque esta es la distancia a la que están de nosotros si viajáramos a
la velocidad de la luz. En consecuencia, nada podemos saber de lo que
había antes del big-bang.
Si es verdad que Dios
no es el resultado de una experimentación científica, ni en cuanto a
su afirmación o negación, no es menos cierto que en los autores
tratados muy sucintamente, como en otros, a la hora de abordar
cuestiones tan sugerentes como origen y fin del universo, la vida,
etc., no pocas veces acaban haciendo profesión de cientifismo
[17].
Recuérdese, por ejemplo que Davies pretende hacer de la física una
alternativa a la religión, aventajando aquella a la teología en la
búsqueda de Dios. Dawkins nos prometió el esclarecimiento del misterio
de nuestra existencia gracias a los mecanismos biológicos que rigen el
proceso de la vida. Hawking, más atrevido todavía, declara factible el
hallazgo de una teoría unificada que sería la teoría definitiva o
completa apta para explicarlo todo; la física deja así fuera de juego
no sólo a la religión, sino también a la filosofía, y nos permite
conocer el “pensamiento de Dios”.
En suma, este tipo de
planteamientos dejan a las claras unos hábitos mentales cientifistas,
otorgando la exclusiva el uso de la razón a la razón científica, cuya
jurisdicción se extiende a todas las esferas de lo real. A decir de
Gerad Radnitzky, el cientificismo es “la creencia dogmática de que el
modo de conocer llamado ‘ciencia` es el único que merece el título de
conocimiento, y su forma vulgarizada: la creencia de que la ciencia
eventualmente resolverá todos nuestros problemas o, cuando menos,
todos nuestros problemas ‘significativos`. Esta creencia, añade, está
basada sobre una imagen falsa de la ciencia. Muchos e importantes
filósofos, desde Nietzsche a Husserl, Apel, Gadamer, Habermas, Heelan,
Kisiel, Kockelmans y otros, han considerado el ciencismo como la falsa
conciencia fundamental de nuestra era"
[18].
Pues bien, muchos textos alusivos a nuestro caso están plagados de
esta enfermedad, el cientifismo resistente
[19],
cuyos síntomas se manifiestan en el prejuicio de la incompatibilidad
ciencia-religión, pero, por otra parte hay que reconocer que este
cientificismo se viene mostrando bastante atemperado, al insinuar
nuestros autores el carácter altamente conjetural de sus afirmaciones.
Así, por ejemplo, Davies confiesa que, “a pesar de los éxitos
espectaculares de la ciencia moderna, sería insensato suponer que ha
dado respuesta a las preguntas fundamentales"
[20].
Dawkins, respecto del origen de la vida, nuestro autor se decanta por
la teoría inorgánica mineral de G. Cairns-Smith, según la cual la
vida se basó en cristales inorgánicos que, como los silicatos, se
autoduplican, y que pudieron anexionarse moléculas orgánicas -sobre
todo ácidos nucleicos- que potencian sus posibilidades de selección
acumulativa. Una evolución adicional -siempre por pequeños cambios
graduales- condujo al código del ADN, cuya mayor potencia reproductora
terminó desplazando los duplicadores anorgánicos. Los pequeños saltos
(la selección acumulativa) de los duplicadores inorgánicos, reconoce
que son pequeños vuelos de fantasía. Pero, añade, “todas las otras
teorías sobre el origen de la vida pueden sonar forzadas y difíciles
de creer”. Mas “como científicos, deberíamos sentirnos un poco
preocupados si el origen de la vida no nos pareciese milagroso”, esto
es, si no resultase “extraordinariamente sorprendente"
[21].
Dawkins admite como inherente a este asunto la impresión de suma
improbabilidad, de milagro. Hawking subraya que “cualquier teoría
física es siempre provisional, en el sentido de que es sólo una
hipótesis: nunca se puede probar. A pesar de que los resultados de los
experimentos concuerden muchas veces con la teoría, nunca podremos
estar seguros de que la próxima vez el resultado no vaya a
contradecirla"
[22]. Ian Stewart, con el título de su libro:
¿Juega Dios a los
dados?
[23],
nos recuerda que frente a la imagen del mundo como un reloj, se ha
introducido la del juego de los dados, la indeterminación como parte
del juego de la ciencia y del mundo.
En
resumidas cuentas, estamos lejos del cientificismo puro y duro, aunque
no está de más mantener nuestra alerta a estas inclinaciones,
particularmente cuando se trata del discurso relativo a Dios.
2.2Presupuestos e imprecisiones filosóficas
de la ciencia
[24].
En la
actualidad es de patrimonio común la admisión de presupuestos
filosóficos en la ciencia y, por otra parte, no es menos cierto, como
observaremos seguidamente, la constatación de imprecisiones
filosóficas en no pocos temas fronterizos con la filosofía e incluso
con la teología. “La ciencia consiste -comenta H. Brown- en una
serie de proyectos de investigación estructurados mediante las
presuposiciones aceptadas que determinan qué observaciones se han de
hacer, cómo se han de interpretar, qué fenómenos son problemáticos y
cómo han de ser tratados estos problemas. Cuando cambian las
presuposiciones de una disciplina científica, quedan transformadas
también tanto la estructura de esa disciplina como la imagen de la
realidad del científico."
[25]
La actividad científica
parte, en principio, de la confesión de tres supuestos generales: la
existencia de un orden natural, la capacidad humana para conocerlo y
la existencia de unos objetivos de la ciencia considerados como
valores. “Es digno de mencionar explícitamente -nos dice Manuel Carreira- que todo el esfuerzo científico se basa en una doble
convicción no demostrable científicamente: que el mundo extramental
existe y no es caótico, y que la mente humana puede descubrir en él
orden inteligible. Esto, que parece obvio, era causa de admiración
constante para Einstein: ‘¡Lo más incomprensible del Universo es que
es comprensible!` ‘Allí estaba ese mundo enorme que existe
independientemente de nosotros los hombres y que se nos presenta como
un gran acertijo eterno, al menos en parte para nuestro estudio`."
[26]
Sin la admisión de tales presupuestos filosóficos, no es posible hacer
ciencia.. Por ejemplo, en la ciencia siempre suponemos que lo que
sucede tiene causas que lo explican (causalidad), que no pueden
existir aspectos incompatibles ni en la realidad ni en nuestro
pensamiento (no-contradicción), y que el mundo no es caótico, obedece
a leyes y goza de consistencia
[27].
Asumido
que la ciencia trabajo con ciertos supuestos filosóficos, también es
de reconocer como, particularmente en los temas que venimos
trabajando, no siempre se respeta el criterio de demarcación
epistemológica entre los niveles científico y metafísico del discurso
racional. Así, cuando Hawking promete explicarlo todo, o cuando
Dawkins alardea de haber resuelto con ayuda de Darwin “el misterio de
nuestra propia existencia” valdría, de ser así, en el ámbito de la
explicación científica, pero quedarían muchas preguntas en pie: ¿por
qué existe algo y no nada?, ¿por qué subsiste lo contingente?, ¿por
qué se da el orden a partir del desorden?, ¿cuál es el sentido de la
realidad?, ¿cuál es su origen y finalidad? En un lenguaje casi poético
J. Guitton, nos plantea las mismas y más cuestiones:
“¿Por qué hay algo en lugar de nada? ¿Por qué
apareció el universo? Ninguna ley física que se deduzca de la
observación permite responder a estas preguntas. Sin embargo, las
mismas leyes nos autorizan a describir con precisión lo que sucedió
con precisión al comienzo, 10 -43 segundos después del
espejismo del tiempo cero.. ¿Qué pasó, pues, en el origen, hace quince
mil millones de años? (...). Sin olvidar, desde luego, que hablar de
surgimiento del universo nos conducirá a la pregunta inevitable: ¿de
dónde viene el primer “átomo de realidad”?. ¿Cuál es el origen del
inmenso tapiz cósmico que, en un misterio casi total, se extiende
hacia los dos infinitos? (...).
Hace mil
millones de años que el sol brilla sobre la tierra de los primeros
tiempos. (Pasan los tiempos). La Tierra, el cielo y las aguas están
vacías. Sin embargo, las moléculas primitivas son constantemente
agitadas por monstruosas tormentas que desencadenan, quebrantadas
incansablemente por la formidable radiación ultravioleta del sol. En
ese estadio surge lo que, retrospectivamente, parece un milagro: en el
corazón del caos, se juntan, se combinan algunas moléculas para formar
progresivamente estructuras estables, reflejo de un orden. Ahora, una
veintena de aminoácidos existe en los océanos: son los primeros
ladrillos de la materia viva. (...). De este modo, al cabo de una
ascensión muy larga y misteriosa hacia la complejidad, emerge por fin
la primerísima célula viva: la historia de la conciencia podrá
comenzar.
Pero qué
inquietante es todavía esta pregunta, planteada un día por un físico:
¿Cómo puede un flujo de energía que se derrama sin objetivo esparcir
la vida y la conciencia por el mundo?
Pero,
¿Por qué la naturaleza produce orden? No se puede responder si no se
recuerda esto: el universo parece haber sido regulado minuciosamente
con el fin de permitir la aparición de una materia ordenada, de la
vida después y ,por fin, de la conciencia. Si las leyes físicas no
hubieran sido en rigor lo que son, entonces, como subraya el
astrofísico Hubert Reeves, “no estaríamos aquí para contarlo”. Mejor
aún: si en principio alguna de las grandes constantes universales -por
ejemplo, la constante de gravitación, la velocidad de la luz o la
constante de Plank- hubiera sido sometida a una ínfima alteración, el
universo no habría tenido ninguna posibilidad de albergar seres vivos
e inteligentes..
Este ajuste, de una precisión vertiginosa, ¿está hecho de puro “azar”
o proviene de la voluntad de una Causa Primera, de una inteligencia
organizadora que trasciende nuestra realidad?"
[28]
A estas u otras
cuestiones metafísicas, filosóficas (no físicas) se suele responder
con constataciones de hechos más que con razones suficientes,
confundiendo una descripción con una explicación de los
fenómenos. No es nada raro que se recurra al azar puro o
esencial, caso de Monod y Dawkins, cuando de origen de la vida se
trata, para reconocer solapadamente la ignorancia de una explicación
convincente, hoy por hoy. Asimismo, el recurrente concepto de la
nada, concretamente empleado en cuestiones cosmológicas, se
confunde no raramente su acepción metafísica (nada ontológica)
con el vacío cuántico, en el que ciertas partículas parecen
emerger una nada, que es ya una realidad física previa,
estado virtual que conduce al estado de materialización de
partículas. Igor Bogdanov y Grichka Bogdanov, doctores ambos en
astrofísica y física teórica, nos manifiestan, al respecto que “ las
más recientes teorías relativas al origen del universo, escribe Igor,
echan mano, literalmente, de nociones de orden metafísico. ¿Un
ejemplo?. La descripción que el físico Jhon Wheeler hace de ese “algo”
que precedió a la creación del universo: ‘Todo lo que conocemos
procede de un océano infinito de energía que tiene la apariencia de la
nada`. Según la teoría cuántica -añade Grichka- el universo físico
observable no está hecho de otra cosa que de pequeñas fluctuaciones
sobre un inmenso océano de energía. Así, las partículas elementales y
el universo tendrían por origen ese ‘océano de energía`: no solamente
el espacio-tiempo y la materia nacerían de ese plano primordial de
infinita energía y de flujo cuántico, sino que incluso estarían
permanentemente animados por él. El físico David Bohm piensa que la
materia y la conciencia, el tiempo, el espacio y el universo no
representan más que un ínfimo ‘chapoteo` respecto a la inmensa
actividad del plano subyacente, el cual proviene de una fuente
eternamente creadora situada más allá del espacio y del tiempo"
[29].
Otro caso particular,
exponente de cierta miopía metafísica, es el argumento que utilizan
no pocos físicos, entre ellos Hawking, P. Davies, Weinberg, etc.,
según el cual, el posible hallazgo de un modelo de universo sin la
singularidad del big bang, esto es, sin un comienzo temporal,
hace superfluo a Dios creador. Pues -arguye Hawking- lo que no tiene
inicio (cronológico), no tiene principio (ontológico).
Como expone textualmente Ruiz de la Peña: “Confieso que la simpleza de
este razonamiento me ha dejado atónito; realmente no parece necesario
demorarse en la denuncia de su futilidad, sobre la que se extendieron
prolijamente los metafísicos griegos y medievales. Pero la posición de Hawking se torna aún más endeble, porque no se limita a estatuir la
ecuación sin inicio (temporal)= sin principio
(ontológico), sino que añade que este ‘universo sin fronteras`(luego
sin Dios) es finito. Ahora bien, la idea de finitud
conlleva la de contingencia y postula una instancia que confiera el
ser a ese contingente, infundado. De modo que el ‘universo sin
frontera ni borde` de Hawking no equivale a un universo sin origen o
principio. Salvo, naturalmente, que de él se afirme a la vez que es 1)
sin frontera; 2) finito; 3) y, no obstante, autosuficiente,
necesario. Pero, entonces, ¿qué sentido tiene calificarlo de
finito? ¿Qué prohibe a este universo sin frontera, y además no
dependiente (ontológicamente) de nada, ‘autocontenido`,
autosuficiente, ser infinito y/o necesario?"
[30].
Si un
botón vale como muestra, lo que nos antecede nos servirá para advertir
el peligro que acecha a quienes no respetan el principio de
demarcación entre disciplinas y métodos, entre el discurso físico y
metafísico de las cuestiones.
2.3
Desinformación teológica de ciertas afirmaciones científicas.
No es
infrecuente la queja de los científicos de que los cultivadores de las
ciencias del espíritu no conocen suficientemente los resultados de las
ciencias experimentales. Pero no es menos cierto que en no pocas
aseveraciones, los científicos, tal y como hemos visto con
anterioridad, pecan de lo mismo en el terreno, valga al caso, de la
filosofía o de la teología
[31].
Hawking -autor con el queremos resumir la opinión de otros físicos y,
al mismo tiempo, contestar a las desafortunadas manifestaciones
teológicas- llegaba a decir que “La gente cuya ocupación es
preguntarse por qué, lo filósofos, no han podido avanzar al paso de
las teorías científicas. En el siglo XVIII, los filósofos consideraban
todo conocimiento humano, incluida la ciencia, como su campo, y
discutían cuestiones como, ¿tuvo el universo un principio?. Sin
embargo, en los siglos XIX y XX, la ciencia se hizo demasiado técnica
y matemática para ellos, y para cualquiera, excepto para unos pocos
especialistas. Los filósofos redujeron tanto el ámbito de sus
indagaciones que Wittgenstein,..., dijo: La única tarea que le queda a
la filosofía es el análisis del lenguaje”.
[32]
Siguiendo con Hawkins,
y ahora en lo que toca a sus conocimientos teológicos, es curioso las
razones que da para explicarse la adopción del modelo astronómico de
Ptolomeo por parte de la Iglesia: “El modelo de Ptolomeo ... fue
adoptado por la Iglesia Cristiana como la imagen del universo que
estaba de acuerdo con las Escrituras y que, además, presentaba la gran
ventaja de dejar, fuera de la esfera de las estrellas fijas, una
enorme cantidad de espacio para el cielo y el infierno"
[33].
Lo que parece ignorar Hawkins -comenta M. Arranz Rodrígo
[34]-
es que el cielo y el infierno, desde la Patrística más primitiva, no
son lugares, sino estados. El motivo de la aceptación de aquel modelo
cosmológico, amén de ser el más extendido y prestigioso del mundo
científico de la época, no era incompatible con las enseñanzas de la
Biblia. Más de lo mismo nos encontramos en Hawkins cuando trae a
colación la famosa teoría unificada, capaz de hacer innecesaria
la idea de un creador. “Incluso si sólo hay una teoría unificada, se
trata únicamente de un conjunto de reglas y operaciones. ¿Qué es lo
que insufla fuego en las ecuaciones y crea un universo que pueda ser
descrito por ellas?... ¿Es la teoría unificada tan convincente que
ocasiona su propia existencia? O necesita un creador. Y, si es así,
¿tiene algún otro efecto sobre el universo? ¿Y quién lo creó a él? (Historia
del Tiempo, 223).” Preguntarse por quien creó al creador, -opina
M. Arranz- es carecer de la más remota idea del Dios Creador de que
habla la Biblia y del contenido de la creación, tal y como lo entiende
la Iglesia Católica
[35].
Las
hipótesis que se proponen en el ámbito de la ciencia, como
alternativas -digo alternativas en cuanto se identifica la razón con
la razón científica, el cientifismo- a un universo creado, con
principio y salido de las manos de un Creador, característico
de la revelación cristiana, son, también en el pensamiento de Hawkins:
Un universo finito, pero son bordes espaciales y sin principio
temporal; la suposición de que no hubo ningún principio y lo superfluo
de la idea de un Creador.
A cada
una de estas tesis vamos a responder de la mano del profesor M. Arranz
(a.c.,551 s.). En relación a la hipótesis de un universo
inicial autocontenido, sin frontera ni borde, sin principio ni final
de Hawkins cabría responder que es posible que la historia del
universo se desarrollase así; pero también es posible que se
desarrollase de otra manera diferente. Para que un modelo cosmológico
pueda calificarse de verdadero no basta que describa los hechos
conocidos de manera matemáticamente coherente, y ni siquiera que las
predicciones hechas desde él puedan ser empíricamente contratadas.
Esto es necesario, pero no suficiente. Su modelo no es más que una
hipótesis que deja mucho que desear desde el punto de vista de la
confirmación empírica. Por ello parece aún más atrevido, partir de él
para hacer incursiones teológicas.
En
cuanto a que no hubo ningún principio, ¿significa esto que el
universo primitivo careció de fronteras reales?, ¿ no es posible de
que, aunque en las ecuaciones matemáticas que describen el estado
inicial no parezcan fronteras, éstas existan de hecho?. Como el mismo
Hawkins reconoce (p.216), nunca podremos estar suficientemente seguros
de haber encontrado verdaderamente la teoría correcta, ya que las
teorías no pueden ser demostradas, con lo cual podría, en principio,
ocurrir que un universo, que se supone finito, tuviese fronteras
reales. Tampoco se podría argumentar diciendo que tales fronteras, de
existir, carecen de significación, por ser inalcanzables para los
métodos de la física, a no ser que se parta de un indemostrable
presupuesto, a saber, que el único conocimiento que merece el nombre
de tal es el que nos proporciona la Física. Por otra parte, aquí
habría que tener en cuenta la distinción entre el principio
cronológico y el ontológico. Así se podría pensar que un universo sin
principio temporal puede tenerlo desde el punto de vista ontológico.
Por lo tanto, aún en el supuesto de que nuestro universo no tuviese
fronteras temporales, esto no implicaría que carece de todo principio.
Finalmente, a partir de
un universo autocontenido, se plantea la tesis de lo innecesario de un
Creador. Es deseo de todo científico que nada quede fuera del ámbito
de sus teorías(Cfr. Historia del tiempo, 217-218; 223-224.). De
ahí la antipatía de Hawkins por las “singularidades” que escapen a la
descripción científica. En su afán por no dejar nada fuera del ámbito
de sus teorías, pretende, lo mismo que Davies, Dawking, etc., ocuparse
desde ellas de la misma actividad creadora divina. Parece que
identifica a Dios o su actividad con una de tantas actividades físicas
presentes en el mundo
[36].
Sin embargo si algo define la acción de Dios es su trascendencia. El
Dios Creador de la Teología cristiana no es una fuerza más que actúa
al mismo nivel que las causas físicas o biológicas. Es posible que no
haya lugar para un creador como el que imagina Hawkins, Davies, etc.,
pero esa idea de creador tiene poco que ver con el pensamiento
cristiano.
En resumidas cuentas,
en el discurso científico en cuanto a su alcance teológico, se
descubre, según J.L. Ruiz de la Paña
[37]:
1)
Incapacidad para tomar en consideración la idea del “ser necesario”:
si todo tiene una causa, y Dios también, entonces no hay forma de
explicarse la consistencia de un mundo contingente. Según S. Weinberg,
recurriendo a un mito nórdico sobre el origen del Universo, esta
hipótesis no es muy satisfactoria:
“En el
origen, dice Edda, no había nada en absoluto. No había Tierra,
ni Cielo por encima de ella; había un gran abismo, y en ninguna parte
hierba. Al norte y al sur de esa nada había regiones de hielo y fuego,
Niflheim y Muspelheim. El calor de Muspelheim fundió parte del hielo
de Niflheim, y de las gotas del líquido surgió un gigante, Ymer. ¿Qué
comía Ymer? Al parecer, había también una vaca, Audhumla. ¿Y qué comía
ésta? Pues bien, había asimismo un poco de sal. Y así sucesivamente.
No quiero ofender la
sensibilidad religiosa -dice-, ni siquiera la de los vikingos, pero
considero justo decir que éste no es un cuadro muy satisfactorio del
origen del Universo”.
[38]
2)
Incapacidad para pensar la peculiar trascendencia o la inmanencia
trascendente, de Dios. La inmanencia trascendente de Dios respecto
del mundo permitiría pensar la relación entre el mundo y Dios según
una peculiar dialéctica distinción-interacción, sin que
tengamos que participar ni del dualismo, ni del panteísmo, tan
presente en estos autores.
3)
Incapacidad para concebir a un Dios personal. El término Dios
presente en muchos de esos escritos, se está entendiendo como un
mecanismo físico, parte de un proceso de devenir de lo real, un
arquitecto galáctico, precisa Davies, que no podría actuar
fuera de las leyes de la naturaleza, sin libertad para escoger las
condiciones iniciales. No es este el Dios cristiano, trascendente y
libre y que nos hace libres, realidad que rompe con el determinismo de
quien no puede admitir espacio para nada que no sea la rigidez de las
leyes.
3) A modo de
conclusión general
Parece
imponerse, por lo menos desde la teología, la necesidad de mantenerse
al día de las cuestiones fronterizas que se vienen planteando en el
seno de la ciencia y que, según venimos sugiriendo, podría
materializarse en una Teología de la Ciencia.
Las conquistas
científicas, su interpretación y capacidad para transformar la
realidad, en su versión tecnológica, obligan a la teología a superar
prejuicios, para recuperar la racionalidad científica dentro de la
visión teológica. Fruto de esa inquietud es la gran profusión de
ensayos y estudios que profundizan el diálogo entre la teología y la
ciencia, aunque desde una pluralidad de posturas, que van desde los
planteamientos de independencia hasta los que apuestan por una
asimilación de la teología a la ciencia
[39].
Entre ambos extremos se ensaya la superación de la tesis de la
inconmensurabilidad entre la razón teológica y la científica
[40].
Está la
postura, en primer lugar, que afirma la no beligerancia:
teólogos y científicos llegan al consenso sobre la mutua
heterogeneidad de sus respectivos discursos. El compromiso al que se
llega es que, por una parte, el teólogo no se atreverá a censurar los
resultados de las investigaciones físicas o biológicas, y el
científico no osará hacer manifestaciones sobre el sentido último de
la realidad (Wittgenstein y “los juegos lingüísticos”, Kuhn y la
inconmensurabilidad entre paradigmas científicos. Del lado de la
teología, K. Barth y F. Gogarten son un buen ejemplo de lo mismo).
Esta postura -a decir de Lluís Oviedo- es mayoritaria en el ambiente
teológico, pero censurada por quienes desde hace décadas abogan por el
encuentro (K. Rahner, W. Pannenberg y Schaeffler postulan la
conveniencia del diálogo, aunque a veces parece que están más
interesados en cuidar la legitimidad de la autonomía de la teología).
Otra
postura es la de las teologías que aprovechan la lección de las
ciencias para postular una revisión epistémica de los métodos
teológicos. Si la teología, vienen a decir los autores de esta
línea, quiere entrar en diálogo con la ciencias, no identificándose
con el esoterismo o la literatura, debe presentarse también con el
aval del rigor, la concisión y la claridad pertinente a este tipo de
discurso. Los teólogos que siguen esta vía se inspiran en los
desarrollos epistemológicos más recientes, es decir, a partir de K. Popper y de forma especial el holismo metodológico de Lakatos y Quine
(algunos nombres: N. Murfhy, W. Van Huyssteen, Ph. Clayton, M.C.
Banner y J. Robbins).
Un
tercer grupo de teólogos piensan que la teología no puede perder de
vista su “coherencia” respecto a lo discursos científicos. La
coherencia sería la teológica, sobre todo a un nivel individual. La
posibilidad de acordar un valor cognitivo a las afirmaciones
teológicas se centra en respuestas pragmáticas: la capacidad de
ofrecer la mejor explicación está en su capacidad o habilidad para
resolver problemas, o el funcionamiento de las teorías, incluso con
independencia de sus contenidos (Clayton, Robbins).
Un
pequeño grupo de científicos teólogos se ha inclinado, desde hace
algunos años, por la “Teología del Proceso”(I. Barbour, A.
Peacocke y J. Polkinghorne). Tienen en común la recuperación
epistemológica del realismo, tras el exceso de las teorías radicales.
Según esta tendencia, la teología, para adquirir el salvoconducto que
despacha la oficina científica, tiene que pagar el precio de ver
afectadas verdades nucleares del credo cristiano.
Finalmente, están los que reconociendo el carácter paradójico de las
relaciones de la fe y la ciencia, también advierten que se necesitan,
a pesar del carácter de crisis constante entre éstas (Richard Niebuhr).
Esta pluralidad de
posturas, con independencia de la opinión a la que nos acojamos, viene
a ratificar ese interés que ha despertado la ciencia en el seno de la
Teología, a pesar de lo mucho que todavía nos queda por andar, y la
necesidad, asimismo, de que la ciencia mejore también su información
teológica. Parangonando a M. Bunge, en este caso lo aplicaremos a la
teología: “Cuando los científicos menosprecian a la filosofía
(teología), corren el riesgo de ser atrapados por filosofías
(teologías) no científicas que pueden frenar o aun hacer descarrilar
el tren de sus investigaciones"
[41].
Para
Jáuregui, según veíamos, “Stephen Hawkins es uno de los fundadores de
la Teología de la Ciencia, asignatura pendiente que nos concierne a
todos y que debe formar parte del nuevo curriculum tanto en facultades
científicas como en facultades filosóficas, antropológicas, teológicas
o humanísticas. Comienza una nueva era de diálogo y debate entre dos
países académicos tradicionalmente enfrentados o, lo que es peor,
incomunicados, separados por un muro erigido por la ignorancia y la
soberbia: el de la ciencia y el de la teología. Ha nacido la Teología
de la Ciencia”. Por su parte, Juan Pablo II manifestaba su queja por
el desinterés que muchas veces exhiben los teólogos por los temas
científicos, animando a éstos a que aprovechen ciertas conquistas
científicas para explicar la fe. Y es que de este diálogo, preámbulo
para una Teología de la Ciencia, “La ciencia puede purificar a la
religión de errores y supersticiones; la religión puede purificar la
ciencia de la idolatría y los falsos absolutos.. Solamente una
relación dinámica entre teología y ciencia puede poner de manifiesto
aquellos límites que sustentan la integridad de cada disciplina, de
modo que la teología no profese un pseudociencia, ni la ciencia llegue
a ser una teología inconsciente”.
No es baladí, ni mucho
menos, el papel y función estimulante que debiera ejercer y de hecho
ejerce en incontables casos el pensamiento científico sobre la
reflexión teológica cuando la interpela desde nuevos presupuestos para
ulteriores desarrollos del dogma cristiano. Édouard Boné,
[42] paleontólogo
y profesor emérito de las facultades de Teología y de Ciencias de la
Universidad de Lovaina, nos propone como ejemplo de esta función
interpeladora la noción de evolución, que ha llevado a profundizar en
el dogma de la creación, que a favorecido el que ahora veamos mejor su
profundidad metafísica y su significación propiamente religiosa.
Asimismo, la neurología y la psicología interpelarían a la teología en
los ámbitos del determinismo, es decir, correlativamente, el de la
libertad, y el del inconsciente, ayudando a matizar de manera
considerable la ingenua afirmación de la presencia de una libertad
soberana en el hombre. Habría que contar con los determinismos
genéticos, endocrinos, fisiológicos, educacionales, sociales; también
los surcos de lo innato y de lo adquirido, que inclinan y condicionan
los gestos, los hábitos y los comportamientos
[43].
Para Boné, “la fe que sabe aceptar el desafío de la ciencia sólo
ganancias sacará de ello. ( ... ). Hemos recordado más arriba la
preocupación de Anselmo de Canterbury: la fe en busca de su propia
inteligencia. No podemos omitir la segunda parte del enunciado:
Intellectus quaerens fidem: la iniciativa y la inteligencia
científica en busca de un mensaje sobre el hombre al que pretende
servir. Y como la revelación sobre el hombre no es completa más que en
Jesucristo, ese mensaje sobre el hombre no podrá dispensarse de la luz
de la tradición y del dogma cristiano. Admirable y exultante misión de
la fe, cuando acepta hasta el extremo el desafío de la ciencia”.
[44]
Después
de este recorrido, parece convincente que con una Teología de la
Ciencia podrían salir enriquecidas, como parece sugerido, tanto la
Ciencia como la Teología, sin que dicha disciplina quede reducida a
cuestiones puntuales y fronterizas entre la Fe y la Ciencia, tan al
uso, sino con el peso y dedicación requeridas en el tratamiento
específico y curricular en los estudios eclesiásticos, cuando menos.
Una
amplia cita de del profesor de Teología Fundamental en Tubinga,
Seckler, quien, reconociendo la necesidad de cooperación y disensión
entre la teología y las ciencias, aunque desde la
interdisciplinariedad, nos viene, de alguna manera, a ratificar en lo
ya expuesto y planteado con anterioridad:
“Para la relación
práctica entre la teología y las ciencias son de gran importancia la
apertura, la solidaridad participativa, el diálogo y la
interdisciplinariedad. Una teología aislada y en este sentido “pura”
incurre en un aislamiento cognoscitivo y se vuelve vacía de realidad,
alejada del mundo, pobre comunicativamente y sectaria. De ahí que debe
buscar un intercambio intensivo y extensivo no sólo respecto a lo que
puede darles a las ciencias, sino también en interés de su propia
prosperidad. Ello está en consonancia con el estatuto de verdad del
mensaje cristiano, de la misión mundial de la fe cristiana del
entrelazamiento de los ámbitos objetivos y con las condiciones y
tareas de la mediación interpretativa. El diálogo, el trabajo interdisciplinar
y el intercambio se extienden a las tres esferas de la transmisión
recíproca de métodos y contenidos de la investigación a la discusión
de los intereses vigentes y a supuestos profesionales, así como a la
percepción de la responsabilidad común respecto a la ciencia y sus
consecuencias."
[45]
Pero en esa necesidad
de diálogo y exigencia de interdisciplinariedad hay que llevarla hasta
sus últimas consecuencias. ¿Se trata de una conversación entre
científicos creyentes o de un verdadero diálogo entre la teología y la
ciencia? Son al respecto muy acertadas, pienso, las consideraciones
críticas de Antonio Beltrán, profesor de Historia de la ciencia en la
Universidad de Barcelona, en su reciente libro sobre Galileo,
ciencia y religión. Se pregunta el profesor qué aporta la teología
y por qué en estas cuestiones es una interlocutora. Repasando escritos
de pensadores que intervienen actualmente en estos pagos, en su doble
condición de teólogos y científicos, el autor se sorprende por lo poco
que desde la propuesta por el diálogo aporta la teología en este
terreno, pues “nunca incluyen un apartado que se titule <<implicaciones
científicas de la teología>>, ni mención alguna de la contribución
que la teología puede hacer a estas ideas.. Es decir, seguimos sin
saber cuál es el papel de la teología como interlocutora.(..). Dicho
brevemente: el llamado diálogo entre ciencia y religión no es un
diálogo en ninguno de los sentidos usuales del término. (..). el
llamado diálogo entre ciencia y teología es, en realidad y
exclusivamente, una conversación entre creyentes"
[46].
Antonio Beltrán nos quiere hacer caer en la cuenta de cómo, no pocas
veces, más que de verdadero diálogo en la teología de la ciencia, se
constata las implicaciones de la ciencia en la teología, pero no
estarían tan claras las de la teología en la ciencia.
Y para
terminar, un pequeño retazo bibliográfico de unos de los mayores y
prestigiosos científicos del siglo XX, Wernes Heisenberg, quien en
“La imagen de la Naturaleza en la física actual” nos cuenta, desde
su experiencia personal, las conexiones entre la educación
humanística, la ciencia natural y la cultura occidental. Una historia,
donde muy sencilla, pero donde oportunamente se deja entrever la
necesidad de las preguntas y respuestas que desde la teología, -lo que
nos daría idea de por donde podría esta disciplina satisfacer, en
parte, el deseo del profesor Beltrán- o cualquiera de las disciplinas
humanísticas, es el caso, se hacen a las ciencias naturales y sus
posibles relaciones:
“Se oye a menudo la sugerencia -nos dice Heisenberg-
de que acaso el saber que proporcionan las escuelas secundarias sea
demasiado teórico e irreal, y que, en nuestros tiempos presididos por
la técnica y la ciencia natural, una educación más orientada hacia lo
práctico pudiera preparar para la vida de modo mucho más adecuado. Así
se plantea la tan debatida cuestión de las conexiones entre la
educación humanística y la actual ciencia de la Naturaleza. No puedo
yo discutirla de modo exhaustivo; no soy pedagogo,.. Pero sí puedo sí
puedo a este propósito intentar una rememoración de mi propia
experiencia; yo soy de los que recibieron una educación secundaria
clásica, y luego he consagrado a la ciencia natural la mayor parte de
mi esfuerzo.
(...).
En primer lugar, se destaca con razón que toda nuestra vida cultural,
todo nuestro obrar, pensar y sentir arraiga en el trasfondo espiritual
de Occidente, es decir en un ente de espíritu que apareció en la
antigüedad, formado en sus comienzos por el arte, la literatura y la
filosofía de los griegos, al que el cristianismo y la constitución de
la Iglesia dieron la más decisiva inflexión, y en cuyo seno
finalmente, al cerrarse la Edad Media, se realizó una espléndida
combinación de la religiosidad cristiana con la libertad intelectual
de los antiguos, engendrando la concepción del mundo como mundo de
Dios, y transformando de raíz precisamente a este mundo mediante los
viajes de exploración y la creación de la ciencia natural y de la
técnica. Es por lo tanto inevitable que, en cualquier sector de la
vida moderna, en cuanto ahondamos en las cosas, sea sistemática,
histórica o filosóficamente, hayamos de topar siempre con estructuras
espirituales que se constituyeron en el seno de las culturas antigua y
cristiana..
La
segunda razón usual es la de que toda la energía de nuestra cultura
occidental procede y procedió siempre del estrecho enlace de las
cuestiones de principio con la actuación práctica.(...). Esta unión de
los principios teóricos con la actuación práctica destacó a la cultura
griega por encima de todas las demás; y luego, cuando Occidente se
abrió al Renacimiento, volvió a constituirse en motor central de
nuestra historia, produciendo la ciencia natural y la técnica
modernas.(...).
Finalmente... se afirma que la frecuentación de la cultura antigua
dota al hombre de una escala estimativa en que los valores
espirituales se sitúan por encima de los materiales. (...).
Sin
embargo, -termina
Heisenber resumiéndonos su punto de vista con una anécdota personal-
no puedo dejar de pensar en un diálogo que, treinta años atrás, hube
de sostener en uno de los patios de la Universidad. Munich era
entonces teatro de luchas revolucionarias, el centro de la ciudad se
hallaba todavía ocupado por los comunistas, y yo, a mis diecisiete
años, junto con otros compañeros de colegio, formaba parte de un
cuerpo auxiliar de las tropas cuyo cuartel estaba en el Seminario
eclesiástico, frente a la Universidad.... En Ludwisgstrasse se
producían de vez en cuando tiroteos... una vez nos pusimos a discutir
con un estudiante de Teología acerca de si tenía algún sentido aquella
lucha por la posesión de Munich en la que nos veíamos empeñados. Uno
de los jóvenes de mi grupo sostuvo enérgicamente que las armas
espirituales, el habla y los escritos, no pueden resolver ninguna
cuestión de poderío, y que la efectiva decisión entre nosotros y
nuestros adversarios sólo puede ser alcanzada mediante al fuerza.
El
estudiante de Teología repuso que primero hay que distinguir entre
“nosotros” y “los adversarios”, que esta cuestión obliga evidentemente
a una decisión de orden puramente espiritual, y que acaso existan
razones para creer que algo ganaríamos si dicha decisión se tomara de
un modo más racional que las adoptadas de ordinario. Nada pudimos
replicar. Cuando una flecha abandona la cuerda del arco, sigue su
camino, y sólo una fuerza mayor puede torcer su trayectoria; pero
antes, su dirección ha sido determinada por el arquero que apunta, y
sin un ser intelectual que apuntara, la flecha no podría volar”.
[47]
NOTAS
[i]
LACADENA J.R., Fe y biología, PPC, Madrid 2001, 23-24. Es,
asimismo, interesante, respecto de la interpelación que hace la
ciencia a la teología, estas consideraciones oportunas de ÉDOUARD
BONÉ, en su ¿Es Dios una hipótesis inútil?. Evolución y
Bioética, Ciencia y Fe, Santander, 2000, 29-37, expone
resumidamente en estas páginas cómo interpela la ciencia a la
teología: “La feante el desafío de la ciencia:
tendríamos, sobre todo, que hablar de un modo más directamente
constructivo acerca de la función
estimulante ejercida por el pensamiento científico sobre
reflexión teológica cuando la interpela desde nuevos presupuestos
para que proceda a ulteriores desarrollos del dogma cristiano. Fides
quaerens intellectum, la fe en búsqueda permanente de una
inteligibilidad más completa, es desde siempre,
según la expresión de Anselmo de Canterbury, la exigencia
del auténtico pensamiento cristiano. No la fe del carbonero
(por muy estimable que sea para el carbonero), sino la fe adulta
del cristiano hecho y
derecho de Claudel. Pues bien,resulta que en una serie de
cuestiones fundamentales el progreso de las ciencias ha
favorecido la decantación, es decir, la profundización de la fe:
en muchas ocasiones ha purificado su inteligencia, ha iluminado sus
fundamentos y ha afinado su expresión. Se podría escribir
todo un libro sobre este papel estimulador
ejercido por el pensamiento científico en beneficio del
dogma cristiano. Quiero al menos
recordar aquí algunos
momentos ejes esenciales.
Como primer ejemplo de esta función interpeladora del proyecto científico, citaremos
la noción de evolución. Aun a riesgo de rozar un tanto la
caricatura y omitiendo los matices, es preciso reconocer que el
concepto de evolución penetra nuestro universo intelectual
desde hace apenas dos siglos, y lo ha hecho a través de la
observación científica y el advenimiento
de las teorías transformistas. Es imposible dejar de pensar
en Lamarck y Darwin. Sus ideas chocaron frontalmente al principio
con las construcciones tradicionales de la teoría escolástica.Pero el evolucionismo
científico, sometido a la prueba del tiempo, nos ha llevado a
profundizar en el dogma de la creación,
y ahora vemos mejor su profundidad metafísica y su significación
propiamente religiosa. ¿No corríamos el riesgo de asimilar un tanto torpemente
la idea de creación a la idea de eficiencia
material y mecanicista; de situar la causalidad de Dios en el mismo nivel que las
causas segundas; de convertir la obra de los Seis días en una
especie de pase mágico sin historia ni futuro, en algo petrificado,
intemporal, ajeno y extraño a la realidad
concreta en que nos movemos; de confundir los conceptos
de comienzo y origen? Más allá de las primeras conmociones
y del desconcierto que traía consigo la reivindicación evolucionista,
hemos descubierto que el Dios creador es responsable
del mundo y de haberlo suscitado, de forma muy distinta que por un capirotazo inicial
en el origen del tiempo; que el hijo que sale del seno de su
madre es tan criatura de Dios como el Adán original amasado
de la arcilla en el sexto día del
Génesis; que ser amasado de
la arcilla no es más que una imagen
particularmente sugerente de la sorprendente libertad de Dios; y que la creación, por
ser evolutiva y obedecer a la legalidad
de las leyes físico-químicas, no por ello deja de brotar
permanentemente de la fuente del Ser
y de la Vida.
Es también el enfoque científico de la realidad
viva, a través
del modelo evolutivo, el que, obligándonos a aceptar las
raíces biológicas, la matriz animal y el humus
orgánico en cuyo
seno ha crecido la humanidad, obliga también a la
teología a
situar mejor su verdadera originalidad. La
bioquímica determina
que estamos hechos de los mismos átomos y las mismas
moléculas que el resto de la materia viva: revela
la proximidadexistente entre la
composición del agua de mar y la de la sangre
humana; establece la virtual identidad en un 95% de los «minoácidos en el chimpancé y
en el hombre. La anatomía comparada, la embriología y la
paleontología dan cuenta, a su vez, de estas semejanzas y de estas
analogías, y reconstituyen lafilogénesis de una evolución
generalizada, de la que proponen
una serie progresivamente enriquecida de balizas elocuentes
y de significativos «eslabones perdidos». De todo esto no brota sino una mayor urgencia
por descubrir la especificidad de este hombre, del que la
teología nos dice que es una criatura particular, hecho «a imagen
de Dios», que inicia con él una historia
especial y un único destino.
¿Dónde se encuentran y cómo discernir
estas bazas exclusivas, para comprenderlas mejor?
La misma antropología científica -volveremos sobre
ello más
adelante- ha reconocido claramente que con el hombre se
hafranqueado un umbral. La
ciencia, aun haciendo al ser humano
connatural con el resto del mundo orgánico cuya ley sigue, le
confiere, sin embargo, una situación de excepción respecto
a ese mundo. Nada de ese «animal humano», por muy absolutamente biológico y
animal que sea, es simplemente reductible a la animalidad sin
más, a menos de comprometer su verdadera especificidad.
«Continuidad fenoménica en el seno de una discontinuidad
metafísica», decía ya Sertillanges:
es precisamente la ciencia la que nos obliga a precisar más el
rango excepcional a que ha sido elevado el ser humano:
“casi Dios, apenas inferior a
los ángeles lo hiciste”, canta el salmista.
¿En qué otros ámbitos interpela aún la ciencia a la
teología?
Pienso en los espectaculares avances realizados en
estos últimos
decenios en la descodificación de la molécula del adn,
clave de la interpretación de la identidad de cada
individuo ysusceptible, ahora, de ser
intervenida por la ingeniería genética,
que pretende recincelarla, modificarla, «manipularla», en intervenciones para corregir
una tara hereditaria o para modificar
el comportamiento o el carácter. Todo esto plantea la cuestión,
no sólo ética, de la legitimidad de semejante intervención, sino la más fundamental
todavía sobre la sede de la misma personalidad.
Bajo el impacto de nuestras biotecnologías de
punta, el
comienzo de la vida y de la muerte entran como en
estado de
disolución: las nociones mismas de individuo y de
persona, de concepción, de vida y de muerte están invocando un
trabajo de
redefinición, del que el teólogo, o al menos el
filósofo, no
puede dispensarse. La tarea es ruda, pero esencial,
porque, aunque
se sabe más o menos cuándo comienza la vida, no siempre
hay consenso sobre el momento de la individuación
ni sobre el
comienzo de la persona humana; y hemos de
conformarnos con
una decisión arbitraria para fijar el momento de la
muerte y
sugerir las consecuencias éticas que de ahí se
desprenden, relativas
al particular tipo de respeto debido al sujeto llegado a esa
situación extrema.
La neurofisiología y la psicología interpelan a su
vez, y de manera útil, a la teología en dos ámbitos: el del
determinismo,
es decir, correlativamente, el de la libertad, y el
del inconsciente.
Tanto en un ámbito como en el otro, nos acercamos, en efecto,
al alma. Lo primero que se constata es que la explicación
materialista de la vida y del psiquismo va ganando
terreno sin
cesar. Podemos señalar cuatro jalones: a) la teoría
evolutiva,
como es sabido, propone una perspectiva cada vez
más coherente
de la sucesión de los tipos de organismos biológicos; b)
la bioquímica molecular va colmando progresivamente
la separación
entre la materia inerte y los seres vivos elementales; c)
la neurofisiología va vinculando vez más
estrechamente la conciencia
con los procesos materiales que la condicionan: ahí
están el laboratorio y la actuación clínica para
ilustrar esta afirmación
un tanto abrupta, que podríamos desarrollar largo y tendido; d)
la investigación cibernética obliga a reexaminar la concepción
de la actividad del espíritu, a la que revela como más y
más mecanizable, aunque esta actividad no pueda ser
asumida simplemente ni por las llamadas máquinas pensantes ni por
la inteligencia artificial, en el horizonte del siglo
que viene. Existe, sin duda,
un acuerdo generalizado entre los científicos de hoy en torno al
carácter rigurosamente original de las propiedades
manifestadas en el hombre por la conciencia refleja y el pensamiento; pero también
están todos de acuerdo en ver estas propiedades
necesariamente vinculadas a una estructura material altamente compleja,
hasta el punto de que toda concepción del alma inspirada en un
dualismo de tipo cartesiano parece
inaceptable o, mejor, vacía de inteligibilidad.
Es ciertoque no le compete a la
ciencia conocer este asunto
directamente. Ella se concentra, sin embargo, en el órgano más noble, condición e
instrumento de toda esa actividad mental
y psíquica característica del hombre: la complejidad del cerebrono puede escapar a su
investigación. Este órgano casi sagrado, considerado durante
mucho tiempo en Occidente como sede del alma y del
pensamiento, nos va revelando poco a poco sus secretos. ¡Cuatro
mil millones de neuronas, o más,p cuyas precursoras se
multiplican en el recién nacido a la velocidadde 30.000 por minuto, mientras
que el adulto pierde 10.0000 al día, que jamás serán
reemplazadas! Esas neuronas estánconectadas en una red formada
por un billón de sinapsis, cuyos
mecanismos de implantación ignoramos aún en gran parte,pero de las que sabemos al
menos que el influjo nerviosocirculapor ellas gracias a
inversiones de potencial efectuadas
en milésimas de segundo. Unas vesículas repletas de sustancias
químicas particulares
estallan en los conmutadores sinápticos,
liberando neuromediadores y permitiendo pasar el impulso
nervioso de una neurona a otra. Actualmente se han podido aislar algunas de esas
substancias; se están empezando a comprender y a tratar las
enfermedades controladas por ellas: corea de Huntington,
(popularmente baile de San Vito), Parkinson,
esquizofrenia... Desde hace poco se están descubriendo unos péptidos especiales,
encefalinas encargadas de la transmisión
de los mensajes dolorosos, de la percepción del placer, especialmente en el
comportamiento sexual, y se les puede provocar.
Todavía es difícil localizar con precisión las múltiples funciones del placer, del
dolor y de la memoria; también es difícilcontrolar la fijación, la
conservación y la evocación de la información. Pero no parece
dudoso que, de manera gradual, cableado de este ordenador
infinitamente complejo y la química
de esta asombrosa fábrica, pieza maestra de nuestro comportamiento,
irán siendo progresivamente descodificados.
Es tanto como plantear todo el problema de la
libertad, condición
primera y esencial de la vida moral. Es evidente que las
ciencias neurológicas y psicológicas han revelado
la apretada
red de nuestros determinismos y han matizado de
manera considerable
la ingenua afirmación de la presencia de una «libertad
soberana» en el hombre. Es preciso tener en cuenta los
determinismos genéticos, endocrinos, fisiológicos,
educacionales,
sociales; también los surcos de lo innato y de lo adquirido,
que inclinan y condicionan los gestos, los hábitos
y los comportamientos;
y asimismo las diferentes improntas que marcan
al niño, de manera inconsciente, desde el seno de
su madre. Sería, sin duda, más verdadero decir que el hombre no
nace
libre, sino que solamente puede llegar a serlo
trabajosamente.
Y esta misma capacidad de liberación no deja de
estar en función
de disposiciones innatas y de oportunidades educativas
que sólo muy parcialmente se controlan. Con lo
cual, de todos
modos, la libertad consistirá mucho menos en
escapar de los
determinismos y mucho más en reconocerlos y, sobre
la base
de esta aceptación, intentar maniobrar con ellos.
Informada por la ciencia, la teología -en particular la teología
moral- y la pastoral
pueden hablar entonces con mayor credibilidad y mejor
discernimiento: el valor de los compromisos, los imperativos
morales, las normas éticas, la responsabilidad, el
pecado, la
falta... son leídos desde ahí bajo la nueva luz de
una verdad más
humilde y de un más profundo respeto a las
personas.
Sólo alegría puede producir el hecho de que
recientemente
el Vaticano haya organizado un congreso científico
consagrado
al tema «El espíritu y el cerebro». Participaron en
él alrededor
de cuatrocientas personas, entre las que figuraban
premios
Nobel y académicos, que
hablaron a teólogos y filósofos. Se
presentaron unas cincuenta comunicaciones
científicas, que
iban desde la neurofísiología hasta la
psicoterapia, la neuroci-rugía
y la endocrinología. Quizás hubo pocos intercambios,
pero la información que circuló era de primera mano
y de alta calidad, y no dejará de servir para abrir camino a la
verdad y a
la profundización. La fe que sabe aceptar el
desafío de la ciencia sólo ganancias sacará de ello.
Al físico le correspondería comentar las
aportaciones de su
disciplina y expresar la estimulante influencia de
la misma en
beneficio de la comprensión intelectual del dogma
cristiano,
especialmente del de la creación, a partir de las
perspectivas
abiertas por el principio de indeterminación o por
el principio
an_ trópico, puesto
nuevamente de relieve. Corresponderá al
sociólogo o al historiador
profundizar en los caminos del desarrollodel dogma, pues también ese
dogma «evoluciona»: no es en absoluto un guijarro estéril. La
tradición es transmisión de una Palabra rica y viva,
un «tesoro del que hay que sacar sin cesar
cosas antiguas y nuevas». Esos especialistas deberán inventariarlas condiciones de la
formación del «sensus
Ecclesiae», o sentido de los fieles, de los mecanismos de feed-back
y de retroacción en el seno del Pueblo de Dios, entre la llamada Iglesia «discente» y el Magisterio del
que recibe enseñanza y
guía. Existe, en efecto, una doble y legítima tradición constantemente presente en
nuestro itinerario cristiano: la del Maestro interior, «que
nos enseña todas las cosas y al
cual ya no tenemos que ser enseñados», y la del Magisterio
oficial, al que el creyente presta oídos y desea otorgar un juiciosorespeto y
obediencia..
Nuestra generación se inquieta a veces por sus
propios
movimientos de impaciencia o de contestación; se
interroga
la legitimidad de sus iniciativas, sobre el sentido de sus audacias,
sobre la temeridad de sus juicios o de sus tomas de
postura.En algunos casos se reprocha
por ciertas rupturas con la tradición, pero, a pesar
de todo, reclama su derecho a pensar tomo adulta, al ejercicio de
una conciencia personal y al respeto
de su libertad. El hombre del siglo xx, en los umbrales del siglo
XXI, seencuentra invadido por una inmensa voluntad de dominio;
pero, al mismo tiempo, el aprendiz de brujo se pone a veces adudar de sí mismo;
el Prometeo moderno vacila. ¿Está autorizado a poner su mano de esa guisa
sobre la naturaleza y
sobre la vida? ¿No está hollando una tierra sagrada, prohibida?;
¿no está violando un
tabú esencial? ¡La fe, ante el desafío de la ciencia!
Interpelada, la teología tranquiliza y conforta al
científico en lo más profundo de su desconcierto. Le recuerda la
noción
judeocristianade creación, que no hace del
mundo un ámbito intangible habitado
por los dioses. La creación judeocristiana sale de las manos de Dios,
pero es profana. Es el dominio del hombre, el jardín que se le
ha confiado para que lo trabaje y lo lleve a su plenitud. Así el
ser humano se convierte en co-creador con
Dios: a él le corresponde ocuparse de esta Tierra y administrarla; no, a buen
seguro, con un espíritu frívolo, caprichoso
o egoísta, sino para el servicio responsable y la promoción de lo
humano. Este mensaje legitima por adelantado todo el proyecto de la ciencia y la
tecnología: el investigador descubre
en él un afianzamiento y un aliento incomparables. No es casual que la ciencia y la
tecnología se hallan desarrollado históricamente
en el seno de países de vieja cultura cristiana. A pesar de las
venturas y desventuras que hemos recordado en estas
páginas, ha sido en terreno cristiano donde ambas han germinado, y
con él han mantenido secretas y paradójicas
connivencias.
¡Se trata de la gerencia y de la responsable puesta
en marcha
de la tierra y de la vida! En realidad, el mensaje es doble,
y su naturaleza es capaz de orientar razonablemente
nuestros esfuerzos en un clima impregnado de audacia y de
prudente sabiduría al mismo
tiempo. Audacia que nos invita a no dejarnos encorsetar en un
falso respeto a una naturaleza sacralizada, presentada como normativa,
obligante y estereotipada. La naturaleza
del hombre es una naturaleza racional, que hace sitio a la
iniciativa, a la invención, a la creación responsable, a la
investigación científica de
punta. Mensaje de prudente sabiduría
también: el que dirige especialmente el papa Juan Pablo u cuando invita, por ejemplo, a
los médicos y hombres de ciencia a comprometerse de manera
resuelta en el estudio de la
ingeniería genética, recordándoles el sentido y los límites de su
intervención. Prudente
sabiduría, que es ese dominio del dominio,
ese afán de «humanitud» del que nos hablan Jacques Ellul y Albert Jacquard. Pagando
ese precio, nuestra Iglesia podrá evitar esa especie de
«morosidad» respecto al mundo moderno y a la ciencia
y la tecnología que lo caracterizan.
Se evocan a menudo los tiempos del Renacimiento
como
los de la eclosión de un mundo nuevo y de un enorme
desafío
lanzado a la Cristiandad. En nuestros días estamos
asistiendo a
otra mutación, más fundamental aún, que está
trabajando nuestro
mundo para dar lugar a un parto mucho más grave: la posmodernidad,
las fronteras de la vida, los extraordinarios logrosde nuestras tecnologías, la
inteligencia artificial, la búsqueda de nuevos equilibrios
europeos y planetarios, la gran fractura Norte-Sur, ensanchada más y
más cada día bajo el impacto de una tecnociencia gradualmente
monopolizada por uno solo de los labios de esa herida. Y
todo ello sobre el telón de fondo del secularismo y de la muerte de
Dios; y con la actualización del desafío, siempre lanzado a la
Iglesia, a no guardar celosamente,
y menos aún enterrar perezosamente el tesoro del Evangelio, sino a comprometerse
audazmente en esas nuevas fronteras, para depositar
en ellas la mirada y la esperanza de Cristo.
Hemos recordado más arriba la preocupación de
Anselmo de Canterbury: la fe en busca de su propia
inteligencia. No podemos omitir la segunda parte del enunciado:
Intellectus quaerens fidem: la iniciativa y la inteligencia
científica en busca de una
visión, esto es, de una fe; el proyecto tecnológico en busca de un mensaje sobre
el hombre al que pretende servir. Y como la revelación sobre el
hombre no es completa más que en Jesucristo, ese mensaje
sobre el hombre no podrá dispensarse
de la luz de la tradición y del dogma cristiano. Admirable y
exaltante misión de la fe, cuando acepta hasta el extremo
el
desafío de la ciencia.”
[ii]Cfr:DILTHEY, W., Introducción a las ciencias del
espíritu, Madrid 1986; PANNENBERG, W., Teoría de la
ciencia y Teología, Madrid 1981, 81-163 y 212-231; GORDON,
S., Historia y filosofía de las ciencias sociales,
Barcelona 1995, 28-69; ARIGAS MARIANO, Filosofía de la ciencia,
Navarra 1999, 151-192; RUIZ DE LA PEÑA, J.L., Sacerdotes para
la nueva evangelización: Evangelio, Iglesia y nueva cultura,
Madrid 1992; GARCÍA, M., “Hermenéuticaa como metodología de la
comprensión y del sentido en Gadamer”, en Actas del IX
Congreso Diálogo Fe-Ciencia: <<Nuevo milenio para un humanismo sin
fronteras>>, Tenerife 2000, 367-394; GADAMER, H., Verdad y
método, Salamanca 1997; ID., Verdad y método II,
Salamanca 1994; MARTÍNEZ, RAFAEL., “Cuestiones filosóficas de la
física moderna”, en Actas del IX Congreso Diálogo Fe-Ciencia:
<<Nuevo milenio para un humanismo sin fronteras>>, Tenerife
2000, 76-84; ALFONSECA M., La fe en Dios a la luz de la
ciencia, Religión y Cultura, XLVI(2000) 763-781
Habrá que
reconocer que la explicación del mundo no se agota en cuestiones
hecho, ni siquiera en la explicación de la denominada racionalidad
científica positivista. El hombre después de responder a muchas de
su preguntas desde las ciencias naturales, sigue necesitando un
sentido de la realidad, no es menos, sino quizá la gran cuestión.
M. Toharía confiesa “lo fácil que resulta, cuando se alcanzan
los límites de la física, caer en esa especie de tentación que es
la metafísica. Lo que no se demuestra, se cree; y punto. Si la
ciencia no sabe muy bien qué fue el Big-Bang, ni sobre todo qué
hubo antes de ese Big-Bang, basta con afirmar que eso es
precisamente Dios, el principio y fin de todas las cosas. Por
definición. Por fe. Se cree, sin prueba alguna que corrobore con
demostraciones experimentalmente verificables esa presencia de un
dios (da igual que sea el de los cristianos, el de los mayas o el
de los musulmanes) generador de todo el universo.
El problema es
que ese mensaje de los dioses es transmitido por seres humanos
como nosotros, autointitulados intérpretes de los designios
divinos y que, gracias a ello, se dotan de un poder que será tanto
mayor cuanto más crédito merezcan sus fieles. El poder de las
religiones es un poder que otorgan unos humanos creyentes, los
fieles, a otros humanos supuestamente intermediarios con el dios
de turno, los sacerdotes .. De todos modos, ¿es la interpretación
religiosa la única que nos permite adentrarnos con cierta
comodidad -pereza mental, más bien- en el vidrioso terreno de los
orígenes de la vida y de la materia?”(TOHARIA M., Hijos de las
estrellas, Planeta, Madrid, 1998, 171-172).
[iii]“En
los últimos cincuenta años, la manifestación más clara de la
tendencia a pensar que los métodos de ‘justificación racional` son
otorgados por algo así como una lista o canon (si bien esos
filósofos de la ciencia admiten no haber logrado aún una
formalización plena) fue el movimiento conocido como Positivismo
lógico. Los positivistas no sólo confiaban en que los ‘lógicos de
la ciencia`(éste era su término para denominar a los filósofos)
lograrían dejar constancia escrita de una descripción de una
descripción (pretendidamente exhaustiva) del método científico,
sino que, según ellos, el ‘método científico` agotaba la propia
racionalidad, y la contrastabilidad mediante ese método agotaba la
significatividad (‘el significado de una oración es su método de
verificación`); la lista o canon determinaría lo que tiene
significación cognitiva. Los enunciados contrastables mediante
métodos pertinentes a la lista (los métodos de la matemática, la
lógica y las ciencias empíricas) contarían como significativos;
los positivistas mantenían que todos los demás eran sólo
‘pseudo-enunciados` o sinsentidos disfrazados.
Una réplica
obvia consistía en afirmar que el criterio de significación del
positivista lógico se autorrefuta: el mismo criterio no es
ni (a) ‘analítico`(un término que los positivistas utilizaban para
dar cuenta de la lógica y de la matemática), ni (b) empíricamente
contrastable: Cfr. PUTNAM, H., Razón, verdad e historia,
Tecnos, Madrid 1988, 111. Para ampliar sobre el positivismo y su
crítica véasa: ID.,109-131175-198; AYER, J.A., Positivismo
lógico, FCE, México 1965; DIAZ, CARLOS, Preguntarse por
Dios es razonable: Ensayo de Teodicea, Madrid 1989, 67-70;
CONILL, JESÚS, El crepúsculo de la filosofía, Barcelona
1988, 31-91; ARTIGAS, M., Ciencia, Razón y fe, Madrid 19863,
101-130; ID., Filosofía de la ciencia, Pamplona 1999,
38,68,264; ID, La mente del universo, Pamplona 1999,
171-172; CARREIRA, M., El creyente ante la ciencia, Madrid
1982, 10; ID., “Implicaciones teológicas de la física moderna” en
Actas de las III Jornadas de Teología sobre Fen en Dios y
Ciencia Actual, Santiago de Compostela 2002, pp. 143-172.
INCIARTE ARMIÑAN, F., El Reto del Positivismo Lógico,
Madrid 1974; PÉREZ DE LABORDA, A., La razón y las razones,
Madrid 1991, 19-40; ID., “Relaciones fe-ciencia: Consideraciones
generales”, en Teología de la creación, Santander 1986,
201-217; PANNENBERG, W., Teoría de la ciencia y teología,
Madrid 1981, 33-79; KOLAKOWSKI, L., La filosofía positiva,
Madrid 1981; PORFIRIO MIRANDA, J., Apelo a la razón,
Salamanca 1988; ARTIGAS, M., El desafío de la racionalidad,
Pamplona 1994; STONESB, D., Science, Reason and Religion,
Croom Helm, London 1985, caps. 1 y 2(Una completa presentación y
discusión del positivismo lógico en las relaciones entre religión
y ciencia)
[iv]“En
los últimos años se nos ha dicho que no hay Dios, que no puede
haberlo. El positivismo dominante en buena parte de la filosofía
nos ha hecho saber que sólo tiene sentido lo que es verificable, y
ciertamente todos tenemos que admitir que Dios es inverificable
hasta el extremo.
Lo verificable
está constituido de manera extraordinariamente singular por la
ciencia y la técnica. Son ellas, pues, las que deben constituir en
punto nodal que debe dar el tono de toda reflexión filosófica que
se precie de serlo. Nada tiene , por tanto, de extraño que hayamos
terminado por decir que, si queremos hablar racionalmente, con la
racionalidad apuntada por este positivismo científico, debemos
decir que, en el terreno de las objetividades, no hay lugar para
Dios.(...).
El segundo
axioma.. La labor de conocimiento de la ciencia de hoy es la
únicaa labor de conocimiento que se merece ese nombre; es la única
aproximación válida al mundo para descubrirlo para descubrirlo en
su estructura, en su funcionamiento, en su manipulación. Hay que
reservar, pues, el nombre de conocimiento al coniocimiento que nos
aportan las ciencias. Y una ciencia sólo se constituye en cuanto
tal cuando cierra sus categorías y su campo de conocimiento mismo
a lo que, si no conocido, sí es cognoscible mediante los métodos y
las maneras que la ciencia se da a sí misma. Si vale decirlo así,
no sabemos el resultado de nuestros esfuerzos presentes y futuros,
evidentemente, pero los ‘imaginamos`, conocemos los caminos por
los que se puede prever que los alcanzaremos; se conoce sobre todo
la manera en que hemos de hacer las maniobras de aproximación. Y
ahí no cabe Dios. De cierto que es mposible quwe ‘Dios` se
nos cuele por las rendijas de esa ciencia -o mejor filosofía
científica- que la es la cienca de la epistemología. Pero, nótese
bien, quien no está ahí, no está en nigún lugar epistemológico, su
conocimiento es simplemente ‘conocimiento, es decir, un vano
nombre sin contenido de verdad, una falsedad.
(...). Es
interesante en nuestro camino que seamos conscientes de las
pretensiones de esa filosofía científica: hay un punto de partida
-el único ‘científico`- según el cual no hay ningún lugar para
Dios. (...).
En donde
muestran su desatino las afirmaciones anteriores
(afirma Laborda en el encabezamiento de su segundo capítulo de su
pequeña obra, para añadir posteriormente que). El positivimo y su
pariente cercano, el verificacionismo, no dan cuenta de lo que hoy
son las ciencias.... tampoco se da cuenta de lo que la ciencia ha
sido en tiempos pasados. Las ciencias son teorías,
extraordinariamente complejas en la mayor parte de los casos, y
los llamados datos -que serían las positividades que tendrían que
verificar todas las afirmaciones científicas para concederles el
contenido de verdad que les corresponda-, no son otra cosa que
‘datos`entendidos y enmarañados en las sutiles redes de las
propias teorías.
Los criterios
con los que se establecía la demarcación entre ciencia y
metafísica, ..., han quedado inservibles. La metodología, el
método de la ciencia, se había convertido en aquello que
constituía la esencia misma, el fundamento último de la ciencia.
Sus procedimientos y reglas eran prescritas -normas de obliagado
cumplimiento- para hacer ciencia, y quienes no hicieran ciencia
desvariaban, pronunciaban palabras sin sentido -’hacían
metafísica`-; lo suyo ni siquiera podía ser conocimiento alguno,
porque lo que podía ser de conocimiento alguno, porque lo que
podía considerarse conocimiento como tal pasaba también por la
demarcación metiodológica.
(...), ninguna
ciencia del pasado o del presente ha seguido jamás .. el llamado
‘método`para merecer el nombre de la ciencia. (...). Como
presintiendo este verdadero sinsentido de la filosofía
prescriptivista de la ciencia, POPPER y los popperianos ..
rebajaron los humores. Guardaron el criterio de demarcación, pero
con una metodología que apostaba sobre todo por la consideración
del desarrollo del conocimiento científico, más que por sus
anhelos formalistas de crear una filosofía de la ciencia que fuera
hija predilecta de la lógica. Esta nueva metodología, dando todo
el interés teórico a las ‘teorías`, consideraba que éstas surgen
de donde pueden -incluso de consideraciones míticas o francamente
metafísicas-, como hipótesis o conjeturas, que luego deben ser
falsadas, pero no verificadas. Falsadas, es decir, que el esfuerzo
máximo del creador de nuevas teorías científicas no puede ser
tanto verificar la verdad de lo que ha dicho, cuanto intentar por
todos los medios ver su falsedad parcial o total, para entregarse
al gozo de poder decir entonces: en algo más me he acercado a la
verdad, pues ahora ya sé algo que no es. La labor de los
popperianos va a ser la de conjeturar y refutar, el llamado
racionalismo crítico. (...).
Esto, ..., no
nos hace avanzar ni un ápice en lo que pudiera llegar a ser una
‘prueba`de la existencia de Dios, pero, en cambio, sí que cambia
con bronca radicalidad cómo se nos presenta la prueba de la
‘inexistencia`de Dios.(...).
Ahora podemos
darnos perfecta cuenta de que ahí ‘ciencia` es un mero nombre
utilizado para embaucar a incautos, ..., pues se nos está
ofreciendo de matute una interpretación, una metafísica, so capa
de mera ciencia; se nos está ofreciendo una descalificación no
razonada de los que no están de acuerd, bajo el manto de la así
llamada racionalidad científica.
(...), porque es
posible que hayan pasado para siempre los tiempos en que eran
comparables Diosy la ciencia, en donde ésta podía descalificar a
su oponente en la realidad de (la que habla) la ciencia, como en
el siglo XIX, y en la realidad en la que no hay lugar para
unicornios (epistemológicos) en la (realidad de la ) ciencia, como
añaade el siglo XX” (PÉREZ DE LABORDA A., Dios y la ciencia,
Madrid 1985, 13-25.).
[v]
ID., Filosofía de la ciencia, Pamplona 1999, 272; ID.,
Filosofía de la ciencia experimental, Pamplona 1989, 6-13;ID.,
La inteligibilidad de la naturaleza, Pamplona, 1992, 15,
19, 27, 33-40,376-388.
[vi]
ECHEVERRÍA, JAVIER, Filosofía de la Ciencia, AKAL, Madrid 1995, 8.
Además, desarrolla sobre esta cuestión todo un capítulo: Cfr.
Ibid., 67-115.
[vii]
HAWKING, S. W., Historia del tiempo: Del big bang a los
agujeros negros, Barcelona 1988, 223-224. Sobre este libro y
sus implicaciones filosóficas y teológicas podría verse: ARRANZ
RODRIGO, M., “Agujeros negros y creacionismo: Los escarceos
teológicos de un cosmólogo”, Religión y Cultura, 35( 1989)
525-554; BENTUÉ, A., “Dios, el Universo y Hawking”, LA
VANGUARDIA, 6-11-1988; SOLS LUCIA I., “Análisis de las tesis
filosóficas de Stephen Hawking en su ‘Historia del Tiempo`”,
Razón y Fe, Enero 1990, 88-94; QUIRELL FIGUIER, M., Tras
los pasos de Dios, Zamora 1997, 51-63; RAÑADA, A., Los
científicos y Dios, Oviedo 1994, 141-148.)
[viii]
Cfr. POPPER, K.R., Conocimiento objetivo: un enfoque
evolucionista, Tecnos , Madrid 1974, 45; ID., La lógica de
la investigación científica, Tecnos, Madrid 1977, 261
[ix]
DELICADO BAEZA, J., “Científicos y creyentes”, Ecclesia,
20 Octubre 1990, 7(1537). De todas formas, aquí habría que hacer
una precisión: los huecos a los que, hoy poy hoy, deja de
responder la ciencia, no han der ser rellenado por el misterio o
Dios, el dios tapa-agujeros, sino que a Dios tendríamos que
encontrarlo más en lo que sabemos que en lo que ignoramos. El
Misterio al que no alcanza la ciencia ha de tener suficiente
entidad por lo que es y no el resultado de nuestro no saber : cfr.
GARCÍA, M.A.; “Dios a la vista 1, EL DÍA, 17-9-1991.
[x]
PRIGOGINE, I..-STENGERS, J., Entre el tiempo y la eternidad,
Madrid 1990, 20, 212.
[xi]
FERNÁNDEZ GARCÍA, F., “Dios y el hombre de ciencia”, Ecclesia
2.644-2645 (Agosto 1993) 8).
[xii]
ALCALDE, J., “Cómo ven los científicos a Dios”, Muy Interesante,
227 (Abril 2000) 53).
[xiii]
Son sugestivas, las palabras concernientes al sentido, en este
caso desde una actitud creyente, de Felipe Fernández García: “Los
científicos necesitan de Dios, de encontrar un sentido a la vida
que vaya más allá, mucho más allá de donde pueden llegar los
método científicos.
Dentro del clima
bastante poco humanista en que se mueve un H. Hawking en “Historia
del tiempo”, no falta, no podría faltar un eco de la nostalgia que
embarga a todo hombre y que sólo Dios puede esclarecer: “Hoy en
día, escribe S. Hawking, aún seguimos anhelando saber por qué
estamos aquí y de dónde venimos”.
El mismo
Wittgenstein, representante bien conocido del Círculo de Viena,
no pudo dejar de escribir cosas tan sorprendentes como la
siguiente: “Sentimos que incluso cuando todas las posibles
cuestiones científicas han sido respondidas, nuestros problemas
vitales no han sido ni siquiera tocados”.
Ojalá el hombre de ciencia, o el teólogo, esté atento siempre a su
mundo interior y a la cuestión originaria de su existencia para
que no le suceda aquello que un K. Rahner prevenía a un académico:
“El académico sabe de todo, tanto que no se abarca lo que sabe.
Pero no se sabe a sí mismo ni a la verdad absoluta, ni sabe ya
tampoco el para qué de todo eso de que es capaz.”
Esas
cuestiones originarias, ese “por qué” y ese “de dónde” o ese “para
qué” sobrepasan los límites de la ciencia. (...). “El conocimiento
científico es exacto, dijo ya nuestro Ortega y Gasset, pero
incompleto y penúltimo”(ID.,“Dios y el hombre de ciencia”,
Ecclesia 2.644-2645 (Agosto 1993, 8).
[xiv]Cfr.RUIZ
DE LA PEÑA, J.L., Teología de la creación, Santander
1986, 210-211.
[xv]
La tesis de que Dios no es comprobable científicamente no resulta,
por supuesto, ninguna novedad. A título de ejemplo, en la
Audiencia general del 10 de Julio de 1985, Juan Pablo II
decía: “Cuando se habla de pruebas de la existencia de Dios
debemos subrayar que no se trata de pruebas de orden científico
experimental. Las pruebas científicas, en el sentido moderno de la
palabra, valen sólo para las cosas perceptibles a los sentidos,
dado que solamente sobre éstos pueden ejercitarse los instrumentos
de indagación y verificación de los que se sirve la ciencia.
Querer una prueba científica de la existencia de Dios significa
hacer descender a Dios a las filas de los seres de nuestro mundo
y, por lo tanto, equivocarse metodológicamente sobre lo que es
Dios; la ciencia debe reconocer sus límites y su impotencia para
alcanzar la existencia de Dios; no puede ni afirmar ni negar esta
existencia”(Ecclesia, 20 Julio 1985, 6(902). Respecto del
problema racional de Dios y la ciencia podrían ser interesantes
obras como: ALFARO DRAKE, T., El Señor del Azar. De cómo Dios
rige el Universo con sus dados, San Pablo, Madrid 1997;
ALLÈGRE, C., Dios frente a la ciencia, Barcelona 2000;
ARTIGAS, M., Ciencia, Razón y Fe. Col. MC, Madrid 19863;
ID., Ciencia y fe: Nuevas perspectivas, EUNSA, Pamplona
1992; ID., La inteligibilidad de la naturaleza, EUNSA,
Pamplona 1992; ID., La mente del universo, EUNSA, Pamplona
1999; AA. VV., Cuestiones cuánticas, Kairós, Barcelona
1988(Son testimonios de los grandes científicos del s. XX, sobre
la religión y Dios); AA. VV., Física y Religión en perspectiva,
RIALP, Madrid 1991; AA.VV., “Ciencia y fe”, en Iglesia Viva,
76 (1978) 307-363; BARBOUR, I. G., Problemas sobre religión y
ciencia, Sal Terrae, Santander 1971; ID., Religion in an
Age of Science, Harper, San Francisco 1990; BONÉ ÉDOUARD,
¿Es Dios una hipótesis inútil?. Evolución, Bioética.
Ciencia y Fe, Sal Terrae, Santander, 2000; BUNDSCHERER, N.,
Ciencias naturales y fe cristiana, Paulinas, Bilbao 1969;
CARREIRA M., El hombre en el cosmos, CUADERNOS FyS, Sal
Terrae, Santander 1997; ID., El creyente ante la ciencia,
Cuadernos BAC, Madrid 1982; DAVIES, P., Dios y la nueva física,
Salvat, Barcelona 1988; ID, Proyecto cósmico: Nuevos
descubrimientos acerca del orden del Universo, Pirámide,
Madrid 1989; ID., La mente de Dios: La base científica para un
mundo racional, McGrawHill, Madrid 1993; DÍAZ CARLOS,
Preguntase por Dios es razonable: Ensayo de Teodicea, Madrid
1989; ELDERS, L. J., “Las ciencias de la naturaleza y la
existencia de Dios”, en Dios y el Hombre, VI Simposio
Internacional de Teología, Universidad de Navarra, Pamplona 1985,
47-65; ESTAÚN VILLOSLADA, PEDRO, ¿Es natural creer en Dios?,
Madrid 1991; FERNÁNDEZ GARCÍA, FELIPE., “Dios y el hombre de
ciencia”, Ecclesia, 2.644-2645 (Agosto 1993) 6-8);
FERNÁNDEZ BIARGE, J., “Dios en el pensamiento científico actual”,
Iglesia viva, 180 (1995) 595-604; GONZÁLEZ POSADA,
FRANCISCO, Curso de cosmología: Física, Filosofía, Religión,
Secretariado de Publicaciones de la Universidad de La Laguna,
Tenerife 1994; ; GÓMEZ CAFFARENA, J., Razón y Dios, Madrid
1985; ID., “Fe y ciencia”, en Nuevo Diccionario de Catequética
(I), Madrid 1999, 950-960. GUITTON J., Dios y la ciencia,
Debate, Madrid 1992; JAKI, S. L., Ciencia, Fe. Cultura,
MC, Madrid 1990; ID., The Relevance of Physics, The
University of Chicago Press, Chicago 1966; ID., The Road of
Science and the Ways to God, The University of Chicago Press,
Chicago 1978; ID., God and the Cosmologists, Scottish
Academic Press, Adinburgh 1989; KASPER, W., “La fe y la ciencia
frente al ateísmo contemporáneo, en Ateísmo Contemporáneo
IV, Madrid 1973, 129-149; KÜNG HANS, ¿Existe Dios?: Respuesta
al problema de Dios en nuestro tiempo, Madrid 19794;
LACADENA, JUAN RAMÓN, Fe y biología, PPC., Madrid 2001;
LIEBIG, R., La otra revelación. La fe cristiana en diálogo con
la ciencia moderna, Sal Terrae, Santander 1977; MIRET
MAGDALENA, E., El nuevo rostro de Dios, Temas Hoy, Madrid
1990, 61-89; MIETHE, T.- FLEW, A., ¿Existe Dios?, Madrid
1994; NÚÑEZ DE CASTRO, I., El rostro de Dios en la biología,
CUADERNOS FyS, Sal Terrae, Santander 1996; MORIN, D., Para
decir: Dios, EDV., Estella (Navarra) 1990; ORIHUEL GASQUE,
B., El en principio creó Dios ..., Madrid 2000; PANNENBERG,
W., Teoría de la Ciencia y Teología, Cristiandad, Madrid
1981; POLKINGHORNE, J., Ciencia y Teología: Una introducción,
Sal Terrae, Santander 2000; PANIKKAR, R., Pensamiento
científico y pensamiento cristiano, CUADERNOS FyS, Sal Terrae,
Santander 1994; PÉREZ DE LABORDA, A., Ciencia y Fe.
Historia y análisis de una relación enconada, Maroba, Madrid
1980; ID., Dios y la ciencia, Fundación Santa María, Madrid
1985; ID., “Ciencia y fe cristiana”, en La razón y las razones,
Tecnos, Madrid 1991, 147-228; ID., “Ciencia y creencia: propuesta
a los universitarios”, en Poder y bienaventuranza: los
españoles en la encrucijada, EE, Madrid 1984, 53-73; RAÑADA
A. F., Los científicos y Dios, Ediciones Nobel, Oviedo
1994; RIAZA MORALES, J.M., La Iglesia en la historia de la
ciencia, BAC, Madrid 1999; RUIZ DE LA PEÑA, J.L., Teología
de la creación, Sal Terrae, Santander 1986, pp. 201-273; ID.,
Crisis y apología de la fe: Evangelio y nuevo milenio, Sal
Terrae, Santander 1995, 17-65; 115-261; ID., “Dios y el
cientifismo resistente”: Salmanticensis 39 (1992) pp.
217-243; RUSSELL, R.J., STOEGER, W.R., COYNE, G.V.(eds.), John
Paul II on Science and Religión. Reflections on the New from Rome,
Vatican Observatory Publications, Vatican City State 1990; SAYES
J.A. Ciencia, Ateísmo y Fe en Dios, EUNSA, Navarra 1994;
ID., Dios existe, Madrid 1982; SCHAEFFLER, R., “Teoría de
la ciencia y teología”, en Fe cristiana y Sociedad moderna,
T. 20, Madrid 1987, 13-99; SEQUEIROS, L., Raíces de la
humanidad: ¿Evolución o creación?, CUADERNOS FyS, Sal Terrae,
Santander 1992; SIMON, J., A Dios por la ciencia, CODESAL,
Madrid 1979; TALBOT, M., Misticismo y física moderna,
Kairós, Barcelona 1986; TAMAYO ACOSTA, J.J., Para comprender:
La Crisis de Dios hoy, Estella 1997; TRESMONTANT, CLAUDE,
Cómo se plantea hoy el problema de Dios, Barcelona 1969; ID.,
Ciencias del universo y problemas metafísicos, Herder,
Barcelona 1978; TREVIJANO ETCHEVERRIA, M., Fe y Ciencia:
Antropología, Sígueme, Salamanca 1996; UDÍAS VALLINA, A.,
Conflicto y diálogo entre ciencia y religión, AQUÍ Y AHORA,
Sal Terrae, Santander 1993; ID., “Ciencia y fe: un diálogo
posible” en Razón y Fe, Noviembre 1986, 302-312; ID.,
“Relación entre ciencia y fe: panorámica actual”, en Actasdel IX Congreso Diálogo Fe- Cultura: <<Nuevo milenio para un
Humanismo sin fronteras>>, Tenerife 2000, 156; ID., El
universo, la ciencia y Dios, PPC., Madrid 2001; WILBER, KEN,
Cuestiones cuánticas. Escritos místicos de los físicos más famosos
del mundo, Kairós, Barcelona 1986; ID., Ciencia y religión:
El matrimonio entre el alma y los sentidos, Kairós, Barcelona
1998.
[xvi]A
LLÈGRE, C., Dios frente a la ciencia, Barcelona 2000,
185-186.
[xvii]
Cfr. RUIZ DE LA PEÑA, Crisis y apología de la fe, Santander
1995, 137 ss; KÜNG H., ¿Existe Dios?, Madrid 19794,
141-186; ARTIGAS, M., El desafío de la racionalidad,
Navarra 1994; ID., “El principio de la verificación empírica en
la ciencia actual”, Dios y el hombre, VI Simposio
Internacional, Pamplona 1985, 69-84, etc.
[xviii]
RADNITZKY, G., “Hacia una teoría de la investigación que no es ni
reconstrucción lógica ni psicología o sociología de la ciencia”,
Teorema, 3(1973), pp. 254-255; además: ARTIGAS, M.,
Filosofía de la ceincia experimental, Navarra 1989, 393-399;
ID.,Filosofía de la ciencia, Navarra 1999, 264 ss.; BROWN,
H. I., La nueva filosofía de la ciencia, Madrid 1983,
191-223; TORRES QUEIRUGA,, A., Fin del cristianismo premoderno.
Retos hacia un nuevo horizonte, Santander 2000, 182-186.
[xix]
Cfr. J. L. RUIZ DE LA PEÑA, “Dios y el cientifismo resistente”:
Salmanticensis 39(1992) pp. 217-243.
[xxiv]Son
esclarecedoras sobre esta cuestión, además de la rica bibliografía
que cita, las reflexiones de RUIZ DE LA PEÑA, J.L., Crisis y
apología de la fe, Santander, 1999, 139 ss. También
ampliamente: ARTIGAS, M., La mente del universo, Navarra
1999, 58-95; SANGUINETI, J. J., “Ideas metafísicas y
verificabilidad en las ciencias”, Dios y el hombre, VI
Simposio Internacional, Navarra 1985, 85-102; MARTÍNEZ VELASCO,
J., “Presupuestos básicos de la ciencia y cambio científico”,
Estudios filosóficos, 122 (1994) 62-96; PÉREZ LABORDA, A.,
“Sobre la pretensión de explicar lo real”, Communio 88
(1979) 198-206; MARTÍNEZ, RAFAEL., “Cuestiones filosóficas de la
física moderna”, en Actas del IX Congreso Diálogo Fe-Ciencia:
<<Nuevo milenio para un humanismo sin fronteras>>, Tenerife
2000, 65-84; PACHO J. - URSÚA, N., Razón, revolución y ciencia,
Bilbao, 1990, 13 ss; POLKINGHORNE, J., Ciencia y Teología,
Santander 2000, 22-34. En relación al desinterés de la filosofía
por las cuestiones del sentido y globalidad y la tendencia en las
ciencias particulares por ocupar este espacio, son aprovechables
las consideracionesde Pannenber: “La relevancia de las ciencias
naturales para la comprensión global del hombre y del mundo sólo
puede tratarse adecuadamente en el plano de la reflexión
filosófica sobre los resultados y metodología de esas mismas
ciencias. Es éste un hecho que en nada cambia el que a lo largo de
este siglo muy pocos filósofos (como Bergson y sobre todo Alfred
North Whitehead) se hayan atrevido a presentar una interpretación
filosófica de la realidad mundanal. En nuestros días, la filosofía
se ve capaz de ofrecer una orientación básica y global sobre la
realidad empírica en muy raras ocasiones. Hemos hecho ya hincapié
en que este hecho es consecuencia del descuido de la tradición de
la teología filosófica, debido a que hablar de Dios obliga también
a poner en cuestión el concepto de mundo. El hueco dejado por la
filosofía lo colman hoy forzosamente las diferentes ciencias,
cuyos cultivadores empiezan como consecuencia a filosofar,
desgraciadamente, de forma a menudo parcial y filosóficamente
insatisfactoria” (ID., Una historia de la filosofía desde la
idea de Dios, Sigueme, Salamanca 201,21; TRIGG ROGER (University
of Warwick (United Kingdom)), “La racionalidad en la ciencia y la
teología” en Scripta Theologica, 30 (1998), pp. 253-259;
ANDALUZ ROMANILLOS A. M., Críticas y alternativas a la
racionalidad neopositivista, Religión y Cultura, XXXIX (1993)
93-127.Páginas Web de interés, sobre la relación de la ciencia, fe
y religión: http://www.unav.es/cryf/pagina_4.html#origen.
[xxv]BROWN,
H.I., La nueva filosofía de la ciencia, Madrid 1984,
221-222; ARTIGA,S M., Filosofía de la ciencia experimental,
Navarra 1989; ID., Filosofía de la ciencia, Navarra
1999250-285; TRESMONTANT, CLAUDE, Ciencias del universo y
problemas metafísicos, Barcelona 1978; MERINO, J. A.,
Ciencia, filosofía y existencia, Madrid 1987,9-32, 75-94.
[xxvi]CARREIRA,
M., El creyente ante la ciencia, Madrid 1982, 10-11.
[xxvii]
Frente a la física cuántica y el problema de la indeterminación
como cesación del principio de causalidad puede verse someramente:
ARTIGAS, M., Filosofía de la ciencia, Navarra 1999, 267;
ID., Ciencia, Razón y Fe, Madrid 19863, 81-98;
HÜBNER, KURT, Crítica de la razón científica,, Barcelona
1981, 21-34; PÉREZ LABORDA, A, Ciencia y fe. Historia de una
relación encontrada, Madrid 1980, pp. 58-80; BARBOUR, I. G.,
Religion in an Age of Science, San Francisco 1990,
101-104. Por la misma razón, tampoco resultaría correcto el uso
apologético que se hade de la indeterminación física para
respaldar la libertad y la posibilidad de acciones divinas en el
mundo:Cfr. TORRES QUEIRUGA, A., Diálogo ciencia-fe en la
actualidad”, en Fin del cristianismo premoderno: Retos hacia un
nuevo horizonte, Santander 2001, 192-193).
[xxviii]
GUITTON, J.-BOGDANOV, G.-BOGDANOV, I., Dios y la ciencia: Hacia
el metarrealismo, Madrid 1992,27,43-44,54.
[xxix]
AA.VV., Dios y la ciencia, Madrid 1992, 37. “En física
-argumenta Grichka- existe un nuevo concepto que ha demostrado su
riqueza operativa: el vacío cuántico. Precisemos en seguida que el
vacío absoluto, caracterizado por una ausencia toral de materia y
de energía, no existe. Incluso el vacío que separa las galaxias no
está totalmente vacío: contiene algunos átomos aislados y diversos
tipos de radiación. Ya esté natural o artificialmente creado, el
vacío en estado puro no es más que una abstracción: no se
conseguirá eliminar de la realidad el campo electromagnético
residual que forma el ‘fondo`del vacío. En este nivel, es
interesante introducir la noción de equivalencia entre materia y
energía. Si planteamos que en el seno del vacío existe una energía
residual, ésta puede perfectamente convertirse en materia durante
el curso de sus ‘fluctuaciones de estado`: nuevas partículas
surgirán entonces de la nada.
El vacío
cuántico es así el teatro de un incesante balt de partículas que
aparecen y desaparecen en un tiempo extremadamente breve,
inconcebible a escala humana”( Ibid., 37-38.).
[xxx]
RUIZ DE LA PEÑA, J.L., Crisis de fe y apología de la fe,
Santander 1999, 146.
[xxxi]
El doctor Liebig, nos recuerda que las ciencias naturales no
captan la plenitud de la realidad, necesitando ser coronadas por
la filosofía y la teología. “Muchos problemas -nos dice- no pueden
ser explicados de una manera segura y completa a base de los
puros medios científico-naturales. Las ciencias naturales no
captan la plenitud de la realidad ya que metodológicamente se
limitan a campos determinados y muy limitados de la realidad: a lo
captable a través de la observación o de los experimentos con los
sentidos exteriores, es decir, a los hechos materiales capaces de
ser medidos (...). Tenemos que precavernos frente a una sobrestima
de las ciencias naturales, como si solamente ellas estuviesen en
posesión de un auténtico saber o solamente con los métodos de las
mismas se consiguiese el acceso a la totalidad de la realidad, lo
que, en absoluto, no es verdad. (...). Sería una actitud
enteramente falsa la de pretender negar la existencia de aquellas
realidades que no se pueden comprobar con los métodos de las
ciencias de la naturaleza. (...). Mientras que no se puede esperar
de parte de las ciencias naturales una respuesta al problema
relativo al sentido del mundo y de la vida (terrena) del hombre,
la manera filosófica y religiosa de reflexionar (que asume en sí
las declaraciones científico-naturales seguras) conduce a una
comprensión del sentido de la totalidad de la realidad.. Los
resultados de la investigación de las ciencias naturales
incrementan no solamente la ciencia, sino frecuentemente también
el poder del hombre. Lo que no le dicen es lo que le es lícito
hacer o lo que tiene que omitir (...). Las ciencias naturales no
pueden con sus propios métodos ni rechazar las verdades
sobrenaturales de la fe ni tampoco “demostrarlas”.. No pueden más
que comprobar negativamente que los resultados de su propia
investigación no exigen la negación de la existencia de Dios, la
condición de criatura del mundo y la inmortalidad del alma humana”
(LIEBIG, R., La otra revelación, Santander 1977, 234-236);
ALFONSECA M., La fe en Dios a la luz de la ciencia, Religión y
Cultura, XLVI(2000) 763-781;. GARCÍA C., Génesis y
evolución. Los niveles de la ciencia y de la fe, Sal Terrae,
63 (1975) 214-223; RUÍZ DE LA PEÑA J.L., La fe ante el
tribunal de la razón científica, Sal Terrae, 72 (1984)
627-643.
[xxxii]
HAWKINS., Historia del tiempo, Barcelona 19983 ,
223.
[xxxiv]ARRAZ
DODRIGO, M., “Agujeros negros y creacionismo: Los escarceos
teológicos de un cosmólogo” Religión y Cultura, 35(1989)
550. También: Cf. ID., “Origen del Universo. El presupuesto y
fuentes de los modelos cosmológicos”, Religión y Cultura,
XLII 196 (1996) 101-116; 197 (1996) 361-375; 198-199 (1996)
603-631.
[xxxv]Los
trabajos sobre Creación y Teología es amplísima, por ello aquí
sólo hacemos cercanas y elementales sugerencias, recomendado la
bibliografía sita en ellas: Cfr. RUIZ DE LA PEÑA, J.L.
Teología de la creación, Santander 1986, 21-150; ALTNER, G.,
“Mundo técnico-científico y creación” Fe cristiana y sociedad
moderna, 20, Madrid 1987, 102-139; CAVALLIERI, G.,
“Creacionismo y Física actual”, Palabra 235, II-1985 26
(78)- 33(85); IBAÑEZ, ARANA., Para comprender: El libro del
Génesis, Navarra, 1999; BERZOSA MARTÍNEZ, R., Para
comprender. La creación en clavecristiana, EVD,
Navarra, 2001; ARMENDÁRIZ, L.M., “Creación”, en Diccionario
teológio. El Dios cristiano, Salamanca 1992, 308- 317; GOLZANI,
G., “Creación”, en Diccionario teológico Interdisciplinar,
vol. II, Salamanca 1982, 140-157; KÜNG, H., Credo, Trotta,
Madrid 1997, 26-28; TORRES QUEIRUGA, A., “La idea de creación:
radicación filosófica y fecundidad teológica”, en Iglesia viva,
183(1996) 211-234; GARCÍA DONCEL, M., “Creación y teorías
cosmológicas”, Iglesia viva, 183 (1996)236-245; SÁNCHEZ,
J.J., “Creación e historia”, Iglesia viva, 183 (1996)
247-258.
[xxxvi]Cfr.
RUIZ PEÑA, J.L. Crisis y apología de la fe, Santander 1999,
149 ss.
[xxxvii]
RUIZ DE LA PEÑA, J.L., Crisis y apología de la fe,
Santander 1999, 148 ss.
[xxxviii]WEINBERG,
S., Los tres primeros minutos del universo, Madrid 19846,
15.
[xxxix]
Un sencillo esquema sobre las distintas posturas y combinaciones
de interración entre la teología y la ciencia, inspirada en I.
Barbour: Cfr. POLKINGHORNE, J., Ciencia y Teología,
Santander 2000, 38-40.
Significativa podría ser la postura, por otra parte nada novedosa,
pero sí enriquecedora de Stephen Jay Gould, en su “Ciencia
versus religión. Un falso conflicto”, Barcelona 2000. En su
preámbulo llega a decir: “Escribo este libro para presentar una
resolución felizmente simple y completamente convencional a un
tema tan cargado por la emoción y por el peso de la historia... Me
refiero al supuesto conflicto entre ciencia y religión, un debate
que sólo existe en la mente de las personas y en las prácticas
sociales, no en la lógica o en la utilidad adecuada de estos temas
completamente distintos, e igualmente vitales. (...). No veo de
qué manera la ciencia y la religión podrían unificarse, o siquiera
sintetizarse, bajo un plan común de explicación o análisis; pero
tampoco entiendo por qué las dos empresas tendrían que
experimentar ningún conflicto. La ciencia intenta documentar el
carácter objetivo del mundo natural y desarrollar teorías que
coordinen y expliquen tales hechos. La religión, en cambio, opera
en el reino igualmente importante, pero absolutamente distinto, de
los fines, los significados y los valores humanos, temas que el
dominio objetivo de la ciencia podría iluminar, pero nunca
resolver... Propongo que encapsulemos este principio básico de la
no interferencia respetuosa (..) enunciado en el principio de los
magisterios que no se superponen, al que para abreviar denominaré
MANS” (o.c.,11-13).
[xl]
Para este tema de la relación entre la teología y la ciencia: Cfr.:
OVIEDO, LLUÍS, “La fe en diálogo: con la razón, la cultura y las
ciencias”, en IZQUIERDO, C. (Eds.), Teología fundamental.Temas
y propuestas para el nuevo milenio, Bilbao 1999, 481-489;
UDÍAS A., Ciencia y fe: Un diálogo posible, Razón y fe, 214 (1986)
302-312; GUTIÉRREZ MARTÍNEZ A., Ciencia y religión: Un diálogo
posible, Studium, vol. XL, fasc. 2, año 2000, 257-265;
TEJERINA ARIAS, G., “Hacia una nueva metodología teológica”, en
Actas de las III Jornadas de Teología sobre Fe en Dios y Ciencia
Actual, Santiago de Compostela 2002 pp. 233-257.
"Rock of Ages"
(Libro
de Stephen Jay Gould)
Ficha Bibliográfica: Gould, Stephen Jay.
Rocks of Ages: science and religion in the fullness of life.
Random House, New York, 1999.
NOTA del autor
de esta reseña: *”Rock of Ages” es el título de un himno
cristiano, traducido como “Roca de la Eternidad”.
Autor
Stephen
Jay Gould es uno de los científicos más conocidos
internacionalmente. Su prolífica pluma, su erudición y su tenaz
defensa de la Evolución le han hecho famoso. Es profesor de
Zoología y de Geología en Harvard, así como el Curator de
paleontología de invertebrados del Museo de Zoología Comparativa
(también de Harvard).
Sinopsis
Este libro es
una apología del concepto “MANOS” (NOMA, en inglés: Non-Overlapping
Magisteria; que traducido suena a algo como “Magisterios NO
Superpuestos”). La idea tras este acrónimo es que las líneas de
influencia de la Ciencia y de la Religión no son líneas que se
intercecan, sino líneas perpetuamente paralelas. Los campos que
tratan son de dos esferas no sólo diferentes sino excluyentes.
Para mejor entenderlo mejor,
necesitamos examinar las definiciones de los términos importantes
en el libro. Para el autor, la Ciencia “trata de documentar el
carácter fáctico del mundo natural y de desarrollar teorías que
coordinen y que expliquen estos hechos.” Por otro lado la Religión
opera, según Gould “en el igualmente importante, pero marcadamente
diferente, terreno de los propósitos, significados y valores
humanos”. (4) En base a esto el magisterio de la ciencia “abarca
el terreno (o reino) empírico: de lo que está constituido el
Universo (los hechos) y por qué funcionan de esta manera
(teorías). El magisterio de la religión, por otra parte, se
extiende sobre cuestiones del significado último de la existencia
y de los valores morales. (6) Ambos
poseen “igual valor y sitial necesarios para cualquier vida humana
completa,”… pero “permaneciendo lógicamente distinguibles y con
estilos de investigación completamente separados…” (58-59)
Los ejemplos de
Charles Darwin y de Thomas Huxley son mencionados como
ilustrativos. También se mencionan el ejemplo más antiguo de
Galileo en su enfrentamiento con la Iglesia Católica Romana en el
siglo XVI como una demostración de lo que sucede cuando no se
respeta la separación de ambos campos o terrenos.
Luego examina
los encontronazos Religión-Ciencia en el contexto estadounidense
durante el siglo XX. Aquí el señor Gould da rienda suelta a su
crítica contra aquellos que no respetan las reglas del juego en
este tiempo: los Creacionistas. (125-170) Estos se equivocan,
comenta Gould, al intentar imponer sus criterios religiosos al
campo de la ciencia.
De la misma
manera también censura a los científicos que pretenden imponer, en
aras de la ciencia, sus particulares criterios éticos o
metafísicos que estos últimos, pretenden derivar del mundo
natural. Es imposible para la Naturaleza darnos indicios o guías
en cuanto a Dios o en cuanto a la moral.
Ni
enfrentamiento, ni sincretismo, dice Gould. En una obvia
referencia a aquellos, que como su “enemigo” Richard Dawkins,
abandonan la cátedra para usurpar el púlpito intentando promover
sus ideales ateos como inseparables de la ciencia, les dice
también que ese no es el camino a seguir. Gould, que se identifica
a sí mismo como agnóstico, explica que es la separación, no el
proselitismo, la clave para la convivencia. La solución está en “NOMA”,
con ambos magisterios en constante diálogo.
Casi al final
del libro el autor explica cuál es, entonces, el lugar de la
religión: el del sentido trascendente de la existencia (Dios,
significado y moralidad). Después de todo, asegura Gould, es
dentro de “nosotros mismos” donde se puede encontrarla
contestación a las preguntas de ese tipo.
Comentarios y Evaluación
El paradigma
propuesto por el Dr. Gould es, si no novedoso, interesante. Parece
presentarnos la solución ideal a un conflicto que no debería
existir entre la religión y la ciencia.
La crítica más
obvia al libro es que, para el cristiano, “toda verdad, es verdad
divina”. Esto quiere decir que, correctamente entendidas, no
debería haber contradicciones entre la fe y la ciencia. Si existen
es porque en uno de los lados del conflicto falta la información
correcta (la “verdad”). La inseparabilidad de magisterios puede
ser una herramienta útil en la investigación, pero no en la
integración del conocimiento.
En segundo
lugar, como tantos otros antes que él, el Dr. Stephen Jay Gould
define el campo (o dominio) de la religión usando términos tan
insustanciales que excluyen cualquier aplicació de carácter útil o
práctico fuera del campo de las ideas. Como tantos otros, condena
a la religión a un mundo completamente subjetivo y a una
existencia dónde su única aplicación práctica lo es en el mundo de
la ética.
Una tercera
crítica nace del hecho de que el autor no practica lo que predica.
En lo que se refiere al sentido de la naturaleza (creación) y del
ser humano en ella, parece escabullirse de los dulces brazos de
“NOMA” y acaba seducido por un humanismo tan religioso como las
religiones tradicionales. Sus aseveraciones tienen un obvio
sentido metafísico que escapa a la pura interpretación científica.
Por ejemplo…
“Cómo, a la luz
de nuestra pequeñez cósmica, podemos nosotros tan siquiera
contemplar algún sentido intrínseco favorable” (178)
“ Y cuando
rechazamos el canto de sirenas de las fuentes falsas, nos
convertimos en libres para buscar soluciones a preguntas de moral
y significado en el lugar adecuado—dentro de nosotros mismos”.
(196-197)
Conclusión
El libro "Rock
of Ages" de Stephen Jay Gould es uno de fácil lectura e
interesante temática. Sin embargo, y aunque lo intenta, el autor
no pudo escabullirse del mismo error que critica. El Dr. Gould,
que como todo ser humano busca un sentido a su existencia, dice
que éste se encuentra en uno mismo. De manera que, al final del
libro, el autor acaba llegando a conclusiones metafísicas
basándose en criterios naturales (de la Ciencia). Es aquí donde
“se le ve el plumero” al Dr. Gould.
Puede ser que,
como muchos hoy, y diferente a aquellos grandes científicos del
pasado (Newton, Pasacal, Boyle, etc.), el Dr. Gould no quiera
rendirse ante Dios y prefiera continuar inclinándose ante el ídolo
de la Ciencia y ofreciendo libaciones sobre el altar de las
lucubraciones humanas que, siguiendo su argumento, son tan sólo el
producto de un proceso impersonal y materialista. Si así lo hace,
se convierte el Dr. Gould en otro más que “rinde culto a la
criatura antes que al Creador.” Ha sacado a Dios de Su trono y ha
elevado a la humanidad en su lugar. El magisterio del mundo
natural (científico) continúa, a fin de cuentas, sustituyendo al
magisterio de la religión
Ahora, señor
Gould, ¿cómo explica usted eso?
Dr. José R.
Martínez-Villamil
Octubre, 2001.
Barcelona
Mente Abierta (www.menteabierta.org)
[xli]
BUNGE, M., Materialismo y ciencia, Barcelona 1981, 138.
[xlii]
Cfr. BONÉ ÉDOUARD, ¿Es Dios una hipótesis inútil?. Evolución y
Bioética. Ciencia y Fe, Sal Terrae, Santander 2000, 29-37.
[xliii]
Un excelente trabajo sobre las corrientes antropológicas hoy en
boga, en el que se articulan las contraposiciones dialécticas:
sujeto-objeto (¿es el hombre realidad subjetiva, personal, frente
al mundo de las cosas, o sólo hay una realidad objetiva
omnicomprensiva?), hombre-animal (¿es el hombre una especie
zoológica más, o dista cualitativamente de cualquier otro animal?)
y mente-cerebro (¿encuentra la mente explicación acabada en el
cerebro, o lo mental trasciende a lo meramente cerebral?), en RUIZ
DE LA PEÑA, J.L., Las nuevas antropologías. Un reto a la
teología, Sal Terrae, Santander 1983.
[xlvii]
HEISENBERG, W., La imagen de la Naturaleza en la física actual,
Ed. Planeta- Agostini, Barcelona 1993, 43-46. A la luz de este
texto parece claro el papel que juega el problema del sentido en
la relación entre la teología y las ciencias. En esta línea podría
servirnos de ayuda, v. gr.: TEJERINA ARIAS, G., o.c.,
251-257. El autor, entre otras ocas, es de la opinión de que desde
el ámbito del pensamiento teológico, la cuestión de la experiencia
del sentido puede ser indicada como lugar privilegiado para el
encuentro, diálogo y cooperación entre la teología
cristiana y el conocimiento científico.