ABSTRACT:
Generalmente se ha asumido
que el argumento escéptico del sueño señala la imposibilidad de
determinar si se está dormido o despierto. En esta ponencia quiero
mostrar que tal interpretación es errada y que lo que el argumento del
sueño ataca es la estructura causal de la percepción, comprometiendo al
escéptico con el realismo y el fundacionismo. Si se comparten estos
compromisos con el escéptico con el realismo y el fundacionismo. Si se
comparten estos compromisos con el escéptico, no habrá manera de
refutarlo; si se quiere lograr esto, será necesario evadir los
compromisos con el riesgo de abandonar la forma clásica de entender el
conocimiento.
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Aunque Moore intente probar la existencia de objetos externos levantando
ambas manos, diciendo que él sabe que existen y demostrando que sabe que
está despierto, Él no puede satisfacer al escéptico quien ve en el
conocimiento sensible un genuino problema filosófico. Casi todos
concordamos en que la respuesta de Moore al escéptico no es
satisfactoria, pero surge inmediatamente la pregunta de por qué no lo es
(Cfr., Ayer, 1954) , (1) ¿Qué hay de específico en la pregunta del escéptico?
El objetivo de esta
ponencia es el de investigar qué es lo específico en la pregunta del escéptico
que impide una respuesta como la de Moore: argumentaré que la respuesta
de Moore no puede satisfacer al escéptico porque su pregunta tiene
compromisos realistas y fundacionistas.
Como es sabido, el
escepticismo moderno nace a partir de la exigencia cartesiana de saber si
se está despierto: si yo no puedo saber que estoy despierto no sé nada
del mundo circundante; no puedo saber, por ejemplo, que estoy sentado
frente al fuego, con un papel en la mano. La hipótesis cartesiana del sueño
se ha interpretado generalmente como aquella que, mostrando la
imposibilidad de distinguir entre sueño y vigilia, concluye que no
podemos tener ningún conocimiento del mundo circundante, que ni siquiera
podemos saber si existe o no. Moore comparte esta interpretación de la
hipótesis: según él, para saber algo del mundo circundante (i.e., «sé
con certeza que estoy de pie») es indispensable saber si se está
despierto o dormido. (Cfr., Moore, 1959, p. 248-9).
Así interpretado, el
argumento del sueño señala que es imposible determinar la verdad de
proposiciones perceptuales como «sé que estoy sentado frente al fuego»
o «he aquí una mano», en virtud de que en tales casos es imposible
satisfacer la exigencia de saber que se está despierto. Y esto es, en
consecuencia, una condición necesaria aunque no suficiente para saber
algo del mundo circundante.
Ahora bien, en mi opinión,
el argumento cartesiano es mucho m·s radical pues mostraría la imposibilidad
de establecer un vínculo causal entre nuestras representaciones mentales
– ideas – y el mundo; y, por lo tanto, aquellos que interpretan la
preocupación escéptica como la dificultad – acaso insalvable
– de determinar si se está soñando o no, toman el argumento cartesiano
de forma demasiado literal.
El argumento del sueño,
más que señalar que es posible que siempre estemos soñando, lo
que hace es mostrar que el vínculo causal entre nuestras creencias y lo
que el mundo es puede ser completamente distinto de como creemos que es.
El punto es que la diferencia que el argumento escéptico de Descartes
establece entre vigilia y sueño es concerniente a causas (Cfr., Wright,
1991, pp. 90 y ss) y, en este sentido, la metáfora del sueño sólo ayuda
a hacerlo más dramático, sería un 'experimento mental,' veamos
por qué.
Una característica de lo
que nosotros llamamos sueño es la de que el contenido de una experiencia
perceptual durante él es primordialmente causado por medios disociados de
los eventos comunes en el entorno cotidiano perceptible del sujeto. Es
decir, en un sueño el entorno del sujeto soñador no desempeña ninguna
función importante en el contenido de su experiencia perceptual.
Naturalmente, es posible que alguien sueñe que está lloviendo, por
ejemplo, dado que durante el sueño percibe ciertos ruidos en la
ventana ocasionados por lo que se quiera; pero el contenido de su
experiencia perceptual, aunque inducido por el ruido de la ventana, no
tiene una relación necesaria con el entorno cotidiano. Por el contrario,
una experiencia de vigilia sólo cuenta como tal si alguna de las causas
de su contenido son cosas o estados de cosas del entorno perceptivo. Lo
que se percibe durante la vigilia es, en algún sentido, causado
por hechos que se dan en la realidad; esto no equivale a afirmar que
existe una semejanza entre el contenido de una experiencia perceptual y el
objeto que se supone debe causarla; lo único que afirmo, por el momento,
es que cuando alguien dice, durante la vigilia y en condiciones
perceptuales óptimas, «veo una hoja de papel pero no es el caso que una
hoja de papel sea una de las causas de mi experiencia visual» se está
contradiciendo.
Así, una experiencia de
sueño, o lo que comúnmente llamamos sueño, está constituida por
elementos disociados del entorno; por lo tanto, al soñar se carece de
cualquier relación con aquello que sucede alrededor, aun cuando lo que se
sueñe sea idéntico con lo que acontece en la realidad. En conclusión,
la diferencia entre sueño y vigilia está enmarcada en una distinción
concerniente al origen causal de las experiencias perceptuales; en el sueño
la experiencia perceptual no tiene un origen causal en el mundo real y lo
que el argumento del escéptico dice es que es necesario que se pueda
establecer el origen causal de una experiencia perceptual, y lo que su
conclusión señala es que tal origen no puede establecerse.
La diferencia entre sueño
y vigilia que he intentado caracterizar se apoya en dos presupuestos básicos
que son asumidos por Descartes y los empiristas clásicos. El primero
tiene que ver con una concepción causal de la percepción, según la
cual:
Para toda persona S y
todo objeto material M, S percibe a M solamente si M es una causa de la
experiencia perceptual de S. (Cfr., Dicker, 1993, pp. 29 y ss).
El segundo elemento,
derivado del anterior, es el de la preeminencia del dato sensorial sobre
lo dado. Este elemento puede ser enunciado (siguiendo a Austin) así: Nunca vemos o por lo demás percibimos (o ësentimosí), o en cualquier
caso nunca percibimos o sentimos directamente objetos materiales (o
cosas materiales), sino sólo datos sensoriales (o nuestras propias ideas,
impresiones, sensa, percepciones sensoriales, perceptos, etc.) (Austin,
1981, p. 42), y estos datos sensoriales son causados por algo.
Ambos elementos son
ciertamente muy problemáticos, pero si se asumen conducen a la conclusión
escéptica. De esta manera, lo que la hipótesis del escéptico muestra es
la imposibilidad de determinar el origen causal de una percepción
determinada ya que sólo contamos con lo inmediatamente dado. Lo que el
argumento muestra es la dificultad para pasar de lo que nos es dado en la
percepción a lo que supuestamente debió causarlo. Esto significa que el
conocimiento perceptual de que p bien pudo producirse durante un
sueño y lo que tenemos es un no conocimiento de que p.
Cuando Moore dice que un argumento que se emplea para señalar la
imposibilidad de saber algo del mundo circundante apela a la posibilidad
de que él, muy a su pesar, esté soñando, lo que está diciendo es que
alguien (quizá un testarudo escéptico) considera como probable que Moore
desconozca el origen causal de su experiencia perceptual, aunque levante y
agite ambas manos. De la misma forma, si Moore puede saber, por algún
medio, que no está soñando (i.e., si puede saber cuál sea el
origen causal de su experiencia perceptual), entonces sabrá que su
experiencia perceptual ha sido causada por objetos en su entorno
determinante, aunque mueva sólo levemente su dedo.
Así, se revelan tres
elementos fundamentales (Cfr., Bieri, 1989) en todo argumento escéptico
que cuestione nuestro conocimiento del mundo externo: (1) Existe una
independencia constitutiva entre lo que creemos y la causa de nuestra
creencia; (2) nosotros podríamos estar en la situación de creer que p
y, sin embargo, que p no sea el caso. (1) y (2) manifiestan un
aspecto central dentro de toda hipótesis escéptica: existe una
independencia entre nuestras creencias y nuestro entorno objetivo y,
dado que no existe ninguna relación entre lo que se cree y la causa de la
creencia, entonces es posible que lo que creemos sea falso. Entornos
objetivos distintos pueden provocar (y provocan) creencias
cualitativamente idénticas y, desde ellas, es imposible determinar el
entorno que las provoca. En terminología contemporánea podemos decir que
estados mentales idénticos pueden originarse a partir de entornos
objetivos distintos, sin que podamos determinar cuál entorno los provocó.
Si nuestra creencia de
que estamos sentados frente al fuego con un papel en la mano es
independiente de lo que he llamado nuestro entorno objetivo, (i.e.,
del hecho de que realmente estemos sentados frente al fuego) entonces es
posible que estemos soñando (que nuestro entorno objetivo sea distinto) y
que nuestras creencias sean cualitativamente idénticas. Así, una tercera
característica sería: (3) dado que entornos objetivos distintos pueden
provocar creencias idénticas, entonces ningún entorno objetivo puede
confirmar ni negar nuestras creencias. Si todas nuestras creencias carecen
de conexión con lo que es el caso, entonces, es obvio, no podemos usar
ningún contenido empírico para confirmarlas (ni para refutarlas). Por lo
tanto, las hipótesis escépticas son irrefutables empíricamente y, por
lo tanto, los intentos de Moore por encontrar una prueba inductiva en
contra del escéptico son infructuosos. Estas tres características
constituyen, en mi opinión, los elementos fundamentales de todo argumento
escéptico que niega la posibilidad del conocimiento sensible.
En conclusión, que para
refutar al escéptico no baste con señalar, vehementemente si se quiere,
que yo sé que estoy despierto, no significa que la pregunta del escéptico
no contenga un fuerte compromiso realista y fundacionista que es el que
ahora analizaré.
En efecto, la exigencia
de saber que se está despierto, es decir, la de establecer el origen
causal de todo contenido perceptual, puede ser interpretada de dos formas:
la primera, que sería algo totalmente inútil para el escéptico; la
otra, daría al escéptico la ventaja argumentativa que necesita, pero
comprometiéndolo con alguna suerte de fundacionismo.
En la primera lectura se
señalaría que es evidente, desde el sentido común, que el conocimiento
perceptual de p es incompatible con la posibilidad de estar soñando
que p. Sin embargo, esto no implica que debamos conocer algo previo
para poder tener algún conocimiento del mundo; es más, dado que a menudo
llegamos a conocer cosas acerca del mundo, a menudo también sabemos que
no estamos solamente soñando – i.e., a menudo llegamos a saber
que el contenido de una experiencia perceptual fue ocasionado por algo
en el mundo externo–, así podríamos estar de acuerdo con Wittgenstein
(Wittgenstein,1969), cuando dice:
¿En qué habría de
consistir dudar ahora de que tengo dos manos? ¿Por qué no puedo ni
siquiera imaginarlo? ¿Qué creería si no creyera eso? No tengo ningún
sistema dentro del que pudiera darse la duda.
He llegado al fondo de
mis convicciones.
Y casi podría decirse
que este fundamento es sostenido por el resto del edificio.
Nos formamos una imagen
falsa de la duda. (Wittgenstein, 1988, §§ 247, 248 y 249).
Pero, y aquí pasamos a
la segunda lectura, los argumentos escépticos intentan hacer de la
exigencia de saber que no se está soñando algo más que lo que acabamos
de indicar. La toman para pedir que, si podemos adquirir conocimiento del
mundo, debemos saber que no estamos soñando; esto es, debemos ser capaces
de excluir la posibilidad del sueño en una forma que sea independiente de
todo conocimiento del mundo para garantizar así que una experiencia
perceptual determinada haya sido causada o provocada por el entorno
objetivo que debería haberla causado.
De esta forma, la
exigencia de saber que se está despierto es útil para el escéptico,
pero sólo porque introduce una dependencia de todo el conocimiento
sensible en un estrato más básico; el escéptico señala que dicho
fundamento es inalcanzable, y esto puede significar que el conocimiento
también lo sea.
De no ser porque
aceptamos que la exigencia del escéptico es legítima (en una forma
fuerte que presupone un fundacionismo), el descubrimiento cartesiano de
que no existen marcas ni señas para distinguir un episodio de vigilia de
uno de sueño fallaría, pues (como vimos en la primera lectura y como señala
Wittgenstein:Que tengo dos manos es, en circunstancias normales, algo
tan seguro como cualquier cosa que pudiera aducirse como evidencia al
respecto. (Wittgenstein, 1988, § 250)), si generalmente sabemos
que no estamos soñando en virtud de lo que sabemos acerca del mundo, no
habría razón para admitir que no pueda haber criterio para determinar si
estamos soñando o no; no sería necesario ofrecer un fundamento
adicional.
En este sentido, la
conclusión escéptica a la que inevitablemente se ve abocado Descartes
muestra que no hay forma de que el conocimiento de que no estamos soñando
sea independiente de cualquier conocimiento del mundo; i.e., no hay
un criterio meramente experiencial por el cual se excluya la posibilidad
del sueño. Pero este descubrimiento no supone una amenaza para el
conocimiento del mundo a menos que ya tengamos razones para pensar que tal
conocimiento, por su misma naturaleza, siempre requiera ser fundamentado,
como lo exige el escéptico. El descubrimiento cartesiano no sería tal a
menos que hubiera sido establecido que el conocimiento del mundo se
mantenga o se caiga dependiendo de la posibilidad de ofrecer algún
fundamento, un fundamento que, en tal caso, ha de ser metafísico.
De esta manera, o
renunciamos a cualquier pretensión de fundamento para el conocimiento y más
que responder al desafío escéptico lo evitamos, o continuamos en la búsqueda
desesperada de razones que en última instancia permitan garantizar el
conocimiento humano, pero con la posibilidad de encontrarnos con el escéptico,
por así decirlo, en cada esquina. Si la pregunta del escéptico es la de
cómo podemos estar en posición de conocer cualquier cosa, él tendrá
razón al considerar que no podemos contestarla apelando al conocimiento
en cuestión. Tendríamos entonces que variar la pregunta epistemológica
y con ella sus pretensiones, puesto que si tal pregunta es por la
naturaleza, origen y límites del conocimiento humano, siempre se tendrá
de compañía al escéptico. Si los requisitos que el escéptico y la
epistemología tradicional piden para el conocimiento son correctos y se
fracasa al intentar cumplirlos, creo que debemos concordar con aquel en
que carecemos de cualquier conocimiento del mundo externo. Esta renuncia
no significa simplemente que debamos aceptar, con un poco de perplejidad,
la vergüenza de la filosofía y considerar la existencia del mundo
externo como un acto de fe, como anota Kant; significa
primordialmente que el propósito de alcanzar una comprensión mínima del
conocimiento humano se encuentra cuestionado desde su inicio. No habría
ningún criterio para poder decir que un tejido de creencias sea mejor que
otro, y esto significaría la renuncia al ideal romántico de que conocer
sea saber, poco a poco, más acerca de lo mismo. Nunca podremos saber más
o menos, porque simplemente no hay cómo acercarse al verdadero
conocimiento.
NOTAS
(1) En la referencia
bibliográfica el año corresponde a la primera edición en el idioma
original y la página a la edición española, que aparece en la
bibliografía a continuación de la primera edición original, en caso de
que la hubiera; si no hay traduccin al español la referencia es a la
paginación del original.
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