Hay
dos presupuestos filosóficos que influyen a la hora de plantearse y
abordar una lectura, sea ésta filosófica
o de cualquier otra disciplina cognoscitiva. El primero está relacionado
con la filosofía tradicional y el segundo con la filosofía postmoderna.
Esos dos presupuestos son los siguientes:
1)
Existe un terreno de lo teórico, el pensamiento puede alcanzar verdades y
realizar juicios objetivos, separándose del nebuloso ideológico que
circunda las mentes humanas; es decir, se puede llegar a separar a la
ciencia de la ideología, (ya sea total o parcialmente, o en mayor o menor
grado). Se pueden separar los resultados (ciencia, contexto de justificación)
del desarrollo que ha llevado hasta ellos (historia, contexto de
descubrimiento), al menos a efectos cognoscitivos, que son los que aquí
interesan.
Dentro
del presupuesto de la verdad objetiva hay tres variantes principales:
A)
El conocimiento se realiza cuando se llega hasta el terreno de los
conceptos, donde se alcanzan las verdades, en la forma de una teoría. La
Lógica es la esencia del conocimiento y la base de todo conocimiento en
general, pues aunque la mente sólo se llena con experiencias se llena
ordenadamente de acuerdo con la estructura lógica con la que está
provista de antemano.
B)
El conocimiento se realiza cuando se captan hechos brutos indubitables o
cuando se acumulan suficientes hechos a favor de una propuesta o con los
que elaborar una propuesta sobre la que no quepa duda razonable hasta que
sean desmentidos los antiguos por otros nuevos y haya que rehacer la teoría.
La esencia del conocimiento es la experiencia y la mente es una tabula
rasa cuyo primer ingrediente es ese.
C) La fusión de los dos
anteriores. Teoría y experiencia son igualmente esenciales para el
proceso de conocimiento y es sólo a través de ambas como se alcanza la
verdad.
a)
La primera parte es racionalista y teoreticista y defiende un espacio
trascendental, previo, separado o separable, del de las experiencias,
b)
la segunda inductivista y defiende que no hay espacio previo, siendo por
agregación de experiencias que se construye el espacio separado o
separable, que será posterior; y
c) la tercera una combinación de ambas,
basada en la distinción entre lo que es primero gnoseológicamente (Lógica;
teoría) y lo que es primero existencialmente (experiencia; hechos). Donde
se puede defender que pese a ser ambos
momentos igualmente necesarios para el proceso de conocimiento, al ser
la captación de lo verdadero
algo relacionado, principalmente, con la parte gnoseológica; a los
efectos de la epistemología se
nos demostraría que la parte más importante de la teoría de la verdad sería la lógica, como habrían indicado
unilateralmente los teoreticistas, aunque a los efectos de la vida
existencial lo fundamental serían los hechos. No pudiendo decirse a
los efectos de la propia vida existencial de la teoría que ésta no sea un hecho entre los
hechos o, más bien, una experiencia compleja particular, no subsistente
(existencialmente) con independencia de la vida, pero si pudiendo decirse
a los efectos del propio carácter
gnoseológico de la teoría, que pueden y deben plantearse las
cuestiones (teóricamente) con independencia de su pertenencia inclusiva
al mundo de la vida. Punto relacionado con la cuestión del margen o
espacio de la justificación frente al contexto de descubrimiento, a los
efectos de no reducir el primero al segundo, lo que nos llevaría de lleno
al punto siguiente.
2)
No hay espacio al margen de la historicidad ni, por tanto, de lo ideológico.
No se puede distinguir entre ciencia e ideología porque las ciencias son
siempre ideológicas y las mentes se construyen lingüística y
contextualmente. No puede hablarse de verdad ni de juicio objetivo sino
tan sólo de acuerdo convencional entre partes ideológicas alcanzado por
la vía de la argumentación, de acuerdo con los resultados pragmáticos o
ventajas (intereses) que quieren y obtienen los dialogantes. Sólo hay
interpretaciones cargadas de ideología o historia contextual, en ese
sentido son relativas e inconmensurables unas respecto a las otras. Un
escrito es ya una interpretación y a partir de una interpretación sólo
se puede sacar otra, determinada por coordenadas variables. Luego si hemos
de vivir con interpretaciones por lo menos procuremos alcanzar a) la más
bonita (edificación) o b) la más ventajosa (pragmatismo), ya que la idea
de alcanzar la verdadera (ciencia) era una fantasía, una ilusión, o una
ideología perniciosa. Las verdades son acuerdos o construcciones histórico-culturales
conscientes, ya que las construcciones histórico-culturales inconscientes
son las ideológicas.
*
* *
1.1)
Ahora bien, fácilmente puede apreciarse que cuando leemos un texto a través
del cual queremos adquirir conocimientos, si es que hay una verdad que
desentrañar por medio de la lectura, ésta tendrá que ser unívoca, esto
es, que cualquiera que lea bien tendrá que lograr desentrañar la misma
información y adquirir los mismos conocimientos que otro. La idea de la posibilidad
de lectura objetiva pertenece al presupuesto de la filosofía
tradicional y al presupuesto de que
hay verdad. Sin embargo la pretensión de lectura
objetiva de la filosofía se divide en tantas áreas como quedaron
precisadas anteriormente: a) la lectura teoreticista,
que sería la más propiamente filosófica y que se caracterizaría por
procurar no mezclar las lecturas filosóficas, que serán las que traten
de lo más general o universal (onto-logía o lógica del ser) con las
lecturas de las disciplinas particulares; b) la lectura inductivista,
que consistirá en progresar desde las disciplinas particulares hacia la
comprensión de los textos de filosofía, eminentemente las disciplinas
históricas y filológicas; y c) la lectura teorético-inductiva,
la que combinará el análisis histórico-filológico o el uso de
cualquier otra disciplina particular, con el ir a las cosas mismas o
lectura directa, a la hora de leer y procurar comprender un texto filosófico.
Mediante las determinaciones históricas se buscarán las necesidades
externas del texto, y mediante la lectura directa las necesidades internas (o lógicas) del mismo. Obviamente desde el
paradigma de la verdad y tratándose de la lectura objetiva de la filosofía
lo segundo será lo más importante y esencial, mientras que lo primero
será secundario. La finalidad de estas lecturas es alcanzar la verdad del
texto, esto es, alcanzar a través de la verdad del texto, la captación
de la verdad objetiva.
2.1)
No hay verdad objetiva y no hay hechos, sino sólo interpretaciones. Al
leer un texto filosófico o cualesquiera otro lo que tenemos que lograr
con ello es: a) nuestra edificación, esto es, nuestra educación moral o
estética, el cultivo de nuestra sensibilidad o b) el pragmatismo, la
utilización de las interpretaciones que hagamos de ése texto para fines
socialmente relevantes, además del cultivo de la razón pragmática. Para
la lectura filosófica se podrán
utilizar las disciplinas filológicas e históricas, pero no porque haya
una única verdad histórica o filológica que nos ayude a desentrañar la
verdad del texto, sino al contrario, o bien para dejar constancia de la
no-verdad del texto (deconstrucción), o bien para nuestro estímulo como
material para la construcción, en conversación con los demás, de las
verdades pragmáticas (útiles y necesarias a la sociedad) o estéticas
(hermosas, morales; educativas) del presente, que serán relativas al
contexto de su entorno y momento de construcción. La finalidad de la
lectura hermenéutica de la filosofía no es la captación de la verdad
del texto, como medio de captar la verdad objetiva, sino la obtención de
sugerencias para la construcción del presente.
3)
Para ilustrar los dilemas de la
lectura filosófica vamos a acudir a un caso particular, las lecturas
de Nietzsche, y en concreto a su
lectura por Heidegger, autor este último al que se tiene por uno de
los padres de la hermenéutica; siendo él quien estudia a otro de los
tenidos como tal.
Quisiéramos
resaltar primero, acerca de la lectura que Heidegger hace de Nietzsche,
como se nos dice que:
Confrontación
es auténtica crítica. Es el modo más elevado y la única manera de
apreciar verdaderamente a un pensador, pues asume la tarea de continuar
pensando supensamiento y de seguir su fuerza productiva [wirkende - efectiva]
y no susdebilidades. ¿Y para qué esto? Para que nosotros mismos, por
medio de la confrontación, nos volvamos libres para el esfuerzo supremo
del pensar.
(Heidegger Nietzsche I. <Nietzsche como pensador metafísico>, p.21
de edit. Destino. Barcelona 2000).
Heidegger,
por tanto, no expone a Nietzsche para que lo conozcamos, sino que intenta
desarrollar lo productivo (efectivo) de su pensamiento, restar sus
debilidades y aprovechar sus reflexiones para realizar su propia labor de
pensamiento. Pero entonces ¿por qué hablar de Nietzsche?. Si se lee de
forma edificante, para estimular el propio pensamiento y no para captar y
exponer la verdad de los pensamientos ajenos, ¿para qué mencionar a
ninguno de los leídos?. Cuando alguien se ha apropiado de los
pensamientos de otros ni siquiera es consciente al escribir de que sus
reflexiones proceden de las fuentes por las que transitó. La lectura
edificante se diferencia de la lectura
filosófico tradicional o de la lectura
erudita (corolario y determinación de la anterior) como el género
ensayo de la tesis doctoral.
Se
puede discutir la postura heideggeriana en cuanto que afirma que lo
esencial del pensamiento de Nietzsche se encontraría en su proyectada y
nunca llevada a efecto (excepto por la compilación de su hermana nazi)
obra, La Voluntad de Poder. Parece como si Heidegger aceptase en
este punto que el filósofo cuando da lo mejor de sí mismo es al final,
después de muchos años de reflexión, pero eso le da a la tarea del
pensar un progresismo un tanto hegeliano, un progresismo del que en
realidad, es difícil escapar. Sin embargo, en otras obras, Heidegger ha
rechazado esa visión acumulativa o de progreso, me refiero a los Holzwege,
cuando en <La época de la imagen del mundo> nos dice
Heidegger que nadie diría que las tragedias de Shakespeare son un progreso respecto a
las de Esquilo, al cuestionar la idea de progreso.
Si
las lecturas son inconmensurables no se puede progresar por medio de las
reflexiones de otros, sino que hay que pensarlo todo uno mismo. Sin
embargo es precisamente Hegel quien plantea que hay que hacer las dos
cosas, o, mejor dicho, que las dos cosas son lo mismo: hay que pensarlo
todo uno mismo, transitar por todas las figuras de la conciencia, pero así
no se hace sino aprovechar el acumulado caudal cultural de la humanidad.
El
que Nietzsche pertenezca a la tradición en cuanto metafísico, en cuanto
propugnador de una metafísica de la voluntad de poder, sería, a juicio
de Heidegger, su debilidad; mientras que en sus tesis sobre el eterno
retorno estaría su fuerza productiva. Ese es el resultado de la propia
confrontación de Heidegger con Nietzsche. ¿Qué ocurre si nuestra propia
confrontación con el pensamiento de Nietzsche no nos lleva a esa misma
conclusión? ¿Hemos de seguir la lectura de Heidegger? o ¿Tendremos que
confrontar nuestro pensar a Nietzsche con el pensar a Nietzsche de
Heidegger? ¿O acaso serán las lecturas inconmensurables?. ¿Cómo
contrastarlas, cómo evaluar qué lectura comprende y cual no comprende?
No
sabemos, por tanto, si lo que debe hacerse con el Nietzsche de Heidegger
es lo mismo que Heidegger hace con Nietzsche. La actitud puede ser de dos
maneras:
a) Leer como eruditos, esto es, como estudiosos de Nietzsche, lo que
nos obligará a revelar que Heidegger no le hace justicia a Nietzsche, no
es (quizá nadie puede serlo si aceptamos ciertos principios de la hermenéutica)
un estudioso que pretende exponer neutralmente a los legos y expertos el
pensamiento de Nietzsche, esto es, la verdad del texto nietzschiano, como
pretenden hacer Giorgio Colli o Walter Kauffman, por citar sólo a dos de
los mejores estudiosos de la obra nietzschiana.
b) Podemos leer como filósofos, recoger la fuerza productiva del
pensamiento de Heidegger sobre Nietzsche y descartar sus debilidades. Pero
podemos hacerlo de forma edificante o de forma sistemática.
En
ese último caso me parece que la calificación de Nietzsche como pensador
metafísico es una de las debilidades de la lectura de Heidegger, es más,
llegaría hasta a afirmar que la idea de olvido del ser desde los presocráticos
hasta el propio Heidegger se me presenta como una debilidad del
pensamiento de Heidegger (y no su fuerza productiva). Y para ello puedo
volver a citar al propio Heidegger: todos los grandes pensadores piensan lo mismo. Pero este mismo es tan
esencial y tan rico que ninguno puede agotarlo (Ibid.p.46: <El
ser del ente como voluntad en la metafísica tradicional>), y añadiría
yo, <ni siquiera Heidegger>. El hecho de haber puesto el ser en un
determinado ente en particular, la ontificación del pensamiento efectuada
por numerosos pensadores, no resta a su reflexión alcance ontológico, ya
que desde los presocráticos seguimos sin estar seguros de si el ser no
estará esencialmente relacionado con determinado ente u entes. Y el
problema que Heidegger soluciona mediante la diferencia ontológica no
responde a la pregunta de si el ser tiene relación a un ente u otro,
responde que la relación no es determinante sino que el ser es la
posibilidad de todos los entes, cosa que han sabido todos los grandes filósofos.
Pero sin determinaciones la filosofía no se arriesga, se convierte en
irrefutable.
Heidegger
menciona despectivamente las lecturas
de Nietzsche de un erudito (A.Baeumler)
y un filósofo (K.Jaspers)
respectivamente, principalmente porque ambos, insiste, presentan dos
interpretaciones que no han comprendido la doctrina del eterno retorno. El
primero, porque ha pretendido una interpretación política de Nietzsche, la doctrina nietzschiana del eterno retorno choca entonces con la
concepción beaumleriana de la política. Por tanto, esa doctrina,
<carece de importancia> para el sistema de Nietzsche. Esta
interpretación resulta tanto más sorprendente por cuanto Baeumler es uno
de los pocos que han atacado la comprensión psicológico-biologista de
Nietzsche desarrollada por Klages (Heidegger Nietzsche I, La unidad
de voluntad de poder, eterno retorno y transvaloración, p.35). El
segundo, según Heidegger, opina que “no es posible tomar en serio la
doctrina como una cuestión de contenido porque para él no hay en la
filosofía una verdad del concepto y del saber conceptual” (Ibid.). Es
decir, que a Baeumler le pierden sus prejuicios políticos y a Jaspers sus
prejuicios filosóficos a la hora de leer a Nietzsche. Porque los demás
filósofos, según Heidegger, no llevan este pensamiento al ámbito de
la pregunta fundamental de la filosofía occidental (Ibid.), esto es,
no consideran el ser como apertura ni consideran la verdad como el estado
de abierto, que tratándose de la interpretación, habría de consistir en
la imposibilidad de cerrar o dejar nada clausurado. Lo cual nos lleva a
que si aplicásemos la sospecha hermenéutica a la hermenéutica
heideggeriana, veríamos que también Heidegger pretende dar una
interpretación verdadera de Nietzsche, la cual considera válida por
situarse en un plano no de filosofía tradicional ni de eruditismo sino en
su pretendido plano ontológico, desde el que Heidegger “comprende” la
doctrina del eterno retorno, mientras que los demás no la comprenden. La
respuesta a ¿por qué Heidegger comprende lo que otros no comprenden?,
consiste en decir que ha indagado con mayor profundidad filosófica, hasta
la esencia del pensar nietzschiano, mientras que los demás se han quedado
en la superficie.
Respecto
a las lecturas de Nietzsche realizadas no ya por eruditos académicos,
profesores universitarios, que pretenden exponer a los legos el verdadero
pensamiento de Nietzsche ahorrándoles la confrontación directa de cada
cual con el pensador, sino de las realizadas por otros pensadores, vemos
que Foucault y Deleuze, tienen una lectura distinta, quizás antagónica o
quizás complementaria, de la de Heidegger. Foucault no parece detectar
que la fuerza productiva del pensamiento de Nietzsche esté en el eterno
retorno y su debilidad en la voluntad de poder, como pienso que hace
Heidegger, en definitiva, sino que desarrolla el pensamiento de Nietzsche
en la dirección de la metafísica de la voluntad de poder, pero
distinguiendo entre la voluntad de poder como dominio y la voluntad de
poder como potencia (al modo spinozista). La misma lectura de la voluntad
de poder hace Deleuze distinguiendo y desarrollando a partir del
pensamiento de Nietzsche, entre fuerzas reactivas (dominio) y fuerzas
afirmativas (potencia), así como entre dos modos del nihilismo, el
reactivo y el afirmativo. Aunque Deleuze recoge también, a su manera, la
idea de eterno retorno. No me ocupo de lecturas triviales o esteticistas
como la de Gianni Vattimo, a quien me resulta difícil calificar como
pensador. Pero me interesa dejar claro que los pensadores han leído a
Nietzsche de maneras diferentes sin llegar a un acuerdo respecto a lo que
en el pensamiento de Nietzsche podemos considerar como fuerza productiva,
repensable y replanteable a los efectos de su desarrollo y continuación,
y lo que podemos considerar como debilidad, esto es, lo que hay que
rechazar. Los modos de leer a Nietzsche sólo serán inconmensurables
cuando sean totalmente contradictorios, no cuando se puedan agrupar como
partes de un todo, ni cuando puedan considerarse complementarios, pero
para eso hay que poder hablar de comprensión verdadera y de falsa
comprensión, lo que resulta muy difícil desde la consideración de la
verdad como apertura. Ya Heidegger nos enseña con su lectura que lo
fundamental es leer a Nietzsche, siendo secundario el leer a los eruditos
e incluso, podríamos añadir, que el leer la propia lectura de Heidegger:
Renunciamos
aquí a señalar y, más aún, a comentar las muy variadas obras que se
han escrito sobre Nietzsche, ya que nada de ello podría servir al propósito
de estas lecciones. Quién no reúna el valor y la perseverancia de
pensamiento necesarios para aventurarse en los propios escritos de
Nietzsche, tampoco necesita leer nada sobre
él
(Ibid. p.25, <El libro La
voluntad de poder>).
El
propósito de las lecciones de Heidegger, como el de cualquier pensamiento
sobre un pensamiento, es el de rescatar y proseguir lo fructífero y
detectar, dejando de lado, las debilidades. Pero es discutible qué es lo
fructífero y qué es lo débil. Desde el paradigma hermenéutico todo
puede ser fructífero o débil, es más, los eruditos, quienes estudian
filológicamente a Nietzsche intentando rescatar la verdad de su
pensamiento a través del establecimiento de la verdad histórica, tampoco
se ponen de acuerdo y hay no pocas divergencias entre sus lecturas.
En
el fondo no hay mucha diferencia entre la lectura hermenéutica y la
lectura sistemática, ambas insisten en que lo fundamental es ir a las
cosas mismas, la lectura directa del texto, siendo las lecturas sobre el
texto secundarias. Pero la sistemática tiene por objetivo el desentrañamiento
de la verdad del texto, mientras que la segunda, queriendo realizar una
lectura que no presupone una verdad del texto, lo que logra es tomarse
mayores licencias a la hora de utilizar de forma edificante los textos de
otros.
ACERCA
DE LA TRADUCCIÓN: EL PROBLEMA DE LAS FUENTES ORIGINALES.
Si
nos atenemos, por ejemplo, a la lírica griega arcaica, vemos que tiene
una temática y una forma común que la diferencia de la épica y de la
tragedia. Píndaro, Baquílides, Arquíloco, Calino, Tirteo, Semónides,
Alcman, Mimnermo, Solón, Estesícoro, Safo, Alceo, Íbico, Anacreonte,
Jenófanes, Teógnis, Ananio, Hiponacte y Simónides, serían los máximos
representantes que han llegado hasta nosotros.
Pero
respecto a la traducción de las fuentes originales vemos que el
texto es el mismo pero que las traducciones varían en la lengua a la
que es traducido y entre traducciones a diversas lenguas. Las traducciones
que se hacen a una lengua cambian de un siglo a otro y de un traductor a
otro, incluso contemporáneos. Pero no es la exactitud matemática la que
requiere la traducción de la poesía sino el mantenimiento de un aire semántico que recoja, aun con distintas palabras, sus enormes
connotaciones, a través de la comprensión y asimilación tanto de su
forma como de su contenido.
Desde
luego el no acercarse a la lengua original en la que se ha escrito un
texto supone el quedarse en una segunda categoría, la de los que
necesitan una mediación, que no siempre estará bien conseguida.
Traductor = traidor, dice el adagio italiano, como queriendo indicar la
imposibilidad de la traducción, pero si bien pueden perderse matices no
debe desmerecer una traducción de la oportunidad de acceso que permite a
quien no conoce una lengua. Tampoco habría que descartar por completo,
derridianamente, la posibilidad de encontrar equivalencias para la
traducción de una lengua a otra, y no dependerá tanto de la
polisemanticidad diferenciada entre las lenguas como de la capacidad del
traductor el que se logre un mayor o menor acercamiento. Nunca será
equivalente una traducción al original, pero puede proporcionar un
acercamiento y una proximidad muy alta, cuando está bien lograda.
EL
COMENTARIO SISTEMÁTICO DE TEXTOS FILOSÓFICOS. LO QUE PRECEDE A LA
EDIFICACIÓN.
A.
LA INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA.
Supongamos
que conocemos a alguna persona adulta, formada en una disciplina
particular y que nos pide nuestro consejo para acercarse a la filosofía,
es más, nos muestra su predilección por comenzar por la filosofía
griega. Creo que a nuestro amigo interesado en la Filosofía habría que
hacerle distinguir, en primer lugar, entre dos cosas, en absoluto
intercambiables: a) Leer un libro de Filosofía y 2) Leer un libro sobre
Filosofía. Y que recomendaríamos más lo primero que lo segundo.
a)
Respecto a Grecia y en el primer género de lectura o fuentes primarias,
si es para empezar, la <Apología de Sócrates> de Platón, sería
un buen comienzo. Como lo sería empezar con los diálogos de juventud
para luego pasar a los que son más difíciles.
b)
Sobre Grecia y la Filosofía, (fuentes secundarias), en cuanto ayuda
propedéutica y general, el vol.III (Sofistas y Sócrates) y/o IV (Platón,
primera época) de la Historia de la Filosofía Griega de W.K.C.Guthrie,
serían muy apropiados, aunque algo densos, para empezar a acompañar la
primera lectura de los filósofos. Lo mejor sería leer una fuente
primaria y ayudarse después para su comprensión, en una segunda
relectura, con una fuente secundaria. Un librito mucho menos denso y
detallado pero bastante bueno para introducirse en filosofía griega sería
el de Tomas Calvo Martínez "De los sofistas a Platón" de la
editorial Cincel (uno de los pocos libros de esa editorial que son
potables). En Cincel, también está el de Angel J.Cappelletti
"Mitología y Filosofía: los presocráticos": se podría leer
éste primero y el de antes después. Aunque resulta muy contraproducente
empezar la filosofía con ese cúmulo de fragmentos de los presocráticos,
transmitidos por comentaristas a muchos siglos de distancia de las obras
perdidas. También, otro librito introductorio, breve pero bien hecho, es
el de "Platón" de Antonio Guzmán Guerra, Bca Filosófica,
Ediciones del Orto.
No
seríamos partidarios, como se puede apreciar, de coger y pretender
estudiar toda la filosofía griega de un tacazo a través de un manual.
Nos parece mucho más fructífero acercarse a los filósofos directamente
y ayudarse secundariamente con los estudios sobre ellos. Desde luego los
estudios y textos más complejos son para lectores de filosofía ya
avezados y sería ridículo el comenzar la filosofía por la lectura del Parménides
ayudándose con Felipe Martínez Marzoa, ya que tanto esa fuente primaria
como ese comentarista secundario son para el último nivel y no para el
primero.
Escolarmente
se suele empezar a estudiar la filosofía griega con el paso del mito al
logos y el tema de los presocráticos, pero esa forma cronológica de
acercarse a la filosofía griega no parece acertada, ya que es imposible
que se entienda nada de los presocráticos al empezar con la filosofía,
puesto que sus textos son todos indirectos y troceados, y es mejor ir a
obras completas y conservadas sin tanta fragmentariedad. Si lo que se
quiere es empezar por la filosofía dura, que se ataque la Metafísica
de Aristóteles (¡qué valor!) o el De
ánima, pero mejor, pensamos, sería ir a la Política
y la Ética Nicómaco primero,
para después abordar la Ontología, después.
¿Por
qué recomendar Platón a nuestro amigo el neófito? -se puede preguntar.
Y responderemos que lo recomendamos porque lo conocemos bien y porque si
se quiere tomar contacto con la Filosofía nada mejor que tomar contacto
con alguno de sus grandes y a través de alguno de sus grandes. Vale lo
mismo Aristóteles, pero la Filosofía griega son esos dos gigantes, y lo
demás o se ha perdido, o son cosas menores. ¿Cómo aprende un pintor a
pintar? Pues vemos que comienza copiando a Velázquez o Matisse,
familiarizándose con alguno de los grandes pintores. Al principio adoptará
el estilo del maestro elegido y poco a poco se irá construyendo su propio
estilo hasta alumbrar su propia pintura. Lo mismo vale para la filosofía,
se aprende mediante la familiaridad con alguno o algunos de los grandes
filósofos, que dejarán su impronta en nuestro futuro estilo
independiente.
Así
de pronto, textos de propedéutica filosófica de los propios filósofos
que se nos ocurren en una rememoración rápida, a modo de introductorios
de un neófito letrado, en la disciplina, podrían ser los siguientes:
Platón:
Apología de Sócrates, Lisis, Libro II, VI-VII, y X
de la República
Aristóteles:
Ética a Nicómaco,Libro I, IV y VIII de la Política>
Epicuro:
Carta a Meneceo.
Descartes:
Discurso del Método
Voltaire:
Zadig o el Destino.
Rousseau:
Discurso de las ciencias y las artes; Discurso sobre la economía
política
Montaigne:
Ensayos
Hume:
Disertación sobre las pasiones
John
Stuart Mill: Autobiografía
Kant:
¿Qué es ilustración?
Marx:
El Manifiesto comunista; Primer capítulo de la Ideología
Alemana.
Nietzsche:
Schopenhauer como educador; De la utilidad e inconvenientes de
la historia para la vida.
Sartre:
El existencialismo es un humanismo
etc......
Los
franceses son mucho más amenos, literarios y fáciles de abordar que los
alemanes. Y creo que resulta más fácil entrar por la filosofía política
hacia la filosofía pura que no al revés. De modo que la filosofía
literaria francesa sería una suave transición entre la literatura pura y
la filosofía pura.
B.
EL ESTUDIO YA PROPIAMENTE FILOSÓFICO.
Los
textos más difíciles y más profundos de la historia de la filosofía
universal no pueden ser leídos, sino que han de ser estudiados y
comentados, directa y minuciosamente. No se lee el Parménides
de Platón, ni la Fenomenología del
Espíritu de Hegel, ni la Ética
de Spinoza, esos textos no pueden leerse como se lee una novela, han de
estudiarse, luchando por su comprensión línea por línea. Desde luego no
partimos de cero, sino que ha de partirse de la familiaridad con numerosos
textos de filosofía y con el hábito de su estudio y análisis. No puede
abordar semejante tarea el simplemente letrado, sino que es una labor para
alguien previamente cultivado. La lectura filosófica presupone algo más
que la lectura simplemente literaria, y leer filosofía con seriedad
requiere lo siguiente (y si no es así creemos que no merece la pena
hacerlo).
1º ir a las cosas mismas (fenomenología), al texto mismo,
esforzarse línea por línea, y, desde luego, yendo también al original
alemán, griego, latín o a cualesquiera que sea la lengua; pues aun si se
tienen pocos conocimientos en la lengua en cuestión resulta indispensable
e insalvable el realizar ese acercamiento, y para suplir en su caso las
deficiencias y mejorar en el conocimiento de la lengua original, no está
de menos el ayudarse mediante las traducciones a otras lenguas que se
conozcan más. Hasta aquí lo esencial de la lectura sistemática de un
texto filosófico. Con ello bastaría para la edificación, esto es, para
familiarizarse con la filosofía y ser capaz de producir filosofía.
2º
Ir hacia quienes hayan realizado un trabajo semejante.
3º Pero yendo un
poco más allá quizá habría que situar los comentarios al texto dentro
de la producción fundamental del autor en cuestión, e incluso hacer
dialogar a la obra concreta y autor en relación con los demás grandes
pensadores, señalando sus afinidades, discrepancias y localizando cuándo
otro pensador puede esclarecer el estudiado, apoyándose para ello en toda
la tradición de las fuentes primarias. Con estos dos o tres primeros
puntos bastaría para pensar y se cumpliría con el trabajo propiamente
filosófico, que es aquel que nos puede formar y permitir llegar a pensar
por nosotros mismos. Pero si no quisiéramos llegar a ser filósofos sino
que nos contentásemos con llegar a ser profesores de filosofía, habríamos
de sustituir lo que sería nuestro propio acto de pensar con el rigor
filológico y, abundar de por vida en el punto cuarto. Aunque la Academia
padece el mal endémico de querer formar profesores y de terminar
atendiendo exclusivamente al punto cuarto, creyendo ilusoriamente que se
pueden ahorrar los tres primeros, con lo cual el pensar acaba
desapareciendo de su labor pedagógica.
Pues
si se quiere completar el rigor filosófico con rigor filológico, por último
4º, habría que hacerse cargo de la bibliografía secundaria existente,
señalando tradiciones de interpretación entre los comentaristas más
reputados e intentando seleccionar lo más relevante dentro de la
historiografía para inscribir el texto en el contexto histórico en el
que fue realizado. Lo cual realizado con exhaustividad sería ya algo
propio de la realización de una Tesis doctoral sobre el texto y autor en
cuestión.
Podemos
poner un ejemplo de lo antecedente mediante la selección de un
determinado texto, pongamos por caso el Prólogo
a la Fenomenología del Espíritu de Hegel:
1º Con ese texto en alemán
delante, con sus traducciones a nuestra lengua y alguna a otra lengua que
nos sea más familiar que el alemán, pongamos, en nuestro caso, con la
traducción al francés de Hyppolite, se puede comenzar el estudio, análisis
y comentario del texto en cuestión.
2º Al mismo tiempo o con
posterioridad, desde luego sin suponer que podrá ahorrarnos nuestro
propio esfuerzo de comprensión y contacto directo con la fuente primaria,
podremos acudir a quien ya haya realizado lo que pretendemos abordar, como
por ejemplo, el comentario de Philonenko al citado Prólogo, de modo que
tengamos al menos otro estudio de contraste con nuestra propia acción de
estudiar el texto.
3º Después, o simultáneamente, tendríamos que
situar los comentarios al texto dentro de la producción fundamental del
autor, en nuestro ejemplo: Fenomenología,
Ciencia de la Lógica, Enciclopedia
y Filosofía del Derecho de Hegel.
4º Apoyándonos en la bibliografía
secundaria existente para determinar lo relevante y detectar e inscribir
el texto en el contexto histórico en el que fue realizado. Separando lo
meramente contextual de lo propiamente filosófico. Y atendiendo
igualmente al marco o contexto histórico desde el cual nosotros mismos
nos enfrentamos al texto y en el que estamos inmersos.