ABSTRACT:
Curso Historia General de la Educación,
impartido por la profesora Azucena Fraboschi de la Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad Católica Argentina durante el
curso 2002-2003 dentro de la asignatura de primer año: Ciencias de la
Educación. El curso desarrolla y analiza la Historia de la Educación
Antigua y Medieval en cuatro bloques: LOS
ANTECEDENTES DE LA EDUCACIÓN EN EL MUNDO OCCIDENTAL Y CRISTIANO,
LA EDUCACIÓN INSTITUCIONALIZADA
EN EL MUNDO HELENÍSTICO-ROMANO (PERÍODO
IMPERIAL),
EL ENCUENTRO DE LA CULTURA CLÁSICA Y LA EDUCACIÓN CRISTIANA EN LA EDAD
MEDIA (S. V-X) y
FORMAS DE LA
EDUCACIÓN EN LA BAJA EDAD MEDIA (SIGLOS
XII-XIII). El curso se complementa al impartido por la profesora Clara Inés
Stramiello y que analiza la
Historia General de la Educación Moderna y
Contemporánea. .......................................
En
la isla de Creta (capital: Cnosos) florece la civilización minoica
(que toma su nombre del legendario rey Minos). Se trata de pueblos
de agricultores y comerciantes, actividad esta última que ejercían
gracias a la navegación marítima por el Mediterráneo y el Egeo,
tratando con los hititas del Asia Menor (de quienes habrían
aprendido una escritura cuneiforme), con los fenicios y tal vez con
los egipcios. Extendiéndose hacia el Peloponeso fundaron
algunas ciudades importantes, Micenas entre ellas, quizá
la más famosa. Al finalizar el milenio tiene lugar la invasión de
los aqueos (los primeros griegos) que, provenientes de la
zona del Danubio, penetran en el Peloponeso.
Segundo
Milenio a.C.
•
Hacia el 1.900 los aqueos hacen de la ciudad de Micenas su
capital, una verdadera ciudadela fortificada, de contrastante
arquitectura con la pacífica y hasta lujosa presencia de los
palacios de la cretense Cnosos. Tal diferencia se entiende a partir
de la diversidad de las geografías, de las formas de vida y de las
características de los pueblos.
•
Hacia el año 1.600 la expansión militar de los aqueos llega a
Creta y la somete; pero, una vez más en la historia de estas
conquistas, es la cultura minoica la que prevalece, enriqueciendo a
los griegos. Entretanto, han surgido numerosas ciudades de las que
mucho se hablará en tiempos futuros: Pilos, Mileto, Tirinto, Argos,
Troya (ciudad protagonista de la epopeya homérica narrada en
los dos conocidos poemas: Ilíada y Odisea).
•
Año 1.400: los aqueos destruyen la ciudad de Cnosos y la civilización
minoica llega a su fin. Pero la cultura micénica progresa. Por esta
época, y gracias a los contactos comerciales con los fenicios,
adoptan la escritura silábica y la institución de los escribas,
aunque con un carácter muy diferente del que dicha profesión tenía
en las civilizaciones mesopotámica y egipcia. En efecto, al igual
que entre los hebreos, jamás en Grecia el dominio del arte de la
escritura otorgará categoría social o privilegio alguno; se trata
de la habilidad en cuanto a una técnica, de un servicio que no
pocas veces será desempeñado por esclavos.
En
la vida de la sociedad micénica la ganadería y la agricultura
desempeñaban un papel fundamental, pero también las industrias
eran importantes: textil, cerámica, metalurgia, orfebrería.
•
Hacia el año 1.200 la civilización micénica comienza a hundirse
(la propia Micenas es destruida en 1.130 por motivos que se
ignoran a ciencia cierta, pudiendo tratarse de alguna catástrofe
natural). La caída de Troya puede ubicarse por esa época
(1.235-25). Las invasiones dorias terminan brutalmente con
tanta prosperidad, y sobreviene un período de barbarie que abarca,
cuanto menos, desde el siglo XII hasta el siglo X.
La
población –en cuanto a las razas– queda así distribuida, a
grandes rasgos:
a)
los jonios (de origen aqueo), en Ática y Eubea;
b)
los dorios, en el Peloponeso, y principalmente en Argólida,
en Laconia, en Mesenia, en Creta y en Rodas;
c)
los eolios (también de origen aqueo), en Tesalia y en
Beocia;
d)
los arcadio-chipriotas (de origen aqueo), en Arcadia.
En
la vida futura de Grecia tendrán un lugar destacado los jonios,
pobladores del Ática (y de Atenas), y los dorios que
habitaron el Peloponeso (y Esparta): dos modalidades
opuestas, que hicieron la grandeza de la civilización helénica.
Primer
Milenio a.C.
•
Entre esos años y hasta el 800 a.C. la sociedad se vuelve tribal, y
aun familiar; el aislamiento en lo cultural y comercial
(favorecido por una geografía montañosa) sólo se ve quebrantado
por motivos bélicos, debidos a una constante actitud de conquista,
de avance sobre otros territorios. Sin embargo, aislados y
enfrentados, todos los habitantes de los distintos feudos tienen
conciencia de una homogeneidad cultural difícil de explicar, pero
real, y que los hace saberse diferentes de toda otra civilización
existente.
Los
dos grandes poemas homéricos -la Ilíada (fines del s. IX) y
la Odisea (mediados del s. VIII), narrados en lengua jonia-,
amalgama de épocas históricas, tradiciones, costumbres, cultura,
ideales, religión, epopeyas, etc., y todo ello recreado y
embellecido, exaltado a alturas paradigmáticas, proporcionan a los
griegos la razón y el sentimiento de esa homogeneidad, a la que
dan un contenido coherente y entrañable. Por eso, y de ahí en más,
Homero será el educador de Grecia.
2.
LA EDUCACIÓN HOMÉRICA
Grecia
se hallaba dividida en señoríos o “feudos” gobernados por un
rey en medio de una corte. Los ancianos aportaban al gobierno
su valor y su experiencia a través del consejo (integrado
por unos pocos, de la intimidad y confianza del rey) y de la asamblea;
los jóvenes guerreros constituían la clase noble y
con el tiempo y según sus merecimientos, recibían tierras en
feudo. Al tornarse hereditaria, esta concesión dotó a la nobleza
de un poder cada vez mayor en detrimento del poder real, iniciándose
así un proceso de disgregación. La otra parte de la población
estaba constituida por el pueblo: campesinos, artesanos y
comerciantes.
En
este contexto, la cultura –y la educación por tanto– fue un
privilegio de la nobleza: cultura y educación caballeresca.
Pero no se presentan de la misma manera en la Ilíada y en la
Odisea.
“Los
héroes de la Ilíada se revelan en su
gusto por la guerra y en su aspiración al honor (...). No
es posible imaginarlos viviendo en paz. Pertenecen al campo de
batalla (...). Los más antiguos cantos heroicos celebraban las
luchas y los hechos de los héroes, y la Ilíada tomó sus
materiales de canciones y tradiciones de este género.
Cuando
la Odisea
pinta la existencia del héroe tras la guerra, sus viajes de
aventuras y su vida familiar y casera, con su familia y amigos,
toma su inspiración de la vida real de los nobles de su tiempo.
(...) La épica se convierte en novela”[1].
A
pesar de estas diferencias, hay algo común que subyace a la obra
homérica y que hace de Homero el EDUCADOR DE GRECIA: es el
concepto de areté, que podríamos verter por:
a)
excelencia, como perfección cualitativa del cuerpo y del espíritu
(perfección del ser);
b)
virtud, como fuerza, vigor, dinamismo (perfección del obrar).
La
areté es un atributo propio de la nobleza, es el valor
heroico (o del héroe) considerado en la íntima unión de la
cualidad moral (o sabiduría práctica) y la fuerza hábil
(o la valentía y la destreza). Se presenta como algo bueno, agathós
(la perfección como acabamiento y excelencia) y bello, kalós
(la perfección como armonía):
la
kalokagathía como la cualidad ideal, digna de ser
contemplada y admirada, precisamente porque se trata de algo
bueno y bello.[2]
La
areté, encarnada en un ser, hace de éste un tipo ideal o paradigma
que, al ser propuesto para su imitación, tiene un carácter
normativo. Porque, en efecto, los griegos saben (el hombre sabe)
que
“la
educación no es posible sin que se ofrezca al espíritu una imagen
del hombre tal como debe ser (...), mediante la creación de un
tipo ideal íntimamente coherente y claramente determinado.”[3]
A
diferentes etapas de la historia de Grecia corresponden diferentes
contenidos para el concepto de areté, y diversos paradigmas
o tipos ideales que los encarnen: el héroe, el soldado, el
ciudadano, el sabio...
En
la educación homérica el paradigma es el héroe, el noble
guerrero, el caballero. En
él
la areté funda un sentido agonístico (o de lucha) de
la vida: para el caballero, la vida entera es una incesante lucha en
pos de la supremacía entre sus pares, tanto en la guerra
cuanto en la paz, con las armas como con la palabra[4].
Aparecen aquí dos conceptos de gran importancia para comprender la areté
del héroe: son ellos el sentimiento del honor y el amor
por la gloria.
•
El sentimiento del honor: es la conciencia que el héroe
tiene de su areté, de su propio valor, de su grandeza
paradigmática, y tiene como contrapartida la honra que le es
debida y que debe tributársele como reconocimiento de su
excelencia. Aún más: es por esta honra que el caballero adquiere
el conocimiento y la medida de su excelencia (efecto especular),
la cual no es otra cosa que el Valor Perfecto cuya realización
procura en todos los actos de su existencia.
•
El amor por la gloria: los griegos, como los pueblos del
Mediterráneo en general, tienen un exaltado amor a la vida, y la
sabían breve; la única inmortalidad posible, y digna del héroe,
son la gloria y la fama, que lo perpetúan a través de los
tiempos en la memoria y en el canto de sus hazañas, en el
reconocimiento de su excelencia, en la honra de su areté.
A
través de esta gloria y de tal fama se cumple la exigencia
paradigmática de la areté, propuesta para su imitación.
Y así nos encontramos ante la pedagogía del ejemplo, de
reiterada presencia en la obra homérica[5].
La
pedagogía del ejemplo, el ejemplo de los héroes, los héroes como
encarnación de la areté o excelencia: ésta es la concepción
pedagógica de Homero, concepción que hizo de Homero el
educador de Grecia. Sus poemas presentaron a las generaciones
que le sucedieron un mundo que realmente existió: su vida
cotidiana, sus costumbres, sus hombres y sus mujeres, los valores
allí encarnados, la mitología, la relación entrañable de lo
divino con lo humano. Todo ello idealizado, convertido en
arquetipo, acervo cultural pero también actitud ética
configuradora del espíritu de Grecia.
A.
EN LA ILÍADA
1.-
La Sociedad Caballeresca y el Ideal Educativo
La
vida del caballero transcurre habitualmente en el campo de batalla,
pero también conoce los días de corte, con su refinamiento y las
normas de cortesía que rigen las relaciones entre los héroes en
los actos de gobierno, los banquetes y los juegos, actividades que
en tiempos de paz ocupan sus días.
Los
jóvenes asisten y tienen su intervención en los sacrificios y en
los banquetes, aprendiendo allí las habilidades propias de los
caballeros y las actitudes que los distinguen, a través de la
observación y el ejemplo surgidos de la convivencia. El
sacrificio y la ofrenda de las primicias son la honra tributada a
los dioses; el servicio prestado por los mancebos a los mayores
es la honra a los héroes. Durante los banquetes se narraban
y se celebraban las hazañas de los guerreros, ensalzando sus
excelencias, destacando la razón de ser de sus proezas (la
formación de la areté), y se criticaban tanto la
desmesura inconveniente cuanto la mezquindad (sentido de la
justicia y de la prudencia), todo ello dicho con elegancia,
convicción y persuasión (lo que acostumbraba al joven a la
buena expresión, la habilidad retórica).
También
los juegos tienen su lugar de privilegio en la sociedad homérica:
la carrera de carros, la lucha, la carrera pedestre, el combate con
lanzas, el lanzamiento de la bola, de los dardos, de la lanza...
En
cuanto a la mujer, se la presenta como muy bella, pero también
dotada de ingenio, hacendosa y de nobles sentimientos. A ella
compete el gobierno de la casa, el cuidado de los hijos, las labores
domésticas, tareas que el hombre le reconoce como propias,
descansando en ella su confianza.
El
aprecio por la familia no se halla ausente de la corte homérica:
los nobles aman y respetan a sus esposas, prodigan cariño y tiernos
cuidados a sus hijos, e incluso consideran como parte de su casa a
criados y criadas que los han asistido desde su niñez, o que les
han prestado señalados servicios.
2.-
El Maestro y los Contenidos
Maestros
del joven Aquiles fueron el centauro Quirón y el anciano
Fénix. El primero le enseñó los deportes caballerescos: la
caza, la equitación, el manejo de la lanza, y también
conocimientos de farmacopea, y preceptos morales: el honor a los
dioses, y a los padres.
Fénix,
por su parte, lo ejercitó en el deporte que fortalece al hombre en
cuerpo y espíritu, en el manejo de las armas, en la equitación;
le enseñó la música que templa el ánimo, y el dominio de la
palabra, que involucra la capacidad de un pensamiento racional y de
una actitud ética, unida al poder de la comunicación y la persuasión.
De pequeño atendió a sus necesidades más elementales[6],
y ya grande, aún lo acompañaba con sus consejos.
En
el inicio del poema, Aquiles aparece cegado por la amargura,
el deshonor y la cólera; rehuye participar en la lucha, y da
razones para justificar su actitud. Nada le importan la areté
del héroe, ni el ideal agonístico de la vida[7].
Sólo después de la muerte de su amigo Patroclo a manos del troyano
Héctor –quien además se queda con sus armas, que eran las de
Aquiles–, recupera su verdadero ser.
Reconoce
las consecuencias funestas de su intemperancia (“es preciso
dominar la ira en nuestro pecho”), recobra el sentimiento
de su honor (que le impele a vengar con la muerte de Héctor
la de Patroclo), y acepta la muerte como precio de ilustre fama.
B.
EN LA ODISEA
1.-
La Sociedad Noble
La
Odisea nos presenta el mundo de la nobleza; nos da noticia de
las clases sociales, de las costumbres e incluso del trabajo y de
los varios oficios que hacen a la vida de la comunidad; nos
muestra también el modo de gobierno de los reinos o señoríos de
la época, y la formación o educación que deberá recibir el joven
noble que ha de continuar la tradición de su clase.
Mansiones
principescas, comodidades, esclavos y esclavas especializados,
lujosa vajilla, banquetes, música y canto: tal la vida doméstica
del noble, para cuya conducción y aprecio se requiere una educación
que, a la siempre ponderada destreza física, añade virtudes
espirituales y sociales necesarias en ese nuevo mundo. Así
hacen su aparición –o, en algunos casos, pasan a un primer
plano– el ingenio o astucia, la prudencia, la justicia, el
consejo, la mesura, el ascetismo, la cortesía, la pericia en el
hablar, la hospitalidad,...
Esta
última virtud, la hospitalidad, se presenta muy a menudo por
los muchos viajes que narra el poema, y es ejercida no sólo por los
nobles sino también por los plebeyos e incluso por los servidores.
Nausícaa recuerda a sus esclavas que “todos los forasteros y los
pobres son de Zeus”[8],
y el extranjero deja de ser tal para convertirse en un huésped, en
medio de un complejo ceremonial que procura atender todas y cada una
de sus necesidades y deseos, con gran delicadeza[9].La
hospitalidad es, por entonces, una virtud social.
Al
igual que en la Ilíada, los juegos son una importante
ocasión para la confrontación personal, en pos del reconocimiento
de la excelencia y de la honra correspondiente. Los
cantos y los bailes son de obligada presencia en todo convite,
pues hacen a la belleza y la armonía tanto del cuerpo como
del espíritu.
Pero
no todo es banquetes y juego. Reiteradamente aparece en la Odisea
la celebración de las agorái o asambleas para distintos
actos del gobierno de la comunidad, y en todas ellas se ponen en
juego cualidades de orden espiritual que signarán el carácter
griego: el bien decir, la claridad del discernimiento, el juicio
prudente, la sagacidad necesaria, la actitud mesurada, los
sentimientos dignos, la noble cortesía.
Al
valor y a la destreza física se han sumado, en lugar de privilegio,
el juicio prudente y la habilidad oratoria.
También
aparece en este poema la consideración del trabajo: la
nobleza se ha afincado en propiedades que hay que cuidar y hacer
prosperar, y ello supone conocimientos prácticos, aun para la sola
dirección de los trabajos. Odiseo, su padre Laertes, Eurímaco
–uno de los pretendientes–, se refieren en más de una
oportunidad a sus habilidades en diversas tareas laborales.
En
cuanto a la mujer, se presenta como señora de la casa, de
conducta intachable, dotada de ingenio y de prudente consejo,
sentido de la cortesía (en el ejercicio de la hospitalidad), don
de gobierno y capacidad de mando: son las notas de la areté
propia del noble, realizadas por la mujer noble, de las que son
ejemplo Penélope, Helena, Areté[10]
y otras.
2.-
El Maestro y los Educandos
La
diosa Palas Atenea toma a su cargo la educación del joven
Telémaco, a quien se presenta bajo dos figuras: la de Mentes,
rey de los tafios, y la de Mentor, amigo de Odiseo. Lo
exhorta, lo aconseja, lo urge a crecer y a madurar, recordándole la
areté propia del héroe. Telémaco es un joven
apuesto, de buena crianza, inteligente y atinado en sus juicios
cuando de situaciones cotidianas se trata, pero inmaduro, sin
experiencia para afrontar dificultades, de ánimo vacilante y débil.
Los
consejos, el aliento, la confianza que su maestra le brinda
coinciden con las luces y los sentimientos que anida el joven en su
corazón y Telémaco, quien en todo momento se muestra dócil ante
las reprensiones y las directivas que recibe, va adquiriendo firmeza
a la par que discreción y prudencia. A medida que el tiempo
transcurre se acentúa el parecido del hijo con su padre Odiseo, en
cuanto al buen juicio, el ingenio prudente y las palabras sensatas.
Al finalizar el poema el anciano Laertes puede exclamar:
“¡En
verdad, qué día éste para mí, amados dioses! ¡Cuán grande es
mi júbilo! ¡Mi hijo y mi nieto compiten en valor!”
También
a la joven Nausícaa se dirige la diosa bajo la figura de una
muchacha de sus mismos años, y le echa en cara su negligencia para
las labores de la casa (lavar la ropa, mantener los vestidos de la
familia en el estado adecuado a su categoría y a cada circunstancia),
que la princesa ha aprendido de su madre Areté, juntamente
con otras habilidades: conducir un carro tirado por caballos o por
mulas, jugar a la pelota, cantar, danzar.
En
su hablar demuestra la joven un juicio sensato y un corazón
piadoso, no reñidos con la sagacidad. Conoce los deberes de la
hospitalidad y los cumple con la prudencia que le demanda su condición
de mujer, cuidándose de la maledicencia y del daño que ésta puede
causar a su buena fama, otro de los temas tan caros al héroe.
PARA
REFLEXIONAR:
¿Por
qué estudiamos la educación en las obras homéricas?
•
Porque a pesar de los años transcurridos, siguen teniendo validez
–aunque para bochorno nuestro no podamos decir lo mismo de su
vigencia– sus principales conceptos educativos: la necesidad de promover
valores, virtudes, cualidades en relación con la naturaleza
humana y también con la comunidad en su concreto momento histórico
(nuestra mira parece hoy limitarse al valor económico y al éxito
enlos negocios, o bien a la fama, cualquier tipo de fama por efímera
que fuere, y por la que se paga cualquier precio); la importancia
pedagógica de un modelo educativo que encarne dichos valores
y que sea propuesto insistentemente para su imitación (hoy sólo se
proponen los “ídolos” o las “diosas” de moda, por el dudoso
mérito del aplauso que han sabido obtener: su mérito en algo los
hace modelo para todo, sin ningún sentido crítico ni exigencia
alguna); la educación integral y armoniosa, donde importan
el cuerpo, la inteligencia, la afectividad, la voluntad, el habla,
los modales, la socialización, el trabajo, la religión, ... todo
(hoy declamamos la educación integral, pero poco nos ocupamos de la
educación de la afectividad, de la voluntad, de los modales, del
trabajo, etc.); la figura del maestro como una persona
formada, que reúne en sí las características de figura ejemplar,
que sabe dosificar conocimientos y disciplina, que tiene concepto de
autoridad, y a quien le importa su alumno.
[4]
Así dice el anciano Fénix a su discípulo: “El anciano
caballero Peleo dispuso que yo te acompañase cuando te envió
desde Ptía a Agamenón, siendo un niño que nada sabía aún del
combate entre fuerzas parejas, ni de las asambleas donde los
varones se hacen ilustres; y por esto me envió para que te
enseñara todas estas cosas: a hablar bien y a realizar grandes
hechos” (Il. IX, 438-41). (vuelve
al texto)
[5]
Dice Palas Atenea a Telémaco: “¿Acaso no sabes cuánta
gloria ha conquistado ante todos los hombres el divinal Orestes,
desde que hizo perecer al asesino de su padre, al doloso Egisto,
que le había muerto a su ilustre progenitor? También tú,
amigo, ya que veo que eres gallardo y de elevada estatura, sé
valiente para que la posteridad te elogie” (Od. I,
298-302). (vuelve al texto)
[6]“(...) y tú no querías ir con otro al banquete, ni comer en
el palacio hasta que, sentándote sobre mis rodillas, te saciaba
con la carne que previamente había cortado en pedacitos, y con el
vino que te alcanzaba (...)” (Il. IX, 438-602). (vuelve
al texto)
[7]“(...) No hay reconocimiento alguno al combatir siempre y sin
descanso contra hombres enemigos. La misma recompensa tiene el que
se queda y el que mucho pelea; en igual honra son tenidos el
cobarde y el valiente (...) Si quedándome combato en torno de la
ciudad troyana, termino aquí mi camino, pero mi gloria será
imperecedera; si regreso a mi querida tierra patria, perderé la
ínclita fama pero mi vida será larga (...). Yo os aconsejaría
que os embarquéis hacia vuestros hogares” (Il. IX,
315-48). (vuelve al texto)
[9]
“Alcínoo: -Trae, mujer, un cofre muy hermoso, el mejor; y
mete en él un manto bien lavado y una túnica. Poned al fuego una
caldera de bronce y calentad agua para que el huésped se lave y,
viendo bien colocados todos los regalos que los nobles le han traído,
se regocije con el banquete y con el canto del aedo.Y yo le daré mi hermosísima copa de oro (...)” (Od.
VIII, 389-456). (vuelve al texto)
[10]
“Areté, a quien Alcínoo tomó por esposa, se ve honrada por
él (...) y por sus queridos hijos, y por el pueblo que, contemplándola
como a una diosa, la saluda con algunas palabras cuando anda por
la ciudad. No carece de entendimiento y de nobleza, y dirime los
litigios entre los hombres, hacia quienes tiene una disposición
benevolente (...)” (Od. VII, 66-74). (vuelve
al texto)