ABSTRACT:
Curso Historia General de la Educación,
impartido por la profesora Azucena Fraboschi de la Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad Católica Argentina durante el
curso 2002-2003 dentro de la asignatura de primer año: Ciencias de la
Educación. El curso desarrolla y analiza la Historia de la Educación
Antigua y Medieval en cuatro bloques: LOS
ANTECEDENTES DE LA EDUCACIÓN EN EL MUNDO OCCIDENTAL Y CRISTIANO,
LA EDUCACIÓN INSTITUCIONALIZADA
EN EL MUNDO HELENÍSTICO-ROMANO (PERÍODO
IMPERIAL),
EL ENCUENTRO DE LA CULTURA CLÁSICA Y LA EDUCACIÓN CRISTIANA EN LA EDAD
MEDIA (S. V-X) y
FORMAS DE LA
EDUCACIÓN EN LA BAJA EDAD MEDIA (SIGLOS
XII-XIII). El curso se complementa al impartido por la profesora Clara Inés
Stramiello y que analiza la
Historia General de la Educación Moderna y
Contemporánea. .......................................
Isócrates
es un ateniense comprometido con su ciudad y con su época, a la
cual dedicó su vida y su obra, que ha llegado hasta nosotros a
través de variados discursos. En ellos se aprecia su
pensamiento, que ha roto la barrera del tiempo y del espacio,
porque los defectos y virtudes de ese mundo en crisis son los
defectos y virtudes del ser humano en cualquier época y
lugar.
La
Atenas del siglo IV a.C. vivía las consecuencias de las
Guerras
Médicas[1]
y de la Guerra del Peloponeso[2],
y estaba sumida en constantes luchas fratricidas por un poder
que acabó debilitándola y dejando las puertas abiertas a un
nuevo conquistador. Ante tal desolador y crítico panorama Isócrates,
que bregaba por la unión de las ciudades griegas, con Atenas a la
cabeza,para combatir
a los persas –peligro aún latente[3]–,
busca en la figura de Filipo II de Macedonia y el liderazgo
de su poderío militar la concreción de su anhelo.
La
situación interna en Atenas también fue objeto de su preocupación,
ya que el gobierno había caído en manos de demagogos que
ignoraban el destino de grandeza que, según Isócrates, la
ciudad merecía. Veía una decadencia moral y política[4]
que sólo podía superarse volviendo a los antiguos ideales
que hicieron de Atenas un ejemplo de cultura y de civismo.
Pero
nuestro protagonista no dio la espalda a su época, como sucederá
con Platón (con su utópica República y sus reminiscencias
de una Esparta ya inexistente), sino que trató siempre de responder
a ella (aunque esto implicara renunciar a las aspiraciones que
tenía con respecto a su ciudad, Atenas), buscando salvaguardar
lo que identificaba a dicha pólis y a Grecia toda: la
cultura que le permitiría imponerse, finalmente, al bárbaro.
Tal convicción lo condujo a dirigir la mirada hacia Filipo de
Macedonia cuando se dio cuenta de que no existía en su tierra
quien pudiera encabezar la empresa. Y fue un visionario, como
lo muestran cabalmente los alcances de la cultura griega a partir
de la constitución del imperio greco-macedonio.
A
partir de la situación histórico-cultural descripta, podemos
afirmar que en el siglo IV a.C. era necesaria una reconstrucción
interior y exterior de Grecia. Por ello la nueva generación,
a la que pertenecía Isócrates, tenía ante sí un desafío:
nada menos que la recuperación del esplendor griego. Y en esta
tarea, una protagonista: la paideia, concebida comoeducación y cultura.
Pero
no se trataba solamente de reformar el Estado a partir de la formación
del individuo, sino que estaba presente la convicción de que el
entorno socio-político nutría también al ciudadano, en un
proceso de mutua realimentación. Por eso era propio de tal momento
el concepto de que, a través de la paideia, el Estado podría
salir de la situación en la que se encontraba. Podríamos decir
que se trataba, en realidad, de formar a quienes gobernaban
al pueblo y, a través de estos líderes, al pueblo mismo. Y
esto es lo que propone Isócrates[5].
Así,
nuestro autor fue un personaje que influyó indudablemente en su
tiempo, no sólo a través de sus discursos, sino también de los
hombres que formó[6].
Actuaba sobre éstos en forma directa, mediante el trato personal
y por medio de sus obras, que eran tomadas como un elemento de
trabajo en su escuela, porque constituían un modelo, tanto de
forma como de contenido. Para ello debió primero captar el espíritu
de su tiempo, y
“aunque
Isócrates no era, ni mucho menos, el primer ateniense que
aparecía como discípulo y campeón de la nueva cultura, es
indudable que ésta no adquirió verdadera carta de ciudadanía
en Atenas sino bajo la forma que Isócrates le imprimió”[7].
De
esta manera, permitió que la retórica expresara la problemática
contemporánea, algo que los sofistas no hacían, ni les
interesaba. Isócrates convierte la retórica en un medio de acción
política, si bien él no tenía condiciones para la oratoria.
¿Qué
buscaba Isócrates? No ignoraba que la situación de Atenas no le
permitía lograr por sí misma la prosperidad de la Hélade; por
eso consideraba que era la hora de promover la unión de los
estados griegos a través de un interés cohesionante: “Encontrar
esta empresa común equivale a salvar a los griegos como nación”[8].
Este planteo no
suponía dejar sin solución los problemas internos de corrupción
de la democracia ateniense. Antes bien, esta solución era impostergable
si quería construirse el futuro de Grecia con solidez y
dignidad.
Quiere
decir, entonces, que la obra de Isócrates abarca tanto la política
interior como la exterior, pero enmarcadas en un contexto ético.
Esto último es clave desde el punto de vista educativo pero, además,
es lo que permite a Isócrates tomar distancia tanto de los
sofistas como de Platón. De los primeros, por lo ya dicho: existe
en nuestro autor un contenido valioso, adecuado a las circunstancias
que le toca vivir, pero no por ello relativista, como era el
estilo sofista, sino fundamentalmente realista; de Platón, porque
el planteo de este filósofo, aunque éticamente relevante, era utópico.
Filipo
muere, pero su hijo, Alejandro Magno, no sólo llega a dominar a
los persas, sino que se convierte en el difusor del helenismo;
esto demuestra la visión de Isócrates, esa capacidad
para ver más allá que los otros, capacidad que pide al gobernante,
pero que es una de sus cualidades. Camina con el tiempo, toma
del pasado lo mejor, cambiando lo necesario. Ve lo que sucede,
pero no se cierra, como ocurre con Platón. Éste plantea la existencia
de un estado ideal y propone un ciclo de estudios para quien ha
de ser su gobernante, el filósofo, y todo ello en un marco que
no es el del tiempo que le toca vivir: Platón sigue atado a la
ciudad antigua cuando esta estructura, la ciudad-estado,
comienza a desmoronarse; y se inmoviliza aún más, al
culminar su preocupación en la formación del sabio.[9]
2.-
Su ideal educativo: el
orador.
El
tema que aquí nos ocupa es el ideal pedagógico y cultural de Isócrates,
en estrecha relación con su ideal político. Este último
abarca tanto la política interna de Atenas, cuanto la política
exterior en relación a los persas –los verdaderos enemigos de
Atenas para Isócrates–. En lo relativo a la política interna,
aspira a una verdadera democracia basada en la equidad y la
justicia, donde los funcionarios sean hombres probos y dedicados
a la pólis. En política exterior su postura se
traduce en una preocupación fundamental: la unidad panhelénica,
puesto que los estados griegos se enfrentaban constantemente
entre sí y de este modo sólo beneficiaban a los persas. La
posición de Isócrates al respecto consiste, como ya dijimos,
en unir a los griegos en una tarea común: la lucha contra el bárbaro.
En diversos discursos trata este tema, siempre buscando quien
pueda aglutinar a los unos y vencer a los otros. En el Panegírico,
piensa en Atenas; tiempo después en una carta pide a Arquidamos
de Esparta que luche contra el bárbaro; y, finalmente, recurre
a Filipo de Macedonia en su discurso A Filipo[10].
Su
ideal educativo
es el orador, quien posee no sólo la técnica adecuada
del discurso, sino también, y fundamentalmente, la virtud
moral apropiada para que sus costumbres sean acordes a lo
expresado en los discursos. La vida virtuosa es la poderosísima
fuerza que sustenta al orador; con mayor profundidad que las técnicas
más consumadas.
Las
enseñanzas de Isócrates no se circunscriben a un método para
elaborar o decir discursos, sino que su propuesta es más
completa, ya que es necesario formar al educando en las virtudes
necesarias para que luego pronuncie un discurso con la debida
preparación, que es integral. La formación espiritual y
moral constituye la base de la formación retórica[11].
Indudablemente Isócrates es un hombre de acción política,
pero lo es en un sentido peculiar. Su influencia la ejerce a
través de la retórica, pero concebida ésta de un modo también
propio. Es decir: ni la elocuencia isocrática es lo que en esa
época se entendía por tal disciplina, ni él es un político en
el sentido convencional de la palabra:
“Yo,
pues, apruebo todos los discursos que pueden sernos útiles hasta en
la cosa más mínima; pero en verdad, juzgo que los más excelentes,
más dignos de un rey y más propios de mi condición, son
aquellos que aconsejan, ya sobre las costumbres, ya sobre la administración
del Estado. Y todavía más: de éstos, [prefiero] aquellos que
enseñan a los gobernantes cómo conviene tratar con la muchedumbre
y, a los particulares, qué disposición de ánimo deben tener
para con los que los gobiernan. Porque veo que es por esto que
las ciudades llegan a ser muy felices y poderosas”[12].
Es
necesario, en este punto, explicar un concepto muy importante que
está siempre presente cuando se habla de Isócrates: es el de
la dimensión que cobra la retórica a partir de la consideración
que él hace de la palabra, y que lo ubica en un plano diametralmente
opuesto al de los sofistas. Refiriéndose a los que rechazan la
elocuencia dice Isócrates:
“(...)
se hallan mal dispuestos en cuanto a todo discurso, y a tal punto
se equivocan, que no se dan cuenta de que son adversos precisamente
hacia aquella actividad que, de todas cuantas existen en la naturaleza
humana, es la causa de los mayores bienes. Pues en todas las demás,
nada nos diferencia de los otros animales, y aun en la
ligereza, en la fuerza y en otras cualidades somos inferiores
a muchos de ellos; mas porque existe en nosotros la capacidad de
persuadirnos unos a otros y de manifestarnos lo que deseamos,
no sólo pudimos apartarnos de la vida salvaje, sino que nos hemos
congregado formando ciudades, establecimos leyes, inventamos
técnicas y, en fin, casi todas las cosas que hemos producido, es
la palabra quien nos las ha procurado. Porque ésta ha legislado
sobre lo justo y lo injusto, lo torpe y lo honesto, y si ellas
[las leyes] no lo hubiesen dispuesto bien, no sería posible la
convivencia unos con otros. Por la palabra refutamos a los
malos y alabamos a los buenos; con ella enseñamos a los ignorantes
y probamos a los sabios, porque el decir lo que conviene es para
nosotros el mejor indicio de la prudencia, y la palabra
verdadera, conforme a la ley, y justa, es imagen de un ánimo
bueno y digno de confianza. Con la palabra disputamos sobre lo
controvertible e investigamos lo desconocido, porque de
los mismos argumentos que nos sirven para persuadir a los otros,
de ésos nos valemos para reflexionar, y aunque llamamos oradores
a [todos] los que pueden hablar en público, tenemos, sin
embargo, por hombres de buen consejo a los que discurren lo
mejor sobre los asuntos que se les proponen. Pero si hemos de
resumir [los bienes que debemos a] esta facultad, no encontraremos
cosa alguna hecha con inteligencia que se haya hecho sin la palabra,
antes bien veremos que en todas las obras y los pensamientos la
palabra tiene la parte principal, y que los que tienen mayor
inteligencia son los que más se valen de ella; y así los que se
atreven a maldecir a quienes se dedican a la educación y a la
filosofía, son merecedores del mismo repudio que los que
faltan a lo que es propio de los dioses”[13].
3.-
Su propuesta pedagógica.
Hacia
el año 400 a.C. Isócrates estableció en Atenas o en sus suburbios
su escuela de retórica, de carácter abierto, a diferencia de la
Academia de Platón. Allí el ciclo de estudios se extendía a lo
largo de tres o cuatro años, y no era gratuito. Esta escuela estaba
dedicada a la formación de hombres políticos y en ella Isócrates
se comportaba como un maestro en el cabal sentido de la palabra,
dado el seguimiento que hacía de sus discípulos; su relación
con ellos se desarrollaba en un ambiente de intimidad, para lo
cual ayudaba el reducido número de alumnos, con un máximo de
nueve. Esto le permitía ejercer una influencia profunda, a
partir del conocimiento que tenía de ellos
En
lo que atañe específicamente a la enseñanza, cabe explicitar
aspectos como el objetivo propuesto, los sujetos a
los que se educa, el contenido que se brinda y el método
que se usa.
1)objetivo inmediato era para él la formación del hombre;
objetivo
mediato,
salvar a la Grecia de su tiempo a través de lo que constituye
su identidad: la cultura.
2)
sujeto de la educación: el gobernante (Nicocles, A
Nicocles, Evágoras); y los hombres cultos, como los
profesores de elocuencia; el pueblo mismo (de dos maneras:
aludiendo a situaciones concretas que le incumben –como sucede
en Contra Eutino, Contra Calímaco, Contra Loquites, Eginético,
Trapecítico, por ejemplo– y además, e indirectamente,
a través de la formación del gobernante).
3)
contenidos de la educación: la elocuencia, es
decir, el arte de hablar bien (importante por la dimensión que Isócrates
otorgaba a la palabra, al Logos).
4)
el método era novedoso (el mismo Isócrates se
coloca como ejemplo a sus discípulos) por una parte, y tradicional
por otra, en tanto los medios utilizados son la ejercitación,
el ejemplo, la imitación.
5)
Pero al principio y al término de toda consideración en torno a la
educación se halla, precisamente, el tema del fin de la
educación.
Antes
de analizar su labor como maestro, sería conveniente saber cuál
es para Isócrates el fin de la educación, esto es, qué entiende
él por un hombre educado:
“Así
pues, ¿a quiénes considero acabadamente educados, dado que yo no
tomo en cuenta para ello las artes, las ciencias y las capacidades
[naturales]? En primer lugar, a los que tratan atinadamente
los asuntos que se presentan cada día, y tienen la opinión adecuada
a las circunstancias, capaz de conjeturar lo que es ventajoso
en la mayor parte de los casos. Después, a los que tienen
una relación conveniente y justa con aquellos con quienes conviven
–llevando fácil y pacíficamente sus asperezas y los caracteres
muy difíciles de soportar– y que muestran también la mayor
paciencia y consideración posibles hacia los que tienen
trato con ellos. Además, a los que, por una parte, señorean
siempre sobre los placeres y, por otra, no se dejan abatir por
completo en las circunstancias adversas, sino que en ellas su
ánimo se torna valeroso y digno de la naturaleza de la que
participan. En cuarto lugar, y lo que es lo mejor, a
los que no resultan corrompidos por el éxito, ni se enajenan,
ni se vuelven soberbios, antes bien permanecen en la disposición
propia de los hombres prudentes y no se alegran más por los bienes
que les depara la suerte que por los que provienen, desde su
origen, de su propia naturaleza y sensatez. Los que tienen una
disposición anímica en armonía no sólo con una de estas
condiciones, sino con todas ellas, éstos digo que son hombres
sabios y formados, y que poseen todas las virtudes”[14].
En
conclusión lo que Isócrates propone como fin de la educación
es el hombre virtuoso.
4.-
La Formación del Ciudadano.
Maestro
de sus conciudadanos, Isócrates traza un cuadro histórico de
la grandeza de Atenas en la que confluyen y se enriquecen diversas
manifestaciones culturales, que luego son transmitidas al resto de
los hombres; Atenas es un foco de cultura y la paideia es
factor de cohesión:
“Así,
ésta es la señal más confiable de la educación de cada uno
de nosotros: que los que saben usar bien de la palabra, no sólo
son poderosos en su país, sino que también son honrados en las
demás ciudades. Tanto nuestra ciudad ha aventajado en sabiduría
y elocuencia a los demás hombres, que sus alumnos sirven de
maestros de otros, y el nombre de Griegos no se usa ya para
significar una raza [o una nación], sino que parece denotar el
pensamiento, y más se llama Griegos a los que participan de
nuestra educación, que a los que tienen el mismo origen que
nosotros”[15].
La
trascendencia cultural de Atenas le permite, primero, erigirse
en cabeza de los griegos y, luego, nutre su idea de expansión,
cuya concreción se producirá a través del imperio de
Alejandro, en el que subyace el espíritu del helenismo.
En
un discurso posterior, Sobre la Paz, exhorta a los atenienses
a que abandonen pretensiones ambiciosas y se persuadan de que
sólo con la justicia florecen los estados. A medida que el tiempo
transcurre, la situación de Atenas se modifica y ello provoca
la renuncia de Isócrates a la idea del predominio de aquella
ciudad sobre los otros estados griegos. Los atenienses viven
inmersos en pleitos de mayor o menor cuantía, habituados a la
disputa por todo –a veces con pretensiones de intelectualidad–;
el lujo y el desmedido afán de riquezas y de fama a cualquier
precio conviven con la miseria y con la injusticia, y el individualismo
va ganando terreno rápidamente. La ambición de poder
corrompe las costumbres, corrompe a los gobernantes y a los
ciudadanos, por eso es necesario cambiar las ideas y los
sentimientos de los atenienses en dicha cuestión: el cambio político
está subordinado a un cambio de actitud en el plano ético.
Sólo
una restauración fundamentalmente ética conducirá a Atenas a
recuperar el liderazgo sobre las otras ciudades.
Pero
mirando, no ya hacia el exterior, sino hacia la propia
ciudad-estado, el problema de la democracia ateniense radica, a
juicio del maestro, en los ciudadanos. Como para Isócrates la
constitución es el alma del estado, modificándola se producirá
un cambio en ellos. Pero la ley por sí sola no educa; no se trata
entonces, de multiplicar las leyes, sino de infundir una impronta
en la conciencia de los ciudadanos:
“Conviene
que quienes gobiernen con rectitud no llenen los pórticos con
escritos, sino que graben la justicia en las almas: porque
no es con decretos sino con buenas costumbres como se
gobiernan las ciudades. Aquellos que han recibido una educación
perversa osarán transgredir aun las leyes más puntillosamente
redactadas, en tanto que los que han sido bien educados querrán
obedecer aquellas establecidas con [la mayor]
sencillez”[16].
5.-
La Formación del Gobernante.
Las
obras de Isócrates que específicamente se ocupan de este tema conforman
una trilogía que tiene como protagonistas al monarca de Chipre,
Evágoras, y a su hijo y sucesor, Nicocles, quien había sido
alumno de la escuela del retórico ateniense. Ellas son: A
Nicocles, Nicocles y Evágoras.
En
la primera de ellas, el maestro se dirige a su discípulo, quien
llega a ocupar el trono tras la muerte de su padre. En Nicocles,
el mismo joven monarca habla a los súbditos para exponerles los
principios de su gobierno. Evágoras, por su parte, fue
escrita en los primeros tiempos del gobierno de Nicocles, a
los efectos de mostrarle como modelo de gobernante a su propio
padre.
Isócrates
dedica varios párrafos a destacar la virtud de Evágoras
–etimológicamente “el que habla bien en público”, en el ágora,
verdaderamente la institución pública por excelencia– como
portador de la cultura griega llamada a dominar al bárbaro,
es decir, es un auténtico representante del helenismo:
“(...) naturalmente
dotado de un excelente ingenio, y capaz de llevar a buen término
muchas cosas, con todo, no menospreció cosa alguna ni en nada obró
a la ligera, sino que pasó la mayor parte de su tiempo en investigar,
reflexionar y tomar consejo, pensando por una parte que si
preparaba convenientemente su propio juicio, de manera semejante
gobernaría su reino de manera excelente; pero admirándose de
cuántos se preocupan de su espíritu a causa de otras cosas, pero
no por sí mismo. Pues bien, sobre los asuntos públicos fue de la
misma opinión. Porque viendo que los que se ocupan de sus asuntos
se afligen menos, y que las verdaderas distracciones se encuentran
no en la ociosidad sino en la prosperidad y en la constancia, nada
dejó sin examen, sino que tan concienzudamente observaba los hechos,
y conocía a cada uno de sus ciudadanos, que ni los conspiradores
se le adelantaban, ni se le ocultaban los que estaban bien
dispuestos, y todos obtenían lo que les correspondía. (...) Porque
pasó toda su vida sin cometer injusticia contra nadie, y honrando a
los virtuosos; gobernó con firmeza a todos, y castigó a los malhechores
sólo según las leyes. (...) Era majestuoso, no por los adornos de
su persona sino por el arreglo de su vida. En ningún asunto
intervino de manera desordenada o inconsecuente, sino que
mantenía acordes sus acciones con sus palabra. Era de gran
voluntad, no en los acontecimientos del azar, sino en los provocados
por él. Hacía amigos con los beneficios otorgados, y a los demás
los sujetaba con su magnanimidad. Era temible, no por
mostrarse hostil hacia muchos, sino porque sobrepasaba con mucho la
naturaleza de los demás. Señoreó sobre los placeres, y no se
dejó guiar por ellos (...). Resumiendo, nada descuidó de cuanto
compete a los reyes, sino que tomó de cada forma de gobierno lo mejor,
siendo popular por su solicitud hacia la muchedumbre, político
en el gobierno de todo el Estado, jefe militar por su prudencia
ante los peligros, y en todas estas condiciones se distinguió por
su grandeza.
(...);
a sus ciudadanos, de bárbaros los hizo griegos; de cobardes,
guerreros, y de oscuros, célebres; y habiendo encontrado el
lugar intratable y totalmente inculto, él lo volvió más
civilizado y amable (...)”[17].
Veamos
cómo Nicocles convoca a sus súbditos a la obediencia a partir de
la autoridad moral que posee, y buscando siempre el bien de la pólis:
“Por
esto he hablado tanto, ya de mí mismo, ya de los otros asuntos
propuestos, para no dejaros el menor pretexto para no llevar a
cabo de manera espontánea y de buen grado todo cuanto os aconseje
o prescriba.
Digo,
por otra parte, que es preciso que cada uno de vosotros actúe en
lo que se le ha encomendado con solicitud y justicia, porque si en
alguna medida faltare, necesariamente en la misma proporción se
resentirán los asuntos públicos.
No
miréis como cosa menor ni desdeñéis nada de cuanto se os
ordenare, pensando [tal vez] que se trata de algo que no tiene
importancia; sino que, como el todo se halla bien o mal según cada
una de las partes, así cuidad de ellas.
No
pongáis menos atención en mis cosas que en las propias vuestras,
ni penséis que son un bien pequeño los honores que se tributan
a quienes dirigen convenientemente mis asuntos (...).
No
tengáis por desagradable ni una cosa de cuantas os mandare,
porque cuantos con cuanto mayor acierto se desempeñaren
en mis intereses, ésos obtendrán tanto mayor utilidad en sus
propios asuntos (...).
No
creáis que la malevolencia o la buena disposición de los reyes se
deben sólo a causas naturales, sino también a las costumbres
de sus súbditos; porque muchos se han visto precisados a dominar
con crueldad, más por la maldad de sus súbditos que por su propio
temperamento (...).
Enseñad
a vuestros hijos a obedecer a sus superiores y acostumbradlos
principalmente a la práctica de esta virtud, porque si han
aprendido bien a ser gobernados, podrán gobernar a muchos.
Y siendo fieles y justos, participarán de nuestros bienes;
mas si fuesen malos, pondrán en peligro [aún] lo que ya tienen
(...).
(...)
No tengáis envidia a los que ocupan los primeros lugares cerca
de mí; mas rivalizad con ellos y, mostrando vuestras virtudes,
esforzaos por llegar a ser iguales a los que sobresalen.
Creed
que os conviene amar y honrar a los que también amare y honrare
el rey, para que así obtengáis de mí lo mismo.
Lo
que decís en mi presencia, pensadlo también cuando me hallo
ausente.
Manifestad
más con obras que con palabras vuestra benevolencia hacia mí
(...).
Pensando
que mis palabras son leyes, procurad guardarlas (...).
En
resumen, creed que como deben ser para con vosotros vuestros
subordinados, así también es preciso que vosotros seáis para
con mi autoridad (...). Porque si yo me porto tal como lo he
hecho en el tiempo transcurrido, y vosotros cumplís con
vuestras obligaciones, veréis bien pronto acrecentados vuestros
bienes, aumentado mi poder y constituido el Estado
feliz”[18].
En
cuanto al discurso A Nicocles, Isócrates se propone entregar
al gobernante un obsequio: “apuntalar” la tarea de gobierno
del monarca mediante sus consejos. El buen gobernante procurará
engrandecer a su pólis, trabajará para ello, y su punto
de apoyo será su paideia, donde Isócrates subraya
siempre el aspecto ético.
Asimismo
considera Isócrates de gran importancia el trato que el gobernante
establezca con los otros hombres. Le aconseja rodearse de los más
sabios[19],
aunque ello lo obligue a recurrir a quienes no forman parte de
su entorno.
¿A
quiénes considera sabios Isócrates? Lo dice explícitamente:
“Ten
por sabios, no a los que disputan minuciosamente sobre cuestiones
pequeñas, sino a los que hablan con acierto de los grandes
temas; no a los que prometen la felicidad a los demás, viviendo
ellos en la mayor miseria, sino a los que hablan moderadamente
de sí mismos, y pueden tomar parte en los asuntos públicos entre
los hombres, y no se alteran en las vicisitudes de la vida, sino
que saben llevar con dignidad y mesura tanto la buena como la mala
fortuna”[20].
Para
Isócrates, toda la educación del monarca, su paideia,
conduce al dominio de sí mismo. Isócrates insiste sobre esta
idea –en la que resuenan las enseñanzas de Sócrates– no sólo
por lo que implica para la propia persona del regente, sino para
todos los ciudadanos, quienes, como ya dijimos, encuentran en su
guía una suerte de espejo donde mirarse cada día:
“Sé
señor de ti mismo no menos que de los demás, y considera que lo
más digno de un rey es no ser esclavo de ningún deleite, y
gobernar sus deseos más que a sus súbditos”[21].
“(...)
del mismo modo que tú mirares al pueblo el pueblo te habrá de
mirar a ti.
Escóndete
si alguna vez te sucede el complacerte en lo malo; pero hazte ver
cuando te intereses por lo que tiene grandeza. No creas que
conviene a otros vivir ordenadamente, pero que a los reyes les
va bien el desorden; por el contrario, presenta a los demás
como ejemplo tu prudencia, sabiendo que las costumbres de
todos los ciudadanos se imitan a las de sus gobernantes (...). Sé
delicado en tu vestimenta y en el ornato de tu persona, pero firme
en los demás asuntos como conviene a los reyes; para que quienes
te vean, por tu aspecto te consideren digno del poder; y los que
viven contigo tengan la misma opinión que aquéllos, por tu
fortaleza de ánimo.
Lo
que aconsejes a tus hijos, tenlo por digno de ti mismo”[22].
La
preocupación ética también existe en el mismo monarca respecto
de sus súbditos, cuando Nicocles se dirige a ellos:
“Absteneos
de lo ajeno, a fin de poseer vuestros propios bienes con mayor
seguridad (...).
No
pongáis mayor cuidado en ser ricos que en ser tenidos por hombres
honrados (...).
Procurad
que vuestra actuación pública no sea astuta u oculta, sino tan
sencilla y tan clara, que ninguno, aun queriendo, pueda fácilmente
calumniaros (...).
Inclinad
a los jóvenes a la virtud, no sólo exhortándolos, sino haciéndoles
ver en las acciones cómo deben ser las de los hombres de bien
(...).
Lo
que os irrita que otros os hagan, no lo hagáis a los demás.
Lo
que reprobáis con las palabras, no lo practiquéis con vuestros
actos (...).
No
sólo elogiéis a los buenos; imitadlos también
(...)”[23].
Podríamos decir,
a modo de síntesis, que Isócrates se manifiesta partidario
de la verdadera aristocracia, esa forma de gobierno que convoca a
los mejores, identificando con este término a los hombres
virtuosos.
SINTETIZANDO:
La
educación isocrática se funda en la exaltación de las virtudes de
la palabra, logos, que descansan sobre una vida moralmente
virtuosa. El ideal educativo del orador es, por consiguiente, el
ideal del bien decir fundado en el bien saber y en el bien vivir.
Pero
no se trata de un ideal puramente individual, técnico o especializado,
sino también político. Toda educación que pretenda ser más
que una educación técnica tiene que ser una formación política
(para la pólis).
La
paideia isocrática beneficia al individuo, a la pólis
y a los griegos en su conjunto, porque la educación y la cultura
son los únicos medios de que se dispone para lograr el ideal
propiciado por Isócrates: el panhelenismo.
PARA
REFLEXIONAR:
¿Por
qué estudiamos a Isócrates en Historia de la Educación?
• Porque
constituye una propuesta concreta (y no utópica, como lo fue la
propuesta platónica) para la formación del hombre político –del
gobernante y, a través de él, del pueblo–, fundada en la
idoneidad en cuanto a capacidades y conocimientos,en la probidad, más aún, en la presencia de todas las
virtudes en lo moral, y en el interés por el bien común como
motivo dominante.
•
Porque este ideal elevado no implica una negación de la realidad
humana, ni de la actualidad política (de hecho, Isócrates debe
variar sus planteos como consecuencia de una realidad que no quiere,
pero que no niega), sino que responde a la necesidad de superación
y perfeccionamiento del hombre, siempre perfectible. El bien es
posible.
•
Porque este ideal educativo es la resultante de una correcta escala
de valores, en la que están presentes todos los aspectos y los
intereses de la vida humana, adecuadamente jerarquizados.
•
Porque supo hacer a un lado criterios que ya no podían sustentarse
(ser griego por el lugar de nacimiento, en ese momento; hoy podrían
ser otros) y buscó los que tuvieran mayor asidero y sustentabilidad
en medio de una realidad que se presentaba absolutamente lábil e
incierta. Y así proclamó un concepto profundo: el de la cultura,
en el que bajo cualquier situación los hombres pudieran reconocerse
e identificarse.
•
Por la actualidad de su planteo, y la perentoria necesidad de
reflexionarlo y, adaptándolo, llevarlo a la práctica: FORMAR AL
POLÍTICO, de eso se trata.
Bowen,
J.
Historia de la educación occidental. Vol. 1. Barcelona:
Herder, 1976. 480 p.
Burckhardt,
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políticas y forenses de Isócrates.
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NOTAS
[1]
Tres guerras que enfrentaron a griegos y persas, entre los años
500 a.C. (los jonios se rebelan contra los avances del persa Darío,
cuyo padre Ciro había conquistado buena parte del Oriente y
avanzaba sobre el Asia Menor) y 449 a.C. (Pericles de Atenas y
Artajerjes I de Persia firman la paz de Calias, por la que los
derrotados persas renuncian a sus pretensiones de dominio sobre
los griegos y sus territorios y mares). (vuelve al
texto)
[2]
Entre los años 431 y 404 a.C. las ciudades-estado de Grecia,
formando alianzas lideradas por las rivales Esparta y Atenas, se
enfrentan en fratricidas luchas por el poder, que culminan con la
derrota de Atenas en Egos Pótamos. (vuelve al
texto)
[3]
Esparta, que no había logrado mantener su dominio sobre las
ciudades griegas, entra nuevamente en conflicto con Persia (Artajerjes
II invade la Jonia), en el 399 a.C.. Atenas forma alianza con
varias ciudades (Argos, Corinto y Tebas) amenazadas por los
persas, y aprovechando la coyuntura declara la guerra a Esparta
–Guerra de Corinto–, que concluye con la Paz de Antálcidas
(386 a.C.): se reconocen a Persia sus conquistas a cambio de una
paz perpetua para las ciudades de Grecia (que debían permanecer
no confederadas, para evitar su unión y fuerza), y Esparta queda
al frente de la Liga del Peloponeso, aunque sin poder ejercer de
hecho su hegemonía. Nuevas luchas entre Esparta, Tebas y Atenas
dejan la puerta abierta a Artajerjes III de Persia y a Filipo II
de Macedonia. (vuelve al texto)
[4]
Un factor de desorden fue la multiplicación de los cargos y
la creación de diversas comisiones, algunas permanentes y
otras transitorias. Se acumularon diversas funciones en
las mismas personas pero, al mismo tiempo, creció la influencia
de un funcionario: el secretario, quien poseía su cargo
con carácter permanente frente a otros funcionarios que se
renovaban constantemente. A mediados del siglo IV a.C.
Atenas presenta una clara imagen de decadencia: guerras
constantes, falta de unión y cordialidad entre los diversos
estados helénicos, inseguridad política y económica. Tanto los
gobiernos oligárquicos cuanto los democráticos cometieron
excesos similares: persecución política, confiscación de
bienes, destierros. (vuelve al texto)
[5]
Isócrates no es el único. De esta época data también la Ciropedia,
de Jenofonte, quien toma como modelo la educación espartana,
promoviendo una formación de carácter militar y aristocrático.
(vuelve al texto)
[6]
En su Carta cuarta a Filipo (Isocrate.
Discours. 4 t. Paris: Les Belles Lettres, 1928-1972), Tomo
II, p. 349, dice que “(...) con haber sido muchos y muy
variados quienes han concurrido a mi escuela, célebres todos y de
ilustre nombre (...)”.(vuelve al texto)
[7]Jaeger, W. Paideia:
los ideales de la cultura griega. 20 ed. México: Fondo de
Cultura Económica, 1978, p. 835 (Libro Cuarto, cap. II). (vuelve
al texto)
[9]
Marrou explica los alcances de la concepción platónica en los
aspectos que nos interesa: “(...) su enseñanza tiende a
formar un hombre, a lo sumo un pequeño grupo de hombres reunidos
en la escuela, integrando una secta cerrada, un islote cultural
sano en medio de una sociedad podrida. El Sabio, puesto que el
platonismo desemboca ya en una sabiduría de tipo personalista,
consagrará su vida a la atención de sus propios asuntos (...).
De esta suerte, el pensamiento platónico, movido en un
principio por el deseo de restaurar la ética totalitaria de la
ciudad antigua, llega, en último análisis, a trascender
definitivamente los cuadros de ésta y a lanzar los fundamentos
de lo que habrá de quedar como la cultura personal del filósofo
clásico”. Marrou,
H.-I.Historia de la educación en la Antigüedad. 3ª
ed. Buenos Aires: EUDEBA, 1976, p. 93-94 (Parte I, cap. VI). (vuelve
al texto)
[10]
La unidad panhelénica, para Isócrates, tiene su fundamento en
un valor superior a la comunidad de origen, esto es, en la cultura.
La grandeza de Atenas radica en su superioridad cultural. Es
esta cultura lo que debe salvarse para que su espíritu
sobreviva a las vicisitudes temporales. Atenas, gracias
a su riqueza espiritual es superior al resto de la humanidad,
y sus maestros se han convertido en maestros del mundo. Así
se entiende la propuesta educativa de Isócrates: desarrollar
la capacidad de los hombres para comprenderse mutuamente,
no mediante la acumulación de conocimientos profesionales,
sino por el cultivo del lenguaje o logos. Esto es así
porque el logos hace del hombre –del ateniense–
un ser civilizado. (vuelve al texto)
[11]
Cuando Cicerón hace referencia a las cualidades morales del
orador dice que “debemos imaginárnoslo en nuestro discurso
como exento de todos los vicios y adornado con todas las cualidades.”
De
Oratore,
L. I, XXVI, 118. (vuelve
al texto)
[19]
En la Carta Cuarta a Filipo, T. II, p. 350, reafirma estos
conceptos: “Porque es lo usual que quienes siempre
hablan según el gusto de los demás no sean de provecho para el
crecimiento de las Monarquías, que llevan consigo muchos
e insoslayables peligros; ni para las Repúblicas, donde parece
haber mayor seguridad. Los que ante el bien son libres y
sinceros deben conservar muchas cosas, aun de las perecederas,
y por lo mismo deberían tener cerca de los monarcasmayor influencia los que con valor dicen la verdad, que
no los que les hablan siempre con la mira de agradarles, sin
decir jamás nada que merezca ser agradecido”. También en
la Carta a Timoteo, 3, expresa: “Luego de
reflexionadas estas cosas, conviene que busquéis y examinéis
de qué modo, con quiénes, y valiéndose de qué consejeros
remediaréis los males de la ciudad, exhortaréis a los
ciudadanos al trabajo y a la moderación, y haréis que vivan
con más gusto y confianza que hasta ahora. Porque éstas son
las acciones propias de quienes gobiernan con rectitud y con
prudencia”. (vuelve al texto)