ABSTRACT:
Curso Historia General de la Educación,
impartido por la profesora Azucena Fraboschi de la Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad Católica Argentina durante el
curso 2002-2003 dentro de la asignatura de primer año: Ciencias de la
Educación. El curso desarrolla y analiza la Historia de la Educación
Antigua y Medieval en cuatro bloques: LOS
ANTECEDENTES DE LA EDUCACIÓN EN EL MUNDO OCCIDENTAL Y CRISTIANO,
LA EDUCACIÓN INSTITUCIONALIZADA
EN EL MUNDO HELENÍSTICO-ROMANO (PERÍODO
IMPERIAL),
EL ENCUENTRO DE LA CULTURA CLÁSICA Y LA EDUCACIÓN CRISTIANA EN LA EDAD
MEDIA (S. V-X) y
FORMAS DE LA
EDUCACIÓN EN LA BAJA EDAD MEDIA (SIGLOS
XII-XIII). El curso se complementa al impartido por la profesora Clara Inés
Stramiello y que analiza la
Historia General de la Educación Moderna y
Contemporánea. .......................................
La
educación cristiana –como iniciación dogmática
(conocimiento de las verdades de fe necesarias para la salvación) y
como formación moral (para la conducta que ha de observarse
en tanto cristiano)– fue preocupación de la Iglesia desde sus
primeros tiempos.
Se
presentaba ante todo como una obligación de los padres –educación
familiar–, rasgo que compartía con la tradición judía, y
consistía principalmente en una educación a través del ejemplo
de los mayores (porque la educación familiar procede por modo
de imitación), y en un modo de vida común. Pero también
fue una instrucción formativa, a través de los relatos de
la Historia Sagrada que el padre o la madre iban presentando al niño
en lo que podríamos llamar una pedagogía interactiva –asistemática
y ocasional–, según apunta San Juan Crisóstomo en un tratado
acerca de Cómo los padres deben educar a sus hijos[1].
Sin que esta educación cesara en el tiempo, otra más específica e
institucional se le sumó: la del catecumenado o preparación
para el bautismo, que duraba tres años y estaba a cargo, en sus
comienzos, de maestros especializados, para quedar luego en manos de
sacerdotes y del obispo.
Sin
embargo, la formación cristiana suponía una cierta cultura en
letras, un conocimiento del medio cultural no sólo hebreo sino
también grecolatino, a fin de hacer posible el crecimiento
personal, la intelección y la expresión del dogma, y su apologética.
Pero sólo existía un sistema educativo capaz de proporcionar la
cultura necesaria, al menos en lo que hace a la educación elemental
o de primeras letras, y la etapa siguiente o gramatical. Este
sistema educativo era la educación clásica vigente en el Imperio
Romano; por consiguiente:
•
Aceptar el sistema educativo vigente pareció ser la única
actitud posible, dado que el Cristianismo sólo podía proporcionar
una formación específica (de carácter general: las predicaciones;
de carácter superior: la escuela de catequesis) que suponía una
preparación previa;
•
rechazar la cultura a la que el sistema educativo se ordenaba
fue imperativo, en tanto pretendía resolver el problema del hombre
y de la vida desde una perspectiva opuesta a la del Cristianismo[2].
Así
pues, se resolvió:
-
permitir la concurrencia de niños y de jóvenes a las escuelas
tradicionales, como un mal inevitable;
-
establecer una estricta vigilancia, y procurar al niño y al joven
el discernimiento y la rectificación necesarios a partir de una
conciencia religiosa esclarecida por la formación cristiana que se
imparte fuera de la escuela;
-
prohibir al cristiano ejercer la docencia en tales escuelas, excepto
en casos extremos de necesidad económica, y bajo determinadas
condiciones. Esta prohibición no tuvo demasiado peso, y de
mediados del siglo III en adelante encontramos profesores cristianos
como Anatolio (futuro obispo de Laodicea) ocupando en Alejandría
una cátedra de filosofía aristotélica, o bien en Antioquía al
sacerdote Malquio dirigiendo una escuela de retórica;
-
San Basilio escribe, en este contexto, un manualito acerca de Cómo
leer los autores profanos.
No
deja de resultar un tanto curioso que la cosmovisión cristiana no
haya tenido gran incidencia, ni pronta, en la escuela clásica. Marrou hace referencia a cuadernos del siglo IV que continúan
trayendo las listas de dioses de la mitología pagana, y las mismas
máximas morales de siglos atrás, entresacadas de la literatura clásica
pagana. Y trae también, como único, el caso del sacerdote
cristiano Protógenes –exiliado por el emperador Valente en el año
372 a una tierra de paganos–, quien abrió una escuela elemental
en la que presentaba como textos para la lectura y el dictado Salmos
o bien trozos del Nuevo Testamento, catequizando así a los alumnos[3].
Sin embargo, hubo un emperador, Juliano el Apóstata, que se tomó
la molestia de prohibir a los cristianos el ejercicio de la docencia
en las escuelas por razones de moralidad, pues decía que cuando
explicaban a los poetas paganos estaban hablando de algo en lo que
no creían, y lo hacían sin gran conocimiento y sin convicción; la
alternativa –no dar esos autores– era impensable y, por otra
parte, hubiera significado lisa y llanamente “no enseñar”. Se
dio aquí la identificación “cultura” y “paganismo” que los
cristianos habían rechazado, y se hizo extensiva al término
“escuela”, que no había sido mayormente cuestionada hasta
entonces.
En
cuanto a la educación superior, hacia fines del siglo II nos
encontramos con una realización específicamente cristiana: la
famosa Escuela de Alejandría, con sus grandes maestros:
Clemente (189-204) y Orígenes (204-216), ambos dotados de una gran
capacidad para lograr una síntesis entre las culturas que,
finalmente, se encontraban.
Clemente
de Alejandría escribió una trilogía de carácter pedagógico: El
Protréptico, o Exhortación a los griegos, en la que
critica el politeísmo pagano, los sacrificios a los ídolos, la
corrupción moral, si bien en el plano del conocimiento salva las
verdades alcanzadas por algunos filósofos (principalmente Platón),
como también algunas inspiraciones de los poetas. En rigor, la
sabiduría griega es presentada como una propaideia de la paideia
cristiana. Tras esta afirmación se encuentra presente el
concepto del Logos, la Segunda Persona de la Trinidad,
por Quien todo fue creado y sin Quien nada se ha hecho, Luz que
ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Razón que es ley
natural en la creatura, razón que es facultad cognoscitiva en el
hombre: ¿puede extrañarnos que el hombre pueda conocer la verdad,
esto es, la realidad, siendo una misma la Razón, el Logos presente
en ambos? Pero sin el auxilio divino, sin la luz de la Revelación,
el hombre conoce la verdad con gran dificultad, en medio de grandes
tropiezos y muy embarazado por el error y por la duda, y con poco
progreso a lo largo de mucho tiempo.
Su
segunda obra es El Pedagogo o La formación en la moral
cristiana. En la Antigüedad el pedagogo, aun siendo un
esclavo, no era un mero acompañante del niño pero tampoco un
maestro, sino quien lo cuidaba, lo protegía y lo formaba en su carácter
y en la moralidad de sus costumbres. El Logos-Pedagogo
(Cristo), “es educador, mas no un experto o un teórico; su
objetivo es la mejora del alma, no la enseñanza, como guía que es
de una vida virtuosa, no erudita”[4].
El hombre, el recién bautizado, comienza una nueva vida y en
ella es como un niño. El Bautismo confiere al hombre la filiación
divina, que supone la semejanza con el Padre. De allí que en la
imitación de Cristo –imagen perfecta del Padre, Quien se
manifiesta y se hace accesible al hombre en Su Hijo– se haga
realidad el mandato del Pedagogo: “Sed perfectos, como Mi Padre
es perfecto”. Se trata de ser y vivir con simplicidad.
Esto implica fundamentalmente prudencia, moderación, templanza,
decoro en la alimentación, en el vestir, en el hablar, en el
mobiliario, en el aseo, en el trato a los demás, en la conducta,
directivas que contrastaban en demasía con la forma de vida del
decadente Imperio Romano. Sobre este tema Clemente sobreabunda en
consejos, todos ellos ilustrados con citas bíblicas y también de
la cultura clásica, de la que se muestra gran conocedor.
Finalmente
la tercera obra de Clemente, llamada Stromata o Tapices,
o también Miscelánea, nos presenta al Logos-Maestro:
ya no se trata de exhortar a la conversión, o de formar moralmente
al recién bautizado (o al menos converso), sino de instruir,
conducir al cristiano al conocimiento perfecto o Gnosis.
Se establece aquí una comparación entre el conocimiento tenido por
supremo en el mundo pagano –el mundo grecorromano–, esto es la
filosofía o conocimiento racional, y la gnosis o
conocimiento espiritual, iluminación suprema para el cristiano.
Orígenes,
por su parte, supo configurar un programa de estudios que suponía
la sólida base de los estudios liberales, para continuar con una
preparación filosófica que desembocaría en un estudio profundo de
las Sagradas Escrituras, para cuya lectura adaptó los métodos
característicos de la enseñanza helenística superior. Este método
pasó al Occidente y al Medioevo a través del obispo San Ambrosio
de Milán y San Agustín de Hipona.
Con
el correr de los años, el Cristianismo fue afianzándose, pero el
Imperio Romano –la civilización occidental– se derrumbaba, por
motivos internos (la corrupción y la debilidad política, entre
otros) y por motivos externos, que fueron las invasiones de los bárbaros.
Precisamente a éstas se debe la desaparición de las escuelas del
Imperio, que primero fueron pasando a manos del sector privado, ya
que el Estado no se ocupaba más de ellas por los motivos
antedichos; luego dejaron de existir como sistema educativo
estructurado en tres niveles, entre los siglos IV y V. Por un
tiempo, y en la aristocracia, continuó cierta enseñanza privada,
a modo de cursos dictados por algunos maestros en su propia casa,
pero también esto terminó por desparecer. Sólo en dos lugares, y
por diferentes períodos de tiempo, la situación fue diferente.
•
En el Oriente griego: la escuela bizantina prolongó hasta la
Alta Edad Media la cultura y la educación clásica, principalmente
en la enseñanza superior. El centro de altos estudios de
Constantinopla fundado por Teodosio II, también llamado Universidad
de Constantinopla, continuó su fecunda trayectoria hasta 1453,
gozando de sucesivas reorganizaciones (el César Bardas en el 863;
Constantino IX Monómaco en el 1045 y entre los siglos XIII y XIV
por los Paleólogos) que le otorgaron gran vitalidad. El contenido
de los estudios continuó siendo el mismo: las artes liberales como
base, y luego retórica, filosofía y derecho; también seguían
vigentes el método y los manuales de la época helenística.
En
su libro sobre la educación antigua Marrou[5]
llama la atención sobre el contraste, a veces peligroso, que existía
entre una sociedad profundamente cristiana como era la bizantina,
y la adhesión tan tradicional a la cultura clásica, pagana. Y da
noticia del surgimiento de una institución educativa cristiana con
fuerte orientación religiosa, que procura con su labor equilibrar
la situación: se trata de la escuela patriarcal, “verdadera
facultad de teología, de base escrituraria, donde ejercen
profesores especializados en la exégesis del Evangelio, delApóstol
y del Salterio”[6].
En tanto el Senado designaba a los profesores de la institución
oficial, los de la escuela patriarcal eran nombrados por el
patriarca. Esta Facultad tenía como complemento otra de artes
liberales, con sus maestros de gramática, de retórica y de filosofía,
que también enseñaba matemáticas. Como se ve, una formación
humanista (en el sentido clásico de la palabra), cristiana.
Recién
con la invasión y conquista turca el Oriente griego, y la cultura
clásica en él, vivirán una situación similar a la que padeciera
Occidente un milenio antes, llegando entonces a su fin la educación
tradicional.
•
En Italia: los invasores ostrogodos, y en especial Teodorico,
quedaron deslumbrados con la cultura clásica, y supieron también
apreciar las ventajas de la estructura gubernamental y
administrativa del viejo Imperio Romano. Teodorico tuvo como
ministros a dos hombres cultísimos, Boecio (condenado a muerte por
sospechas de conspiración) y Casiodoro, y conservó el sistema de
las cátedras estatales provistas y rentadas por el Estado, medida
que mantuvo el emperador Justiniano luego de su reconquista de
Italia (año 535). Recién con la invasión lombarda (año 568)
la situación cambió, pues la brutalidad de los invasores sólo
permitió pensar en cómo sobrevivir, dejando de lado todo otro
interés, sin posibilidad por otra parte. Sólo quedan los centros
de formación religiosa por excelencia: los monasterios (el Vivarium
de Casiodoro, Montecassino de San Benito, Bobbio, fundación de San
Columbano en el 612), y las nacientes escuelas episcopales para la
formación del clero. De allí irradiará la cultura nuevamente,
sobre toda Europa.
Bonner,
S.La educación en la Roma antigua, desde Catón el Viejo a Plinio
el Joven. Barcelona: Herder, 1984. 462 p.
Bowen,
J.Historia de la Educación Occidental. Barcelona: Herder,
1976-79. vol. I
Carcopino,
J.La vida cotidiana en Roma, en el apogeo del Imperio. 2ª ed.
Buenos Aires: Hachette, 1944. 483 p.
Clemente
de Alejandría.
El Pedagogo. Madrid: Gredos, 1988. 353 p.
Cochrane,
Ch.N.Cristianismo y cultura clásica. México: Fondo de Cultura
Económica, 1949. 508 p.
Fraboschi,
A.A.La educación institucional en el mundo romano (período
imperial). Buenos Aires: EDUCA, 2001. 80 p. (Cuadernos de
Historia de la Educación y de la cultura, 7).
Jaeger,
W.Cristianismo primitivo y paideia griega. México: Fondo de
Cultura Económica, 1965. 149 p.
NOTAS
[1]
“Cuando el niño haya grabado bien el relato en su memoria,
le pedirás otra tarde: Cuéntame la historia de los dos
hermanos. Y si él comienza por Caín y Abel, interrúmpelo y
dile: No, no es ésta la que te pido, es la de esos otros dos
hermanos cuyo padre les imparte la bendición. Recuérdale en
seguida algunos detalles significativos, pero sin proporcionarle
el nombre de los hermanos. Y cuando él te haya narrado toda la
historia, retoma tú la continuación del relato (...)”
(En: Marrou, H.-I. Historia
de la educación en la antigüedad. Buenos Aires: EUDEBA,
1965, p. 384). (vuelve al texto)
[2]
Tertuliano: “¿Qué hay de común entre Atenas y Jerusalén,
entre la Academia platónica y la Iglesia?” (Cit. por Marrou,
ibíd., p. 390). Y San Jerónimo relata el sueño en el que se vio
juzgado ante el tribunal divino y rechazado por ser, no cristiano,
sino ciceroniano. (vuelve al texto)