ABSTRACT:
Curso Historia General de la Educación,
impartido por la profesora Azucena Fraboschi de la Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad Católica Argentina durante el
curso 2002-2003 dentro de la asignatura de primer año: Ciencias de la
Educación. El curso desarrolla y analiza la Historia de la Educación
Antigua y Medieval en cuatro bloques: LOS
ANTECEDENTES DE LA EDUCACIÓN EN EL MUNDO OCCIDENTAL Y CRISTIANO,
LA EDUCACIÓN INSTITUCIONALIZADA
EN EL MUNDO HELENÍSTICO-ROMANO (PERÍODO
IMPERIAL),
EL ENCUENTRO DE LA CULTURA CLÁSICA Y LA EDUCACIÓN CRISTIANA EN LA EDAD
MEDIA (S. V-X) y
FORMAS DE LA
EDUCACIÓN EN LA BAJA EDAD MEDIA (SIGLOS
XII-XIII). El curso se complementa al impartido por la profesora Clara Inés
Stramiello y que analiza la
Historia General de la Educación Moderna y
Contemporánea. .......................................
Las
invasiones de los bárbaros que marcan la caída del Imperio Romano
de Occidente cambian toda forma de vida en la Europa de entonces.
Muchas tierras quedan asoladas como consecuencia de las batallas,
las poblaciones permanecen aisladas, el comercio se resiente, la
gente tiene miedo. Pero poco a poco la situación comienza a
recomponerse. Los bárbaros se han mezclado con los habitantes de
cada lugar, en los campos y en las ciudades menores, aportando su
lengua (que paulatinamente va corrompiendo el latín, el cual queda
en el olvido –tal será la situación que encontrará Carlomagno
al subir al trono–), sus costumbres y su religión, causa de prácticas
paganas y de gran superstición, sobre todo en el campo. En las
grandes ciudades, y en la corte romana, la situación se plantea a
la inversa, pues los bárbaros admiran la cultura romana y también
su capacidad administrativa, de la que ellos carecen, y por eso
procuran rodearse de letrados romanos, de los hombres más sabios, y
protegen y apoyan la vida intelectual.
En
medio de esta situación y a modo de levadura que fermenta surgen
los monasterios, que poco a poco irán cobrando un papel protagónico
en la vida de Europa: en su religiosidad, en los valores que
orientarán la conducta de los hombres, en la política, en la
cultura, en la organización social..., nada escapará a su
influencia.
El
monacato reconoce su origen en la aspiración del cristiano a la perfección
evangélica[1],
que es el seguimiento amoroso del Señor Jesús, vida eterna y
felicidad plena ya en este mundo. Pero no nos equivoquemos: si
de seguir a Cristo se trata, no podemos olvidar que el camino era el
del Calvario –con la cruz a cuestas– hacia la crucifixión y
muerte. Sólo después vendrían la resurrección y la vida. Sin
embargo, también es cierto que la cruz puede cargarse como un
doloroso, absurdo e ineludible peso impuesto por una voluntad que
nos es ajena e incomprensible, o puede abrazarse en una libre decisión
personal, fundada en el amor y la confianza en la sabia providencia
de Quien nos la ha dado[2].
Thomas Merton, un monje trapense de nuestro siglo, nos dice que
“Un
monje es un hombre que lo ha dejado todo a fin de poseerlo
todo. Es uno que ha abandonado el deseo a fin de lograr el más
alto cumplimiento de todo deseo. Ha renunciado a su libertad
a fin de tornarse libre. Va a la guerra porque ha descubierto
una clase de guerra que es paz.”[3]
Describiendo
una paradoja viviente (¿acaso San Pablo no había hablado de la
locura de la Cruz?), nos presenta algunas notas características
de la vida monástica: el alejamiento del mundo que distrae, la
búsqueda de la soledad para el encuentro con Dios, la renuncia a lo
propio (posesiones materiales, afectos familiares o amicales,
realizaciones intelectuales, poder... pero también renuncia al
deseo mismo de todo ello) para dar lugar a la posesión de Dios, el
abandono de la propia voluntad –no pocas veces esclava del demonio
y su maldad[4]–
en la obediencia a la Voluntad de Dios, el ascetismo como una guerra
contra todo lo que en el hombre inquieta al hombre[5],
para obtener la paz.
Así
planteado, el monacato cristiano se da primeramente en Oriente
(siglos III-IV), con figuras como Pablo de Tebas, San Antonio de
Coma, San Pacomio, San Basilio de Cesarea y tantos otros que se
retiran a los desiertos egipcios y su soledad, y emprenden allí una
vida durísima de oración y meditación[6],
prácticas ascéticas extraordinarias, trabajo, todo ello en pos de
la más pura contemplación y amor de Dios. Inicialmente aislados
entre sí (ermitaños o anacoretas), luego se nuclean en edificios
comunes y comparten momentos determinados de la vida cotidiana
(comidas, trabajo, oficios litúrgicos), siguiendo un orden y pautas
concretas que posibilitan la convivencia y la consecución del fin.
Suscitan la admiración y el deseo de imitación de muchos, que los
conocen no sólo por su fama, sino porque han acudido a tomar
consejo de aquellos hombres santos, para sus propias vidas.
En
el siglo IV la vida monástica llega a Occidente, y a comienzos del
siglo siguiente nos encontramos con Juan Casiano quien, luego de
haber recorrido durante años los principales centros ascéticos de
Mesopotamia, Palestina y Egipto y después de haber residido en Constantinopla
y Roma (los centros culturales), funda en Marsella, hacia el año
415, dos monasterios, uno de varones y otro de mujeres.
Posteriormente y a pedido del obispo Cástor –quien la requería
para un monasterio que acababa de fundar– escribirá una obra
normativa, La formación monástica, que recoge toda la
experiencia de los monjes orientales pero con un sentido realista y
práctico, como él mismo nos lo dice:
“Procuraré,
en fin, introducir en este opúsculo cierta moderación. Atenuaré
hasta cierto punto, partiendo de los usos vigentes en los
monasterios de Palestina y Mesopotamia, aquellos preceptos de la
Regla de los Egipcios cuya observancia me parece imposible, dura o
difícil en estas regiones, ya sea por la aspereza del clima, ya por
las costumbres menos asequibles, ya, en fin, por la diversidad de
las mismas. Pues en mi humilde opinión, si se guarda una medida
razonable en las cosas posibles, la perfección de la observancia es
idéntica, aun siendo los medios distintos.”[7]
Sabiduría
cristiana hecha de moderación en la norma y prudencia en su
aplicación. Porque la extrema dureza de ciertas prácticas, que así
se tornaban de imposible cumplimiento, había desanimado a los
monjes de más de un monasterio, que habían caído en el vicio
opuesto de una cierta relajación. Por otra parte, la falta de una
Regla había dado lugar a múltiples, dispares y a veces fantasiosas
observancias, según los temperamentos, pareceres y hasta caprichos
de cada fundador y superior, falto de esa sabiduría que
sobreabundaba en Casiano. La formación monástica fue tomada
como Regla modelo por muchos monasterios y tuvo gran autoridad en la
vida monástica, como atestiguará más tarde San Benito.
Uno
de los puntos dignos de destacar en la misma, y precursor del
tratamiento que le dará precisamente San Benito en su Regla,
es la prescripción del trabajo manual, no por su valor intrínseco
o por alguna utilidad material, sino como eficaz remedio contra la acedia
(apatía o lasitud en cuanto a toda actividad intelectual o
religiosa, de la que luego se siguen progresivamente otros males
para el alma: tristeza, aburrimiento, maledicencia,
lujuria, etc.)[8].
Se apoya Casiano en la autoridad de San Pablo, quien de múltiples
maneras encarece el trabajo (I y II Tesalonicenses), y aporta
también testimonios de David, Salomón y anécdotas de los monjes
del Oriente.
También
escribió Casiano las Collationes o Conferencias, que
son diálogos que sostuvo con su amigo Germán y con los monjes del
desierto sobre la vida monástica, y que presentan el ideal de la pureza
del corazón, ese modo de felicidad ya aquí en la tierra,
caracterizada por la quietud del espíritu que sólo quiere a Dios,
y sólo en Él confía.
Muere
Casiano en el año 434, y nace San Benito de Nursia en el 480, en el
norte de la península itálica. Partícipe del espíritu
organizador y ordenado tan propio del romano, funda con tales
características el monasterio de Monte Cassino
(529), cuya
Regla quedará plasmada luego de su fallecimiento (580), pero
siguiendo en un todo su inspiración. Desde el Papado, pero también
por la adhesión espontánea de las distintas casas existentes y las
que se fundarán en el futuro, la Regla benedictina dará forma
regular a la vida monástica en Occidente, hasta nuestros días.
Tuvo
en cuenta el santo las recomendaciones de Casiano y buscó, no tanto
el duro ascetismo del cuerpo (permitió a sus monjes una alimentación
suficiente, abrigo, descanso), cuanto el aún más duro ascetismo
del alma: la renuncia de sí mismo en pos de Cristo y a imitación suya[9],
espíritu de oración y de penitencia, humildad, obediencia,
pobreza, castidad, trabajo... y la vida en comunidad, que nunca ha
sido cosa fácil. Para todo ello consideró indispensable ordenar la
vida del monje y sus actividades, como también las del monasterio,
hasta en sus menores detalles: reglamentó la liturgia de las horas
canónicas (cuya celebración ha caracterizado siempre a los
benedictinos), el trabajo y el descanso, la oración y la meditación,
las comidas, la vestimenta, los diversos oficios, todo.
Tomás
Merton nos da una sencilla descripción de la vida en Monte Cassino:
“Los
monjes se levantaban una hora después de la media noche para cantar
o recitar un oficio muy sencillo, consistente en salmos y lecciones,
sin ninguno de los agregados que han complicado el breviario desde
entonces. Siete veces al día [Maitines y Laudes, Prima, Tercia,
Sexta, Nona, Vísperas y Completas] se reunían en el oratorio, o en
su lugar de trabajo en los campos, para recitar las horas canónicas.
Se
tardaba diez minutos en recitar cada una de las horas ‘menores’
[Prima, Tercia, Sexta y Nona]. Los salmos iban seguidos de unos
pocos minutos de meditación en común, pero San Benito insistía en
que ésta fuese corta. La cosa que más nos asombra cuando
comprendemos el significado de la legislación de San Benito para
la liturgia monástica es su deseo de que todo fuera sencillo y
breve, de acuerdo con las palabras de Cristo: ‘En la oración, no
afectéis hablar mucho, como hacen los gentiles [los paganos], que
imaginan que han de ser oídos a fuerza de palabras’ (Mateo
6, 7). La regla, sin embargo, deja al monje individual prolongar
su oración en privado, según la inspiración del Espíritu
Santo[10].
En otras palabras, la oración litúrgica común no debe convertirse
en tediosa rutina, y la oración contemplativa particular queda a la
libre elección de cada alma particular. De este modo, San Benito se
aseguraba de que, cuando el monje cumpliese su obligación
principal, la alabanza de Dios en coro, lo hiciera con una mente
libre y atenta a las palabras que recitaba.
El
resto del día del monje estaba dividido entre la lectura (lectio
divina) y el trabajo manual. Se podía trabajar de cinco a ocho
horas por día, con dos o tres de lectura y meditación.
Las
comidas de la comunidad eran sencillas y en ellas no figuraba la
carne, pero comparadas con la dieta de los Padres del Desierto, eran
abundantes y se concedía amplio tiempo al sueño.”[11]
Mucho
nos dice de la vida monástica este texto. Nos habla de un día
santificado por un oficio litúrgico distribuido uniformemente a lo
largo de las horas y rezado en común; oficio breve en cuanto al número
de las oraciones y el tiempo empleado en ellas, a fin de asegurar el
devoto recogimiento y la plena atención de cada monje. La oración
en común, como toda tarea realizada en común, edifica la
comunidad, tanto en lo sobrenatural cuanto en lo natural, fija un
objetivo único, da sentido de pertenencia, acompaña; la brevedad
concentra impidiendo la distracción y la divagación.
Merton
subraya que así el monje cumplía su obligación principal: la
alabanza de Dios en el coro. No la práctica ascética, ayunos,
mortificaciones, no la lucha contra las malas pasiones, sino la
alabanza, el amor gozoso y agradecido de la creatura hacia su Creador[12].
Pero este amor tiene que ser también un amor verdadero, lo cual
supone que no sólo la oración alaba y ama, sino también la
persona y su vida realizando la Voluntad del Amado, la plenitud de
Su creación. Es aquí donde intervienen la ascesis, las
mortificaciones, la lucha interior: para que el monje aprenda a amar
desde la integridad de sí mismo, en la entrega total de sí.
También
está presente la libertad que la Regla daba para la oración
particular. San Benito sabía de la diversidad de temperamentos,
estados interiores, necesidades, y de ninguna manera intentó
obstaculizar el diálogo personal de cada uno de sus monjes con
Dios.
La
lectio divina o lectura meditada, que ocupaba también su
parte en la vida del monje, es una actividad –o tal vez podríamos
llamarla “una forma de oración”– muy característica en los
monasterios, y sobre la que Jean Leclercq nos da interesantes
precisiones en Cultura y Vida Cristiana. Iniciación a los
autores monásticos medievales[13].
Una
primera reflexión nos pone frente a un hecho que mucho difiere de
nuestra costumbre: la lectura, tanto en la Antigüedad cuanto en
el Medioevo, era una lectura acústica. Hoy se pasa velozmente
la vista por las palabras sin detenerse casi en ellas, incluso se
saltan algunas o parte de ellas en pos de una comprensión global
del contenido y un considerable ahorro de tiempo[14].
Esta lectura es pobre y sólo brinda un contenido intelectual; no
hay consideración de la adecuación entre la expresión y lo que se
quiere expresar, no hay apreciación del estilo, falta la inmensa
gama de los matices y la riqueza de los sentimientos, es una lectura
insípida. Muy por el contrario, la lectura del monje era una
lectura pronunciada con los labios, percibida también por el oído,
lectura lenta que permitía sentir el miedo del trueno, la dulzura
de la miel, el gozo de la música..., y todo ello contribuía a dar
una comprensión vital, como “por propia experiencia”, gustada,
saboreada, apreciada. Esta lectura involucraba la respiración, la
gesticulación y, no pocas veces, los movimientos de las manos y del
cuerpo, en respuesta a la intensidad de la comunicación con el
libro. Sólo en el contexto de una tal lectura podía darse la meditación.
“Meditar
es leer un texto y aprendérselo ‘de memoria’, en todo el
sentido de la palabra, es decir, poniendo en ello todo su ser: su
cuerpo, pues lo pronuncia la boca; la memoria, que lo fija; la
inteligencia, que comprende su sentido; la voluntad, que aspira a
ponerlo en práctica.”[15]
El
texto, de más está decirlo, era la Sagrada Escritura y los
comentarios de los Padres sobre la misma. El monje meditaba para
conocer y amar la Voluntad de Dios, para realizarla en la propia
vida. La meditación era el corolario obligado de la oración y la
lectura que la antecedían (¿o era acaso un mismo y fluyente
momento?).
Oración
litúrgica, lectura y meditación nos hablan también de una
necesaria cultura letrada entre los monjes, tema al que nos
referiremos en otro momento. Pero nunca esta cultura fue valorada
por sí misma en la Regla de San Benito, ni constituyó un objetivo
para él, contrariamente a la perspectiva propuesta por su contemporáneo
Casiodoro, el fundador de Vivarium.
Otra
parte de la vida del monje estaba consagrada al trabajo, siguiendo
en ello la directiva impartida por Casiano.
El trabajo que se
hacía en los monasterios era variado: el cultivo de la tierra en
todas sus etapas, trabajos de carpintería, cestería, de la
construcción en general, elaboración de bebidas, miel, dulces,
trabajo de cuero, telas, etc. Se autoabastecían pero a veces, para
obtener algunos materiales o elementos de diversa índole que
necesitaban, comercializaban lo producido. Trabajaban con gran
esmero, alegría y conocimientos, y ello significó una verdadera
obra educadora en todo lugar donde se establecían, pues los campesinos
no estaban acostumbrados a ver valorada su labor, y tampoco sabían
demasiado acerca de cómo hacerla bien; los monjes fueron en ello
sus maestros, al tiempo que los evangelizaban con su observancia litúrgica
y la ejemplaridad de sus vidas[16].
Es
interesante observar un aspecto de la Regla benedictina que habla
claramente de su concepción de la vida monástica como una educación,
haciendo verdad una vez más aquello de que educación y vida son
coextensivas.
Nos referimos a la figura del abad, maestro
y al mismo tiempo paradigma o modelo viviente, encarnación
de la Regla.
“11.
Por tanto, cuando alguien recibe el nombre de abad, debe gobernar a
sus discípulos con doble doctrina,
12.
esto es, debe enseñar todo lo bueno y lo santo más con obras que
con palabras. A los discípulos capaces proponga con palabras los
mandatos del Señor, pero a los duros de corazón y a los más
simples muestre con sus obras los preceptos divinos.
13.
Y cuanto enseñe a sus discípulos que es malo, declare con su modo
de obrar que no se debe hacer, no sea que predicando a los demás
sea él hallado réprobo. [...]
23.
El abad debe, pues, guardar siempre en su enseñanza, aquella norma
del Apóstol que dice: "Reprende, exhorta, amonesta",
24.
es decir, que debe actuar según las circunstancias, ya sea con
severidad o con dulzura, mostrando rigor de maestro o afecto de
padre piadoso.
25.
Debe, pues, reprender más duramente a los indisciplinados e
inquietos, pero a los obedientes, mansos y pacientes, debe
exhortarlos para que progresen; y le advertimos que amoneste y
castigue a los negligentes y a los arrogantes.”[17]
Uno
de los aspectos propios de la concepción benedictina fue el voto de
estabilidad, que vinculaba al monje al monasterio en el cual
había hecho su profesión religiosa por una parte[18],
y por otra le impedía trajinar de aquí para
allá[19],
con la consiguiente inquietud y distracción de lo propio. Sin
embargo, esta disposición no podía ser de cumplimiento absoluto,
porque los tiempos que se vivían –fundamentalmente, las
invasiones de los bárbaros, que recrudecieron poco después de la
muerte de San Benito y continuaron asolando Europa en sucesivas
oleadas– no lo permitían. Merton nos da una buena clave para
entenderlo:
“En
realidad, la estabilidad une al monje no tanto con su monasterio
como con su familia monástica. En el caso de que la comunidad sea
dispersada o exilada, el monje quedaría obligado por su voto a
reunirse con los otros monjes donde se unan para formar una
comunidad nueva. Entonces no tiene obligación de volver a su
monasterio primitivo. Es claro que la ‘estabilidad’ del monje no
se refiere tanto a un lugar como a su familia espiritual.”[20]
Y
así sucedió. En el año 580 el monasterio de Monte Cassino fue
destruido por los lombardos, y los monjes debieron refugiarse en
Roma. Con el andar del tiempo, las nuevas invasiones, la necesidad
de los pueblos y el apoyo de los Papas –que era también un
pedido–, los benedictinos fueron enviados para hacer nuevas
fundaciones: San Agustín de Canterbury al reino de Kent, en
Inglaterra (fines del siglo VI), y luego allí mismo San Wilfrido de
York y San Benito Obispo; Willibrordo, conocido luego como San
Bonifacio, el apóstol de Germania, fundador del monasterio de
Fulda (siglo VII), y muchos otros cuya enumeración escapa al interés
de nuestro tema, de momento al menos.
Contemporáneo
de San Benito fue Casiodoro (480-575).
Había nacido en el sur
de la península itálica y su padre, ministro de Odoacro, le
proporcionó una muy buena educación retórica y filosófica.
Durante la primera etapa de su vida, siendo ministro de Teodorico,
restauró la paz y el orden y alentó a los eruditos en sus
trabajos;escribió Chronica
o Historia Universal y Variae (cartas sobre diversos
temas). En el año 514 se retiró de la función pública por veinte
años, para volver en el año 533 –muerto ya Teodorico–; es
entonces que trabaja por vez primera en el proyecto de fundar una
escuela cristiana[21].
O’Donnell nos narra el proyecto conjunto de Casiodoro y el Papa
Agapito: fundar una escuela de estudios superiores en Roma, que no
llegó a concretarse debido a las guerras y a la muerte del Papa en
el año 536. Siete años más tarde se retira definitivamente y va a
Constantinopla, donde escribe un tratado titulado De Anima (El
alma). A partir del año 553, y ya decididamente orientados sus
intereses hacia la vida religiosa y la cultura cristiana, trabaja en
la fundación de un monasterio en su villa de Squillacio, que
concibe
•
como lugar de estudio y de oración;
•
más conservador que crítico en la elaboración de la cultura;
•
más orientado hacia la preservación y comprensión del pasado que
hacia la investigación creadora;
•
pero en todo momento interesado en poner el acervo cultural al
servicio de la religión cristiana.
En
efecto, Casiodoro reiteradamente se muestra sorprendido por el hecho
de que todavía los hombres de la cultura, aun siendo cristianos,
dediquen tantos esfuerzos a la cultura pagana y descuiden tanto el
estudio de las Sagradas Escrituras[22];
su proyecto fundacional intentará –aunque no era su propósito
principal– poner remedio a tal negligencia. Así planteado el
tema, no parece que Casiodoro se dedicara a combatir o a rechazar al
menos la cultura clásica, sino que desea que la cultura cristiana
alcance su mismo nivel[23].
El
monasterio de Vivarium, que tal es el nombre que dio Casiodoro a su
obra, tenía una parte destinada a los ascetas y otra, apartada de
la anterior, destinada al estudio.
Esta sección fue concebida
al modo del Museo de Alejandría, como un lugar de retiro[24]
para la reflexión, para la discusión intelectual y como un centro
productivo de cultura, fundamentalmente dedicado a la preservación
de los manuscritos, por una cuidada tarea de reproducción de los
mismos, tarea cuyos frutos se expandieron por toda Europa.
Juntamente con Casiodoro se establecieron en el monasterio
estudiosos que dominaban el griego tanto como el latín, y prestaron
todo su apoyo a las obras de traducción y a la corrección de los
trabajos que allí se hacían.
Pero
no nos engañemos: Vivarium es un monasterio. Para confirmarlo,
tenemos la lectura de La formación monástica de Casiano,
recomendada por Casiodoro a sus monjes: “Lean diligentemente y
cumplan con buena voluntad los preceptos de Casiano, quien escribió
sobre la formación de los monjes fieles y colocó al inicio de su
obra los ocho principales vicios que es preciso evitar”[25].,
y las lecturas sugeridas: las vidas de los Padres de la Iglesia, las
actas de los mártires, algunas cartas de San Jerónimo. Al menos en
cuanto a su intención, Casiodoro se inscribe en la línea
tradicional de la vida monástica, de la que no desea alejarse. Sin
embargo, su fundación fue original.
Para
uso del monasterio escribió la Introducción a las lecturas
divinas y profanas, obra con la que pretendía atender los
requerimientos de la más alta espiritualidad de sus monjes, y también
reglamentar su actividad intelectual. La obra estaba dividida en dos
partes:
1º:
en treinta y dos secciones, comprende:
-
temas escriturísticos, textos de los Padres de la Iglesia (muy
especialmente de San Agustín y sus comentarios sobre el Génesis,
pero también obras de San Ambrosio y de San Jerónimo, entre
otros), comentadores y comentarios bíblicos (sobre el Salterio
ofrece no sólo su propio comentario, sino también los de Hilario
de Poitiers, San Agustín, San Jerónimo), historias religiosas, el
listado de los principales Sínodos y la enumeración del material
disponible en la biblioteca del monasterio;
-
detalles de interés para los eruditos: el método adecuado para la
lectura de las Sagradas Escrituras; la interpretación de las
variantes en los manuscritos; temas de ortografía y puntuación, de
caligrafía y de encuadernación.
Detrás
de todo esto, la intención presente era que se leyeran los
originales, y no sólo los comentarios.
2º:
sobre las lecturas profanas: es un resumen enciclopédico del
contenido de las siete artes liberales.
Es
indudable la influencia de la obra de San Agustín, La cultura
cristiana, que fue muy grande a todo lo largo del Medioevo.
Casiodoro participa de la valoración que Agustín hace de las artes
liberales, así como de su subordinación a la sabiduría de la
Sagrada Escritura, y dice:
“No
es irrelevante tratar brevemente en el libro siguiente los
rudimentos de la educación secular [mundana], las artes y las
ciencias, tanto para refrescarlas en aquéllos que ya las han
estudiado, cuanto para hacer un breve compendio en favor de quienes
no pueden leerlas con amplitud. El conocimiento de estas cosas, como
vieron los Padres, es claramente útil y no debe ser rehuido, ya que
se encuentran como rociadas en la Biblia, esa fuente de universal y
perfecta sabiduría.”[26]
En
rigor de verdad y al igual que San Agustín, Casiodoro piensa que
todos los conocimientos profanos tienen su origen en la Sagrada
Escritura y están en deuda por ello.
Sobre
las diferencias entre la primera y la segunda parte de la obra, O’Donnell
acertadamente caracteriza la primera como
“una obra teorética
completa, que cubre todo acerca de los conocimientos sagrados y
profanos [religiosos y seculares] que el estudiante necesita saber.
Pero para Casiodoro es necesario proveer un texto de las siete artes
liberales tal que reduzca esos estudios al estado apropiado de
subordinación a los estudios escriturarios, un estado que han
eludido por largo tiempo en manos de los profesionales seculares”[27].
De esta manera, Casiodoro da cuerpo y existencia real al programa
planteado ya por San Agustín para la formación del cristiano, que
debe ser culto: se trata de formar al cristiano culto. En esta
perspectiva, el estudio de las que hoy llamamos “humanidades”
encuentra su lugar en la cultura cristiana, y en el seno de la vida
monástica, pero un lugar y en una dimensión muy diferentes de los
que tenía en la cultura clásica.
A
pesar de su excelente organización, Vivarium decayó tras la muerte
de su fundador, hasta desaparecer. Tal vez ello se debió a la falta
de una Regla, a una orientación tal vez demasiado ligada al cultivo
del saber en detrimento de la necesaria austeridad y disciplina de
vida, a la excesiva libertad otorgada a la espontaneidad y
creatividad de cada uno; lo cierto es que, tras una esplendorosa
vida en tiempos de la primera generación de monjes, la obra no
continuó. No obstante, la Introducción a las lecturas...
tuvo gran difusión a lo largo de toda la Edad Media, y fue un
verdadero compendio de artes liberales y doctrina cristiana muy
usado en las escuelas.
2.
Suinfluencia educativa
La
influencia educativa del monacato es indirecta en algo, y en algo
directa.
INFLUENCIA
INDIRECTA: para el mundo en que vivían, para la sociedad que los
rodeaba, los monasterios fueron, desde sus inicios, un faro que
iluminaba, atraía, mostraba el camino, proporcionaba seguridad...
Los
monjes mostraban, fundamentalmente con sus vidas pero también a
través de la literatura monástica y de su actuación pública
cuando ésta se dio (no pocas veces algunos monjes se desempeñaron
como consejeros de señores, príncipes, Papas, y algunos llegaron a
desempeñarse como Sumos Pontífices), una escala de valores
presidida por el más alto de ellos, el valor religioso.
De esta
manera proyectaban la presencia de Dios sobre los lugares en los que
se enclavaba el monasterio. Los habitantes de estos lugares aprendían
a admirar todo aquello de lo que carecían:por el desorden de tiempos de invasiones en unos casos, por
la soberbia del poder y el afán de riquezas en otros, por la
ignorancia o bien por la vorágine de los conocimientos, por el
imperio del espíritu mundano... Apreciaban entonces el orden monástico,
la disciplina de los monjes, sus virtudes: la humildad, la pobreza,
la obediencia, la laboriosidad, el silencio, la caridad, su oración,
la perfección buscada en toda su actividad..., y todo ello
referido a Dios, por Quien todo adquiría un sentido que se traducía
en algo poco común en aquellos tiempos –y en éstos–: la paz.
Los
hombres se acercaban a los monasterios, cuando las reglas de éstos
lo permitían participaban de la liturgia dominical y festiva,
escuchaban las predicaciones y poco a poco iban cambiando sus
costumbres o, al menos, adquirían la clara conciencia de cómo debían
ser y de sus transgresiones.
Comenzaban a valorar las virtudes,
y a centrar sus vidas (sus juicios y sus acciones) en torno a
valores. Los campesinos apreciaban la laboriosidad de los monjes en
las tareas que tenían en común con ellos, y aprendían a valorar
el trabajo que ocupaba la mayor parte de sus vidas; los señores
descubrían virtudes como el amor a Dios y al prójimo, la
misericordia, la lealtad, la honradez, la humildad, el servicio y
tantas otras que configurarían el ideal del perfecto caballero,
cantadas en las leyendas del Rey Arturo, del Santo Grial, del
caballero Lanzarote del Lago, de Parsifal, de Amadís de Gaula... Y
campesinos y señores, la sociedad toda, se sentían más seguros
por la protección de Dios que la presencia y la oración de los
monjes les aseguraba.
No
tan indirecta fue la influencia educativa de los monjes en lo que
hace a la preservación de la cultura, por el trabajo en los scriptoria.
La meritoria labor de copistas, iluminadores, eruditos y tantos
otros conservó obras que se hubieran perdido en el transcurso de
los siglos y por los avatares de invasiones y guerras: las conservó,
las corrigió con crítica literaria y científica, y las
multiplicó en copias que iban de un lugar a otro con los monjes,
cumpliendo con ello una tarea de difusión de cultura que corría
pareja con la de evangelización. Nuevamente aquello de San Agustín:
formar al cristiano significa formar al hombre cristiano, ambos en
plenitud. El cristiano debe ser un cristiano culto, un hombre
cultivado según el pensamiento de su Creador.
Sin
embargo, quede claro que no estamos ante una labor realizada por
amor a la cultura: la intención era religiosa, y por lo general las
obras también lo eran. Sucede que los textos eran necesarios para
la instrucción de los novicios y de los monjes en función de la
oración y de la meditación, y había que disponer de un número
suficiente de los mismos, incluso para el caso de que se los
requiriera en otro monasterio. Siempre era posible el canje, y con
vistas a ello también se multiplicaban textos de la cultura clásica,
puesto que en tiempos tan difíciles podían sacar de apremios
insospechados. La tarea era realizada en el scriptorium de la
biblioteca, con el material entregado por el bibliotecario y
retirado al terminar la jornada, y los ejemplares eran bellamente
“iluminados”, esto es, ilustrados con dibujos en colores rojo,
verde, azul y una profusa presencia del dorado.
Pero
ya es tiempo, y nos toca ahora hablar de la
INFLUENCIA
DIRECTA de los monasterios en la cultura, a través de las escuelas
monásticas. Porque de todo lo dicho anteriormente se desprende que
el monje debía tener una cierta cultura: para la comprensión de la
Regla, para la lectio y la meditación provechosa,
para la comprensión de las Escrituras y su aplicación a la
vida, para poder seguir con fruto las collationes o
conferencias formativas que el abad brindaba periódicamente..., sin
hablar de aquellos que se desempeñaban en el scriptorium. No
sólo cierta cultura sino verdadera ciencia y sabiduría se exigía
al abad, y también a los monjes que ejercían el oficio de custodios
de sus hermanos, como decanos de los jóvenes, como maestros de los
novicios o bien como encargados de los niños.
Por
todo ello es claro que los monasterios tuvieron que encarar la
existencia de escuelas, que en algunos casos eran sólo internas
(para los oblatos y novicios), y en otros casos fueron también para
alumnos externos, aunque separados de aquellos. La enseñanza giraba
en torno a las artes liberales y la Sagrada Escritura; incluía
el estudio del latín y del griego, la música, autores paganos y
cristianos, Padres de la Iglesia, Enciclopedias como las de Isidoro
de Sevilla (Etimologías) y Casiodoro (Introducción a las
lecturas divinas y profanas), las traducciones de las obras de
Aristóteles hechas por Boecio, obras de Alcuino de York y mucho más.
La
Dra. Raquel Homet, en su libro Sobre la Educación Medieval
(Buenos Aires: Tekne, 1979, 184 p.), nos trae parte del Diario
de Walafrido Strabo, monje benedictino que hizo sus estudios en la
abadía de Fulda entre los años 815 y 825. Agradeciendo la
gentileza de la autora, quien nos lo ha permitido, transcribimos:
“Yo
lo ignoraba, y mi asombro fue grande, cuando vi el edificio del
monasterio que debía habitar en lo sucesivo; gran alegría me causó
ver la muchedumbre de camaradas y compañeros de juego que me acogían
afectuosamente. También yo les procuré a ellos ocasión de alegría,
pues todo me parecía nuevo y desusado, y torpemente imitaba a
destiempo lo que veía hacer a los demás.
A
los pocos días me encontré más a gusto, y apenas había logrado
compenetrarme en la regla común, el escolástico Grimaldo me
encomendó a un maestro con el cual debía aprender a leer. No era
yo solo, sino que tenía además a otros varios niños de mi edad,
de clase noble o plebeya, todos los cuales estaban más adelantados
que yo. La benévola ayuda de mi maestro y el estímulo personal me
fueron impulsando alternativamente a consagrarme con celo a esta
misión, y al cabo de algunas semanas logré avanzar tanto, que no
solamente pude leer con cierta soltura lo que escribían en mi
tablilla encerada, sino también el libro que me dieron. Por añadidura,
entregáronme un libro en mi propio idioma, cuya lectura me costaba
gran esfuerzo, pero en cambio me reportaba muy cordial alegría.
Porque yo iba leyendo y comprendiendo a la vez, cosa que no sucedía
con el latín, y así me extrañaba mucho en un principio que se
pudiera leer y comprender al mismo tiempo lo leído.
En
el otoño, durante la época de la vendimia, hubo varios días de
vacación; salíamos con nuestros profesores al lago o nos dedicábamos
a recoger manzanas bajo los árboles cargados de fruto que rodeaban
el monasterio. Pasados estos alegres días, comencé a dibujar en mi
tablilla encerada las letras que yo había aprendido a conocer y
enlazar, y en aquella operación no siempre me acompañó el éxito.
En mi aburrimiento pronto busqué variadas distracciones, molestando
a mis camaradas, lo cual me atrajo reconvenciones y golpes, en más
de una ocasión. Durante el invierno aprendí a escribir, y en la
primavera del año 816, cuando contaba diez años de edad, pasé a
la jurisdicción del maestro de gramática, el Magister Gerardo.
Año
816.
La primera labor que hube de hacer con él fue aprender algunas fórmulas
latinas para poder conversar en este idioma con mis camaradas. La
mayoría de mis condiscípulos estaban ya muy adelantados (...)
Estos, fuera de las horas de recreo, debían hablar entre sí
siempre en latín; en cambio a nosotros, los principiantes, se nos
permitía utilizar la lengua nativa para entretenernos mutuamente.
Después
de algún tiempo pusieron en mis manos la
Gramática
de Donato, encomendando a un discípulo de más edad la misión de
preguntarme sobre ella hasta tanto que yo aprendiera las ocho partes
de la oración y las reglas de su uso. Durante las dos primeras
clases el profesor en persona se impuso el trabajo de enseñarme cómo
debía proceder para aprender estas palabras y formas analógicas;
en lo sucesivo, no vino más que al fin de las lecciones para
informarse de mis progresos (...) además, tuve tiempo sobrado de
hacer toda suerte de travesuras, molestando a mis camaradas. Estaba
persuadido de que el alumno que nos enseñaba no podía pegar, y que
me quería demasiado para denunciarme al maestro al fin de las
lecciones. A veces sucedió, sin embargo, que yo exageré la nota, y
otros alumnos que en distinto lugar de la sala estudiaban el segundo
o tercer curso de gramática se daban cuenta de mi hazaña y con sus
risotadas llamaban la atención del maestro que estaba ocupado con
ellos. La primera vez se limitó a lanzarme una severa mirada, la
segunda se acercó a mí y me preguntó cómo era tan olvidadizo, y
hasta me amenazó alzando el dedo; pero, siendo inútiles esas
advertencias, me castigó privándome de una porción de la comida,
o descolgando las disciplinas de la pared.
Todas
las tardes debíamos hacer ejercicios prácticos con las reglas que
habíamos aprendido de memoria por la mañana. Nuestro jefe de sección,
y en algunos casos el profesor mismo, nos decía frases más o menos
extensas en nuestro idioma, y nosotros debíamos trasladarlas al
latín en nuestra tablilla encerada; los términos nos eran
conocidos por el ‘Donato’ o por las conversaciones cotidianas,
y, en caso necesario, debíamos consultar al profesor. (...) Por la
noche nos leían un fragmento de la Historia Sagrada, y de él debíamos
dar una referencia a la mañana siguiente.
Mientras
repasábamos por segunda y tercera vez el Donato, se terminó la
construcción de la iglesia cerca de nosotros. (...) Finalmente
llegó el ansiado momento de la consagración de aquella magnífica
iglesia. Una gran muchedumbre había acudido a la fiesta; (...)
presentaba ésta un aspecto maravilloso: 700 hermanos, 100 educandos
de la escuela interna y 400 de la externa formaban un coro como yo
nunca lo había visto ni oído; en la cancela, el pueblo entero
contestaba a los rezos del obispo. Allí, por primera vez en mi
vida, sentí en mi interior una emoción indecible, un ardor
infinito: la grandeza y la bondad de Dios llenaban mi alma, y adopté
la resolución de dedicarme totalmente a su servicio.
Desde
aquel momento mi ser entero se hizo más apacible, suscitando este
hecho la alegría de mis maestros, especialmente de dominus
Grimaldo, y la admiración de mis camaradas. Antes de regresar a su
sede episcopal de Basilea, el abad Hatto quiso asistir a nuestros exámenes.
Mis contestaciones le causaron especial satisfacción (...) Al
marchar me recomendó con insistencia al dominus Grimaldo.
Año
817.
Durante el invierno siguiente nos dedicamos a la segunda parte de la
Gramática,
y en lo sucesivo hubimos de hablar siempre latín, incurriendo a
veces en errores que regocijaban sobremanera a nuestros maestros y
camaradas. Cada día nos leían un fragmento del salterio, y
nosotros lo escribíamos en nuestras tablillas enceradas; después
cada uno debía corregir las faltas de su vecino, y uno de los
alumnos del cuarto año de Gramática revisaba todos los trabajos. A
continuación se repetía palabra por palabra explicándose todo
detenidamente, y al siguiente día debíamos saber el fragmento de
memoria. De este momento, en el curso del invierno y del verano
siguiente aprendimos todo el salterio. Desde entonces, junto con los
demás educandos, tomamos parte en los cánticos de coro de los
hermanos. Nosotros, los educandos de la escuela externa, solamente
lo hacíamos así los domingos y días festivos, mientras que los de
la escuela interna, equiparados a los hermanos y en compañía de
ellos, cantaban durante el día entero, divididos en veinticuatro
secciones, las alabanzas a Dios. Esto lo hacían en el coro; en
cambio nosotros conservábamos nuestro lugar por no ir vestidos
con el hábito de la Orden, sin el cual nadie podía penetrar en el
coro ni en la clausura.
Año
818.
En este año se plantó en la isla la primera vid, y cuando
terminamos felizmente nuestros exámenes en presencia de dominus
Erlebaldo, saboreamos las primeras uvas. Con renovado entusiasmo
comenzamos la lectura de Alcuino y de los
Dísticos
de Catón, que nos obligaron a aprender la Métrica; yo
logré un ejemplar en el cual estaban reunidas la Gramática
de Alcuino y la Métrica de Beda. A otros les dieron la Métrica
de Victorino, debiendo nosotros conversar en presencia del maestro
sobre las reglas de la prosodia, y posteriormente sobre el arte poético.
En los poemas de Próspero y Juvenco, así como en los de Sedulio,
que íbamos leyendo de dos en dos, practicamos detenidamente las
reglas aprendidas y fuimos dando nuestra opinión al profesor en las
lecciones nocturnas, según el orden de clase. Como ejercicio de
memoria aprendimos los himnos eclesiásticos cotidianos y festivos,
que en parte ya nos eran conocidos por la frecuente repetición de
los mismos. Durante el verano, y por orden también, comenzamos a
leer en el refectorio, preparándonos al principio bajo la dirección
de un alumno más adelantado. Experimenté entonces por primera vez
un sentimiento de inquietud, porque incurría en frecuentes errores,
y el corrector, que no dejaba pasar el más pequeño defecto, me
reconvino varias veces, hasta el extremo de que casi perdí
confianza en mí. En esta época nos dejó dominus Grimaldo, que había
sido director de nuestra escuela, y que juntamente con dominus Tatto,
otro de nuestros profesores, fue enviado por el abad Hatto al
monasterio de Aniano; con ocasión de su partida compuse mi primera
carta en latín, en la cual expresaba mi afecto y agradecimiento,
misiva que terminé con un dístico latino penosamente redactado.
Dominus Grimaldo me regaló un ejemplar de las Églogas de
Virgilio, que yo leí repetidas veces durante mis horas de descanso.
(...)
Año
819.
Para completar nuestros estudios de Gramática me encomendaron la
tarea de instruir a los nuevos alumnos, en la forma que antes lo habían
hecho con nosotros. (...) Al mismo tiempo, el maestro Gerard,
profesor de Gramática, nos fue explicando las figuras y tropos de
dicción, señalándolos primero él en las Sagradas Escrituras y
haciendo que luego los encontráramos nosotros en los poetas que leíamos,
como Estacio y Lucano. Aquellos de entre nosotros que no tenían
interés ni vocación por la enseñanza, se ocupaban, bajo la
dirección del maestro, en copiar fragmentos de las Gramáticas de
Prisciano, Mario Victorino y Casiodoro, o se ejercitaban en componer
frases latinas o en su propio idioma, sobre temas sacados de la vida
diaria o de la Biblia. Utilizaban a este fin el libro de los sinónimos,
que el maestro Gerard había compuesto entretanto para nuestro uso.
(...)
En
estos menesteres llegó el momento en que los que pasaban de la Gramática
a la Retórica, en número de 32, habían de sufrir los exámenes de
reválida. Como preparación repasamos a fines de verano con
nuestros maestros las tres partes de la Gramática: Etimología,
Ortografía y Métrica, así como también la teoría de las figuras
y tropos de dicción. En determinados días vino dominus Erlebaldo
con los demás profesores de la escuela interna y en la gran sala de
nuestro colegio hizo en persona a cada uno de nosotros diversas
preguntas sobre las materias estudiadas y sobre los escritores que
habíamos leído. Finalmente, hubimos de dar ejemplos de todas las
reglas. El examen versó también sobre los relatos del Antiguo y
Nuevo Testamento, que habíamos cursado durante cuatro años, y
acerca de su sentido e interpretación. Aquellos alumnos que
quedaban deficientes en algún punto eran invitados a instruirse con
mayor precisión en la respectiva materia, y aquellos otros que habían
mostrado indiferencia o desidia fueron duramente amonestados por
dominus Erlebaldo, que aparecía entonces para nosotros como un
hombre de extraordinaria severidad. No todos mis condiscípulos
pasaron con nosotros a cursar los estudios de Retórica, sino que
algunos jóvenes nobles regresaron a sus casas o fueron retirados
por sus padres para instruirlos en las artes caballerescas, que no
eran objeto de atención alguna en la escuela monástica. (...)
Durante
los días de vacación, que en este año fueron más agradables por
algunas pequeñas excursiones a las haciendas pertenecientes al
monasterio, volvieron a éste, con gran alegría nuestra, dominus
Grimaldo y dominus Tatto. Al primero le fue encomendado implantar en
la regla monástica aquellas reformas que considerara necesarias según
la experiencia adquirida en el monasterio de Aniano; Tatto, por el
contrario, se encargó de iniciarnos en los secretos de la Retórica.
Año
820.
(...) Comenzamos nuestros estudios retóricos. Usábamos el tratado
de Casiodoro, que era ya conocido de casi todos nosotros, porque en
la clase de Gramática dábamos los capítulos relativos a la
especialidad, y, además, nos recomendaban su lectura. También
comentamos y leímos en la escuela los escritos retóricos de Cicerón;
la lectura de Quintiliano era en cambio potestativa. Hasta entonces,
si se exceptúan algunas pequeñas cartas, no habíamos hecho
redacciones, pero en lo sucesivo todos los alumnos hubimos de
aplicar las diversas formas oratorias tal como aparecían en los
tratados. Estos trabajos nos ocuparon todo el invierno.
En
la primavera comenzó el estudio de la Historia, de la cual teníamos
ya algunos conocimientos por el Martirologio que se leía en el
refectorio y por los coloquios con nuestros profesores. La base
fue el Chronicon
de Beda, y como libro de consulta nos dieron aquél en el que el
bibliotecario Regimberto había hecho reunir las crónicas de
Eusebio de Cesárea, San Jerónimo, Próspero, Casiodoro, el obispo
Jornandes y Mellitus. Además, leímos en la escuela, en primer término
Salustio, y después Tito Livio, en cuya obra teníamos que analizar
las reglas y formas retóricas. En esta época, y por indicación de
Tatto, leí también el diálogo de Alcuino entre la Retórica y las
Virtudes, que nuestro maestro había traído consigo, y del que saqué
tantas enseñanzas como satisfacciones.
Como
variante, comentábamos algunos fragmentos de la Eneida
de Virgilio, y otros de Prudencio y Fortunato, y hasta componíamos
de tiempo en tiempo pequeños poemas latinos. No todos estaban
obligados a esto último (...) Finalmente, cada uno de nosotros debía
copiar una crónica, para tenerla después a mano si lo exigían las
circunstancias.
Año
821.
Durante el invierno inmediato nos ocupamos de la Dialéctica, bajo
la dirección de Tatto; éste nos instruyó en dicho arte según el
escrito de Alcuino, que había traído de Francia; pero como a la
sazón no contábamos más que con un ejemplar, nos proporcionaron
la obra de Casiodoro y la Introducción de Porfirio, y
posteriormente también los escritos de Boecio y Beda sobre la Dialéctica
de Aristóteles. Después, tuvimos conversaciones sobre esta
materia. A Tatto le agradaba especialmente conocer la opinión de
cada uno de nosotros sobre un mismo tema, y ver cómo cada cual la
defendía contra los ataques del adversario. Cuando la discusión
acaloraba nuestros ánimos, era interrumpida y no se reanudaba hasta
el día siguiente. (...) Continuó después la lectura de poetas y
el estudio de la
Historia, y cada semana los alumnos daban cuenta de
lo aprendido en un día determinado.
Durante
el verano, Tatto nos familiarizó con las colecciones jurídicas,
que nos introducían en la vida real, ofreciéndonos al mismo tiempo
material abundante para nuestros ejercicios dialécticos y retóricos.
Algunos de nosotros que no se encontraban a gusto con los estudios
de Dialéctica, se habían dedicado a estas colecciones, y hojeado
los Códigos de Teodosio, de los francos, salios y ripuarios, así
como de los longobardos. Nuevamente los repasamos todos juntos,
haciendo Tatto los maravillosos comentarios que le sugería su
rica experiencia. (...)
Año
822.
Todo el invierno se ocupó en ejercicios de las reglas que durante
los dos últimos años habíamos escuchado y aprendido acerca de la
Retórica y Dialéctica. Estos ejercicios eran de dos clases,
orales y escritos. De la Historia, de la vida cotidiana o de las
colecciones legislativas nos señalaban temas que nosotros habíamos
de tratar en discursos o réplicas. Además nos ejercitamos en el
arte de la persuasión, y formábamos mutuamente nuestro léxico.
Habitualmente debíamos exponer al profesor, en primer término,
nuestras convicciones en forma estrictamente dialéctica, y luego
revestirlas de ropaje retórico, no siendo raro que se nos exigiera
expresar con la misma perfección un mismo tema de seis o siete
maneras distintas. También debíamos relatar vidas de santos, y
escribir y recitar descripciones de carácter, y discursos
laudatorios. De tiempo en tiempo hacíamos versos en nuestro idioma,
tomando modelo de nuestras colecciones de cantos populares y
leyendas que Tatto nos leía. El abad Hatto había sido instado en
repetidas ocasionespor
el gran Carlos [Carlomagno], a dar mayor importancia al idioma
nacional en la escuela monástica. En cumplimiento de este encargo,
Tatto nos invitó a hacer en él diccionarios, traducciones y
discursos, y varios de nosotros logramos hacerlo con más perfección
que en latín. La escritura fue lo único que se nos resistió,
porque muchos sonidos eran imposibles de expresar en letras latinas,
y cada uno de nosotros, según la región de donde procedía, tenía
su propio lenguaje y su propia escritura. (...)
Entretanto,
acercábase el momento en que habíamos de emprender el estudio de
nuevas materias. Antes, sin embargo, teníamos que pasar unos exámenes.
(...)
(Relata
con cálidas palabras el retiro del abad Hatto). Todo ello contribuyó
a suscitar en mí un entusiasmo casi apasionado no sólo por el arte
poético, sino por la ciencia. Así animado, en el verano de 822
comencé a estudiar la Aritmética bajo la dirección de Tatto;
primero nos explicó éste los libros del cónsul Manlio Boecio
sobre las distintas maneras y divisiones, así como sobre la
importancia de los números; después aprendimos a contar con los
dedos y a usar el ábaco, utilizando los libros que Beda y Boecio
habían escrito sobre el particular.
Nuestra
atención se vio en alto grado solicitada por la cronología de
hebreos, griegos y romanos, así como por el cómputo del
calendario, del número áureo, de la epacta y de la indicción. Por
la vía de distracción resolvíamos los enigmas matemáticos que
Alcuino había compuesto para Carlomagno. (...) Muchos de mis compañeros
se abstuvieron de estos cálculos, y antes de pasar a la Geometría,
separáronse aquéllos que en lo sucesivo querían dedicarse al
estudio de la Medicina, de las Ciencias Jurídicas o de las Artes de
la pintura y escultura. Estos últimos fueron encomendados en el
siguiente año a los hermanos que tenían sus talleres en otra ala
del monasterio, y allí permanecieron durante dos o más años. Aquéllos
otros que querían aprender Farmacia recibieron enseñanzas de
dominus Richram, que junto a la abadía ocupaba una casa propia,
atendía con cuidado al cultivo de las plantas salutíferas,
preparaba con destreza bálsamos y brebajes y, auxiliado por algunos
hermanos, atendía a los enfermos.
Año
823.
Después de esta separación, quedamos todavía 20 compañeros para
continuar los estudios de Boecio; primero nos ocupamos de sus tres
libros sobre Geometría, utilizando como complemento una abundante
colección de escritos geométricos de otros autores.
Después
de aprender las figuras y sus propiedades, hubimos de proyectar nosotros
otras figuras semejantes. También hicimos posteriormente mediciones
de líneas, superficies y cuerpos, midiendo no solamente las
parcelas del monasterio y sus distancias a la isla sino también la
altura de edificios y torres.
Nuestra
ocupación principal fue conocer la Tierra y sus distintas partes,
países y mares, según su estructura y sus productos minerales,
vegetales y animales. Ya en la Historia habíamos adquirido muchos
conocimientos de esta naturaleza, pero ahora hubimos de
profundizarlos, comprobándolos mediante cálculos y explicándolos
por sus causas. Los escritos utilizados a este fin fueron el Itinerario
de Antonio, la Cosmografía de Etico, los escritos de Beda
sobre estas materias, y, también, la obra de San Isidoro. Especial
agrado nos causaban los mapas y figuras de que estábamos
abundantemente provistos, y, en ocasiones, durante el recreo, nos
entreteníamos en trazar en la arena de nuestro campo de juego los
contornos de países y continentes, las zonas, ríos y cordilleras.
Todas estas observaciones de los fenómenos naturales y sus causas
nos entusiasmaban en extremo. (...)
Dominus
Grimaldo vino a vernos de cuando en cuando, aunque no era profesor
nuestro, para convencerse de nuestros progresos y alentarnos en la
labor. (...)
En
la Pascua del año siguiente comenzamos el estudio de la música.
Aunque mi condición natural era poco afín a esta clase de
estudios, tuve por ellos una gran afición. Con gran entusiasmo
estudié los libros de Boecio y Beda. Tatto era a su vez un músico
famoso y compuso distintos himnos y canciones; también nos dio
detenidas conferencias acerca de la sucesión y relación mutua de
los sonidos y sobre las leyes de la composición. Después nos
explicó la naturaleza y el uso de los diversos instrumentos, las
reglas del canto, las diversas notas musicales, su iniciación
paulatina y su actual significación.
Casi
todos nosotros habíamos aprendido en años anteriores a cantar o a
tocar un instrumento; uno tocaba el órgano, que sólo se empleaba
para los acompañamientos de canto, en la catedral; el otro pulsaba
el arpa, un tercero tocaba la flauta, la trompeta o la trompa,
algunos la cítara o la lira de tres cuerdas; todos eran sucesivamente
instruidos en su arte y empleaban en perfeccionarlo una gran parte
del tiempo. (...) (Walafrido carece de condiciones para estos
estudios) Dominus Tatto me propuso aprender el griego, y como él no
tenía tiempo disponible para instruirme, encargó a dominus Wetino
que me enseñara este idioma. Respondió éste con entusiasmo al
requerimiento, y varios de mis camaradas se decidieron también a
intentar el estudio del griego; pero, transcurridas dos o tres
semanas desapareció su afición, y fui yo el único que mantuvo su
propósito. Wetino se esforzó muchísimo en hacerme el estudio
ligero y agradable. Después de haberme compenetrado con lo esencial
de la analogía en la Gramática
de Dositeo, empecé a leer a Homero; dominus Grimaldo, que estimaba
mucho a este autor e incluso había tomado su nombre, me regaló su
propio manuscrito, que él había comprado en Aquisgrán a un griego
de Constantinopla. Por otra parte, no nos faltaban ejemplares de
Homero, pues Hatto y Erlebaldo habían comprado algunos, hacía 13 años,
cuando, como embajadores del rey Carlos, visitaron al Emperador
bizantino en Constantinopla.
En
estos menesteres transcurrieron las largas veladas del invierno; yo
leí con Wetino los primeros cantos del poema homérico que lleva el
título de Ilíada,
y dominus Wetino me instruyó de la misma manera que a él le había
enseñado el escocés Clemente, con quien estudió griego con
Erlebaldo por indicación de Hatto. Contábame mi maestro cómo este
Clemente y su compañero Dungal habían ido a las Galias, estableciéndose
en la Corte de Carlomagno. Estos dos varones de incomparable
sabiduría en las ciencias terrenas y en las Sagradas Escrituras,
arribaron junto con algunos mercaderes británicos a las costas de
las Galias. No ofrecían ellos mercancías para vender, sino que
cuando la multitud acudía afanosa a adquirir algo, sus palabras
eran: Si alguien codicia la sabiduría, que venga a nosotros y la
recibirá, pues en nosotros habrán de comprarla. Ofrecíanla a
cambio de dinero, porque veían que el pueblo no se preocupaba de lo
que le ofrecían de balde, sino de los artículos de gran valor, y
así las gentes se acostumbraban a comerciar con la sabiduría como
con las demás cosas, o bien lo hacían porque la práctica les había
enseñado que con aquellas frases suscitaban admiración y asombro.
En una palabra, tanto proclamaron sus propósitos que, quienes los
admiraban o acaso los tenían por locos, llevaron la noticia al rey
Carlos, quien siempre había mostrado una profunda inclinación por
la sabiduría. Hizo, pues, que fueran conducidos rápidamente a su
presencia y les preguntó si, en efecto, llevaban consigo la sabiduría
según decía el rumor público. Contestaron ellos: ‘Ciertamente
la tenemos y estamos dispuestos a darla a aquéllos que, en nombre
del Señor, la soliciten dignamente’. Y como el Emperador les
preguntara qué deseaban a cambio de ello, contestaron: ‘Solamente
lugar adecuado y almas asequibles, y lo imprescindible en una
peregrinación, sustento y vestido’. Alegróse Carlos sobremanera
y durante algún tiempo los mantuvo a su lado; pero, solicitado por
las expediciones guerreras, rogó a uno de ellos (Clemente, el
maestro de Wetino), que se estableciera en las Galias, y encomendó
a su tutelaun gran número
de muchachos más o menos linajudos; ordenó también que se les
proveyera de lo necesario y les asignó viviendas adecuadas para que
establecieran su residencia; al otro, llamado Dungal, lo envió a
Italia, situándolo en el monasterio de San Agustín, en Pavía,
para que a su alrededor se reunieran cuantos tenían afición a la
ciencia.
Estos
relatos y otros parecidos me hizo Wetino en le época en que fue mi
maestro (...) (Walafrido describe sentidamente la muerte de Wetino).
Año
825.
La impresión que me causaron los últimos días de Wetino fue tan
característica, que parecía como si hubiera muerto yo mismo. (...)
(Pide ser admitido como religioso en Reichenau) El abad juzgó
necesario que antes terminara yo el estudio de las Ciencias Matemáticas,
y así, durante el invierno y la primavera siguientes, asistí a
las lecciones de Tatto sobre Astronomía. Entretanto, otras ideas me
ocupaban, y aunque esta especialidad me había parecido atrayente en
tiempos pasados, no lograba ahora cautivar mi atención, y
posteriormente en Fulda me vi obligado a consultar el Hraban para
completar mis conocimientos sobre la materia. Tampoco dominus
Tatto podía dedicarnos en aquel entonces tanto tiempo y atención
como él deseaba, porque había pasado a ocupar el lugar de Wetino y
dirigía a la sazón toda la escuela. No obstante, nos explicó el
tratado de Boecio y los escritos de Beda sobre el curso del sol, de
la luna y de los planetas, la posición de las estrellas, el Zodíaco,
las causas de los eclipses, el uso del astrolabio y del horóscopo,
del reloj de sol y del tubus. También nos hizo dibujar figuras; por
la noche, cuando brillaban las estrellas, las observaba con
nosotros, invitándonos a observar su carrera oblicua en distintas
regiones del cielo, tanto a la salida como a la puesta de los
astros.”
Mucho
nos dice este extenso texto acerca de la escuela monástica.
Trataremos de precisar algunos datos.
Ante
todo, estamos ante una abadía que tiene una escuela para alumnos
internos y otra para alumnos externos, quienes superan en gran número
a los anteriores, y que incluyen a hijos de caballeros, es
decir, a personas de la nobleza. El ciclo de estudios que se ofrece
tiene una duración de diez años (el protagonista lo inicia a los
nueve años, lo que coloca como edad de egreso los diecinueve), a lo
largo de los cuales los cuales los alumnos cumplen diversos ciclos y
transitan por varios maestros.
La
enseñanza se desarrolla en latín, si bien durante un primer
momento se tolera el uso de la lengua vernácula para comodidad de
los principiantes.
Habitualmente los alumnos se encuentran
reunidos en un gran salón, en el cual la separación y
distanciamiento físico marca los diferentes niveles de estudio; sin
embargo, alumnos de los cursos superiores se ocupan de los menos
avanzados, como una forma de poner a prueba y confirmar sus propios
conocimientos. La disciplina de cuatrocientos niños y jóvenes
estudiando en un mismo salón no es óptima, ni mucho menos, y las
advertencias y los castigos físicos hacen su aparición toda vez
que ello se torna necesario.
La
lectura antecede a la escritura, y no siempre conlleva la comprensión
de lo leído: se trata tan sólo de la lengua, del reconocimiento de
las letras y las palabras y su memorización, como un medio o
material de trabajo.
El entendimiento y el conocimiento de los
contenidos vendrán después. La lectura y la escritura elementales
(primer nivel o escuela elemental) lleva un año de trabajo,
transcurrido el cual se pasa a depender del gramático.
En
el aprendizaje de la gramática se trabaja fundamentalmente con el
texto de Donato, leído una y otra vez.
El maestro da las pautas
de trabajo, y luego deja al alumno en manos de un estudiante
avanzado, aunque al final de cada lección se informa de los
progresos habidos. Las reglas aprendidas de memoria en la mañana
son el tema de los ejercicios prácticos de la tarde: parte de ellos
son traducciones de frases de la lengua vernácula al latín, y ante
dificultades mayores podían consultar al profesor. Por la noche
los alumnos escuchaban la lectura de algún episodio de la Historia
Sagrada, sobre el que debían dar lección al día siguiente. O sea
que estamos frente a un internado, y a una escuela de doble
escolaridad.
El
segundo curso de gramática incluía el dictado, tomando como libro
de texto el Salterio. Los alumnos se corregían los unos a los
otros, y un cursante del cuarto curso de gramática tenía a su
cargo la revisión final.
Venía luego la explicación
gramatical y del sentido: texto y explicación debían ser
presentados de memoria al día siguiente, con lo que poco a poco
fueron conociendo todo el libro y pudieron así participar de los
oficios litúrgicos de los días festivos, instancia muy importante
en la educación monástica.
En
el tercer curso de gramática aprendían también métrica,
trabajando la Gramática de Alcuino, la Métrica de
Beda y la de Victorino y leyendo a los poetas (Próspero, Juvenco y
Sedulio), sobre los cuales debían opinar ante el maestro en las
clases de las últimas horas del día. Asimismo memorizaron los
himnos de los oficios monásticos, y comenzaron a participar como
lectores en el refectorio[28].
En
el cuarto curso de gramática, y al mismo tiempo que tomaba a su
cargo a los alumnos principiantes, el estudiante avanzaba en el
conocimiento de figuras y tropos de dicción[29].
También se copiaban fragmentos de algunas gramáticas (Prisciano,
Casiodoro) y se componían frases sobre temas tomados de las
Sagradas Escrituras.
La
etapa de la gramática finalizaba con un examen para el que se
preparaban concienzudamente y que se rendía ante los profesores
de la escuela interna, reunidos en un gran salón.
La prueba era
de carácter teórico-práctico, y no todos la pasaban, pero quienes
estaban interesados podían volver a rendir el examen. En este punto
quienes no deseaban pasar al nivel siguiente, el de la retórica, se
retiraban de la escuela.
El
estudio de la retórica se abría con la obra de Casiodoro, con
la que ya estaban familiarizados los alumnos por los estudios de
la etapa anterior; pero no faltaban, no podían faltar, las obras
retóricas de Cicerón. En cuanto a Quintiliano, su estudio era
optativo. También por entonces los alumnos comenzaron sus estudios
de historia, tomando como libro de texto la Crónica, de Beda,
a la que se sumaron las de Eusebio de Cesarea, San Jerónimo,
Casiodoro, el obispo Jornandes y Mellitus. De los autores profanos
trabajaron Virgilio, Salustio y Tito Livio. Cada alumno debía
copiar una crónica.
Llegó
finalmente el turno de la dialéctica, con los textos de Alcuino,
Casiodoro, y los de Boecio y Beda sobre Aristóteles.
Las clases
incluían discusiones a modo de ejercitación práctica, debiendo
los alumnos pronunciar argumentos sobre un mismo tema que algunos
atacaban y otros defendían. Entretanto, continuaba el estudio de la
poesía y de la historia, y de todo rendían cuentas una vez por
semana. También en esta etapa incorporaron conocimientos de
jurisprudencia, colecciones de leyes y códigos de diversos reyes y
reinos.
Al
año siguiente se dedicaron a la ejercitación de todo lo aprendido,
aplicándolo principalmente a la retórica: discursos, relatos de
las vidas de los santos, composiciones escritas de diversa índole,
y de tanto en tanto alguna culta incursión a la propia lengua. También
se incorporan en este momento conocimientos de aritmética, según
los manuales de Boecio y de Beda, y el uso del ábaco: cronologías,
cómputos, el calendario, adivinanzas...
Aquí
se produce una nueva escisión. Hay quienes continúan con el
estudio de la geometría, pero hay quienes se orientan hacia la
medicina, las ciencias jurídicas o bien las bellas artes, todo lo
cual podían seguir estudiando en el monasterio, aunque en otras
dependencias.
La
geometría también se apoyaba en Boecio, y tenía su faz práctica
en las mediciones de líneas, superficies y cuerpos, todo ello
tomado de la realidad (tierras, edificios). Aquí se incorporaban la
geografía y las ciencias naturales, con trabajos de Beda y de San
Isidoro, y los mapas y figuras que los ilustraban.
Venía
luego el estudio de la música: la teoría musical, los
instrumentos, la armonía y la melodía y la composición. Y del
griego, con la lectura de Homero.
Para
finalizar, el último año de estudios estaba dedicado a la astronomía,
también con textos de Boecio y de Beda.
Estudios
realmente muy completos en el conocimiento de las artes liberales y
de la Sagrada Escritura, con ejercitación práctica de las nociones
teóricas aprendidas, con la integración progresiva de los
conocimientos nuevos con los anteriormente adquiridos, con alumnos
acompañados en forma individual por sus maestros y apoyados por sus
compañeros de cursos superiores, con opciones de acuerdo a las
capacidades y afinidades de cada uno, con exámenes de promoción...
Nada falta. Ni siquiera las picardías de los niños y las advertencias
y correcciones de sus maestros.
No
siempre esto fue así, ni en todos los monasterios. Hubo momentos de
mayor esplendor y momentos de declinación, pero lo cierto es que
los monasterios siempre fueron una reserva de valores religiosos y
culturales para la sociedad de su tiempo, y para la posteridad.
Hoy,
nosotros somos esa “posteridad”, y por eso creo interesante
traer algún fragmento del testimonio de Kathleen Norris sobre su
experiencia de vida en el “Institute for Ecumenical and Cultural
Research”, en la abadía benedictina de St.John (Minnesota).
Esta escritora y profesora de literatura, mujer casada y oblata
benedictina, convivió durante dos períodos de nueve meses con los
monjes, su liturgia, su pensamiento, su actividad..., todo. Y volcó
dicha experiencia en un libro: Una experiencia contemplativa. Mi
retiro en un claustro benedictino (Buenos Aires: Emecé, 1997. 385
p.[30]).
Todo el libro expresa la presencia transformadora de los valores
que animan la vida monástica, y la posibilidad -más aún, la
necesidad- de plasmarlos en la vida del hombre común, inmerso en
una sociedad que no parece querer nada con ellos, pero que de mil
maneras muestra cuánto los necesita: para ordenar su vida, para
vivir en paz (“La paz es la tranquilidad en el orden”,
dice San Agustín), para crecer y realizarse. Pero, porque hace a
algo muy humano que hoy está absolutamente empobrecido y con graves
consecuencias para la cultura humana (es decir, para el hombre): el
lenguaje, la lectura, la reflexión, la meditación..., escogí un
texto sobre la lectio divina:
“La
práctica monástica de la lectio divina, cuyo significado
literal es lectura divina, me resultó desesperadamente esotérica
durante mucho tiempo. Cuando leía las descripciones de tal
actividad, pensaba que mi mente era demasiado inquieta, impaciente,
volátil, como para llevarla a cabo de manera adecuada. Pero luego
el monje que oficiaba de director de oblatas me dijo: “¿Qué
quiere decir? ¡Lo está haciendo!” Me explicó que los poemas que
estaba escribiendo como respuesta a las Escrituras que había
encontrado en el Oficio Divino con los monjes, o en mis lecturas
privadas, era una forma de lectio. Llamó a esa escritura lectio
activa [...]. Estaba comprendiendo la verdad de lo que había
dicho el monje ortodoxo Kallistos Ware sobre el entorno monástico:
puede ser una guía en sí mismo. Proporciona una especie de formación
espiritual. No todos mis poemas son lectio [...]. No
obstante, la práctica de la lectio se me aparece como muy
similar a la práctica de escribir poesía en tanto no se trata
tanto de un proceso intelectual como existencial. Empieza por una
lectura meditada de las Escrituras, pero no tarda en convertirse en
algo mucho más importante: una forma de leer el mundo y el propio
lugar en ese mundo. Para citar a un monje del siglo IV, es una forma
de leer que “trabaja el terreno del corazón”.
Debería
tratar de decirles a mis amigos a quienes les cuesta entender por qué
me gusta pasar tanto tiempo en la iglesia con los benedictinos que
lo hago por razones muy semejantes a las que me impulsan a escribir:
para permitir que las palabras trabajen el terreno de mi corazón.
Para cantar, para leer poesía en voz alta, y para permitir que la
poesía y las historias salvajes de las Escrituras me lean a mí.
Para responder con los demás, en un silencio bendito. [...] Los
monjes siempre han reconocido que la lectura es una experiencia
corporal, fundamentalmente oral. Los antiguos hablaban de masticar
las palabras de las Escrituras para digerirlas por completo. La
“iglesia” monástica refleja una religión de todo el cuerpo, en
contacto con su tradición oral, su música. En medio de la revolución
actual de la “comunicación instantánea”, vivo como una bendición
el hecho de que los monjes conserven el respeto por la forma pausada
en la cual las palabras trabajan sobre la psique humana. Se toman su
tiempo para cantar, entonar y leer los Salmos en voz alta, dejando
suficiente lugar para el silencio. Manifiestan un respeto por las
palabras que se destaca en esta cultura proclive a los discursos
acelerados de la venta rápida, la máscara engañosa del lenguaje técnico,
la cháchara de los “personajes” televisivos. Estar con los
monjes se parece más a beber el lenguaje, a menudo poderosamente poético
en todo su potencial. [...]
Poetas
y monjes tienen un papel comunitario que desempeñar en la cultura
estadounidense. Ésta los ignora, los idealiza y los desprecia,
simultáneamente. En nuestra sociedad, de un utilitarismo
recalcitrante, la idea de estructurar una vida alrededor de la
escritura es tan enloquecida como estructurarla alrededor de la
oración. Sin embargo, eso es lo que hacen escritores y monjes. En
lo profundo de su corazón, la gente parece sentirse contenta
sabiendo que hay monjes que oran y poetas que escriben poesía. Eso
es lo que los demás quieren y esperan de nosotros. Si hacemos bien
nuestro trabajo, expresaremos cosas que otros sienten, o saben, pero
que no pueden o no quieren decir. Por lo menos, eso es lo que los
lectores dicen una y otra vez a los autores, y sospecho que es lo
mismo que está detrás de la proliferación de visitas a las casas
de retiro monásticas. Quizás es el silencio inútil de la
contemplación, esa “cualidad de la atención”, lo que distingue
conjuntamente al poema y la oración.”[31]
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Benito. Su vida. Su Regla.
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NOTAS
[1]
En palabras de Jesús al joven que le pregunta qué debe hacer
para poseer la vida eterna: “Si quieres ser perfecto ve,
vende cuanto tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro
en el cielo; luego ven, y sígueme” (Mt. 19, 21). (vuelve
al texto)
[2]
Creo recordar que la poetisa uruguaya Juana de Ibarbouru decía
algo así: “Tú bien lo sabes, oh Rey de los judíos, que la
cruz llevada con dulzura es como un gajo de rosa”... y las
rosas tienen espinas. (vuelve al texto)
[3]Merton,
Thomas.
Las aguas de Siloé. 20 ed. Buenos Aires: Sudamericana,
1957, p. 41. (vuelve al texto)
[4]
El pecado consiste en que la creatura se niega a la Voluntad de su
Creador, en nombre de la contraria propia voluntad, que con este
acto no se afirma sino que se rinde a su destructor, el demonio. (vuelve
al texto)
[5]
“Porque nos hiciste para Ti, y nuestro corazón está
inquieto hasta que se aquiete en Ti” (San
Agustín de Hipona. Confesiones I, 1, 12-13). Nos
hiciste para Ti: implica en el hombre un orden de ser y de
vida que lo refieren enteramente a Dios su Creador como su fin y
perfección. Hasta que se aquiete en Ti: no se trata del
reposo como contrafigura del cansancio, sino del término feliz de
un camino de búsqueda, haber llegado finalmente al propio
destino, al lugar propio, al verdadero “sí mismo” en Otro.
Como observa en otro lugar el santo, esto sólo puede entenderlo
quien ama. (vuelve al texto)
[6]
La meditación se realizaba sobre textos de la Sagrada Escritura,
siendo los predilectos los Salmos, el libro de Job, algunos
profetas (Isaías, Jeremías, Ezequiel) y, por supuesto, los
Evangelios y las Epístolas. Ello suponía un manejo de la
lectura, al punto que quienes no sabían leer debían aprender de
memoria al menos el Salterio, y dedicar un tiempo determinado
cada día para adquirir dicha habilidad. No era extraña entre los
monjes la tarea del copista, dado que la multiplicación de los
textos para uso interno era una necesidad. Pero en ningún momento
se otorgó a la capacidad de leer y de escribir, y a la cultura
que presuponían, un valor en sí mismas; eran sólo medios en
función de un fin que se ubicaba, absolutamente, en otro plano.
(vuelve al texto)
[7]Juan
Casiano.
Instituciones. Madrid: Rialp, 1957, p.32 [Introducción]. A
pesar de ser muy común la traducción (que en rigor no es tal) de
“institutiones” por “instituciones”, no es
correcta. “Institutio” puede significar: instrucción,
formación, educación, y también doctrina, sistema, método,
disposición; en este caso, hemos optado por “formación”. (vuelve
al texto)
[8]
“Si se toma en cuenta que la vida religiosa monástica es la
prolongación cristiana de esa ociosidad consagrada al
enriquecimiento intelectual que los antiguos designaba con el término
‘ocio’; y que ni los rétores, ni los filósofos neoplatónicos
tenían la menor inclinación a recomendar el trabajo manual ni
siquiera como un remedio; puede entonces ponderarse hasta qué
punto de ruptura con las costumbres antiguas ha llevado el análisis
del comportamiento cristiano y, más aún, el de las costumbres
monásticas.”( Paul,
Jacques. Histoire intellectuelle de l’Occident Médiéval.
Paris: Armand Colin, 1973, p. 99). (vuelve al
texto)
[9]
“Porque bajé del Cielo no para hacer mi voluntad, sino la
Voluntad de Aquél que me envió” (Juan 6, 38). (vuelve
al texto)
[11]Merton,
Thomas.
La vida silenciosa. Buenos Aires: Sudamericana, 1960,
p.80-2. (vuelve al texto)
[12]
Esta afirmación sale al paso de una visión negativa del
monacato, como institución ordenada a combatir lo propiamente
humano en el hombre, a disminuir la fuerza de su vida, a eliminar
sus afectos, a denigrarlo y finalmente anularlo, y todo ello en
nombre de Dios. Nada podría ser más falso. La obligación
primera y principal es AMAR y ALABAR a Dios, hacerlo gozosamente y
con los hermanos, con la dignidad que otorgan la integridad
personal y una vida plena. De eso se trata, pero de verdad, sin
enmascaramientos, hipocresías ni retaceos, sino con la humildad
de la creatura. De eso se trata la vida monástica. (vuelve
al texto)
[14]
Ahorro de tiempo que muchas veces no es tal, porque la comprensión
“así de veloz” no ha sido buena o a veces es incluso
contraria al sentido del texto. Y hay que volver a comenzar pero
generalmente después de un mal momento (más o menos grave: un
examen, un diagnóstico, un alegato, una mesa redonda, una
discusión...), que es aquél en el que se ha advertido el error.
(vuelve al texto)
[16]
Con el correr de los tiempos algo de esto cambió, pues los monjes
comenzaron a tomar la liturgia como un fin en sí misma y casi
como su única tarea, y no pocas veces llegaron a dejar el
trabajo. Cosa parecida sucedió entre los judíos con respecto a
la Ley y los libros sagrados, que dejaron de ser Palabra y
Voluntad de Dios para convertirse en un objeto valioso en y por sí
mismo, como denuncia Jesús reiteradamente. (vuelve
al texto)
[18]Al
respecto precisa Thomas Merton: “El verdadero secreto de la
estabilidad monástica es, pues, la aceptación total del plan
divino mediante el cual el monje se da cuenta de que está inserto
en el misterio de Cristo mediante esta particular familia y no
otra.” (Pensamientos de la soledad. Buenos Aires:
Sudamericana, 1960, p. 123). Una vez más se destaca la formación
romana de San Benito, en su sentido de lo preciso y concreto. (vuelve
al texto)
[19]
En la intención de San Benito, sus monjes no contemplaban entre
sus obligaciones la evangelización –que los hubiera llevado
fuera del monasterio–, como tampoco las tareas relacionadas con
la cultura; sin embargo, no pocas veces los benedictinos fueron
grandes evangelizadores (se los ha considerado los evangelizadores
de toda Europa), y sus scriptoria o talleres en los que se
realizaba todo lo relacionado con la producción de textos fueron
famosos centros de preservación del saber. (vuelve
al texto)
[21]
James O’Donnell, en su trabajo sobre Casiodoro (University
of California Press, reimpr. 1995, cap. 6) nos recuerda que el
mismo año (529) en que San Benito funda el monasterio de Monte
Cassino, el emperador Justiniano cierra la Academia de Atenas;
Constantinopla reemplaza a Atenas como esplendorosa capital de la
cultura griega. No parece aventurado suponer que estas
circunstancias influyeron en el rumbo que tomó la vida de
Casiodoro de ahí en más. (vuelve al texto)
[22]
“Cuando vi que los estudios seculares [profanos] eran
perseguidos con gran fervor, tanto que una gran cantidad de
hombres creían que tales estudios les brindarían la sabiduría
de este mundo, confieso que me perturbé seriamente por el hecho
de que no hubiera profesores públicos de Sagrada Escritura,
cuando los textos profanos eran los beneficiarios de una
distinguida tradición educativa” (Introd., prefacio
1. En: O’Donnell,
ob. cit.). (vuelve al texto)
[23]
Recordemos que los estudios florecen en Italia bajo el gobierno de
Teodorico, por el gran aprecio que esos “bárbaros” tenían de
la cultura romana, y en especial de su legislación y su aparato
administrativo que adoptaron para gobernar el reino conquistado.
Continúa siendo responsabilidad del gobierno la provisión de
maestros para las cátedras, tanto en lo que hace al nombramiento
cuanto a la remuneración. Casiodoro pretenderá también la
remuneración estatal para los maestros de las escuelas específicamente
cristianas que intenta establecer, antes de dejar ese plan por
imposible y abocarse a la fundación de Vivarium. (vuelve
al texto)
[24]El
lugar era hermoso: jardines, vegetación abundante y un lago
artificial poblado de peces (vivero, y de allí su nombre:
Vivarium). (vuelve al texto)
[25]Introd.
1.29.2. En: O’Donnell,
ob. cit. Acota este autor que, sin embargo, Casiodoro recomendó
prudencia en la lectura, debido a las dificultades teológicas de
Casiano en la cuestión del libre albedrío. (vuelve
al texto)
[28]
Mientras comían observando la regla del silencio, los monjes
escuchaban la lectura de textos bíblicos, comentarios de los
Santos Padres, vidas de santos y otras lecturas piadosas. (vuelve
al texto)
[29]
Se trata de lenguaje figurado: metáforas, analogías, etc. (vuelve
al texto)
[31]Norris,
K.,
ob. cit., p. 154-56. En
la misma tesitura Don Clemente Serna, abad de Silos, nos dice: “Para
buscar a Dios, nos marginamos de la sociedad y llamamos a la
puerta del monasterio. No es el miedo ni la comodidad o la huida
de las responsabilidades sociales. Somos conscientes de que
venimos de Dios, que es vida, y por eso deseamos vivir en la
certeza de que vamos hacia Dios, que es amor sin límites de
tiempo y espacio. Así es como la vida humana y toda la naturaleza
adquieren esa luz que nos permite caminar por las sendas del bien,
de la justicia y de la paz, que constituyen el clima apropiado
para el progreso y la felicidad. Por esta razón, la vida en el
monasterio discurre entre el tiempo dedicado a Dios, mediante la
oración litúrgica de toda la Comunidad y el diálogo personal,
de tú a tú con Dios. La primera se desarrolla en la Iglesia,
donde nos reunimos siete veces para cantar las alabanzas del Señor.
A tal fin utilizamos el Canto Gregoriano, canto religioso característico
de la Iglesia latina. Otros espacios del día nos encontramos
directamente con Dios en la soledad de la celda, paseando por los
claustros, por el jardín, o dialogando con el padre espiritual.
Soledad y diálogo, oración y trabajo, mecen dulcemente la
jornada del monje. Como es lógico, también nos ocupamos en
actividades diversas, tanto intelectuales, como artísticas o
manuales, además del mantenimiento normal de los edificios monásticos.
Esto forma parte integrante de nuestra realización humana, lo
cual también nos permite cubrir nuestras necesidades más
elementales. A quienes deseen acercarse al Monasterio, conviene
que sepan que se trata de un lugar donde la paz, la soledad y la
oración son imprescindibles para encontrarse consigo mismos y
entender la vida monástica, así como la espiritualidad, el arte
y la cultura que la animan”. (vuelve
al texto)