ABSTRACT:
Curso Historia General de la Educación,
impartido por la profesora Azucena Fraboschi de la Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad Católica Argentina durante el
curso 2002-2003 dentro de la asignatura de primer año: Ciencias de la
Educación. El curso desarrolla y analiza la Historia de la Educación
Antigua y Medieval en cuatro bloques: LOS
ANTECEDENTES DE LA EDUCACIÓN EN EL MUNDO OCCIDENTAL Y CRISTIANO,
LA EDUCACIÓN INSTITUCIONALIZADA
EN EL MUNDO HELENÍSTICO-ROMANO (PERÍODO
IMPERIAL),
EL ENCUENTRO DE LA CULTURA CLÁSICA Y LA EDUCACIÓN CRISTIANA EN LA EDAD
MEDIA (S. V-X) y
FORMAS DE LA
EDUCACIÓN EN LA BAJA EDAD MEDIA (SIGLOS
XII-XIII). El curso se complementa al impartido por la profesora Clara Inés
Stramiello y que analiza la
Historia General de la Educación Moderna y
Contemporánea. .......................................
Al
morir Carlomagno, muy rápidamente se desmembró su Imperio debido a
las sucesivas particiones de que fue objeto por parte de sus hijos y
nietos, pero también porque los bárbaros se abatieron nuevamente
sobre sus tierras y sobre toda Europa, por tierra y por mar.
Normandos (daneses, suecos, noruegos) y magiares (húngaros)
destruyeron primero, y se establecieron después, al igual que lo
habían hecho en los últimos tiempos del Imperio Romano. Pero
mientras tanto Europa, necesitada de defensa en cada metro de su
territorio y carente de hombres carismáticos y de gobiernos
centrales poderosos en autoridad y fuerza, se fragmentó en múltiples
señoríos dando comienzo a lo que se conoció como el régimen
feudal, o feudalismo.
Bajo
este régimen, las ciudades pierden su importancia
–que había
sido fundamentalmente política y cultural, valores ya sin
vigencia– y su forma de vida, reemplazadas por el poder y el
dominio de los señores que se hacen fuertes en sus castillos y que
protegen –o someten– a campesinos y artesanos que acuden a
ponerse bajo su tutela, en relación de vasallaje (implica
protección por parte del señor y fidelidad por parte del vasallo).
De ahí en más, las tierras serán propiedad de los dueños del
feudo, quienes las arrendarán a sus vasallos para que las trabajen,
bajo términos habitualmente no demasiado justos. Hasta los
monasterios, que se han convertido una vez más en refugio de la
cultura, tienen dificultades para resistir lo que muchas veces es
maltrato y arbitrariedad de estos señores.
Porque
estos señores tienen en su voluntad su ley, y su interés es lo
propio, entendiendo por tal el grupo familiar (“La familia se
considera como un cuerpo, en cuyos miembros circula la misma sangre
[...]; el espíritu de cuerpo es más poderoso que en cualquier otro
grupo, porque está fundado en los lazos indiscutibles del
parentesco sanguíneo, y se apoya en una comunidad de intereses no
menos visible y evidente”[1])
y todo lo que le va unido: lealtades, propiedades, la seguridad
personal y la protección de su patrimonio, concepción subrayada
por la ausencia de un poder central fuerte y la continua amenaza de
los invasores bárbaros y de los otros señores que quieren, unos a
expensas de otros, extender su dominio, no habiendo ley, ni derecho,
ni justicia que lo impida.
El
señor feudal, desde sus comienzos, reúne en sí las condiciones de
señorío y de caballero. En efecto, estamos frente a los nobles
del Imperio carolingio, o de otros reinos, que tienen linaje,
nobleza, tierras, fama... y son hombres de a caballo y de armas,
obligados por las circunstancias –pero también como forma de
vida– a combatir. Sin embargo, la imagen que esta descripción nos
autorizaría a forjarnos está muy lejos de la realidad que fue en
esos siglos.
Porque
el señor feudal, el caballero de entonces era un hombre rudo,
cruel, tan bárbaro como los bárbaros a los que combatía. No tenía
temor de Dios, no le importaba la justicia, ejercitaba tremendas
venganzas contra sus pares, castigaba a los débiles y robaba a los
pobres, combatía muchas veces para desahogar sus sentimientos o
bien para ejercitar sus armas... Estas armas eran muy voluminosas y
pesadas, reforzando la idea de fuerza, por encima de toda
consideración de habilidad en su manejo. El caballero no sabía de
lealtades, ni guardaba palabra empeñada: su criterio de acción era
la propia conveniencia. Vivía en un castillo, sí, pero ese
castillo era una edificación de piedra fría, con una única sala
central en la que se comía y bebía, se dormía, hombres, mujeres y
animales juntamente. Sin tapices ni alfombras, casi sin ventilación
ni iluminación, sin muebles. La mujer era mirada como un animal, a
veces más útil que otros, a veces no tanto, y dependiendo en su
existencia y para su subsistencia del favor de su señor,
exclusivamente. De más está decir que este señor era iletrado, e
inculto. No es de extrañar por ello que en ocasiones recurriera a
algún clérigo, o a un miembro de alguna orden religiosa, para
entender una situación, interpretar un mensaje, o bien llevarlo
fidedignamente, redactado por escrito o en forma verbal. Poco a poco
se hizo costumbre tenerlo en el castillo, desde donde iba y venía a
la iglesia o al monasterio. Era hombre de confianza, de mucha
paciencia para aguantar los malhumores y exabruptos del señor,
hombre tenido por sabio y por persona de discernimiento –que podía
llegar a moderar las decisiones del caballero gracias a un
razonamiento bien presentado y sin apetencias personales–; más
tarde se convertiría en maestro de religión primero, y de lectura
y escritura después, de las mujeres de la familia, a la vez que
puliría al mismo señor del castillo.
Con
el andar del tiempo la institución feudal fue asentándose,
disminuyó el peligro de los invasores bárbaros y comenzó a verse
la necesidad de una coexistencia posible, y bajo principios y
normas, entre los señores.
Habría que celebrar acuerdos,
alianzas, reestructurar las relaciones, hallar valores e intereses
comunes, encontrar la manera de habérselas con los otros poderes:
políticos, espirituales, económicos... que también estaban levantándose
de nuevo. La vida en una paz relativa permitía y obligaba, a la
vez, a una mayor comunicación que traería como fruto una sociedad
nueva y una nueva cultura.
Un
primer paso fue la consolidación de la presencia y lugar del clérigo
o monje en el castillo, quien comenzó a tener cada vez más
ascendiente moral sobre el señor y sus decisiones, ascendiente
que se planteaba claramente en nombre de Dios y de la Iglesia.
Precisamente
la Iglesia, a través de disposiciones como la paz y la tregua de
Dios[2],
fue generando espacios de paz y de convivencia donde pudo proponer
ideales religiosos y valores morales que humanizaron la vida de los
caballeros y dieron a la sociedad un ordenamiento en el que todos
tenían cabida.
También
a la Iglesia, y más específicamente a los monjes, y a los del
Cister en particular, corresponde otro aporte que lo cambió todo:
a través de la figura de María, Virgen y Madre, la valoración de
la mujer. Valoración que tendrá, a lo largo de la historia de la
caballería, matices propios signados por la idealización de la que
ahora es la dama, y por el amor cortés. Pero esto nos pone ya en lo
que podríamos llamar “la orden de la caballería”.
En
efecto, a partir del siglo XII se instaura una cosmovisión que
habla del orden tripartito de la sociedad cristiana:
“el
clero, cuya ocupación era asistir, mediante la oración y el
ministerio pastoral, a las necesidades espirituales de la sociedad;
los
guerreros, que debían hacer respetar con sus espadas la
justicia, proteger a los débiles y defender a la Iglesia;
y
los campesinos, que con su esfuerzo cultivaban la tierra y
con su trabajo abastecían sus propias necesidades físicas y las de
los otros dos estados”[3].
En
ese orden el guerrero, esto es, el caballero, comienza a ser
considerado como una profesión instituida por Dios por ser
necesaria para el bien de la sociedad humana, y poco a poco van
entretejiéndose los lazos entre Iglesia y caballería, entre las
armas y la fe. Significativa es, al respecto, la magna empresa de
las Cruzadas, convocadas por los Pontífices a partir de fines del
siglo XII y durante todo el siglo XIII e inicios del XIV, para
liberar a Tierra Santa de manos de los musulmanes.Convocatoria
respondida por reyes, señores, caballeros y pueblo, y por muchos
motivos: algunos sinceramente religiosos (entre los que interesaban
no poco las indulgencias concedidas por los Papas), otros no tanto
(el afán de riquezas, de cargos y dignidades, la gloria personal,
la emulación). Las Cruzadas alejaron las guerras personales del
territorio europeo, trasladando la belicosidad al Oriente; pero
también tuvieron muchos otros beneficios.
En
efecto: el contacto con la civilización oriental cambió el mundo
cultural del Occidente, y el comercio ayudó a materializar ese
cambio.
Los nobles señores, los caballeros, conocieron los
palacios bizantinos con sus amplias estancias, sus fuentes, los
jardines; tapices en las paredes, alfombras, almohadones; sedas y
terciopelos de múltiples colores; juegos de luces; banquetes con
platos elaborados y condimentados con especias, pastelería, vajilla
delicada, agua de rosas para lavarse las manos durante las comidas;
danzas, cantos, juegos; vestiduras cómodas y hermosas, en los
hombres y en las mujeres; formas de cortesía, la etiqueta de
palacio; la armadura liviana y la destreza sutil en el manejo de las
armas... Los señores y los caballeros conocieron, como antes lo
hiciera Carlomagno al llegar a Roma, su propia incultura, y
resolvieron cambiar, adoptando y llevando a Occidente muchas de las
costumbres que los habían deslumbrado.
Cambiaron
entonces los castillos, que se hicieron confortables y lujosos;
cambió la vestimenta de sus habitantes, y cambiaron las formas de
vida. Y todo ello, en un contexto cristiano, pautado por la Iglesia,
aunque hasta cierto punto. Surgen, además, las órdenes de la
caballería en tiempos de las Cruzadas, como la famosísima Orden
del Templo, o de los caballeros templarios, la Orden del Hospital, o
de los caballeros hospitalarios,
y muchas otras que se sumarán
con el andar de los años, como los Caballeros de Santiago, la orden
Militar de Calatrava, la Orden de la Jarretera, fundada por el rey
Eduardo III de Inglaterra en 1351. Órdenes las primeras que se
caracterizan por la gran importancia dada a la oración, por la
presencia de los votos de pobreza, castidad y obediencia –también
a la autoridad eclesiástica–, por la férrea autoridad de sus
superiores -aunque no exenta de paternidad-, recordando en un todo
la Regla de San Benito en la que reconocen haberse inspirado; en
tanto las segundas tienen un carácter más seglar y sin dichos
votos, por cuanto no están ligadas a la empresa religiosa de la
lucha en Tierra Santa.
Por
otra parte, están los caballeros que no pertenecen a las órdenes
en particular sino a lo que en sentido general se llama “la Orden
de la Caballería”, desplegando una actividad más libre, pero
siempre vinculada a juramentos de lealtad hacia reyes o bien hacia
señores que los superan en nobleza y dominio, y a los que
voluntariamente se han sujetado.
Completan
el cuadro las damas[4]
y el tema del amor cortés, que dan un sentido cargado de poesía a
las empresas de los caballeros: sus batallas, sus proezas en los
torneos, sus poesías y canciones; pero que también refinan las
condiciones de la vida cotidiana, dan lugar a normas de cortesía
que pulen a los antes rudos caballeros, y alimentan una literatura a
la vez mítica y mística sobre la caballería, cantada por los
trovadores en castillos, torneos, plazas y caminos que llevan la
gloria de las hazañas y alcanzan fama a los protagonistas, y a sus
heraldos. Literatura que nos ofrece títulos como Perlesvaus o el
Alto Libro del Graal (Anónimo del siglo XIII), El Libro de
la Rosa, de Guillaume de Lorris y Jean de Meun, los Lais,
de María de Francia, La Ciudad de las Damas, de Cristina de
Pizán, El Cuento del Grial, de Chrétien de Troyes y otros, Historia
de Merlín (Anónimo del siglo XIII), La muerte del rey
Arturo y tantos otros en los que campean los famosos caballeros
de la Tabla Redonda, las empresas extraordinarias, las doncellas
maravillosas, los grandes amores, los magos y los encantamientos,
las búsquedas religiosas, etc.
En
este contexto, ¿qué significa ser un caballero? ¿Quién es un
caballero? ¿Cómo llegar a serlo?
Trabajaremos
la respuesta a estas preguntas a partir de dos obras de la época:
una de Ramón Llull, de carácter didáctico; la otra, compuesta por
un trovador llamado Juan, narra la vida y hazañas de Guillermo el
Mariscal, y es la biografía más antigua en lengua francesa que se
ha conservado.
Ramón
Llull, caballero mallorquín de vida libertina primero, y sabio y
misionero de extraordinaria y fecunda labor a partir de una conversión
personal en 1263, toca el tema en varias de sus obras; aquí
trabajaremos el Libro de la Orden de la Caballería, obra didáctica
en forma de diálogo entre un anciano caballero y un escudero que
quiere ser armado caballero, y que recibe de aquél un libro para
su instrucción.
Lo
que en primer lugar entiende el escudero es que la caballería es el
remedio dado por Dios [origen divino de la caballería] a una
situación de pecado –faltaron la caridad, la lealtad, la justicia
y la verdad– que dificultó grandemente la convivencia en el
mundo. Por eso, de cada mil hombres se escogió uno “que era el
más amable, más sabio, más leal, más fuerte, de más noble ánimo,
de mejor trato y crianza entre todos los demás”[5].
Se escoge también el animal más noble, el caballo –de ahí el
nombre de “caballero”–, y las armas más nobles para que pueda
llevar a cabo su cometido, puesto que no sólo ha de ser amado por
el pueblo por sus excelentes cualidades, sino también temido, para
que pueda reducir a los rebeldes y a todos persuadir para que
respeten la verdad y practiquen la justicia.
Ya
aquí surgen como involucrándose la caballería y la nobleza,
condición esta última que implica un linaje, costumbres adecuadas,
condiciones y virtudes personales, señorío, riquezas y el
reconocimiento u honra de todo ello. A veces algunas de estas notas
pueden estar ausentes, pero deben suplirse con otras. Por ejemplo,
cabe que una persona no tenga linaje, o riquezas, pero que haya
prestado excelentes servicios al rey, o a su señor natural: éste
puede, con su reconocimiento, suplir tales carencias, dándose
entonces la nobleza por voluntad del rey, o bien del señor. Sin
embargo, nada puede suplir la carencia de virtud, o las malas
costumbres, o la falta de destreza en el manejo de las armas:
alguien en esta situación no es verdaderamente noble, y será un
mal caballero, o más bien, no será un caballero, sino la deshonra
de la caballería.
Pero
volvamos a Llull, quien comienza a caracterizar el oficio del
caballero.
Dice que competencia suya es mantener la fe católica
y combatir contra los infieles [recordemos que la caballería, en su
etapa organizada, estuvo inicialmente ligada a las Cruzadas];
defender y ayudar al señor de quien es vasallo; apoyar a la
justicia; participar en los torneos y en partidas de caza para
mantenerse entrenado adecuadamente; defender la tierra y, si es
dominio suyo, gobernarla con sabiduría. También debe ejercitarse
en la virtud, y específicamente en las virtudes teologales (fe,
esperanza y caridad) y en las cardinales (justicia, prudencia,
fortaleza y templanza), sin que deban faltar la sabiduría, la
lealtad, la verdad, la humildad y añade la cortesía, la largueza,
la magnanimidad, que dicen referencia a la condición de nobleza y
señorío del caballero. Enumera Llull los vicios que deben
evitarse, que son los pecados capitales: gula, lujuria, avaricia,
acidia, soberbia, envidia, ira.
No
olvida Llull la obligación que el caballero tiene para con las
viudas, los huérfanos y los desvalidos, y asimismo para con
campesinos, artesanos y todo aquél que trabaja para el sustento y
conservación de la vida, y el orden del mundo.
A todos ellos
debe mandar y proteger, porque corresponde a su superior nobleza y
oficio: “conviene que el caballero sea amante del bien común,
pues para la común utilidad de las gentes fue establecida la Caballería”[6].
¿Y
qué nos dice la biografía de Guillermo el Mariscal (1145-1219)
sobre este tema?[7]
Ante todo digamos que fue compuesta por encargo del hijo mayor del
Mariscal, para perpetuar la memoria y la fama del difunto a la vez
que mostrarlo como un modelo de caballero por sus virtudes, sus hazañas
y el honor y la gloria recibidos durante su larga vida. Esta
presentación nos trae el recuerdo de los héroes homéricos, y en más
de una oportunidad surgirán similitudes entre la concepción del
caballero del siglo XII, y los protagonistas de la Ilíada y
la Odisea.
Guillermo
el Mariscal sirvió a los monarcas ingleses Enrique II (y a su hijo
Enrique, que no llegó a ser rey), Ricardo Corazón de León y Juan
sin Tierra, fue regente del hijo de este último, Enrique III,
durante su minoría de edad, y participó en batallas ocasionadas
por la permanente hostilidad con Francia y sus soberanos, Luis II y
Felipe Augusto.
Hacia
sus treinta años lo encontramos en la corte de Enrique II pero
lejos de la casa real, acompañando y rigiendo a la vez –como su
maestro que era– al joven heredero del trono y recientemente
armado caballero (precisamente por Guillermo), Enrique. En este
punto del relato, y aludiendo a las obligaciones que planteaba la ética
caballeresca tanto al Mariscal cuanto a quienes lo acompañaban,
aparecen la fidelidad, la valentía y la largueza, virtudesque nos ayudan a componer el retrato de un caballero.
La
fidelidad:
significa, por una parte, cumplir la palabra
empeñada y, por otra, no traicionar la fe jurada. Esta palabra y
esta fe no se dan sólo en el plano de las relaciones particulares,
sino y fundamentalmente en el plano de las relaciones que
constituyen la dinámica y la fisonomía propia de la sociedad
feudal, o sea, en las relaciones de vasallaje, de parentesco y de
amistad. Ha de guardarse lealtad para con todos, pero en caso de
intereses que entran en colisión, hay un código que establece un
orden que debe ser respetado.
La
valentía:
el arrojo y la intrepidez imponen la lucha
cuerpo a cuerpo (¿cómo no recordar aquí otra vez a los héroes de
la antigua Grecia?), con el sólo auxilio de la destreza en el
manejo del caballo, la protección de la armadura y la proximidad de
los compañeros de armas. No es admisible la emboscada, y tampoco la
lucha con los villanos, que deshonra al caballero.
La
liberalidad:
el caballero no guarda dinero o recompensas
para sí; todo lo reparte, en aras de la amistad, la celebración,
el auxilio a los familiares o el apoyo a la Iglesia.
Estas
tres virtudes caballerescas se ponían en juego en ocasión de los
torneos, enfrentamientos armados de carácter casi deportivo,
en los que participaban grandes contingentes de caballeros (en algún
caso se contaron tres mil), contemplados y animados por las damas,
pero sabiendo también que de su desempeño en los mismos dependía
su futuro: su renombre y fama, y la contratación por parte de tales
o cuales señores, con el consiguiente arreglo económico. La
Iglesia prohibía estos encuentros que mutilaban y muchas veces
costaban la vida a quienes participaban de ellos, pero al parecer no
podía impedirlos.
Por
otra parte, en estos torneos no estaban en juego solamente el honor
del caballero, su fama, y su lucimiento ante las damas; también había
una cuestión económica de por medio, ya que los caballeros noveles[8]
veían allí su oportunidad de hacer algo de dinero con las presas
arrebatadas: caballos, arneses, armas, y el rescate de los
caballeros rendidos ante su destreza... o su buena suerte. Y así,
al caer la noche o bien al finalizar el torneo, los jóvenes se reunían
a hacer cuentas, informarse sobre el estado de los heridos de su
grupo y escuchar a los mayores, los señores, que narraban su
participación en el enfrentamiento: “después de haber
rivalizado en valentía, rivalizaban en cortesía y sabiduría a
fuerza de palabras, en interminables discursos, durante toda la
noche. Se comentaba el combate. Se intentaba, yuxtaponiendo las
relaciones parciales, reconstruir completamente el desarrollo de la
acción, distribuir equitativamente los premios y las menciones”[9].
No de otra manera habían procedido los héroes griegos, según
leemos en la Ilíada. También allí los enfrentamientos eran
personales, por el honor y la gloria, por la fama que inmortalizaría
al vencedor; también luego de la batalla había un reparto del botín
a modo de premio; y también, junto a la valentía, tenían lugar
de privilegio la cortesía en las palabras y la sabiduría en las
decisiones, que reconocían y honraban a los mejores de entre los caballeros[10].
El feudalismo en Grecia y en el Medioevo: dos épocas bien
distantes, pero no tan dispares.
Y
al igual que en Grecia los rapsodas, en la Europa medieval los
trovadores eran los encargados de narrar y de proclamar en cortes y
castillos las hazañas de los caballeros, cumplimentándose así ese
indispensable requisito que debía acompañarlas: la fama. Pero
también, a través de estos relatos, se daba cumplimiento al valor
ejemplar y normativo de la figura del caballero, de tanta
importancia para la educación de los futuros caballeros.
2.
La educación caballeresca
Ser
un buen caballero requiere una formación adecuada, y Llull dice que
no basta para ello la enseñanza que un padre pueda dar a su hijo,
sino que sería necesaria la presencia de libros con la ciencia de
la caballería, para que los hijos de los caballeros primero
conocieran esta ciencia, para luego hacer su aprendizaje práctico
como escuderos de otros caballeros, hasta que llegase el tiempo de
su elevación.
Esto
nos pone ante un hecho que guarda correspondencia con otras
realidades de la época. En efecto, dondequiera que se da un
aprendizaje, se dan gradaciones en el mismo, y esto sucede en el ámbito
de la educación para el trabajo (aprendiz-oficial-maestro), en la
educación universitaria (alumno-bachiller-maestro) y también en la
educación caballeresca, donde hablaremos del paje, del escudero y,
finalmente, del caballero.
Paje
es el niño, desde los ocho años aproximadamente hasta los catorce
o quince, que vive en la corte, con los señores y las damas, y
aprende y se forma. En efecto, en su convivencia principalmente al
servicio de las damas, aprende religión juntamente con ellas, y
también poesía y música; aprende modales y las reglas de cortesía;
danza e instrumentos musicales (laúd); en los banquetes sirve a los
caballeros y escucha con atención a los trovadores que cantan las
hazañas de los ausentes, y al oírlas su alma va impregnándose de
las virtudes y de los valores de sus héroes, a la par que se
enciende su deseo de emularlos[11].
En los torneos a los que asiste aprende a distinguir los emblemas
que singularizan a cada caballero, y a interpretarlos, pues hablan
de su linaje, de las virtudes que les son propias, y de alguna
empresa que le dio gloria y fama (éste es el contenido de la
ciencia llamada heráldica). A veces atiende los caballos, otras
veces se le permite tocar las armas, y así va familiarizándose
con el mundo de la caballería, a la que se aproximará en la etapa
siguiente de su educación, cuando pase a ser escudero.
Escudero
es el joven que acompaña al caballero y lo atiende: cuida su
caballo, sus armas, tiene a su cargo techo, comida, vestimenta. Es
mensajero y guardián, pero además, cada día aprende un poco más
del oficio del caballero: el manejo de las armas, el montar, las
virtudes, el conocimiento de los hombres y de sus caracteres, el
trato con las damas. Se entrena físicamente, participa en
competencias deportivas que forman su cuerpo y su espíritu, y que
estimulan su deseo de ganar y el sentimiento del honor que ello
supone. Aprende de lealtades, de señoríos, de leyes... y también
de traiciones y de toda la miseria humana. No participa en leales
combates entre caballeros, pero puede defender a su amo de una felonía,
o bien de un ataque de la gente del pueblo, y en tales peleas hacer
gala de valor, de prudencia, de destreza en el uso de las armas, y
de nobleza. Todo ello lo acercará a la ansiada meta de la caballería
cuando, teniendo la edad adecuada[12],
hubiere pasado el examen pertinente, en el que deberá responder de
su amor y temor de Dios, de la nobleza de su corazón y de sus
virtudes, de su linaje noble[13],
de su vida y costumbres pasadas y presentes [para asegurarse de que
no ha cometido actos que impliquen una deshonra para la Caballería],
de los motivos por los cuales quiere ser armado caballero. Deberá
también dar fe de que posee los medios necesarios para mantener
caballo, armas y forma de vida apropiados.
A
modo de ilustración, aludiremos a algunos pasajes del libro de Los
hechos del Rey Arturo y sus nobles caballeros (John
Steinbeck. 2a ed. Barcelona: EDHASA, 1980) que,
si bien hablan de un novel caballero, Ewain, describen su formación
y entrenamiento a manos de la doncella Lyne como lo que debió ser
la preparación de un escudero que quisiera acceder a la caballería.
La doncella le habla de un entrenamiento de diez meses,
durante el cual le enseñará a cabalgar, a manejar las armas con
destreza, fortalecerá su cuerpo de mil maneras, y lo formará en el
código y virtudes de la caballería. Y lo primero que encara es la
difícil tarea de despojar al joven de sus conceptos inapropiados, y
de los falsos conocimientos que orgullosamente esgrimía: creía
saber cabalgar, se ufanaba de sus armas pesadas y de gran precio...
Lyne le presenta otro punto de vista:
“Ahora
enunciaré la ley y tú la aprenderás palabra por palabra, y cada
palabra debe quedar marcada a fuego. Ésta es la ley. El propósito
de la lucha es la victoria. No hay victoria posible con la mera
defensa. La espada es más importante que el escudo, y la destreza más
importante que ambos. El arma definitiva es el cerebro, todo lo demás
es un complemento.”
Por eso la armadura debe ser ligera y flexible, porque no
deberá oponer resistencia sino facilitar el ataque.
A continuación, el joven será sometido a un durísimo
entrenamiento físico que lo dejará agotado y furioso, pero que irá
endureciendo sus músculos y dándole resistencia al cansancio y al
dolor. Al mismo tiempo, le enseñará a manejar las armas, acompañando
sus enseñanzas con mordaces críticas y burlas despiadadas. Sólo
cuando Ewain mostró aprovechamiento y pasta de guerrero, ella
comenzó a tratarlo con algo de respeto y le prodigó palabras de
aliento:
“Lo
haces bastante bien, muchacho –le dijo–. Los he visto mejores.
Observé cómo una y otra vez tu orgullo estallaba en furor. ‘Soy
un caballero, te decías. ¿Cómo voy a vivir como un cerdo?’ ¿Sabes
qué significa ser un caballero? Un caballero es en principio un
servidor, y así ha de ser, pues quien quiere mandar debe aprender
su oficio obedeciendo.”
A medida que el joven
progresaba, se fue haciendo capaz de descubrir sus propios errores,
y sus límites. Lyne le indicaba cómo ese conocimiento podía
trabajar a su favor:
“Nunca
serás uno de esos hombres de roca que afrontan el embate de las
olas. Siendo ligero, debes hacer que el peso de los otros luche por
ti. Procura que tu lanza sea larga. Al montar, inclínate hacia
adelante tanto cuanto puedas. Así presentas un blanco más pequeño,
y además de eso, si tu lanza golpea primero, le quita fuerza al
contragolpe. Nunca, nunca presentes una superficie chata. Nunca
enfrentes la fuerza con la fuerza, sino estudia a tu adversario
antes del combate, mide sus fuerzas no menos que sus puntos débiles,
para poder eludir las unas y aprovechar los otros.”
Finalmente, Ewain estuvo listo y recibió sus armas de manos
de la doncella. A continuación, se relata cómo el joven caballero
rehuyó con una cortés mentira el combate que le proponía un
caballero muy anciano, de deficiente armadura y con peor
cabalgadura, actitud que es aplaudida por Lyne (“Fue una
mentira amable y cortés –dijo ella–. No tenías por qué
lastimar su orgullo además de su cuerpo.”[14]).
Dejemos atrás a este joven caballero y el relato que nos lo
presentó, y volvamos al escudero, que ha cumplido con todos los
requisitos mencionados anteriormente, y que en verdad desea asumir
todas las obligaciones que entraña la pertenencia a la Orden de la
Caballería: será armado caballero en una ceremonia que el mallorquín
describe pormenorizadamente.
Dicha
ceremonia tendrá lugar, de ser posible, en uno de los días
festivos de la Iglesia, para que pueda congregarse mucha gente que dé
un marco adecuado a la celebración. El escudero se ha acercado al
sacramento de la Confesión en los días previos, para purificar su
alma de todo pecado, y en la víspera ha ayunado; y en la noche que
antecede al día realiza la vela de armas en la iglesia, en oración
y contemplación, escuchando la Palabra de Dios y pensamientos sobre
la caballería.
En
la mañana del día indicado habrá una Misa solemne, con predicación,
la cual ha de referirse a los catorce artículos de la fe (básicamente
se trata del Credo), los mandamientos de la Ley de Dios y los
siete sacramentos de la Iglesia. A continuación el escudero que
solicita ser recibido en la Orden de la Caballería se arrodillará
ante el altar y el príncipe o el noble señor que lo hará
caballero le ciñe la espada –que simboliza la castidad y la
justicia–, le da un beso que significa la caridad, y una bofetada
que le recuerde la grave obligación que adquiere, al recibir la más
alta dignidad.
El
nuevo caballero, montado a caballo y revestido con sus armas, se
muestra a todos para que lo reconozcan por tal, y luego tiene lugar
el banquete, las justas y los torneos y el reparto de dádivas,
prolongando la celebración. Esta ceremonia tiene sus equivalentes
en aquéllas en las que los artesanos proclaman y reciben al nuevo
maestro en el seno de su corporación, y los maestros de las
Universidades hacen lo propio: en ambos casos debe presentarse una
obra maestra (una artesanía, una clase magistral), y a la recepción
del nuevo maestro siguen los banquetes de rigor.
Las
armas del caballero tienen un simbolismo del que daremos algunos
ejemplos, y que trae claras reminiscencias de los simbolismos de que
habla San Pablo. Así, la espada en forma de cruz significa
que, al igual que Cristo en ella venció al pecado y a la muerte, el
caballero con ella ha de vencer y destruir a los enemigos de la
cruz. Los dos cortes de la espada simbolizan la justicia –dar a
cada uno lo suyo– que el caballero ha jurado defender.
“Lanza
se da al caballero para significar la verdad, porque la verdad es
una cosa derecha que no se tuerce y que antecede a la falsedad; y el
acero de la lanza significa la fuerza que tiene la verdad sobre la
falsedad; el asta y el pendón denotan que la verdad se manifiesta a
todos sin miedo a la falsedad ni al engaño. La verdad es el apoyo
de la esperanza”[15].
El
yelmo significa la vergüenza que defiende la cabeza del
hombre de la consideración de las vilezas y de la inclinación a
cometerlas, las cuales deshonrarían al caballero y a la Caballería.
La coraza oficia de castillo y muralla contra los vicios y la
debilidad; las calzas que aseguran sus piernas y sus pies le
recuerdan que debe asegurar los caminos con la fuerza de sus armas,
las espuelas que hacen apurar el paso al caballo simbolizan
diligencia en el servicio de la Caballería, el escudo le
recuerda que su cuerpo debe ser escudo para su señor, y así las
otras armas, los arneses del caballo, todo le habla de su oficio y
es un recordatorio de su deber. Deber que queda bien sintetizado en
la consignas que el ermitaño da al caballero Parsifal, en un cuento
de Chrétien de Troyes:
El
libro de Llull nos proporciona a través de un diálogo una
descripción de la caballería, de manera un tanto teórica
(porque es una obra didáctica); el libro sobre el Mariscal
Guillermo lo hace a través de una historia concreta, colorida y
vivaz, la historia de su protagonista: qué clase de caballero
fue, y cómo llegó a serlo.
Veamos,
pues, cómo realizó su aprendizaje del oficio de caballero
éste
que fue hijo segundón en su familia, sin título por consiguiente
ni fortuna, lo que significa que posición, honores y fama los ganó
por sí mismo.
Pasados
los doce años y según la costumbre de la época, debió abandonar
la casa paterna,
la vida de familia y las comodidades para
trasladarse a la casa de un primo hermano de su padre, en Normandía.
Era obligación de su pariente educarlo, al igual que a muchos otros
jovencitos que poblaban la mansión, mezclados con caballeros y
sirvientes, en una mezcla no siempre provechosa.
Después
de ocho años cuidando los caballos y las armas, aprendiendo a
conocer a unos y otras, acompañando a los caballeros en torneos y
aventuras, su señor decidió armarlo caballero,
ceremonia que
tuvo lugar en la primavera de 1167 y que incluyó un torneo -en el
que los nuevos caballeros lucieron su destreza- y un banquete con el
que fueron agasajados. A partir de allí, el joven quedaba librado a
sí mismo: debía salir al mundo a correr aventuras, es decir, a
encontrar un modo de subsistencia[17].
Porque comenzaba pobre, sin recursos; a duras penas había alcanzado
a comprar un caballo y armadura que ya se le había estropeado en el
torneo.
Pero
de inmediato le salieron al paso torneos en los que fue haciéndose
tan famoso que los mejores señores querían contar con él en sus
equipos, y él pudo no pocas veces elegir a su señor. Y así se
dirigió a Inglaterra, a la casa de un tío muy bien ubicado en la
corte de Enrique II y su esposa, Leonor de Aquitania. Precisamente
la defensa que hizo de la reina en una emboscada le valió fama
inmensa y el favor de Leonor, y rey y reina lo designaron, a sus
veinticinco años, maestro y guardián del heredero del trono, a
quien a su tiempo hizo caballero.
Por
largos años y muchas peripecias tal fue la situación y la vida de
Guillermo el Mariscal, a veces gozando del favor de un señor, a
veces padeciendo su disgusto pero buscando otros caminos. Fue
cruzado y, como tal, peregrinó a Tierra Santa. A su regreso,
sintiendo ya en su cuerpo el paso de sus casi cincuenta años, anheló
dejar de ser “bachiller” (el caballero no casado, no
establecido) para convertirse en un “señor”: quería una
esposa, los bienes –propiedades y dineros– que con ella le
viniesen y los hijos, y se puso en manos del rey para que, según la
costumbre, el monarca proveyese. Y así fue: Guillermo se encontró
establecido en propiedades, con hijos, vasallos y una vida próspera
aunque no exenta de sobresaltos, cual correspondía a un caballero.
Porque de eso y no de otra cosa se trató siempre la vida del
caballero, y la de Guillermo el Mariscal: una vida de aventuras,
vivida con valentía y nobleza, por alguien que es señor de sí
mismo y de sus lealtades.
PARA
REFLEXIONAR:
1)
¿Por qué estudiamos la educación caballeresca?
•
Porque en su momento se presenta como la mejor educación que se
puede dar al hombre (excepción hecha del clero): está destinada a
los mejores hombres, y se propone el mejor ideal: el hombre noble y
dotado de señorío, debidamente capacitado por la educación para
vivir según esa nobleza y sustentar y mantener su señorío.
Nobleza y señorío que debieran ser parte del ideal educativo a
considerar en nuestros tiempos, y que tan ausentes se hallan de
ellos.
•
Porque hay en esa educación un
trabajo muy importante para cultivar todas las posibilidades del
hombre, y en especial: las que hacen al cuerpo en función del espíritu,
desarrollando la fortaleza, la sobriedad, la austeridad, la
resistencia; y las que hacen a la vida del espíritu, con el énfasis
puesto principalmente en la vida moral en relación consigo mismo y
con los demás, trabajando virtudes como la justicia, la rectitud,
la prudencia, la humildad, sobriedad y austeridad también y
fortaleza, la magnanimidad, el espíritu de servicio, la
generosidad..., todo lo cual supone claridad mental, discernimiento
y raciocinio para conocerse, conocer a los demás y también las
situaciones, y actuar en consecuencia, con nobleza y señorío. Sin
cambiar una sola palabra, esto debiera ser la base, el fundamento de
la educación hoy. Sobre esta base, sobre este fundamento que
construye al hombre, puede levantarse el profesional que fuere:
científico, técnico, deportista, artesano, empresario, político,
artista, etc.; sin esta base, sólo tenemos un animal más
capacitado que otros y muchas veces, por eso mismo, más peligroso
(los medios de comunicación nos informan de ello día a día, si
tenemos la suerte de que no sea nuestra propia experiencia quien nos
lo diga). Pero esta “educación” no habrá formado a un hombre.
•
Porque el caballero, noble y señor, hombre de poder, sabe que hay
quien es más noble, señor y poderoso que él, y adora, reverencia,
ama y teme a Dios, a Quien pone como punto de partida, camino y meta
de su vida y sus acciones. La educación del caballero supone una
formación religiosa, y su vida carecería de sentido sin ese punto
de referencia, no declamado sino vivido. Gran contraste con los
poderosos de hoy, y no olvidemos que todos nos creemos un poco
poderosos –o muy poderosos– gracias a nuestros conocimientos, o
al poder que nos dan los medios técnicos, el dinero, las
posesiones, la información, el dominio sobre los demás, etc. Habría
que revisar planteos, escala de valores, dimensiones en el hombre, y
en la educación que se presume quiere formarlo como tal. ¿Cuál?
2)
¿Es original y exclusiva de esa época la realidad del
“caballero”?
•
El caballero, inclusive con la acotación de “el héroe” –para
distinguirlo del hombre de armas a secas, o soldado– ya ocupa
espacios propios en la vida y en la literatura griegas, y
protagoniza la obra homérica que conocemos como Ilíada y Odisea.
En ambas aparecen estos hombres nobles, guerreros, que también han
recibido un adiestramiento del cuerpo y en el manejo de las armas,
una formación moral, una introducción a las costumbres de la
nobleza y a las normas de comportamiento entre pares..., y que
persiguen, a través de la realización de hazañas, la honra como
reconocimiento de su honor, y gloria y fama como modos de
inmortalidad legendaria.
En
el Medioevo, y en tiempos de Carlomagno y de la renovación de la
cultura en las escuelas y en los monasterios, se despierta el interés
por la epopeya homérica, por la guerra de Troya, por la Eneida
de Virgilio que se presenta como su continuidad y que constituye el
linaje heroico de Roma. Los pueblos y las familias se enamoran de
esa tradición de heroísmo, y quieren entroncarse con ella y
reproducirla. Surge toda una literatura que se presenta como
continuaciones del episodio troyano llevadas hasta el Medioevo, y
que permiten “encontrar” antepasados que ilustran los diferentes
linajes. Y surge la caballería que poco a poco se estructura según
ese modelo, pero con la sustancial diferencia que significa la
presencia del Cristianismo, según hemos visto.
En
tiempos posteriores a la época medieval el caballero asumirá la
forma del cortesano, el hombre noble cuya vida transcurre
principalmente en la corte. Seguirá habiendo caballeros como
hombres de armas, pero raramente se hallarán solos; forman compañías
militares en relación de dependencia del Estado, y muchas veces
son, además, mercenarios –y rara vez señores–, lo que los
aleja ya muchísimo del caballero medieval. Y habrá hombres de
armas, que serán los soldados, a quienes no se considerará
caballeros, ni serán de la nobleza, ni tendrán señorío alguno.
Hoy debiera ser objeto de una muy seria reflexión la formación de
los hombres de armas.
Bagué,
E.Edad Media. Diez siglos de civilización. Barcelona: Luis
Miracle, 1942.
Chrétien
de Troyes.
El cuento del Grial y sus continuaciones. 3ª ed. Madrid:
Siruela, 1995.
Duby,
Georges.
Guillermo el Mariscal.Madrid: Alianza, 1985. 175 p.
Homet,
R.Sobre la educación medieval: estudio preliminar, selección y
traducción de fuentes. Buenos Aires: Tekné, 1979. 184 p.
Keen,
M.
La caballería. Barcelona: Ariel, 1986. 331 p.
Llull,
Ramón.
“Libro de la Caballería”. En: Id., Obras literarias.
Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1948.
Paul,
J.Histoire intellectuelle de l'Occident médiéval. Paris:
Armand Colin, 1973.
Pernoud,
R.
A la luz de la Edad Media. Barcelona: Granica, 1983. 258 p.
Power,
E.Gente de la Edad Media. 4ª ed. Buenos Aires: EUDEBA, 1979.
288 p.
Sáenz,
Alfredo.La Caballería, o de la fuerza armada al servicio de la Verdad
desarmada. 3ª
ed. Buenos Aires: Gladius, 1991. 204 p.
Steinbeck,
John.
Los
hechos del Rey Arturo y sus nobles caballeros.
2ª ed. Barcelona: EDHASA, 1980.
Vedel,
V.Ideales culturales de la Edad Media. 4 vol. Barcelona: Labor,
1925-31.
NOTAS
[1]Pernoud, Régine. A
la luz de la Edad Media. Barcelona: Juan Granica, 1983, p.
17-18. (vuelve al texto)
[2]
Son paréntesis que la Iglesia estableció bajo pena de excomunión
en las luchas continuas en que vivía la sociedad feudal. Dichos
paréntesis tenían lugar en determinadas fiestas o en tiempos litúrgicos
acordados, y su finalidad era permitir a los combatientes
reponerse, dar la posibilidad de una reconciliación, dar lugar a
la concreción de las tareas necesarias para la vida (las tareas
del campo: siembra, cosecha; el cuidado de los hijos, la atención
de la mujer, etc.), “e introducir poco a poco un sentido de
convivencia y de civilidad en una sociedad basada en el odio y la
violencia” (Bagué,
Enrique. Edad Media. Diez siglos de civilización.
Barcelona: Luis Miracle, 1942, p. 133). (vuelve al
texto)
[3]Keen, Maurice. La
caballería. Barcelona: Ariel, 1986, p. 16. (vuelve
al texto)
[4]
De la educación de las damas nos ocuparemos en otro tiempo y
lugar. (vuelve al texto)
[5]Llull, Ramón. Libro
de Caballería. En: Id., Obras literarias. Madrid:
Biblioteca de Autores Cristiano, 1948, p. 109. (vuelve
al texto)
[7]
Seguimos aquí el estudio que sobre la base del manuscrito hace
Georges Duby en su Guillermo el Mariscal. Madrid:
Alianza, 1985, 175 p. (vuelve al texto)
[8]
No era éste un móvil para los caballeros mayores, quienes
consideraban inconveniente manifestar codicia, cuando por lo
general todos ellos tenían cubiertas las necesidades de su vida y
cuanto exigía el decoro; pero no era ésa la situación de los jóvenes.
(vuelve al texto)
[10]
Justamente la cólera de Aquiles –el tema de la Ilíada–
está motivada por el desconocimiento de su honor y de la honra
que le era debida, afrenta que se cumple cuando Agamenón le
arrebata a Briseida, la cautiva que el héroe reclamaba como suya.
(vuelve al texto)
[11]
Nuevamente señalamos la similitud con la pedagogía presente en
las obras homéricas, en las que los jóvenes asistían a los
banquetes, atendían a los héroes y escuchaban el relato de sus
hazañas, aprendiendo así las virtudes y los valores que debían
imperar en los caballeros, al tiempo que sentían nacer en sí
mismos el entusiasmo y la urgencia de las propias aventuras. (vuelve
al texto)
[12]
“Para un nuevo caballero se requiere edad competente, porque
si es muy joven el escudero que quiere hacerse caballero, no puede
aún haber aprendido las costumbres pertenecientes al escudero
antes de que pase a caballero; ni podrá bien hacerse cargo de o
que promete al honor de la Caballería, si en la infancia es
armado nuevo caballero. Y si el escudero ya es viejo y le faltan
las fuerzas del cuerpo cuando quiere ser caballero, antes de
llegar a la vejez ya hizo injuria a la Caballería, que se
mantiene por combatientes fuertes y es envilecida por los débiles
y desvalidos, que fácilmente son vencidos o huyen” (Llull,
Ramón, ob. cit., p. 122). (vuelve al texto)
[13]
Pudiera no tener ese linaje, pero ser elevado a él por un príncipe
o noble señor, en atención a sus servicios y proezas. (vuelve
al texto)
[14]Steinbeck, John. Los
hechos del Rey Arturo y sus nobles caballeros, p. 171-180. (vuelve
al texto)
[16]Chrétien de Troyes.
El cuento del Grial y sus continuaciones. 30 ed. Madrid:
Siruela, 1995, p.125. (vuelve al texto)
[17]
“Antes de recibir las armas, los jóvenes se quedaban
desnudos, lavaban su cuerpo. Como se lavaba el cuerpo de los recién
nacidos y de los difuntos. Ya que esta entrada, este paso, era análogo
a esos otros pasos, el nacimiento y la muerte. Era para ellos como
si vinieran al mundo por segunda vez; la única, en verdad, que
contaba verdaderamente. Hasta allí, su gestación se había
desarrollado de hecho al abrigo. Permanecían mantenidos, en
tutela. Con el vagabundeo comenzaba la libertad, pero también el
peligro.” (Duby,
Georges, ob. cit., p. 83). (vuelve
al texto)