ABSTRACT:
Curso Historia General de la Educación,
impartido por la profesora Azucena Fraboschi de la Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad Católica Argentina durante el
curso 2002-2003 dentro de la asignatura de primer año: Ciencias de la
Educación. El curso desarrolla y analiza la Historia de la Educación
Antigua y Medieval en cuatro bloques: LOS
ANTECEDENTES DE LA EDUCACIÓN EN EL MUNDO OCCIDENTAL Y CRISTIANO,
LA EDUCACIÓN INSTITUCIONALIZADA
EN EL MUNDO HELENÍSTICO-ROMANO (PERÍODO
IMPERIAL),
EL ENCUENTRO DE LA CULTURA CLÁSICA Y LA EDUCACIÓN CRISTIANA EN LA EDAD
MEDIA (S. V-X) y
FORMAS DE LA
EDUCACIÓN EN LA BAJA EDAD MEDIA (SIGLOS
XII-XIII). El curso se complementa al impartido por la profesora Clara Inés
Stramiello y que analiza la
Historia General de la Educación Moderna y
Contemporánea. .......................................
Hasta
fines del siglo XI y bajo el régimen feudal, cada dominio se bastaba
a sí mismo y no compraba ni vendía casi nada afuera; el trabajo
realizado por campesinos y siervos estaba reducido a lo estrictamente
indispensable: el cultivo del campo, la cría de los animales, las
artesanías necesarias para la vida cotidiana en la guerra y en la
paz...
Pero
cuando cesó el peligro de las invasiones de los bárbaros, cuando la
acción bélica se trasladó al Oriente con motivo de las Cruzadas,
cuando comenzaron a florecer los centros de estudios, las escuelas
catedralicias –cuyos maestros y estudiantes viajaban de una
escuela a otra, recorriendo las principales ciudades de una Europa que
comenzaba a urbanizarse–, cuando comenzaron a llegar las novedades
de Oriente (cultura, costumbres, productos), caravanas de mercaderes
aparecieron por mar, tierra y ríos vendiendo nuevos y viejos, pero
siempre numerosos productos, y produjeron con ello una gran
transformación en la sociedad.
En
efecto, de ahí en más cada una de aquellas comunidades trabajó no sólo
para satisfacer sus necesidades sino también para vender lo que le
sobraba, y aún para producirlo ex professo. Las actividades
se dividieron especializándose: cada persona pudo practicar
exclusivamente el oficio que escogiera, con el único requisito de las
aptitudes naturales y la idoneidad. Inclusodiversas zonas geográficas resultaron conocidas por su
excelencia en tal o cual artesanía, y así se impusieron en el ámbito
de la cultura, o en lo que podemos llamar el mercado. Este cambio
permitió al artesano vivir exclusivamente de su trabajo, que se
convirtió así en una actividad independiente.
Por
otra parte, el mantenimiento de la prosperidad de Europa así como el
auge de la construcción –castillos y catedrales particularmente–
demandaba conocimientos y habilidades técnicas y artísticas, que
comenzaron a ser monopolizados por sociedades denominadas genéricamente
con el término universitas, traducido como gremio,
corporación o cofradía. Los gremios ya existían en el antiguo
Egipto, configurando verdaderas castas. Subsistieron como un tipo
especial de sociedades en la civilización greco-romana, como los collegia
de los antiguos romanos, que habían sobrevivido principalmente como
cofradías, o sea como organizaciones religiosas y fraternales. Y
volvemos a encontrarlos en el siglo XII con una finalidad específica–la defensa de sus intereses– y un carácter religioso.
1.
Los gremios
Para
mejor entendimiento, ilustraremos lo dicho con el gremio de los
constructores. Hasta el siglo XI fueron raras las grandes
construcciones occidentales, pero en el siglo XII se advierte un
verdadero renacimiento con la aparición de las catedrales y las
iglesias, y hasta finales del siglo XIII el poder eclesiástico, la
autoridad real y los gremios actuarán de manera conjunta para llevar
a cabo una de las empresas arquitectónicas más ambiciosas de todos
los tiempos, en la cual el espíritu y la mano “funcionaron”
juntos. En ese entonces, los obreros de la construcción,los albañiles y los canteros utilizaban sus talleres, en su
mayoría ubicados junto a las catedrales, como locales de reunión
donde celebraban los ritos religiosos y fraternales de su corporación.
Con el tiempo las técnicas del oficio, celosamente guardadas,
formaron parte de esos ritos, y el ingreso al gremio se hizo más difícil,
con el fin de preservar los conocimientos de los respectivos oficios.
Por otra parte, fuera del gremio no había posibilidades de ejercer el
oficio.
Cada
cofradía tenía su Santo Patrono, a quien encomendaba la protección
de sus trabajos y en cuyo honor celebraba procesiones y fiestas
religiosas, muy especiales en su día. Era costumbre que se
identificaran por un estandarte con detalles alusivos al oficio y
ricamente adornado, que precedía a la corporación en los actos
religiosos y públicos. La participación en esas ceremonias estaba
comprendida entre las obligaciones de los miembros de la hermandad.
Además, cada cofradía usaba ropas que individualizaban a sus
miembros, en especial sombreros, colgantes, y otros distintivos.
Responsable de todas las tareas ceremoniales, de control, de culto, de
juicio, etc. era el gran maestre, autoridad suprema de la cofradía o
gremio, elegido por los cofrades.
Cuando
el rey Luis IX de Francia ordenó la compilación de un libro de
costumbres de los diferentes gremios, la indagación reveló que la
normativa efectiva había dependido hasta entonces de la tradición
oral a través de los artesanos de prestigio. Las disposiciones
para la vida de los gremios, redactadas en las ciudades en el siglo
XIII, concedieron gran importancia a los deberes religiosos de sus
miembros –reglamentando la asistencia a las devociones colectivas y
el compromiso moral con los familiares de los miembros difuntos– y
también, de manera más directa, a las cuestiones profesionales a fin
de que, en consonancia con las costumbres e ideas de la época, la
producción fuera más provechosa y ordenada.
El
artesano debía sujetarse a los estatutos del gremio, que prescribían
por adelantado las condiciones de trabajo y hasta los procedimientos
de fabricación. Así, por ejemplo, nadie podía abrir la tienda
en domingo o en días de fiesta; los hornos de pan debían cerrarse el
sábado por la noche a la hora de encender la luz. Generalmente se
prohibía trabajar de noche, por lo menos en todas las profesiones que
necesitaban atención y cierta delicadeza de manos, “porque la obra
hecha de noche –decía un reglamento de Amiens– no es buena ni
leal”. Sólo estaban exceptuados de esta ley ciertos oficios fáciles
o ciertas operaciones que duraban más de veinticuatro horas
consecutivas, como la fundición. Hasta la técnica estaba
reglamentada y sometida a una inspección permanente: el artesano
debía vigilar a todas las horas el trabajo de sus obreros; todos
trabajaban a la luz del día y a la vista del público; el orífice
(artífice que trabajaba el oro) y el cerrajero, por ejemplo, habían
de tener la fragua en la tienda; el sastre no podía coser más que en
el banco colocado junto a la ventana.
Esto
era así porque los gremios se preocupaban no sólo por mantener en
niveles de excelencia su arte –para lo cual imponían severas
exigencias a sus miembros en el aprendizaje y la fabricación– sino
también su reputación. La corporación desconfiaba del artífice,
de las tentaciones que pudieran sobrevenirle, del fraude, del deseo
de un lucro fácil y también de su pereza; temía que engañara al
comprador inexperto y por eso multiplicaba las precauciones. Se
trataba, sobre todo, de evitar fraudes de toda naturaleza en la
cantidad y la calidad, por eso toda mercadería debía, antes de ser
presentada a la venta, ser examinada por delegados del gremio, y si la
daban por buena y leal se le ponía la marca del gremio; por el
contrario, si se encontraba que era mala, se confiscaba y quemaba, y
el culpable debía pagar una fuerte multa, y hasta se le podía cerrar
la tienda por un tiempo determinado. Aunque no era el interés por el
gremio y por su prestigio lo único que justificaba esas
prescripciones, lo cierto es que el monopolio ejercido por la
corporación le obligaba a vigilar el trabajo de los artesanos, y su
severa reglamentación estaba al servicio de tal privilegio.
2.
La educación para el trabajo
El
ingreso a un gremio de maestros, ajustado a un sistema de
calificaciones, exigía una probada competencia, por lo cual el
pretendiente debía realizar previamente un duro y prolongado período
de aprendizaje, conducido por un maestro del oficio reconocido por el
gremio y miembro activo de la cofradía.
Alrededor
de los trece años, el muchacho era admitido como aprendiz en el
taller del maestro, donde comenzaba a hacer las tareas más bajas,
como limpiar, acarrear agua o materiales, etc., sometido a una
rigurosa disciplina. La obediencia, la atención y la observación
(pues en el contacto con los materiales aprendía a conocerlos y a
familiarizarse con sus características), así como la habilidad
manual para el oficio, eran las condiciones de un buen aprendiz. Éste
permanecía en el taller durante las horas de trabajo, pudiendo
regresar a su casa por la noche, aunque eran numerosos los casos de
aprendices que se alojaban en la casa del maestro quien, a cambio del
alojamiento, la comida y la enseñanza que les daba, se veía
recompensado por el aporte del trabajo de sus pupilos. Así pues el
maestro, al mismo tiempo que revelaba progresivamente los secretos
del oficio, pasaba a ser también, especialmente en estos últimos
casos, un maestro de vida, un formador de la persona. Esta primera
etapa del aprendizaje duraba aproximadamente siete años, luego de
los cuales, y alcanzada la destreza estimada por el maestro, el joven
era elevado al rango de oficial. En esta nueva etapa debía,
por una parte, guiar a los aprendices y, por otra, participar junto al
maestro en la producción de nuevas obras, colaborando con él; en
ocasiones, el oficial hacía sus propias obras, bajo la supervisión
del maestro.
Para
ser admitido al rango de maestro, el oficial debía realizar una obra
o tarea específica que cumpliera con todos los requisitos y características
de la perfección del oficio. Era la llamada “obra maestra”,
demostración máxima de la competencia y excelencia del postulante,
que equivalía, en caso de ser aceptada, a un examen final. Esta obra
era presentada ante un jurado de maestros, a quienes correspondía
examinarla, escuchar de labios del maestro el informe de la
trayectoria del aspirante, y producir un dictamen que debía culminar
en la recepción del nuevo maestro en el seno de la corporación.
Pero la mayoría permanecía toda su vida en el grado de oficiales.
Con
el andar del tiempo los gremios fueron creando una literatura propia,
generalmente en lengua vernácula, que en muchos aspectos resucitaba
la antigua tradición de los manuales griegos y romanos. No obstante,
los estudios gremiales siguieron formando parte de sistemas cerrados,
para preservar los cuales llegaron a fundar sus propias escuelas
elementales, destinadas específicamente a los hijos de sus
miembros. Así, dos tradiciones marchaban paralelas: una técnica y práctica
seguida por los artesanos, y otra verbal y teórica fomentada en las
escuelas catedralicias y que eclipsó a la anterior.
3.
Los aportes
Los
gremios fueron el instrumento por el cual la Europa medieval conservó
sus conocimientos técnicos, asimiló nuevas ideas –como las
innovaciones en los procedimientos introducidas por los musulmanes y
mongoles–, y generó nuevas experiencias. Tal sucedió con la pólvora,
el papel y la escritura en letras de molde. Muchas prácticas de la
Antigüedad que parecían haberse perdido fueron renovadas y
desarrolladas mediante un diligente estudio, convirtiéndose en la
base que hizo posible el posterior desarrollo científico.
La especialización del
trabajo a través de los oficios produjo una nueva movilización
social que llevó a una transformación mental y espiritual. Cada
hombre comenzó a adquirir conciencia de sí mismo a través del grupo
profesional del que era parte, o del oficio que desempeñaba, y a su
vez este oficio, que se daba con fuertes connotaciones religiosas, se
le apareció bajo la forma de una vocación. Hubo un cambio de
actitud respecto del trabajo, que fue revalorizado.
Por otra parte, el trabajo
corporativo demostró ser un medio educativo muy eficaz, capaz de
perfeccionar al hombre técnica y prácticamente y también como
persona, al desarrollar sus habilidades y su capacidad creativa así
como su responsabilidad social y profesional, tan ligadas a la
dignidad de la persona.
4.
A modo de síntesis
Nos
parece oportuno concluir esta somera noticia con un ilustrativo pasaje
de El mensaje de los constructores de catedrales, de Christian
Jacq y François Bernier (Barcelona: Plaza & Janes S.A., 1976,
cap. VIII).
“Esos
hombres, a pesar de sus diferencias de caracteres, tienen en común
unas cualidades que los unen de una manera indisoluble y hacen que
hablen el mismo lenguaje. En su juventud aprendieron que el trabajo
manual no era mecánico y que el del espíritu no estaba encastillado
solamente en la memoria. Sin comprenderla, admiraron en un principio
la facilidad con que sus predecesores levantaban planos, tallaban
piedras y las colocaban en el sitio justo el edificio. Este espectáculo
los había conmovido profundamente y expresaron tímidamente el deseo
de participar en la construcción del templo. La respuesta a esta
petición no fue muy amable. Se les dijo a aquellos jóvenes que la
vida en la cantera era en extremo penosa, que implicaba numerosos
riesgos y que se repartían con más facilidad estacazos que
felicitaciones. Muchos de los solicitantes se asustaron, pero
algunos persistieron en sus intenciones a pesar de todas las
advertencias. En vez de darles la tarea exaltadora que esperaban se
les obligó a acarrear cubos, a arrastrar carretillas, a mover bloques
de piedra, a limpiar la indumentaria de sus instructores.
[...]
Transcurridos unos años consagrados a servir, se le pide que prepare
una obra maestra, escultura, enarbolado en miniatura o iglesia a
escala reducida, para que haga una demostración de sus conocimientos
técnicos, de su sensibilidad artística y de su sentido simbólico.
Durante toda una noche, en presencia de una asamblea formada por unos
rostros graves, presenta su trabajo con auténtica inquietud. Su
destino y su más caro ideal están en juego. [...] la obra es
aceptada.
Entonces
comienza la ronda de los oficios que habrá de practicar en su
totalidad para convertirse en un artesano completo. Probará la
carpintería, el tallado de la piedra, la escultura, el arte de la
vidriería. Algunos se detienen en el camino y profundizan en una técnica
particular. Pero él logra franquear todas las pruebas. Crece su deseo
secreto a medida que pasa el tiempo. Quiere convertirse en un maestro
de obras. Viaja por las provincias francesas y los países de Europa
para conocer otras canteras, comparar métodos, entrar en contacto con
hombres diferentes. En todas partes descubre que el maestro de obras
es el alma de la catedral. En su compañía aprende de una manera
progresiva a crear diseños, a concebir el edificio de pensamiento
antes de crearlo con la piedra. Le repiten por todas partes que si el
arquitecto es ignorante la construcción carece de armonía. Y por
esto tiene que conocer eruditos y monjes, vivir en el recogimiento de
los claustros, escuchar las lecciones de humanidad de los abades.
[...]
Durante las etapas de la construcción, el maestro de obras vela para
que cada participante cumpla su función y se integre de una manera
perfecta a la empresa colectiva. Con frecuencia ha de responder a las
críticas de los escultores.
–¿Acaso
no somos simples copistas? –le preguntan.
-El
copista ejecuta sin conciencia –contesta el maestro–. En cuanto a
vosotros, identificaos con los símbolos grabados y descubrid el auténtico
significado de vuestro trabajo, En vez de explotar vuestras minúsculas
cualidades, en vez de engreíros exponiendo vuestro saber ante los que
empiezan, haced que penetre en vosotros nuestra regla de vida.
Dominaos, no toleréis ninguna debilidad en vosotros. Mañana seréis
libres si practicáis un conocimiento directo de la piedra que os
conducirá a vuestra auténtica personalidad. Rectificad sin cesar y
encontraréis la luz oculta en vuestras manos...”
PARA
REFLEXIONAR:
1)
¿Por qué estudiamos el tema del trabajo en el medioevo (siglos
XII-XIII)?
•
Porque el medioevo supo ver en el trabajo una actividad humana –y no
sólo del hombre– valiosa, al servicio del hombre y de la comunidad.
•
Porque el trabajo se le presentó como una actividad que involucraba
la totalidad de la persona y no sólo sus manos, o su fuerza...;
apelaba a su espiritualidad, a su inteligencia, a su voluntad.
•
Porque el sentido de la obra daba un sentido al esfuerzo del obrero,
haciendo posible el crecimiento personal.
•
Porque dicho sentido tenía un sólido fundamento religioso (no
olvidemos que se trataba deuna
sociedad teocéntrica), que hacía posible “la oración del trabajo,
o el trabajo como oración”.
•
Porque en ese contexto la competencia, la emulación, el deseo de la
excelencia no eran vanidad sino virtud.
•
Porque así entendido el trabajo no alienaba al hombre ni lo apartaba
de una vida humana.
•
Porque en tiempos que tan falsamente fueron llamados “noche oscura
de la Humanidad”, el trabajo se daba en un contexto corporativo
–gremio, cofradía o corporación– que defendía y promovía el
trabajo, la obra y al obrero, a través de la formación del obrero
como persona y en el oficio, a través de la responsabilidad por la
excelencia de la obra realizada, y a través de la defensa de los
intereses de la corporación y de los beneficios otorgados a los
cofrades y sus familias (hospedajes, salarios, atención médica,
asistencia en los viajes, etc.).
2)
¿Por qué estudiamos la educación para el trabajo?
•
Porque la educación que impartían los maestros de las corporaciones
de artesanos era una formación integral, que al tiempo que procuraba
una capacitación profesional en la artesanía de su competencia,
formaba en el alumno una fuerte conciencia moral con fundamento
religioso, un gran sentido de solidaridad, y la actitud responsable
ante la sociedad.
•
Porque fomentaban en el alumno el deseo de la excelencia en cuanto a
la obra, pero no descuidaban el sentimiento de humildad con que debían
situarse ante ella: la obra no era para su gloria sino para la gloria
de Dios.
•
Porque enseñaban a trabajar en equipo, con integración.
•
Porque era una enseñanza gradual que en el siglo XIII será adoptada
por las Universidades: a los grados de aprendiz, oficial y maestro en
el taller, corresponderán los de alumno, bachiller y maestro o doctor
en la Universidad.
Gillet,
Luis. La
catedral viva.
Madrid: Ediciones y Publicaciones Españolas, 1946. 277 p. [Colección
“Sol y Luna”]
Homet,
R. Sobre la educación medieval: estudio
preliminar, selección y traducción de fuentes.Buenos Aires:
Tekné, 1979. 184
Jacq,
Christian yBrunier, François. El mensaje
de los constructores de catedrales.
Barcelona: Plaza & Janes, 1976.