ABSTRACT:
Curso Historia General de la Educación,
impartido por la profesora Azucena Fraboschi de la Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad Católica Argentina durante el
curso 2002-2003 dentro de la asignatura de primer año: Ciencias de la
Educación. El curso desarrolla y analiza la Historia de la Educación
Antigua y Medieval en cuatro bloques: LOS
ANTECEDENTES DE LA EDUCACIÓN EN EL MUNDO OCCIDENTAL Y CRISTIANO,
LA EDUCACIÓN INSTITUCIONALIZADA
EN EL MUNDO HELENÍSTICO-ROMANO (PERÍODO
IMPERIAL),
EL ENCUENTRO DE LA CULTURA CLÁSICA Y LA EDUCACIÓN CRISTIANA EN LA EDAD
MEDIA (S. V-X) y
FORMAS DE LA
EDUCACIÓN EN LA BAJA EDAD MEDIA (SIGLOS
XII-XIII). El curso se complementa al impartido por la profesora Clara Inés
Stramiello y que analiza la
Historia General de la Educación Moderna y
Contemporánea. .......................................
Los
primeros siglos del Medioevo parecieron ignorar la visión
agustiniana de la Ciudad de Dios construyéndose aquí en la tierra
por obra de esos cristianos cultos cuya formación propuso. Las
invasiones de los bárbaros traían consigo otras urgencias. Hasta
que llegó Carlomagno –asiduo lector de San Agustín–, quien al
mismo tiempo que detenía los avances de los invasores, daba alas a
la concreción del proyecto del obispo de Hipona, esbozado en su
tratado sobre La cultura cristiana.
En
su prólogo a la Vida de Carlomagno escrita por Eginardo
pocos años después de la muerte del emperador, Walafrido Strabón,
maestro de uno de los nietos del rey, dice:
“De
todos los reyes, era el más deseoso de buscar a los sabios y
procurarles lo necesario para que pudiesen dedicarse al cultivo de
la sabiduría con entera comodidad, y de esa manera devolver a
Dios un reino luminoso en toda su vastedad y capaz de ver, gracias a
la claridad divina –reino que había recibido de Dios envuelto en
una bruma y, por así decir, casi ciego por la ignorancia del bárbaro
ante la nueva irradiación de todo este saber–.”[1]
Tal
podría ser el enunciado de la renovatio carolingia, empresa
en la que el rey puso toda su vida y sus esfuerzos, y que de alguna
manera resultó coronada por el éxito, aunque tan sólo fuera un éxito
parcial y poco duradero. Pero, ¿cómo comenzó, y por qué? ¿Cuál
fue su génesis?
Cuando
el entonces Carlos –de veintiséis años– asume el poder
juntamente con su hermano Carlomán (año 768) a la muerte de su
padre Pipino el Breve, algunos acontecimientos en el reino y en su
vida personal ya han dejado fuerte huella. Hagamos una somera revisión
de los mismos.
•
La dinastía merovingia ha sido destronada del reino de los francos
por Pipino el Breve (año 751), hijo de aquel Carlos Martel que
detuviera el avance de los musulmanes en la batalla de Poitiers (año
732). Dueño de un poder usurpado, desea legitimarlo mediante la
coronación, que podría pedir al Papa. Una feliz coincidencia se lo
facilita. Los lombardos marchan sobre Roma, y el papa Esteban II
pide ayuda al emperador bizantino Constantino II y a Pipino, puesto
que mantenía buena relación con la corte franca. Sólo acude en su
auxilio el segundo, quien lo hace escoltar a la Galia, en la primera
visita de un pontífice al reino bárbaro (enero del 754). Carlos
tiene por entonces once años y medio.
•
La escena que allí tiene lugar seguramente se imprimió fuertemente
en el alma del muchacho (que años más tarde la reprodujo). “En
presencia de la familia real y de los señores y prelados más
eminentes del reino, el rey echó pie a tierra. Después se postró.
Seguidamente, incorporándose, tomó las riendas del caballo papal.
Así anduvieron unos momentos: el rey de los francos caminando a pie
y conduciendo el caballo por las riendas, como un escudero. [...]
Llegados a palacio, cambiaron las tornas. Esta vez fue el papa quien
se arrodilló, implorando ayuda.”[2]
La grandiosidad de los cortejos, la actitud impensable del rey bárbaro
frente al anciano sacerdote, debieron dar al muchachito una vivencia
muy especial de la religión católica y de las relaciones entre el
poder político y el poder religioso, y tal vez pudiéramos pensar
que aquí comenzó todo.
•
Pipino auxilió al pontífice, y le donó tierras del rescatado
exarcado de Ravena (juntamente con Roma, estas tierras fueron el
origen de los Estados Pontificios, que subsistieron hasta el siglo
XIX); Esteban II ungió a Pipino y lo proclamó rey de los francos y
patricio de los romanos[3],
título éste que lo hacía protector oficial de Roma y sus
habitantes y, por ende, de la Santa Sede. También, y bajo pena de
excomunión, el papa prohibió a los francos elegir rey fuera de la
familia que acababa de consagrar (también Carlos y su hermano habían
sido proclamados). La unción con el óleo sagrado, y su proclamación
a esa edad y en el ámbito de una tan fastuosa ceremonia no deben
haber sido fácilmente olvidables, y tienen que haber merecido una
concienzuda reflexión en más de una oportunidad.
•
Mientras tanto, en Sajonia, un pueblo germano, pagano, resiste la
civilización y la religión. En el año 719 el papa Gregorio II
había enviado como legado suyo a esas tierras al monje anglosajón
Winfrido, llamado en su misión Bonifacio (“el que hace el
bien”), quien recorrió las tierras germanas evangelizando infatigablemente[4],
en una misión que lo tuvo mártir en el año 754 (el mismo año de
la coronación de Pipino). Durante todo su reinado, Carlomagno
luchará contra el espíritu independiente y el paganismo de los
sajones.
En
el año 771 muere Carlomán, y Carlos queda solo en el poder.
Su
reinado está signado por guerras emprendidas contra diversos
enemigos: los lombardos, los sajones, los bizantinos, los árabes,
etc., algunos de ellos enemigos del Papado que el rey tiene que
combatir en virtud de ser “patricio de los romanos”. En la
Navidad del año 800, y ante la situación planteada en
Constantinopla por la emperatriz regente Irene –quien había
cegado a su hijo para impedirle la llegada al trono y se había
asentado en él– fue coronado emperador del Sacro Imperio
Romano por el papa León III, hasta su muerte en el año 814.
Cuando
Carlomagno asumió el trono, el reino se encontraba absolutamente
fragmentado en señoríos que no se relacionaban casi con la corte
real –de hecho casi no existía poder central–, que mantenían
sus propias campañas bélicas contra los bárbaros, con distinta
suerte. En materia de cultura, los pueblos de diversos orígenes que
habitaban la Galia o no habían conocido la civilización romana, o
bien la habían olvidado: hasta el idioma latino habían perdido
debido a la carencia de escuelas. También en lo que a religión se
refiere –a la religión católica nos referimos– había una
gran ignorancia, habiéndose introducido además muchas
supersticiones provenientes del paganismo. Por consiguiente, varias
eran las empresas que el rey tenía por delante: definir y
consolidar las fronteras, colocando en ellas señoríos fuertes
y leales capaces de mantenerlas libres de los bárbaros y de toda
otra invasión o usurpación y celebrando, cuando ello era posible,
alianzas y pactos con los señores de las diversas regiones; organizar
políticamente el Estado mediante una política centralizadora
sustentada en la legislación abundante, la comunicación permanente
con todos los territorios a través de unos funcionarios que ya
existían, los missi dominici, los enviados del señor o
embajadores, y un fuerte sentido del poder que debe acompañar a la
autoridad; finalmente, encarar el fortalecimiento religioso,
casi podríamos decir la conversión de su reino, procurando
acabar con la inmoralidad de las costumbres, mediante la instrucción
del clero y de los monjes primero, y del pueblo después. Esto lo
llevó a implementar una política cultural y educativa.
En
lo que hace a su vasto reino, las numerosas campañas bélicas
emprendidas, principalmente las guerras con Sajonia (motivadas por
el espíritu indomable de independencia de ese pueblo, pero también
por la voluntad del rey de convertir a los paganos sajones al
catolicismo, aunque fuere por la fuerza), con los lombardos
(permanente amenaza al Papado y a Roma, de los que era protector en
su carácter de “patricio de los romanos”) y con Constantinopla
y el Imperio bizantino (siempre aliado de los enemigos de
Carlomagno), lograron unir todo el territorio bajo su único mando,
aunque no llegó a formar una nación cohesionada, sino dominios que
se juramentaban leales ante la fuerza de las armas.
La
actitud del rey hacia los sajones motivó en el año 796 una
intervención de Alcuino, sabio monje, maestro y consejero de
Carlomagno.
El caso es que los esfuerzos militares y la legislación
coercitiva[5]
orientados a someter y convertir a esos paganos fracasaban sistemática
y estrepitosamente, sin que el monarca atinara a saber por qué. El
monje supo ver que, por una parte, esos pueblos tenían en gran
estima a sus dioses y sus cultos ligados a sus tradiciones, y no
alcanzaban a discernir la superioridad de la propuesta cristiana,
relacionada además con una cultura que nada les decía; por otra
parte, los sacerdotes se les presentaban al mismo tiempo que los ejércitos,
los bautizaban, les exigían de inmediato el cambio de conducta y de
costumbres y el pago de diezmos. Para lo primero, Alcuino pedía
misioneros que instruyeran a los sajones en el conocimiento de los
Evangelios y en las verdades de la fe, en forma gradual, con dulzura
y paciencia a la manera como San Pablo aconsejaba que se diera leche
hasta que llegara el tiempo del alimento sólido y sustancioso; para
lo segundo, criticaba el uso de la fuerza recordando las palabras de
San Agustín sobre la fe, asunto de voluntad y no de obligación, y
pedía que se renunciara provisionalmente al cobro del diezmo a los
nuevos conversos. El rey atendió el pedido de Alcuino y procuró
atenuar las disposiciones tomadas hasta el momento.
Esta
idea de la conversión de su reino está muy ligada a su condición
de rey cristiano, de una manera y un momento muy singulares.
Ha sido ungido y consagrado desde niño por el Papa, se ha
convertido en protector del Papado, y es el único rey cristiano de
un reino tan grande y con tanto poder: su reino tiene que ser un reino
cristiano. Todo esto recuerda Carlomagno al papa León III en
una carta que le dirige en el año 796:
“Al
igual que contraje con vuestro predecesor [Adriano I] un lazo
sagrado de paternidad, así deseo formar con Vuestra Beatitud la
misma unión de fe y de caridad inviolable; a fin de que, con la
Gracia de Dios y con las súplicas de los Santos, pueda gozar en
todo de los efectos de la bendición apostólica, y pueda defender
para siempre la Santa Sede de la Iglesia Romana. Pues es a mí,
con el auxilio de la divina Piedad, a quien corresponde defender a
la Iglesia de Jesucristo contra los ataques de los paganos y los
saqueos de los infieles; y fortalecerla interiormente, haciendo
reconocer por doquier la fe católica. Y a Vos corresponde, muy
Santo Padre, ayudar a los esfuerzos de nuestros ejércitos
elevando las manos hacia Dios, al igual que Moisés, a fin de que
por vuestra intercesión y la gracia de Dios el pueblo cristiano
consiga siempre la victoria sobre los enemigos de Su Santo Nombre, y
que el nombre de Nuestro Señor Jesucristo sea glorificado en todo
el Universo.”[6]
Dicho
de otro modo: Carlomagno concede al Papa la oración como dominio
propio, y se reserva todo lo demás. Pero esto es lo que ha visto
que se daba, con matices, en la relación de su padre con el papa
Esteban II; esto es lo que concluye de los constantes pedidos de
auxilio que ha recibido los pontífices; esto es lo que entiende que
significa su título de “patricio de los romanos”, siendo Roma
la sede papal. Esto es ser un rey cristiano.
Y
es por ello que interviene activamente y bajo diversas
circunstancias en tres cuestiones teológicas de gran vigencia en su
época: la cuestión de las imágenes (planteada con la
emperatriz Irene de Bizancio y a propósito de la resolución del
Concilio de Nicea en el año 787, resolución que le llega en una
mala traducción[7]
que le hace declarar cismático lo resuelto por el Concilio); la herejía
del adopcionismo[8]
(posición sustentada por el obispo español Félix de Urgel, a
quien hizo comparecer el rey ante un Concilio convocado y presidido
por él en Francfort, el año 794, donde fue condenada su herejía);
la cuestión del “Filioque”[9],
reconocida por el Concilio de Toledo del año 589, aunque no
incorporada por la Iglesia de Roma, ni reconocida por la de Bizancio
(en ese mismo Concilio de Francfort, Carlomagno proclama la conclusión
de Toledo). En alguna medida, el rey define esa fe católica que ha
de hacer reconocer en su reino cristiano, para fortalecimiento de la
Iglesia, según había proclamado.
A
su concepción del reino cristiano no fue ajena una obra de San
Agustín: La Ciudad de Dios. En efecto, narra su biógrafo
Eginardo que “mientras cenaba, escuchaba algo de música o bien
a un lector que le leía historias y las hazañas de los hombres de
la Antigüedad. Se deleitaba con las obras de San Agustín, y
principalmente con aquella titulada La Ciudad de Dios.”[10]
San Agustín fue testigo de la decadencia del Imperio Romano –en
gran parte debida a la corrupción de las costumbres–, y del
inicio de su caída con la invasión de Roma por Alarico en el año
410, y el asedio de los vándalos desde tres meses antes de su
muerte (agosto del 430). Los romanos paganos acusaban al
Cristianismo por tales males, hablando de una venganza de los dioses
por entonces postergados y hasta olvidados. En parte para hacer
frente a tales acusaciones, y en parte para la comprensión de la
historia como gobierno de Dios y Su justicia, el obispo de Hipona
escribió, entre los años 412 y 426, La Ciudad de Dios. En
ella habla de dos ciudades, la de Dios, en la que imperan el amor a
Dios, la perfección y la justicia divinas, y la ciudad terrena,
lugar de egoísmos, de pecado y de todo género de males. El hombre,
según que viva de acuerdo a la norma del amor a Dios, puede
contribuir a elevar la ciudad terrena hacia ese paradigma que es la
ciudad celestial: aquí encontró Carlomagno su deber como rey, y su
meta. Según comenta Delperrié de Bayac,
“para
preparar la Ciudad de Dios, San Agustín quería que la
Iglesia tuviera un derecho de vigilancia sobre el Estado y que éste
fuera su brazo secular. La idea del señor Carlos era muy diferente.
Él quería poner a la Iglesia al servicio del Estado, pero
dejando sentado que el Estado se reconoce pastor y misionero.”[11]
Precisamente
para cumplir su misión, ese Estado requiere una organización que
lo haga gobernable: sólo así podrá ser pastor de las propias
ovejas y misionero o enviado hacia las que aún no lo son. ¿Cuáles
son las líneas generales de esa organización?
Carlomagno
aparece acompañado por sus consejeros (laicos o eclesiásticos),
quienes ejercen diversas funciones en palacio; en otoño o invierno
son convocados por el rey a una asamblea preparatoria de la gran
asamblea o asamblea general, que tiene lugar en primavera. A la
asamblea preparatoria presenta el rey diversas cuestiones referentes
a la guerra y la paz y asuntos internos del reino; se discuten, y
finalmente se elabora el temario que será tratado en la asamblea
general. Las decisiones concernientes a asuntos internos son puestas
por escrito, artículo por artículo, en lo que se conoce como un
documento o carta capitular, y así se presenta a la gran
asamblea, y es dado a conocer para su cumplimiento en todo el reino
por los missi dominici o delegados del rey. Precisamente a
través de una capitular del año 802 Carlomagno reglamentó las
atribuciones y funciones de estos enviados. Por otra parte, los
territorios del rey estaban administrados por condes, que se reconocían
vasallos del rey, con todas sus obligaciones de gobierno y
administración.
Y
llegamos al punto que debe ocuparnos principalmente: la organización
del reino, su fortalecimiento religioso en el dogma tanto cuanto en
las costumbres, la actitud misionera..., en una palabra: el reino
cristiano, todo ello suponía una cultura que no existía, o que había
sido olvidada allí donde fuera conocida. Carlomagno pone manos a la
obra, y encara una política cultural y educativa.
1.
La política educativa de Carlomagno: la legislación y las
realizaciones
Cuando
Carlomagno subió al trono, la situación cultural era muy
deficiente, y mucho más aún si se la compara con la cultura latina
vigente en la península itálica, o bien en los monasterios y
escuelas celtas. Por lo general, el pueblo no hablaba ni entendía
el latín, y a este respecto la situación de los nobles no era
mucho mejor,
y tampoco la de los sacerdotes y monjes, pues si bien
la Misa se celebraba en latín, y en esa lengua se administraban los
sacramentos, y tenía lugar la lectura de la Biblia y de los
comentarios sobre la misma, lo cierto es que se cometían muchos
errores. En realidad, los sacerdotes, instruidos en alguna escuela
episcopal o monástica, o directamente por algún sacerdote mayor,
aprendían de memoria las fórmulas más necesarias para el
ejercicio de su ministerio, pero no conocían la gramática ni la
sintaxis, y también se equivocaban en la escritura, además de
ostentar una caligrafía deplorable.
Esta
situación no difería mucho de la del rey mismo. En efecto, su
educación, al igual que la de cualquier noble, se cimentaba
fundamentalmente en una buena preparación física y en la destreza
para montar y manejar las armas, en función de la cacería como
deporte y de la guerra como necesidad. Su madre había insistido en
brindarle el conocimiento de la Sagrada Escritura, conocimiento que
Carlomagno supo aprovechar; pero a leer aprendió mucho más tarde,
y nunca pudo escribir bien. En ocasión de sus viajes a Italia tomó
una conciencia cada vez mayor de sus escasos conocimientos y de cuán
lejos estaban, él y su reino, de una cultura que aparecía
identificada con el Cristianismo, tanto en lo que hace a la
intelección y comprensión de la religión y de la cosmovisión que
le es propia, cuanto en lo referente a las costumbres. No tardó en
buscar el remedio.
En
Pavía convenció al gramático Pedro de Pisa y lo llevó consigo a
la corte, nombrándolo su maestro. Con él se aplicó al estudio
de la gramática latina y de la literatura, intentando también el
aprendizaje de la escritura.
Otras muchas figuras de la cultura de
la época atrajo a su corte, como el erudito Pablo el Diácono, pero
el impulso decisivo se debió al monje celta Alcuino de York
(oriundo de Northumbria, educado en la escuela episcopal de York
–de la que también fue director[12]–
por un discípulo de Beda el Venerable), con cuya colaboración y estímulo[13]
contó a partir del año 782. La escuela de York reunía las
tradiciones escolares del sur de Inglaterra por una parte
(propulsadas por la reforma cultural de Teodoro de Tarso) y de las
escuelas irlandesas expandidas por el norte de Inglaterra, por otra.
Precisamente fue un irlandés, Clemente, quien sucedió a Alcuino al
frente de la escuela, en ocasión de su retiro al monasterio de
Tours, y no fueron pocos los maestros irlandeses que se desempeñaron
en palacio (el gramático Cruindmelo, el poeta Dungal). También los
sucesores de Carlomagno favorecieron a los maestros de allende el
Canal de la Mancha: Luis el Piadoso cuidaba del geógrafo irlandés
Dicuil, Lotario II protegió al poeta Sedulio, fundador de la
escuela de Lieja, y Carlos el Calvo honró su reinado con las
presencias de Elías al frente de la escuela de Laon, Dunchad en
Reims, Israel en Auxerre, y Juan Escoto Eriúgena, el más célebre
de los maestros irlandeses, quien fue director de la escuela
palatina. Estos maestros añadieron al plan de estudios diseñado
por Carlomagno una fuerte presencia de los estudios en lengua griega
(los escritos de los neoplatónicos en filosofía, y los Padres
griegos en lo que hace a la Sagrada Escritura).
Una
de las primeras tareas de Alcuino fue la reorganización de la escuela
palatina, institución ya existente para una pobre educación de
los niños, que a veces respondían y a veces no.
Bajo la dirección
del celta la escuela recibió también a los adultos –el rey, el
primero–, y basó el plan de estudios en las siete artes
liberales. El trivium era enseñado por colegas y discípulos
que Alcuino había hecho venir de Gran Bretaña para ayudarlo en su
tarea, en tanto él y los otros dos grandes maestros (Pedro y Pablo)
se ocupaban del quadrivium. Habitualmente la enseñanza
guardaba el estilo catequético (método de preguntas y respuestas)
en torno a temas de interés tal vez inmediato u ocasional. Todo
apasionaba al rey: aprendió rudimentos de griego con Pablo,
astronomía con Fredegiso, Alcuino y Duncan..., y la retórica
ciceroniana con Alcuino, llegando a expresarse con gran corrección
y elocuencia. A veces se conversaba, se proponían acertijos, se
hacían bromas con temas de estudio, para aprovechar todos los
tiempos posibles, sin generar fatiga o aburrimiento. La lectura de
las Sagradas Escrituras, y las discusiones teológicas
no estaban ausentes, antes bien, estas últimas apasionaban a todos
por su gran actualidad. Alcuino introdujo además una novedosa práctica
de interés metodológico, que sería retomada por la pedagogía
jesuita del siglo XVI: se trata de imponer seudónimos a sus
alumnos, tomados de la cultura clásica o bien de personajes de la
Biblia. Ello los familiarizaba con los nombres, pero también con
las personas históricas, sus vidas, sus características, las
razones de su presencia en la historia y las lecciones que
brindaban, en lo que tenían de imitable o bien de evitable.
Para
paliar la falta de textos, estos maestros compusieron varias obras;
así por ejemplo, Pablo el Diácono escribió obras gramaticales,
historias,
y un Homiliario (recopilación de sermones sobre
la Sagrada Escritura, con comentarios de Padres de la Iglesia) que
por disposición del rey fue enviado a los lectores de las iglesias,
para que tuviesen texto y doctrina confiables[14];
el visigodo Teodulfo de Orléans escribió poemas que trataban de
dogma y de moral, y también de los pequeños temas de todos los días,
Fredegiso compuso un tratado de astronomía, y el propio Alcuino
aportó, entre otros títulos, Diálogo de Pipino con su maestro,
Disputa entre el rey Carlos y el maestro Albino [seudónimo de
Alcuino] sobre la retórica y las virtudes (conocida también
como Retórica), Problemas para agudizar el ingenio de los
jóvenes, etc. Pero más allá de estos manuales, se leían
otras obras como las de Aristóteles, Cicerón, Virgilio, Ovidio
entre los clásicos, y el infaltable Marciano Capella (Las bodas
de Filología y Mercurio), Boecio (con su Consolación de la
filosofía y las traducciones de Aristóteles), Casiodoro (con
su Introducción a la literatura sagrada y profana), San
Isidoro de Sevilla (y sus Etimologías) y Beda el Venerable
con su muy reciente Historia de Inglaterra, entre otros.
Todas estas obras se copiaban para multiplicar la disponibilidad y
facilitar el estudio, actividad que vino a poner en evidencia otra
de las falencias culturales en el reino, a la que hicimos alusión
en nota, y de la que hablaremos luego.
También
se estudiaba canto, pues Carlomagno tenía gran admiración por la música
litúrgica, que le había deslumbrado en ocasión de sus visitas a
Roma, de donde hizo venir clérigos que enseñaran en la escuela y
al clero de las diversas diócesis.
Ésta era una de las asignaturas
preferidas de sus hijas, quienes asistían a la escuela por
disposición de su padre, y debían aprender, además de todo cuanto
aprendían los varones, las habilidades femeninas del hilado, el
telar y el bordado. Además concurrían a la escuela palatina los
hijos de los nobles, los aspirantes al sacerdocio que demostraran
condiciones notables (o los que ya eran sacerdotes pero podían y
querían ampliar su cultura), y aquellos jóvenes que se preparaban
para desempeñar diversos cargos en la corte del rey, como los
futuros missi dominici. Desde ese verdadero foco irradiante
de cultura, los príncipes, los nobles, los sacerdotes y los
funcionarios eran distribuidos por todo el país, multiplicándose
así la acción cultural de la escuela palatina. Pero no bastaba.
Había que empeñar una tarea de gobierno, llevar a cabo una política
educativa para que la reforma, la renovatio, fuera en verdad
eficaz.
Para
ello Carlomagno recurrió a cartas y a las capitulares:
detectado un problema, advertía, aconsejaba o bien producía una
solución con carácter legislativo y exigiendo el cumplimiento, que
supervisaba. Veamos algunos casos.
Hay
una interesante carta sobre el cultivo de las letras
(lectura, escritura, literatura, etc.) dirigida al abad de Fulda,
Baugulfo, y en él a obispos y abades, hacia finales del siglo VIII.
En ella, al tiempo que les recomienda que lleven una vida ordenada
de acuerdo a los preceptos de la religión, les dice que “deben
también poner celo en el estudio de las letras, y enseñarlas
a quienes con la ayuda de Dios pueden aprenderlas, y a cada uno según
su capacidad. De este modo, mientras que observar bien la regla
sostiene la honestidad de las costumbres, el cuidado de aprender y
de enseñar pondrá orden en el lenguaje, a fin de que los que
quieren complacer a Dios viviendo bien, no descuiden complacerlo hablando
bien”[15].
Porque de varios monasterios le han llegado cartas donde los monjes
multiplican sus muestras de buena voluntad asegurándole sus
oraciones pero, dice Carlomagno, “lo que una sincera devoción
dictaba fielmente al pensamiento no podía expresarlo al exterior un
lenguaje adecuado, a causa de la negligencia que afecta a los
estudios. Por eso hemos empezado a temer que si faltaba la ciencia
en la manera de escribir, hubiera también gran merma en la inteligencia
que se precisa para interpretar las Sagradas Escrituras”[16].
En realidad, muchas veces las notas eran ininteligibles en cuanto a
la caligrafía, la ortografía, la sintaxis..., y el rey temía que
la confusión estuviese no sólo en el papel sino también en la
mente. Los exhorta a aplicarse al estudio y les recuerda que “como
en los libros sagrados hay figuras, tropos y otros ornamentos
parecidos [tecnicismos del estilo], no quepa la menor duda de que
cada uno, al leerlas, captará más rápidamente el sentido
espiritual si antes ha sido adiestrado por la enseñanza de las
letras”[17].
Es, otra vez y siempre, el consabido esquema del valor formativo,
propedéutico y cultural de las artes liberales. Y concluye: “Pues
deseamos que seáis como conviene a los soldados de la Iglesia, piadosos
por dentro, doctos por fuera, reuniendo la castidad de una vida
santa y la ciencia de un buen lenguaje, para que todo hombre que os
visite por el amor de Dios y para ver de cerca la santidad de
vuestras costumbres, al mismo tiempo que sea edificado por
vuestro espíritu, se ilumine con vuestra sabiduría, la
reconozca en vuestras lecciones o en vuestros cantos sagrados, y
regrese lleno de gozo dando gracias al Señor Todopoderoso”[18].
Pero
tal vez uno de los documentos más importantes es el denominado “Admonición
General”, que data del año 789, dirigido a eclesiásticos de
toda jerarquía y a los dignatarios del poder secular. Parte de la
consideración de las misericordias y gracias que Dios ha derramado
sobre el reino, y que deben ser agradecidas con la alabanza de las
buenas obras, y su primer mensaje es para los obispos a quienes pide
solicitud en el cuidado de los sacerdotes y monjes de su jurisdicción,
a fin de que convenzan con buenos ejemplos y exhortaciones a quienes
se alejan de la sana doctrina de los concilios, o bien de las
disposiciones canónicas que deben regir la vida y el ministerio de
los sacerdotes. Para que se cumpla, dicta una serie de medidas y envía
a sus legados (missi dominici) para que colaboren.
Sabe
el rey que es una práctica común ordenar sacerdotes sin una
preparación previa, incluso sin vocación alguna a veces, siguiéndose
de allí los errores y las formas de vida poco edificantes;
prescribe pues que el obispo examine la fe (es decir, los
conocimientos de la doctrina cristiana, dogmas y disposiciones
eclesiásticas y litúrgicas de la Iglesia) y la vida de quienes se
presentan como candidatos, y que sólo después de aprobada esta
instancia reciban la ordenación, nunca antes de los treinta años[19].
Prohíbe la presencia de mujeres en la vivienda de los eclesiásticos,
la asistencia a tabernas, y también les veta la práctica del préstamo
a interés; les pide una estricta obediencia a su obispo, que en la
iglesia se lean tan sólo los libros canónicos, que sacerdote y
monje se dediquen a sus asuntos sin entrometerse en los intereses de
los seglares. Enfatiza la lectura y predicación de la doctrina
católica a todo el pueblo, y fervorosamente, por parte de obispos y
sacerdotes.
Todas
estas disposiciones hablan a las claras de cuál era la situación
del clero en esa época, en la Galia: un clero rudo, sin
conocimientos, con costumbres reprochables, venal, desobediente, que
descuidaba a la feligresía..., y los obispos no eran mucho mejores,
aunque sí más ambiciosos. ¡Y éstos eran quienes tenían que
educar al pueblo, inculcarle las verdades de la fe que deberían
modificar sus costumbres, teniendo para ello a la vista los ejemplos
de vida de sus pastores! Se ve por qué Carlomagno da tanta
importancia al tema en sus disposiciones de esta capitular.
En
cuanto a los laicos, pueblo y dignatarios, enfatiza la necesidad de
procurar la paz, la concordia y la unión entre todos, para lo cual
es indispensable, en primer término, la justicia. Para ello pide
a los jueces el conocimiento de las leyes, no sea que la
ignorancia los haga incurrir en un error de juicio; pero también
les advierte que no se aparten del juicio justo por afectos, por
venalidad o bien por el temor, para no ser inicuos. Previene contra
el perjurio, y también contra los males que ocasionan el odio y la
envidia. Recuerda el deber de honrar a los padres, y el precepto de
acoger a extranjeros y a pobres en lugares habilitados a tal efecto
por parroquias y monasterios.
A
los sacerdotes encarece la existencia de “escuelas para la
instrucción de los jóvenes. Corregid correctamente, en
cada monasterio u obispado, los salmos, la escritura, cantos, cálculo,
gramática y los libros católicos; pues ocurre a menudo que
algunos, cuando su deseo es rezar bien ante el Señor, rezan mal,
dado que los libros no están corregidos. Y no permitáis que éstos
dañen a vuestros jóvenes que los leen o copian; y si es preciso
copiar el Evangelio, el Salterio o el misal, que dicha labor recaiga
sobre los adultos y que la lleven a cabo con la máxima
aplicación”[20].
Continúa la preocupación del rey por la educación no sólo del
clero y de los monjes, sino del pueblo, para la que da un programa
de formación elemental. También vemos nuevamente la referencia a
la mala calidad de los manuscritos de que se disponía, puesto que
pide su corrección; la copia de aquellos que tienen que ver con la
religión y su culto es una tarea que reserva a los adultos, porque
su equilibrio emocional, su estabilidad anímica y su dominio de sí
mismos les permiten aplicarse a la tarea con gran atención y
perseverancia, teniendo además la comprensión de los textos que
ayuda a la excelencia del trabajo.
Finalmente
se dirige nuevamente a obispos y párrocos: “Los sacerdotes que
enviáis a través de vuestras parroquias para dirigir y evangelizar
en las iglesias al pueblo consagrado a Dios deben predicar bien y
dignamente; y no permitáis que algunos inventen según su propio
sentimiento cosas nuevas o no canónicas y prediquen al pueblo sin
seguir las Santas Escrituras. Debéis predicar e instruir a los
vuestros sobre lo que es útil, digno y verdadero, y sobre lo que
nos lleva hacia la vida eterna, a fin de ellos prediquen lo mismo”[21]
Y a continuación da una síntesis de temas que debe tocar la
predicación, tanto referidos al dogma de fe cuanto a las
costumbres. Se trata de la educación del pueblo por la Iglesia,
siguiendo las pautas del monarca, para la realización del reino
cristiano.
La
preocupación de Carlomagno y toda su diligencia no dejaron de dar
frutos. La escuela palatina y el medio cultural que formó, con
difusión por todo el país, fue tal vez el primero y más
inmediato, pero no el único.
Proliferaron en el país las escuelas
de enseñanza elemental (elementos de doctrina cristiana, canto
eclesiástico, rudimentos de gramática, algo de cálculo) impartida
por los sacerdotes en las parroquias; también en los monasterios y
en dependencias de las catedrales se impartió una enseñanza
equivalente a la del gramático, que estaba originalmente destinada
a futuros monjes o miembros del clero, pero que fue abriéndose
para los jóvenes interesados en recibir una formación en las artes
liberales. A la enseñanza se añadían los elementos de formación
religiosa: verdades de la fe, disposiciones de la Iglesia, la oración
y la liturgia, los cantos, etc., todo lo cual respondía a la
voluntad expresa del rey.
Como
datos para ayudar a nuestra imaginación, añadiremos que estas
escuelas funcionaban en el claustro de un monasterio (las escuelas
monásticas) o en dependencias de la iglesia (escuelas parroquiales)
o bien en la plaza pública (escuelas ya muy populares, o abiertas,
de rara existencia y que dependían de algún maestro de gran vocación
y altruismo). El piso de las mismas estaba cubierto de paja en la
que los niños se sentaban; el único asiento, a veces con un
pupitre, estaba reservado al maestro. Las ordenanzas hablan de la
limpieza que debía reinar en la escuela, de las horas de estudio y
de la siesta a mediodía, para evitar la excesiva fatiga a los
estudiantes. Las escuelas estaban presididas por un maestro llamado scholasticus
(escolástico o maestro de escuela) o bien archischolus (el
principal en la escuela: es el equivalente de nuestro director de
hoy), secundado por sus asistentes o prefectos de disciplina –la
siempre temida disciplina–, que también enseñaban a los niños
las reglas de cortesía: cómo hablar, cómo saludar a un
extranjero, cómo comportarse en presencia de los superiores, etc.
La lección se fundaba principalmente en la lectura que el maestro
hacía del tema, y de la cual –como de las explicaciones– los niños
tomaban nota en sus tablillas de cera. Pero volvamos a Carlomagno y
su reforma.
También
de acuerdo a sus inquietudes, se multiplicó y mejoró el trabajo de
los scriptoria (el escritorio) y se enriquecieron las
bibliotecas.
En este punto debemos mencionar la adopción de una
letra, llamada minúscula carolingia, que unificó la
escritura con una letra pequeña, de hermoso diseño y fácil
lectura y escritura. Los comienzos de esta letra se dieron en los
monasterios de Irlanda e Inglaterra, de donde fueron traídos al
continente, primero a la abadía de Luxeuil, y de allí a Corbie,
fundación de la anterior, donde se benefició con mejoras que
motivaron su adopción por Alcuino, por entonces retirado de la
corte y abad en el monasterio de San Martín de Tours (año 796).
Alcuino trabajaba activamente en el scriptorium, puliendo
criterios editoriales (mayúsculas romanas para los títulos,
semiuncial para el prefacio, minúsculas para el texto, etc.),
corrigiendo trabajos, dirigiendo a los copistas, para obsequiar al
monarca (en la Navidad del año 801 le entregó una copia de la
Biblia traducida por San Jerónimo[22]
–la Vulgata– iluminada y muy cuidada en su producción),
acrecentar la biblioteca del convento y disponer de ejemplares para
intercambio. Cuando él o alguno de sus colaboradores localizaba en
alguna biblioteca una obra rara, o considerada difícil de obtener,
no paraba hasta arbitrar los medios para conseguirla, o bien
copiarla. En general, y según se desprende de inventarios exigidos
por el sucesor de Carlomagno, Luis el Piadoso (Ludovico Pío), las
bibliotecas de las abadías (Saint-Riquier, Fleury-sur-Loire, Fulda,
Corbie, entre otras) y de catedrales (Lyon por ejemplo) se hallaban
muy bien provistas.
Precisamente
a una de las abadías más importantes, a Fulda, perteneció Rabano
Mauro. Este notable monje, siendo joven, había oído hablar en términos
muy elogiosos de Alcuino, y solicitó a su abad autorización para
estudiar junto al anciano ya recluido en Tours; la obtuvo, y fue así
como se perfeccionó en el conocimento de los clásicos y de las
ciencias. De regreso en Fulda fue puesto al frente de la escuela monástica
y desde allí procuró implementar la reforma de los estudios
propiciada por el emperador, pero tropezó con la actitud del abad
Ratgar, quien prefería que sus monjes se dedicaran a la construcción
de iglesias antes que al estudio y, para asegurarse de que así
fuera, cerró la escuela y confiscó los libros del maestro. Por
esas vueltas que tiene la vida –que es otra forma de aludir a los
inescrutables designios de Dios– al tiempo Rabano Mauro llegó a
ser abad de Fulda, y pudo entonces continuar con sus actividades, lo
que también hizo cuando fue designado arzobispo de Mainz. Pero no
se interesó sólo por la educación en las escuelas –uno de los
aspectos de la renovatio carolingia– sino también por la
reforma de las costumbres del pueblo –el otro aspecto–, y para
ello propició la predicación del clero al pueblo y abogó por el
uso de la lengua vernácula. Gracias a su actividad la influencia de
Fulda se extendió a las escuelas de Solenhofen, Hirsfeld,
Hirschau, Reichenau, St. Gall y otras.
Un
discípulo de Rabano, Lupo Servato, abad de Ferrières, dio gran
impulso al estudio de la literatura clásica, y gracias a él y a
tantos otros el movimiento se difundió por las escuelas de Reims,
Auxerre, Laon y Chartres, y también por el sur de Alemania y el
norte de la península itálica.
Finalmente,
Carlomagno edificó palacios e iglesias, proveyó al sostenimiento y
ornato de otras que ya existían, dictó normas para su conservación
con la dignidad que correspondía a la Casa de Dios, y todo ello no
sólo embelleció su reino sino que afirmó el halo de religiosidad
y de cultura que quiso circundara a su reino cristiano, el Sacro
Imperio Romano.
2.
El final del renacimiento
carolingio
A
la muerte de Carlomagno (año 814) le sucedió Luis el Piadoso,
quien había sido educado de acuerdo a las pautas marcadas por su
padre:
era un hombre instruido, piadoso, que dominaba el latín y se
interesaba por los temas de la cultura y también por los teológicos.
Trató de seguir los lineamientos políticos y culturales trazados
por su antecesor, pero carecía de la arrolladora personalidad de
Carlomagno, y no se movilizó por el reino como él lo hacía,
perdiendo así presencia y fuerza, con lo cual los condes se
hicieron cada vez más fuertes e independientes del poder central, y
el pueblo se fue acostumbrando a rendir sus lealtades –y sus
tributos– a estos señores y no al emperador. Esta situación se
vio agravada por la partición del imperio entre sus tres hijos a la
muerte de Luis, en el año 840, y las guerras entre los hermanos
(Carlos el Calvo y Luis el Germánico aliados contra Lotario) que
finalizaron en el tratado de Verdun (año 843). Dicho tratado
estableció las bases de lo que luego serían el reino de Francia,
el de Germania y la Lotaringia, que incluía a Italia. Bajo Otón el
Grande, en el año 962, quedaría constituido el Sacro Imperio
Romano Germánico, que unía Germania e Italia. Pero mientras tanto,
se producía la fragmentación territorial y el crecimiento del
poder de los señores al mismo tiempo que su aislamiento (se pierde
la centralización del Estado), todo ello favorecido por las nuevas
invasiones de los pueblos bárbaros ante los cuales sólo existía
la urgencia de defenderse (y los necesarios lazos solidarios que
surgían entre pueblo y señor: defensa, vasallaje, lealtades,
dominio, etc.).
En
cuanto a la cultura, si bien Luis el Piadoso continuó con la
escuela palatina, no pudo mantenerla en el grado de excelencia con
el que había brillado,
pues mientras en la época de su padre los
mejores eruditos habían concurrido para dar clases en ella y
hacerla crecer hasta constituir casi un centro de estudios
superiores y una escuela de formación profesional para las
necesidades del gobierno –sea del Estado, sea de la Iglesia en
Francia–, en tiempos de Luis los mejores hombres formados en ella
no están ya en la corte, sino que se encuentran en iglesias y abadías,
ocupándose allí de incrementar la cultura: en las escuelas, en las
bibliotecas... Pero en éstas continúan los estudios, el latín
no se pierde, los copistas perseveran en su trabajo según las
pautas ya establecidas de corrección de textos y estética
editorial, y con una escritura carolingia que obtiene cada vez mayor
difusión y aceptación, en tanto los artistas iluminan bellamente
los manuscritos. En las iglesias se escuchan los cantos litúrgicos,
y se dispone de libros y ornamentos de altar y de ministros acordes
a la dignidad del culto.
Sin
embargo, va surgiendo poco a poco un abismo entre los hombres de la
cultura y el pueblo: aquéllos tienen como idioma el latín, que éstos
han perdido poco a poco para volver a la lengua romance (incluso los
nietos de Carlomagno hablan germánico y francés antiguo, no latín);
al no haber una política cultural y educativa como la emprendida
por el gran rey, los intereses de los eruditos y del vulgo ya no son
los mismos, ni siquiera a modo de respuesta a los planteos de la
leyes; la cultura va quedando fundamentalmente en manos de los
miembros de la Iglesia, al punto que clérigo y hombre culto son términos
convertibles; por fin, las invasiones de los bárbaros, al tiempo
que ponen al pueblo en la necesidad de defender sus intereses
simplemente vitales, hacen huir a los monjes del país llevando
consigo los manuscritos y todo lo que significa cultura, hacia otros
lugares de menor riesgo, que resultarán a la vez enriquecidos con
tal presencia. Entre esos lugares, la Inglaterra anglosajona de
Alfredo el Grande, quien estaba empeñado en prolongar la visión de
Carlomagno en su propio reino, para lo que envió a buscar eruditos
a las tierras francas, emprendiendo un camino inverso al que una vez
tomara Alcuino de York. La luz del renacimiento carolingio, apagada
en el reino que fuera de Carlomagno, se conservó como rescoldo en
la ceniza, para volver a brillar, tímidamente primero y rutilante
después, a partir de los siglos XI y XII, en la escuelas
catedralicias y, finalmente, las Universidades.
PARA
REFLEXIONAR:
1)
¿Por qué estudiamos a Carlomagno?
•
Porque fue un gobernante cristiano con plena conciencia de ser lo
uno y lo otro.
•
Porque conoció que debía aprender su oficio de gobernante, pero
que previamente debía formarse como persona, lo que implica ser un
hombre culto; no desdeñó estudiar, y para ello buscó no los
maestros más complacientes, más dispuestos a ensalzarlo, sino
los mejores.
•
Porque supo ver que un cristiano no puede serlo plenamente si no está
instruido en su religión y capacitado para vivir cristianamente,
con costumbres acordes a su fe; y se ocupó de la instrucción del
pueblo, con múltiples y concretas medidas.
No
deja de ser interesante la comparación entre esa visión y la que
impera en nuestro tiempo, donde el gobernante muchas veces sólo
manda y en su propio provecho, sin un designio de gobierno que se
refiera a la nación gobernada. Donde muchos políticos se dicen
cristianos, pero actúan contra las verdades de la fe y contra las
normas morales que ellas plantean, por haber establecido una escisión
y aún una falsa opción entre sus convicciones como
personas-creyentes, y sus acciones como funcionarios-prescindentes o
neutros. Donde la religión, durante mucho tiempo, ha sido cosa de
sentimiento más que de conocimiento, y hasta se ha contrapuesto una
cosa a la otra, dando por resultado que un cristiano no sabe lo que
significa serlo ni a qué se obliga, más allá de su sentimiento de
devoción –y las prácticas de su culto– por tal o cual imagen.
Donde se habla de “bajar la religión al pueblo”, en lugar de
colaborar para que el pueblo crezca como persona y como creyente.
2)
¿Por qué se estudia la política educativa de Carlomagno?
•
Porque fue una política educativa integrada en una política de
crecimiento de la nación, que se llevó a cabo (a diferencia de la
propuesta de Platón, que nunca pasó de ser una utopía) mediante
la legislación y la adopción de las medidas pertinentes, como una
política de Estado, con criterio unitario y centralizado (en esto
se diferencia de la actitud del Imperio Romano, que nunca llegó a
concebir una política educativa integrada en una acción y una
política del Estado). Sin embargo, no anuló la actividad privada
-casi la única existente- ni le cercenó libertades, sino que contó
y trabajó con ella, a diferencia de lo ocurrido en Esparta (que sí
tenía una política educativa), donde la educación era del Estado,
a cargo del Estado y para el Estado, todo ello de manera excluyente
de toda otra posibilidad, en ningún sentido.
Es
importante recordar que casi siempre hay una política educativa, y
tenemos la obligación de saber qué principios la rigen, qué
modelo de hombre y de sociedad se propone, para qué fines, cómo se
implementa (contenidos, métodos, medidas de carácter económico,
edilicio, etc.).
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1925-31
NOTAS
[1]Éginhard. Vie
de Charlemagne. Paris: les Belles Lettres, 1947. p. 106. (vuelve
al texto)
[2]Delperrié de Bayac,
Jacques. Carlomagno. Barcelona: Aymá, 1977. P. 41.
(vuelve al texto)
[3]
Este título lo ostentaba el exarca de Ravena o virrey del
emperador bizantino; en ese momento, y debido a la invasión
lombarda, no había exarca y el título se hallaba vacante. (vuelve
al texto)
[4]
A él se debe la fundación del monasterio de Fulda. (vuelve
al texto)
[5]
La primera capitular concerniente a los sajones llegaba a decir,
en su art. 81: “Si, en lo sucesivo, cualquiera que pertenezca
a la nación sajona continúa sin bautizarse, se esconde y rehúsa
el bautismo, deseando proseguir pagano, que sea castigado con
la muerte” (Delperrié
de Bayac, ob. cit., p. 281). (vuelve al
texto)
[7]
El Concilio de Nicea había distinguido entre adoración
(reservada sólo a Dios) y veneración (actitud que podía tenerse
hacia las imágenes); la traducción que manejó Carlomagno
hablaba sólo de adoración, haciéndola extensiva a las imágenes,
lo que motivó su reacción. (vuelve al texto)
[8]
Cristo sería sólo un ser humano, adoptado por Dios para el
cumplimiento de su misión. (vuelve al texto)
[9]
En tanto un Concilio del año 381 había declarado que el Espíritu
Santo procedía del Padre, el Concilio de Toledo declaró que
procedía del Padre y del Hijo; los bizantinos, por su parte,
afirmaban que procedía del Padre por el Hijo. (vuelve
al texto)
[12]
La tarea más importante de Alcuino en York fue la preservación
de su biblioteca, a la que aportó manuscritos recogidos de sus
viajes por Europa, que compraba cuando podía, o copiaba. (vuelve
al texto)
[13]
“Si muchos se penetraran de vuestras intenciones, se formaría
en Francia una nueva Atenas. ¡Pero qué digo! Una Atenas más
bella que la antigua, puesto que ennoblecida por la enseñanza de
Cristo, superaría toda la sabiduría de la Academia. La antigua,
para instruirse, no tenía más que las disciplinas de Platón;
sin embargo, formada por las siete artes liberales, no dejó de
resplandecer; la nuestra estaría dotada además de la plenitud
septiforme del Espíritu, y superaría toda la dignidad de la
sabiduría secular.” Carta de Alcuino a Carlomagno. En: Riché,
Pierre. La educación en la cristiandad antigua.
Barcelona: Herder, 1983. p. 65-66. (vuelve al
texto)
[14]
En una circular a los lectores de las iglesias Carlomagno les
dice: “La indolencia de nuestros antepasados había casi
reducido a la nada el estudio de las letras. Nosotros nos
esforzamos en reanimarlas e invitamos a todos los que podamos
convencer con nuestro ejemplo a que se introduzcan a fondo en el
estudio de los libros sagrados. Todos los libros del Antiguo y
del Nuevo Testamento estaban desfigurados por la torpeza de los
copistas; con la ayuda de Dios, que nos asiste en todas las cosas,
los hemos corregido totalmente” (Delperrié
de Bayac, ob. cit., p. 156). (vuelve al
texto)
[15]
Carta sobre el cultivo de las letras. En: Riché,
ob. cit., p.
130. (vuelve al texto)
[19]
“Que los obispos iluminen cuidadosamente a los sacerdotes
diseminados a través de su diócesis, sobre su fe, sobre la
administración del bautismo y la celebración de las misas, para
que mantengan la verdadera fe y observen el bautismo católico y
comprendan bien las oraciones de las misas y canten dignamente los
salmos siguiendo la división de los versículos, y comprendan
bien la oración del Señor [el Padrenuestro] y la hagan
comprensible a todos por la predicación, a fin de que cada uno
sepa lo que pide a Dios [...]” (art. 70. En: Delperrié
de Bayac, ob. cit., p. 290-291). Carlomagno pide una fe
ilustrada, una piedad culta: la pietas litterata del
Humanismo y la Reforma. (vuelve al texto)
[22]
De esta Biblia existían numerosas versiones con sus variantes,
que daban lugar a diversas lecturas e interpretaciones. Tras el
trabajo de Alcuino –la corrección y el pulimiento de una versión
que quería fuera única y definitiva– se advierte la preocupación
del teólogo que era, por la pureza de la doctrina. (vuelve
al texto)