ABSTRACT:
Curso Historia General de la Educación,
impartido por la profesora Azucena Fraboschi de la Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad Católica Argentina durante el
curso 2002-2003 dentro de la asignatura de primer año: Ciencias de la
Educación. El curso desarrolla y analiza la Historia de la Educación
Antigua y Medieval en cuatro bloques: LOS
ANTECEDENTES DE LA EDUCACIÓN EN EL MUNDO OCCIDENTAL Y CRISTIANO,
LA EDUCACIÓN INSTITUCIONALIZADA
EN EL MUNDO HELENÍSTICO-ROMANO (PERÍODO
IMPERIAL),
EL ENCUENTRO DE LA CULTURA CLÁSICA Y LA EDUCACIÓN CRISTIANA EN LA EDAD
MEDIA (S. V-X) y
FORMAS DE LA
EDUCACIÓN EN LA BAJA EDAD MEDIA (SIGLOS
XII-XIII). El curso se complementa al impartido por la profesora Clara Inés
Stramiello y que analiza la
Historia General de la Educación Moderna y
Contemporánea. .......................................
1.
Los niveles: la enseñanza
elemental, la enseñanza media, la enseñanza superior
Las
escuelas romanas, en sus aspectos generales, no son muy diferentes
de las similares instituciones helenísticas, de las que son
continuidad y adaptación, a un punto tal que la enseñanza es
bilingüe: se estudian el latín y el griego, al menos hasta el Bajo
Imperio, época en que el griego queda postergado, hasta perderse.
No obstante, y en parte por la practicidad característica del
romano, y también por la progresiva decadencia del espíritu, de
los valores y de la cultura en general, se acentúa el recurso a los
libros –aparecen los manuales y las introducciones– en
detrimento del pensamiento y el juicio propio: la cultura se vuelve
libresca.
La
organización escolar contempla tres niveles de enseñanza, a los
que corresponden tres tipos de escuelas: la escuela elemental, la
media y la superior.
1.1.La escuela elemental
Es
llamada ludus litterarius (juego literario), entendiendo la
referencia al “juego” como a una actividad alejada de toda
connotación práctica. Para los antiguos el saber –como actividad
y como resultado– es desinteresado, vale y debe buscárselo por sí
mismo (aunque luego sus aplicaciones en la vida cotidiana
proporcionen alguna utilidad): humaniza al hombre, plenificando sus
capacidades específicas[1].
El
maestro, litterator (el que enseña las letras), o
bien primus magister (primer maestro) o magister ludi
(maestro de escuela), es un personaje bastante despreciado, porque
se dedica a los más pequeños en el aprendizaje más elemental[2],
y porque vive de su salario, aunque estaba muy mal remunerado. Según
cuenta Marrou[3],
“era preciso reunir un conjunto de 30 alumnos para asegurarse una
retribución equivalente a la de un artesano calificado, por ejemplo
un albañil o un carpintero”, y no era fácil encontrar tantos
alumnos, de allí que no pocas veces el maestro debiera buscar
alguna otra ocupación para redondear una suma que le permitiera
vivir. Sin embargo, con el andar del tiempo, en los últimos años
del Imperio la concurrencia a las escuelas se hizo tan numerosa que
hubo que hacer divisiones dentro de las clases, atendiéndose en
ellas a la capacidad de los alumnos, su ritmo de trabajo, sus progresos,
los temperamentos y su atención y aplicación. Los maestros
debieron ayudarse entonces para el trabajo, tomando un asistente o
bien encargando tareas de repetición a los alumnos adelantados.
El
edificio de la escuela, alquilado las más de las veces, era
un local abierto preferentemente ubicado en los pórticos del
foro, y aislado del bullicio por una espesa cortina. Por todo
moblaje tenía un asiento con respaldo (cathedra, cátedra)
situado en una tarima, para el maestro, y escabeles sin respaldo
para los alumnos, que escribían sobre sus rodillas.
A
esta escuela llegaban los niños desde sus siete años, para
dejarla alrededor de los once o doce, en pos de la enseñanza del grammaticus
o profesor de enseñanza media. También las niñas concurrían al
establecimiento, si bien a veces se les ponían preceptores privados[4],
con mayor frecuencia que a los niños. Llegaban al alba, desde
octubre hasta julio (el año escolar tenía una duración de unos
ocho meses), acompañados de su pedagogo (paedagogus) o
esclavo acompañante, necesario por los peligros de la calle. Por
otra parte, este esclavo podía también ayudar al niño con sus
lecciones y, bien elegido, asumía la responsabilidad de la formación
moral de su amito.
La
jornada era de doble escolaridad, si bien el niño volvía a
su casa para un almuerzo liviano. A la tarde concurría a las termas
para un baño, y no parece que hubiera otra actividad física, a
diferencia de la dedicación que los griegos ponían al cultivo del
cuerpo en el gimnasio.
Fundamentalmente
el programa consideraba la lectura y la escritura, por
el engorroso método de memorizar primero el nombre de las
letras, luego combinarlas para formar sílabas, y finalmente
palabras. Quienes dominaban las letras recibían el nombre de abecedarii,
syllabarii quienes conocían las sílabas y nominarii
los que manejaban bien las palabras. Luego se trabajaba con frases
breves –máximas morales[5]–
que, al tiempo que los ejercitaban en el reconocimiento y manejo de
lo aprendido, les iban proporcionando una formación moral.
Finalmente, accedían a textos de mayor extensión.
Para
la escritura, enseñada simultáneamente, se usaba la
tablilla de cera o de alfarería, sobe la que se trabajaba con el
estilo, o bien con el cálamo y la tinta. A veces el maestro guiaba
el trazo del alumno con su mano (método griego); otras veces las
letras estaban grabadas como hendiduras en la tablilla, y el niño
debía seguir el surco grabado en la cera (método propio de la
escuela romana). Los ejercicios se repetían una y otra vez,
corregidos por el maestro o bien por un alumno mayor y adelantado.
Los textos leídos y reproducidos por la escritura eran también
memorizados, para ejercitar la facultad e ir proporcionando al niño
un acervo de conocimientos, una cultura.
En
cuanto al cálculo, se trataba fundamentalmente de aprender
el vocabulario numeral, complicado porque el sistema era duodecimal.
Se trabajaba con los dedos y con piedritas (calculi), pero ya
entrado el período del Imperio también se hacían operaciones
elementales, como recuerda San Agustín: “Uno y uno, dos; dos y
dos, cuatro, era para mí una odiosa canción”[6].
Conocimientos más complejos estaban a cargo de un especialista, el
maestro de cálculo, calculator, quien no habría trabajado
con el maestro de la escuela sino en su propia escuela, configurando
una enseñanza técnica.
Ante
una enseñanza difícil y aburrida, no es de extrañar que los niños
plantearan problemas de disciplina, que por lo general eran
solucionados con reprimendas fuertes, y castigos corporales nada
suaves, aunque desde los primeros tiempos del Imperio los romanos
mostraron repugnancia por tales métodos y, guiados por
Quintiliano, apelaron cada vez más al estímulo y la emulación.
Como concesión a los más pequeños, les dieron letras hechas de
hueso o de marfil para que jugaran con ellas y comenzaran a
reconocerlas, y también los premiaban con tortas con la forma de la
letra que acababan de aprender.
1.2.La escuela media
No
todos los niños que han transitado por la escuela elemental continúan
sus estudios; más bien, sólo los de la aristocracia, o los hijos
de comerciantes pudientes, y también las niñas.
El
maestro, grammaticus, supera en salario al maestro de
la escuela elemental, pero aún es muy poco lo que gana (lo que
recibe mensualmente por alumno equivale a cuatro jornadas de trabajo
de un obrero calificado), y pagado de manera irregular, pues a la
hora de hacer cuentas los padres siempre tienen otras prioridades.
El edificio donde enseña tiene características similares
al de la escuela elemental, aunque a veces su clase está decorada
con esculturas de grandes escritores (Virgilio, Horacio...), y
también puede haber mapas en la pared. Los alumnos concurren
a esta escuela a partir de los once o doce años, y hasta los quince
aproximadamente.
El
programa, en un todo semejante al de la escuela helenística,
comprende el estudio teórico de la lengua y la explicación de los
autores.
La
gramática latina:
fue una adaptación, realizada por Varrón y posteriormente por
Palemón, de la filología griega creada por Dionisio de Tracia en
las escuelas de Rodas. Se trataba del análisis teórico de los
elementos de la oración: letras, sílabas, palabras, nombres,
etc. Poco a poco fue incorporándose la ejercitación que
permitía al educando comprender, más allá de la sola memorización;
finalmente se llegó al estudio de la sintaxis, cuya
sistematizaciónenseñada
en la escuela data de la época de Prisciano (s.
V-VI d.C.)[7].
Sin embargo, no se trabajaba el latín como una lengua viva sino
como un repertorio del material empleado por los grandes escritores
clásicos, codificado y transformado en autoridad, auctoritas.
También catalogados estaban los vicios que debían evitarse:
barbarismos, solecismos, defectos de pronunciación, etc. A este
estudio se sumaban la caligrafía, la ortografía, las
figuras de dicción y la métrica.
¿Quiénes
eran los clásicos? En principio, todo escritor de éxito (y
no era un obstáculo el hecho de que estuviera vivo): Virgilio, el
poeta por antonomasia; Terencio y sus comedias; Horacio, el
historiador Salustio, Ovidio, Lucano, Catulo, Ennio... y, por
supuesto, el orador más excelso, Cicerón. Arusiano
Mesio, en su Exempla elocutionum (Construcciones gramaticales)
del año 395, dice que el estudio ha de hacerse a partir de las
obras de Virgilio, Salustio, Terencio y Cicerón; Casiodoro lo cita
como la “Cuadriga de Mesio”[8].
La
explicación de los autores:
al igual que en la escuela helenística, comienza por la lectura
expresiva de un texto corregido de antemano por el maestro, lectura
que suponía la comprensión del texto –no había signos de
puntuación, ni separación de las palabras–, y que se denomina praelectio,
lectura previa, lectura explicada. A continuación los jóvenes
leían el mismo texto, en voz alta; luego debían memorizarlo y
recitarlo, siempre tratando de ejercitar y nutrir la memoria.
Luego
venía la explicación del texto, enarratio, referida
a la forma (las palabras) y el contenido (la historia). El estudio
de las palabras era largo y engorroso, e incluía el ritmo de los
versos, las palabras difíciles o inusuales y los giros poéticos.
La historia del texto abarcaba la referencia a lugares,
personajes, mitología, etc., y configuraba a menudo una erudición
que parecía ser lo más importante para el profesor, puesto que
gracias a ella deslumbraba a sus oyentes. En esta erudición las
disciplinas del quadrivium tenían poco, casi ningún lugar:
la enseñanza del gramático se limitaba a la lengua, y los
profesores de ciencias constituían una especialización que
interesaba a pocos.
La
tarea de la escuela se completaba con los ejercicios de estilo,
que preparaban para la etapa escolar siguiente, la del retórico.
1.3.La escuela superior
En
principio se trata de la enseñanza del arte oratoria, a cargo del maestro
de retórica, rhetor o bien orator.
La
consideración de este maestro era bien dispar, pues mientras
algunos de ellos eran libertos o bien ex-funcionarios, otros como
Quintiliano llegaron a merecer honores y fortuna, y
mantuvieron vinculación con la corte imperial. Sin embargo, muchas
veces la escuela continuó siendo aquel local en los pórticos
del foro, aunque en ocasiones el Estado (sobre todo durante el Bajo
Imperio) proveía salas en forma de exedras, a la manera de las
salas de conferencia griegas.
El
programa apuntaba a proporcionar al alumno el dominio del
arte oratoria, mediante la comunicación de reglas, técnicas y
procedimientos, aunque no había sido ésa la concepción de Cicerón
quien, siguiendo a Isócrates, se había esforzado por inculcar la
idea de que el orador debía ser un hombre culto, y sobre esa base
de la cultura tenía que asentarse la formación del orador. También
Quintiliano lo intentó en vano, y prescribió el estudio serio de
la filosofía, la historia y el derecho: pero los maestros, y los
alumnos, se limitaron a vaguedades que les proporcionaran un barniz
de cultura.
La
técnica retórica y su enseñanza eran una mera trasposición de la
retórica griega y sus métodos, y culminaba los ejercicios
preparatorios con la composición de un discurso sobre un tema
propuesto por el maestro, siguiendo en su elaboración los consejos
y las pautas indicadas por él. En la proposición del tema se tenía
en cuenta el género del discurso, pues podía tratarse de una pieza
suasoria o deliberativa (en la que tenían cabida los temas
históricos), o bien una controversia que hacía referencia
al plano jurídico, y que incluía un alegato en pro o en contra en
un caso que debía dirimirse ateniéndose a un texto legal. Este
discurso se recitaba –la declamación o declamatio–
en una reunión pública, a la que concurrían los condiscípulos,
los amigos, a veces los padres y algunos invitados especiales, según
quien fuese el alumno.
En
términos generales y durante el Imperio, la educación retórica
preparaba al alumno para el ejercicio de la abogacía,
profesión en la que cabe distinguir entre el abogado propiamente
dicho, y el jurista: éste era quien conocía al dedillo las leyes,
estudiaba los casos y preparaba la línea argumental fundado en el
derecho, en tanto el abogado era quien presentaba el caso y lo
manipulaba –y a los jueces– gracias a la elocuencia[9].
Esta orientación de la enseñanza superior fue privativa de la
educación romana, ya que la formación helenística se inclinaba
hacia la filosofía. También a esta orientación se debe la
sistematización del derecho romano como un cuerpo de doctrina, con
sus principios y normas, con sus divisiones y clasificaciones, con
su terminología precisa. Obras importantes en este sentido son los
manuales de procedimientos, los comentarios al Edicto Perpetuo
de Adriano, los Digestos o recopilaciones metódicas, etc.,
que eran leídos y comentados a lo largo de los cuatro o cinco años
que duraba el curso superior, el cual finalizaba cuando el joven tenía
unos veinte años, aunque podía prolongarse más.
2.
Los contenidos formativos e
informativos
Los
contenidos de la educación romana guardarán siempre la impronta de
sus orígenes: Roma fue un pueblo de campesinos, agricultores
fundamentalmente (nada hay aquí de la educación caballeresca que
reciben los héroes homéricos), que comerciaban sus productos con
los griegos en Sicilia, y con los cartagineses (de origen
fenicio), en el África septentrional. En tanto la actividad
comercial le permitió la adquisición de conocimientos y habilidades:
así, la construcción de embarcaciones, el uso de pesas y
medidas, la acuñación de moneda, la asimilación del alfabeto y,
con él, algunas palabras griegas y conceptos religiosos y filosóficos,
la agricultura le hizo posible la continuidad y la estabilidad de la
vida que se plasma en el mos maiorum, el uso, la costumbre y,
finalmente, el derecho consuetudinario de los mayores, esto es, de
los antepasados. El mos maiorum será la autoridad básica
–por tradicional– subyacente a la vida romana, y da lugar a un
rasgo característico del romano: el respeto por la ley (que
obligó a la determinación de las cuestiones legales, y al
consiguiente desarrollo de lo jurídico)[10].
También del mos maiorum proceden la autoridad del padre (el paterfamiliae)
en la familia, y su poder absoluto sobre los miembros de la misma
(la patria potestas).
Precisamente
la familia era el lugar adecuado para la formación del niño, quien
hasta los siete años permanece bajo los cuidados de su madre;
ella lo inicia en lastradiciones familiares de
respeto y de obediencia a los dioses, y a los mayores (recordemos
que la matrona romana, si bien carecía de derechos legales, era
respetada, venerada y obedecida en la casa cuyo gobierno práctico
ejercía, encargándose del personal y de la economía, y ostentando
como virtud propia no la belleza, ni la inteligencia (a pesar de que
compartía con su esposo las preocupaciones de la vida cotidiana,
y sus consejos no eran desoídos), sino la castidad). El niño
tenía ante su vista, en el atrio de la casa, las estatuas de los
antepasados, y escuchaba cotidianamente y en múltiples ocasiones la
evocación de sus vidas, a modo de ejemplo. Ello contribuía a
modelar los sentimientos del pequeño y su comportamiento
según pautas “familiares”: se trata de una actitud
definida ante la vida, un comportamiento propio de cada familia,
casi estereotipado, podríamos decir.
En
cuanto a la piedad romana hacia los dioses, admitía valores
supremos: las leyes de la justicia, de la moral y del derecho, que
condicionaban la incidencia y la validez de cualquier voluntad
arbitraria de los dioses sobre la vida concreta del Estado y de los
hombres. Todo ello el chico iba aprendiéndolo por el solo hecho de
vivirlo en la casa, en las conversaciones, en la conducta de sus
mayores, en las exigencias que se le planteaban.
A
partir de los siete años el niño abandona la tutela de su madre y
pasa a depender del padre, el educador por excelencia,
a quien acompaña en las tareas del campo. Es esta vidala que genera las virtudes campesinas que permanecieron vivas
en Roma a través de los tiempos, estimadas aún en medio de las
peores transgresiones, entre las que podemos mencionar: la afición
al trabajo, la frugalidad, la austeridad, la dignidad o gravedad.
•
La laboriosidad: reconoce su raíz en el esfuerzo que demanda
el penoso trabajo de la tierra, cuyo triunfo es el fruto que ella
produce.
•
La frugalidad y la austeridad se emparientan, por una parte,
con el ahorro requerido ante la incertidumbre del éxito del
propio trabajo, por circunstancias impredecibles; y por otra, con
un tenaz apego a los bienes que, para mantener bajo su dominio, es
preciso que sea pocos. Estas virtudes, extremadas, produjeron cierta
estrechez de espíritu que llegó a considerar las letras, la música
y el juego, como algo suntuario y prescindible, cuando no
criticable.
•
La gravedad o dignidad se desprende de las cualidades
anteriores, que cimentan esa dignidad y exigen un porte, un
comportamiento que las trasunte.
El
jovencito también acompaña a su padre a las sesiones del Senado
y a los banquetes, aprendiendo de cuanto observa y participa, a través
del ejemplo. A los dieciséis años concluye la
educación familiar. El joven se despoja de la toga bordada de púrpura
(toga praetexta), símbolo de la infancia, y reviste la
toga enteramente blanca (toga virilis), adquiriendo la
calidad de ciudadano. Junto a un viejo amigo de la familia, o
a un hombre de experiencia y de fama realiza un año de aprendizaje
de la vida pública, el tirocinium fori; luego, servía
en el ejército durante un año como simple soldado, para
aprender la virtud de la obediencia. Al cabo de ese tiempo, los jóvenes
aristócratas eran designados tribunos militares (oficiales del
Estado Mayor) y podían continuar en el ejército o bien ingresar en
la vida política, siempre bajo el patrocinio de algún personaje
suficientemente encumbrado y experimentado.
La
educación física no era propiamente deportiva y competitiva
–como lo era entre los griegos–, sino un adiestramiento práctico,
dando prioridad a la equitación, la esgrima y el combate contra
las fieras.
También
la educación intelectual es práctica: se trata de
capacitar al joven para el buen gobierno de las tierras y laspropiedades. De allí que se le impartan conocimientos de
medicina para cuidar de los esclavos y mantener en buenas
condiciones de rendimiento la mano de obra, conocimientos técnicos
de agronomía, y la ciencia jurídica (el derecho codificado y la
casuística).
Vemos
entonces que el objetivo de la educación romana antigua era
inculcar al niño un sistema severo de valores morales, un estilo
de vida, para la salvaguarda y el bienestar del Estado.
Estos
contenidos nunca fueron olvidados a lo largo de la historia y de la
educación romana. Las virtudes y las maneras de ser características
de la aristocracia campesina siguieron vigentes, a veces como una
modalidad subconciente, otras como un ideal a realizar, o bien como
uno añorado. Porque las cosas empezaron a cambiar.
A
partir de la conquista de Grecia (siglos III-II) Roma queda
deslumbrada con esa civilización que no era del todo desconocida,
pero que ahora se le hace propia –en rigor de verdad, es Grecia
quien “conquista” a Roma–. Los políticos romanos, y los
ciudadanos que aspiran a serlo, descubren de inmediato las
posibilidades de una cultura –y de la educación que a ella
conduce– retórica. Al volverse más fácil la adquisición de
esclavos griegos, hombres cultos a los que se encarga de la enseñanza
de las primeras letras (el litterator, que equivale al grammatistés
griego), o el acompañamiento y vigilancia del niño (el paedagogus
o pedagogo), hay un medio aristocrático que se vuelca
entusiastamente a la novedad, en tanto no faltan los
tradicionalistas que la combaten con saña.
Poco
a poco van modificándose los contenidos de enseñanza: a la enseñanza
de la Ley de las Doce Tablas (fruto de las luchas entre
patricios y plebeyos, año 450 a.C.), memorizada y recitada con
regularidad, se suma el estudio de Homero como modelo
literario, a través de la traducción latina de la Odisea,
realizada por el liberto Livio Andrónico (284-204). En el año 167
Crates de Mallos, filósofo estoico y director de la biblioteca de Pérgamo,
visitó Roma enviado por su rey y, hospedado en casa de unos amigos
durante la convalecencia de una enfermedad, les enseñó teoría
gramatical de nivel superior. Discípulos suyos fueron Escipión
el Africano el Joven (185-129 a.C.), quien promovió el estudio de
la sabiduría griega, y la enseñanza superior al modo griego, y el
comediógrafo Terencio. Pero en el año 161 comenzó la reacción
romana frente a esta helenización de la cultura, y se procuró
por decreto senatorial la expulsión de todos los maestros de
retórica y de filosofía que habían establecido sus escuelas,
respondiendo al interés de la aristocracia. Atenas, tratando de
revertir la situación, envió una embajada de sus sabios filósofos
más destacados (año 155: un platónico, un aristotélico y un
estoico), pero sólo consiguió exacerbar la repulsa encabezada por
Catón, llamado el Censor, quien insistió –aunque vanamente– en
el cumplimiento del decreto del año 161. Pero en el año 92 a.C.,
el Senado decreta la clausura de las escuelas de retórica.
El
choque tenía que ver con las diferencias profundas existentes entre
el griego y el romano, diferencias que afloraban en el ámbito de la
educación, planteando caminos divergentes en los contenidos
formativos e informativos. En todo momento, los griegos evidenciaron
su tendencia al esteticismo y al intelectualismo, contrastando con
el sentido austero y práctico de los romanos; los griegos hablaban
de una república ideal, cimentada en la filosofía, en tanto para
los romanos no había otra república que aquélla sustentada en el
derecho. Tal fue la causa de tantas reacciones, que no tuvieron éxito
duradero alguno, puesto que en el s. II a.C., el griego se
convertía en la lengua internacional para el mundo de la cultura:
Roma pasaba a ser bilingüe.
Los
jóvenes romanos comenzaron a viajar a Grecia para completar su
formación, ingresando en las escuelas de filósofos y de rhetores
de Atenas o de Rodas, y a partir del 119 se hicieron admitir
en el colegio efébico de Atenas. Sin embargo, la música,
el canto y la danza –característicos de la cultura helénica–
serán rechazados por los romanos en nombre de la “gravedad”
romana: son impropios de la dignidad de un romano bien nacido, y sólo
pueden servir para histriones, juerguistas o libertinos; quedarán
relegados al espectáculo, o como parte de la cultura para el
aprecio del mismo. También se opusieron al atletismo al modo como
era estimado y practicado entre los griegos. Rechazaron el desnudo
griego y el cultivo del cuerpo por sí mismo. La palestra romana,
como lugar de deportes, pasó a ser una dependencia de las
termas, un complemento de los baños de vapor, y el gimnasio
romano era un jardín recreativo, un parque.
Con
lo dicho basta para tener un panorama de los contenidos formativos e
informativos de la educación romana en el período que nos ocupa.
Daremos a continuación un cierto listado de obras y autores, la
mayor parte de los cuales tendrá relevante presencia a lo largo de
toda la Edad Media, el Humanismo, el Renacimiento y más adelante aún.
En
la escuela elemental, y durante el proceso de aprendizaje de
la lectura y escritura, se trabajaban máximas morales tanto de
autores griegos (fábulas de Esopo, trozos de tragedias de Eurípides,
citas de Menandro) cuanto latinos (dichos notables reunidos por Catón
el Censor, textos entresacados de las obras de Terencio o bien, a
partir del siglo III d.C. los muy populares Dísticos de Catón).
La
escuela media se valía de textos de gramática y de obras
literarias. Entre los primeros cabe citar el manual de Dionisio de
Tracia en griego, y el La lengua latina, de Varrón, a lo que
se sumaron a partir del siglo las gramáticas de Aelio Donato (s. IV
d.C., Ars maior y Ars minor), de éxito asegurado a lo
largo de toda la Edad Media. En cuanto a las obras literarias,
dentro de la épica la Ilíada era siempre la primera,
seguida muy de cerca por la Odisea (Homero seguía siendo el
educador por excelencia). Luego, y como preparado por las
anteriores, el muchacho era llevado a la lectura de la Eneida
virgiliana, la epopeya nacional romana. En griego se trabajaban
tragedias de los grandes dramaturgos del s. V a.C., Esquilo, Sófocles
y Eurípides (éste último fue el más leído, ya sea en la selección
de trozos morales, ya sea en obras como Las Fenicias y Orestes;
luego venía Sófocles). En latín, las tragedias de Ennio tuvieron
mucha aceptación, pero Accio y Pacuvio no fueron muy apreciados
durante el Imperio. En materia de comedia, el griego preferido era
Menandro, sobresaliendo Terencio (s. II a.C.: La joven de Andros,
El atormentador de sí mismo, Los hermanos, etc.)
entre los latinos, seguido por Plauto (s. II-I a.C.: La ollita,
El soldado fanfarrón, etc.). Píndaro era el lírico griego
por excelencia, y en latín tenemos a Horacio y sus Odas y,
según el medio y las épocas, Catulo (s. I a.C.) y sus Carmina,
Estacio (s. I d.C.) y las Selvas. En cuanto a las elegías, género
resistido por Quintiliano (quien tampoco simpatizaba con la
comedia), se leía en griego a Calímaco, y en latín las Églogas
y las Geórgicas de Virgilio (s. I a.C.-I d.C) y poemas de
Propercio (s. I a.C.) y de Tibulo (s. I a.C.). Ovidio (s. I a.C.-I
d.C.) tuvo despareja fortuna, aunque siempre alternaron en el favor
de cierto público su Arte de amar, los Remedios del amor,
los Tristes y Metamorfosis.
En
prosa se trabajaban, en griego Heródoto (s. V a.C.), Tucídides y
Platón (s. IV a.C.). Ya bien entrado el Imperio, descollaron en latín
dos obras de Varrón (s. I a.C.): los Nueve libros de las
ciencias (una verdadera enciclopedia de las siete artes
liberales, a las que añadió un tratado de medicina y otro de
arquitectura) y las Sátiras Menipeas (en las que se advierte
la presencia de las tradicionales virtudes romanas: piedad,
honestidad y austeridad) y una de Marciano Capella (s. V d.C.): Las
bodas de Filología y Mercurio, en las que el cortejo de
doncellas de la novia son las siete artes liberales. También
mencionamos a Salustio (s. I a.C.) y sus textos de historia (La
conjuración de Catilina, Los cinco libros de la Historia);
a Cornelio Nepote (s. I a.C.): La vida de los mejores jefes,
a Suetonio (s. I-II d.C.): Las vidas de los Césares.
En
cuanto a la enseñanza superior, además de los tratados de
Cicerón (s. I a.C.: Bruto, El orador, La formación
del orador, Sobre la invención, etc.) pero
principalmente de Quintiliano (s. I d.C.: La formación del
orador), podemos mencionar algunos manuales: el griego de Hermógenes,
que data del siglo II, la Retórica a Herenio (s. I a.C.) y
el latino de Aftonio, del siglo IV. Se realizaban ejercicios sobre
las fábulas (generalmente en forma deliberativa) o temas
fantasiosos entresacados de diversas obras literarias -sobre los que
Quintiliano recomendaba hacer la versión en prosa del texto poético-,
pero también se trabajaban los discursos de Demóstenes y de Isócrates,
y piezas oratorias de Cicerón (el discurso En favor de Milón
era uno de los preferidos). Las piezas teatrales de Terencio (s. II
a.C.) proporcionaban situaciones de la vida cotidiana, y para la
narrativa histórica revestía particular interés la Historia de
Roma de Tito Livio (s. I a.C.-I d.C.), sin dejar de lado la Eneida
por un lado, y la epopeya homérica por el otro. Las Vidas
Paralelas de Plutarco daban pie a los ejercicios de comparación
y, en general, toda la literatura, todos los tiempos históricos y
políticos servían de fuente de inspiración, ya proporcionando
temas, ya brindando modelos a imitar.
3.
El Estado y la educación
Si
bien no podemos hablar de una política educativa, sí debemos
mencionar el interés y la intervención de los emperadores en la
educación, que se tradujo en medidas fiscales por una parte, y la
dotación de cátedras por otra.
Vespasiano
el primero, pero luego varios otros hasta quedar ratificado por el Código
de Justiniano, otorgó a los profesores de enseñanza media y
superior el beneficio de la exención de tasas municipales,
prebenda que Caracalla extendió a los alumnos, y después de
Constantino alcanzó también a los profesionales de otros oficios
considerados de utilidad. Se llegó hasta el abuso, y fue necesario
establecer un contralor y cupos para reordenar la medida.
Particularmente se reglamentó su alcance para los alumnos: “Los
estudiantes provinciales que van a realizar estudios en Roma deben
obtener previamente una autorización expedida por sus respectivas
ciudades de origen; luego, inscribirse en Roma en las dependencias
del prefecto de la ciudad, quien los someterá a la obligación de
comparecer ante él cada mes, los vigilará estrictamente y tendrá
el derecho de repatriarlos en los casos de mala conducta reiterada.
Por lo demás, su permanencia en Roma no deberá prolongarse más
allá de los veinte años de edad”[11].
También
fue Vespasiano el primero en crear cátedras de retórica
latina (inaugurada por Quintiliano) y griega remuneradas por el
Estado, si bien tal medida estaba restringida a la ciudad de
Roma; en Atenas, Marco Aurelio dispuso una medida similar, dotando
una cátedra de retórica y cuatro de filosofía, para las escuelas
aristotélica, platónica, estoica y epicúrea. Por su parte,
Trajano creó fundaciones alimentarias, que disponían de los
intereses de un sistema de crédito inmobiliario para asegurar la
educación de cierto número de alumnos.
En
rigor de verdad, ninguna de estas medidas da idea de una política
educativa; más bien estamos frente a un mecenazgo del Estado, que
coexistía con iniciativas de orden privado, como cuando Plinio el
Joven organizó a los padres de su ciudad natal de Como para traer
maestros para los niños, pagando los gastos entre todos, si bien él
asumió la mayor parte. O bien podemos señalar la existencia de
escuelas municipales, sostenidas con el presupuesto municipal.
A
medida que transcurre el tiempo, el Estado interviene cada vez más
en la educación, y nos referimos ahora al nombramiento de los
profesores. Desde la época de Marco Aurelio, se realizaba
mediante un concurso público de antecedentes, medida reglamentada
por Juliano el Apóstata en el 362, quien establece que ha de
hacerse ante una junta de notables. Esto, siempre y cuando se
tratara de cátedras con muchos aspirantes –generalmente por
motivos de prestigio, o económicos–; pero a veces, la ciudad debía
solicitar a Roma un profesor, sin mirar demasiado su idoneidad, que
podía no ser entonces el criterio para el nombramiento, primando
las influencias políticas. Pero con el avance de los días, el
emperador interviene para reorganizar escuelas, realizar
nombramientos, producir traslados... Juliano decreta que nadie puede
ejercer la docencia a menos que sea aprobado por el consejo
municipal y ratificado por el emperador, decisión vinculada con
su política religiosa (quería con ello desterrar a los cristianos
de las escuelas) pero que queda vigente hasta la llegada de
Justiniano, que la da de baja por inútil. En el año 425 Teodosio
II organiza en Constantinopla un centro de altos estudios, cuyos
profesores (tres rétores y diez gramáticos para las letras
latinas, y cinco rétores y diez gramáticos para las letras
griegas, un profesor de filosofía y dos de derecho) son exclusivos
de dicha casa, no pudiendo dictar clases particulares. A medida que
la cultura antigua se va perdiendo, en parte por el desgaste natural
y en parte por el avance de los bárbaros, mayor énfasis se pone en
su valoración y preservación, identificándola con la tradición
literaria clásica, que adquiere contornos místicos, puesto que los
últimos paganos se atrincheran en ella para hacer frente al
cristianismo.
Pero
hay también un motivo práctico, utilitario, para que el Estado se
interese por la educación: el aparato administrativo, la
burocracia, reclaman una provisión cada vez mayor de funcionarios y
empleados debidamente capacitados. Y la mejor capacitación es el
viejo ideal del orador, tal cual lo concibiera Isócrates primero,
retomado por Cicerón y Quintiliano después: aquél que piensa
bien, habla bien y obra bien: todo lo demás, será cuestión de práctica.
Sin embargo, una asignatura técnica se suma a esta formación: la estenografía,
sistema de notación rápida (en latín y en griego) cuyo dominio
otorgó amplias posibilidades: simples funcionarios, comisarios con
poderes extraordinarios en representación de la autoridad
imperial, secretarios privados... hasta la Iglesia se valía de
ellos para registrar los sermones en las ceremonias litúrgicas.
Una segura posibilidad de empleo. Y una modalidad de la educación
que ya no guarda casi paralelo con la que fuera la tradicional
educación romana.
PARA
REFLEXIONAR:
1)
¿Por qué estudiamos la estructura educativa bajo el Imperio
Romano?
Porque,
con leves variantes, es la que prevaleció en la educación, en todo
el mundo y hasta nuestros días; lo que habla de su conocimiento del
hecho educativo en la consideración de todos los elementos que lo
integran, y de la sensatez y solidez de su propuesta.
2)
¿Es original el planteo educativo en el Imperio Romano?
No.
Se trata de una adaptación al espíritu romano de la preexistente
educación helenística, forjada a su vez, en cuanto a los valores
que preconiza y a sus contenidos, sobre el modelo griego. El Imperio
Romano se inspiró, no en modelos de avanzada y por el solo hecho de
serlo, sino en lo que reconoció como lo mejor.
3)
¿Qué elementos interesaría subrayar en aquella educación griega?
La
presencia indeclinable de Homero y sus modelos de perfección que
constituyeron el espíritu de Grecia y le dieron unidad cultural;
la importancia paradigmática del ideal educativo, diverso según épocas
y comunidades históricas, pero siempre definido en relación con
ellas; los contenidos literarios y filosóficos, casi siempre
entretejidos (el teatro, con Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes,
entre otros; la filosofía, fundamentalmente con Platón); la
educación del pueblo a través de un medio de comunicación masiva
como lo era el teatro; la formación del ciudadano por el conocimiento
de la ley; la creación de la figura del orador, gracias
principalmente a la labor de Isócrates, a quien se debe también la
concepción del helenismo como un factor cultural, y no de
nacionalidad o de linaje.
No
está de más reflexionar sobre la conveniencia de un ideal
educativo (¿cuál?), y sobre el valor educativo de los medios de
comunicación masiva (hoy: teatro, cine, radio, televisión,
Internet): cómo estamos hoy al respecto, cómo deberíamos estar,
qué hacer.
Fraboschi,
A.A.La educación institucional en el mundo romano (período
imperial). Buenos Aires: EDUCA, 2001. 80 p. (Cuadernos de
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A.A.; Stramiello, C.I.
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NOTAS
[1]
Por ello los saberes que formaban al hombre en tanto tal se
agruparon en siete disciplinas (gramática, retórica y dialéctica
–trivium–y aritmética, geometría, música y astronomía
–quadrivium–) que se denominaron artes liberales
y que eran propias de los hombres libres (únicos considerados
“hombres”), en tanto los conocimientos útiles y prácticos
constituían las artes serviles, propias de comerciantes,
artesanos, campesinos, esclavos, etc. (vuelve al
texto)
[2]
En el siglo XVI San José de Calasanz se encontrará con un
concepto muy similar, y al tiempo que hablará de la humildad que
debe tener el maestro elemental, procurará enaltecerlo
disponiendo que los maestros de su Congregación sean sacerdotes.
(vuelve al texto)
[3]Marrou, H.-I. Historia
de la educación en la antigüedad. Buenos Aires: EUDEBA,
1965, p. 328. (vuelve al texto)
[5]Subrayamos
aquí la presencia de los infaltables dísticos de Catón,
presentes también a lo largo de toda la Edad Media, en latín y
en traducciones a lenguas románicas, germánicas y eslavas, según
Marrou, ibíd., p.
331. (vuelve al texto)
[7]
Marrou explica el interés de Prisciano por la sintaxis en virtud
de haber estado en Constantinopla, enseñando latín a
estudiantes griegos, para quienes dicha lengua era una lengua
extranjera (Marrou,
ibíd., p. 339). (vuelve al texto)
[9]Marrou dice que “su
tarea era de orden más literario que propiamente jurídico”
(Ibíd., p. 353). (vuelve al texto)
[10]
De allí que Marrou
afirme que “Roma no se liberará jamás por completo del
ideal colectivo que consagra al individuo al servicio del Estado”
(Ibíd., p. 279). (vuelve al texto)