ABSTRACT:
Curso Historia General de la Educación,
impartido por la profesora Azucena Fraboschi de la Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad Católica Argentina durante el
curso 2002-2003 dentro de la asignatura de primer año: Ciencias de la
Educación. El curso desarrolla y analiza la Historia de la Educación
Antigua y Medieval en cuatro bloques: LOS
ANTECEDENTES DE LA EDUCACIÓN EN EL MUNDO OCCIDENTAL Y CRISTIANO,
LA EDUCACIÓN INSTITUCIONALIZADA
EN EL MUNDO HELENÍSTICO-ROMANO (PERÍODO
IMPERIAL),
EL ENCUENTRO DE LA CULTURA CLÁSICA Y LA EDUCACIÓN CRISTIANA EN LA EDAD
MEDIA (S. V-X) y
FORMAS DE LA
EDUCACIÓN EN LA BAJA EDAD MEDIA (SIGLOS
XII-XIII). El curso se complementa al impartido por la profesora Clara Inés
Stramiello y que analiza la
Historia General de la Educación Moderna y
Contemporánea. .......................................
LA
INTEGRACIÓN DE LA CULTURA CLÁSICA EN LA EDUCACIÓN CRISTIANA
En
la Historia de la Educación San Agustín de Hipona (354-430)
aparece muy claramente como un gozne entre dos mundos: el
mundo romano, pagano, Imperio que se desmorona –por su propia
decadencia interna y por las invasiones de los bárbaros que han
llegado a las puertas de Roma–, y el otro nuevo mundo, cristiano,
que acaba de salir de las catacumbas a la luz gracias al emperador
Constantino y sucesivos edictos, y crece pujante.
Agustín,
nacido en Tagaste, en la provincia romana de África, había
recibido la formación clásica según los tres niveles de
escolaridad tradicionales: en su ciudad natal cursó la escuela de
primeras letras (desde los seis hasta los trece años), luego en
Madaura, capital de la región, la escuela de gramática (desde los
trece hasta los dieciséis años) y finalmente en Cartago, capital
de la provincia romana de África, la educación superior retórica
(desde sus diecisiete hasta sus veinte años). Pero el joven nunca
quedó satisfecho con la formación recibida, y mientras ejercía la
docencia como maestro de gramática primero –en Tagaste–, y de
retórica en Cartago, en Roma y en Milán después, continuó
buscando algo más a través de sectas, escuelas filosóficas y,
finalmente, de hombres destacados a los que admiraba y en quienes
confiaba. Finalmente, la conversión al Cristianismo de uno de ellos
abrió un nuevo rumbo a su búsqueda, y es así que encontró lo que
buscaba en los sermones del obispo San Ambrosio de Milán y en la
lectura de las Sagradas Escrituras, que durante tanto tiempo había
rechazado por su lenguaje y estilo casi bárbaros para los oídos de
Agustín, acostumbrados al refinado latín ciceroniano.
Luego
de muchos esfuerzos logra abandonar una forma de vida bastante
disoluta, y también deja atrás su cátedra y su carrera
profesional hecha de ambiciones y vanidades, y recibe el bautismo en
el año 386. De ahí en más –y de regreso a África–, primero
sacerdote y luego obispo de Hipona a partir del año 396, retoma la
docencia desde a través de la predicación y de la pluma[1]:
cartas, diálogos, tratados sobre temas dogmáticos muchas veces
acuciantes por las herejías que se presentaban una tras otra, sobre
la reforma de las costumbres... y sobre la formación del cristiano:
sobre la educación.
Sobre
este tema específicamente escribe tres obras –si bien su
preocupación se hace presente en varias más–: El Maestro
(escrito en el 389, al año de haber regresado a la provincia
africana); La cultura cristiana (cuyos tres primeros libros
estuvieron redactados en el año 396, en tanto el cuarto fue
terminado en el 426) y La catequesis de los principiantes (399).
a)El Maestro:
trata, en síntesis, de la comunicación entre el alumno, el
maestro-exterior y el verdadero Maestro, el Maestro-interior.
El
llamado “maestro” (el maestro humano, el maestro-exterior)
suministra con sus palabras las noticias o los objetos de los
conocimientos; despierta al alumno, lo inquieta, lo incentiva,
invita al alumno a volverse hacia los elementos de juicio que
existen en el interior de su espíritu, esperando que los contemple,
los considere y se pronuncie sobre esas cuestiones que él se ha
planteado con anterioridad.
“Pero
en cuanto a todo lo que entendemos, no consultamos la verdad que nos
habla con un sonido exterior <por las palabras>, sino que lo
hacemos con aquélla que interiormente preside nuestro propio espíritu;
las palabras, quizá, nos han movido a consultarla.
Mas
Aquél que, cuando es consultado, enseña –el cual se dice
que habita en el hombre interior–, es Cristo, la
inconmovible Fuerza de Dios y la Sabiduría sempiterna.
Toda
alma racional la consulta, pero a cada una se manifiesta en la
medida en que puede contemplarla según su propia buena o mala
voluntad.
Y
si alguna vez surge una equivocación, ello no sucede por
deficiencia de la Verdad consultada, como no es defecto de la luz
exterior el que los ojos corporales a menudo se engañen”[2].
Cristo
es, pues, ese verdadero Maestro, el Maestro-interior. La
experiencia nuestra de cada día nos da ejemplo de cuanto acabamos
de decir. Alguien, un maestro, una amiga, un familiar, nos dice algo
que nos resulta complejo, intrincado, difícil de entender. “No lo
veo”, le decimos, y la persona multiplica sus esfuerzos, sus
razonamientos, busca imágenes... y todo parece inútil hasta que,
en un instante y sin poder decir cómo ni por qué, damos un grito:
“¡Ya lo entendí! Ahora lo veo”. Y hasta, en un gesto de
gratitud, añadimos: “Lo tuyo estaba muy claro, muy bien armado...
pero yo no lo veía”. Ver la realidad, conocer la verdad no es
sino la contemplación del Logos o Verbo Divino[3]
–Palabra concebida y pronunciada por Dios Creador– que da: el ser,
o sea el existir; la esencia, o sea el existir como tal ser;
y la ley natural, o sea el actuar como tal ser, su actuar según
su naturaleza, a todo cuanto existe, a toda la realidad.
Pero
esa misma experiencia nuestra nos ilumina también acerca de la
restricción planteada en el texto de Agustín: si no tenemos
voluntad de entender, si no queremos ver, no entenderemos, no
veremos. Porque el conocimiento involucra siempre, de alguna
manera, nuestra afectividad, nuestra voluntad; el reconocimiento de
la verdad puede afectarnos, tal vez debamos cambiar, y suele no ser
algo fácil mantener la coherencia entre la verdad proclamada y la
verdad vivida. Todo depende, en última instancia, del motor de
nuestra vida, del amor.
En
efecto, un amor –y una vida– desordenado es un principio
de dispersión que dificulta el conocimiento, e incluso falsea la
verdad. Cuando nos hallamos involucrados en una situación que
sabemos que no es buena, hacemos lo imposible para encontrarla
buena, y nos volvemos incapaces de captar los valores que allí se
encuentran en juego (“la ceguera de valores” de la que habla Von
Hildebrand), o pensamos que nuestro caso escapa a esa valoración,
o a esa norma de conducta (“la ceguera de subsunción”, del
mismo autor). Porque la admisión de la verdad, el reconocerla como
tal nos obligaría a renunciar a dicha situación, o bien a aceptar
la perversidad de nuestra voluntad que, a sabiendas de su malicia,
elige continuar en ella. Continuar en la ignorancia, o falsear la
realidad, es la excusa que se prefiere como alternativa.
Por
otra parte, el conocimiento humano solo no es capaz de establecer un
orden en el amor, ni puede obrar la conversión de vida de una
persona: carece de peso para ello.
Por
ello San Agustín dice: “Mi amor es mi peso”, lo que me
pone en la realidad, lo que me retiene en mi lugar. El problema es,
precisamente, saber cuál es la realidad, cuál es mi lugar[4].
El amor desordenado
•
descentra (saca del lugar propio, del que nos
corresponde);
•
desnaturaliza (coloca fuera de la propia
naturaleza, del propio ser: de la inteligencia que se
realiza contemplando la verdad, de la voluntad que es amor
del bien, de la vida recta);
•
desasosiega (quita la paz);
•
inquieta (mantiene a la persona en un movimiento
interior -y a veces también exterior- que siempre ansía
la quietud, pero sin encontrar descanso);
•
turba el conocimiento;
•
hace languidecer la vida.
El amor ordenado
•
centra (lleva a la persona, por su propio peso, a
su lugar propio);
•
plenifica la naturaleza (en su propio ser, dando
cumplimiento y realización a cuanto le corresponde como
ser humano);
•
sosiega (en la verdadera paz);
•
aquieta (finaliza el movimiento del hombre en su
término debido, en el fin al que se dirige, en su
descanso);
•
posibilita el conocimiento;
•
da la vida feliz.
Con
este planteamiento, San Agustín:
-
toma distancia de algunos rasgos característicos de la formación
clásica recibida, caracterizada en ese entonces por: la desmesura
y frivolidad en el uso de las palabras, que sólo servían para
hacer discursos en pos de la fama y las riquezas, y no para mostrar
la verdad; el afán, la avidez de novedades que valían por serlo, y
no por su contenido intrínseco; la apariencia de la sabiduría, con
un gran desinterés por el progreso en el conocimiento; la corrupción
en las costumbres y la absoluta subversión en la escala de los
valores...;
-e
introduce el tema de la educación como la realización plena de la
imagen de Dios en el hombre –que tal es su esencia, eso es el
hombre– y la recuperación de la semejanza operativa perdida por
el pecado original: el hombre así “educado” poseerá la Sabiduría,
gozará de Dios.
b)La cultura cristiana:
si bien esta obra aparece como un manual orientativo para el
predicador de la Palabra de Dios, ofrece mucho más.
En
realidad, es un plan de estudios para la formación del cristiano,
de ese cristiano que quiere conocer bien su religión para
fortalecer su fe, y hallar en el conocimiento de las verdades una
respuesta a sus interrogantes y una norma para las situaciones que
la vida de cada día le plantea. En una palabra: es un programa de
cultura cristiana –el equivalente cristiano de la paideia
griega, de la humanitas romana– para la formación del
cristiano adulto. Si recordamos que tanto para el griego como para
el romano el hombre educado, es decir el hombre culto, era el único
que merecía ser llamado “hombre” porque había alcanzado el
pleno desarrollo de su naturaleza, no nos extrañará que San Agustín
dé importancia a la educación del cristiano y que proponga una
cultura cristiana, para que el hombre llegue a la plena madurez de
sus capacidades humanas naturales, que podrán entonces sustentar sólidamente
su vida sobrenatural, la cual no podrá ser menos que adulta (a no
ser que se quiera caer en la puerilidad, o bien en la monstruosidad
de una persona que es adulta en todo, menos en lo más importante[5]).
Esta
obra constituye una propuesta que, como tal, mira por entero a ese
lado de la puerta que es el mundo cristiano; pero hemos dicho que
San Agustín es un gozne entre dos mundos, y por eso en su propuesta
la cultura clásica está presente, como sustrato y preparación
para la formación específicamente cristiana. Presencia inevitable,
de hecho, dado el propósito primero e inmediato de la obra: formar
al predicador cristiano. ¿No era éste, acaso, un orador? ¿Y qué
otra educación que la clásica podía dar como fruto un orador?
Suyos eran la teoría, los conocimientos técnicos, los métodos.
Por consiguiente, el obispo de Hipona dice:
“Entonces,
dado que el arte de la palabra tiene una gran fuerza cuando se trata
de persuadir, ya sea para lo malo ya sea para lo bueno, ¿por qué
la gente buena no se aplica con diligencia a adquirirla para que
sirva a la verdad, mientras que los malvados la ponen al servicio de
la iniquidad y del error, para ganar causas perversas y vanas?”[6]
Agustín,
retórico de formación clásica y excelente predicador cristiano,
sabe de que habla. Y para formar al cristiano que, además de
conocer su religión, pueda expresarla y defenderla con convicción
y persuasión, acude a los esquemas característicos de la escuela
de retórica clásica: la enseñanza de las reglas, la imitación de
los modelos –y sobreabunda proponiendo los que encuentra en la
Sagrada Escritura– y la composición y declamación de un tema.
Pero ya aquí encontramos los matices propios de este hombre de dos
mundos, pues en lo que hace a la preceptiva de la retórica, si bien
considera importante su conocimiento, no lo tiene por absolutamente
necesario. Contrariamente a la actitud de los retóricos de su
tiempo que, valorando más la forma que el contenido de los
discursos, mantenían una rígida sujeción a las reglas en
detrimento de la libertad de composición y de la espontaneidad y
frescura de la expresión, San Agustín privilegia la inspiración
del orador y la finalidad de su discurso, que debe estar siempre
dictada por el amor a Dios y el servicio al prójimo, motivaciones
que requieren una gran flexibilidad en el uso de la palabra:
“Pues
quien interpreta y enseña la Sagradas Escrituras debe ser defensor
de la verdadera fe y adversario del error, enseñar el bien y hacer
olvidar el mal. Con este trabajo de su palabra debe atraer a los
adversarios, estimular a los perezosos, enseñar a los que no saben
de qué se trata qué es lo que deben esperar. Pero donde encontrare
oyentes bien dispuestos, atentos y dóciles, o bien donde los haya
vuelto tales, debe proseguir su discurso como lo requiera la situación.
Si se trata de instruir a sus oyentes, deberá hacerlo mediante la
narración, siempre que esto sea necesario para esclarecer el asunto
que se está tratando, teniendo cuidado de transformar las dudas
[cuando las hubiere] en certezas, gracias al razonamiento y con el
recurso a los ejemplos. Pero si más que de instruirlo, se trata de
conmover al auditorio para que no se vuelva torpe a la hora de
actuar según lo que ya sabe, y para que ponga su vida de acuerdo
con las verdades que confiesa como tales, entonces debe dar una gran
fuerza a su palabra: allí se requieren súplicas e invectivas,
arrebatos y reproches, y toda otra forma capaz de conmover los
espíritus”.[7]
También
difiere de las costumbres de la época la exhortación que dirige a
los hombres ya grandes, hombres maduros, para que aprendan la
elocuencia, gracias a lo que presenta como un proceso de autoformación
fundado en el estudio de los modelos, y en su imitación; estudio
que conducirá al conocimiento de la preceptiva retórica para su
ulterior aplicación al discurso o bien a la predicación de los
temas dogmáticos o de los morales, que supone conocidos. En pleno
auge de las escuelas de retórica, el obispo de Hipona habla de
autoformación, y lo hace con gran sentido de la realidad,
considerando la situación de los adultos conversos –que incluso
llegan luego a ser sacerdotes– que no pueden concurrir a las
escuelas con los jovencitos: porque no conviene por razones de edad,
ni por la educación que allí se impartía, y porque no tienen
tiempo para ello por las muchas obligaciones que ya han contraído.
Pero, supuesta la existencia de un cierto talento natural[8],
no los exime del estudio.
En
el libro I de La cultura cristiana San Agustín se
refiere a las cosas o realidades sobre las que versa el estudio de
las Sagradas Escrituras, distinguiendo entre ellas las que son para
ser disfrutadas y que nos hacen felices, y las que son para ser
usadas y que nos son útiles. Es en función de esta distinción
que, luego de enumerar aquellas que constituyen las diversas
verdades de fe o dogmas (la Trinidad, la inefabilidad de Dios, su
superioridad con respecto a todo ser creado, su Sabiduría
inmutable, la creación, la Encarnación del Verbo, la Redención,
la Iglesia, etc.), enuncia las normas morales, que no son otra cosa
que el orden del amor que el hombre debe observar en su relación
con dichas realidades (discernir lo que es fin y lo que es medio, y
amar a cada uno según lo que es). Precisamente, cuando el hombre
entienda que el fin de la Ley y de las Sagradas Escrituras es el
amor a Dios “nacido de un corazón puro, de una conciencia
buena y de una fe no fingida”, dice Agustín citando a San
Pablo[9],
podrá abocarse al estudio de las mismas con seguridad.
En
el libro II aborda el tema de los signos cuyo conocimiento es
necesario para interpretar las Escrituras, entre los que se
encuentran los signos verbales, las palabras, la lengua, los
diversos idiomas. En su progresivo acercamiento a los libros
sagrados, el hombre debe primero hacer una lectura global que le
permita captar el sentido; luego una segunda lectura, más cuidadosa
y aguda, le mostrará los contenidos de la fe y los preceptos
morales, y todo lo que se refiere a la esperanza y al amor. La
tercera lectura, finalmente, procurará el esclarecimiento de los
pasajes oscuros mediante un trabajo de análisis, interpretación y
discusión inclusive de los temas dudosos, todo lo cual requiere el
dominio de los idiomas –y la historia y la cultura de los pueblos
que los hablaron– en los que fueron escritas las Sagradas Escrituras.
Porque muchas veces la oscuridad de un texto proviene de una mala
traducción, o del desconocimiento del contexto, o de una
significación impuesta por el uso en una época determinada, etc.
A
partir de aquí, la exposición de San Agustín se orienta a
encarecer el estudio de las artes liberales y de los conocimientos
que formaban parte de la cultura tradicional del Imperio, bien que
formulando algunas restricciones. Así habla del estudio de las
ciencias de la naturaleza: los animales, las plantas, las piedras,
cuyas propiedades y comportamientos son citados muchas veces en las
Escrituras con una significación simbólica (como la recomendación
que Jesús hace de ser astutos como serpientes), que se perdería si
no hay un conocimiento suficiente. Recomienda la enseñanza de la
aritmética debido al valor simbólico de los números, al que han
sido tan afectos los hombres de todas las culturas y de todos los
tiempos; también este valor se halla presente en la teoría musical
y en la construcción y figura de los instrumentos que se mencionan
en la Biblia (el salterio, cuyas diez cuerdas están relacionadas
con los diez Mandamientos). Sobre este punto recuerda el obispo
algunas fábulas de los paganos –como la institución de las nueve
Musas hijas de Júpiter y de la Memoria–, para luego decir que el
hecho de que ellos hayan trabajado de esa manera los números y su
significación, y otros temas por el estilo, no es motivo suficiente
para que el cristiano los rechace: debe, sí, dejar de lado todo lo
que sea práctica supersticiosa (amuletos -hoy hablaríamos de las
ristras de ajo, las cintas rojas, los anillos de la suerte, etc.-,
tatuajes mágicos, fórmulas de encantamiento, adivinación).
Especialmente proscribe la astrología y los horóscopos que, por
una parte, minimizan la libertad del hombre (si es que no la niegan)
y, por otra, pretenden dar al hombre un conocimiento que sólo a
Dios pertenece, reproduciendo así el primer planteo de Satanás a
Eva; por eso llega San Agustín a decir que “el cristiano debe
rechazar y huir de todas estas artes de la superstición -frívola o
bien nociva- surgida de una funesta asociación entre hombres y
demonios, al modo de una amistad mentirosa y desleal”[10].
Pondera
el conocimiento de la historia para la correcta interpretación de
la Sagrada Escritura, y también para desechar errores que a veces
obedecen simplemente a un dato insuficiente que fue pasando de boca
en boca, y quedó asentado como verdadero porque nadie reparó en su
falsedad o bien en su incongruencia o cualquier otro defecto, y ello
sucedió por falta de conocimiento. Lo mismo vale para la geografía
y la geología. También la astronomía es necesaria, entre otras
cosas, para fijar el calendario litúrgico. Las artes mecánicas,
por su parte, miran a la fabricación de cosas necesarias para la
vida (una casa, muebles, etc.), o bien hacen del operario un
ministro de la acción divina (la medicina, el arte de la navegación,
la agricultura): será conveniente tener un conocimiento, una noción
de las mismas, para poder emitir un juicio y entender las alusiones
que la Biblia hace sobre ellas.
Finalmente
llega Agustín a la dialéctica y la retórica. Luego de algunos
ejemplos para introducir el tema, recuerda al lector que no es lo
mismo conocer las reglas que rigen el encadenamiento de las
proposiciones, que conocer la verdad de las sentencias –distinción
sobre la que no resultaba superfluo insistir en ese entonces–, y
subraya que sólo quien conoce la verdad merece el nombre de sabio,
aunque haya quien lo supere en el arte del razonamiento, que a
menudo se transforma en un mero juego de ingenio. También previene
sobre el mal uso de la elocuencia, arte que de suyo no es
vituperable puesto que sirve para persuadir acerca de lo verdadero.
Por consiguiente, recomienda a los jóvenes inteligentes y
estudiosos que se apliquen a estas ciencias por la utilidad que
ellas encierran, pero que lo hagan con mesura, sin deslumbrarse por
ellas y usándolas en provecho de la comunidad, y no en su propio
beneficio.
Se
cierra el libro II con la afirmación de que cuanto se espigue en
los libros que suelen estudiarse en las escuelas, se encontrará con
sobreabundancia en las Sagradas Escrituras, cuyo estudio debe ser la
culminación de todo conocimiento humano.
El
libro III trata las reglas de la interpretación, en lo que
hace a puntuación, pronunciación, sintaxis gramatical, sentido
propio y sentido figurado de términos y frases, etc.
Finalmente
el libro IV se refiere a la expresión de lo entendido, a la
comunicación de un contenido, a la enseñanza de la verdad
cristiana. Como ya dijimos, sabe que es de suma importancia para el
predicador –para el maestro de la verdad– el dominio de la
elocuencia, y es en ese contexto que dará precisiones acerca del
estudio del arte de la retórica, pero sin dejar de repetir una y
mil veces que más vale hablar con sabiduría que con elocuencia,
“pues quienes hablan con elocuencia son escuchados con placer,
en tanto quienes lo hacen con sabiduría son escuchados con
provecho”[11].
San
Agustín, que en los años de su juventud tuviera tanta dificultad
en gustar de la Sagrada Escritura debido a lo que llamaba la rudeza
de su lenguaje, pondera ahora la elocuencia inspirada de sus
autores y los propone como modelos, para que el estudio del arte
oratoria se haga directamente sobre ellos: San Pablo, el profeta Amós...
Pero advierte a sus lectores para que no intenten imitarlos en todo
ya que, por ejemplo, cuando los textos sagrados aparecen oscuros,
los intérpretes deben esclarecerlos y tornarlos comprensibles para
los oyentes, en lugar de reproducir la dificultad. Tampoco deben
exponer todos los problemas a todo hombre, sino discernir y dar a
cada uno en la medida de su necesidad y su capacidad. Es preciso
hablar con claridad, sacrificando inclusive la elegancia del
discurso cuando la condición de los oyentes no permita levantar el
vuelo, pues debe privilegiarse la comprensión por parte de éstos
de las verdades comunicadas y la edificación de los espíritus. Sin
embargo, de ser posible, procúrese una expresión elevada, acorde a
lo sublime del tema tratado. Nuevamente se hace presente aquí la
condición del obispo de Hipona como hombre que, llevando el bagaje
de la formación clásica, camina libremente por los senderos del
mundo cristiano.
A
continuación enuncia, con Cicerón, los tres objetivos del orador:
enseñar, agradar y conmover (como necesidad lo primero, como placer
lo segundo y lo tercero, como victoria). El enseñar se refiere a lo
que decimos, en tanto agradar y conmover se dan por el modo en que
lo decimos. Ciertamente, lo primero es lo más importante, lo
medular, “toda vez que cuando se habla se manifiesta la verdad,
cosa que es propia de la tarea docente”[12].
Agradar parece sin embargo algo útil para atraer a las personas que
tienen un fuerte sentido estético y toleran mal un lenguaje
directo, o una expresión no muy elaborada. Ahora bien: la verdad
enseñada con mayor o menor encanto puede pertenecer a las verdades
teóricas o meramente especulativas –que basta creer o bien
conocer–, en cuyo caso asentir a ella no es otra cosa que confesar
que es verdadera; pero “cuando lo que se enseña debe ser
puesto en práctica, y precisamente para eso es enseñado, en vano
el oyente quedará convencido de que lo que se le ha dicho es
verdadero, en vano le agradará el modo como ha sido expresado, si
no lo ha aprendido de manera tal que lo ponga en
obra”[13].
Por eso dice San Agustín que, en este último caso, el predicador
“no sólo debe enseñar para instruir, y agradar para cautivar
y retener [a sus oyentes], sino que además debe conmoverlos
[debilitando su voluntad] para vencerlos”[14],
en función de lograr una nueva conducta –o un cambio de
conducta– acorde a la verdad enseñada.
Un
discurso que reúna tales condiciones en cualquier caso se deberá,
más que a su talento, a las piadosas oraciones que el orador haya
elevado a Dios por sí mismo y por sus oyentes (perspectiva
netamente cristiana del planteo agustiniano), las cuales harán de
él un “orador” (un hombre que ora, un orante) antes que un
“decidor” (un hombre que dice palabras o discursos, un orador
al modo tradicional, ciceroniano). Esto no significa que el
predicador, o bien simplemente el cristiano, esté eximido de hablar
bien y de adquirir los conocimientos necesarios para ello, y para
probarlo están los numerosos textos que San Pablo dirige a Timoteo
y a Tito: si bien Dios es quien obra, lo hace por el ministerio de
los hombres, que deben hacer cuanto esté a su alcance para ser
buenos y adecuados instrumentos.
Continuando
con la preparación de tales “instrumentos”, el obispo de Hipona
vuelve a citar a Cicerón y recuerda que a estos tres objetivos
(enseñar, agradar, persuadir) corresponden tres estilos: “Será
elocuente quien, para enseñar, pueda tratar las cuestiones pequeñas
en un estilo sencillo; quien para agradar, trate las cuestiones
medianas con moderación; y que para conmover, diga las grandes
cuestiones en forma sublime”[15].
Pero a continuación toma distancia de lo que podría convertirse en
una aplicación rígida de los criterios clásicos, y recordando que
de lo que se trata entre los cristianos es de la salvación de las
almas, matiza la enseñanza ciceroniana: porque los grandes temas
del mundo clásico pueden ser los pequeños temas del mundo
cristiano, y porque lo que se persigue no es el aplauso del
auditorio sino el servicio de la verdad en el prójimo. Entonces y
según convenga, podrán mezclarse los estilos y los temas, y Agustín
recurre a ejemplos tomados de San Pablo, de San Cipriano y de San
Ambrosio.
Sobre
la última parte del libro, su autor da reglas para la elocuencia
eclesiástica: el orador cristiano ha de sentirse en libertad para
mezclar los diversos estilos aún en un mismo discurso, si es
necesario; cómo debe hacerlo; el efecto del estilo sublime -cuando
se ha logrado- se manifiesta más por gemidos y llanto que por
aclamaciones; el estilo simple es bueno para la instrucción en la
verdad, aunque puede no bastar para la conversión de la vida; si
quiere ser escuchado con fruto, el orador debe conformar su vida a
sus palabras, para que éstas queden corroboradas y no invalidadas
por aquélla; asimismo, debe poner siempre más atención al
contenido que a la forma de su discurso; y jamás debe tomar la
palabra para dirigirse a otros sin haber hecho antes oración
pidiendo el auxilio divino, como también al finalizar deberá hacer
la acción de gracias, como lo hace San Agustín, al finalizar su
obra.
c)La catequesis de los principiantes: es un manual para
el maestro de iniciación cristiana y, si bien se trata en este caso
concreto de un catequista –Deogracias– que plantea sus
dificultades en el ejercicio de la docencia y pide solución para
las mismas y consejo para sus clases, la respuesta de San Agustín
excede la situación puntual.
En
efecto: analiza las disposiciones que debe tener un maestro, en sí
y en el ejercicio de la docencia; alude al manejo del curso, en lo
que hace a disciplina y a impartir conocimientos, captar el interés
de los alumnos, corroborar el aprendizaje por parte de ellos; qué
hacer cuando se ha cometido un error por parte del docente, según
que haya sido advertido o no por los alumnos, o según su gravedad,
o su causa; cómo indagar las motivaciones de los alumnos en cuanto
al estudio, cómo hallar la justa medida en la exposición de los
temas de manera que no sean escasos ni profusos, etc. Todo ello con
un profundo conocimiento de la naturaleza humana, y una segura
orientación cristiana.
Porque
las dificultades planteadas y las soluciones dadas exceden el marco
histórico de la obra para cobrar vigencia universal, veamos algunas
de las preguntas que el atribulado catequista formuló a su obispo:
•
¿cómo tengo que exponer las verdades de la fe?
•
¿por dónde he de empezar, y por dónde acabar?
•
¿qué hacer con mi sequedad en la exposición, con mi falta de
vuelo apenas la catequesis se prolonga más de lo debido?
Y
el obispo de Hipona, tomando en cuenta tales planteos, dividió su
respuesta en dos partes:
I.
- El tratamiento de las dificultades del joven maestro;
II.-
La propuesta de dos modelos de catequesis, una extensa y breve la
otra.
Tan
sólo reproduciremos algunos textos pertenecientes a la primera
parte del opúsculo, en los que se entremezclan las observaciones
pertinentes a las tres preguntas de Deogracias.
•
¿Qué enseñar? ¿Cómo enseñar?
“La
narración es completa cuando la catequesis parte de:
‘En el principio Dios creó el cielo y la tierra’ (Gén. I, 1),
llegando hasta los actuales tiempos de la Iglesia. [...]
Todo
ha de ser tratado en forma breve y general, eligiendo los
hechos más llamativos, los que se oyen con más gusto y que forman
como las articulaciones del conjunto [...].
Aquellas
cosas que mayormente queremos destacar han de sobresalir sobre las
menos importantes para que el alumno, a quien queremos estimular con
nuestro relato, no llegue fatigado a lo fundamental, ni confunda
las cosas en su memoria aquel a quien queremos instruir por la
enseñanza”.[16]
“Toda
la Sagrada Escritura antigua fue escrita para anunciar la venida del
Señor, y todo lo que después se escribió –confirmado por la
divina autoridad–, narra a Cristo y exhorta al
amor.”.[17]
Todo
lo que contiene la Sagrada Escritura es figura, o es cumplimiento de
Cristo y de Su Iglesia. Por eso, toda lanarración
ha de centrarse en Cristo: esto, en cuanto al contenido de la
lección. Pero también hay aquí directivas pedagógicas muy
concretas, como ser: abreviar el relato para no fatigar al alumno;
no conceder a todos los contenidos la misma importancia, sino saber
discernir los que son más importantes de los que no lo son, para
que también el estudiante pueda hacerlo a su vez; no perder jamás
de vista, antes bien, tener siempre presente que toda lección ha de
tener como objetivo grabar en la mente, en el corazón y en la vida
misma del alumno el gran mandamiento del amor a Dios, y su
corolario, el amor al prójimo.
•
La adaptación a los oyentes
Estas
directivas de San Agustín indican claramente una educación que hoy
llamamos “personalizada”, y que es, ni más ni menos, “educación”
a secas. Porque para que haya educación debe haber siempre la
consideración y conocimiento de las personas, y la adaptación a
las mismas; si no, simplemente “no” es educación. Por eso el
obispo de Hipona dice:
“Está
el caso de la persona culta, formada en las artes liberales y
ya resuelta a hacerse cristiana, que llega a ti para recibir la
catequesis [...].
Éstos
habitualmente, y con anterioridad al momento de su conversión,
suelen indagar detenidamente acerca de todo, y han consultado y
discutido sobre los sentimientos de su propia alma con quienes podían
hacerlo.
Con
estos tales hay que proceder con brevedad y no resultar
molestos inquiriendo sobre lo que ya saben, sino resumir con
discreción [...], de modo que si en realidad sabe, no nos tome por
sus maestros; y si todavía hay algo que ignora, lo aprenda mientras
le recordamos aquello que ya conoce.”[18]
“Entre
los que vienen a hacerse cristianos hay también algunos
procedentes de las escuelas, usualmente de gramáticos y de oradores:
cuídate de contarlos entre los ignorantes, pero tampoco los
consideres entre los más doctos, cuya mente se ha ejercitado en
cuestiones sobre los grandes temas.
A
éstos
–que según parece sobresalen entre todos los demás hombres por
su arte de hablar– debemos dedicarnos con mayor intensidad
que a los ignorantes cuando vienen para hacerse cristianos: porque
han de ser seriamente advertidos para que se revistan de humildad
cristiana y aprendan a no despreciar a los que conocen mejor cómo
evitar los vicios de las costumbres que los vicios de las palabras
[...].
Han
de saber también que para los oídos de Dios no existe otra voz
que el sentimiento del alma.”[19]
“Quiero
que consideres que es distinta la intención de quien dicta algo
pensando en el futuro lector, de la del que habla y es escuchado
en ese mismo momento.
En
este último caso, también es diferente la enseñanza del que
instruye en forma privada, sin que nadie se halle presente para
juzgarnos, de la de quien enseña en público, rodeado de personas
con diversas opiniones.
Y
en esto de estar en público: será distinta la preparación si se
enseña a uno solo y los demás escuchan y asienten a lo que ya
conocen, de la que debe tenerse cuando todos juntos aprenden lo que
se está enseñando.
Y
en este segundo caso, una cosa es cuando estamos sentados y enseñamos
privadamente, como si estuviésemos en una conversación; otra,
cuando todo el pueblo en silencio y atentamente escucha a uno solo
que enseña desde la cátedra.
Interesa
mucho, como ya lo hemos dicho, saber si son pocos o muchos los que
estarán presentes; si son gente docta, o ignorante, o mezclada la
una con la otra; si son de la ciudad, o del campo, o están juntos
éstos con aquéllos; o si se trata de una multitud formada por toda
clase de personas [...].
Cuando
doy clases, me siento de diversa manera según que tenga ante mí a
un erudito o a un ignorante, a un compatriota o a un forastero, a un
rico o a un pobre, a un particular o a un funcionario o a alguna
persona que detenta alguna dignidad de cargo; según sea la clase,
edad o sexo; según que proceda de éste o de aquel error o secta.
Y
según esta diferencia de impresiones que en mí se producen, así
también se origina, se desarrolla y concluye la lección.
Porque
aun cuando la misma caridad se deba a todos, no a todos debe
darse el mismo remedio. En efecto, la caridad a unos los
engendra a la fe, con otros se enferma; a unos cuida de instruirlos,
a otros teme ofenderlos; hacia unos se inclina, se levanta contra
otros; con unos es blanda, con otros enérgica; de ninguno, enemiga;
y para todos, madre.”[20]
•
Dificultades que se le presentan al maestro
1.
El problema
“Yo
no quisiera que te turbara la idea de que tus lecciones son
frecuentemente carentes de todo valor y fastidiosas.”[21]
1.1.
La razón del problema
“[...]
Estamos comúnmente tan preocupados por ser útiles a nuestros
oyentes, y de tal modo quisiéramos expresar algo tal como en
ese momento lo vemos y entendemos, que por nuestra misma
vehemencia no logramos hacerlo.
Y
por esta impotencia nos atormentamos como si en vano nos hubiéramos
consagrado a nuestro trabajo; desfallecemos de tedio, y a causa de
este fastidio la exposición se torna más lánguida y se debilita,
de donde fácilmente se cae en la tristeza y en el
aburrimiento.”[22]
1.2.
La solución
“Pero
con frecuencia el interés de los que desean oírme me indica que mi
exposición no es tan fría como me lo parece, y por el gusto que
demuestran, deduzco que sacan algún provecho de ella [...].
También
tú has de entender [...] que tus lecciones no disgustan a los demás
como te disgustan a ti [...].
No
cabe duda que seremos oídos mucho más gratamente si nosotros
también nos gozamos en nuestra labor.
Por
tanto, no es una empresa ardua el enseñar lo que debe creerse,
estableciendo principalmente los límites de la exposición; cómo
ha de variarse la narración; cómo algunas veces debe ser breve y
otras, más larga, pero siempre completa y acabada; cuándo ha de
usarse una y cuándo la otra.
El
máximo empeño ha de ponerse en conseguir aquel método que más
place al catequista; tanto más deleitable será la lección,
cuanto más se logre esto.
Ciertamente
que esto corresponde a un precepto. Pues si Dios ama a quien da con
alegría los bienes corporales, ¿con cuánta más razón no amará
al que así dona los bienes espirituales? (II Cor.
IX, 7).”[23]
No
podemos dejar de subrayar, en primer lugar, la exigencia de alegría
que San Agustín plantea al maestro, y ello por motivos naturales
(el alumno oye con agrado a un maestro que disfruta de lo que hace y
que en ello encuentra una fuente de alegría, y no a aquél que
sobrelleva su labor como un pesado fardo que lo agobia y lo
entristece) y sobrenaturales (no se puede regalar algo –la enseñanza
en este caso, “los bienes espirituales”– y entristecerse por
el hecho de dar, o dar con amargura que quien recibe puede
interpretar mal). En segundo lugar, la libertad que manifiesta
frente al problema del método (cada uno debe adoptar aquél que le
viene bien, con el que se siente cómodo y logra mayor eficacia),
que tan tirano aparece hoy en día, cuando parece que todos deben
adoptar forzosamente aquél que está de moda, sin mirar si es
adecuado a la persona, a la materia, al grupo con el que se trabaja.
A tal punto esto es así, que en muchos lugares se exige la
presentación de una detallada planificación de contenidos con su
distribución horaria, trabajos prácticos y métodos a seguir, con
anterioridad al inicio de las clases, lo que significa planificar
en el aire, para el alumno y el grupo abstractamente considerados. Y
se cae en una verdadera dictadura de las técnicas llamadas pedagógicas,
sacrificando la creatividad personal del maestro, y dificultando la
educación del alumno.
a)
“Tanto nos deleita y nos cautiva lo que contemplamos en el
silencio de nuestro espíritu, que no queremos salir de allí volcándonos
hacia el distante y tan dispar estrépito de las palabras.
b)O también porque, cuando un discurso es agradable, más nos
agrada oírlo, o leer lo que ha sido mejor dicho –sin cuidados ni
fatigas por nuestra parte–, que adaptarlo a la capacidad de otro
de manera improvisada pero con resultado incierto, ya sea en
cuanto a la correspondencia de las palabras con el pensamiento,
sea en cuanto a su utilidad.
c)O quizá porque todo lo que tratamos de enseñar a estos
principiantes, por sernos archisabido y ya sin provecho para
nosotros, nos cansa tratarlo con tanta frecuencia [...]
d)El oyente también puede ocasionar tedio al disertante cuando
permanece indiferente, sin mostrar reacción alguna; o porque ni
siquiera indica con un gesto que entiende lo que se le dice, o que
le agrada [...]
e)A veces también nos sacan de algo que, por ser de nuestro gusto
o necesidad, queremos hacerlo; o nos contraría una orden de una
persona a la que no deseamos disgustar; o la inevitable insistencia
de quienes nos exigen catequizar a alguno: entonces, conturbados,
nos ponemos a una labor para la que se necesita mucha tranquilidad.
Nos sentimos dolidos porque nos han alterado el orden de nuestras
ocupaciones, y porque no alcanzamos a satisfacer a todos. La lección
que proceda de este afligente estado de ánimo será menos agradable,
pues la aridez de nuestra pesadumbre la hace apocada y estéril.
f)Otras veces, cuando se tiene el corazón dominado por el recuerdo
de algún escándalo, no falta quien nos diga: ‘Ven, prepara a éste
que viene para hacerse cristiano’. [...] Esta lección, sin
duda, será más floja y llena de asperezas, por salir de un espíritu
turbado y aun enojado.”[25]
2.2.
La solución
-
A a)
“Consideremos
lo que nos enseñó Quien nos ha dado ejemplo para que siguiéramos
Sus pasos (I Pedr. II, 21). Pues por mucho que nuestras palabras
difieran de la vivacidad de nuestra inteligencia, es mucho mayor
la diferencia existente entre la mortalidad de la carne y la
inmutabilidad de Dios. Y sin embargo, aun siendo de la misma
naturaleza divina que el Padre, ‘se anonadó tomando forma de
siervo, haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de
hombre se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de
cruz’ (Fil. II, 6-8)...
Si,
pues, la inteligencia se goza en sus entrañables y purísimos
pensamientos, también se deleitará al entender cómo la
caridad, cuanto más servicialmente descienda a las cosas que son ínfimas,
tanto más vigorosa volverá a su intimidad con la ayuda de la
buena conciencia de no haber exigido de los demás ninguna otra cosa
que no sea su propia y eterna salvación.”[26]
-
A b)
“Deseamos
más leer o escuchar los discursos ya hechos y mejor trabajados, y
nos causa pesadumbre el resultado incierto de lo que decimos
cuando debemos improvisar.
Cuando
el pensamiento no se aparta de la verdad, si algo en nuestras
palabras hubiera sido molesto para el oyente es fácil aprovechar la
ocasión para hacerle ver que, si entendió lo dicho, no debe hacer
caso de lo pudo sonar menos acabadamente o con menor propiedad, ya
que fue dicho para que fuera entendido.
Cuando
el esfuerzo de la debilidad humana se hubiese apartado de la verdad
misma [...], puede acaecer que quizá también el oyente tropiece.
Si tal sucediera, debemos pensar que Dios quiso probar si somos
capaces de corregirnos con placidez de espíritu, sin
precipitarnos en otro error mayor para sostener nuestra equivocación.
Si
nadie nos lo ha advertido, y ha permanecido oculto tanto para los
demás cuanto para nosotros, no hay motivo para apenarse, con tal de
que no vuelva a repetirse.
Pero
algunas veces nosotros mismos, examinando lo que dijimos,
encontramos en ello algo censurable, y no comprendemos cómo ha
podido pasar inadvertido. Movidos por la caridad, nos duele aún más
cuando vemos que lo falso fue aceptado con agrado. Presentándose la
ocasión, así como en silencio nosotros mismos nos hemos
reprendido, del mismo modo hemos de empeñarnos para que, poco a
poco, los demás puedan corregir el error [...].
Si
alguna vez y por insensata maldad algunos ciegos, chismosos,
calumniadores u hombres aborrecibles (Rom. I, 30) se alegrasen de
nuestro error, tomemos de ello motivo para ejercitarnos en la
paciencia con misericordia, para que también la paciencia de
Dios los conduzca al arrepentimiento [...].
En
otras ocasiones, no obstante haber dicho todo con rectitud y verdad,
quizá se daña y se perturba al oyente con algo no entendido, o con
algo que por lo novedoso le desagrada, porque contraría la opinión
y la costumbre de un viejo error. Si tal cosa se manifestara
exteriormente y la persona pareciera curable, debe ser atendida
sin dilación, con abundancia de autoridades y de razones. Pero
si el disgusto permanece oculto y silencioso, entonces habrás de
rogar a Dios que le dé su remedio. [...] En cuanto a aquella
lectura que nos agradaba, o a la que habíamos deseado oír por su
elocuencia y que engañosamente preferíamos a nuestras propias
palabras cuando nos hallábamos perezosos o desganados, a ella nos
volvemos luego de nuestro esfuerzo más satisfechos y más dichosos.”[27]
-
A c)
“Si
nos cansa repetir a menudo las enseñanzas apropiadas y usuales
para los niños, será necesario que nos adaptemos a ellos con amor
fraternal, paternal y maternal, y así unidos a sus corazones, hasta
a nosotros mismos nos parecerán novedosas [...].
¿Acaso
no suele suceder con algunos lugares amplios y hermosos –tanto de
la ciudad como del campo– que, a fuerza de verlos, pasamos de
largo ante ellos sin placer alguno? Y luego, al mostrárselos a
quien nunca los había visto, se renueva nuestro gusto ante el
placer que la novedad les causa a ellos. [...]
Hay
que renovarse, pues, con la novedad que resulta para ellos
<los alumnos>; de manera que si nuestra enseñanza, a fuer de
rutinaria, había sido fría, ahora se inflame ante la
extraordinaria atención que le prestan.”[28]
-
A d)
“No
cabe duda que es fatigoso el estar hablando hasta alcanzar el fin
prefijado cuando vemos que el oyente permanece impasible [...],
cualquiera sea la causa que nos oculte y nos haga impenetrable su
estado de ánimo. [...]
Así
pues, con suave exhortación debe quitársele el excesivo temor que
le impide manifestar su opinión, y aminorar su vergüenza insinuándole
una mayor relación fraternal.
Asimismo
hay que interrogarlo para ver si ha entendido, e inspirarle
confianza para que libremente exponga lo que, según su parecer,
deba ser discutido.
Pregúntesele
también si ya había oído antes lo que ahora se le enseña, por si
es el caso que no le interesa por tratarse de algo ya conocido y
corriente, y actúese según su respuesta [...].
Y
si no obstante toda esta dedicación notamos que es muy lerdo, necio
y aun contrario <a nuestro trato hacia él>, habrá que
soportarlo con misericordia [...] y más que decirle a él muchas
cosas sobre Dios, habrá que decirle a Dios mucho a favor de
él.”[29]
-
A e)
“Debes
pensar que lo único que sabemos [...] es que cualquier trabajo
que hagamos por los hombres, debemos hacerlo por un deber de muy
sincera caridad.
Luego,
dejando esta consideración de lado, es muy incierto qué es lo más
útil entre todas las cosas que hacemos <o que queremos
hacer>; qué es más oportuno interrumpir, u omitir totalmente.
[...]
Por
tanto, las cosas que hay que hacer, corrientemente debemos
ordenarlas según nuestro buen entender. Si podemos realizarlas como
lo habíamos planeado, nos alegraremos porque plugo a Dios –y no
a nosotros– realizarlas de este modo. Y si alguna necesidad
interviniese perturbando nuestro plan, dobleguémosnos con
facilidad, para no quebrarnos. Hagamos nuestro el plan que así Dios
nos propone, porque sin duda es más justo que nosotros sigamos Su
Voluntad, que no Él la nuestra.”[30]
-
A f)
“No
es propiamente el escándalo de alguien lo que nos entristece, sino
aquél que perece <por el escándalo del pecado de otro>, y
aquel otro por cuyo pecado creemos que perece el más débil.
Pero
éste que llega <justo en ese momento> para ser catequizado,
al darnos esperanzas de aprovechamiento interior enjuga el dolor
producido por aquel que produjo el escándalo <que nos tiene
afligidos>.
Si
la tristeza proviene de un pecado o de un error nuestro, entonces
recordemos no sólo que un corazón arrepentido es un sacrificio
grato a Dios (Sal. L, 19), sino también aquello otro que dice:
‘Porque como el agua apaga el fuego, así la limosna al pecado’
(Eclo. III, 33), y: ‘Prefiero la misericordia al sacrificio’
(Os. VI, 6). [...]
Y
así sucede que, aun cuando el catequizar fuese solamente útil pero
nada se perdiese con omitirlo, sin embargo despreciaríamos estúpidamente
un remedio ofrecido no tanto para la salud de los demás, sino para
la nuestra que se halla en peligro (...).
¿Qué
clase de locura es que, atormentándonos nuestro pecado, nuevamente
queramos pecar negando los bienes del Señor a quien los quiere y
nos los pide?
Con
estos y otros pensamientos similares expulsemos las tinieblas de
nuestras tristezas y hagámosnos aptos para enseñar; y lo que
activa y alegremente ofrezcamos, impregnémoslo suavemente con la
abundancia de la caridad.”[31]
San
Agustín valora la figura del maestro, a pesar de su trabajo muchas
veces aparentemente invisible (y en una época en que el maestro
ya no merecía ninguna estima); considera los límites del maestro
–como los de cualquier ser humano–, que incluyen la posibilidad
del error, e indica maneras de remediar la equivocación, y de
sobrellevar a quienes se burlan y hasta se alegran de ella; reconoce
el cansancio del maestro y su tedio por la rutina –“lo mismo
cada día, cada semana, cada año”– y le propone recursos psíquicos
para salir de ella; también sabe lo dura que resulta la tarea
docente cuando el alumno no responde, cuando no se puede llegar a él,
y apunta formas de averiguar qué es lo que está pasando, cómo
revertir la situación o bien, y después de haberlo intentado todo,
cómo seguir adelante. Y no deja de considerar la situación
personal y espiritual del maestro, a quien ayuda en sus flaquezas:
“hagámosnos aptos para enseñar...”.
PARA
REFLEXIONAR:
1)
¿Por qué estudiamos a San Agustín?
•
Porque se ubica en un momento estratégico
en la historia de la humanidad y de la educación: en el pasaje del
único mundo conocido hasta entonces, el mundo grecorromano, con
su civilización y su cultura paganas, hacia un mundo nuevo y
desconocido, un mundo signado por el Cristianismo, pero también
dominado por los bárbaros, y todo ello coincidiendo con el pasaje
de un siglo a otro.
También
hoy, en el paso no sólo de siglo sino de milenio, nos encontramos
con muchos cambios que parecen configurar algo así como otra
civilización, que obliga a repensar y reformular a veces, o
mantener contra viento y marea en otros casos, valores, conceptos,
normas y pautas de vida, etc. Y así nos encontramos redefiniendo:
al hombre –y no toda definición es válida–, su especificidad y
sus diferencias con lo no-humano, su conducta y los valores que
deben regirla (alcances y límites de lo que puede, y lo que debe o
no debe hacer: la relación entre la ética y la ciencia y la técnica);
la sociedad y el hombre en ella, bien común y bien particular; el
tema del conocimiento, qué es la verdad, lo absoluto y lo relativo
en este tema, y la relación con los valores morales; la religión,
su vigencia, su relación con el hombre y su vida personal y social,
la seriedad y el compromiso del hombre para con ella; el trabajo, el
dinero, las economías; la política; la naturaleza y las relaciones
del hombre con ella, etc. Y, como en tiempos de San Agustín, habrá
que pensar estos temas con seriedad: conocerlos, tener un juicio
sobre ellos, armonizarlos e integrarlos y, en función de ello, diseñar
un mundo, un hombre, una sociedad, una vida, y aplicarse a su
realización. Algo habrá que tomar de lo viejo, algo habrá que
tomar de lo nuevo, y poner todo según corresponda en un molde
original: pero con discernimiento, en una actitud personal, y no por
moda, o por la presión de los medios, o con el afán de la novedad,
o por comodidad o por ignorancia.
•
Porque el mundo grecorromano se
caracterizaba por una cultura humanista, nota que ha prevalecido
hasta nuestro siglo y de la que San Agustín no quiso prescindir
–a pesar de su paganismo y de la corrupción que la aquejaba–
sino que la integró en la concepción cristiana, sin renunciar ni
al hombre, ni a Dios. Nuestro tiempo, en una civilización que hemos
dado en llamar occidental y cristiana, parece estar signado por lo
que podríamos llamar la idolatría de la ciencia y de la técnica y
sus connotaciones: ideológica, política, económica, cultural...
que amenazan con acabar con el hombre y su vida, a través de una
verdadera dictadura (“Lo dice la computadora, y ella no se
equivoca; luego, es así”, olvidando que es el hombre con toda su
falibilidad quien la maneja; “Son necesidades de la economía”
y, aunque la tal economía sea sólo un dibujo en planillas, salvaje
en su ignorancia del hombre y de la familia y en su actitud
atropelladora, se pone en vigencia; sin hablar del aborto y la
eutanasia y la clonación por una parte, y la guerra con sus ocultas
razones ideológicas y de mercado por otra, etc.). Tiene que haber
un muy claro concepto del hombre y de lo humano, para que la ciencia
y la técnica lo sirvan de acuerdo a su dignidad, y no lo tiranicen.
•
Porque el mundo medieval se presenta,
en su primer momento, afectado por la violencia de las invasiones de
los bárbaros. Nosotros, hoy, casi podríamos hablar de una barbarie
cultural –no como la que amenazaba al Imperio Romano del siglo V,
pero tal vez más devastadora– a pesar de los avances científico-tecnológicos,
toda vez que éstos a menudo no sirven al hombre sino que por el
contrario lo destruyen –o destruyen lo humano en el hombre,
cosificándolo–. Por otra parte y cada vez más,por la poderosa acción de los medios de comunicación y la
informática se recibe la propuesta de modelos en términos que
implican la reducción del hombre al animal, o bien a la máquina
(el famoso “recurso humano”, que cosifica al hombre reduciéndolo
a un medio o instrumento, porque eso y no otra cosa es el recurso;
la ponderación en términos de “un buen lomo”, “potro”...;
la exhortación a participar de una buena bebida como “unite al
rebaño”; la referencia a la maternidad y todo el proceso en términos
de “alquiler de vientres, madre portadora”, etc.). También el
lenguaje, tan preciado para la cultura humanista, se usa de una
forma que parece ser la negación de toda racionalidad: “loco”
(que es un estado patológico, irracional) es la forma de dirigirse
a un amigo; “ídolo” (que por definición es un dios falso) es
la aclamación a quien se admira... y otras tantas que no tiene caso
reproducir. Y las costumbres. Y la droga. Y la criminalidad. Y
ahora, otra vez, la guerra.
2)
¿Qué puede aportarnos su propuesta educativa?
•
La
sensatez de su punto de partida, que no es la ignorancia del sistema
educativo existente, ni la voluntad de hacer tabla rasa del mismo,
sino el aprovechamiento de cuanto de bueno existe, integrándolo en
una propuesta nueva.
•
La seriedad y la profundidad de su planteo, que se centra en los
principales conceptos pedagógicos: qué es la educación, el
sujeto de la educación, el fin de la misma, el ideal educativo,
la figura del maestro, los contenidos, el método. Sin la elaboración
de los mismos, no puede haber una propuesta educativa válida.
•
La jerarquía de valores que debe presidir todo proceso educativo,
el cual, por su parte, debe encarnarla y hacerla vigente tanto en lo
teórico cuanto en lo práctico.
•
La incorporación de Dios y de la dimensión religiosa a la educación
y a la vida del hombre, de una manera real y exigente y no meramente
declamada. San Agustín no admite que en el cristiano la fe se
proclame en la Iglesia los domingos, en tanto la vida se encamina en
dirección opuesta los restantes días de la semana. Cuando se tiene
que enseñar, hacerlo bien también es una cuestión religiosa, cae
dentro de los deberes del hombre para con Dios y deberá responder
por ello; cuando se tiene que estudiar, lo mismo; y también el
fabricar zapatos, el comercio, el oficio de empleado público,
gobernar o ser súbdito, o lo que fuere. En tanto una actividad
forma parte de la vida del hombre y el cómo hacerla (bien o mal)
depende en alguna medida de su libertad, tiene una dimensión
religiosa: en ella y con ella se ama (o no) y se sirve a Dios, se
cumple (o no) Su Voluntad, etc. Y de la misma manera con las
actitudes.
•
El concepto del cristiano culto, entendiendo que la cultura no es
una “exquisitez” por sobreabundancia de tiempo, sino una
necesidad para ser un mejor cristiano. Se trata, pues, de desplegar
las potencialidades propias y naturales del ser humano para ponerlas
al servicio del ser cristiano: conocer la propia religión en
altura, anchura y profundidad, lo que lleva a conocer mejor a Dios
para amarlo y servirlo mejor, en el ámbito y según las
disposiciones de Su Iglesia y con la vida nuestra de cada día.
3)
¿Por qué hemos trabajado los textos sobre el maestro?
•
Porque
son eminentemente prácticos. Por la agudeza de las observaciones de
San Agustín, la explicación que da de las dificultades planteadas,
y las soluciones que, además deestar magistralmente impostadas en el contexto religioso, son
puntuales y al alcance de todos en cuanto a su concreción.
•
Porque también se refieren al maestro de hoy, en todos los niveles
de la educación, en cualquier lugar e institución.
Bagué,
E.Edad Media. Diez siglos de civilización. Barcelona: Luis
Miracle, 1942.
Fraboschi,
a.A.
San Agustín. La integración de la cultura clásica en la educación
cristiana.
Buenos Aires: EDUCA, 2001. 61 p. (Cuadernos de Historia de la
Educación y de la Cultura, 10).
Fraboschi,
A.A.; Stramiello, C.I.
Dos pilares de nuestra educación: la cultura clásica y la enseñanza
medieval. Buenos Aires: EDUCA, 2001. 76 p. (Cuadernos de
Historia de la Educación y de la Cultura, 5).
Galino,
M.A.Historia de la Educación. 4ª ed. Madrid: Gredos, 1982.
Marrou,
H.-I.
Saint Augustin et la fin de la culture antique. Paris: E.
de Boccard, 1958. XV, 713 p.
Murphy,
James J.La retórica en la Edad Media. Historia de la teoría de la retórica
desde San Agustín hasta el Renacimiento. México: Fondo de
Cultura Económica, 1986
Paul,
J.
Histoire intellectuelle de l'Occident médiéval. Paris:
Armand Colin, 1973.
San
Agustín.
El Maestro
La
catequesis de los principiantes
La
cultura cristiana
van
der Meer, F.San Agustín, pastor de almas. Vida y obra de un Padre de la
Iglesia. Barcelona: Herder, 1965. 770 p.
NOTAS
[1]
Entre sus muchísimas obras podemos citar las Confesiones
(obra autobiográfica de gran hondura psicológica); La vida
feliz; La Trinidad (una de sus obras teológicas más
importantes); El Maestro (un tratado sobre el
conocimiento); La cultura cristiana (obra de gran
predicamento en la Edad Media, sienta las bases de la educación
cristiana, y un principio fundamental: el cristiano ha de ser un
hombre culto –cultivado como hombre–, para llegar a ser un
cristiano culto –cultivado como cristiano–); La Ciudad de
Dios (una teología de la historia que contrapone la ciudad
del hombre –ese mundo que se acababa, por las invasiones de los
bárbaros que ya habían llegado a Roma, saqueándola, pero también
por su propia y disolvente corrupción– a la Ciudad de Dios, la
Jerusalén celestial, verdadera y eterna patria del hombre). (vuelve
al texto)
[3]
El Logos es la Palabra concebida por Dios, Dios que se
piensa (“En el principio era el Logos, y el Logos estaba en
Dios, y el Logos era Dios”, Juan 1,1); el Verbo Divino es la
Palabra pronunciada por Dios, Palabra creadora de todos los seres
que, en diverso grado, expresan algo de la Perfección Divina modo
de imagen, huella o bien vestigio (“Todo fue hecho por Él”,
ibíd., 2); Cristo es el Logos o Verbo Divino encarnado,
Palabra pronunciada por Dios para expresar al hombre Su Amor (“Y
el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros”, ibíd.,
14). (vuelve al texto)
[4]
Es otro modo de decir aquella frase bíblica: “Donde está tu
tesoro, allí está tu corazón”. Tu tesoro: lo que pesa
en tu vida, lo que centra y da sentido a tu existencia, porque allí
ha echado anclas tu amor. (vuelve al
texto)
[5]
Desgraciadamente esto sucede muchas veces: adultos por la edad y
por su desarrollo físico e intelectual, realizando trabajos de
adultos, viviendo situaciones de adultos como la formación de
una familia, participando en sucesos de diversa índole (políticos,
deportivos, etc.) que plantean responsabilidades de adultos..., en
materia de formación religiosa y de planteos y exigencias de fe y
conducta según criterios sobrenaturales son criaturas de siete u
ocho años, de los tiempos de su Primera Comunión, en los que su
conocimiento y su maduración quedaron detenidos. Y en
determinados momentos de su vida chocan los criterios de la
criatura y del adulto, prevaleciendo los de este último, que
entonces se las arregla para legitimar divorcios, abortos, robos,
estafas, trampas, irresponsabilidades... porque todo lo otro
“son cosas de cuando era chico: hay que saber comprender, hay
que crecer, evolucionar, porque el mundo ha cambiado”, y tanto más
por el estilo. (vuelve al texto)
[8]
Murphy señala aquí la presencia de la trilogía isocrática:
talento, educación y práctica, para la formación del orador, y
la llama “piedra angular de la tradición ciceroniana” (Murphy,
James J.La retórica en la Edad Media. Historia de la
teoría de la retórica desde San Agustín hasta el Renacimiento.
México: Fondo de Cultura Económica, 1986, p. 75). Con lo que una
vez más advertimos que San Agustín no hace caso omiso de la
formación clásica, sino que en su propuesta parte de ella, pero
avanzando en la línea de una formación cristiana. (vuelve
al texto)