ABSTRACT:
Curso Historia General de la Educación,
impartido por la profesora Azucena Fraboschi de la Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad Católica Argentina durante el
curso 2002-2003 dentro de la asignatura de primer año: Ciencias de la
Educación. El curso desarrolla y analiza la Historia de la Educación
Antigua y Medieval en cuatro bloques: LOS
ANTECEDENTES DE LA EDUCACIÓN EN EL MUNDO OCCIDENTAL Y CRISTIANO,
LA EDUCACIÓN INSTITUCIONALIZADA
EN EL MUNDO HELENÍSTICO-ROMANO (PERÍODO
IMPERIAL),
EL ENCUENTRO DE LA CULTURA CLÁSICA Y LA EDUCACIÓN CRISTIANA EN LA EDAD
MEDIA (S. V-X) y
FORMAS DE LA
EDUCACIÓN EN LA BAJA EDAD MEDIA (SIGLOS
XII-XIII). El curso se complementa al impartido por la profesora Clara Inés
Stramiello y que analiza la
Historia General de la Educación Moderna y
Contemporánea. .......................................
Aunque es
inmediatamente anterior al período del Imperio, pues su vida
transcurre en los últimos días de la República, el estudio de Cicerón
es insoslayable cuando de la historia de la educación se trata,
porque presentó un ideal de vida y de educación: la humanitas,
que a su juicio expresaba al romano, así como el concepto de paideia
caracterizaba al griego, según decía Isócrates.
En el siglo II d.C. Aulo Gelio, en sus Noches Áticas, dará
una muy buena definición de lo que por entonces se entendía como la humanitas,
diciendo:
Quienes
crearon las palabras latinas y quienes las usaron bien, no quisieron
que humanitas fuese eso que la opinión vulgar tiene por
cierto y que los griegos llaman filantropía, significando
cierta actitud favorable y una benevolencia indiscriminada hacia
todos los hombres; llamaron humanitas a lo
que, aproximativamente, los griegos denominan paideia, y
nosotros, conocimiento y educación [formación] en las artes
liberales. Quienes sinceramente se interesan por ellas y las desean
con ansia, éstos son en verdad los más cultos [civilizados y, por
ello, hombres].
Humanitas
aparece entonces como sinónimo de cultura, el cultivo del espíritu
como el valor humano por excelencia, aquello que hace que un hombre
sea plenamente tal, y ése es el fin de la educación. Para Cicerón,
la encarnación de la humanitas, su tipo ideal, es la figura
del orador, al que define así:
Será digno
de tan ilustre nombre quien hable sobre cualquier asunto que deba
desarrollar, y lo haga con prudencia, orden, ornato, con buena
memoria y cierta dignidad en la acción.(1)
Y para dar una idea
de la excelencia del orador, lo compara con otros quehaceres humanos:
Pues para
aprender los restantes oficios basta con ser un hombre común, capaz
de entender y retener en la memoria lo que se le enseña, o quizá
se le inculca reiteradamente si acaso es de comprensión lenta. No
se busca la agilidad de la lengua, ni vivacidad en las palabras, y
tampoco aquello que no podemos fingir: el aspecto, el rostro, la
voz. Pero en el orador debe requerirse la agudeza de los dialécticos,
el pensamiento del filósofo, las palabras de los poetas, la memoria
de los jurisconsultos, la voz de los trágicos y hasta el gesto de
los más grandes actores. Por eso, nada es más raro de encontrar
entre los hombres que un orador perfecto. Pues los entendidos en
otros asuntos, si han logrado aunque sea mediocremente algunas de
estas cualidades, son aceptados; en el caso del orador no puede
haber aprobación a no ser que todas ellas se encuentren reunidas, y
en su mayor perfección.(2)
Y, entrando de lleno
en un tema que muchos ánimos había caldeado en el siglo IV en
Grecia: ¿Cuál es el tipo ideal: el filósofo (adalid de esta posición
había sido Platón)
o el orador (con Isócrates a la cabeza)?, compara al orador con el
filósofo, atribuyendo la excelencia al primero:
Ahora, si
alguno quiere llamar orador a este filósofo que nos brinda
abundancia de conocimientos con elocuencia, por mí puede hacerlo; y
no me opondré a quien prefiera llamar filósofo a aquel que posee
la sabiduría unida a la elocuencia. Pero quiero dejar establecido
que no es digna de alabanza la torpeza para hablar de quien tiene
los conocimientos, mas no puede expresarlos con palabras; tampoco lo
es la ignorancia de aquel a quien las palabras no le faltan,
careciendo no obstante de contenidos. Si tuviera que elegir entre
una y otra, ciertamente preferiría la sabiduría falta de
elocuencia, a una verborrágica necedad. Sin embargo, si buscamos a
quien esté por encima de todos, debemos otorgar la palma al orador
docto; permítase que se le cuente entre los filósofos, y cese toda
controversia. Pero si separamos al filósofo del orador, aquél será
inferior, porque en el orador perfecto se encuentra toda la ciencia
del filósofo, mientras que en los conocimientos de los filósofos
no se halla necesariamente la elocuencia. Y aunque quieran
despreciarla, deben admitir que corona, de algún modo, su saber.(3)
¿Cómo realizar ese
ideal de excelencia, si es que ello es posible? Cicerón indica que
para lograrlo deben tenerse en cuenta, por una parte, las aptitudes
naturales del sujeto, y por otra debe brindársele una educación
adecuada que contemple la formación intelectual, moral y hasta física,
comprendiendo en ella la ejercitación de las facultades, un adecuado
bagaje de conocimientos -unos técnicos y otros a modo de cultura
general-, la formación de un juicio moralmente recto, el trabajo
sobre la voz, el cuerpo, las posturas físicas, el dominio del rostro,
los ademanes, etc., y todo ello no sólo en interés propio sino y
primeramente, al servicio de la República.
En lo que hace a las
aptitudes naturales, el maestro ha de procurar conocer cuáles son en
cada uno de sus alumnos, para trabajar criteriosamente con él y según
lo que va pautándole su propia naturaleza, no sólo en cuanto a las
metas propuestas, sino también en cuanto a los métodos utilizados
(educación personalizada).
Porque en
este momento yo educaría a un orador -si pudiese hacerlo-
considerando, ante todo, qué es lo que puede llegar a hacer.
Quisiera que tuviese alguna instrucción en letras, que hubiera oído
y leído algo, que conociera esos preceptos [propios de la escuela].
Examinaría qué es lo que le conviene, qué puede hacer en cuanto a
la voz, las fuerzas, la respiración, el modo de hablar. Si viera
que puede alcanzar los más altos desempeños no sólo lo exhortaría
a trabajar sino que, si me pareciese que también es un hombre de
bien, se lo pediría vivamente (a tal punto estimo que el orador
excelente que es al mismo tiempo un hombre virtuoso constituye un
ornato para la ciudad entera). Pero si creyera que, aun haciéndolo
todo de manera muy esforzada, llegaría a ser solamente un mediocre
orador, lo dejaría hacer a su gusto, sin molestarlo gran cosa. Mas
si fuera en un todo incapaz, hasta contrario [a tal profesión], le
advertiría para que se abstuviese [de estos estudios] o se dedicase
a otros asuntos. Porque de ningún modo debemos desalentar con
nuestras prédicas a quien puede llegar a ser un eximio orador;
tampoco ha de mudar de parecer quien puede obtener algunos
resultados. Lo primero [llegar a ser un excelente orador] me parece
propio de cierta divinidad; lo segundo, esto es, no hacer lo que no
puede hacerse óptimamente, o hacer lo que no se hace del todo mal,
es propio de la condición humana. Pero lo tercero, vociferar contra
toda conveniencia y fuera de toda posibilidad, es (como tú lo
dijiste, Catulo, refiriéndote a cierto charlatán) característico
del hombre que reúne con su personal pregón numerosos testigos de
su propia necedad.(4)
En lo que a la
formación se refiere, encarece el estudio de la historia y de los
grandes hombres del pasado, como también de las leyes y el derecho, y
el de la filosofía, sin ignorar, por supuesto, la literatura:
"Nadie podrá ser un orador perfecto si no posee el conocimiento
de todas las grandes cosas y de las artes. Pues desde el conocimiento
de las cosas es que debe florecer y abundar el discurso; si no está
sustentado por lo que el orador ha visto y conocido, acaba siendo una
locuacidad vana y casi pueril"(5).
Atribuye particular
importancia al dominio del lenguaje y al cultivo de la memoria. Sobre
lo primero dice:
En cuanto a
las dos cualidades que he mencionado [la pureza de la lengua y la
claridad en la expresión], no esperaréis -según creo- que os
indique la razón de ser de un lenguaje exento de defectos, y
brillante. Porque no intentamos enseñar a hablar en público a
quien no sabe siquiera expresarse; ni es de esperar que quien no
puede hacerlo en un latín correcto, hable con elegancia; tampoco
podremos admirar lo dicho por quien habla de modo tal que no
entendemos lo que está diciendo. Por consiguiente dejemos esto, que
lo uno es de fácil conocimiento, y de uso necesario lo otro. Pues
la pureza del lenguaje se enseña con las primeras letras y la
instrucción propia de los primeros años; la claridad, que se
requiere para que sea inteligible aquello que se dice, es necesaria
a tal punto que no puede por menos que exigírsele al orador. Pero
toda la elegancia en el hablar, si bien se perfecciona con el
conocimiento de las letras, no obstante se acrecienta leyendo a
oradores y a poetas. Pues aquellos viejos romanos, que aún no podían
añadir ornato alguno a lo que decían, se expresaron casi todos de
un modo admirable; y quienes se habían acostumbrado a su conversación,
ni deseándolo hubiesen podido hablar sino en ese buen latín. Sin
embargo, no deberán emplearse esas palabras ya desterradas por la
costumbre, a no ser cuando convenga para embellecer el discurso, según
mostraré; pero entre las palabras de uso común deberá recurrirse
a las más escogidas, lo que requiere detenerse mucho y
reflexivamente en las obras de antaño.(6)
Sobre la memoria, si
bien reconoce que se trata de una aptitud natural, es categórico a la
hora de ponderar la necesidad de una ejercitación adecuada, tanto
para aquél que la posee en alto grado como para quien la tiene
escasa; ambos necesitan trabajarla para un uso fructífero.
¿Es
necesario que yo hable sobre lo fructífera que es la memoria para
el orador, cuán útil y poderosa? [Gracias a ella] puedes retener
lo que has estudiado al aceptar una causa, lo que tú mismo has
reflexionado; tener fijas en la mente todas las opiniones, el bagaje
de las palabras bien distribuidas; escuchar de tal manera a quien te
instruye, o a quien luego debes responder, que hasta parezca no que
han hablado a tus oídos, sino que han escrito lo dicho en tu mente.
Así, sólo quienes tienen buena memoria saben qué han de decir, en
qué medida y con qué palabras; qué es lo que han refutado ya y qué
falta aún; y recuerdan mucho de lo que hicieron [cuando
intervinieron] en otras causas, y de lo que oyeron de boca de
otros.Por donde confieso, sin duda alguna, que la naturaleza es el
principio de este bien -como lo es de todo aquello de lo que ya he
hablado-; pero este arte de hablar (o tal vez cierta imagen y
semejanza de un arte) tiene la fuerza, no de engendrar y procrear
algo que no existía absolutamente en nosotros, pero sí de nutrir,
formar y fortalecer lo ya nacido. Sin embargo, casi no hay persona
cuya memoria sea tan viva que pueda abrazar la disposición de todas
las palabras y los pensamientos sin haber anotado y ordenado
previamente las cosas; ni se encuentra tampoco alguien tan torpe que
no pueda ayudarse con este hábito y ejercitación.(7)
En realidad, y
presupuesto el estudio, Cicerón encarece la ejercitación en cuanto a
todo, y en todo momento, como también la imitación -siempre de los
mejores modelos-.
La formación moral,
por su parte, le merece una gran atención, y en ella declara seguir a
los estoicos. No concibe dar el nombre de orador a quien no sea un
hombre probo, y llega a decir incluso que si se diese un tal caso, se
estaría frente a un sujeto de extrema peligrosidad, dado que es muy
grande el poder sobre los demás que la elocuencia da a una persona,
pues se trata nada menos que de la persuasión y orientación -un modo
sutil de manejo- de los ánimos gracias a la eficacia de la palabra.
La
elocuencia, en efecto, es una de las más grandes virtudes. Aunque
son todas igualmente virtudes y convenientes, no obstante algunas
aparecen más hermosas y con más brillo que otras; es el caso de ésta
[la elocuencia] que, abrazando el conocimiento de las cosas, de tal
manera explica con palabras los afectos y pareceres del alma, que
puede llevar a sus oyentes hacia donde ha aplicado todos sus
esfuerzos. Cuanta mayor es su fuerza, más debe ir unida a la
probidad y a una prudencia extrema; si a quienes carecen de dichas
virtudes les enseñamos los recursos oratorios, no haremos de ellos
oradores, sino que habremos dado armas a personas ya fuera de sí.(8)
Cicerón también se
ocupa de todo lo que se refiere específicamente a la enseñanza de la
retórica: su definición, objetivos, métodos para su estudio y técnicas
para su ejercicio.
Séneca, filósofo de
formación estoica, privilegia la naturaleza como guía para la
formación del hombre. Pero esta naturaleza es racional, en virtud del Logos, principio ordenador que gobierna al mundo y que es: en el
hombre, razón que conoce y comprende; en el cosmos, la ley natural
por la que es precisamente cosmos (orden) y no caos. Por consiguiente,
seguir a la naturaleza será siempre seguir a la razón, regirse por
ella, actuar según su normativa. Pero esta razón, a su vez, debe
hallarse en armonía con la razón universal, inscribirse en el orden
del universo, cuya alteración es el único verdadero mal.
La moralidad del
hombre, su bien, consistirá entonces en esa armonía(9),
y ésa es la tarea de su vida y su realización personal. ¿Cómo lo
logrará? No ciertamente gracias a los estudios, y menos a los
estudios retóricos, que por sí mismos no garantizan otra cosa que
conocimientos, dejando la virtud moral fuera de toda consideración.
Porque, dice Séneca,
¿de qué me
aprovecha saber dividir un campo en partes, si no sé compartirlo
con mi hermano? [...]. Me enseñas cómo no perder nada de mis
tierras; pero yo quiero aprender cómo perderlas con alegría [...].
Sabes lo que es una línea recta: ¿qué te aprovecha, si ignoras lo
que es la rectitud en la vida?(10).
Y así extiende su
crítica a cada una de las artes liberales y a la paideia
helenística en general, concluyendo que más bien aleja al hombre de
la virtud, en lugar de acercarlo a ella.
Frente a la postura
que define los estudios liberales como "aquéllos dignos del
hombre libre"(11),
el filósofo puntualiza que "el único estudio verdaderamente
liberal, el que hace al hombre libre, es el estudio de la sabiduría,
estudio sublime, sólido, magnánimo; los otros son pueriles e insignificantes"(12),
y añade:
Sólo una
cosa perfecciona al alma, y es el conocimiento inmutable del bien y
del mal, que compete únicamente a la filosofía.
Filosofía que no es
sólo contemplativa, ni desinteresada, sino que está orientada a
dirigir la vida del hombre desde su núcleo moral. Séneca se apoya en
la filosofía estoica, si bien parece haber conocido también el
judaísmo y ha llegado a atribuírsele conocimiento del Cristianismo
(hay quienes hablan hasta de una conversión a éste, y el Medioevo le
inventó un intercambio de cartas con San Pablo).
Su actividad docente,
que transcurre a modo de una dirección espiritual a menudo ejercida
epistolarmente, se centra en torno al soberano bien, que define de
diversas maneras:
El sumo bien
es un ánimo que, despreciando las cosas fortuitas [azarosas], está
alegre a causa de la virtud; o bien es una invencible fortaleza de
ánimo, sabedora de todas las cosas, apacible en su actuar, con gran
humanidad y solicitud hacia aquellos con quienes trata.(13)
Soberano bien que el
hombre debe conocer y reconocer, hacia el que debe tender, y en
función del cual debe ordenar su vida. "Admite el principio de
que no hay felicidad sin virtud, y merecerán el nombre de bienes aún
todas las desgracias de la vida"(14),
porque toda fortuna es de desparejo valor y pasajera, la que llamamos
buena y la mala, en tanto
sólo es
bueno lo que es honesto. La sabiduría te persuadirá de que lo
honesto no es susceptible de más o de menos intensidad, y de que es
tan inflexible como la regla que sirve para trazar reglas rectas.
Por muy poco que cambies el trazado, la línea ya no es recta; y lo
mismo diremos de la virtud: es recta o no lo es [no es virtud].(15)
Pero, ¿qué es, en
definitiva, la virtud?
Es un juicio
verdadero y firme [constante, invariable], que impulsa al alma y que
la esclarece acerca de todas las apariencias [ilusiones] que la agitan.(16)
Es armonía interior,
es discernimiento del alma, es concierto con el universo, es señorear
en sí mismo y sobre cuanto acontece, es servir a Dios con libertad.
Es tarea en la que están empeñadas inteligencia y voluntad, que
requiere esfuerzo sostenido, ejercitación perseverante, y una gran
pureza de intención. Y de eso se trata la educación para Séneca: no
la formación de un profesional de la palabra, tampoco la de un hombre
culto entendido como alguien que ha acumulado conocimientos, sino la
formación de un hombre en un sentido eminentemente moral, realizada a
través de un trato absolutamente personal, en el que subraya el valor
de la ejemplaridad:
Esto es, mi
querido Lucilio, aprender la filosofía por la práctica y
ejercitarse para la verdad: considera cuál es el ánimo del hombre
sabio contra la muerte y contra el dolor, cuando la primera está
cercana y el segundo le apremia. Lo que debe hacerse, aprendámoslo
del que lo hace.(17)
Es una educación que
no reconoce el límite de los años escolares porque los trasciende,
como los trasciende la vida.
Para Cicerón, educar
era formar al orador, en tanto para Séneca consistía en formar al
filósofo. Pero el sentido práctico, el pragmatismo del romano se
imponen, y en su obra La formación del orador (escrita al
término de su vida y de su actividad docente) Quintiliano vuelve al
ideal ciceroniano del orador, bien que subrayando en su educación -y
en su actividad profesional- la dimensión ética que fuera
fundamental en la perspectiva senequista. Su ideal de orador será
un hombre que
sobresalga por la naturaleza de su ingenio, cuyo entendimiento esté
tan completamente adornado de las muy bellas artes [las artes
liberales], y dedicado de tal modo a los asuntos de la vida humana,
como jamás antes conoció la antigüedad; alguien, finalmente,
único y perfecto, que tenga los mejores sentimientos y un modo de
decir excelente.(18)
Pero no se trata de
formar a un técnico de la oratoria, sino y fundamentalmente al hombre
que ha de ser orador; por consiguiente, la educación de este orador
debe estar regulada por su naturaleza humana a la que ha de
perfeccionar (al igual que la primacía de la dimensión ética sobre
toda otra, también esta exigencia de armonía entre educación y
naturaleza es influencia estoica). Pero son privativas del hombre la
capacidad de razonar y la de hablar, a cuyo perfeccionamiento se
orientan la dialéctica y la retórica, respectivamente; sin embargo,
y siempre de acuerdo a las pautas estoicas, la conducta humana por
excelencia es la conducta moral, y el acto racional por antonomasia es
la virtud, que se convierte así en el fin de la educación. Por
tanto, sólo podrá ser un buen orador aquel que sea un hombre de bien(19).
Para Quintiliano,
entonces, no tiene sentido hablar de la persuasión como un manejo del
ánimo del auditorio para éxito del orador y de su causa (finalidad
comúnmente propuesta a la retórica por los sofistas griegos del
siglo V a.C., pero también por muchos maestros romanos); la verdadera
persuasión está en función del triunfo de la justicia, y de ella
saca su fuerza: sólo por ella persuade (recuerda en esto a Calicles,
traído por Platón en el Gorgias, quien concluye su
discusión con el sofista diciendo: "Para llegar a ser un buen
orador es preciso ser justo y tener la ciencia de la justicia"(20)).
Por eso no considera que la retórica sea neutra -buena o mala según
el uso que se haga de ella-, sino que es un arte esencialmente bueno,
ya que a su cargo está el perfeccionar una facultad del hombre en el
contexto de la perfección integral del hombre, que es de naturaleza
moral. Y frente a Séneca reivindica el papel tan positivo que puede y
debe desempeñar el orador en la sociedad:
Pues no
concederé que la consideración de la vida recta y honesta deba ser
privativa de los filósofos, como algunos pensaron; porque el hombre
que pueda desempeñarse verdaderamente como ciudadano, capaz de
administrar los asuntos públicos y privados, que pueda regir con
sus consejos las ciudades, afirmarlas con las leyes, reformarlas con
sus decisiones en los juicios, seguramente no será otro que el orador.(21)
¿Cómo encarar
entonces la formación del orador? Quintiliano se manifiesta a favor
de la educación escolar en el sistema educativo romano, porque
socializa al niño, le enseña reglas de convivencia (que incluyen el
respeto al otro y a las disposiciones comunes), le permite aprender de
lo que se enseña a otros y le presenta el incentivo de la emulación.
Pero no deja de prestar atención al período previo en que la vida
del niño transcurre en su casa (si bien pide que dicho tiempo se
acorte lo más posible, y que el chico ingrese en la escuela hacia los
seis años).
En lo que a
educación familiar preescolar se refiere, da una gran importancia a
la elección de las ayas, que deben ser mujeres de buenas costumbres y
de buen hablar, pues es el suyo el primer lenguaje que el niño conoce
y que procurará imitar. Deberán las ayas ir formando el
entendimiento del niño, que es más fácil de moldear desde la más
tierna edad. Asimismo deben ejercitarle la memoria, muy firme y fiel
en la niñez. Importa destacar que, fiel a los criterios de la época,
Quintiliano se pronuncia a favor de una educación bilingüe, y dice
que el aprendizaje del griego ha de comenzar antes que el de la lengua
latina -en razón de ser la lengua cotidiana, el niño se halla más
familiarizado con el latín, siéndole entonces su estudio más fácil
e inmediato-, pero que deben ir parejos en el progreso, para no crear
acentos extranjeros en el habla.
Ya llegando a la
escuela y en sus primeros años, con fino criterio metodológico
Quintiliano rechaza el aprendizaje de las letras que comienza por el
reconocimiento de su nombre y orden en el abecedario, con anterioridad
al reconocimiento de su forma: deben ser simultáneos el conocimiento
de nombre y figura, y sólo después el del orden. Aconseja incluso,
por la corta edad de los niños, hacer juegos con letras de marfil o
cualquier otro material, para que el niño aprenda con gusto. En
cuanto a la escritura, sugiere grabar las letras en una tabla para que
el chico lleve la pluma -guiado por la mano de su maestro cuando fuere
necesario- por los surcos y no equivoque el trazado, hasta que su mano
esté diestra: es importante aprender a escribir bien y con velocidad,
pues si en el escribir se es lento el pensamiento queda frenado, y si
la letra está mal formada y es confusa, lo escrito se hace
ininteligible. Cuando avance el estudio y se llegue a la etapa en que
se proporcionan al niño frases para que lea, escriba y aprenda de
memoria, quiere Quintiliano que se le den máximas morales de hombres
ilustres y de obras escogidas, porque nutren la memoria y van
formando, a la par que un acervo cultural, juicios morales y hábitos
buenos. La lectura debe ser expresiva, distinguiendo prosa de poesía,
y para ello es indispensable que el niño entienda lo que lee; es de
suma importancia no apurar el aprendizaje, para asegurar la
perdurabilidad de los resultados.
Es indispensable que
el maestro conozca bien a sus alumnos: si tiene memoria y cuán buena
es (indispensable para aprender con facilidad y para retener fielmente
lo aprendido); si es hábil para la imitación, no de las personas y
sus defectos sino de lo que aprende; si tiene buena disposición para
aprender, con docilidad y sin adelantarse. Una vez sabido esto, debe
saber cómo conducirlos según sus diversidades (educación
personalizada).También, y teniendo en cuenta la edad de sus alumnos,
aconseja Quintiliano que se den recreos para que el chico se
desahogue, se distraiga y vuelva con renovados bríos a la tarea. En
cualquier caso, y a la hora de imponer disciplina, rechaza los
castigos físicos por indignos e inconducentes, y prefiere siempre la
emulación.
También el maestro
de retórica ha de considerar el talento de cada discípulo, para
aplicarlo al estudio más conveniente para él y no correr el riesgo
de ponerlo a aquello que no puede, o bien alejarlo de lo que haría
con excelencia.
En cuanto al
contenido de los estudios, aboga por la variedad, que lejos de agobiar
al niño lo recrea evitando la monotonía. Sin embargo, es preciso que
tal variedad no se transforme en un caos de datos: de ahí la
necesidad del orden, en lo que tiene no poca importancia la memoria.
Quintiliano da al respecto técnicas de estudio y de trabajo
intelectual, entre las que señalamos la conveniencia de escribir
aquello que se quiere saber, porque se fija con más facilidad y
solidez por la memoria motriz de la mano, y la visual que repara en el
orden de las páginas, de las palabras, en signos deliberados o bien
casuales (una mancha, una raya, etc.); el aprender leyendo y
repitiendo en voz baja, porque se añaden los estímulos de la lengua
y del sonido...
Mas si alguno
me pregunta cuál es la única y más importante técnica para el
uso de la memoria, es ésta: la ejercitación y el trabajo. Aprender
muchas cosas, meditar mucho, y si esto puede hacerse todos los
días, es el medio más poderoso. Nada como la memoria crece con la
aplicación y disminuye con la negligencia.(22)
El estudio de las
artes liberales sigue siendo el sustrato de la formación helenístico
- romana. En este punto manifiesta Quintiliano diferencias con
respecto a las posiciones de Cicerón y de Séneca.
Cicerón
y Quintiliano:
El primero ponderaba
el derecho, la historia, la filosofía y la literatura como fuentes de
cultura; Quintiliano incluye -al igual que lo hacían los programas
helenísticos- la música (útil para el estudio de los ritmos, los
gestos, la poesía) y las matemáticas (aportaban elementos de
medición de cantidades y superficies, útiles en algunos casos
jurídicos, pero principalmente desarrollaban la lógica del
razonamiento).
En cuanto a la
historia, no la considera un conocimiento con sentido en sí mismo,
como lo hacía Cicerón, sino que recurre a ella en la medida que
puede ofrecer material útil para las discusiones.
Para Cicerón la
filosofía era un complemento de la cultura del orador ya formado; la
filosofía moral está en la base del sistema de Quintiliano.
Séneca
y Quintiliano:
El primero desestima
las artes liberales y desprecia a sus maestros. Quintiliano, en la
encendida defensa que hace de dichos conocimientos, parece estar
contestando la Carta 88 del filósofo.
Finalizamos estas
consideraciones sobre los aportes de Quintiliano a la historia de la
educación con el que, tal vez, es el más importante: la figura del
maestro.
Ante todo, el
maestro revístase del espíritu de padre hacia sus discípulos,
considerando que les sucede en el oficio a quienes le han entregado
a sus hijos. No tenga vicio alguno ni lo consienta. Su austeridad no
sea triste, ni relajada su afabilidad, no sea que en lo primero se
haga odioso y con lo segundo despreciable. Hable a menudo de la
virtud y honestidad, pues cuanto más les advierta, menos los
castigará. Ni sea iracundo, ni disimule aquello que pide enmienda;
simple en su enseñanza, sufrido en el trabajo, constante en la
tarea, pero no desmesurado. Responda con agrado a las preguntas de
los que lo interrogan, y de la misma manera pregunte a quienes no lo
hacen. En alabar los aciertos de los discípulos no sea mezquino ni
pródigo: lo uno engendra el hastío del trabajo, lo otro seguridad
para no trabajar. Corrija los defectos sin acrimonia ni palabras
afrentosas: esto hace que muchos abandonen el estudio al ver que se
les reprende como si se les aborreciese. Cada día, y mejor aún,
varias veces al día, diga a sus alumnos algo que puedan llevar
consigo: pues aunque muchos de los ejemplos propuestos para su
imitación se toman de la lectura, la viva voz, como se dice,
alimenta más plenamente, y en especial la voz del maestro a quien
los discípulos aman y veneran, si han sido bien formados.(23)
Pasarán siglos hasta
que, en San José de Calasanz, encontremos una descripción tan bella
de la figura del maestro, y en tan violento contraste con el desprecio
que la sociedad tenía hacia ellos, en el siglo I como en el XVI.
PARA REFLEXIONAR:
¿Por qué
hemos trabajado a estos pedagogos y sus propuestas?
Porque nos presentan
la educación del hombre como una formación fundamentalmente
humanista: no se puede ser un buen profesional, en ningún campo, si
primero no se es un hombre formado en los aspectos propiamente humanos, en los que lo constituyen como hombre, antes que como
abogado, médico, etc. Y esto es algo que debe ser meditado hoy,
porque es una verdad deliberadamente ocultada o, en el mejor de los
casos, ignorada; y por eso es tan común y a casi nadie sorprenden ni
enojan las expresiones "recursos humanos", o "capital
humano", que cosifican al hombre, enfocándolo desde una
perspectiva economicista y valorando en él tan sólo lo productivo.
El capital, el trabajo, la economía... ya no sirven al hombre para su
realización en tanto hombre, sino que se han constituido en los amos
y señores de ése que vale en tanto sirve, sirve en tanto produce.
Lo mismo sucede con
esos aspectos propiamente humanos a los que aludimos, y que involucran
el desarrollo de la inteligencia y su capacidad de ver, discernir,
razonar, reflexionar; el desarrollo del lenguaje como medio de
expresión de sí mismo y de comunicación con los demás; la
educación de la voluntad y de la afectividad para querer el bien
discernido por la inteligencia, buscarlo con tenacidad sin dejarse
seducir por lo que ofrece más apariencia o se presenta como más
fácil, serle fiel con toda la fortaleza necesaria; el cuidado y el
buen crecimiento del cuerpo, para que sirva en armonía al espíritu y
no se le oponga. Hoy se da una tiranía de los medios técnicos a la
que se sacrifica la capacidad intelectual del hombre individual; el
lenguaje, pobrísimo y deformado, sirve más para el insulto o para el
manejo de las personas que para el entendimiento; se pide la
afirmación de una voluntad individual absoluta e ilimitada, sin
sentido moral, regida por los parámetros del placer, el éxito, el
poder; y el cuerpo aparece como la instancia suprema a la que hay que
sacrificarlo todo, un verdadero tirano a través de gimnasias, dietas,
medidas imposibles, o bien es una cosa infrahumana a la que se
violenta y maltrata de mil maneras.
Porque apuntan a la
formación de un hombre libre, señor de sí mismo y de sus
circunstancias, en humana convivencia con sus conciudadanos, en pos
del bien común. Vale la pena reflexionar acerca de si hoy se piensa
en formar al "señor de sí mismo", o al hombre-masa, de
fácil manejo. En cuanto al bien común, que entraña el
reconocimiento de los demás y el respeto a la ley, no parece tener
demasiada presencia, más allá de las palabras.
Porque Cicerón
privilegia una formación integral, al igual que Quintiliano, pero
subraya el valor del lenguaje y del habla; Séneca destaca la
importancia suprema de la formación moral, y Quintiliano reflexiona
sobre la educación, considerando las características del proceso
educativo, y la figura del maestro, sin olvidar el papel de la familia
en la educación. Sería interesante comparar la propuesta de
Quintiliano acerca del maestro: su vocación, su preparación
intelectual, su integridad moral, su sentido del buen gusto -estético
y moral-, sus esfuerzos, con la tan promocionada figura del
"trabajador de la educación", sus parámetros, sus metas,
su conducta y su actuación pública y privada.
1. De
oratore I, XV, 64. En: Stramiello de Bocchio, Clara I. Cicerón:
la formación del orador. Buenos Aires: Universidad Católica
Argentina, Facultad de Filosofía y Letras, s/f., p. 13. (vuelve
al texto)
2. Ibíd.,
I, XXVII, 127-128. En: Stramiello, ob. cit., p. 17. (vuelve
al texto)
3. Ibíd.,
III, XXXV, 142-143. En: Stramiello, ob. cit., p. 17-18. (vuelve
al texto)
4. Ibíd.,
II, XX, 85-86. En: Stramiello, ob. cit., p. 27-28. (vuelve
al texto)
19. "Pero
formamos a aquel orador perfecto, que no puede ser sino un hombre
bueno; por consiguiente, exigimos en él no sólo la capacidad de
hablar con excelencia, sino también todas las virtudes del alma"
(Ibíd., I, proem., 9). (vuelve al texto)